lunes, 13 de julio de 2026

No te gires

Karla Fernanda García Oropeza


El reloj de la cocina marcaba la medianoche. En el silencio de la casa, el zumbido del refrigerador se incrustaba en mis oídos con una insistencia casi dolorosa. Sostenía la taza de té mientras clavaba la mirada en el cristal del comedor que solo me devolvía mi propio reflejo pálido. Justo cuando iba a dar el primer sorbo, la pantalla del monitor de bebé se encendió, inundando el vidrio con una luz azul.

Me quedé observando con la taza a medio camino de los labios. En la pequeña pantalla, la habitación de mi hija aparecía en ese tono grisáceo y fantasmal de la visión nocturna.

Al principio solo vi lo de siempre: las líneas perfectas de la cuna de madera y el bultito blanco de sus cobijas subiendo y bajando. Después el altavoz del monitor emitió una respiración profunda y ajena, que no venía de los pulmones de una bebé.

Me obligué a respirar. Dos meses sin dormir bien; era lógico que la mente empezara a jugármelas.

Acerqué la pantalla a mis ojos, ignorando el sudor frío que empezaba a mojar mi cuello. Los pixeles grises del monitor parpadearon dos veces y la imagen se distorsionó, creando un rastro de estática justo al lado de la cuna.

Quise creer que era un error de la cámara, pero la estática comenzó a moldearse. En la toma se formó primero una mancha gris, casi imperceptible. Luego distinguí una silueta. Tenía la cabeza enfundada en un casco de moto. Poco después mi corazón golpeó contra mis costillas cuando comenzó a inclinarse sobre mi hija en un ángulo que desafiaba la gravedad, como si su columna estuviera partida.

El indicador de volumen se disparó, encendiendo tres luces rojas de alerta. Entonces, desde la bocina, surgió una voz ronca y profunda, demasiado lenta, como si cada sílaba le costara un esfuerzo enorme: «Des… pier… ta… be… bé».

Solté la taza, que estalló contra el suelo. Corrí y subí las escaleras de tres en tres tropezando en la oscuridad, con la garganta tan apretada que no podía gritar aunque hubiera querido.  

Empujé la puerta del cuarto de la bebé y encendí la luz con un golpe desesperado en el interruptor. El olor a asfalto quemado y gasolina inundaba la habitación, pero todo estaba impecable, en perfecto orden. Corrí hacia la cuna y me asomé sobre el barandal con los brazos temblándome: ahí estaba mi preciosa hija aún durmiendo. De pronto vibró mi celular dentro del bolsillo derecho de mis jeans, lo tomé rápido y contesté sin mirar quién me llamaba.

—Sí, bueno.

—Hola, cariño —me dijo Manuel, mi esposo, llorando.

—Amor, ¿dónde estás? Dijiste que llegarías a las ocho, antes que Diana. Ya pasó la medianoche. Y ella tampoco vino.

—Ay, amor… —sollozaba inconsolable—. Hubo un accidente. Diana… la trajo una ambulancia mientras yo estaba en cirugía. Una camioneta, amor. Iba en su moto… la metieron directo a quirófano…

—¿Y cómo está…?

—Murió —me dijo ahogando un grito.

Se me nubló la vista, dejé caer el celular y un zumbido me recordó que aún sostenía el monitor. Bajé la mirada hacia la pantalla. Como había encendido la luz del cuarto, la cámara transmitía ahora a color y pude apreciar mejor la silueta, era la de una mujer. Estaba de pie, justo a mi espalda. Entonces se quitó el casco y su cabello enredado cayó sobre su rostro.

El aire del cuarto se congeló al instante. No me atreví a girar la cabeza; sabía que, si me daba la vuelta, ella estaría detrás de mí y dejaría de existir solo en la pantalla. Desplacé los ojos una última vez hacia el monitor en mi mano. Ahora tenía el rostro descubierto. El maxilar se veía destrozado, no podía cerrar la boca; su mandíbula colgaba inerte, revelando una hilera de dientes astillados. Su ojo izquierdo estaba completamente cerrado con el párpado negro y su nariz, o lo que quedaba de ella, estaba desviada hacia el lado derecho de su cara raspada y ensangrentada.

La pantalla parpadeó, emitió un pitido agudo de batería baja y se apagó. Saqué a mi bebé de la cuna y, sin volver la cabeza, salí corriendo de la habitación.

Jamás le comenté lo ocurrido a Manuel; estoy segura de que se hubiera disgustado mucho conmigo. Diana y él eran mejores amigos desde niños. Tampoco quise acompañarlo al velorio ni al entierro. Siempre sentí celos de ella, a pesar de que Manuel me juraba que ambos se querían como si fueran hermanos. Por eso le puse tantos pretextos para evitar que Diana conociera a mi hija, hasta que se me terminaron.

Durante una semana me quedé con mi hija en casa de mi madre. Después de lo sucedido no podría quedarme yo sola con la bebé. Pero anoche Manuel me llamó y me dijo que se sentía muy solo. Así que hoy al cumplirse siete días de la muerte de Diana, regresamos a nuestro hogar.

Mi esposo acaba de escribirme: llegará tarde porque atiende a una paciente en trabajo de parto.

Estoy en la habitación de mi bebé, observando, en la penumbra de la luz de la luna que entra por la ventana, lo dulce que se ve durmiendo. Tal vez Diana solo vino a conocerla. Quizá no. Desde aquella madrugada, cada vez que el monitor se prende, temo oír de nuevo esa respiración.

Ahora, en medio del silencio, una luz azul proyectada en la pared me indica que acaba de encenderse a mi espalda.

«No te gires», me digo.

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