miércoles, 30 de octubre de 2019

La deuda


Javier Oyarzun

Una suave brisa aliviaba el intenso calor del atardecer santiaguino. Sentado en una silla plástica, que apenas resistía su peso, esperaba a su antiguo compañero de delito en la terraza del único restaurante de aquel sector pobre de la capital. Miraba inquieto a su alrededor mientras bebía a pequeños sorbos la fría cerveza que sostenía entre sus manos. El lugar estaba desierto a excepción del dueño del boliche y un par de muchachos que fumaban distraídos bajo la sombra de un árbol cercano. 
            Después de acabar la mitad del alcohol que contenía el vaso, comprobó en su celular que había pasado media hora. Cuando comenzaba a perder la paciencia divisó a Carlos que se acercaba a su mesa. Se levantó para recibirlo, al tiempo que se percataba de que su excómplice intentaba abrazarlo, puso distancia entre los dos alargando su brazo para saludarlo con un apretón de manos. Luego lo invitó a tomar asiento.
―¿Te sirves una cerveza? ―preguntó al recién llegado.
―No gracias, ya no bebo ―respondió sin preámbulos.
―¿La religión te lo prohíbe?
―No, pero prefiero no beber.
―Ok, no hay problema.
―Además debo dar el ejemplo a mis hijos ―agregó.
―A ellos y a tus feligreses.
―No son feligreses, son mis hermanos.
―La misma mierda, te dan dinero por escuchar tus mentiras.
―No te burles de mi fe.
―¿Cómo es que te hiciste pastor evangélico?
―Me enamoré de una mujer que me acercó a la Iglesia y mi vida cambio profundamente.
―Viste la luz divina, maldito inconsecuente, no recuerdas todo los delitos que cometimos juntos ―sentenció alzando la voz.
―Andrés, todo el mundo puede arrepentirse, si tú quisieras podrías seguir el camino del Señor.
―Que Señor ni qué mierda, todo en lo que creo está acá ―aseguró mostrando un revólver de 38 milímetros.
Se produjo un incómodo silencio, Andrés miraba fijamente a los ojos a Carlos, que a su vez desviaba la vista y jugueteaba con el refresco que le había comprado su excompañero de delito.
―Me tengo que ir ―dijo Carlos, mientras se paraba de la silla.
―No vas a ninguna parte sin que yo lo diga ―contestó Andrés, mientras sacaba su revolver para apuntar a su interlocutor.
―¿Qué quieres? ―preguntó Carlos, con la voz temblorosa y sentándose nuevamente en la silla.
―Quiero respuestas.
―Pregunta entonces.
―¿Qué pasó aquel día?
―¿Qué día?
―No te hagas el huevón, el día que me atraparon.
―Ya pasaron diez años.
―Diez años que pasé en la cárcel y tú casado y dándotelas de pastor.
―Son cosas que pasan, tú sabías los riesgos.
―Vamos a dar un paseo ―ordenó, mirando de reojo al dueño del local, quien desvió la vista entendiendo de inmediato que no debía meterse.
Andrés se dirigió hacia donde se encontraba Carlos, lo tomó del brazo y lo levantó de su silla. Trató de resistirse, pero cuando vio a dos individuos que se acercaban a ellos entendió que debía obedecer. Caminaron un par de cuadras hacia un automóvil sin placa patente que se encontraba estacionado en un lugar solitario y poco iluminado.
El expresidiario se sentó en el asiento del conductor, Carlos de copiloto, y ambos acompañantes permanecieron silentes en el asiento de atrás. Encendió el motor y se dirigieron por calles desiertas hacia un cerro que se veía a lo lejos.
―Recuerdas cuando íbamos al cerro a fumar marihuana con unas minitas de la población, siempre terminábamos fornicando con ellas.
―Eso pasó hace mucho, ahora soy un padre de familia felizmente casado.
―Deja de sermonearme, huevón. No eres mejor que yo. No reparaste el daño que hiciste.
―Y en la cárcel arreglaste mucho, ¿verdad que sí?, no me vengas con huevadas.
―Pero pagué, tú no.
      Continuaron en silencio el resto del camino, de fondo sonaba la única estación que tocaba música rock que encontraron en el dial. Llegaron a un descampado al lado del cerro, bajaron del auto, los dos hombres del asiento de atrás siguieron en su lugar.
―¿Qué pasó aquel día?
―Nada.
―¿Por qué no te atraparon?
―De qué hablas.
―Dos muertos en enfrentamiento, tres presos, y uno queda inmune de todo. ¿No te parece raro?
―¿Qué insinúas?
―¿Dónde está el dinero del robo?
―Qué se yo, son diez años, es mucho tiempo.
―Si quieres te refresco la memoria: pagaste el crédito hipotecario, arreglaste la casa de tus papás, vacaciones en Punta Cana. ¿Crees que soy estúpido?, ¿de dónde sacaste la plata?
―Trabajo, préstamos, mi señora también cooperó, tú crees que la única forma de hacer dinero es robando.
―El sargento Luis Soto puso una empresa de seguridad. El cabo segundo Juan Ramírez se compró un taxi. El cabo primero Pedro Sanhueza instaló un negocio en su casa. Todos ellos estaban a cargo de la investigación.
―Pero…
―Nada de pero, confiesa de una vez.
―Tuve suerte nada más, no puedes acusarme de nada.
―La prensa dijo: «Cayó banda de cinco integrantes que robaron la sucursal bancaria de Las Condes, solo fue recuperada una parte del dinero». ¿Por qué dejaron de buscar el dinero?
―Perdona, no tuve alternativa, los policías me obligaron a hacerlo.
―Nos vendiste. Eso no tiene perdón
―Tengo familia ―suplicó entre llanto.
―Las deudas se pagan en esta vida ―afirmó, mientras sacaba el revolver de su chaqueta.
            Apretó el gatillo y de un certero balazo en la sien acabó con la vida de Carlos. Los dos individuos que estaban en el asiento trasero se pusieron guantes al bajar del auto y se dirigieron a la cajuela, de donde sacaron una bolsa plástica y palas. Tomaron el cuerpo, lo metieron dentro de la bolsa y comenzaron a cavar a la orilla del camino, mientras Andrés fumaba un cigarrillo mirando la luna llena que se asomaba entre las nubes de aquella noche primaveral en el sur de la capital.

viernes, 25 de octubre de 2019

El último asesinato


Constanza Aimola

Con solo mirarlo pude meterme en su cerebro, nadie apuesta nada por un asesino serial condenado a cadena perpetua. No tuve que tocarlo, me dediqué a escuchar corriendo el riesgo de que me estuviera mintiendo.
Casi toda mi vida había sido una mujer asustadiza, pero en esta ocasión no tenía miedo, me había documentado acerca de quién era este hombre, por qué estaba en una prisión de máxima seguridad y llegué a la conclusión de que me da más miedo la gente que anda por ahí suelta cometiendo los más retorcidos crímenes sin ser atrapados, los de cuello blanco o los psicópatas que logran saltarse los controles que la sociedad ha implantado. 
Perdí la cuenta de las veces que nos encontramos, sin percatarme llegó el momento en el que no escribí más y me dediqué a escuchar dejándome llevar por mi instinto que preguntaba.
Era un hombre elocuente, con un rico vocabulario que reflejaba educación formal y los años que había durado institucionalizado, ya que, a pesar de ser ingeniero de profesión, conocía el léxico médico y psiquiátrico perfectamente. 
Durante el tiempo que cursé la carrera de psicología, siempre me apasionó lo anormal, sin embargo, mis primeros acercamientos fueron fallidos porque mi intuición estaba virgen y el sexto sentido no había nacido en mí. Ahora con cincuenta, he desarrollado habilidades casi de adivina y mi intuición es una inquisidora con vida propia que recaba información de todos lados. 
No puedo negar que, después de saber que este hombre había abusado de más de cien mujeres, matado y vuelto a violar los cuerpos ya sin vida, mi lado morboso se regodeaba cuando estaba en frente de él. En las entrevistas no parpadeaba escuchando sus aventuras y lo pensaba todo el tiempo fuera de ellas, se me volvió una obsesión y creo que yo me convertí en algo parecido para él, sentía que era su más reciente fijación y lo peor es que me gustaba. 
Al inicio de los encuentros, tenía muy clara la teoría y la técnica se atravesaba en mi lenguaje corporal y verbal, luego cuando me di cuenta de que él lo identificaba totalmente y es más me parafraseaba y copiaba mis movimientos, técnica que se utiliza frecuentemente en terapia, solo me dejé llevar y todo empezó a fluir de forma más natural. 
Pasó poco tiempo fuera de las instituciones y cuando lo hizo no tuvo oportunidades con el amor, ni siquiera el de su madre, quien identificó su psicopatía desde los cinco años, cuando ahogó su cachorro porque no dejaba de ladrar. 
Todo el tiempo que pasamos juntos debí morderme la lengua para no hablar, limitarme a intervenir para preguntar de vez en cuando y darle el poder de la palabra, pude identificar que como yo este hombre tenía una gran necesidad de contar, narrar y describir con detalle cada episodio de su vida, lo que resultaba para mí y la investigación muy enriquecedor. 
Faltando tres encuentros para terminar, me dijo que yo era muy bonita y que nunca había estado con una mujer que no quisiera matar, me confesó que conmigo habría ido despacio y me «lo habría pedido» con paciencia, refiriéndose a la solicitud de que tuviéramos sexo, me repetía que no me hubiera maltratado y tal vez me hubiera hecho su mujer, se habría casado conmigo y hubiera tenido una familia normal. 
Mi cara no encontró un gesto para aprobar, despreciar o aceptar tal afirmación, mejor me dediqué a pensar en la razón de sus actos desde una perspectiva de la ciencia, crítica y racional.
Desde que empecé este proceso de investigación pienso frecuentemente en si yo sería capaz de matar, cuál sería mi móvil y a quién habría aplicado la pena de muerte, tal vez y sobre todo, porque me ha resultado lejano al estereotipo que tenía de asesino, violador y manipulador. Lo que tengo en mente es un hombre de baja estatura, sobrepeso, cara grasosa y ahuecada por el rastro que le dejó el acné, ese mismo que mira con la cara gacha solo levantando la mirada, ya cincuentón, de familia de pobres recursos, viviendo en una casa de malos olores revueltos, creo que por eso este hombre me ha llamado fuertemente la atención y es que es totalmente lo opuesto a esta imagen. 
Su familia empezó siendo de clase media, de la trabajadora y poco a poco, generación tras generación acumuló fortuna, no se puede mentir, han protagonizado escándalos de corrupción en el país, por pertenecer al cartel de la contratación en el sector de la construcción.
Era de esos adolescentes que sabía que no necesitaba de la gente y que había sido maleducado especialmente para no deberle favores a nadie y menospreciar a quienes trabajaban para él y su familia. 
Lo acostumbraron a darle todo sin tener ni siquiera necesidad de pedir, antes de terminar el bachillerato ya conducía un carro último modelo y desde antes de cumplir la mayoría de edad tenía un apartamento para que hiciera rumbas sin molestar a sus padres y hermanos. 
Lo tuvo todo y le parecía obvio que todos a su alrededor debían rendirle pleitesía, más que empleados tenía esclavos que cumplían todos sus caprichos y le ayudaban a esconder los vergonzosos hechos que cometía desde adolescente, inclusive cuando fue adulto y empezó a cometer feminicidio.
El día que mi hija mayor se graduaría de la universidad, después de haber ido al salón de belleza para adelantar el tiempo y no llegar tarde a la ceremonia, asistí a una sesión decisiva para mi trabajo de investigación, me contó acerca de su último asesinato y profundizó en algunos detalles acerca del paradero de los cuerpos, la rutina que tenía con cada violación y ejecución, el tipo de mujeres que prefería y sus edades. Su actitud no era la misma de siempre, no me miraba la cara, estuvo narrando todo de forma más fría que lo normal dirigiendo sus ojos exclusivamente a mis piernas. De un momento a otro y sin advertirlo, sacó su miembro y comenzó a tocarlo mientras su rostro palidecía y se transformaba. Sentí el peor miedo de mi vida, miraba por encima de su hombro tratando de encontrar el guarda que estaba por lo general en la puerta de la sala de visitas en la que nos habíamos reunido, pero al parecer no estaba allí, no podía verlo y este hombre se transformaba más rápido en el peor monstruo de cualquier escena de terror.
–Estás asustadita, tranquila, no te vas a dar ni cuenta de lo que te pase, relájate que así sufres menos y a mí me gusta más, ¿cómo es que te gusta? A mí me gustas tú.
–Raúl, me está asustando, ¿qué le pasa hoy?, está muy raro, no quiero gritar por favor deténgase.
–Grita que así me gustan, gritonas, cuando te pienso teniendo sexo te imagino agresiva y loca, como una potra salvaje, ¿cierto? ¿Así eres?
–No le he dado señales para nada de esto, tenemos una relación profesional, por favor deténgase.
–Claro que me diste señales todo el tiempo o explícame ¿por qué hoy viniste mostrando piernas, peinada, arreglada con esa boca roja que busca fijar mis ojos ahí, acepta que querías que imaginara lo que hay debajo de esa falda.
Todo el tiempo hablaba casi susurrando, siendo suave como si me estuviera acariciando con la voz, pero parecía otra persona. El lugar en el que nos encontrábamos no era una simple celda, era una sala de visitas con cámaras de seguridad, al principio él estaba atado a la mesa con las esposas, luego cuando empecé a sentir que no era una amenaza pedí que se le quitara esta restricción. En ese momento no dejaba de pensar en el error que había cometido y que definitivamente no era nadie especial, solo un asesino con muy buenos contactos con quienes había planeado que nadie iba a intervenir mientras me atacaba.
—No se lo permito, ¡guaaaarda! —grité mientras se me abalanzaba.
—Tengo muchos contactos en la cárcel, aquí me voy a morir, no hay nada que agrave más mi situación, en este país no hay pena de muerte y nos les importa una más.
Me tapaba con fuerza la boca, cuando hablaba apretaba los dientes y su saliva espesa me salpicaba la cara. Su miembro seguía erecto afuera de su pantalón, con la otra mano me intentaba subir la falda, le mordí la mano y me cogió más fuerte contra el escritorio mientras me mordía la oreja hasta arrancarme un pedazo, no sentía dolor, pero sí el olor a sangre que se mezclaba con su mal aliento, loción y cigarrillo.
Le mordí la boca y logré que se apartara unos segundos y yo corrí a la puerta, me alcanzó y golpeó fuerte contra la pared, quedé algo mareada pero no perdí el conocimiento, cuando lo notó me levantó la falda tomándome por la cintura y desde atrás me intentó penetrar aún con mi ropa interior puesta, le di una patada en los testículos y mientras se retorcía en el piso unos segundos yo trataba de huir pegada a la pared y gritaba auxilio, pero nadie me ayudaba, se me abalanzó de nuevo y me clavó un cuchillo hecho con el mango de un cepillo de dientes. Solo lo hizo una vez porque cuando pude le enterré un lápiz muy afilado en el ojo y al caer hacia atrás tomé el cuchillo que dejó caer y le corté la garganta, seguí apuñalándolo en la cara, los hombros, el tórax, hasta que no se movía más. La sangre empezó a derramarse en el lugar y fue entonces cuando los guardas aparecieron.
No sabemos de lo que somos capaces hasta que nos vemos enfrentados a situaciones que nos acorralan y nos dejan sin salida. Hasta que no logramos vivir una situación extrema no alcanzamos a dimensionar la respuesta que tendremos. Yo, por ejemplo, ese día lo tuve que matar.

martes, 22 de octubre de 2019

Frío en la oscuridad


Rosita Herrera

«¿Sabes, Sonia, que el alma se ahoga en las habitaciones bajas y estrechas?». Le hacían mucho sentido estas líneas, pertenecían al gran Dostoievski y acababa de repasarlas en el viaje de retorno a su hogar que realizaba periódicamente, pero a distintas horas, de acuerdo con sus turnos de trabajo. Le había tocado una difícil jornada, interminables procedimientos y exámenes en el pabellón de oncología. Gracias a Dios, la habían destinado a la sección de adultos, se encontraba muy vulnerable y no hubiera tolerado a un niño sufriente. De cualquier modo, ya había terminado y colgaría su delantal blanco por varias horas antes de la próxima jornada. Su mirada inquieta se escondía tras unos ojos cansados y su menuda figura se encontraba entumecida por el abrupto descenso de temperatura invernal que ocurría al llegar el ocaso en aquella sureña ciudad ubicada en los límites de la Araucanía. Desde lejos, Camila se veía como un delicado bulto sumido en un frío asiento de ómnibus. Su liviandad hacía que su cuerpo saltara con cada escollo del camino. Debido al movimiento continuo del vehículo, restablecer su posición en la butaca con el apoyo de todo implemento que tuviera a su disposición, no era tarea fácil, el cansancio y las largas travesías la estaban empujando a invertir en un automóvil, idea que no la hacía muy feliz, ya que sabía lo caro de su mantenimiento y el poco tiempo que tenía para sus periódicas revisiones.
Estaba por llegar a su destino y ya casi acababa el capítulo quinto de Crimen y castigo. Se quedó estupefacta al reconocerse en la emoción de terror que emanaba de aquella proposición que emitía el narrador sobre las habitaciones bajas y estrechas, su mente ipso facto la conectaba con el hospital donde trabajaba, el que tenía recónditos pasajes que de noche se mostraban siniestros y escabrosos a la mirada de cualquier visitante. Aquellas angosturas la hacían temblar y una extenuante angustia la embargaba secándole la boca y oprimiendo su pecho. Desde que tuvo consciencia le ocurría al estar en habitaciones pequeñas, sin o muy escasas entradas de luz. Los edificios abandonados que quedaban a disposición de indigentes y delincuentes le causaban una sensación de asco y resquemor. Si dejaba escapar su imaginación, corría el riesgo de que su mente atrajera un sinnúmero de turbaciones que terminarían por deprimirla, así que optaba por bloquearla y retornar a sí misma.
Al bajar del autobús un viento helado la activó de la modorra de un viaje de aproximadamente dos horas. La ansiedad de llegar a su casa se exacerbaba a medida que avanzaba, pues requería terminar un artículo que publicaría en la revista de medicina de la universidad donde había realizado sus estudios y especialización oncológica. Sin proponérselo, había seguido los pasos de su madre y se planteó culminar el proyecto que ella había comenzado, por lo tanto, la investigación era su ocupación principal cuando no estaba en su lugar de trabajo. Las calles por las que transitaba estaban vacías y al parecer un corte de electricidad había afectado al sector ya que las luminarias, salvo una que otra, estaban apagadas. En momentos así la recordaba y, de una forma casi telepática, sincronizaba con su espíritu y lograba calmarse, pero esta vez no lo conseguía, algo la perturbaba y la estaba paralizando. Ella había muerto cuando Camila tenía cinco años. Era estudiante de medicina y realizaba su internado en un pueblo alrededor de Chillán. Mantenía una relación amorosa con un estudiante de kinesiología quien participaba activamente en el movimiento de izquierda revolucionaria de la Universidad de Concepción. Sus ideales políticos iban más allá de los personales y se había convertido en un líder por su claridad abismante al momento de hablar y de actuar en pro de los derechos humanos de los más desposeídos. Esto había enamorado a Constanza, quien, pese a la prohibición de sus padres, mantenía una cercana relación de amor y solidaridad cuando las cosas se ponían difíciles y había que ayudar a los compañeros que sufrían maltratos de parte de los uniformados o civiles encubiertos.
Camila ya vislumbraba su acogedora morada, cuando siente una gran presencia que bruscamente la abraza por la espalda y la sume en un profundo sueño luego de poner un pañuelo en sus fosas nasales.
Al cabo de unas horas en que fue transportada a un pueblo aledaño a la ciudad de Temuco, despierta amordazada, amarrada de pies y manos, en un cuarto oscuro de una casa, al parecer, abandonada. Miró a su alrededor y solo había una silla de rústica madera y cáñamo ya destruido en el asiento que se encontraba en un rincón de la habitación dada vuelta hacia la pared, como si alguien hubiera estado meditando u orando sentado en ella. Una débil luz bailaba de un techo bajo y asfixiante y una pequeña ventana llena de tierra daba a otra habitación oscura y abandonada, sin rastro de humanidad.
Constanza era una joven resuelta y bellísima. Su espíritu altruista y agudeza mental la habían convertido en una de las estudiantes más prometedoras de su generación, era partícipe de una organización de investigación mundial contra el cáncer debido a que uno de sus proyectos había sido seleccionado para ser perfeccionado y llevado a la práctica con el patrocinio de uno de los científicos más connotados a nivel mundial, John Stuart, inmunólogo de la Universidad de Harvard. Al volver a Chile, después de casi dos años, estaba feliz de retomar el contacto directo con Benjamín y de poder ayudar a sus compatriotas, no obstante, se encontró con un país sumido en un silencio agónico, muy distinto al que había dejado, lleno de promesas e ideales por cumplir. Se dio cuenta de que todos sus conocimientos deberían esperar ya que podrían ser utilizados en contra de aquellos que daban su vida por la libertad de expresión y de pensamiento en un momento en que su patria intentaba establecerse, aun así, en forma siniestra y oculta, se estaban cometiendo atropellos y crímenes en contra de aquellos que apoyaban a este nuevo Gobierno. Chile había logrado llevar a la Moneda a un presidente socialista democrático que lucharía por establecer un sistema justo donde todos salieran favorecidos política, económica y socialmente. La clase alta, muy privilegiada hasta entonces, tenor que era costumbre en esta parte del mundo, se veía amenazada, por lo que llegaría a extremos inimaginables con tal de no perder sus posesiones y la posibilidad de seguir lucrando en un país donde la clase obrera estaba a su servicio. Estados Unidos no toleraba debilitar su señorío económico y utilizaba todo tipo de estrategias para desestabilizar a la nación y obstruir el trabajo y desempeño del actual gobierno y… sobre todo, estaba preparando a las Fuerzas Armadas de Chile para un imperioso golpe de Estado, de lo contrario, este país se les iría de las manos y con ello todo un patrimonio de riqueza y prosperidad. El presidente, ignorante de estos acontecimientos y confiando ciegamente en «su gente», no se percataba de todo el complot político que se fraguaba, tampoco del desaparecimiento y muerte de personas inocentes que ocurría a diestra y siniestra.
Transcurría el año mil novecientos setenta y tres y los militares adquirían una presencia continua y espesa a lo largo de todo el país. Los jóvenes trazaban diferentes estrategias para ayudar a sus compañeros y gente oprimida y fustigada por las fuerzas armadas que no daban tregua al menor indicio de revolución popular. Muchas veces se habían infiltrado en las asambleas para secuestrar a los líderes de estas y dejarlos, después de golpearlos y torturarlos, abandonados en sectores rurales que de no ser por la buena voluntad de campesinos que llamaban a sus familiares y amigos, hubieran perecido sin pena ni gloria.
 En el extranjero, Constanza, había contactado a dirigentes políticos de todas partes del mundo que estaban dispuestos a cooperar con el partido en el caso de que pudieran necesitar asilo. Las dificultades que como Gobierno estaba teniendo Chile para emprender sus proyectos y objetivos ya formaban parte del noticiero internacional. Había desorden, escasez en todo tipo de ámbitos, muerte, atentados, miedo, destrucción, inestabilidad, desamparo… sin duda alguna, la «campaña del terror» impuesta por el presidente Nixon, la clase alta y las fuerzas armadas de este país, estaba funcionando.
Constanza y Benjamín después de cada jornada se reunían, aunque fuera solo para comentar el día, pasaban sumidos en el hospital ayudando a la gente más necesitada de la región, no obstante, su amor era infalible y siempre había un espacio y un lugar para reconocerse en los brazos y sentimientos del otro. Una de aquellas noches, ella le manifiesta una inquietud:
⸺Anoche un auto me siguió y quedó estacionado frente a la casa de mis padres. En la mañana cuando me vine a la facultad, él disimuladamente fue detrás de mí, luego le perdí la pista al entrar al edificio. Temo que pase lo mismo hoy, Benjamín.
⸺Mi amor, debemos ser cuidadosos. No quiero que sigas ayudando, quizá sería mejor que te fueras por un tiempo y congeles tus estudios. Están ocurriendo situaciones que no habíamos previsto y que son la consecuencia directa del gran logro obtenido por el pueblo al haber elegido a un presidente socialista que sí trabaja por los pobres. Debes irte y asumir el rol de exiliada política, no quiero volver a pedírtelo ⸺al decirlo la abraza y besa en la frente.
⸺Y… ¿abandonarte?, ¿abandonarlos? Eso nunca, prefiero morir quemada en un catre eléctrico a dejarte…, ¿no te das cuenta? Nunca más te volvería a ver. Mi existencia no tendría ningún sentido, para qué salvarme si pierdo a mi compañero en las peores circunstancias. ⸺Se arrimó a Benjamín y estalló en llanto.
⸺¿Estás bien? Te he notado muy sensible estos días.
⸺No sé, casi no tengo hambre y los olores me molestan. Me es difícil cumplir mi tarea en el hospital, llegan pacientes que han estado días incubando parásitos en sus heridas, y he tenido que atenderlos al borde del desmayo. Los recintos no dan abasto, no hay medicamentos ni personal. Se deben hacer turnos continuos sin tener descanso y… no me he sentido bien. Tengo la sospecha de que…
⸺¿Estás segura? ⸺lo dice estrechándola aún más fuerte.
⸺Algo de medicina sé, mi amor.
⸺Sí, perdóname. No todo es revolución, este acontecimiento me saca de contexto, no lo esperaba. Con mayor razón lucharé por nuestra libertad, si no logro sobrevivir, ella sabrá que hay esperanza y que algo tuvimos que ver en eso…
⸺¿Ella?... ¿por qué estás tan seguro?
⸺Porque es imposible que no dejes tu dulzura y belleza en este mundo, mi amor, por eso.
⸺¡Claro! La inteligencia la heredará de ti…
⸺¡Por supuesto!... que… la heredará de los dos…, ¡pequeña vanidosa!
⸺Creo que ya debo irme, mi padre estará preocupado…
⸺Claro, sobre todo si sospecha que estás conmigo.
⸺No te enojes con él, ya es viejo y sus ideales políticos nadie los cambiará. Hay mucha gente en este país que vive engañada, no se dan cuenta de que Chile está siendo manipulado por EE.UU. y si llegan a liderar a través de un gobierno de extrema derecha, perderemos todos nuestros bienes nacionales y viviremos en una dictadura eterna donde el hombre será esclavo del capitalismo que favorece solo a los ricos. Presiento que nuestro sueño será abortado y que no queda mucho tiempo para defender la democracia ganada en forma legítima, creo que deberíamos armarnos, pero el partido y Allende quieren arreglarlo todo «por las buenas» no se dan cuenta de que ya la situación se hace insostenible y que no es algo «de acuerdos» lo que los poderosos quieren, lo que buscan es destituir al presidente y si es posible matarlo… lo harán…
⸺ Sí, lo tengo claro, desde afuera es mucho más fácil darse cuenta de lo que está ocurriendo desde que asumió el candidato que el pueblo anhelaba. Ahora les están haciendo creer que fue un error y los atemorizan de una forma escalofriante. Es difícil que una gran mayoría entienda lo que nos conviene como país, no indagan, les creen a los medios de comunicación, hay una enorme alienación que crea pánico en la población a través de mentiras y manipulaciones políticas. ⸺Tras decir esto, Benjamín, saca un cigarrillo, el que prende con gran ansia.
En efecto, el mismo automóvil que siguió a Constanza la noche anterior, era el que la esperaba ahora a unas cuadras de la morada de su compañero. No se distinguía quién estaba al volante, solo una silueta alargada, con unos lentes oscuros y un pasamontaña.
Los jóvenes salieron con discreción, al ver el automóvil estacionado, se paralizaron. Benjamín tiró del brazo de ella para despabilarla y corrieron al lugar donde él había aparcado su escarabajo azul. Al llegar, dos hombres de contextura gruesa y de mediana edad, los estaban esperando ocultos a un costado del vehículo. Emergieron de su escondite y apresaron a la pareja sin darles tiempo de correr. Amordazados y amarrados de pies y manos, los depositaron en un furgón que no tardó en llegar.
Constanza despierta en la madrugada cubierta solo por una manta que estaba húmeda y hedía a orina, no había luz natural, solo bombillas que alumbraban de forma entrecortada los siniestros calabozos que contaban con un catre y sobre él una colchoneta que se alcanzaba a ver desgastada, sucia y con manchas de todo tipo, pero las que la aterrorizaron fueron unas rojas oscuras y abundantes que al tacto se sentían como cartón adherido. Sin duda, las personas que pasaron por ahí no salieron vivas.
Posó su mirada en una rectangular y pequeña ventana asegurada por barrotes oxidados que se encontraba en la parte superior de una de las paredes que colindaba con un patio, y muy serena comenzó a proferir:
«Benjamín, ¿dónde estás? Saldremos de esta, así como hemos salido de tantas… Me atemoriza este lugar, es como si toda la maldad del mundo habitara aquí. Sé que todavía no ha pasado gran cosa, que lo peor está por llegar, si tuviera que morir ahora y no volver a sentir la brisa del mar, el vuelo de un pájaro, la lluvia junto al viento apurar mi paso, la emoción de bajar de un avión y saber que me estás esperando para abrazarme, me daría lo mismo puesto que en estos momentos de angustia, dolor y oscuridad, me refugio en ellos, en mis recuerdos y construyo un bastión a todo este infierno».
Quedando sumida en sus cavilaciones por un largo rato, comenzó a llorar, sus acongojados sollozos dieron paso a un dulce sueño, Benjamín aparece rodeado de una maravillosa luz, la abraza y besa en la boca. La extraordinaria sensación se desvanece con el crujir de la puerta del calabozo y un militar la llama por su nombre:
⸺¡Constanza de la Fuente! Venga conmigo, por favor. Mi superior la necesita.
Sin decir palabra, traspasa el umbral y sigue al uniformado que la lleva de un pasillo oscuro a otro con las mismas características, solo que este no se constituía por celdas aledañas, sino por oficinas que daban al lugar un aspecto de museo del terror debido a que en cada una se oían extraños sonidos metálicos, destemplados, al mismo tiempo que voces dotadas de una energía anormal y aterradora, como si los dueños de aquellas estuvieran bajo el efecto de una fuerte droga que exacerbaba la violencia y el odio contenidos en todo ser humano. Al mismo tiempo y debido a que algunas puertas estaban entreabiertas, se podían vislumbrar cuerpos desnudos de un color amoratado, huesos sobresalientes y rostros inflamados que contrastaban con sus verdugos enérgicos y arropados bajo un uniforme que ya no era un símbolo de protección, sino que de destrucción y muerte.
Al llegar a su destino se encontró con un hombre que le era familiar, quizá el mismo que la siguió antes de apresarla, alto, delgado, moreno, de mediana edad, no obstante, su rostro se veía muy cansado, con las carnes sueltas, mofletudas y sus manos agrietadas y gruesas. Se encontraba sentado detrás de un escritorio, al verla llegar levantó el rostro y le dijo:
⸺Seré breve y conciso. Necesitamos su colaboración en la producción de un arma secreta y mortal que induzca el cáncer y provoque muertes a corto plazo. Si nos asiste, se irá exiliada a la parte del mundo que usted elija y será tratada con consideración.
Constanza sabía que esto ocurriría y estaba preparada para ello, su resistencia al dolor era suficiente para aguantar un tiempo, de alguna manera, estaba segura de que la buscarían y que no estaba sola, solo era cuestión de esperar. Las mismas personas que le habían asegurado asilo político para sus compatriotas, eran las que constantemente chequeaban a todo el cuerpo de científicos expuestos a posibles secuestros y torturas para usurpar sus conocimientos y utilizarlos de forma criminal en aquellos países donde era difícil afianzar gobiernos de verdadera democracia, de todos modos, el lapsus para ser encontrada podía variar entre dos y tres meses, lo que no perturbaba su paz, ella no traicionaría a los suyos, de eso y de nada más, podía estar segura.
Camila, miraba desconsolada y angustiada todo a su alrededor, no comprendía el porqué se encontraba en tales circunstancias.
Escuchaba aterrada cualquier sonido que le pudiera dar una pista de dónde y con quién estaba: «¡Santo cielo!, ¡dame una tregua!». Sabía que cuando pronunciaba esa palabra, «tregua», algo ocurría en beneficio personal y al menos tendría tiempo para planificar una salida.
El hombre entró a la habitación donde se encontraba ella absorta en sus pensamientos, al verlo se asustó, pero no demostró turbación alguna.
Al aparecer tomó la vieja silla para sentarse y con una voz muy ronca le dijo:
⸺Tranquila, necesito tu colaboración ⸺al decirlo, bajó su mirada, luego depositó sus gruesas manos sobre sus piernas y comenzó a sobarse como si tuviera frío.
⸺No veo en qué pudiera ayudarlo, soy médico sin gran experiencia y no acostumbro a ir en contra de lo legal.
⸺Hace mucho tiempo, veinticinco años atrás para ser exacto, una doctora dijo lo mismo, dando paso a una cruel tortura, en vez de haber colaborado y así poder volar de este país.
⸺¿Le parece extraño que haya personas íntegras en este mundo?
⸺Para nada, es la forma de equilibrar el sistema. Se necesita gente como ustedes que trabajen por una buena causa, como el salvar vidas, de lo contrario, no habría espacio para equivocarse, ¿qué sería de nosotros?, ¿cómo podríamos cumplir nuestros castigos sin la asistencia de almas nobles y puras? Sobre todo, cuando las deudas de nuestros crímenes se ven cobradas en seres sin pecado alguno, cuya única falta es haber tenido un vínculo sanguíneo con la fragilidad humana ⸺dicho esto, sus ojos comenzaron a llorar.
⸺¿Qué es lo que quiere que haga? ¿Por qué me tiene aquí? ¿Cómo supo de mí?
⸺Constanza de la Fuente, tu madre, ¿no es así?
Al nombrarla, Camila comenzó a temblar. Se le vinieron mil imágenes a la cabeza, preguntas que quería hacer, pero que temía por las consecuencias que esto traería, no podía imaginarse las intenciones de aquel hombre y por lo mismo no dijo nada.
⸺De la misma forma como se lo dije a ella, te lo diré a ti: seré breve y conciso, necesito que salves la vida de mi hija. Tu madre estaba trabajando en un proyecto para preservar a la gente con cáncer. Los resultados de aquella investigación no fueron divulgados por temor a que inescrupulosos hicieran mal uso o comercializaran sus hallazgos. Ella fue un ser íntegro en toda su magnitud por lo que la ayudé a salir de ese infierno, meses después, me di cuenta de su estado de gravidez y gestioné todos sus contactos para que la encontraran, tarea difícil, debido a que estábamos en un recinto en las afueras de Chillán, completamente aislados de la civilización. Veinticinco años más tarde, me encontré con un artículo de divulgación científica escrito por ti donde mencionabas a Constanza, quedé maravillado, pues buscaba información y ayuda eficaz para mi pequeña hija a la que no le queda mucho tiempo… a menos que… hagas uso de los descubrimientos que germinaron de aquel trabajo que tú continuaste y te esmeres en mantenerla con vida un poco más.
Mientras terminaba su manifestación, sacaba un arma del bolsillo de su chaqueta y apuntando a la cabeza de la joven, la obligó a levantarse y a trasladarse a una camioneta que estaba estacionada a un costado de la casa.
Camila sabía que su madre había sufrido mucho en el poco tiempo que alcanzó a estar detenida, pero como estaban al tanto de su importancia para el mundo de la ciencia y que, por lo mismo, estaba resguardada por instituciones internacionales, le dieron su libertad con la condición de irse exiliada, por lo que dudaba de aquella versión en que los agresores se revestían de un halo de benevolencia y piedad. Con respecto a su padre, Benjamín, no hubo forma de recabar información, constituyéndose en uno más de los detenidos desaparecidos de aquel año en que la dictadura se apoderó de la nación.
⸺No entiendo cómo pretende que lo ayude. Necesito un sin número de insumos y drogas que posiblemente no estén en el país, además de un lugar propicio para tales procedimientos.
⸺No te preocupes ⸺le dice sin sacar la vista de la autopista⸺, tú pide lo que necesites, tengo gente trabajando para mí en todas partes del mundo y el dinero no es un obstáculo.
Mientras viajaban fuera de Chillán, Camila no sacaba la vista de la línea divisoria de la carretera y pensaba acerca de la conversación tenida con aquel sujeto hacía pocas horas atrás. Es verdad que, para redimir nuestros pecados, necesitamos la ayuda de almas nobles e íntegras, sin embargo, aquellas virtudes no son perpetuas en el ser humano, somos espíritus que habitan en una dinámica constante, expuestos a grandes desafíos en que muchas veces debemos elegir entre dar rienda suelta a nuestros instintos y castigar las anomalías sociales simplemente matando, o, siendo resilientes y compasivos para así ayudar al prójimo en su redención. Cualquiera fuera el resultado de dicha cavilación, había algo trascendental que no pasaría por alto: la vida le estaba sirviendo en su propia mesa al torturador de su madre y no tenía la menor intención de salvarlo, si había algo que proteger, era el respeto hacia un ser que le prodigó la vida en condiciones execrables, y, aunque su amor a la existencia humana la hiciera dudar, no quería darle a ese monstruo la oportunidad de flaquear frente al dolor de una niña al momento de conocerla. De pronto, levantó la vista y se percató de que delante de la camioneta iba un camión de carga con troncos apilados en su carrocería, una de las amarras se había desprendido y quedaba poco tiempo para que los maderos fueran poco a poco cayendo y colapsando la carretera provocando una colisión múltiple. Era su oportunidad de saltar y no ser perseguida por el siniestro personaje, abrió la puerta del vehículo en movimiento y saltó justo en el momento en que uno de los troncos caía sobre la camioneta dejando a su conductor atrapado y completamente inconsciente por el impacto.
La joven cayó en la vera del camino, azotando su cabeza con fuerza, una sonrisa emanaba de su rostro al momento de quedar tendida en la tierra, era como si su madre la hubiera estado esperando en la caída para abrazarla y besarla. Ya no tenía miedo ni a los espacios cerrados ni a los túneles, había entendido que compartió con ella uno de los dolores más intensos que puede sufrir el ser humano: la pérdida de la libertad, pero lo más importante que había logrado concebir era que todo crimen tiene su castigo y que las almas nobles lo son porque han lidiado primero con la penumbra y el frío para llegar al conocimiento de una parte de sus vidas que había estado oculta y que se negó a ser olvidada.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Reflexiones antes del final

Juan Esteban Sierra Quiceno




«21—Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres,
y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme.
22 Cuando el joven oyó esto, se fue triste, porque tenía muchas riquezas.
23 —Les aseguro —comentó Jesús a sus discípulos— que es difícil para un rico
entrar en el reino de los cielos. 24 De hecho, le resulta más fácil a un camello
pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios».


Mateo 19:21-24


Sentado sobre el cómodo colchón (sobra aclarar que las barandas se encontraban abajo) con el libro que la institución dejaba en cada cuarto, hay un viejo. El libro (era una edición de la Biblia en el papel que lleva su nombre) ya estaba cerrado, pero permanecía entre las manos del viejo que recostaba sus amarillentos ojos más allá de la portada como si pensara. Y, en verdad, estaba pensando. Cavilaba, como el lector avispado podría colegir, sobre los versículos de Mateo anotados al principio.

El viejo no era un hombre religioso, y de hecho, desde que tiene memoria se había referido a dicho libro (muy pocas veces, por lo demás) como el libro, y jamás, como el Libro, como sus antiquísmos profesores del colegio exhortaban. Así pues, abriría el libro (o el Libro) por casualidad, por aburrimiento, casi, y justo se había topado con esos aciagos versículos. Y por eso, y por su situación actual, claro, pensaba. Ayudaba también que se encontraba solo y, para qué más que la verdad, con el televisor averiado, lo que favorece cualquier estado introspectivo.

Es mejor aclarar de una buena vez que el viejo no era en exceso viejo, y si ahora lo parece (en exceso viejo, no simplemente viejo, que sí lo es y además lo aparenta desde hace unos añitos) es solo por las ojeras y el desgaste que las últimas noches de insomnio, a la espera de sus resultados, le han dejado. Espera que esta mismísima mañana por fortuna terminó, o acabo, mejor, para no herir comprensibles susceptibilidades de nuestro protagonista con la maldita palabra terminal. En todo caso, confiamos (el viejo también, por supuesto) que ya teniendo un diagnóstico, así sea uno muy grave (como en efecto lo fue), esta noche pueda conseguir un mejor sueño, porque al menos no tendrá que cargar más con la angustia de la espera, lo que no es poco.

En cualquier caso, el viejo permanecía absorto en sus reflexiones sintiendo, escasamente, el peso del libro cerrado sobre su regazo, cuando de repente pronuncia en voz baja, sea porque estaba solo o por consideración a las normas de la institución, lo siguiente: «¿Y si, en verdad, existe?». Dicha pregunta, que apenitas cortaba el silencio denso de la habitación blanquísima, tan ambigua en apariencia, no lo era en absoluto, porque la misma no estaba dirigida a ningún interlocutor (que no lo había, ya se dijo), sino que era la continuación en voz alta (aunque bajita), de su pensamiento (o sea, su voz inaudible), y que a su vez era este: «El reino de los cielos…». «¿Y cuál paraíso será el real? —Siguió con su voz interior, la inaudible—: ¿el cristiano?, ¿el musulmán?, ¿el judío?», aunque no estaba seguro de que estos últimos tuviesen algo similar a un cielo, porque, ya también se dijo, nunca prestó demasiado interés (ni siquiera poco, de hecho) a las cuestiones religiosas. Entonces decidió que de existir un paraíso, este tendría que ser el católico, apostólico y romano, sencillamente porque siempre fue una persona pragmática, y como tal, se obligaba a reconocer que: primero, era la única religión con la que tenía afiliación, al fin y al cabo estaba bautizado y, en su tiempo, comulgaba en el colegio; segundo, ya tenía ciertas nociones, aunque vagas (nunca fue religioso como sí pragmático), de los dogmas católicos; y tercero, sabía (pues su médico se lo recalcó esta mismísima mañana) que no le quedaba mucho tiempo, por lo que le resultaría difícil aprender desde cero los intrincados vericuetos de cualquier nueva creencia.

«Así que existe el cielo católico, apostólico y romano», comentó en voz alta (pero no demasiado alta, claro, lo último que quería sería contravenir las políticas de la institución que tanto empeño puso para darle un buen diagnóstico, así este no haya sido bueno en absoluto) zanjando por completo el asunto. Luego se puso a hacer un balance de su propia vida: en conclusión, caviló con fría objetividad mientras aspiraba ese perfume clorado que impregnaba cada rinconcito del cuarto, no se le podría considerar una mala persona. No: no era malo. Aunque, especialmente bueno, tampoco. Un viejo buena gente, como tantos, como todos (casi).

Quedaba entonces, eso sí, el asunto pecuniario, porque en este, él sí difería del común de los cristianos, como se dice. Porque el viejo tuvo que cargar el fardo de haber nacido rico (muy rico, mejor) en un paisito de pobres, lo que atestiguaría su declaración de renta (sin excesiva escrupulosidad, claro). Así pues, reanudó su reflexión el viejo, ¿qué podría hacer para asegurarse una entradita a ese paraíso católico? Podría, por ejemplo, dejarlo todo ahí mismo: su celular, sus documentos, su jovencísima esposa, sus millones (incluyendo aquellos que callaba su declaración), todo; no avisarle a nadie y solo abandonar el hospital con lo que tenía puesto (es un decir, obvio primero se cambiaría la bata de la institución por alguna de las mudas que tenía en el ropero de la habitación) para vagar por el mundo como un asceta. ¿Por qué no? Aún le quedaban fuerzas. Todavía el cáncer no lo tenía postrado. No era demasiado tarde para aprender uno o dos malabarismos sencillos y vivir de las limosnas que los conductores buenamente repartían en los semáforos…, pero no, la verdad, es que no haría nada de eso, no tenía coordinación y se sabía demasiado acostumbrado a los pequeños (y no tan pequeños) lujos de la vida, para terminar (acabar, mejor) como un jipi zarrapastroso.

También, continuó con su mente pragmática habituada a generar y desechar ideas, podría legar su patrimonio completo a alguna orden cristiana, después de todo aún no había testado, como el médico de la mañana sugiriera, y de esta manera era posible anotarse unos pocos puntos con los católicos (o muchísimos, de hecho, si se recibían por cada millón). Pero no: esto no solucionaría su problema de base de vivir su existencia entera como rico (muy rico, con mayor exactitud), ya que por definición la sucesión se haría efectiva solo después de su deceso. Además, lo anterior tampoco sonaba justo con su segunda esposa, con quien tenía el tácito acuerdo de intercambiar su bello cuerpo por una cuantiosa herencia; y menos lo sería con su propio hijo, tan inútil como habituado al despilfarro y el alc… «Kufh, kufh, kuffhh» Un largo acceso de tos lo interrumpe, mira el pañuelo blanco que tenía preparado para estos casos, pero no lo agarra. Igual…, para qué.

Así las cosas, no más ve la opción de fabricarse una aguja gigante (medios no le faltaban, por supuesto) para pasar por su ojo el camélido que ya tenía en su hacienda, era un dromedario y no un camello, pero para el caso sería lo mismo. Obviamente desecha este último plan de inmediato: era viejo (apenas), rico (muy rico, pese a su declaración fiscal de riquito), poco religioso, pero nada tonto, por lo que entendía que Jesús tan solo había utilizado una metáfora.

En ese momento, de entrar alguien al cuarto como, por ejemplo, la acongojada y joven esposa que por alguna razón no ha estado acompañando al viejo: tal vez porque este rato lo ha pasado en otro lugar de la clínica (¿tomándose un tinto en la cafetería?, ¿quejándose en la administración por la falla de la tele?); o quizás fue que salió para dirigirse al hogar común por alguna pertenencia del viejo (¿un libro —uno de esos corrientes que nadie nombra con mayúscula—?); o, por qué no, la tendría lejos una inaplazable obligación laboral (conocemos muy poco de ella para tildarla, del modo que harían los cizañeros, de simple mantenida del viejo). O podría ser, claro, una enfermera quien entrara en lugar de la esposa, sea para tomar los signos vitales, administrar medicamentos o, simplemente, para dispensar tres palabritas amables, que sus ajetreados quehaceres tampoco dan para más. En cualquier caso, si en este punto alguien traspasara la puerta blanca de la habitación individual (VIP, además), vería cómo el viejo gira con lentitud sus nalgas sobre el cómodo colchón para recostarse, arrojando sin querer (aunque sin no querer tampoco) ese libro (o Libro) de su regazo al suelo. Y luego podría observar la forma en la que el viejo menearía un poco la cabeza en la almohada (menos cómoda que el colchón), para después posar aquellos ojos cansados y amarillos sobre el televisor descompuesto, que tanto, para qué más que la verdad, favoreció el estado introspectivo que hizo posible esta historia. Y finalmente esta hipotética persona vería al viejo más viejo que nunca, porque nuestro protagonista acababa de apercibirse de que le sería vetado su ingreso al reino de los cielos, y, al igual que el rico de la Biblia, también se había puesto muy triste.

lunes, 16 de septiembre de 2019

¿Te gusta el cine, Emma?

Víctor Purizaca


Mi nombre, José Milano, era feliz a mi manera, seguía el torneo descentralizado. Alianza Lima en mi corazón. Waldir, Muchotrigo, qué grandes jugadores. Enano, verborreico, ojos marrones claros. A mis catorce años ya había probado grifa. Deseado por muchas hembritas de por mi casa y alrededores.

Mi salón era el más inquieto, no había profesor que nos aguantara. La algarabía y hazañas del tercero C del colegio Champagnat de Miraflores habían llegado a oídos del San Luis de Barranco y al San José del Callao. Dos narices rotas, la de Mañuco Ibarra, profesor de química y la de Charly Cornelio, dilecto y risueño alumno de pedagogía de la Universidad Marcelino Champagnat, que nos enseñaba religión. Accidentes al abrir la puerta en el cambio de hora. Rodrigo Peñafiel era el más prolijo en estos asuntos. Eramos los más vagos de aquel dignísimo colegio.

Juanjo Vidalón, en clase pidió la palabra. Era vísperas de las celebraciones por el Día de la Madre.

—¿Si José era esposo de María, por qué no tuvo relaciones con ella?

—Porque no era voluntad de Dios —argumenta Charly.

—Al nacer Jesús, ellos podían tener relaciones sexuales y traer más hermanitos al Niño Jesús —replicó Juanjo.

—No estaba contemplado en los planes de Dios —acotó Charly—, además, Nuestro Señor fue concebido sin pecado.

Yo solo me imaginaba a Alejandra Guzmán calata y la cara de Charly se tornaba más roja. La pregunta era una blasfemia, pero ya había pasado el Concilio Vaticano Segundo. Vidalón, a su corta edad era diestro en el arte de la intimidación progresiva, en la satánica maniobra de humillar al interlocutor gradualmente, buscando un exabrupto tal vez, combinando dudas y burlas. Cornelio no pierde la calma, es un chiquillo y ya le habían roto el tabique antes de Semana Santa.

—La verdad que eso pertenece a los dogmas de fe —fija la mirada Charly a Juanjo Vidalón.

Pedro Cieza cambia de tema preguntando cuándo iban a ir a las catacumbas de nuevo, al centro de Lima, Charly menciona que los hermanos planeaban un paseo para la primera semana de junio.

Un zambito de ojos marrones, con dientes protuberantes y gracioso, en el andar al menos, pidió permiso para el baño, era yo, ya me había agotado tanta fe acaramelada. En los pasillos ya se ve la figura de Vidalón en la puerta de Pastoral. 

—Hoy día vamos a ver a mi hembrita, su amiga Emma está preguntando por ti —me indicó Juanjo— está muy atenta, vamos al cine, muelón.

Dibujo una sonrisa con mis muelas prominentes, ya el labio se me tiembla de la emoción.

—A las dos por la Tranquera —sentencia Juanjo Vidalón.

Caisarius Carrasco era gran amigo mío desde sexto de primaria, desaprobó cinco cursos en primero de secundaria y ya era de mi promoción. Desde chico le gustaba correr tabla, Waikiki era su playa favorita. Se escapaba de clases a menudo, usaba el pelo dorado, agua oxigenada pensábamos y gritábamos en la hora de educación física. En la fiesta del Regina Pacis me había presentado a Emma, era hermosa, pelo castaño dorado, ojos negros expresivos, labios gruesos. Era un ensueño, Juanjo me dijo que ella preguntaba por mí siempre. No sabía cómo, con qué, pero sería mi hembrita, Emma y la enamorada de Juanjo estudiaban en la Reparación, colegio de mujeres frente a nuestro colegio. Pero la mayoría de sus amigas eran del Regina.

En la Tranquera, el restaurante de la Avenida Pardo, con sus deliciosas carnes y chorizos a la parrilla, con el olor impregnado en mi chompa esperé a Emma. Si alguna vez la invitaba a almorzar le encantaría la morcilla, seguro que sí.

—Tranquilo huevón —me decía Juanjo mientras la veía llegar.

Respiro de nuevo. La miro, qué cintura, qué dulzura. Griselda la enamorada de Juanjo ataja con el saludo primero.

—Hola —dice.

—Hola, mi corazón —termina con un beso Vidalón.

—Hola. —Me besa en la mejilla, casi en la comisura Emma.

Me imagino a Emma, sin calzón, sintiendo sus senos en mi pecho, sus latidos en mi pecho y mis dedos deslizándose en su vagina húmeda. Sin parpadear mucho, disimulaba tanto y conversaba de otros temas. Comenzamos a caminar al óvalo. «¿Dónde vives? ¿Al cine? ¿Cuándo?». Las preguntas corrían y yo henchido de felicidad. Me acomodaba los rulos y mostraba mis muelas con más ahínco. Suave, suave, sudaba un poco, húmedo en mi calzoncillo.

La camisa roja con rayas blancas ya me esperaba para el sábado, maravillosa chiquilla, mis colonias para fiestas eran recuerdo, tomaría la de mi viejo, en su dormitorio. El viernes acudiría al ensayo del grupo de Moya y de Fito en la casa de Caisarius. Siempre nos reuníamos a las ocho de la noche en punto.

—Préstame tu colonia, viejo.

—¿A dónde te vas? —inquiere mi padre.

—A la casa de Caisarius, al ensayo de Moya, el que solo se sabe canciones de Los Hombres G.

—No llegues tarde. —Con palmadita en el hombro.

Voy por Camino Real, contento, prendo un fallo, boto humo, y me imagino a Emma solita por el cine, riendo, oliendo la colonia de mi viejo. Soy todo un picarón. La casa de Caisarius, fachada blanca, marcos marrones, una enorme puerta de madera con adornos churriguerescos en Juan de Arona, calle no muy transitada en San Isidro. Su vieja, una diminuta rubia caderona, me hace un ademán con el índice, mirando desde la ventana de la sala, me deja entrar, en la cochera me acomodo el cuello de la camisa. Ajusto el cinturón de mi pantalón blanco OP y saco más el pecho.

—Ya vengo, voy a Wong a comprar unas cosas.

Un beso en el cachete se despide de mí doña Catalina, la madre de Carrasco. La tía sí que olía rico.

Los huevones no vienen, subo de dos en dos los escalones, escucho tras la madera de la puerta del dormitorio de Caisarius. Un gemido, dos gemidos. Era una arrecha.

—Más, más, más— con gritos estremecedores se deleitaba la hembrita.

—¡Caisarius! —con sorna y tratando de fastidiar me río.

Alguien atropella las cosas, salta Caisarius sobre el felpudo de su habitación. Trato de ver, la hembrita se acomoda la ropa, huele a lavanda.

—La cagaste huevón— Carrasco en calzoncillo.

De la cama brinca una muchacha de delgada silueta, corre con el sostén recién puesto. Mis ojos se abren enormemente. Ya no pienso en Alejandra Guzmán desnuda.

Emma dejó caer los zapatos. Malestar en el vientre y en las rodillas; ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor. Levantó los zapatos y de puntillas abandona la habitación, ya en las escaleras parte raudamente. Caisarius. Furtivamente guarda su calzoncillo en el cajón, el condón a medio usar colgaba de la lámpara celeste de la mesita de noche. Con un tremor en el párpado izquierdo no podía recordar la película que Emma y yo habíamos planeado ver el día siguiente. Encendí un cigarrillo sin pronunciar palabra alguna me senté en el borde de la cama junto con mi amigo semidesnudo y sudoroso. Mientras la mamá de Carrasco anunciaba con sus tacones en el piso de abajo que ya había terminado de comprar.