Alejandra Cantarero Concha
A pesar de encontrarse a inicios de su embarazo,
Verónica estaba disfrutando del viaje. Visitar México era un sueño de la
infancia. Ernesto quiso hacerlo realidad ahora que esperaban su primer bebé. Mientras
él dormía a su lado en el avión, Verónica puso las manos sobre su vientre y
pensó: «Gracias, abueli».
Con los ojos entrecerrados y sin poder evitar que se
elevaran sus comisuras, volvió a sus ocho años en el taller de la abuela. La
primera vez que le permitió entrar, quedó maravillada por las muñecas. Decenas
de ojos que la miraban desde las estanterías, trajecitos de distintas épocas. Tan
suaves como pétalos de rosa. Polvo de porcelana flotando en el aire y el aroma,
una mezcla de acrílicos y canela. Todo en casa de la abuela olía a canela: las
galletas, el té, la leche.
Fue aquel día cuando dio los primeros pasos en
restauración. Más adelante compartiría tardes enteras con la abueli repintando
mejillas, remendando trajes, cosiendo encajes. Siempre con una buena historia. Cuentos
que hablaban de muñecos malditos, leyendas paranormales de juguetes. Sus
favoritas eran la del pueblo de Nagoro en Japón, la muñeca Robert y, por
supuesto, la de la isla de las muñecas en México.
Los primeros días
en la capital mexicana fueron intensos. Como
restauradora de muñecas, tenía un especial interés en el arte vernáculo de la
zona. Las muñecas de trapo mexicanas poseían una historia propia. Buscaba una
en especial, que representaba un bebé, la primera de la colección que iniciaría
con su hija. Ernesto, desde que supo del embarazo, estaba muy complaciente; no
se quejó por recorrer múltiples mercados y ferias artesanales en busca de
alguna muñequita.
Les tomó cuatro años concebir. Lo habían intentado
todo. Y, casi como un milagro, cuando comenzaron con los trámites de adopción,
Verónica se embarazó. Ambos estaban dichosos. Su marido se volvió más atento.
Preocupado por cada expresión facial, por cada cosa que comía o bebía. El
embarazo iba bien, los médicos habían dicho que podía viajar sin problemas, el
embrión estaba bien implantado, con desarrollo normal. Apenas había tenido náuseas,
solo el primer mes.
Después de visitar museos, catedrales y la
majestuosa Teotihuacán, Verónica le reveló a Ernesto su verdadero interés: La
isla de las muñecas. Omitió la leyenda; si hablaba de espíritus, niñas ahogadas
y muñecas como ofrendas, Ernesto frunciría el ceño y no se acercaría a la isla.
Su esposo detestaba cualquier cosa que oliera a «sobrenatural».
Llegaron a la isla en una trajinera que partió del
embarcadero de Cuemanco. Un barquito ancho, pintado en azul eléctrico y
amarillo vibrante, decorado con guirnaldas de flores que se sacudían con el
vaivén del agua. Arriba se respiraba festejo; los mariachis llenaban de música
los canales y el aroma a maíz tostado lo envolvía todo. Ernesto disfrutaba un
típico elote con chili; Verónica tomaba una limonada tras otra.
Al descender en la isla, el guía bajó la voz y les
contó que Julián Santana Barrera se había establecido en aquella chinampa en la
década de los años cincuenta. Desde entonces se rumoreaba que había encontrado
una niña ahogada; otros decían que él la había ahogado. El espíritu de la niña
empezó a echar a perder los cultivos y ahuyentar a los visitantes. Ernesto miró
a Verónica levantando las cejas; ella respondió con una sonrisa pícara. El guía
agregó que, para mantenerla lejos, Julián comenzó a colgar muñecas en los
árboles; con el tiempo, la isla se llenó de ellas.
Verónica tuvo que tirar de su marido y así iniciaron
el paseo entre los árboles, mientras el aire parecía vibrar con vida propia.
Las muñecas colgaban de ramas y cuerdas, balanceándose suavemente, algunas con
ojos de vidrio que brillaban como diminutas linternas. Otras con mejillas
agrietadas y cabellos enmarañados que les rozaban la piel al pasar. El aroma
era un caos: madera, tela antigua, polvo y agua estancada. Cada paso crujía
sobre hojas secas y ramas quebradizas, mezclándose con un murmullo extraño: el
roce de las muñecas entre sí, risas lejanas y pequeños golpes de porcelana que
tintineaban como campanillas olvidadas.
A cada instante descubrían nuevos detalles: vestidos
diminutos remendados con cuidado, ojos de vidrio partidos. Verónica quería
tocar la porcelana fría, rozar el trapo suave de un vestido. Cada sensación la
llenaba de un éxtasis extraño: miedo, curiosidad, fascinación. La isla parecía
respirar con ella, vivir a su alrededor. La tenía atrapada en su armonía de lo
roto y abandonado, ofreciéndole historias silenciosas.
De pronto, Verónica se quedó mirando fijamente una
muñeca deshecha: el ojo de vidrio colgaba de un hilo, reflejando un paisaje de
otro tiempo. Juraría que vio el rostro mojado de una niña. Entonces lo sintió.
Un tirón, un latigazo dentro del vientre. Demasiado pronto para un movimiento
del embrión. No dijo nada. Para ella, el paseo había terminado. No importaba
hacia dónde mirara, seguía viendo la misma muñeca. Comenzó a sentir náuseas;
Ernesto se apresuró a llevarla al hotel.
Las noches siguientes fueron insoportables. Vomitaba
líquido oscuro con hebras de cabello, como si el agua de la laguna estuviera
dentro de su estómago. El sabor metálico le quemaba la lengua. Despertaba
empapada de sudor y con el eco de risas infantiles en los oídos. «Se mueve.
Patea. No debería. Todavía no. Se ríe dentro de mí. Quiere salir. Quiere verte»,
decía Verónica en sueños.
Ernesto la sostenía mientras temblaba, sintiendo
cómo su cuerpo se endurecía, como madera reseca, bajo el suyo. El facultativo
del hotel la había chequeado, incluso realizó un ultrasonido. Todo normal. Tal
vez una leve insolación; solo recomendó que bebiera más agua. Cada fibra de su
ser le decía que todo era producto del embarazo y de las pesadillas. Y, sin
embargo, el olor metálico, el agua negra que goteaba del lavabo, las risas que
no provenían de ninguna parte.
La última noche en el hotel, se frotó los ojos,
murmuró para sí mismo: «No puede ser real». Pero la sensación de que algo vivo
tiraba desde el interior del vientre de Verónica era demasiado fuerte. Sintió
un frío que le recorrió la columna, y por un instante quiso gritar, pero el
miedo lo paralizó.
La primera mañana, de vuelta en casa, ella se miró
al espejo. Verónica juró que una sombra infantil se escondía detrás de su
reflejo. «Se mueve. Se ríe. Me mastica desde dentro». Los sueños continuaron;
la devoraban. Veía muñecas colgando de sus venas, como frutos enfermos. En uno
de ellos, la muñeca del ojo de vidrio succionaba de su pecho hasta arrancarle
el pezón. Despertaba empapada, con el eco de risas que Ernesto parecía no
escuchar.
Cuando estaba sola, se acercaba con precaución a la
habitación del futuro bebé. La habían decorado con distintos tonos de naranja
en las paredes. Una cuna blanca de madera ocupaba el centro; sobre ella, un
móvil, en el que se balanceaban muñequitas diminutas vistiendo distintos trajes
típicos sudamericanos. Ramitas de canela colocadas estratégicamente envolvían
todo el espacio con ese aroma tan familiar. Las cortinas de un amarillo
delicado dejaban pasar la luz. Hasta que una mañana, se desesperó, tocó su panza
y lloró hasta quedar sin aliento. Decidió cerrar con llave el dormitorio.
Verónica se negó a asistir a la consulta, así que su
ginecólogo acudió a la casa. El crecimiento del bebé iba bien. Ernesto le contó
de las pesadillas. El doctor le habló de la psicosis gestacional y preguntó qué
más había notado. Ernesto se sobó las manos con fuerza, pero antes de decir una
palabra, el flashback de su madre en el hospital lo detuvo.
En el cuarto mes de embarazo, el feto se movía; era muy
pronto, demasiado fuerte. Patadas que la hacían doblarse en dos, como si
quisiera desgarrarla desde adentro. Una madrugada, mientras Ernesto dormía,
sintió que algo le hablaba desde su vientre.
—Tú eres mi cuna. Tú eres mi tumba.
Se tapó los oídos, gimiendo.
—No quiero tenerte. No quiero que existas.
Otra vez la risa, infantil y macabra.
—No tienes elección. Ya soy tu carne.
Se encogió y se arrimó a Ernesto, llorando en
silencio.
Una tarde, encerrada en el baño, el dolor la obligó
a arrodillarse sobre los azulejos fríos. Abrió su neceser con dedos torpes.
Tomó las tijeras de manicura y las sostuvo contra la piel de su vientre. «Si lo
arranco ahora… si lo corto… aún puedo salvarme». Apoyó las puntas afiladas
justo debajo del ombligo, esperando la resistencia blanda de su propia carne.
Presionó.
El metal se hundió apenas unos milímetros, pero el
dolor fue insoportable. No brotó sangre, solo oyó un crujido seco, sordo, como
una gubia tallando madera vieja. El metal se dobló. De la incisión emergió un
polvillo blanquecino y frío que olía a acrílico rancio. El dolor le recorrió la
espina dorsal. Al golpear el vientre con los nudillos, sonó hueco, denso. Las
tijeras tintinearon al caer al suelo.
«No es mía. No es tuya, Ernesto. Es otra cosa».
Se levantó y, con las fuerzas que le quedaban, llenó
la bañera. Se sumergió. Aguantó la respiración hasta sentir que los pulmones le
ardían. Pero entonces lo sintió: en su interior, el feto respiraba. Inhalaba el
agua, la tragaba con calma, como si tuviera branquias.
Salió de la bañera gritando. Ernesto la sujetó,
aterrado. Ella lo arañó en el rostro, sin parar de gritar:
—¡Respira! ¡Ernesto, tragó el agua y sigue viva!
—Shhh, ya pasó, es solo otra pesadilla —le repetía
una y otra vez, mientras le acariciaba el cabello.
Logró que se durmiera. Se acostó junto a ella.
Apretó las sábanas entre los dedos, como si la textura áspera pudiera anclarlo
al presente. Pero el recuerdo llegó igual, nítido y frío: su madre sentada en
la camilla del hospital, mirando un punto que no existía. Tenía veintidós años
cuando la dejó ahí, convencido de que era lo mejor, de que los médicos podrían
sostener lo que él ya no podía cargar.
Pero ella no volvió. Su mente se deshiló por
completo y murió sola, rodeada de máquinas. Ernesto nunca se perdonó haberse
ido antes de que la cubrieran con la manta gris. Jamás se absolvió de elegir
seguir con su vida. Ahora, junto a su esposa, esa culpa le apretaba el pecho
como una mano invisible. No podía repetir el abandono. No iba a hacerlo. Aunque
doliera y lo quebrara. Quedarse era lo único que sabía hacer para expiar lo que
no podía deshacer.
Al día siguiente, Ernesto entró en el cuarto con las
muñecas en las manos, tratando de respirar despacio, de no alertarla. Eran las
que Verónica más amaba: la de trapo con el vestido rosa y la de porcelana de
ojos azules, la primera que restauró con su abuela. «Tal vez, solo tal vez,
esto la calme», murmuró, con la voz temblorosa.
Verónica estaba sentada en la cama, encorvada sobre
sí misma, con la mirada perdida. Cuando las vio, sus ojos se iluminaron por un
instante, y Ernesto creyó que había logrado algo. Pero entonces su expresión se
torció, y un grito desgarrador brotó de su garganta. Con un movimiento violento
se las arrancó de las manos y las arrojó contra la pared. La porcelana crujió y
se hizo añicos, los vestidos se rasgaron, el relleno del trapo voló por el
aire.
—¡No son mías! —gritó Verónica, con los ojos
brillando de furia y locura—. ¡Huelen a podrido!
Ernesto dio un paso atrás, pero ella se levantó como
un torbellino. Sus uñas arañaban el aire, su fuerza parecía sobrenatural. Golpeó
la mesita de noche, los fragmentos de porcelana volaron como cuchillas, y uno
de ellos se incrustó en el piso a pocos centímetros de sus pies. El corazón de
Ernesto latía con fuerza; el pánico lo paralizó. Cada intento de racionalizarlo
—embarazo, estrés, fiebre— se desmoronaba frente a la evidencia de lo
imposible.
—Yo… yo solo… —balbuceó, tratando de acercarse otra
vez, pero un pedazo de vidrio le rozó la mejilla y retrocedió.
Verónica se abalanzó sobre él, la respiración
jadeante, la risa hueca y macabra reverberando en la habitación. Él sintió que
el aire se volvía pesado, que cada segundo podía ser el último. No estaba
enfrentando a su esposa. La casa, la habitación, incluso las muñecas destruidas,
parecían conspirar para atraparlo allí, entre la irracionalidad y el terror
absoluto. Por un instante pensó que huir era su única opción, pero algo dentro
de él lo mantenía, incapaz de soltarla, incapaz de dejar de ser testigo de aquel
horror desatado.
Las semanas siguientes, cada vez que Ernesto entraba
al dormitorio, la lógica se desmoronaba ante sus ojos. Su esposa, que antes era
cálida y risueña, se volvía un paisaje que no podía entender: manchas moradas
que parecían crecer, uñas quebradas, mechones de cabello flotando en el aire.
La mente le repetía que era un embarazo difícil, tal vez anemia o estrés, pero
su corazón le gritaba otra cosa. «Esto no es normal», pensaba, mientras la
imagen de Verónica en el espejo parecía que lo miraba con ojos que no eran
humanos.
Llamó al ginecólogo; esta vez le contó todo. El
doctor insistió en internarla, síntomas clásicos de la psicosis gestacional. «Si
no la internas, puede matarse o al bebé». Sostuvo el teléfono con la mano
húmeda, mientras escuchaba la voz clara del médico. Miró la puerta entreabierta
del dormitorio, desde donde le llegaba la respiración irregular de Verónica. La
voz se le mezcló con otra, más antigua, diciendo lo mismo, mientras su madre
permanecía sentada en una camilla mirando a ningún lugar. El doctor le pidió
una respuesta, sin rodeos, ahora.
Ernesto sintió que si decía que sí, no lo podría
deshacer. Tragó saliva y respondió que no. No la iba a internar, podía
encargarse, pediría permiso en el trabajo, la vigilaría y que si empeoraba la
llevaría de inmediato. No se movió al colgar, se quedó con el teléfono en la
mano, mirando la puerta, mientras los jadeos de Verónica se volvían más
intranquilos.
Cuando la cepillaba, intentaba no mirar las manchas
moradas que florecían en sus brazos. Usó el cepillo de cerdas suaves, pero a la
primera pasada el sonido fue el de hojarasca seca rompiéndose. El cabello de
Verónica, antes sedoso, se desprendía en mechones enteros, ásperos. Con cada
contacto, ella arqueaba la espalda y emitía un silbido agudo.
—Despacio, por favor —sollozó ella, aferrando sus
uñas quebradas a las sábanas—. Siento los hilos. Están enredados en mi cuero
cabelludo. Me deshebra por dentro.
Ernesto limpió el cepillo; las hebras muertas eran
como el pelo sintético de las viejas muñecas. Verónica giró la cabeza despacio,
con un movimiento rígido, y lo miró directo a los ojos.
—Me come. Bebe de mí como de un río podrido. Soy su
carne. No soy madre, soy un ataúd.
Ernesto comenzó a temerle. Dormía en otra cama, pero
aún trataba de convencerse de que eran delirios propios del embarazo. No podía
darle calmantes; el médico fue inflexible. Pero instaló cámaras, en el
dormitorio, en el baño. Debía impedir que se dañara.
Cuando Ernesto le acercaba la cuchara de sopa, ella
cerraba los labios con una mueca infantil. Si él insistía, la sopa se derramaba
sobre las sábanas, adquiriendo un aroma nauseabundo. Verónica permanecía
acostada, con la mirada vidriosa. Cada vez más pequeña, solo su vientre
sobresalía. Había perdido gran parte de su cabello. Cuando Ernesto la bañaba,
el agua se volvía negra, espesa y apestaba. Aun así, no quería internarla como le
había indicado el ginecólogo. Esa fue la última noche que durmió de corrido.
El parto llegó de forma prematura, al sexto mes.
Esa madrugada, Ernesto estaba sentado al borde de la
cama, observando los movimientos convulsivos de Verónica, cómo la fiebre ardía
en su piel y la desesperación la transformaba. Su mente racional buscaba cada
causa lógica, cada diagnóstico posible, pero nada encajaba. Intentó llamar a
urgencias, pero sus dedos no obedecían.
El líquido amniótico oscuro, las sacudidas violentas
dentro del vientre, el grito que no parecía humano. Todo se negaba a obedecer
la razón. Se le heló la sangre. Quiso huir, pero su hija nonata lo mantenía
ahí, atrapado entre el instinto de protegerla y el terror de lo que ya estaba
ocurriendo.
Cada segundo era un desafío para su mente: aceptar
la evidencia o negarla, mientras lo imposible se desplegaba frente a él.
El bebé emergió cubierto de una membrana viscosa. No
lloró. Emitió un gruñido grave, húmedo. Un olor nauseabundo se impuso, denso y
tibio, como si algo podrido hubiera decidido respirar dentro del cuarto,
filtrándose por la nariz hasta pegarse al paladar y deslizarse espeso hacia la
garganta, donde ya era arcada antes siquiera de poder tragar aire.
Verónica, exhausta, con los labios morados, extendió
la mano hacia Ernesto, que sostenía a la recién nacida con incredulidad.
La voz fue apenas un susurro:
«No la mires. No la llames hija. No es nuestra. Es
de ella».
Con un estertor, su cabeza cayó hacia un lado.
El silencio en la habitación era absoluto. Ernesto,
temblando, bajó la vista a la niña que tenía en brazos. La recién nacida abrió
los ojos.
No eran claros ni oscuros: eran de vidrio, partidos
por una grieta.
En la penumbra, una risa infantil recorrió las paredes, seguida de un crujido que avanzaba a través del suelo. Directo hacia él.
Pero que buena historia. Está demasiado interesante, te atrapa a las pocas líneas, después hay un suspenso sostenido, que se mantiene hasta el final. Además, es una obra muy original en donde la madre está realmente atrapada. Ojalá que haya una continuación.
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