jueves, 22 de noviembre de 2018

Mi último email, tu sincera Kaori

Armando Janssen


Hola Pablo

Al fin dispongo de tiempo libre para escribirte, como te prometí por Facebook. Retomando el tema «formar parejas», me agradaría que me ayudaras a incorporar conocimientos sobre las costumbres de tu país. Ya que creo hay un problema, las personas en el nuestro, no están interesadas tanto en relacionarse con otros países. Hay alguna compañía matrimonial que relaciona japoneses con extranjeros, pero casi todos sus clientes son hombres japoneses con mujeres de otro país asiático, especialmente chinas. O mujeres japonesas, que desean relacionarse con hombres de Hawai. Hay una coincidencia de intereses entre sí, y es la siguiente: las mujeres chinas quieren conseguir la residencia permanente y los hombres japoneses quieren mujeres jóvenes. Las mujeres japonesas quieren vivir en Hawai y los hombres mayores ricos quieren casarse con mujeres jóvenes japonesas.

Lamento haberme dormido sin darme cuenta al escribir, era muy tarde aquí anoche. Así que te enviaré este correo electrónico y continuaré más tarde.

KAORI, 2018 9 19 () 01:27


Hola, Pablo

Como te expresé anteriormente, considero que la gente de nuestro país no está tan interesada en conocer personas de otros países. Tal vez nosotros estamos demasiado aislados de ustedes los americanos, de los europeos y de otros países asiáticos. Y no me malinterprete, pero creo que todavía existe discriminación de color (por favor indícame honestamente tu parecer al respecto, creo que esta discriminación es universal). Sería muy buena idea, hacer coincidir no solo a los jóvenes, sino también a las personas mayores que desean disfrutar de una segunda oportunidad, después del divorcio o el duelo.

Esperaré atenta tu respuesta, KAORI, 2018 9 19 () 07:28


Querida Kaori

Qué alegría haber recibido tu e-mail. Considero que tu información sobre el tema «formar parejas» es muy precisa y acertada. Deberíamos comenzar por agrupar en rangos de edad a nuestros posibles clientes, que divido en tres: un primer grupo de entre veinticinco a cuarenta años de edad, quizás el grupo con más posibilidades de conocer una pareja por sus propios medios, serían los primeros en desear formar una pareja y establecerse independientemente. Otro segundo grupo de entre cuarenta y cinco a sesenta años, conformado por solteros, divorciados y viudos, que quizás se encuentren solos, y si tienen hijos, estos han crecido y seguramente se han ido del hogar, considero a este rango como al más aprovechable para transformarlos en clientes, porque aún se es joven para pensar en formar una segunda familia, pero, el conocer personas de otro círculo que el habitual, no les resultará fácil sin ayuda. Por último, tendríamos un tercer grupo después de los sesenta años, el cual considero es el más dificultoso, porque si estos, no han cosechado amigos suficientes y/o no tienen cierto manejo de una segunda lengua o conocimientos básicos de Internet, la soledad puede ser aterradora y se les hará extremadamente difícil encontrar un compañero.

Por mis conocimientos sobre mi viaje a tu país y por lo que tú me estás transmitiendo, Japón tiene solo una similitud con mi país o con otros países de América o Europa, es en cuanto a que los hombres mayores de situación económica estable, sobre todo norteamericanos, europeos y japoneses por lo que tú indicas, tratarán de buscar siempre una mujer más joven, sumisa y dedicada. Ya que actualmente la mujer europea o americana, es demasiado independiente y liberada económicamente en comparación con la asiática. También coincido contigo, en que probablemente una mujer japonesa buscando seguridad, trataría de cambiar de ambiente, como ejemplo en Hawai, para sentirse más libre.

Estoy interesado en continuar profundizando mis conocimientos sobre tu país, con la finalidad de poder desarrollar junto a ti, una agencia de parejas en Japón y poder conocerte muy pronto, Kaori. Considero que las tradiciones y el excesivo respeto determinan que sea dificultoso encontrar pareja en tu país. En América o Europa casi no existe ese problema, las personas fácilmente se conocen por atracción o por amigos en común, otros interactúan en la calle, bares, reuniones o fiestas, y actualmente existen hasta aplicaciones para encontrar pareja. ¿Estas aplicaciones existen en Japón?

Saludos querida Kaori. Pablo.


Estimado Pablo

¡Muchas gracias por tu excelente respuesta, y ser tan considerado en tus opiniones! Tienes mucha agudeza y profundidad en tus consideraciones. Creo que eres muy inteligente.

Algo que no puedo entender bien es: ¿cuál crees tú que es la mejor forma de hacer conocer a los hombres y mujeres japoneses entre sí, y a los japoneses con los extranjeros?

Muchos años atrás, durante el período militar en Japón, la economía japonesa era muy fuerte, los hombres recogían mujeres en la calle, en el bar y en las fiestas. Había muchas oportunidades para que ellos conocieran mujeres en esa época, creo que la razón surgió fácilmente al obtener trabajos estables y buenos ingresos. En esa época había un sistema originalmente japonés llamado «Omiai», su traducción sería «matrimonio concertado», a través del cual las familias presentaban a dos jóvenes desconocidos entre ellos con la idea de conducirlos al matrimonio, de esta manera, la mayoría de los japoneses jóvenes lograban casarse.

Pero todo ha cambiado, ahora en Japón, hay algunas oportunidades para que los hombres conozcan mujeres, pero para las mujeres es más difícil. Hay varias agencias de matrimonio grandes y algunas pequeñas, que organizan fiestas y eventos para hacer coincidir a las parejas, pero cuestan mucho dinero. Las personas que no quieren pagar ese dinero, utilizan la aplicación gratuita correspondiente. Hay muchos competidores en Japón, pero no todos ofrecen un buen servicio. Bajo estas condicionantes, aún no tengo claro cómo armar este negocio.

KAORI, 2018 9 21 () 23:25


Querida Kaori

Previo a mi viaje a Japón, me conecté con la Asociación Kasiwa Good y ellos me asignaron un guía, él hablaba español y eso me facilitó mucho las cosas. Kanji era su nombre, le gustaba ayudar a los extranjeros a moverse en Tokio, era un hombre mayor ya retirado y se sentía muy útil realizando está tarea, me apodó Pablo-San. Él me enseñó mucho en esos pocos días y recuerdo que me contó que tenía tres hijos (un varón y dos mujeres), los dos mayores ya se habían casado, pero la hija menor, aún no. Eso le preocupaba mucho, pero yo que recién comenzaba a conocer la cultura japonesa, en ese momento no le di la dimensión que él si le daba, para él era un problema, quizás por la edad, o porque una mujer soltera está mal vista en Japón, tal vez porque pretendía que pasara a ser una preocupación del marido y no de los padres. Lo importante es que, en ese momento no dimensioné su preocupación, en América o Europa, la mujer es más independiente y por eso de este lado del mundo, no sería mayor problema. Ahora que han pasado los años, he aprendido más sobre las costumbres y necesidades de la cultura japonesa, y de tu mano, Kaori, empiezo a descubrir que si bien el mundo ha avanzado para todos, en Japón aún están muy arraigados a sus tradiciones y son víctimas de su propia cultura, ¿te parece que es así?

Kanji, además, me contó que su hija soltera, trabajaba en una empresa donde habían unas seiscientas mujeres, sin hombres, esto alejaba la posibilidad de conocer al sexo opuesto en el ámbito laboral. Y que además su empresa, acostumbraba realizar encuentros en el año con otras empresas de hombres, con la finalidad de alentar a las personas solteras a formar pareja, porque consideraban que las personas casadas eran más felices, estables, y por ende rendirían más en sus trabajos.

Me pregunto, para que la agencia tenga éxito, ¿cómo hacer coincidir a hombres y mujeres japonesas? Una forma puede ser realizando eventos deportivos, sociales o culturales, bailes, encuentros en parques o museos y cualquier otra manifestación para juntarlos, una vez obtenidos sus datos básicos, dividirlos por grupos de acuerdo a sus características, gustos, afinidades, habilidades, posición social-económica, edad, etc. Más adelante lograr obtener datos más precisos, con toda la información del cliente.

¿Cómo hacer coincidir a hombres y mujeres japoneses con hombres y mujeres extranjeras? Primero habría que separar a los hombres de las mujeres, ya que las necesidades serían muy diferentes: quedó claro que los hombres japoneses de buena posición económica, buscan una mujer joven. Las mujeres japonesas en cambio, querrán encontrar compañía, salir de la soledad y buscar protección, quizás un hombre de buena posición en el extranjero. Y, por último, se ubican los extranjeros que deseen conocer mujeres y hombres japoneses.

Para todos los casos se necesitará resolver la diferencia del idioma, hoy en día existen aplicaciones que pueden resolver el problema, solo tendremos que enseñarles a utilizarlas. Tú Kaori, en Japón, tendrías que organizarte para comenzar a obtener clientes mujeres y hombres, conocer sus gustos y establecer afinidades para hacer que se conozcan. 

Se podrían buscar un par de empresas que reúnan mucho personal, para que patrocinen estos encuentros, y que dispongan de profesionales que aporten conferencias con temas de interés o carreras deportivas, con la finalidad de juntar gente en forma masiva, completando un formulario básico para participar y de ahí obtener información.

Me despido por ahora querida Kaori. Pablo.


Querido Pablo

Tu anécdota con Kanji es muy interesante y refleja cierta verdad. Aunque los tiempos están cambiando, en mi país estar soltero es una verdadera preocupación, sobretodo para la mujer, también para sus padres.

Estoy muy interesada en esa aplicación para «formar parejas», ¿sabes de alguna que ya esté formada? Ahora la mayoría de las agencias de matrimonio en Japón, son franquiciadas por una gran compañía matrimonial y esta dispone de una gran cantidad de miembros, es posible que su base de datos sea muy importante. Una nueva agencia, que al comienzo dispone de pocos miembros, ¿cómo podría entrar en el mercado? ¿Tienes alguna idea de cómo reunir rápidamente una gran cantidad de posibles clientes, además de la conquista individual?

Por otro lado, creo que está en la naturaleza de los hombres tener relaciones físicas con muchas o varias mujeres, ¿no es así? En el tiempo que trabajé para una pequeña compañía matrimonial, se celebraban fiestas, y observaba cómo muchos hombres casados mentían para participar, declarando ser solteros. Ellos buscaban hacer trampa para engañar a sus esposas. Así que, algunas compañías matrimoniales obligaban a presentar un certificado de situación civil. 

Beso grande, KAORI, 2018 9 23 () 22:56


Querida Kaori

Tú haces las preguntas sencillas pero esenciales para tratar de llevar adelante este negocio. ¿¿Cómo atraer a los futuros clientes??... es la clave de todo negocio, pero como acá se involucran sentimientos, lo hace más complicado. Deberemos obtener credibilidad con las personas para convertirlos en clientes y esa será la clave, darles las garantías suficientes para que aporten todos sus datos y se sientan protegidos, teniendo en cuenta que son datos muy personales, número de celular, email, dirección de su casa y trabajo, oficio, sueldo, también deberá ser muy sincero y confiado para aportar datos sobre sus sentimientos, qué tipo de hombre o mujer desea, clase social y cultural, gustos, aspiraciones, si desea una relación con la finalidad de formar una pareja o simplemente una cita casual o sexo. ¿Se entiende entonces que tener credibilidad es lo más importante para obtener miembros?

La segunda parte importante es cómo conseguir los clientes.

Sería más sencillo tratar de conquistar las fábricas u oficinas donde tengan muchos empleados y así obtener muchos interesados. Pero la conquista particular del cliente ofrece más seguridad y respeto al usuario del programa, que muchas veces no se acerca porque hay muchos usuarios. Esto no es fácil y no conozco el tema con autoridad para considerar como se manejan los japoneses, ni los lugares que frecuentan.

Creo que disponer de una buena aplicación con la que puedan conocerse sería efectiva.  La tercera manera de conquistar clientes sería a distancia, con una página web donde se registren como clientes con todos sus datos y acercar entre sí a los clientes. Esto también serviría para relacionar a los japoneses con los extranjeros.

En cuanto a las aplicaciones, ya existen varias, el tema es encontrar una lo suficientemente seria. Me pareció interesante lo que mencionabas sobre esa compañía matrimonial y que tendría una gran base de datos, deberías averiguar ¿quién podría proveernos de una buena base de datos? Tal vez ¿Facebook?, ¿o existe alguna otra exclusivamente japonesa?

Trata de hacerme conocer más la cultura japonesa y cuales son sus requerimientos sociales, culturales, como manejan la soledad y cuales son vuestras conductas sexuales preferidas.

Un abrazo y beso grande, Pablo.


Querido Pablo

Totalmente de acuerdo contigo, la protección de la información personal es lo más importante. Tenemos que establecer la confianza para nuestros clientes. Y como has dicho en tu correo, las personas que desean conocer al sexo opuesto pueden clasificarse en base a dos patrones: los que buscan una pareja con seriedad, y los que solo quiere asociarse para tener relaciones sexuales.

Debemos reducir el objetivo y preguntarnos: ¿a qué segmento de clientes queremos apuntar?, ¿jóvenes solteros, mediana edad o ancianos, incluídos los que se han divorciado, enviudado o se encuentren desconsolados?

No conozco mucho de tecnología, pero trataré de averiguar cuáles son las aplicaciones existentes sobre el tema y quiénes pueden proveernos de una buena base de datos.

Sinceramente con amor, KAORI, 2018 9 27 () 05:27


Querida Kaori   

Qué bueno que coincidimos en que la protección en la información que nos proporcionarán los futuros clientes sea lo más importante, lo es sin duda, sin esa confidencialidad no existirá un negocio rentable. El primer gran tema a resolver será: ¿como empezar a conseguir rápidamente clientes? Yo creo que realizando varias campañas al mismo tiempo y no muy costosas, con la finalidad de empezar a hacerse conocer en el mercado, campaña publicitaria, página web, aplicación para el celular, formar un equipo de vendedores y especializarlos en el tema y tratar de ganar a una o dos compañías medianas que nos apoyen como auspiciantes.

El segundo tema es, ¿qué tipo de clientes queremos y podemos atraer?, ¿jóvenes solteros?, ¿mediana edad?, ¿ancianos?, ¿divorciados?,  ¿viudos?,  ¿todos? Creo que es importante definir nuestro perfil para brindar seguridad y confianza en nuestros clientes. Al definir nuestro perfil, estaremos definiendo el tema del tipo de clientes a los cuales podemos llegar. El otro gran tema será: ¿cómo separamos a los clientes que buscan pareja de los que buscan sexo casual?  Este será un importante tema a resolver, porque los clientes que buscan una pareja seria no querrán que se les mezcle con los que solo buscan sexo.

Con amor, Pablo.


Querido Pablo

No tengo experiencia de trabajo de ventas, entonces no sé cómo atraer clientes. Tú me has manifestado en tus correos, que desconoces las necesidades reales que podemos tener los japoneses. Yo puedo aportar y describir las situaciones de las personas de mediana edad de mi conocimiento, amigas, compañeras de trabajo y familiares. La tasa de divorcios es muy alta según los últimos registros y las agencias matrimoniales que se especializan en emparejar estas edades, también están aumentando.

Al principio yo estaba interesada en «formar parejas» para los jóvenes, dado que la tasa de nacimientos según las estadísticas ha descendido notoriamente. Pero tú me has hecho considerar que la mediana edad, que tú estableces en el rango de entre cuarenta y cinco a sesenta años, sería la franja más importante donde trabajar. Debido a que el promedio de vida se ha extendido quizás hasta los ochenta años de edad, hay muchas personas que desean encontrar un nuevo compañero. ¿Quién no desea entonces una segunda oportunidad para ser feliz? Muchos hombres y mujeres japoneses se han divorciado o enviudado y querrán encontrar quién los cuide para no sentirse solos.  

Con amor, tu KAORI, 2018 9 28 () 20:58


Querida Kaori 

Quizás tú no sepas nada de ventas, pero tus apreciaciones e intuiciones sobre el tema son muy acertadas en relación a la vida real, ambas son muy importantes y básicas cuando se tratan los sentimientos y necesidades de las personas. Intentar realizar un trabajo para vincular a dos personas sentimentalmente con éxito, es una tarea difícil, ya que además de contar con la experiencia personal, hay que imaginar la experiencia y necesidad particular de cada uno de los clientes, para poder brindar un servicio satisfactorio.

Esta investigación que estamos realizando al intercambiar opiniones, tiene como finalidad convertirla en una actividad laboral, y está solo será redituable, si se conocen las diferentes necesidades de los clientes y no sólo quedarse con la experiencia personal. Si seguimos en el camino de entender a los clientes que se pueden acercar, seguramente conseguiremos el éxito. Ya nos estamos acercando a la idea, de que sería conveniente comenzar a «formar parejas» dentro del rango de la mediana edad.

Es muy importante continuar intercambiando emails para afinar el tema.

Kaori, he notado que me estoy involucrando emocionalmente contigo. ¿Te pasa también? Necesito conocerte pronto y abrazarte. ¿Qué te parecería que fuera a visitarte en abril? ¿Tendrías quince días para mí?  

Con amor, Pablo.


Querido Pablo

Me encantaría y me ilusiona muchísimo si vienes a visitarme en unos meses. No sería fácil para mi el dedicarte muchos días, pero haría lo imposible, te lo prometo. Yo también me estoy involucrando mucho contigo.

Regresando al tema del trabajo, estoy de acuerdo en que la tarea de vincular a dos personas es una tarea extremadamente difícil. Tenemos que satisfacer no solo a un cliente, sino a dos clientes al mismo tiempo. La compañía matrimonial de la que te hablé tiene una condición estricta para ser miembro y el cliente tiene que pagar una tarifa de retención bastante alta mientras le consiguen pareja. ¿Qué tipo de administración te parece que tendríamos que realizar?

Sin duda continuaremos intercambiando emails, acudo a chequear mi casilla de correo con frecuencia con la esperanza de encontrar tu e-mail.

Con mucho amor, tu sincera KAORI, 2018 9 30 () 8:34


Querida Kaori

Me encanta que ambos podamos sentir atracción por el otro. Prométeme un próximo email donde solo me hables de ti, sin hablar de trabajo. Un relato sincero de tu interior, de tu vida pasada y actual, de lo que tienes y de lo que te falta. Y de lo que nunca has contado.

Con amor, Pablo.


Querido Pablo

Es muy difícil hablar profundamente de mí misma, pero por ti trataré de hacerlo. Por lo general puedo comunicarme con franqueza con los demás, los que me conocen consideran que soy una persona alegre, feliz y que pienso demasiado. Hablando de amor, tal vez todo sea más complejo. Me atrae el hombre mayor, será porque es más respetuoso y porque me gustaba mucho mi padre. Él falleció cuando yo tenía catorce años, durante diez años padeció un tumor cerebral. Nací en Nueva York, donde mis padres vivieron varios años, ya que mi padre tenía trabajo allí, pero al cumplir yo un año, regresamos a Japón.

Ahora te contaré cual es el problema entre mi esposo y yo. Creo que es lo que quieres saber. Nunca hablé de esto con nadie. El problema es muy profundo, pero muy simple. No sé si te he contado que mi esposo tiene una enfermedad mental, él asume que al sentirse enfermo en su interior, si me besa me puede contagiar, entonces no quiere que nos besemos. Tampoco me quiere tocar. Él solo ha querido meterla, así fue como tuvimos dos hijos, después de eso solo algunas veces ha intentado hacer el amor conmigo. Yo no sé como puedo alcanzar el éxtasis sin besarnos ni tocarnos, ¿solo metiéndola?, ¿no te parece absurdo? Creo que hacer el amor es un juego combinando caricias y besos para compartir y confirmar el afecto, pero mi esposo no lo cree así. Él no aparenta su enfermedad y al mostrarse alegre, la gente a mi alrededor considera que soy feliz, pero no lo soy, nunca me conformé. ¿Estoy equivocada? No creo sinceramente que esto tenga solución, ¿qué debo hacer? Ni pensar en abandonar a mis hijos, además no tengo solvencia económica suficiente.

Lamento compartir contigo mi carga, es mi problema. Pero ahora que te conozco, sé que te necesito y quiero estar contigo. Es tu turno, háblame de ti…

Con todo mi amor, tu sincera KAORI, 2018 9 30 () 23:27


Querido Pablo

Me encuentro desolada, avergonzada, destruida, hasta he pensado en suicidarme. Tú Pablo, eres mi único gran amor escondido, mi motivo para vivir en todo este tiempo. Por favor, no me escribas nunca más, distraída he dejado mi computadora abierta y mi marido nos ha descubierto, ha leído todos nuestros e-mails, está furioso y se ha puesto violento, me ha amenazado con divorciarse y no cubrir más los gastos de mis hijos. Yo sola no puedo solventar estos gastos. Me disculpo contigo y me despido para siempre. Nunca te olvidaré.  

Mi último email, tu sincera KAORI, 2018 10 01 () 23:57

jueves, 25 de octubre de 2018

Adolescencia en abandono

Paulina Pérez


Magdalena era una muchacha altiva y agresiva, de ojos oscuros e intensos que delineaba con lápiz negro, mientras recargaba las pestañas de rímel. El cabello azabache y los labios pintados de rojo mate le daban una expresión de dureza al rostro. Una cuarta parte de su brazo izquierdo estaba cubierto por numerosas pulseras de tela, hilo y cuero. Le encantaba la goma de mascar y hacía un ruido tan molesto y desagradable que llamaba la atención de quienes se encontraban cerca. Cargaba una mochila decorada con una colección de llaveros y sellos que apenas dejaban ver el color de la misma. Los días de escuela era el uniforme (una falda azul marino con gris a cuadros, que en vez de estar bajo la rodilla se encontraba a diez centímetros sobre ella, el saco azul siempre amarrado a la cintura y una blusa blanca muy ceñida al tórax), su única vestimenta desde la mañana hasta la noche. Sábado y domingo usaba leggins con blusas sueltas sin mangas o pantalones deportivos anchos con unas camisetas cortas y apretadas que dejaban ver su ombligo. Vivía sola en uno de los cuartos que una comadre de su progenitora rentaba. Se trataba de una casa que a simple vista no mostraba el laberinto de indignas y peligrosas construcciones que se encontraban en la parte posterior de la misma y se extendían de manera irresponsable hasta el filo de una quebrada aledaña gracias a la falta de escrúpulos de la propietaria. Los inquilinos compartían el baño, las instalaciones eléctricas eran bastante artesanales y la piedra de lavar se usaba por turnos.

Blanca era una vecina más de aquel submundo de bloques y cemento, de agujeros mal hechos que servían de ventanas, techos de zinc y puertas de hierro con las que siempre había que luchar para abrirlas o cerrarlas. Magdalena le intrigaba mucho, no comprendía que siendo tan chica viviera sola. Alguna vez la casera comentó que la mamá había migrado a España y le enviaba dinero, ropa, zapatos y todo lo que ella le pedía durante la llamada telefónica mensual que mantenían y de la cual al parecer aquella amiga de su madre siempre estaba muy pendiente.

Magdalena estudiaba en horario vespertino, de lunes a jueves llegaba a su cuarto antes de las ocho de la noche sin excepción. Blanca pasaba por el colegio de la joven siempre que regresaba a casa y los viernes sin excepción la miraba conversar con tres o cuatro muchachos. Al principio no le dio importancia, pero al notar que Magdalena siempre volvía el sábado muy temprano a ese cuarto frío donde nadie la esperaba, empezó a poner atención y sin que ella se diera cuenta comenzó a vigilarla. Así fue como se enteró que una vez terminada la jornada, cada viernes, se reunían algunos chicos y chicas en una esquina cercana a la unidad educativa, luego partían cruzando un pequeño bosque que unía aquel barrio con otro de muy mala fama. Era un secreto a voces que en ese lugar existían cabarets, prostíbulos y bares clandestinos donde los menores de edad podían bailar, conseguir licor, drogas y pagar por unos cuartuchos inmundos donde jóvenes que no pasaban de los quince años perdían su virginidad en manos de mujeres expertas, que en realidad eran desechos humanos producto de la explotación brutal de sus cuerpos y donde muchas adolescentes se iniciaban en la vida sexual bajo el influjo del alcohol o las drogas y en muchos casos de manera violenta.

Aquella noche una extenuada Blanca caminaba casi arrastrando los pies. Arreglar el desorden dejado por la fiesta ofrecida por sus patronos había sido una tarea titánica. Extrañaba mucho a sus hijos pero era consciente que estaban mejor con sus abuelos. Blanca y su familia eran gente del campo. Enviudó muy joven y lo que la pequeña finca de sus padres producía no era suficiente, por eso decidió aceptar el trabajo de mucama en la ciudad y así enviaba dinero para ayudar en la casa. Cada dos fines de semana tenía uno libre y aprovechaba para visitar a los suyos. A ella no le gustaba la ciudad, no le parecía un lugar para criar niños. De pronto una chiquilla excesivamente maquillada y vestida de manera muy llamativa que caminaba con un muchacho que la besaba y manoseaba con descaro llamó la atención de Blanca y le arrancó de sus pensamientos y nostalgias. Tenía ganas de intervenir por lo ofensivo del comportamiento de él y la falta de reacción de ella, pero el miedo a ser agredida la detuvo, a la gente de por ahí no le gustaba los entrometidos.

La pareja seguía caminando y Blanca mantenía distancia. En una licorería que quedaba en el camino se juntaron con un par de parejas más y un joven que corría detrás de Blanca gritó «¡Magdalena!» Blanca no podía creer que se trataba de la misma Magdalena que ella conocía, aquella niña solitaria, de duras facciones, que parecía vivir sin importarle a nadie y sin que nadie o nada le importe a ella tampoco.

Magdalena era la consentida de la dueña de casa, pagaba la renta puntualmente, respetaba los turnos de uso del baño y de lavado para que nadie la molestara. No era amiga de ningún inquilino y quien intentaba hacerle la conversa, era ignorado sin contemplaciones. Alguna vez alguien se atrevió a usar el baño en su turno y se armó tremenda trifulca, hasta maceteros con todo y plantas volaron sobre las cabezas. La dueña de casa se puso de lado de Magdalena pues la otra inquilina estaba retrasada en el alquiler y los chismes y peleas iniciaban siempre con ella.

Magdalena y sus amigos desaparecieron entre los árboles. Blanca no entendía por qué una sensación extraña, como un mal presagio parecía aprisionar su pecho. No logró dormir bien. Con los primeros rayos de sol y el ruido del chorro fuerte del agua llenando el tanque de la lavandería dejó la cama y coló café. El primer turno para lavar la ropa el sábado le tocaba a una vecina amiga, así que sirvió el café en dos jarros, uno para ella y otro para ofrecérselo y hacerle compañía. Cada vez que escuchaba la puerta de la entrada se inquietaba y esperaba ver a Magdalena llegando como de costumbre. Blanca esperó a la muchacha hasta las diez de la mañana y luego fue hasta la terminal de buses era fin de semana con sus hijos y no podía posponerlo. Alcanzó con las justas el bus de las once de la mañana, el próximo salía muy tarde en la noche y no podía perder un día completo de estar con la familia por una persona a la que ni conocía; pero de todos modos la preocupación de no haberla visto llegar viajó con ella.

Cuando Blanca volvía del pueblo iba directo a su trabajo y al terminar la jornada regresaba a aquel cuarto de alquiler. Eran las ocho de la noche cuando cruzaba el portal y se encontró con la dueña de casa que sin responder el saludo le preguntó si sabía algo de Magdalena. El sábado le había ido a buscar para darle un recado y como no aparecía decidió avisar a la madre.

Era miércoles en la noche, Blanca salía a buscar algo para cenar y encontró a algunos de los vecinos en la puerta de la casa murmurando mientras la dueña de casa sollozaba. En las noticias de crónica roja habían informado sobre el allanamiento de bares clandestinos frecuentados por menores de edad y en uno de ellos encontraron el cadáver de una adolescente que al parecer había sido violada por varios individuos y llevaba muerta algunos días. Uno de los vecinos reconoció la mochila de Magdalena en las imágenes que pasaba la televisión y dio avisó a las autoridades. Esa tarde la policía había confirmado que se trataba de aquella niña solitaria a quien las circunstancias habían obligado a vivir como adulta sin ningún referente a seguir.

Blanca no se atrevió jamás a contar que la última vez que vio a Magdalena fue ese viernes. Sabía que de haber intervenido el resultado habría sido el mismo, más una retahíla de insultos por meterse en lo que no le importaba, pero de todos modos, un terrible cargo de conciencia la agobiaba. Se consolaba con saber que sus pequeños estaban bien, crecían en un lugar alejado del mal y los vicios y aunque la escuela no era muy buena, la gente que les rodeaba era sana y quizás el trabajo de la tierra así como la convivencia con los abuelos los haría más felices que vivir en una ciudad donde el desarrollo traía tantas comodidades como males.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Érase una vez un sofá

Rosario Allpas


Mónica se encontraba en casa. Había terminado de realizar una limpieza general. Se sentó en el sofá ubicado en la mitad de la habitación, el que separaba su pequeña sala del comedor, y se puso a descansar. Cerró por un momento los ojos, empezó a acariciar la tela suave de su mueble, levantó los pies y empezó a buscar su celular a tientas hasta encontrarlo. Abrió los ojos y realizó una llamada:

—Aló —le contestaron al otro lado de la línea.

—¡Hola, Richard! Soy Mónica.

—¡Qué tal! ¿Cómo estás?

—Bien. No sabes lo que me pasó ayer.

—Pues ni modo que lo sepa. Cuéntame, ¿qué te pasó?

—Ja. Te contaré. Ayer salí con Sara al gimnasio. De vuelta a mi casa, al abrir la puerta, casi se me paraliza el corazón.

—¿Por qué?

—¿Recuerdas el sofá que me ayudaste a comprar?

—Sí.

—¡Había desaparecido! Ver el espacio vacío al frente de la seudochimenea me desconcertó. Sentí un frío en la espalda como si me hubiesen puesto un arma. Me quedé sin habla. Sara se asustó también y me dijo que llamase a la comisaría.

—¿Y llamaste?

—Sí y no.

—¿Cómo?

—Estaba muy alterada, primero me puse a revisar toda la casa por si algo más me faltaba, pero no, todo estaba intacto. Me dio tanto temor involucrarme con policías por un sillón que me costó treinta dólares en Goodwill que me pareció una pérdida de tiempo, no obstante, Sara me hizo entrar en razón, podían haber entrado narcotraficantes y quizás tendrían la droga escondida en el sofá, ¿qué sé yo? Por ello, hice la llamada.

—¿Y?

—Había marcado el número cuando vi por la ventana que el sofá estaba en la vereda, al frente de la casa. Colgué de inmediato. Salimos con Sara y ella me ayudó a traerlo de vuelta.

—Ja, ja, ja.

—No te rías. Esto es muy serio. Quiero que me ayudes a desentrañar el misterio.

Ok. Mañana paso por tu casa a las seis de la tarde. ¿Te parece?

—Gracias.

Al otro día Richard llegó puntual a la casa de Mónica. Revisaron el mueble con detenimiento. Era un canapé de dos cuerpos, la parte del espaldar y los asientos estaban acolchados y tapizados en damasco de color rojo vino, un poco maltratado; sin embargo, se podía apreciar cierta elegancia en su diseño. Tenía los reposabrazos de madera y forrados en la parte media con la misma tela.

—Aquí puede estar el misterio. —Indicó Richard señalando el reposabrazos derecho.

—¿Cómo? ¿Qué piensas?

—No sé, me parece que lo hubiesen removido. El pegado parece fresco. Si lo deseas compara con el del otro lado.

Mónica escudriñó el reposabrazos del lado izquierdo, lo olió; tenía cierto olor a guardado. Hizo lo mismo con el del otro lado; había una pequeña línea en la madera, apenas visible, muy próxima a la tela, puso la nariz tan cerca como pudo e inspiró profundo.

—¡Cierto! Huele a pegamento. —Movió varias veces la cabeza como para deshacerse del olor fuerte y penetrante —. ¿Puedes remover ese reposabrazos?

—Claro. —Richard sacó una pequeña sierra y limó. Luego de unos minutos logró aflojar y sacar el reposabrazos. Estaba hueco—. Parece que sacaron algo de aquí, pero con seguridad no fue droga. Si aún quieres ir a la comisaría, te acompaño. —Puso de nuevo, como pudo, el trozo de madera utilizando pegamento instantáneo.

—Voy a esperar. Muchas gracias por tu ayuda. Solo me hago una pregunta: ¿A quién habrá pertenecido este canapé?

—¿Quieres que averigüe?

—Noooo.

—Está bien. Me voy. Bye!

—Gracias, eres un gran amigo.

Pasaron tres meses y en otra parte de la ciudad, Paola de la Quintana se disponía a dar una conferencia. Se encontraba en el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles, California. Paola era una pintora bastante joven, había terminado sus estudios en el California College of the Arts de San Francisco; sin embargo, se veía una mujer con aplomo. Era delgada, de tez blanca, de cabello negro largo y lacio. Lucía un conjunto de falda y chaqueta que parecían comprados para la ocasión, pues se notaba que le iban mejor los pantalones vaquero y camiseta. Iba a hablar sobre una pintura famosa otorgada en calidad de préstamo para la exhibición de Colecciones de Artistas Plásticos Latinoamericanos. El lienzo pertenecía al pintor peruano Sérvulo Gutiérrez.

Mónica se encontraba echada en el sofá mirando la televisión, escuchaba atenta que Paola contaba la historia de la pintura: «Mi abuelo, cuando vino a Estados Unidos de América, trajo la pintura que el propio autor Sérvulo Gutiérrez le había regalado, ya que ambos tuvieron una estrecha amistad. Este lienzo estuvo escondido por mucho tiempo hasta que mi abuelo, deteriorado en su salud, me lo dejó en herencia. Esta valiosa pintura que hoy…». De pronto Mónica se levantó, apagó el televisor y sintió enormes deseos de escribir. Se acomodó en la mesa de comedor donde estaba su portátil y puso:

«Érase una vez un sofá», y continuó escribiendo…».

«La sala lucía hermosa, de un gusto exquisito por el tipo de mobiliario de estilo fernandino, de gran tamaño, la madera caoba era el principal elemento y estaba asistido por adornos de figuras geométricas de gran simplicidad, sobrio, elegante, solemne. El sofá y los sillones tenían aplicaciones de bronce y tapiz de seda; sin embargo, en un rincón, pegado a la escalera que conducía al segundo piso se encontraba un canapé de dos cuerpos tapizado en damasco de color rojo vino. Este descompaginaba con la sobriedad de los demás muebles; no obstante, era el sofá preferido de don Carlos de la Quintana, le gustaba porque tenía un acolchado suave y poco le importaba que este trasto se ensuciara, pues tenía una cubierta reemplazable de tela muy fina y resistente confeccionada especialmente para esos avatares. Carlos había sido arquitecto, pero en tiempos de juventud, en Lima, había tenido un hobby muy particular que suelen tener casi todos los arquitectos: la pintura. Muy amigo de gente bohemia: músicos, poetas y pintores; entre aquellos estaban Carlos Quízpez Asín, Ricardo Sánchez y Sérvulo Gutiérrez; este último de reconocida fama y quizás, el más importante pintor peruano. Cuando Carlos migró a los Estados Unidos, Gutiérrez le regaló un lienzo de cincuenta y cinco por cuarenta y seis centímetros.

Años más tarde, instalado en Los Ángeles, en una de las paredes de su casa relucía la pintura de su afamado amigo. Cuando sus hermanos se enteraron de que la pintura era valiosísima, lo instaron a que hiciese una subasta del lienzo, la que los haría ganar miles de dólares, decían. Don Carlos no pensó que aquello fuese lo correcto, consideró que sería una traición al amigo querido, además no necesitaba el dinero; no era rico, pero no tenía necesidades apremiantes y tampoco sus hermanos (eso creía), quienes habían migrado con él. Sin embargo, siempre que se realizaba alguna reunión familiar el ambiente se volvía frío y hostil cuando se hablaba de la pintura y terminaban discutiendo. Solo la esposa de don Carlos los calmaba, quien entendía a su marido, pues ella también había conocido a Gutiérrez, difunto ya, hacía varios años.

Las vueltas que da la vida hicieron que don Carlos enviudara a los cincuenta años. Sus tres hijos, Enrique, Pablo y Sofía, se casaron y uno a uno fueron abandonando la mansión. Sin embargo, cada vez que había reuniones familiares volvían al punto álgido que entrañaba la deseosa subasta del cuadro. Ahora no solo eran sus hermanos sino también sus hijos y demás descendencia que insistían en la venta pública del lienzo como si este fuese un patrimonio familiar y no personal. A Carlos no le quedó más remedio que ocultarlo. Así que, cuando lo visitaban la pared se mostraba desnuda. Nadie osó preguntar qué había pasado con el cuadro, el silencio se hizo palpable con las miradas esquivas. Además, Carlos solía pasear por su mansión con un manojo de llaves que cuidaba con mucha prolijidad, dentro de esas pocas llaves había una pequeña que abría el cajón del escritorio de su antiguo estudio, por lo que sus parientes conjeturaron que allí debía de estar guardaba la pintura, como un tesoro. Nadie preguntó, pero lo sabían, aunque no lo supieran.

Poco a poco las reuniones familiares escasearon conforme Carlos iba ascendiendo en edad; los había sobrevivido a sus hermanos. Ahora sus hijos y nietos eran los que solían visitarlo; mas, mientras unos se entretenían con juegos en línea o viendo la televisión, solo Paola, su nieta, iba a su lado para escuchar las peripecias que contaba don Carlos cuando era pintor y cómo había tenido que luchar contra sus padres, quienes no estaban de acuerdo con su hobby ni con sus amistades. Contaba que, por ello, terminó convertido en arquitecto, como lo fueron todos los hombres de la familia. “Pero tú, querida Paola, serás una gran pintora”, le decía con cariño y convicción. “Sí, abuelo”, contestaba su nieta.

Cuando don Carlos enfermó, tenía más de noventa años y vivía prácticamente solo. Había una persona —siempre distinta— que iba a diario para realizar los quehaceres del hogar enviada por una compañía. Su estado empeoró y fue trasladado a una clínica. Sus hijos se hicieron cargo de la casa. Fue entonces cuando la codicia se perfiló en sus pensamientos y una tarde acompañados de un cerrajero entraron al estudio abandonado. El olor rancio por el polvo y la humedad inundó la habitación, abrieron el cajón del escritorio y para sorpresa de todos, solo encontraron trozos minúsculos de papel, polvo y gran cantidad de excremento de ratón y un agujero por detrás de este. Se miraron consternados pues quedaron despedazadas sus esperanzas de echar mano al famoso lienzo. Las ratas habían hecho de este un festín.

—¡Viejo necio! —farfulló Enrique, muy enfadado.

—¡Mira en lo que quedó el afán de guardar el recuerdo del amigo! —dijo Pablo.

—Quizás era su voluntad —murmuró Sofía.

—Pues mira de qué le ha servido guardar tanto el lienzo. ¡Ha sido comido por las ratas!

—Yo creo que podría estar en otro sitio —expuso Sofía.

—Tal vez. ¿Cómo no se nos ocurrió? Gracias, hermanita. —Sonrió Enrique de manera malévola y de inmediato replicó—: Muy bien…, ¡manos a la obra!

—Tienes razón. ¡Busquémoslo!

Aunados por una nueva esperanza revolvieron la casa, no hubo rincón que no fuese escudriñado. La biblioteca, entre los libros, en los reposteros de la cocina, en los dormitorios. Cada cajón fue abierto. Nada. Debajo de las alfombras. Tampoco. No encontraron lo que tanto anhelaban. Vencidos y agotados a partes iguales se fueron cabizbajos cada uno a su casa.

Mientras en la clínica, la salud de don Carlos se deterioraba cada día más. Solo Paola iba a visitarlo y a veces Sofía. Su nieta se hallaba culminando sus estudios de pintura en la universidad e iba a realizar un viaje a Europa después de su graduación con sus compañeros.

Don Carlos llevaba hospitalizado dos semanas, había conocido a Esther, una afable enfermera de la clínica, quien no solo estaba pendiente de sus necesidades físicas, sino que valoraba en él su inteligencia, percibía su buen humor y gastaba un poco de su tiempo en conversar con él, convirtiéndose poco a poco en una persona de confianza. Cuando tuvo el primer infarto en la clínica, él sospechó que sus días estaban contados y que, quizás no podría ver a su nieta para despedirse de ella. Le pidió a Esther papel, lapicero y un sobre. Escribió una carta dirigida a Paola y le hizo prometer entregarla a su nieta en persona, como un último deseo. "Solo a ella", le recalcó, "sin que haya testigos".

En efecto, don Carlos murió. Estuvieron en el entierro sus hijos, sobrinos y nietos. Paola no asistió por encontrarse aún de viaje.

Una semana después, Esther llamó a Paola, quien había retornado de su excursión. Se citaron en un restaurante.

Cuando la nieta de don Carlos entró al lugar de la cita, lo hizo en compañía de su novio. Esther no tuvo más remedio que refugiarse en el baño y no salir hasta que Paola hubiere abandonado el lugar, quien, desconcertada por el incumplimiento, obvió llamar a Esther por teléfono. Dos días después la enfermera volvió a llamarla y le explicó el porqué no había aparecido: "Las indicaciones fueron precisas y no quise desobedecer las órdenes finales de una persona a punto de morir. Perdóneme", le dijo. "Bien. Entiendo, no se preocupe". Volvieron a citarse en el mismo restaurante una semana después ya que al día siguiente se realizaría la lectura del testamento de don Carlos.

Los familiares, posibles legatarios, se reunieron en el bufete del abogado donde el patriarca había dejado dispuesta la repartición de sus bienes. Se enteraron de que el valioso lienzo se lo había adjudicado a su nieta Paola. Todos firmaron su asenso. Después le contaron a la heredera que la famosa pintura no había sido hallada en la casa.

Cuando se encontró con Esther en el restaurante, luego de los saludos, la enfermera alargó el sobre y se lo dio a Paola.

—Esto me dio don Carlos para usted.

—¡Oh! La carta de mi querido abuelo. Si él le confió esta misiva para entregármela creo que puedo leerla delante de usted, me muero de la curiosidad.

—Adelante, es su decisión y la respeto. Con mucho gusto.

Paola rompió el sobre, sacó la carta y empezó a leer en silencio. Las lágrimas brotaron de sus ojos sin poderlas contener. No mencionó nada sobre el contenido. Solo atinó a decir:

—Muchas gracias.

Terminaron sus cafés y empanadas en silencio y se despidieron.

Cuando Paola le dijo a su madre que deseaba ir a la casa del abuelo, Sofía le contó que sus tíos y primos la habían desocupado. Algunos muebles los vendieron y otros de menor calidad los donaron a Goodwill.

—¿El sofá de color rojo vino?

—Lo llevaron a Goodwill.

—Bien, mamá.

—¿Por qué preguntaste por el mueble?

—Porque era el favorito de mi abuelo.

—Claro.

Paola no dijo más. “Voy a tener que recuperarlo”, pensó.

Ella vivía en su propio departamento, no hacía mucho que había discutido con Paul, su novio, y terminado su relación. Este había criticado la decisión del abuelo de haber mantenido en el cajón del escritorio una pintura famosa. “Qué diantre de viejo, tu abuelo, ¿no?”, le había dicho. Paola no había imaginado que él también estuviese de acuerdo en subastar el lienzo. Entonces, prefirió guardar silencio. Con tristeza y determinación sentenció: “Quizás fue mejor así. En situaciones adversas es cuando se conocen a las personas”.

Mil ideas se arremolinaron en su mente, de pronto se sintió sola. No tenía en quien confiar ni nadie que le ayudase en la misión que quería emprender. Un pensamiento dulce acerca de su abuelo la llevó a pensar en Esther y decidió llamarla y contarle su decisión. La enfermera, quien tantas veces le había escuchado a don Carlos hablar con tanto amor de su nieta Paola, no pudo negarle el favor y aceptó involucrarse en la aventura de ayudarla, con ello cerraría también el postrero deseo de su paciente. Esta última puso en autos a su esposo, quien era ebanista y aceptó participar con agrado, aun sabiendo lo arriesgado del plan. 

Paola averiguó el destino del sofá y en compañía de la enfermera idearon cómo entrar y sacar el sofá conjuntamente con el esposo de Esther, el cual, gracias a sus años de experiencia en carpintería, sabía mucho de cerraduras.

Al otro día, esperaron cerca de la casa. Desde la camioneta Paola, Esther y su marido vigilaban la puerta de entrada, vieron a la dueña salir rumbo al gimnasio y entraron con cautela. Sacaron el sofá y se dirigieron a un apartamento alquilado por Paola muy cerca del lugar en donde todo estaba preparado. El ebanista sacó con sumo cuidado el reposabrazos hueco del lado derecho y extrajo de su interior el lienzo. Se lo dio a Paola, quien lo recibió con delicadeza, con cariño, como el más preciado de los objetos y lo acercó a su corazón. Luego, el esposo de Esther devolvió el reposabrazos a su estado natural utilizando pegamento instantáneo. Cargaron el mueble y fueron a devolverlo. Grande sería su sorpresa cuando aproximándose al apartamento escucharon ruido dentro de este, se asustaron y huyeron rápido hacia la camioneta dejando el mueble solitario en la mitad de la vereda».

«¿Sería así o no la historia?», se dijo a sí misma, Mónica, sonriendo.

Se apartó de la mesa donde estaba escribiendo. Fue a medir el reposabrazos. «Cincuenta y cinco centímetros. Sobrepasa en nueve el ancho de la pintura. ¡Cabía enrollada! ¡Buena, don Carlos!».

Caminó hacia el sofá y se sentó, miró el televisor apagado. Cada vez que Mónica se ponía a cavilar miraba fijo el receptor como tratando de hallar respuestas en la pantalla oscura. «Y… ¿por qué no habrán querido confiar en mí? Podían haberme pedido permiso para sacar el lienzo. Yo se lo hubiese dado», pensó. De inmediato, imaginó una respuesta a su pregunta: «Creo que no creían en nadie. La confianza estaba muy mellada. Eso debió haber sucedido. Bien, ahora me voy a dar un sosiego, luego lo termino, lo reviso y lo dejo descansar. Pasado mañana vuelvo a revisarlo y lo envío».

Dos meses después, Esther llamó a Paola por teléfono.

—¿Has leído el relato ganador del concurso «Simplemente letras»?

—No.

—Por favor, veámonos.

Se citaron en un Starbucks. Esther esperaba. Paola no tardó en llegar, estacionó el auto. Luego de los saludos, la enfermera le mostró el relato «Érase una vez un sofá». Paola comenzó a leer, su rostro se iba transformando, abrió los ojos cuán grandes pudo, luego sus labios se estiraron en una franca sonrisa para después sentir una leve calentura de la emoción que empezó a embargarla y exclamó:

—¡Oh! Pero si…

—¿Contaste a alguien acerca del sofá?

—No, en absoluto.

—Te parece conocida la historia.

—Por supuesto. ¡Es la historia de mi abuelo y de... nosotras! Pero ¿cómo?

—¿Sabes quién es la escritora?

—No. ¿Cómo quieres que lo sepa?

—La dueña del sofá de tu abuelo: Mónica Santisteban.

—¡Mónica! ¿Sabrá la historia o se la habrá inventado?

—Yo creo que la intuyó.

—Algún día lo sabremos. Me dan ganas de conocerla y decirle que su escrito es la verdadera historia del sofá. Gracias, Esther.

—Seguimos en contacto. Adiós, Paola.

Mónica Santisteban, sentada en el sofá, miraba atenta el diploma que le habían otorgado por ser la ganadora del concurso. Sonrió a su vez y musitó:

«Me gustaría conocer la verdadera historia de este canapé». Fue a la cocina y trajo un café, acarició el mueble y dijo: «Gracias».