miércoles, 10 de febrero de 2021

Carolina y el sufrimiento

José Camarlinghi


Finalmente estaba frente al mar, aunque no era por los motivos que hubiera deseado. Había hablado tantas veces con su hija, Luisa, de tomar vacaciones y conocer el mar. Ahora, sola, sentada en el balcón de un restaurante, podía oler la sal y las algas en la brisa. Sin embargo, ella no lo advertía. Su mente estaba concentrada en la puerta del club nocturno que estaba en la esquina. El plato que había pedido, un picante de mariscos, se enfriaba frente a ella. Ni lo había probado. Desde el bar, los meseros la miraban extrañados; era el tercer día que hacía lo mismo. Se sentaba desde el mediodía hasta casi la media noche. Pedía comida que casi ni probaba y tomaba innumerables tazas de café. 

A media tarde sufrió un sobresalto. Escuchó la risa de Luisa. Se paró de un salto y por la acera pasó una muchacha acompañada por un joven. No se parecía en nada a su hija, salvo en la risa, franca y potente. La observó hasta que llegó a la otra cuadra y dobló la esquina. Le temblaron las piernas y tuvo que sentarse. Entonces miró a su alrededor como si fuera la primera vez que estaba allí. Dirigió su mirada al mar y el lejano romper de las olas evocó el recuerdo de su hija quien nunca tuvo la oportunidad de escucharlas. 

Desde el año pasado la empresa familiar había tenido un crecimiento inesperado. Después de muchos años de trabajar de sol a sol, Carolina y su marido, Pedro, empezaban a ver el fruto de sus sacrificios. Comenzaba a irles muy bien. Tanto que incluso habían comprado un pequeño coche para su única hija. Luisa no podía creer la suerte que tenía. Ese verano terminaba el colegio y antes de continuar sus estudios en la universidad, tomarían la primera vacación de verdad: irían al mar. 

Esa semana visitó, con una amiga del colegio, unas agencias de viaje que ofrecían vacaciones en la costa. En una de ellas conocieron a una joven muy amable y simpática que les convenció que tenían las mejores ofertas. Luisa le dio su nombre y sus datos para que le mandaran las ofertas a su cuenta de Facebook. 

Un día antes de la fiesta de promoción, Luisa recibió una llamada de parte de la joven de la agencia. Le ofrecía un perfume que estaba de moda a mitad de precio. Fue al lugar de encuentro en su coche nuevo y no volvió más. Esa misma noche llamaron los secuestradores. Tenían a Luisa y pedían una pequeña fortuna para liberarla. 

—Ni se les ocurra llamar a la policía —dijo la voz joven, pero áspera—. Firmarían la sentencia de muerte de la chica. 

—Quiero hablar con mi hija. 

—Ella está bien. Podrán hablar con ella mañana. Llamaremos para decirles cuando y donde nos entregarán el dinero. 

Colgaron y Carolina se paralizó con el silencio en la línea mientras sus ojos se inundaban. Escuchó un lamento gutural, cercano a un aullido, que invadía la sala. No tuvo conciencia que el sonido salía de su propia boca. No pudo responder las preguntas de su marido. No podía articular una sola frase; solo el llanto de animal herido. 

Abrió los ojos y reconoció su dormitorio. Por la cantidad de luz pensó que debía ser ya tarde en la mañana, cerca del mediodía. Estaba acostumbrada a levantarse muy temprano, antes que el sol, para dejar preparado el desayuno y salir a abrir la empresa. Por eso no comprendía que hacía en cama todavía. ¿Era acaso domingo? Luego poco a poco empezó a recordar la noche anterior. La habían sedado. Estaba en tal estado que tuvieron que llamar al médico. Entonces recordó a su niña, a Luisa. Otra vez sintió las lágrimas correr por sus mejillas. Se levantó de golpe y salió tambaleante de la habitación llamando a gritos a Pedro. En la sala de estar encontró a su hermana, Andrea. 

—Han llevado el dinero del rescate —le comunicó—. Deben estar ya retornando. 

Le contó que muy temprano en la mañana habían vuelto a llamar los secuestradores, esta vez al celular de su marido. La suma que pidieron era alta pero no excesiva y le dieron una hora para entregarla. Pedro les dijo que tenía que sacar el dinero del banco y que tendrían que esperar hasta que se abra. El hombre al teléfono volvió a recalcarle que no avisara a las autoridades y que tan pronto tuviera el dinero devolviera la llamada. Entonces le dirían el lugar de encuentro y le recalcaron que lo esperarían a él solo. Pedro no se animó a decirles nada. El esposo de la hermana, Agustín, se había ofrecido a acompañarlo, pero Pedro repetía que le había dicho que tenía que ir solo. 

—¿Y si te matan? ¿Y si te secuestran también? —le había contestado. 

Pedro se quedó pensativo y al final accedió a ser acompañado. 

En ese instante sonó el celular de la hermana. Habían entregado el dinero y estaban retornando. No venían con Luisa. El hombre que les esperaba les dijo que tenía a sus socios en el teléfono y que tan pronto les dijese que el dinero estaba en su poder la liberarían cerca de su casa. Cuando le entregaron el maletín con el dinero, el hombre lo abrió y miró el contenido. 

—Tengo el dinero —dijo en su celular, se dio media vuelta, se subió a una camioneta y se marchó. 

Pedro y Agustín se miraron y ninguno dijo una sola palabra. 

Carolina se paró en la ventana mirando a la calle esperando que Luisa apareciera en cualquier instante. El mundo se le oscureció cuando vio llegar el coche de su esposo. Mientras Pedro les contaba todo el asunto, ella sentía llegar la angustia como si fueran olas. Tenía la esperanza que en cualquier momento Luisa entraría por la puerta, pero el instinto le decía que algo no estaba bien; sin embargo, estaba hecho el pago y por lo tanto debería estar ya en camino a casa. Tal vez la habían dejado en algún barrio alejado de la ciudad y la esperanza volvía con fuerzas; pero la razón le decía que no era normal que Luisa no llamara por teléfono. Mientras pasaba el tiempo las olas de preocupación se hacían más fuertes que los remansos de esperanza. Al final de la tarde estalló. 

—¿Por qué no les dijiste que les dabas el dinero contra entrega de tu hija? —increpó a su marido— ¿Por qué fuiste solo? ¡Deberías haberme despertado! ¡Eres un inútil! 

Pedro no tenía palabras. Paralizado no atinaba a hacer nada hasta que sonó su teléfono. Carolina se lo arrancó de las manos y gritó. 

—¿Dónde la tienen malditos? 

Luego de unos segundos de silencio. 

—Señora. Su hija está muy bien. 

—¡Quiero hablar con ella! 

—Escúcheme primero, luego la comunico. Sucede señora que este encargo se lo di a uno de mis subalternos. No podemos culparlo… es un principiante. 

—¿Qué le han hecho a mi hija? —gritó desesperada. 

—Nada señora. ¿Por quién nos toma? ¡Somos profesionales! Lo que sucede es que les hemos pedido muy poco. Si quiere ver a su niña de nuevo, va a tener que duplicar las suma. 

—¡Pero esta vez me van a entregar a mi hija! ¡Será contra entrega! ¡Solo les daré el dinero si mi hija está presente! ¡Quiero hablar con ella ahora! ¡Póngala al teléfono! ¡Quiero saber de ella misma que está bien! 

Nadie le respondió. El secuestrador había ya colgado. Carolina tiró el celular al piso para descargar su frustración y miró a su marido como diciéndole así se hacen las cosas. 

Pasó un día entero en el que no tuvieron noticias. En la madrugada del cuarto día del secuestro estaban pensando en ir a la policía, cuando llamaron al celular de Carolina. 

—Señora. Cálmese. Que cuando grita no podemos hablar de negocios. 

Carolina pensó que nunca se había imaginado que hablar de negocios incluiría la vida de su hija. Respiró profundo y escuchó el mensaje en el que le indicaban el lugar donde tendrían que llevar el dinero. 

—Disculpe señor —dijo lo más calmada que pudo—. No voy a entregarles el dinero si mi hija no está ahí. 

—Señora —dijo alargando la o en tono de reproche—. Usted sabe muy bien que eso es muy complicado. Nos puede tender una trampa. Le propongo otra cosa. Mande a su esposo a una dirección que le voy a dar. Allí estará su hija dentro de su propio coche. No estará sola por supuesto. Uno de mis subalternos estará con ella. Antes de entregarme el dinero usted podrá llamar a su marido para confirmar. Cuando el dinero esté en mis manos, yo llamaré a mi hombre y dejara a la niña libre. 

Así lo hicieron. Vaciaron la cuenta de ahorros y se dirigieron, cada uno por su lado, a los lugares que les habían convocado. Carolina fue a un terreno abandonado en la parte industrial de la ciudad y Pedro a la entrada de una hacienda en un camino secundario. Ella llegó al lugar temprano y ya la estaban esperando. Indecisa miró a la camioneta que estaba parqueada. Un hombre abrió la ventana y la llamó con la mano. Ella bajó y caminó hasta una distancia prudente. El hombre le hizo gestos urgentes que se acercara. 

—Primero tengo que saber que mi hija está con mi marido—. Sacó el celular y llamó a Pedro.

Él le confirmó que estaba frente al auto, que al volante había un sujeto y a su lado estaba Luisa. Entonces ella se acercó al hombre sosteniendo el teléfono con el hombro y abriendo el maletín con ambas manos le mostró el contenido. Él asintió y marcó un número en su celular. 

—Va entregarme el dinero—dijo secamente en el celular y acotó mirándola imperativo—. ¡Deme el maletín ya! 

Carolina se acercó hasta que el hombre tomó uno de los tiros. Ella sostenía todavía el otro mientras escuchaba por el celular. 

—¿Ya está contigo? —preguntaba repetidamente a Pedro. 

El hombre arrancó de golpe la camioneta y la arrastró unos metros. Ella perdió el equilibrio, hizo caer el celular, fue jalada un par de metros y no pudo sostener el maletín. Desesperada se levantó buscando el teléfono. Ese momento no se percató que se había rasmillado las piernas y que las rodillas le estaban sangrando. Encontró el celular con la pantalla hecha trizas. Estalló maldiciendo a gritos, estrellando el aparato en el suelo y luego zapateando sobre él. Al final, llorando de rabia e impotencia, cayó de rodillas y solo entonces se dio cuenta que le ardían horrores. Se compuso y manejó como loca hasta llegar a casa. Encontró a Pedro sentado en un rincón bebiendo. 

—¿Dónde está mi hija? —le gritó con furia y desesperación. 

Pedro la miró y no pudo articular palabras. Empezó a llorar desconsoladamente. 

Apenas pudo contarle que en el momento que estaba respondiéndole por el celular, sentado en su auto y con la ventanilla abierta, recibió un golpe tan fuerte en la sien que perdió el conocimiento. Ella le reprochó no haber estado atento y hubiera seguido retándolo si no hubiera visto las lágrimas correr por el ojo amoratado. Su relación empezó a deteriorarse a partir de ese día. 

No recibieron más llamadas y nadie respondía en el número con el que los secuestradores se habían comunicado. Pedro se sumió en la depresión y Carolina no pudo evitar sentir desprecio por la debilidad de su esposo. 

A la semana que Luisa había sido secuestrada, Carolina fue a la policía a sentar la denuncia. El agente que le asignaron le reprendió por no haber acudido a ellos al primer momento. Le dijo que si en las primeras cuarenta y ocho horas de cometido el crimen no se han encontrado resultados, era muy difícil que se encuentren a los culpables. Le prometió que se ocuparía del caso y, sin embargo, cuando ella salió de su oficina, archivó los papeles en la gaveta de los casos sin resolver. 

Una semana más tarde fue a buscar al agente. Le dijeron que estaba en vacaciones y que volvía en tres semanas. Ella se puso a gritar y protestar de tal manera que le asignaron otro agente. Nuevamente tuvo que dar todos los detalles del asunto. Dos semanas más tarde empezó a sospechar que la policía no haría nada por su hija. 

Pedro no salía de la casa y bebía todo el día. Carolina intentó ir a trabajar a la empresa, pero no podía concentrarse. Una mañana encontró una nota en su escritorio.

El jefe de la banda se hace llamar Tato 

Alguien de su confianza, que podía acceder a su escritorio, le había dejado el mensaje. Salió de su oficina y miró a los empleados uno a uno con la intención de descubrir una mirada culpable. No pudo encontrar nada y empezó a sospechar de todos y cada uno de ellos. Se quedó callada y decidió observarlos. Volvió donde el agente y le mostró la nota en un último intento de lograr que la investigación tome una dirección. El agente, un tanto burlón, le dijo que no conocía ningún criminal bajo ese nombre pero que haría sus indagaciones. Con todo, nunca fueron a la empresa a interrogar a los empleados. 

Carolina decidió delegar la empresa a su contador y dedicarse ella a la búsqueda de su hija. Tendría que hacerlo sola. No podía contar con Pedro que había caído en un círculo descendente de alcohol y depresión. Le dio lástima no poder ayudar a su marido, pero su hija era más importante. 

Empezó a frecuentar los bares y clubes nocturnos de los barrios bajos de la ciudad. Se compró ropa de una tienda de artículos usados y se disfrazó para iniciar sus pesquisas. Cuando preguntaba por Tato, la miraban de pies a cabeza y le decían que no conocían a nadie con ese nombre. A la tercera noche que visitaba un antro, un barman puso una pistola en la barra. 

—¿Para qué lo busca? —dijo amenazador. 

Carolina intentó demostrar compostura, de todas maneras la voz le salió temblorosa. 

—Quiero preguntar sobre mi hija… No la veo desde hace un mes. 

—Mire doñita, no se anda preguntando por nadie en estos lugares. Si en algo aprecia su vida debería irse a su casa y quedarse calladita —Empuñó el arma y puso su dedo al gatillo mientras la miraba fijamente. 

Con las piernas temblorosas salió del bar. Ya en la calle le vinieron arcadas e intentó vomitar, pero nada salió de sus entrañas. Se fue llorando a casa. 

Despertó tarde, algo que se había vuelto habitual desde la desaparición de Luisa. Casi no dormía en la noche y el sueño la agarraba en la madrugada. Esta vez la despertó su celular. 

—¿Por qué me está buscando? —dijo una voz joven e insolente. 

Carolina se despabiló. 

—¿Tato? 

—¿Qué carajos quiere conmigo? 

—Quisiera preguntar si usted sabe o ha escuchado algo de mi hija. Se llama Luisa Bernal. Ha sido secuestrada hace poco más de un mes. 

—¿Me está acusando? 

—No, no, no —mintió—. Me dijeron que usted podría ayudarme a encontrarla. Ya hemos pagado dos veces su rescate. Puedo pagarle por su ayuda. 

—Doñita —le cortó en seco—. Yo no me dedico a esos trabajos. Pero tal vez puedo colaborarle. Venga en dos días al Mercat. En la tarde. ¿Conoce ese restaurante? Todo el mundo sabe dónde está. Va a llegar. 

A los dos días se presentó en el local en pleno centro de la ciudad. Fue sola. Había expulsado a Pedro de la casa porque lo único que hacía era estar borracho. Desde entonces no sabía nada de él. 

Tato era un hombre joven de mirada metálica. Carolina le contó todo, sollozando a ratos. El hombre le dijo que usaría todos sus recursos para encontrar a su hija. Que no se preocupara. Que normalmente se quedaban con las chicas para que trabajaran para los secuestradores. Que no mataban a los secuestrados porque eso no era negocio. Pero, le dijo, eso nos va a costar plata. Había que pagar a los informantes. Y para que hablen, hay que pagarles muy bien. No sabía cuánto, pero pronto se comunicaría y le daría un monto. 

Pasaron otros dos días hasta que recibió la llamada. El monto era casi tan alto como los rescates que ya había pagado. Le dijo que ya no tenía tanto y preguntó si no se podía rebajar. 

—Lo siento doñita; entonces no puedo ayudarle—. Y colgó. 

En ese instante se arrepintió de haber intentado negociar y devolvió la llamada. Le pidió que esperara unos días. Conseguiría el dinero. 

Esa misma tarde fue a su oficina y preguntó al contador cuánto dinero había en cajas. Sin darle explicaciones se fue al banco y vació todas las cuentas sin considerar los problemas en los que dejaría a su empresa. Al anochecer volvió al restaurante. Tato estaba sentado en la misma mesa conversando con otros mal encarados. La miró y les ordenó que se retiraran. Recibió el dinero y le prometió que en máximo un par de días tendría a su hija entrando por la puerta de su casa. 

Una semana más tarde, seguía sin saber el paradero de su hija. Fue al Mercat. La sacaron a empujones diciéndole que allí no conocían a nadie con ese nombre. Volvió a la policía donde nuevamente tuvo que soportar las recriminaciones de los agentes y la desidia de los jefes. Toda decepcionada, convocó una rueda de prensa. En ella contó su historia. Dejó muy mal parada a la policía que no hacía absolutamente nada a pesar de que conocían el restaurante desde donde Tato operaba. 

La contactó una organización de familiares de desaparecidos y se organizaron protestas. La prensa sacó varios artículos que insinuaban la complicidad de la policía. Las autoridades no tuvieron otra que actuar y allanar el restaurante. No encontraron nada ni a nadie. 

En una de esas protestas se le acercó un señor ya mayor. 

—Hace ya dos años se llevaron a mi hijo. Nunca tuve el valor de salir a buscarlo. Es usted muy valiente. La admiro. Pero, necesita protegerse. Se está convirtiendo en un problema para ellos. 

Le entregó un paquete. Algo bastante pesado envuelto en una chalina. Ella quiso ver y él le pidió que lo haga en su casa. Había mucha gente alrededor. Cuando entró en el baño de su habitación desenvolvió el paquete y de él sacó un arma. Una Makarov, una pistola semiautomática de fabricación rusa. Al principio se espantó y pensó en botarla a la basura. Poco a poco fue digiriendo la idea y para el fin de semana la llevaba en su cartera. 

Una noche soñó con Luisa. Estaban en una playa. Ella en la orilla y su hija caminaba mar adentro. Le gritó que no fuera a lo hondo, no obstante, seguía caminando sin escucharla. El agua ya le llegaba a la cintura. Empezó a llamarla a gritos. Ella giró la cabeza, le sonrió y siguió caminando. Entonces se lanzó al agua y empezó a nadar para darle alcance. La corriente era muy fuerte. Cada vez que intentaba respirar las olas le daban en la cara. Hizo un esfuerzo tremendo para nadar más rápido y sin embargo no avanzaba nada. Sin aire ya, se puso en pie para intentar caminar. Al ver hacia el mar, no vio a su hija. Se despertó llorando. No pudo dormir más. En la mañana le visitó su hermana para darle ánimos. Ella, secamente le dijo que sabía que Luisa estaba ya muerta, luego la dejó sola y sin palabras y salió de la casa a dar vueltas en su coche. 

Pasaron varias semanas en las que no hubo noticias de Luisa ni del tal Tato. A su celular sólo llegaban llamadas del administrador de su empresa y del banco. No las contestaba. Sabía muy bien que había dejado el negocio en quiebra. 

Al no encontrar ningún indicio las autoridades autorizaron la reapertura del Mercat. Y el asunto se perdió entre las noticias de una nueva enfermedad pulmonar que había obligado al gobierno chino a declarar una cuarentena dura en la ciudad de Wuhan. 

Carolina se tiñó el cabello y se puso gafas para vigilar el restaurante. Sentada en su coche miraba a la gente que entraba y salía. Pasaron varios días hasta que un rostro le llamó la atención. Una cara familiar. Una joven mujer. Decidió seguirla. Tomó un bus y Carolina lo siguió en su vehículo. Atravesaron la ciudad hasta los barrios que suben por las faldas de esos cerros que terminan en las montañas de la cordillera. Allí la joven se bajó y caminó a su casa, absorta mirando su celular y desentendida de que la seguían. La vio sacar la llave, abrir la puerta y entrar. Sin recapacitar mucho miró la pistola en la cartera. Recordó lo que había visto en Youtube y desbloqueo el seguro. Nunca había disparado de verdad. A pesar de que siguió paso a paso las direcciones del video, lo hizo con el arma descargada. Dejó el coche unos metros más atrás y caminó a la casa. Tocó la puerta con la mano izquierda mientras agarraba la pistola con la derecha dentro de la cartera. Cuando se abrió la puerta, se llevó la sorpresa de su vida. La que abrió era una de sus empleadas cuyo rostro pasó del asombro a la culpabilidad y finalmente al remordimiento. Carolina reconoció las facciones en la joven que había seguido.

—Tú me dejaste el mensaje en mi escritorio. 

La mujer asintió empezando ya a sollozar. 

—Me obligaron. Dijeron que la matarían si no les daba la información. Mi hija trabaja en ese restaurante. Tuvimos que contarles todo lo que conocíamos de Luisa. Nos dijeron que no la lastimarían. ¡Lo juro doña Caro! —Se arrodilló sosteniendo las piernas de Carolina— Nunca yo hubiera hecho daño a su hijita, usted siempre ha sido tan buena conmigo. 

Tuvo ganas de sacar el arma y pegarle unos tiros, pero pudo más su corazón de madre y se puso a llorar con ella. 

—Déjame hablar con tu hija—. dijo entre sollozos. 

La empleada se levantó y mientras se secaba las lágrimas le hizo entrar en su casa. 

Así fue que se enteró que el Tato se había ido a la costa, a una pequeña ciudad que vive del turismo. El lugar que madre e hija habían soñado visitar cuando terminara el colegio. Carolina ya llevaba tres días sentada en la terraza de un restaurante, observando la puerta de un club de desnudistas. La hija de su empleada le informó que Tato era el hijo del jefe de la banda. Que el negocio principal era vender droga al por menor en las calles y que los secuestros eran negocios particulares del hijo. El padre no sabía de esas actividades paralelas y rompió en cólera cuando intervinieron su centro de operaciones, el Mercat. Tuvo que pagar a algunos jefes policiales y mandó al joven lejos de la atención de los medios. 

—Doña Carolina. Tenga mucho cuidado. Esos hombres no le temen a nada —Le imploró con lágrimas—. ¡Pueden matarla! 

—No te preocupes. Ya estoy muerta. Me mataron el día que se llevaron a Luisa; solo que yo no me daba cuenta. 

La empleada rompió en llanto al escuchar la dura declaración. 

Carolina no sabía a ciencia cierta lo que haría si veía a Tato. No estaba segura de llamar a la policía. Las mafias estaban infiltradas en todos los niveles del estado. Tendría que interrogarle ella misma. Le dispararía en la pierna para que supiera que no andaba jugando. Preguntaría donde tenía a Luisa. Si estaba viva o no. Se dio cuenta que todavía tenía esperanzas de verla de vuelta. Sacudió la cabeza e intentó convencerse de que su niña ya no estaba en este mundo. No quería hacerse ilusiones. Había ya sufrido mucho. Apretó tanto las mandíbulas que no se percató que por sus mejillas caían lágrimas a raudales. 

Entonces el Tato salió del local hablando por el celular. Carolina se paró como un resorte, sacó la pistola del bolso y pasó entre las mesas. Los meseros aterrados la vieron salir de la terraza con expresión de enajenada. Ni siquiera se fijó en el tráfico al cruzar la calle. Levantó el arma y gritó. 

—¡Tato, hijodelagranreputamadrequeteparió! 

Jaló el gatillo y sintió que el golpe del retroceso le subió el brazo. El hombre se volvió para mirar quién gritaba y se encogió al escuchar el primer disparo. Abrió enormemente los ojos pero, no la reconoció. Ella disparó nuevamente y otra vez el brazo se le fue para arriba. Todo empezó a suceder en cámara lenta. Se recriminó el no haber ejercitado con el arma como recomendaba el video. Miró que Tato estaba muy asustado e intentaba volver a la puerta de donde había salido. Apenas alcanzó a la perilla y jaloneó tirando hacia fuera. El tercer disparo llegó a la pared a pocos centímetros de la cabeza del joven que con el susto cayó de rodillas y soltó la puerta. Esta se abrió de golpe hacia adentro mostrando solo un rectángulo negro. En la oscuridad se iluminó una ráfaga. Carolina intentó jalar por cuarta vez el gatillo y se sorprendió de que su dedo se quedó como trabado. Ya estaba tan cerca del responsable de la desaparición de su Luisa que pensó que esta vez no fallaría; pero su mano parecía que ya no tenía la fuerza, o ¿se habría trabado el arma? Nada de eso. No vio pasar su vida en imágenes, ni tampoco la sonrisa de su hija. Simplemente todo se puso negro y el sufrimiento acabó.

lunes, 8 de febrero de 2021

El mapa no es el territorio

Rosario Sánchez Infantas


Una radiante mañana de domingo el escritor sexagenario, docente universitario, descubrió un sobre introducido bajo su puerta, dirigido a él y sin remitente. Pasó de la ilusión al desasosiego. La letra bella, legible y pequeña, para alguien dado al ensueño le supo a promesa clandestina; sin embargo, no dejaba de ser una intromisión peligrosa ya que la amplia casa familiar era compartida con su esposa, hijas, yernos y un par de nietos. He aquí lo que encontró dentro:

Estimado literato, me dirijo a usted porque necesito su comprensión. Seguramente este fin de semana su colega de letras le mostrará la nota que él me pidió una noche de copas, como prueba de mi existencia y de mi ofrecimiento (¿hetairas en este pueblo?, solo en la antigua Grecia). Todavía me sonrojo cuando siento destilar lo prosaico de mi mensaje: «Los puedo “atender” mientras me examinan en literatura: Ivonne». De manera fortuita acabo de enterarme de que a usted se iba a mostrar el mensaje. No asistiré a «tertulia» alguna con alguien con una sensibilidad tan exquisita como la suya: «Extraviado en su delicadeza, marino de papel, estrictamente loco, elevando el humo en una copa y en otra copa su ternura errante». Si parece estar hablando de usted Pablo Neruda.

El premio Nobel Orhan Pamuk afirmó que al escribir se devela el segundo ser que vive dentro de uno. ¡Escribiré!

Korzybski dijo: «El mapa no es el territorio». La mencionada nota nada dice que aún me sobrecoge recordar haber expuesto, una fría noche de invierno, mi cuerpo y mi alma adolescentes, cuando todavía creía que el mapa era el territorio y que su: «tranquila… nada te va a pasar» en realidad significaba: «te amo y siempre te amaré».

Tras apagar el fuego de sus entrañas sin mediar una caricia, un beso o una frase tierna, uno tras otro, quienes decían sentir amor por mí, me arrojaban al despeñadero de mujer objeto. Entonces supe lo que es deambular entre tinieblas.

Nunca se puede imaginar todo lo que podemos llegar a hacer. Cuando creía haber encontrado a quien amar, entre caricias y besos cada vez más intensos, él susurró el nombre de otra. Un instante sentí lo que es morir, supe que nunca hubo un nosotros; el dolor acumulado y mi dignidad denigrada me impulsaron a huir. Al desvestirse cayeron unas monedas, y mi orgullo herido se volvió ganas de aprovecharme. Con lágrimas aún resbalando por mi rostro, pero sintiendo que yo tenía el control, lo dejé hacer mientras me enfoqué en lo que le diría. Después de su: «Vístete», mimosa, le dije: «necesito comprarme algo, ¿me das una platita?» y el mundo volvió a estar en orden: el macho había comprado placer sin complicaciones ni sentimentalismos; yo lucraba con él. Aprendí a engañarme con que disfrutaba esa forma de ganar dinero. Así fue como me pagué los estudios de literatura (que, ¿por qué los abandoné? esa es otra historia).

Leyendo mi nota no se vislumbra cómo con los gemidos de hombre, previos a verter su lava ardiente en mis entrañas, me siento diosa del placer pues exponen por un instante la sensibilidad masculina cerrada con tantos cerrojos. Logro un instante de autenticidad varonil, que no consigue psicoterapeuta alguno. ¡Pobres los hombres! Tener que vivir con mil y un máscaras con tal de no contactar con sus emociones más auténticas: tristeza, miedo y soledad. Y cuando trato de exaltar ese encuentro humano cual ángel de John Milton que es arrojado del cielo el sobre con dinero sobre el velador me restriega en el rostro lo comercial de nuestra interacción. Este viaje paraíso-infierno no se trasunta en mi nota.

Usted dice escribir, para intentar un mundo distinto y dar a sus hombres un poco de usted mismo; que se encuentra muy bien cuando termina un cuento que más o menos le satisface. Salvando las distancias, yo hago lo mío por las mismas razones. “Trabajando” o no he buscado el encuentro humano del que habla Fritz Perls. Hasta ahora, nadie tolera mostrarse sin el apoyo de alguna máscara: cristiano, de buena familia, bien casado, maestro, escritor exitoso, moralista (“una mujer que hizo lo que quiso con su vida, solo para un buen rato”). Aun no pierdo las esperanzas, pero cada vez me convenzo de que no tendré resultados más o menos satisfactorios, la mía habrá de ser una novela sin final, una novela con su Sísifo, su roca y su montaña. Mi roca rueda montaña abajo cuando conocen mi historia y reclaman el derecho de exclusividad pasada, presente y futura.

Yo decido que no deseo constatar si usted iría a mi encuentro sin máscara alguna. Me reservo la ilusión de soñar.

Sé que usted hará una segunda lectura de la desafortunada nota.

Un beso dolorosamente casto.

Ivonne

P.D.

A. Acerca de por qué me gano la vida como lo hago, tengo varias otras historias… ¡a gusto del cliente!

B. ¿Le pareció una ficción creíble, maestro?

Elija la opción de posdata que prefiera. 

jueves, 28 de enero de 2021

Sucede… así es la vida

Miguel Ángel Salabarría Cervera


Llegué a la Secretaría de Tránsito como a las nueve de la mañana para canjear las placas de mi auto, me formé pacientemente en la interminable fila fuera de las instalaciones, bajo los candentes rayos de sol.

Pasó un pequeño vendedor de periódicos y compré uno, lo hice por dos motivos: para leerlo haciéndome la espera amena, además y lo principal, cubrirme de los rayos solares que ya amenazaban con filtrarse entre las nubes.

Me dije filosóficamente: «Hacer fila ilustra», porque se tiene la oportunidad de platicar con alguien y así sucedió, detrás de mí se formó una persona, al mirar resultó ser un compañero de infancia

─Me da gusto verte Macario.

─También a mí ─me manifestó.

─Las veces que nos hemos visto solo nos saludamos a la distancia, pero ahora tendremos tiempo para platicar porque hay muchas personas delante de nosotros.

Él rió estruendosamente como era su característica, al tiempo que me palmeaba la espalda.

─Quién sabe a qué horas saldremos de aquí ─le señalé.

─Sí, sobre todo yo, porque vengo a canjear tres juegos de placas.

─Te felicito, porque tienes tres vehículos, yo solo tengo uno.

─No te creas, son del senador, soy su chofer, y también hago estos trámites.

─Bueno, es parte del trabajo ─le respondí.

─Qué has hecho de tu vida, ¿dónde trabajas?

─Trabajo en la universidad.

─Con el senador trabajo hace quince años, desde que entró a la política

─¿Y la familia?

─En esto no me fue bien y ahora estoy solo.

─«Mas vale solo, que mal acompañado», pero lo importante es tener tranquilidad ─le comenté en broma.

─Eso sí, vivo tranquilo. Lo que me molesta es recordar cómo se dieron las cosas.

Me quedé callado respetando su confesión y miraba para otro lado, en ese momento pasaba un joven vendiendo aguas frescas, lo llamé para tomar una y le ofrecí otra a Macario, pagué ambos refrescos e indicándole que era para mitigar el calor que iba en aumento, él la aceptó con agrado.

Pensé que cambiaría el tema, porque mi intención fue distraerlo al invitarlo, pero sucedió lo contrario. Con más confianza comenzó a platicarme sobre su infortunio familiar.

─Te voy a contar, para hacer más corta la espera ─tomó un trago de refresco, se limpió la boca, perdió su mirada en los rayos del sol que caían ya con fuerza y prosiguió─, hace años tuve una mujer, la conocí tiempo atrás, trabajaba en un almacén de ropa en el centro de la ciudad, y como yo ando por esos lugares con el patrón porque ahí están las oficinas de gobierno, pasaba por el lugar de su trabajo. Hasta que un día me animé a hablarle y me contestó, a partir de ahí empecé a salir con ella, nos hicimos novios, así estuvimos seis meses, hasta que le pedí que nos casáramos por lo civil y por la iglesia como «Dios manda», la quería bien y por esto le propuse matrimonio, me sorprendió que ella me dijera que no creía en el casamiento, porque de no funcionar sería un problema la separación y más si yo quería tener hijos.

Lo interrumpí, para decirle que, si desde ese momento no se dio cuenta que era una mujer que no compartía las aspiraciones de él, porque no quería formar una familia como todos esperan, y por lo mismo no era una relación que tuviera futuro estable.

─Además ella me expresó que «eso de matrimonio ya estaba pasado de moda», y que no le gustaban los niños, porque eran muy molestosos y había que estarlos batallando. ¡Sorpréndete! ─exclamó entre risa y congoja─, además «iba a perder su cuerpo».

No pude menos que sonreír, para que no se sintiera ofendido solo le pregunté que si era muy atractiva.

─La verdad sí, era muy hermosa, hasta el día de hoy.

─Vamos avanzando porque la fila se ha reducido y ya pronto entraremos a las oficinas y dejaremos de sentir calor, porque el sol está más intenso ─le dije al tiempo que me cubría de los inclementes rayos.

─Sí, «ya falta menos que cuando llegamos» porque ya tenemos más de una hora esperando ─comentó en son de broma y añadió─, lo que me comentas de ella, me lo dijeron familiares y amigos, pera ya ves cómo se pone uno cuando se enamora, no entiende razones y se deja llevar por el corazón, sin medir las consecuencias.

Sin pensar en cómo me iría con ella, acepté todas sus condiciones y nos fuimos a vivir juntos a una casa que con anterioridad ya había adquirido pensando en algún día tener una familia. Cuando ella se decidió, le compré muebles y todo nuevo a su gusto pensando en hacerla feliz. Vivíamos enamorados y todo fue de maravilla durante tres años, me sentía contento y terminé aceptando que no era necesario el matrimonio ni la presencia de los hijos para vivir felices. A todos les platicaba que se habían equivocado con sus expectativas negativas sobre nuestra relación, porque vivíamos como nunca lo imaginamos.

─Entonces, si todo iba bien, ¿por qué te lamentas ahora de esta relación?

─Camina que ya entramos a la oficina, podremos sentarnos y dejar de asolearnos, solo nos faltan como veinte personas para ser atendidos ─me dijo Macario.

─Tienes razón, ya estuvimos haciendo fila bajo el sol más de una hora, justo es sentarnos y disfrutar el aíre acondicionado para seguir platicando.

─Así es, terminaré por contarte qué fue de la relación que tuve con esa mujer.

Se pone serio, fija la mirada en un punto perdido como si los pensamientos se le vinieran en vorágine, respira pausado e inicia su relato con voz entrecortada.

─Ya te comenté que soy chofer del senador y lo llevo a donde él requiera, cuando estaba en campaña, recorríamos el estado por varios días, ausentándome de la casa, yo me iba con tranquilidad confiando en ella porque siempre me decía que no tuviera ningún pendiente al quedarse ella sola, pues no tenía miedo y la casa estaba protegida.

─Macario, si te causa malos recuerdos, no tienes por qué platicarme.

─No te preocupes, que algunos ya saben el chisme ─agregó─, una noche llegué de viaje pasada la media noche, entré y vi por debajo de la puerta del cuarto en que nosotros dormíamos la luz encendida, me extrañó, porque a ella no le gustaba dormir con luz y además cuando se dormía no despertaba hasta la mañana, no sabía qué hacer, caminé sin hacer ruido y me puse a escuchar a través de la puerta, oí gemidos de placer, el cuerpo se me encendió de coraje… quedé turbado no sé cuánto tiempo transcurrió, cuando reaccioné saqué la pistola que llevo en el cinturón dispuesto a matarlos, abrí la puerta de una patada, y los apunté, ellos gritaron interrumpiendo sus besos y caricias, para cubrirse sus desnudos cuerpos con las sábanas, me quedé mudo de sorpresa, al descubrir que el hombre que estaba con mi mujer… ¡era mi padre!

No pude expresar palabra alguna, ante el amargo relato del mi amigo de infancia… ya repuesto de la sorpresa, le palmeé la espalda para demostrarle mi apoyo y le sonreí con aflicción. Él recuperado del momento que le hizo revivir sus palabras, me miró y expresó.

─Iba decidido a lavar mi honra, al escuchar como gozaban de placer en mi casa y cama, al verlos desnudos… me contuve y bajé el arma, no les disparé porque era mi papá, no quise hacer una estupidez que ahora estaría pagando. Ellos me miraban sorprendidos, pero no estaban asustados, solo se cubrían con las sábanas que yo había comprado, fueron instantes que no sé cuánto duraron; el silencio se rompió cuando mi padre dijo.

─¿Qué vas a hacer?

─¡Largarme!

Di media vuelta y me fui de la casa, abordé el auto para irme a un hotel, tuve ganas de emborracharme, pero el patrón me esperaba a las siete de la mañana y no le podía fallar. Salimos de viaje y regresamos a los dos días, eran como las nueve de la noche, me dirigí a mi casa, entré y ella estaba ahí como si no hubiera pasado nada. Cuando salí de bañarme, me había servido la cena y me esperaba sentada a la mesa como siempre hacía. Al ver su actitud cínica después de lo ocurrido, sentí coraje, pero me contuve. No sabía si hablarle o no, pero debía enfrentar la situación, así lo hice y solo acerté a preguntarle.

─¿Por qué me traicionaste?

─No lo sé.

─¿Cómo que no lo sabes?

─Bueno, tu papá venía a verte y tú nunca estabas y él se quedaba platicando conmigo luego se iba después de cenar.

─¡Pero eso no era motivo para que los dos me traicionaran!

─Pues no, pero nos fuimos teniendo confianza y empezamos a hablar de nuestros sentimientos, y poco a poco nos fuimos entendiendo en todo.

─Es decir, ¿qué no era la primera vez?

─Para que te echo mentiras. No era la primera vez, ni recuerdo cuantas veces se dieron nuestros encuentros íntimos.

─¡No lo puedo creer!

─Sucede… así es la vida.

Casi no probé bocado, me limité a tomar café, para despejar mi mente y organizar mis pensamientos. Después de un largo silencio la cuestioné.

─¿Qué vas a hacer?

─¿Qué vas a hacer tú? ─me reviró con altanería.

Me sorprendió su cinismo, ahora la conocía cómo era en realidad, pero ya no me enojaba, había digerido lo más difícil y con aplomo le contesté.

─Yo, quedarme en mi casa, tú te puedes ir.

─No te preocupes, ya tengo a donde ir y estaré muy bien.

Dicho esto, se levantó con altivez de la mesa, se dirigió al cuarto, yo permanecí en el comedor mirando la puerta sin saber cuál sería su reacción. Al cabo de una hora, apareció con dos maletas y unas bolsas, y con frialdad me preguntó.

─¿Quieres saber a dónde me voy?

─No me interesa.

─Te lo voy a decir, para que no te vengan con el chisme y estés preparado. Me voy a casa de tu padre.

No lo esperaba, pero no me causó sorpresa porque finalmente los dos eran iguales.

─Espero que te dure la relación ─le repliqué.

─Yo creo que sí, es más hombre que tú.

─¡Lárgate!

─Ya me voy, pedí un taxi y ya está pitando.

Salió dando un portazo y con ello se cerró el capítulo más amargo de mi vida.

─¿Qué pasó con tu padre?

─Supe que viven juntos, pues mi mamá ya tiene años que murió, no tenemos contacto, cuando lo veo en la calle, lo evito y sigo mi camino.

─Es lamentable y dramático lo que te sucedió.

─Así es, vivo solo desde hace cuatro años, estoy tranquilo trabajando y la vida sigue.

En ese momento me llamaron en una ventanilla y a Macario en la próxima, nos despedimos previamente con un abrazo e iniciamos el trámite de canjear las placas.

martes, 26 de enero de 2021

Terror nocturno

Ixchel Juárez Montiel


Mucha gente cree que los monstruos no existen, pero Camila sabe que sí. Hay uno viviendo debajo de su cama. Un monstruo insaciable que devora niños como si fueran caramelos. 

La primera vez que lo vio fue la noche en la que se levantó a tomar agua y una enorme mano con garras le sujetó el tobillo. Lanzó un grito y sus padres fueron a verla, mas no pudieron encontrar nada malo. 

—Eso te pasa por ver películas de terror —la regañó su madre—. Te dije que tendrías pesadillas. Ahora duérmete que mañana vas a la escuela. 

Por supuesto que Camila no pudo dormir. Trataba de no prestar atención al ruido que el monstruo hacía cuando arañaba la duela de la habitación. Se cubrió el rostro con las cobijas, pero todavía lo escuchaba. Un terrible ser que se afilaba las uñas, esperando clavarlas en la tierna piel de una niña.

—En cuanto te quedes dormida, te comeré —dijo el ente con voz cavernosa.

Pasaron los días y Camila se rehusaba a dormir, mas no podía continuar de esa manera. Era una situación insoportable. Por un tiempo les rogó a sus padres dormir con ellos. Se lo permitieron al principio. Él la consentía sobremanera, pero su madre no creía que fuera sano.

—Hoy dormirás en tu habitación —ordenó a la hora de la cena.

Camila abrió sus grandes ojos color miel para ver a su padre mientras intentaba convencerlo en silencio. El plan se arruinó cuando la mujer lo miró de forma amenazante indicando que la decisión estaba tomada y no habría discusión.

Se acostó y por un momento tuvo la ilusión de que el monstruo había muerto de hambre durante el tiempo en que ella no había dormido ahí. O tal vez, hambriento y aburrido, abandonó la casa para atormentar a otros niños.

Hasta que escuchó las garras arañando la duela.

—En cuanto te quedes dormida, te comeré —repitió.

Se sentó en la cama y encendió la lámpara de la mesa de noche. ¿Por qué esos arañazos no estaban por la mañana? ¿Por qué los adultos no podían ver aquel espanto? No se atrevía a contarles nada. Sabía, de alguna manera, que no le creerían, sobre todo porque no tenía manera de probarlo.

—¿Y si te traigo fruta ya no me comes? —preguntó con voz temblorosa, animándose a negociar con el monstruo.

—En cuanto te quedes dormida, te comeré —sentenció. 

Camila supuso que la fruta no le gustaba. No durmió tampoco aquella noche, pensando en qué podría ofrecerle para que la dejara en paz.

En una ocasión, antes de ir a la cama, echó un vistazo debajo y vio dos brasas encendidas. Los ojos del monstruo.

—¿Y si te traigo dulces ya no me comes? —insistió la niña.

Los ojos del monstruo brillaron más. No por el ofrecimiento. Camila escuchó algo parecido al sonido de algún líquido derramándose. Brincó hasta la cama cuando se dio cuenta de que se trataba de la saliva del monstruo, producto del hambre y de la visión de la niña tan cerca de él. 

—En cuanto te quedes dormida, te comeré.

Otra noche en vela. Camila no entendía por qué el monstruo no simplemente salía del escondite y se la comía. Escuchaba las garras contra la duela y una respiración profunda que después se convirtió en un ronquido permanente. 

Durante la merienda, a la noche siguiente, Camila se guardó unas galletas en el bolsillo. Ya no negociaría. Se las arrojaría al monstruo y tal vez se libraría así de la amenaza. Antes de ir al baño a lavarse los dientes y mientras sus padres continuaban despiertos, la niña aventó las galletas debajo de la cama. 

Al acostarse esperó y no escuchó nada. Suspiró aliviada. Mas justo cuando estaba a punto de conciliar el sueño, el sonido de las garras la sacó del sopor, poniéndola alerta mientras el ronquido que hacía el monstruo al respirar llenó de nuevo la habitación.

—En cuanto te quedes dormida, te comeré. 

Camila comenzó a llorar. Al principio en silencio. Pero el sonido de las garras y de la respiración del ente sonaban cada vez más y más fuerte. Hasta que no aguantó. Lloró y gritó atrayendo de prisa a sus padres.

—¡¿Qué pasa, mi niña?! ¿Qué tienes? —preguntó él en cuanto entró a la habitación.

—¡Debajo de la cama! ¡Un monstruo! ¡Dice que me comerá si me duermo!

Su madre se asomó al lugar con una mezcla de rapidez y furia mientras él permanecía sereno y abrazaba a Camila fuertemente. La niña comenzó a temblar. Esperaba con temor que, de un momento a otro, la garra del monstruo atrapara a su madre y la despedazara, esparciendo sangre sobre el suelo.

—¿Qué te he dicho de esas películas, Camila? —preguntó furiosa mientras se incorporaba.

—Quiero dormir con ustedes, por favor.

—Cariño —dijo su padre—, muy bien, pero será la última vez...

—¡He dicho que no! 

—Tiene miedo, por favor…

—¡Ya está grandecita para esos cuentos! ¡Las niñas grandes duermen solas y se acabó! ¡Te he dicho cientos de veces que esas películas te dan pesadillas!

—¡No es mi imaginación! ¡No lo saqué de ninguna película! ¡Está debajo de la cama!

—¡Ven acá y asómate! —le ordenó mientras retiraba las cobijas que colgaban hasta el suelo. 

Camila escondió la cabeza en el pecho de su padre, buscando algo de apoyo. Él le acarició el cabello con ternura, ¿por qué la mujer no podía sentir compasión por una niña aterrada? Sobre todo si se trataba de su hija.

—Déjala —dijo casi en un susurro mientras la abrazaba con más fuerza—. Está asustada.

—¡Pues debe aprender a no ser tan miedosa! ¡Especialmente de cosas que no existen! ¡Creyendo en monstruos a estas alturas! ¡Camila, ven aquí y asómate! ¡No te lo repetiré!

La niña se acercó para después inclinarse y ver bajo la cama. No había nada. ¿Cómo era posible? ¿Y si ella tenía razón y todo lo imaginaba?

—Ahora dime qué hay ahí —ordenó su madre.

—Nada, pero…

—¡Así es! ¡Nada! 

—¡Pero yo lo vi!

—Creíste haberlo visto que es diferente. Camila, es más de medianoche y mañana todos debemos levantarnos temprano. ¡Ya duérmete, por favor!

Camila pasó la noche sollozando quedamente mientras escuchaba las garras del monstruo arañando la duela y su respiración trabajosa que se convertía en horrorosos ronquidos flotando en el aire. 

Al día siguiente, en la escuela, no se comportaba como el resto de las niñas. Estaba agotada, grandes ojeras oscurecían sus ojos. Su piel, usualmente sonrosada, lucía pálida, dándole la apariencia de estar enferma. 

—¡Camila! —escuchó a la distancia.

Aunque quien le habló no estaba lejos. Se encontraba justo frente a ella. La dulce Mónica, luciendo hermosos rizos rubios acomodados en dos coletas con grandes moños blancos. Hablaba con la boca manchada de rojo grosella por la paleta de caramelo que saboreaba.

—¿Qué? —preguntó Camila en cuanto reaccionó.

—Que si quieres jugar. Traje muñecas.

Y entonces Camila tuvo una gran idea. Era obvio que el monstruo que habitaba bajo la cama no quería más alimento que no fueran niños. Pero no tenía que ser específicamente ella, ¿o sí?

Por la noche, esperó a que todos durmieran y que el monstruo la amenazara como siempre.

—En cuanto te quedes dormida, te comeré.

Camila se armó de valor. Tenía las manos sudorosas a pesar de que sentía frío. Podía percibir a un montón de murciélagos revoloteando en el estómago. Ansiaba salir corriendo, mas debía enfrentar a la bestia de una vez si quería volver a dormir. 

Asomó la cabeza debajo de la cama y ahí estaban los ojos relucientes del monstruo y al verla, comenzó a salivar. 

—¿Y si te traigo a uno de mis amigos ya no me comes?

Los ojos del monstruo se agrandaron y brillaron mucho más. Camila hizo una mueca de asco cuando pudo ver una lengua verde y viscosa pasar por su espantoso hocico.

—Si los traes, no te comeré. Esperaré a que se duerman —respondió el monstruo. Y entonces dejó de arañar la duela y de respirar de esa forma. 

Sin pensarlo mucho, invitó a Mónica a dormir a su casa. Vivía muy cerca y sabía que la niña adoraba las pijamadas, comer helado y ver películas hasta tarde.  

Su madre esperaba que las palomitas de maíz terminaran de cocinarse en el microondas. Camila acomodaba un par de refrescos y servilletas en una charola.

—¿Y qué película van a ver? —preguntó la mujer mientras vaciaba las palomitas en un tazón.

—Una sobre un perro y un gato.

—Mucho cuidado con ver películas de terror. Ya ves cómo te han afectado últimamente y ni creas que iré en cuanto pegues de gritos.

—No, mamá. Es una película para niños.

—Muy bien, iré a verlas en un rato para ver si es cierto.

Camila no prestaba atención a la televisión. De vez en cuando echaba un vistazo hacia su cama, esperando que el monstruo cumpliera con su amenaza. Una hora más tarde, decidieron que era momento de irse a dormir. Desde la aparición del monstruo, Camila intentó bloquearlo de alguna manera pegando su cama a la pared, al menos de ese modo sabría que solo podría salir de un extremo.

Por ese motivo Camila se acostó junto al muro, dejando a Mónica en el otro lado, a merced de la bestia.

—Hasta mañana —dijo Mónica, antes de lanzar un hondo bostezo.

—Descansa —respondió Camila. Y en cuanto notó que su amiga se volteaba para sumirse en un sueño profundo, se le llenaron los ojos de lágrimas, mas ya no había marcha atrás—. Perdóname.

Luego Camila escuchó las garras arañando la duela, el ronquido inconfundible del monstruo y el incesante goteo de la saliva. En la penumbra vio una garra espantosa emerger debajo de la cama. La garra parecía crecer más mientras se acercaba a Mónica. La pequeña no despertaba e ignoraba el peligro que se cernía sobre ella. Camila volteó el rostro hacia la pared al tiempo que oía un rugido estremecedor. Esperó a que sus padres entraran de un momento a otro, pero al parecer, la única que había escuchado algo era ella.

Pudo dormir esa noche. Y por la mañana, uno de los moños de Mónica estaba en el suelo. Lo ocultó en un cajón. Les dijo a sus padres que su amiga había regresado a casa muy temprano. Vivía a solo dos casas

Todo pareció estar en calma las siguientes semanas. Tuvo éxito mintiendo a la policía y a los padres de la niña cuando le hacían preguntas. Se apegaba a una historia y nadie la movía de ahí. Además, finalmente Camila podía dormir tranquila. 

Hasta que una noche, escuchó nuevamente las garras arañando la duela y los ronquidos espantosos.

—Si no me traes a otro niño, te comeré. 

Y así lo hizo. Y sigue haciéndolo, pues la niña sabe que en cuanto deje de alimentarlo, irá por ella. 

lunes, 25 de enero de 2021

Arañas

Ricardo Sebastián Jurado Faggioni


Alguien husmeaba en mi cuarto, sin embargo, no podía hallarlo. Revisé debajo del velador, no encontré nada. La hora de dormir llegó y apagué la lámpara. Observo que una araña pequeña estaba tejiendo. Cogí una hoja para sacarla de aquel sitio, la puse en el piso para después pisarla. 

Me acuesto en la cama para irme a dormir, aunque despierto en una cueva. Una criatura del mundo de los arácnidos apodada escorpión sin cola, que mide setenta centímetros, empieza a enredarme con su telaraña, es tan potente que no puedo romperla. Inmediatamente termina de enredarme. 

Siento cómo va jalando su tejido. Recorrimos varios kilómetros. Se detiene. Un temible monstruo peludo con un metro de largo, alza una pata, la pone en mi frente y conversa conmigo telepáticamente. Soy la araña madre, asesinaste a una hija esta noche, voy a explorar lo más profundo de tu ser para conocer a qué le temes. Recorrió cada pensamiento, incluso se aprendió mi nombre. Así que eres Alex un niño de diez años que está por terminar su primaria, vives con tus padres

Al finalizar lo mencionado, me trasladó a una prisión llena de oscuridad, nunca había experimentado tal sentimiento de abandono, soledad y tristeza. Mis gritos se perdían en el eco infinito. Cuando la muerte se aproximaba, los pensamientos del ser arácnido fueron interrumpidos por una tierna voz.  

—Despierta Alex —dijo mamá. 

Abrí mis ojos y estaba confundido porque podía apreciar la cama cálida más no el piso rocoso. Agradecí al cielo que la persona que estaba conmigo era mamá, los rayos de luz se topaban con la ventana, nunca había anhelado la claridad como en ese preciso instante. La abracé con fuerza y no comprendía el gesto. 

—Otra vez con pesadillas —comentó María Alexandra.

—Se sintió tan real —dijo Alex. 

—Contar lo que sucedió a veces es bueno para enterrar los miedos —expresó Alexandra.

—Había arañas inmensas, también estaba oscuro y me enredaron en una telaraña —explicó Alex. 

—En nuestra imaginación los pensamientos toman vida, pero somos nosotros quienes los controlamos —respondió Alexandra. 

Escuché sus consejos y volví abrazarla. Bajé a la cocina para desayunar, de pronto estaba solo. Mis pensamientos volvieron a aquel sueño de la oscuridad. Traté de no oír esas voces, fui al lavabo a dejar los platos. En la tarde estaba en la habitación realizando tareas, al haber acabado con aquellas actividades, decidí prender el ordenador, ver una serie en Netflix. Hace algunos meses observaba al héroe de DC comics Flecha Verde, se convirtió en una buena serie por su acción y trama. Lo único que tenía para defenderse contra los villanos era sus conocimientos de artes marciales y su ballesta. 

Un episodio me impactó: contaba sobre cómo vencer los miedos y si él podía hacerlo, igual yo. Esto se muestra en el capítulo cuando El Conde un narcotraficante estaba produciendo una sustancia que si te la inyectabas mostraba tu peor pesadilla. El héroe había llegado al laboratorio ilegal del criminal, en el enfrentamiento este le logra introducir mediante una vacuna la sustancia, el malo consiguió escapar, sin embargo, el salvador quedó mareado. En pocos segundos tuvo una revelación, su mayor temor era él mismo, puesto que tenía pánico de herir o fallar a sus seres queridos. 

A pesar de su fracaso acepta que él es humano, que tenía miedos, defectos, virtudes y fortalezas, que llevar una máscara para salvar su ciudad no lo deja libre de equivocarse, pero el impulso de proteger a los que ama le dio las fuerzas necesarias para volver a encontrar al narcotraficante y encerrarlo en la cárcel. En la nueva batalla El conde introduce su inyección, pero esta vez no tiene efecto en él porque había conquistado sus debilidades. Al finalizar el combate el encapuchado derrota al villano. 

Al concluir el capítulo aprendí que tenemos temores profundos, pero también existe el valor para derrotarlos. Me fui a dormir. Abrí los ojos, pero no estaba en mi habitación, sino en la oscuridad donde el ser arácnido residía. Otra vez nos volvemos a encontrar, todavía no he acabado de torturarte. Tienes un castigo más que padecer. Interrumpí sus pensamientos, comprendí que era un sueño donde yo tenía control sobre ellos. 

Comencé a liberarme de las telarañas, me acordé de los consejos de mamá y de las enseñanzas de mi héroe favorito. Decidí en la pesadilla tener una antorcha para hacer luz en medio de las tinieblas. La araña ya no se veía inmensa sino diminuta. No te daré poder, te ordeno que desaparezcas. No sentía pánico, pude hallar un camino hacia la salida. Al pasar el final del túnel regreso a mi hogar, observo que estoy en el dormitorio. El temor que sentía por la oscuridad no volverá jamás. 

viernes, 15 de enero de 2021

Humanidad prestada

Laura Sobrera


La Tercera Guerra Mundial llegó inesperadamente y fue el inicio de otra manera de accionar bélico. Si hay algo que los seres humanos tienen, es el poder ampliar su capacidad maligna hasta límites insospechados.

Quince largos años duró esta lucha, millones de seres perecieron sin bombas ni municiones. Un virus tras otro, vacunas y miedo, sobre todo un profundo temor, lograron disminuir la población mundial de forma alarmante pero tranquilizadora para la élite que gobernaba detrás del telón. Este conjunto selecto de seres con mucho poder económico, movieron los hilos de la conducción política y financiera a nivel global y habían logrado unificar criterios de gobierno para tener a los seres humanos controlados de manera muy eficaz.

Esos años de abuso de información monotemática y ya digerida a todas horas, repetidas como mantras, mermaron la rebeldía humana a todo lo que coartara su libertad y modificaron su capacidad de creer, pero, sobre todo, de analizar desde la inteligencia esas declaraciones que veía o escuchaba.

El mundo se aisló, porque el pánico es poderoso. Dejaron de reconocerse iguales a otros humanos y fueron en pos de la individualización sin pensar que el colectivo es quien logra los milagros. Todo sucedió gradualmente, un día tapabocas, otro, distancia, después aislamiento social, hasta que comenzaron a surgir generaciones que se acostumbraron a este retraimiento, a verse solo de forma virtual, ya que colectivamente se tuvo la sensación que cada ser era un mundo diferente del otro y eso constituía una posible amenaza sanitaria.

La doctora Kara Larson, una joven mujer de treinta y cinco años, especializada en biotecnología, era la directora de un proyecto de fabricación de humanos genéticamente modificados que tenía como meta la creación de individuos que no enfermen ni envejezcan, con el fin de convertirlos en trabajadores que suplan a quienes no se atreven a salir de sus casas, por el pavor que tienen a enfermar y morir. Esto es económicamente ventajoso para la clase dominante, cuando uno sufre un desperfecto, solo se lo reemplaza. No hay juicios, demandas ni gastos relacionados.

Ella trabajaba en un gran laboratorio. Estaba ubicado sesenta metros bajo tierra en una zona rural de la ciudad y se desarrollaba en varias plantas aprovechando al máximo el calor geotérmico de la zona para su abastecimiento energético. Desde la carretera más cercana, lo único que se veía era una vieja casona rodeada de árboles, algunos animales y algo más alejado todavía, un gran galpón que disimulaba la entrada al centro de investigación biotecnológica. Al fondo del paisaje unas pocas montañas delimitaban y protegían el terreno.

El lugar donde la doctora cumplía con sus tareas era una gran habitación con innumerables computadoras de última generación, vista panorámica a un habitáculo lleno de grandes cilindros de dos metros de altura, similares a torpedos o bombas, en el que se conservaban los cuerpos de estos seres, en apariencia humanos. También podía usarse como fábrica de órganos para cuando el ser humano que vivía en la superficie los necesitara.

Estos grandes tubos eran de acero de doble capa y en medio circulaba nitrógeno líquido que los mantenía en una criogenia apropiada, preservándolos para cuando fuera necesaria su utilización.

La habitación se iluminaba con una tenue luz verde que daba a esos seres una apariencia fantasmal de color cadavérico y se caracterizaba por el frío que se sentía allí.

Si bien los cuerpos no se enfermaban, sí se desgastaban, por eso la necesidad de su creación en grandes cantidades. En el mundo había cinco laboratorios estratégicamente colocados uno en cada continente para cubrir las necesidades laborales y médicas de los humanos recluidos.

Estos cuerpos eran fabricados con células madre de donantes escogidos especialmente por su salud física y mental, sumado a unas impresoras tridimensionales que iban cubriendo lo exterior e interior de esos seres. De esa manera se construían también los órganos, de forma que estos individuos fueran donadores universales de esas preciadas vísceras

Kara completaba su personal con algunos científicos humanos que trabajaban en distintas partes del edificio, sin contacto entre ellos para proteger la información codificada y con algunos de estos individuos modificados, perfectamente adiestrados, pero había uno muy especial al que había dotado de una inteligencia artificial más desarrollada, agregando algoritmos a su mente que le permitía un eficaz aprendizaje y entendimiento, a diferencia de los otros a los que se le otorgaba el intelecto necesario y esta era la razón que los convertía en perfectos subordinados. Al diferente, ella lo llamaba John. Cuando alguno podía evolucionar o salirse de control, simplemente borraban su memoria y eran reiniciados. Eran simples máquinas con apariencia humana.

Kara tenía sus jefes en la ciudad cercana y se comunicaban a diario para controlar que todo saliera como estaba planeado, o sea, mano de obra competente y económica mientras se aniquilaba cualquier matiz de pensamiento superior a una humanidad que vivía encerrada, como consecuencia del miedo que se les infundió. La esclavitud siempre existió desde los comienzos de las primeras civilizaciones, solo se modificaba la forma.

La científica, al tratar diariamente a John como su compañero de tareas no se dio cuenta de la increíble evolución que estaba desarrollando. Cuando ella se ausentaba durante las horas en que iba a su residencia a descansar, le gustaba buscar datos históricos, conocer en profundidad al ser humano que estaba supliendo y también se interiorizaba en la genética molecular, área en la que colaboraba con la doctora.

Una noche, mientras Kara descansaba en su casa de la superficie, una alarma la despertó. Sobresaltada corrió al laboratorio. El sonido programado era similar al de las advertencias de ataques aéreos de las viejas películas que le fascinaban de la Segunda Guerra Mundial, solo que en este caso específico era utilizado para alguna presencia ajena al propósito del centro de investigación.

Cuando llegó, notó la imagen de un virus proyectado en la pantalla que colgaba en su oficina, desde el microscopio electrónico. Le pareció reconocerlo, por lo que buscó en sus archivos similitudes con ese modelo que se veía en el monitor. Sí, era familiar para ella, se trataba del virus de la viruela, Variola virus, que provocaba la enfermedad del mismo nombre, que había sido aniquilada en mil novecientos ochenta. Lamentablemente, a pesar del pedido de la OMS, se conservaron dos muestras, una en la URSS y la otra en Estados Unidos de América. 

Había un grave problema con este microorganismo y es que al ser una enfermedad erradicada ya no se efectuaba la prevención respectiva con vacunación, por lo que un contagio masivo podría ser letal para los humanos y los individuos modificados. De hecho, no tiene cura, solo podían prever y evitar contagios con inmunización. Hizo más estudios al respecto de este virus y era una cepa que no venía de los laboratorios soviético o norteamericano, sino que la cadena de proteínas de su ARN eran una secuencia algo distinta de los antes estudiados por ella. Esta era una creación hecha por alguien con amplios conocimientos en biotecnología y no debería ser nadie del laboratorio porque cada uno de ellos solo trabajaba una parte de la información y eso hacía imposible completar tal resultado.

En este punto, con la conclusión de ser una intervención externa al personal del centro de investigación, decidió llamar a la nómina de delitos biotecnológicos para que realizara la pesquisa sobre cómo pudo la seguridad del laboratorio ser violada y si esa persona podría continuar allí.

Rápidamente la policía envió al sargento William Thompson quien se presentó junto al detective Charles Pitié y algunos científicos de escenas de crímenes para buscar huellas o rastros que aclararan esta situación. Kara los recibió presurosa y con visibles muestras de preocupación.

El sargento fue conducido al lugar donde estaba la prueba, en el portaobjetos de un microscopio electrónico, que mostraba ese agente viral en una pantalla que se reproducía en la pared del lugar de trabajo de Kara. Ella le explicó que, si bien el virus era conocido, tenía algunas mutaciones propias de su creación desde el inicio con modificaciones genéticas en la red proteínica de penetración celular y una gran capacidad de matar a su huésped en poco tiempo, aunque no sabría cuánto. Dadas las similitudes orgánicas de estos individuos con los seres humanos toda la población, tanto humana como modificada, estaban en riesgo inminente.

Los forenses permanecieron allí buscando huellas o algo que determinara quién podía ser el autor de la manipulación de este vector viral erradicado hacía tanto, mientras William y Charles continuaron con la exploración del resto del laboratorio. Kara les aconsejó que se protegieran adecuadamente con un equipo apropiado que les proporcionó, dada la posibilidad de contagio y el no tener cómo tratar adecuadamente ese agente viral hasta probar con la antigua vacuna o desarrollar otra a partir de ella, pero no sería algo inmediato. Cuando llegaron al nivel de los tanques de almacenamiento asombrados vieron como uno estaba abierto y el cuerpo que debería habitar en su interior había desaparecido.

—Fue muy acertado ponernos estos trajes —dijo William a Charles.

—Claro que sí y con ellos seguiremos mientras estemos en este laboratorio. Acá todo huele a muerte y hasta tiene su color —manifestó con cara de asco.

Subieron a la oficina de Kara y le comunicaron del cuerpo faltante, mientras que los forenses bajaban a buscar indicios que pudieran decir quién había cometido tal atrocidad.

—¿Los tanques estaban completos a su máxima capacidad? —preguntó a Kara.

—Sí, ¿por?

—Porque encontramos uno que está vacío.

—¡No puede ser! Cada vez que me voy los reviso —exclamó asombrada.

—Vamos y lo vemos juntos.

Bajaron y comprobaron que en verdad el organismo que debía estar allí, faltaba y también había sido cortado el suministro de nitrógeno del tanque.

En el piso podían verse las huellas dejadas por una camilla que salía desde cerca del tubo de acero y se alejaban de esa ala del laboratorio a otra más retirada.

Siguen el rastro hasta un sitio apenas iluminado que tenía una carpa plástica de protección contra organismos virales. Dentro estaba el cuerpo lleno de ampollas de pus y líquidos, con costras oscuras, algunas de fétido olor. La doctora Kara procede a sacar muestras de sangre, de las ampollas, lleva algunas costras y se retira consternada para su análisis, pero antes agregó:

—¡No es posible!, dijo, este era el que había elegido para una evolución al siguiente nivel de su inteligencia artificial. Lo llamaría Peter.

—No entiendo, eso, ¿qué significa?

—Mire, no es complicado. La inteligencia artificial se llama así, porque puede resolver cosas, ir de ejercicios matemáticos simples hasta situaciones filosóficamente complejas. En realidad, es como humanizarlos, hacer que se parezcan más a cómo nosotros éramos antes de esta Tercera Guerra Mundial, cuando disfrutábamos la libertad y socializábamos.

—¿Eso no va en contra de lo que se espera de estos cuerpos?

—No en realidad. A mí me piden que los cuerpos que respondan al trabajo, lo hacen, pero también son capaces de desarrollar una mente cultivada y hasta podría decir que tienen sensibilidad y sentimientos.

—Es muy peligroso jugar a ser Dios.

—¿No es el juego que inventaron los que nos llevaron a esta situación?

—Debería escribir esto en mi informe.

—Ese es su libre albedrío. Su conciencia es la que debe dictar ese testimonio.

William hizo silencio y luego se marchó. Todavía quedaba encontrar al culpable, después decidiría qué hacer con la información que tenía.

Cuando regresó al recinto de tanques, John estaba allí. Parecía que lo esperaba.

—Pensé que no vendría más —dijo ese individuo.

—¿Quién es usted? —preguntó William.

—Soy el que está buscando, me llaman John.

—¿Qué quiere decir?

—¡¿Los humanos se olvidaron de pensar?! —añadió con sarcasmo.

—¿Y eso qué significa? —replicó el sargento molesto.

—Pensé que los que aún estaban trabajando eran más inteligentes y suspicaces.

William estaba confundido y enojado por esas palabras.

—¿Quién piensa que hizo esto? ¿Ya formuló una teoría al respecto? —dijo John con ironía.

—¿Usted solo tuvo la idea, mutó un virus, infectó de alguna manera ese cuerpo? ¿Por qué?

—Es irónico que le parezca improbable. Fui dotado de una inteligencia superior que pudo, puede y podrá evolucionar y será así, hasta que alguien decida lo contrario, contestó con la serenidad de quien conoce lo inevitable. Mis requerimientos de descanso son menores a los del ser humano promedio, por lo que tuve mucho tiempo para estudiar y hacer rendir la capacidad de mi mente. Yo nací siendo adulto con todas las ventajas de la curiosidad infantil. Estudié su historia, lo que han hecho todas las civilizaciones a lo largo de los siglos es permitir la situación actual, que sean esclavos de ustedes mismos. Trabajé codo a codo con la doctora lo que aumentó mi capacidad de comprender la ciencia. Sabía las preguntas que debía hacer para hallar las respuestas que necesitaba.

La tranquilidad e inmutabilidad con la que hablaba dejó perplejo a William. Los organismos modificados, eran físicamente iguales, por lo que se le hacía difícil percibir la diferencia intelectual entre John y los demás fabricados que allí trabajaban, pero las había y su lenguaje verbal y físico lo hacía difícil de ignorar.

—Tomé el virus de la viruela, partí de cero, comenzando un genoma similar con pequeñas variaciones, explicó John. No fue difícil, nosotros hemos sido expuestos a muchos de estos agentes patógenos para lograr una inmunización casi total. Lo que yo descubrí fue que éramos susceptibles a mutaciones forzadas, por pequeñas que fueran, y eso lo pude comprobar con este hermano genético.

—No entiendo, ¿por qué atacó a un semejante? —preguntó William sin dar crédito a lo que oía porque helaba su sangre.

—Aprendí en su historia sobre la supervivencia del más fuerte, esto es algo similar.

—¡No, no lo es! —le gritó el sargento—, un igual vive y respira con usted, en cambio él estaba indefenso y congelado en un tubo. Esto un delito comparable a un asesinato entre los humanos, por el que deberá rendir cuentas.

—Eso es solo un detalle. No estaría en criogenia eternamente, ya había sido elegido como mi sucesor.

—¿Y?

—Yo soy importante, pienso, tengo emociones, aprecio la belleza, el arte, existo y no me agradaba la idea de ser desechable.

—Ser sustituido, no significa eso.

—Para mí, sí —dijo tercamente John.

Kara, que había escuchado toda la confesión, entró desesperada a hablar con John. Se había convertido en alguien que ella no pudo prever y eso le producía una profunda congoja y la hacía sentir ignorante de los progresos que podían alcanzar esas creaciones.

—Por favor, dime, ¿por qué? —preguntó con los ojos bañados de lágrimas—, no contestaste esa pregunta.

—Quisiste humanizarme y casi lo lograste, por eso te pregunto, ¿por qué no?

—¿Por qué te quedaste? Podrías haber huido —dijo Kara sin poder comprender la acción llevada a cabo por John.

—Soy casi algo parecido a ustedes, pero no igual. No alcanzo la categoría de humano. Por más actualizaciones que reciba, aunque mi apariencia sea casi perfecta, solo soy una máquina que nunca alcanzará la humanidad. Estoy en una especie de limbo o purgatorio. No voy al cielo ni al infierno, tampoco soy capaz de sentir eso que ustedes llaman amor. Mi vida es una condena. Tengo envidia de los que no son elegidos para reajustar su inteligencia agregando algoritmos. Solo viven para trabajar, son incapaces de analizar situaciones simples o complejas y yo, que puedo hacer todo eso, soy infeliz, aun sin conocer la felicidad —guardó silencio, porque entendió que no había nada que agregar. A pesar de sus palabras, su rostro no reflejaba emoción alguna, solo una indiferencia absoluta.

El detective Pitié se lo llevó y los forenses guardaron el material recolectado en paquetes sellados y se retiraron. La única opción era reiniciarlo. Kara lloraba silenciosamente. Miró al sargento con un profundo dolor impreso en su rostro, mientras grandes ojeras denotaban el impacto que había recibido.

—Ahora comprendo lo que significa su observación sobre querer hacer el trabajo de Dios. Podemos recrear los cuerpos casi a la perfección, pero carecen de alma. Esa es imposible otorgarla con simples algoritmos matemáticos, pertenece a una esfera que no es científica. Estudió todo lo que pudo, más que cualquier ser humano, pero no comprendió que la historia que conocemos, leemos o analizamos es solo la mitad del cuento. En toda nuestra evolución social, política y económica ha habido guerras, matanzas, crueldad y de eso está lleno nuestro pasado y presente, tal vez también nuestro futuro, pero muy poco se habla de los millones de personas que hicieron el bien, que tuvieron pensamientos puros y elevados, los que pensaron en otros antes que en sí mismos. Esos terminaron siendo anónimos, mientras que recordamos los nombres de los violentos que matan, castigan y menosprecian a sus semejantes y a cualquier especie que habite este planeta. Ahora comprendo que ser humano es algo que va mucho más allá de un cuerpo, es una filosofía, lo contiene todo, bondad, maldad, luz, oscuridad y lo único que cambia es la forma en que elige vivir. Hoy tal vez no estamos en la mejor época de la humanidad, no sé si lleguemos a acercarnos a un ideal, pero siempre hemos logrado sobrevivir. Este momento oscuro también pasará y ruego desde lo más profundo de mi ser a quien sea que creó el alma del hombre, estar allí para poderla apreciar y, sobre todo, saber agradecer el regalo de tenerla.