lunes, 22 de abril de 2019

Ansiedad

Miguel Ángel Salabarría Cervera

Era un día que para Aránzazu iniciaba con prisa y estrés, se había desvelado estudiando para su primer examen de la Licenciatura en Abogacía, no quería tener una mala nota, porque se mezclaban: su disciplina de estudiante, el reto de una nueva meta y la superstición de iniciar con el pie izquierdo.
El recorrido del bus de su domicilio a la universidad se le hizo eterno, en cada parada, miraba su reloj y veía si subía algún condiscípulo para entrar juntos al examen de Introducción al Estudio del Derecho, programado para las ocho de la mañana.
Llegó al paradero de la Facultad de Jurisprudencia, descendió corriendo, subió de dos en dos las escaleras hasta el tercer nivel; miró su reloj y vio que faltaban cinco minutos antes de las ocho de la mañana, sintiéndose tranquila, entró buscando su habitual sitio con sus compañeros que ya estaban preocupados por su retraso.
Los saludó e intercambiaron palabras sobre su preparación para el examen que presentarían en unos minutos, todos se sentían nerviosos por ser su primera prueba de licenciatura.
Los minutos pasaron de la hora prevista, hasta que uno de ellos decidió que fuera alguien a preguntar a la dirección sobre la ausencia del maestro esperado, todos estuvieron de acuerdo y decidieron que el de la propuesta realizara la encomienda.
Fue informado que el maestro había sido convocado con urgencia, a una junta a las ocho de la mañana a la rectoría y que el examen sería hasta la otra semana en el mismo día, miércoles. La noticia causó alegría, por la fama que tenía el maestro de ser riguroso.
Los compañeros de la estresada Aránzazu, le propusieron ir a tomarse un café para que se relajara y charlaran de temas que no trataran nada de clase, ella aceptó de buen modo y se dirigieron a una cafetería fuera del espacio universitario.
Las tres chicas y los dos jóvenes entraron al local Aromas de Leyes, era el más concurrido por los estudiantes de derecho, quizás por su nombre o la identidad que les causaba a los estudiantes. En el ambiente se mezclaban el olor de los diversos cafés con el humo de los cigarros, la música moderna, los fuertes murmullos de las pláticas y carcajadas de los asistentes. Aránzazu, a quien también era llamada Arantxa, mostró sorpresa por el contexto del lugar, porque nunca había asistido, haciéndoselos saber a sus acompañantes, quienes le dijeron que ellos eran asiduos clientes. Se sentaron a la mesa, todos pidieron el café de su preferencia, uno de los jóvenes extrajo de entre sus ropas una cajetilla apachurrada de cigarros que ofreció a sus amigos, quienes fueron tomando uno, al llegar a quien asistía por primera vez, se negó argumentando que no fumaba, los demás intercambiaron miradas y sonrisas pícaras.
—No has probado el sabor de la vida ―le dijo Daniel, al tiempo que encendía y aspiraba con fuerza el humo del cigarrillo.
—Nunca he fumado —respondió Arantxa.
Terció Verónica para comentar:
―No te preocupes, ya aprenderás a fumar, y vas a sentir que es muy bueno para relajarse en momentos de tensión como los exámenes, o en otra situación que ni te imaginas que vivirás
―Además el cigarro es un compañero —con expresión espiritual comentó Verónica― que está contigo en las malas, en las buenas… ¡y en las mejores!
Al unísono todos soltaron estruendosas carcajadas.
―Quizás con el tiempo, fume y diré lo mismo que ustedes ―concluyó Arantxa.
En este ambiente transcurrieron sus primeros tiempos como estudiantes, después de cursar el quinto semestre la vida fue llevándoles por diferentes derroteros debido a que empezaron a hacer sus pinitos laborales en despachos jurídicos, juzgados, u otra instancia relacionada con el ámbito de la carrera que cursaban. Sin embargo, seguían manteniendo comunicación en la facultad y convivencia de fin de semana.
Finalizaba su décimo y último semestre de la formación académica, cuando en el juzgado del ramo penal donde laboraba Arantxa, conoció a un abogado algunos años mayor a los veintitrés que ella tenía. Renombrado por sus habilidades como litigante para ganar juicios de presuntos culpables de delitos relacionados con el narcotráfico; se impresionó por su personalidad y trato con que la diferenciaba de las otras mujeres que ahí laboraban.
Al concluir las clases a las ocho de la noche de un jueves, los amigos se despedían a la entrada de la facultad, cuando Arantxa les propuso ir a la cafetería que acostumbraban:
«Mejor vamos mañana, y podemos quedarnos hasta la una de la madrugada cuando cierran», dijo Daniel.
Todos estuvieron de acuerdo y se marcharon a sus domicilios.
Al día siguiente, estando en su trabajo absorta leyendo unos expedientes Arantxa no se percató de la presencia del licenciado Rodolfo; quien se acercó a su escritorio para darle los buenos días, ella se sobresaltó tanto que dio un grito inesperado.
—Discúlpame, no fue mi intención asustarte ―se justificó.
Ella ruborizada, sintiendo la mirada de los presentes respondió apenada:
—A mí, por mi grito a su saludo.
―Para borrar este mal momento, te invito a cenar hoy en la noche.
Ella se quedó en silencio, recordando el compromiso hecho con sus amigos, para platicarles lo que le había ocurrido al conocer a quien en ese momento la invitaba a cenar esa noche. Por su mente pasaron las palabras de Verónica: «No te preocupes, ya aprenderás a fumar, y vas a sentir que es muy bueno para relajarse en momentos de tensión como los exámenes, o en otra situación que ni te imaginas que vivirás»… y deseó fumar en ese instante.
Al no responder a la invitación, le dijo:
―Imagino que tienes compromiso para esta noche, pero espero que aceptes mi invitación para el próximo viernes. ―Dio media vuelta y la dejó sin responder.
Perpleja se ensimismó en los expedientes que consultaba, pero su mente vagaba pensando en las últimas palabras de Rodolfo, que parecían que era una orden de la que no podía negarse. Así transcurrió su día de trabajo, hasta que llegó a clases, en la que se mostró distraída, siendo percibido por sus compañeros.
Cuando terminaron las clases en una calurosa noche de abril, los cinco amigos se dirigieron cruzando palabras informales de sus actividades, hasta llegar al «Aromas de Leyes» y buscar una mesa que estuviera próxima al enfriador del ambiente y apartada para escuchar la esperada historia de Arantxa.
Daniel, tomando ceremoniosamente la palabra dijo:
―Se abre la sesión, se le concede la palabra a la sospechosa Arantxa.
Todos rieron de la ocurrencia y miraron a la que fue nombrada.
Ella sonrió nerviosa, e inició su relato desde que conoció en la Sala Penal al licenciado Rodolfo Barrientos, su fama como litigante que ganaba todos sus casos, relacionados con narcotráfico. Además lo que más le impactó fue su recia personalidad que le atraía sin sabérselo explicar. Ruborizada contó lo ocurrido en la mañana sin ocultar detalle y el desenlace que tuvo el encuentro, así como también, la incertidumbre en que la dejó sumida el compromiso en que se vio envuelta.
Sus compañeros le dieron sus opiniones, sin embargo, coincidieron en advertirle que estuviera muy atenta con él, porque era un «viejo lobo de mar».
—Tú te distingues por ser una excelente estudiante, mas no por saber «litigar en estos juicios de amor y pasión», —le dijo Daniel a Arantxa.
La hilaridad brotó estruendosa rompiendo la seriedad de la conversación, para pasar a platicar cosas triviales hasta la media noche en que se despidieron, tomando cada uno caminos diferentes a sus casas.
La vida continuó para todos en sus rutinas, mas no para Arantxa, porque en su trabajo se veía asediada por quien le resultaba un brillante abogado; al fin accedió a salir a cenar el próximo viernes de esa semana.
Esa noche, se arregló con esmero, pero conservando su sencillez e inocencia natural; puntual a las ocho de la noche escuchó golpes a la puerta que indicaban la llegada de quien iría a buscarla, llena de pena abrió la puerta escuchando el saludo del licenciado Barrientos que le tendió el brazo invitándola a que lo entrelazara con el de ella e iniciaran el compromiso ansiado por él y tan evadida por ella. Cerró la puerta y aceptó la invitación caballerosa pasando su brazo al de Rodolfo.
Salieron sin pronunciar palabras, hasta detenerse frente a un lujoso auto, él le abrió la portezuela delantera, ella se acomodó, luego se dirigió al otro lado del vehículo para abordarlo y emprender rumbo a un restaurante; en el trayecto encendió el estéreo poniendo música romántica instrumental; le preguntó si tenía algún restaurante de su preferencia para cenar, Arantxa le respondió que no tenía, a lo que él le dijo que la llevaría a un lugar agradable, donde miraría la ciudad y las estrellas.
Pasados unos treinta minutos, llegaron a un elegante restaurante en la parte alta y exclusiva de la ciudad, al descender la invitó a acercarse al barandal del mirador, desde donde se apreciaba la impresionante vista de la metrópoli iluminada centellando por infinidad de luces que daban al panorama un ambiente de ensueño.
Al entrar, la recepcionista lo saludó por su nombre, miró de reojo a su acompañante sonriendo con disimulo y picardía e inmediatamente los condujo a una apartada mesa, que tenía privilegiada vista hacia el cerro que permitía observar el titilar del estrellado cielo.
Un mesero presuroso se acercó a la pareja y de nueva cuenta él fue saludado por su nombre, les ofreció una bebida de cortesía, mientras les dejaba la carta para que posteriormente eligieran su cena.
Al concluir la bebida de cortesía, el mesero se acercó para tomar la orden, ella miraba la carta sin saber qué elegir, hasta que escuchó la sugerencia de Rodolfo que aceptó a pesar de que la cena iba acompañada de una botella de vino. Se resistía a tomar más de una copa de vino, sin embargo, a las insistencias de él se vio comprometida.
―Cuéntame de tu vida —le dijo Rodolfo.
―Es muy sencilla, vivo con mis padres, ambos están jubilados, somos de un rancho del interior del Estado.
―Muy interesante —le comentó él y agregó― tengo entendido que estás por egresar de la universidad y que te otorgaron tu nombramiento definitivo en el Juzgado por tus excelentes notas y buen desempeño.
Apenada respondió:
―Es verdad, —continuó― quiero hacer una gran carrera en la fiscalía, así como usted es un brillante abogado.
Sacó su cigarrera y se la ofreció a Arantxa.
―Gracias, no fumo. —Sonriente le contestó.
―Ha sido un gran esfuerzo llegar hasta el sitio en que me encuentro —muy ufano entre bocanadas de humo, contaba Rodolfo― pero es necesario tener buenas relaciones de todo ámbito para ser un triunfador.
—¿Y su familia, licenciado? —con ingenuidad ella le cuestionó.
Ante la inesperada pregunta, aspiró su cigarro y exhaló con lentitud el humo.
―Arantxa—le dijo al tiempo que le ponía su mano sobre la de ella, — por seguridad de la persona que es mi familia, prefiero una relación discreta, porque lo más importante es vivir.
Sorprendida por la respuesta, como sentir la mano de él sobre la de ella, solo sonrió sin quedarle claro el significado de sus palabras.
—Te quiero pedir algo —le expresó al tiempo que tomaba la mano de ella y la besaba— que me llames Rodolfo, en privado… como este momento.
―No puedo —musitó ella.
―Dilo… por favor —le contestó.
—Rodolfo ―al fin dijo ella.
—Esto es para celebrarse —al tiempo que alzaba el brazo y acudía inmediatamente el mesero— traiga el mejor champagne.
Le enviaron lo ordenado, acompañado por dos copas, que fue servida por el mesero, quien se retiró con discreción.
―Brindemos porque entre nosotros inicia un relación que será maravillosa —dijo voz sugestiva Rodolfo― ¡Salud!
Arantxa asintió y bebió el líquido espumoso sintiendo que se nublaba su vista, pero trató de controlarse manifestando una sonrisa nerviosa.
Él se percató de la situación y le preguntó:
—¿Quieres que nos vayamos?
—Sí, me siento indispuesta.
Llamó al mesero pidió la cuenta y dejó una generosa propina que hizo sonreír con excesivo agradecimiento al empleado, que presuroso los despidió hasta la puerta. Rodolfo tomó por la cintura a Arantxa, la condujo hasta el mirador le enseñó la luna llena que se ocultaba con discreción tras una nube; ella la miraba, no se percató de que él la abrazaba y depositaba un cálido beso en los labios, ella sintió un recorrer nervioso por su cuerpo, al principio se resistió, pero se dejó llevar por la caricia inesperada.
—Vámonos, me siento aturdida por lo que he tomado —le dijo a Rodolfo.
La llevó de la cintura hasta el auto, le abrió la portezuela al acomodarse ella, la beso de nuevo. Se instaló al volante, puso música instrumental, enfilando por un rumbo desconocido. Al percatarse ella, le preguntó que para dónde se dirigían; él trató de tranquiliza diciéndole que irían a buscar el regalo que le tenía preparado.
Se detuvieron en un edificio de departamentos en una zona exclusiva; la invitó a descender pidiéndole unos minutos mientras subían a recoger el regalo; al entrar se escuchó música acogedora, él la invitó a sentarse en amplio y mullido sofá, él abrió un librero, llevándole un estuche rectangular, se puso a sus espaldas entregándoselo al tiempo que le besaba el cuello, ella tomó el obsequio sintiendo el beso apasionado, con cuidado lo extrajo era un gargantilla valiosa, quedándose admirada por tal presente, mientras él continuaba besando el cuello de Arantxa.
—Te la pondré, para que adorne tu belleza —tomó la prenda, le hizo a un lado su cabellera colocándosela al tiempo que le besaba el cuello.
—Gracias, pero...
—Debemos brindar porque has aceptado este obsequio ―Rodolfo le dijo.
―Es que… se me hace imposible aceptarlo.
―No digas más ―le replicó él.
Se dirigió a un rincón donde estaba una elegante mesa con una hielera metálica con una botella de champagne, la destapó, llenó las dos copas que ahí estaban, regresó a donde ella lo esperaba, le ofreció con firmeza una de ellas, Arantxa la agarró y le dijo:
―Me siento un poco mareada.
―Es imposible que no brindemos, por esta noche y por tu regalo ―le dijo Rodolfo.
—Está bien, pero solo una copa —dijo ella.
—¡Brindemos por esta noche, que es el inicio de una nueva vida! —exclamó emocionado.
No supo qué ocurrió, ni cuándo dejó atrás la pureza de su feminidad, tampoco el momento en que sus ilusiones juveniles fueron mancilladas, desconoció el instante en que su virginidad voló como un ave se aleja y desaparece en el horizonte.
Arantxa despertó sobresaltada, no sabía en dónde se hallaba, se sintió en una mullida cama que no era la suya, cubierta con sábanas blancas que cubrían la desnudez de su cuerpo y alma, miró a un lado para encontrarse con Rodolfo que le sonreía; ella tuvo la sensación que se hundía en un pozo sin fondo, mientras brotaban de sus ojos lágrimas acompañadas de gemidos que nacían de su inocencia diluida en esta forma, sin existir la soñada «noche de bodas» que imaginó desde su juventud.
—Vamos, no te pongas así —le dijo Rodolfo con expresión dominadora— es lo más normal, entre dos personas que se atraen.
—No esperaba esto —decía entre sollozos Arantxa— ¿qué voy a hacer?
—No te preocupes, me haré cargo de ti y te tendré como mi esposa —le decía mientras acariciaba la cabellera de ella.
—¿Qué dirá mi mamá? —Replicó para añadir— ¡No puedo vivir así!
Se levantó de la cama envuelta en la sábana, buscando sus ropas por el cuarto, al encontrarlas se dirigió al baño para vestirse, mientras Rodolfo sonreía sin preocupación, para también ponerse de pie y vestirse. Al salir ella del baño le dijo que la llevaría a su casa.
En el camino casi no cruzaron palabras, al aproximarse a la puerta del domicilio de Arantxa, Rodolfo le dijo:
—Te llamaré.
Ella descendió en silencio, se detuvo en la puerta de su casa, sintió ansiedad y recordó las palabras de Verónica: «No te preocupes, ya aprenderás a fumar, y vas a sentir que es muy bueno para relajarse en momentos de tensión como los exámenes, o en otra situación que ni te imaginas en tu vida». Se armó de valor y entró explicando a su madre con mentiras, la razón de su ausencia.
Sabía Arantxa de las condiciones de la relación que sostenía, sin embargo, se sentía atraída por la personalidad de Rodolfo, quien manejaba a su antojo la situación; haciendo que ella se distanciara de sus amigos.
Una mañana, al levantarse de su cama, sintió que su cuarto giraba de ella, corrió al baño y tenía vómitos, al fin se controló entró al baño a ducharse ya alistada, bajó a desayunar para irse a su trabajo.
Al llegar, solicitó audiencia con el juez, para pedirle su cambio al juzgado del Ramo Laboral con el argumento que quería aprovechar la oportunidad de una beca que se ofertaba para estudiar una Maestría en esta área. A regañadientes, pero con los argumentados dados y los méritos por su trayectoria aceptó su remoción para el primer día del mes siguiente.
Los doce días que faltaron para cambiar de trabajo, le parecieron una eternidad, más cuando llegaba el licenciado Rodolfo Barrientos a quien evitaba y cuando le era imposible evadirlo, se justificaba diciéndole que su madre estaba enferma. Él se encogía de hombros y le decía:
—Cuando necesites saber de mí, hablarme, ya sabes dónde buscarme.
—No se preocupe licenciado Barrientos, «que esto es el inicio de una nueva vida». Respondió con sorna.
Él sonrió al recordar que esas fueron sus palabras en su primera noche.
Al llegar el último día del mes que era lunes, se despidió de todos sus compañeros de trabajo, les agradeció su apoyo y salió, para darle un giro a su vida.
Desde el miércoles los celulares de Verónica, Julieta, Pablo y Daniel, no dejaban de repiquetear y de recibir mensajes de Aránzazu citándolos urgentemente, para reunirse a las ocho de la noche del próximo viernes en el café Aromas de Leyes, ofreciendo que ella pagaría el consumo y prometiendo llevar los cigarrillos.
Los cuatro convocados intercambiaron llamadas y mensajes, llenos de chascarrillos de todos los colores sobre la insistencia de Arantxa. Todos respondieron afirmativamente su presencia para el próximo viernes.
A la hora señalada, llegó uno a uno, sorprendidos de que Aránzazu fuera la primera en arribar, teniendo sobre la mesa dos cajetillas de cigarros, cuando todos estaban ya juntos, luego de intercambiar cariñosos saludos acompañados de bromas, Verónica le preguntó:
—¿Fumas, ya?
Respondió la aludida:
—No, no fumo.
Verónica le dijo sus palabras de siempre:
—No te preocupes, ya aprenderás a fumar, y vas a sentir que es muy bueno para relajarse en momentos de tensión como los exámenes, o en otra situación que ni te imaginas en tu vida.
—¿Por qué dices esto? —le inquirió Arantxa.
Intervino Julieta para decirle:
—Porque tienes cara de querer contarnos algo importante.
Daniel, lacónico dijo:
—Tienes cara de… ansiedad.

El fin


Adrián González


El sol busca escaparse entre la serranía al poniente del pueblo, creando largas sombras en el desierto, cuyo ambarino y pálido semblante se torna poco a poco en ocre resplandeciente. Las montañas más allá de la planicie, que hasta hace unas horas mostraban sus escabrosas pendientes rematadas de cumbres rugosas como crestas de inmensas iguanas, una frente a la otra, mirándose apacibles e impávidas pero soberbias, se han convertido en imponentes e infranqueables murallas negras; por encima de ellas —como rebelándose a la noche—, fuego ardiente se asoma, resistiéndose a apagar su brío consumidor y lanzando, de último recurso, algunos destellos hacia las escasas y diáfanas nubes que salpican por aquí y por allá un cielo comúnmente escampado.

Reposando desde media tarde sobre una mecedora en el pórtico de su casa a las afueras del pueblo, en un barrio sin pavimento ni alumbrado, Silvia, de cara al crepúsculo, suspira profundamente y voltea con pereza a su costado para contemplar de reojo a la luna, que en forma de hamaca parece quererse mecer colgada de la nada, aproximándose un poco más a cada instante y dejando ver a su lado un pequeño punto que intenta tímidamente centellear en un firmamento que aún no es negro, pero ya no es azul.

—¿Por qué se puede ver esa pequeña estrella junto a la luna y todavía no hay ninguna otra en el cielo? —pregunta intrigada.

—Porque no es una estrella —responde Renato, sonriendo.

—¿Cómo que no es una estrella? —interpela.

—Es un planeta y brilla porque, al igual que la luna, refleja la luz del sol.

—¡Pero si el sol ya se ocultó! —insiste, en tanto Renato vuelve a sonreír, se levanta del banco en el que se encontraba sentado tras de ella, se acerca a darle por la espalda un beso en la mejilla y pone en el cuenco de su mano algunas nueces que acaba de pelar mientras el día se despedía frente a ellos.

—¿Cómo es que ahora sabes esas cosas, viejo?

—No lo sé, lo leí en algún lugar, flaca.

—No me digas flaca.

—No me digas viejo.

—La puesta del sol en esta tierra árida siempre me recuerda aquel terregal seco y salitroso donde nos conocimos —comenta ella con nostalgia.

—Sí, a mí también, aunque prefiero esta tierra llena de nopales y otros cactus, a aquella llena de basura y tolvaneras de polvo. También prefiero a las iguanas y hasta a las culebras, que a aquellas ratas.

—Pero, éramos felices ahí, ¿no, Renato?

—Sí, y me hubiera gustado seguir viviendo en el circo —responde él después de quedarse callado unos segundos.

—Un pobre circo junto a un basurero. —Evoca ella con añoranza—. Nunca te platiqué cómo me convertí en la contorsionista, ¿verdad?

—Cierto. Aunque supongo que ayudó el que fueras delgadita.

—Sí, pero de ahí a torcerse toda, sabrás que hay mucha diferencia —aclara.

—Pues, todavía lo haces muy bien. ¡Ja, ja!

—¡Cállate, burlón! Que ya no hacemos nada. ¡Ja, ja, ja!

—¡Ja, ja, ja! Bueno, al menos tú sí sabes cómo me convertí en payaso.

—Está claro que para tapar con la nariz de bola tu propia nariz rota y chueca por tu época de boxeador. ¡Ja, ja, ja!

—Sí, aunque nunca fui buen boxeador... «¡Solo eras un violento peleador!», me aclaró el entrenador cuando regresé a buscarlo para ganarme un dinero porque estabas a punto de dar a luz.
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—Pues nunca te vi pelear como boxeador, pero en la calle nadie podía contigo. Jamás me contaste cómo fue que te metiste a eso.

—Me metí como a todo lo que se atravesó en mi camino, para sobrevivir. Ya sabes que lo de payaso lo hacía desde niño en los semáforos.

—Yo tuve la suerte de que el circo me recogiera cuando me fugué del hogar de niñas aquí en la frontera, donde me abandonó mi madre. Así me entrené desde chica, aunque el dueño del circo decía que ese tipo de cosas ya lo traes en el cuerpo. Como tú lo peleonero, supongo.

—Cuando me escapé de un orfanatorio fue porque pensé que era peor que las calles.

—¿Y sí lo era?

—En las calles por lo menos tienes para dónde correr.

—Extraño a Diego, Renato. Nunca me ha dejado de doler que muriera nuestro hijo —comenta, Silvia, ahora con voz quebrada.

—Pero tenemos a la Chivis —responde él, inclinándose sobre la mecedora para abrazarla y tratar de consolarla—. Claro que a mí también me duele que Diego haya muerto, sobre todo tan chiquito, pero con su enfermedad hubiera sufrido toda su vida.

—También extraño a don Abel y a Lucho, el enano. A la trabajadora social que nos ayudó con Diego y nos dio trabajo. ¡Ah! Se me olvidaba…, ella es la responsable de que aprendieras a leer y ahora sepas todas esas cosas extrañas que parecen mentiras.

—Clara, se llamaba Clara —precisa, ignorando el comentario de Silvia—. Gente buena, como el dueño del circo, mi maestro payaso.

—¿Cómo llegamos hasta acá, pues?

—Ni idea. Solo viviendo, Silvia.

—Pero nos tenemos. ¿No? Renato.

—Sí, nos tenemos, tenemos a nuestra hija y eso…, es llegar muy lejos.

—¿La quieres?

—Como si fuera nuestra.

—¿De quién más va a ser? De no estar con nosotros quién sabe dónde estaría o habría muerto de frío y hambre en la calle —advierte Silvia, con la mirada perdida, recordándose a sí misma de niña y sintiendo una ligera punzada en el corazón. Siempre ha temido que Renato sospeche que la pequeña Silvia es fruto de su soledad y su desesperación estando lejos de él.

—¿Sabes? Cuando te encontré, después de todo ese tiempo, pensé que era tuya, que también era mía, que quizás cuando te fuiste ya ibas embarazada. Hasta parecido le encontré conmigo —asegura Renato, para tranquilizarla. Siempre lo ha sabido; la Chivis es retrato fiel de su madre.

—¿En verdad, Renato? ¡Qué hermoso hubiera sido! Pero ¿por qué no habría de ser así? Silvia es nuestra hija y nosotros somos sus padres. De que me fui, pues ya te pedí perdón, estaba muy asustada, pero no sabes cuánto agradezco que me hayas encontrado, aunque hayan pasado todos esos años.

—Al contrario, perdona que de alguna manera mi vida de delincuente nos alcanzó.

—¡Qué delincuente ni qué nada! Eras un chamaco pandillero más. Como dices, tuviste que hacer lo que fuera para sobrevivir en la calle.

—Ya ni recuerdo cuántas tarugadas hice.

—Ni al caso acordarse.

—Cuando me preguntaste hace un rato si éramos felices en el circo, ¿sabes en qué caí en cuenta? —pregunta Renato, acercándose con ternura a abrazar a Silvia.

—¿En qué? —lo cuestiona ella, levantándose de la mecedora.

—En que nunca había estado más en paz que ahora. Creo que esto es la felicidad que busqué.

—Lo que sí no me explico, es… ¿Cómo fue, pues, que nos emparentamos tú y yo, si ni me gustabas, Renato? —dice Silvia, sarcásticamente, alzando la cara para mirarlo a los ojos, luego de un rato de permanecer abrazados en silencio.

—¡Mira de lo que me vengo a enterar después de tantos años! ¡Ja, ja, ja!

—Entremos para que cenes y no vayas de prisa al trabajo —sugiere ella—, creo que la Chivis ya se acostó a dormir.

Minutos antes de las diez de la noche, Renato arriba para desempeñar su trabajo de velador a una de tantas maquiladoras extranjeras que se establecen en la frontera, porque la mano de obra es más barata. Luego de perforar su tarjeta de asistencia en la caseta de vigilancia, recoge su linterna, el reloj checador con carcaza metálica y el radio, para iniciar su primer rondín. «Ese viejo y pesado reloj en cualquier momento no funcionará más —le advierte el vigilante—. Ahí hay otros más modernos». Él sonríe y sale de la caseta sin responder nada. La planta es grande y el recorrido cansado, cada vez su pierna lastimada y los achaques de la edad le molestan más, pero él agradece tener trabajo. «Payaso y boxeador», cavila, mientras se pierde en los pasillos largos y solitarios. En su mente aparecen escenas de su niñez, haciendo malabares en las esquinas por algo de dinero, acompañado de un perro callejero con el que compartía el poco alimento que llegaba a sus manos. Cada vez mejoraba sus trucos, inventando nuevas rutinas, tratando de llamar la atención de los conductores, descubriendo que, si lograba hacerlos sonreír, seguro obtendría una moneda. «Aunque a veces la sonrisa en sí misma era suficiente paga», recuerda.

Al llegar a su primer punto de revisión, hace su registro y continúa hacia el siguiente, ubicado en el almacén general, cuando una chica de baja estatura y vestimenta masculina le sale al paso interrumpiéndole la entrada a la pequeña nave. «¿Qué te trae por acá, viejo?», le increpa, en tanto tres jóvenes salen de la oscuridad detrás de ella. Renato se detiene y los observa en silencio, casi los reconoce, les podría llamar por su nombre sin temor a equivocarse, son idénticos a aquellos con los que convivió muchos años atrás. «Quizás con otras ropas —analiza—, pero definitivamente son los mismos». «¡Mejor te quedas quieto!», le advierte el más alto, luego de interponerse en actitud firme frente a él, al ver que Renato hace por sacar el radio de su funda en el cinturón «El Monje —piensa Renato, mirándolo a los ojos sin dar un paso atrás y recordando el apodo de un pandillero igual de alto con el que un día se enfrentó—, mentira que lo maté». El joven voltea a mirar de reojo a la chica, esta asiente y Renato recibe una fuerte patada en el estómago, que lo hace caer de espaldas. El golpe fue contundente, de un solo movimiento, como dando un paso militar al frente. «Este muchacho está entrenado», reconoce Renato, tirado en el suelo, intentando soportar el dolor y sin las fuerzas que antaño tuvo para enfrentarlos. «Por qué mejor no te mueres, viejo —vuelve a hablar la chica—, por lo visto ya no te queda mucho tiempo». Renato gira el cuerpo sobre su costado para intentar levantarse, lo hace lentamente, colocándose primero a gatas de espaldas al joven, quien en ese momento con otra patada en su trasero lo empuja, haciendo que caiga nuevamente pero ahora de cara al suelo. Sin rendirse y con la nariz sangrando por el golpe contra el pavimento, Renato se arrastra pecho tierra con sus codos, tratando de alejarse para ponerse a salvo de las patadas del pandillero; en su trayecto empuña disimuladamente su reloj checador que trae en la mano derecha. El joven se vuelve a acercar, ahora rodeándolo y parándose frente a la cara de Renato, en tanto los otros jóvenes ríen discretamente. «A este le da placer lastimarme», piensa Renato, tomando por sorpresa el tobillo de su oponente para asestar un fuerte golpe con la carcaza metálica del pesado reloj sobre la rodilla de este. Una y otra vez Renato golpea con todas sus fuerzas, aferrado con su brazo izquierdo a la pantorrilla del joven, que ahora ha caído y aun cuando jala de los cabellos a Renato, este no cesa de golpearlo. La reacción fue rápida y los otros jóvenes se acercan de prisa a ayudar a su compañero; empiezan a patearlo una y otra vez. Todo transcurre en silencio, entre las sombras al abrigo de la noche. Una sirena suena y las luces de algunos reflectores se encienden. «¡¿Qué pasa aquí?!», grita alguien. Los delincuentes corren. Renato yace jadeando entre tosidos sangrantes.

Amanece y Silvia ya está de pie preparando el desayuno para la Chivis cuando tocan a la puerta. «De seguro tu padre olvidó sus llaves. Ya se le olvida todo —señala—. ¡Apúrate para que no llegues tarde a la escuela! —grita». Al abrir la puerta, Renato no es quien toca y de alguna extraña manera, ella sabe que no volverá.

jueves, 11 de abril de 2019

Nunca es tarde

Frank Oviedo Carmona


Stefano conversaba cómodamente sentado en un sofá tipo Luis XV de color gris con su tía Catalina, quien estaba detrás de él con las manos en sus hombros. En ese instante, la empleada los interrumpió para entregar una carta que había llegado de Miami, era de Leticia, madre de Stefano. Sin embargo, él no pudo leerla por sí mismo, por lo que le pidió a su tía que lo hiciera por él.


«Querido hijo, cómo estás.

Tienes todo el derecho de preguntarte por qué después de veinticinco años he decidido ir a verte si nunca lo hice antes, quizás no deseas verme o me odies por el daño que te hice al abandonarte, pero tengo respuestas para tus preguntas; deseo de una vez por todas aclararte todo, créeme que como madre imagino la soledad que debes haber sentido y no he venido a pedirte perdón, sino a que me entiendas y luego decidas.

Estoy de gira por Sudamérica, irónicamente llego el segundo domingo de mayo que es el día de las madres. Por favor no pienses que yo lo planeé así para manipularte y me creas lo que te diré, no es así. Mi visita será de dos días.

Nunca he dejado de amarte ni de pensar en ti, hijo. Ni un solo día.  También deseo solucionar varios problemas que hay en donde vives. Estoy informada de todo lo que te ocurre y sé que las cosas no van bien en tu matrimonio. Ya que te has refugiado en el trabajo.

Trataré de ayudarte en todo lo que pueda, a pesar del corto tiempo que estaré ahí, ya tengo los medios, que es el dinero y muchos amigos que desde ya me están ayudando a buscarte un departamento para que salgas de esa casa.

Te quiere Leticia, tu madre».


Mientras escuchaba la lectura de la carta, a Stefano se le comenzó a transformar el rostro.

–No puede ser, tía, esa señora es una descarada y a qué va a venir después de tantos años, tiene que estar completamente loca y, ¿cómo sabe todo lo que me ocurre?

–A mí también me sorprende que venga inesperadamente. Al parecer tus tíos la han mantenido informada.

–Sí, no había pensado en ello.

–Entiendo tu ira, pero es una oportunidad para que hables y aclares todas tus dudas con Leticia.

–Tía, no quiero que me explique nada, ya es muy tarde, bueno no sé qué hacer, siento rabia de no haberla tenido a mi lado.

Stefano seguía sentado y se cubrió los ojos para ocultar sus lágrimas, Catalina se arrodilló junto a él y le pidió que la mirara a los ojos.

–Créeme que entiendo todo lo que sientes, pero es una oportunidad para que sepas la verdad, ¿no lo crees?

–Está bien, pero ella no sabe todo lo que he sufrido por no tenerla a mi lado, preguntándome cada día por qué no viene, o si nunca me quiso.

–Sí te quiere, escúchala cuando venga.

–Ya no sé qué pensar; pero no soy feliz, nunca lo he sido, a pesar de que vivo cómodamente y tengo una profesión, pero me gustaría irme de esta casa tétrica y el dinero no me alcanza.

–¿Ves, Stefano? Tienes todas las comodidades que tu madre nunca descuidó y una esposa que te ama. Más adelante quizá podrás comprarte un departamento.

Ambos se pusieron de pie y Catalina lo abrazó y acarició su espalda.

Stefano era un joven de mediana estatura, ojos claros, pelo castaño y de vestimenta formal.

La casa donde vivía con su tía y esposa era antigua y grande. Había sido de sus abuelos, ya fallecidos. Tenía techos altos, mesas de mármol, muebles tipo Luis XV, cortinas largas y pesadas que a su tía no le gustaba correr; tampoco abrir las ventanas porque decía que los muebles costaban una fortuna y con la luz y polvo se malograrían.

Él odiaba esa casa porque todo se veía gris y olía a humedad, y aún no le era suficiente el dinero para mudarse, esperaba más adelante poderlo hacer ya que no soportaba esa casa antigua.

Daniela, su esposa, era una joven sencilla, amaba a Stefano pero estaba aburrida porque no salían a ningún lugar, salvo algunas excepciones. Él trabajaba hasta altas horas de la noche, y llegaba cansado del trabajo, se duchaba, cenaba y dormía. Casi no compartían momentos juntos.

Stefano se dirigió a su habitación donde se encontraba Daniela y le  contó que Leticia vendría el día de la madre.

–¡Después de tanto tiempo vendrá a verte! ¡No lo puedo creer! –exclamo Daniela.

–Así dice la carta.

Ambos se acostaron y Stefano pasó la noche en vela preguntándose si hacía bien en no recibir a Leticia, pero a la vez lo ilusionaba verla y abrazarla porque era su madre. Además aunque no deseara, ella vendría de todas maneras y no sabía cuál sería su reacción.

Hasta que llegó el día de la madre.

 Estaban en casa la tía Catalina, Daniela y Stefano cuando la empleada anunció la llegada de Leticia.

Leticia era una mujer alta, delgada, llamativa, de cabello largo, vestida con un pantalón negro de cuero ceñido al cuerpo, botines marrones de gamuza y una blusa blanca con un chaleco negro con flecos y una chalina de piel.

Al entrar, la quedaron mirando.   

Leticia, un poco nerviosa, saludó con unas «Buenas tardes».

En tanto que la tía y Daniela se acercaron rápidamente a abrazarla.

Le dieron la bienvenida y alagaron lo bien que se le veía, a lo que ella agradeció dándole un abrazo a ambas.

Mientras tanto, Stefano estaba de pie.

–¿Qué desea usted, señora?

–¿Puedo pasar y tomar asiento?

–Ya está adentro –respondió Stefano con ironía–. Comprenderá que no la puedo llamar madre, nunca he hablado con usted. Ni siquiera por teléfono o carta.

–Te entiendo hijo, perdón, Stefano.

–No me vuelva a llamar hijo, señora.

–Perdón, estoy nerviosa, durante nuestra conversación quizás se me escape, pero por favor por unos minutos no me interrumpas para poder explicarte, el porqué de mi ausencia en toda tu vida.

–Ya señora, hable.

Leticia le explicó que su padre fue un narcotraficante el cual ella amó mucho pero al casarse todo cambió, quiso que abortara porque él no deseaba tener hijos.

Viajaban mucho, ella era joven, inmadura y llena de miedos. Cuando Stefano nació, su padre quiso matarlo pero ella no lo permitió, a sus espaldas lo entregó a su tía Catalina y le juró que ella correría con todos los gastos de la educación en el mejor colegio y universidad, y así fue como lo hizo. A los dos años de entregar a su hijo, asesinaron a su esposo. Tarde o temprano lo matarían pues era un hombre sin escrúpulos. Siempre se preguntó, cómo pudo enamorarse de él, fue ahí que después de unos meses conoció al que ahora es su compañero, un productor millonario que la escuchó cantar y la hizo conocida y estuvo de gira por Las Vegas, Los Ángeles, Nueva York, etcétera. El peor error que cometió fue no llevarlo a Las Vegas y a las giras; pero pensaba, ¿qué haría con un niño de dos años durante las giras?

Todo sería muy complicado, qué iba a hacer con su carrera, cómo lo mantendría. Muchas preguntas se hizo. Decidió dejarlo con su tía por unos años.

–Fue dura para mí esta decisión, créeme por favor, Stefano –con lágrimas en los ojos lo decía.

Todos los presentes oían sin hacer preguntas.

–Pero nunca estuviste para mis primeros cumpleaños, para mi graduación de colegio ni de la universidad. Todos iban con sus padres menos yo.

–Lo sé y me dolía en el alma, quería venir y algo pasaba y postergaba la visita, siempre algo sucedía.

Stefano caminaba de un lado a otro, hasta que tomó asiento en el filo del sofá con la cabeza gacha, conteniendo las lágrimas.

–No sabía por todo lo que habías pasado, pero comprende la cólera que siento porque no estuviste a mi lado.

Le decía que muchas veces miraba a la puerta imaginándose que entraría, lo abrazaría y le diría que venía a quedarse.

–Me rompes el corazón hijo, pero no supe qué hacer, te juro que tuve miedo.

–Nunca te pedí dinero, ni el mejor colegio o una excelente universidad, te quería a ti, a mi lado. –Stefano ya no podía contener las lágrimas.

–Lo sé hijo, créeme que hasta mis últimos días me arrepentiré de lo que hice.

En medio del llanto, Leticia hizo una pausa para beber un vaso con agua y luego continuó.

–Como te dije, hijo, hice varias llamadas antes de venir a aquí y he comprado un departamento en el Golf de San Isidro para ustedes dos para que ya no vivan en esta horrible casa que parece un museo. Hijo, nunca dejé de pensar en ti, solo Dios sabe todo lo que pasé con tu padre.

Le explicaba que el mundo de las estrellas no deja ver la realidad de la vida; todo es rápido, giras y giras, no hay tiempo para pensar en tu vida personal y cuando ya lo haces, han pasado muchos años.

–Créeme que me arrepentí de la decisión que tomé de dejarte, pero ya era tarde, no sabía cómo arreglar las cosas e ir a verte, tenía miedo a tu rechazo –lo decía con voz temblorosa.

–Madre, trataré de entenderte quizás he sido duro en juzgarte y solo he pensado en mí y no me he dado cuenta de todo lo que has sufrido tú, me gustaría que te quedaras para conocernos más.

Se abrazaron fuertemente y Leticia le pidió que esté donde esté ame a su madre y que por supuesto se quedaría; cancelaría sus giras.

La empleada interrumpió para decirle a Leticia que tenía una llamada.

–¡Ah! Debe de ser mi esposo que ya llegó del aeropuerto.

Al responder el teléfono escuchó un breve mensaje y presa de pánico empezó a gritar.

–Nooooo, no puede ser.

Leticia se tapó la boca con su mano y cayó sobre el sofá.

–¿Qué pasa madre?

Leticia balbuceando explicó que el vuelo en el que venía su esposo chocó contra las rocas y que no había sobrevivientes.

Stefano trató de reanimar a su madre, mientras llegaban los paramédicos que ya había llamado la empleada.

Pero era muy tarde, Leticia falleció por la impresión; tuvo un paro cardíaco.

lunes, 1 de abril de 2019

Verbo en pasado


Camila Vera


Iniciemos saludando, porque así es como la sociedad ha impuesto la forma de complacer las necesidades rudimentales de los oprimidos, que se ofenden si se suprime esta etapa de interacción social, como si a los que están en altos cargos mirando hacia abajo les importase en lo más mínimo esos individuos que se levantan con pocas horas de sueño y gran carga sobre sus hombros para empezar a caminar por una línea que solo los lleva al abismo, del cual nadie vuelve, donde no serás más que restos patéticos de lo que un día fuiste o soñaste ser, junto con las lágrimas hipócritas derramadas sin cuidado con sus comentarios de la honrada persona que en algún momento recuerdan pero que desgraciadamente «se les adelantó». No se preocupen que es el mismo recorrido para todos, solo puedes sentarte a esperar tu fatídico final y rogar al dios que esté de turno para que no sea una desgracia y si por azares del destino lo es, la gente dirá que el karma ha actuado. Pero muchas veces este llega antes del final de la historia, quizás en el primer párrafo del cuento; en el que estás descubriendo de qué tratará para continuar o dejarlo arrimado junto a las cosas que te propones pero eres un maldito cobarde, me salté del tema porque era necesario decirlo. Esta es la bienvenida a mi vida, a la perspectiva de esta, a mi delirio de grandeza que terminó siendo una miserable realidad compartida. Así empezó todo, no terminó igual, nunca terminó.

He pensado que los finales son solo un mito que la gente ha inventado para poder crear esperanza; creer que lo que está pasando terminará entrega impulso a los soñadores, como el que escribe este cuento, para seguir, levantarse y creer que podrá alcanzar eso a lo que le ha invertido su tiempo, pero es relativo y más que eso es efímero, sin control, sin un botón de pausa. Vivimos pensando que tenemos mucho tiempo en el reloj, que simplemente nos esperan cosas mejores al otro lado de la cortina, que la suerte está de nuestro lado y que el destino proveerá, pero las cosas pasan sin pedirnos permiso, sin preguntar siquiera; sin darnos cuenta de los actos que cometemos, llegan como una bocanada de aire, como un recuerdo, de la forma menos esperada. Fui padre, tuve el lujo de ver a los ojos de mi hijo y reconocer mis carencias, como una oportunidad que me daba la vida para remediar mis pasos y crear a un buen ciudadano que aportaría su granito de arena y haría grandezas. Fui padre, porque ahora no siento que lo sea, porque mis brazos están vacíos y no tienen entre ellos al dulce niño que alumbró a mi vida un marzo ocho.

Fui esposo, amaba a mi mujer como nunca otro ha podido amar, porque nadie ama igual, gracias al cielo nadie más lo hace, porque no he vuelto a reconocer entre las mujeres libidinosas que me han encontrado, siquiera una chispa o una llama del amor que profesé por la que fue mi otra mitad. Fui esposo y no creo que lo vuelva a ser aunque en mi dedo coloquen otro anillo y el «Sí, acepto» salga ahogado de mi labios, porque solo una vez fui esposo, de la mujer que desde algún lugar de otro universo ahora está acostada sobre un prado viendo las nubes y dibujando sobre ellas una historia, una de la que no soy parte por dejarme aquí entre mortales avaros e insensibles. Fui esposo de mi ilusión de secundaria, de mi primera fantasía sexual, del amor de mis días y el deseo de mis noches, fui esposo…

¿Qué soy ahora?, no sabría responder a esa pregunta sin antes entregarles un recorrido por mis pesares, en el que me convertí en un verbo en pasado, en el que me perdí. Todo empezó con una historia feliz, porque sin esos momentos no se podrían apreciar de igual manera los deplorables. Nos casamos en una finca a la salida de la ciudad, con toda nuestra familia que se volvió una esa noche para aplaudir junto a nosotros y nuestros ahorros la forma más despilfarradora de celebrar el amor, lo cual no me importó en lo más mínimo porque al fin tenía frente a mí al futuro. Nos mudamos a un departamento en un concurrido barrio donde la comida chatarra estaba en abundancia, la gente era muy alegre y muchos niños salían al parque a andar en bicicleta, nos pareció encantador el lugar, desde ese instante lo llamamos hogar.

Mi mujer se llama Jude, sus padres le pusieron así por la madre de uno de ellos, ya no logro recordar por quién. Cuando la conocí llevaba el cabello hecho una maraña, y reía con gran potencia, de esa forma como todos deberíamos hacerlo; estaba con sus amigas y me dije: «La quiero para mí». No fue fácil nuestro camino, tenemos temperamentos completamente distintos, ella es más nocturna, le da por conversar en la noche cuando solo aspiro a acostarme a ver televisión, no le gusta que apague la luz de la habitación, pero ama ir a lugares oscuros. Me gustaba en demasía el lunar que tiene en uno de sus dedos de la mano derecha, me encantaba besarlo, estaba en el lugar ideal para poner un beso. Pasaba mucho tiempo cantándole la canción de los Beatles que lleva su nombre, creía, y aún creo, que tiene la capacidad de coger una canción triste y mejorarla, siempre me consideré esa canción triste. Si no has escuchado la canción, considero oportuno que te detengas para buscarla, es un buen fondo para terminar de leer estas letras llenas de ella.

Avanzamos, porque no hay otro camino que al frente, intentamos tener hijos, la gente nos presionaba constantemente con ese tema, esa idea nos tuvo tres años entre pruebas y decepciones, no lográbamos cumplir la siguiente meta. A Jude le afectó demasiado el ver a sus amigas embarazadas y cayó en una gran tristeza que me contagiaba las ganas de querer acabar con las relaciones de amistad que habían quitado la sonrisa de mi hogar, ¿qué se creían ellos para declarar el momento indicado? Un médico y después otro fueron los necesarios para el inicio de un tratamiento costoso que nos daría ese fruto del matrimonio, a los doce meses de intento, Jude encargó en su útero a quien se convertiría en la luz de nuestras vidas.

Nuestro hijo creció y creció en el vientre fecundo de mi amada mujer, la cual mantuvo cada una de las precauciones que se le indicó. Soñaba con el rostro del ser que crecía, peleamos en algunas ocasiones por el nombre y si estaría en una escuela pública o privada. Escuchábamos su corazón latir como la melodía más maravillosa que pudimos percibir, nos acercamos a la religión porque queríamos ser los padres modelos que la sociedad ha creado. Nos comprometimos a amarnos más y más por él. Nunca antes habíamos sido más felices. Cuando nació creo que nos volvimos locos de inmediato, creímos tocar la realización, no sé qué habrá sentido Buda en sus paseos astrales, pero para mí cuando vi sus ojos, se volvió mi nirvana.

La vida es una constante alternancia entre la felicidad y la tristeza, se diría que eso da equilibrio, el vivir en abundancia perennemente sería tomado como una locura, pero nadie busca en su vida que la desgracia toque a su puerta y se ponga cómoda en el sillón viendo de cerca cómo su misión se cumple mientras los demás sufren. Creo que la desgracia llegó y se enamoró de mí, porque ahora la llevo como un prendedor, me guiña el ojo y se ríe de lado. En este momento viene la parte que lo desencadenó todo.

Era una mañana de noviembre, nuestro hijo, al que llamamos Paul ─está de más explicar qué cantante nos inspiró esa elección─, cumpliría ocho meses desde su llegada, el primer viaje familiar. Siempre nos gustó la playa, la encontrábamos como un escape accesible al bolsillo de la familia de clase media y mi hermana rentaba casas en ese lugar, ofreciéndonos donde poder quedarnos y pasar la noche de forma cómoda. Jude no estaba convencida, pero no había salido de casa hace tanto por el cuidado del niño, renunció a su trabajo para dedicarse a ser madre, la mejor mamá que un niño de casi ocho meses pudo haber elegido ─si es que tuvieran la opción de elección.

Íbamos escuchando música, Bon Jovi sonaba con It´s my life, cantábamos a todo pulmón porque nos sentíamos los malditos reyes del universo. Jude tenía a Paul en sus brazos, mis bellos copilotos, debí decirles que vayan en el asiento de atrás, pero uno no toma las debidas precauciones en la vida, éramos los malditos reyes, ¿cómo podíamos imaginar que pasaría algo? Recorrimos la carretera sin prisa, el destino no se movería, lamentablemente los autos no opinaban de la misma forma que nosotros. En un instante veo los ojos de mi mujer, sus ojos reían, no puedo explicar cómo, pero en ese momento había felicidad. Recuerdo tan bien todo porque ahí fue que dejamos de ser una familia.

Había una curva, la música cambió por una que era nuestra canción, se la dediqué cuando me dio el «Sí» y engloba cada parte de este amor, se llama Lucky de Jason Mraz y Colbie Caillat, sería bueno para esta parte que la busques, así entenderás el sentimiento que  acompaña la historia. Mientras le decía lo afortunado que soy por enamorarme de mi mejor amiga en todos los sentidos que pueden existir, otro auto perdió la pista al querer rebasar, intentó frenar, pero ya estaba derrapando hacia nosotros. En ese momento solo tenía en frente los ojos de mi mujer que cambiaron en microsegundos para expresar horror, ahí fue cuando miré a la muerte de cerca. Ese no era el único auto que había perdido el control, ahora éramos nosotros ante un final destinado por una persona que no quiso esperar con paciencia detrás de un camión, el cual en su intento de arreglar la situación empeoró más las cosas, tres vehículos hacia la fatalidad.

La colisión fue inevitable, mucho ruido, gritos, vidrios y vueltas. No fueron más de unos segundos, pero pasó tan lento todo que alcancé a coger la mano de mi mujer y no soltarla, o al menos eso creo. Lo que recuerdo luego son unas luces rojas y un médico que ponía una linterna frente a mis pupilas, se me imposibilitó hablar pero lo intentaba, mi cerebro no sabía qué pasaba, estaba en el suelo, algo me dolía pero no podía reconocer dónde o si era grave. Me desmayé; ahora me movían en una camilla y la luz molestaba mis ojos, era incandescente, me desorientaba, estaba en un hospital, escuchaba pero no entendía nada, no lograba concentrarme en lo que decían, solo era ruido.

Pasaron algunas horas, ya era de noche, podía ver por una ventana cercana que el día había acabado pero todo empezaba, mi hermana estaba en una silla viéndome abrir los ojos, sonrió y me dio un beso, salió de la habitación y más gente fue llegando, todos se movían rápido y hablaban entre ellos. Cuando el doctor llegó pude preguntar por mi familia, «¿dónde están?» Pero dijeron que no era el momento y me desmayé de nuevo.

Estaba herido pero sanaría pronto, había sufrido un golpe en la cabeza pero el cinturón de seguridad evitó que sea un acontecimiento peor, me dieron varios días libres y orden de quedarme en observación para controlar la contusión, tenía molestia en las piernas pero nada que la rehabilitación no pueda mejorar. Estuve en el hospital por una semana, pasé dormido la mayor cantidad del tiempo, me sedaban porque no podía dejar de pedir noticias de Jude y de Paul.

Una psicóloga llegó a mi habitación uno de esos días en los que la agresividad estaba ya controlando mis intentos por información, me pidió que me calme y me dijo que Jude estaba bien, más herida de lo que se esperaba pero en recuperación de una intervención quirúrgica que fue lo que la mantiene con vida. Pero Paul no había corrido con la misma suerte, después de grandes peleas la verdad había llegado a mí. Salió expedido por el parabrisas, cayendo varios metros a la distancia, está de más decir que un bebé no resistiría tal evento, simplemente fue un punto final.

Los meses fueron de la mano con la desgracia, Jude y yo nos recuperamos físicamente del suceso, nuestra familia fue un elemento importante para evitar que uno de los dos acabara con el otro, pero no estábamos completos, no éramos los mismos. Regresamos al hogar que ahora era solo un recuerdo, uno bonito, pero no más que eso. Jude pasaba en cama todo el día, sin ganas ni de comer aún menos de bañarse, solo junto a lo que fueron las cosas del hijo que tanto nos costó traer al mundo. Le contaba cuentos a la hora de dormir a la cuna que estaba en nuestra habitación, la cual no he vuelto a llamar así hasta este momento, para que tengas una idea clara, no volvió a ser nuestra, era de Paul y Jude.

Me mudé a la sala, no podía ver aquella escena cada mañana, tarde y noche. Poco a poco Jude se fue levantando con la misión de preparar la comida al bebé, de tener su ropa limpia, de cumplir sus obligaciones de madre. Se sentía culpable de haber soltado a su hijo para darme la mano, era parte de su sentimiento de aberración ante el hombre que no pudo mantener a salvo a su familia, al que llamaba «Amor».

Les prometo por lo más sagrado que intenté con cada partícula de mi cuerpo ser el hombre que mi mujer necesitaba para su duelo, pero no lo lograba. Pasaron los meses y la situación empeoró, busqué ayuda, pero se negaba a salir de la casa porque no podía dejar al bebé solo, se encerró cada vez más, hasta que la perdí para siempre. Un día su familia cansada de mi incompetencia en cada uno de los aspectos imaginables ─según ellos─ decidió doparla y llevarla a un centro psiquiátrico, me la arrebató la vida una vez más y yo solté su mano, por esta vez creí que ellos tenían la razón. Mi Jude.

Iba de visita, era una habitación pequeña, con una cama de una plaza, un escritorio en la esquina y una cuna para Paul. Me quedaba la duda cada día si preguntaba por mí, pero para ella yo morí en aquel accidente, recordaba vívidamente mi cuerpo en la acera y hasta que le decía que la amaba, por lo tanto nunca más me presenté como su esposo, sino como un amigo lejano, que cada vez se alejaba más.

Fui padre, de un niño que dio su último respiro antes de sus ocho meses, el cual pudo ser un abogado, un pintor o solo un humano. Fui padre y lo recuerdo tan bien que me niego a dejarlo ir, pero ya no tiene caso seguirlo pensando. Fui esposo, quiero creer que intenté ser lo que necesitaba mi esposa, imaginar que en una de esas ideas recurrentes en la noche se acuerda de mí, al menos por un segundo y me da un beso de despedida. Fui esposo de Jude, la mujer que me dio la mayor suerte que pude pedir, me dio luz. Fui un hombre que amó, me gusta creer que algún día amaré de nuevo, pero luego recuerdo que ahora soy un verbo en pasado.

¿Quién soy ahora?, no lo sé, una estadística más de los peligros de la carretera, una historia médica o un cuento sin final. Porque solo fui y ya no soy más.