lunes, 23 de septiembre de 2024

Silencio

Rosario Sánchez Infantas


¡Cómo pude olvidar que hoy es sábado! Tocan a mi puerta justo ahora que tenía claro qué hacer con el proyecto de poema.

Yelsi limpia el departamento semanalmente, bien y rápido. El problema es que, mientras trabaja, conversa conmigo o escucha música en un volumen muy alto. Algunas veces, con su estilo directo y desenfadado, al ingresar a mi vivienda y encontrarla silenciosa me ha dicho:

—Otra vez tu casa parece velorio.

Sin pedir permiso, la joven madre de unos treinta años, sintoniza en el equipo de sonido una emisora radial que trasmite música popular «alegre». Si entendemos por ello la música que acompaña las reuniones de muchas personas pobres que migraron de sus pueblos a las ciudades o son hijos de migrantes. Por empatía dejo que lo haga pensando que a lo sumo estará en casa tres horas. Imagino que ella frecuenta esas fiestas sociales y que quizás trabaje mejor escuchando dicha música. Además, así me libra de conversar. Otra semana en que fracasa mi plan de pagarle y ganar tres horas libres para escribir.

No sé por qué imagino, en cada ocasión, que va a ser diferente.

Me instalo frente al ordenador, veo una sucesión de frases cortas, encabezadas por la palabra Silencio. Luego de cinco años de ausencia tuve que escribir esas líneas porque me agobió el estado en el que encontré la otrora pequeña y apacible ciudad andina del Perú. Procedo a ejecutar mi plan previo a la interrupción: presentar en prosa los pretendidos versos:

Impúdica, irreverente, procaz y loca, la tecnología y sus nuevos parroquianos, despóticos, te cabalgan.

No resulta tan fácil. Me toma algo de tiempo: en prosa puede ser diferente el uso de los signos de puntuación.

Desprevenida golondrina, la transgresión sobre ti ha sentado sus reales. Penosamente vislumbro tus vestigios. Grillos, palomas, gorriones y nostálgicos, extraviados como yo, buscan ciegos el silencio.

«¿Problemas en el trabajo, negocio, dinero o el amor? Curamos con cuy, sapo, azufre y alumbre. Eustaquio conserva todos los conocimientos de la madre selva. Atención en el asentamiento humano…», grita la radio ofreciendo la práctica ritual de diagnóstico y sanación prehispánica, hoy en la mayoría de las veces, estafa a ingenuos.

¡En mi propia casa busco ciega el silencio! No es lo mejor, pero es lo que hay, me fuerzo a ser tolerante y concentrarme. Retomo el acomodo de Silencio, cuyo significado, cuando lo escribí y ahora, siento intensamente.

Silencio de las etéreas armonías: oración que restañaba las heridas del día; lejano tañido triste, conmoviendo humanizaba. El chirriar de los grillos daba inmensidad a la noche e inducía al recogimiento. Hipnótico murmullo del río grácil diluía premuras y penas. Concierto de pájaros y follaje, prolongaban el ser hacia el universo sabio, gentil, humilde y bueno.

«¿Dónde venderán buen trago de mañanita? ¿Dónde venderán buen trago en mi ciudad?», canturrea Yelsi la tonada ecuatoriana con aires de cumbia que trasmite la radio. «¡Paciencia! Esto va a acabar. La sigo contratando porque ella necesita el trabajo para mantener a sus tres hijos. Una vez más he priorizado sus necesidades antes que las mías», me digo suspirando. Me sobrepongo al dolor de cabeza y continúo con mi propósito:

Viejo aguacero caías, y a mí, gota a gota, mansamente me inundaba la tristeza. Ya colmada sin más, las postreras gotas de los tejados redimían e ilusionaban con un nuevo comienzo.

«Mi corazón se niega a amar a otro cariño. Te llevaré como una cruz prendida a mí, es mi condena», canta con voz potente Yelsi. Me pregunto si piensa en alguien al hacerlo, si decodifica el significado de esas palabras. ¿Quiere la música para oír estos mensajes? ¿Escuchándola evita pensar en algo peor? ¿Se regodea con el dolor? Su comportamiento no parece un duelo. Quizás ha asociado estas canciones con situaciones alegres. Alguna vez me ha contado que, los fines de semana, tiene que bailar, escuchar música y beber para afrontar con fortaleza la semana próxima, sus dos trabajos, la atención de sus tres hijos, la pobreza «y lo peor, no tener esposo». 

Releo lo escrito pretendiendo atender al ritmo y cadencia. No puedo avanzar. «Necesito un amor que me dé su calor y que pueda calmar mi dolor que causó tu traición. Que me haga olvidar y me haga soñar con un mundo de felicidad», canta el artista en la radio, y Yelsi en mi lavandería, estas letras simples cargadas de sentimiento, típicos de la cumbia peruana, con la que bailan miles de desfavorecidos los fines de semana. Trato de entenderla. Sé que ha sufrido traición y abandono de los padres de sus hijos. Estas canciones «alegres», ¿son catárticas o la obnubilan para no tener que afrontar cosas que prefiere no recordar?

No puedo concentrarme en lo mío, apago el ordenador y decido regar el jardín. 

Cuando Yelsi termina y se va suspiro aliviada al recuperar mi estilo de vida silencioso. 

Resuelvo continuar con el propósito de darle forma a mis impresiones sobre el silencio en esta ruidosa ciudad. Leo lo avanzado y me gusta, aunque me pregunto dónde podría incorporar ese material. De pronto quedo pasmada. Sin hacerlo consciente tras encender la computadora he puesto de fondo el álbum Kitaro. Greatest Hits.

Me siento una impostora. También me inquieta saber, ¿por qué rompí el silencio?, ¿de qué me evado?, ¿cómo, realmente, me relaciono con él?, ¿qué tema escuchaba? Karavansary, posada de caravanas. Nada personal, pero sí humano, de humanos trashumantes. Pero, al escuchar la música, no atendí ni al título de la canción ni a su significado. Suspiro. ¿Qué sé del silencio?, me pregunto con desazón. Mis neuronas vienen en mi auxilio. Recuerdo una entrevista a Pablo d'Ors, la busco con ansia entre mis archivos y encuentro esas ideas que alguna vez debieron impactar en mi conciencia.


«El silencio es, fundamentalmente, una nostalgia, un pánico y una revelación, en ese orden. Decimos apreciarlo y buscarlo; generalmente inaccesible, su ausencia nos genera nostalgia. Si nos atrevemos a hacer silencio, tenemos miedo de estar con nosotros mismos, pues en el silencio interior surgen nuestros fantasmas. Si se supera el pánico, entonces se va descubriendo la identidad propia: quiénes somos y a qué estamos llamados. Este es el único camino para tener una vida decente.», señalan mis apuntes.

Después de todo, quizás no soy buena compañía. Dudo de la honestidad de la última sección de mi escrito:   

Grillos, palomas, gorriones y nostálgicos, si perdonan el desorden, la tristeza y mi torpe andar, ¡conmigo se pueden quedar!

El álbum de Kitaro ha continuado avanzando, reconozco The light of the spirit: «ahora enséñame la luz que dejan todos los espíritus al partir de aquí, deja esas señales en el mar, en el cielo, a dónde yo las pueda ver para que un día llegue a ti»…

Angustia por el silencio sí, pero romper el silencio con la música no es pánico solamente, puede ser una intensa inmersión en la profundidad humana.

Grillos, palomas, gorriones y nostálgicos, conmigo se pueden quedar.

jueves, 12 de septiembre de 2024

Una aventura en Rishikesh

Elena Virginia Chumpitazi Castillo


Había soñado con este viaje durante años. Siempre quise experimentar la espiritualidad y la paz de Rishikesh, en la India. Era temporada alta y, al llegar, me di cuenta de que encontrar alojamiento sería más difícil de lo que pensaba.

Bajé del tren aquella mañana, siendo recibida por la cantidad impresionante de turistas y locales que alimentaban el gran bullicio, el calor era abrumador y el aroma a incienso y especias llenaba el aire. Decidida, comencé mi búsqueda de alojamiento.

Me dirigí a un acogedor hostal cerca del Parmarth Niketan Ashram, conocido por su tranquilidad y hermosos jardines. Al llegar, una amable recepcionista me dio la bienvenida con una sonrisa apenada, me informó que todas las habitaciones estaban ocupadas.

—Lo siento mucho, pero no tenemos disponibilidad hasta dentro de una semana.

—Gracias de todos modos —le respondí.

Las calles estaban llenas de mercados y tiendas de artesanías. A medida que caminaba me maravillaba con la belleza y la energía reinante, aunque la preocupación por encontrar un lugar donde quedarme no me abandonaba.

Pasé por varios hostales y hoteles, pero en todos recibí la misma respuesta: no había habitaciones disponibles. Me detuve en una cafetería local para descansar y tomar un chai. Allí conocí a un mochilero australiano llamado Jack, que también estaba buscando alojamiento. Conversamos y me dio algunas recomendaciones.

—Es un alojamiento humilde, pero la gente es muy acogedora.

—Entonces iré, ¿me puedes dar las indicaciones de cómo llegar?

—¡Vamos juntos! —me dijo.

Al llegar descubrimos que la habitación ya había sido alquilada a otra persona. Nos miramos con frustración, sin darnos por vencidos. Luego nos dirigimos al río Ganges, esperando que el sonido del agua y la tranquilidad que ofrecía nos ayudaran a pensar con claridad.

Sentados sobre una gran roca junto al río, cerré los ojos y respiré profundamente, justo cuando comenzaba a relajarme, un amable monje se nos acercó y nos preguntó si necesitábamos ayuda. Le expliqué nuestra situación y nos sugirió que visitáramos un pequeño ashram al otro lado del puente Lakshman Jhula. «Es un espacio acogedor y muy tranquilo», nos dijo. «Tal vez encuentren lo que buscan allí».

Agradecidos por la sugerencia, nos levantamos y cruzamos el puente. La vista panorámica del río y las montañas nos llenó de esperanza. Al llegar al ashram, fuimos recibidos por un hombre mayor que parecía estar esperando nuestra llegada. «Bienvenidos», nos dijo con una sonrisa. «¿En qué puedo ayudarles?».

Le explicamos nuestra necesidad de encontrar alojamiento. El hombre nos escuchó y nos dijo que, por casualidad, tenía una última habitación disponible. En ese momento una señora de edad avanzada llegó y no nos quedó más remedio que ceder ante su necesidad de alojamiento. La situación nos dejó desanimados y agotados.

Decidimos explorar otros destinos. Caminamos hacia otro ashram que nos recomendaron. Al llegar, nos encontramos con un gran evento que ocupaba todas las habitaciones. Con las piernas cansadas y el ánimo decaído, seguimos buscando. En una esquina del mercado, conocí a Priya, una joven india que estudiaba en la universidad local. Nos pusimos a hablar y me contó sobre su pasión por el yoga y la meditación. Nos dirigimos a las orillas del río, ya que estaba por empezar a dar una clase de yoga, me invitó a participar y heme ahí «aprendiendo a respirar» algo que había hecho toda mi vida en forma automática, pero esta vez tomando conciencia de ello, una de sus frases fue: «La verdadera paz viene de dentro». La frase resonó profundamente en mí, llenándome de tranquilidad y esperanza para continuar con nuestra búsqueda.

Caminábamos cansados, poco a poco el sol se iba escondiendo, Jack y yo decidimos probar suerte en un último hospedaje. Nos dirigimos a un pequeño hotel boutique que habíamos visto desde el río. Al llegar, la dueña nos recibió amablemente.

—Solo me queda una habitación individual —nos dijo.

—Tómala tú, yo pasaré la noche al aire libre, bajo las estrellas —me dijo Jack, haciendo gala de su caballerosidad.

Mientras me preparaba para dormir, sentí mucho agradecimiento por haber encontrado finalmente alojamiento; si bien es cierto, no había habitación para Jack, las noches eran cálidas al aire libre y pronto se desocuparía alguna para él.

Al día siguiente, me levanté temprano y fui a explorar los alrededores, Jack decidió descansar en la terraza del hotel. Caminando por la selva cercana, me encontré con una pequeña cascada. Al llegar, me detuve para meditar. Cerré los ojos y dejé que el sonido del agua me envolviera. Sentí una conexión profunda con la tierra, una sensación de pertenencia y paz interior.

De regreso al hotel, conocí a Suresh, un anciano sabio que había vivido allí durante décadas. Cada noche, se sentaba alrededor de una fogata y compartía historias y enseñanzas con los residentes. Una noche, me habló de la importancia del desapego y me dijo que la felicidad no venía de poseer cosas, sino de liberar el corazón de los deseos innecesarios. Sus palabras me hicieron reconsiderar mis prioridades y la manera en que me aferraba a ciertos aspectos de mi vida.

Las estrechas calles llenas de vida eran una caja de sorpresas, un día me encontré con un grupo de jóvenes artistas callejeros. Se reunían cada tarde para tocar música y bailar. Me uní a ellos y, en ese momento, entendí la verdadera esencia de la cultura india: la alegría, la comunidad y la celebración de la vida. La música resonaba en mi corazón y los ritmos me conectaban profundamente con el lugar y su gente. Una de las chicas, llamada Asha, me enseñó algunos pasos de baile tradicional. Sentí cómo mi espíritu se liberaba a través del movimiento.

Luego de unos días conseguí alojamiento en un pequeño ashram donde conocí a Arjun, un joven monje que había renunciado a su vida material para dedicarse al servicio. Pasamos varias tardes conversando sobre filosofía y espiritualidad. Arjun me habló de la importancia de vivir en el presente y de aceptar la brevedad de la vida. Esta enseñanza me ayudó a dejar ir el miedo al futuro y disfrutar más de mis vivencias en el mismo momento.

Un día, durante una ceremonia de fuego en el ashram, experimenté una epifanía. Mientras las llamas danzaban y los mantras resonaban en el aire, sentí una profunda gratitud por todo lo que había vivido hasta ese momento. Comprendí que los obstáculos y desafíos que enfrenté me habían preparado para este viaje. La incertidumbre, la desesperación y la perseverancia fueron parte del proceso de crecimiento y descubrimiento personal.

Cada mañana, despertaba con el sonido suave de los cantos devocionales que se elevaban desde el templo cercano. El aire fresco de la montaña y el aroma a sándalo me llenaban de una paz indescriptible. Caminaba descalza hasta el Ganges y, junto a otros peregrinos, me sumergía en sus aguas sagradas. Sentía cómo el río lavaba no solo mi cuerpo, también mis preocupaciones y ansiedades.

A medida que los días pasaban, fui conociendo a más personas en el ashram. Compartíamos nuestras historias, risas y sueños. Había viajeros de todo el mundo, cada uno con su propio camino y búsqueda.

Cuando llegó el momento de partir, me sentí triste pero llena de muchas experiencias inolvidables que me acompañarían por mucho tiempo.

Me despedí de mis nuevos amigos. Llena de gratitud, me subí al tren que me llevaría a mi próximo destino, con un pedazo de este pueblo en mi corazón.

miércoles, 11 de septiembre de 2024

El taxista

Doris Verónica Martínez Méndez


La suave melodía de un piano recorría los rincones del restaurante, mezclándose con las voces y las risas amortiguadas del grupo de caballeros en el salón presidencial. Disfrutaban, avorazados, de los manjares dispuestos sobre la mesa. Los cubiertos de plata rechinaban sobre la vajilla cuando cortaban la carne, tan blanda como mantequilla, que se deshacía en sus bocas soltando su sabor ahumado y suculento. Se relamían sus labios y volvían a tintinear las copas en brindis superfluos. Los meseros se afanaban en ir de aquí para allá con servilismo impecable, ofreciendo vino y trayendo más pan para que terminaran de limpiar los jugos en sus platos y llevar el sabor del ajo y las hierbas de nuevo a su paladar.

Esteban se mantenía abstraído y miraba su comida a medio terminar. Se negó varias veces a que le sirvieran más licor y prefirió tomar un poco de agua de una copa cubierta de gotas condensadas. Julián Ayala notó su preocupación y se inclinó hacia él.

—No me digás que no te gustó la comida —dijo con un tono burlón—, ¿preferís un plato de frijoles y tortillas?

Esteban torció una sonrisa condescendiente y de inmediato recordó el platón rebosante de frijoles enteros, crema agria y queso fresco que le preparaba Catalina, su primera mujer, junto al rimero de tortillas hechas a mano y en comal de barro. El recuerdo del humo de la leña lo devolvió a aquella mesa y negó con la cabeza.

—Es solo que es un poco tarde y no hemos hablado nada del problema que tenemos con el dengue y las lluvias.

—El ministro ya se está encargando de eso, no te preocupés, debe estar esperando el dinero de las donaciones internacionales. Vos solo tenés que pensar en la próxima asamblea y en dar tu voto para los cambios que proponga el gobierno. Hemos recuperado el país de manos de los burgueses, Esteban, debemos hacer todo para mantenerlo.

—Debo irme, Julián —se disculpó Esteban y dejó la servilleta de tela sobre el plato—, Samuelito tuvo fiebre anoche y me gustaría llegar temprano a casa.

—¿No tiene a su nana para que lo cuide?

—Patricia debería ser quien lo cuide —reprochó sin darse cuenta y negó con la cabeza—. Mejor no me hagás caso, Julián, pasé mala noche.

Esteban salió y lo sorprendió la tormenta que se sacudía sobre la ciudad. Acomodó su abrigo de cachemir e hizo el ademán para que el valet trajera su vehículo. Ráfagas de viento empujaban la lluvia sobre su rostro y la calle principal parecía la corriente de un río revuelto. Los vehículos pequeños se habían detenido con sus luces intermitentes para evitar el raudal en la intersección y los motociclistas se refugiaban debajo del baipás dos cuadras adelante. Pronto llegó una imponente camioneta BMW y Esteban agradeció al empleado con una propina de veinte dólares, haciéndolo sonreír. Condujo con precaución para esquivar los baches que ya conocía de memoria. Se detuvo en el semáforo donde notó a un hombre luchando por cubrir la mercadería que buscaba vender. No muy lejos de él, dos niños, artistas callejeros de rostro pintado, se refugiaban bajo una vieja parada de autobús, tiritando de frío.

—Hoy no pude vender mucho —le dijo su joven esposa mientras servía la cena: un plato de huevos revueltos, frijoles y plátano frito—, llovió durante horas y tuvimos que cerrar nuestros puestos.

—Tampoco tuve suerte con el taxi —se lamentó y partió una tortilla—, las calles estaban inundadas, no podía arriesgarme a ahogar el motor.

—Bueno, no te preocupés, no puede llover para siempre.

Esteban notó algunas gotas cayendo sobre su plato y miró al techo.

—No podemos tener tan mala suerte, Catita.

—Pasate acá —señaló ella con buen humor y colocó una olla de aluminio para recoger el agua que caía cada vez con más prisa—. Iré a ver a Mateo, terminá de comer.

Esteban detuvo su auto frente a una residencia de dos pisos y fachada francesa. Oprimió un botón que abrió el portón eléctrico. Varios empleados lo recibieron al entrar a la casa, una le retiró el abrigo y el otro le ofreció el periódico.

—¿Dónde está Patricia?

—Salió —respondió la mucama sin esconder un rostro afligido—. Señor, Samuelito ha seguido con fiebre y no ha querido comer.

—¿Le han dado su medicina? —preguntó y se apresuró a las escaleras.

—Sí, Margarita logró que la tomara hace poco. Ahora duerme.

Esteban entró a la habitación del niño y encontró el televisor encendido y varios juguetes dispersos por el piso. Un pequeño de cuatro años dormía hecho un ovillo, tenía una tableta digital a su lado y vestía un pijama del Hombre Araña. Se acercó y notó el rubor febril en su rostro, quemaba al tacto, por lo que se levantó para buscar su celular y hacer una llamada, sin poder evitar que los recuerdos se abarrotaran en su cabeza.

—Mateo está prendido en calentura, Esteban —le dijo Catalina al salir del cuarto y buscó en la alacena un frasco de medicina, encontrándolo vacío—. Mejor vamos al hospital.

Esteban se levantó de la mesa y salió al cuarto a buscar al niño. La habitación estaba fría y se sentía el olor de la humedad en el ladrillo rojo de las paredes. Levantó al pequeño de dos años y lo cargó contra su hombro derecho, quemándole la piel. Tenía el suave perfume de la colonia de bebé que le ponía Catalina y el olor ahumado de su ropa a causa de la cocina de leña. Su mujer le puso una manta encima y salieron bajo la lluvia hacia el centro de salud. Esperaron cuatro horas para ser atendidos, entre el llanto interminable de otros niños, toses y mocos, vómitos en proyectil y evacuaciones fétidas. Catalina amamantaba a su hijo mientras le recitaba canciones y melodías con una sonrisa que en vano intentaba esconder su aflicción.

En menos de una hora, Samuel se encontraba en una habitación privada del hospital. Patricia llegó y dejó el bolso sobre un mueble y resonaron sus brazaletes al acomodarse los cabellos rizados y rubios en un moño alto.

—¿Esta era la mejor habitación disponible? —preguntó mientras daba un vistazo alrededor.

—¿Dónde demonios estabas? —reprochó Esteban.

—Tenía un almuerzo con unas amigas y la lluvia me retuvo, ya te lo dije.

—¿No vas a preguntar por tu hijo?

—Ya me has contado todo por teléfono, Esteban, pienso que estás exagerando —murmuró y se acercó al niño, quien jugaba despreocupado en su tableta digital, para darle un beso sobre sus cabellos rubios.

El médico entró a la habitación y tomó una media hora en dar explicaciones detalladas sobre el estado de salud de su paciente y hacer algunos comentarios zalameros. Esteban se mantuvo ensimismado, en su cabeza solo escuchaba la melodía rota que tarareaba Catalina años atrás a su hijo enfermo.

—Hay que esperar —explicó el médico del centro de salud al revisarlo en un viejo diván de tela rasgada, usando una lámpara de mano que apenas encendía con algunos golpes—. Solo pueden usar paracetamol, pero van a tener que comprarlo porque se ha agotado en este centro.

—¿Cómo siguió tu hijo? —preguntó Julián mientras tomaban un café en un bistró cerca del centro legislativo.

—El médico dice que es dengue. Te dije, Julián, no están haciendo ni mierda para enfrentar la epidemia. No me quiero imaginar cómo estarán los hospitales públicos.

—Samuelito no está en un hospital público.

—Mateo lo estuvo —recordó él con sus ojos húmedos—. Cuando acepté trabajar contigo para levantar este gobierno, Julián, me dijiste que las cosas iban a cambiar.

—Están cambiando, Esteban, pero no es algo de la noche a la mañana —insistió Julián y se acercó en confidencia—. Lo que no podemos permitir es que interrumpan los avances que se están haciendo. El viernes es la asamblea y debemos lograr la mayoría de los votos para prolongar el mandato. Necesitamos otro periodo o los hambreados de la oposición harán de las suyas.

Esteban tomó de aquella minúscula taza y echó de menos el aroma del café de olla en su tazón de barro. Salieron de aquel sitio y un mendigo en la calle se les acercó.

—¿Una monedita, patroncito?

—No tengo —negó Julián sin darle una mirada y acomodó su saco.

Esteban buscó en sus bolsillos y le extendió un billete de cincuenta dólares, dejando a aquel hombre, harapiento y sucio, con una expresión atónita.

—Que no te vea Patricia malgastando el dinero así —recomendó Julián y puso la mano sobre su hombro para caminar con él—. Mirá, Esteban, yo te conozco. Tenés esa misma mirada que tenías hace diez años cuando me subí a tu taxi. Tu suerte era otra, la misma de muchos que buscaban un cambio. No te fallé cuando te dije que harías la diferencia. Mirate ahora, no podés comparar tu vida a la que tuviste. No te das cuenta, pero estoy seguro de que mucha gente dice lo mismo, gracias a lo que hemos hecho. Tenemos que ir por más.

Esteban llegó al hospital y encontró a su hijo dormido en su cama. Patricia estaba recostada en el sillón, viendo su celular.

—¿Cómo ha seguido?

—Bien, ya no tuvo fiebre. Tuvo dolor de estómago, pero luego se quedó dormido —dijo y se levantó para desperezarse—. Creo que hoy podría ir a dormir a la casa, Margarita puede venir a cuidarlo.

—¿Cómo decís eso? Una desconocida no puede quedarse con Samuelito.

—Es su nana, Esteban, no sería primera vez —insistió y se arregló frente al espejo—. Yo estoy agotada, necesito ir a casa y descansar un poco.

—Entonces vete, yo me quedo con él.

—Tienes trabajo mañana, Esteban, la asamblea es en dos días. Julián dice que es muy importante tu voto. De eso depende que otros te sigan.

—¿Cuándo hablaste con Julián?

—Llamó para saludar y preguntarme por el niño, lo has puesto nervioso exagerando las cosas.

Esteban le dio un beso a su hijo. Notó sus manos frías y pálidas y lo abrigó con una manta.

—La habitación es cómoda, Patricia, estaré bien.

Después de un rato llegó el servicio de alimentación. Esteban se acercó a Samuel para intentar despertarlo y notó su respiración agitada. Tocó su rostro: no había fiebre. Sus labios se veían azulados y llamó al médico con urgencia.

—¿Hace cuánto está así? —preguntó al examinarlo.

—Hará una hora vine y sentí sus manos heladas, pero pensé que era por el aire acondicionado.

En un parpadeo fue trasladado a cuidados intensivos. Esteban caminaba de un lado a otro con el celular en la mano: no podía contactar a Patricia. Su mente viajaba a los rincones que había querido enterrar.

—Su hijo está muy delicado, crítico, pero no hay cupos en cuidados intensivos —dijo una doctora en el hospital nacional de niños diez años atrás y él solo pudo sostener el cuerpo frágil de Catalina.

Aquella sala de emergencias estaba desordenada y llena de infantes que compartían camas, por no haber más espacios. Los médicos residentes iban de un lado a otro, con sus batas desarregladas y rostros agotados. Se escuchaba una sinfonía de llantos, risas, pitidos de aparatos y teléfonos timbrando. Detrás de las cortinas yacía el pequeño Mateo perdiendo la batalla, pese a la ayuda del practicante inexperto que apretaba el dispositivo manual de ventilación para insuflar sus pulmones enfermos.

La lujosa sala de espera afuera de cuidados intensivos se hacía más grande y fría con el paso de las horas. Aquel desasosiego y soledad lo llevaban al recuerdo de su primera mujer.

—Me voy, Esteban —dijo Catalina una noche, después de que él llegó en un traje elegante y con olor a trago—. No puedo vivir así.

—¿Cómo decís eso? La vida nos está cambiando, Catalina.

—Te está cambiando a vos y yo no puedo seguir viendo cómo lo hace.

—No lo entendés, ¡estamos cerca de tener el poder de ayudar a otros!

—Todos llegan al poder diciendo eso, pero se estancan en ayudarse a sí mismos y es lo que te está pasando.

—¿Qué tiene de malo? No quiero que nos vuelva a pasar lo mismo.

—El dinero no puede deshacer lo que ocurrió y tampoco podrá evitar que suceda lo que sea de Dios que pase, Esteban.

—Si es de Dios que te vayás, entonces vete.

Esteban condujo enloquecido hasta su casa, después de la terrible noticia. No se detuvo a estacionar el auto en la cochera y entró por la puerta de servicio sin notar los platos y las copas de vino sobre la mesa. Subió con largas zancadas y abrió la puerta de su habitación. Julián y Patricia se sobresaltaron y antes de que pudieran reaccionar, Esteban salió de la casa y nadie pudo encontrarlo ni para darle razón del funeral de Samuel.

La tarde del viernes, reunidos todos en la asamblea del palacio legislativo para definir la nueva ley de los mandatos presidenciales, se presentó Esteban ante la sorpresa de muchos. Su voto logró que los detractores tomaran ánimo y se salvaguardara la constitución, prevaleciendo la democracia. Pasado un tiempo, se dedicó a exponer la realidad de los centros asistenciales que colapsaban por los casos de dengue y la malversación de fondos y donaciones destinados para mitigar desastres por lluvias, fracturando la credibilidad del gobierno. Luego de dejar a escrutinio público aquella delegación, Esteban abandonó su carrera política.

—Por supuesto que lo persiguieron. Hay quienes dicen que lo hicieron desaparecer, otros aseguran que la oposición lo ayudó a huir del país —contó aquel taxista a la mujer que había transportado al hospital.

—¿Usted qué cree?

—¿Yo? No soy el más adecuado para suponer su destino.

—Pues yo espero que se haya redimido y tenga paz, o ¿qué sentido tendría todo lo sucedido?

—Quizás el propósito de la historia es explorar lo que haríamos si tuviéramos el poder sobre otros, por mucho o poco que sea.

La mujer sonrió y se bajó del auto para entrar al hospital. Sonó el teléfono del taxista y dibujó una sonrisa al ver el nombre en la pantalla: «Catita».

—Estoy saliendo para la casa en este momento —dijo al contestar y miró alrededor para dar la vuelta al bulevar—. ¡Frijolitos con tortilla me parece perfecto!

lunes, 2 de septiembre de 2024

Mala hierba

Lucía Yolanda Alonso Olvera


Calculo que llevo al menos tres días tirado sin poder levantarme, me duele todo el cuerpo, huelo mal, no he tenido fuerza ni para ir al baño. Me he orinado en la cama varias veces. Estoy hecho una mierda, siento la cara hinchada de la madriza que me dieron. Recuerdo que me pateó fuerte en el estómago, lo siento inflamado y me punza cuando respiro. No hay un solo pedazo de mi ser que no sienta dolor. Sin duda esto es lo que me merezco. He escuchado en sueños a mi madre repitiéndome que estoy pagando todo el daño y el mal que he hecho a los que me rodean. Maldita sea esa voz que me retumba cuando trato de descansar. Me lo dijo muchas veces y ahora no tengo manera de callarla en mi cabeza.

Quisiera morirme, no tengo fuerzas ni para levantarme de esta asquerosa cama que huele tan mal y está húmeda de tanto mearme encima.

Estoy solo, en este cuarto de azotea oscuro y espantoso donde vivo desde hace varios años, escucho a las ratas chillar y correr debajo de la cama, ¡qué repulsión!, ya no tengo a nadie y he perdido todo de nuevo. Las lágrimas no paran de brotar de mis ojos, me doy lástima.  

Lo único que me queda es hacer un recuento y arrepentirme para morir, si es que tengo suerte y acaban pronto mis días aquí como un perro abandonado.

No sé cuándo empecé a ser un gañán, desde muy chico he tenido muy mal carácter y siempre fui grosero con las mujeres, nunca las aprecié ni las respeté, excepto a mi madre que me consentía y me toleró toda clase de majaderías con las sirvientas y con mis hermanas.

¿Qué será de ambas víboras a quienes les hice tanto daño? Seguro que estarán bien, las dos consiguieron tener vidas prósperas, son profesionistas exitosas, unas burguesas de mierda a las que aborrezco. No son como yo, que tiré mi existencia al basurero, y estoy aquí en esta cloaca muriéndome del asco, en la pobreza y en la soledad más absoluta.

¿Dónde torcí el camino? ¿Por qué me empeñé en arruinarme la vida sabiendo que lo estaba haciendo?

Mis padres tuvieron gran parte de culpa, de niño me permitieron ser un patán, solo porque fui el alumno más destacado de la escuela y les llevaba las calificaciones más altas de la clase. Recuerdo al maestro Feliciano que tuve en la primaria, siempre me ponía de ejemplo en matemáticas y física, porque todos los problemas los resolvía en un santiamén. Nunca fui un pendejo, ni un mediocre, todos me envidiaban por mi talento e inteligencia. Pude haber llegado muy lejos si no me hubiera topado con tanta gente estúpida y viejas aprovechadas.

Recuerdo la cantidad de maldades que les hice a mis hermanas cuando éramos niños y lo que las disfrutaba. Les pegaba en la cabeza, las hacía tropezar y las insultaba cuando pasaban cerca de mí. Creo que fue en la niñez cuando aprendí a odiar a las mujeres, a maltratarlas, a aprovecharme de mi fuerza física para agredirlas y gozaba sabiendo que mi presencia les daba miedo. Repasando la historia de mi vida, mis hermanas y las sirvientas de la casa fueron mis primeras víctimas, las primeras mujeres a las que ofendí y luego odié con todas mis fuerzas. Mis hermanas también me aborrecen, sobre todo la mayor que fue la primera mujer con la que me di de golpes. Nunca olvidaré esa santa madriza que nos dimos y que fue la razón por la que nunca más me dirigió la palabra. Bueno, esa bruja, no me dejó de hablar para siempre, tan solo durante treinta años, porque fue quien me llamó para que fuera a ver a mamá cuando ya estaba en las últimas y no podía morir porque tenía pendiente despedirse de mí, su primogénito.

Ay, mamá. ¡Cuánto me amaste de niño y cuánto me rechazaste de adulto! Fuiste como dos madres. La tierna y adorable defensora del niño consentido a quien le permitiste todo y la progenitora severa que me despreció en la vida adulta cuando empecé a tirarlo todo por la borda.

Me voy a tratar de levantar a bañar, para luego comerme el yogur y el pedazo de torta de milanesa que dejé el otro día en el refrigerador, a ver si todavía están buenos, ya tengo hambre y creo que me puedo mover. Aprovecho a ver si puedo quitar las sábanas viejas y orinadas de esta asquerosa cama para tirarlas a la basura y oreo un poco el colchón antes de volver a acostarme. No me quiero asomar al espejo porque me imagino que debo parecer un monstruo. Tengo el ojo tan hinchado que no lo puedo abrir, ¡pinche guamazo que me dio en la cara ese cabrón!

¿Qué será de Carmina?, mi primera mujer. Era buena persona, pero tan sosa y mojigata en la cama. Pobre vieja, ¡cómo la hice sufrir!, nunca me porté bien con ella, la desprecié tanto. Los tres años que duramos casados le hice la vida imposible. Solo recuerdo sus reclamos porque siempre la dejaba plantada, terminábamos insultándonos y dándonos de golpes y ella encerrada en el cuarto llorando. Hasta que tuvimos a Jordi, mi hijo mayor, fue cuando decidí que esa existencia aburrida y llena de pleitos no era para mí. Los abandoné, sin ninguna culpa ni remordimiento. Me fui, no sin antes vaciarle el departamento y dejarla colgada con el pago de la hipoteca. Pobre inútil. Obvio tuvo que irse con el niño a vivir a casa de su madre, la bruja esa que jamás me trató bien. De lo que sí me arrepiento es de no haberme hecho cargo de Jordi. Por estas fechas andará cumpliendo los treinta. La última vez que lo vi fue en el velorio de mi padre. Me sorprendió que se parezca a mí físicamente, aunque dudo que sea tan mala persona como yo. Menos mal que su madre se hizo cargo de él. Ese día que nos vimos apenas y me saludó, por supuesto que está lleno de resentimientos y de rencor, todo eso se lo ha inculcado la mustia de Carmina.

Luego vino la debacle de mi vida, al lado de mi segunda mujer, Marlene, esa vieja que me engatusó en la cama y con quien tuve nada más y nada menos que cinco hijos. Esa cabrona me llevó a la ruina, me hizo hundirme en el fango. Con ella perdí el negocio que empecé cuando dejé a Carmina. Me endeudé hasta las chanclas pagando los gastos que teníamos con todos esos hijos que decidió tener. Acabé rematando las máquinas y quedándome sin la fábrica.

¡Ay! Cómo recuerdo mi pequeña fábrica de tapas de plástico, cuántos sueños tuve de hacerme millonario y todos se quedaron frustrados en el camino, todo por culpa de esa pinche Marlene que nunca me apoyó.

Mi madre me lo dijo muchas veces y no le hice caso: «Esa mujer no es de tu clase y te va a dejar en la ruina». Pero mientras más me lo decía más me encapriché en quedarme al lado de esa fodonga.

¡Ah!, porque esa sí que era floja y fodonga, tenía la casa toda puerca, llena de ropa y trastes sucios y los chamacos con los mocos verdes colgándoles, bien cochinos y apestosos, chillando día y noche. Quién sabe qué estaba pensando en esos momentos que me dejé hundir en la mierda de Marlene. Y es que esa vieja, como decía mamá, me arrastró al inframundo.

Haber estudiado ingeniería, becado en la mejor universidad privada de este país, no me sirvió de nada, terminé arruinado por culpa de la puta Marlene que no paraba de parir cada nueve meses y se sentía la mamá de los pollitos. Tanto pinche chamaco chillón que mantener me ponía siempre de malas, por eso les pegaba, sobre todo cuando vendí las máquinas del negocio y tuve que ponerme a trabajar de repartidor de pan Bimbo. Ese trabajo de mierda fue una tortura, todo el día en el tráfico lidiando con puro pendejo y ganando una miseria que apenas y nos alcanzaba para la comida. Fue entonces que Marlene puso su puesto de quesadillas al lado del zaguán de la casa y todas las noches cuando llegaba muerto de cansancio, todavía quería que le ayudara. Vaya vida de mierda la que tuvimos, puras penurias. Siempre de mal en peor, hasta que acabamos yendo a vivir a Chalco a la casa que se construyó Lalo, el hermano de Marlene porque ya no nos alcanzaba ni para la renta del departamento y además no cabíamos, ya estábamos llenos de escuincles mugrosos.

Allá en Chalco todavía empeoró más la situación familiar, Kevin y Alison mis hijos mayores abandonaron la secundaria y se metieron a trabajar en el maldito Ferrari Bar, ese antro de quinta al que iban los mafiosos del barrio. Mi pobre Alison se enamoró perdidamente del peor de todos y salió con su domingo siete. Al año de haber llegado a Chalco, acababa de cumplir quince cuando nació Zoé, mi primera nieta. Otra chamaca más para mi colección, porque de inmediato el muy ojete del Cristian se fue de mojado y nunca mandó dinero ni le volvimos a ver el pelo. Ya no teníamos cinco hijos, sino seis.

Ahí fue cuando empezamos a juntar los ingresos de todos y así a duras penas pagábamos los gastos de la tropa. A pesar de todas las penurias, esos años fueron los mejores porque todavía no nos caía la peor de las catástrofes.

Alison se metió a la venta de drogas por culpa del Cachuchas, ese muchacho que tenía la cara de mandril y era un verdadero rufián. Cuando descubrimos las bolsas de pastillas escondidas en el cajón de su ropa fue demasiado tarde para salvarla. Unos días después de cacharle la droga, Alison desapareció y luego de tres días espantosos de buscarla hasta por debajo de las piedras la encontraron con un balazo en la cabeza aventada en un terreno baldío cerca de la carretera a Puebla.

Ahí sí que todo se torció, la pinche Marlene, se puso como loca, me echó la culpa de todas las desgracias que habíamos vivido. Nos insultamos como nunca y nos dimos una golpiza suprema. Los niños se asustaron tanto, al ver como sangraba la cara de su pinche madre de los golpes que le di, que fueron a buscar a Kevin, que recién se había ido de casa con su novia, la Yoselyn, para que viniera a parar la bronca y esa noche la pasamos en el ministerio público para resolver la separación.

Obviamente, todos se pusieron del lado de Marlene, el abogado me acusó de violento y desde ese día me prohibieron legalmente acercarme a la casa y a mis hijos. Entonces decidí ya no volver nunca y dejarlos a que se las arreglaran ellos solos, así me libré de Marlene y de los chamacos mugrosos que viven envenenados por su madre contra mí.

Como no tenía donde vivir, me fui unos días a quedar con Kevin y Yoselyn que habían alquilado un cuarto y fue él quien me trajo mis cosas. No olvidaré las dos bolsas de basura de plástico negro con las que llegó, una con mi ropa arrugada y sucia y la otra con mis documentos oficiales hechos trizas. En venganza por la madriza que le puse, Marlene hizo pedazos mi título, mis actas de nacimiento, mi cartilla militar y todos los papeles que tenía guardados en el cajón del ropero que me heredó mi tía.

Pero yo también la jodí, decidí dejar el miserable trabajo de repartidor que tenía, porque si seguía ahí, me iban a descontar más de la mitad de mi salario para dárselo a Marlene y primero muerto que darle un centavo a esa hija de puta y a sus escuincles mugrosos. Por eso le fui a pedir trabajo al ojete de Pérez, que me había comprado las máquinas por tres pinches pesos cuando andaba ahorcado de deudas y me contrató de obrero para la producción de tapas de plástico para cartones de leche. Ahí fue cuando tuve que ayudarle a Kevin con los gemelos recién nacidos, porque la Yoselyn lo abandonó. Pobre de mi Kevin, que tuvo que hacerse cargo de los bebés durante el día mientras yo trabajaba y luego yo me quedaba con ellos en la noche cuando él se iba al bar. Fueron años duros. Mi mamá me decía que los gemelos estaban pagando el daño que le hice a Jordi al abandonarlo, y pues tal vez tenía razón.

Cuando Kevin encontró a Delfina y se juntó con ella me tuve que ir de ahí, y fue cuando empecé esta vida de perro que tengo y encontré esta inmunda pocilga llena de ratas y cucarachas en donde vivo desde entonces, si es que a esto se le puede llamar vida. Aquí he pasado los peores momentos solo y pobre. Pero ya no hay remedio, tengo sesenta y dos años y no puedo corregir nada de lo que hice. Estoy derrotado.

Hace cuatro años murió mi padre, que siempre fue un ejemplo de rectitud y responsabilidad. Cuando pienso en él, me siento avergonzado, por eso prefiero no traerlo a mis recuerdos, porque su imagen me juzga y condena. Siempre hice lo contrario de lo que me enseñó y sé que fui la principal razón de su depresión, sólo le di decepciones. Pero en este tema tengo mala conciencia y mejor ni acordarme.

Al año de morir mi padre, falleció mi madre. Fue cuando volví a ver a las desgraciadas de mis hermanas. Mis padres, al contrario de lo que soy, siempre fueron gente de bien, responsables y trabajadores.  Hasta nos dejaron dinero y bienes como herencia.

Con la lana que me dejó mi mamá y que me dieron las miserables de mis hermanas, pensé que podía rehacer mi vida, me compré el coche y me metí a trabajarlo de Uber. Pero como siempre, con mi mala suerte, este proyecto tampoco resultó.

Hace tres días andaba de madrugada trabajando, subí al fulano ese medio borracho a la salida de la cantina y ya íbamos llegando al destino cuando sacó la pistola y me encañonó. Qué pinche susto, pensé que me iba a dar un plomazo, pero el muy cabrón no quería matarme, me bajó a madrazos y como lo insulté y me puse muy gallito, me dio una santa golpiza que casi me quedo tieso. Se llevó el coche, mis tenis, mi cartera y mi celular y me dejó tirado en la banqueta.

No sé qué hubiera pasado si no me recoge el camionero que se apiadó de mí y me trajo hasta acá, tal vez ya estaría muerto y hubiera sido lo mejor. Ahora tengo que pensar cómo salir de esta pinche situación. Mañana que me sienta mejor voy a buscar entre los cachivaches que me traje de la casa de mi madre. Ahí tengo guardados los relojes de mi papá y los anillos de oro que les chingué a las brujas de mis hermanas cuando me quedé solo a cuidar a mi mamá antes de que muriera. Los voy a llevar a empeñar para ir tirando con ese dinero y ya veré qué me invento. Le pediré a Rosa, la dueña de la tienda de abajo, que le llame a Kevin para que venga y me traiga comida, y algo se me ocurrirá, porque, como me repetía mi mamá: mala hierba nunca muere y tengo que seguir viviendo esta pinche vida de mierda.

lunes, 26 de agosto de 2024

Locos de amor

Amanda Castillo


Asomada sobre la baranda de hierro del balcón, Isabela disfrutaba del aire cálido que acariciaba su rostro. El sol matutino bañaba el paisaje del valle con una luz dorada y los sonidos de la ciudad despertándose llenaban el aire. Le encantaba levantarse temprano y contemplar la vista que se extendía más allá de los edificios, un pequeño ritual que le daba paz. Sentía que, por fin, después de mucho tiempo, los dolorosos recuerdos de su divorcio empezaban a desvanecerse. Las noches de insomnio eran menos frecuentes, y la melancolía, que había sido su fiel compañera, se desvanecía paulatinamente. Su proceso no había sido fácil, le había costado meses de terapia sanar sus heridas.

Ya no dolía el recuerdo de Fabián, con quien había estado casada por quince años, y al que consideraba el amor de su vida. El divorcio la había dejado devastada. La traición de su marido con una de sus amigas y la forma en que ambos confabularon para mantener su relación en secreto durante cuatro años fue difícil de asimilar. Al principio, estaba resentida, se sentía humillada y con un ferviente deseo de vengarse.

Una de las decisiones que tomó fue volver a enfocarse en su apariencia física. Aunque seguía siendo una mujer atractiva, el embarazo de su último hijo, que ya tenía doce años, la hizo aumentar de peso y le costó recuperar su esbelta figura. Logró bajar diez kilos y estaba inmensamente feliz. Renovó su vestuario, cortó y tinturó su cabello y se sometió a un procedimiento estético para mejorar la apariencia de su piel. Se sentía bella de nuevo.

En esta nueva fase de su vida, la embargaba una inmensa necesidad de ser amada y deseada otra vez. Aunque había hombres en su círculo cercano que mostraban interés romántico, le costaba sentirse atraída por alguno de ellos. En realidad, nadie le generaba emoción, y definitivamente no quería estar con alguien solo por temor a la soledad. Buscaba algo más que una aventura o una noche de pasión.

Un día, mientras revisaba su perfil de Facebook, le llegó un anuncio publicitario de una aplicación para encontrar pareja. Los perfiles de hombres que ahí se mostraban llamaban la atención de cualquier mujer: tipos con gran atractivo físico y con estilos de vida interesantes. Isabela lo pensó mucho antes de registrarse, pero finalmente decidió hacerlo. Se tomó un par de fotografías en las que se veía hermosa y las subió a la página. Su éxito fue rotundo. En poco tiempo, recibió decenas de solicitudes de amistad y mensajes de hombres interesados en ella.

Isabela coqueteaba con varios de ellos a la vez y dedicaba una buena cantidad de tiempo a conocerlos. Sin embargo, el uso del chat de la aplicación debía pagarse y el costo era alto. A pesar de esto, estaba feliz, aunque se preocupaba por los cargos en su tarjeta de crédito.

Prosiguió con su aventura de encontrar a ese hombre encantador que lograría enamorarla y hacerla creer en el amor de nuevo. Sin embargo, aunque los perfiles eran interesantes en apariencia, era evidente que a ninguno le importaba el compromiso. Eran huidizos y evasivos. Cuando llegó el primer corte de la tarjeta, Isabela se alarmó. Había gastado una cantidad importante de dinero en esas citas virtuales y ninguno de sus amagos de relación prosperaba al ritmo que ella deseaba. No trascendían más allá del mero flirteo.

Isabela no se dio por vencida. «Tengo un presentimiento. En alguna parte está una persona especial esperando por mí». Convencida de ello, se inscribió en cuantas aplicaciones para encontrar pareja ofrecía el internet. En algunas tenía más éxito que en otras y, por supuesto, el gasto en sus tarjetas de crédito crecía cada vez más. Cuando se dio cuenta, había llegado al tope de endeudamiento y no tuvo más remedio que cancelar sus suscripciones.

Pero no desistió de su propósito y se registró en una aplicación donde podía hablar gratis con hombres de diferentes partes del mundo. A los pocos días, entabló amistad con tipos de diversas nacionalidades, casi todos en búsqueda de sexo virtual, encuentros casuales o incluso ofrecían dinero a cambio de fotografías o videos pornográficos. Isabela tenía claros sus objetivos. No estaba allí por eso; solo deseaba encontrar a un hombre que la amara y a quien corresponder. Pero también la impulsaba la necesidad de demostrarle a su exmarido que, así como él consiguió a quien querer, ella también podía. Deseaba restregarle en la cara a su nueva pareja y que también lograría ser feliz con alguien más.

Transcurridos algunos días, la contactó Jacobo, un hombre argentino de cuarenta y cinco años. Ella aceptó la solicitud y la conexión fue inmediata. Empezaron a conocerse poco a poco. Cada uno le regalaba al otro cuanto tiempo libre tenía disponible. Compartieron sus miedos, frustraciones, anhelos y sueños. Él, un hombre solitario, arquitecto de profesión, hijo único y huérfano de padre y madre. Nunca se había casado y vivía solo desde los quince años, según le contó a Isabela. A raíz de la pandemia trabajaba desde casa y tenía escasa vida social.

Isabela, por su parte, se sentía muy contenta con la compañía que él le proporcionaba cada tarde. Podían hablar de cualquier cosa. En ocasiones tenían largas disertaciones sobre política y dinámicas socioculturales de sus respectivos países. Otras veces, hablaban de algún clásico del cine o de una famosa obra literaria.

En este trasegar fue creciendo el amor y la pasión. Empezaron a hacerse videollamadas y a tener sexo virtual algunas veces. A las pocas semanas, Isabela se sentía enamorada de Jacobo. Pero fue él quien primero confesó su amor hacia ella.

—Te amo tanto, mi amada Isabela.

—Yo te amo a ti mi vida, mi amado Jacobo.

—Gracias por tu amor, por tu apoyo, por animarme cada día. No veo la hora de estar entre tus brazos. Ese sueño es el que me alienta cada día.

—También quiero estar contigo mi vida. No te imaginas cómo lo ansío, Jacobo.

El vacío que Jacobo llenaba en su vida era tal que ella prefería enfocarse en lo que él le ofrecía, más allá de sus propias dudas y desconfianza. Él se convirtió en un nuevo soporte en el proceso de recuperación emocional, estuvo animándola y sosteniéndola en su duelo por la muerte de su hermana y la acompañó cada minuto en su recuperación cuando enfermó de COVID. Él estuvo ahí, a través de una pantalla, pero siempre presente, y esto había anclado los sentimientos de Isabela en esa relación, convencida de que él era su alma gemela. Nunca se sintió tan querida y admirada por alguien.

Isabela amaba todo de aquel hombre, solo había un pequeño detalle que le disgustaba: únicamente hablaban vía Skype, él le había dicho que el número de celular que manejaba era de su empresa y que no lo usaba para temas personales y tampoco tenía redes sociales. Además, después de varios meses de haberse conocido, él solo estaba disponible de lunes a viernes. Los fines de semana desaparecía del radar. Cuando Isabela le cuestionaba al respecto, él le argumentaba que sábados y domingos los dedicaba a organizar su hogar, ir de compras y a encontrarse con unos primos, sus únicos familiares.

Pero ella, extrañaba saber de él durante ese par de días. «¿Dónde estará, con quién estará, será que tiene a otra persona?»

La llama de los celos la devoraba, pero la esperanza de reencontrarse con su amado el lunes siguiente le daba cierta tranquilidad.

Fue ella quien mencionó que debían empezar a planear su primer encuentro. Él estuvo de acuerdo y quedaron en que sería a finales de ese mismo año. Isabela estaba muy ilusionada; sin embargo, al notar que él no volvió a hablar del tema, decidió abordarlo. Cuando lo hizo, Jacobo le mencionó que no podría para la fecha prevista. Le argumentó que la situación económica en su país estaba muy difícil y que se le complicaría viajar.

Isabela se molestó tanto que dejó de hablarle por unas semanas, no sin antes expresarle su desilusión y la sensación de burla que sentía. Ella intuía que él no era sincero, algo dentro de sí le decía que había una verdad que ella desconocía. Quería terminar con esa relación, no obstante, Jacobo se negaba a aceptarlo. Le prometió que lo harían a mediados del año siguiente. Jacobo se dedicó a reconquistarla, le escribía cada día, expresándole cuánto la amaba y lo mucho que ella significaba en su vida. Su enojo pasó rápidamente y retomaron la relación con más fuerza que antes.

Pero ella luchaba entre sus sentimientos y la razón. Si bien estaba muy enamorada, el comportamiento de Jacobo la desconcertaba. Transcurrían los meses y no había indicios de planes para encontrarse. Decidió no volver a tocar el tema. Quería comprobar si él manifestaba algún interés evidente en hacerlo. Pero no fue así, se acercó el tiempo previsto y no sucedió nada. «Esto no va a ningún lado, es mejor terminar de una vez por todas». —Se repetía de manera constante. Pero no era capaz. Sus palabras solo se quedaban en deseos.

La vida de Isabela seguía su curso sin grandes alteraciones: Tenía un gran empleo que le generaba buenos ingresos económicos, su hijo crecía sano y feliz, estaba rodeada de familiares y amigos que la querían y con quienes podía contar cuando los necesita, sin embargo, ella sentía que su vida no era completa.

Su relación afectiva estaba en un círculo vicioso. Se molestaba con Jacobo y le reclamaba su desidia, se enojaba y terminaba con la relación; sin embargo, él enseguida echaba mano de toda su artillería de halagos y romanticismo y ella volvía a ceder a sus encantos.

Habían pasado tres años desde que se conocieron y todo plan de encontrarse personalmente quedaba solo en eso, en expectativas. Siempre había justificaciones de parte de Jacobo para dilatar este encuentro. Hasta que un día de repente él no se volvió a conectar y ella se desesperó. Imaginó los peores escenarios. Su mayor preocupación era que él se hubiera enfermado o sufrido algún accidente.

Entonces Isabela tomó una decisión radical, impulsada por la angustia y la incertidumbre. La única forma de contacto que tenía era el nombre de la empresa donde él trabajaba. Tomó varios días de vacaciones, dejó su hijo bajo el cuidado de sus padres y se fue a Buenos Aires. Logró encontrar la dirección de aquella empresa y se dirigió hasta allí.

Al preguntar por él, la recepcionista le informó que no tenía acceso a la información del personal, pero revisando el registro de ingresos, no aparecía nadie con el nombre de Jacobo Corbellini. La insistencia de Isabela fue tan intensa que la recepcionista llamó a la gerente de recursos humanos para ponerla al tanto de la situación.

—¿De qué se trata su búsqueda, señora?

—Estoy buscando a una persona que trabaja aquí. Se llama Jacobo Corbellini.

—Él ya no trabaja aquí, ¿cuál es su vínculo con él?

Isabela dudó antes de contestar, pero al final se animó a decir la verdad.

—Es mi novio.

La encargada la miró sorprendida y guardó un incómodo silencio.

—Ya veo —dijo la gerente, un tanto pensativa.

—Ayúdeme a encontrarlo, por favor. Vengo desde Colombia y no estaré muchos días aquí.

—La persona que usted menciona sí trabajó aquí, pero hace rato que no sabemos nada de él.  Lo sucedido fue muy lamentable para la compañía.

Isabela se alarmó. Estaba confundida.

—¿Lo despidieron?

—Fue licenciado de nuestra empresa a causa de su enfermedad. Aún continúa ingresado en un sanatorio.

El corazón de Isabela se aceleró, respiraba con dificultad.

—¿Cómo en un sanatorio?

—Sí, tuvo problemas con su salud mental.

«Problemas de salud mental, sanatorio». —Se repetía a sí misma mentalmente.

—Debe haber un error. No puede ser la misma persona.

—Espéreme un momento —dijo la gerente.

Hizo una llamada y le trajeron una carpeta. Abrió el documento y extrajo un par de fotografías.

—Mírelo bien, ¿es el mismo?

Isabela sintió como si todo daba vueltas. Le faltaba el aire, se puso pálida y un sudor frío le corría el cuerpo.

En una  de las fotografías estaba Jacobo, vestido de traje, prolijo y con su encantadora sonrisa. En la otra, el mismo hombre, pero esposado, con los ojos rojos y desorbitados.

—Venga, siéntese por aquí —dijo la gerente, conduciéndola hasta un mullido sillón y pasándole un vaso con agua.

Isabela no supo cuánto tiempo escuchó a la mujer. Salió del lugar sintiéndose morir por el desaliento, la amargura y la frustración. Según le explicó la gerente, Jacobo Corbellini había empezado a presentar cambios drásticos en su comportamiento, en especial hacia las mujeres, a quienes agredía verbalmente sin causa aparente. Un día tuvo una discusión muy fuerte con una de sus colegas, y cuando todos creían que la situación estaba calmada, Jacobo se dirigió a la cocina, extrajo un cuchillo y sin pronunciar palabra la degolló frente a los presentes.

Fue declarado inimputable por trastorno mental transitorio. Le impusieron una medida de internación en un establecimiento psiquiátrico para recibir tratamiento. Padecía de episodios psicóticos y aún se encontraba internado.

«No puede ser, no puede ser… Dios Santo, ¿cómo pude ser tan ciega? ¿Qué hice? ¡Es un asesino! ¿Por qué me pasan estas cosas, qué tipo de persona soy?».

Isabela deambuló por horas y sin rumbo por las calles de Buenos Aires. Al llegar a la Avenida Corrientes, el bullicio de los transeúntes la aturdía. Los carteles luminosos y las marquesinas de los teatros brillaban intensamente, anunciando las últimas obras y películas. Las librerías de la zona todavía estaban abiertas, invitando a los noctámbulos a perderse entre los estantes llenos de libros.

En medio de la multitud, Isabela se sentía terriblemente sola. Una presión subía desde su pecho hacia la garganta; hasta ese momento, no había llorado. La sensación de pesadez en el cuerpo y la insoportable sequedad en la boca la obligaron a detenerse y buscar a su alrededor un lugar para sentarse. No pudo contenerse. El llanto afloró con tal fuerza que los sollozos sacudieron su cuerpo a manera de convulsiones.

La gente que pasaba por el lugar la veía de reojo. La abrazó la oscuridad de la noche y por fin salió de su ensimismamiento. Respiró profundo y se puso de pie. Debía volver al hostal, todavía tenía una tarea pendiente. Al día siguiente buscó el número de teléfono del sanatorio y llamó para averiguar los horarios de visita.

—Hospital San Rafael, buenas tardes.

—Buenas tardes. Llamo para averiguar por los horarios de visita.

—Las visitas se permiten ´sábados y domingos en horas de la tarde.

—Por favor, vengo de otro país para visitar a un familiar.

—Lo siento mucho, es una política de la institución. Los fines de semana se destinan para que los pacientes socialicen entre sí y con los visitantes.

—¿Pero puedo hablar por teléfono con la persona?

—No, tampoco. Unos pocos pacientes autorizados tienen computadoras en sus habitaciones y desde ahí se comunican con el exterior. Pero la red de wifi se desconecta los fines de semana.

Isabella guardó silencio al otro lado de la línea. Debía tomar una decisión. Su vuelo de regreso era al sábado siguiente.

Oyó la voz que le decía: 

—Hola, ¿sigue ahí?

—Sí… Yo volveré a llamar. Gracias.

Isabela cavilaba sobre lo que debía decidir. Su mente era un torbellino de preguntas sin respuestas: «¿Acaso tiene algún sentido confrontarlo?». «¿Será mejor regresar y olvidarme de todo?». «¿Será que todo fue producto de su mente enferma?». «¿Por qué me mintió, por qué se dedicó a enamorarme sabiendo que lo nuestro no sería posible?».

Aun sin tener una respuesta a sus interrogantes se quedó dormida. Al día siguiente se levantó con la claridad de lo que debería hacer: 

Isabela decidió no visitar a Jacobo. Reflexionó sobre todo lo sucedido y entendió que, aunque la verdad era dolorosa, confrontarlo no cambiaría nada. Regresó a su país, cerró todas las cuentas en redes sociales y aplicaciones de citas y se enfocó en sanar por completo. Aceptó que todo ese tiempo había actuado impulsada por la necesidad de ser  aceptada por otras personas. Con el tiempo y gracias a la ayuda profesional pudo procesar lo vivido y finalmente encontró la paz en la aceptación de su propia compañía.

Gracias a Jacobo, por fin entendió que, la primera y más importante de todas las relaciones, era la que podía tener consigo misma.

lunes, 5 de agosto de 2024

Identidad

Rosario Sánchez Infantas


No vi los ojos anegados de impotencia y desolación de mi madre.

Salí de casa hacia la una de la madrugada cuando todos dormían. Caminé cuesta abajo por el camino de herradura en la noche andina, gélida y estrellada. El ulular del viento, el ladrido lejano de algún perro y uno que otro ruido en las laderas de los cerros me hacían pensar que seguían mi rastro. Dos horas después, cuando llegué a la carretera polvorienta, quedé más tranquilo. El único camión, que comunicaba mi pueblo con otros poblados y con la costa peruana, pasaría por allí hacia las ocho de la mañana. Quizás fuera el medio para subsistir en un mundo desconocido en este año 1943 que empezaba de manera tan peculiar.

El billete de diez soles encontrado la mañana anterior, debajo de mi almohada, fue muy elocuente. Me dijo que mi madre no podía hacer nada más para impedir que mi padrastro me siguiera moliendo a palos con cualquier pretexto. Ella y mis medio hermanitos de siete y cinco años también eran víctimas de su ira que parecía desencadenarse con mi permanencia en su casa. El mensaje también parecía decir que mis trece años me darían el tino necesario para usar el dinero que le había costado una oveja y una paliza de su esposo a mi madre.

Encaramarme al camión significó ingresar a un mundo paralelo respecto a la vida sencilla y pobre del caserío en el que vivía. En la carrocería viajábamos ovejas, gallinas, pequeños cerditos, costales de alimentos y aproximadamente quince personas. Un par de vendedores y un policía hablaban acerca de ciudades, negocios, el mar, los diarios, el correo, el telégrafo. Se ufanaban de conocer Lima, la capital peruana, y daban indicadores reales de lo que en mi pueblo era solo un vago rumor: la segunda guerra mundial. Conversaban sobre aviones, barcos y submarinos, como yo de semillas o yerbas medicinales.


Tras nueve horas la sinuosa carretera atravesó la vertiente occidental de la cordillera de los Andes y nos condujo hasta Pisco. Esta ciudad a la ribera del océano Pacífico contaba con electricidad, servicios básicos, un hospital, y sobre todo llamaron mi atención los barcos nacionales y extranjeros en su puerto.


Cinco días estuve comiendo muy poco para que no se acabara el dinero, y buscando ayudar en tareas sencillas en el mercado a cambio de una fruta, un pan o un refresco. Había personas generosas, así como hostiles y desconfiadas. Dormía sobre unos cartones en el zaguán de una casa que se calentaba con el horno de una panadería vecina. El sexto día muy temprano me encontraba doblando mi cama improvisada cuando se detuvo a mi lado un hombre delgado, de unos sesenta años, con el cabello muy corto, vestido sobriamente con colores oscuros. Se anteponían unas gruesas gafas a los primeros ojos rasgados que vi en mi vida. Al parecer esperaba que abriera la panadería para comprar en ella.

–¿Duermes aquí? ¿Dónde están tus padres? ¿Quién eres? –preguntó, en un español muy extraño, mirando cómo ataba mi manta, una chompa y un par de plátanos.     

Tanta novedad y trances que enfrentar no me habían permitido darme cuenta cabal de mi situación. La pregunta del hombre mayor hizo desbordar mi desolación. Lloré agitadamente unos minutos. Cuando me restablecí, dudé unos instantes en hablar. Yo era un aborrecido, un estorbo, que no valía ni lo que comía. Esa era la identidad que había logrado hasta ahora. Le conté brevemente mi vida justificando, en la extrema pobreza familiar, la decisión de mi madre.

–Es decir, ¿no conoces a nadie aquí? –interrogó.

–No, patroncito, no conozco a nadie.

–¿Me quisieras ayudar a cambio de comida y alojamiento?

Nuevamente las lágrimas acudieron a mis ojos. Mi madre debe estar orando mucho por mí, pensé. Acepté sin dudarlo.

Así fue como llegué a ser aprendiz en la Imprenta Nagami y ayudante en las actividades domésticas de este parco y solitario hombre de buenas maneras que vivía en la trastienda de su pequeño negocio. Al parecer le agradó mi diligencia, limpieza y gratitud. Elaborar calendarios, tarjetas, formatos de recibos, pagarés y documentos estatales dejaba intervalos libres en los cuales me instruía sobre las artes gráficas, expresiones en español, una alimentación adecuada y recomendaciones para templar el carácter. Dado mi interés por aprender, un día me prestó un diccionario ilustrado, más adelante me explicaba historia, geografía y culturas diferentes en su mapamundi. Posteriormente cogía una enciclopedia, seleccionaba una sección, me ordenaba leerla y luego lo comentábamos. Paulatinamente me fui identificando como habitante del mundo. El señor Nagami mencionaba cada capacidad que yo ponía en práctica cuando hacía mis tareas asignadas: tolerancia, humildad, laboriosidad, orden, respeto, prudencia; así fue como me construí otra identidad.

Al concluir las vacaciones escolares, este respetado artesano me preguntó si deseaba continuar estudiando. Maravillado por las cosas que me sucedían, en abril de 1943 empecé a cursar el tercer año de primaria, como alumno libre, pues no tenía mis documentos personales. Fue entonces cuando supe que mi apoderado se llamaba Hanzō Nagami Sato.

La radio estaba encendida desde el amanecer hasta que nos íbamos a dormir, difundiendo música y los boletines noticiosos por la mañana, en la tarde y por la noche. Los aliados enfrentaban al eje Lobelto: Loma, Belín y Tokio, decía el señor Nagami, al no pronunciar correctamente la letra erre. El mundo se hizo diverso, complejo pero próximo. En el mapamundi, Guadalcanal, donde se libraban batallas terrestres, navales y combates aéreos, estaba a la misma latitud que Perú. Imaginaba cómo sería sobrevivir en Leningrado sitiada, a treinta grados bajo cero. Tenía sentimientos encontrados, me alegraba que el Ejército rojo hubiera roto el sitio nazi de esa ciudad; pero me sentía obligado a optar por los amigos de este hombre bueno, incluso sabiendo que los Estados Unidos de Norteamérica tenían mucha influencia económica y política en el gobierno peruano, y que el Perú había decidido apoyar a los aliados. Era como ver una película: submarinos hundiendo convoyes de barcos, desembarcos aquí y allá, la destrucción del Afrika Korps, bombardeos de fábricas de armas, capitulaciones. 

La vida me había cambiado. Retomé con gusto mis estudios escolares, a pesar de las burlas de mis compañeros costeños, por ser mayor que ellos y por el dejo propio de mi comunidad. El director y los docentes me identificaron como responsable y diligente. El señor Nagami también confiaba mucho en mí y cuando iba a realizar diligencias o en sus breves y esporádicos viajes me dejaba en la imprenta.

Por lo que escuchaba, y el señor Nagami me explicaba, entendí que los enfrentamientos se daban por varios océanos y países. Comprendí por qué la Marina de Guerra peruana protegía más que nunca nuestro litoral, especialmente la refinería de Talara que producía tanto recursos energéticos para la maquinaria bélica de los aliados, como para el consumo nacional. Bolivia y Colombia eran beligerantes con Alemania. Al año siguiente, en Panamá, un destructor colombiano vencía en batalla al submarino alemán U-154. Sentía que la guerra se acercaba.

Seguramente antes hubo terremotos, erupciones de volcanes, maremotos, independizaciones de colonias o se descubrieron antibióticos, pero hasta ahora me enteraba. Comenzaríamos 1945 sabiendo que las tropas soviéticas liberaron a cinco mil prisioneros en el campo de concentración de Auschwitz, que los aliados lanzaron tres mil toneladas de bombas sobre Berlín, que los Estados Unidos bombardearon Tokio, que Argentina le declaró la guerra a Alemania y a Japón. En este año, culminaría mis estudios primarios que inicié con mucho entusiasmo.

La tarde del miércoles nueve de mayo regresé del colegio y hallé cerrada la imprenta. No estaba el señor Nagami, cené como siempre y me puse a hacer los deberes escolares. Me quedé dormido esperándolo. A la mañana siguiente tampoco llegó; pensé que quizás hubiera enfermado. Quise ir a buscarlo, pero temía que regresara y necesitara mi ayuda. También me preocupaba no asistir al colegio. No llegó ese día ni los dos siguientes. El sábado lo busqué en el hospital y salí a preguntar a los vecinos y conocidos. El lunes fui a conversar con el director llevándole un paquete de libretas de notas que habíamos imprimido. Me atendió inmediatamente, cerró la puerta de su oficina, con gesto de gran preocupación y bajando la voz me dijo:

–Un familiar militar me ha informado que Nagami no es su verdadero apellido… y que es un espía japonés. No sabemos dónde está. ¡No deben relacionarte con él!

–¿A dónde iré, maestro? Mi padrastro no me quiere en su casa. Si vuelvo le va a pegar a mi mamita. ¿Y las propiedades del padrecito Nagami? Todas sus máquinas y sus cositas están ahí.

–Ya no vuelvas a la imprenta. Es peligroso. Hoy día puedes dormir aquí. Te buscaré donde alojarte –musitó moviendo la cabeza con preocupación.

De esta manera recalé, como jardinero y ayudando en tareas domésticas, en casa de una pareja italiana amiga suya, la cual al año siguiente se fue a vivir a la capital. Trabajando para ellos terminé la educación secundaria y luego me formé como suboficial de la Guardia Civil del Perú. Tras quince años de ejercicio profesional me destacaron a Pisco. En el lugar donde estaba la imprenta, hay una apacible placita con grandes árboles y ornamentos sencillos de piedra y hierro forjado. Me senté en una banca y agradecí al hombre desconocido que me dio otra identidad. Tratado con dureza e injusticia, pero ningen, humano, igual que él.