lunes, 20 de febrero de 2023

Inmaculada concepción

Rosario Sánchez Infantas


Por error tomé esa vía del poblado andino. Ya salía de ella cuando me atrajo Inmigrant song de Led Zeppelin en un volumen muy alto. Un par de parlantes estaban colocados delante de la puerta abierta de una casita anodina. La mayoría de los pobladores aprovechaba las primeras horas del día festivo para dormir un poco más de lo habitual, por lo cual no esperaba encontrarme con tan ruidosa manifestación. Venimos de la tierra del hielo y la nieve, del sol de medianoche, donde fluyen las fuentes termales, decía Robert Plant. Era, en esa zona residencial, la única vivienda con la puerta abierta. Los diversos objetos exhibidos en ella o colgados del marco de madera, así como la música altísima, sugerían que se intentaba llamar la atención hacia algún negocio.

Veo carillones de cerámica y de aluminio, una escultura con grandes discos de bronce y una inscripción en chino, todos con la pátina del tiempo. Se trata de una pequeña venta de antigüedades. Me acerco y observo diferentes piezas colocadas desde el piso hasta el techo. Me sedujeron unas pantallas de vidrio colorido y dos pequeñas esculturas de Buda. Siempre he gustado de ese tipo de tiendas, pero una creencia adquirida en la infancia me dice que no debería gastar dinero en cosas suntuarias. Ya en el interior de una habitación pequeña y oscura encuentro adosados a las paredes algunos cuadros de diferentes tamaños, motivos y estilos. Ocupando mesitas de diversos tamaños, miniaturas de porcelana, juguetes antiguos, floreros de cristal, cubiertos y fuentes de plaqué. Desde la penumbra me saluda un hombre gentil, de unos sesenta años, de tez blanca con el tono rojizo que ocasiona el clima seco y frío de los Andes. La ropa casual y la barba entrecana le dan un aire bonachón.

Va mencionando y señalando el tipo de objetos que tiene en el pequeño recinto: tallas de madera (algunas toscas y otras exquisitas), mesas de noche de cedro y percheros de madera de haya. Se aleja para encender un foco atrayendo mi atención hacia ese lado de la abarrotada habitación. Por una pequeña ventana, cerca al techo, ingresa luz solar la que al ser interrumpida por los barrotes forma varios haces oblicuos. Fluyen grácilmente muchísimas partículas de polvo en las vías de luz.

Fiel a mi costumbre de ser empática con el vendedor, pienso que debo comprar algo, y observo tratando de hallar algún objeto que valga la pena hacer el gasto imprevisto y que no cueste mucho. Me gusta un aplique ornamental de bronce proveniente de un marco de madera y pregunto el precio y procedencia, pues deseo alejar la atención de ambos de algunas piezas que me producen un sentimiento de vergüenza ajena: pequeños cofres de plástico junto con los de opalina o vidrio, flautas y clarinetes del siglo XIX de fabricante reconocido y flautas plásticas de uso escolar en un mismo recipiente, sencillas réplicas contemporáneas de la torre Eiffel junto con perfumeros de plata inglesa y cristal tallado a mano. Compro el aplique, señalo que regresaré al pueblo el próximo feriado largo de febrero y que, entonces, visitaré la tienda. Sin embargo, algo me lleva al día siguiente a la pequeña estancia de antigüedades.

El anticuario y yo conversamos con más familiaridad, así me entero de que conoce a algunos de mis familiares que viven en la localidad. Compro una pequeña talla que me gustó en mi visita previa. Me cuenta que coloca carteles en los poblados aledaños y con cierta regularidad le traen objetos antiguos que proceden, por lo general, de antiguas haciendas ganaderas ubicadas en los pastizales altoandinos. Decido comprar una hermosa, y barata, acuarela de un paisaje rural. El vendedor se apura en mostrarme otros cuadros, en especial una réplica del siglo XVII de La inmaculada concepción, de Murillo.

No me interesa, pero pensando en ayudarlo, considero que podría comprar el cuadro y me pregunto dónde colocaría ese lienzo o a quién se lo regalaría. El hombre me pide que me acerque a la pintura y anuncia que me revelará dos datos curiosos de ella:

–¡Observe, la virgen es virolita! –afirma.

–¡La modelo era virolita! –digo yo, sonriendo.

Sonríe. Me pregunto dónde he visto antes esa sonrisa.

–Otro dato curioso es lo que encontré insertado entre el marco y el lienzo.

Se dirige a un pequeño escritorio y saca, de entre varios papeles, una fotografía tamaño carnet y me la alcanza. Por cortesía se la recibo pues pienso que no es de mi interés. Está algo ajada y con los bordes dañados. En blanco y sepia veo un rostro de un hombre de mediana edad que me resulta familiar. A fin de mirarla mejor le pido observarla a la luz del sol que entra por la puerta. Tengo un sentimiento de irrealidad, como si se tratase de un sueño. Es el rostro de mi padre a sus cuarenta años. ¿Qué hace aquí? Él no era católico ferviente y nunca vi ese cuadro en casa. Aunque mi madre nació en este pueblo, mis padres, mis hermanos y yo vivimos en otra provincia, ¿cómo llegó esta fotografía a las manos del anticuario?

Tengo la desagradable sensación de que mi familia está expuesta a la curiosidad de cualquiera.

El vendedor se disculpa porque el lienzo no tiene autor reconocido ni tampoco puede darme un certificado de su anterior propietario, por lo cual ofrece hacer un descuento en el precio. Pienso que si compro la pintura puedo indagar más sobre su origen que me extraña sobremanera. Me cuenta que, hace una semana, un joven agricultor le trajo un par de cajas con objetos diversos con los cuales una vecina le terminó de saldar una deuda. La joven mujer, sus padres y sus abuelos habían servido en una hacienda ubicada en las inmediaciones de esta provincia. Muertos los dueños de la propiedad, sus herederos la lotizaron y vendieron tras llevarse lo que consideraban valioso. Dispusieron que lo demás lo tomaran sus antiguos trabajadores. Lo único que el anticuario había sacado a exhibir de dichas cajas era el cuadro y un par de espejos de marco dorado, aún sin clasificar, que me señaló en una de las paredes.

Como no le he pedido rebaja por La Inmaculada Concepción, imagino que el vendedor supone que tengo el dinero o el interés suficientes acerca de la sagrada imagen. Menciona que en el lote que le trajeron hay tallas coloniales, en madera polícroma, del niño Jesús y del arcángel San Gabriel, las cuales me las puede mostrar al día siguiente. Lo que me inquieta es cómo llegó la fotografía de mi padre a esa casa y a ese cuadro. Hago cálculos temerarios y le pregunto:

–¿Cuánto por las dos cajas?

Me mira muy sorprendido. Permanece en silencio; al parecer hace cuentas. Supongo que no debe vender mucho en este poblado pequeño.

–Quinientos soles, pero sin reclamos –afirma con un tono dubitativo–. ¿Le parece bien?

Acepto, pago y decido prolongar una semana mi estadía en el pueblo mientras buscaré respuestas en esas cajas.

A pesar que el pueblo ha ido perdiendo mucho de su campiña, la amplia y silenciosa casa de los abuelos mantiene sus hortensias, trinitarias, geranios, madreselvas y árboles frutales gracias a la pareja que cuida la vivienda. El viento trae el aroma del eucalipto, los cantos de las avecitas y el mugido de algún becerro despistado. El espíritu se sosiega como en las vacaciones escolares, tan lejanas ya. Tras rociar abundante insecticida a las cajas y provista de una mascarilla me instalo en el amplio balcón interno que da hacia el jardín. Escuchando álbumes de Led Zeppelin, que creo serán auspiciosos, empiezo mi búsqueda. En sobres viejos y empolvados encuentro discos de vinilo y de carbón de diferentes dimensiones. Hay música clásica, marchas militares, tangos, valses criollos y la fusión llamada fox incaico, que se permitían los hacendados al final de sus fiestas, cuando la ebriedad inhibía su rechazo a lo nativo. Recuerdo haber escuchado algunos de estos temas en mi casa.

Atadas en paquetes hay revistas desde los años cincuenta en adelante: religiosas, de política nacional y de cine (con la fotografía de Elvis Presley, Kim Novak, Natalie Wood, Víctor Mature, entre muchos otros, en las portadas). También encuentro ejemplares de la revista Life en español, solo les echo una mirada. Cuando niña disfrutaba mucho las hermosas imágenes de esta publicación. Hay muchísimas revistas Selecciones y Mecánica Popular y diversos cursos enviados por correspondencia desde Estados Unidos. Un tesoro aparte son los comics. Me fuerzo a no detenerme en ellos. Es triste verlos sucios y ajados, es como ver la propia infancia con una pátina de suciedad y desencanto. ¿Mi padre sería novio de la dueña de esta casa? ¿Habría trabajado para el dueño? ¿Sería su amigo?

En cajas de diversos tamaños encuentro tarjetas navideñas, capillos con dijes dorados, partes matrimoniales y postales diversas, las más antiguas en blanco y negro. Dado el poco tiempo que tengo y la magnitud de la tarea, me limito a leer los nombres que aparecen en ellos. Rellenando espacios vacíos de las cajas encuentro pequeños objetos frágiles protegidos con envolturas de papel, cartón o tela: medallitas, crucifijos, fotografías enmarcadas, rosarios, misales, insignias de colegios e imágenes de santos y vírgenes. Ya oscurece cuando decido postergar mi labor hasta el día siguiente. El sabor a ilusión que me embargaba cuando veía las hermosas imágenes en mi infancia se ve opacada con la inquietud. ¿Cómo llegó el retrato de mi padre a esa casa? A veces llevaba pasajeros a distintos lugares en su automóvil. ¿En algún viaje perdió la fotografía?

La mañana siguiente, navego en un mar de papeles y voy reconstruyendo la estructura e historia de esta familia. El padre fue un hacendado que proveía madera de eucalipto a la empresa Cerro de Pasco Corporation, además de criar ganado vacuno. La esposa, un ama de casa que mantenía abundante comunicación escrita con sus familiares de distintos lugares del país. Recibos de servicios básicos de varias décadas, escrituras públicas, actas de nacimiento, bautizo y defunción, libretas escolares y diplomas de un hijo y una hija que estudiaron en la capital del país. Pude seguir sus huellas laborales: el hijo que era ingeniero agrónomo trabajó en Instituto Nacional de Innovación Agraria y la hija, pedagoga, fue funcionaria en el Ministerio de educación peruano. Termino la jornada muy agotada, pues para sacar esto en limpio he debido revisar muchos documentos mezclados con fotografías, casetes, discos compactos y álbumes de figuritas. Y, ¡no hay nada que se relacione con mi padre!

Después de un abundante almuerzo, prolongada siesta y café amargo reinicio la tarea. Arremeto una caja con paquetes de postales, cartas y telegramas de épocas diversas y atados mediante cintas, la mayoría. Algunos se han desperdigado y mezclado su contenido con folletos religiosos, libros y material de escritorio echado a perder. Soy una persona curiosa, pero pese a encontrar datos interesantes, expresiones líricas e información histórica, me abate tanta lectura. El rasgo obsesivo de mi personalidad me impide saltarme papel alguno. Me entristece la forma en la cual la última generación de esta familia se deshizo de cosas que en su momento fueron valiosas para otros miembros de su estirpe. Literalmente continúo leyendo con náuseas. De pronto un telegrama atrapa mi atención:

«Envío doscientos. Partera y liquidar la Paulina. Llego lunes mediodía. Envía acémilas».

Recordé a la Paulina nuestra. Tendríamos mi hermana cinco y yo seis años. No sé de qué manera llegó a trabajar como empleada doméstica una adolescente de unos catorce o quince años, analfabeta y que provenía de la puna, región inhóspita y carente de servicios básicos. Imagino que la pobreza extrema de sus padres la había llevado a abandonar su hogar. Debió ser duro el proceso de adaptación a las condiciones de vida de una ciudad cosmopolita como aquella en la que vivíamos. Nunca supe con precisión cuánto tiempo se quedó a trabajar con nosotros la Paulina, ni por qué se fue. Con cierta frecuencia se renovaban las empleadas domésticas de casa. Alguna información subrepticia y confusa nos llegaba a las hijas de las discusiones de nuestros padres. En ocasiones se trataba de pequeños robos, incompetencia, acusaciones de que mi padre había molestado a la empleada y hoy, después de sesenta años, recuerdo que alguna de ellas se fue porque estaba gestando.

Siento como si me hubiera impactado algo contundente en la cabeza. Recién ahora pienso que nuestra Paulina pudo haber sido despedida por estar gestando y no habiendo más hombres en casa, ¡su criaturita sería un hermano mío! ¡Qué infausto trance el de la pequeña! ¡Tener que trabajar a los catorce años, ser violentada y echada tras quedar embarazada!

Me parece muy injusto lo ocurrido en mi hogar como en el de esta familia.

Mi racionalidad me lleva a pensar que es poco probable que la Paulina de esta familia sea la misma persona. Pero los hechos son contundentes. La fecha del telegrama es cercana a la época en que ella estuvo en mi casa. Y, hasta ahora una Paulina es lo único en común que tienen esa familia y la mía. Quizás buscaba trabajo en este pueblo, cuando contactó con mi madre quien la contrató como doméstica en nuestro hogar, fue abusada y al detectarse su embarazo echada sin más.

Posiblemente la desdichada niña regresó a buscar emplearse en este poblado, el de mis ancestros. A lo mejor le permitieron laborar en dicha hacienda hasta que dio a luz, luego la despidieron con unos soles y un bebé en brazos. ¡Pobre criatura! Y si fuera así, ¿con qué intención guardaría la fotografía de mi padre? ¡Y en un lugar sagrado como el cuadro de la Inmaculada Concepción! Imagino la pintura en un cuartucho donde ella y otros empleados dormían. Quizás quería enfatizar lo inmaculada que fue su concepción poniendo como testigo a la madre de Dios. Conmovida pido perdón en nombre de estos dos hogares católicos.

Mi escepticismo reaparece. A lo mejor un novio embarazó a nuestra empleada. El nombre Paulina era frecuente en el ande, donde se solía bautizar a los niños según el santoral católico y existe una santa Paulina. Se trataría de dos jóvenes diferentes. El anticuario podría saber más o darme información del muchacho que le vendió estas cajas. Lo visitaré al día siguiente. Tomo un diazepam e intento dormir. Led Zeppelin martillea en mi cabeza: Así que ahora, es mejor que te detengas/ y reconstruyas todas tus ruinas, / para que la paz y la confianza puedan ganar la batalla, / a pesar de todas tus pérdidas.

A la mañana siguiente, encuentro cerrada la tiendita de antigüedades. En un pedazo de cartulina, adherido con chinchetas a la puerta de madera, se lee:

«Nos vemos en febrero, tendremos novedades».

Los vecinos lo conocen muy poco pues alquila la pequeña vivienda hace un par de meses, siempre se lo vio solo y se rumorea que es escritor. Averigüé también que lleva mi apellido paterno, el cual es el más popular en mi país, por cierto.

Serán veinte muy largos días de espera.

martes, 14 de febrero de 2023

No todos los besos son por amor

Manuel Quezada


Un día antes de navidad renuncié a mi empleo. Decidí tomar vacaciones dos días después y salimos hacia Alemania con mi esposa y de paso, visitar a nuestro hijo que se encontraba en ese país. Nuestra primera escala fue en Managua, la segunda en Miami y luego a Frankfurt, llegando a las siete de la mañana del 26 de diciembre de 2022, con un clima de siete grados Celsius. Al salir del aeropuerto y acercarnos a la primera parada de buses, una pequeña pantalla electrónica elevada a tres metros del arriate indicaba la hora de llegada de la unidad de transporte. Puntual como lo indicaba, a los tres minutos estaba frente a nosotros. Una vez dentro iniciamos el recorrido. El cielo gris no cedía a pesar de la claridad del amanecer, perpetuando una atmósfera sombría. Las casas mostraban monótonas paredes blancas decoradas por repetitivas líneas café simulando cuadrados. Todas tenían áticos.

A las nueve de la mañana llegamos a nuestro destino final: Darmstadt, un pueblo sobrio que combina edificaciones modernas en auge con arquitectura antigua. Aquí sería la base de nuestras operaciones para planear los siguientes destinos; siendo uno de ellos, la ciudad de Berlín. El viaje a la capital alemana se hizo en tren, al día siguiente, muy temprano, para aprovechar precios bajos a horarios de poca demanda. Salimos de la estación local para conectar con otro tren en Frankfurt, una terminal cóncava y tejado de cristal que permite ver el cielo gris. Al dejar la ciudad, después de dos horas, el sol comenzó a salir, mostrando ante nosotros el esplendor de extensiones de pastos verdes y bosques cuyos árboles mantenían hojas con tonalidad café. El viaje tenía como propósito reunirnos los tres después de meses de no vernos, mi esposa, mi hijo y yo, aprovechando las vacaciones de fin de año.

—Debería de estar nevando por estos días, pero por el cambio climático, únicamente hace frío —dijo mi hijo.

A los pocos minutos apareció un parque eólico. Pueblos enteros pasaban con rapidez ante nuestros ojos con la misma arquitectura y tonalidades reconocidas el día anterior: fachadas blancas y líneas cafés dibujando marcos. Áticos de tonos pardos.

Cuatro horas después, estábamos en la capital, instalados en el hotel Meininger a la par de la estación de trenes de la ciudad. A nuestra llegada, cerca del mediodía, decidimos descansar.

Por la noche (en estos días oscurece a las cinco de la tarde), salimos a ver el muro de Berlín; abordando un tren y luego un bus, para estar una hora después frente a los restos de la histórica estructura de concreto y hierro de tres punto seis metros de altura, y que cobró la vida de ciento cuarenta personas entre 1961 y 1989, por tratar de cruzar el muro hacia la parte occidental.

Han pasado treinta y tres años. De noche, todavía se percibe la diferencia entre los dos sectores: en la parte oeste, las luces estaban en todo su fulgor; en el sector este, dominaba la oscuridad, con luces en pocos apartamentos. La empresa Mercedes-Benz, restaurantes asiáticos atiborrados, y centros comerciales dominaban el ambiente del lado que fue conocido como República Federal Alemana (capitalista) y del otro lado, la República Democrática Alemana (comunista), no se percibía más que sobriedad,

Hicimos el recorrido a pie por un sector del muro, conocido como East Side Gallery, tramo de uno punto tres kilómetros de longitud, y varios murales habían sobrevivido al paso de los años. Había pinturas de palomas blancas, símbolo universal de anhelo de paz, una pintura de un hombre gigantesco de rostro preocupado, pasando el muro con un solo paso desde el este; pero el centro de la atracción, donde todos se detenían para tomar una fotografía, era el mural del artista ruso Dmitri Vrúbel: retrató a dos presidentes comunistas, Erick Honecker y Leonid Brezhnev, saludándose bajo un acalorado beso tornillo, para celebrar el treinta aniversario de fundación de la República Democrática Alemana. La imagen me recordó los años ochenta. El entusiasmo personal por un sistema socialista que no tenía una base racional, una doctrina, o una lectura crítica que me diera caminos de análisis de la realidad del país o al menos una comprensión de aquellos años.

Era tan acrítico el sentimiento que lo trasladé al fútbol. Fanático de los equipos de Alemania comunista, y del surgimiento de algunos jugadores como Matthias Sammer, líbero del Dínamo Dresde.

Volví a la pintura que tenía enfrente y pensé si sería la expresión de amor de un sistema superior al que conocía por aquellos años de un incipiente capitalismo neoliberal. Karl Marx y Friedrich Engels argumentaron que cada estadio o sistema de organización de hombres y mujeres o modos de producción de la economía, irían dando paso de forma natural a otro y sería algo irreversible; pasaríamos del feudalismo a la era industrial, luego al capitalismo, finalmente llegaríamos al comunismo. Pensaba si ese beso era un reflejo de este último. Pero el humor me invadió cuando mi hijo me dijo que Madonna y Britney Spears hicieron algo igual en un concierto.

Dmitri Vrúbel vuelve a repintar el beso de tornillo del mural en el año de 2009, con material más perdurable, el cual permite que esta obra este intacta hasta esta noche de 2022.

Volví a recordar mis simpatías socialistas de los años ochenta, desconociendo lo que sucedía en Europa y en concreto en esta zona. La única explicación posible era la propagación de ideas comunistas en el ambiente universitario y las antipatías que nos inspiraban los gobiernos de corte militar. Al llegar la noticia del beso de los presidentes comunistas nos reíamos y nos desconcertábamos, porque en una ocasión Brezhnev expresó luego de saludar a un político, que era mal estadista pero que besaba muy bien. No todos los besos son por amor.

Mientras reviso de nuevo el mural y regreso de la época estudiantil, llegan más parejas para tomarse fotos, emulando el beso, cerca de los frondosos labios de ambos dirigentes. Todos sonríen al posar.

En noviembre de 1989 la población alemana derribó el muro de Berlín sin derramar una gota de sangre. Honecker inicia un periplo que finaliza en Chile como asilado político en 1993 y muere en 1994, víctima de un cáncer de hígado. Brezhnev había muerto en 1982 por un fulminante infarto al miocardio.

La mayoría de quienes recorremos el muro la nochevieja somos extranjeros; los alemanes se han desplazado a la puerta de Brandeburgo para celebrar el último día del año, escuchando al grupo de hard rock Scorpions, quienes tocaron Wind of changes, para una velada de muchos besos atornillados, y algunos serán por amor.

miércoles, 8 de febrero de 2023

Como jugando...

Joe Monroy Oyola


Un ruido en medio de la oscuridad despertó a Stephanie. Jaló entre sus manos las dobleces de la sábana. Frente a su cama había una sombra altísima que llegaba casi hasta el cielo raso... 

Veintiséis años antes, cierta mañana de setiembre José estaba sentado en su sillita individual, una de aquellas que tenían el armazón metálico forrado con tiras plásticas multicolores. Miraba en la televisión en blanco y negro su programa favorito: Los Picapiedra, cuando tocaron a la puerta. El niño y su mamá cruzaron las miradas:

—Hijo, ¿adivina quién está viniendo a saludarte por tu cumpleaños?

—¡¿Mi tío Homero?! —dijo haciendo puños debajo de su mentón, el cual parecía sostener sobre sí una inmensa sonrisa—. ¿Es él?

—Ja, ja, ja. Pues si no abres, entonces, nunca lo sabremos —contestó la mamá riéndose—. Me avisó que llegaba a tomar desayuno con nosotros. Él es mi hermano mayor, pero no le digas tío, ni padrino Homero, sino papá Homero, tal vez así te regale una buena propina. Corre y ábrele.

José corrió hasta la puerta, al jalar la perilla metálica de bronce se encontró con un muñeco plástico del personaje de caricaturas: Pedro Picapiedra. Era inmenso, su misma vestimenta, esa especie de túnica moteada, con el gracioso corbatín, hasta mostraba el sombrero ceremonial de su fraternidad: «Los búfalos mojados» con cachos y todo; que era sostenido por dos manos morenas. José ni miró quién venía trayendo el obsequio, jamás dijo tío, papá o padrino:

—¡Pedro Picapiedra! —gritó arranchando el juguete y corrió a enseñárselo a su madre—. ¡Mira mami!

Hubiese sido el desperdicio más imperdonable de la historia, el dotar al muñeco de algún mecanismo sonoro que emitiera el famoso grito de júbilo: «¡Dabadabadú!», si esa expresión estaba ya en el corazón de cada niño alrededor del orbe.

Lidia invitaba a pasar a su hermano, quien soltaba la risa viendo saltar a José. Aunque ella trató de disculpar a su hijo, el gozo del niño llenaba el hogar.

—Qué bonita guayabera, hermanito: blanca y con detalles marrones; me parece que tu pantalón azul no hace juego con tus zapatos color guinda, igual, te ves elegante. Pero ya estamos en otoño, deberías abrigarte un poco más. Aunque los gorditos no tiene ese problema. Ni pareces tener cuarenta y cinco años.

—Hermanita, no empieces, estoy fornido, eso es todo. En cuanto a mi edad, no olvides que tú eres solo seis años menor que yo. Te cuento que anoche me gané un buen dinero jugando al póker con unos chinos. Ni cuenta se dieron de que mis cartas estaban marcadas ja, ja, ja.

Homero le dijo que llevaría a José al hipódromo, pues quería que se entretenga viendo correr a los caballos, además, él me traerá suerte. Estaremos de vuelta por la tarde. Si gano un buen dinero lo compartiré con ustedes, una parte, claro está. Lidia le puso una taza de loza blanca con un café cargado humeando.

—Caliente, así como me gusta hermanita. En Olmos toda la familia lo toma hirviendo.

—Sí, claro, lo recuerdo. ¡Uy!, José, hijito, anda compra un litro de kerosene en el chino de la esquina, lleva la botella verde. Acá tu papá Homero te va a dar unas monedas.

—Caray, me salió caro el cafecito.

—Mamá, por favor, faltan cinco minutos para que termine Los Picapiedra.

—¿¡Quieres un coscorrón de regalo!? Anda que se me está apagando la hornilla. Recuerda que tú eres el único hombre de la casa.

—Ya sé mamá. Pero, verás que un día mi papá va a regresar —dijo mientras sus ojos se enrojecían y secaba una mucosidad que asomaba indiscreta por la nariz—. ¿Por qué te sonríes tío?

—Está bien sobrino. Sí, pronto va a regresar.

—Que vayas te he dicho.

Después del desayuno, padrino y ahijado salían hacia el hipódromo.

En la ventanilla Homero entrega la cartilla llenada con dos billetes de cinco soles cada uno, los que había ganado la noche anterior. El cajero del hipódromo se los tiró de regreso gritándole que eran billetes falsos. Chinos desgraciados, resultaron más vivos de lo que pensé. Rellenó otra cartilla y pagó con monedas el total de un sol.

Pasaron las horas y casi anocheciendo llegaron de regreso José con su tío. Al abrir la puerta Lidia se quedó con los brazos extendidos, su hijo pasó refunfuñando hacia el único cuarto de la vivienda, sin mirar el pastel cubierto con crema blanca y salpicada con caramelos multicolores en miniatura, y en el medio una vela con el número once:

—Hijo, hola, ¿qué te pasó?

—Nada, nada pasó. Ni siquiera me invitó una bebida.

—Hermanita, es que tuvimos mala suerte, nada ganamos. Me dieron pésimos datos.

José salió del cuarto y le dijo a su mamá que el tío Homero le pidió el sol que ella le había dado de propina, para apostarlo. Lidia le recordó que pronto se irían de vacaciones a Olmos, Lambayeque, para visitar a la familia, que allá tomaría todas las raspadillas de tamarindo que quisiera.

—Lidita linda, hermanita de mi corazón, este... —empezó diciendo mientras sacaba del bolsillo derecho de su guayabera un pañuelo húmedo —, cuando viajen al norte avísame con tiempo para darles una propina, quiero que se coman algo en mi nombre, allá en nuestra tierra. 

—Ajá, «sal quiere el huevo».

—¡Hermana, respeto eh! —contestó Homero tirando sobre la mesa el pañuelo blanco—. Así me hablaba nuestro padre cuando sabía que yo le iba a pedir propina. Uno preocupándose, y tú, pensando mal.

—¿Cuál huevo mami?

—Después te explico hijo.

Homero sugirió que compraran entre los dos un billete de la lotería y si ganaban compartirían el premio. Lidia se negó: ja, ja, ja, ya ves hermano, algo querías, te conozco. Al despedirse el padrino le prometió a José devolverle pronto su sol. No olvides: todo en la vida es como un juego, si no arriesgas, no ganas. Mientras Homero se iba, ya estaban llegando algunos niños.

Las semanas pasaron volando, luego los meses. Llegó el verano. José debía preparar la ropa que llevaría para el viaje a la ciudad de Olmos. Él cavilaba respecto a si debería ir en esas vacaciones al norte. No soy un bebé, tengo once años, justo cuando acabo de conocer a la nueva vecinita: Gianella, al menos así decía el collarcito que usaba. Es bonita, morenita, tiene los ojos negros. Ya me enamoré; voy a preguntarle a mi amigo Pepe cómo hago para declararme a una chica. Seguro nos casaremos cuando seamos adultos. Sí, hablaré con mi mamá, además, los niños tenemos derechos, muchos, un montón. No dejaré que mi mami nos separe.

A José se le rompía el corazón de solo imaginarse ver llorar a su madre, pero era su decisión, así que su mamá tendría que viajar sola; ella sí nació en Olmos, en cambio, él era limeño. Deberá comprender que, si bien nuestras vidas tenían las mismas raíces, recordaba esa parte de una serie en televisión sobre los orígenes y las familias de los esclavos en Estados Unidos, cada uno debe tomar por su lado. Además, a pesar de que el tío Homero era tan cambiante en sus actos, había calado hondo en José que la vida era como una gran apuesta: si no arriesgas, no ganas. Decidió jugar a ganador.

Ya daban las siete en punto de la noche, Lidia había dejado sobre el mueble grande en la sala, ropa que debía acomodar su hijo. Él quería que su mamá terminase de ver la novela que le encantaba; no deseaba ser duro, cruel, tan solo firme, ya no era más un niño; luego la consolaría. Escuchó la melodía de la canción romántica que indicaba el final del episodio; tocó la puerta del cuarto:

—Mamá, ¿puedo pasar? —preguntó con la frente posada sobre la madera— Quiero conversar contigo.

—Claro hijito, pasa.

Había sobre su cómoda un vaso con limonada y hielo. El aroma cítrico parecía darle una fresca bienvenida para iniciar su disertación. La amorosa sonrisa de la madre le hacía difícil, a José, encontrar las palabras más suaves, pero a la vez firmes sobre su decisión impostergable, insoslayable de quedarse, aunque sea en la casa del tío Homero.

La sustentación sobre los derechos constitucionales de los hijos duró casi cuatro minutos. Lidia solo asentía con leves movimientos de cabeza, la mirada fija en su vástago. A José le pareció que ella ni respiraba. Al terminar buscó con la mirada dónde estaba la caja de pañuelos desechables, la que usaba su madre para enjugarse las lágrimas cuando lloraba, o para secarse el rostro si sudaba, se la puso junto a su bebida; él quería asistirla cuando estallara en llanto. Después de contestarle gritando a su hijo que de todas maneras irían, ella terminó con la última orden: 

—¡Anda termina de arreglar tu maleta! —A la vez que tiraba de un manotazo la caja de pañuelitos que su hijo le había alcanzado—. ¡Y avísame cuando termines para ir a revisarla!

—Pero, mamá...

El intento de insistencia hizo que ella volteara el rostro a observarlo; a él se le vino a la mente aquel comercial en televisión de la película El exorcista, donde la niña protagonista volteaba el cuello como periscopio de submarino. No dijo una palabra más y salió corriendo hacia el pequeño desván donde guardaban maletas, juguetes antiguos, ropa que no era de la estación. 

A las ocho en punto de esa noche ya estaban madre e hijo en el terminal de ómnibus Roggero. Una hora después partía el vehículo de transporte. José iba al lado de la ventana, miraba las piruetas que hacía el chofer manejando para salir del área de abordaje y poder acceder a la avenida principal. Sabía que había cumplido con su deber cuando «decidió» cambiar de parecer respecto a la posición de no viajar a Olmos, asimiló que no hubiese sido caballeresco dejar a su mamá viajar sola. Igual, su amada Gianella lo esperaría. Un mes pasa rápido, la llama del amor jamás se extinguiría.

No fue necesario hablarle a la niña acerca de su partida al norte peruano, a veces «el silencio vale más que mil palabras», esto lo aprendió investigando y hurgando entre recursos literarios, cuando en el Mercado Modelo de Jesús María rentaba las revistas de Superman, Archie, y aquel «curso de narrativa romántica»: la revista Susy. José ya le había explicado al dueño de ese puesto donde leía sentado sobre ese cajón de frutas vacío, después de pagar veinticinco centavos de alquiler por cada revista, que él iba a ser un famoso escritor.

Llegaron a la ciudad de Chiclayo casi a las once de la mañana. De inmediato tomaron un colectivo, un auto antiguo, que los llevó hasta Olmos a las doce con minutos. Para José fue un gran alivio bajarse del auto y dejar de escuchar esas cumbias y guarachas antiguas. Haberse quedado dormido con su cara en el vidrio de la ventana le hizo sentir adormecido el lado izquierdo del rostro, le parecía haber dejado olvidada en algún lugar la oreja, ni que hablar de su trasero, podría haber presentado un reclamo en la oficina de la agencia como: objeto extraviado. Estaba esperándolos el anciano tío Irineo Cortez.

El abrazo de reencuentro entre sobrina y tío fue emotivo y largo, José trataba de decidir si él debía de llamarlo tío abuelo Irineo, o solo tío, aunque más parecía ser el abuelo.

—Tío Irineo, este es mi hijo José, pero dile Pepito.

—¡Caray que grandote está para tener nueve años! —dijo, remeciendo a José por los hombros—. Eres guapo, igualito a tu mami; hum..., aunque esos dos dientes de adelante te han salido chuecos.

—Hola tío Irineo, sí, gracias. Pero tengo once años.

Vino a la memoria de José los gritos en la escuela: «pitufo», «pigmeo». Al recoger las maletas del colectivo, José insistió en que él las llevaría; ningún esfuerzo costaría moverlas hasta el auto del pariente. A pesar de las rueditas del equipaje, le resultó difícil al sobrino descubrir que en Olmos la gente acostumbraba a caminar casi todo el tiempo. Es más: el pariente no había traído carro alguno. Pero lo peor fue aprender que el «acasito nomás» variaba entre una a doce cuadras. La soñada entrada triunfal a Olmos, como un muchacho limeño, no empezaba muy bien.

 —Luvinda, mujer, ya llegamos —exclamó el anciano.

—Lidita, hijita, bienvenida —exclamó emocionada la tía, mientras tiraba al aire una servilleta de tocuyo blanco—. Eres igualita a tu papi, el vivo retrato de Julio César.

—Tía Luvinda, qué alegría —contestó dándole un gran abrazo—. José, hijito, saluda a mi tía.

El niño cruzó desde el umbral hasta la gigantesca cocina, al llegar frente a la honorable anciana él extendió la mano; lo recibieron unos brazos abiertos de par en par, qué cojudeces de darme la mano, tú eres mi sangre. José trato de zafarse, al parecer doña Luvinda sintió esos movimientos como correspondencia de cariño. El infante decidió aflojar y recibir esos apapachos. Luego les mostraron cuál sería la habitación que ocuparían. Lidia regresó con sus parientes, José no despertó hasta el siguiente día.

Al levantarse, por la mañana encontró las puertas del cuarto abiertas de par en par, la luz del día iluminaba hasta la mitad del dormitorio, su mamá no estaba en la habitación. Se oían conversaciones, risas y música; al salir vio bien el área: había un jardín lleno de flores y árboles frutales colindando con el espacio familiar. Esta área verde pasaba al lado de dos habitaciones que eran para las visitas, y limitaba con la rústica puerta que daba entrada a los corrales. Los pollitos y patitos estaban separados de las aves adultas, y corrían libres alrededor del jardín. Desde la rústica cocina a leña provenía un aroma a pan horneado; la inmensa mesa del diario lucía cubierta con un mantel plástico blanco donde resaltaban dibujos de flores. Por asientos dos largas bancas de madera. Había otras mujeres cerca de las hornillas que cantaban y bailaban entre sí. Todas tenían un vaso con cerveza en la mano. Lidia alzó la vista:

—¡Primas, primas, este es mi hijito José! —gritó Lidia abrazando al niño— ¿Verdad que está guapo?

Cada una se presentó dando su propio nombre, todas besaban y pellizcaban las mejillas del sobrino. Él solo pudo entender dos cosas: todas eran sus tías, y, además, estaban bien mareadas. La anciana Luvinda comentó la alta estatura para nueve años. Lidia nunca pensó en aclarar lo de la edad; José intuyó también que ya habría un mejor momento. El recuerdo de Gianella llenaba su mente; total serían unas cuantas semanas, ella lo esperaría...

Por la tarde vino a saludar a José el hijo de una de las primas que había venido a ver a su mamá. Era delgado y risueño. Le dijo que lo llamara Tikila, así lo conocían todos. Vamos a la plaza de armas, hoy hay retreta.

En el camino Tikila le explicó que era un concierto con banda de música, baile para los adultos que quisieran, tiros con dardos, se podía obtener algunas pelotitas o trompos aparte había apuestas con los cuyes. Ya en la plaza conoció al primo Nando y otros catorce o quince que nunca pudo recordar los nombres. Pero Nando y Tikila, sí eran su familia por seguro.

En el juego del cuy le fue bien, pues apostó un sol en una de las cajitas numeradas, y el asustado animalito que era colocado en medio de un cerco de cajitas con un orificio de entrada corrió a esconderse en la de su número cinco. En el tiro de dardos le apuntó a un globito que tenía amarrado un trompo, su ojo izquierdo cerrado y la punta de la lengua asomándose al mismo lado…, le pinchó al otro globo que daba dos canicas en una bolsita. Para el resto él tenía una gran puntería y mucha suerte. Le venía a la mente aquello que el tío Homero decía sobre que la vida era como un juego, quien no arriesga no gana. Cada día que Tikila o Nando lo buscaban para ir a la plaza alquilaban una bicicleta por cincuenta centavos, eso daba derecho al uso por toda una hora. José sintió que el caluroso pueblo de Olmos se iba convirtiendo en un lugar con mucha diversión.

José aceptaba apostar con las canicas, aunque no era bueno con ellas. Pero, en las carreras con bicicletas se desquitaba. Él se aseguraba la mejor, aquella que alquilaban por dos soles la hora; era la única con frenos, y permitía dar las curvas a velocidad sin estrellarse. Apostaba con esa ventaja. Cada día ganaba alguna carrera y la antipatía de los muchachos del pueblo.

Cierta mañana estaba en la plaza una veintena de los chicos mostrando inmensas sonrisas, lo miraban llegar a José:

—Hola. ¿Hacemos una carrerita en bicicleta con apuesta? —preguntó haciendo sonar las monedas que tenía en su mano derecha— ¿Hay algún valiente?

—Sí, José, aceptamos— contestó Nando, que estaba sentado en una banca—. Pero primo, hoy hacemos la carrera hasta el río Cascajal, cincuenta centavos cada uno. El primero en llegar se lleva todo.

Nando agregó que habría otra apuesta posterior a la carrera. El pariente capitalino aun ignorando los detalles aceptó.

Tras llegar victorioso, José recibió cincuenta centavos por cada participante. Alguien gritó: ¡Ahora todos al agua! A José le pareció un grave error no haber pensado en vestir una ropa de baño. Miró perplejo como cada uno de los chicos se quitaba la ropa y se tiraban al agua calatos. Por primera vez en su vida corría desnudo hacia un río. Ya en el pueblo devolvieron todas las bicicletas.

Esta vez Tikila habló: tenemos entre todos once soles. Primo te apostamos que aquí en Olmos tenemos un «santo karateca» hasta con imagen bendecida. El desafío sonó del todo ridículo, inaudito. Los chicos olmanos mostraron la cantidad ofrecida, ya estaban preparados. José tuvo que ir a pedirle las propinas guardadas a su madre, quien a regañadientes aceptó. 

Llegaron a la iglesia que estaba al lado de la plaza. Detrás de él ya no eran solo los primos, además había chicas y adultos. Entendió José que en adelante su vida estaría llena de admiradores, la victoria sería parte normal en su existencia, tal vez lo nombrarían visitante ilustre de Olmos. Nando dijo que el «santo karateca» estaba aquí dentro. El rostro de José mostraba una sonrisa oblicua que descendía desde el lado derecho hacia el izquierdo, al estilo de su ídolo: John Wayne en las películas del oeste listo a disparar en algún duelo a muerte. Todos siguieron a Nando hacia el lado derecho de la iglesia. Las bancas se miraban vacías, solo en una de ellas dos ancianitas rezaban con un tul blanco cubriendo sus cabezas y con un rosario entre sus manos.

Pasaron junto a imágenes de santos, se detuvieron en la bóveda más cercana al altar mayor. Trataba José de contener una risa impúdica, cachacienta, explosiva cual ataque de tos convulsiva. Nando prendió el interruptor de la luz. El muchacho capitalino sintió cómo su cara se le helaba, los ojos parecían querer escaparse de sus órbitas; contempló con horror la imagen del «santo karateca», le recordó la foto de Bruce Lee en el poster de la película Operación dragón. Las carcajadas llenaron el santo lugar. José sintió una inusual humedad en la parte trasera de su pantalón, «ese negocio olía mal». El camino hacia la casa de los tíos se hizo más largo esta vez. Saludó de lejos a su mamá y a los familiares que miraban en la televisión la misma novela que le encantaba a Lidia. Pasó a ducharse.

El tío sintió un olor extraño, se revisó la suela de sus zapatos pues recordó haber ido al corral para alimentar a los chanchos. José tendría que explicar a su mamá los riesgos de todo negocio. Cubierto con una bata y un pantalón corto, después de lavar tanto el pantalón como la ropa interior, se sentó en la cocina. A las siete en punto empezó esa canción de la novela, había terminado el capítulo. Llamó a su mamá al cuarto. La conversación duró solo tres minutos hasta que Lidia exclamó: ¡¡¡Te lo dije, carajo!!!

Durante la cena el tío Irineo reía solo. Empezó a contarles que al día siguiente vendría su amigo Carlos Poncio al que no veía desde hacía treinta años, quien no le creyó acerca del «santo karateca» en Olmos; lo hospedarían dos días. Habían apostado unas fuentes de ceviche y cuatro cajas de cerveza. Lidia le preguntó al tío Irineo por esa imagen. Él explicó que era un santo representado pisando unas nubes y sostenía una cruz de madera con incrustaciones de oro, pero unos facinerosos robaron aquel madero dejando sus manos en posición similar a la de un luchador de artes marciales. Era común que los pobladores tomaran el pelo a quien podían con esa apuesta hecha solo para estúpidos.

Al día siguiente por la mañana Lidia y su hijo estaban embarcándose hacia Lima. Ya en camino la madre le advirtió:

—No quiero saber de apuestas nunca más en tu vida —dijo, mientras que lo miraba muy de cerca—, pero lo más importante, es que este hecho tan vergonzoso jamás saldrá de nuestra boca: ¡Entendido!

—No, mamá, nunca.

La vida transcurrió y José jamás recordó siquiera el nombre de aquella niña que lo embelesó. Mientras estuvo viva su madre cumplió con nunca contar lo ocurrido acerca del «santo karateca», además ya nadie lo recordaría. En cambio, jamás dejó los juegos de azahar: carrera de caballos, pollas de fútbol, póker, máquinas tragamonedas... En la vida el que no arriesga no gana. Era su dogma, legado recibido del también fallecido tío Homero.

José trabajaba como representante de ventas para una distribuidora de productos farmacéuticos; vivía con su esposa Magda, y Stephanie la hija de nueve años que tenían en común.

 

Un ruido en medio de la oscuridad despertó a Stephanie. Jaló entre sus manos las dobleces de la sábana. Frente a su cama había una sombra altísima que llegaba casi hasta el cielo raso. Iba a gritar cuando esa aparición emitió un sonido como el de una tetera que empieza a hervir. Algún auto giraba en la esquina del hogar proyectando un haz de luz el cual se filtró entre el delgado espacio de la pared con la cortina de tul crema que llegaba hasta el suelo. Se incorporó y al sentarse posó contra el pecho su muñeca de tela. El cuerpecito parecía experimentar movimientos involuntarios; una pierna fue sobre la otra, la planta zurda sobre el empeine derecho cual lucha fratricida contra aquella incontinencia urinaria infantil, pretexto causante de aquellas muescas talladas con correa más el desquicio materno, bajo las nalgas.

Afloró aquella mueca extraña que precede al grito. Se formó en su delgado rostro una sonrisa desprolija con toda su boca abierta. Conforme la aparición perdía altura, al bajar de una silla, ella pudo distinguir un sonido similar al de una tetera hirviendo proveniente de unos labios, cual beso al aire, cruzados por un dedo índice. ¡No te asustes!

—¿Papá? —preguntó con tono suave?, al mismo tiempo estiraba su delgado cuello—. ¿Qué hacías sobre mi silla? 

—Hijita, no quise asustarte —dijo con tono silencioso, mientras se volvía a poner el índice derecho sobre sus labios—. No hables fuerte, por favor.

José sostenía con su otra mano la alcancía rosada en forma de chanchito, aquella que él mismo le había obsequiado tres años atrás. La súplica junto con un olor a licor se extendía por la habitación.

—Hijita, por favor, préstame tus propinas. Te las devolveré mañana. Tuve una emergencia.

—Este..., sí, papi, está bien.

—A tu mami, no hay que decirle nada, es nuestro «secretito».

—No, no diré nada —dijo la niña mientras se frotaba los ojos y bostezaba.

El padre beso la frente de Stephanie. Se oía el ronquido de Magda desde el cuarto contiguo. Él guardaba las monedas provenientes de la alcancía en su maletín de ventas junto a las cobranzas de aquel día. Acostado cavilaba, cuál era su suerte mayor: si la bondad de su niña, o el profundo sueño de su esposa. Aparte de la hija, el ronquido de los cónyuges era lo único que tenían en común.

La alarma del celular sonó a las seis de la mañana y José fue hacia el baño. «¿¿¿Quién diantres me mandó hacerles caso a los muchachos??? Teníamos todas las cobranzas y se les ocurre ir a ese casino de San Borja. Ya le había prometido a mi mujer no jugar más a las cartas. Bueno, en realidad no jugué al póker, nadie habló de las máquinas tragamonedas».

Por la mañana en el microbús de camino a su centro de trabajo, estaba sentado junto a una ventana del ala derecha. Contemplaba la urbanización Mayorazgo, aquellas personas en los paraderos; pensaba en los altos alquileres alrededor de la zona, de modo repentino le vino un recuerdo: «Jamás regresé a Olmos, claro que no fue por esa apuesta. Era linda esa pequeña ciudad. La sencillez de la gente, aquel fresco humor. Tenían gran apego a las tradiciones. El cariño desde el niño hasta el anciano por sus familias. Cuánto me divertí con los primos bañándonos calatos en el río Cascajal. Creo que ya los he comenzado a perdonar. Cómo vuela el tiempo, han pasado veintiséis años».

De pronto sonó un timbre en su celular, lo sacó del bolsillo derecho del pantalón. Era una invitación de amistad en Facebook de un tal Pocho Yarlequén Onofre, quien decía ser su primo de Olmos. «Pero, quién es este, ni lo recuerdo, ese rostro no se parece a mí, ni hablar, no tiene ninguno de mis apellidos». José dudaba, aunque, sí, aceptó la invitación. Entonces Pocho Yarlequén Onofre le preguntó por texto si seguía siendo devoto del «santo karateca». José lo bloqueó de inmediato.

martes, 7 de febrero de 2023

Érase una vez una pesadilla

Érika L. Ramírez Levín


Dicen que hay cierto tipo de personas que pueden ver o escuchar gente muerta: aquellos que cuentan con una mayor sensibilidad emocional, otros con determinado poder psíquico u otras más que, por decirlo de forma cortés, viven en una realidad diferente a la nuestra (y así evitamos la palabra locos).

En general, siempre me he considerado una persona tranquila y reservada; nunca tuve amigos o amigas, ni soy de las que salen los viernes en la noche a bares o reuniones como mis dos hermanas. Se podría decir que más bien soy aburrida y no tendría argumentos para desmentirlo. Además, tal vez pertenezca a alguno de esos grupos, puesto que he tenido dos o tres experiencias de índole sobrenatural.

Cuando las tres tuvimos un trabajo estable, decidimos rentar un departamento que pagábamos en partes iguales. Mis padres nunca nos pidieron abandonar el nido, pero nos pareció buena idea probarlo a fin de volvernos más responsables, porque por más que una no quería, ellos cubrían nuestras necesidades y nos consentían lo más que podían. 

Así estuvimos como cinco años hasta que algo pasó hace unos meses y todo cambió. No tengo en la memoria el evento en particular, solo notaba que mis hermanas estaban tristes y calladas. Procuré acercarme a ellas, mas evadían mi mirada y se encerraban cada una en su habitación. Un día, para mi sorpresa, llamaron a mamá para decirle que nos regresábamos con ellos. 

Pienso que debió ser una etapa difícil y generé algún tipo de trauma porque pareciera que borré todo recuerdo de esa época y de la mudanza. De un momento a otro nos vi viviendo con ellos como antes, solo que, en esta ocasión, comencé a experimentar aquellos sucesos extraños de los que platicaba antes. Varias veces me «encontraba» con un individuo joven de cabello corto y negro que se manifestaba con los brazos cruzados, una pierna extendida firme en el piso y la otra doblada con el pie descansando sobre la superficie donde estaba recargado y una mirada que, aun hoy al recordarla, provoca que la piel se me erice. Nunca había visto unos ojos tan rojos, como si el humor vítreo fuera de sangre y no de agua; eso era lo que más me impactaba… y asustaba. 

Lo llegué a ver recargado en la barra de la cocina a plena luz del día o en uno de los árboles del jardín en la noche. Además, aunque sus apariciones eran fugaces, parecía que se esmeraba en que su duración fuera justa para que yo no me perdiera su «visita». La sensación de encontrármelo en el lugar menos esperado y a cualquier hora me atormentaba cada día. 

Traté de platicarlo con mis hermanas, con mis papás, pero quizá estaba exagerando, ya que cada que lo intentaba parecía no importarles y seguían con sus actividades. Esto me desconcertó, pero como siempre, al final me apoyaron. Aunque no éramos afectos a la religión, aplicamos el refrán: «A grandes males, grandes remedios», por lo que fuimos a una iglesia cercana por agua bendita y vi cómo la esparcieron en cada rincón de la casa pidiéndole que por favor resolviera sus asuntos pendientes y se fuera… a descansar… en paz. Ahora que recuerdo no sé por qué no les ayudé y solo los seguía, habitación tras habitación… Pero bueno, milagrosamente (valga la expresión), funcionó y no volví a saber de él. 

Así como esa anécdota, han ocurrido otros eventos de los que he sido testigo, pero la vida adquiere un significado peculiar cuando una de esas personas que menciono al principio rompe el esquema en el que una cree vivir y todo se transforma en una gran y tétrica pesadilla. 

Ya instaladas de nuevo con mis papás, cada una retomó sus actividades. Mi trabajo no quedaba lejos por lo que me iba caminando; tenía el plus de hacer ejercicio y disfrutar de lo que la ciudad brindaba. Me encantaba ver cómo las personas sonreían al pasar junto a la panadería de la esquina alzando la cara para percibir el aroma del pan recién horneado, o me deleitaba con su actitud de regocijo mientras frotaban sus manos al sentir el calorcito matutino que inundaba el ambiente cuando los rayos del sol pegaban perezosos las banquetas. Esos pequeños detalles me ayudaban a olvidar lo rutinaria y aburrida que sentía mi vida. 

En este trayecto, la gente que caminaba junto a mí y yo veíamos, en la banca de metal pintada de blanco que está frente a la papelería, a una señora sentada con bastantes bolsas de plástico a su alrededor. Parecía que hablaba con alguien junto a ella, excepto que nadie estaba cerca, y hurgaba una y otra bolsa como si buscara algo que había perdido en alguna de ellas. De vez en vez levantaba los brazos triunfantes, como si viera el cielo, y luego continuaba su conversación imaginaria. Su tono de voz era bajo, casi imperceptible, y la manera en que se veía concentrada en su labor daba la idea de que estaba comprometida con su tarea, lo que sea que esta fuera.  

Una mañana como cualquiera, justo cuando pasé frente a ella, levantó de súbito la cara, me clavó la mirada y con una voz violenta y clara dijo: «¡Hasta muerta haces mal papel! ¡Deberías practicar frente al espejo!». 

No alcanzo a esclarecer el efecto que sus palabras produjeron en mí; noté que el tiempo se detuvo, mas no mis pasos. Como letanía repetí esas frases tratando de comprenderlas mientras una sensación de vacío se apoderaba de mi calma. ¿Muerta? Y entonces, cual relámpago, me tundió el recuerdo del sueño que me despertó de golpe unas noches atrás. Fue de esos momentos en que no se reconoce si aquello es onírico o no porque el corazón que palpita fuerte, la respiración que se acelera, el sudor que humedece la ropa… son auténticos. Es difícil percatarse de que la mente está atrapada en una ilusión que se asemeja demasiado a la realidad. 

A pesar de que faltaban tres cuadras para llegar a la oficina, yo procuraba acordarme de ese mal sueño, unir las piezas dispersas en la memoria, clasificarlas con base en una cronología ambigua dado el lapso que había pasado y los esfuerzos, quizás inconscientes, de olvidarlo. A mi alrededor todo aparentaba seguir su curso: gente hablando por el celular, los toques de las campanas a la entrada de los negocios anunciando un nuevo cliente, los pitidos de los cláxones de los automóviles desesperados por avanzar. Sin embargo, yo estaba sumida en este espacio atemporal repleto de esa vacuidad que me tenía aturdida, desorientada. 

Olvidé si andaba o me había detenido. Apreté mi cabeza con ambas manos en un intento de parar el mareo que nublaba mis sentidos. Poco a poco varias imágenes empezaron a bombardearme, comenzaba a remembrar: estaba huyendo, corriendo hasta quedarme sin aire; un zumbido me perseguía. No… un aleteo intenso, cada vez más cerca. ¡Y esos ojos! Se veían a lo lejos, enmarcados en un fondo negro, mirándome como solían hacerlo desde la cocina o el jardín, fijos y absortos en mí… No podía proseguir, mis piernas no me respondían, se paralizaban, pesaban en exceso y caminar se convertía en una tortura, pero de algún modo logré continuar porque el aleteo crecía, ¿o era un zumbido? Malditos sueños que no tienen ni pies ni cabeza; llegó un punto en el que estaba tan ofuscada que pude cobrar conciencia y entendí que nada era real… ¿o sí? Tenía tantas ganas de llorar. Me era muy agotador respirar y el corazón latía con tanto vigor, que me dolía el pecho. 

Y entonces, de un momento a otro, una luz brillante me cegó al tiempo que varios gritos incomprensibles me ofuscaron hasta que, con una fuerza que no consigo dilucidar, algo me golpeó tan fuerte que sentí que volaba. El zumbido, el aleteo, la mirada, la luz, los gritos… todo cesó. Me di cuenta de que, tras el desconcierto previo, había cerrado los ojos. De manera lenta y trémula los abrí mientras flotaba en un vasto cielo taciturno y hermoso a la vez. 

Curiosamente, esto no fue lo que más llamó mi atención, quizá porque creí estar aún inmersa en esta alucinación abstracta de hacía varios días. No obstante, ese efecto de paz fue efímero, pues lo que se presentaba ante mí no lo recordaba del sueño: Una multitud rodeaba a alguien a quien la policía cubría con una manta blanca. Las patrullas cercaban la zona e iluminaban el paisaje con reflejos azules y rojos mientras dos mujeres lloraban desconsoladas afuera de un automóvil cerca del bulto cubierto por la tela blanca. Esas mujeres… son…, ¿mis hermanas? 

Intentaba separar lo que estaba viendo de lo que evocaba del sueño cuando sentí como si un inusitado torbellino me succionara. Todo daba vueltas hasta que de un momento a otro aparecí sentada junto a la señora de la banca de metal rodeada de bolsas. Muda, desconcertada, con la boca abierta tratando de hilar una palabra estuve a punto de preguntarle qué había pasado, pero callé cuando vi que incrustó la vista en alguien frente a nosotras y alargó uno de sus brazos con la palma extendida y recta haciendo la seña de un «alto» firme. 

Giré la cabeza hacia quien recibía esta señal y ahogué un grito de terror al reconocer al joven de cabello corto y negro con ojos enrojecidos que se detenía con dificultad al obedecer a la vieja. «Cálmate, zopenco de cuarta», dijo con sorna, «ya cumpliste con traerla, ya te divertiste asustándola y hostigándola. Sabes que te tardaste, que debiste de presentarla desde que murió, pero no, ¡tonto subversivo! Tenías que alterar el orden y el tiempo para tu mero entretenimiento. Ahora, ¡lárgate!». Tal como sucedió en la casa bastó un instante para que el chico desapareciera. 

Temblando sin entender qué estaba pasando volteé a ver a la señora, quien buscaba algo al interior de cada una de las bolsas que tenía a su alrededor. 

—Así está mejor. ¿Nunca te preguntaste por qué tus hermanas o tus papás actuaban como si no estuvieras presente o cómo es que jamás llegabas a tu trabajo? —dijo sin voltearme a ver. 

Mis pensamientos chocaban unos contra otros, ansiaba rememorar o comprender, pero mientras más lo intentaba, menos sentido le encontraba. 

—¿Muerta? ¿Estoy… he estado muerta? Pero… el sueño…   

La vieja soltó un gruñido anegado de hastío. 

—Estoy harta de esto. Explicar y volver a explicar a las tontas como tú que viven como si estuvieran muertas y mueren sin darse cuenta de que han perdido la vida. El sueño solo fue un intento del idiota aquel para hacerte reaccionar y asumir tu estado. 

—¿Y lo que usted me gritó aquella vez? ¿Practicar frente a un espejo? 

—¡Ja! —soltó una carcajada histérica—. Esa ocurrencia brotó de impulso, pero me pareció simpática y ¡hubieras visto tu cara! Muy graciosa… muy graciosa. No sé cuánto tiempo más habrías estado así, tan tranquila, sin percatarte de que ya no pertenecías a ese mundo. ¡Ah, la encontré! 

De una de las bolsas sacó una llave de aspecto antiguo, dorada, reluciente, y la alzó triunfante sobre su cabeza. 

—Anda, toma. Esta llave te mandará a tu destino final. No tengo idea cuál será, pero seguramente irá acorde a quien fuiste en vida, así que… nada de qué preocuparse, ¿cierto?

miércoles, 1 de febrero de 2023

El enmarcador habilidoso

Cecilia Escobar


Parada en la ventana intenté distinguir el bulto en la oscuridad de la calle. Eran casi las once de la noche y el único poste de luz en la cuadra no alcanzaba a alumbrar hasta donde mis ojos querían ver. Una silueta borrosa bajó de un vehículo estacionado y cruzó de una acera a la otra entre las penumbras. Minutos antes había yo escuchado el auto que, aunque conducía sigiloso, no pasó desapercibido para los perros callejeros. De inmediato empezaron a ladrar con furia llamando mi atención. 

En un barrio como el mío nada pasa desapercibido. Casi nadie tiene movilidad propia, excepto los taxistas. Era una noche fría de invierno en «el balneario de la nueva generación», como lo llamaba una reconocida marca internacional de bebidas. A mi olfato llegó la brisa del mar después de colarse a través del patio hasta mi sala, la playa quedaba a solo dos calles de mi casa. Yo había terminado de planchar los uniformes de mis hijos y revisado los cuadernos en busca de alguna tarea inconclusa. Las típicas labores de madre un domingo por la noche. 

Seguí observando detenidamente hasta que escuché una voz a mi espalda. 

—¿Qué tanto miras por la ventana? —me preguntó Carlos con curiosidad. 

—Ahí está esa camioneta negra estacionada en la esquina de la calle. Es la tercera vez esta semana —respondí cerrando la cortina y volviéndome hacia mi marido. 

—¿Y qué tiene de raro eso? Algún vecino que llega tarde a su casa. 

—No es un auto cualquiera. Es de los caros —le dije. 

Carlos hizo una parte de la tela a un lado y se puso a fisgonear. Minutos después el coche se deslizó suavemente de regreso por nuestra calle que aún estaba sin pavimentar. Los canes no volvieron a ladrar. 

—No es la misma del otro día —respondió en tono burlón. 

—¿Y tú cómo sabes? ­—inquirí cruzando los brazos. 

—La otra era Mitsubishi. Esta es una Chevrolet —dijo sonriendo. 

—Es gente del malecón —intentó explicarme—. Por lo visto negociantes de pinturas.  El vecino de la esquina está especializado en hacer marcos y molduras de calidad para obras de arte de pintores nacionales. 

—No pensé que hacerlo fuera tan sofisticado —repuse yo—. Mi cuñado trabajó más de cinco años haciendo eso y lo único que consiguió fue dañarse los pulmones. Tantos materiales dañinos y sin protección alguna al trabajar. 

—Eso es diferente. En la fábrica dónde Héctor trabajaba se hacían molduras y espejos a granel. Por lo visto el vecino los asesora con la elección idónea, según el estilo de las pinturas. Hay variabilidad de posibilidades que tienen en cuenta el grosor, anchura, color, el grabado, material, la función, incluso según la pared donde se va a colgar. 

El marco es un elemento importante que realza la obra de arte —prosiguió Carlos entusiasmado con el tema—, no debe ser ni muy grande ni muy pequeño. Tiene que estar en armonía y sobre todo no ahogar a la pintura. Esas son cosas en las que Jorge, el vecino, está especializado. 

—¿Y tú de dónde sabes tanto de arte? —contesté burlona y a la vez sorprendida. 

—Estuve hablando con Héctor de eso hace unos días. ¿O crees que eres la única que ha notado la afluencia de coches caros a este barrio? Me tomé unas cervecitas con mi concuñado el otro día y llegamos a la conclusión que en la vida hay que especializarse en algo. 

Ambos estábamos muy cansados. Apagamos las luces y nos fuimos a dormir. Deseaba con ansías dormirme rápido, últimamente poseía el sueño intranquilo. A veces por las noches, despertaba sobresaltada presa de alguna pesadilla. Carlos empezó a roncar rápidamente, mientras que yo en vez de contar ovejas, enumeraba todas las cuentas que debíamos pagar ese mes. 

Al día siguiente después de dejar a los chicos en el colegio y tocar algunas puertas cobrando la venta de mis productos de belleza, pasé por la tienda del barrio a comprar verduras para el almuerzo. No quería ir hasta el mercado, ya había perdido mucho el tiempo. Cuatro vecinas comentaban en voz baja. 

—¿Te has fijado qué casa más bonita se han construido los Menéndez en los últimos meses? —preguntó la primera. 

—Dicen que el marido estuvo trabajando en Panamá y con lo ahorrado se compró ese terreno, allá hizo también una especialización en carpintería —murmuró la segunda de ellas. 

­—Ebanista será —dijo la tercera mujer—. Como simple carpintero te mueres de hambre en este país. 

—Doris me comentó que su marido es enmarcador. Dicen que Jorge es bien chamba, por eso lo buscan. Tiene solo clientes exclusivos —agregó la cuarta mujer. 

—Qué va a ser chamba ese hombre, señora. ¡Ese es más flojo que caca de pato! —gruñó con resentimiento otra vez la primera. 

Todos en la bodega rieron de buena gana. Yo tampoco pude aguantar la risa. 

—Nunca ha trabajado. Siempre le ha gustado la buena vida —siguió gruñendo. 

—Ya señora, no reniegue tanto que me va a espantar a los clientes —gritó el tiendero. 

—Señor Rodríguez, a sus clientes les gusta el chismorreo —le dije cuando las chismosas se fueron. 

—La tienda se ha vuelto punto de encuentro para comentarios de ese tipo, señito. Pueblo pequeño, infierno grande —replicó suspirando. 

—Lo que pasa es que en invierno no hay mucho que ver en el balneario. En verano hay más diversión. Playa con sol, conciertos, campeonatos. Pero en invierno, la gente se aburre y tiene que conformarse con esas prácticas poco solidarias —contesté yo. 

—La gente habla por hablar. Yo sé que Jorge, no posee una buena habilidad manual para utilizar varias herramientas y materiales. Nunca tuvo interés por el arte o el diseño. Pero tiene habilidades sociales y empresariales. Él trabaja por cuenta propia y está sacando adelante a su familia. Su papá fue carpintero, algo tuvo que aprender en el taller de su viejo, ¿no? Además, su esposa está acostumbrada a vivir bien. Yo también tuve que reinventarme cuando mi mujer se enfermó. La tienda me permite ganar dinero y cuidar de ella —dijo finalmente mientras envolvía los artículos comprados. 

Pagué con sencillo y salí de allí pensativa. Las palabras del vendedor se me tatuaron en el pensamiento. Yo necesitaba urgente la fórmula para un rápido ascenso monetario. Al volver a mi casa me esperaba una sorpresa. Un trabajador de la empresa de servicios traía en ese momento la cuenta de agua consumida el mes pasado. 

Observé el recibo con detenimiento y enfado mientras el hombre se alejaba. 

—Un momentito por favor, no se vaya. Tengo una consulta. 

El hombre se dio la vuelta y caminó hacia mí. Sabía lo que le esperaba. 

—¿No se habrá equivocado de cliente? Este recibo parece el de un regimiento —le dije contrariada—. Aquí vivimos dos adultos y dos niños. No consumimos tanta agua en invierno. 

—Señora —respondió con amabilidad el joven—. Tengo conocimiento que usted ya ha puesto una queja en Sedapal. Es muy posible que los vecinos le estén robando agua. Quizás exista una conexión clandestina. Hace tres meses qué a los Núñez se les cortó el agua y todavía no han acudido a cancelar su deuda. 

Tanta era mi indignación en ese momento que le respondí: 

—Y aunque así fuera el caso. Dos solterones, flacuchos que ni se bañan, no podrían consumir la cantidad exorbitante de agua que sobra en este recibo. 

El hombre hizo un esfuerzo para no sonreír. Cerré la puerta de un portazo. 

Con las horas intenté disimular mi frustración y desencanto. Cómo podría ganar un poquito más de dinero me preguntaba. Carlos iba a trabajar y venía a casa en sus días libres. Su sueldo de camionero alcanzaba raspando, para los gastos más necesarios. Ya bastante esfuerzo había significado para él abandonar sus estudios. 

—¿Mami, que no hay carne? —dijo mi hijita cuando le serví el almuerzo. 

—Otra vez sopa de verduras —suspiró el más pequeño. 

—Coman lo que hay. Esto no es un restaurante. El que quiera otra cosa que se vaya al Sheraton. 

Mi hija se echó a llorar aumentando con eso mi frustración. Yo estaba decidida a hacer algo para mejorar el menú diario. 

«Habilidades sociales es lo que a mí más me sobra». —Pensé mientras lavaba los platos—. «Estoy dispuesta a convertirme en una vendedora estrella». 

Esa tarde pasé por casa de Doris a promocionar mis productos. Ella siempre me había caído bien. Era de modales finos y muy agradable. Sus padres, de clase media, gozaban de respeto en el barrio y vivían a solo una cuadra de su hija. Además, si ella iba en ascenso, ¿por qué no habría de pasar lo mismo con alguno de nosotros? 

—Vecina —le dije zalamera—. Tengo cosméticos de calidad y a buen precio. Cremas, perfumes, joyitas, maquillaje. Accesorios para hombre y mujer. 

Ella me atendió en la puerta. Aun así, pude percibir los efluvios de su riqueza, los muebles nuevos y su juego de comedor. El piso bien pulido y encerado. Los colores cálidos de las paredes. Televisor grande y de pantalla plana, cuadros coloridos adornando las paredes. 

—Nadia —me dijo con su voz suave— déjame los catálogos hasta mañana. Esta noche los veo y te haré un pedido. 

Efectivamente, al día siguiente me hizo varios pedidos que ayudaron a elevar mis puntos como vendedora. Al final de la temporada podría canjear esos puntos por premios y hasta quizás, consagrarme como jefe de equipo y obtener ganancias con las ventas de las otras integrantes. 

Días después llegaron los cosméticos y demás cosas. Para mi tranquilidad, la Doris los pagó de inmediato con billetes grandes. No tendría necesidad de ir mil veces a tocarle la puerta como a otras clientas. 

—Tráeme los catálogos de la próxima temporada —me propuso—. Quiero ver unos regalos para mi mamá y mis hermanas. 

—Te los traeré cuando los reciba —le respondí contenta. 

Los días fueron huyendo lentamente del calendario. Las ventas iban en aumento, mejorando mis ánimos y mis desgastadas ilusiones. Había conseguido con mucho esfuerzo y después de largas caminatas por el malecón, tres clientas exclusivas y solventes que se interesaban por nuevas marcas. Ahora yo promocionaba productos naturistas de una empresa francesa con sucursal en Brasil, cuyo desarrollo más interesante era su compromiso con la sostenibilidad y el reciclaje y que además gozaba de aceptación en mi país. Bastaba con mencionar «el medio ambiente» y mis clientes se animaban a hacer sus pedidos. 

Una noche mientras mi hermana Martha y yo conversábamos de mis logros en la puerta de la casa, vimos pasar una camioneta Toyota de color blanco cerca de nosotras. Nadie bajó ni subió del auto. Este avanzó despacio hasta el final de la calle, dando una vuelta de ciento ochenta grados, para luego regresar esta vez a mucha velocidad perdiéndose de vista. Acostumbrada como estaba a los vehículos oscuros, no pude ocultar mi preocupación al ver un coche desconocido. Parecían vigilar a alguien. Supuse que sería una unidad de Serenazgo, realizando operaciones de patrullaje. 

Los vecinos de enfrente celebraban esa noche. Bebían alegremente y conversaban de fútbol. Tenían la puerta y ventanas abiertas de par en par, la música a todo volumen. En el aire se oía la canción: La calle es una selva de cemento. Con ellos celebraba también Jorge Menéndez, que al vernos, salió de la casa con tres botellas personales en la mano. Nos entregó una cerveza bien helada a cada una. 

—Brindemos por el triunfo de nuestra selección en la semifinal —dijo rodeando la espalda de mi hermana con su brazo y bañándole la cara con su efusiva saliva al hablar—. Si tenemos suerte, podremos coronarnos campeones este año. 

—Eso está por verse. Necesitamos más que suerte respondió Martha, que disfrutaba la bebida de su preferencia—, Brasil es un equipo muy fuerte —continuó diciendo. 

—Yo digo que nada es imposible —respondió Jorge alzando su cerveza en señal de brindis. Bebió un trago y seguidamente mirándome a los ojos agregó—. Dile a Carlos que me llame lo más pronto posible, tengo una chamba para él. Ruta Ayacucho-Chiclayo, carga frágil. —Se despidió. 

Al marcharse mi hermana, me quedé en casa pensativa. No sabía que mi marido estuviera interesado en cambiar de ruta. Él era fiel conductor de camiones JAC en una empresa de transporte pesado. Al día siguiente no le presté más interés al tema. Tan atareada estaba yo aquella semana, que olvidé escribirle a Carlos un mensaje para que contactara a Jorge. A eso se sumó una gripe que me pilló desprevenida y para mi mala suerte tuve que estar en cama varios días seguidos, con dolor y malestar. 

Al tercer día por la noche mientras se jugaba la final de la Copa América, hubo revueltas en el barrio. Policías de civil, allanaron la casa de los Menéndez y arrestaron a mi vecino. 

Yo no podía entender muy bien lo que sucedía. Hasta que Carlos me trajo los días siguientes unos periódicos con las siguientes noticias: 

«Capturan a sujeto que pretendía sacar droga en lienzos hacía Panamá» Un hombre aparecía en los titulares.

—¿Pero qué tiene que ver eso con el vecino? —pregunté—. Hay otra persona en la foto.

Seguí leyendo mientras escuchaba a Carlos hacer caos en la cocina. 

«El hombre camufló diecisiete kilos en sesenta y tres pinturas de óleo. Según fuentes policiales, la droga estaba adherida en las pinturas y en los marcos. Durante una intervención, fue detenido también el ciudadano Jorge Menéndez, acusado de armar los marcos, sellarlos y embalarlos. En su casa fueron encontradas balanzas, bolsas especiales de polietileno, marcos de cuadros para ser armados, material de embalaje. También tres galoneras conteniendo un liquido que arrojó positivo al alcaloide de cocaína. El detenido no ha podido demostrar hasta el momento la proveniencia de una fuerte cantidad de dinero encontrado en su poder, tanto en soles como en dólares». 

Yo no salía de mi asombro. Me dolía la cabeza y la garganta. 

Pobre la Doris —pensé. Dicen que lloró cuando los tombos allanaron su casa. 

«Tranquilízate madrecita. No llores. Esto yo lo arreglo», había dicho Jorge a su esposa para tranquilizarla. Y con todos los vecinos mirando el espectáculo. ¡Qué vergüenza! 

—Negra, te preparé una sopita —dijo mi marido mientras me traía de comer a la cama­—. No me salió tan rica como la tuya, pero esto te hará sentir mejor. Le pedí la receta por teléfono a mi mamá. 

Miré la cara de mi marido, sus manos encallecidas, su cabello despeinado. Él había tenido que volver para atender a los niños mientras yo descansaba, qué locura. Comí en silencio. Nunca había saboreado tanto un caldo de gallina salado.