viernes, 2 de julio de 2021

El abismo que nos seduce

 Néstor Caballero


Sentado sobre la moqueta beige de la biblioteca, aguardo el retorno de las musas. Ante mis ojos titila inmisericorde el cursor del procesador de texto que estoicamente espera la inserción del próximo carácter. No se escuchan más que el zumbido del aire acondicionado y los reiterados maullidos de Napoleón, que no tiene empacho en vocalizar su enojo por la falta de atención que a esta altura me cuesta justificar ya que han transcurrido casi noventa minutos desde la última palabra que escribí. Soy un fraude. ¿Por qué creí que podría narrar esta historia? Desconozco a su protagonista, ¿qué lo impulsa a degollar a sus víctimas? Carezco de imaginación para describir sensaciones tan retorcidas, y tampoco las experimentaría solo para escribir una novela de suspenso.

¿O sí?

Fue Agente, tras comunicarme las magras ventas de mi última novela, quien me sugirió que probara con una historia más controvertida. Accedí porque era casi una orden de la editorial, que debía cumplir para permitirme seguir publicando libros.

Que fiasco me llevé al buscar inspiración en la narrativa contemporánea de suspenso. Casi todo lo que leí se ceñía a una fórmula tan predecible que al alcanzar tan sólo la mitad de la historia ya podía vaticinar quien sería el asesino, o cómo lo atraparían. Tendría que esforzarme para escapar de ese esquema.

La editorial supuso que sería una buena estratagema publicitaria anunciar la venta de mi alma con un evento para el cual debía proveer por lo menos el título de la próxima novela y un bosquejo de su trama. No se me ocurrió nada.

Durante días procuré armar el esqueleto de una historia que guardara un mínimo de lógica y respetara a la vez la inteligencia del lector, pero los personajes que esbozaba eran caricaturescos in extremis.

Poco antes del evento le confesé a Agente lo que me ocurría. Estábamos en un bar, y la bebida espirituosa contribuía a soltar mi lengua. Tras escucharme sin decir palabra, Agente me mostró un recorte de periódico en el que aparecía un rostro joven de aspecto enigmático cuyo dueño estaba siendo acusado de haber degollado, en por lo menos cinco ciudades y durante un periodo de dieciocho meses, a varias prostitutas. Fue descubierto porque la que hubiera sido su última víctima sabía defensa personal y pudo doblegarlo fácilmente. Portaba la navaja en cuya hoja se encontraron rastros de ADN de por lo menos tres víctimas. Ahora guardaba reclusión en la prisión municipal, en espera de su juicio. La evidencia en su contra era incontestable, lo que hacía suponer una condena a cadena perpetua.

        «Ángel en el abismo». Un adolescente que asesina a todas las mujeres que lo rechazan, empezando por su madre. Lo balbuceé como en un trance me señaló Agente durante el evento, que fue todo un éxito ya que al día siguiente las páginas culturales de casi todos los periódicos hablaban de mi arriesgada propuesta.

Obviamente no faltaron detractores que vaticinaban el fin de mi carrera profesional, pero sus comentarios apenas resquebrajaban mi ánimo… salvo el de Crítico, que siempre lograba sacarme de quicio. Avizoro escenas de alto contenido sexual (con este género puede permitírselo) burdamente descritas e insertas en una trama que probablemente «tomará prestados» elementos de los últimos éxitos del género, un pastiche, que marcará -si la fortuna nos es favorable- el postrero respiro narrativo de un autor al que hace rato se le ha agotado su cuarto de hora. Esto escribió el gordo afeminado hijo de su putísima madre. Podía imaginármelo con su vocecita amariconada escupiéndole la diatriba a su secretaria, ya que era bien sabido que él no podía escribir debido a que sus dedos rechonchos siempre apretaban más teclas de las que quería, esos mismos dedos que me causaron repulsión la única vez que nos estrechamos las manos. Fue para una entrevista promocional de mi cuarta novela, y durante la media hora de conversación, se pasó tirándome insultos velados que guardaban más relación con mi vida íntima que con el material de la obra, sobre todo con la leyenda que desde la publicación de mi tercer trabajo había empezado a correr tanto en los círculos literarios como en los pasquines faranduleros, y que decía que cada vez que emprendía una aventura literaria, simultáneamente iniciaba un romance con una celebridad del momento (modelo, presentadora de televisión, deportista) que se extendía casi exactamente lo que me tardaba en terminar el primer borrador, haciéndome quedar como un libertino que botaba a sus amantes a la basura una vez que habían cumplido su propósito. Tras leer el artículo publicado me apersoné en su oficina, que apestaba a cigarro y vino barato. ¡¿Acaso es un pecado escribir sobre lo que uno siente?! ¡¿Es qué ya no se puede uno enamorar y escribir sobre ello?! ¡Vos seguramente lo único que sentís es envidia y rabia porque puedo ganarme la vida escribiendo y además tengo a mujeres atractivas que me desean! Tan pronto como dije esto, supe que me había sobrepasado. La falacia ad hominem es siempre el recurso de los simplones. Esperé a que Crítico lanzara su réplica, pero se limitó a contemplarme durante un par de minutos sin decir nada. Luego, sacó su celular del bolsillo y me hizo escuchar todo lo que le había gritado. El muy mierda me sonreía. Salí de su cuchitril tan rápido como había entrado, seguro de que al día siguiente leería cada una de las líneas de mi exabrupto. Sin embargo, debo reconocer en su favor que no publicó nada de lo que ocurrió esa mañana.

Un mes después de ese patético episodio, empecé a entrar en pánico porque el borrador de la novela no avanzaba de sus primeras diez páginas. Todo lo que escribía me resultaba chato, unidimensional. Fallaba en la construcción del protagonista, lo hacía demasiado macabro y suponía que sus ansias de matar eran consecuencia de profundas frustraciones sexuales. En síntesis, una mierda de personaje.

Agente me sugirió que entrevistara a Asesino.

Este me aguardaba en su celda, que no tenía nada de particular,  sentado en una silla de plástico colocada frente a un inodoro. No vestía uniforme de prisión sino jeans gastados, remera blanca y zapatillas de cuero. Un guardia me acercó otra silla que ubicó a escasa distancia del preso, tras lo cual salió de la habitación, permaneciendo en el pasillo durante toda la entrevista.

Como las autoridades penitenciarias solo me habían concedido treinta minutos, tan pronto como me acomodé, le pregunté qué sentía cuando le quitaba la vida a otro ser humano. Sudaba profusamente, aunque no hacía calor. La voz me salía rasposa y su tono era titubeante. Asesino no se manifestaba de ninguna manera. Todo en él permanecía apático. Pensé que se mantendría callado durante toda mi estadía, y que tendría que volver a casa sin haber logrado nada, pero después de cinco minutos empezó a hablar con una voz suave pero casi atonal, utilizando expresiones que denotaban un nivel de educación superior.

Yo escribía frenético en un minúsculo cuaderno que había llevado para la ocasión, y mientras lo hacía no podía detenerme a pensar en lo enfermizo de todo lo que me estaba diciendo. Solo después de llegar a mi apartamento, darme una ducha, y escuchar un poco de música, pude leer sus declaraciones. Se me helaron las venas.

No sentía nada, creo. Mire, antes de esos momentos generalmente me aburría horrores, ¿entiende? Recuerdo que un día estaba en casa, habré tenido siete u ocho años, y ya había jugado con todos los autitos y soldaditos. Mis padres no me prestaban ninguna atención. Decidí entonces jugar con el gato de mamá, pero después de un rato también me aburrí, así que pensé que sería divertido quitarle un ojo. Más que la acción en sí, me satisfizo la reacción de mis padres. Gritaban y se agarraban las cabezas con las manos. Mamá se agachó para verificar el daño que había causado, me gritaba que estaba loco, que era el demonio. Eso sí fue muy interesante. No obstante, comprendí que sería más conveniente si me divertía en secreto, por lo que empecé a rondar por las calles del vecindario en busca de animales callejeros, pero sobre todo de gatos, porque a los perros me resultaba más difícil hacerles cosas. Sus miradas tristonas parecían conminarme a que los tratase con piedad.

Mientras leía, Napoleón reposaba sobre mi regazo, y casi sin pensar empecé a acariciar su lomo de una manera mecánica con la mano izquierda, mientras que la derecha se iba cerrando alrededor de su cuello, presionándolo un poco primero, luego con más intensidad, hasta que empezó a maullar de forma lastimera. Un arañazo en la cara me obligó a soltarlo. Fui al baño para desinfectar la herida, pero no pude reconocer al tipo que me miraba desde el espejo. Me lavé la cara con agua muy fría y luego me acosté, pero cuando ya estaba dormitando, me levanté de golpe, fui al escritorio, abrí la laptop y escribí lo que había hecho en una página y media que me pareció lo mejor que había redactado en muchos años. Releí lo poco que había escrito una infinidad de veces, disfrutando del ritmo cadencioso de las palabras que parecían bailar en mi lengua, de la sutil descripción de la biblioteca que, de un lugar seguro, fue transformándose en una caverna oscura donde mi alma agitada casi comete una aberración.

Al día siguiente, le mostré a Agente lo que había escrito. Me preguntó dónde estaba el resto y cuando le dije que eso era todo, me suplicó que volviera a entrevistar a Asesino. Por una vez, me rehusé a seguir su sugerencia. Estaba convencido de que había dado finalmente con el alma perturbada de mi protagonista. Solo tenía que plasmar en las páginas toda esa amalgama de emociones retorcidas y sentimientos de placer carentes de toda culpa y redención que se habían agolpado en mi mente mientras ahorcaba al gato.

No volví a escribir nada significativo durante varios meses, la memoria emocional del suceso parecía haberse borrado.

Agente estaba preocupado. Como sabía que no iba a volver con Asesino, me sugirió que intentara matar a alguien. Languidecíamos en otro bar, y esta vez era él quien se estaba pasando de copas. Yo lo veo muy fácil, elegís una víctima casual, la seguís por un tiempo, una noche que salga sola y tenga la mala suerte de pasear por alguna calle vacía, sacás una navaja y le cortás la garganta. Pero asegurate de cortarle de oreja a oreja para que sea rápido y no sufra tanto, e inmediatamente después de huir de la escena, escribí todo lo que sentiste mientras veías como la sangre brotaba a borbotones de la yugular destrozada. Sencillo es.

Cuando lo dejé en su departamento, me pidió que no lo tomara en serio. Estoy muy en pedo, Escritor. Vos me conocés bien, sabés que jamás se me ocurriría recomendarte algo así solo para vender más libros… aun cuando los réditos de ese sacrificio podrían ser siderales, sí señor, estamos hablando no de seis ni de siete, sino de ocho ceros. Es cierto que te conozco Agente, sé que también te estás jugando la carrera con esta apuesta. Sé que soy tu cliente favorito, no tanto porque te caigo bien, ni porque aprecies de sobremanera mis sutiles chispazos de humor inglés, sino porque soy esa rara clase de autor que puede sacar un libro exitoso por año, e incluso dos en años inspirados. Y eso es billete seguro para mantener el lujo que te esclaviza. Tal vez no te atrevas a pedirme algo tan extremo, pero estoy seguro de que me dejarías caer en el abismo si eso te reditúa…

Lo que no entiende Agente, y lo que no podría explicarle aun cuando quisiera, es que no puedo elegir a una víctima cualquiera. Eso lo entendí cuando apretaba el cuello de Napoleón. Lo que me daba placer era precisamente que podía hacerle eso a alguien que conocía muy bien. No soy como Asesino, no mataría jamás por aburrimiento. Mataría por poder. ¿Acaso esto me hace un monstruo? ¿Seré peor que Asesino? En realidad he descubierto que todo lo que pueda pensar al respecto está mucho más allá de la simple dicotomía entre el bien y el mal.

Estoy cansado. Otra jornada sin escribir casi nada. Estimo que ya es hora de abrazar la idea de que tal vez este relato negro permanezca inconcluso sine die. Tal vez deba volver a lo que conozco, aunque no estoy seguro de poder revivir a mi Lord Byron. La idea del amor como fuerza propulsora de nuestra existencia ahora me parece absurda. Tal vez sea el tedio, o el placer malsano. Lo ignoro, pero la idea de narrar una historia rosa me resulta repulsiva. Mejor descanso, todo emergerá con otra luz por la mañana.

Suena una notificación cuando estoy por apagar el equipo. Es un correo de Agente, aunque más que correo parece un telegrama electrónico. Tenés que leer esto ahora… y hacer algo al respecto. Cliqueo el link adjunto que me dirige a la página web del diario de Crítico, y más específicamente a su columna literaria. Durante meses hemos estado aguardando, con gradual interés, novedades sobre el tan mentado proyecto de Escritor, pero fuentes fidedignas me informan que nuestro sensiblero preferido ha encontrado numerosos obstáculos en su quijotesca empresa por transmutar sus cursilerías de telenovela mexicana en un relato de suspenso coherente. Incluso se ha visto obligado a recurrir al famoso Asesino para recabar material, visitándolo en prisión repetidas veces. Al parecer, ha surgido entre ambos una amistad impensada, cuyos frutos lastimosamente nuestro gallardo prosista todavía no ha podido recoger. Si estás leyendo estas líneas, amigo Escritor, no te desanimes. Siempre podrás encontrar maduritas que recibirán con gozo cualquier cliché que escupas en tu nuevo romance. Porque es seguro que vuelvas a eso. ¿Cierto? Hasta la próxima, queridos lectores, y sobre todo mucha suerte Escritor. P.D. Si quieres hablar al respecto, te espero en mi oficina, la misma que atropellaste la última vez que escribí sobre ti, pero por favor, te pido que esta vez no sucumbas a tus impulsos violentos contra mi frágil persona, a fin de poder entablar un diálogo constructivo que, estoy seguro, será muy provechoso para ambos. Hola Agente, ¡me podés explicar qué mierda es esto! Sólo fui una vez a la cárcel, ¡no tenemos ninguna puta relación! ¿Cómo hizo este obeso invertido para saber que estoy teniendo problemas con la novela? ¡¿Qué vos le dijiste?! ¡¿Y para qué puta hiciste eso?! Ahh, no era tu intención, solo se toparon en un banco y te preguntó por mí casualmente. ¡Pero si serás idiota! ¿Cómo pudiste contarle todo? ¿Qué se te pasó por la cabeza para hacer eso? Y encima ahora me pedís, no, me exigís que haga algo al respecto. Bueno, por eso no te preocupes, que ese mierda me va a escuchar. Corto la comunicación sin darle tiempo a que se siga disculpando. Paso a buscar algo de la cocina y salgo como un torrente del departamento.

Primero pienso en repetir mi exabrupto de la vez pasada, pero eso no bastará para calmar mis ánimos. Siento que toda la sangre fluye hacia mis manos. Mientras camino oigo mi respiración, cualquiera de los transeúntes podría oír exhalaciones tan sonoras. Paso frente a una bodega, me detengo y compro una botella de vino barato. Su olor me lleva al tabuco de Crítico, a los trastos que lo anegan, al escritorio de tienda de empeño, y sobre todo a él, a sus muecas asquerosas, sus manitas de cerdo, su mirada displicente de sabio conocedor. Tomo uno, dos, siete tragos y arrojo la botella en la vereda. Ya estoy cerca, pero no pienso entrar a su oficina. ¿Y si no se encuentra allí? De pronto la idea parece tan lógica que me detengo de súbito. Casi nadie trabaja un viernes a la noche, salvo que estés tan alienado del mundo que tu oficina sea tu hogar. Y estoy seguro de que Crítico se ajusta a ese perfil. Continúo. No se ve a ningún portero en la entrada. Subo las escaleras con mucho cuidado, no pretendo hacer notar mi presencia. Llego a su piso y, en efecto, veo que hay luz en su oficina. Vuelvo a bajar y lo espero, aunque no estoy tan convencido de que salga. Tal vez prefiera pernoctar en su cuchitril aguardando el fin de su resaca. Pero a la hora, y como lo preví, trastrabilla cada tres pasos. Lo sigo a una distancia prudente. Parece tan borracho que probablemente no me perciba, aunque marche a su diestra. Caminamos tres cuadras y entonces toma un desvío del camino principal. Se mete en un callejón. Yo apresuro el paso para no perder el contacto visual. Me asomo a la boca del callejón y lo veo meando contra una pared. Con mucho cuidado me acerco, no puede verme porque está de espaldas y el repiqueteo de la orina tapa el ruido de mis pasos. Extraigo la navaja que llevo en el bolsillo interior de mi chaqueta y con un rápido movimiento lo agarro por los cabellos, tiro hacia atrás su cabeza y le rebano el cuello. Crítico se da vuelta y me mira confuso, sus manos están cubiertas de la sangre que mana a borbotones de su cogote y tratan de cubrir la herida, pero es en vano. La visión de su rostro me lanza a un nuevo arrebato. Pierdo la cuenta de las veces en que hundo la hoja filosa en su prominente barriga. Después de la última cae a mis pies. Tras comprobar que no hay nadie que nos observe desde la boca del callejón, guardo el cuchillo y me retiro del lugar. Al llegar a casa me baño, y me acuesto desnudo. El sueño no tarda en llegar, es profundo y liberador, sin pesadillas.

Hoy escribo casi cuarenta páginas.

viernes, 18 de junio de 2021

Luces en la oscuridad

Omar Castilla Romero


Xavier se dirigía a darle el mensaje a la misteriosa mujer en el hospital, mientras sus padres continuaban discutiendo. La cuarentena había empezado hacía un mes y desde entonces tuvieron más peleas que en los últimos diez años. Vivían en un minúsculo, pero confortable apartamento ubicado en el séptimo piso de un edificio que tenía una agradable vista al mar. Dos días antes cuando comenzó todo, sus padres también discutían.

—¿Qué haces encerrado en el baño?, de seguro escribiéndole a alguna de las lobas que tienes por amigas.

—Ya vas a empezar, ni bañarme tranquilo puedo, ¡me vas a volver loco!

—Loca me voy a volver yo, pero donde llegue a encontrar algo agarro las maletas y me voy.

—Yo soy el que se va ahora mismo, no aguanto más tu cantaleta.

—Claro vete, ojalá la policía te detenga por incumplir el toque de queda.

—¡Pues que lo haga!, en un calabozo estaré más tranquilo.

El padre se marchó a la calle regresando media hora después, disuadido por las sirenas de los carros policiales. Xavier se encontraba frente al televisor de la sala jugando Mario Cart cuando su papá se sentó en el sofá gris ubicado detrás de él.

—Hijo quita ese juego que voy a ver las noticias.

—Papá no te aburre oír todo el día lo mismo, «que el virus mató a no sé tantos», «que hubo no sé cuántos casos nuevos».

—Hay que estar informado Xavi.

—Pero quiero seguir jugando, estoy aburrido.

—Hazlo en el televisor del cuarto.

—A mamá no le gusta que juegue allá.

—Dile que yo te di permiso.

Xavier pensó que esto iba ser motivo de una nueva discusión, aun así, encendió la consola y siguió jugando durante una hora en la habitación de sus padres hasta que el agradable olor a carne asada fue precedido por el llamado para que fuera a almorzar. Cuando terminó su comida volvió a la habitación y encontró a sus padres durmiendo la siesta, por lo que decidió ir de nuevo a la sala. En ese momento vio un telescopio que reposaba en el closet cubierto de polvo. Lo tomó y pasó el resto de la tarde investigando cómo funcionaba y qué objetos celestes podía ver desde su balcón. Xavier era un niño con gran curiosidad científica, que había heredado de sus padres el gusto por la música retro.

Llegada la noche, la oscuridad del cielo solo era interrumpida por el brillo de las estrellas coqueteando a la lente del telescopio. El mapa estelar descargado en el celular le indicó que la estrella azulada en frente suyo era Sirio, más arriba se encontraba el cinturón de Orión, al que su madre llamaba los tres reyes magos y que según había leído, fue utilizado por los antiguos egipcios como guía para la construcción de las pirámides. A unos palmos de distancia de la constelación, vio un par de luces que no coincidían con ningún cuerpo celeste y que parecían estarlo observando. Se hicieron las diez de la noche y su madre lo llamó para dormir. Se levantó en la mañana con el olor a huevos fritos y tocinetas del desayuno. Al instante recordó la nueva afición que había descubierto y siguió investigando sobre astronomía.

La siguiente noche, el cielo sin nubes permitía ver las estrellas en todo su esplendor, a excepción de un grupo en forma de rosario que, aunque furtivo a la visión directa, mostraba su magnificencia en la lente del telescopio: eran las Pléyades; cerca de estas, aparecieron de nuevo los dos objetos en una posición diferente, por lo que se le ocurrió que, fuera lo que fuera lo estaban observando. Si era así responderían a los intentos de comunicarse que hiciera, por eso decidió aplaudir varias veces al son de la canción favorita de sus papás: We Will rock you de Queen: tutu pá, tutu pá, la tercera vez solo aplaudió dos veces tutu… y los objetos reaccionaron juntándose como simulando un aplauso: «pá». Pensó estar alucinando así que repitió la maniobra y obtuvo la misma respuesta. Luego fue a la caja de herramientas y sacó una vieja linterna que encendió y enfocó hacia las luces, las cuales respondieron titilando. Se dirigió al estudio donde estaba su padre haciendo teletrabajo para mostrarle lo ocurrido, pero este le dijo que estaba ocupado.

—¿Todavía papá?

—Hijo debo entregar un informe a más tardar esta noche.

—Estabas mejor antes cuando ibas a la oficina —agregó molesto y se marchó.

Regresó a observar el cielo hasta que llegó la hora de dormir, sin embargo, no concilió bien el sueño y en la mañana se levantó ojeroso con deseos de averiguar qué sucedía. El día transcurrió lento, como ocurre cuando se ansía un acontecimiento importante y al ocultarse el sol, él se encontraba con el telescopio en el balcón. El padre lleno de remordimiento por el desplante de la noche anterior se acercó.

—Hijo, ¿qué me querías mostrar ayer?

—Papá es increíble, mira esto. —Hizo el mismo ejercicio de la noche anterior, pero no obtuvo respuesta.

—De pronto quieren comunicarse solo contigo o quizás están aburridos de Queen y prefieren que le hagas una coreografía de Michael Jackson —dijo guiñando el ojo, luego de lo cual siguió su camino.

Xavier se sintió desanimado, pero decidió hacer lo sugerido por su padre imitando el pase Moonwalk del rey del pop. De inmediato los objetos hicieron un movimiento como un par de pies resbalando hacia atrás. Un rato después, cuando estos estaban inmóviles, su padre se acercó de nuevo sugiriéndole que utilizara el código morse.

—¿Código morse?

—Es algo que se usaba antes en los telegramas.

—¿Telegramas?

—Así se comunicaban tus abuelos. Es un código que traduce las letras en señales largas y cortas permitiendo enviar cualquier mensaje.

—Ya veo, ¿y tú sabes morse?

—Saber cómo saber, no. Pero se puede encontrar en internet.

—Ah, entonces lo buscaré. —Sacó el móvil y el padre siguió su camino.

Tardó quince minutos en comprender el sistema. Tradujo la palabra «Hola», y la convirtió en fogonazos de linterna, para recibir unos segundos después la respuesta: «Hola». Guau, es sorprendente —dijo. «Quienes son» fue la siguiente pregunta. «Somos amigos» respondieron. «¿De dónde vienen?», contestaron «De lejos». Luego interrogó «¿Qué quieren?», «Que entregues un mensaje». Xavier indagó «¿A quién?», y dijeron «A la mujer en la entrada del hospital en la playa».

Hizo una pausa pensando cómo él, un niño de diez años, podía entregar un mensaje a una mujer que no conocía. De seguro se referían al hospital de la zona turística que estaba a treinta minutos de su casa. En ese momento decidió preguntarles «¿Ahora?». Respondieron «No, mañana a las diez». La última pregunta fue «¿Y qué le diré?» «Que cuide a la niña de los ojos diferentes».

En ese momento desvió su mirada al oír el llamado de su madre para que fuera a dormir y al volver la vista al balcón las luces se habían desvanecido. Se acostó pensando el significado del mensaje. Era absurdo, cómo podían saber ellos si alguien estaría en la entrada del hospital en una hora determinada. A pesar de todo, tenía curiosidad de saber qué era eso de los ojos diferentes, ¿acaso los tenía cuadrados?, o ¿lanzaba rayos con ellos? Esa noche tampoco durmió bien. Al levantarse en la mañana encontró a sus padres discutiendo, mientras pensaba en lo que tenía planeado hacer. Saldría de casa para dirigirse al hospital en busca de la misteriosa mujer. Eran las nueve y media de la mañana por lo que tenía el tiempo justo para llegar caminando al hospital. Aprovechó que sus padres estaban concentrados en la pelea y se escabulló del apartamento bajando por el ascensor. Ahora debía salir del edificio sin que lo viera el portero, pero ya era tarde.

—Buenos días joven Xavier, ¿qué hace por la recepción?

—Buenos días, señor Norberto, debo salir un momento.

—Lo lamento, está prohibido por el toque de queda.

—Por favor, Norberto, necesito recoger un juguete que se cayó del balcón.

—Si quiere yo lo recojo, ¿cómo es?

—Tranquilo es solo un momento, no demoraré.

—Bueno, pero regrese enseguida.

—Así lo haré.

A partir de allí venía el obstáculo más difícil, cruzar las calles sin que lo pillase la policía. Procuró evitar las vías principales y de esa manera avanzó unos veinte minutos, hasta que oyó que le gritaban Ey niño detente, ¡qué haces en la calle! Se echó a correr a toda prisa metiéndose por una callejuela desierta. Al llegar al final había perdido el rastro de los agentes, pero se encontró con unos individuos de mal aspecto.

—Chico, qué lindo celular, ¿por qué no me lo dejas ver?

Estaba cansado de correr y pelear no podía, puesto que eran mayores. Por suerte, sus nervios mezclados con la fatiga de la carrera previa exacerbaron un acceso de tos.

Cof, cof —empezó a toser, por lo que los ladrones se miraron.

—Vámonos —gritó el más fornido —este tiene el virus. Salieron corriendo a la vez que se tapaban la nariz con las manos, pues ni siquiera tenían puesta una mascarilla.

Aliviado siguió su camino y diez minutos después vio la estructura de tres pisos del hospital que resplandecía con el sol de la mañana. A pesar del calor, su piel se mantenía seca gracias a la brisa proveniente del mar que le disipaba el sudor. Al llegar a la entrada no vio a nadie y pensó que le habían jugado una broma pesada, pero en ese momento notó una mujer joven que hablaba con un médico barbudo en una entrada secundaria. Parecía recibir malas noticias porque se limpiaba las lágrimas del rostro con un pañuelo. Terminada la conversación, la mujer se sentó en el corredor del jardín frente a los ventanales que daban a la sala de espera. Xavier lo pensó varias veces antes de acercarse, pero al final se llenó de valor.

—Señora, ¿cómo se encuentra?

—Hola niño, mal, tengo a mi novio grave. ¿Qué haces fuera de tu casa? Te puedes enfermar.

—Vine a darle un mensaje.

—¿Un mensaje?

—Sé que parece una locura, pero así es.

—¿A mí?, pero cómo, acaso ¿sabes mi nombre?

—Me dijeron que estaría en este hospital a las diez.

—Vaya, pero cómo podían saberlo, si hasta yo lo desconocía hace quince minutos.

—No lo sé —dijo apenado.

—¿Y cuál es el mensaje?

—Me mandan a decirle que debe cuidar a la niña de los ojos diferentes.

—La niña de los ojos diferentes —repitió deletreando y luego dijo para sí misma—. ¡Oh por Dios!, la muchachita que quedó huérfana. —La misma que había perdido a sus padres por el mortal virus y deambulaba en el hospital sin que nadie se hiciera cargo de ella. Se levantó y salió corriendo, no sin antes decir—: Gracias niño, no sé cómo lo supiste, pero gracias.

—De nada —respondió Xavier, quien se dispuso a volver a casa, pero antes echó un vistazo al ventanal por donde se asomaba una niña de ojos claros, uno miel y el otro verde, y sintió que su mirada podía iluminar la oscuridad que se cernía sobre el mundo en aquel tiempo. La verdad no se equivocaba, porque el futuro de la humanidad dependía de lo que ella hiciera.

viernes, 11 de junio de 2021

El sueño de Julia

Laura Sobrera


Julia despertó sobresaltada. Sintió una especie de corriente eléctrica entumecer su cuerpo. No era la primera vez que un sueño la estremecía. Aturdida, igual que cuando dormitaba recostada en el sillón después del almuerzo en alguna posición forzada, notó la consciencia todavía perdida en el mundo onírico.

Se incorporó poco a poco y con pereza. El cuerpo le pesaba. Manos y pies le hormigueaban, sin embargo, pudo superar ese abandono físico para moverse.

Tenía sed. Se dirigió hacia la cocina para saciarla con agua fresca. De pantuflas y bata, como le gustaba estar en casa y viendo que el líquido bebido no era suficiente, se preparó una infusión, segura de que eso calmaría la sequedad de su boca.

No necesitaba despabilarse mucho, por lo que todo aquello podía hacerlo en piloto automático. Como otras veces después de dormir con profundidad por un tiempo que pareció extenso, las imágenes vividas en el sueño aparecían en su mente sucediéndose a gran velocidad.

Apretó sus sienes en un loco afán de detenerlas. El pitido de la caldera la hizo volver a la realidad. Preparó el té y se sentó en la sala de estar a degustarlo.

Se dio cuenta que la televisión había quedado encendida, pero en silencio. La dejó así, no quería que nada alterara ese lapso de paz mientras saboreaba la infusión frutal.

Entre tanto, a su mente que divagaba acudieron algunas palabras importantes para ella: rituales y pertenencia.

Sonrió para sí mientras bebía a sorbos el té caliente que calmaba la sed. El pensamiento fue hacia esos conceptos en los que se vio envuelta, sobre todo por su ausencia, o por estar convencida que faltaron en los momentos más importantes.

Se detuvo por un instante en los ritos, esos considerados tan necesarios y que nada tenían que ver con religiones. Había estructurado su vida de una manera rígida, siguiendo códigos que ella creó a partir de su mundo interior y la educación recibida.

Su mente siempre iba al ejemplo que parecía explicar esta idea a la perfección. Para una relación hay determinados pasos que son imprescindibles: conocerse, ennoviarse, comprometerse, casarse y formar una familia. Julia consideraba esto como una fórmula de exactitud matemática. Lo mismo sucede con la pertenencia, se cumplían ciertos ritos y de inmediato la persona pasaba a formar parte de algo o alguien.

Escuchó su propia carcajada. Le había llevado años comprender que nada es así. Por fin se sentía completa sin tanta precisión.

El ruido de su propia risa la devolvió a su sueño. Que ella estuviera presente era normal, después de todo era su subconsciente, pero nunca había estado en una situación onírica semejante. Estaba en el cine y la película que pasaban la tenía como protagonista. Las escenas se sucedían de acuerdo a sus deseos más íntimos alejados de la cruda realidad.

A pesar de esto, lo que estaba viendo le daba nostalgia y hasta lo veía como algo con cierto refinado humor. Solía reírse de ella misma y eso mismo apreciaba en el sueño.

De vuelta a la realidad, habiendo terminado el té, fue hasta el baño y se duchó. El agua caliente alivió su cuerpo todavía entumecido. Tenía ropa que aún no había estrenado y decidió que era hora de usarla.

Se vistió, maquilló, arregló con un dejo de coquetería su cabello y usó su perfume favorito, bueno, era el único que tenía, pero importado, uno de sus pocos vicios. Lo hacía cuando la melancolía o los sueños la invadían.

El espejo le devolvió una imagen interesante, entre casual y sofisticada. Decidió salir a caminar para despejarse de esas sensaciones. Un abrigo liviano, por si refrescaba a la vuelta. Estaba pronta para salir cuando una llamada perdida le dio ganas de ver a sus hijos, ya que no había remedio mejor para la apatía que la visitaba.

Entró sin más pues la puerta estaba abierta, como de costumbre cada que había invitados.

Aunque la pandemia había terminado, estaban acostumbrados a no besarse, por lo que no era extraño que nadie lo hiciera.

En la casa estaban sus hijos, nietos, nueras, y algunos amigos de los primeros. Sorprendida al verlos reunidos pues no recordaba haber sido invitada, pero tampoco era extraño. La charla era amena, pero no tan ruidosa como la acostumbrada. Las risas comenzaban estruendosas, pero inmediatamente bajaban de volumen.

Se había acostumbrado a escuchar más de lo que hablaba. Ya no necesitaba mostrar orgullo por la familia, era obvio que así se sentía, se le veía en la cara y las actitudes.

Decidió ir a servirse un refresco, pasó al lado de su hijo y lo escuchó decir:

—Todavía me parece sentir su perfume preferido.

—Me sucede lo mismo —contestó Sofía, su cuñada.

Julia se sintió extraña, ella estaba allí, ¿por qué hablaban como si no estuviera?

—Mamá no querría vernos tristes, siempre decía que ni lágrimas ni sufrimiento, por eso estamos todos aquí hoy, para celebrarla viva —musitó Joaquín, el menor.

Llegado este momento, Julia estaba confundida: sintieron el aroma de su perfume, pero nadie la miraba a los ojos. Había venido de su casa, tomó un té, se duchó, vistió y usó su loción preferida, pero ¿qué estaba pasando? Todos actuaban como si hubiera muerto y eso no era posible, se sentía muy viva.

De repente sus nietos se le acercaron y para el asombro de todos dijeron:

—Hola, abuela, por fin viniste, te extrañábamos, ¿vamos a jugar?, ¿nos contarás cuentos?, ¿inventaremos canciones?

En el jardín, se hizo un profundo silencio. Sus padres se acercaron a los niños y les preguntaron:

—¿Está aquí?

—Por supuesto —respondieron—, dijo que iba a jugar con nosotros en la sala, así ella podía sentarse sobre el sillón.

Los que allí estaban sintieron un nudo en la garganta, entonces Alex, el hijo mayor miró a Joaquín, sonrió y dijo feliz y emocionado:

—No hay nadie a quien llorar, ella tenía razón, siempre va a estar presente, las formas nunca la condicionaron.

Pasada la primera impresión que los sacudió, solo celebraron como ella habría querido y pedido, honrando su existencia y esa presencia incondicional que no se alejaría, porque así lo había prometido. Lo que empezó como un murmullo terminó en algarabía.

Mientras tanto en el living, Julia, visiblemente emocionada, miraba jugar a sus nietos a sus pies con lágrimas de emoción rodando por sus arrugadas mejillas y aprovechaba para relatar esos cuentos e inventar canciones que la inocencia infantil solicitaba entre sus juegos.

Llegado este punto la familia no pudo apreciar la escena, porque para eso se necesita tener ojos de niño y es que la imagen que formaban abuela con su eterna sonrisa y sus nietos era como una añeja estampa sagrada con la frase: “El Reino de los Cielos pertenece a los que son como los niños” y Julia siempre honró y mantuvo viva a su niña interior.

Julia había aprendido que el cielo o el infierno viven dentro de cada ser y su paraíso estaba justo allí, donde se hallaran sus hijos y nietos, por lo que sin lugar a dudas hacía tiempo había llegado.       

martes, 25 de mayo de 2021

Acertijo

Ricardo Sebastián Jurado Faggioni


Soy Susana tengo veintiún años, algunos chicos universitarios me persiguen porque piensan que puedo ser su chica ideal. A veces encuentro cartas anónimas en el casillero declarando lo que sienten hacia mí. Si hubiesen sido valientes, posiblemente terminaríamos saliendo. En el verano sentí atracción por Hugo. Era capitán del equipo de baloncesto, moreno, alto y atlético.  La relación fluyó sin ningún tipo de trabas. Además, teníamos clases en común, esto nos permitía pasar tiempo juntos.

Después de un entrenamiento de básquet, lo esperé hasta el final para que pudiera acompañarme a casa, sabía que él andaba en bus, pero no importa, de hecho, el dinero era lo de menos. Quería estar con alguien que tenga metas personales y sepa qué hacer con su vida. El trayecto fue largo. Al llegar nos despedimos.

—Sabían que Susana está saliendo con un moreno —comentó su hermano.

—Te hemos criado para que no estés con gente inferior —dijo la madre.

—No estoy con nadie, es un chico de mi universidad y vivimos cerca —respondió Susana.

—¡No andarás con él! —exclamó Elena.

Al finalizar la cena se imaginó que su hermano menor la habría espiado a través de la venta cuando llegó a casa. La comida esa noche estaba amarga, nadie tiene derecho a decidir quién es superior o inferior. Debajo de la piel somos iguales. No pude dormir tranquila. Al despertarme, fui directo a la universidad, sentía frustración porque no aprendimos nada de la Segunda Guerra Mundial. Evitaba estar cerca de Hugo, pero él no comprendía. Odiaba tener problemas con la familia, estaba atrapada, confundida y sin saber qué hacer.

A mitad del año llegó un chico nuevo al instituto, su nombre era Fabián. Atlético, rubio y de ojos verdes. Su pasión era el fútbol. Relacionarse con los compañeros del aula no le costaría puesto que con sus dones de los pies sorprendería a las personas. No obstante, su rendimiento académico estaba en el promedio, en cambio Hugo sobresalía. El periodo transcurría y nos hicimos amigos.

Nuestra primera salida fue a un parque de diversiones, pero no estaba disfrutando ya que mi corazón le pertenecía a alguien. Ocultar el desinterés que sentía en aquel sitio era imposible, fui evidente.

—¿Qué te sucede? —dijo Fabián.

—Me he portado mal con un amigo, tengo una familia racista —comentó Susana.

—La época de los Nazis y del Ku klux klan acabó —respondió Fabián.

—Es que son los orígenes, mi bisabuelo estuvo en la Alemania Nazi —dijo Susana.

—¡Que difícil tú situación! —exclamó Fabián.

—¡Sí a veces siento que estoy entre la espada y la pared! —comentó Susana.

—¿Has pensado en conversar con él? —reflexionó Fabián.

Después de aquella pregunta, Susana se quedó pensativa y quiso regresar a casa, él la llevó en su Audi. En el carro sonaba una música suave lo que ocasionó que ella se quedara dormida. Fabián le tocó el hombro despacio para despertarla, para luego dejarla en su casa. Mi alarma sonó a la seis de la mañana, me levanté temprano para ir a estudiar, sentía una alegría que no podía controlar, no había pensado en algo tan simple como conversar, tal vez si fuera feliz con él podrían dejar a un lado los prejuicios equivocados.

En el tiempo libre decidí buscar a Hugo, encontrarlo en la universidad sería sencillo porque si no estaba en las canchas de básquet, lo podía hallar en el gimnasio levantando pesas. De hecho, lo vi en un banco sentado trabajando con unas mancuernas pesadas. Fue caballeroso con su trato, se secó con una toalla su sudor para saludarme.

—¿Piensas cambiar tu estilo de vida, por uno más saludable? —dijo Hugo.

—¡No estoy aquí por ese motivo, vengo por otra razón! —comentó Susana.

—¿Por lo que me has estado evitando? —dijo Hugo.

—No imaginé que fueras directo, pero sí, deseo tener una relación contigo, sin embargo, mi familia es complicada —respondió Susana.

—Comprendo, ¿estarías dispuesta a romper las leyes para estar conmigo? —preguntó Hugo.

—A veces el amor se trata de asumir riesgos y estoy decidida a tomarlos —respondió Susana.

—¿Nos podríamos ver hoy en la noche? —dijo Hugo.

—¡Sí, ven a mi casa! —respondió Susana.

La luna estaba menguante, pero no soy supersticiosa especialmente esa noche algo cambió en mis padres. El timbre sonó y supe que era él, vino puntual. Las personas cuando llegan a casa se quedan sorprendidas por la decoración, no fue la excepción. Nos sentamos a la sala a ver una película que estaba aburrida. Mamá se puso a preparar la cena, olía como nunca, pero quedé asombrada con la vestimenta de papá porque casi nunca utiliza su Rolex, sin embargo, aquella ocasión lo cargaba puesto.

Mi hermano comenzó a decir que admiraba a Hitler, pensé que fue una mala idea invitarlo a cenar. Pude sentir su incomodidad, sin que nos vieran le sostuve su mano para tranquilizarlo. Al terminar la comida se levantó, se despidió, lo acompañé hasta la salida. Una vez que se marchó estuve enojada con ellos porque no impidieron que mi hermano menor parara de hacer comentarios fuera del lugar.

Al día siguiente me acuerdo que estaba caminando por los pasillos para dirigirme hacia los casilleros y sacar un libro para la siguiente materia. Al abrirlo, una carta se rueda al piso. La cogí para ver qué decía el sobre:

Tú eres mi amada, aunque todavía no lo sabes, vas a ser mía.

Anónimo

De todas las cartas que he recibido, esta en particular me produjo escalofríos porque nadie puede poseerte, incluso estando casados, puedo tener privacidad. Tenía varios problemas así que decidí ignorarlo. En la tarde mamá actuaba extraña, no quería conversar conmigo. Asumí que se resintió por el comportamiento del otro día. Sentía que mi vida se iba hacia un precipicio, como si una ola furiosa trataba de llevarme hasta las profundidades del mar.

Eso solo fue el principio del fin de estar en este mundo. Esperé que todos vayan a dormir, a hurtadillas decidí ir a la puerta de los adultos porque a veces se quedan conversando. Lo que escuché fue terrible, estaban planificando secuestrar a Hugo para que no se acerque más a su hija.  Estuve paralizada, saber que serían capaces de hacer un acto como aquello

Volví a alejarme de Hugo porque no sabía cómo explicarle aquel evento terrorífico, tal vez no tendría una segunda oportunidad. Es mejor que así sea, abrí el casillero como de costumbre y encontré otro sobre que fue más amenazante que el primero.

Pronto serás la mujer que vivirá conmigo, hasta que la muerte nos separe, aléjate de tu novio. Anónimo.

Era un cobarde por no poner su firma, pensaba en qué momento venía mamá a dejarme estas cartas o si trabajaba con alguien para que realice esta tarea. Al terminar las clases estaba dispuesta a enfrentarla, porque acosar, amenazar, pasaba el límite. Vino una tarde con el auto para irnos al centro comercial. Trataba de hablarle, pero no prestaba atención por estar conversando en su celular. Logré observar en su chat que esta noche sería el secuestro.

Traté de enfrentarla, sin embargo, estuve paralizada porque también tenía miedo de que me hiciera daño. Además, no pude abrir las puertas del carro debido al seguro, comprendí que esta salida simplemente sería una distracción. Regresamos tarde al hogar, mi imaginación tenía los peores escenarios sobre el secuestro de Hugo. Cuando voy a dormir un hombre misterioso aparece en la habitación donde estaba.

Utiliza una toalla para drogarme, al despertar estoy en un carro, con los ojos semiabiertos observo la figura de un hombre parecida a la de papá. Posteriormente se estaciona, repite la acción, tal vez morí ahorcada o apuñalada, e incluso pueden ser ambas. Mi espíritu se levanta de la roca áspera y dura. Conseguí identificar que era mi papá mientras se marchaba.

Comprendí que el secuestro no era hacia Hugo, sino hacia su hija por haber roto las leyes de la familia. Aunque ahora sé la verdad, haré una última visita. Después del asesinato él se volvió alcohólico, asumo por la culpa que tiene. Entonces una tarde lluviosa entré a su aposento, toqué su hombro, al voltearse se asustó. Nunca más volvió a dormir tranquilo.

lunes, 17 de mayo de 2021

Ojos color caramelo

Rosario Sánchez Infantas


—Analice qué puede aprender de lo sucedido y deje ir el pasado dice el terapeuta. 

Imagino finalizar mi relación y el dolor me lacera. ¿Cómo puede ser tan cruel alguien preparado para ayudar? ¿De qué manera sacar de mi vida a quien me da tanta felicidad? Algo se puede hacer o puede ocurrir. Amar es un milagro. ¿Y voy a matar lo que amo? Quizás deba buscar a otro psicólogo que me ayude. 

*****

«El silbido de alerta quedó vibrando en el espacio. Sobrecogió a quienes lo escucharon en un kilómetro a la redonda. Todos sabían lo que significaba. El ambiente estaba crispado de tensión; la muerte recorría esos callejones. Niños y animales domésticos parecían comprender la urgencia de la situación y silenciosos habían permanecido el día entero dentro de las casas. En sus incipientes lóbulos frontales había un germen de confianza en el adulto como un protector. 

La luz de la tarde estaba cambiando, se acercaba el ocaso. El barrio aledaño al poblado andino se veía como una alfombra de cultivos rodeados de árboles y unidos por unos pocos callejones, con cercos de adobe a cada lado que delimitaban los sembríos. Cada uno de ellos tenía una rumorosa acequia, y casitas rurales de trecho en trecho. Esta solía ser la hora en la que el aire traía el humo aromático del eucalipto desde los fogones en los que se preparaba la merienda; en los árboles alborotaban las avecillas disponiéndose a descansar; recorrían las callejas apacibles vacas, ovejas, asnos y caballos de regreso a la vivienda campestre luego de pastar durante el día. Hoy lucían vacías y silenciosas, así como las parcelas y el camino que llevaba al centro del pueblo. El cielo cargado de nubes negras anunciaba tormenta. 

Ninguno de nosotros sabía qué era una encefalitis, pero todos comprendíamos que el mal de rabia era sinónimo de muerte en nuestro pueblo ubicado a diez horas de la ciudad más cercana, cabalgando a buen ritmo. Conocíamos a quienes habían muerto con esta enfermedad y a los dueños de animales domésticos mordidos y que antes de morir contagiaban a otros animales o humanos. 

A inicios del siglo XX el Perú penosamente se recuperaba de la larga guerra e invasión chilenas. Mi padrastro, mis hermanos menores y yo sobrevivíamos en la pobreza gracias a mi madre. Ella atendía la casa e iba a poblados cercanos a comprar alimentos que revendería en el mercado los días de feria; pero ni siquiera así se libraba de las palizas que su marido alcohólico le propinaba. Ver a mi madre tan atareada hizo de mí un niño que ayudaba en todo lo que podía. Con diecisiete años, fui arrancado de mi valle andino y llevado amarrado con otros jóvenes pobres a servir a la patria en la capital peruana. No poder ayudar a mi madre me desgarró el alma. Heredero del pensamiento mágico religioso, confié en que el espíritu de los abuelos y el Dios cristiano la protegieran. Ya en Lima los levados avergonzados, desconcertados, despreciados por la urbe cambiamos nuestros harapos por el uniforme del ejército peruano. 

Entonces fui un soldado fascinado de tanta novedad. Disfrutaba hacer los mandados más diversos, porque anhelaba aprender. Las humillaciones y abusos de mis superiores no me dejaban huella porque me repetía el principio quechua de realidad: "chaymin chai" ("lo que es, es"). De regreso en el pueblo, fui de los afortunados que conocía el mar, el camino de la costa hasta la sierra, los tranvías, primeros auxilios, bailar un valse o una marinera, disfrutar música argentina, mexicana y europea; pero sobre todo era el único que podía usar un arma de fuego. 

Mi gusto por aprender, una buena mujer, el trabajo esforzado, ser un ciudadano responsable y solidario, y unas obras clásicas de literatura heredadas de un sacerdote amigo, con el paso de los años hicieron de mi un patriarca en la comarca. Esa condición es la que me empuja hoy a ponerle fin a esta amenaza social. 

Un perro en el campo es un hijo más, responsable del cuidado de su familia y sus escasas pertenencias. No sabemos cuándo se pudo haber contagiado. Muchas veces se ha enfrentado a otros perros, aquí o en los viajes a poblados aledaños que solemos hacer. Un martes, mi mujer y yo, fuimos a la otra banda del río grande, a acompañar a mi cuñada que acababa de enviudar. Mis hijos, al regresar de la escuela, notaron decaído a Ursus, vomitó varias veces, no comió, y les gruñó cuando quisieron darle aceite, pensando que lo habían envenenado. Al día siguiente el perro se mandó mudar de casa.  

Tras cuatro días de ausencia, en la madrugada regresábamos al pueblo. Eusebio, un muchacho vecino, nos dio el alcance. El día anterior iba por agua a la acequia cuando reconoció a Ursus que se aproximaba. Al verlo el perro erizado corrió hacia él; de pronto se detuvo, lanzó un gemido ronco, cayó y convulsionó mientras Eusebio se tiró tapia arriba. Venía en nuestra búsqueda. Se alertaba en los alrededores: mi perro tenía rabia e iba recorriendo los caminos de los barrios rurales cercanos al poblado. Estaba nervioso, agitado, rígido y gruñía a enemigos imaginarios. 

Algunos hombres lo buscaban atravesando los sembríos para evitar los caminos y poder alertar de su ubicación. Varios vecinos lo habían visto caminar sin cesar, mojado en sudor y con las facciones de su rostro deformadas por contracturas. Unos niños lo divisaron detenido un instante en un cruce de caminos, su parada era inestable, hacia el esfuerzo por ladrar, pero estaba afónico. 

¡Había que hacerlo! En mi habitación, mientras saco la vieja escopeta y las balas, pienso: "Cuando llegaste parecías un cachorro de oso. Una bolita de lana color chocolate y una colita que no dejaba de bailar. ¡Ay hijito! Siendo carnívoro, aprendiste a comer afrecho de cereales, con el agua en la que se lavaban los platos; compartiste agradecido nuestra pobreza. Amistades, amores y parientes van y vienen; fidelidad sagrada, la del perro del pobre". Las lágrimas ruedan por mi rostro mientras me pongo las botas de regar. "El más responsable en partir a la toma de agua en las madrugadas. Un mes luchaste por tu vida después que unos abigeos te apalearan por defender nuestra vaca y su ternero". 

Me vienen a avisar que va por el camino que baja a la estación del tren. Corro aproximadamente un kilómetro en esa dirección siguiendo los silbidos que dan quienes lo ven pasar. Lo distingo a cuatrocientos metros, camino abajo. Una mujer y su niña subidas en un árbol de níspero me llaman a gritos. En un descuido la niña salió de su morada, era llevada de regreso cuando escucharon un silbido de alerta. Desde las ramas vieron pasar a Ursus por el callejón aledaño. Les ayudo a volver a su casa y pierdo de vista a mi perro. Siento un silbido por el lado del barranco. Se aleja del poblado, pero se dirige a otro barrio rural. Debo avanzar por entre las chacras, saltar los cercos rematados de espinas. Voy siguiendo los pitazos de alerta; algunos provienen de los silbatos de la policía. Ya debe haber llegado apoyo desde la ciudad próxima. A veces me aproximo a ellos, a veces me alejo. Siento ladrar lastimeramente a un cachorro en la vivienda de Jacinta, la sordomuda que vive sola con su pequeño de seis años. Me sobresalto. ¿Alguien le habrá avisado del peligro? Toco muy fuerte, me abre el pequeño, cierro la puerta y le explico con señas. Sí, lo sabía, pero les hace falta agua. Sin dejar la escopeta le traigo un balde desde la acequia. Retomo mi accidentada y errática marcha. Tras cuatro horas, ya no se oye señal de alerta alguna. Cae la noche, me recojo, totalmente agotado.  

En mi hogar todos están silenciosos. De seguro recuerdan momentos vividos con nuestro fornido muchacho. Mis lágrimas más amargas caen cuando miro a mi pequeña hija. Recuerdo que un amanecer acompañaba a mi esposa a vender panes en un poblado vecino, cuando dos ladrones les salieron al paso. Nuestro perro se abalanzó contra ellos y los hizo huir, aunque recibió muchas pedradas. Ursus defendiendo a Ligia en las arenas; hizo honor a su nombre. 

De madrugada, dos vecinos vienen a avisarme que ha resbalado por el barranco y está en la estrecha orilla del río. Voy bajando con mucha dificultad. Entonces lo veo. Trata de subir por la pendiente, pero se da golpes contra piedras y troncos, quizás está ciego o no coordina sus movimientos. Tiene el hocico lleno de espuma. Cae, su cabeza queda muy cerca del agua, trata de beber, pero lanza un gemido ronco y con un espasmo aleja la cabeza del agua. 

Estoy a tres metros arriba de él, mueve su cabeza hacia mí. Muchas veces me había visto emplear la escopeta; sus ojos se fijan en ella. Apretando las mandíbulas me digo: "Es por el bien de la comunidad. No tienes cura. ¡Perdóname hijo!". Le apunto. Mi pulso es firme pese a mis emociones desbocadas. Levanta la vista dejando de vigilar el arma y se encuentran mis ojos llorosos y los suyos color caramelo. Expresan miedo por la muerte inminente. Sin embargo, creo ver en ellos que me dice: "Tranquilo, voy a estar bien, vamos a estar bien", el fogonazo interrumpe la comunicación, la bala quiebra su cráneo, exhala un débil quejido». 

Esta historia la escribió mi abuelo dice el psicólogo, alejando los papeles que acaba de leer—. Usted no tiene que hacer nada en particular, pues algo ya ha empezado a cambiar. Ese proceso habrá de seguir, esté despierta o dormida. ¿Le parece si me lo comenta el próximo viernes a la misma hora? 

*****

No necesité otro psicólogo. Miles de años de evolución de la especie humana no me enseñaron a aceptar la realidad adversa; lo hicieron esos ojos color caramelo.

martes, 11 de mayo de 2021

Taxi

Rosita Herrera


Las sombras de la ciudad comenzaban a insinuarse, una brisa helada acariciaba los caldeados y extenuados cuerpos de los habitantes del gran Santiago. Todo indicaba que era hora de comenzar la jornada. Tomó las llaves del Chevrolet Sail, año 2017. Arregló su cabello en el espejo de la entrada dejándolo casualmente desordenado. Echó un vistazo a su departamento y salió sin dejar que sus pensamientos lo hicieran perder más tiempo del necesario. Mientras se dirigía al estacionamiento de la calle Teatinos el olor a comida rápida estimuló su apetito y sacando algún sencillo que guardaba de la carrera anterior, compró un hot-dog al que embadurnó de salsa picante y mostaza y se lo engulló en menos de dos minutos. Observó al vendedor, encontró atractivo su torso y la determinación de su rostro, pero al topar con su mirada, de inmediato la escabulló y apresuró su ida. Subió al auto y, como era su costumbre, se persignó y pidió que todo resultara bien. Le dio contacto al vehículo y salió lentamente por la ruta ascendente que lo encaminaría al tráfico habitual de cada ocaso citadino. La play list del equipo de sonido tocaba la secuencia de jazz predilecta concertada por compositores de todos los tiempos y estilos cuya cadencia y precisión en cada una de sus frases le inyectaban fortaleza y animosidad, a la vez que lo insertaban en la oscuridad ancestral de la urbe, la que invita a encender la amígdala y sintonizar la intuición de tal manera que las furias de la noche no entorpezcan una eficiente jornada. Al salir del estacionamiento un hombre cercano a los cuarenta años cruzó… le recordó a… ¡Diablos! ¡Qué desagradable sensación! Ya no era aquel tipo de mente estrecha y actitudes cobardes, al menos se había empeñado en no serlo desde aquel día… y ahora, era otra persona, odiaba todo lo relacionado con su pasado, volver a nacer era poco, desaparecer y convertirse en nada, eso sí lo calmaba.

Lucas, lucas, lucas, solo eso necesito para virarme de este país y… helo ahí, mi primer cliente. ―Dando un certero giro para cambiar rápido de carril sin ocasionar grandes sobresaltos ni atraer a los que por oficio cuidan el orden en la ciudad, se situó frente al mismo.

―Buenas noches, voy a Padre Hurtado con Apoquindo, por favor. ―Luego de señalar su destino suspiró profundo y descansó su cabeza en la ventana, se notaba el agotamiento y la incomodidad de llevar un violín como equipaje de mano.

―Linda noche, ¿no cree? ―La mira por el espejo retrovisor y rápidamente dirige su atención al camino.

―Sí, creo que sí, no he tenido mucho tiempo de apreciarla, en verdad. ―Busca su mirada en el espejo y luego la dirige hacia la ventana.

―Perdone que me meta, pero ¿es usted concertista o algo por el estilo? Digo, por como viste y porque eso que lleva debe ser un violín, ¿no es así?

―No se preocupe, no me molesta, me agrada hablar de lo que hago. En efecto, es un violín y he dado un concierto con la sinfónica.

―¡Qué maravilla! La felicidad que debe experimentar al tocarlo es una fortaleza que pocos poseen.

―Es verdad, aunque a veces preferiría ser taxista como usted o ingeniera o futbolista, algo más rentable.

―Comprendo, se tiende a pensar que las vidas ajenas son mejores, aun así, yo apuesto por la música y le reitero mis felicitaciones.

―¡Gracias! Eso me llena el espíritu, por aquí me bajo, ¿cuánto le debo?

―Cinco mil. ―Se detiene y amablemente le recibe el dinero.

Recordaba cuando a sus trece años quedó seleccionado en la escuela de talentos musicales de su ciudad y no tenía el instrumento ni a quien recurrir para comprarlo, sacudió su cabeza y siguió su rumbo con la firme convicción de no perder el norte y el objetivo de aquella noche de trabajo, quizá ella tenía razón, en tiempos como estos más valía ser taxista que un gran saxofonista sin trabajo…, pero sabía que eso no era cierto.

La última vez que había ido a un concierto de jazz había sido con Esteban, hacía mucho ya de eso, ¿cinco años? Y no pudo resistir las ganas de besarlo, él no sabía que era… pero es que esa noche se lo iba a decir, sin embargo, lo estropeó todo y recibió una humillante respuesta al cambiar rápidamente sus labios por una fría mejilla, en fin, nada qué hacer, solo aceptar. Recordó, y comenzó a odiarse de nuevo, cómo le producía escozor cuando se topaba con Iván en el colegio, este lo buscaba tanto y no entendía por qué, era tan aseñorado para hablar, y su forma de mirarlo, de introducirse en su mente y señalar lo que estaba pensando. ¡Caramba! Si era un brujo o bruja que adivinaba su estado de ánimo, su nivel de tolerancia, homofobia temporal o auto discriminación, en fin, captaba toda la mierda que en mí convulsionaba cada cierto tiempo.

En verdad, era el único que me entendía y sabía lo que yo no quería saber, así y todo… ¡Bah!

De nuevo la misma vaina, vaya, no quiero perder el foco.

¿Quién está ahí? Es un tipo… sí, de esos que pareciera que vinieron a este mundo con el kilometraje contado, bien digo, andan siempre apurados y chuteando al que no le da el paso, bueno, al menos eso me favorece, nadie los llevará más rápido a su destino.

―Buenas noches, a Providencia con Los Leones, por favor. ―Al quedar sentado, comienza a enviar audios dando directrices sobre algunos archivos.

No se anima a conversar con él, le recuerda a su papá, siempre distante y metido en sus asuntos, ignorándolo, desde aquella vez cuando descubrió a su niño de nueve años vestido con pañuelos de fina seda y empotrado en los tacones rojos de la madre. El padre puso cara de quien acaba de morder un ajo, se retiró de la habitación con sigilo y nunca más le dirigió la palabra al hijo.

―Su destino, señor ―lo dice mirando por la ventanilla que da a la vereda.

―Toma y quédate con el cambio. ―Le pasa un gran billete y sin mirarlo da la vuelta y se va.

Eso tienen estos hijos del capitalismo, son unos pelotudos, pero cuando les sirves no escatiman en pagarte el buen servicio.

En fin, la vida sigue, con capitalismo o sin él, aunque sin él estaríamos mucho mejor, menos suicidios, menos estrés, más tiempo libre, niños felices, padres sin deudas, hmm, ¿en qué momento nos metieron en esta celda con los muros pintados de libertad?

Qué hermosa está la noche, llega el otoño y con él una infinidad de conflictos existenciales que afrontar… Otro cliente, ¡bendito seas!

―Buenas noches, joven, voy hasta Salvador, por favor.

―¡Cómo no!

Era una anciana de más o menos setenta y cinco años. La última vez que vio a su madre, antes de morir, debió haber tenido aquella edad, pero al contrario de la pasajera que se veía muy activa, pasaba el ochenta y cinco por ciento del día postrada en cama frente a un televisor que cumplía la misión de fundir su cerebro. Cuando nos empezamos a hacer adictos a dicho aparato es porque no queremos nada más de la vida, y nos entregamos a la pérdida del raciocinio que nos cobra en microdosis.

Miraba de reojo a la mujer y le cautivaba la dulce expresión de su rostro. Pocos ancianos lo logran, pero aquella irradiaba la tranquilidad y el beneplácito de los justos.

―Se viene el tiempo frío, hay que emigrar a tierras cálidas, mis huesos se resienten demasiado.

―Oh sí, qué más quisiera yo, perseguir al sol y sus beneficios por el mundo entero. Lamentablemente pertenezco a ese porcentaje de gente que no tiene elección.

―Oh, por supuesto, no quise ser insensible, yo tengo la posibilidad de hacerlo cada año, es más, paso cada estación en diferentes lugares del mundo. Soy escritora de ciencia ficción y, bueno, mis libros han gustado muchísimo, pero no fue siempre así, trabajé muy duro, por lo que ahora me jacto del éxito. ―Asoma un pícaro gesto de satisfacción.

―Hemos llegado a su destino, mademoiselle. ―Detiene el motor y le regala una gran sonrisa.

―¡Quédese con el cambio, cariño! ¡Qué tenga una buena noche! Y persiga al sol… siempre.

¡Vaya! ¡Sí que le ha ido bien con sus libros! ¡Qué gran billete! Creo que iré a dormir, ya no hay más qué hacer, bueno, bueno… a casa entonces, querubín.

La noche había quedado en silencio, Street Dreams 4 del gran Lyle Mays sonaba suavemente, creando una atmósfera de absoluta plenitud. El automóvil se deslizaba cadencioso por el asfalto. Vislumbra el estacionamiento de calle Teatinos y ve cruzar y luego bajar a una sombra, de seguro es el cuidador que ha salido a comprar cigarros.

―¡Hey, Robert! El vicio te está consumiendo, ¿eh, amigo? Ah, ¿y qué?, ¿no me das bola ahora? Bueno, bueno, ya me estarás pidiendo favores, solo es cuestión de tiempo. ―Lanza una carcajada sin prestar atención más que a los pormenores que conlleva el estacionamiento, cierre y salida del auto.

Qué callado está, quizá necesite una oreja, no tengo ganas de escuchar a nadie, pero al menos le preguntaré si precisa algo… después de todo me ha salvado de varias…

Al ver que se acerca, se detiene. Algo en él le parece raro, quizá su paso cansino, la capucha… o las manos en los bolsillos.

―¡Diablos! ¡Quién es usted! Será mejor que se vaya, el cuidador ya debe estar llamando a los carabineros, además, las cámaras de seguridad están por todos lados…

―¡Tranquilo! Te he estado aguardando desde que saliste, he tomado todas las precauciones necesarias para vengarme a mis anchas. ―Saca un revólver de su bolsillo y le apunta directo a la cabeza.

―¿Se puede saber quién eres? ¿Qué quieres? ―balbucea y su tono de voz ya es más bajo y pausado.

―¡Hey, sí! Parece que ya me estás reconociendo, de hecho, lo hiciste hace unas horas, cuando me crucé en la salida, vi la expresión de tu rostro, ese fastidio y repugnancia que me regalabas día a día en el último grado de la secundaria y… eso no bastaba, ¿verdad? Faltaba el broche de oro del último día del colegio en que me permití ser el punching ball de un grupo de pelotudos mafiosos que intentaban purgar su mierda en aquellos que les muestran su propia imagen. Aquel día nunca lo voy a olvidar, fue uno de esos en que sabes que no debes levantarte, sin embargo, lo haces y vas igual, como si importara realmente tu presencia en algún lugar del planeta. ―Se había acercado al punto de estar sintiéndole el aliento, aunque su rostro continuaba en la oscuridad.

A medida que la tensión se acrecentaba y la violencia se hacía patente, era incapaz de escucharlo, surgían como endiabladas un cúmulo de imágenes protagonizadas por un individuo execrable, atormentado e incapaz de generar paz y bondad a su alrededor y, claro, seguido por otros de la misma especie pateando, orinando y vulnerando hasta lo más íntimo al que tenía al frente, ahora, a punto de despedirme de un solo balazo. No podía quitar de mi mente a Al Pacino en Carlito’s way o, su traducción latina, Atrapado por su pasado, en ella se nos reafirma que puedes ser malo y luego arrepentirte y volver al carril, vivir en la oscuridad e inconsciencia y después encontrar tu propósito de vida, no obstante, no queda ni una torpeza sin pagar, el daño que le hicimos a otros se debe expiar, es parte de la gran estrategia universal que nos enseña a ser humanos. Salgo de mí, no opongo resistencia. La bala que ha emergido con un ronco estallido silenciado ha atravesado mi pecho. La sangre pegajosa y caliente borbotea y siento que todo me da vueltas. Iván se escabulle nuevamente por las sombras, dejándome tirado en el cemento frío, fue una buena noche, llena de sueños y gente hermosa que ayudó a sustentarlos ¡Oye! ¡Pucha, perdóname! ¡Viejo, tarde me di cuenta!... ya no importa nada, yo era como tú y me odiaba, pero tú eras mejor que yo. De todos modos, me quería ir hacía rato, pero qué mal que manchaste tu vida de sangre, la vida te lo cobrará, amigo, y eso me dice, entonces… que no eras mejor que yo, solo era cuestión de tiempo.