lunes, 11 de febrero de 2019

¿Es real?


Camila Vera


Llevo unos cuarenta y cinco minutos desde que abrió el bar a las diez de la noche, he venido a este mismo lugar por ya un mes cuando me mudé al pueblo más recóndito de la ciudad por culpa de mi trabajo como asistente médico; no he tenido suerte con hacer amigos, así que este jarro de cerveza y la música de fondo son mi mayor compañía mientras espero que el amanecer me abrace entre mis sábanas para escupirme en la realidad, que es igual de solitaria que la luna.

Fred, el cantinero, puso una combinación de blues, una melodía que hace que agite mi cuerpo de lado a lado, cerrando mis ojos y pensando en lo que he perdido y ganado para estar en este momento disfrutando de la soledad que ya está cansada de acompañarme a cada lugar, quiere que la deje libre, me lo ha dicho en mis sueños pero me aferro a ella porque, para ser sincero, es lo único que tengo ahora.

La gente va llegando y la barra ahora se llena de risas y manoseos, me centro en las burbujas de mi cerveza y me doy cuenta de que es como observar un universo nuevo, fue un genio el que la inventó, a la bebida más exquisita y la chica que ahora entra en el bar. Mi mirada recorrió de forma perversa en microsegundos cada parte de su ser; desde el movimiento de su cabello, el grosor de sus labios, la delicadeza de su cuello, llegando a la gloria de sus senos para encontrarme con un vestido que la envuelve toda como un regalo que mueres de ansias por descubrir. Caminaba sola buscando entre la multitud un lugar adecuado para posar su belleza, rogaba a todos los dioses que sea el taburete de mi lado, junto al tipo tímido con barba desprolija que soy, que necesita de urgencia un corte de cabello y quizás también una buena ducha; trataba de mantenerme calmado cuando nuestras pupilas se cruzaron, notó mi presencia en el momento que ya había imaginado una vida entera junto a esas caderas, sonrió y así empezó todo.

─¿Qué desea que le sirva? ─dijo el cantinero preparando un vaso para coctel hacia la señorita.

─Dame una margarita, por favor. ─Tomó asiento tan cerca de mí que olía su perfume.

Quería decirle algo pero las palabras no salían de mí, en más de una ocasión me dirigí hacia ella pero su luz me distraía y olvidaba qué decir, solo esperé ese segundo de valentía que uno tiene en la vida, del que nunca se arrepiente para levantarme y tomar su mano ─algo osado para un iluso retraído─. Me miró extrañada por un momento pero no se alarmó de mis intenciones, le pedí que me acompañe a bailar una pieza, no sonaba nada espectacular pero en ese momento me pareció la melodía perfecta, agachó la cabeza y dijo que sí sonriendo, podía quedarme horas observándola.

Le pedí que bailemos, que dejemos nuestros cuerpos inundarse con el sudor y las ganas de dos almas viejas que disfrutaban solas en la pista de la música lenta ─dentro de mi cabeza sentía cómo me daba palmaditas de aprobación por mi atrevimiento─; le puse mi mano en la cintura que era muy pequeña y ella posó la suya gentilmente en mi hombro, el vaivén hacía que quisiera nunca despegarme de esos minutos, que esa canción desconocida armonice mi vida por siempre, porque así regresaría a este particular momento donde el mundo se detuvo.

─Me llamo, Tess, es como quisiera que me digas.

─Me llamo, Teo, pero puedes decirme como te guste.

─No eres de aquí, tienes acento.

─Pero me quedaré por unos meses, aunque ahora creo que vale cada momento en este lugar.

─Solo pretendes ser galán.

─Estoy muy nervioso. ─Le di una vuelta y la pegué a mí nuevamente.

─No lo pareces.

─Solo no quiero desperdiciar este instante con mis pensamientos.

─Quiero conocer tus pensamientos. ─Nos miramos de frente.

─Pienso que por este segundo abandonaría todo, solo porque esto está pasando.

─¿Quieres saber qué pienso?

─Solo si quieres que lo sepa ─respondí titubeando.

─No me arrepiento de venir esta noche al bar, estaba cerca del lugar y creí apropiado una margarita antes de regresar al trabajo.

─¿Dónde trabajas?

─No muy lejos.

─¿Qué tan lejos es eso?

─¿En verdad, quieres desperdiciar este momento con trabajo?

─No sería un desperdicio.

─Mejor, cuéntame algo que no sepa.

─¿Sabes los beneficios de un abrazo?

─¿Quieres abrazarme?

─Todo por tu salud.

─Convénceme.

─Hay una hormona en el cerebro, se llama oxitocina, se segrega al recibir sensaciones placenteras ─en ese momento la acerqué más a mi cuerpo─ si abrazas a alguien por cinco segundos se activa, pero si es por veinte se dispersa por todo tu cuerpo, te da tranquilidad y hace que no tengas estrés.

─Entonces, no me sueltes, disfruta de estos veinte segundos como si no hubiera nada más en la Tierra.

Dejamos de movernos, varias parejas estaban ya junto a nosotros, pero solo importaba aquel abrazo, cuando cerramos nuestros ojos y sentíamos nuestros latidos, la respiración agitada por el cansancio del baile, los aromas se mezclaban con el alcohol a nuestro alrededor, dos desconocidos hechos uno por la simplicidad de la muestra de amor más grande, el abrazo. Jamás había apreciado tanto los segundos como ahora.

Alzó la mirada, pero nuestros brazos seguían aferrados a la pareja que la noche nos asignó, sonreímos porque es lo que uno hace cuando encuentra la felicidad, en ningún momento me pasó por la mente besarla a pesar de que mis impulsos carnales me gritaban que la haga mía, pero lo que esos pensamientos no entendían era que yo le pertenecía de una forma que no puedo describir.

─Y ahora, ¿qué piensas? ─le dije.

─Pienso que has embriagado mi cuerpo con esa sustancia que dices.

─¿Y, te gustó?

─Necesitaré una dosis más seguida.

Volvimos a movernos con el ritmo de la música que ahora había cambiado de ritmo, algunas personas ya estaban cediendo a los efectos del alcohol así que el ambiente cambiaba de forma, se llenaba más y hacía más difícil seguir conociéndola, por lo tanto solo decidimos bailar, una pieza y luego otra. Después de ocho canciones regresamos a la barra, al mismo lugar, en el mismo taburete en el cual la observé llegar, mi vaso de cerveza seguía ahí con sus burbujas intactas, el reloj hizo un sonido anunciando el cambio de hora, eran las once de la noche.

Alcé mi mirada y la bella señorita que buscaba dónde sentarse entre tantos hombres desesperados escogió al caballero de la otra esquina que inmediatamente le invitó un trago fuerte como estrategia para embriagar a la presa que inocente había caído en la trampa del cazador, intenté decirle algo pero mi cabeza me repitió que el cuento no sería como me imaginaba, terminé mi cerveza porque es lo único seguro con lo que puedo contar, pedí varias rondas más mientras mi mirada estaba fija en lo que yo mismo me negaba por no levantar mi trasero e ir por ella. La noche, las parejas, los tragos y las ganas fueron pasando frente a mi nariz, dejándome con mi soledad que me torcía los ojos por tener que soportar una noche más mis melancólicos pensamientos que le hacían tan sencillo su trabajo, se notaba simplemente cansada.

Me levanté cuando el reloj indicaba las tres de la mañana y fui a descargar el líquido que había consumido hasta ese momento, recordé mi fantasía y me di golpes en la frente por lo cobarde y poco hombre que soy al no poder ir tras la bella mujer del bar.

Respiré el aire nauseabundo para calmar mi malestar con mi yo, abrí la puerta y la vi frente a mí, pasó su lengua por sus labios y casi cae al intentar acercarse, le rogué a mi cabeza que esta vez no fuera una farsa y entró de un golpe al baño, estaba entre la pared y el pecado que me incitaba a seguir la corriente, le inundé un beso desesperado hasta que los labios nos dolieron y los pulmones pidieron receso, cerramos la puerta y dejamos que la situación nos consuma. Sus manos expertas sabían exactamente qué querían de mí, así que empezó a buscarlo con desesperación, mi cuerpo reaccionó inmediatamente ante la situación en la que me encontraba, estaba siendo arrastrado a la mejor sensación antes pensada, la tomé con fuerza y puso ella sus piernas alrededor de mi cuerpo con gran presión, su vestido se subía dejándome apreciar sus muslos que se contraían de forma perversa, agarraba mi cabello y continuaban sus besos su camino siniestro. Sabía tan bien lo prohibido. Solo esperaba regresar a la barra y que el reloj no me vuelva a despertar frente al mismo vaso de cerveza, que esta vez sí sea real, mientras lo descubro lo voy a disfrutar.

viernes, 1 de febrero de 2019

Mi pecado fue el silencio


Constanza Aimola


Nunca pensé escribir sobre este capítulo de mi vida. Es una de esas historias que cualquier persona preferiría mantener en lo más escondido de su inconsciente y hasta evitar pensar en lo que sucedió.

Si alguien está leyendo esto es porque estoy muerta, me aseguré de mantener en secreto varias historias, por las que sería fuertemente juzgada si salían a la luz pública. Alguna vez pensé que quizá me hubieran perdonado, pero habría tenido que vivir siendo señalada.

Nací en Bogotá el doce de octubre de 1913 y decidí escribir esto hoy, el día que cumplo cuarenta años, una edad, en la que quiero liberarme de mi pasado, al menos escribiendo como una forma de desahogo.

Pareciera un argumento trillado, pero me enamoré, cuando menos creía, del que no debía, y en contra de todos los pronósticos de la sociedad, de un hombre que me triplicaba la edad y al que fui fiel y estuve firme a su lado aunque no hubiéramos jurado amor en una iglesia o un juzgado. Este amor no fue el típico cuento de hadas, teníamos muchos intereses y un juego de poder que aunque interesante, sacaba a esta historia de amor de la cotidianidad.

Hace ya muchos años, conocí a Buenaventura Nepomuceno Matallana, un abogado que se había ganado la confianza de muchas personas pudientes y acaudaladas de la ciudad. Logré trabajar con él cuando mi mayor aspiración era entrar en el ámbito del derecho, lo que se convirtió en un reto y la posibilidad de cumplir mis sueños.

Terminaba mi adolescencia, en una época en la que Bogotá era más conservadora y solapada que ahora, cuando se respiraba un ambiente de pulcritud y honestidad, guardándose los más altos estándares de respeto por las normas, la religión y la estética, aun cuando se movieran sigilosamente los más sucios y turbulentos secretos de una sociedad corrupta.

Recuerdo con claridad el día que presenté la entrevista para trabajar con Nepomuceno, estaba realmente ansiosa y el pánico me agobiaba, sin embargo, me vestí sexi y profesional, mi atuendo me hacía sentir fuerte y valiente. Falda y saco gris de paño, camisa blanca de seda y botones, intencionalmente abiertos desde el tercero, medias veladas negras y tacones de cuero medianamente altos. Cartera de imitación de una marca conocida, que por la época traían en original a la única tienda de ropa que había en el centro. Me las ingenié para falsificar una etiqueta en una tela especial para pegar con la plancha en cualquier material. Mi adorada madre que está en el cielo y se dedicaba al exclusivo diseño y confección de vestidos, me enseñó ese tipo de truquitos, que son, como ella decía, las herramientas para triunfar en la vida, ya que siempre habrá personas que se dejan llevar por estas necedades y que anteponen la apariencia a cualquier principio.

No creo que Nepomuceno conociera de marcas de carteras, sin embargo, de esta forma aparentaba lujo y poca necesidad del trabajo, además, un par de senos discretamente expuestos, es el postre del que se antojan sin excepción todos los hombres.

Lo que creía sería un interrogatorio, se convirtió en una amena charla, llena de carcajadas y coquetería. Nos provocábamos mutuamente, me tocaba la mano disimuladamente, mientras yo bajaba la mirada en una actitud sumisa, pero también me mordía los labios suavemente y me tocaba el cuello, lo que ocasionaba en Matallana un impulso que casi sentía que no podría controlar más, algo entre pasión y locura que más adelante terminó en una ardiente pero clandestina aventura.

Como deben imaginarse, me contrató de inmediato, las demás aspirantes se quedaron afuera de la oficina haciendo fila y el papel de las hojas de vida sirvió más adelante para avivar el fuego de la chimenea que calentó el ambiente en las frías tardes bogotanas.

A diario me inventaba nuevas y mejores formas de enamorarlo. En la mañana cuando llegaba a la oficina tenía sobre el escritorio una taza llena de café caliente, fuerte, negro y sin azúcar. Me dediqué a observar cada una de sus costumbres o detectar lo que le gustaba y a complacerlo en todo. Organizaba sus papeles, tomaba notas sobre sus requerimientos, escribía y enviaba por correo cartas a sus clientes, recorría los juzgados tres días a la semana en mi tiempo libre para no perder espacio a su lado y cuando me pedía el estado de algún proceso, yo ya tenía carpetas separadas con toda la información. Era la compañía perfecta y al mismo tiempo una excelente y dedicada empleada. Quería asegurarme de que siempre me necesitara a su lado.

En el día había tiempo para todo, entre papeles, carpetas y lápices, poco a poco se colaron los besos, las caricias y las palabras seductoras. Luego apareció el sexo que cada vez subía más de intensidad y ocho meses después de trabajar para él, me convertí en su amante.

Nunca más me volvió a faltar la comida, vivía en el mejor hotel de la ciudad, cada dos días visitaba el salón de belleza para arreglarme el cabello y las uñas, tenía ropa nueva cada semana y participaba de todas las reuniones, almuerzos y celebraciones a las que invitaban a Nepomuceno. Me convertí en su asistente privada y aunque todos se imaginaban lo que pasaba a puerta cerrada, nadie decía nada, actuaban con total discreción y ante las esposas era solamente una dedicada empleada. Esta relación nunca tuvo un mayor avance, pues los dos huíamos al compromiso, es mejor disfrutar de la vida sin atarse a una sola persona, tal vez si hubiéramos formalizado todo, no hubiera durado mucho.

En los primeros días de un diciembre, entró a la oficina un hombre alto y muy bien vestido, llevaba del brazo a su esposa como un accesorio costoso. Quería que el doctor Matallana lo asesorara en un caso de invasión de unas tierras de su propiedad en el municipio de Subachoque, a tres horas de Bogotá.

Los atendimos muy bien, almorzamos en un restaurante italiano del centro y logramos que nos diera el caso. Importante, interesante y muy costoso. Pasamos horas estudiando los expedientes y, como era costumbre, Nepomuceno preparó un juicio magistral que fue cubierto por varios reporteros del periódico local.

Mientras transcurría el litigio, pasamos mucho tiempo con la importante familia Torres. Todas las semanas fuimos a lujosas cenas, viajamos a la finca de Subachoque y conocimos muchos otros personajes que eran clientes potenciales y confiaron en Nepomuceno para que llevara sus casos de herencias, testamentos, divorcios y otros pleitos.

Cada día el doctor Matallana era más conocido y prestigioso. Tenía varios casos en curso y nosotros llenábamos más los bolsillos de dinero. Nunca nos hicimos socios, su amplitud y confianza no llegaba a tanto, Matallana trabajaba en los procesos y yo hacía lo que me decía, no estudié más que el bachillerato, crecí queriendo estudiar leyes, esta es una profesión, que como ninguna, adorna a las personas y les da poder, sin embargo, hoy en día sé que no es necesario estudiar para ejercer una profesión. No participaba tanto desde lo intelectual, pero igual me lucraba de sus negocios. Un día tuvimos sexo entre los billetes, el dinero es algo que me sube como nada la libido y a Nepomuceno nada lo excitaba más que mi placer.

Nuestros encuentros eran siempre en el hotel o en la oficina. Una tarde que regresábamos de la finca después de un idílico fin de semana, me llevó a su casa. Por fin, conocí a Helena, la empleada que por diez años le había servido en su casa. Era una pequeña niña campesina cuando empezó a trabajar con Nepomuceno. Se caracterizaba por su humildad, carácter dócil y capacidad de servicio. En lo que a mí respecta, tenía el tiempo necesario y había ganado méritos para entrar cada vez más en el mundo de este personaje que estaba ayudándome a consolidar mis sueños mientras pasaba los mejores tiempos de mi vida.

Estábamos tomando chocolate con queso y almojábana, preparados por las prodigiosas manos de Helena, cuando tocó a la puerta Emilio Torres. Angustiado y errático, había ido a la oficina del doctor Matallana, allí, después de mucha insistencia, le suministraron el domicilio del abogado. Ese fue el día que conoció a Helena, de quien se enamoró profunda y locamente.

Tal vez, su actitud de servicio, la capacidad para detectar y satisfacer las necesidades de los demás y la atención que le prestaba a él y solo a él, fue lo que hizo que se enamorara de esta mujer del campo que nunca pensó que podría llegar a tanto con alguien tan diferente y de un nivel social tan superior al de ella.

Las visitas empezaron a ser cada vez más frecuentes. Yo solía pasar frente a la casa de Nepomuceno y ahí estaba estacionado el carro de Emilio delante de la puerta. Entraba a la hora del almuerzo y se quedaba hasta las cuatro o cinco justo antes de que Nepomuceno llegara a la casa. Una tarde de estas, mientras sabía que Emilio estaba con Helena, me fui para su casa a verme con su esposa. Lilia de Torres era una mujer de apariencia muy dura, lo menciono por su seriedad, no por su angelical rostro. Piel perfectamente blanca y sin arrugas a pesar de estar entrando a los cincuenta. Delgada y siempre bien vestida, ese día abrió la puerta en bata y con el cabello desarreglado. Hizo cara de horror y se escondió detrás de la puerta. No tenía idea de que iría a su casa, pensó que era la ama de llaves que había salido al mercado por lo que abrió la puerta. Finalmente me invitó a pasar después de disculparse varias veces. Hablamos durante horas acerca de cómo tenía todo en la vida, pero la depresión no la dejaba en paz. Estaba medicada y no podía recuperarse.

Me convertí en su mejor amiga. Pasaron rápidamente cinco meses. Y para entonces tomábamos el té a diario, salíamos de compras y poco a poco la ayudé a regresar a la cordura. Una tarde de lluvia llegué con algo más que colaciones para acompañar el té.

Dos botellas de vodka bebimos entre risas mientras narrábamos historias que en mi caso eran todas inventadas acerca de mis padres millonarios, los viajes al exterior y aventuras que jamás había tenido.

Quizá fue el calor del momento, la desesperación de la soledad o la falsa empatía, pero nos acercamos físicamente y nos besamos. Lenta y tímidamente sus labios tocaban los míos. Me acarició el rostro y pude ver en sus ojos un sentimiento que ningún hombre me había demostrado. Aunque no eran reales las charlas ni lo que hacía, en ese momento sabía que ella lo había creído.

Mientras esto sucedía, sin que yo lo supiera, Nepomuceno estaba tramando algo sucio y tramposo y solo a partir de enterarme de sus planes, pude empezar a entender el hombre que tenía a mi lado.

Ya para este momento los Torres tenían toda su confianza puesta en nosotros. No dudaban ni un segundo de lo que éramos y el juicio estaba ya a punto de terminar con todas las pruebas a su favor. Ese día una mañana, del mes de abril, Emilio y Helena habían tomado la decisión de escaparse para hacer una nueva familia, querían empezar una vida juntos, pero en Bogotá era imposible hacerlo de forma abierta como lo merecían. Emilio defendía mucho a Helena, la hacía sentir importante, tenía su opinión en cuenta, y le había prometido que sería su esposa y nunca se separarían. Por otra parte y mientras yo atendía a otros nuevos clientes, Nepomuceno programó un recorrido de reconocimiento del despeje de la zona de la finca de Subachoque con Emilio Torres, quien no quería aceptar por el plan que tenía con Helena, sin embargo, con el fin de no levantar sospechas, aceptó ir de madrugada, con la promesa de que llegaría a la hora del almuerzo para finalmente dejar todo por ella, inclusive lo que recibiría del proceso que llevaba Matallana, los terrenos y demás propiedades.

En ese momento Torres ya no vivía con su esposa. Se había separado, poniéndose en contra de las normas de la religión y la sociedad bogotana de la época. Matallana le pidió que se quedara en su casa esa noche para poder salir a la madrugada y así fue. Un beso en la frente de Helena, fue el que selló el compromiso de regresar y amarla para siempre lejos de Bogotá. Algo en el corazón de Helena sentía que no lo cumpliría, tal vez nunca creyó que siendo tan humilde, alguien de la categoría de Emilio la amara tan profundamente.

Llegaron a la finca cuando empezaba a amanecer, Marcos era el cuidandero desde que la familia Torres compró los terrenos y era todavía un niño que con su papá aprendía los diferentes oficios. Los acompañó por un rato, pero por recomendación de Matallana los dejó solos. Cuando se estaba alejando escuchó un disparo y regresó. Se ubicó detrás de un árbol y pudo ver al desde entonces doctor Mata cavando un hueco para enterrar el cuerpo sin vida de Torres.

Este fue el hecho con el que empezaron una serie de investigaciones en contra de Buenaventura Nepomuceno Matallana. Cinco años más tarde, me enteré de otros casos que convirtieron a este que resultó ser falso abogado en un reconocido asesino en serie, que embaucaba a sus víctimas, ganándose su confianza y luego las mataba para quedarse con su dinero y propiedades.

De lo que me enteré a lo largo del juicio mientras Nepomuceno permanecía tras las rejas me hizo tomar la decisión de marcharme de su lado, aun cuando sabía que perdería todos los privilegios que gané a su lado. Un techo digno y seguro donde vivir, comida cara y selecta, una vida social muy activa pudiéndome codear con las más altas esferas de la sociedad. Hubo historias macabras, como la de la prostituta que mató y emparedó por tener demasiada información acerca de sus movimientos, los cuales le había contado entre sábanas un día de borrachera; o el de una mujer que le llevaba más de treinta años con quien se casó y a quien mantenía dopada en su casa de campo al cuidado de una enfermera que tenía sobornada.

Tenía conocimiento de algunos de sus movimientos, inclusive un día le di por orden de Nepomuceno, escopolamina al dueño de la lotería de Cundinamarca, con quien accedí a salir para embrujarlo con mis encantos. Nadie que no le cayera en gracia a Nepomuceno se escapaba de su maldad. Buscaba, asediaba y mataba a quien se cruzara en su camino. En esa oportunidad, el hombre se quedó dormido en la habitación del hotel en la que me quedaba y juro que salió caminando al otro día por sus propios medios, aunque varios días después fue encontrado en una zanja de Chía, un municipio baldío cerca de Bogotá. El único que tenía la información de donde estaba, así como interés de acabar con su vida era Nepomuceno.

Quiero seguir escribiendo, hay más cosas que contar, sin embargo, tengo que salir de este hotel de paso, para seguir mi camino hacia la fuga, antes de que me comprometan e inculpen en el caso. Tal vez, en otro lugar, encuentre un abogado, que me sirva para seguir teniendo la vida que merezco.

miércoles, 23 de enero de 2019

El incidente


 Juan Esteban Sierra Quiceno


Llevaba años esperando saber algo de ella sin tener ninguna noticia de verdad confiable, es decir: noticias, y muchas, sí me llegaban, pero no pasaban de ser meros chismorreos.

Ocasionalmente la llamé, claro, pero exceptuando la fecha de su cumpleaños en la que apenas si me concedía un comedido «gracias», jamás me contestaba. Como no podía verla nunca, y casi tampoco hablarle, un par de veces cada año me obligaba a transigir mi aversión por las redes sociales, y utilizar el perfil de mi primo para husmear sus foticos en el Facebook. Lo anterior les habrá sonado un poco patético, y ciertamente lo es, cómo no; pero mi intención no es dar una imagen acrecentada de mí mismo, sino contar con sinceridad esta historia.

Ocurrió cuando llevábamos poco más de un lustro separados, ya había perdido toda esperanza de reconciliación y por fin empezaba a proyectar mi vida sin ella. Por aquellos días, hasta me sorprendí cuando constaté que no podía evocar a la perfección su sonrisa, e incluso llegué a dudar si la comisura sobresaliente de la misma era la izquierda o la derecha. De cualquier modo, fue en una de esas tardes en las que me encauzaba hacia al olvido, cuando llamó.

Le contesté con un tartamudeo vergonzoso, lo admito, en cambio ella me conversó del otro lado de la línea como si nada hubiese ocurrido entre los dos, como si hubiésemos pasado juntos la noche anterior, como si no nos separasen unos cinco años y cuatrocientos kilómetros. «Ya que estoy en la ciudad, ¿nos tomamos algo?», propuso. Anteriormente me había dicho esas mismas palabras, o en todo caso, unas muy similares —por supuesto, yo sí le respondía sus escasísimas llamadas—. La cuestión era que ella tenía el vicio de, muy de cuando en cuando, invitarme a un trago, a una cena o al cine, para al final, en el último minuto —casi siempre conmigo en el lugar convenido—, dejarme plantado con cualquier excusa. De todas formas acepté. Ah… qué felicidad sentí en ese instante. Era una alegría de esas grandes e ingenuas. Pero también estaba nervioso, claro, hecho que indiscretamente dejaban traslucir mis axilas. Años sin vernos, y ahora así tan de repente. Qué podría decirle tras esta larga separación: que no la había olvidado; que después de ella se agotó mi capacidad para amar a otros y hasta a mí mismo; que sin su compañía me sentía tan solo, que dedicaba horas a contemplar las fotos que nos tomamos juntos, y que yo conservaba como un tesoro.

Quedamos en encontrarnos en una cervecería-bar instalada en una antigua casa colonial de la localidad. Yo llegué unos quince minutos antes de lo acordado, y me ubiqué en el centro de lo que originalmente debió de ser el patio interior de la casona. Solitario en la mesa trataba de alejar la idea de un nuevo plantón siguiendo con la mirada a quienes iban al baño: veía como estos subían o no, dependiendo si estaban en el patio como yo, o en lo que antaño fueran las habitaciones de arriba; y luego atravesaban la totalidad del corredor de ese segundo piso, que con su hermosa barandilla de cedro circundaba el susodicho patio. En tanto, me iba bebiendo una jarra de su famosa cerveza artesanal cada vez más tibia.

Acabada una segunda jarra, llegó ella. Llevaba un vestido negro y ceñido, y con sus taconcitos finos se dirigió directamente a mi mesa mientras la observaba con el orgullo masculino henchido, pues era consciente de la multitud de ojos que tampoco se le despegaban: lascivos los de los hombres y envidiosos los de las mujeres —¡de veras estaba linda!—. Se inclinó para saludar. Me golpeó con aquel perfume cítrico que demasiado bien recordaba. Y me estampó un besito solapado, es decir, en la mejilla sí, pero donde esta limita con los labios. Enseguida se sentó, llamó al mesero y pidió una botella de Chivas con dos vasos. Yo odiaba el whisky, pero no le reproché nada —¿¡quién podría!?—.

Cobijados por la tenue música rock y el murmullito de las conversaciones aledañas, empezó a hablarme sin parar sobre un sinnúmero de temas intrascendentes, puras blabladurías, las hubiésemos designado en nuestros buenos tiempos; y entretanto iba sirviendo vaso tras vaso —dos dedos y sin hielo, por supuesto— de aquel licor ambarino que los dos bebíamos de inmediato, pero siempre con un brindis precedente. Embelesado, escuchaba su conversación asintiendo con la cabeza a intervalos más o menos regulares, pero en realidad apenas prestaba atención al sinuoso movimiento de sus labiecitos gruesos. La botella menguaba con rapidez, y yo que no recordaba que tomara tanto me esmeraba por seguirle el ritmo, pues no quería quedar mal. En un momento dado, noté que su rodilla izquierda se apretujaba contra una de las mías. Debían haber permanecido así, junticas, desde hacía rato, pero el exceso de alcohol me tenía los nervios entumecidos. Entonces comprendí lo que tenía que hacer, y deslizando mis dedos entre su rubia cabellera la sujeté firmemente por la nuca. Le acerqué mi rostro y besé sus bonitos labios que no ofrecieron resistencia alguna al paso de mi lengua. Nos besamos de esta manera largo rato, y solo nos detuvimos cuando se acercó el mesero para pedirle otra botella de whisky.

Los brindis se encadenaban, y nosotros ahí completamente exaltados: nos decíamos palabritas dulces, nos reíamos, nos acariciábamos, nos besábamos con desvergüenza. Ella me hacía sentir grande, desinhibido, protegido contra cualquier cosa. Con ella junto a mí, lo podría todo, todo. Excepto retener por más tiempo ese líquido áureo que peleaba por salir, y que distendía hasta el ridículo mi pobre vejiga. Debía parar los besos, subir las escaleras, circundar el corredor del segundo piso, hacer la fila para entrar al único baño... ¡bah!, aún podría aguantar un poco más.

Proseguimos, pues, con los tocamientos, demasiado impropios para aquel sitio cada vez más atestado, claro, pero no nos importaba. La felicidad de estar juntos de nuevo, y por qué no, para siempre, me tenía totalmente achispado. Sentirla cerca y disponible, ah… qué seguridad me daba para hablar y actuar, yo que era un timorato. Entre beso y beso, charlábamos sobre todo lo que habíamos hecho en los últimos cinco años, sabedores de que nada da más arrechera que las confidencias. En fin, en esas estábamos cuando me asaltó una punzada pélvica de mayor intensidad a las anteriores. Definitivamente no podría procrastinar más la visita al baño.

Le di un beso adicional y me levanté. Tan pronto estuve de pie, lo supe sin lugar a dudas: no era la reconciliación lo que me tenía así de achispado, ¡no!: era el alcohol. Entonces me abrí bruscamente paso hasta las escaleras atropellando algunos clientes, sillas y meseros. Luego, acompañado de unas repentinas náuseas, las subí apenas sin inconvenientes; pero al final, en el último peldaño, de hecho, se me escapó una arcada cuyo líquido todavía pude retener apretando con fuerza los dientes. Con un sutil bamboleo continué por el pasillo sin desprenderme nunca de la bonita barandilla, no obstante, unos metros más allá, un mal paso me sacó una segunda arcada que, sumándose a la previa, sobrepasó la capacidad de mis abombadísimos carrillos. El vómito, abundante —¡Dios mío, sí fue abundante!—, chocó contra el piso para escurrirse entre los barandales hacia el piso inferior con sus mesitas y comensales.

Intentando ignorar las imprecaciones por y para mi expulsión, terminé el corredor y colándome en la fila entré en el maldito baño. Oriné y me enjuagué la boca, y después deshice el largo camino de vuelta a nuestra mesa donde solo me esperaban la botella de Chivas y el par de vasos vacíos. Dejé allí todo el dinero que cargaba conmigo y salí despavorido del bar sin girar la cabeza ni regresar nunca.

De más está aclarar que no reiniciamos nuestra relación. Su vida ya la tenía por allá, y la mía, mal que bien, acá; y aparte, estaba el anterior incidente, por supuesto. De hecho, ni siquiera nos hemos vuelto a citar, así sea para dejarme otra vez plantado. Todavía nos quedan, eso sí, las llamaditas anuales, cada treinta de agosto, en su cumpleaños.

jueves, 17 de enero de 2019

La fiesta de quince años

Paulina Pérez



Eli era una adolescente de cabellos ondulados, algo rojizos, delgada y de mirada melancólica, cuyo mundo se puso de cabeza de un momento a otro.

Las elecciones dieron como ganador a la presidencia del país a un representante de la ultraderecha cuya oferta de campaña de «Pan, Techo y Empleo» había generado grandes expectativas en los sectores populares, los enérgicos discursos llenos de promesas de mejores días para los pobres de la Patria, del candidato de  la zona costera del país calaron en aquellos que se habían resignado a la miseria confiando, muchos de ellos, de que el paraíso les aguardaba después de aquella vida de sufrimiento. El plan económico del gobierno encendió las alarmas en sindicatos, movimientos sociales y partidos de izquierda. Recortes en presupuestos de salud y educación provocaron protestas que desde un inicio fueron reprimidas con mucha dureza por los organismos de seguridad del Estado y como consecuencia de aquello, las manifestaciones fueron subiendo de tono. De pronto el país amaneció con la noticia del secuestro momentáneo de un canal de televisión desde donde un grupo armado, desconocido hasta ese momento, lanzaba una proclama en la que advertía al régimen que enfrentaría el autoritaritarismo y las medidas económicas que según ellos llevarían al pueblo a la miseria. El nuevo gobernante ordenó de inmediato, buscar a todos los miembros de aquella organización a la que tildó de terrorista y creo una policía especial para ello.

Los padres de Eli habían militado en la izquierda y eran conocidos en algunos sectores universitarios y fabriles. Como tantos otros pasaron a formar parte de una lista de sospechosos de complicidad o encubrimiento de terroristas, elaborada por la nueva oficina de seguridad.

El papá de Eli, Alberto, había sido detenido y torturado durante una semana. Luego de ser liberado fue acosado y amenazado; junto a Beatriz, la madre de Eli, buscó un abogado para presentar una denuncia a la Comisión de Derechos Humanos, la única institución respetada por el gobierno, al menos en la formalidad por tener el respaldo de la ONU; porque lo contrario habría sido confirmar que el país vivía en dictadura y ellos insistían en que era una democracia que se defendía del terrorismo y la subversión.

Eli asistía a una secundaria vespertina y aquella tarde había ganado el primer lugar en un intercolegial de oratoria. Le extrañó que sus padres no hubieran asistido a su presentación, pero al salir del colegio y ver a su tío Rafael esperándola en la puerta intuyó, que algo malo había pasado.

Llegaron a casa de la abuela quien salió a recibirla entre sollozos y abrazos y con quien viviría por un tiempo, hasta que los padres de Eli, que habían decidido abandonar el país para no ser apresados por una acusación contra ellos de asociación ilícita y subversión, pudieran llevarla con ellos.

En la habitación que la abuelita le había preparado, encontró algunas de sus cosas dentro de una funda de almohada, imaginó que sus padres no tuvieron tiempo ni de buscar una maleta, y entre ellas una carta que estos le habían dejado. En ella le decían que no saliera sola, que si preguntaban por ellos, debía decir que a su padre le ofrecieron un trabajo en el extranjero y para ver si era una buena idea trasladarse con toda la familia la mamá había ido con él. Tampoco era recomendable visitar a sus amigos del barrio, sobre todo por ellos, para que la policía no los acosara luego con preguntas o amenazas. Bastaba con que fuera amigo o conocido de alguien de aquella lista para que sean allanadas viviendas, centros de estudios y hasta casas parroquiales. Su rutina sería del colegio a la casa de la abuela. La policía no podía intentar algo contra ella al ser menor de edad pero no había cómo confiar en aquello puesto que su padre estaba siendo acusado sin ninguna prueba.

Eli lloraba cada noche por la falta que le hacían Alberto y Beatriz, durante el día trataba de disimular su angustia al no tener noticias de la suerte de sus progenitores y así evitarle preocupaciones a su anciana abuela que no lograba comprender por qué acusaban a su hija y su yerno de cosas que ella ni siquiera entendía.

Los noticieros nocturnos informaban de cuerpos encontrados en quebradas con signos de tortura; rostros destruidos y sin ninguna identificación; madres llorando en las puertas de las centrales de policía o en las iglesias porque sus hijos estaban desaparecidos; los centros de medicina legal fuertemente resguardados y todo hospital público vigilado puesto que quienes habían sobrevivido a las torturas eran ingresados en muy mal estado, y los medios de comunicación estaban prohibidos de entrevistarlos. Solo había una versión oficial permitida: la democracia estaba más viva que nunca y el país estaba en orden y en paz.

Eli tenía una tía a la que quería mucho, durante las vacaciones escolares siempre pasaba al menos un mes de los dos que duraban, en casa de ella. Carmita era muy jovial y divertida. Le gustaba armar juegos, preparar recetas, diseñar ropa y disfraces e inventar pasos de baile para las canciones de moda. Como no tenía hijos y sí varios hermanos menores, planificaba con ellos y con los primos una especie de vacacional familiar para que los días de descanso no fueran tediosos.

Eli estaba próxima a cumplir quince años al igual que sus compañeras de aula. El único tema de conversación entre ellas, en los momentos de descanso, recreos o durante el recorrido del bus escolar y que ya tenía harta a Eli eran los preparativos de las fiestas rosadas de cada una de ellas, una celebración hasta cierto punto obligatoria, puesto que en aquella época, si alguna familia no ofrecía una recepción por la nueva quinceañera, con misa incluida, pasaba a ser tema de conversación en toda reunión social en la cual las murmuraciones y especulaciones no eran nada agradables. Eli no quería fiesta, ni ella ni sus padres veían alguna diferencia entre cumplir catorce, quince y dieciséis años. Pensar que una niña se transformaba automáticamente en mujer al cumplir una década y media de vida les parecía totalmente ridículo. Junto a sus padres habían planificado hacer un viaje pero no por el número de años cumplidos sino porque podrían aprovechar más del mismo.

Eli no estaba para pensar en fiestas de cumpleaños ni mucho menos, lo único que quería era recibir una llamada de sus padres y tener la tranquilidad de que estaban a salvo. El recuerdo de su padre llegando a casa en la madrugada, después de aquella semana infernal en que su madre y sus tíos los buscaron por todos los hospitales y clínicas, cuarteles, retenes y morgues sin obtener respuesta alguna, con la mirada crispada, los ojos enrojecidos rodeados por unas grandes y profundas ojeras y casi sin poder hablar, estaba intacto. La imagen de su cuerpo lleno de hematomas, pequeñas quemaduras, las uñas de pies y manos amoratadas, los tobillos y las muñecas edematizados y lastimados por haber estado atados tanto tiempo y por ultimo su padre despertando aterrado le ayudaban a convencerse de que era mejor que estén lejos de aquel horror.

Las invitaciones a celebrar las quince primaveras de sus compañeras llegaban cada semana y Eli, que ahora dependía de su abuela, no tenía dinero para comprar los obsequios ni los vestidos que además siempre debían ser de estreno.

La querida tía Carmita fue a visitar a Eli y encontró en la mesita de noche de su sobrina las invitaciones de sus amigas en sobres de colores, con lazos, algunas habían llegado con algún detalle como recuerdo de la fecha. Ella estaba al tanto del viaje que Eli haría con sus padres y sabía que en las actuales circunstancias eso ya no era posible.

Las semanas pasaban y Eli seguía a la espera de un telefonema de sus padres. Sus tíos le habían dicho que ellos estaban bien y que si no llamaban era porque no era seguro, pero ella solo lo creería cuando lo escuchara de ellos.

Los días en que la policía desde una especie de campamento motorizado permanente frente a la residencia de su abuela acosaba a la familia con luces intensas, llamadas en altas horas de la noche o en las primeras de la mañana con amenazas y las advertencias al rector del colegio en el que Eli estudiaba para que la expulsara si los padres terroristas no se entregaban, quedaron atrás.

Un lunes en la tarde llamaron sus padres, estaban bien y por el momento era mejor no mencionar en dónde; para Eli fue suficiente saber y sentirlos tranquilos y seguros. El jueves de esa misma semana ella cumpliría década y media de vida.

Carmita, con la complicidad de otros miembros de la familia y amigos de los padres de Eli, organizó una pequeña celebración. No sería una fiesta con damas de amor ni caballeros como escoltas, pero sí con pastel y velitas que apagar. Carmita le había confeccionado un lindo vestido color rosa que la joven estrenó aquella noche con mucha gratitud y emoción. De algún modo sus padres estaban ahí, ella lo sentía así. Muchas veces su padre le había leído testimonios de las madres de muchos jóvenes desparecidos durante las dictaduras en la Argentina, Chile y en Centroamérica; las Abuelas de plaza de Mayo; los exiliados que desde otros países denunciaban los crímenes de las dictaduras como la tortura, la desaparición forzada, y siempre le pareció muy lejano todo eso, jamás imaginó que algún día ella también daría testimonio sobre aquello, pero también sabía que era de las afortunadas, sus padres estaban lejos pero vivos y quizás el reencuentro tomaría algún tiempo pero ese día llegaría tarde o temprano.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

La expedición


Yadira Sandoval Rodríguez


Una pareja de espeleólogos ha decidido que su única hija los acompañe a la primera expedición de ella. Cristina tiene catorce años y está emocionada; sus padres, Marcos y Laura, le han pedido que los acompañe a explorar unas cavernas.

Desde que tiene uso de razón Cristina lleva en su mente las historias de sus papás sobre las cavernas, esperando que un día ellos pudieran llevarla a conocer esos magníficos lugares. Con motivo de los quince años de su hija, Marcos y Laura prepararon un campamento de fin de semana al parque nacional de las Cavernas de Carlsbad, en el sureste de Nuevo México, de fama mundial debido a que contiene algunas de las cámaras subterráneas más profundas del mundo. Marcos están encargados de un proyecto de investigación en el lugar y decidieron llevar a su hija a otros sitios de las cavernas no abiertos al público. Anteriormente, no lo habían hecho porque su hija había desarrollado una enfermedad en la sangre; los médicos le diagnosticaron leucemia, pero con dudas, debido a que los leucocitos están incompletos, es decir, los linfocitos encargados de eliminar las células cancerosas se encuentran en la médula ósea, pero sí un 1.5 % en los ganglios linfáticos de Cristina, arrojando los estudios un conteo bajo de glóbulos blancos, prescribiendo cáncer en la sangre. Lo anterior, es como empezaron a estudiar el caso de la adolescente. Los papás fueron apoyados por los abuelos maternos mientras ellos se iban a sus investigaciones para después contárselas a su hija en cuentos. En un mes dejará el medicamento. Los médicos aprobaron el permiso para que acompañara a sus papás de campamento con motivo de sus quince años. Los especialistas la van a tener en observación un año sin medicamentos después de haber estado medicada dos años y medio.

La familia planea salir muy temprano el sábado de Arizona a Nuevo México, la duración del trayecto es de cuatro horas y treinta minutos; aprovecharán el fin de semana para mostrarle a la hija algunos lugares de la caverna. Cristina organiza sus cosas, desea llevar sus libros de espeleología que sus padres le han regalado en el trascurso de los años. Antes de ir a la cama agarra uno, se le queda mirando por buen rato, es un libro de cavernas en Europa, observó las imágenes en él hasta quedarse dormida. Constantemente expresa su curiosidad sobre las estalactitas y estalagmitas, de qué color son y su textura; siempre tiene presente las explicaciones de sus papás sobre los espeleotemas. Por la información adquirida desde pequeña, aunado a su enfermedad desarrolló una personalidad ensimismada, por no tener con quien compartir sus pensamientos, tal actitud era criticada por sus compañeros quienes le decían, freak. A ella nunca le afectó eso, ya que su seguridad era reafirmada por sus familiares.    

Lo médicos no saben por qué razón al momento de hacerle el trasplante de células madre a Cristina, el cabello cambió de color verde. Los papás al no tener una explicación de los médicos, le dijeron que era un hada de las cavernas que ellos estudiaban, con el fin de que no se sintiera mal, y que tarde o temprano tendría que regresar a su reino, por lo pronto, debía vivir en el mundo de ellos. La historia era algo fantástica para la hija. Los médicos no podían explicar lo que pasó, pero un joven internista del área de oncología investigó la causa de la pigmentación en el cabello de la adolescente y encontró una transmutación genética en su sangre, en vez de comunicarlo a los médicos hizo todo lo posible por esconder la evidencia. En el laboratorio siempre cambiaba los resultados de Cristina por otros, como era un médico considerado una gran promesa médica, le confiaron el caso. La ambición del joven por vender la información a científicos fue más grande que su ética profesional, ya que tiene cinco años relacionado con esta red de especialistas encargados de buscar seres quiméricos en la Tierra, su obsesión desde que es un niño. Los contactos deseaban a Cristina para futuros experimentos, tenían tiempo siguiendo a la adolescente. Fernando solo estaba esperando el momento para entregar a la joven a cambio de participar en las investigaciones de estos seres. Se enteró de que la familia iría de paseo a las cavernas de Nuevo México y planeó el secuestro, el lugar lo vio ideal para sus planes. La información la obtuvo de la adolescente en unas de las citas médicas al hospital.

—Hola, Cristina. ¿Cómo has estado?

—Excelente, doctor Fernando. 

—¿Cómo te has sentido?

—Bien. Estoy muy feliz.

—¿Por qué?, Cristina. Haber platícame, mientras preparo el medicamento para aplicártelo.

—Este será mi último medicamento y el próximo mes cumpliré quince años, como regalo, mis papás me llevarán a una expedición a las Cavernas de Carlsbad. Ese es mi sueño desde que era pequeñita.

—Qué bien, Cristina. Me alegro mucho por ti. Lo triste es que ya no te veremos tan seguido por estos rumbos, te extrañaremos, eres una joven especial, todos te queremos en este hospital.

—Gracias, doctor. Los vendré a visitar.

—Siempre serás bienvenida.

Con actitud de malicia, Fernando le entrega un caramelo y le dice: «Tu último caramelo, Cristina». Ella sonriendo le da las gracias y se retira.

Inmediatamente, Fernando se comunica con los contactos, les dice que él se encargará del secuestro.   

Llegó el día esperado por Cristina, en el camino sintió una clase de emoción nunca antes experimentada. Cuando llegaron a la caverna su corazón empezó a palpitar de forma acelerada, al verla agitada la mamá le comenta al padre: «Está emocionada por estar aquí, no hay por qué preocuparnos». Laura abraza a su hija y le dice: «Cristina, has llegado a tu reino». Al escuchar esas palabras, ella se desmaya, los papás se asustan y la suben al carro. A los minutos le dice que está bien, que solo se mareó un poco. La mamá saca de la mochila la comida para prepararle algo a su hija, ya que la adolescente no quiso desayunar temprano. El padre sacó del maletín los primeros auxilios, le tomó la presión y checó que todo andaba bien, presión arterial 97/58 mmHg. Ellos nunca imaginaron que esa experiencia podría provocar esas emociones en ella.

Cuando despierta Cristina los padres estaban terminando de montar la casa de acampar, dejaron todo bien organizado, y le preguntan a ella cómo se encuentra. Cristina dijo que estaba bien, y que deseaba entrar a la cueva, los padres le dijeron que por su condición de salud habían decidido ingresar al día siguiente. Cristina les dices a sus papás que desea entrar, los dos se miraron, Laura le dice a su esposo: «Tiene mi aprobación». La adolescente sonríe de emoción. Agarran las mochilas y entran a la caverna.  

Al entrar a la cueva se alcanza a percibir el olor a amoniaco proveniente de los orines y guano de los murciélagos, aunado con el hedor a húmedo. Cristina empieza a visualizar de lejos las estalactitas y las estalagmitas, los ve de color crema, blanco y amarillo. Los padres se miran uno al otro con extrañez, porque aún no han prendido las lámparas, el cambio de batería lleva su tiempo, a la mamá se le olvidó a hacer el cambio por el desmayo de su hija y los ojos tardan tiempo en imponerse a la visibilidad en la oscuridad de la cueva. Cuando las linternas prenden, la adolescente iba unos veinte metros adelante de ellos, por un camino con pendiente hacia abajo. Extrañados los padres le dijeron a Cristina que no se alejara mucho. Ella impaciente no los escucha, corren los papás y Cristina desaparece. Laura y Marcos empiezan a gritar fuerte, están preocupados, y ella no responde. El padre trata de tranquilizar a su esposa: «En estas cavernas solo hay un camino que nos lleva a diferentes cámaras, y en ellas hay luz, así que será fácil encontrar a Cristina».  

Fernando quien estaba a unos metros delante de ellos escondido junto con otros hombres atrás de unas rocas, observó cuando Cristina se apartó de sus padres y aprovechó para seguirla.

Más adelante, los papás encuentran a su hija en la sala de los fantasmas, la cual se había cerrado al público porque habían encontrado nuevos hallazgos en el lugar. Ella estaba sentada en unas de las rocas con su cabello de color verde hasta la cintura. Cristina se había convertido en otra persona, sus pies se alargaron, las orejas también, de forma puntiaguda y salían de su cuerpo unas alas muy grandes de color azul. Los padres no lo podían creer, estaban asombrados y a la vez con miedo, porque no sabían qué había pasado con su hija. 

Cristina les habló con voz serena y les dice que no se preocuparan, les deja en claro que no pertenece a su mundo: «He regresado a mi reino». Los padres, consternados con la nueva identidad de su hija, se miran y se dicen: «¿Qué va a pasar con nuestra hija?». Cristina reafirma que estará bien. Les da las gracias por todo lo que hicieron por ella. «Son los mejores padres que pude haber tenido y me hicieron muy feliz». En eso, Fernando sorprende a la familia, dos hombres agarran por atrás a los padres, les inyectan un químico en el cuello y caen muertos. Cristina suelta el grito. Fernando le dispara un sedante, los otros dos la encierran en una jaula. A los minutos, Fernando se comunica con sus contactos y les dice: «La tenemos».   

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Amistad equivocada


Rosario Allpas


Eran las nueve y media de la mañana cuando saliste de casa camino al hospital de enfermedades crónicas donde habías pedido ser voluntaria. Hacía frío, aun así, te propusiste ir caminando hasta el paradero del ómnibus. Mientras avanzabas, tu respiración formaba pequeñas volutas de humo blanco. Ibas bien arropada, metiste las manos en los bolsillos de tu abrigo y apuraste el paso. Los árboles se movían al compás del viento suave, fuiste capaz de oír el susurro de estos acompañando tus pasos. Respiraste profundo. Te hallabas como antes, como hacía veinte años atrás, cuando te sentías segura de ti misma ayudando a los demás, sobre todo a los más necesitados. No estabas yendo a atenderlos como enfermera; tu labor como profesional de salud había terminado luego de cumplir veinticinco años de trabajo en diferentes hospitales de tu país y de haberte jubilado. Entonces, ¿qué buscabas en aquellos pacientes? Oh, sí, tú lo sabías, lo habías dicho muchas veces. Querías consolidar el idioma inglés, el que siempre te había sido esquivo. Deseabas aprender a hablarlo de manera fluida, pues hasta hoy entendías a medias y no eras capaz de «soltar la lengua», pues vivías sola en casa, tu hija se había casado y volado a Dallas. Tú deseabas socializar con los que siempre te habían hecho sentir cómoda: tus pacientes. Pensaste que era más fácil hablar con ellos en inglés, que encontrarte con amigas en el supermercado o en la iglesia donde por comodidad todas hablaban en español.

Esa mañana te acogieron bien las otras voluntarias. Eran personas de la misma edad que la tuya, unas tal vez más jóvenes, otras mayores, pero en general, todas pasaban los cincuenta años. Ibas a quedarte tres horas entre las paredes de aquel hospital. Si deseabas permanecer más tiempo podías hacerlo. Así te lo hicieron saber.

Recorriste el pequeño lugar. Tus compañeras, que llevaban más tiempo en el nosocomio, te explicaron dónde estaban los principales ambientes y demás servicios, esto era muy importante; era preciso conocer todas las dependencias y el funcionamiento de tu centro de labor porque también serías un tanto recepcionista y otro poco, colaboradora del personal que atendía directamente al paciente.

Te comprometiste a ir dos veces por semana: los martes y los jueves. Te hubiese gustado escoger la sala de infantes porque toda tu vida profesional atendiste a niños, pero estos enanos eran bastante sinceros y si te hubiesen escuchado hablar el inglés que utilizabas, te habrían dicho que pronunciabas muy mal y hasta se hubiesen reído de ti. Así son los niños. No todos. Algunos, sí. Recordaste a tu amiga que tiene dos hijos en elementary school. Aquellos escuincles se pasaban el día corrigiéndole y para no sentirse mal, Enemery se había matriculado en la iglesia próxima a su casa, donde tú y ella coincidían en las clases de inglés. Las dos estaban en el mismo nivel.

Cuando cada una de tus compañeras voluntarias empezaron a desaparecer en las distintas habitaciones, tú también recorriste aquellas salas en busca de algún paciente a quien pudieses proporcionar un poco de compañía. Encontraste a uno y de inmediato reconociste en él la necesidad de conversar con alguien. Estaba solo. Nadie lo visitaba, te lo hicieron saber. No sé por qué te atrajo aquella piel cetrina pegada a los huesos, su frente amplia y pómulos acentuados. Aquellos brazos y manos peculiarmente largos. Su mirada extraviada se posó en tu identificación de plástico que colgaba de tu suéter, y decía VOLUNTEER. Lo saludaste con tu inglés fallido y él te contestó en español. De alguna manera te sentiste identificada. Quizás el acento que tenía, tal vez lo notaste familiar; lo cierto es que, al terminar el turno supiste que era peruano.

Sonreíste. Muchas veces habías bromeado con Gladys, una amiga tuya que se fue al Brasil; cuando esta te contaba que estaba enamorada, tú pensaste que su novio podía ser un moreno carioca y no, era un blanco huanuqueño. «¡No puede ser! Irte tan lejos para encontrar un novio peruano. Ja, ja, ja», le habías dicho riéndote. Ahora te estaba pasando lo mismo a ti y peor todavía en tu caso, pues el objetivo de consolidar el idioma inglés se estaba diluyendo.

El siguiente día previsto era el jueves. Llegaste al hospital y pensaste por un momento ir a conversar con otro paciente, pero cuando pasaste a saludar a Efraín, sus pequeños ojos negros te miraron con complacencia, te había reconocido. Entonces te quedaste con él. Habías llevado un libro para leerle, pero él alargó sus brazos para señalarte que deseaba mostrarte algo. Eran unas galletas dulces que las habían escondido para que se olvidara de ellas. «¿Por qué no se las llevarían si no deseaban dárselas?», te preguntaste. En otro tiempo tú serías una de las que no le hubiese permitido ni probar; mas ahora, pensabas que bastante tenía el pobre con estar enfermo como para agobiarlo evitando un pequeño gustito. De todas maneras, fuiste a preguntarle a la enfermera si podrías darle una, solo una. Esta dudó unos segundos y te permitió darle, por tus ojos de ruego, te lo hizo saber.

Al revisar su cajón te percataste de que tenía muy poca ropa, apenas un pantalón de mezclilla de verano y un polo de algodón, zapatos de lona y un par de medias. No quisiste abrir el otro cajón porque pensaste que allí estaba su ropa interior. De alguna manera no querías intimar con alguien de quien no sabías nada y no podía decirte muchas cosas ya que solo balbuceaba algunas palabras. Él se sentía complacido mientras tú le conversabas. ¿Quién era él?, quisiste saber. Te dijeron que había sido profesor y que había venido hacía treinta años a Miami. Que tenía familiares en Perú, que una de sus hijas venía cada tres meses a visitarlo, pagaba la clínica y se iba hasta dentro de tres meses más. Parecía que había venido a visitarlo, por lo de las galletas. También había una caja pequeña que simulaba ser un cofre. Él te lo quería mostrar, lo abriste y viste que había fotografías, empero, el tiempo había pasado, le prometiste que la siguiente visita verían las instantáneas. Él asintió. Te dio la mano. Aquello te desconcertó. El contacto con su mano huesuda, su piel seca y tibia, «demasiado tibia», pensaste e hizo que te inquietara, quizás estuviera con fiebre. Una mueca amistosa hacía ver sus escasos dientes y un delgado líquido viscoso se escapaba de su boca sin poderlo controlar. Sentiste compasión, sí, por aquel hombre que se hallaba solo con su soledad y quizás por mucho tiempo no habría sentido una mano amiga. Estrechaste su mano para infundirle calor, amistad, cariño. De inmediato pensaste que ese debía ser tu objetivo, darle ese trato profesional y humano que a ti te gustaría que te diesen si estuvieras al otro lado de la valla. Sobre el aprendizaje del inglés, ya habría tiempo.

Para la otra fecha, fuiste de prisa a verlo, estabas muy animosa; sin embargo, al pasar por su habitación encontraste la cama vacía, sentiste un estremecimiento que invadió todo tu cuerpo, parecía que ibas a desfallecer. ¡Nadie te había dicho nada! Cuando recuperaste el aliento e ibas a preguntar por él, te topaste con el personal de limpieza que retornaba a la habitación para devolver el tacho de basura limpio, fue ella quien te dijo que lo habían llevado para hacerle unos exámenes. Volvió tu alma al cuerpo. Sabías que estaba muy mal, pero no creíste que hubiese llegado el tiempo de desaparecer de este mundo. No, aún no.

Fuiste a visitar a otro paciente, conversaste con su familia, más bien escuchaste tratando de entender qué decían. I don't speak English. A few. I want to learn, les dijiste. Se mostraron complacientes. Realmente nunca nadie se había portado mal contigo porque no supieras hablar inglés correctamente, todos comprendían.

Ese día no lo viste a Efraín porque no regresó en las horas que permaneciste en el hospital.

Llegó el día jueves y fuiste a su habitación, él estaba ensimismado, solo, como de costumbre. Lucía la piel amarillenta, incluso los ojos. Figuraste que tenía una complicación hepática. Lo miraste y le dijiste que el día martes lo habías esperado. Se volteó con dificultad, parecía haber envejecido. Tenía adherido a su brazo izquierdo un catéter que, pegado a una llave de doble vía, se acoplaba a la manguera de una botella de suero. Se hallaba encogido, por ello se veía pequeño, perdido en el lecho. Sus brazos largos se estiraron para hacerte señas, quería que elevaras el cabezal de la cama. Luego con el índice de su mano derecha te señaló mostrando su cómoda, deseaba que vieras sus fotografías. No se había olvidado.

Le acomodaste las sábanas, apartaste la almohada que le sobraba y la dejaste al costado; sonrió. Fuiste al clóset y extrajiste la cajita blanca de uno de los cajones. Al abrirla, un abanico de cartulinas en blanco y negro aparecieron ante tus ojos. Eran fotografías de su familia, su casa en Arequipa. Sus ojos iban y venían de un lado a otro como si estuviese afiebrado y te decía en pocas palabras quién era él, quiénes eran sus padres y sus hermanos.

Sonreíste, le dijiste que era un muchacho travieso de ojos pícaros. «Seguro que te gustaba el fútbol», opinaste. No sé por qué lo tuteaste, era la primera vez. Él se dio cuenta y te miró de soslayo cuando tú te sonrojaste. Se empezó a agitar. Tú pensaste que sería de la emoción de compartir parte de su vida privada contigo y seguiste pasando las fotos mientras le preguntabas quién era ella, mi hermana, te decía; ¿y él?, mi hermano, mi mamá, mi papá, mis tíos, mi caballo, yo tenía un caballo, te contó a duras penas. Solía pasear por los cerros. Otros iban en burro, que era lo más común, pero yo tenía un caballo que se llamaba Alazán, porque era colorado.

Al terminar, acomodaste el primer grupo de fotografías y sacaste el otro montón. Al parecer estaban ordenadas en orden cronológico. Habías visto a Efraín de pequeño. Las nuevas fotografías eran de su juventud, te había dicho que se había trasladado a Ayacucho para estudiar educación superior en la universidad. Pasaste algunas fotos hasta que encontraste una que te quedaste observando; se trataba de un grupo de muchachos. Tus ojos se abrieron como platos y temblaste de pies a cabeza, ¿qué te pasaba? Allí, entre el conjunto de jóvenes, estaba él, lo recordabas muy bien, porque aquella vez se habían mirado frente a frente cuando se le cayó el pañuelo que le cubría la boca y nariz. Ahora, en la fotografía, ese pañuelo lo llevaba al cuello. Todos los del grupo tenían pañuelos anudados con un lazo flojo en sus cuellos. Él estaba rozagante, bien nutrido, ¿cómo olvidar ese cabello erizado y rebelde? Lo confrontaste un segundo con la foto y tu recuerdo, tu sufrido recuerdo, te quedaste atónita y la instantánea se escapó de tus manos. Efraín se dio cuenta de tu nerviosismo, de tu mirada asustada, de tu miedo encarnado en tu piel, en tu boca, y te miró con sus ojos amarillos fosforescentes, cuyos iris se volvieron llamas. Por primera vez te fijaste en el miedo que poseía esa mirada. Le habías reconocido y él también a ti; en ese cruce de miradas de hoy, se vieron como antaño.

Recordaste el episodio doloroso, el que debías de haber olvidado y enterrado para siempre y ahora volvía como una ola cubriéndote sin que tú pudieses escapar:

«Entraron destrozando la puerta, eran quizás siete los muchachos que tenían unos pañuelos que les cubría parte del rostro, solo se les podía ver los ojos; todos estaban armados. Mis padres que habían corrido para intentar trancar la puerta fueron los primeros en recibir sus balas. El ruido era ensordecedor. Mi esposo, que era policía, fue a sacar el arma, pero no tuvo tiempo, le dispararon a quemarropa. Yo fui hacia adentro a recoger a mi hija que estaba durmiendo; tenía apenas dos años. Estaban mis tíos también y fueron ellos quienes sirvieron como carne de cañón para que no fueran por mí. Sin embargo, no se amilanaron, uno de ellos me persiguió. Yo corrí despavorida por el zaguán llevando a mi hija a rastras, pues no pude cargarla adecuadamente. Abrí la puerta del estudio, así le llamábamos al lugar donde estaban los libros, y me escondí debajo de una mesa que servía de escritorio. Él jaló el mantel que nos cubría, mi hija empezó a llorar. Cuando me levanté a pedirle que nos perdonara la vida, el pañuelo se le había caído dejando al descubierto su rostro. Nos miramos cara a cara. Fueron unos segundos donde mis ojos le pidieron piedad, los de él, destilaban locura. Cogió el arma y apuntó. La luz se apagó de repente, ¡otro apagón de aquellos que nos tenían acostumbrados!, mientras yo caía de rodillas para un último ruego, el disparo salió loco, estruendoso y errado. Los demás le llamaron, se iban porque un grupo de militares venía por ellos. Él desapareció con los otros.

Me levanté y corrí con mi hija lo más que pude fuera de la casa, perdí un zapato en la huida. No sabía adónde ir. La noche con su balde de tinta negra nos cubrió. Aterrada pensé que podría encontrarme con los terroristas, los mismos que habían matado a mi familia; el solo pensamiento me hacía huir sin saber dónde. Sentí que había pánico en mis pies, los que huían despavoridos a encontrar refugio. En Ayacucho —en ese tiempo— existía un temor generalizado por los terroristas, y también por los militares, quienes pensaban que cualquiera podría ser terrorista. Tenía miedo de que no creyesen que era la esposa del policía Cahuana. Llegué a la Plaza de Armas, esta dormía silenciosa. En una de sus esquinas había un ómnibus estacionado con las luces apagadas, estaba abierto, subimos y nos fuimos hacia atrás, a los últimos asientos. Allí esperamos escondidas, muy juntas, dándonos calor pues la noche enfriaba.

En la madrugada subieron los pasajeros, luego el chofer. Al inicio nos confundimos con los viajeros. El ómnibus enrumbó hacia un destino que más tarde sabríamos.

Cuando se dieron cuenta de que éramos pasajeros sin boletos de viaje, ya estábamos muy lejos. El terror se nos dibujó en nuestros rostros cuando nos preguntaron qué hacíamos allí. Desconocíamos quiénes eran los que habían abordado el ómnibus. Angelita se puso a llorar. Entonces ellos no hicieron más que dejarnos continuar el viaje. No teníamos dinero para comprar algo ni siquiera para alimentarnos. El chofer nos invitó. Tenía temor de narrarle aquello que nos había sucedido, aunque sabía que la situación que le relataría constituía un episodio más de los tantos que ocurrían en Ayacucho. Felizmente, nadie indagó nada.

Llegamos a Lima en la noche. Era la primera vez que viajaba a la capital. Yo continuaba teniendo el pavor en mi piel y aún pensaba que me seguían, que podrían encontrarme y terminar con mi vida. Empecé a trabajar como empleada en una casa sin salir a la calle. El pánico de que aún nos estuviesen buscando hacía que desistiera tan siquiera de ir al parque o al mercado. No conté a nadie de lo acontecido por dos años. Dos años en los que me dediqué a ahorrar todo el dinero que ganaba.

La patrona donde me puse a trabajar, me ayudó después a conseguir mis papeles. Yo estaba estudiando enfermería en Ayacucho y pude terminar mi profesión en Lima. Trabajé en el Hospital Arzobispo Loayza y luego en el Hospital del Niño. Poco a poco la confianza llegó a mí. Me di cuenta de que Lima era una ciudad bastante grande, capaz de albergar a millones de personas y perderlas en el absoluto anonimato.

Cuando el terrorismo llegó a su fin, recibí una indemnización por el cruel asesinato de mi esposo y obtuve una pensión que por derecho me correspondía por ser su cónyuge y tener una hija que había quedado en la orfandad por la insania de Sendero luminoso.

Angelita creció y estudió medicina. Aplicó a una beca para estudiar una especialidad en los Estados Unidos de América. Luego se casó con un ciudadano americano. Al jubilarme pude establecerme con ellos en Miami.

Mas, nunca olvidé los ojos de mi verdugo, su iracunda mirada de fuego, su juventud insensata que le hacía cargar el arma como si fuese un juguete y que, podía jugar a matar.

Ahora el destino nos había vuelto a enfrentar cara a cara».

La fotografía permanecía aún en el suelo, la recogiste y colocaste en su respectiva cajita blanca que parecía un cofre; luego la devolviste al clóset. Miraste a Efraín por un instante y pensaste en lo fácil que sería inyectarle, presionarle la yugular e incluso bastaría una almohada. Él estaba tan débil.

Bajaste el cabezal de su cama, cogiste la almohada y te dirigiste lentamente hacia él. Colocaste esta debajo de sus hombros, pusiste tu mano sobre sus desvalidos dedos y sin decir una palabra saliste de la habitación.

¿Dónde quedó tu odio? ¿Se agotó acaso tu sed de venganza?

«He visto en sus ojos no solo el miedo, sino su agonía», me dije.

Respiré hondo mientras caminaba, rumbo a la salida,  por la amplia vereda bordeada de árboles de aquel nosocomio.