lunes, 15 de julio de 2024

Plagio de Amor

Lucía Yolanda Alonso Olvera


—¡Vero, ya he terminado! Te envío mi parte del documento final en dos minutos —exclama Nadia contenta mientras se abanica con una revista y observa el reloj de su computadora que marca las once cuarenta y ocho de la mañana.

—¡Qué rápida eres, querida! ¡En cambio yo soy lenta como una tortuga! Llevo apenas diez páginas corregidas y me faltan doce —responde Verónica angustiada sentada en su escritorio ubicado a unos cuatro metros frente al de Nadia.

—¡Ánimo, Verito!, tienes hasta el lunes a las diez y media de la mañana para enviarle a Carlos la versión final. No te agobies, aún te queda todo el fin de semana para acabar tu parte.

—Estoy aplicadísima y el lunes lo tendrá el jefe a primera hora de la mañana en su bandeja de entrada, para que lo envíe al cliente. Menos mal que ya terminamos este proyecto, ¡estuvo bien denso! —concluye Verónica mientras sigue tecleando.  

—Sí. Estuvo rudo, pero aprendimos muchísimo. Ojalá nos contraten para la segunda fase. A mí este tema del cambio climático cada día me aterra más, pero me gusta estudiarlo —responde Nadia en tanto ordena su escritorio y mete su laptop en su mochila—. Amiga, me voy corriendo. Estoy a muy buena hora para llegar a casa y ponerme a escribir.

Verónica deja de teclear, no puede creer lo que escucha. Es viernes al mediodía y no entiende lo que dice su compañera.  

—¿Qué onda, Nadia? ¿Estás trabajando de consultora por tu cuenta? No me habías contado nada —afirma desconcertada.

—¿Qué onda de qué, mi Verito? ¡Por supuesto que no! Con el trabajo que tenemos aquí en esta oficina me basta y me sobra ¡No alucines! —responde sorprendida—. No te había contado nada por la cantidad de chamba que hemos tenido. Ya sabes que mi pasión es escribir, por eso me apunté en un concurso literario y tengo el fin de semana para enviar mi relato. Así que me voy corriendo —dice levantándose de prisa echándose a la espalda la mochila.

—¡Ay, qué buena noticia! Pero cuéntame, ¿ya tienes la historia?, ¿de qué trata? —pregunta su amiga animada.

—Sí. ¡Ya la tengo aquí enterita en mi cabeza! —dice Nadia señalando su sien.

 —Ay, amiga, ¡cuéntamela! —suplica Verónica.

—¡Por supuesto que no! —afirma rotunda—. Me urge llegar a casa y sentarme a escribir. Solo te puedo decir que es sobre la terrible y bella vida de mis abuelos, que supimos gracias a las cartas que mi padre escondió.

—¿Qué cartas? ¡No puede ser que no me hayas contado nada! Me muero de curiosidad de conocer la historia. Mira, te propongo un trato —dice Verónica al apagar y cerrar su computadora—. Este documento lo puedo entregar el lunes y hoy solo vine a la oficina por el cargador de mi máquina que olvidé ayer, así que me llevo todo a casa para terminarlo el fin de semana. Hoy he traído el coche. ¿Te acerco a tu departamento y de camino me cuentas? ¿Cómo ves?

—¡Me parece perfecto! Mientras acabas de preparar tus cosas para irnos, voy rápido al baño, que con la emoción y los nervios del concurso literario ya me dieron ganas de hacer pis —concluye Nadia la conversación y sale corriendo hacia el sanitario del despacho.

La Ciudad de México está que arde desde que inició la primavera, la temperatura se ha disparado hasta los treinta y cinco grados Celsius. Un calor que nunca se había sentido en estas latitudes. Además, la prolongada sequía ha provocado que el ambiente se sienta denso y el aire esté muy contaminado. Verónica y Nadia avanzan lentamente en el tráfico característico del centro de la ciudad, llevan encendido el aire acondicionado para no sofocarse y evitar el apabullante barullo citadino.

—Ahora sí, cuéntame de qué va esa historia de las cartas escondidas que tenía tu papá —comenta Verónica sorteando el tráfico.

—Es una historia de amor increíble, Verito. No te la vas a creer.

»El relato narra la vida de Anselmo y Conchita, mis abuelos paternos, quienes se conocieron hacia fines del siglo diecinueve, en Galicia, cuando tendrían alrededor de dieciséis años y se enamoraron hasta la médula.  Eran muy pobres, pertenecían a familias de labradores oriundas de Carbia, en la comarca del Deza, muy cerca de Santiago de Compostela. No tenían un futuro prometedor en esos lares.

»En aquella época, Galicia era una zona rural sumida en la pobreza y el atraso, las actividades agrícolas estaban debilitadas o casi en ruinas debido a una tierra cansada, a las altas rentas forales y la división de la propiedad en minúsculas labranzas y excesivos impuestos.  Muchos hombres jóvenes decidieron irse a «hacer las Américas», buscar nuevas oportunidades para forjarse un futuro. Anselmo fue uno de esos aventureros, no había cumplido aún los dieciocho cuando se fue a la Coruña para embarcarse rumbo a México, no sin antes prometerle a Conchita que le enviaría el dinero para que lo alcanzara, o en cuanto pudiera volvería por ella.

—¡Qué vida tan dura la de los migrantes! —comenta Verónica consternada conduciendo hábilmente en el tráfico.

En el barco rumbo a México, Anselmo se hizo amigo de Jesús, otro pobre muchacho andaluz lleno de ilusiones. Tal vez, si Anselmo hubiera sabido que ese hombre algunos años después lo traicionaría, se hubiera abstenido de haberle contado la historia de su amor por Conchita. 

—Mira Jesús, ella es mi novia, Conchita. La fotografía se la hicieron el verano pasado que fuimos a Santiago de Compostela a las fiestas —explica Anselmo a Jesús, mostrándole la fotografía mientras descansan sentados en el piso del cuarto de máquinas del vapor que los lleva rumbo al puerto de Veracruz.

—¡Vaya que es guapa tu chica!, ¡qué suerte la tuya! —contesta Jesús, observando detenidamente la fotografía de Conchita que sostiene en sus manos.

El moderno puerto de Veracruz de finales del siglo diecinueve bullía de gente y de actividad comercial. Con su sofocante calor y su distintiva música tropical, le dio la bienvenida a ese par de gachupines ofreciéndoles la oportunidad de trabajar en un principio como estibadores, durmiendo en un viejo petate en las bodegas. Muy pronto sus destinos cambiaron. En el puerto conocieron a los hermanos Eusebio y Román Rodríguez, un par de prósperos empresarios cafetaleros que comerciaban varias toneladas de café veracruzano de primera calidad a España.

Anselmo de inmediato consiguió que lo contrataran de peón en una hacienda cafetalera al sur de Córdoba, mientras Jesús, que era, como buen andaluz, más extrovertido y desenvuelto, empezó a acompañar al patrón, Eusebio Rodríguez, en sus viajes a España como ayudante en las gestiones para comerciar el delicioso grano mexicano.

Anselmo aprovechaba los encargos que le hacía su patrón cordobés para ir al puerto para ver y entregar a Jesús la correspondencia de amor que le escribía a Conchita, porque en aquellos años una carta a España tardaba más de tres meses en llegar a su destino. Mi abuelo le escribió cantidad de cartas, prometiéndole que iría por ella para vivir juntos en Córdoba, donde él, cada día estaba más asentado forjándose una vida próspera. Conchita nunca le contestó.

Mientras tanto, Jesús, cada vez que veía a su amigo, le contaba que en cuanto llegaba a la península Ibérica echaba al correo su correspondencia. Lo cual eran puras patrañas.

Anselmo, pesaroso, se imaginó que Conchita, o nunca había recibido sus letras, o se había enamorado de otro hombre.

Pero nada de esto pasó, la verdad de la historia fue que, desde que Jesús le entregó en mano a Conchita la primera carta de mi abuelo, quedó prendado de esa bella y agraciada muchacha gallega.

Entonces Jesús, cada vez que Anselmo le entregaba una carta de amor para Conchita, la abría y la reproducía íntegra: la plagiaba. Luego, al llegar a España iba a buscarla al pueblo para entregársela y enamorarla con las letras de mi abuelo.

Después de muchas cartas escritas a lo largo de varios años por Anselmo y falsificadas por Jesús, mi abuelo se dio por vencido, dejó de escribirle, y no volvió a ir al puerto de Veracruz.

Mi abuelo se enamoró y se casó en Córdoba con Olivia, una veracruzana alegre y salerosa, con quien fue inmensamente feliz y tuvo sus dos primeros hijos; mis tíos Manuel y Juan.

Por su parte, Jesús, después de varios años logró enamorarla y convencerla de casarse con él, aunque en el fondo de su corazón Conchita nunca había amado a nadie como a Anselmo.

Tras la boda se afincaron en el puerto de Veracruz y tuvieron a mi tía Andrea.

—Pero ¿cómo es eso de tu tía Andrea? Ella era la hija del traidor de Jesús y Conchita. ¡Oye, me estoy haciendo bolas! —exclama Vero confusa.

—¡Calma, calma! Espera a que termine de contarte, para que entiendas por qué Andrea también es mi tía. Aún no acabo con este embrollo, ¡no comas ansias, Verito! —contesta Nadia sonriendo.

Cuando Manuel y Juan aún eran niños, su madre, Olivia, murió de fiebre amarilla, una epidemia que aún persistía a principios del siglo veinte en tierra caliente. Anselmo se quedó viudo con dos hijos en plena pubertad.

En el puerto de Veracruz, Conchita vivía largos periodos acompañada únicamente de su hija Andrea y de una fiel criada cordobesa llamada Micaela, mientras Jesús seguía en sus interminables viajes comerciando productos entre México y España.

En una de esas largas temporadas en que Jesús estaba de viaje, Micaela convenció a mi abuela de ir a Córdoba a la celebración de las Cruces de Mayo, una fiesta religiosa tradicional de esa provincia que conmemora la cruz en la que Cristo había muerto para salvarnos y que se organiza poco después de la Semana Santa en los patios de las casas céntricas y en algunas calles de los barrios más populares.

—¡Ay no me lo puedo creer! ¡Ya me imagino lo que pasó! —exclama emocionada Verónica llegando a casa de Nadia.

—Pues sí, ¡eso que te imaginas, pasó! Mira, allá adelante se está yendo un coche, ahí te puedes estacionar —señala Nadia el auto que está maniobrando para incorporarse a la calle.

—Pero me tienes que contar el final del relato antes de que te bajes. No me puedes dejar en ascuas —suplica Vero a su amiga.

Efectivamente, Anselmo, quien estaba con sus hijos disfrutando en primera fila la cabalgata de las Cruces de Mayo vio justo frente a él, del otro lado de la calle, a Conchita junto a su hija Andrea y a Micaela. Nos contaba mi papá, que mi abuelo relataba esta escena como una visión religiosa. Al principio, Anselmo pensó que no era verdad, pero cuando Conchita lo vio y se dirigió a él para abrazarlo y besarlo se dio cuenta de que era su amada en carne y hueso.

Mi abuela nunca volvió al puerto de Veracruz, le escribió a Jesús que no la buscara y le pidió el divorcio.

Conchita y Anselmo se quedaron juntos el resto de su vida, tuvieron a mi papá, se casaron cuando ella logró el divorcio y armaron una familia espectacular con todos sus hijos: Manuel, Juan, Andrea y mi papá.

Alrededor de diez años después, murió Jesús dejándole a su hija Andrea una abundante herencia, varias propiedades en el puerto y una próspera empresa comercializadora.

Mi tía Andrea encontró, en la caja fuerte de la oficina de su padre, las cartas que mi abuelo le escribió a Conchita durante todos esos años en los que confió en su amigo. Un año más tarde mi abuelo también murió.

Esas cartas nunca se las entregaron sus hijos a Conchita, para no lastimarla con ese recuerdo. Andrea decidió dárselas a mi padre, el único hijo fruto de este tremendo amor. Mi papá las escondió, y hace un año que falleció y nos repartimos los muebles, las encontramos mis hermanos y yo debajo del ropero de su habitación. Entonces fuimos a ver a mi tía Andrea, que a pesar de su avanzada edad nos contó este enredo.

—¡Qué bonito relato familiar! —afirma Verónica emocionada.  

—¡Sin duda, la historia de mis abuelos es como de película! Verito, muchas gracias por traerme a casa. Me voy volando que tengo el fin de semana para escribirla, corregirla y enviarla. ¡Qué nervios tengo! —contesta Nadia, mientras toma su mochila, abre la puerta y se baja del coche.

—¡Suerte, amiga! Nos vemos el lunes temprano en la oficina. ¡Disfruta tus letras!

lunes, 8 de julio de 2024

Sin retorno

Amanda Castillo


La noche estaba fría y las estrellas brillaban esplendorosas en el cielo. Rubiela se dirigía al aeropuerto para iniciar una nueva aventura. No le fue fácil tomar la decisión de irse de su natal Valparaíso y dejar atrás todo lo que la ataba a su pasado. Le dolía separarse de sus hijos. «Pero ellos ya son adultos y saben valerse por sí mismos. Yo necesito vivir». Se repetía con frecuencia para calmar su sentimiento de culpa.

A esa hora había pocos pasajeros, razón por la cual Alberto y ella se registraron de manera rápida en el módulo de viajes, y así tuvieron más tiempo para compartir con la familia. Decidieron tomar un café, antes de abordar. Los hijos de Rubiela y sus dos hermanas habían ido a despedirla. Era la primera vez que se separarían por tanto tiempo. Una mezcla de sonrisas forzadas y miradas tristes se reflejaban en los rostros de la familia. Conversaron de temas banales, hasta que llegó la hora de despedirse.

—Ya debemos pasar a la sala —anunció Alberto.  

Se levantaron con lentitud, como si les costara despegase de sus asientos. Rubiela y su familia se fundieron en un largo y cálido abrazo. Lloraron en silencio.

Alberto se alejó de ellos, entendía que debía darles su propio espacio.

—Mami, prométeme que me vas a llamar todos los días —le decía Juana, su hija menor.

—Lo haré mi amor, estate tranquila.

—Madre, cuídate mucho por favor, si las cosas no salen bien, regrésate de una. Dejá todo atrás y venite enseguida —le susurró Mateo mientras la abrazaba.

—Todo va a estar bien, te lo prometo, mijo.

Rubiela se alejó de ellos con los ojos llenos de lágrimas y un nudo en la garganta que le impedía pronunciar palabra. Atravesó el cordón de seguridad y se volteó para mirarlos por última vez. Puso sus dedos sobre los labios y les envió un beso.

A sus cincuenta y dos años, Rubiela no había tenido la oportunidad de viajar a otros países. Se casó siendo muy joven y se dedicó al hogar y a criar a sus dos hijos.  Cuando su esposo murió en un accidente de tránsito, ella solo contaba con veinticinco años y dos hijos pequeños por sacar adelante. Afortunadamente, la pensión que heredó de él, como empleado de una petrolera multinacional, era suficiente para que los tres vivieran con comodidad.

Con el paso del tiempo, empezó a sentir la necesidad de ser amada por un hombre y decidió darse una nueva oportunidad. Se dejó seducir por Carlo, un   reconocido pianista argentino. Sin embargo, la relación empezó a decaer después del primer año de matrimonio. Descubrió varias infidelidades y aunque sus hijos se sentían muy cómodos en el nuevo hogar, ella sufría en silencio. Pese a sus intentos y sacrificios, no pudo salvar la relación y decidió darle fin. 

Después de su divorcio se dedicó a estudiar, y a los cuarenta años se tituló como cosmetóloga y esteticista profesional. Con los ahorros que le había dejado su primer esposo, montó un centro de estética, y este se convirtió en un próspero y rentable negocio, del cual ya tenía varias sedes en las ciudades más importantes del país.

Dado sus conocimientos en belleza y la disciplina que desarrolló para practicar diferentes tipos de deportes, se conservaba joven y bella a pesar del paso del tiempo. Durante varios años se mantuvo soltera, aunque tuvo varios amantes, no lograba hacer conexiones profundas con ninguno de los hombres que se le acercaban. Todos terminaban alejándose de ella, situación que la desestabilizaba y le generaba recónditos cuestionamientos sobre su energía femenina: «¿Será que hay algo malo en mí? ¿Por qué nadie quiere estar conmigo?». Nunca lo había expresado, pero le aterraba la idea de envejecer sola. Sabía que sus hijos se tendrían que ir en algún momento y anhela con intensidad tener a su lado un hombre que la amara.

Dos años atrás, para su cumpleaños número cincuenta, su equipo de trabajo organizó una cena para agasajarla. A esta acudieron familiares y amigos, y también algunos invitados desconocidos para ella. Entre estos, se encontraba Alberto. Un atractivo hombre de veintisiete años, que trabajaba como jefe de seguridad de una compañía de productos cosméticos. Un conocido los presentó y de inmediato empezaron una animada charla. Él le contó que había migrado a Chile hacía cuatro años, motivado por un problema de seguridad que había tenido en su país natal.

Durante la fiesta bailaron varias veces. Las miradas intensas y las sonrisas de complicidad rebelaban el evidente magnetismo que había entre ellos.

A partir de ese día, se encontraban con frecuencia para charlar, ir a cine o tomar un trago. Al comienzo ella lo tomó como un entretenimiento, sin embargo, se inquietó al notar que lo empezaba a extrañar y que adoraba compartir con él diferentes momentos. Él era atento, amable y extremadamente cariñoso con ella. Para Rubiela la diferencia de edad era una barrera difícil de superar, pero Alberto insistía en que se trataba de solo un número y que para él no significaba nada.

Después de cinco meses de estar saliendo, se acostaron por primera vez y a partir de ese día comprendió que estaba enamorada perdidamente de Alberto, aunque esto significaba una lucha constante entre la razón y sus sentimientos. Había sido cuestionada de manera reiterada por sus hijos, quienes no aprobaban sus encuentros con aquel hombre, muchísimo menor que ella.

Su relación con Alberto cada vez era más sólida. Ambos se mostraban muy enamorados. Un día él le comunicó que debía viajar temporalmente a su país, para hacerse cargo de algunos asuntos familiares. Al cabo de un mes volvió.

—Muñeca hermosa, tengo que contarte algo.

—¿De qué se trata, mi vida?

—Me tengo que regresar a Colombia. Mi cucha está enferma y me necesita.

—¿Cómo así, mi amor? No me habías dicho nada.

—No te quería preocupar, pensé que se podía arreglar de otra manera. Pero ni modo.

Rubiela se incomodó ante esta decisión y no pudo disimularlo.

—¿Decidido?, ¿y qué hay de nosotros?, ¿qué pasará con lo nuestro?

Alberto guardó silencio y luego añadió:

—Lo único es que te vayas conmigo.

La propuesta la cogió por sorpresa. Todo lo que amaba y cuanto poseía estaba en Chile. Sin embargo, no podía imaginar vivir su vida sin Alberto. Cada día se sentía más enamorada de él, y se negaba a perderlo.

Después de unos días analizando detenidamente lo que debía hacer respecto a su negocio, tomó una decisión.

 Los hijos de Rubiela, Juana y Mateo, trabajaban en la empresa familiar. El disgusto fue mayor cuando su madre les comunicó su determinación.

—Pero, mamá, ¿cómo se te ocurre hacer eso? ¿Dejar todo por él?

—Hijo, entiéndeme, estoy luchando por mi felicidad.

—Mami, pero es que se llevan muchos años de diferencia. Ese hombre no te conviene, ¿por qué confías tanto en él? —inquirió su hija menor.

—Tenemos miedo de que te haga daño, mi hermana y yo lo hemos hablado.

—Yo sé que ustedes no confían en él. Pero crean en mí. Yo lo conozco, él me ama de verdad, me acepta tal como soy, y yo tampoco soy boba, mijo.

La noticia de la partida de Rubiela junto con Alberto causó revuelo en la familia y en el círculo más cercano de amigos. Todos estaban convencidos de que Alberto era un oportunista cazafortunas, sin embargo, nadie se atrevía a decírselo. Confiaban en su buen juicio e inteligencia para que lo descubriera por sí misma.

Rubiela se tomó un mes para dejar su negocio organizado, de tal manera que ella desde la distancia pudiera tener el control. Aunque confiaba en que su hijo mayor la representaría bien cuando se tratara de negociar con los proveedores y de atender otros asuntos que demandaran su presencia.

Durante las primeras semanas de su llegada a Bucaramanga, todo transcurrió con normalidad, visitaron familiares y amigos de Alberto. Rubiela se puso al frente de los asuntos médicos de su suegra y se hizo cargo de todos los gastos que su enfermedad demandaba.

A Rubiela le encantó Colombia.  Pensó en varios proyectos. Uno de ellos era montar una sede de su centro de estética. Sabía muy bien del gusto de las mujeres colombianas por cuidar su apariencia física, de hecho, el país era pionero en América Latina en procedimientos estéticos.

Aprovechó para viajar y conocer la región. Disfrutó el cañón de Chicamocha y de su majestuosidad, de los pueblos Santandereanos con su paisaje colonial y empedradas calles. Rubiela se maravillaba con los vibrantes colores de las flores en los balcones, el bullicio alegre de los mercados locales y de las delicias gastronómicas de la región. Fue a la costa atlántica y visitó Cartagena de Indias, Santa Martha y San Andrés Islas. No se arrepentía de haber tomado la decisión de marchar a ese hermoso país y recorrer aquellos lugares junto a su amando Alberto. Era una experiencia maravillosa para ella. 

Decidieron adquirir un apartamento en un exclusivo sector a las afueras de la ciudad. Alberto se había puesto al frente de todo. Era quien decidía qué comprar, donde deberían vivir e incluso le planteó la necesidad de conseguir un carro. Ella no lo había contemplado, sin embargo, no lo pensó mucho y accedió a comprarle una lujosa camioneta que Alberto había seleccionado previamente y la cual fue registrada a nombre de él.

Mientras tanto, Rubiela les había comunicado a sus hijos sus planes de montar una sede del centro de estética en Colombia, y les dio las instrucciones para iniciar con todo lo necesario. Ella, por su parte, se encargaría de adelantar todos los aspectos legales para los permisos de funcionamiento.

Transcurridas algunas semanas desde la compra del vehículo, ocurrió la primera pelea. Alberto se había ido de fiesta y no llegó en toda la noche. Ella, ansiosa, le escribió varios mensajes al celular, pero él no respondió a ninguno.

Alberto llegó a media mañana del día siguiente con un hermoso ramo de rosas amarillas, sus favoritas.

—Me entretuve con unos amigos, perdóname, amor —le dijo abrazándola y besándola por el cuello.

Como era costumbre, ella no pudo resistirse. La sensualidad y los deseos incontrolables que él despertaba con su cálido aliento y su varonil perfume eran su debilidad. Sabía que irremediablemente terminarían en la cama, y en efecto así fue.

Sin embargo, este episodio se repitió por varias ocasiones. Alberto se iba de fiesta y llegaba al día siguiente, siempre con una excusa. Al cabo de un tiempo Rubiela se sentía desolada, vacía y con una sensación permanente de que algo no marchaba bien. Ya habían transcurrido más de seis meses y todo estaba al revés. El negocio no había podido iniciar, su relación con Alberto no pasaba por el mejor momento. Él ahora llevaba una vida bohemia y desordenada. Había ido cambiando con el paso de los días. En ocasiones estaba ensimismado, callado y se había vuelto adicto al celular.

Rubiela había encontrado rastros de polvillo blanco en la ropa de él, lo cual le hacía temer que estuviera consumiendo cocaína. Pero además sospechaba que le era infiel, cuando ella le hacía reclamos él reaccionaba airadamente, la ignoraba y se iba a dormir a la sala. Sin embargo, el sexo seguía siendo fabuloso, y esto la hacía dudar de sí misma: «Si tuviera otra, no sería así conmigo en la cama».

Pero al darse cuenta del uso desmedido que él hacía de sus tarjetas de crédito, ella se alarmó y decidió confrontarlo.

—¡¡Yo soy joven, dejame vivir mi vida!! ¿Ahora me va a echar en cara las cosas?

La sospecha de Rubiela se había confirmado, al revisar los extractos de su tarjeta de crédito y encontrar un pago recurrente a una firma comercial.  Investigó y pudo comprobar que se trataba de pagos realizados en un motel de la ciudad.

Al día siguiente, Alberto le planteó que deseaba montar un negocio de compra y ventas de motos, y que para ello necesitaría un capital de cincuenta millones de pesos. Rubiela estaba muy molesta por el descubrimiento que acababa de hacer y reaccionó airadamente.

—No, yo ahora no tengo dinero para eso. He tenido muchos gastos desde que llegamos.

Él se sorprendió con su actitud, ella nunca le había negado nada. Sin embargo, se quedó callado. Estaba seguro de que tarde o temprano la convencería.

Rubiela reflexionaba sobre su vida y empezó a cuestionarse si su decisión había sido equivocada. Pero el temor a quedarse sola de nuevo, la paralizaba. Desistió de esos pensamientos y se enfocó en planear la forma de recuperar a Alberto. Había decidido no darse por vencida. Siempre fue una mujer optimista, por eso, optó por hacer algo y no quedarse en simples lamentos.

Creía que las cosas podían volver a ser como antes. Así que hizo las consultas respectivas y decidió realizarse un par de cirugías estéticas. Pensaba que se podría ver más joven y lograría que Alberto se olvidara de su amante.

Se lo dijo un día en que él veía un partido de fútbol en la sala de estar. Se le acercó, le llevó algo de beber y le dijo:

—Amor, mira que me voy a practicar una lipoescultura y a operarme los senos.

 La primera reacción de él fue de sorpresa, pero enseguida esta se transformó en enojo.

—¿De qué estás hablando? —respondió desencajado—. No me hagas enojar, Rubiela. ¿Te vas a gastar la plata en esa joda?

Ella se sorprendió. Jamás esperó esta reacción. Enmudeció desconcertada.

Él se puso de pie con el rostro desfigurado por la rabia y se fue dando un portazo.

Después de varios días de que Alberto le pidiera perdón insistentemente, se reconciliaron y decidieron pasar el fin de semana en un balneario en las afueras de la ciudad.  Él se la pasó durmiendo la mayor parte del tiempo. Hablaba solo lo necesario. Rubiela no estaba tranquila. Su intuición le decía que algo no andaba bien.

Al regreso, Alberto retomó el tema del dinero para su negocio. Y Rubiela se mantuvo firme frente a su decisión.

—Mira, Alberto, en serio, ahora no puedo darte dinero para el negocio. Tengo otros planes, ya te lo había dicho.

—¿Cómo, es que insistís en eso?

—¡Es mi dinero, y hago lo que me da la gana!

—Pues tú no te mandas sola. Yo soy tu marido.

—Yo no soy de nadie. Me mando sola, estoy bastante grande.

—¡Una vieja loca es lo que sos! —le gritó—. ¡No te vas a hacer ni mierda, ¡eso es para las jóvenes, no para vos!

 Ella empezó a llorar y también le gritó:

—¡Idiota, imbécil, ya sé que tienes una moza! ¡Ni creas que te voy a dar mi dinero para que goces con ella!

—Esa plata también es mía, me la merezco. Yo ya tengo derechos en lo tuyo. Ya bastante me he sacrificado. Mírate, puedes ser mi mamá.

Rubiela sintió esas palabras como un puñal clavado en lo más profundo. No podía contener el llanto. Estaba herida en su orgullo, en su dignidad de mujer. Sin dudarlo tomó la decisión de irse de aquel lugar. Se dirigió con pasos rápidos a su habitación, buscó las maletas y empezó a empacar sus pertenencias.

La furia de Alberto se exacerbó cuando, tras seguirla, vio el equipaje.

—¡No te vas a ningún lado, vieja hijueputa!

—Me largo de aquí, sinvergüenza desagradecido. Voy a vender todo. Ni te creas que te vas a quedar con mis cosas.

 Él guardó silencio por unos minutos y luego dijo:

—Te vas, pero me dejas las tarjetas y los papeles del apartamento. Ya son dos años juntos. Tengo derechos.

—No te voy a dejar nada, a ver si la zorra con la que andas te va a aceptar así.

Él la haló con fuerza y la obligó a mirarlo sosteniéndola de la mandíbula. Ella sintió miedo, pero lo enfrentó:

—Eres un desgraciado, me engañaste todo el tiempo.

—Eres una ilusa, ¿cómo crees que un hombre como yo va a estar solo contigo?

—¡Mentiroso, ladrón! —gritó Rubiela propinándole varias bofetadas.

Alberto la empujó y ella cayó de bruces en el piso.

—Te voy a denunciar, maldito estafador. Me largo de aquí y nunca más volverás a saber de mí.

Alberto, al escucharla, se lanzó violentamente sobre ella, la tomó por el pelo y la arrastró fuera de la habitación.

—¡¡Suéltame!! ¡¡Ayuda, auxilio!!

Él se detuvo por un momento pensando qué hacer, enseguida se inclinó y se sentó bruscamente sobre el cuerpo maltratado de Rubiela. Ella abrió los ojos aterrorizada. «Me va a matar… Me va a matar. Ayúdame, Dios mío».

Él, poseído por una ira irracional, golpeó su cabeza contra el piso con una violencia que resonó por toda la habitación. Al escuchar los gritos desgarradores, su rabia se intensificó y apretó con fuerza su garganta, sus dedos temblando por la furia. Sus ojos, inyectados de sangre, reflejaban una expresión desconocida y aterradora para Rubiela.

El entorno parecía encogerse, las paredes cerrándose a su alrededor mientras ella se resistía desesperadamente, pero no tenía ninguna posibilidad de soltarse. El peso de él la inmovilizaba completamente, cada movimiento suyo parecía inútil. Él siguió apretando su garganta con fuerza, sus músculos estaban tensos y la respiración agitada. Ella, con los ojos abiertos y la mirada incrédula, sintió cómo se le desvanecía la vida.

El tiempo pareció detenerse. Lo último que vio fueron esos desorbitados ojos negros, en los cuales se reflejaba su propia agonía. En ese instante final, antes de su último suspiro, toda esperanza se desvaneció y la oscuridad la abrazó irremediablemente.

domingo, 30 de junio de 2024

Reseña: La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa

Como siempre, analizaremos esta novela desde la perspectiva de escritores que queremos aprender de otros escritores. Esta reseña está dirigida preferentemente a quienes ya leyeron la novela y deseen releerla.

En esta obra de lectura indispensable destacan:

Personajes principales:

a. El Jaguar: Una lectura superficial puede hacernos pensar que el protagonista es el Poeta, cuando es la historia del Jaguar la que sostiene la obra. Con él se inicia y termina la novela. Es la interrogante respecto a si él mató o no al Esclavo lo que sostiene la trama. Además, mientras que todos los demás personajes se terminan traicionando a sí mismos (el Poeta, que había jurado no ser como su padre, acaba siendo una copia de este, el teniente Gamboa, que buscaba la verdad, la rechaza cuando comprende que no puede luchar contra la corrupción), el Jaguar es el único que se mantiene firme en sus principios prefiriendo sufrir el rechazo general antes que ser un soplón.

Además, entre una muchedumbre de derrotados, el Jaguar es el único que alcanza su objetivo: el amor de Teresa, de quién tanto el Poeta, el Esclavo y el Jaguar estaban enamorados.

b. Teresa: Es el hilo que entrelaza las historias del Jaguar, el Poeta y el Esclavo; es el contacto entre el pasado y el presente y es además el motor de la acción: Sin el deseo de salir del colegio para ver a Teresa el Esclavo no hubiera delatado al ladrón del examen, si no lo delata no muere el Esclavo, si no muere no hay investigación y sin esta no hay novela.

Inicio in media res:

Típico inicio hacia la mitad de la historia, en un momento de máxima tensión dramática. La mayoría de autores luego de un inicio in media res saltan al principio de la historia y luego avanzan en orden. Vargas Llosa hace algo más arriesgado y le sale muy bien: avanza la novela con constantes saltos al pasado que abren subtramas, en tanto la trama principal sigue avanzando de la mitad de la historia hacia el desenlace.

Tres líneas narrativas:

a. Sucesos entorno al robo del examen al final del último año de colegio.

b. Los tres años de estudios en el colegio antes del robo.

c. El pasado de los protagonistas antes de ingresar al colegio militar.

Los cráteres: 

Son momentos de la historia que Vargas Llosa introduce para sostener la atención del lector, darle un giro a la trama en una nueva dirección e impulsarla hacia el siguiente cráter que nos acercará, de cráter en cráter, hacia el desenlace. En esta novela los cráteres son:

Helena rechaza al Poeta > Teresa rechaza al Jaguar > Los padres rechazan a sus hijos (por eso estos terminan en el colegio militar) > Robo del examen > Castigo > Delación > Muerte > Acusación > Encubrimiento (fin).

La impostura: 

El título original de la novela era “Los impostores”, y hacía referencia a cómo en esa sociedad en miniatura que es el colegio militar, la gente finge ser lo que no es. Por ejemplo, el Jaguar, héroe de los estudiantes, líder intachable en el colegio, en su vida pasada era un maleante de poca monta.

Datos escondidos: 

Los datos escondidos son información que se nos escamotea y desear conocerla motiva al lector a continuar leyendo. En esta novela los datos escondidos son:

a. ¿Quién es el asesino del Esclavo?

b. ¿Quién es el muchacho de Bellavista?

El objeto de deseo: 

Un objeto de deseo es algo o alguien que los personajes quieren y que los lleva a realizar todas las acciones que configuran la historia. En este caso, el objeto de deseo tanto del Esclavo, el Poeta y el Jaguar, es Teresa.

-Tema central: 

La corrupción. Tanto el teniente Gamboa como el Jaguar se enfrentan infructuosamente a ella. No pueden vencerla pues todo el colegio militar está diseñado como un microcosmos cuya misión es sumergir a los jóvenes, durante tres años de internado, en la inevitable corrupción de la sociedad, no para enseñarles a oponerse a ella, sino para que se adapten y puedan convivir eficiente con ella y sacarle provecho cuando salgan al mundo.

-La pregunta dramática central (la gran interrogante en toda novela):

¿El Jaguar mató al esclavo?

No te decimos la respuesta por si aún no lees la obra, y quizá ni después de leerla la sepas 😊

Y si todavía no la lees la puedes obtener en e-book en la estupenda edición conmemorativa de la RAE por US$ 10.99 en:

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Feliz lectura y hasta muy pronto.

lunes, 17 de junio de 2024

No esperes a morirte

Rosario Sánchez Infantas


Ver cómo el ataúd descendía lentamente hasta desaparecer de su vista era la señal de que hasta nunca había llegado. En los últimos años, con cierta regularidad, se sucedían los entierros de seres queridos contemporáneos.

En el crepúsculo de su vida la escritora octogenaria a veces sentía la desolación que sufriría su único hijo ante su partida definitiva. Consecuencia de una formación materialista no espera nada después de la muerte, e incluso disfrutando muchas cosas de la vida, experimentaba un progresivo cansancio. Por ello sentía que partir de este mundo no iba a ser para ella un trance desgarrador. Solo la conmovía el futuro dolor de su hijo.

Una mañana ordenaba archivos de su computadora donde guardaba cuentos inéditos e ideas para futuros relatos. Días antes, al regresar del entierro de un amigo, se le había ocurrido que podría morir súbitamente y, tal como estaba su computadora, no sería fácil encontrar algún material para una publicación póstuma. «Aun después de muerta hay que dar un buen espectáculo» se dijo y sonrió.

En ello estaba cuando sonó la notificación de un nuevo correo electrónico. Hacía mucho que no eran de su interés este tipo de comunicaciones, pero la curiosidad es un rasgo innato que perdura en el tiempo. Se trataba de un mensaje que provenía de alguien desconocido de quien solo aparecía una dirección, con unas iniciales extrañas precediendo a un dominio popular en su país. Abarcaba dos carillas e intercalaba versos de una canción andina que llevaba décadas sin escuchar. Escucharla ahora le conmovía intensamente y producía nostalgia sin poder identificar el por qué.

Querida Charito:

Así iniciaba el mensaje. ¿Quién la llamaba así? Era muy próxima y afectuosa la expresión. Sintió que valía la pena leerlo porque le pareció hallarse en territorio conocido.

Por fin pude hacerme un tiempo y escribir. No creía posible que algún día diría: no tengo urgencias. ¿Qué urgencia puede haber cuando ya ocurrió lo que, para casi todos, era lo peor posible? Pero no se crea que todo aquí es tocar arpas celestiales, no. Hay afanes. Ya te iré contando.

Así solo se podría expresar alguien escribiendo del más allá. Pero ¿era eso posible?

No le pareció un embuste de los que ofrecen donaciones diversas, como las entregas de herencias de parientes desconocidos a cambio de una módica cantidad de dinero para las imprescindibles gestiones. Pero sobre todo el tono del narrador le resultó atractivo. Siguió leyendo.

Conductistas, humanistas, cognitivistas, psicodinámicos. Arduas luchas llevadas a cabo para mantener el neuroticismo a raya. Y quién lo diría. Desprovisto del auto juicio humano, la palabra brota límpida y fresca, encandilando el espíritu propio y el de quien la quiera escuchar. Palabra universal, atemporal que puede emocionar a criaturas por lustros, décadas, centurias. Palabra poderosa de numen acumulado y ojos limpios.

Era algún escritor o escritora con un alto nivel de neuroticismo. Le pareció conocida esa experiencia, esa lucha constante por controlar la inestabilidad, la inseguridad, preocupación, ansiedad y culpa.

A continuación, tras un interlineado doble, como destacándose, aparecían dos líneas de texto que interpretó como el segmento de la canción que debía escucharse: 

No quiero que sufras por mi ausencia

tampoco que pienses que yo te olvido.

Sabes bien que mi corazón es tuyo

 entonces ten piedad hasta mi muerte.

Ahora, como en el pasado, se dejó llevar por la emoción que le producían estas letras y la melodía. ¿El autor del mensaje también era sensible al contenido o a la melodía de la canción? De pronto le pareció exagerado «mi corazón es tuyo» y «ten piedad hasta mi muerte». El fragmento de canción enfatizaba la visión melodramática que algunas personas poseen («poseemos», se corrigió). O ¿era fina ironía burlándose de dicho sentimentalismo exagerado? Le pareció conocida esa actitud. A ella, en el pasado, le había divertido que sus personajes expresaran sentimientos contrarios a lo que realmente sentían. Y le agradaba mucho encontrar algún lector perspicaz que lo notase.

Era tan fácil como dejarse llevar. Ya lo decía la filosofía Zen, miles de años atrás. Sin embargo, es una epopeya difícil de realizar cuando la posibilidad del despido, las deudas, el infundio del competidor hostil y la táctica del contrincante vil, habitan en la realidad y en los intersticios del cerebro. Tarea difícil para los psicólogos lidiar con temperamentos enraizados en peculiaridades de sistemas nerviosos heredados por miles de generaciones previas.

Recordó a un personaje suyo que, tratando de controlar la amenaza flotante del futuro abrumador, pasó setenta años de su vida hasta la hora de su muerte, armando horarios muy precisos, que luego abandonaba. Comediante magnífico que vivió tratando de no ser aquello que era: muy sensible; e ignorando su naturaleza empática y comprensiva, con predisposición a la apreciación artística. 

Tus ojos los míos no se verán hasta nunca.

Solo este retrato te dará una mirada.

Tras escuchar este fragmento imaginó vívidamente varias situaciones en las cuales compartió momentos felices con su hijo. Por un instante se representó, con muchos detalles, situaciones muy importantes en las cuales jamás él la volvería a ver. Sabía que se amaban de manera entrañable. Rodaban unas lágrimas por sus mejillas cuando de súbito pensó: «Mi interlocutor está bromeando». Cuando volvió a leer Solo este retrato te dará una mirada pensó en cómo y por qué su interlocutor había elegido esta canción, estas letras. Le pareció que el autor las habría escrito pensando en la ruptura de una relación amorosa. En ese contexto el mensaje le pareció exagerado, melodramático; un mensaje que quizás buscaba conmover, enternecer y a lo mejor desistir de la separación. En suma, un chantaje emocional. Quizás su interlocutor la colocaba indirectamente frente a sí misma. Sonrió. Se reconoció algo dramática. Tenía que serlo para sacarle provecho a su vida y poder escribir; pero también solía ser aguda, cuando recordaba serlo. Buscaba trascender la realidad inmediata, con su capacidad de asombro, su búsqueda de la belleza y de lo divertido, cuando no lo olvidaba. Algo de esto les había puesto a algunos de sus personajes femeninos.

Y ¿qué crees? Tras mucho tiempo publicados, se hacen nuevas lecturas de mis cuentos, deslumbro nuevos espíritus, reina el sueño y el ensueño, derrota del tiempo y la tecnología, los límpidos amores secretos son bienaventurados, se honra el vivir a flor de piel, la pasión es sagrada. No esperes a morirte para disfrutarlo.

Qué buena noticia. Un escenario de ensueño. Al reparar en la última exhortación hipotetizó que se le está instalando el mal de Alzheimer o algún otro proceso degenerativo senil. Pero imaginó que iba a ser divertido. Fue a verificarlo. En uno de sus cuentos, en el pasado, ella le había otorgado la frase a su personaje, escritora como ella: «No esperes a morirte». Ahora alguien, desde el más allá, empleaba esta recomendación suya. Menos mal que era un interlocutor con gustos compartidos, que la conocía bastante, algo irónico  y con vocación de cómplice.

miércoles, 5 de junio de 2024

La apuesta

Doris Verónica Martínez Méndez


La luz amarillenta de la calle se introduce entre las rendijas de la persiana. Todo está quieto y callado, las sombras de los muebles se abarrotan entre sí, como si el salón del apartamento se encogiera en la oscuridad. Un hilo de humo blanco escapa de la pila de colillas del cenicero sobre la mesa de la cocina. El olor a tabaco impregna las fibras desgastadas de la ropa y se pega al sudor agrio que transpiras, en tanto tu cuerpo flaco y larguirucho se encorva en la pequeña silla plegable que chilla cada vez que intentas acomodarte.

Te has quedado mirando, sin parpadear, la vuelta del minuto en el reloj de pared. Cada segundo hace un chasquido que interrumpe tus pensamientos, coincide su ritmo con el de la vena que brinca bajo tu párpado derecho. Tus ojos vidriosos, con arañas vasculares, se hunden en unas ojeras parduzcas que resaltan la palidez de tus mejillas enjutas y sin afeitar. Entre tus dedos giras una ficha dorada de póquer con notoria habilidad.

Apartas la mirada del reloj para dar un rápido vistazo a la habitación: comedor y cocina ocupan el mismo espacio. La estufa y el refrigerador comparten una pared y el fregadero es una poceta abarrotada con apenas dos platos de la cena. El chasquido de la aguja del reloj vuelve a distraerte. Contemplas la baraja sobre la mesa y enciendes otro cigarro: el último de la cajetilla. Repartes los naipes entre tú y la silla vacía situada frente a ti, das un rápido vistazo a la puerta de la habitación al fondo.

«¿Cómo carajos llegué a esta pocilga? Mi suerte tiene que cambiar», piensas y regresas tu atención a la baraja, unos segundos antes que te distraiga el chasquido del reloj.

Susana duerme tranquilamente en la habitación, no ha notado tu ausencia en la cama o no la echa de menos. En el sueño parece olvidarlo todo, o eso piensas. Ha perdonado tantas tonterías que olvidas que han sido, en realidad, iniquidades.

«No la merezco», te dices y repartes las cartas de nuevo.

Hace un año todo era diferente. Se habían mudado a la ciudad por tu nuevo empleo en la tienda de Roberto, un amigo perdido de la facultad que hizo su suerte en la venta de celulares y artículos tecnológicos.

—Me pareció una buena idea, ¿quién no tiene un celular en estos tiempos? —dijo al mostrarte el pequeño almacén que inauguraba en el centro.

—Siempre has sido un visionario —dijiste y te sorprendió la envidia que mordió tu estómago.

—Sí, pero soy un bruto para las matemáticas, Carlos, por eso necesito tu ayuda.

Así empezaste en tu puesto de contabilidad, haciendo números y dando cuentas al fisco del dinero de otro con mayor fortuna que tú, pero que te pagaba bastante bien, quizás más de lo que pagaría cualquiera. Conseguiste una casa en un buen vecindario: dos plantas, tres habitaciones, sala y comedor independiente y una cocina como sacada de una revista culinaria. Susana y tú volvieron a los días de luna de miel, la consentías con cualquier baratija insignificante, ella no pedía mucho, nunca lo ha hecho.

—Voy a hacer una fiesta por la nueva tienda —te anunció Roberto y te dio una palmada en la espalda—, nos la merecemos, ¿por qué no llevas a Susana?

—A ella no le gustan las fiestas, Roberto.

—Sé que sabrás convencerla.

La fiesta fue en un hotel suntuoso de la ciudad, con temática de juegos de casino. Entraste al salón y tus ojos se encendieron al ver aquellas mesas con distintos juegos de cartas y ruletas. Susana apretó tu brazo y decidiste ignorar su mirada nerviosa.

—¡Qué bueno que han venido! —los saludó Roberto y le sonrió a tu esposa—. Susana, te ves preciosa, esa es una hermosa joya.

Susana llevó su mano al relicario que colgaba sobre su escote y lo apretó por reflejo.

—No me habías dicho que era una fiesta de casino —dijiste con la emoción de un niño, la misma que sentiste de pequeño aquel día que tu padre te llevó por primera vez al hipódromo.

Tuviste una noche como pocas. Causaste sensación en cada juego y mientras toda la atención se centraba en ti, Susana se mantuvo aislada y dispersa, pero la ignoraste.

—Tuviste una racha magnífica —te felicitó Roberto y le sonrió a tu esposa—. Afortunado en el juego y en el amor, eso no se ve a diario.

Susana le dio a Roberto una mirada de soslayo que no notaste. Te lo dijo también, y no la escuchaste:

—No confíes tanto en él, Carlos.

Pronto vendría el efecto dominó de aquella noche. Las rondas ocasionales en los casinos pasarían a ser algo de todos los fines de semana. Roberto solía acompañarte algunas veces y sabías limpiarle los bolsillos de vez en cuando. Susana te creía trabajando horas extra, pero no veía el dinero que correspondía a ellas y pronto también sería menos el que le dabas para los gastos de la casa, pero no te lo cuestionó. «¡Es tan buena!», pensaste.

Una tarde la encontraste llorando en la habitación y notaste su pequeño cofre de joyas disperso en el tocador.

—No encuentro mi relicario —se lamentó y siguió su búsqueda.

—¿Cuál relicario? —mentiste.

—Mi relicario, Carlos, el que me dio papá en mi primera comunión.

—Debe estar por ahí, ya aparecerá.

—Ha estado en mi familia por generaciones, es el último recuerdo de mi padre —sollozó por la impotencia y no supiste consolarla.

El sábado siguiente te escapaste de casa, como era tu costumbre, y buscaste a Roberto para ganarle una partida y recuperar aquella joya.

—Lo siento, Carlos, pero ya no la tengo. Conocí a alguien y, en un arrebato pasional, se la obsequié.

—¿Cómo me dices eso? Me prometiste que me esperarías hasta que te pagara.

—¿Qué te digo? Eso fue hace meses y ya no me dijiste nada del asunto. Me ganó el corazón, Carlos, quería quitarle la tristeza a su sonrisa. Tú deberías entender eso, ¿no?

Te resentiste tanto con tu amigo que no declaraste los impuestos de ese mes en el almacén. Tenías muchas deudas y te tomaste el dinero, lo devolverías cuando te pasara el enojo. «Un préstamo», pensaste. Fuiste muy torpe al dejar rastros y Roberto se enteró al poco tiempo.

—Por consideración a nuestra amistad y a tu pobre esposa, Carlos, no voy a denunciarte, pero no puedes seguir trabajando conmigo. Lo entiendes, ¿no?

Le dijiste a Susana que tuviste un altercado con Roberto, le inventaste que el desgraciado te quería obligar a mentir en las declaraciones fiscales. Lloró amargamente por la zozobra y el desengaño, tanto, que cayó enferma algunos días. Entonces te entregó los ahorros que tenía para sobrellevar la situación mientras encontrabas otro empleo. «¡Es un ángel!», pensaste.

Cuatro meses de atrasos en los pagos te obligaron a dejar la casa y buscar un lugar más económico. Habías visto con desprecio los multifamiliares cuando ibas de camino al almacén del centro; esos edificios apretados entre industrias textiles y fábricas varias, con sus fachadas deslucidas y ventanas opacas por el humo de los automóviles. Había una continua algarabía entre sus calles: los gritos de los vendedores ambulantes, el rumor de los motores, la música estridente de las tiendas y, con bastante frecuencia, las sirenas de las patrullas y ambulancias. Tenía el aire una mezcla de olores nauseabundos, pero a las dos de la tarde no faltaba un empalagoso aroma a pan horneado de la fábrica de galletas.

Se caminaba con dificultad entre tanta gente, mirabas la calzada para no pisar excremento de perros callejeros y alzabas la mirada en busca de las palomas que defecaban desde los tendidos eléctricos. Un escenario dantesco, pero era lo único que podías costear.

El apartamento estaba equipado con una cocina y refrigeradora, había un sillón de mimbre y una mesita en el comedor. Susana te dio la idea de vender los muebles de la mudanza que no necesitaban para pagar el depósito de seguridad y pensaste que conseguirías un poco más si los apostabas en un juego de póquer. Fuiste a un bar casino del centro, el que tenía además un prostíbulo en el salón del fondo. Era mejor buscar un lugar donde nadie te conociera, y ¿qué mejor que aquel sitio de mala muerte?

—¿Qué demonios haces aquí, malparido? —preguntaste al reconocer a Roberto en la barra.

—¡Carlos, qué gusto! —te respondió como si nada hubiera pasado entre ustedes—. ¿No recuerdas a don Fermín? Es quien me renta el almacén. Tiene varios negocios en la zona, no todos tan honestos, pero siempre muy discretos.

—S… sí... —dudaste en decir con un ligero tartamudeo—, lo recuerdo...

—He intentado llamarte, pero no conecta el número. Sé de alguien que puede ayudarte a conseguir otro celular si lo necesitas —bromeó y te dio una palmada en la espalda, esas que acostumbraba siempre que hacía un chiste—. No hay rencores, ¿o sí?

—¿Vas a ofrecerme trabajo de nuevo? —te atreviste a preguntar.

—Me encantaría, pero tengo inversionistas, Carlos, bastante trabajo me costó librarte de una denuncia.

—Claro, yo entiendo.

—¿Vienes a jugar un rato? ¿Despejar la mente?

—Podría probar suerte, me vendría bien.

Esa noche la suerte se dejó seducir. Conseguiste un poco más del valor de tus muebles y la satisfacción de dejar limpio a Roberto.

—Cuando tienes suerte, la tienes —te dijo con una sonrisa resignada—: en el juego y en el amor.

—¿Qué hay de tu novia? ¿La conquistó la joya de mi mujer?

Roberto soltó una fuerte carcajada y terminó su trago de golpe.

—Merezco tu reproche y no voy a negarte el crédito. Susana seguro entiende…

—Ella no lo sabe.

—De alguna manera intentaré compensarte, ¿por qué no me pones como referencia en tu currículo?

—¿Hablas en serio? ¿Vas a omitir lo que sucedió?

—Somos amigos, Carlos, tuviste una mala racha, pero esta noche parece que te cambia la fortuna.

Regresaste a aquel multifamiliar con tan buen ánimo que ignoraste el escándalo de los borrachos en la esquina. Susana se había ido a dormir, pero te había dejado la cena sobre la mesa de la cocina y sonreíste: «¡Es la mejor mujer de todo el mundo!».

Comiste con tranquilidad y lavaste tu plato. Tu esposa dormía con tanta paz que no quisiste perturbarla, fuiste a su tocador y pusiste el dinero que habías ganado. Nunca te sentiste tan orgulloso y optimista.

Tu buena racha se convirtió, nuevamente, en una cadena de infortunios. Nadie te contrataba, pese a las referencias de Roberto. Terminaste en el callejón detrás del Ministerio de Hacienda junto a otros contadores desempleados, ofreciendo tus servicios a particulares por unos cuantos dólares. Compartías el quiosco de una tienda de licuados y sacabas cuentas entre el ruido de las licuadoras y el olor de las pulpas y desperdicios en el basurero. Por las noches llevabas lo poco que recaudabas al casino de don Fermín para intentar, al menos, sacarle intereses. Roberto llegaba todos los viernes por un trago, pero se iba temprano y no siempre podías ganarle.

Susana hacía algunos trabajos de costura para ayudar un poco al hogar. Te esperaba despierta mientras cosía cremalleras y pegaba botones de los vecinos que miraban su anuncio en la portería. Pensabas de nuevo: «¡No la merezco!».

—¿Qué le pasó a la tele? —te preguntó un día que regresaba del mercado y notó la pequeña mesa vacía.

—No lo sé —mentiste e hiciste un ademán con tu mano—, la carambada dejó de funcionar.

—¿Cómo?, si ayer funcionaba bien.

—No lo sé, mujer, hoy quise ver el partido y no encendió. La llevé a reparar.

—Espero no cobren muy caro y no tarden mucho —lamentó ella y fue a guardar las compras—, ¡con lo emocionante que está la telenovela!

Sentiste un aguijonazo en el pecho y te prometiste que le recuperarías a tu esposa ese pequeño lujo que le habías arrebatado, pero pasaron los días y no te alcanzaba para saldar tu deuda en la casa de empeño.

—¿Qué te ha dicho don Julio de la tele?

—Está buscando la pieza que necesita, al parecer no es fácil de encontrar.

—¿No será muy cara la pieza? No vale la pena, así como están las cosas. Doña Tula, del cinco, me deja ver la telenovela con ella y terminará cualquier día de estos.

—Eres demasiado buena —dijiste en voz alta por primera vez y Susana te dio una sonrisa triste. Nunca te había sonreído así.

La luz de la mañana ilumina todo el apartamento y escuchas ruidos en la habitación: Susana ha despertado. Te levantas de la mesa, tiras todas las colillas en el basurero y guardas la baraja en tu pantalón.

—¿Qué le pasó al reloj? —pregunta ella al salir y ver el reloj roto en la mesa.

—Se cayó de la pared —mientes y notas una mirada suspicaz en ella, nunca te había mirado así.

—Parece que no dormiste —dice y entra a la cocina a preparar el desayuno—. No hay café, no pude comprarlo, ¡está tan caro!

—No te preocupes, tengo algo de dinero, al regresar del trabajo traeré un poco.

—Si te alcanza, trae un poco de azúcar.

Asientes y te metes a bañar, tampoco hay champú y la pastilla de jabón ya es una masa blanda sin forma. Al salir revisas tu billetera: solo tienes un billete de cinco dólares. Buscas monedas en el tocador y notas unos pendientes de esmeraldas que hicieron brillar tus pupilas por unos segundos. No sabías que Susana los tuviera, no acostumbra a usar joyas, no le gustan, ¡es tan modesta y austera!

Tu esposa te había preparado un pan tostado con miel y medio vaso de leche, pero te disculpas con ella y sales a prisa. El hambre y la preocupación te abren un hueco en el estómago. Bajas corriendo las escaleras y apenas saludas a doña Tula en la entrada. Cuando llegas al callejón te encuentras con que han desalojado todos los puestos ambulantes, incluido el tuyo.

—La municipalidad nos manda a la mierda por no tener los permisos —te explica uno de los vendedores que termina de recoger su producto.

—¿A dónde llevaron todo? —preguntas, desesperado—. ¡Dejé mi computador bajo llave! ¿Simplemente rompieron el seguro como si nada?

—La calle no tiene dueño, dijeron.

Te halas tan fuerte los cabellos que algunos quedan entre tus dedos. Corres entonces al almacén a buscar a Roberto, ¡solo él puede ayudarte!

—Cálmate, Carlos, no entiendo nada de lo que me estás diciendo.

—Necesito que me organices un juego, uno grande, sé que puedo ganar.

—¿Don Fermín ya no te da crédito?

—Solo quiere efectivo, Roberto, y estoy seco. Tú puedes respaldarme con él, a ti pueden interesarte unos pendientes que Susana nunca ha usado...

—¿Estás seguro de lo que me estás pidiendo? Carlos, puedes perderlo todo —te advirtió y pareció más una amenaza—, tu mujer no va a perdonarte…

—Ella jamás lo sabrá, no planeo perder. Solo necesito un empujón para levantarme. Habla con don Fermín.

—Veré qué puedo hacer.

La zozobra y los nervios te hacen entrar a tu casa como un criminal. Susana debe estar con doña Tula viendo la telenovela. Entras al cuarto con sigilo y buscas las joyas entre tanta baratija en su joyero y te lamentas no haberle hecho mejores regalos a tu mujer: «Es tan sencilla, no pide mucho». Tomas los pendientes y te empieza a acechar el recuerdo de su mirada suspicaz, piensas que parecía más un reproche. Susana nunca te ha reprochado nada en toda su vida. Sabes que lo mereces, pero ella no lo haría. ¡Es una santa!

Don Fermín cerró el bar para tener más privacidad, pero dejó abierta la puerta hacia el prostíbulo. Entre los jugadores que han llegado hay un anciano escuálido, flemático, que escupe con frecuencia al piso, y un tipo fornido, agresivo, de aspecto tosco; este último te ha puesto nervioso. Roberto solamente mira desde la barra. La noche avanza y las fichas cambian de mano con cada hora que pasa. El anciano se retira con sus ganancias, solo quedas tú y el tipo rudo. Miras tus cartas: tienes muy pocas posibilidades.

—Voy a entrar —pide Roberto de repente y pone su apuesta sobre la mesa, y un poco más.

—Solo aumentarás mis ganancias —advierte aquel jugador y aspira de su cigarrillo.

—Veremos.

Pasan varias horas, el humo del cigarro forma una neblina alrededor de la mesa. Te sientes aturdido, no has dormido ni probado bocado, pero es tu última oportunidad. Roberto ha dado la vuelta a la partida dejando al oponente apenas con un par de fichas. Tú has recuperado mucho y algo te dice que Roberto ha hecho todo esto para ayudarte. «Es tan buen amigo», piensas.

—¡Bah! Me retiro —reniega tu rival y suelta la mala mano que tenía.

—¿Tú qué dices? —te pregunta Roberto.

—Sigo.

—Bien —responde y ofrece todas sus fichas con una risa cándida—, subo esto y, se me ocurre, darte tu trabajo de nuevo, si ganas.

Entonces te lo crees: Roberto quiere ayudarte, por eso entró de último momento, para limpiar al otro y dejar que te recuperes. Él nunca ha sabido fingir el juego. Lo has repasado mil veces: esa candidez en sus modos, su risa torpe y el continuo parpadeo: ¡debe tener una mala mano!

—¿Hablas en serio?

—Mi honor lo respalda, ¿qué me ofreces para igualar la apuesta?

—Ya puse todo sobre la mesa, ¿qué más podría ofrecerte?

—¿Tu mujer?

Una carcajada sale de tu garganta con un estertor grueso por estar respirando el humo denso del ambiente. Roberto tuerce una sonrisa infantil y eso te convence de que te está dando la salida a tus problemas. Si ganas, ¡recuperas tu vida! Si pierdes, no, ni siquiera lo piensas. Ves las cartas en tu mano: tienes una escalera de color. ¡No puedes perder!

—Está bien, ¡mi mujer! —dices y sellas el trato poniendo tu sortija de matrimonio sobre la mesa.

Muestras tus cartas, los dedos te tiemblan según alineas los números de menor a mayor: siete, ocho, nueve, diez y jota.

—¡Guau! Nada mal —reconoce Roberto.

Tus ojos brillan y sonríes como un demente. Ves las fichas que has ganado y recuerdas su palabra de devolverte el trabajo. Piensas en Susana, ¡se pondrá tan feliz! Entonces Roberto muestra sus cartas y el rubor de tu éxtasis se borra de golpe.

—Flor imperial —te explica como si fueras un niño estúpido.

—Pe... pero —tartamudeas y frunces el ceño con una mirada desconcertada—, estás jodiendo, ¿verdad? Tú ibas a ayudarme...

—¿Cuándo dije eso? —ríe Roberto y se levanta a darte una palmada en la espalda, por primera vez la sientes como una daga—. Lo siento, Carlos, pero descuidaste a la reina.

—Ella no se irá contigo —aseguras con el rostro contraído—. Esto no puede ser en serio.

—Has renunciado a Susana —señala Roberto y toma entre dos dedos el anillo de la mesa para examinarlo—. «Deudas de juego son deudas de honor», si te queda un poco.

Tu cabeza es ahora un enjambre de avispas. Tiras la mesa, las fichas caen sobre los escupitajos del anciano y sales a prisa.

Ya amanece y la rutina de la gente no se hace esperar. Llegas al edificio, te detienes de golpe para tomar aire y aclarar tus ideas. Encuentras a doña Tula luchando por abrir la cortina metálica del quiosco de revistas y te pide ayuda.

—Muchas gracias, joven.

—Soy yo, doña Tula, Carlos, del quince —le recuerdas y señalas el edificio—. Mi esposa es Susana, ven juntas la telenovela que está por terminar.

—Perdón joven, no sé de qué me habla, no conozco a su esposa.

Carlos está ahora corriendo por las escaleras. Ya tienes todo listo, una pequeña maleta te ha bastado para lo que quieres llevarte. Recibiste la llamada hace veinte minutos. Terminas de pintarte los labios de un rojo carmesí, sonríes radiante frente al espejo y te acomodas el escote en tu elegante vestido nuevo, haciendo notar aquel relicario que recibiste de tu padre cuando eras niña. Dejas la baratija de tu anillo nupcial sobre el joyero y no te molestas en dar un último vistazo al salir. Roberto te espera en el lugar de siempre.