viernes, 24 de septiembre de 2021

Mientras llega el fin del mundo

Omar Castilla Romero

 

Al final te das cuenta que tenías razón, aunque no te alegras de ello. Descubres que mentir para proteger del dolor a otro termina siendo peor. Sueltas esa piedra de Sísifo que es para ti el temor a que algo terrible pueda pasar, al salir del trabajo o a la vuelta de la esquina, convirtiendo tu vida en un incesante mosaico de posibles tragedias. Evocas los recuerdos de tu infancia, el olor a guayaba impregnado en las canciones de José Luis Perales que escuchaban en casa de tu mejor amigo o el picor agridulce de la piña madura inmerso en las cumbias de tu región. Pero también llegan los recuerdos más remotos del miedo: a la oscuridad y a los santos con sus rostros ocultos tras el altar. Creces con el temor a cuestas y un día ocurre algo que te cambia la vida. Te has mudado a la capital de la provincia después de terminar tu carrera y trabajas en la urgencia de un concurrido hospital. Un día, haciendo la ronda médica, encuentras en un cubículo a un paciente extranjero. Ingresas a examinarlo, pero notas que los demás se abstienen de entrar. Cuando volteas a ver, te están llamando por medio de señas.

—Venga para acá doctor —musita la enfermera—, este paciente viene de África y no se sabe lo que tiene.

Era el tiempo del brote de Ébola en el Congo, así que te marchas a casa despavorido. Pasas noches sin dormir pensando en que morirás de forma terrible con la sangre escurriéndose por tus poros. Por suerte unos días después te informan que se trata de paludismo. Le cuentas lo ocurrido a Ranita, tu novia, a quien llamas así por su traslúcida piel que permite ver el vino tinto bajar por su garganta.

—¿Cómo es posible que no me hubieras dicho? —te reclama—, nos hemos podido morir todos.

Tú respondes que no es para tanto, que se relaje. Sin embargo, el germen ha sido sembrado, no el del Ébola, por supuesto, pero sí el de la paranoia. Empiezas a pensar que en cualquier momento en algún lugar del mundo aparecerá una peste que arrasará la humanidad y cada vez que oyes sobre una nueva enfermedad dices ahí está. Pero no, el mundo sigue igual, solo que ahora tus amigos te miran como un bicho raro, obsesionado con teorías conspirativas. Pasado un año te has imaginado todos los fines apocalípticos posibles y el temor te lleva a aislarte de todos, incluso de tu novia y con los días sientes tal tranquilidad, que te hace comprender que es mejor estar separados. Ranita decide aceptar una oferta laboral en otra ciudad y se marcha. Después de un tiempo sin hablar, una noche la ves en la ciudad amurallada, te acercas a saludarla, pero no lo logras por más que lo intentas y te despiertas a medianoche con la respiración agitada, teniendo el mismo sueño durante varias semanas, hasta que la llamas.

—Hola Ranita, que alivio escucharte, no sabes cuanto te extraño.

—¿Ah sí?, pues no se nota.

—Había pensado que era mejor no llamarte, pero la verdad sueño todo el tiempo contigo y quisiera que nos diéramos otra oportunidad.

—La verdad, ahora yo soy quien se quiere tomar un tiempo.

Luego en el trabajo conoces a una rubia de ojos grandes y expresivos a quien llamas Abejita, debido a su gusto por las flores, te enamoras de ella, se van a vivir juntos y empiezan a hacer planes para casarse. El problema es que no le has contado la nueva situación a Rana. Una navidad encuentras gente agolpada frente al televisor de la cafetería y preguntas ¿qué pasa? Te responden que un virus está matando a la gente en China. Miras las imágenes de personas desplomándose en la calle y del personal de salud con trajes de bioseguridad. En año nuevo cierran la ciudad y el mundo aprieta el culo esperando que se logre contener la epidemia. Hay una calma aparente que genera la sensación de que está bajo control, incluso en una fiesta, escuchas decir:

—Ese virus es solo una gripita, más peligroso es el doctor Increíble —refiriéndose a un compañero de estudios tan malo, que era increíble que se hubiera graduado.

Sin embargo, unas semanas después, la enfermedad se ha propagado por el viejo continente y de nuevo ves imágenes inauditas, con salas de urgencias atestadas de pacientes en camillas y reportes de muertes diarias impensables un año atrás.

—¿Qué te parece esta locura? —le preguntas a doctor Camus, otro amigo que se definía a sí mismo como existencialista.

—Terrible, si así les va a ellos, ¿te imaginas a nosotros?

—Ajá, pero ¿qué vamos a hacer?

—Lo mismo que los monjes durante la peste negra, que dicho sea de paso eran los médicos.

—¿Hablas de irse a esconder a los bosques?

—En realidad me refería a dar lo mejor hasta el final —te responde encogiéndose de hombros—, por eso, se me ocurre que compremos máscaras de alta protección.

—Y ¿sí funcionan?

—Eso lo sabremos cuando las empecemos a usar.

Sigues trabajando y te obsesionas al punto, que cualquier paciente que tosa en frente tuyo lo consideras un posible portador, así haya ingresado por un balazo. Cuando llega la máscara, andas con ella por todas partes y no dejas que nadie se acerque a dos metros de distancia, por lo que empiezan a decir que te estás volviendo loco. Pero la protección funciona y sigues sin enfermarte. Todos los días envías pacientes a terapia intensiva y debes elegir entre los que están más graves. Empiezas a notar que esta enfermedad es diferente a cualquiera que hayas conocido, puesto que personas con oxigenación muy baja, hablan por video llamada como si nada, antes de ser conectados a un ventilador. No olvidas al abuelo que alcanzó a escribir una carta cuya última frase decía «misión cumplida». Pero con los días vas vislumbrando la magnitud de la tragedia, porque por mucho que se haga, los pacientes no mejoran y el día menos pensado fallecen. Por si fuera poco, transcurrido un mes de trabajo el agotamiento hace mella en el personal y algunos compañeros terminan hospitalizados. Una noche que llegas a casa encuentras a Abejita viendo el noticiero.

—Mira qué locuras —dice— hablan del cartel de la pandemia, donde pagan treinta millones de pesos por paciente.

—Increíble tanta desinformación —respondes indignado—, si así fuera ya anduviéramos en Audi. Dime, ¿habrá alguien qué pueda beneficiarse de esto?

—Quién sabe, de pronto a alguno se le ocurra escribir sus vivencias, al estilo del Decamerón.

—Aun así, falta ver que tan bueno pueda ser. El caso es que no concibo que crean tantas mentiras.

Pero tú también te crees las tuyas y ese es el comienzo del fin. Como no existe un medicamento efectivo para la enfermedad, todas las esperanzas están puestas en la vacuna. El problema es que para fabricar una se necesitan por lo menos diez años. Sin embargo, al cabo de doce meses anuncian que está lista, ¡cómo es esto posible!, ¿acaso quieren experimentar con la gente? Tus dudas se refuerzan al ver el video de un «exgerente de farmacéutica» diciendo que se trata de un plan de control global, por lo que decides no vacunarte. Visto en retrospectiva fue un error cabal. Comprendes que el motivo por el que las vacunas demoran en ser terminadas se relaciona con el presupuesto disponible y nunca en la historia hubo tanto dinero para conseguir una.

La cereza del pastel es el mensaje de Rana informándote que se había quedado sin trabajo, como tantos durante la pandemia y regresa a la ciudad, en ese momento te das cuenta de que has sido cruel al no decir la verdad, creándole falsas expectativas. Decides verla para aclarar todo, pero terminas sucumbiendo al suave olor de los recuerdos, al calor de su piel. Tienes la intención de decirle la verdad antes de irte, pero no lo haces. Durante esos días te ves pensativo y en una celebración de cumpleaños en el hospital, doctor Camus te pregunta:

—Bueno, ¿y qué te pasa compadre? —Le cuentas lo ocurrido y él responde— La verdad no quisiera estar en tu pellejo.

Por esos días Abejita manifiesta estar aburrida del encierro y qué quiere ir a la fiesta clandestina que se hará el fin de semana, al comienzo te niegas, pero terminas aceptando, aunque le adviertes que llevarás tu máscara de alta protección.

—Ni loca voy contigo así —te dice—, ¿qué crees?, ¿qué vamos a una fiesta de disfraces?

 Al final te pones un tapabocas y no te lo quitas durante toda la fiesta, sufriendo cada vez que Abejita se baja el suyo para tomar un trago. Unos días después, te llama tu ex diciéndote que se ha contagiado, luego de lo cual presentas malestar general por lo que Abejita se siente culpable al pensar que te enfermaste en la fiesta. No te atreves a sacarla de su error y con el paso de los días empiezas a sentir mayor debilidad hasta que te llevan a la clínica, donde te atiende tu mejor amigo, ingresándote a terapia intensiva para administrarte oxígeno.

Al siguiente día te sientes mejor, respiras tranquilo y los monitores muestran bien tus signos vitales. Es el momento de hacer las videollamadas por lo que se acerca la enfermera con celular en mano.

—Buenos días, ¿con quién desea hablar? —te pregunta—, lo han estado llamando dos damas.

—Buenos días, ¿podría decirle a doctor Camus que venga acá?

—Claro que sí, con gusto —te dice, volviendo al rato con tu amigo.

—Qué pasa hermano —te pregunta.

—Por favor sácame de un apuro, imagínate que voy a recibir la llamada de Abejita, pero Rana también quiere comunicarse conmigo, así que necesito que hables con ella y la distraigas.

—Uy llave, pero que enredos los tuyos.

Hablas con Abejita y estás decidido a confesar la verdad, sin embargo, al ver sus lágrimas, te arrepientes.

—Perdóname —le dices llorando.

—¿Por qué te voy a perdonar?, si tú solo me has hecho feliz.

Terminas la llamada y unos minutos más tarde vuelve doctor Camus.

—Qué favores pides compadre, esa mujer me preguntó lo mínimo, le tuve que decir que estabas grave y no podías hablar.

—¿Y te creyó?

—Creo que sí.

—Promete qué si me pasa algo, les dirás la verdad.

—Lo harás tú mismo cuando te recuperes.

Tu amigo se marcha y quedas pensativo. En las siguientes horas vuelves a respirar mal por lo que requieres cada vez más oxígeno. Doctor Camus regresa, te pone una nueva máscara y luego se va a continuar sus actividades. Al volver en la mañana te encuentra de nuevo desaturado y decide conectarte a un respirador.

—Hermano, debo intubarte —te dice colocando su mano en tu hombro—, ánimo que de esta sales.

Lo miras fijo y respondes: —Te lo dije pendejo, que algún día sucedería algo así.

Nojoda, cómo te puedes alegrar de eso —te contesta conmovido.

Te miras desde arriba acostado en una cama. A pocos metros en la sala de espera está Abejita llorando desconsolada sin saber que unos pasos más allá, hay otra mujer que solloza por el mismo motivo. Frente tuyo está tu amigo con expresión de impotencia. Comprendes que, si no sobrevives, no será capaz de decir la verdad para no afectar el recuerdo que de ti ellas tienen. Intentas levantarte de la cama, pero ya es tarde, estás bajo el efecto de los sedantes y tu cuerpo no obedece. En ese momento se te revela algo fundamental: unos días antes, cuando estabas sentado en la cafetería celebrando con tus compañeros, accediste a quitarte la máscara para tomar un refresco y en un descuido bebiste del vaso de otro. Tu consciencia se contrae y puedes ver los nefastos microbios coronados con espinas que pululan por millones en la superficie del vaso, entran a tus células y utilizan su maquinaria para multiplicarse, haciéndolas explotar. Este ciclo se repite una y otra vez, llevándote al punto donde estás. Ellas lo desconocen y sabes que se culparán por lo ocurrido, así que decides ver más allá del tapiz de las causas y efectos, comprendiendo que es posible que un día sepan la verdad de forma extraña. En ese instante entiendes que el fin del mundo coincide con el último día de tu vida.

lunes, 13 de septiembre de 2021

Una flor en el cementerio

Ricardo Sebastián Jurado Faggioni


Lo sobrenatural si existe y Fernanda, una niña de nueve años, lo va a experimentar. Su papá trabaja en una empresa en el área de comunicación. La jefa le ordena mudarse, debido a que lo necesita en otra sucursal en un pueblo lejano. Tenía un mes para irse. Finalmente, llegó el día. Ambos se marcharon de la ciudad en su auto.

—Cuando estoy deprimido escucho una canción, Stand by me de Jonh Lennon.

—¿Quién es él?

—Fue un músico importante, a tu madre también le gustaba.

—¿Tú la extrañas?

—Está conmigo cada día de mi vida.

—¿Cómo?

—En mis pensamientos.

La canción comenzó a sonar, se acuerda del momento exacto del accidente automovilístico de su esposa. Un chofer conducía en estado de embriaguez y se estrelló. Fue una etapa dura para él, pero la hija le dio fuerzas necesarias para superar aquella tragedia. A pesar del dolor, se dedicó a trabajar hasta ser gerente de la empresa.

El viaje por fin terminó, la nueva casa era amplia, tenía garaje y una piscina. Estaba amueblada. Los antiguos dueños la vendieron cuando su hijo falleció. Decidieron marcharse para olvidar el pasado. El padre empezó a sacar las maletas que había guardado en el coche. Fernanda tenía un cuaderno para dibujar, lo había hecho por algunas horas, luego toma la iniciativa de explorar la vivienda.  

En el patio observa la sombra de un niño, al principio se asusta, pero la curiosidad es fuerte. Al acercarse a él, desaparece.

—¡Papá, un fantasma!

—Hija te he dicho que los muertos no reviven.

—Yo lo vi.

—Enséñame dónde.

La niña lo agarró de la mano para dirigirse al patio, pero él se había marchado. El padre era escéptico y trató de explicarle que, al mudarse, su imaginación le creó a alguien para pasar el rato. Aunque ella estaba convencida que observó a una persona. El bosque que se encontraba cerca de la casa, le daba miedo.

La hora de dormir llegó. A las doce de la noche escucha algunos pasos en la sala. Sus ojitos se abren, una voz interior le dice que no vaya a explorar. No obstante, la valentía le gana. Al caminar por el pasillo el niño está frente a ella. Desea hablar, pero las palabras no le salen con facilidad. Él toma la iniciativa para presentarse.

—Me llamo Tomás.

—Soy Fernanda, ¿vives aquí?

—No.

—¿Cómo entraste?

—No puedo explicártelo, debes averiguarlo.

El papá al escuchar la conversación se preocupó. Prendió las luces y se percató que solo estaba ella. 

—¿Con quién hablas?

—Mi amigo Tomás.

—No hay nadie, Fernanda.

—Sí, tienes que creerme.

—Vamos a dormir, mañana tengo trabajo.

Pensaba a dónde ingresar a su hija a estudiar, de pronto si viera a personas reales tal vez se olvidaría de este ser imaginario. Le daba pena dejarla sola, pronto buscaría a una empleada para que la cuidara hasta que él regrese del trabajo. Fernanda estaba viendo televisión. Salían dinosaurios mágicos, lo cual a ella le divertía. Una mano pequeña toca su hombro, sintió escalofríos. 

—Vamos a jugar.

—Estoy viendo dibujos animados.

—¡Yo quiero divertirme!

Al enojarse las luces titilaron y por ende la señal del televisor se perdió. Fernanda aceptó. Fueron al patio.  Ella lo columpiaba a él, después cambiaron, entre risas se olvidó del mal rato.

—¿Puedo conocer a tu familia?

—Todavía no, tienes que descubrir la verdad.

—No comprendo lo que dices.

—Averígualo.

El niño cambió su rostro por una piel pálida y ojos blancos, luego se esfumó. Fernanda tenía miedo. Al atardecer su papá llega. Él se asusta porque no la encuentra en ninguna habitación. Al ir a la sala, observa que está en el piso llorando.

—¿Qué sucedió?

—Tomás desapareció de forma extraña.

—Otra vez con lo mismo, mañana vendrá alguien a cuidarte.

—¿Lo prometes?

—Sí.

A las nueve de la mañana llegó una chica joven, rubia, de ojos azules, alta y delgada, llamada Gabriela.

—¿Eres la recomendada de la jefa?

—Sí

—Mucho gusto, pasa.

Ella se sorprendió por lo elegante que era la casa. El papá le explicó que Fernanda está pasando por un cambio, a veces ve a un niño imaginario. Ella aceptó el comportamiento y fue a verla. Las personas que recién conocía le producían temor. Gabriela tenía experiencia cuidando niños, por lo tanto, sabía cómo obtener su confianza. 

—¿Deseas un caramelo?

—Sí.

Mientras lo saboreaba, Tomás miraba a las dos, este deja un pequeño botón en el piso. Va marcando el camino para que Fernanda descubra la verdad. Al terminar de jugar. Gabriela nota la primera pista. Ella la toma, observa que en la casa hay cosas regadas en el suelo. Las recoge, sin darse cuenta ve una puerta vieja. Trata de abrirla, pero no lo consigue. Al llegar el dueño del hogar, le comentará sobre lo ocurrido.

Eran las cinco de la tarde, sin embargo, el papá no llegaba. Ella por primera vez observa a Tomás. Al toparse con él, da dos pasos hacia atrás.

—¿Quién eres?

—Descúbrelo.

De pronto Fernanda toca la espalda de Gabriela, ella grita del susto. Ambos se ríen, de ver lo asustada que está. Tomás agarra de las manos a las chicas, y las lleva al patio. Les indica que deben de encontrar una llave para abrir la puerta. La empleada decide jugar. Comienzan con su búsqueda, observan las flores, levantan las macetas. Fernanda descubre que en la lavandería hay una casa vieja para perro. Ella se agacha para explorar y en el piso ve la llave que abrirá la verdad.

—¡La tengo, la tengo!

—Excelente —dijo Gabriela.

Tomás había desaparecido, Gabriela se acordaba del recorrido para ir a la puerta que estaba dentro de la casa. Ella la abre y va hacia un sótano. Prende las luces, Fernanda se le arrima porque le da escalofríos el sitio. No se le había dado mantenimiento hace tiempo. Siguió explorando. Pudo ver un escritorio deteriorado. Prendió la linterna de su iPhone y notó que era la habitación de un niño, posiblemente de Tomás.

Había un álbum. Al abrirlo miró fotos de una pareja de edad avanzada con un bebé. Este era hermoso de cara, pelo café, y gordito. La imagen estaba fechada en 1932. Indagó la fecha y aprendió que fue el inicio de la fiebre amarilla. Tal vez se enfermó y falleció. Cerró el álbum, el timbre de la casa sonó. Ella tembló por el ruido. Vamos, posiblemente sea tu papá.

Al abrirle la puerta era él.

—Disculpa estaba buscando las llaves, como no las hallé, decidí tocar el timbre.

—No hay problema, deseo hablar con usted en privado.

—Vamos a la sala.

Gabriela le contó sobre la aparición de Tomás mientras él no estaba, también le detalló sobre las pistas y el juego. El descubrimiento de un cuarto y del álbum. Por último, mencionó que su hija no tiene ningún problema. Ella ha estado siendo atormentada por un espíritu. La única manera de detenerlo es sabiendo la verdad, ahora conocemos una parte. Deben de encontrar dónde está la tumba.

La nana se marchó. El papá se encontraba desorientado y no sabía qué hacer. Era más sencillo tratar con los problemas empresariales que con algo espiritual. El cielo estaba oscuro, la neblina se apoderó del patio. El niño atravesó las ventanas para entrar a la casa. Caminó hasta el cuarto de Fernanda.

—Despierta, vamos a jugar por favor.

—Es muy tarde para salir.

—No importa, quiero divertirme.

Tomados de las manos bajaron las escaleras. El padre sintió una corriente de viento que lo hizo levantarse, su puerta se cerró de inmediato. Trató de abrirla, pero fue en vano. Sabía que ella estaba en peligro. Decidió saltar por la ventana. Fue al patio, no estaba. Se acordó de la habitación misteriosa. Regresó a la casa y fue hacia esa puerta. Al abrirla bajó las escaleras. Comprendió que ese era el cuarto del niño.

En este había juguetes viejos y dañados. Tal vez quiso disfrutar más con sus muñecos, pero la enfermedad se lo llevó. Ahora que sabía lo que deseaba, tenía que detenerlo. Del cuarto se llevó un peluche. Al dirigirse al bosque le dio frío por la neblina. Dio un par de vueltas, hasta que encontró tres tumbas. Las dos primeras parecían de personas mayores, la última de alguien menor. Colocó el oso de peluche en el sepulcro del niño y al aire pidió que dejaran a su hija en paz porque posiblemente los espíritus la tienen presa.

Después de algunos segundos apareció. Se abrazaron. Estaba aliviado de que ella regresara con vida. La neblina se dispersó, fue una noche larga. Cada fin de mes, los dos van al cementerio que estaba en el bosque a dejar una flor.

miércoles, 25 de agosto de 2021

Pedro y la cordura

 José Camarlinghi


Algo lo despertó. Abrió los ojos y en la penumbra reconoció la habitación. Estaba en su casa, al lado de su esposa. Pensó en el sueño que acababa de tener. Era algo relacionado con un compañero de colegio. Creyó que la inquietud que sentía se debía al sueño, pero no podía recordar de qué se trataba. Un ruido que provenía de la planta baja le devolvió la plena conciencia. ¿Qué había provocado ese ruido? Miró a Isabel y escuchó su respiración profunda. Salió de la cama lo más lento posible para no despertarla. Se acercó a la ventana y, abriendo apenas un resquicio en la cortina, miró la calle vacía. Salió de la habitación intentando no hacer ruido. Bajó a la puerta de entrada y tomó un bate de beisbol. Recorrió la planta baja con sumo cuidado y el bate en alto. Listo para descargar un golpe al intruso. No encontró a nadie. Volvió a mirar por las ventanas a la calle y luego fue a la cocina desde donde se podía ver el jardín trasero. Se quedó allí casi diez minutos, observando las sombras, esperando algún movimiento. Luego volvió a la cama y se quedó despierto hasta casi el amanecer cuando le venció el sueño.

Una hora más tarde lo despertó Isabel. Se levantó desganado por la mala noche y a pesar de que ella le preguntó si estaba bien, él no le contó nada.

Hace poco más de un mes había vuelto del Mar Rojo donde trabajaba de camarógrafo en un documental para NatGeo. A los productores les gustaba mucho trabajar con él, no solamente por las bellas imágenes que lograba, sino también por su temperamento sereno que salía a relucir en situaciones complicadas de conflicto o peligro. Durante el rodaje, la producción se encargó de llevar adelante estrictas medidas de bioseguridad a causa de la pandemia de COVID-19. Con todo, a pocos días de haber llegado a casa, Pedro empezó a sentirse extraño. El PCR dio positivo y aunque no se sentía muy mal, se aisló en casa para no contagiar a su esposa y a sus tres hijos adolescentes. En dos semanas había superado la enfermedad con malestares mínimos. Mientras convalecía, se puso a trabajar en las imágenes del último viaje, muy contento de finalmente poder editarlas.

Al mes había recuperado el olfato y retomó su entrenamiento cotidiano. Cinco veces a la semana hacía deporte o salía a correr al menos seis kilómetros. Una tarde, mientras se preparaba para trabajar por zoom con el director del documental, recibió una llamada de un número desconocido. Tan pronto como contestó, le colgaron. Entonces devolvió la llamada y no le contestaron. Intentó por WhatsApp y se dio cuenta que lo habían bloqueado. Esto lo intrigó. ¿Por qué haría alguien eso? El instinto que había desarrollado en los años de trabajo en lugares precarios e inseguros le decía que algo no estaba bien. Sentía una señal que lo ponía incómodo pero no podía precisar la razón.

La casa donde vivía con su familia era parte de un pequeño condominio de una sola calle sin salida y donde todos los vecinos se conocían. La suya se ubicaba casi al final donde había una rotonda. No pudo concentrarse en la reunión. Muy a pesar suyo, estuvo pensando en la llamada telefónica.

—¿Dónde estás, Pedro? —preguntó Oscar, el director.

Sumido en sus pensamientos apenas escuchó su nombre.

—¿Qué?

—Has estado como ausente toda la reunión.

—Disculpa. Creo que no dormí bien anoche.

—¿Estás bien? Te siento preocupado.

—No es nada —mintió.

Se terminó la reunión y Pedro bajó a la cocina a servirse un té. Bajando las escaleras vio, en la calle, un coche desconocido avanzando a velocidad de caminata. Ocultando su cuerpo detrás de la pared, miró por la ventana. Confirmó que era la primera vez que veía ese vehículo. Había al menos tres hombres dentro que miraban a su casa. Su corazón empezó a acelerarse. Cuando uno de ellos se percató que lo estaba mirando, giró la cabeza hacia el conductor y el coche partió en ese instante, giró en la rotonda y salió del condominio. Esto no podía ser coincidencia. Los dos hechos tenían que estar conectados.

Al final de la tarde llegaron su mujer y los niños. Habían ido a caminar a un parque cercano. Esa era la actividad favorita de esos días en los que había que pasar la mayor parte del tiempo encerrados. Al menos tenían la suerte de vivir fuera de la ciudad donde las reglas de la cuarentena les permitía salir al aire libre. Mientras cenaban, Isabel se percató que algo pasaba con Pedro. Esperó a que los niños se durmieran para preguntarle.

—No pasa nada —mintió—. Solo estoy un poco cansado.

No quería contarle que los episodios de la tarde lo dejaron inquieto. No deseaba preocuparla. Eran, además, hechos cotidianos que no tendrían porqué intranquilizarles. En la noche miraron una película y luego se fueron a dormir. Él decidió salir a dar una vuelta para inspeccionar los alrededores.

—No pude caminar con ustedes, así que voy por una caminata rápida en el barrio.

Isabel lo miró con cierta sorpresa y le preguntó si quería que lo acompañase.

—No. Voy y vuelvo rápido.

Y sin dar explicaciones salió. Isabel se acercó a la ventana y lo vio encaminarse a paso veloz a la entrada de la calle.

Pedro llegó a la avenida donde estaba la entrada al condominio. No había ningún coche estacionado. Eso lo tranquilizó. Se encaminó al callejón que daba a la parte trasera de los jardines de las casas. Llegó hasta la suya y pudo ver a su esposa en la cocina. En el jardín no había nadie y la pequeña puerta que daba a él tenía un candado cerrado. Regresó intentando observar algo diferente o extraño en los alrededores. Una vez de que se convenció que no había nada entró en su casa. Isabel ya había subido al dormitorio. Aprovechó de ir a la cocina y observar el jardín desde otro ángulo. En una de las esquinas había un arbusto bastante crecido y frondoso. Entre sus sombras podría esconderse alguien. Apagó la luz de la cocina y lo observó detenidamente. Se podía ver la silueta superior de la planta pero no lo que estaba debajo. Volvió a prender la luz y se vieron claramente las ramas y hojas. Apagó y se fue al dormitorio. Antes de entrar, sacó del armario el bate de beisbol y lo puso detrás de los abrigos colgados a la entrada de la casa.

—¿Dónde fuiste? No tardaste casi nada.

—Solo di una vuelta por el condominio.

Lo miró inquisitivamente y él nervioso entró al baño. Se miró al espejo y comprendió que estaba haciendo tonterías. No podía actuar así. Isabel no era estúpida y lo conocía muy bien. Llevaban casados ya veinte años. Nunca antes le había ocultado nada. Comenzaba a levantar sospechas con su comportamiento. Se lavó los dientes y puso la mejor cara que pudo para volver al dormitorio. 

Al día siguiente, mientras sus hijos estaban en sus respectivas computadoras pasando clases, tocaron el timbre. Su corazón empezó a acelerarse nuevamente. Presentía que nada bueno le esperaba detrás de la puerta. Volvió a sonar el timbre y escuchó la voz de Isabel desde la cocina diciéndole que abra. Se acercó a la puerta mientras miraba donde tenía escondido el bate. Al tercer timbrazo abrió la puerta. Era un hombre de DHL con un paquete en las manos.

—¿Señor Saavedra?

—No —dijo secamente.

—¿Es esta la casa del señor Saavedra?

—No.

El empleado miró la dirección y confirmó estar correcto. Insistió.

—Eran los anteriores inquilinos —dijo Isabel que había salido extrañada porque Pedro no abría la puerta—. Nosotros llegamos hace ya seis meses.

—¿No sabe donde se fueron?

—No.— intervino tajante Pedro y le cerró la puerta.

Isabel lo miró más que asombrada. Nunca lo había visto tan descortés. Pedro bajó la cabeza y se dirigió a su escritorio sin poder enfrentar el rostro de su esposa. Por la ventana avistó que el hombre de DHL conversaba con uno de sus vecinos mientras anotaba algo en su tableta y que ambos dirigían ocasionalmente sus miradas a la casa. Ahora tenía la seguridad de que lo estaban vigilando. Las agencias del gobierno podían disfrazarse de lo que sea. Pensándolo bien, el hombre no tenía cara de mensajero. El corte de cabello era perfecto. Todo en él era impecable. No podían engañarlo. Sin duda era un agente. ¿Qué cosa habrá hablado con su vecino? ¿Cómo averiguarlo sin despertar sospechas?

En eso sonó su celular y se sobresaltó. Miró la pantalla, era el sonidista del equipo de filmación. No quiso responder. Seguramente lo habían intervenido. Alguien podría escuchar sus conversaciones. Acaso las cuentas en Facebook, Twitter e Instagram estaban vigiladas también. Tendría que cerrarlas y borrar todo el contenido. No podía perder más tiempo. Su angustia creció al darse cuenta que por medio del teléfono se logra su ubicación exacta. Decidió apagarlo. Luego de unos minutos pensó que si el aparato había sido jaqueado, le podrían haber instalado un programa que transmita su ubicación aún cuando esté apagado. Lo mejor era deshacerse de él. Salió corriendo, tomó su vehículo y condujo hasta llegar a una carretera solitaria. Arrojó el teléfono y después de dar varias vueltas retornó a casa, siempre mirando el espejo retrovisor.

—¿Dónde fuiste? Te estuve llamando y el mensaje decía que el número no estaba disponible. Hace horas que hemos almorzado. ¿No tienes hambre?

Pedro intentó inventar una excusa. Dijo que le habían llamado de la productora para ir urgentemente y que dejó el celular en esa oficina. Isabel lo miró incrédula. En ese momento le pasó por la mente la idea de que él estuviera teniendo una aventura amorosa. No coincidía con el Pedro que ella amaba. Eso no era posible. ¿O sí? La noche anterior ya se había comportado extrañamente. Algo estaba pasando. ¿Sería capaz de engañarle con otra mujer? Decidió hablar con él más tarde. Cuando los niños se durmieran. Le dijo que puso su almuerzo en el microondas y que si se apuraba podrían salir todos juntos a la caminata diaria. 

Calentó la comida pero ni la tocó. Se sentó y empezó a pensar en un plan para salvar a su familia. Con seguridad vendrían por él en cualquier momento. A los niños los llevaría a la casa de sus suegros. Lo haría esa misma noche, después de contarle todo a su esposa. No tenía otra salida. Estaba seguro de que ella lo amaba y que comprendería la situación. Le propondría escapar juntos aunque seguramente ella no abandonaría a sus hijos. Sin embargo, no era posible emprender una fuga con toda la familia a cuestas. Escaparía él primero y luego buscaría la manera de reunirse con todos una vez que encontrara un lugar seguro.

—¡No has comido nada! —dijo Isabel, atrayendo su atención—. ¿Estás enfermo?

No sabía que responder.

—Ya estamos listos para ir a caminar—dijo Isabel con tono contrariado.

—Vamos… Comeré después.

Pedro abrió la puerta unos centímetros e intentó atisbar a ambos lados de la calle.

—¿Qué haces? —irritada Isabel abrió la puerta y lo miró ya con enojo.

Los niños se adelantaron y la pareja los siguió. Pedro miraba con angustia a los lados y de rato en rato hacia atrás para confirmar que nadie los seguía. Isabel no pudo más y se detuvo.

—¿Qué está sucediendo?

La miró angustiado y luego velozmente a ambos lados. Movía los ojos rápidamente y su respiración se hacía cada vez más agitada. Nunca lo había visto así. Él siempre se mantenía calmo, hasta en las situaciones más estresantes. Cuando su padre sufrió un infarto, mientras todos gritaban, él estuvo sereno, llamó a una ambulancia y se puso a realizar los masajes cardiacos. Y ahora estaba hecho un manojo de nervios. Cientos de pensamientos pasaron por la mente de Isabel. No podía entender qué era lo que lo ponía en ese estado de terror. Llamó a los niños.

—Su papá no se siente bien. Volvamos a casa.

Entre el hijo mayor e Isabel lo abrazaron y lo llevaron a casa.

Pedro se tendió en el sofá de la sala mientras la familia cenaba. Los niños preguntaban qué le pasaba e Isabel trataba de tranquilizarles aludiendo al cansancio a consecuencia del COVID. Él escuchaba todo y lagrimeando admiraba la ternura de su esposa. Tenía que hacer un esfuerzo para componerse y no preocupar a sus hijos. Cuando terminaron la comida entraron en la sala. Los recibió sonriente y les propuso ver una película. Los niños se entusiasmaron y escogieron una comedia. Isabel lo observaba de rato en rato y le sonreía cuando él le devolvía la mirada. Pero él no podía mantenerla. En la lejanía sonó una sirena. Inmediatamente Pedro se puso tenso. Ella le tomó la mano con firmeza y con los ojos intentó darle confianza. Él miró la pantalla mientras le temblaba la quijada. Se levantó y fue a la cocina para tomar un vaso de agua. En las penumbras creyó ver que alguien se movía detrás del arbusto. Se paralizó y no quitó la vista del lugar. ¿estarían con camuflaje? Apagó la luz y esperó unos segundos. Quiso salir al jardín pero al escuchar las risas de los niños decidió volver a la sala. Por si acaso trancó la puerta con una silla. 

Cuando los niños se fueron a dormir. Pedro le hizo señas de silencio a Isabel. Al oído le pidió que le entregara el celular. Ella no podía creer lo que estaba sucediendo. Sin pensarlo mucho se lo dio. Él lo apagó, así como la luz de la habitación. Luego la llevó de la mano al armario y ambos entraron en el. Prendió una pequeña linterna.

—Lo siento mucho Isa —susurró—. Yo nunca hubiera buscado ponerte en esta situación.

—¿Qué está pasando?

—Me están vigilando.

—¿Porqué? ¿Qué has hecho? —levantó la voz.

—No hables fuerte puede que haya micrófonos en la casa.

—¿Qué has hecho? —dijo muy bajo sollozando.

—No estoy seguro, pero ellos me están vigilando.

—¿Ellos quienes?

—Te digo que no lo sé. Primero me llamaron al celular y no me contestaron. Luego vinieron en coche y miraron la casa. Creo que hace un rato había un hombre observando desde el jardín.

—Pero, ¿por qué? ¿En qué problema te has metido?

—¡No lo sé! Eso es lo que me aterra más. Intento pensar y no encuentro nada. Tal vez la productora se ha metido en problemas y no me dijeron nada. Tal vez he hecho algo y no me di cuenta.

—Lo que dices no tiene sentido. ¿Cómo es que no te darías cuenta? ¡Si alguien te vigila tendría que ser por algo muy grave!

—Si no me crees ven conmigo a la cocina y vas a ver al que se esconde detrás del ficus.

—Me estas asustando.

—Tenemos que escapar. Ya lo he pensado todo. Vamos a dejar a los chicos donde tus padres.

—Espera. No voy a hacer esa locura. Primero quiero saber que está sucediendo.

Bajaron a oscuras a la cocina y miraron largamente al arbusto. Luego de un rato, Isabel prendió la luz del jardín y salió a ver. No había nada. Pedro se había quedado adentro agazapado bajo la mesa, tenía un bate en la mano.

—No hay nada Pedro.

Salió de la cocina y recorrió el jardín. Listo para batear. El candado seguía en la puerta. Efectivamente no había nadie. Eso lo tranquilizó un poco.

—Te juro que vi moverse algo…

Isabel lo abrazó y lo condujo adentro. Le preparó un té mientras él le contaba nuevamente los hechos que le parecían fuera de lugar, que le hacían pensar que estaba siendo vigilado. Al terminar el relato se le aguaron los ojos. Ella lo acompañó a la habitación y le ayudó a acostarse. Le había puesto unas gotas de extracto de valeriana en la infusión y podía ver que hacían efecto. Poco después se durmió. Ella aprovechó para llamar a una de sus mejores amigas. Era enfermera en un hospital siquiátrico. Conocía muy bien a Pedro. Le contó todo.

—Lo primero que tienes que hacer es ocultar las armas y todos los objetos corto punzantes.

Eso la asustó de verdad.

—Luego enciérrate con los niños. Si sucede algo no dudes en llamar a la policía y a mí.

Isabel cerró con llave los dormitorios de los niños y luego guardó todos los cuchillos, tijeras y martillos en la baulera del coche. Cuando volvió a su habitación se sorprendió de ver a Pedro mirando por la ventana. Tenía los ojos enrojecidos y desorbitados. El bate en la mano. Miró a Isabel y le dijo con firmeza.

—No te preocupes. Yo los voy a defender. Voy a hacer rondas por el perímetro para verificar que todo está bien —Se dirigió a la puerta y antes de abrirla se dio media vuelta. En un momento de lucidez pensó en el director con el que trabajaba. Si su mujer les llamaba en vez de él mismo, se daría cuenta que el asunto era grave—. Por favor llama a Oscar y dile que no puedo asistir a la reunión mañana.

Isabel solo asintió con la cabeza. Cuando salió de la habitación, ella cerró con llave.

Ninguno de los dos durmió. Él hacía rondas cada media hora y luego se sentaba en la sala a oscuras. Ella lloraba y lo observaba caminando en el jardín y la calle.

En la mañana, muy temprano. Isabel fue a darle encuentro en el jardín.

—Sabes muy bien que esto no tiene sentido. Tú no has hecho nada malo. Solo debes tener una descompensación pues has trabajado mucho. Necesitas descansar.

La miró largamente sin decir nada afirmando con la cabeza. Se dejó tomar de la mano y entraron en la casa. Desayunaron con los niños.

—He llamado a Oscar. Enviará una ambulancia para recogerte.

—Tienes razón. Algo no está bien en mi cabeza.

Sin oponer ninguna resistencia se despidió de sus hijos y su esposa y se subió a la ambulancia. Ella fue a darle alcance después de preparar el almuerzo para los chicos. Cuando llegó, ya le habían hecho varios exámenes, entre ellos escáner y resonancia magnética. No había nada extraño en su cerebro. Todo estaba correcto. El siquiatra a cargo se entrevistó con Isabel para saber si Pedro había sufrido antes cambios en su personalidad o sus costumbres.

—Esto es muy extraño —le dijo—. Los sicóticos no se dan cuenta que están enfermos. Pedro reconoce que no está bien pero no sabe el porqué. No puede explicar de dónde le vienen las ideas y sentimientos de persecución. ¿Algún chance que haya tomado alguna droga?

—No lo creo —respondió Isabel—. Ni siquiera toma alcohol; aparte de una ocasional copa de vino o cerveza con la comida.

—¿Alguna medicina? ¿Padece o padeció de alguna enfermedad?

—Tuvo COVID hace menos de un mes…

—¡Deberíamos haber empezado por eso! —expreso con satisfacción el siquiatra—. He leído que hay un porcentaje bajo de personas que desarrollan procesos sicóticos poscovid. Este probablemente es el primer caso que me llega. No se preocupe. Es temporal. Vamos a ayudarlo a superarlo.

Pedro pasó dos semanas en el hospital recibiendo medicación y orientación sicológica. Una semana antes de la navidad le dieron de alta. Toda la familia fue a esperarlo en la puerta con flores y globos de colores. Salió como era antes de la enfermedad. Abrazó a sus hijos y besó a Isabel.

La nochebuena la pasaron en casa de sus suegros. Al día siguiente invitó a sus compañeros de trabajo y sus familias a una parrillada. Mientras encendía los carbones escuchó un helicóptero que se acercaba… y comprendió que ahora sí venían por él.

lunes, 23 de agosto de 2021

Lunita de oro

Rosario Sánchez Infantas

 
Todas la vieron. Pese a que ya amanecía brillaba en el cielo una lunita creciente, el sol le daba un matiz dorado. En una altiplanicie de la cordillera de los andes, en la parte norte del imperio incaico, a una altitud de tres mil trescientos metros sobre el nivel del mar, ocho niñas, dos adolescentes y una anciana, estaban sentadas en el piso alrededor de una fogata en una galería de piedra dentro de las ruinas de Marcahuamachuco (paraje de la gente con sombreros de halcón), una imponente ciudadela preinca. Desde los valles próximos se veían las construcciones pétreas pues algunas de ellas tenían hasta tres niveles de altura, y el conjunto se extendía aproximadamente en cinco kilómetros de largo y más de medio de ancho. Arbustos y yerbas silvestres cubrían las habitaciones; líquenes, lagartijas e insectos habitaban las paredes. Algunas construcciones habían cedido al paso del tiempo y lucían desprovistas de sus techos originales, pero aún servían de refugio. Las más pequeñas lloriqueaban quedito, las adolescentes con gesto adusto servían, en platos de madera, granos de maíz hervido y carne seca soasada. En el rostro de la anciana resbalaban, una a una, lágrimas que desaparecían en su vestido de lana. Todas ellas llevaban el mismo atuendo elaborado en lana de camélidos: una túnica sin mangas que les llegaba hasta los tobillos, un cinturón con diseños polícromos y una manta que cubría sus espaldas. El cabello largo, lacio y negro echado hacia atrás estaba cubierto por un pequeño manto tejido. Sus vestidos lucían raídos y descoloridos. 

Abstraídas comiendo, no sintieron aproximarse a la mujer de mediana edad que de súbito apareció en el umbral de la habitación. Varias de ellas gritaron, algunas niñas empezaron a llorar, la anciana observó sorprendida a la recién llegada, sonrió ligeramente, cruzó los brazos sobre su pecho y suspirando dijo: «¡Cusirimay!». La recién llegada también traía vestidos descoloridos y raídos, sonrió mostrando los hoyuelos de sus mejillas, mientras las lágrimas rodaban por su hermoso rostro moreno. Proyectaba, autoridad y decisión en su actitud y en su mirada profunda. Lo vivido en los últimos cuatro años le había fortalecido el carácter. 

Al día siguiente Cusirimay (la del alegre hablar) oteaba el horizonte y con voz baja daba órdenes al pequeño grupo para que avanzase por entre los pasadizos, depósitos, viviendas y plazas en ruinas.  Las condujo a una sala y cuando estuvieron frente a una roca gris con alto relieves, les pidió descubrir sus cabezas e inclinarlas, suspiró, bajó la cabeza, cerró los ojos y con voz grave dijo: 

«Padre Catequill, agradezco cobijaras a estas palomitas. Huérfanas, sin familia, sin comunidad, te imploramos nos protejas ahora que dejaremos tu pueblo. Pacha ticra, el mundo se ha vuelto al revés… todo lo sagrado ha sido denigrado, envilecido... buscando oro no tardarán en llegar por aquí. He cumplido con mi pueblo, ayúdame a reunir a mi familia. Urco Guaranga, mi compañero, siempre ha sido y será primero del pueblo que nuestro, pero a mi hijo Illary déjame encontrarlo en esta vida sin orden. Protege a nuestro Cápac Inca Manco Inca Yupanqui, fortalece la mano de su general Quisu Yupanqui; que pueda aplastar Lima y a los demonios barbudos, como se aplasta el nido de las alimañas. Resguarda el corazón de mis criaturitas de la verdad que les voy a mostrar». 

Dejó al pie de la roca una piedrecita verde azulada que había tomado de un rumoroso río, en el pueblo de Vitcos, en la región selvática del Cusco, hacía seis meses. Inhaló profundamente, se volvió hacia sus acompañantes y les dijo: 

Palomitas mías, capullitos de sol, hemos de ser fuertes como la yareta que permanece verde y suave, aun azotada por la tormenta. Conservemos la ternura y la alegría. 

Salieron del recinto. Cusirimay las organizó: ella iría adelante, las niñas y la anciana al medio y las jóvenes detrás. Las mayores llevaban en sus atados algunos alimentos, tres mantas gruesas y algunos útiles de cocina. Empezaron a bajar de la explanada, atravesaron un área llena de pequeños árboles de queñual y se adentraron en un pajonal que casi cubría a las adultas. Mirando la lunita dorada Cusirimay echó a cantar con tanta pasión que parecía una alegre oración brotando límpida de su corazón manantial: «Para alcanzar nuestros sueños/ lunita de oro, lunita de oro/ se precisa un cóndor negro como escudo dentro del pecho/ que tenga certero el vuelo y, claros, los sentimientos/entonces como los vientos caminaremos hasta tu encuentro/ lunita de oro. Lunita de oro un camino tan largo como el amor/lunita de oro esperanza que sabes de mi valor. /Para rescatar del fuego lo más sublime/ lunita de oro nos queda lo más humano: / nuestra alegría/ lunita de oro/hablar de lo más profundo que el hombre trae de antaño/entonces lunita de oro/ tu canto claro sale del sueño/ lunita de oro…». Todas sonreían y las mayores repetían el estribillo.  

El día anterior, Cusirimay, después de su llegada sorpresiva, lloró abrazando a sus hijas Uchuykilla (luna pequeña) y Shullahuayta (flor del rocío). Había pasado cuatro años desde que fuera atrapada por los españoles que, tras ejecutar al soberano inca Ataw Wallpa, marchaban hacia el Cusco, la capital del imperio incaico. Sus niñas de cuatro y seis años, tenían ahora ocho y diez. Muchos hombres de la comunidad habían sido llevados a distintos lugares para extraer las piezas de oro y plata de los diferentes lugares sagrados, muchas personas habían muerto por la viruela, el mantenimiento de las obras y bienes comunales ya no se realizaba, las tierras de las viudas y huérfanos no eran trabajados por la comunidad. El hambre, la desorganización y la amenaza constante cundían. 

Todas, poco a poco, reconstruyeron la historia. La anciana empezó su relato: hubo una incursión de soldados españoles ebrios en Huamachuco, los cuales habían llegado con Diego de Almagro desde España, robaron, saquearon y raptaron a unas jóvenes del lugar. Mamaurma (señora que deja caer cosas buenas a su paso) era una yanaaclla, enclaustrada desde la adolescencia para atender a las mujeres escogidas de mayor categoría, tenía sesenta y seis años y llevaba cuarenta y nueve de permanencia voluntaria en el acllahuasi. Había decidido volver a Cochamarca para buscar a sus familiares. Caminó todo el día viendo agonizar algunos campos de cultivo, casas abandonadas y no halló a ninguno de sus parientes. Un anciano, al escuchar ladrar a su perro ante la desconocida, salió del estado de sopor agónico en el que se encontraba. Antes de expirar, pudo decirle: 

Unas palomitas huérfanas van rumbo a Markahuamachuco, entre ellas las nietas de tu hermano. Es toda la familia que te queda. Los demás han huido o muerto con la enfermedad que han traído los barbudos.
 
La mujer mayor conocía muy bien el camino que ascendía a la explanada pues había pastoreado camélidos por esa zona cuando niña. Aceleró el paso y en una hora las alcanzó: tenían entre uno y trece años. Dos adolescentes, sobrinas nietas de Mamaurma, cargaban a criaturitas muy pequeñas, las niñas mayores llevaban atados con sus poquísimas pertenencias. Las fugitivas se cobijaron por cuatro años en las ruinas de Markahuamachuco con ocasionales salidas a los poblados vecinos a intercambiar alimentos por plantas medicinales y frutas silvestres, que abundaban en los parajes cercanos a su refugio. En la última salida fueron alertadas de la cercanía de un grupo de españoles que venían a buscar oro en la ciudadela pre inca. Habían planeado huir, sin saber a dónde, cuando llegó Cusirimay.
 
Tras caminar seis horas se aproximaron a un centro poblado de tejedores diezmado por la enfermedad pero que, gracias a su mayor lejanía del Capac Ñan funcionaba con cierta estabilidad. Cusirimay se adelantó y luego el grupo fue acogido afectuosamente por algunos ancianos. En esta parte del Tahuantinsuyo no había mucho que contar: apenas llegados los españoles el sistema incaico se había desarticulado, la enfermedad y el caos imperaron. Tras ejecutar al inca, pese al rescate en oro que había pagado, los conquistadores europeos marcharon al Cusco para apoderarse de sus ingentes riquezas. Les habían llegado noticias de la resistencia que ofrecían algunos generales de Ataw Wallpa ante los invasores; y que, apenas llegados los españoles a territorio inca, algunas etnias como los Huancas, Cañaris y Chachapoyas dieron su apoyo a los foráneos. A pesar de ello los europeos temían ser enfrentados por el poderoso ejército inca por lo que se vieron obligados a reestablecer la organización inca para viabilizar el imperio y legitimar su presencia en los Andes centrales. Para ello nombraron como soberano inca provisorio a un hermano de Ataw Wallpa, el joven Túpac Huallpa. Los grandes centros poblados y aquellos ubicados cerca de los caminos principales continuaron funcionando en gran medida, porque había un soberano inca; pero luego por las demandas abusivas de los españoles y el temor que inspiraban, el apoyo de diversas etnias y el paso a la clandestinidad de la resistencia inca. Los poblados pequeños y alejados de los caminos, con cierta autonomía sobrevivían en la pobreza, desgobierno y temor. 

Cusirimay contó que, en su viaje hacia el Cusco, el gran contingente de españoles, indígenas, aliados o esclavizados, y animales de carga llegó a Huamachuco, ciudad a la cual ella había ido a intercambiar productos alimenticios. Al ver en la lejanía acercarse al numeroso grupo se adentró en un bosquecillo de frondosos molles buscando evadirse. Miró con miedo y desconcierto que los extranjeros, de piel y ojos claros, con vestimentas tan inusitadas, montaban a unos animales enormes no parecidos a ninguno otro que ella hubiera conocido. Al borde del estupor vio al numeroso destacamento de indios que marchaban armados a modo de vanguardia; otros, de ambos sexos, al igual que grandes tropas de auquénidos, cargaban pesados bultos. Todos los indígenas venían atados unos a otros. Cuando llegaron a las inmediaciones del río, los invasores desataron a algunos nativos, los cuales cogieron grandes recipientes de arcilla y se dirigieron hacia una pequeña cascada cerca de donde estaba Cusirimay. Ella de manera abrupta aprendió lo que los invasores describirían como «alancéaronse varios»: algunos foráneos dirigieron los animales que montaban hacia la casa de las escogidas y cuando estos arremetieron contra los vigilantes, cargaron hacia ellos una asta de madera con una afilada punta metálica apretada bajo el brazo contra su cuerpo, y con el impulso del caballo y del cristiano atravesaron a los aterrados nativos. Tras recuperar sus armas de los agonizantes penetraron en el acllahuasi, la casa de las elegidas dedicadas al culto del sol. Cusirimay con disimulo se adentró en la arboleda implorando no ser vista. Sin embargo, sí había llamado la atención del hombre de unos setenta años que, recipiente en mano, se dirigió a grandes pasos hacia donde ella estaba y la saludó en quechua de acento cusqueño: 

Hermanita, el agua clara, limpie este mal sueño y vigorice nuestro corazón. 

Ella, cuyo espíritu estaba aterido de pánico, se conmovió profundamente al reconocer sus propios sentimientos en este saludo tierno. Recordó esa mirada profunda, antes que la voz grave: era la de un sacerdote cusqueño que alguna vez visitara el acllahuasi en el que ella había pasado su adolescencia y juventud. 

–Tu palabra obre su magia en mi abatido corazón –dijo reverente y bajando la mirada. 

Guanca Auqui ayudó a Ataw Wallpa, contra el hereje Huáscar; permanece herido en el poblado de Vitcos, en el Cusco, prepara una resistencia. Habría que hacer llegar la noticia al general Quisquis… 

Ninguno de los dos había sentido llegar al español que, golpeando violentamente la cabeza del hombre mayor, lo derribó inconsciente; la cogió de los cabellos y la arrastró hacia el fondo de la arboleda.
 
Cusirimay dejó de hablar. Tenía fruncido el ceño, la respiración agitada y el cuerpo crispado. Miró a las niñas dormir cansadas por la caminata. Una gota de lluvia cayó en su rostro. Levantó la vista y le conmovió la profundidad de un macizo de nubes casi negras. Sintió que una gran dinámica se estaba produciendo en las alturas. Fuerzas diversas se agitaban. Quizás se desencadenase una tormenta. Después de una pausa siguió relatando: «Los barbudos y los hermanos sometidos a ellos avanzamos rumbo al Cusco. Pasamos hambre, frío y cansancio. Yo viví la peor de las muertes: dejar a mis criaturitas totalmente abandonadas. Mi hijo mayor Illary…  los ojos se le nublaron, su respiración se agitó y no pudo hablar unos instantes  …mi hijo Illary había ido a cambiar cereales por verduras a un valle cercano, algo debió pasarle, porque no regresó. Él jamás habría abandonado a sus hermanitas... ¡ahora debe tener dieciocho años! Se escuchó el ruido de una pequeña tropa de camélidos y voces de niños y muchachos de ambos sexos que los traían a pernoctar a sus corrales. Cusirimay no habló más, dijo en silencio: «Padre Catequil, te imploro ayudes a mis hijitas a rescatar del fuego lo más sublime». Se puso de pie con inquietud, saludó a los que iban llegando, corrió hacia una joven que traía cargado en una manta multicolor a un niñito dormido y vestido a la usanza indígena, el cual le sonrió y extendió los bracitos, apenas abrir sus ojos azules.

viernes, 6 de agosto de 2021

El dragón blanco

Laura Sobrera


Hubo una vez un reino, donde vivían las quimeras, que estaba asentado sobre las nubes, cerca de los dioses. Sus habitantes eran dragones, minotauros, pegasos, faunos, sátiros, grifos, aves fénix, hidras y todos los animales que pueblan las diferentes mitologías. Algunas veces, estos seres interactuaban con los humanos, ya sea para beneficiarlos o actuando como castigos divinos, pero otras la simple casualidad unía sus destinos.

Esta historia es sobre un dragón que tuvo una particularidad desde antes de su nacimiento. Por lo general, estos animales, que pertenecen a la familia de los reptiles, llegan a medir unos cinco metros de largo y son de varios colores: violetas, azules, diferentes tipos de verde. Cubiertos de escamas, tienen grandes alas cuando llegan a ser adultos, suelen escupir fuego y su cola termina de forma triangular.

Zu, que es el nombre de nuestro protagonista, había nacido hacía muy poco, pero era muy diferente al resto. Su cuerpo era totalmente blanco. Las escamas eran de cristal de una prístina transparencia que, al ser tocados por la luz solar, se transformaba en un abanico de arcoíris iridiscentes y sus ojos eran incoloros y sin pupila, pero tenían la capacidad de ver la esencia de todo.

Los demás dragones, primero, asombrados, lo miraban con gran curiosidad, pero como casi siempre sucede, después sintieron miedo. Por lo general cuando se es diferente no es sencillo ser aceptado por la manada.

Decidieron los mayores que al inaceptable lo enviarían a la tierra y cuando la noche comenzó su aparición, lo dejaron en un frondoso bosque. La creciente oscuridad ocultó una precaria cabaña que los árboles escondieron pues sus moradores descansaban en las tinieblas nocturnas.

Zu lleno de miedo intentó preguntar por qué no podía vivir entre sus hermanos. Lo llevaron a un espejo de agua y le pidieron que viera su reflejo.

—¿Eres igual a ellos? —le preguntaron.

—Sí, tengo escamas, alas, afilados dientes, garras —contestó.

—¿Has notado el color de tu piel?

—Esa es una mínima diferencia.

—No para nuestra comunidad —y se fueron volando indiferentes sin mirar atrás.

El pequeño dragón no comprendía bien lo sucedido. Entristecido fue a refugiarse entre unos arbustos en espera del nuevo día. No tenía que comer, el sitio era desconocido y la soledad lo hacía sentir frío, aunque eso tenía más que ver con la falta de afectos, que con la temperatura ambiente. Con la luz del amanecer buscaría un rumbo para su vida y la forma de sobrevivir en su nueva realidad.

Con las primeras luces, voces infantiles lo despertaron. Eran varios; Zu no pudo ver cuantos. La algarabía era grande, hasta que se escuchó la voz de su madre:

—¡Es hora de ir a la escuela!

—¿Ya? —contestaron a coro los niños.

—Sí, su padre los alcanzará antes de ir a trabajar a la herrería y yo tengo mucho que hacer en la casa y gran cantidad de ropa que lavar de la gente del pueblo.

Se escucharon suspiros de queja, pero hicieron lo que se les pedía. Eran niños obedientes y sabían que sus padres se esforzaban mucho para que no les faltara nada de lo indispensable

—¡Vive alguna aventura! —le gritaron al hermano que quedaba en casa—, y después nos la cuentas.

El más pequeño se adentró con lentitud en el bosque que comenzaba en el fondo de su casa.

Mientras miraba en dirección de su hogar, un resplandor lo hizo voltear la cabeza dirigiéndola a esa luz.

Los niños son curiosos, pero sobre todo no sienten miedo y se aventuran a explorar situaciones en las que no les es común estar.

Guillermo, era el nombre del niño que se acercó al pequeño dragón blanco. Comenzó a hablar con él para saber qué hacía allí, como había llegado, si tenía hambre o sed.

Zu no hablaba el idioma de los humanos, pero con asombro notó que lo comprendía muy bien. No sabía cómo hablar y tampoco su naturaleza le dio las herramientas para hacerlo, pero comenzó a pensar las respuestas y el niño, también lo entendió y supo que no eran necesarias las palabras, podrían comunicarse con la mente.

Así comenzó el siguiente diálogo:

—¿Cómo te llamas? —preguntó Guillermo

—Me llamo Zu, ¿y tú?

—Soy Guillermo y tengo cuatro hermanos. ¿Qué haces aquí?

—Mi familia me trajo, porque soy diferente al resto de los dragones.

—No entiendo, yo también soy diferente y vivo con mi familia.

—¿Qué te diferencia de ellos?

—Tuve un mal encuentro con un lobo. Me cortaron la pierna por esa razón. Todavía soy muy chico para la escuela y me entretengo recorriendo este bosque e inventando historias que le cuento a mi familia antes de dormir. Mi capacidad de movimiento está limitada, pero no la de mi mente.

—Mi cuerpo y mis ojos son blancos, diferentes a los demás. Quizá creyeron que al ser mis escamas de cristal y mis ojos incoloros podría ser peligroso.

—Sí, yo recorro mucho este lugar y después invento cuentos para mis hermanos —luego preguntó curioso— ¡Eres hermoso! ¿Qué sabes hacer?

—Todavía no lo sé, debo crecer un poco, por lo general, arrojamos fuego por la boca, pero con este color, no sé si esperar ser igual en eso a los otros.

—Zu, mamá se preocupa si no me ve durante mucho rato, debo volver a casa, ¿quieres venir conmigo?

—No soy como tú. Aquí no conozco nada ni a nadie y no sé si seré aceptado, cuando ni siquiera mi familia quiso.

—Tener miedo no te ayudará. Mira, te propongo que vengas. El granero no se utiliza. Solo yo voy ahí, sobre todo si llueve, para no quedarme en casa. Te llevaré comida y agua. Puedes quedarte ahí, mientras creces e investigas cuáles son tus talentos. Estoy seguro que debes tener muchos. Por cierto, ¿qué comes?

—Me gustan los pescados, pero puedo aceptar otras comidas.

Guillermo se levantó y enfiló hacia su casa. Detrás iba Zu guardando una distancia prudencial. Estaba por llegar cuando escuchó la voz de su mamá:

—¡Guillermo!, ¡no te alejes mucho!

El niño gritó:

—¡Ya estoy cerca!

El granero algo alejado de su casa era el sitio ideal para evitar que pudieran ver a su nuevo amigo dragón.

Era un lugar muy amplio lleno de herramientas y paja por todos lados. Había una escalera que conducía a una especie de entrepiso. Le señaló a Zu ese sitio y con alguna dificultad, pudo subir hasta el lugar que sería su hogar.

—Vuelvo enseguida —dijo Guillermo en un susurro— voy a traerte algo de comer.

Salió y fue donde su madre para que viera que había regresado. Verlo la tranquilizó.

—¿Puedo llevarme un poco de comida?

—Sí, pero ¿por qué no comes aquí?

—Ya sabes, mamá, me gusta inventar historias mientras alimento a las hormigas o cualquier otro animalito. De esa manera tengo cosas que contarles a mis hermanos.

—Está bien.

Llevó dos panes y una jarra de leche. Puso todo en un carrito que le permitía cargar cosas a pesar de su dificultad física.

Abrió la puerta del granero y llamó suavemente a su dragón blanco.

—¡Oye!, Zu, te traje comida —dijo en voz baja por las dudas que su madre estuviera cerca.

El animal levantó su cabeza, lo miró y bajó a recibir ese alimento que estaba esperando.

Comió el pan, bebió la leche y, además, Guillermo llenó un balde con agua en la bomba que estaba cerca y se la dejó para que calmara su sed.

Después de saciar el apetito atroz que sentía, el niño le preguntó cómo era el lugar de donde había venido.

Si bien no había estado mucho tiempo y poco había visto, sabía que viven animales diferentes de los que habitan la tierra. Le explicó cómo eran y qué hacían.

Guillermo estuvo un buen rato con su dragón y en un momento le dice:

—Es la hora en que mis hermanos vuelven y todavía no quiero que te vean, porque pueden asustarse, además no deseo prepararlos para que oculten tu presencia. Debe ser algo natural.

Zu contó que su hogar estaba en las nubes y era un hermoso lugar.

—¡Esto fue un gran banquete! —, comentó el pequeño dragón. Muchas gracias por la comida, pero, sobre todo, por tu compañía y tu gran corazón —le transmitió con sincero reconocimiento.

El chico salió emocionado. Le complacía haber encontrado un amigo con quién compartir tantas horas de soledad.

Al caer la tarde llegaron sus hermanos, cenaron en familia, el fuego de la chimenea estaba prendido y en la sobremesa, ya junto a la estufa, se acomodaron para las historias que Guillermo inventaba para entretenerlos antes de dormir.

La familia reunida disfrutaba los cuentos que les permitían soñar y estimulaban su imaginación.

Esta noche, la historia se trata de un dragón que se había caído de las nubes y encontró un amigo.

Las palabras se sucedían. Los ojos familiares no miraban hacia ningún lado, pero se notaba que podían ver lo relatado, como si de una película se tratase.

Cuando el cuento terminó, ninguno de los presentes quería irse a dormir. Tenían muchas preguntas, ¿cómo se le había ocurrido?, ¿dónde estaba ese reino?, ¿era bueno o malo?

Guillermo hizo silencio, pero una gran sonrisa se había dibujado en su rostro.

Luego de asear los trastes, todos se fueron a descansar.

La madre fue revisando cama por cama, arreglando frazadas y arropando con amor a cada hijo.

Al día siguiente todo volvió a empezar, la salida del padre a la herrería, sus hijos a los estudios, mamá al hogar y Guillermo a sus juegos. Se dirigió al cobertizo llevando comida.

No podía salir de su asombro cuando vio que su amigo estaba mucho más grande que el día anterior y ya intentaba revolotear por el lugar. Entendió que el crecimiento de Zu era más veloz que el suyo. Solo había dormido una noche.

—Parte de nuestra magia, es crecer con rapidez— le dijo adivinando sus pensamientos.

Una vez que hubo comido, el niño lo llevó hasta el bosque, para que hiciera sus pruebas de vuelo en un sitio más grande.

Jugaron horas. Guillermo estaba feliz. Nunca se había sentido tan acompañado y también le daba la posibilidad de entregar su cariño.

Luego de un par de meses, uno de esos días en que estaba en el bosque con su amigo ya muy grande, se dio cuenta que sentía cierta envidia de ver la libertad con la que se movía, tanto en el aire como en la tierra.

Zu pudo sentir sus pensamientos y bajando de su vuelo inclinó la cabeza para que el niño trepara a su cuerpo, mientras le decía:

—Sube, te voy a mostrar cómo veo yo el mundo.

El niño no lo dudó y una vez que se sujetó con fuerza al cuello del animal, este con suavidad emprendió un corto vuelo.  

Él no podía jugar con sus hermanos a correr o saltar, por eso surgió en él la avidez por contar historias como forma de sustituir su deficiencia física con una gran creatividad.

Por las noches, ellos pedían relatos de su hermano y el dragón y ahora que volaba tenía la dosis justa de aventuras que la familia disfrutaba.

Sucedió que un día, Guillermo tuvo la necesidad de contar la verdad a su familia. Cuando estuvieron reunidos les confesó:

—Necesito decirles algo. Mis historias no son inventadas, son reales, el niño, el dragón y todo lo que hacen.

—¿Cómo? —se alarmaron sus padres.

—Sí —dijo con una gran sencillez—. El niño de esos cuentos soy yo, al dragón lo encontré en el bosque y lo he cuidado y alimentado. Se convirtió en mi mejor amigo.

—Pero los dragones no existen —dijeron sus padres al unísono— son criaturas legendarias.

—No, no es así. Son reales y uno de ellos vive en nuestro cobertizo. No podía dejarlo en el bosque. Era muy pequeño para sobrevivir en soledad. Necesitaba comida y compañía. Hasta he volado sentado en su lomo.

—Quiero que me lleves ante él —dijo su padre con preocupación.

—Sí, claro, pero no quiero que lo asustes. Soy feliz desde que está aquí. Nunca he podido jugar con mis hermanos y él estaba en el bosque, porque fue desterrado por ser diferente. Yo también lo soy y eso desarrolló otras partes de mí, como contar cuentos. A veces me siento como un trovador e imagino ir de pueblo en pueblo contando hazañas. Nada de eso puedo hacer con mi cuerpo, pero desde que Zu aprendió a volar, puedo ver el mundo como él y eso me alegra el día a día. Comprendí que son mis diferencias las que me hacen especial.

El padre con visible emoción lo abrazó. No pensó las cosas como su hijo lo había hecho y con un nudo en la garganta lo tomó de su mano y le pidió que lo llevara hasta el animal.

De esa forma, con un farol alumbrando el camino, toda la familia se dirigió al cobertizo.

—Permite que yo entre primero, papá.

El hombre asintió.

Una vez adentro, con la luz de la linterna alumbrando, se le escuchó decir:

—Zu, quiero presentarte a mi familia. Tú no tienes una y yo sí. Me has mostrado que puedo sentirme igual a pesar de ser diferente y yo deseo entusiasmado que te sientas de la misma forma, porque eso completaría mi felicidad. Ellos pueden sentir temor al verte, no los asustes, ¿sí?

El dragón asintió y bajó del entrepiso.

La luz del farol daba en su cuerpo blanco y reflejaba un brillo sin igual que lo alumbraba todo.

Guillermo fue a buscar a su familia. Despacio fueron entrando sin poder creer lo que sus ojos mostraban. El niño se paró muy cerca de la gran cabeza del animal que parecía peligroso, pero enseguida notaron que se dejaba acariciar y movía un poco la cola como una muestra de felicidad y agradeciendo el ser aceptado.

—Todavía no sabe cuáles son sus talentos, pero pronto los comenzará a descubrir. En principio puede reflejar la luz que le llega y sus ojos ven más allá de lo que lo hacen los nuestros, pero aún no comprendo demasiado cómo mira. Ahora aprendió a recolectar frutos del bosque y algunos peces que le sirven de alimento.

La familia no podía hablar, aunque tenían algo en claro. Guillermo era feliz con su nuevo amigo y sabían que el asombroso temor iría disminuyendo con la confianza de su hijo.

Su padre se dirigió al imponente animal y le dijo:

—Puedes quedarte aquí el tiempo que quieras. Mi hijo te ofreció su amistad, compañía y a nuestra familia. Eres bienvenido.

Dirigiéndose al resto del grupo sentenció:

—Zu forma parte de nuestro entorno, pero por su seguridad y la nuestra, solo el núcleo familiar sabrá de su existencia.

Al escucharlo, el dragón blanco derramó una lágrima que al caer se transformó en un brillante. Guillermo se acercó para tomarlo y se lo llevó al padre, al mismo tiempo le decía a su amigo:

—¡Vaya! Parece que has descubierto uno de tus talentos —y sintió que una gran felicidad le embargaba como si fuera un logro propio. Por primera vez su comunicación telepática fue entendible para todos.

—Cuando grupo me abandonó, lo hizo con la intención que muriera en este bosque. No pensé que aquí encontraría a un amigo que salvaría mi vida y me ofrecería lo que me habían negado, una familia.

Se hizo un silencio en el que se respiraba gratitud y mucho, pero mucho amor.