jueves, 31 de octubre de 2024

Emily

Elena Virginia Chumpitazi Castillo


El sol abrasador caía sobre el pequeño pueblo de Las Lomas en Piura, sofocando el ambiente y haciendo que la brisa tibia apenas se sintiera. Emily avanzaba a duras penas por el sendero de tierra que llevaba a la casa de su hermana, arrastrando su maleta. Hacía casi dos años desde la última vez que vio a Nuria y fue en Lima durante la visita que les hizo a sus padres. Desde entonces, la vida de ciudad había pasado como un vendaval de obligaciones, trabajo y ruido, hasta que decidió que era momento de un respiro.

Mientras caminaba, sentía cómo el sudor comenzaba a acumularse en su frente. Había tomado la decisión de no avisar, quería sorprender a Nuria y a Eyal. Su hermana le había hablado tantas veces de la paz del campo, del aire limpio y del tiempo que parecía detenerse en ese rincón del mundo. Pero ahora, con el calor asfixiándola y el polvo pegándose a su piel, Emily se preguntaba si no habría sido mejor llamar antes y pedir que alguien la recogiera en la parada del autobús.

Entonces, lo vio. A lo lejos una figura masculina se destacaba bajo el sol. Un hombre de piel dorada y torso desnudo trabajaba con esfuerzo en los campos cercanos. Los músculos de su espalda y brazos se tensaban y relajaban al compás de cada golpe que daba con la herramienta de labranza, brillando con el sudor que se acumulaba en su piel. Emily detuvo su paso por un instante, obligada por la curiosidad y una atracción repentina que no supo explicar. El hombre se volvió brevemente, y entonces lo reconoció. Era Eyal, su cuñado.

Su corazón dio un vuelco. «No debería mirarlo así», se dijo a sí misma, pero no pudo evitarlo. Su cuerpo parecía tener vida propia, incapaz de apartar los ojos de la imagen que se desplegaba ante ella. Su cuñado era más atractivo de lo que recordaba. El campo, normalmente tranquilo y silencioso, ahora parecía el escenario de una escena cargada de alta tensión.

Eyal, finalmente, se percató de su presencia y se acercó, con una sonrisa cálida dibujada en su rostro. Su andar era pausado, pero firme, y al llegar a ella, la saludó con la familiaridad de siempre.

—¡Emily! ¡Qué sorpresa! —exclamó mientras la abrazaba brevemente y le daba un beso en la mejilla—. No sabíamos que vendrías. ¿Por qué no nos avisaste?

Emily sonrió, aunque por dentro sentía emociones que no lograba descifrar. Se había imaginado este reencuentro de manera distinta, más ligero, más familiar. Pero ahora, el calor del sol no era lo único que la hacía sudar.

—Quería sorprenderlos —respondió con voz dulce, tratando de no dejar entrever lo que realmente sentía. «Es solo mi cuñado», se recordaba, pero no podía negar que algo en él despertaba sensaciones en su interior que no debía permitir.

Eyal, sonrió y tomó su maleta sin esfuerzo.

—Ven, vamos, Nuria se va a alegrar mucho.

El sonido de los pasos de Eyal y Emily sobre la grava resonaba mientras se dirigían al encuentro de Nuria. A lo lejos se podía ver la pequeña casa que habían convertido en su hogar. Las paredes blancas reflejaban los rayos del sol, brillando como un faro en medio del campo.

Al llegar, Nuria estaba en la cocina, absorta en la preparación del almuerzo. Cuando oyó el sonido de la puerta, un buen presentimiento se apoderó de ella, dejó de lado lo que hacía y salió rauda hacia la sala.

—¡Emily! —gritó Nuria emocionada al ver a su hermana—. ¡Qué alegría verte aquí! —La abrazó con fuerza, mostrando el gran amor que sentía por ella.

Emily correspondió al abrazo con la misma intensidad, una sensación de paz la inundó, al tener a su hermana cerca. Por un momento, todo el calor, la excitación y los pensamientos que había tenido en el camino se desvanecieron. «Esto es lo que vine a buscar», pensó.

—Te extrañé tanto, Nuria —dijo Emily, dejando que su voz reflejara un gran alivio.

—Yo también te extrañé, querida. ¡Qué sorpresa tan agradable! —respondió Nuria, llevándola hacia adentro—. Siempre tenemos la habitación lista para ti, vamos, para que puedas ducharte y descansar un poco.

Mientras Emily se instalaba en su habitación, Eyal la observaba desde la distancia. Había algo en su cuñada que lo descolocaba, una presencia que había notado desde el momento en que la vio caminar bajo el sol. «Es solo Emily, la hermana de Nuria», se repetía. Los pensamientos fugaces de ese breve instante en el campo lo perturbaban.

En los días siguientes, Emily comenzó a disfrutar de su estancia en el campo. La tranquilidad, el aire limpio y la naturaleza la ayudaban a olvidar la rutina de la ciudad. Cada nuevo amanecer era un respiro para su mente y su cuerpo. Decidió, incluso, retomar su viejo pasatiempo de pintar, algo que había dejado de lado debido a su agitada vida laboral.

—Nuria, ¿me acompañarías al pueblo? —le pidió un día—. Quiero comprar algunos materiales para pintar. No traje nada conmigo y tengo ganas de crear algo mientras estoy aquí.

—Claro, te acompaño encantada —respondió Nuria, alegre por ver a su hermana tan animada.

El pequeño pueblo, aunque modesto, era pintoresco. Las calles de tierra, las casas bajas con techos de teja y la plaza central donde se encontraba el minimarket daban la sensación de que el tiempo pasaba más lento. Lorenzo, un joven bien parecido, atendía con amabilidad en este último. Su sonrisa amplia y su cabello oscuro llamaron de inmediato la atención de Emily.

Nuria lo conocía bien, así que no tardó en presentarlos.

—Lorenzo, te presento a mi hermana Emily. Está de visita con nosotros.

Él le ofreció una sonrisa cálida.

—Encantado de conocerte, Emily. —El tono de su voz era tranquilo, pero había una chispa en sus ojos que Emily no dejó pasar desapercibida.

A partir de ese encuentro, Emily y Lorenzo comenzaron a verse con frecuencia. Los días se sucedían entre caminatas por los campos y charlas bajo el cielo azul. Lorenzo, con su sonrisa sincera y su encanto natural, pronto quedó cautivado por la belleza de Emily, quien, aunque disfrutaba de su compañía, aún no podía sacarse de la cabeza la atracción latente que sentía por Eyal.

Mientras Eyal trabajaba bajo el sol por la mañana, Emily se dedicaba a pintar el hermoso paisaje que los rodeaba, aunque no podía evitar mirarlo por segundos, los suficientes para alterar sus hormonas ante el espectáculo que le ofrecía su cuñado.

Por otro lado, las salidas con Lorenzo se hicieron más frecuentes. Él la hacía reír, la escuchaba y parecía ser todo lo que ella necesitaba en ese momento. Sin embargo, cada vez que regresaba, la atracción por Eyal se volvía insoportable.

El sol empezaba a caer, Nuria dormía una siesta, Emily salió al jardín para despejarse. Estaba disfrutando del silencio cuando, de repente, sintió una presencia. Al girarse, vio a Eyal, de pie en el porche, mirándola intensamente.

—¿Puedo acompañarte? —preguntó con voz profunda.

Emily asintió, aunque su corazón latía con fuerza. No podía negar lo que sentía por él, pero sabía que ese camino era peligroso.

—Es un lugar hermoso —dijo Eyal, aunque no apartaba la mirada de Emily.

—Sí, lo es —respondió ella, intentando mantener la compostura.

El silencio que siguió fue bastante incómodo. Ambos sabían que había algo entre ellos, pero ninguno se atrevía a decirlo. Sin embargo, antes de que las cosas se intensificaran, Nuria salió al jardín.

—¡Ah, están aquí! —exclamó sin percibir nada extraño—. Ven, Emily, vamos a preparar algo para cenar.

Emily se levantó al instante, agradeciendo la interrupción. «Esto tiene que parar», pensó.

Emily seguía viéndose con Lorenzo, pero su atracción por Eyal continuaba creciendo. Una tarde, Lorenzo la llevó a una cena romántica, preparada con todo detalle. Él era dulce y atento, y aunque Emily lo apreciaba profundamente, cada vez que cerraba los ojos, aparecía la figura de Eyal.

Al despedirse esa noche, Lorenzo la abrazó con fuerza, mientras Emily intentaba ahogar la culpa que la consumía. Sabía que no podía seguir así, pero no encontraba la manera de romper ese triángulo emocional en el que se había quedado atrapada.

Una tarde, mientras Nuria estaba en el pueblo haciendo compras, Emily y Eyal se encontraron nuevamente a solas en el porche. Esta vez, sus deseos más salvajes danzaban en el aire, envolviendo sus cuerpos en una atracción innegable, como si el destino los hubiese tejido con hilos invisibles. Eyal se acercó a ella con una mirada cargada de intenciones, una chispa en sus ojos que no permitía lugar a dudas.

—No podemos seguir así, Eyal —susurró Emily, aunque no se movía.

—No quiero seguir resistiéndome, Emily. Lo que siento por ti es más fuerte de lo que puedo controlar —respondió él, acercándose cada vez más.

Sin pensarlo Emily se dejó llevar y en un instante, ambos se encontraron en un beso lleno de pasión. Fue un momento de desahogo, pero lo que no sabían era que alguien los observaba.

Nuria, quien regresaba antes de lo previsto, los vio desde el camino. Sintió como si le arrancaran el corazón por pedazos. No podía creer lo que estaba mirando.

Empezó a caminar hacia la casa escondiéndose tras los arbustos, un sentimiento de desesperación y dolor se apoderó de ella. Fue directamente a la cocina, con manos temblorosas tomó un cuchillo y llena de ira y tristeza, se dirigió hacia el porche donde Emily y Eyal seguían envueltos en su momentánea pasión.

Sin que ninguno de los dos lo viera venir, Nuria se lanzó sobre ellos. Primero fue Eyal, a quien apuñaló en el abdomen con un grito desgarrador. Emily se apartó horrorizada, incapaz de procesar lo que estaba ocurriendo.

—¡¿Cómo pudiste hacerme esto?! —gritó Nuria, con el rostro deformado por el llanto y la ira.

Emily intentó acercarse para calmarla, pero Nuria fuera de sí, la empujó y levantó el cuchillo de nuevo. Esta vez fue Lorenzo, quien había venido a buscar a Emily, el que llegó a tiempo para detener el ataque. Agarró a Nuria por los brazos, intentando quitarle el cuchillo mientras ella seguía gritando.

—¡Me traicionaste, me traicionaron los dos!

Eyal, herido y sangrando, cayó al suelo, con la mirada perdida, mientras Lorenzo lograba arrebatarle el cuchillo a Nuria. Emily, en estado de shock, no podía moverse. Todo su mundo se había derrumbado en cuestión de segundos.

El caos que siguió a los eventos de esa tarde fue devastador. Eyal fue llevado al hospital en estado crítico, Nuria destrozada por lo que había hecho, fue arrestada por intento de homicidio. La pequeña comunidad rural quedó conmocionada.

Emily aun procesando lo ocurrido, iba tomando conciencia de que nada volvería a ser como antes. No solo había perdido a su hermana, sino también a Lorenzo, sabía que, aunque él había actuado heroicamente, no podría perdonarle la traición.

Eyal sobrevivió. Nuria fue condenada a varios años de prisión. La traición y el ataque extinguieron su gran amor.

Emily dejó el pueblo poco después del juicio. Las semanas siguientes estuvieron llenas de soledad y de un hondo remordimiento. En lo más profundo sabía que era el precio a pagar por haber caído en la vorágine de sus instintos. Ahora solo podía concentrarse en reconstruir su vida, aunque eso le tomara el resto de sus días.

miércoles, 30 de octubre de 2024

La cama trece

Doris Verónica Martínez Méndez


«Pablo, paciente de cinco años quien se encuentra en estado crítico, pronóstico reservado. Se mantiene en ventilación mecánica con parámetros elevados, soporte vasoactivo y sedación continua. No ha mostrado respuesta clínica favorable, aunque sus signos vitales y exámenes de laboratorio se reportan en límites normales...». El monitor de la cama trece te despierta con pitidos escandalosos, mientras los números de los signos vitales parpadean a ritmo fatídico. Te toma unos minutos ubicarte en tiempo y lugar. El aire acondicionado de la unidad intensiva contrae los músculos y penetra la piel, como si el frío buscara invadir la médula de los huesos. La estación de monitoreo al centro es como una isla formada por una mesa larga y semicircular desde donde puedes verlo todo. La tenue luz proviene del cubículo de enfermería al costado izquierdo, oyes el ruido de la estática en la radio que tienen las enfermeras en un rincón: la estación radial finalizó su transmisión a media noche. Al frente están las primeras ocho cunas con sus equipos y a la derecha están los cubículos protegidos por mamparas de vidrio para aislamiento.  La silla giratoria rechina cuando te levantas, pones tus manos en la espalda y haces un movimiento para acomodar tus vértebras. Los párpados luchan por mantener abiertos tus ojos, teñidos de un rojo vivo, inyectados por el sueño profundo de las tres de la mañana; tienes una marca circular en la mejilla por haberte dormido sobre el reloj en tu muñeca. Caminas al cubículo de la cama trece.

—¿Pasa algo, doctor? —pregunta la enfermera al acercarse.

—El monitor debe estar dañado —dices al terminar de auscultar al pequeño y tomas el minúsculo sensor para probarlo en uno de tus dedos, calzando apenas en el meñique—. Ha pasado pitando sin motivo todo el maldito turno.

De repente, la alarma del ventilador retumba en el aire y las luces se encienden en un rojo amenazador.

Lo que faltaba, después del día de los demonios que he tenido. Estoy más salado que el mar muerto. Yo, que siempre me las daba de suertudo, el «gurú» de la buena racha. ¿Y si le indico una radiografía? Tiene la presión del ventilador tan alta que puedo apostar rompió el pulmón. De nuevo. Pobre chamaco, mira en las que está por andar jugando con los pollos. ¿Quién iba a decir que un picotazo del pinche animal lo traería de su recóndita finca al vacío rincón de la cama trece? Nadie lo tomó en serio. Cuánto se habrá burlado el desgraciado matasanos de pueblo al escuchar la insólita consulta. ¿Cómo pasó la semana con el pulmón colapsado, hinchado del cuello con la piel crepitando como plástico para embalar? Medio litro de agua y sangre salió de su pecho y la madre persignándose, dijo: «Igual que Jesucristo». Ave María, líbranos de la ignorancia.

—Hazte la limpia, cachorro —te dice Silvano aquella mañana lluviosa al ver la cara de luto que tienes.

—No me jodas, Silvano —le dices y caminan de cama en cama para entregar lo que había quedado de aquella noche fúnebre—. Te queda el cupo de la cama trece.

Te apresuras al cuarto de descanso: cajas apiladas, máquinas llenas de polvo, un camarote de hierro que rechina bajo una colchoneta curtida y dos sillas oxidadas. La pequeña ventana se cubría con las gotas de lluvia.  Arreglas tus cosas en el maletín y te parece que hay alguien a tus espaldas, por el marco de la puerta.

—Te quedará pendiente hablar con la madre de Pablo, Silvano. Pobre mujer, hacer el viaje de tan lejos solo para... —explicas y al voltear no encuentras a nadie cerca.

Debo estar loco. Esto de lidiar con la muerte va a terminar mandándome al manicomio.

Sales de aquel estrecho pasillo y escuchas claramente una risa traviesa haciendo eco en las paredes. Un fuerte escalofrío te recorre de pies a cabeza cuando sientes una ráfaga cruzar a tu costado, sacudiendo algunos papeles en la mesa central.

—¿Por qué la cara? —pregunta Silvano desde uno de los cubículos—. Parece que viste un fantasma.

Niegas con la cabeza y le haces un ademán para despedirte y salir a prisa de aquel hospital. La lluvia parece una cortina de agua que pinta de gris toda la ciudad. Las calles vacías tienen un aspecto lúgubre, el aire frío cargado de olor a tierra y asfalto.

Es un domingo tranquilo y melancólico, ideal para dormir todo el día. Aunque me gustaría ver un poco de sol, paso encerrado tanto tiempo que la única luz que he visto en días proviene de las lámparas blancas.

Llegando a casa te timbra un mensaje en el celular. Leticia te pregunta si llegarás al asado que harán los colegas en casa de Marcos. Respondes que sí, no por la idea de distraerte y divertirte, sino por verla a ella. Empezó sus prácticas este año y ahora cumple su rotación por el hospital infantil. Llevas soltero varios meses y no te has sacado de la cabeza sus ojos curiosos y despiertos, sus cabellos ensortijados y el rosa coral de sus labios. Después de tomar un baño y prepararte un pedazo de pan con las sobras frías del chili con carne del viernes, programas la alarma de tu teléfono y te metes bajo las sábanas. El golpeteo de la lluvia en el techo te arrulla entremezclándose con los pensamientos que oprimen tu subconsciente.

El cacareo continuo de un centenar de pollos se fue confundiendo con el zumbido intermitente y el ring de los mensajes del celular. Saltas de la cama, aturdido. Está tan oscuro que temes que ya sea de noche y corres a abrir tu persiana: Ya no llueve, pero el cielo permanece nublado. Son las tres de la tarde y ves que tienes doce mensajes y cinco llamadas perdidas, una de ellas es de Leticia.

—Maldita sea, me quedé dormido —lamentas y sin pensarlo mucho, la llamas.

—¿Cómo estás, Daniel? —respondió ella con una dulzura que te hizo titubear.

—Discúlpame, Leti, caí muerto del sueño y apenas estoy viendo los mensajes y las llamadas. ¿Sigue el asado donde Marcos?

—¿No leíste los mensajes? —dijo sin esconder una risa suave—. Se canceló todo por la lluvia. No hay forma de hacer un asado en ningún lado.

Dejas de saltar en un pie por querer subirte el pantalón mientras sostienes el teléfono con tu hombro derecho.

—Es una lástima, me hubiera gustado verte.

—Ven a verme, entonces.

El resto del domingo fue un parpadeo en el que no descansaste lo suficiente. Llevaste a Leticia al boliche y luego fueron a cenar comida china. No recuerdas si ganaste o perdiste, qué hablaron, tampoco qué pediste de comer, pero no puedes olvidar los besos que se dieron en tu auto a la entrada de su casa.

—¿Sigue vacía la cama trece? —preguntaste al recibir la unidad intensiva aquella mañana.

—Me tiene loco el maldito monitor de esa cama —te cuenta Silvano mientras se prepara para irse—. Debe haber un cable suelto, porque si se deja encendido, registra signos vitales.

—Voy a reportarlo a mantenimiento.

La mañana transcurre, como cualquier otra, con la visita del especialista encargado y las sesiones académicas. Has olvidado todo lo que sucedió el fin de semana, a excepción de Leticia, por supuesto.

—¿Vino la madre del niño que falleció en tu guardia? —preguntó el intensivista durante la revisión matutina y no supiste contestar—. Son personas muy sencillas y viven muy lejos. Averigua si han hecho el trámite para entregarles el cuerpo.

Ese día recibiste varios regaños del especialista por los parámetros ventilatorios absurdos que tenían algunos pacientes, como si hubieras jugado con los botones sin entenderlos. Te ganaste de castigo preparar una presentación sobre el tema para el día siguiente, justo cuando tienes guardia de nuevo.

No entiendo quién pudo desprogramar el ventilador de esa manera tan ridícula. No había nadie más con nosotros durante la visita. Y yo que había quedado de verme con Leticia esta tarde. No voy a cancelar. Me tocará desvelarme en la maldita tarea.

Al pasar por la cama trece notas que el monitor muestra signos vitales estables. Tomas el cable para revisar el sensor: la luz roja está encendida. Los números que reflejan frecuencia cardíaca empiezan a descender, las alertas se activan y suena con pitidos propios de un paro cardíaco.

—¿Cómo se hace resucitación al aire? —te burlas y dejas el sensor en su lugar cuando sientes un jalón en tu bata y volteas para desengancharla de algún filo, pero no está atorada en nada.

Te sacudes las ideas ridículas que cruzan por tu cabeza y continúas de la mejor manera, hasta terminar la semana.

Esta rotación me va a volver loco. Todo me ha salido mal estando aquí. Sueño con pollos, sirenas, alarmas, ventiladores, no tengo un respiro. Ni siquiera he podido pasar tiempo con Leticia. Va a pensar que no la tomo en serio, ¿y acaso será cierto? No tengo cabeza para complicarme con una mujer. Hoy tiene guardia, igual que yo, solo espero tener un poco de tiempo para estar con ella un rato. Pero aquí estoy, atrasado con todos los pendientes, cuidando al nuevo paciente de la dichosa cama trece que no parece que vaya a librar la noche. Es como si la cama tuviera una maldición, la muerte parece rondarla últimamente. ¿Qué estoy diciendo? ¿Un hombre de ciencia pensando sandeces como esa?

Terminas de llenar el fatal formulario de defunción y das un suspiro frustrado. Ves el reloj, pasa de medianoche y ni siquiera tuviste tiempo de cenar. Leticia te estuvo llamando y no pudiste contestar. Tienes los ojos rojos, ves alrededor todas las sombras que rodean las camas y los aparatos, el murmullo de la respiración artificial y el ritmo de pulso en cada monitor. Las enfermeras, en su ronda habitual, administran medicamentos y van silenciando las alarmas de las bombas de infusión. Todo parece estar tranquilo, pero entonces alguien respira cerca de tu oído y unas manos frías tocan tu cuello. Te sobresaltas y te alejas rápidamente.

—Daniel, tranquilo, soy yo —te dice Leticia con un rostro ruborizado—, no quise asustarte de esa manera.

—Leti, perdóname —le pides y te acercas para mirarla mejor—. Las noches de muerte ponen nervioso a cualquiera.

—Pude escaparme un momento y quise venir a verte —explica ella y te abraza por el cuello—. Me parece que no te he visto en siglos.

En la calma de aquella hora, sin la intrusión de las enfermeras y con el frío de la madrugada, la pequeña bodega te parece un refugio perfecto para estar con ella. Los resortes del camarote crujen al sentarse y luego de dos o tres preguntas triviales, la besas como la primera vez. Te dejas llevar un poco y casi olvidas el lugar donde estás, pero Leticia está pendiente de mirar a la puerta para asegurarse de que nadie esté cerca.

—¿Y si cierras la puerta con el pie? —propones sin darte cuenta y su risa no te parece del todo una negación.

—No alcanzo —responde ella y después de un breve silencio, sientes sus uñas clavándose en tu espalda—. Daniel, hay un niño.

—¿Cómo? —preguntas confundido y la piel que besas se pone fría como el hielo.

Ves la pequeña sombra, la silueta de un niño se arrastra entre las cajas. Una cae al piso y Leticia da un grito. La sombra desaparece y una ráfaga sale por la puerta y esta se azota contra la pared. Escuchas risas suaves a la vez que las alarmas de la unidad enloquecen con sus pitidos.

Leticia se esconde detrás de ti mientras cruzan el pasillo y al tener la oportunidad, huye despavorida con sus cabellos levantados. Te apresuras a encender las luces de la unidad y las enfermeras salen con el escándalo. Todas las alarmas se silencian de pronto. Quedas pálido y mudo. Estás seguro de que hay alguien detrás de ti. Vuelve a encenderse el monitor de la cama trece. Te parece reconocer entre suaves risas, unos cacareos.

Te han mandado a que te evalúe el psicólogo. Tanto estrés, el agotamiento físico y la impotencia ante la muerte parece que te han afectado. Al menos tendrás algunos días libres y podrás ponerle orden a todo lo que hay en tu cabeza. Leticia no ha contestado ninguna de tus llamadas, en una semana terminará su paso por pediatría y su tiempo juntos llegará a su fin.

Al salir del hospital te encuentras a la buena mujer que cría pollos para vivir. Notas sus ojos húmedos y te imaginas que la noticia de su hijo ya llegó a ella.

—Dotorcito, he venido a llevarme a mi Pablito —te dice con el nudo en su garganta—. No había podido hacerlo, no sabe la angustia que eso me ha dado.

—Lamento mucho lo sucedido —le dices sin ánimo de extender la conversación.

—Yo le agradezco lo que hizo por mi niño. ¿Sabe? He soñado todos los días con él, me ha dicho que está contento, que ha estado jugando mucho con otros niños que están con él —te dijo y un súbito escalofrío corrió por tu espalda—. Lo que me dejó afligida fue que anoche me dijo: «Mamita, ven por mí, hay otro niño en mi cama».

lunes, 21 de octubre de 2024

Terapia

Lucía Yolanda Alonso Olvera

 

—A veces me pregunto lo que pude haber sido y lo que pude haber hecho y no hice.

—¿Por qué te preguntas eso ahora?

—Estos días leyendo un libro o mirando por la ventana desde mi estudio y viendo el jardín, me he asomado a mi pasado.

—¿Y qué viste?

—Una niña que hizo todo lo posible por ganarse el cariño y el reconocimiento de sus padres.

—¿Por qué no se lo dieron?

—Porque no cumplió sus expectativas.

—¿Qué expectativas?

—La primera y más importante: que no hubiera sido niña. Ya tenían un niño, y a ella, sobre todo a ella, la madre, le hubiera gustado tener otro varón.

—Pero ¿por qué querría otro varón?

—Porque hubiera sido más fácil para ella. No hubiera tenido que compartir el amor de su marido con ninguna mujer.

—¿Era celosa?

—Uf, vaya que lo era. Celosa y posesiva, siempre lo fue.

—Y las expectativas del padre de la niña, ¿cuáles eran?

—No lo sé. Creo que él sí quiso a la niña, se alegró cuando nació y la amó de pequeña. Pero cuando creció y no fue como se la imaginó, se enojó y la maltrató verbal y físicamente, sobre todo en la adolescencia.

—¿Cómo la maltrataba?

—Muchos regaños y gritos, a veces algunos manazos o empujones y siempre horribles castigos.

—Y ¿qué sentía aquella jovencilla cuando él se enojaba así?

—Miedo, a veces terror.

—¿Qué hacía esta adolescente para merecer tanto desprecio?

—No sé bien. Tal vez no se quedaba callada ante las injusticias y las comparaciones que había en la familia, no llegaba a la hora impuesta cuando salía con sus amigos a las fiestas, usaba ropa que a ellos no les gustaba. Ella quería saber quién era, como toda adolescente estaba intentando entenderse y diferenciarse.

—¿Y la madre?, ¿también la castigaba?

—No, pero sí.

—¿Cómo? Descríbelo.

—Tenía otra forma de aplicar sanciones. En primer lugar, la amenazaba con contarle a su adorado marido, todas esas cosas que hacía mal o que no debía hacer o decir, para que él le impusiera los castigos, le gritara fuerte, o le diera un empujón o un manazo. Creo que gozaba con amenazarla y cuando cumplía la amenaza, le gustaba estar presente ante el maltrato al que la sometía su padre.

—¿Y en segundo lugar?

 —La obligaba a que hiciera trabajos domésticos y a que cuidara de sus hermanos; le impuso estas responsabilidades desde muy pequeña y la reprendía por no hacerlas bien.

—¿Qué trabajos domésticos y qué responsabilidades implicaban?

Perla se quedó pensando un momento en silencio sentada en el mullido sillón del consultorio con el codo izquierdo apoyado en el reposabrazos, mientras su mano detenía su cabeza.  Volteó a ver la ventana que estaba al lado del otro sillón donde se sentaba el doctor Casares, su terapeuta. Contempló un buen rato el movimiento del árbol de liquidámbar que se mecía al ritmo del viento y dejaba caer algunas hojas amarillas. Era una tarde hermosa, soleada y ventosa, típica del otoño en la ciudad, muy pronto se desataría la lluvia.

—Hija, esta noche me invitó tu papá al teatro y a cenar, estoy feliz, me acaba de llamar para avisarme que ya tiene las entradas, me va a llevar al musical que quiero ver desde hace meses y luego iremos a cenar al italiano que tanto nos gusta. Va a pasar por mí a las siete. Ya sabes, tienes que hacerte cargo de tus hermanos. A las ocho, que se metan a bañar, quitas las colchas y les preparas las camas para dormir, que se pongan el pijama y luego les ofreces de cenar. Hay jamón, queso y pan, puedes prepararles sándwiches. Si no quieren, les puedes hacer unas sincronizadas, hay tortillas en el refrigerador. Les das lo que te pidan, mientras tu les cocinas, que ellos vean su película. Acuérdate de que a Charly no le gustan los sándwiches calientes, en cambio a Ceci no le agrada la mostaza y le encanta el pan bien crujiente, se lo tuestas y luego lo pones en la sartén para que se derrita el queso.

—Ay, mamá, no me gusta que se vayan y me dejen a cargo de mis hermanos, ellos no me ayudan en nada, no recogen nunca su plato y no les gusta lo que hago, a veces no se lo comen.

—Es que, si no lo preparas con cuidado, es obvio que no les guste. Tú siempre haces todo rápido y al aventón, ya te lo he dicho, eres muy malhecha. Hay que dedicarle tiempo a la cocina, para que la comida quede rica. Esto te servirá para cuando seas mayor y tengas a tu familia y los atiendas como debe ser. Además, tu hermana, apenas tiene cuatro años y es muy chica para ayudarte. Y a Charly, como tú bien sabes, siempre le dejan mucha tarea en la escuela para hacer en las tardes y tiene que descansar, porque él es el mejor estudiante de esta familia, por eso hay que atenderlo, como a tu papá.

—No es justo. Yo también voy a la escuela y me dejan mucha tarea. Además, no quiero tener una familia, yo soy una niña.

—Ya sé que ahora ni piensas en eso, porque apenas tienes diez años, pero más adelante es lo que más vas a desear. Hay que aprender a atender al marido y a los hijos, para que tengas una bonita familia cuando crezcas, por eso debes ver por tus hermanos. Y tú, como eres muy acelerada y mala estudiante, haces siempre la tarea con prisas y por eso sacas las calificaciones que sacas, no como Charly que es muy aplicado, así que ni te compares.  Acuérdate de que cuando terminen de cenar, los mandas a lavarse los dientes y que se vayan a acostar. Por favor, Perla, levantas bien toda la cocina. No me vayas a dejar ni un traste sucio, porque si dejas alguno, a la hora que lleguemos te despierto para que lo laves. Recoges la mesa, sacudes el mantel y luego cierras las dos puertas con llave, dejas encendida la lámpara del pasillo y apagas todas las demás luces de la casa. Llegaremos aquí hacia la media noche, a esa hora ya los tres deben estar dormidos. ¿Entendido?

—Sí, mamá. Pero sigo pensando que no es justo y además me choca que tú siempre me comparas con Charly.  

—Un día vas a entender, niña, que el mundo nunca ha sido justo. Y mira, ya ni te quejes, Perla, que me vas a poner de mal humor. Y si sigues con esa cantaleta de los celos que le tienes a tu hermano, se lo voy a contar todo a tu papá, y ya ves cómo se pone con tus inconformidades y reclamos.

Regresa la mirada para ver de frente al doctor. Es un hombre muy grande, de pelo cano, aproximadamente setenta años y que mide casi dos metros de estatura, es muy afable y siempre sonríe. Está sentado con las piernas cruzadas, sus codos se apoyan en el apoyabrazos, sus manos se juntan y sobre ellas recarga su barbilla, está muy atento. Al lado del sillón del doctor, hay una pequeña mesa donde está su taza de café humeante, el cuaderno, una pluma fuente y una hermosa lámpara tipo Tiffany de colores ocres que a Perla le encanta observar detenidamente ya que le resulta muy atractiva la forma de las hojas que adornan la pantalla y los coloridos destellos y sombras que proyectan.

—¿Y hacías todo lo que ella te pedía cuando salían por la noche?

—Sí, a esa edad no tenía opción, pero siempre me quedé con un sentimiento de impotencia y soledad, además, percibía que mi pecho se iba llenando de odio, ya que por más que hacía esfuerzos para complacerla nunca merecía un reconocimiento. Recuerdo alguna vez que salieron y al otro día por la mañana en la cocina, frente a toda la familia, me dijo:

«Anoche me dejaste todo muy recogido, pero se te olvidó guardar las tortillas y el queso en el refrigerador. Siempre te falla algo, no pones atención, Perla, nunca puedes hacer bien las cosas que se te piden en esta casa. No te empeñas lo suficiente, eres una mediocre».

—Y ahora dime, ¿qué pudiste haber sido, o qué pudiste haber hecho y no hiciste? —pregunta el doctor sonriéndole mientras toma la taza para darle un sorbo a su café, luego coge su cuaderno y la pluma y apunta algunas notas.

—A esa edad, como es obvio, no pude hacer nada, hacía lo que mi madre me mandaba y aguantaba lo que me decía. El problema es que, tal vez, me creí eso de no dar la talla, de ser una mediocre, de ser una malhecha, de no poner suficiente atención a lo que debía hacer.

—¿Esos calificativos te definen ahora?

—No, definitivamente, no soy así. Me he empeñado mucho en ser todo lo contrario, muy perfeccionista, eficiente, y poner mucha atención. Tengo una autoexigencia tremenda, todas las cosas que hago en la vida, trato de hacerlas muy bien, sin fallo alguno. Eso es una tortura, porque además no me he dado nunca el reconocimiento por todos mis logros. ¿Sabes?, siento que tengo una relación retorcida con el maltrato, por un lado, lo rechazo, pero me doy cuenta de que he aceptado a mucha gente cerca de mí que me maltrata, que me dice palabras hirientes. Es probable que en el fondo crea que lo merezco.

—Pero sabes que no eres una mediocre y que no mereces ser maltratada, ¿cierto?

—Sí, es cierto, sé que no soy una mediocre, pero me juzgo como si lo fuera y yo misma me maltrato por ello. Hay días que siento que apenas y puedo caminar, tal es la densidad y la cantidad de pensamientos nefastos que brotan en mi cabeza, uno tras otro, que parece que tiran de mí y no me dejan avanzar. A veces pienso que soy ese tipo de personas que están absolutamente dominadas por sus emociones e ideas, esas que no cuentan con la capacidad de controlarlas, apaciguarlas y lograr cierto grado de ecuanimidad para seguir adelante de forma más ligera.

—¿Quieres que te dé una buena noticia? —le pregunta el doctor, con una franca sonrisa, mientras ella está sumida en su sillón conteniendo las lágrimas.

—¿Puede haber buenas noticias para mí, después de lo que te he contado?

—Por supuesto que las hay.

—Pues dímela a ver si eso me ayuda a salir de aquí sin tener que cargar con el costal malhecho de mediocridad y maltrato que ando cargando desde los diez años.

—La buena noticia es que te estás deshaciendo ya de ese costal y seguramente de muchos otros más que andas cargando en la vida, para eso estás aquí sentada hablando y entendiéndote. El secreto es que cada día que salgas de la terapia comprenderás que puedes controlar y apaciguar esas emociones e ideas erróneas que tienes de ti misma y podrás caminar más ligera.

—¡Ah, pues ahora sí me dan ganas hasta de pagarte esta sesión, doctor de mi vida y de mi corazón! A ver si saliendo me voy casi flotando hasta mi casa.

—Ya verás que sí, hablar de todos estos sucesos que nos duelen y conforman, es la parte más importante para reconfigurarnos, entendernos y cambiar.

—De acuerdo. Supongo que es la conclusión de esta densa sesión —afirma Perla, mientras se pone de pie y se dirige al perchero ubicado en la entrada del consultorio para tomar su bolso, la gabardina y el paraguas.

Ha empezado a chispear y a oscurecer y Perla sabe que el camino de vuelta a casa estará lleno de lágrimas bajo la lluvia, menos mal que trae el paraguas y se puso las botas altas. Pero también sabe que su andar será sanador, como muchas otras veces que ha salido de la terapia.

—Tenemos pendiente revisar los regaños, los castigos, los manazos y los empujones que daba papá enojado cuando llegabas tarde de las fiestas y te ponías la ropa que no les gustaba. ¿Cómo ves?

—Uf…, eso también va a estar mega heavy metal, pero estoy de acuerdo, dejémoslo para la siguiente sesión, por hoy ya ha sido suficiente.

—¿Doloroso?

—Sí. Pero también liberador —afirma Perla, mientras se pone la gabardina para salir y se dispone a abrir el paraguas.

—¿Te veo la próxima semana, mismo día, misma hora?

—Sí, doctor, aquí estaré. Espero que hoy pueda caminar más ligera.

—Seguro que lo harás, estás trabajando mucho para hacerlo.

lunes, 23 de septiembre de 2024

Silencio

Rosario Sánchez Infantas


¡Cómo pude olvidar que hoy es sábado! Tocan a mi puerta justo ahora que tenía claro qué hacer con el proyecto de poema.

Yelsi limpia el departamento semanalmente, bien y rápido. El problema es que, mientras trabaja, conversa conmigo o escucha música en un volumen muy alto. Algunas veces, con su estilo directo y desenfadado, al ingresar a mi vivienda y encontrarla silenciosa me ha dicho:

—Otra vez tu casa parece velorio.

Sin pedir permiso, la joven madre de unos treinta años, sintoniza en el equipo de sonido una emisora radial que trasmite música popular «alegre». Si entendemos por ello la música que acompaña las reuniones de muchas personas pobres que migraron de sus pueblos a las ciudades o son hijos de migrantes. Por empatía dejo que lo haga pensando que a lo sumo estará en casa tres horas. Imagino que ella frecuenta esas fiestas sociales y que quizás trabaje mejor escuchando dicha música. Además, así me libra de conversar. Otra semana en que fracasa mi plan de pagarle y ganar tres horas libres para escribir.

No sé por qué imagino, en cada ocasión, que va a ser diferente.

Me instalo frente al ordenador, veo una sucesión de frases cortas, encabezadas por la palabra Silencio. Luego de cinco años de ausencia tuve que escribir esas líneas porque me agobió el estado en el que encontré la otrora pequeña y apacible ciudad andina del Perú. Procedo a ejecutar mi plan previo a la interrupción: presentar en prosa los pretendidos versos:

Impúdica, irreverente, procaz y loca, la tecnología y sus nuevos parroquianos, despóticos, te cabalgan.

No resulta tan fácil. Me toma algo de tiempo: en prosa puede ser diferente el uso de los signos de puntuación.

Desprevenida golondrina, la transgresión sobre ti ha sentado sus reales. Penosamente vislumbro tus vestigios. Grillos, palomas, gorriones y nostálgicos, extraviados como yo, buscan ciegos el silencio.

«¿Problemas en el trabajo, negocio, dinero o el amor? Curamos con cuy, sapo, azufre y alumbre. Eustaquio conserva todos los conocimientos de la madre selva. Atención en el asentamiento humano…», grita la radio ofreciendo la práctica ritual de diagnóstico y sanación prehispánica, hoy en la mayoría de las veces, estafa a ingenuos.

¡En mi propia casa busco ciega el silencio! No es lo mejor, pero es lo que hay, me fuerzo a ser tolerante y concentrarme. Retomo el acomodo de Silencio, cuyo significado, cuando lo escribí y ahora, siento intensamente.

Silencio de las etéreas armonías: oración que restañaba las heridas del día; lejano tañido triste, conmoviendo humanizaba. El chirriar de los grillos daba inmensidad a la noche e inducía al recogimiento. Hipnótico murmullo del río grácil diluía premuras y penas. Concierto de pájaros y follaje, prolongaban el ser hacia el universo sabio, gentil, humilde y bueno.

«¿Dónde venderán buen trago de mañanita? ¿Dónde venderán buen trago en mi ciudad?», canturrea Yelsi la tonada ecuatoriana con aires de cumbia que trasmite la radio. «¡Paciencia! Esto va a acabar. La sigo contratando porque ella necesita el trabajo para mantener a sus tres hijos. Una vez más he priorizado sus necesidades antes que las mías», me digo suspirando. Me sobrepongo al dolor de cabeza y continúo con mi propósito:

Viejo aguacero caías, y a mí, gota a gota, mansamente me inundaba la tristeza. Ya colmada sin más, las postreras gotas de los tejados redimían e ilusionaban con un nuevo comienzo.

«Mi corazón se niega a amar a otro cariño. Te llevaré como una cruz prendida a mí, es mi condena», canta con voz potente Yelsi. Me pregunto si piensa en alguien al hacerlo, si decodifica el significado de esas palabras. ¿Quiere la música para oír estos mensajes? ¿Escuchándola evita pensar en algo peor? ¿Se regodea con el dolor? Su comportamiento no parece un duelo. Quizás ha asociado estas canciones con situaciones alegres. Alguna vez me ha contado que, los fines de semana, tiene que bailar, escuchar música y beber para afrontar con fortaleza la semana próxima, sus dos trabajos, la atención de sus tres hijos, la pobreza «y lo peor, no tener esposo». 

Releo lo escrito pretendiendo atender al ritmo y cadencia. No puedo avanzar. «Necesito un amor que me dé su calor y que pueda calmar mi dolor que causó tu traición. Que me haga olvidar y me haga soñar con un mundo de felicidad», canta el artista en la radio, y Yelsi en mi lavandería, estas letras simples cargadas de sentimiento, típicos de la cumbia peruana, con la que bailan miles de desfavorecidos los fines de semana. Trato de entenderla. Sé que ha sufrido traición y abandono de los padres de sus hijos. Estas canciones «alegres», ¿son catárticas o la obnubilan para no tener que afrontar cosas que prefiere no recordar?

No puedo concentrarme en lo mío, apago el ordenador y decido regar el jardín. 

Cuando Yelsi termina y se va suspiro aliviada al recuperar mi estilo de vida silencioso. 

Resuelvo continuar con el propósito de darle forma a mis impresiones sobre el silencio en esta ruidosa ciudad. Leo lo avanzado y me gusta, aunque me pregunto dónde podría incorporar ese material. De pronto quedo pasmada. Sin hacerlo consciente tras encender la computadora he puesto de fondo el álbum Kitaro. Greatest Hits.

Me siento una impostora. También me inquieta saber, ¿por qué rompí el silencio?, ¿de qué me evado?, ¿cómo, realmente, me relaciono con él?, ¿qué tema escuchaba? Karavansary, posada de caravanas. Nada personal, pero sí humano, de humanos trashumantes. Pero, al escuchar la música, no atendí ni al título de la canción ni a su significado. Suspiro. ¿Qué sé del silencio?, me pregunto con desazón. Mis neuronas vienen en mi auxilio. Recuerdo una entrevista a Pablo d'Ors, la busco con ansia entre mis archivos y encuentro esas ideas que alguna vez debieron impactar en mi conciencia.


«El silencio es, fundamentalmente, una nostalgia, un pánico y una revelación, en ese orden. Decimos apreciarlo y buscarlo; generalmente inaccesible, su ausencia nos genera nostalgia. Si nos atrevemos a hacer silencio, tenemos miedo de estar con nosotros mismos, pues en el silencio interior surgen nuestros fantasmas. Si se supera el pánico, entonces se va descubriendo la identidad propia: quiénes somos y a qué estamos llamados. Este es el único camino para tener una vida decente.», señalan mis apuntes.

Después de todo, quizás no soy buena compañía. Dudo de la honestidad de la última sección de mi escrito:   

Grillos, palomas, gorriones y nostálgicos, si perdonan el desorden, la tristeza y mi torpe andar, ¡conmigo se pueden quedar!

El álbum de Kitaro ha continuado avanzando, reconozco The light of the spirit:… «ahora enséñame la luz que dejan todos los espíritus al partir de aquí, deja esas señales en el mar, en el cielo, a dónde yo las pueda ver para que un día llegue a ti»…

Angustia por el silencio sí, pero romper el silencio con la música no es pánico solamente, puede ser una intensa inmersión en la profundidad humana.

Grillos, palomas, gorriones y nostálgicos, conmigo se pueden quedar.

jueves, 12 de septiembre de 2024

Una aventura en Rishikesh

Elena Virginia Chumpitazi Castillo


Había soñado con este viaje durante años. Siempre quise experimentar la espiritualidad y la paz de Rishikesh, en la India. Era temporada alta y, al llegar, me di cuenta de que encontrar alojamiento sería más difícil de lo que pensaba.

Bajé del tren aquella mañana, siendo recibida por la cantidad impresionante de turistas y locales que alimentaban el gran bullicio, el calor era abrumador y el aroma a incienso y especias llenaba el aire. Decidida, comencé mi búsqueda de alojamiento.

Me dirigí a un acogedor hostal cerca del Parmarth Niketan Ashram, conocido por su tranquilidad y hermosos jardines. Al llegar, una amable recepcionista me dio la bienvenida con una sonrisa apenada, me informó que todas las habitaciones estaban ocupadas.

—Lo siento mucho, pero no tenemos disponibilidad hasta dentro de una semana.

—Gracias de todos modos —le respondí.

Las calles estaban llenas de mercados y tiendas de artesanías. A medida que caminaba me maravillaba con la belleza y la energía reinante, aunque la preocupación por encontrar un lugar donde quedarme no me abandonaba.

Pasé por varios hostales y hoteles, pero en todos recibí la misma respuesta: no había habitaciones disponibles. Me detuve en una cafetería local para descansar y tomar un chai. Allí conocí a un mochilero australiano llamado Jack, que también estaba buscando alojamiento. Conversamos y me dio algunas recomendaciones.

—Es un alojamiento humilde, pero la gente es muy acogedora.

—Entonces iré, ¿me puedes dar las indicaciones de cómo llegar?

—¡Vamos juntos! —me dijo.

Al llegar descubrimos que la habitación ya había sido alquilada a otra persona. Nos miramos con frustración, sin darnos por vencidos. Luego nos dirigimos al río Ganges, esperando que el sonido del agua y la tranquilidad que ofrecía nos ayudaran a pensar con claridad.

Sentados sobre una gran roca junto al río, cerré los ojos y respiré profundamente, justo cuando comenzaba a relajarme, un amable monje se nos acercó y nos preguntó si necesitábamos ayuda. Le expliqué nuestra situación y nos sugirió que visitáramos un pequeño ashram al otro lado del puente Lakshman Jhula. «Es un espacio acogedor y muy tranquilo», nos dijo. «Tal vez encuentren lo que buscan allí».

Agradecidos por la sugerencia, nos levantamos y cruzamos el puente. La vista panorámica del río y las montañas nos llenó de esperanza. Al llegar al ashram, fuimos recibidos por un hombre mayor que parecía estar esperando nuestra llegada. «Bienvenidos», nos dijo con una sonrisa. «¿En qué puedo ayudarles?».

Le explicamos nuestra necesidad de encontrar alojamiento. El hombre nos escuchó y nos dijo que, por casualidad, tenía una última habitación disponible. En ese momento una señora de edad avanzada llegó y no nos quedó más remedio que ceder ante su necesidad de alojamiento. La situación nos dejó desanimados y agotados.

Decidimos explorar otros destinos. Caminamos hacia otro ashram que nos recomendaron. Al llegar, nos encontramos con un gran evento que ocupaba todas las habitaciones. Con las piernas cansadas y el ánimo decaído, seguimos buscando. En una esquina del mercado, conocí a Priya, una joven india que estudiaba en la universidad local. Nos pusimos a hablar y me contó sobre su pasión por el yoga y la meditación. Nos dirigimos a las orillas del río, ya que estaba por empezar a dar una clase de yoga, me invitó a participar y heme ahí «aprendiendo a respirar» algo que había hecho toda mi vida en forma automática, pero esta vez tomando conciencia de ello, una de sus frases fue: «La verdadera paz viene de dentro». La frase resonó profundamente en mí, llenándome de tranquilidad y esperanza para continuar con nuestra búsqueda.

Caminábamos cansados, poco a poco el sol se iba escondiendo, Jack y yo decidimos probar suerte en un último hospedaje. Nos dirigimos a un pequeño hotel boutique que habíamos visto desde el río. Al llegar, la dueña nos recibió amablemente.

—Solo me queda una habitación individual —nos dijo.

—Tómala tú, yo pasaré la noche al aire libre, bajo las estrellas —me dijo Jack, haciendo gala de su caballerosidad.

Mientras me preparaba para dormir, sentí mucho agradecimiento por haber encontrado finalmente alojamiento; si bien es cierto, no había habitación para Jack, las noches eran cálidas al aire libre y pronto se desocuparía alguna para él.

Al día siguiente, me levanté temprano y fui a explorar los alrededores, Jack decidió descansar en la terraza del hotel. Caminando por la selva cercana, me encontré con una pequeña cascada. Al llegar, me detuve para meditar. Cerré los ojos y dejé que el sonido del agua me envolviera. Sentí una conexión profunda con la tierra, una sensación de pertenencia y paz interior.

De regreso al hotel, conocí a Suresh, un anciano sabio que había vivido allí durante décadas. Cada noche, se sentaba alrededor de una fogata y compartía historias y enseñanzas con los residentes. Una noche, me habló de la importancia del desapego y me dijo que la felicidad no venía de poseer cosas, sino de liberar el corazón de los deseos innecesarios. Sus palabras me hicieron reconsiderar mis prioridades y la manera en que me aferraba a ciertos aspectos de mi vida.

Las estrechas calles llenas de vida eran una caja de sorpresas, un día me encontré con un grupo de jóvenes artistas callejeros. Se reunían cada tarde para tocar música y bailar. Me uní a ellos y, en ese momento, entendí la verdadera esencia de la cultura india: la alegría, la comunidad y la celebración de la vida. La música resonaba en mi corazón y los ritmos me conectaban profundamente con el lugar y su gente. Una de las chicas, llamada Asha, me enseñó algunos pasos de baile tradicional. Sentí cómo mi espíritu se liberaba a través del movimiento.

Luego de unos días conseguí alojamiento en un pequeño ashram donde conocí a Arjun, un joven monje que había renunciado a su vida material para dedicarse al servicio. Pasamos varias tardes conversando sobre filosofía y espiritualidad. Arjun me habló de la importancia de vivir en el presente y de aceptar la brevedad de la vida. Esta enseñanza me ayudó a dejar ir el miedo al futuro y disfrutar más de mis vivencias en el mismo momento.

Un día, durante una ceremonia de fuego en el ashram, experimenté una epifanía. Mientras las llamas danzaban y los mantras resonaban en el aire, sentí una profunda gratitud por todo lo que había vivido hasta ese momento. Comprendí que los obstáculos y desafíos que enfrenté me habían preparado para este viaje. La incertidumbre, la desesperación y la perseverancia fueron parte del proceso de crecimiento y descubrimiento personal.

Cada mañana, despertaba con el sonido suave de los cantos devocionales que se elevaban desde el templo cercano. El aire fresco de la montaña y el aroma a sándalo me llenaban de una paz indescriptible. Caminaba descalza hasta el Ganges y, junto a otros peregrinos, me sumergía en sus aguas sagradas. Sentía cómo el río lavaba no solo mi cuerpo, también mis preocupaciones y ansiedades.

A medida que los días pasaban, fui conociendo a más personas en el ashram. Compartíamos nuestras historias, risas y sueños. Había viajeros de todo el mundo, cada uno con su propio camino y búsqueda.

Cuando llegó el momento de partir, me sentí triste pero llena de muchas experiencias inolvidables que me acompañarían por mucho tiempo.

Me despedí de mis nuevos amigos. Llena de gratitud, me subí al tren que me llevaría a mi próximo destino, con un pedazo de este pueblo en mi corazón.

miércoles, 11 de septiembre de 2024

El taxista

Doris Verónica Martínez Méndez


La suave melodía de un piano recorría los rincones del restaurante, mezclándose con las voces y las risas amortiguadas del grupo de caballeros en el salón presidencial. Disfrutaban, avorazados, de los manjares dispuestos sobre la mesa. Los cubiertos de plata rechinaban sobre la vajilla cuando cortaban la carne, tan blanda como mantequilla, que se deshacía en sus bocas soltando su sabor ahumado y suculento. Se relamían sus labios y volvían a tintinear las copas en brindis superfluos. Los meseros se afanaban en ir de aquí para allá con servilismo impecable, ofreciendo vino y trayendo más pan para que terminaran de limpiar los jugos en sus platos y llevar el sabor del ajo y las hierbas de nuevo a su paladar.

Esteban se mantenía abstraído y miraba su comida a medio terminar. Se negó varias veces a que le sirvieran más licor y prefirió tomar un poco de agua de una copa cubierta de gotas condensadas. Julián Ayala notó su preocupación y se inclinó hacia él.

—No me digás que no te gustó la comida —dijo con un tono burlón—, ¿preferís un plato de frijoles y tortillas?

Esteban torció una sonrisa condescendiente y de inmediato recordó el platón rebosante de frijoles enteros, crema agria y queso fresco que le preparaba Catalina, su primera mujer, junto al rimero de tortillas hechas a mano y en comal de barro. El recuerdo del humo de la leña lo devolvió a aquella mesa y negó con la cabeza.

—Es solo que es un poco tarde y no hemos hablado nada del problema que tenemos con el dengue y las lluvias.

—El ministro ya se está encargando de eso, no te preocupés, debe estar esperando el dinero de las donaciones internacionales. Vos solo tenés que pensar en la próxima asamblea y en dar tu voto para los cambios que proponga el gobierno. Hemos recuperado el país de manos de los burgueses, Esteban, debemos hacer todo para mantenerlo.

—Debo irme, Julián —se disculpó Esteban y dejó la servilleta de tela sobre el plato—, Samuelito tuvo fiebre anoche y me gustaría llegar temprano a casa.

—¿No tiene a su nana para que lo cuide?

—Patricia debería ser quien lo cuide —reprochó sin darse cuenta y negó con la cabeza—. Mejor no me hagás caso, Julián, pasé mala noche.

Esteban salió y lo sorprendió la tormenta que se sacudía sobre la ciudad. Acomodó su abrigo de cachemir e hizo el ademán para que el valet trajera su vehículo. Ráfagas de viento empujaban la lluvia sobre su rostro y la calle principal parecía la corriente de un río revuelto. Los vehículos pequeños se habían detenido con sus luces intermitentes para evitar el raudal en la intersección y los motociclistas se refugiaban debajo del baipás dos cuadras adelante. Pronto llegó una imponente camioneta BMW y Esteban agradeció al empleado con una propina de veinte dólares, haciéndolo sonreír. Condujo con precaución para esquivar los baches que ya conocía de memoria. Se detuvo en el semáforo donde notó a un hombre luchando por cubrir la mercadería que buscaba vender. No muy lejos de él, dos niños, artistas callejeros de rostro pintado, se refugiaban bajo una vieja parada de autobús, tiritando de frío.

—Hoy no pude vender mucho —le dijo su joven esposa mientras servía la cena: un plato de huevos revueltos, frijoles y plátano frito—, llovió durante horas y tuvimos que cerrar nuestros puestos.

—Tampoco tuve suerte con el taxi —se lamentó y partió una tortilla—, las calles estaban inundadas, no podía arriesgarme a ahogar el motor.

—Bueno, no te preocupés, no puede llover para siempre.

Esteban notó algunas gotas cayendo sobre su plato y miró al techo.

—No podemos tener tan mala suerte, Catita.

—Pasate acá —señaló ella con buen humor y colocó una olla de aluminio para recoger el agua que caía cada vez con más prisa—. Iré a ver a Mateo, terminá de comer.

Esteban detuvo su auto frente a una residencia de dos pisos y fachada francesa. Oprimió un botón que abrió el portón eléctrico. Varios empleados lo recibieron al entrar a la casa, una le retiró el abrigo y el otro le ofreció el periódico.

—¿Dónde está Patricia?

—Salió —respondió la mucama sin esconder un rostro afligido—. Señor, Samuelito ha seguido con fiebre y no ha querido comer.

—¿Le han dado su medicina? —preguntó y se apresuró a las escaleras.

—Sí, Margarita logró que la tomara hace poco. Ahora duerme.

Esteban entró a la habitación del niño y encontró el televisor encendido y varios juguetes dispersos por el piso. Un pequeño de cuatro años dormía hecho un ovillo, tenía una tableta digital a su lado y vestía un pijama del Hombre Araña. Se acercó y notó el rubor febril en su rostro, quemaba al tacto, por lo que se levantó para buscar su celular y hacer una llamada, sin poder evitar que los recuerdos se abarrotaran en su cabeza.

—Mateo está prendido en calentura, Esteban —le dijo Catalina al salir del cuarto y buscó en la alacena un frasco de medicina, encontrándolo vacío—. Mejor vamos al hospital.

Esteban se levantó de la mesa y salió al cuarto a buscar al niño. La habitación estaba fría y se sentía el olor de la humedad en el ladrillo rojo de las paredes. Levantó al pequeño de dos años y lo cargó contra su hombro derecho, quemándole la piel. Tenía el suave perfume de la colonia de bebé que le ponía Catalina y el olor ahumado de su ropa a causa de la cocina de leña. Su mujer le puso una manta encima y salieron bajo la lluvia hacia el centro de salud. Esperaron cuatro horas para ser atendidos, entre el llanto interminable de otros niños, toses y mocos, vómitos en proyectil y evacuaciones fétidas. Catalina amamantaba a su hijo mientras le recitaba canciones y melodías con una sonrisa que en vano intentaba esconder su aflicción.

En menos de una hora, Samuel se encontraba en una habitación privada del hospital. Patricia llegó y dejó el bolso sobre un mueble y resonaron sus brazaletes al acomodarse los cabellos rizados y rubios en un moño alto.

—¿Esta era la mejor habitación disponible? —preguntó mientras daba un vistazo alrededor.

—¿Dónde demonios estabas? —reprochó Esteban.

—Tenía un almuerzo con unas amigas y la lluvia me retuvo, ya te lo dije.

—¿No vas a preguntar por tu hijo?

—Ya me has contado todo por teléfono, Esteban, pienso que estás exagerando —murmuró y se acercó al niño, quien jugaba despreocupado en su tableta digital, para darle un beso sobre sus cabellos rubios.

El médico entró a la habitación y tomó una media hora en dar explicaciones detalladas sobre el estado de salud de su paciente y hacer algunos comentarios zalameros. Esteban se mantuvo ensimismado, en su cabeza solo escuchaba la melodía rota que tarareaba Catalina años atrás a su hijo enfermo.

—Hay que esperar —explicó el médico del centro de salud al revisarlo en un viejo diván de tela rasgada, usando una lámpara de mano que apenas encendía con algunos golpes—. Solo pueden usar paracetamol, pero van a tener que comprarlo porque se ha agotado en este centro.

—¿Cómo siguió tu hijo? —preguntó Julián mientras tomaban un café en un bistró cerca del centro legislativo.

—El médico dice que es dengue. Te dije, Julián, no están haciendo ni mierda para enfrentar la epidemia. No me quiero imaginar cómo estarán los hospitales públicos.

—Samuelito no está en un hospital público.

—Mateo lo estuvo —recordó él con sus ojos húmedos—. Cuando acepté trabajar contigo para levantar este gobierno, Julián, me dijiste que las cosas iban a cambiar.

—Están cambiando, Esteban, pero no es algo de la noche a la mañana —insistió Julián y se acercó en confidencia—. Lo que no podemos permitir es que interrumpan los avances que se están haciendo. El viernes es la asamblea y debemos lograr la mayoría de los votos para prolongar el mandato. Necesitamos otro periodo o los hambreados de la oposición harán de las suyas.

Esteban tomó de aquella minúscula taza y echó de menos el aroma del café de olla en su tazón de barro. Salieron de aquel sitio y un mendigo en la calle se les acercó.

—¿Una monedita, patroncito?

—No tengo —negó Julián sin darle una mirada y acomodó su saco.

Esteban buscó en sus bolsillos y le extendió un billete de cincuenta dólares, dejando a aquel hombre, harapiento y sucio, con una expresión atónita.

—Que no te vea Patricia malgastando el dinero así —recomendó Julián y puso la mano sobre su hombro para caminar con él—. Mirá, Esteban, yo te conozco. Tenés esa misma mirada que tenías hace diez años cuando me subí a tu taxi. Tu suerte era otra, la misma de muchos que buscaban un cambio. No te fallé cuando te dije que harías la diferencia. Mirate ahora, no podés comparar tu vida a la que tuviste. No te das cuenta, pero estoy seguro de que mucha gente dice lo mismo, gracias a lo que hemos hecho. Tenemos que ir por más.

Esteban llegó al hospital y encontró a su hijo dormido en su cama. Patricia estaba recostada en el sillón, viendo su celular.

—¿Cómo ha seguido?

—Bien, ya no tuvo fiebre. Tuvo dolor de estómago, pero luego se quedó dormido —dijo y se levantó para desperezarse—. Creo que hoy podría ir a dormir a la casa, Margarita puede venir a cuidarlo.

—¿Cómo decís eso? Una desconocida no puede quedarse con Samuelito.

—Es su nana, Esteban, no sería primera vez —insistió y se arregló frente al espejo—. Yo estoy agotada, necesito ir a casa y descansar un poco.

—Entonces vete, yo me quedo con él.

—Tienes trabajo mañana, Esteban, la asamblea es en dos días. Julián dice que es muy importante tu voto. De eso depende que otros te sigan.

—¿Cuándo hablaste con Julián?

—Llamó para saludar y preguntarme por el niño, lo has puesto nervioso exagerando las cosas.

Esteban le dio un beso a su hijo. Notó sus manos frías y pálidas y lo abrigó con una manta.

—La habitación es cómoda, Patricia, estaré bien.

Después de un rato llegó el servicio de alimentación. Esteban se acercó a Samuel para intentar despertarlo y notó su respiración agitada. Tocó su rostro: no había fiebre. Sus labios se veían azulados y llamó al médico con urgencia.

—¿Hace cuánto está así? —preguntó al examinarlo.

—Hará una hora vine y sentí sus manos heladas, pero pensé que era por el aire acondicionado.

En un parpadeo fue trasladado a cuidados intensivos. Esteban caminaba de un lado a otro con el celular en la mano: no podía contactar a Patricia. Su mente viajaba a los rincones que había querido enterrar.

—Su hijo está muy delicado, crítico, pero no hay cupos en cuidados intensivos —dijo una doctora en el hospital nacional de niños diez años atrás y él solo pudo sostener el cuerpo frágil de Catalina.

Aquella sala de emergencias estaba desordenada y llena de infantes que compartían camas, por no haber más espacios. Los médicos residentes iban de un lado a otro, con sus batas desarregladas y rostros agotados. Se escuchaba una sinfonía de llantos, risas, pitidos de aparatos y teléfonos timbrando. Detrás de las cortinas yacía el pequeño Mateo perdiendo la batalla, pese a la ayuda del practicante inexperto que apretaba el dispositivo manual de ventilación para insuflar sus pulmones enfermos.

La lujosa sala de espera afuera de cuidados intensivos se hacía más grande y fría con el paso de las horas. Aquel desasosiego y soledad lo llevaban al recuerdo de su primera mujer.

—Me voy, Esteban —dijo Catalina una noche, después de que él llegó en un traje elegante y con olor a trago—. No puedo vivir así.

—¿Cómo decís eso? La vida nos está cambiando, Catalina.

—Te está cambiando a vos y yo no puedo seguir viendo cómo lo hace.

—No lo entendés, ¡estamos cerca de tener el poder de ayudar a otros!

—Todos llegan al poder diciendo eso, pero se estancan en ayudarse a sí mismos y es lo que te está pasando.

—¿Qué tiene de malo? No quiero que nos vuelva a pasar lo mismo.

—El dinero no puede deshacer lo que ocurrió y tampoco podrá evitar que suceda lo que sea de Dios que pase, Esteban.

—Si es de Dios que te vayás, entonces vete.

Esteban condujo enloquecido hasta su casa, después de la terrible noticia. No se detuvo a estacionar el auto en la cochera y entró por la puerta de servicio sin notar los platos y las copas de vino sobre la mesa. Subió con largas zancadas y abrió la puerta de su habitación. Julián y Patricia se sobresaltaron y antes de que pudieran reaccionar, Esteban salió de la casa y nadie pudo encontrarlo ni para darle razón del funeral de Samuel.

La tarde del viernes, reunidos todos en la asamblea del palacio legislativo para definir la nueva ley de los mandatos presidenciales, se presentó Esteban ante la sorpresa de muchos. Su voto logró que los detractores tomaran ánimo y se salvaguardara la constitución, prevaleciendo la democracia. Pasado un tiempo, se dedicó a exponer la realidad de los centros asistenciales que colapsaban por los casos de dengue y la malversación de fondos y donaciones destinados para mitigar desastres por lluvias, fracturando la credibilidad del gobierno. Luego de dejar a escrutinio público aquella delegación, Esteban abandonó su carrera política.

—Por supuesto que lo persiguieron. Hay quienes dicen que lo hicieron desaparecer, otros aseguran que la oposición lo ayudó a huir del país —contó aquel taxista a la mujer que había transportado al hospital.

—¿Usted qué cree?

—¿Yo? No soy el más adecuado para suponer su destino.

—Pues yo espero que se haya redimido y tenga paz, o ¿qué sentido tendría todo lo sucedido?

—Quizás el propósito de la historia es explorar lo que haríamos si tuviéramos el poder sobre otros, por mucho o poco que sea.

La mujer sonrió y se bajó del auto para entrar al hospital. Sonó el teléfono del taxista y dibujó una sonrisa al ver el nombre en la pantalla: «Catita».

—Estoy saliendo para la casa en este momento —dijo al contestar y miró alrededor para dar la vuelta al bulevar—. ¡Frijolitos con tortilla me parece perfecto!