martes, 2 de agosto de 2022

Reseña: «Expiación», de Ian McEwan

Nacido en Reino Unido en 1948, a Ian McEwan (que actualmente tiene 74 años) The Times lo considera uno de los cincuenta mejores escritores británicos desde 1945.

«Expiación», obra maestra de McEwan, nos habla del amor entre dos universitarios recién graduados, ella, la hija de un hombre inmensamente rico, él, vástago del que fuera jardinero en la mansión del mencionado millonario y a quien este había en cierta forma adoptado como a un hijo.

Cuando se inicia la novela ella es una muchacha un tanto frívola y él un joven muy serio e intelectual, ambos sin ninguna preocupación en la vida y con un futuro brillante ante ellos, todo lo cual cambiará en la fatídica primera noche de la trama.

Lo hasta acá dicho ya nos habla de algunos recursos utilizados por el autor (y que todo buen escritor debe empelar), como introducir la acción lo más pronto posible en la historia (no dejar pasar páginas y más páginas en que nada dramático suceda), y, muy importante: asegurarnos de que los personajes, cuando termina la historia, sean muy distintos a lo que eran cuando empezaron, ya que si los personajes no evolucionan es que nada interesante les sucedió, y si nada interesante les sucede no esperemos que el lector se interese en ellos.

Pero hay mucho más en lo que McEwan es magistral, por ejemplo, en las descripciones de personajes y atmosferas. 

Donde un escritor inexperto diría algo como: «Ella tenía un aspecto sensual», MacEwan nos dice:

«El vestido de seda que llevaba parecía idolatrar cada curva y hondonada de su cuerpo ágil, pero la boca pequeña y sensual…».

Donde alguien menos hábil escribiría quizá: «Él era un chico tímido que se sentía inseguro cuando estaba con ella», MacEwan escribe:

«Él posó las manos en los hombros de ella, y su piel desnuda estaba fría al tacto. Cuando sus caras se aproximaron él se sentía lo bastante inseguro como para pensar que ella se escabulliría, o le cruzaría, como en una película, la mejilla con la mano abierta».

O donde un primerizo nos diría que «un par de adolescentes vírgenes se besaron en una biblioteca y el beso los excitó», MacEwan relata:

«…el contacto de lenguas, músculo vivo y resbaloso, carne húmeda sobre carne, y el extraño sonido que arrancó de Cecilia lo cambiaron todo. Aquel sonido pareció penetrarle, perforarle de arriba abajo de tal forma que el cuerpo se le abrió y pudo salirse de sí mismo y besarla libremente. Lo que había sido cohibición era ahora impersonal, casi abstracto. El sonido suspirante que ella hizo era ávido y a él también le inspiró avidez. La acorraló contra el rincón, entre los libros. Mientras se besaban ella le tiraba de la ropa, tiraba sin resultado de su camisa, de su cinturón. Sus cabezas giraban y se juntaban, y sus besos se volvieron mordisqueos. Ella le mordió en la mejilla, no del todo juguetonamente. Él se apartó, luego volvió a acercarse y ella le mordió fuerte en el labio inferior. Él le besó la garganta, empujando su cabeza contra las estanterías, y ella le tiró del pelo y le prensó la cara contra sus pechos. Hubo un tanteo inexperto hasta que él localizó un pezón, minúsculo y duro, y lo apresó con la boca. A ella se le puso rígida la columna vertebral, recorrida por un largo estremecimiento».

Y notemos que no estamos hablando solo de descripciones físicas o del escenario, sino también de descripciones psicológicas, como cuando nos muestra la forma de pensar de la madre de Cecilia, a quien Jack, su infiel y millonario esposo, dejaba en la lujosa mansión rodeada de un inmenso parque privado, para ir a trabajar y la mayoría de las veces no regresaba en varios días. Veamos cómo nos lo presenta MacEwan:

«Ella no dudaba de que trabajaba hasta muy tarde, pero sabía que no dormía en el club, y él sabía que ella lo sabía. Pero no había nada que decir. O, mejor dicho, había demasiado. Se parecían mucho en el miedo que ambos le tenían al conflicto, y la regularidad de las llamadas vespertinas, a pesar del poco crédito que ella les concedía, era reconfortante para los dos. Si aquella farsa era una hipocresía convencional, tenía que admitir su utilidad. Había fuentes de satisfacción en su vida —la casa, el parque y, sobre todo, los hijos— y tenía intención de conservarlas no desafiando a Jack. Y ella echaba menos en falta su presencia que su voz en el teléfono. Que él le mintiera continuamente, aunque difícilmente pudiera considerarse amor, suponía una atención sostenida; debía de tenerle afecto para idear embustes tan complicados y a lo largo de tanto tiempo. Sus engaños eran una forma de homenaje a la importancia de su matrimonio».

Si has leído «Expiación», u otro libro de Ian McEwan, cuéntame qué te pareció. Si sabes de algún autor que describa con mayor maestría escenarios y personajes, menciónalo en los comentarios, con gusto los leeré.

lunes, 25 de julio de 2022

Pasiones peligrosas

Ricardo Sebastián Jurado Faggioni


Cuando Lissette era pequeña leía a Agatha Christie y a Kerry Greenwood, soñaba en ser una detective como Miss Marple o Phryne Fisher. Al crecer siguió la carrera criminalística y se convirtió en una detective privada como lo había anhelado en su niñez.

Con el tiempo se volvió famosa resolviendo casos importantes. Se encontraba en su oficina al frente de su ordenador redactando los últimos detalles de un crimen que solucionó. Ella se sentía mayor, puesto que se acercaba su cumpleaños número cuarenta y el físico no era el mismo de antes, había aumentado algunos kilos, de hecho ya andar en la caminadora del gimnasio no le agradaba. Poco a poco se fue transformando en alguien sedentario.

Una vez terminada su jornada laboral en su hogar se dedicaba a leer los best sellers de novela negra. Había decidido no casarse, ya que a la larga era un problema y lidiar con niños aún más, por eso prefiere estar sola junto con su perro Krypto.

Un viernes por la noche cogió su Mazda rojo y se dirigió al teatro porque había una obra que sabía que le iba a emocionar. Al llegar se sorprendió, puesto que lo habían remodelado. Las paredes se hallaban pintadas de rosado, las sillas eran de madera y el escenario lucía más amplio.

Iba a ver Hamlet de William Shakespeare. Al finalizar la obra Lissette va a felicitar al director escénico Alfredo Sánchez. Él es más joven que la detective, tiene treinta años, es delgado y alto.

—Me gustó la vestimenta de los personajes, la decoración, Shakespeare se sentiría orgulloso —dijo Lissette.

—Gracias —esbozó una sonrisa Alfredo.

—¿Se tomaría una foto conmigo para subirla a Instagram?

—¡Por supuesto que sí!

Después de tomarse la fotografía ella la subió a su historia. Luego de eso a Alfredo le llegó la notificación. Vio su celular y se quedó impactado.

—¡Tú eres la detective que sale en los medios de comunicación! —mencionó Alfredo.

—Sí, hay casos que parecen más fuertes que la ficción —dijo Lissette.

—Has dicho una gran verdad, me gustaría llevar una adaptación de un caso tuyo.

—¡Me encantaría verlo!

 —¡Así es! Pero antes quisiera que me ayudes, ¿podrías investigar a mi esposa?, creo que me es infiel.

—¿Por qué dudas?

—Ella llega tarde a casa, cuando me escribe ya no es empática, no conversa, estas acciones me hacen sospechar.

—No suelo resolver este tipo de conflictos, pero por ti haré la excepción. Cuéntame cómo es tu esposa.

——Empezaré por su nombre: se llama Valentina, es rubia, delgada, de estatura mediana y es menor que yo por dos años. Trabaja en la cafetería más conocida del centro de la ciudad Sweet & milk. Ella va al trabajo desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde. 

Ambos se despidieron con un fuerte apretón de manos. Al salir del teatro se preguntaba: «¿Cómo las personas llegan a herir a quién más aman? Se subió a su carro y prendió la radio para sintonizar algo de música, sonaba la banda Nickelback. La canción era How do you remind me. El rock romántico no era lo suyo, pero lo disfrutaba mientras iba viajando a su hogar. Al llegar Krypto la recibió moviendo fuertemente la cola, ella lo abrazó.

Luego, se dirigió a la cocina para beber un poco de agua e irse a dormir. A la mañana siguiente los rayos del sol pasaban las cortinas de su dormitorio. Hizo un esfuerzo por dormir más y quedarse junto a las sábanas, pero la promesa que pactó con el director del teatro la obligó a levantarse. Se cambió su pijama por una chaqueta negra y un jean de color azul, tomó el desayuno y se marchó al lugar del trabajo de Valentina.

No era cualquier cafetería en la que estaba, esta tenía tiempo en la ciudad. Lo que más le agradaba era que en las paredes había fotos desde el día que se inauguró hasta la actualidad. Se sentó en una mesa del fondo. Alzó la mano para que la mesera pudiera atenderla y cuando esta se dirigió hacia ella pudo notar que el gafete se decía el nombre de Valentina, quien tomó la orden, y en un papel anota el nombre para que supieran que ese era su pedido.

Con mucha amabilidad se dirigió a la cocina para entregar la orden al chef. Después de haber pasado quince minutos, un hombre blanco, elegante y con terno, entra y se sienta cerca de Lissette solo dos mesas más adelante. Valentina desde la cocina lo ve llegar, le dice a un mesero que lleve la orden de Lissette. 

Ella se acercó al hombre elegante y lo saluda alegremente, conversan un rato. La detective saca su celular, para revisar mensajes, pero en realidad le está tomando fotos al hombre misterioso y a Valentina. Cuando la mesera se va de la mesa, después de segundos él, también hace lo mismo.

Dos años atrás Alfredo junto a Jaime su compañero de arte, escribieron un guion del género de terror que llamaron Vidrios rotos. El cine nacional volvió a ser un éxito gracias a ellos. Cuando llegó el día de la premiación, Alfredo se enamora de la modelo que les entregó el trofeo, a él y a su amigo, por mejor guionista y mejor director, respectivamente.

En aquel entonces él se encontraba casado con Valentina, pero hacía lo imposible por ir a verse con la otra mujer. Su esposa sabía que algo pasaba, pero su amor la hacía olvidar cualquier sospecha. El romance oculto que tenía se esfumó y volvió a vivir su vida normal.  Sin embargo, María la modelo quedó destrozada, puesto que la ilusión que pasó la hizo estrellarse con su cruda realidad: era una mujer infeliz y pobre.

Después que el hombre se fue, Lissette pagó la cuenta y se marchó. Recordó una de las lecturas de Sherlock Holmes cuando se encontraba en un misterio fácil de resolver. Él siempre decía que lo más obvio no siempre es lo que parece.

María se encontraba fuera de la casa de su amante. Sabía que la puerta de atrás estaba abierta, por lo que se le hizo sencillo ingresar.

Valentina estaba en la cocina lavando los platos. María tras caminar de puntillas hacia ella sacó una pequeña navaja y apuñaló a Valentina en las costillas. La víctima se fue deslizando con lentitud hasta quedar tendida en el suelo mientras la agresora salía de la casa. Alfredo se encontraba trotando, después de hacer treinta minutos de actividad decide volver a su hogar. Al ver a su esposa desmayada en el piso, llama a emergencia. La ambulancia se dirigió vertiginosamente para rescatar a la víctima, tuvo suerte de llegar a tiempo al hospital. Los doctores le dijeron a Alfredo que sobrevivirá, pero tendrá que estar con cuidado médico.

Él se quedó sentado al lado de la camilla de su esposa, y decidió mandarle un mensaje a través de Instagram a Lissette para que vaya al hospital. Ella llegó lo más rápido que pudo.

—Hay algo que no te he contado y deseo compartirlo —dijo Alfredo.

—¿Seguro es un buen momento? —preguntó Lissette.

—En estas circunstancias sí, dos años atrás yo le fui infiel a mi esposa con una mujer que se llamaba María, ella sabe la dirección de nuestro hogar y que estaba casado, cuando ella quiso algo más serio conmigo, tuve que dejarla.

—¿Pero por qué volver ahora?

—Supongo que no me superó, tal vez ella quería que le compartiera mi fama, viajar, y tener un hogar, en fin, es tarde para arrepentirse, pero es lo que pasó y ahora Valentina está pagando las consecuencias. 

—Esto debiste de compartirme desde el comienzo, es algo esencial.

—Lo sé, no es fácil para mí aceptar esto, perdóname.

—¿Cómo podemos atrapar a María suponiendo que tiene algo que ver en el caso?

—Conozco a alguien que nos puede ayudar a dar ese tipo de información, Homero.

Alfredo le mostró una foto de Homero, blanco, alto, bien vestido. Lissette se acordó del hombre de la cafetería que estaba con Valentina y era el mismo. Él podrá saber dónde está, su trabajo es conocer todo tipo de secretos por esto él es capaz de ayudarnos. Lo contactaron de forma inmediata, los tres estaban reunidos en el hospital.

Homero se puso al tanto con los detalles, supo que María es de piel morena, cuerpo atlético, esbelta y es reconocida en el mundo del modelaje. Sabía que este tipo de personas trabaja en bares, especialmente los de entretenimiento para adultos. Ella estaría en el más lujoso bar de la ciudad donde van todas las chicas de modelaje en el nigth club.  Homero y Lissette fueron al sitio. A la entrada había dos guardias fornidos y con mirada penetrante. La detective sacó su placa para que ellos los dejaran pasar.

—¿Sabes? Yo cargo una pistola en mi bolsillo, en este tipo de trabajo uno no sabe con qué se va a encontrar —dijo Homero.

Tranquilo esperemos no utilizarla —mencionó Lissette.

Siguieron indagando en el bar hasta dar con María, ella estaba conversando con un hombre. Al ver a los dos al frente de ella, decidió escapar, pero Homero la siguió de una forma veloz que pudo atraparla. A María una vez esposada la subieron al carro. En el trayecto a la comisaría a María su alma se quebranta y decide calmar su conciencia narrando los sucesos. El caso pronto estaría resuelto, solo faltaría encontrar la pequeña navaja que usó en el crimen donde ella dijo que la había escondido. Lissette le preguntó a Homero qué hacía en el restaurante conversando con Valentina y él le respondió que ella le había contratado para averiguar si su esposo le era infiel.  Mientras tanto en el hospital, Valentina se encuentra junto a su esposo y ella logra abrir los ojos. Cuando Alfredo se acerca a ver cómo estaba, Valentina toma fuerza para decirle:

—Lo sé todo.  

Origen

Rosario Sánchez Infantas


Silenciosos avanzaban por el camino serpenteante, uno buscando morir en paz, y el otro no perecer. Aquel siete de junio de 1534 el rumbo del anciano Pushaq era Sunchubamba, el caserío donde naciera y que, por estar lejos del camino principal del imperio incaico, pudiera darle algo de tranquilidad a sus últimos días. Pumaqhawa, el adolescente inca, buscaba a su padre y contactar a la resistencia frente a la invasión española. «Vigilarás sereno y objetivo; con el sigilo del puma subirás a las montañas para hallar los rastros de los hechos o de las grandes verdades». El muchacho, recordaba lo que le dijera Pushaq el día anterior.

En 1527 Huayna Cápac, el emperador, había muerto víctima de una epidemia iniciada en las primeras aproximaciones del conquistador Francisco Pizarro al continente sudamericano. Asumió el gobierno Wascar, hijo del difunto gobernante. Desde el inicio realizó actos contrarios a las tradiciones del imperio y conllevó a una confrontación creciente con las familias nobles. Por otro lado, la popularidad de Ataw Wallpa, príncipe guerrero hermano suyo afincado en el norte del imperio incrementó la suspicacia del nuevo gobernante. Dos años después iniciaría una guerra civil entre los hermanos por el control del imperio, la cual es ganada en 1532 por Ataw Wallpa, momento en el que Pizarro ingresa al territorio imperial y lo toma prisionero.

La confrontación de los hermanos generó el desconcierto entre los curacas de las diferentes etnias del imperio respecto a los extranjeros; algunos ofrecieron apoyo y obediencia a Francisco Pizarro. Tras ocho meses de cautiverio y el pago de un fabuloso rescate en oro los conquistadores matan a Ataw Wallpa. Para facilitar la conquista del Cusco, la capital del imperio, nombran a Tupac Inca Huallpa un gobernante títere y entonces circulaban por los caminos principales recibiendo apoyo en alimentos, asistentes, leña, mujeres, a pesar de lo cual continuaban los saqueos, violaciones, el desprecio por lo nativo y la sed criminal de los europeos por el oro. Las enfermedades desconocidas llegadas con los conquistadores habían diezmado la población y los sobrevivientes subsistían en la desorganización. El flamante gobernante también perdió la vida por causas desconocidas mientras facilitaba el avance a los conquistadores hacia el Cusco.

Pushaq y Pumaqhawa, habían partido de madrugada, por un camino secundario, rumbo al norte tras pernoctar dos noches en la ciudadela de Marcahuamachuco. La escarcha cubría los pastizales y una fina capa de hielo revestía la superficie de los manantiales y acequias; sin embargo, el cielo límpido anunciaba un día con sol esplendoroso. Estaban en la serranía esteparia, en una zona de relieve escarpado, con valles estrechos y laderas muy empinadas, cubiertos de cactus y pastizales silvestres, con escasos árboles y arbustos. En algunas pequeñas mesetas había casas y campos de cultivo. La mayoría estaba abandonada; en muy pocos de ellos había cultivos de panllevar. Los caminos, puentes y acequias lucían descuidados y llenos de maleza. Los caminantes a su paso recogían plantas o minerales con propiedades curativas, frutos silvestres o leña para intercambiarlos por albergue.  

En un descanso Pushaq reinició el relato de episodios de su vida. Tras su reclutamiento había marchado con adultos jóvenes de su unidad territorial a integrarse al ejército y sofocar la rebeldía del cacique Tumbala de la isla Puná. El joven soldado había disfrutado esta experiencia. Todos los miembros de un escuadrón pertenecían a una sola etnia y eran conducidos por su propio curaca. Marchaban con el ejército muchas mujeres, a veces familiares de los soldados, para cocinar, vestir, cuidar de los heridos y enterrar a los muertos. A lo largo de los caminos principales había albergues estatales e incluso viajaban con ellos algunos sacerdotes. Teniendo prohibido los hombres del pueblo salir de los terrenos comunales Pushaq recién a sus veinticinco años conoció la diversidad de paisajes, culturas, flora y fauna de la costa marina y el trópico.

En un cruce de caminos una familia les ofreció alimentos y se enteraron del restablecimiento del servicio de chasquis o correo por postas en los caminos principales. Esto debido a las necesidades de los conquistadores que seguían llegando y fundando algunas ciudades. Por la tarde unos pastores les informaron de la asunción del mando de un nuevo gobernante nativo Manco Inca, en alianza con los europeos. Bullían las preguntas en todos ellos: ¿acabarían las vejaciones, el oprobio, los trabajos forzados? El padre de Pumaqhawa había luchado contra la facción que representaba el nuevo gobernante; ¿Iniciaría la persecución contra los opositores? Los presentes tenían referencias, directas o no, de la voracidad criminal de los extranjeros por el oro. Su única certeza era que esta no iba a saciarse, aunque hubiera un nuevo mandatario. Al muchacho le alentó la posibilidad de movilizarse de manera segura si se incorporaba al sistema de chasquis. Además, podría conocer lo que ocurría en el imperio y ayudar a la resistencia, si la había.

En la guerra civil por lo general las etnias del sur habían optado por Wascar y las norteñas lo habían hecho por Ataw Wallpa. Muertos ambos contrincantes, al no haberse consolidado el sentido de nación incaica algunos curacas ofrecieron apoyo a los españoles en su propósito de conquista. Algunas etnias aún resentían haber perdido autonomía y veían en los españoles, aliados para recuperarla. En el comienzo de la expansión imperial se había empleado la negociación y solo si esta fallaba se llegaba a la confrontación bélica, pero en los últimos años hubo mucha violencia, además de que algunos pueblos norteños eran muy beligerantes. A ello se sumaba la composición heterogénea de los diversos asentamientos, pues al conquistar una etnia, se desplazaban familias enteras denominadas mitmas a fin de evitar las sublevaciones y traían otras poblaciones adictas a ellos para difundir sus prácticas culturales. Los pastores con los que había conversado eran mitmas de Condesuyos, etnia cercana al Cusco, partidaria de Wascar, pero vivían hacia tres generaciones en Huamachuco, región que apoyaba a Ataw Wallpa. Se sentían el miedo, el desconcierto y el desgobierno por donde pasaban.  

Ya anochecía cuando los dos caminantes llegaron al caserío de Sunchubamba y se reunieron con dos amigos y un familiar lejano de Pushaq. Esa noche a la luz de algunos candiles intercambiaron información tratando de entender lo que pasaba tras la quiebra del sistema organizativo que ofrecía bienestar y exigía contribución en las actividades militares, agrícolas y de desarrollo en general. Ahora ya no se realizaba el trabajo comunitario ni la redistribución de bienes y servicios. Los invasores habían comenzado con sus rancheos en los poblados mayores a la vera de los caminos principales, pero cada vez se internaban hacia parajes más alejados: robaban oro, plata, piedras preciosas, y ganado. Violaban, denigraban, esclavizaban y mataban. Era cuestión de tiempo que llegaran a este y otros pequeños poblados enclavados en breves salientes de una sucesión de montañas de difícil acceso, destinadas al pastoreo.     

Pumaqhawa permanece dos semanas ayudando en las labores agrícolas y recolectando bienes para el trueque en su caminar.

La madrugada del inicio del solsticio de invierno Pushaq dirige la ceremonia del Wawa Inti Raymi, fecha en que el dios sol renace e inicia un nuevo ciclo; le pide regrese y continúe dándoles vida. Luego se dirige a Pumaqhawa y colocando sus manos en la cabeza del muchacho le dice:

La vida te ha puesto y te pondrá crueles pruebas. Nunca dejes de ser espíritu libre, digno y amado. Honra tu nombre y la vida. Mi voz irá contigo.

Pumaqhawa partió fortalecido y cuando el camino iniciaba a rodear el cerro perdiendo de vista Sunchubamba escuchó el sonido de los halcones al comunicar peligro: cinco sonidos prolongados y cinco breves. Recordó la imitación que hizo el anciano cuando se conocieron y que le comunicara: «soy amigo, no temas». Ya estaba en sus más entrañables recuerdos y afectos; supo que Pushaq iría con él.

Tiene mucho miedo. A sus quince años ha perdido a su madre, hermanitas y su comunidad. Vivió huyendo de la realidad insana. Ha aceptado que esta situación solo va a empeorar. Continúa apareciendo de manera automática una imagen: la barba rubia del corpulento europeo se mueve mientras maldice; de un machetazo cercena las dos manitos del niño de cuatro años. Se desperdigan los granos de maíz tostado que había tomado. Aprieta hasta el dolor sus mandíbulas. En la rabia encuentra fuerzas y venciendo el temor se dirige al camino real rumbo al norte. Desea llegar a la región de los quitos, a la que aún no han llegado los conquistadores. Una hora después pasa delante de un albergue, ahora desprovisto de alimentos, ropa y vituallas. Ve dentro a tres chasquis, pero no se detiene por temor. Atardecía cuando llega al siguiente alberge del correo, ve preparar sus alimentos a dos jóvenes de la etnia huamachuco como él, más la desconfianza es mutua. Los saluda en la antigua lengua culle propia de esta región y se genera un acercamiento entre el recién llegado, Qhispi y Llaksa, los fornidos muchachos. Les informa la búsqueda infructuosa de su madre y hermanitas, su viaje hacia el norte para buscar a su padre, ocultándoles que este era un capitán de Ataw Wallpa. En determinado momento queda al descubierto la marca a hierro candente que le hiciera en el brazo un español en Jauja. Qhispi, ante el oprobio común que los hermana, se descubre el brazo, le muestra una marca semejante y exclama:

—A mí me la hicieron en Cajamarca. Tras haber sido capturado nuestro señor debimos inhibirnos de atacar como es norma entre nosotros. Tras propiciar la muerte de diez mil nobles cusqueños, curacas, artistas y cargadores y hacerse de un primer botín de oro, salieron a la campiña donde permanecía el ejército. Nos persiguieron con sus caballos y atravesaron a muchos con sus lanzas, tomaron a algunos de nosotros como esclavos y siguió la pillería hasta que cayó la noche. Al amanecer nos marcaron pretendiéndose nuestros dueños.

Sentimientos encontrados invadieron a Pumaqhawa. Qhispi era de los suyos, había servido a su señor Ataw Wallpa. Volvió, como muchas veces, a pensar que su padre pudo haber muerto durante la captura real. Sin embargo, cabía la posibilidad de que hubiera huido.

Mientras comían los alimentos que Llaksa había preparado Qhispi siguió narrando: 

—Pasaron más de ocho lunas en las que estuvimos prisioneros, haciendo trabajos de construcción y aprovisionando de alimentos a los invasores y sus caballos.  Habiéndose puesto el sol una tarde que ellos llaman veintiséis de julio, a todos los capturados nos pasaron a una cuadra más grande e inexpugnable pues temían una rebelión. Pudimos ver en la plaza el cuerpo inerte de nuestro amado señor Ataw Wallpa. Las mujeres que nos llevaban alimentos nos contaron que antes de ser ahorcado, nuestro señor clamó a Francisco Pizarro velara por sus hijos y que sus restos se llevasen a Quito. Quería ser enterrado junto a los restos de su padre Huayna Cápac. ¿Quién es tu padre? —preguntó de improviso Qhispi.

Desconcertado Pumaqhawa tuvo miedo de estar ante un opositor de Ataw Wallpa o un aliado de los españoles. Enmudeció. Sin embargo, recordó la veneración con la que Qhispi se había expresado acerca del gobernante muerto y confió.

 —Mi padre es el capitán Orqo Wuaranga  —respondió emocionado después de que, en muchas ocasiones, lo imaginara muerto.

—¡Aguerrido entre los aguerridos! Junto con el general Cusi Yupanqui desenterraron el cuerpo de nuestro señor y lo llevaron a Quito para entregárselo a su general Rumiñahui.

A Pumaqhawa se le llenaron los ojos de lágrimas. En tres años era la primera referencia a su padre vivo.

Se reconocieron unidos por los mismos sentimientos y deseos: saber cómo ayudar a la resistencia y proteger su vida al desempeñarse como correos de postas para los españoles. Concluyeron que Pumaqhawa debía seguir viajando hacia al norte hasta la llacta de Quito, sede de la confederación de varias etnias leales a Ataw Wallpa. Le instaron a ser muy cauto pues algunos curacas habían entrado en alianza con los conquistadores y combatían cualquier resistencia. Sin embargo, en el camino encontraría asentamientos de mitmas quitos o huamachucos que le brindarían apoyo en base al principio de la reciprocidad andina y el sentimiento de hermandad con los miembros de la comunidad de origen.

Debió sobreponerse al pánico en las ocasiones en las que estuvo cerca de los colonizadores europeos: altos, de piel blanca, déspotas y crueles con los nativos, y premunidos de armas poderosas. Decir de manera clara y fuerte: «Soy un chasqui» fue la clave para no ser una víctima. Luego de pasar Cajamarca no había presencia española.  Atravesando aproximadamente mil doscientos kilómetros en cuatro lunas Pumaqhawa pudo llegar a Quito. El general Rumiñahui organizaba la resistencia contra los hispanos. 

Pumaqhawa conocería en su caminar a muchachos esperanzados como él en expulsar a los foráneos. En medio del caos, la ambigüedad, la desesperación, la acefalía y el oportunismo Rumiñahui había reorganizado un ejército de alrededor de doce mil hombres para enfrentar a las huestes españolas y sus aliados indios. El general rebelde había sido reconocido por los parientes más cercanos de Ataw Wallpa, por los altos jefes del ejército quiteño, muchos curacas, los líderes de las naciones locales y por los mitimaes.

Sin embargo, Pumaqhawa volvió a sentir que se le cerraban los caminos sin saber por dónde continuar: tras recibir del general Cusi Yupanqui el cuerpo momificado de Ataw Wallpa, Rumiñahui había hecho matar a dicho pariente y a toda la familia real, sustrajo y escondió los tesoros reales e incendió la ciudad de Quito antes de que fuera tomada por los conquistadores que se aproximaban a esta región del imperio. No se sabía si Rumiñahui representaba la resistencia o quería tomar para sí el poder en esta parte del imperio. Además de recabar y trasmitir información el adolescente no cesaba de indagar por su padre. Le llamaba la atención que entre los soldados que habían terminado su servicio militar no hubiera quien lo mencionara. En una oportunidad un militar le dijo que había visto a Orqo Wuaranga hacia cerca de un año.

Acopió fuerzas en sus recuerdos familiares y en el significado de su nombre, con el sigilo del puma debía hallar los rastros de los hechos o de las grandes verdades. Decidido avanzó hasta Tiocajas en donde el ejército de Rumiñahui se aprestaba a enfrentarse a las huestes del español Sebastián de Benalcázar. Once mil indios cañaris que nunca aceptaron el dominio inca apoyaban al conquistador. Venciendo todos sus temores participó como asistente civil en la batalla que resultó un desastre para la resistencia nativa porque Tucomango, curaca de la etnia Latacunga delataría los movimientos militares de los rebeldes y, además, por la erupción del volcán Quilotoa. No vio o supo de su padre, pero Pumaqhawa se enteró de que los rebeldes se replegarían hacia la región de los Sigchos. Ayudando a transportar heridos, pasando hambre y frío, sin el tradicional apoyo a su ejército porque la población había sido diezmada y con la amenaza latente de un ataque de los cañaris por distintas rutas, los prófugos fueron llegando a la accidentada región del Pujilí. A ella también habían escapado algunos sobrevivientes del ejército de Ataw Wallpa y los heridos de algunas escaramuzas previas entre los hispanos y las huestes de Rumiñahi.

Pumaqhawa indagó sin éxito varias semanas en esas alejadas y accidentadas tierras agrícolas. Una mañana al bajar de un cerro tras extraer chaco le ofreció un poco de la arcilla medicinal a una anciana. Esta le contó que hacía un año, desde una loma en la que recogía leña, vio pasar un séquito inusual en tan apartado y accidentado lugar: cargadores de un anda de un gran señor, mujeres jóvenes y ancianas dedicadas al servicio de los templos, princesas, servidores y militares protegiéndolos. «¿Un gran señor? ¿Quién podía ser? ¿Habrían proclamado aquí un nuevo gobernante? Manco Inca gobernaba desde el Cusco en el sur del imperio. Quizás se tratase de la efigie de un mandatario o de su momia sagrada» pensó el muchacho. La anciana le mostró también, un poco más adelante al borde del camino un diagrama realizado con algo filoso en una roca. Era una línea diagonal que atravesaba un pequeño volcán en inmediaciones de un lago. 

Pumaqhawa reconoció un mapa en la roca. Él se hallaba en el extremo este del gráfico. Avanzando por la línea hacia el poniente estaba el volcán Quilotoa y tras atravesarlo la línea continuaba en la misma dirección. Recordó las líneas imaginarias llamadas ceque que unían lugares sagrados en la religión autóctona. El volcán Quilotoa era una divinidad, él había visto que se le hicieron ofrendas antes de la batalla de Tiocajas. Este gráfico representaba un ceque. ¿Qué otros lugares sagrados unía? Decidió ir hacia el poniente pues era la dirección que tomara la comitiva que vio la anciana, y aquí, en la región Pujilí no había hallado nada relacionado a su padre.

Después de casi tres años de sobrevivir aplastado por la angustia y el desarraigo, atravesó una pequeña región agrícola llamada Machay. Fue en ella donde volvió a experimentar el antiguo sentimiento de comunidad. Silenciosos y tristes, hombres y mujeres de distintas edades y castas le dieron cobijo y alimento con sus precarios recursos. Poblaban Machay soldados que habían huido, mitmas afines a Ataw Wallpa, parientes y miembros de la nobleza refugiada en esta zona montañosa, servidores, etnias de antigua presencia Pumaqhawa recordó lo que alguna vez le dijera el viejo Pushaq. Machay significaba el lugar de origen simbólico de una nueva dinastía, de una nueva familia a la que un gobernante muerto daba origen. Gracias a su anciano amigo también sabía que, en un machay no descansaban los restos del mandatario fallecido. Debía seguir buscándolos. Quizás su padre era parte del resguardo militar de la momia real. Nadie parecía saber dónde buscar.

Una noche de insomnio el muchacho volvió a sentir que le inundaban la rabia y la tristeza.  Recordó que Pushaq le había mostrado un puente sobre el Hatun Mayo. En él no había podido retener a Illateqsi, una bella adolescente traída desde Leymebamba, quien se lanzó al caudaloso río al no aceptar ser por lo que le quedara de vida una de las esposas de la momia de un gobernante que residía en el Cusco. Como todo ancestro progenitor tenía bienes, esposas, servidores y participación en las festividades y consultas políticas. Los restos momificados y su lugar sagrado de “residencia” se denominaban mallqui. Con lágrimas en los ojos Pumaqhawa agradeció a la joven cuyo nombre cobraba significado más allá de su muerte. Origen de la luz se llamaba y le había iluminado al orientar su búsqueda hacia un mallqui donde estuviera la momia de Ataw Wallpa… y quizás su padre.

Unos niños pastores le dieron referencias precisas dónde hallar un mallqui. Una madrugada al despuntar el sol el adolescente se levantó del improvisado lecho de ramas en una cueva en la que había pernoctado. Con el corazón latiéndole aceleradamente vio en la hondonada próxima sembríos de tierra cálida y un asentamiento humano. Era el lugar sagrado que buscaba: el mallqui de Ataw Wallpa.

 La muerte no es el final, es continuidad dentro de la totalidad de espacio y tiempo. Nuestros ancestros nos enseñaron que hay que morir bien: ser bien atendidos en la muerte y después de ella. A pesar de los tiempos convulsos atendimos, celebramos y despedimos a nuestro señor con todo lo que necesitará. A pesar de la violencia e insania me siento atendido, celebrado y despedido con todo lo que necesitaré: has llegado hasta mí, hijo mío, lograste ser la persona que tu familia y la comunidad esperaría que seas. Con su muerte nuestro señor Ataw Wallpa ha dado origen a una familia noble. Mi muerte, gracias a ti, es el origen de una noble familia, de un hombre nuevo, de un tiempo nuevo —dijo Orqo Huaranga, ciego y enfermo. Unos minutos después expiró en brazos de su hijo mayor.

martes, 19 de julio de 2022

Reseña: «La anomalía», de Hervé Le Tellier

Esta novela de Le Tellier, ganadora del prestigioso Premio Goncourt, se inspira en la teoría científica surgida hace pocos años según la cual vivimos dentro de una simulación de computadora. 

Como sabemos, los humanos hemos creado mundos simulados, tanto en los videojuegos como para realizar investigación científica. Con el desarrollo actual de la inteligencia artificial no sería imposible crear simulaciones en las que seres inteligentes, sensitivos y conscientes, se desarrollaran convencidos de estar vivos. Por tanto, ¿qué impediría que una civilización miles de años más avanzada que la nuestra creara en una simulación de laboratorio un universo entero y en él un planeta con cerca de ocho mil millones de seres humanos convencidos de que lo que los rodea es la realidad y no un mero experimento? Nada. 

En esto se basa Le Tellier para crear una historia en que, al parecer, un día se presenta una anomalía en la simulación (una anomalía que delata la simulación) y un avión con más de doscientos pasajeros que aterrizó en Estados Unidos en marzo, vuelve a aparecer y aterrizar en Estados Unidos en junio, con los mismos pasajeros, convencidos de estar en marzo. 

Dicho esto, acerquémonos ahora a tres aspectos de esta obra respecto de los cuales podemos aprender como escritores. 

1- El inicio: 

Si queremos que nuestro lector siga leyendo más allá de la primera página es en extremo importante atrapar su atención en la primera línea. He aquí la oración con la que empieza la novela “La anomalía”: 

“Matar a alguien no es nada del otro mundo”. 

¿Les provoca seguir leyendo?  Yo me devoré el libro en unas horas, pero juzguen por ustedes mismos. 

2- La descripción: 

En la novela del siglo XIX era frecuente que el autor detuviera las acciones para realizar extensas descripciones de lugares y personajes. En el siglo XXI, en cambio, el canon literario recomienda realizar las descripciones sin detener la acción, ¿por qué? Sencillamente porque eso es lo que, por la influencia del cine, prefieren los lectores de hoy en día. Veamos cómo realiza Le Tellier una de sus muchas magistrales descripciones: 

“(…) es un hombre achaparrado, sin edad, con unas enormes gafas de sol Aviator, que se abre paso con agresiva fluidez entre coches y camiones, franqueando la línea continua sin miedo a las decenas de vehículos que se le vienen encima. Su avance incólume a través del oleaje tiende al milagro, pero para algo lleva pegado en el manillar un buda de plástico translúcido”. 

Si leen con atención, notarán que hay una descripción física (“es un hombre achaparrado, sin edad, con unas enormes gafas de sol Aviator”), una descripción psicológica (“se abre paso con agresiva fluidez … sin miedo”) y del escenario ("entre coches y camiones… decenas de vehículos que se le vienen encima… lleva pegado en el manillar un buda de plástico translúcido"). Y todo en apenas cuatro líneas y sin detener la acción en ningún momento. 

3- Por último, un elemento del que como escritores tenemos mucho que aprender de Le Tellier, es su construcción psicológica de los personajes. 

Como dijimos, en la historia surge un segundo avión con los mismos pasajeros que viajaban en el primero, es decir, de pronto hay algo más de doscientas personas en el mundo cada una existiendo dos veces en paralelo. 

Llegado el momento cada una se encontrará con su doble, y la forma en que reaccionarán será muy distinta en cada caso. Las reacciones cubrirán un amplio espectro, desde quienes sentirán inmediata empatía con alguien que piensa igual y siente lo mismo, a otros que, en cambio, ante la misma experiencia, los embargará un fuerte rechazo. Y en cada caso veremos que lo que sienten, piensan, hacen y dicen los personajes cuando se encuentran con su doble, es plenamente verosímil y está por completo fundamentado en la construcción psicológica previa que de estos personajes ha realizado el autor. Es decir, tal como fueron construidos, los personajes en cada caso no hubieran podido reaccionar de otra manera. 

Esto que hace Le Tellier (una caracterización diferenciada y bien fundamentada de los personajes) no solo es importante, sino que no resulta tan sencillo cuando, como en “La anomalía”, estamos ante un numeroso grupo de coprotagonistas. Y es todo lo contrario del típico error de los escritores principiantes (error del que debemos huir como si de la peste negra se tratase), que consiste en poner en cada personaje tanto de nosotros mismos que al final todos se terminan pareciendo entre sí. 

Por último, luego de una contundente crítica a varios líderes políticos (Emmanuele Macron, Xi Jinping y Donald Trump), el gran final de la novela nos deja pensando sobre la fragilidad de nuestra existencia.

Editorial

Nos renovamos.

Luego de 12 años y tras alcanzar más de 150,000 lecturas, nuestra revista se renueva. Hoy iniciamos una nueva etapa. 

No solo hemos modificado el nombre de la revista (que ahora lleva el mismo nombre de la editorial que desde hace muchos años publica los libros de los alumnos de nuestro taller online de narrativa). Hasta ahora nos hemos dedicado exclusivamente a albergar en la revista cuentos de escritores de todo el mundo hispanohablante. A partir de hoy, además, la revista incluirá reseñas de obras literarias y entrevistas a escritores.

Pero no serán reseñas y entrevistas comunes, sino pensadas para ustedes que son escritores. Reseñaremos libros enfocándonos en qué podemos, como escritores, aprender del texto objeto de la reseña. Realizaremos entrevistas intentando indagar, con renombrados cuentistas y novelistas, cómo lograron crear sus obras maestras.

Esperamos que lo disfruten.

viernes, 1 de julio de 2022

Avisos nocturnos

Amanda Castillo

 

Aura María se levantó muy temprano a pesar de la mala noche que había pasado. De nuevo una inquietante pesadilla se apoderó de ella mientras dormía. Todo empezó siendo muy niña, soñaba que un hombre la perseguía con un cuchillo, ella corría con todas sus fuerzas hasta que lograba llegar a un pasadizo oculto entre la maleza, al pie de una enorme roca, el cual conducía a una cueva dentro de la misma. La sensación de terror que sentía durante sus espejismos, la falta de sueño y la angustia sufrida toda la noche, la dejaban en una lamentable condición que la acompañaba al siguiente día y como resultado de ello, su estado de ánimo era susceptible e irritable.

Después de vivir el mismo sueño cada noche durante años, Aura María había llegado al máximo nivel de desespero y se preguntaba si algún día podría superar aquella tortura que la atormentaba desde que tenía memoria.

A pesar de su juventud, se percibía a sí misma como una persona mucho mayor, amargada y de pocos amigos. Ni siquiera en su vida universitaria había logrado interactuar con más personas de las estrictamente necesarias.

Con el paso del tiempo   y a medida que leía diferentes explicaciones sobre el significado de los sueños, empezó a sospechar que algo en ella no estaba bien. En especial, intuía que aquella recurrente pesadilla debía tener un trasfondo que no lograba descifrar. Cuando su madre vivía, ella la consolaba con abrazos y mimos, dándole explicaciones banales sobre lo que le sucedía mientras dormía, pero ya ni siquiera contaba con ese alivio momentáneo. Ahora los sentimientos de soledad y tristeza formaban parte de su día a día.

Después de la muerte de su madre, no pudo seguir pagando sus estudios de literatura, y buscó trabajo como mesera o expendedora de tiendas de ropa, ya que en estos lugares podía trabajar por turnos, y el resto del tiempo lo dedicaba a tomar clases de baile. Había decidido retomar este sueño, el cual se había truncado por presión de su progenitora, quien veía este oficio como superficial y sin futuro para su hija, pero en realidad a la madre le avergonzaba que, en su condición de maestra, este aspecto de su hija fuera mal visto por las monjas del colegio donde ella había enseñado por más de treinta años educación religiosa y moral.

Aura María hacía un gran esfuerzo por conservar su trabajo como mesera en el restaurante de comida mexicana. Llevaba tres meses en el sitio y la trataban bien, sin embargo, ya empezaba a sentirse incómoda. Desde que llegó a la ciudad había tenido un sin número de empleos temporales, de los cuales se aburría con facilidad y cuando llegaba a este punto, siempre cometía un error de manera voluntaria para que la despidieran y así no tener que despedirse ni dar explicaciones.

Fue en uno de sus peores días, cuando aquel hombre visitó el lugar por primera vez. Era alto y muy atractivo pese a su edad, su cabello color ceniza combinaba perfectamente con el tono bronceado de su piel. Se sentó en una de las mesas con vista al mar. La fresca brisa de la marea, el vaivén de las palmeras y las aves revoloteando alrededor de los chinchorros, formaban un espectáculo digno de admirar.  Aura María se acercó de manera rápida hacia el recién llegado para tomar su pedido.

—Buenas tardes, señor.

—Buenas tardes —respondió el hombre, mientras se quitaba las gafas oscuras y la taladraba con la mirada.

Al ver los ojos de aquel hombre, ella sintió un vuelco en el corazón. Quedó paralizada por la sorpresa y creyó tambalearse a causa del temblor en sus piernas, mientras un sudor frío corría por su frente.

—¡No puede ser!, ¿usted es real?

La chica deseó salir corriendo del lugar, estaba aterrada, sin saber qué hacer y qué decirle al protagonista de sus pesadillas. No tenía ninguna duda, se trataba de él. El hombre que la había perseguido durante años, noche tras noche mientras dormía.

La voz de aquel hombre la sacó del letargo en que se encontraba:

—¿Qué le sucede, señorita?

Aura María lo miró fijamente y de manera inesperada, los recuerdos irrumpieron como una cinta de película que corre a toda velocidad en milésimas de segundos.

Su estado de turbación era tal, que no logró pronunciar palabra alguna. Su mente divagaba.

Él volvió a hablarle:

—Disculpe, ¿qué le pasa?, ¿me toma el pedido?

A pesar de su confusión, la muchacha recobró la compostura y respondió pausadamente:

—¿Qué desea pedir, señor?

Tomó la orden y se dirigió al mostrador. Una vez hubo solicitado el pedido se fue al baño para tranquilizarse y tratar de entender lo que estaba sucediendo. Necesitaba una explicación y quizá de esta manera podría exorcizar sus demonios y por fin comprender la oscuridad que cubría su vida.

Cuando fue la hora de llevar el contenido solicitado por el cliente, ella no dudó en hablar con él:

—No lo conozco, pero llevo veinte años de mi vida soñando con usted. Lo veo perseguirme con un cuchillo en su mano e intenta asesinarme, cada vez que está a punto de hacerlo me despierto gritando como loca.

El hombre quedó atónito, guardó silencio por varios segundos hasta que se atrevió a preguntar:

—¿Qué? ¿Usted me está diciendo que sueña conmigo? ¿Por qué está tan segura que soy yo la persona de sus sueños?

—Su rostro es imposible de olvidar. Lo he visto toda mi vida.

—No comprendo, ¿me puede explicar?

Ella lo hizo de manera seca y breve, sintiendo una mezcla de rabia y miedo al mismo tiempo.

—¿Pero usted me había visto antes en algún lugar de esta ciudad?

—No señor. No soy de aquí, llegué hace algún tiempo.

Aquel desconocido fijó la mirada en un punto indeterminado y se quedó callado por varios e interminables segundos, absorto en sus pensamientos. El rostro de aquella muchacha le era familiar, aunque no sabía exactamente donde la había visto antes.

—Los dos necesitamos explicaciones —dijo por fin—. Quizá debemos conocernos más a fondo para descubrir por qué aparezco en sus sueños.

Aura María, aunque un poco temerosa, estuvo de acuerdo con aquel hombre desconocido en apariencia y de común acuerdo decidieron conocerse mejor.

—Soy Horacio Santacruz, a sus órdenes.

—Aura María.

 Desde ese día él acudía con frecuencia al restaurante y sostenían cortas conversaciones, generalmente relacionadas con asuntos cotidianos. Él era un hombre educado y respetuoso. Tenía alrededor de sesenta años y una expresión de amargura en su rostro lo acompañaba siempre. A medida que pasaba el tiempo, el temor inicial de la muchacha fue disminuyendo, a pesar de que las pesadillas nocturnas no desaparecían de su vida.

Una idea había empezado a incrustarse en su mente. Quizá esta sería la única manera de liberarse de su tortura. Debía investigar más sobre su nuevo amigo. Así que hizo los ajustes necesarios en su trabajo y sin dudarlo un día le dijo que la invitara a conocer su casa, estaba convencida de que nada de lo que estaba sucediendo era casualidad, y que según había leído, en la mayoría de las ocasiones los sueños se relacionan con situaciones del pasado o del futuro de las personas.

El día acordado llegó y la chica se dirigió a la dirección que el hombre le había dado. Tenía curiosidad por conocer a su familia y saber mucho más de su vida. La casa de él era lujosa y estaba ubicada en el mejor sector de la ciudad. La muchacha observaba con detenimiento la decoración de la sala y las obras de arte que pendían de las paredes.

Luego de sentarse cómodamente en uno de los sofás, él la invitó a un café y le pidió que lo esperara un momento mientras traía algo que le quería mostrar.

Aura María seguía explorando visualmente el recinto hasta que sus ojos encontraron una imagen que la sacudió. De inmediato se puso de pie y ya no tuvo control sobre sus emociones. El miedo se apoderó de ella y desencadenó sus instintos más primitivos, sin dejarle mayor posibilidad de reflexionar. La chica fue presa de una terrible confusión mental, al ver en una de las paredes una réplica exacta de la foto en blanco y negro que conservaba de sí misma siendo niña. Como era de suponerse, su reacción no se hizo esperar. Entró en pánico: su corazón latía con fuerza, sus grandes ojos negros parecían desorbitados, su mirada se trasladaba de manera muy rápida de un lugar a otro, con en búsqueda de algo. Por su mente pasaron las peores ideas: Le habían tendido una trampa.

 Cuando él regresó, la chica le increpó con voz temblorosa:

—¿Quién es usted? ¿Qué quiere de mí?

—¿Dime qué te sucede? ¿De qué se trata, podrías explicarme por favor?

—¿Por qué tiene una foto mía? ¿Qué me va hacer?

Al ver su reacción, él intentó acercarse tratando de encontrar explicaciones a lo que estaba sucediendo. Por alguna razón desconocida, sentía cierta afinidad con la muchacha y una extraña necesidad de protegerla.

—No lo sé, estoy tan desconcertado como tú.

—Claro que lo sabe, por eso me buscó en el restaurante y logró traerme hasta aquí.

—¡¡Nooo!! ¡¡Noooo!! Estás equivocada. Llegué a ese sitio por casualidad.

—¡¡Mentiroso!!

—Desde que te vi me recordaste a alguien, por eso quise conocerte para descubrir quién eras. Ahora creo que lo sé. —Él se aproximó, y la muchacha dio un paso atrás.

—No se me acerque —le dijo con un tono amenazante.

—Créeme, no voy a hacerte daño.

—¡No confío en usted!

—Déjame explicarte por favor, y al decirlo, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta para sacar algo.

Ella aterrada e imaginando un ataque corrió hasta la cocina. Tomó un brillante y afilado cuchillo que estaba sobre el mesón de mármol italiano. Su mente obnubilada lo vio caminar de prisa hacia ella y extender el brazo con intención de tocarla. Aura María, con el rostro desencajado y bañado en lágrimas, se hallaba descontrolada. El sueño ahora era real, tenía al hombre de sus pesadillas frente a ella.

Horacio, creyéndola más calmada se le acerca decididamente, extendiendo sus brazos para abrazarla. Ella lo esperó inmóvil, él tomó su rostro entre las manos, la muchacha imaginó que la intención del hombre era estrangularla, entonces emitió un ruido fiero y sacó el puñal que ocultaba en la parte posterior de su pantalón, lo empujó con todas sus fuerzas y se lo clavó a la altura del abdomen. Horacio Santacruz tambaleó hasta caer de rodillas, levantó su rostro y la miró incrédulo, mientras sostenía el mango del cuchillo entre sus ensangrentadas manos.

Murmuró con dificultad ahogándose con su propia sangre:

—Te que… rí…a… expli…car. Esa …es… la fo…to de... la... la hija que aban... doné ha... ce años. La he... bus... ca... do por... mu... cho... tiem… po.

De su boca salió un chorro de sangre espesa y brillante. Su cuerpo se dobló hacia un lado y tocó el suelo. Sus ojos estaban desorbitadamente abiertos. Mientras agonizaba, estiró el brazo y de su mano inerte cayó un relicario con forma de corazón, dentro contenía las fotos de una pareja. Aura María lo tomó por instinto. Se sintió morir. No cabían dudas. La joven mujer de la fotografía era su madre.

La muchacha emitió un grito desgarrador, aún al borde del desmayo tuvo fuerzas para correr en busca de ayuda.

miércoles, 29 de junio de 2022

La otra mitad del pan

Manuel Quezada


Antes que saliera el sol, la madre luchaba contra el tiempo para hacer el desayuno de sus dos hijos quienes corrían en plena maratón de la cama al baño, a vestirse, peinarse y limpiar los dientes para luego tomar el desayuno. Era una competencia entre Gerardo y Jorge por ser el primero en llegar a la mesa; mientras la mamá revisaba en la cocina y la refrigeradora lo que pudiera estar disponible hasta encontrar al menos dos huevos, un poco de frijoles, crema y panes. De lo que encontraba siempre tocaba la mitad para cada hermano. Una vez listo, distribuía todo en dos platos y de lo que no había que preguntar era qué se desayunaría porque siempre era lo mismo. Una vez en la mesa los adolescentes recibían una cantidad similar de comida que nunca era suficiente para los comilones. La única incógnita era el pan. Ella no se había percatado del problema porque colocaba tres panes en la pequeña cesta envuelta en una blanca manta. Uno para cada uno, incluyéndola.

—Buenos días, mamá —dijo Jorge.

—Buenos días, mamá —dijo Gerardo.

Correspondía el saludo sin verlos por la amargura de quien se levanta temprano. Se prepara un café que sería su desayuno por la falta de tiempo, mientras su esfuerzo se enfocaba en preparar la comida de sus hijos.

—¡Coman! ¡Que para luego es tarde! —les dijo.

Cada uno tomó su pan, dejando el tercero en la cesta. Comían despacio porque aún no salían del sueño que les robaron por madrugar. Después de varios minutos y terminar de comer casi al mismo tiempo se miraron uno al otro.

—¡No me llené!

—¡Ni yo!

Nunca se llenaban. Ambos sabían que el mutuo objetivo estaba al centro de la mesa dentro de la pequeña canasta. Se miraron de nuevo y luego lanzaron su atención al solitario pan. Gerardo comenzó a estirar el brazo para tomarlo, quitó la manta que lo cubría y cuando Jorge se percató de la acción, lanzó un escupitajo que dio en el centro del pan. La saliva bajó por el redondo ser de harina hasta cubrirlo. El brazo se detuvo y su cara denotó una inmediata rabia.

—¡Hijo de puta!

—¡Tengo hambre!

—¡Yo también, pendejo!

A los pocos minutos, la madre volvió a la escena y les dijo que debían salir antes de que el bus los dejara y llegaran tarde a la escuela y ella al trabajo. El silencio invadió a los hermanos y la obediencia los empujó a levantarse rápido.

A la mañana siguiente la rutina no hizo ninguna excepción como seres mecánicos programados de madrugada. Ella se levantó antes de las cinco de la mañana y buscó la cocina. El menú era el mismo, las raciones más limitadas para cuidar el presupuesto y llegar hasta el día de pago. Muy poco de huevos, frijoles, y una cucharada de crema. Al centro volvió la cesta con la manta blanca. Los tres diminutos seres de harina fueron descubiertos cuando Jorge tomó uno. De inmediato se vieron y fue en ese instante que ellos despertaron plenamente al ver que solo quedaría de nuevo un solo pan. Ambos se veían después de cada porción de comida que se llevaban a la boca y masticaban procurando disimular el interés por el tercer pan solitario que emergía de la canasta. Poco faltaba por terminar de comer lo que había en sus platos cuando Gerardo, consciente de que se quedaría con hambre, extendió su brazo y el sonido del escupitajo atravesó el silenció de la cocina perturbando la atención de la madre.

—¿Qué fue eso?

—Nada —dijo Jorge—. Vete a bañar.

Gerardo mantuvo una mirada de desprecio hacia su hermano.

—No cambias y no cambiarás.

La madre dejó la cocina para correr al baño y vestirse. Volvió en menos de diez minutos, indicando la urgencia de salir de la casa para tomar el bus. La estrategia debía cambiar, pensó Gerardo. A la mañana siguiente, sin variar el guion, seguía la disputa por el tercer pan.

El día de pago se adquiría un poco de más comida. Era el día más feliz del mes para todos. Por la noche la madre le encargó a Gerardo que fuera a la tienda del barrio y comprara provisiones para la semana. Salió de inmediato. A los pocos minutos una ráfaga ensordeció a Jorge y su madre no dudó en reconocer el error que había cometido. Ella dejó la casa como un rayo y se dirigió en dirección a la tienda. Un temblor emergió del centro de su pecho y se apoderó de la mujer ante la certeza de que en el suelo estaba su hijo. Los miembros del ejército vieron a la madre lanzarse sobre el cuerpo reposado en un charco de sangre que brillaba por el reflejo de las luces de la calle.

—¡Señora, váyase, estamos bajo toque de queda!

—¿Cómo? ¿Qué dices?

No escuchó. No quería. No le importaba.

Las amenazas y los gritos de advertencia de los uniformados fueron ignorados. A penas la distrajo un perro que se acercó a la escena y se detuvo a un metro de ella. Sus ojos se dirigieron hacia los del perro y ese cruce de miradas fue un breve paréntesis que la contagió de la tristeza que provenía de los ojos adormilados del animal que luego agachó las orejas y comenzó a mover la cola.  Había olvidado a su hijo muerto hasta que los impacientes soldados volvieron a hablar, gritar, y la tomaron de sus brazos y le dijeron que le perdonarían la vida a cambio de que volviera rápidamente a su casa. No se logró de inmediato ante el ímpetu materno por lo sucedido, sino después de una tensa negociación y, de que ella entrara a una relativa calma. No se entendió nada en casa de lo sucedido.  

 

Después de varios años, y no poder olvidar aquella noche, Jorge mantuvo el hábito de salir de su cama a las cinco de la mañana hacia la cocina. La madre al escuchar sus primeros pasos deja la cama con dificultades para preparar el desayuno.  Sin fallar el manjar: huevos, frijoles, crema y tres panes. Alrededor de la mesa siempre las tres sillas. Él observa la vieja canasta con la manta que envuelve los panes. Toma uno y ella otro. Ambos comen con la mayor paciencia del mundo. Al finalizar ella se levanta con los platos sucios hacia el lavabo. Jorge se queda solo observando el pan en el centro de la canasta. Tras revisarlo en detalle coge un cuchillo con su mano derecha y lo atraviesa por la mitad exacta. La parte que no se comería la colocó dentro de la canasta y lentamente la empujó hasta dejarla frente a la silla de su difunto hermano. Se comió su mitad y al terminar se llevó su mano derecha al mentón. Bebió café para que le bajara el bocado de pan.

—Hijo, ya va siendo hora de ir a trabajar.

—Sí, mamá. Gracias por el desayuno.  

Se levantó de la mesa y justo cuando estaba a punto de dejar la cocina escuchó un escupitajo. Se detuvo, su mirada se perdió buscando algo en el recuerdo y dirigió su mirada a la silla de Gerardo.

—Perdón, hijo —dijo su madre.

Jorge sonrió.

viernes, 17 de junio de 2022

El artilugio mágico

Roberto Murcia


Era el mes de octubre del año 1950. La segunda guerra mundial recién había finalizado y aún se percibían en el ambiente residuos de ese conflicto bélico. Los países latinoamericanos, en el otro lado del atlántico, no participaron en ella de manera activa, sin embargo, el temor a que la misma se expandiera a la región hizo mella en el imaginario colectivo. Por fin las naciones se estaban recuperando de la magna conflagración.

Algunos edificios se erguían a los lados de la calle pavimentada y muchos transeúntes recorrían las aceras en medio del bullicio de los automóviles que circulaban en todas direcciones.  Dos chicas vestidas con trajes a la moda de dos piezas, chaquetas entalladas, faldas por debajo de la rodilla y zapatos de tacón alto, caminaban frente a la biblioteca pública; miraron hacia adentro sin decidirse a entrar y pasaron de largo.

El crepúsculo teñía el cielo con su paleta de matices rojos y pigmentos cálidos. El clima era tropical y húmedo. Un hombre de aspecto indígena se aprestaba a cerrar las puertas de la institución. Vestía un traje gris, camisa blanca y corbata. Mientras cerraba la puerta principal se detuvo a contemplar el hermoso espectáculo que se desplegaba frente a sus ojos. Su nombre era Anselmo, y debía rondar los cincuenta años. De estatura media y espalda encorvada, daba la impresión de haber vivido muchas experiencias. En el vecindario todos lo conocían y era apreciado por los habitantes de la zona por su trato educado con las personas. Vino a trabajar en la biblioteca hace mucho tiempo, nadie recordaba cuándo con exactitud. Los rayos del sol se filtraban entre sus pestañas y formaban un caleidoscopio de colores. Las sombras de los edificios se cernían sobre la calle cual si fueran seres irreales. El ruido de los autos contaminaba el tranquilo ambiente tanto como el humo que despedían. En la esquina, sentado en el piso, un pordiosero pedía limosna y algunos transeúntes presurosos caminaban rumbo a sus hogares. Los arreboles trajeron a su memoria el día del incendio. Afortunadamente, ese hecho infausto estaba enterrado en el pasado. Sus parpados se entrecerraron un poco y en su imaginación recordó sus inicios.

Anselmo nació y creció en la profundidad de la selva amazónica, donde la vegetación era omnipresente, en una comunidad autóctona cuyos miembros nunca habían establecido comunicación con la civilización. Despertaban con el alba y se dormían después del ocaso. Los ciclos naturales determinaban cómo vivían. Su nombre era Lorak, que, en su lengua, significa «rayo luminoso».  De niño salía junto a su padre y los demás varones de la tribu en busca de sustento. Su dieta básica consistía en pescado, que obtenían del río, y yuca, que extraían de la tierra. La caza de presas con arco y flechas, y la recolección de frutos e insectos, complementaban su alimentación.

Sus coterráneos eran conscientes de que cohabitaban con diferentes grupos humanos. En varias oportunidades tuvieron contacto con otros aborígenes, que en algunos casos fueron hostiles. También tenían conocimiento de la presencia de forasteros blancos —a los que denominaban urans—. Para estos no era fácil ni deseable internarse en la jungla, pues era necesario atravesar una espesa maleza poblada de peligros, serpientes venenosas, fieras y bichos ponzoñosos. En ocasiones abrían carreteras con la finalidad de ingresar con sus vehículos automotores, solo para enterarse, meses después, de que el follaje reinaba de nuevo en su lugar. Así que los ladinos no tenían motivos para acercarse. Pasaba lo mismo con los indígenas, sabían de la existencia de los extraños, pero lo que se decía no los animaba a establecer relaciones con ellos. Se afirmaba que provocaban incendios forestales de forma premeditada y mataban animales únicamente por el placer de hacerlo. Para los nativos la madre tierra era sagrada y no comprendían ese proceder. Ante tal crueldad no deseaban su proximidad.

Recordó el momento en que todo cambio. Fue un día como cualquier otro, salvo que, para él, nada volvió a ser igual. En esa ocasión llegó a la región un contingente de foráneos blancos y barbados vestidos con ropas diferentes a las suyas.  Los consideraron una fuente potencial de peligro, de manera que los vigilaron durante el tiempo que permanecieron en el sector. Decidieron no atacarlos a menos que mostraran intenciones hostiles. Cuando se marcharon, él era el encargado de velar el asentamiento. Al estar seguro de que no corría riesgo, bajó del ramaje en que se encontraba ubicado para inspeccionar el sitio del campamento. Las brasas de la fogata recién apagada todavía estaban humeantes. Restos de comida esparcidos por el terreno y un olor extraño, delataban su reciente presencia. Sobre el suelo, apelmazado, dejaron abandonado un misterioso objeto cuadrado cubierto por lo que parecía piel de animal oscura, aunque nunca antes había visto una así.

Se acercó, lo movió con su lanza, luego lo tomó con cuidado y lo llevó a su choza con su familia. Ninguno de sus familiares sabía lo que era. Tras deliberar, optaron por dejarlo en una ubicación alejada durante dos semanas por temor a que fuera un arma. Transcurrido ese lapso, y al comprobar que no representaba una amenaza, lo llevaron adentro y lo examinaron exhaustivamente. Al abrirlo se despegaban muchas hojas, cual si fueran corteza de árbol, una encima de otra. Su asombro fue mayúsculo al advertir que en cada hoja se observaban trazos oscuros e imágenes de cosas reales. Las voltearon para apreciar si se trataba de figuras sólidas, pero no era ese el caso. Deseaban saber para qué servía el artefacto inusual. Se reunió el consejo de ancianos a fin de discutir en torno al sorprendente hallazgo, y después de mucha reflexión, llegaron al consenso de que debía tratarse de un artilugio mágico para realizar algún encantamiento. Él se sintió tan admirado por su descubrimiento que pensaba sobre este de día y de noche, ya que, como él lo encontró, le pertenecía, y deseaba conocer su utilidad.

Una noche soñó que reposaba en un vasto campo verde. En el horizonte se miraba el sol que se ocultaba. De la nada surgió su artefacto. Él procuró tomarlo, sin embargo, cada vez que alargaba su mano, este se alejaba y no podía alcanzarlo. Luego de varios intentos se aproximó a un precipicio donde parecía que se encontraba por fin a su alcance. Se colocó sobre la punta de sus pies. Hacía falta un par de centímetros, por lo que saltó, pero falló en su propósito y cayó en el abismo. En ese momento se despertó.

Después de mucho discurrir acerca del asunto, llegó a la conclusión de que, si deseaba averiguar la utilidad del objeto, debía internarse en las tierras foráneas e investigarlo por sí mismo. Así que decidió aventurarse en el territorio desconocido para indagar de qué se trataba aquello. Antes de emprender la travesía pidió la opinión del chamán, este le dijo que, si se iba, su vida cambiaria por completo y no regresaría a vivir a su pueblo. No habría marcha atrás, resolvió abandonar la aldea a pesar de la incertidumbre. Partió al alba, río abajo, en una canoa.  Transcurridos múltiples días alcanzó el límite al cual los miembros de su tribu se aventuraban, un rápido que no se atrevían a cruzar. Le pareció distinguir una línea divisoria imaginaria que demarcaba su mundo de esta parte del afluente y la región indeterminada poblada de peligros a los cuales debería enfrentarse en el futuro. Ignoraba lo que encontraría, esto le causaba a la vez temor y excitación. El rumor del torrente y el canto de los pájaros era el único ruido que perturbaba el silencio de la selva. Su ojo habituado al paisaje divisaba los cocodrilos que descansaban sobre la rivera: Inmóviles, semejaban troncos abandonados que se confundían con el cieno marrón. Sabía que no intentarían atacarlo a menos que cometiera el error de introducirse en el agua. Navegó por el cauce con la paciencia que da la determinación. Por las mañanas pescaba peces y cangrejos y luego continuaba su curso; por las tardes buscaba un sitio donde pasar la noche, hacía una fogata y cocinaba la presa, que, junto con yuca dispuesta para el viaje, le servía de cena.

Pasó sin ser visto por diversos poblados indígenas, pero en el último fue alcanzado por una flecha que no logró extraer y le causaba mucho dolor. Sin fuerza para seguir, se tendió en la canoa y se dejó llevar por la corriente. Al día siguiente, en una vega, divisó una casa a un lado de la ribera. Era una vivienda muy diferente a las que ellos construían en su lugar de origen, con paredes sólidas y techo conformado por piezas anaranjadas, por lo que supo de inmediato que había arribado al territorio de los urans. Detuvo su diminuta embarcación, la fijó a un arbusto cercano a la orilla y se aproximó con dificultad. En un plano aledaño a la edificación, un hombre elaboraba tejas de barro —desconocidas para él en ese momento—. Era mayor, de unos cincuenta años, flaco de carnes, su cabeza cubierta con un sombrero viejo, la barba como musgo que cuelga de los árboles. Con el velludo torso desnudo vestía un pantalón corto. Con su cuerpo embarrado del limo con el que trabajaba se asemejaba a un animal silvestre. El forastero lo miró de pies a cabeza, y al observar la flecha que sobresalía de su pecho, le preguntó:

―¿Te encuentras bien? —No entendió lo que este le decía. Más tarde él se lo explicó.

Por un momento pensó en huir, pero la lesión lo había debilitado y sabía que no podría continuar mucho más. Ya que no conocía su idioma, no contestó nada. Él volvió a interrogarlo.

―¿No hablas español?

Él expresó en su propia lengua: «Naki ma antani», que significa: ¿Puedes ayudarme? El obrero se quitó el sombrero y secó el sudor de su frente con el antebrazo derecho, una de las pocas partes limpias de su cuerpo. Con una señal de la mano, le indicó que se acercara. Lorak cayó al suelo sin fuerza. El hombre lo levantó, lo ubicó dentro de su choza, curó la laceración y le dio de comer. Permaneció postrado con fiebre durante varios días hasta que la herida sanó.

Cuando se hubo recuperado, colaboró con su bienhechor en el trabajo habitual. Este le señaló un montículo de tierra húmeda como indicándole que le ayudara. Lorak lo emuló. Primero tomaba el material, lo colocaba y esparcía sobre un tablero de unos dos centímetros de grosor. Después, extraía la capa de barro y la fijaba encima de un molde curvo para darle la forma, y a continuación lo dejaba secarse al sol. Una vez secas las tejas, las trasportaba hasta un horno de leña en el que se cocinaban durante tres días. 

Con el paso del tiempo descubrió que el hombre se llamaba Andrés y aprendió de él las primeras palabras en el idioma extranjero. Vivía en una edificación de una sola estancia en la que descansaba en una cama de paja improvisada en un rincón. No tenía esposa o hijos. Vendía el producto de su trabajo a los pobladores que habitaban la comarca. Con el dinero que obtenía por la venta de las tejas compraba víveres, herramientas y materiales.

Cuando mejoró su conocimiento de la lengua extranjera conoció la finalidad del artefacto encontrado. Andrés le explicó que lo llamaban libro y estaba lleno de información escrita en sus páginas, pero no sabría decirle con exactitud qué contenía porque no podía leer. Lorak le expresó su interés en aprender lo necesario para entender que decía. Entonces Andrés le dijo que el único en los alrededores que leía de manera solvente era el cura, quien vivía río abajo. Si así lo deseaba, hablaría con él para preguntarle si estaba en disposición de enseñarle.

A la mañana siguiente fueron a verlo. El sol brillaba en toda su plenitud en un cielo limpio. Por el camino de tierra que se dirigía hacia el pueblo se encontraron algunos vecinos que los saludaron al pasar. Hallaron al religioso en el patio de la casa cural mientras caminaba entre los árboles frutales. Era un varón mayor, de más o menos sesenta años, barriga abultada de comedor impenitente, cabeza calva en la parte superior y cabello negro corto en las sienes y en el área occipital, usaba lentes negros y una sotana marrón con un cordón blanco alrededor de la cintura. Al verlos en la entrada, les hizo señas de que se acercaran.

―Buenos días, padre Gregorio ―dijo Andrés, mientras se quitaba el sombrero y lo sostenía sobre su pecho.

―Buenos días, hijo. Pasen adelante. ¿Qué se os ofrece? –preguntó el sacerdote mientras se aproximaba a ellos.

―Mire su merced, este es un amigo mío. Hace tres meses salió de la selva. No entendía el español. Ahora habla un poco. Él encontró un libro y quiere aprender a leer para entender lo que dice.

―¡Santo Dios! ―exclamó el cura mientras abría los ojos y entornaba sus cejas― ¿Qué historia es esa que me contáis? He escuchado diferentes motivos para iniciarse en la lectoescritura, sin embargo, esto me parece en verdad bastante inusual. ¡Así que recién ha salido de la selva! Pues qué bueno que tiene disposición para el aprendizaje.

―Bien, como yo nunca aprendí y el único conocido que sabe leer es usted. Lo he traído por si su merced le hace el favor de enseñarle —expresó Andrés a manera de petición.

―Has hecho bien, hijo, yo tengo tiempo libre y podré enseñarle. Lo único es que él debe tener la disposición para venir con regularidad a fin de que yo pueda instruirlo.

―Yo puedo venir ―intervino Lorak, quien durante todo el diálogo no se perdió un detalle, y aunque no entendía todas las palabras, comprendió lo que decían.

―Bien, entonces no se diga más y comenzaremos hoy mismo si tienes tiempo.

―Sí, tengo.

El aprendizaje no fue fácil. Al principio era incapaz de tomar un lápiz y utilizarlo de forma correcta, lo agarraba cual si fuera un puñal con la punta hacia abajo. No entendía por qué motivo debía cogerlo de una manera tan extraña. Se le dificultó reproducir el alfabeto sobre el papel, pues sus garabatos eran indescifrables. Las letras las asocio con animales u objetos similares propios de la selva, por ejemplo: la o era una tortuga, l una serpiente, m una montaña. Así, Lorak aprendió a leer y escribir. Iba con regularidad a sus clases y los domingos asistía en compañía de Andrés a la misa que el padre Gregorio oficiaba, a la que concurrían los vecinos de las aldeas cercanas. Poco después se convirtió a la religión católica y fue bautizado con el nombre Anselmo, en honor de un santo, y el sacerdote le dio su apellido, Andrade.

Por fin logró identificar el contenido del misterioso artilugio encontrado, se trataba de las sagradas escrituras versión Reina-Valera, cuyas ilustraciones los sorprendieron a él y a sus familiares. Si bien el párroco no estaba de acuerdo con que leyera una biblia evangélica, y le propuso otros textos, no consiguió hacerlo desistir en su empeño por escudriñar el libro en su posesión, por el que afrontó tantos peligros, así que este se resignó a dejarlo hacer su voluntad. En una de las imágenes aparecía una mujer sentada sobre una bestia con varias cabezas coronadas. El padre Gregorio le aclaró que esa era una representación simbólica y no un animal real. Le impactó en particular la historia de la crucifixión, por su crueldad, que lo hizo reflexionar acerca de la maldad de algunos hombres. El sacerdote le ayudó a comprender aquellas cosas que le resultaban extrañas y le enseñó a buscar los términos desconocidos en el diccionario Pequeño Larousse Ilustrado. La lectura fue muy lenta, pues desconocía muchas palabras. Leyó toda la biblia, deteniéndose con paciencia en cada párrafo, hasta que la finalizo después de más de dos años de duro trabajo.

A continuación, quiso saber más y comenzó con los libros que el cura le facilitó de su colección personal. Tenía la virtud de recordar todo aquello que leía con admirable exactitud, por lo que era capaz de repetir los hechos con precisión y referirse a ellos al ser interrogado. Conoció los clásicos de la literatura universal de la mano amiga de su maestro. El Quijote fue el primero que le proporcionó, cuyo personaje principal le recordó a su amigo Andrés, puesto que se lo imaginaba delgado, seco de carnes, enjuto de rostro, nariz aguileña —ya que así lo describe el autor—, y larga barba canosa. Se lo figuraba luchando contra molinos de viento, los cuales, aunque no había visto nunca en persona, podían apreciarse en una de sus ilustraciones. Se miraba a sí mismo en el papel de Sancho Panza, intentando acercar a su amo a una cordura siempre huidiza. Admiró la valentía de D’Artagnan y sus mosqueteros, lloró las desventuras de Romeo y Julieta, disfrutó las batallas heroicas de La Ilíada de Homero.

Con el paso de los años dio cuenta del material impreso de que disponía su mentor: desde himnarios, catecismos, novelas famosas, todo cuanto cayó en sus manos. Leía hasta la última letra, de principio a fin, incluyendo los prólogos, índices e información de impresión. Transcurrieron varios años, durante los que no cesó en su empeño formativo. Cuando hubo acabado con las lecturas de la parroquia se sintió deprimido, pues no contaba con más libros para satisfacer su creciente curiosidad. El padre Gregorio, al verlo en ese estado, le sugirió:

Según veo, hijo, no hay más lecturas para ti aquí y eso te hace sentir mal. En mi opinión lo mejor es que vayas a una ciudad donde haya una biblioteca y así puedas continuar con lo que, al parecer, es tu vocación. Como eso es lo único que en realidad deseas, me daría pena que no continúes tu educación, pues nunca conocí a alguien tan interesado en aprender como tú. Puedo darte una recomendación para un sacerdote amigo, al cual ya le he hablado de ti en otras ocasiones. Él estará dispuesto a ayudarte hasta que seas capaz de mantenerte por ti mismo.

Anselmo le agradeció al sacerdote por la ayuda brindada y luego de unos días partió hacia la ciudad. Antes se despidió de Andrés, quien comprendió que Anselmo debía irse por su propio bien. «Volveré, le dijo, y estaré agradecido contigo toda la vida».

Llegó después de un largo viaje entre maletas y gallinas en un camión al que le habían construido una carrocería de madera para trasportar personas. El periplo, acaecido en temporada de lluvias, discurrió por caminos de tierra. El cieno salpicaba a los pasajeros cada vez que el automotor caía en un charco. La ciudad le pareció enorme, acostumbrado como estaba a los pequeños poblados del interior. Era un mundo muy diferente a aquel en que había vivido. Le maravilló el hacinamiento, pues muchos habitantes residían en un espacio reducido, las viviendas se encontraban pegadas unas a otras, sin margen de separación, formaban cuadras delimitadas por calles por las que caminaban los peatones o carros, los árboles eran escasos y, salvo algunos perros callejeros, era notoria la ausencia de animales salvajes o domésticos típicos de las aldeas.

El cura en cuya parroquia fue a vivir se llamaba Marcos. Era alto, de cabello negro de cuervo, taciturno, de pocas palabras, siempre usaba zapatos negros relucientes que hacían juego con el color de sus cabellos y sus ojos. Al contemplar a Anselmo cubierto de lodo seco, le dijo: «Hijo, pareciera que vienes saliendo de una zona de desastre». En lo sucesivo él le solicitaba que hiciera labores domésticas, mandados y reparaciones menores. En su tiempo libre asistía a la escuela nocturna para adultos y leía cuanto podía en la biblioteca pública local que no se encontraba lejos de la casa cural donde vivía. Solía pasarse interminables horas consultando un tomo tras otro, hasta que el encargado, al admirar su pasión por instruirse, le ofreció trabajo haciendo la limpieza. Esto le permitió continuar su labor con mayor facilidad, ya que ahora habitaba una pequeña habitación en el mismo establecimiento. Durante el día venían alumnos de las escuelas a solicitar algún volumen, para elaborar sus asignaciones, quienes lo observaban con detenimiento debido a la apariencia indígena que nunca lo abandono por completo, el acento con que pronunciaba el español —que delataba el hecho de no hablar el idioma desde su infancia—; su peculiar corte de cabello, pues la costumbre era usarlo corto y él, en cambio, lo prefería largo a usanza tribal, y no consintió se lo cortaran de otra manera. Todo esto hacía que se destacara entre la multitud.

Después de completar su educación primaria y secundaria realizó estudios en bibliotecología, lo que le permitió ascender en el escalafón de la institución. Adquirió, con paciencia y empeño, habilidades de lectura en inglés y francés; conocimiento de ciencias, economía, filosofía, arte y de cultura general, muy por encima del que sus coetáneos poseían. Con los años llegó a dominar muchas materias, al grado que recibió el reconocimiento de sus conciudadanos. Cuando los usuarios querían saber algo se lo preguntaban. En una época en la que la información era escasa y difícil de obtener, alguien que pudiera enumerar tantos y distintos hechos era admirable. Los niños se acercaban y le consultaban para realizar sus tareas. Los adultos también indagaban si tenían alguna duda que solo él sabía resolver. Podía recordar, sin dificultad, datos específicos, fechas y nombres. De modo que causaba la admiración de los visitantes.

Regresó en más de una oportunidad a su tierra natal para reencontrarse con sus familiares y compañeros. Aunque estos se mostraron maravillados con sus aventuras, no manifestaron deseo alguno de tener contacto con los forasteros, pues las experiencias que en el pasado tuvieron fueron negativas. Por ejemplo, una aldea que se relacionó con los citadinos, se vio diezmada por las enfermedades trasmisibles acareadas por ellos, como la gripe, sarampión, rubeola, disentería y otras. Los pocos sobrevivientes terminaron trabajando en condiciones deplorables para los comerciantes de madera, quienes lo explotaban y trataban mal.  Anselmo comprendió la actitud de sus coterráneos hacia los urans y en lo sucesivo hizo todo lo posible por llevarles instrumentos útiles, como hachas, cuchillos y palas; pero no insistió en convencerlos de las ventajas de la vida en la ciudad. En cuanto a él, su futuro se hallaba en la urbe con sus preciados libros, a los que retornaba siempre.

Un día aciago la biblioteca se quemó. La noche anterior nada parecía presagiar algo malo, cerró el local como lo hacía todos los días. Mientras dormía, se despertó al escuchar gritos provenientes de la calle. Al principio pensó que era un mal sueño, sin embargo, pronto se dio cuenta de que era real. Salió para constatar que de la biblioteca y la residencia vecina salían nubes de humo y enormes llamaradas amenazantes se levantaban hacia el cielo. Corrió para intentar apagarlo, no obstante, alguien más juicioso que él en ese momento lo detuvo y le dijo: «Déjelo, ya no se puede hacer nada». Él comprendió que tenía razón, no era posible salvar  los libros de aquella tragedia. Al parecer el incendio comenzó en la cocina de la casa contigua, sin que nadie se percatara, extendiéndose a la institución. Cuando llegaron los bomberos ya los volúmenes habían tomado fuego, de manera que no pudieron salvarlos. Lo único que lograron fue evitar que el siniestro se expandiera a los edificios aledaños.

Por la mañana llegaron los periodistas a cubrir el suceso. Lo entrevistaron y le tomaron fotografías mientras lloraba enfrente de los restos calcinados de la biblioteca municipal. La noticia salió en los diarios del día siguiente con el encabezado: «No pude hacer nada para evitarlo», frase repetida por Anselmo varias veces durante la entrevista. El reportaje narraba su historia, cómo llegó a ser un sabio autodidacta y lo importante que eran los libros para él. Se admiró al verse retratado en el rotativo, pero eso no le sirvió de consuelo. Se sintió solo y desesperado, y no probó alimento durante varios días. Para su sorpresa, en el trascurso de semanas comenzaron a llegar libros de diversas procedencias del país. De lugares lejanos la gente enviaba cajas que contenían novelas, diccionarios, textos escolares, enciclopedias y muchos más. Lo conmovió la donación que hizo un niño de su libro de lectura. Con seguridad eran personas desinteresadas alcanzadas por la noticia que deseaban colaborar con Anselmo para restablecer la institución que tanto amaba. No podía dar crédito a lo que presenciaba. Contemplaba con infinito agradecimiento y lágrimas en los ojos la llegada de las cajas enviadas por espíritus altruistas anónimos. Clasificó el material de lectura según la temática abordada; los colocó en pequeños estantes improvisados provisionalmente con unas tablas que le regalaron, ubicadas sobre ladrillos para crear el espacio necesario a los lados de las paredes renegridas, las cuales más tarde sustituyó por repisas permanentes. Cuando le preguntaron por qué dejaba los libros allí, sin puertas ni seguridad, a merced de los rateros, respondió: «Los ladrones no leen». Un vecino le regaló pintura y otros se ofrecieron a colaborar en la reconstrucción.

De esa manera la biblioteca volvió a tomar forma y con ella la razón de vivir de Anselmo. Con la publicidad obtenida de la prensa se convirtió en una figura pública, una especie de celebridad local. Su fama trascendió al ámbito nacional e incluso internacional. Cuando le mostraron un artículo que relataba su vida, publicado en la revista estadounidense Selecciones del Reader's Digest, apenas podía creerlo. Recibió donaciones de libros y otros materiales de lectura de diversas instituciones gubernamentales y privadas. Con frecuencia era solicitado por universidades para que dictara conferencias sobre temas diversos. Ya que tenía una memoria portentosa, disertaba sin dificultad con relación a muchas materias.  Su inteligencia natural compensaba la falta de estudios formales en las múltiples áreas que su conocimiento abarcaba. Personas de variadas procedencias, adultos y jóvenes, lo conocían y lo saludaban mientras caminaba por la calle o visitaba lugares públicos. Muchas familias lo invitaban a cenar en la comodidad de sus hogares para tener el placer de escuchar su apreciación acerca de los asuntos que le plantearan. Recitaba con precisión, de viva voz, poemas famosos, pasajes bíblicos y parlamentos teatrales, de obras clásicas y modernas. Discurría con facilidad sobre cuestiones filosóficas, teológicas y científicas complejas, aportando siempre su juiciosa y ponderada opinión. Una vez le preguntaron cómo creía que era el paraíso, a lo que contestó: «Estoy seguro de que es una biblioteca enorme, sin fin».