Karla Fernanda García Oropeza
El reloj de la cocina marcaba la medianoche. En el silencio de la casa, el zumbido del refrigerador se incrustaba en mis oídos con una insistencia casi dolorosa. Sostenía la taza de té mientras clavaba la mirada en el cristal del comedor que solo me devolvía mi propio reflejo pálido. Justo cuando iba a dar el primer sorbo, la pantalla del monitor de bebé se encendió, inundando el vidrio con una luz azul.
Me quedé observando con la taza a medio camino de los labios. En la pequeña pantalla, la habitación de mi hija aparecía en ese tono grisáceo y fantasmal de la visión nocturna.
Al principio solo vi lo de siempre: las líneas perfectas de
la cuna de madera y el bultito blanco de sus cobijas subiendo y bajando. Después
el altavoz del monitor emitió una respiración profunda y ajena, que no venía de
los pulmones de una bebé.
Me obligué a respirar. Dos meses sin dormir bien; era lógico
que la mente empezara a jugármelas.
Acerqué la pantalla a mis ojos, ignorando el sudor frío que
empezaba a mojar mi cuello. Los pixeles grises del monitor parpadearon dos
veces y la imagen se distorsionó, creando un rastro de estática justo al lado
de la cuna.
Quise creer que era un error de la cámara, pero la estática
comenzó a moldearse. En la toma se formó primero una mancha gris, casi
imperceptible. Luego distinguí una silueta. Tenía la cabeza enfundada en un
casco de moto. Poco después mi corazón golpeó contra mis costillas cuando comenzó
a inclinarse sobre mi hija en un ángulo que desafiaba la gravedad, como si su
columna estuviera partida.
El indicador de volumen se disparó, encendiendo tres luces
rojas de alerta. Entonces, desde la bocina, surgió una voz ronca y profunda, demasiado
lenta, como si cada sílaba le costara un esfuerzo enorme: «Des… pier… ta… be…
bé».
Solté la taza, que estalló contra el suelo. Corrí y subí las
escaleras de tres en tres tropezando en la oscuridad, con la garganta tan
apretada que no podía gritar aunque hubiera querido.
Empujé la puerta del cuarto de la bebé y encendí la luz con
un golpe desesperado en el interruptor. El olor a asfalto quemado y gasolina
inundaba la habitación, pero todo estaba impecable, en perfecto orden. Corrí
hacia la cuna y me asomé sobre el barandal con los brazos temblándome: ahí
estaba mi preciosa hija aún durmiendo. De pronto vibró mi celular dentro del
bolsillo derecho de mis jeans, lo tomé rápido y contesté sin mirar quién me
llamaba.
—Sí, bueno.
—Hola, cariño —me dijo Manuel, mi esposo, llorando.
—Amor, ¿dónde estás? Dijiste que llegarías a las ocho, antes
que Diana. Ya pasó la medianoche. Y ella tampoco vino.
—Ay, amor… —sollozaba inconsolable—. Hubo un accidente. Diana…
la trajo una ambulancia mientras yo estaba en cirugía. Una camioneta, amor. Iba
en su moto… la metieron directo a quirófano…
—¿Y cómo está…?
—Murió —me dijo ahogando un grito.
Se me nubló la vista, dejé caer el celular y un zumbido me
recordó que aún sostenía el monitor. Bajé la mirada hacia la pantalla. Como
había encendido la luz del cuarto, la cámara transmitía ahora a color y pude apreciar
mejor la silueta, era la de una mujer. Estaba de pie, justo a mi espalda.
Entonces se quitó el casco y su cabello enredado cayó sobre su rostro.
El aire del cuarto se congeló al instante. No me atreví a
girar la cabeza; sabía que, si me daba la vuelta, ella estaría detrás de mí y
dejaría de existir solo en la pantalla. Desplacé los ojos una última vez hacia
el monitor en mi mano. Ahora tenía el rostro descubierto. El maxilar se veía destrozado,
no podía cerrar la boca; su mandíbula colgaba inerte, revelando una hilera de
dientes astillados. Su ojo izquierdo estaba completamente cerrado con el
párpado negro y su nariz, o lo que quedaba de ella, estaba desviada hacia el
lado derecho de su cara raspada y ensangrentada.
La pantalla parpadeó, emitió un pitido agudo de batería baja
y se apagó. Saqué a mi bebé de la cuna y, sin volver la cabeza, salí corriendo
de la habitación.
Jamás le comenté lo ocurrido a Manuel; estoy segura de que
se hubiera disgustado mucho conmigo. Diana y él eran mejores amigos desde niños.
Tampoco quise acompañarlo al velorio ni al entierro. Siempre sentí celos de
ella, a pesar de que Manuel me juraba que ambos se querían como si fueran
hermanos. Por eso le puse tantos pretextos para evitar que Diana conociera a mi
hija, hasta que se me terminaron.
Durante una semana me quedé con mi hija en casa de mi madre.
Después de lo sucedido no podría quedarme yo sola con la bebé. Pero anoche Manuel
me llamó y me dijo que se sentía muy solo. Así que hoy al cumplirse siete días de
la muerte de Diana, regresamos a nuestro hogar.
Mi esposo acaba de escribirme: llegará tarde porque atiende
a una paciente en trabajo de parto.
Estoy en la habitación de mi bebé, observando, en la
penumbra de la luz de la luna que entra por la ventana, lo dulce que se ve durmiendo.
Tal vez Diana solo vino a conocerla. Quizá no. Desde aquella madrugada, cada
vez que el monitor se prende, temo oír de nuevo esa respiración.
Ahora, en medio del silencio, una luz azul proyectada en la
pared me indica que acaba de encenderse a mi espalda.
«No te gires», me digo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario