viernes, 13 de septiembre de 2019

Sueño profundo

Armando Janssen


Ella lo estaba pasando muy mal, empezó diciendo que ya no podía seguir viviendo así y que quería morir. Pero yo no le creí, si había resistido todo ese tiempo en el hospital era porque de verdad quería vivir. Pero al final Rita murió.

Me quedé siempre a su lado y la vi consumirse lentamente. En el momento de morir, intentó con desesperación respirar por última vez, tanto que murió con la boca abierta.

Por eso, me prometí a mí mismo que nunca moriría con la boca abierta. Aceptaré la muerte cuando me llegue el momento. Eso es lo que decidí. Pero también sé que eso es muy valiente asegurarlo cuando uno no está muriendo.

—¿Por qué me contás cosas tristes? —le pregunté, mientras caminábamos.

—¿Qué cosas tristes?

—Me estás hablando sobre la muerte, el tema es triste. ¿No te parece?

—Porque estoy muerta, Alberto —me dijo como si nada—, ¿te olvidaste?

En ese momento detuve la caminata y ella también. Me la quedé mirando perplejo, sin hablar. Permanecimos observándonos unos segundos y le dije con voz quebrada: 

—Ahora lo recuerdo, realmente moriste.

Agaché mi cabeza hacia el pecho, tapé mi rostro con las manos y me puse a llorar desconsoladamente. Volví a mirarla, ella estaba triste sin decir palabra, pero no lagrimeaba. Se me acercó y me dijo:

—No derramaste ni una sola lágrima en mi funeral, ¿por qué ahora? No lo entiendo. Pensé en cortar la relación contigo porque no habías llorado, pero no sé cómo se cortan las relaciones después de muerta.

Mientras me decía esto, vi que palmeaba mi espalda, podía ver el movimiento de su brazo, pero yo no la sentía, que extraña sensación.

—No quería derrumbarme —respondí más calmo—. Ni siquiera sé por qué lo hago ahora, fuiste tú la que murió y me dejaste solo aquí, entonces, ¿por qué iba a llorar?

Y me fui, pero ella me siguió.

—¿Por qué te enojás? —me preguntó. La noche está hermosa —me tomó del brazo y yo no la sentía, ¿por qué no lograba sentirla? 

Cambiando el giro de la conversación, me pregunta: 

—¿Recordás está calle?

—Sí claro —le respondí— solíamos caminar por acá, simplemente te tomaba de la mano y de inmediato me hacías sentir que todo estaba bien, así de sencillo. Recorríamos el barrio criticando su peculiar arquitectura —agregué—. Ese día tú me miraste fijo al verme pasar y yo me acerqué y conversamos, nunca más nos separamos, lo recuerdo como si fuera hoy. Así nos conocimos, estabas preciosa esa noche y ahora también lo estás, tenías un perfume delicioso, ahora no te puedo oler. Es increíble que pueda identificar aromas en mis sueños. 

—¿Recién ahora te das cuenta de que estás en un sueño?

—Entonces, ¿no eres real?

—Soy real. Bueno, no estoy viva, así que tal vez no lo sea. Estoy triste, puedo sentir cómo estoy desapareciendo de tu vida. Es como si me esfumara. No sé dónde estoy ahora, pero tenía que volver a verte, antes de desaparecer por completo. Así que usé tu sueño.

—Entonces ¿así se siente ver a un muerto en tus sueños?

—No lo sé, no hace tanto tiempo que estoy muerta. Dicen que cuando despiertas, casi no te acuerdas de los sueños. 

—¿Y para qué es este encuentro, si no recordaré nada? Y tú ya estás muerta…

—No es importante recordarlo. Lo importante es haber estado juntos otra vez.

 Observé cómo se paró en puntas de pie, agarrando mis mejillas con sus manos y me besó. Logré recordar la calidez de sus manos y la ternura de sus besos, pero sin sentirla, igualmente me encantó.

—Otra vez me siento triste, ¿a qué viniste?

—No te pongas triste, te despertarás y tendré que irme. He venido a pedirte que dejes de considerar el suicidio, sé que lo has estado pensando…

—Es cierto, lo consideré, es más, lo intenté. Pero no pude sostener la mirada de tu gata, reclamando tu presencia y su ración, con sus insistentes y característicos maullidos rasguñando el sillón. Abandonarla era como abandonarte a ti, así que tranquila, mientras tu gata viva no me voy a suicidar.

—Quiero que te busques una buena mujer que te acompañe, que camine junto a ti sin que se le desaten los cordones y no se canse tanto, para viajar o disfrutar juntos de un buen cine europeo todas las semanas, compartiendo después la gastronomía acorde a un buen vino y discutiendo la película…

—Que te quede bien claro que nunca podría volver a hacerlo con otra mujer, todo eso, más hacer el amor, para después dormir y despertar contigo, es lo mejor que me ha pasado en la vida. No me pidas eso. Me estás haciendo llorar nuevamente. ¿Por qué me dejaste solo?

—No lo decidí yo —¿recuerdas? Fue el puto cáncer.

—Caminemos por el barrio —le dije. 

Una vez más me llamó la atención no sentirla al tomarle la mano, añoré lo que ese simple acto me hacía sentir. Siempre que caminábamos tomaba su mano, encastraban como machimbre y eso me transmitía una tranquilidad inmediata. Nos soltábamos solo cuando llegábamos a destino o cuando discutíamos. Me sentí muy extraño, miraba nuestras manos entrelazadas, se había perdido el tacto. 

Continuamos recorriendo varias calles en completo silencio, de pronto, me dijo:

—Tengo que pedirte algo más, yo solo la miré. Tienes que continuar yendo al Hogar por mí, sabés bien que las chicas te necesitan y se alegran cada vez que vamos a sus cumpleaños, o nos llevamos alguna a pasear para sacarlas de su realidad, tomar la leche en casa y así darles un respiro de felicidad en su tortuosa vida. Es una gran obra. ¿Me lo prometes? 

Volví a mirarla, asintiendo.

Continuando nuestra caminata en silencio, de pronto para y me dice: 

—Entremos, ¿recordás lo que comíamos en este lugar?  

—Por supuesto —respondí— como olvidarlo —agregué, mientras nos sentábamos.

—¿Y qué solíamos comer?

—La sugerencia del chef de los viernes: la entrada de doce piezas de un sushi delicioso con dos copas de vino tannat bodega Garzón. Compartíamos después otro plato, una agua sin gas y regresábamos caminando de la mano a casa. Solos tú y yo, no necesitaba nada más…

Nunca más regresé a este lugar, no podría hacerlo sin ti —agregué.

—Pero ahora estás conmigo. Pidamos eso —me dijo, mientras volvíamos a tomarnos de las manos, lograba ver la acción sin sentirla, era como un holograma. 

—Hoy es lunes —le respondo. Está cerrado.

—¿Seguro ese es el motivo de que estamos solos acá?

—No creo, más bien debe ser porque es mi sueño y tú te metiste en él. Daría todo lo que tengo y mi propia vida, por detener este preciso momento y así permanecer juntos para siempre.

—¿Sabés si al morir tenía la boca abierta?

—Sí, la tenías, ¿por qué?

—Porque recuerdo que intentaba cerrarla con todas mis fuerzas. No podía respirar por la nariz, por la sangre acumulada.

—Y en qué te cambia saber eso, sí ya moriste.

—No sé, me preocupaba morir así.

—¿Aún muerta te preocupan las cosas?

—Supongo que sí, no sé adónde voy ni qué pasará conmigo. Aun estando muerta, sigo sintiendo todo el tiempo que desaparezco. Esa sensación de desaparecer, me mata.

Los sueños y la muerte, no conducen a nada y caen en el olvido, terminó sentenciando.

Pero ahora estamos aquí, juntos.

Mientras me hablaba, noté por primera vez que la gente a nuestro alrededor, no se movía. Habían quedado como estatuas, inertes, empeñados en conservar sus últimos gestos.

—¿No te intriga saber por qué morí?

—¿Para qué? Dijiste que no recordaría nada al despertar.

—Bueno, entonces…

—¿Por qué moriste?

—No sé si lo vas a entender —me dijo, yo me acabo de enterar y ni yo misma lo entiendo.

—Pero, ¿qué te pasó?, ¿por qué no te voy a entender?

—Me informaron que morí porque estaba ya pactado —yo la miraba perplejo y no atiné a abrir la boca—. Esta fue mi segunda vida y para obtenerla, tuve que pactar la fecha y la forma en que volvería a morir. Eso me dijeron, pero yo no recuerdo nada.

—No entiendo, ¿qué decís?, ¿cómo que pactaste la fecha y forma de morir?, ¿es tu segunda vida?, ¿hay otras vidas?

—Sí, no sabés, me enteré hoy y por eso vine a prevenirte. Recién morí y no tengo idea de nada, tampoco sé si me darán otra vida, o si me la dan, si podré visitarte en futuros sueños, ¿te das cuenta de la importancia?

—¿Viniste a prevenirme de qué?, ¿sabés cuándo y de qué forma voy a morir?, ¿hay otras vidas, sí o no?, ¿quién o quiénes deciden si te dan otra vida? No me jodas.

No, tranquilo, no tengo ni idea y no te jodo. Eso es algo que se entera cada uno al morir. A mí me informaron solo eso y acá estoy, sin saber qué hacer o no hacer. Y sí, hay otras vidas, eso es lo único que te puedo asegurar.

—¿Tranquilo, me decís? Me estás informando por qué moriste y que hay otras vidas ¿y querés que esté tranquilo?, ¿te voy a seguir viendo en mis sueños?, ¿una vez muerto, te ves con la gente más querida?, ¿te encontraste con alguien? Carajo, explícame bien…

—Pará, ¿qué tanta pregunta? Te dije que no tengo idea de nada, morí hace muy poco, me informaron recién hoy de todo esto y solo me permitieron entrar en tu sueño, no tengo más para informarte… Pero ¿qué hacés?, ¿qué anotás?

—Transcribiendo lo que estás contando, seguro que cuando despierte me habré olvidado de todo.

Este tema es la gran incógnita de la humanidad, ¿no te das cuenta? Tenemos la primicia de una noticia que conmoverá y cambiará al mundo. Contame más…

—Pero mirá que sos boludo eh… ¿no te das cuenta que todo esto es irreal? Ahora, por tu culpa, debo salirme de tu sueño… 

Desperté con un terrible dolor de cabeza, necesitaba una aspirina y un café, ya. Antes de levantarme, miré al otro lado de la cama y estaba Rita. Descansaba profundamente.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

El romano

Javier Oyarzun


Ya sé lo que nos espera afuera, el ruido ensordecedor de la multitud se cuela entre las paredes como un anuncio de nuestro final. No tengo miedo, pero estoy cansado. Sentado en la arena solo aguardo que vengan a buscarnos. Los rezos de nuestros hermanos me tranquilizan, debo ser fuerte.

La tenue luz que entra a la celda me permite ver mis enrojecidas muñecas, que no dejan de dolerme debido al daño causado por los grilletes. El olor a orín y excremento se impregna en mis fosas nasales. El sollozo de una niña pequeña ahogado por el abrazo consolador de su madre me desgarra el alma.

El tintineo de las llaves y el posterior chasquido de la cerradura me alertan de que ya vienen por nosotros. La gente se alborota, algunos lloran y otros rezan. El ruido de las sandalias en el piso y el polvo que levantan se aproximan hasta acá. 

Una docena de guardias armados nos quitan los grilletes y nos obligan a pararnos y avanzar por un corredor que va iluminándose a cada paso. Una canción de alabanza a nuestro señor sale de la boca de uno de nuestros hermanos, y su voz se convierte en un coro a los pocos segundos.

Cuando llegamos al final del túnel una pesada puerta de barrotes de hierro se levanta y somos empujados a un espacio abierto, nos reciben con insultos y vegetales en descomposición lanzados desde las gradas atiborradas de gente. Me quedé esperando a los más lentos a la salida del túnel, un soldado vestido a la usanza de un legionario me empuja y escupe, tratándome de traidor.

El sol abrasador golpea mi cara, como aquel día en la lejana Armenia, nuestros escudos levantados en formación de tortuga resistían las embestidas de los jinetes en  camellos del ejército parto. A la orden de nuestro líder, coordinados, atacábamos con nuestras lanzas arrojadizas, causándoles muy poco daño, para volver a agruparnos y defendernos.

El cansancio mellaba nuestras fuerzas, el escudo se hacía cada vez más pesado, empezaba a perder las esperanzas, cuando la caballería llegó en nuestra ayuda. Las tropas del enemigo retrocedieron, y al final de la jornada la victoria era nuestra.

Esa noche tuvimos doble ración y se nos permitió beber vino para celebrar, reímos de buena gana, recordamos a los caídos, y cada uno de nosotros confesó qué pretendía hacer cuando regresáramos a Roma. Tiempo después supimos que nuestra victoria permitió la firma de un tratado de paz entre Roma y Partia. 

El camino de regreso fue largo. Lo primero que hice al volver fue gastar parte de mi paga en una crespa y voluptuosa mujer del mejor burdel de la ciudad. Para terminar emborrachándome con mis compañeros de armas en un tugurio de mala muerte.

Anduve un tiempo de ocioso, pero los denarios se fueron acabando, no sabía hacer nada más que ser militar, por lo que me empleé como cobrador de uno de los tantos prestamistas de la capital. Casi nunca llegué a ocupar la violencia con alguien, nuestra sola presencia, y la destrucción de alguna que otra tienda de un desafortunado deudor, nos hicieron la fama suficiente para realizar de muy buena forma el trabajo.

En una de esas andanzas llegué a una tienda de telas de un tal Amancio que tenía una deuda con mi jefe. Al acercarme vi a la mujer más hermosa del mundo que atendía en el lugar. Me quedé atontado mirándola tanto tiempo que la hice sentir incómoda, provocando que sus blancas mellizas enrojecieran de rubor.

Me hizo pasar a la tienda para esperar ahí a su padre, que era el deudor que yo buscaba. Salió de la sala donde me encontraba moviendo una cortina. Pasaron varios minutos y no venía nadie, me empecé a poner nervioso. Escuché un sollozo proveniente de la habitación contigua, la curiosidad me hizo acercarme y notar que la chica lloraba desconsoladamente.

―¿Qué te pasa? ―pregunté.

―Nada.

―¿Cómo nada?, debías traer a Amancio y estás acá llorando.

―¿Vas a matarlo?

―¿Por qué habría de matarlo?, solo vengo a cobrar lo que debe.

―No tenemos dinero para pagarte ―respondió con la voz entrecortada y mirándome con los ojos llorosos.

―Olvídate de la deuda  ―aseguré―, la pagaré yo.

La chica se abalanzó sobre mí, y me abrazó fuerte, poniendo su cara sobre mi pecho, donde siguió llorando un momento. Me dio las gracias muchas veces, tomó mi mano derecha con las suyas y la besó un par de oportunidades. Me retire del lugar sintiéndome un imbécil, acababa de regalar gran parte de mis ahorros a personas que no conocía.

Después del encuentro mi vida transcurrió sin grandes sobresaltos, cobrar, amenazar y llenar los bolsillos de mi jefe, se convirtieron en una rutina. Paseaba por la calles de Roma cumpliendo mis deberes como cualquier día y casi sin pensarlo me traslade al negocio de Amancio, parapetado a unos metros me quede observando, como un mozalbete, a la linda mujer que hace unas semanas lloró en mi pecho.

La rutina siguió su curso, trabajar e ir a mirar a la bella muchacha, no podía sacarla de mi mente, pero, no me atrevía a hablar con ella, no por el temor al rechazo, sino, porque temía asustarla. Un día cuando la observaba a escondidas, un hombre que se había acercado a la tienda, la gritaba infiriéndole todo tipo de insultos. Corrí al lugar para increparlo, este, sorprendido por mi súbita llegada, se alejó de inmediato sin hacer más problemas.

Su mirada profunda y un casi imperceptible «gracias», terminaron por derrumbar todos mis temores, y aquella muchacha se quedó impregnada a mi alma. No podía hacer otra cosa que pensar en ella. Todos los días después del trabajo, pasaba a visitarla. Traté de conquistarla, le llevé regalos, pero siempre se resistía a que lo nuestro se convirtiera en un romance.

Después de un par de meses aburrido de la situación decidí confrontarla:

―¿Por qué me rechazas?

―No lo hago.

―Quiero ser tu esposo.

―No puedes.

―¿Por qué? ―insistí.

―Somos diferentes.

―¿Me quieres?

―Sí.

―Entonces, ¿por qué? ―pregunté nuevamente elevando el tono de mi voz.

―Soy cristiana ―respondió con voz entrecortada.

―Lo solucionaremos ―le dije, abrazándola lo más fuerte que pude.

Renuncié al trabajo, no podía seguir en una labor que ofendiera a sus creencias, desde ese momento los ayude en la tienda. Su padre me introdujo en el nuevo culto, nos casamos en una vieja catacumba, escondidos de posibles curiosos o delatores. Es así como un antiguo guerrero se transformó en un pacífico comerciante y fiel marido.

Fue un tiempo maravilloso que vivimos juntos, pero como todo sueño bonito que uno quiere continuar cuando despierta, se acabó, una maldita fiebre terminó con su vida. Renegué del nuevo Dios. Aquel que prometía bondad a sus fieles era igual de cruel que los dioses romanos. Volví a beber y buscar pleitos, vague por las calles de Roma sin rumbo, dormía donde me pillara la noche.

Dejándome morir en un callejón oscuro, con el cuerpo empapado por la lluvia y temblando de frío, se me acercaron dos hombres, que en un principio no reconocí. Me levantaron y cargaron pasando mis brazos sobres sus hombros. No opuse resistencia, estaba demasiado borracho. Desperté en una habitación que distinguí como propia, tres hombres me miraban de pie con atención, dos de ellos fueron los que me cargaron, el tercero era mi suegro.

No pude evitar llorar, sentí mucha vergüenza ante la figura de ese viejo que permanecía de pie estoico frente a mí. Me levante para acercarme a él, al llegar a su lado me arrodille y lo abracé cruzando mis brazos a su cintura, y con la cabeza gacha para demostrar mi arrepentimiento.

―Perdón, padre ―le dije con voz trémula.

―No hay nada que perdonar. Levántate, hijo mío.

Vivir en comunidad dio un nuevo sentido a mi vida, ayudé a Amancio con la tienda, participé de los ritos cristianos, si bien, el dolor se fue aplacando en mi alma, nunca deje de pensar en mi esposa, cada celebración o fecha especial me traía su recuerdo.

Todo continuo apacible hasta aquel día que compartíamos un rito y fuimos capturados por una cuadrilla del ejército romano. Avancé hasta el capitán y le exigí que me expusiera el porqué de la aprensión, recibí como respuesta un golpe que me botó al suelo.

Mi suegro guío al grupo hasta el centro del coliseo, donde formaron un círculo y comenzaron a rezar. Yo no pensaba rendirme tan fácil, si salía algún gladiador trataría de quitarle su arma y defender a mis hermanos, había sido un soldado y estaba preparado para luchar.

Se abrieron todas las puertas y los vítores de los espectadores se confundieron con el rugido de las bestias que eran azuzadas por sus cuidadores. Mis hermanos se arrodillaron y comenzaron a cantar alabanzas a nuestro Señor. En ese momento me di cuenta que no podía hacer nada. Me hinqué y esperé el desenlace. El público se quedó en silencio al observar como este grupo de hombres y mujeres, viejos y niños aceptaban su muerte.

Una bestia se abalanzo sobre mí. Mis últimos pensamientos fueron para ella: «Amor espérame, ya voy al encuentro de nuestro Señor, para estar contigo eternamente». 

viernes, 6 de septiembre de 2019

Secretos de sangre

Constanza Aimola


Confesar libera, hablar desahoga un espíritu pecador. Contar algo que nos asfixia podría salvarnos aunque esto suponga acabar con la vida perfecta que con mentiras alcanzaste. Así que revelaré uno de mis grandes secretos.

Nací rebelde, en exceso, y créanme, domar los demonios que provienen de esta necesidad de tener siempre la razón no es sencillo. 

Cuando estuve en la cima del éxito laboral, terminé claudicando, por mi incapacidad de negociar y más que esto, por no poder soportar que alguien me diga qué hacer, me llame la atención o me obligue a pensar diferente.

Que alguien no haga lo que yo quiero me descompone, eso sí, mientras soy la dueña del juego es diferente, que me sigan la cuerda hace que todo fluya, cuando ocurre lo contrario se desata el infierno.

Pensando en esto, estoy convencida de que lo hago porque me siguen el juego, pocas veces he sentido que no logro lo que me propongo, o que alguien no apoya lo que digo o pienso. A medida que pasa el tiempo es aún más sencillo, las personas ganan confianza en mí, me siguen y con esto, sin saberlo fortalecen mi defecto.

Hace ya algunos años, bueno, más de veinte, mientras le hacíamos visita a mi tía Leonor, yo tenía actitudes desafiantes e irrespetuosas. Mi tía me miró aterrada como si en mi cara se le reflejara un fantasma, por esta razón decidió contarme una historia familiar de la que se había enterado hace muchos años, según ella, así se explicaría la razón de mi actitud que era por esa época inmanejable. Su hipótesis, fue que por mis venas corre sangre rebelde.

Lucía se debatía entre la vida y la muerte igual que su primera hija, a quien aún llevaba en el vientre. El escándalo que suele provocar la sangre, que estaba por toda su ropa, además del líquido amniótico que bajaba por sus piernas, se veía apocado, por el que fue considerado un caso clínicamente de mayor importancia. 

La fecha, 9 de abril de 1948, era casi imposible llegar hasta la Clínica Central, en Bogotá, en donde Lucía daría a luz a Ana. Era la 1:30 de la tarde y hacía casi una hora, habían hecho un atentado en contra de Jorge Eliécer Gaitán, candidato liberal a la presidencia de Colombia. 

Todo se había convertido en un absoluto caos, lo describo como lo imaginé mientras mi tía lo narraba, una foto en blanco y negro. Entonces en Bogotá las temperaturas eran muy bajas, las personas vestían elegantes, las mujeres con falda, tacones y medias veladas, los hombres de traje, corbata, sombrero y abrigo.

Un hombre abordó a Gaitán saliendo del edificio en el que se ubicaba su oficina y le propinó tres disparos mortales, en la cabeza y el tórax. Ya sin sentido, lo llevaron en un taxi a la clínica más cercana en donde no duró vivo más de cuarenta minutos, tiempo que la vida, le estaba cobrando a Lucía y su hija.

Los dolores empezaron cuando participaba en la mañana, en una marcha por los derechos de las mujeres en Colombia. Aunque en ese momento, en el país ni siquiera había una ley que permitiera votar a las mujeres, iban por un buen camino, Lucía participaba en diferentes movimientos y sin aspirar a ganar ni un centavo, tenía entre los objetivos primordiales de su vida, hacer que las mujeres ocuparan un lugar importante en la sociedad colombiana. 

Faltaban dos meses aún para dar a luz, sin embargo, la larga caminata y lo efusivo de estos encuentros hicieron que tuviera contracciones, para posteriormente romper fuente.

La atacaba el miedo ya que había tenido anemia desde que quedó en embarazo, además de otros malestares de salud que la aquejaban. 

La mayor parte de la vida de Lucía había estado rodeada de tragedia, sus padres murieron en un accidente cuando aún era muy niña, vivió en varios hogares adoptivos, hasta que cumplió la mayoría de edad, cuando la dejaron en la calle y tuvo que hacerse camino y ganarse la vida con labores domésticas en casas ajenas, vendiendo en las tiendas del sur de la ciudad y recogiendo las sobras de los puestos de verduras en la plaza de mercado para poder comer. 

Un día que no consiguió el dinero suficiente para quedarse en una pensión, se encontraba deambulando por las calles y un grupo de hombres la tomaron como su juego. La pasaban de mano en mano con risas estruendosas y la empujaban hasta hacerla meter en los charcos de un oscuro callejón. Moría de frío y estaba flaca como una garra, su cabello estaba sucio y el flequillo le tapaba los ojos, impidiéndole ver. Las cosas empezaron a ponerse difíciles, aquellos hombres estaban eufóricos, producto de varias botellas de alcohol, que reposaban en el piso a su lado. Uno de ellos la tomó por su huesudo brazo y oliéndola detrás de la oreja y en el cabello, la arrinconó a la pared y empezó a hacer gestos de placer con su cuerpo. 

Sus compinches se reían a carcajadas y empezaron a hacer lo mismo, Lucía lloraba, muriendo de miedo. Les suplicaba que por favor no le hicieran daño, que se alejaran, pero no se detuvieron, la echaron al piso y encima del pavimento mojado la violaron todos, una y otra vez, hasta dejarla malherida, sin conocimiento y tirada en el inmundo callejón. Solo dos días después un perro que andaba olfateando el lugar, llamó la atención de unos policías, quienes encontraron a Lucía casi muerta. La llevaron al hospital con bajos signos vitales y estuvo inconsciente dos días más. Despertó sola y algo desorientada, sin embargo, recordó los hechos de esa noche. 

Allí comió, atendieron sus problemas de salud, hicieron que aumentara algunos kilos y la hidrataron con suero directo por su vena, Lucía no lograba superar la anemia, aunque se mantenía estable. En total pasaron treinta y siete días desde aquel, sobre el que Lucía se negaba a hablar. Estaba próxima a salir cuando un guiso de pollo la hizo vomitar profusamente, sudaba frío y se sentía débil, aunque para los médicos era un síntoma de la fuerte anemia que padecía, una enfermera con la que había iniciado una linda relación de amistad, le practicó una prueba de embarazo que salió positiva.

Este nuevo hecho dejaba a Lucía con muchos sentimientos cruzados, no sabía lo que iba a hacer, sin casa ni alimentos y en la más cruel soledad. 

Finalmente salió de la Clínica Central con la ropa de una paciente que falleció, se la habían regalado las enfermeras, cuando vieron que iba a salir casi desnuda, pues lo que llevaba puesto cuando llegó al hospital estaba destrozado.

De vez en cuando tocaba su vientre, mientras caminaba por las calles de una ciudad en la que parecía pasar desapercibida, golpeaba puertas, entraba a restaurantes pidiendo las sobras o una taza de café, algo de sopa caliente, sin una moneda en el bolsillo. 

Justo cuando había perdido las esperanzas, se sentó en el muro del jardín de una casa, Aurora, una mujer de unos cuarenta años, salió para preguntarle si estaba bien. Aunque no quería molestar, esta vez aceptó que tenía frío y hambre, estaba enferma y en embarazo. Esta mujer no se sintió capaz de dejarla allí afuera y la invitó a seguir, la dejó acostar en el cuarto de la empleada que hacía unos días estaba desocupado y al día siguiente después de haber hablado con su marido y aún más, de ver cuando se levantó que la cocina estaba impecable y el desayuno hecho, le quiso dar la oportunidad de que trabajara para ella. 

Lucía no sabía cuánto cobrar, estaba realmente conforme con tener un techo en donde protegerse del frío y un plato de comida caliente. 

Allí permaneció haciendo las labores del hogar durante su embarazo. Salía los viernes al mediodía y regresaba el domingo en la noche. Entre semana, al principio iba a la clínica Central, en donde como voluntaria, conversaba y escuchaba a algunas pacientes víctimas de violencia como ella. Allí fue que conoció un grupo que se reunía para hablar temas de mujeres y sus derechos en un mundo que todas concluían que era diseñado y gobernado por hombres, desde su creación.

Ya regresaba a la casa, cuando la atacó un fuerte dolor en el vientre, se sintió mareada y cayó de rodillas. Arrastrándose logró llegar a un restaurante en el que la ayudaron a incorporarse y le brindaron un vaso con agua. Cuando intentó ponerse de pie al sentirse levemente mejor, por sus piernas empezó a bajar una gran cantidad de líquido mezclado con sangre, había llegado el momento de que naciera su hija.

Repetía que tenía que llegar al hospital, una persona que estaba en el restaurante se ofreció a acompañarla, sin embargo, de forma paralela, a unas cuantas cuadras de allí se estaba gestando una revuelta por el atentado hecho a Gaitán. Sin saberlo intentaban encontrar un taxi o el carro de algún voluntario, pero pasaba el tiempo y no lo lograban, finalmente un taxista se apiadó de ella y emprendió camino entre la multitud y las barricadas, sin dejar de tocar el pito del carro y gritar por la ventana que era una emergencia y debían abrirle paso. 

Parecía que ya iba a nacer su hija, Lucía no se cansaba de gritarle por su nombre, Ana, mientras le pedía llorando que aguantara un poco más. 

Lucía se mantuvo despierta todo el trayecto, pero se desmayó como rindiéndose, cuando pudo ver a pocas cuadras el edificio de la Clínica Central.

Para ese momento, no se explicaban lo que sucedía, las personas corrían y gritaban arengas, se encontraban con calles tapadas con neumáticos de carros en llamas, el centro de la ciudad se llenó de humo, sangre y los revoltosos aprovecharon la oportunidad para destruir buena parte del patrimonio de la ciudad.

Al mismo tiempo que llegaba Lucía en brazos de su acompañante, desmayada y desangrándose, se encontraba en el quirófano Gaitán, a quien los médicos y enfermeras disponibles en el turno, intentaban salvar a toda costa. En la recepción y los pasillos no había nadie disponible, pacientes con situaciones de urgencia se agolparon en la puerta de vidrio, que aunque era de seguridad, alcanzó a verse gravemente afectada, terminando por romperse, dejando entrar a la multitud histérica. 

Todo era caótico y nadie atendía a Lucía, quien yacía, tirada sola en una esquina al lado del quirófano en el que estaba siendo atendido el candidato a la presidencia. En este momento se desató el peor caos de la historia en Bogotá, cuando dos médicos anunciaron que Gaitán había muerto. 

Afuera, un grupo de ciudadanos, encontraron al hombre que lo mató, lo torturaron y cuando se enteraron de la muerte de su líder, sin piedad lo mataron a pedradas, le propinaron la cantidad de puños y patadas que miles de personas quisieron darle y para terminar lo exhibieron crucificado en la plaza de Bolívar, hasta donde lo llevaron arrastrando.

Todo el país estaba consternado y atento a la noticia, se desató el movimiento llamado El Bogotazo, en donde murieron varias decenas de personas y otro tanto resultaron heridos. El tranvía quedó inservible, las fachadas de los edificios, las ventanas y las calles arruinadas. 

A esa hora Lucía en la clínica, cansada de pedir ayuda y a punto de morir, entró a rastras al quirófano aún con lo que habían utilizado para intentar salvarle la vida a Gaitán, se recostó contra la camilla, abrió sus piernas y pudo ver la cabeza de su hija, daba alaridos de dolor, mordió un trapo, con dificultad se puso en cuclillas y así dio a luz a su hija. 

Perdió el conocimiento por unos minutos y cuando despertó una enfermera le estaba dando los primeros auxilios. Su tez se tornó blanca como un papel, había una bolsa de sangre, le preguntó qué tipo era y ella le contestó, se percató de una unidad a su lado y al verificar que era la misma suya, sin tiempo de hacerle una mayor prueba la conecto al catéter, había perdido una gran cantidad y se encontraba muy débil.

Médicos y otras enfermeras se presentaron allí para ayudarla, Lucía perdía y recobraba el conocimiento, cuando abría los ojos, podía ver el cuerpo sin vida de Gaitán, a quien uno de los médicos extrajo sangre y se la puso a ella, no había más disponible en el momento y como había crisis por la cantidad de heridos que estaban acudiendo a la clínica, no tuvieron otra alternativa.

Al mismo tiempo que la atendían a ella, le daban los primeros auxilios a Ana, que se demoró en llorar y tenía un color morado intenso, aunque lograron mantener estables sus signos vitales. 

No podía hablar, pero dejó de escuchar el llanto de Ana y la inundó la angustia, jadeaba y emitía sonidos llenos de dolor por la preocupación del estado de salud de su hija. Una enfermera se la mostró, envuelta en una sábana blanca, con sus lindos y grandes ojos negros muy abiertos, en ese instante Lucía cerró sus ojos y no los volvió a abrir sino pasadas ocho horas, cuando ya estaba un poco más recuperada, en una camilla al lado de varias mujeres más en situación crítica.

Tuvo algunos problemas de salud, altibajos de ánimo, estrés por el bienestar de su pequeña Ana, pero finalmente lograron salir del hospital. Ana creció al lado de su madre, conoció y aprendió de su lucha, la acompañó en sus ideales y se impregnó de todo lo que necesitaba para ser parte del equipo de mujeres que empezaron a figurar en la política y que junto con el Senado y el Congreso lograron la aceptación de las leyes y los beneficios que hoy nos acogen a las mujeres en este país. 

Gracias a ellas y a cientos de personas con su energía y fe en lo que es capaz de lograr y transformar una mujer, se ha gestado desde entonces un movimiento imparable, enmarcado en el respeto y la unidad. Mujeres como estas y su espíritu impetuoso, han logrado impulsar  varias historias de vida, que me hacen pensar en un feminismo que más que dominar el mundo, lo doblega con amor.  

Resulta que esto pasó hace setenta y un años en mi familia, podría ser verdad, que todavía corre por mis venas sangre rebelde, pero al mismo tiempo, valiente y fuerte, luchadora y el combustible que hace que las mujeres de este país seamos capaces casi de cualquier cosa que nos proponemos. Esa mujer puedo ser yo, también puedes ser tú.

jueves, 5 de septiembre de 2019

El sicario

Frank Oviedo Carmona


Era un domingo tranquilo con sol radiante, todo parecía marchar bien en un pueblo en las afueras de la ciudad de Bogotá. A pocos kilómetros, en una avenida avanzaba una camioneta color gris con lunas polarizadas. Rudy, quien conducía, cogió el celular para responder una llamada.

–Dime, Salvador, para qué llamas si estoy a punto de realizar la misión.

–Lo sé, Rudy, solo me aseguro de que todo marcha bien. 

–No es necesario que lo hagas.

–Tranquilo –le respondió.

Rudy avanzó unos kilómetros más y se estacionó debajo de un frondoso árbol, como para no ser visto, sacó un rifle, lo cargó, luego bajó del auto y se escondió tras un arbusto, apuntó hacia una casa cuya fachada era color naranja y el techo gris, esperó unos minutos, cuando de pronto salió una señora alta, cabello suelto lacio con un niño de la mano de aproximadamente diez años, voltearon para hacerle adiós al parecer a su padre que estaba en la ventana. Sin titubear, Rudy, apuntó y mató a la madre e hijo. Mientras el padre salía corriendo desesperado para ver a su esposa. Rudy, sin gesto de tensión en su rostro, subió al auto y arrancó.

Luego de haber recorrido suficientes kilómetros como para pasar desapercibido, se estacionó para hablar por teléfono, pero sintió unos hincones como si le presionaran el pecho. Ya antes había sentido el mismo malestar, pero estaba esperando terminar las misiones para ir a chequearse.

–Salvador, misión cumplida y dejé al padre vivo como me solicitaste.

Salvador era el jefe de un grupo de sicarios que extorsionaba a empresarios amenazándolos con matar a sus familiares si no pagaban una cantidad mensual; algunos al comienzo no hacían caso, como advertencia mataban a un empleado, luego sería un familiar. 

–Bien hecho, Rudy, te recuerdo que aún te falta otra misión, estás a tres horas de ahí.

–Salvador, también te recuerdo que quedaste en depositarme el dinero hoy a primera hora y no lo has hecho, porque no creo que quieras que le pase algo a tu querida familia.

–Oye, Rudy mide tus palabras, por lo visto no sabes con quién estás hablando. Dime, ¿cuándo te he dejado de pagar?

–Tú me conoces, me gusta asegurarme y aclarar por si ocurriera algo.

–Contigo no puedo quedar mal, eres un asesino difícil de encontrar. Mañana tendrás tu dinero a primera hora.

–Así lo espero. Aprovecho para decirte que tomaré dos semanas de descanso, para un chequeo médico.

Rudy era un hombre alto, cuerpo fornido, solía vestir ropa oscura y gafas negras. Había sido un policía corrupto, en el departamento de drogas, cuando lo descubrieron le dieron de baja. Poco tiempo después asesinaron a su esposa e hijo, no se llegó a saber si fueron sus amigos los narcotraficantes por haberse retirado. En venganza mató a uno de los jefes de los narcos y luego se fue a vivir a Colombia y se unió a un grupo de sicarios ya que él era un excelente tirador y no tenía ningún remordimiento en matar a niños o  a adultos.

–Está bien, Salvador, reconozco que no he tenido ningún problema de pago.

–Por supuesto, tómate el tiempo que desees porque yo te necesito sano. Te recomendaré a los mejores doctores para tus exámenes.

Rudy no le había dado importancia a los dolores de pecho, pero en los últimos días le preocupaba que esos malestares le dieran en plena misión.

Se fue a la clínica e hizo los chequeos médicos al corazón y pasó a consulta. 

–Buenos días, señor Pérez, tome asiento, he revisado sus exámenes. 

–¿Qué es lo que tengo? 

–Verá, usted tiene, angina de pecho, dos tipos de arritmias, una de ellas no es peligrosa, la  otra puede ser mortal, insuficiencia cardiaca e hipertensión. 

–Veo que heredé de mi padre los males del corazón, ¿qué solución me da?

–Trasplante, si no, no podrá seguir realizando el trabajo que hace, ¿está de acuerdo?

–Sí, por supuesto que lo estoy, ¿me da su palabra de que quedaré bien?

–Le aseguro que quedará bien. Por otro lado ya he hablado con su jefe, ya tenemos un donante.

–Listo, señor  Rudy  Pérez, en estos días será internado, hasta pronto.

En un hospital en las afueras de Colombia, un joven de aproximadamente veinticinco años acababa de morir por un accidente de tránsito. La madre de este joven estaba devastada ya que además de la pena de perderlo, él era el sustento de su casa ya que su padre los había abandonado desde muy niños y trabajaba para ayudar a sus tres hermanos menores y no solo eso, hacía labor social, ayudaba en una escuela de pocos recursos, enseñándoles juegos y algunos deportes a los niños,  esa era una de sus pasiones. 

Los médicos habían hablado con la madre para que donara el corazón de su hijo, al principio no estuvo de acuerdo, pero le dijeron que con ese dinero iba a poder darles una buena educación y vivienda a sus tres hijos. Terminó por aceptar.

Ocho meses después de la operación, Rudy vuelve trabajar, sin imaginar que la policía de Colombia estaba tras sus pasos, atraparlo era cuestión de tiempo.

Salvador le da misiones para que realice en varias partes de Colombia. Una de ellas era asesinar a una novia y a su padre, luego de asesinarlos debería tirarlos al mar para que se demoren unos días en encontrarlos. «Como prueba, tráeme una prenda con sangre».

–¿Seguro que podrás, Rudy?

–Por supuesto que sí, ¿o es que acaso dudas de mí?

–Claro que no, te veo muy bien, yo diría mejor que antes –soltando una carcajada lo dijo.

Cuando la novia estaba por salir de su casa con su padre y su ayudante, Rudy se acerca por la espalda para matarlos.

–Por favor no nos haga daño, no nos mate, se lo ruego, estoy embarazada, mire mi barriga. –La novia estaba temblando al igual que  su padre.

Rudy les apunta, como nunca, transpiraba su frente, le temblaba la mano, sentía que no tenía el valor para quitarles la vida. En vez de asesinarlos, les dispara haciéndoles un rasguño en el brazo a ambos para llevar como prueba una prenda a su jefe.

Les ata las manos, los mete al auto y los lleva a las afuera de la ciudad, en un refugio que tenía todas las comodidades, que él usaba cuando estaba en peligro de captura.

Una vez que los deja llama por teléfono.

–Salvador, misión cumplida, acabé con la vida de la novia y su padre.

–Excelente, Rudy, extrañaba esa sangre fría y sin ningún escrúpulo para asesinar.

–No quiero halagos, solo deposítame el dinero.

Rudy llegó a su casa preguntándose por qué no había podido matarlos. 

«No lo entiendo. ¿Quizás estoy fuera de forma?».

Salvador continúa dándole misiones y Rudy sigue llevándose a los que iba a asesinar a su refugio, hasta que él pueda sacarlos del país con una nueva identidad. Le preocupaba, ¿cómo haría para llevarle pruebas a su jefe?

Mientras él se hacía muchas preguntas recostado en su cama, fue rodeado por la policía sin darle tiempo a que coja un arma.

Fue llevado a un penal de máxima seguridad para ser interrogado.

–¿Rudy Pérez, se declara culpable de más de treinta asesinatos? –pregunta el sargento.

–Sí, soy culpable, pero ya no deseo matar gente.

–No me haga reír, ¡cree que le voy a creer después de todos los asesinatos que ha cometido! –exclamó el sargento.

–Tengo más de diez personas escondidas en las afueras de la ciudad, que no asesiné –lo dijo con voz calmada.

Rudy pidió que le dieran la oportunidad de salvarlos antes que su jefe se entere de todo y los mande matar.

–Ahora resulta que es un salvador –rió el sargento con ironía. 

Él les explicó que desde que le hicieron el trasplante de corazón, no sabía qué había sucedido con él, había cambiado, ya no podía asesinar. «Si yo fuera el mismo, no me hubieran atrapado».

–Lo he intentado y les juró que no puedo, me siento confundido. Les doy mi palabra de que los llevaré donde tengo a las personas que iba a asesinar y ayudaré a que capturen a mi jefe. 

–Usted piensa que le voy a creer ese cuento de hadas.

–No pretendo que me crea, sargento, pero le doy mi palabra, deseo salvar a esas personas, ya no quiero seguir matando. –Tenía la mirada fija.

El teniente lo quedó mirando como si le creyera.

–Lléveme y le mostraré dónde tengo a las personas.

Y así lo hizo la policía, pudieron salvar a todos.

–Sargento, quizás no me crea, pero me siento contento de haber podido salvar a todas esas personas. 

–Tiene razón, no le creo.

Lo esposaron y se lo llevaron, más adelante sería juzgado y rebajada su condena por la ayuda que brindó. 

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Guardería ABC


Yadira Sandoval Rodríguez


Son las13:00 horas, el calor es intenso, y las gotas de sudor escurren por sus cuerpos. La bodega pertenece al Gobierno, lo utilizan para guardar cosas. Ramón, Julio y César tienen dos horas para almacenar todos los archivos comprometedores y quemarlos. El partido que gobierna el Estado está por perder, las estadísticas le han dado el triunfo a la oposición. Si esos papeles caen en manos de otras personas, algunos políticos tendrán que ir a la cárcel. En el almacén se ven papeles tirados por todas partes, otros en cajas, algunos muebles de oficina: sillas, mesas, archiveros; utensilios de limpieza, mamparas y varios volantes de campaña política.     

—Dice el jefe que le ofrecieron treinta mil dólares, así que la paga será buena —indicó Ramón.

—Con ese dinero me iré con mi morrita a Cancún —expresó Julio.

—¿Con cuál de todas, Julio? —preguntó César.

—Nos fue bien con esta administración, lamentablemente está por terminar —dice Julio—. Yo ofrecía morritas a los funcionarios y los muy locos daban el doble por las más chiquitas.

—¿Y qué piensas a hacer con el dinero de este jale? —pregunta Ramón.

—Me quiero ir a Tijuana, dicen que allá está llegando mucho ruco extranjero, varias putitas me quieren seguir. Ya saben, yo no obligo a nadie, ellas solitas se acercan al negocio —dice Julio.

—Está cabrón, Julio, yo solo le hago de chofer a los corruptos, pero ese negocio que tú tienes, le saco, tengo dos hijas y no me gustaría que anduvieran en eso —dice Ramón.

Ramón y César le dicen: «Eres maniaco». Mientras acercan los documentos y forman con ellos una pirámide.

—¿Cuántos archivos son, Ramón? —pregunta César.

—Cinco toneladas —contesta Ramón.

—Y todavía la gente sigue creyendo en estos licenciados —dice Julio.

—¿Cuántos más nos falta por trasladar? —pregunta Julio.

—Estos son los últimos —contesta Ramón.

Julio no aguanta el calor, le pide a Ramón permiso para salir a fumar un cigarro; al momento de prender el cigarrillo, mira el techo de la bodega, y ve que el transformador del aire acondicionado está haciendo cortocircuito, entra corriendo para avisarles a sus compañeros, cuando de repente los archivos almacenados en cajas estaban ardiendo por el fuego, son las 14:30 horas. Los tres se miran, buscan alguna forma de parar el incendio, al no lograrlo salen de la bodega por los gritos continuos de la guardería: «¡Los niños se están quemando!». Ramón, César y Julio no lo podían creer y se preguntan: «¿Qué hacemos, cabrones?». Ramón les dice a los dos que tienen que ayudar a las maestras a sacar a los niños. César se queda paralizado, no podía reaccionar sabía que allí había muchos infantes, y las maestras no podían ayudar por el estado de pánico en el que se encuentran; empieza a llorar; Ramón le da una cachetada y le dice: «Despierta, imbécil». Julio trata de meterse para sacar a los niños, pero no lo logra porque el edificio está en llamas. Los vecinos empiezan a llegar, varios jóvenes también conocidos como Los Pandilleros de la Colonia, al ver a Ramón y a Julio auxiliar a las maestras, se ofrecieron para abrir tres boquetes en la pared. Julio brinda su carro, un joven se sube a él hace reversa y con fuerza se va contra la pared, Julio le grita que más fuerte, el joven se quita la pañoleta de la frente por la desesperación, se santigua, suelta un grito al mismo tiempo que golpea de nuevo el parapeto, este logra tumbar algunos blocks, Julio le grita: «¡Primo, ya lo tenemos, golpea otra vez!». El joven acelera con más velocidad, logra a hacer un hoyo en la pared, Ramón, Julio y algunas maestras, se meten, empiezan a sacar a los niños, algunos, con sus brazos ardiendo, la piel cayéndose, unos llorando del dolor, otros por sus papás, unos sin piernitas, sin manitas, César estaba impactado, se alejó del lugar. Ramón y Julio se quedaron ahí ayudando. Las ambulancias llegan, los bomberos también, se abre otro boquete para sacar más niños.

Los hospitales de varios Estados dan apoyo de hospitalización, Estados Unidos se comunica con el gobernador para trasladar en helicópteros a los infantes, debido a que el país no tiene el área de quemaduras de alta magnitud. Los padres de familia llegan uno por uno; al ver el lugar en llamas se desmayan, otros entran en estados de histeria por la impotencia de no poder sacar a sus hijos de la guardería, los cuerpos policiacos los detienen, los padres le responden con gritos de desesperación, ellos saben que aún no se han rescatados a sus hijos: «Hermano, ahí adentro está mi angelito, déjame salvarlo, por el amor de Dios, o, déjame morir a su lado», los policías les dicen que no. Los paramédicos no se dan abasto, se comunican con la escuela de enfermería y medicina de la universidad. Los estudiantes suben a los autobuses de la escuela con maletines de primeros auxilios, tanques de oxígeno y varias botellas con agua.

Un ambiente de terror domina la ciudad, el humo se expande en una nube densa de color negro la cual se observa desde cualquier punto de la urbe. Ramón y Julio reciben a los estudiantes, los dirigen con los paramédicos, preguntan si traen agua, los estudiantes de enfermería dicen que sí. Se entregan varias botellas a los papás. A los camiones suben los pequeños fuera de peligro, otros gritan que necesitan carros, ya que son más de ciento cincuenta infantes, Julio se agarra la cabeza, Ramón le dice que no se desespere. Inician a sacar los niños que han muerto. Los paramédicos auxilian a Ramón, quien está por desmayarse, Julio le grita: «¡No, cabrón, no me dejes solo!». Las enfermeras tratan de tranquilizarlo, este las hace a un lado, intenta entrar para cerciorarse que no hay ningún otro niño, la policía lo detiene: «Señor, el edificio está por caerse, se rescataron solo veinte cuerpos». Julio no hace caso, se vuelve a meter, los policías le gritan, a los tres minutos sale con una niña en sus brazos calcinada, cae de rodillas al suelo y empieza a llorar. Los estudiantes lo auxilian, los policías le quitan el cuerpo de la pequeña. Y él no quiere soltarla, se aferra con más fuerza a ella. La gente que está de espectadora se estremece por la escena, piensan que es el papá de la pequeña, levantan el puño derecho en señal de silencio. Los medios de comunicación tratan de entrevistarlo, pero este le tira el micrófono a la reportera la policía le pide que se tranquilice, un paramédico le inyecta un sedante, se lo llevan al hospital en una ambulancia, en el trayecto balbucea: «Es mi culpa».

Al día siguiente los medios de comunicación nacional e internacional hablaron de lo sucedido: «Incendio en la guardería ABC, fallecieron cuarenta y nueve niños y ciento seis resultaron heridos, todos entre cinco meses y cinco años de edad. Varios con quemaduras de distinta magnitud fueron intervenidos en hospitales de Estados Unidos. El incendio inició en la bodega contigua del gobierno del Estado. Los padres de familia piden justicia».

Julio despierta en el hospital, la enfermera le da la orden de no levantarse y le explica su condición. Julio recuerda lo sucedido, mira a través de la ventana, en eso llega el doctor ve su expediente, pregunta al paciente cómo se siente, Julio responde que bien, el médico le indica tomarse algunos medicamentos y le dice: «Su trabajo fue admirable, lo felicito, salvó varios niños, algunos medios lo quieren entrevistar». Julio se queda serio, y pregunta a qué hora saldrá del hospital. Ramón llega por él, las enfermeras lo despiden con abrazos. Ramón se le queda mirando y Julio con la mirada le responde que lo saque de ahí. Los dos han decidido no dar entrevistas a los medios de comunicación, no quieren saber nada de lo sucedido. Ramón le dice que su jefe no quiere contestar las llamadas, por lo tanto, ha decidido salir de la ciudad con su familia. Julio decide lo mismo.

Pasaron doce meses, por casualidad Ramón se encuentra con Julio, este le pregunta por César, Ramón le dice que se suicidó al saber el número de niños fallecidos en el incendio. Julio le narra que tuvo que esconderse en un seminario de Jalisco, que le daba pánico salir a la calle. Le platicó que al ver a la niña calcinada causó un impacto traumático en él. Se retiró del negocio de prostitución que tenía y decidió entregarse a Dios: «Había noches en que no podía dormir, hermano, los rostros de todos esos niños, me siguieron por varios meses, casi, casi me volvía loco, hasta que conocí a una persona que me habló de Dios e inmediatamente sentí el rescate ante mi situación. Para serte sincero intenté suicidarme, puse la pistola en mi boca, pero no tuve el valor de hacerlo, me he llenado de valor para atestiguar de lo que pasó: “Dicen que la guardería estaba en malas condiciones”. No te preocupes, no hablaré de ti».

Ramón estaba asustado por lo último que dijo Julio, hablar de lo sucedido es exponerlo, porque iniciarían las averiguaciones, han encontrado muchas irregularidades en la guardería, las autoridades están entretenidas en la investigación de estancias infantiles subrogadas por el Instituto Mexicano del Seguro Social IMSS a particulares quienes tenían a los niños en inmuebles pocos seguros. Ramón le dice a Julio:

—Primo, haz tu vida, no hay nada que hacer con eso. Tú mismo dices que cambió tu vida, entonces aprovecha esa oportunidad. Relájate y olvídalo, por favor.

—¿Me estás diciendo que lo olvide?

—Sí.

—No puedo dormir con tanta culpa. Necesito sacar este dolor.

—El dolor ya pasó, no es nuestra culpa. La guardería estaba mal, aparte por lo que veo, los papás de esos niños desconocían las condiciones en las que estaban sus hijos. La tragedia, ellos la ocasionaron, Julio. 

—No, Ramón, fuimos nosotros y la bola de políticos corruptos que nos enviaron a quemar los documentos.  

Ramón se enoja y se va contra él: «Mira, cabrón, tú que dices algo y yo que te hago algo».