jueves, 23 de mayo de 2019

La vieja


María Marta Ruiz Díaz


A pesar de haber crecido junto a diferentes razas de perros y que, actualmente, además de a su pequeña hija de apenas dos añitos, está criando a una Golden que le rompe absolutamente todos los juguetes, pero que tolera porque les da un cariño indescriptible y la hace sentir protegida, Carmen, madre soltera, siempre tuvo aprehensión por los animales de la calle.

Pero esa tarde, la vio… Acababa de sacar el auto del garaje y estaba por cerrar el portón, cuando se le cruzó en el camino metiéndose en el jardín de la casa. Después se acurrucó en un rincón junto a la pared de la tapia y allí quedó temblando y tosiendo. Su color blanco con grandes manchas negras le recordó a un pequeño ternero de la raza Holstein. Le fue imposible pensar en sacársela de encima. Lo primero que atinó fue a darle agua, que la perrita agradeció con la mirada y bebió durante un buen rato. Después le puso algo del alimento balanceado, pero el animalito no demostró interés en lo sólido.

No se animaba a tocarla, le era imposible. Buscó una manta y se la tiró en el piso, notando que a la brevedad la perra se acurrucaba sobre ella. Allí pudo ver con más detenimiento que tenía las mamas inflamadas, sin duda acababa de tener cría. «¿Dónde estarán sus cachorros?», pensó Carmen afligida. Después notó que una de las tetillas estaba excesivamente inflamada, como si tuviera un tumor o una infección. Cada vez sentía más pena por ese pequeño animal. La tos no le disminuía y, de a ratos, casi se ahogaba y no podía respirar.

«¿Qué hago?», se preguntaba, mientras su beba Inés, extendía su mano queriendo acariciar a la recién llegada.

«¿A quién llamo? ¿Y si contagia? ¡No puedo dejarla sola… se va a morir!». Los pensamientos iban y venían por su mente en milésimas de segundo. Hasta que recordó a su amiga del colegio que con su mamá recibían y cuidaban a perritos de la calle. La llamó enseguida. Ella estaba de viaje, pero le recomendó a un veterinario que no le cobraría y le revisaría a la perrita. Lo localizó por suerte, y en poco menos de una hora, él se presentó en su casa.

—Tiene varias cosas, pobrecita —expresó él luego de una exhaustiva revisación.

­—¿Usted no conoce a alguien que quiera llevársela? ¡Yo no puedo tenerla! Ya tengo otro animal y a mi niña, no vaya a contagiarlos…

­—Por el contagio no se preocupe, lamentablemente nadie la va a querer recibir en este estado. Hay que darle antibióticos en breve y algo más para el dolor. Está sufriendo mucho.

—¿Cuánto me saldrán los remedios? ¡No puedo creer en lo que me metí!

­—Señora, esté tranquila, yo no le voy a cobrar la consulta, pero no tengo muestras de remedios para darle, así que deberá comprarlos. Pero sepa que todo lo que da, le llega duplicado. Esta perrita por algo eligió su casa. No la desampare.

—Usted más que un veterinario, parece un pastor, yo no sé si luego me llegará el doble, el tema es de dónde saco lo que necesito ahora… ¿Cuál es su diagnóstico?

—Está con una infección en una de las mamas, tiene un pequeño tumor entre la nariz y el ojo izquierdo, lo que le produce que el mismo se le hinche y ponga rojo. Además tiene pulmonía, por eso tose tanto. Debe de haber estado mucho tiempo a la intemperie, con bajas defensas por el parto y probablemente, algún perro callejero la haya lastimado también, se la ve en mal estado general.

Carmen la miraba ya con ternura, en su interior se iba manifestando el amor de madre. En ese mismo instante, decidió cuidarla hasta que sanara y después entregarla a algún hogar que deseara recibirla.

Indira, la perra Golden, la recibió con esa simpatía que caracteriza a los animales de esa raza, la olfateó largo rato y terminó aceptando compartir con ella su hogar y a sus protectoras o protegidas, según desde qué lado se mire. Inés tenía prohibido tocarla, pero más de una vez la suavidad de sus manitos acarició ese pelaje duro, seco y sucio, brindándole a la perrita un hermoso momento de cariño.

Por el aspecto deteriorado con el que llegó, Carmen la apodó la Vieja y le quedó ese nombre que a algún extraño podría parecerle cruel, pero que para ellas resultaba dulce y hasta simpático. La perrita se fue ganando el corazón de todas, a cada cuidado que su dueña temporal le hacía, ella le devolvía una mirada agradecida, que no se puede describir con palabras. De a poco fue abriendo los ojos, comenzó a caminar despacito, mejoró la infección de su mama, pero la tos la seguía torturando día y noche, hasta que comenzó también a sangrar cada vez que tosía. El veterinario iba y venía, agregando medicaciones para paliar su sufrimiento.

Fueron días de muchísimo calor, en los que Carmen y su pequeña hija aprovechaban para ir al club y meterse en la pileta, durante lo cual la casa y las perras quedaban solas por un buen tiempo.

Una mañana en que salían a pasear, ella no se percató de que la Vieja, al ver el portón abierto había aprovechado para salir y retornar a su mundo. Cuando notó su ausencia estimó que volvería una vez que diera unas vueltas por ahí y no se preocupó.

Pero los días pasaban y no había noticias de la perrita. Carmen se dio cuenta de que se había encariñado sobremanera con ella. Cada vez que llegaba a su casa, esperaba encontrarla echada en la entrada, pero no aparecía. Hasta que una noche, cuando estaba guardando el auto en el garaje escuchó a su vecina gritar: «¡Salí, perra!», «¡Salí, perra!¡No te voy a dejar entrar! ¡Ni lo sueñes!»

Carmen se le acercó y con gran alegría comprobó lo que suponía, era la Vieja que se había equivocado de casa y estaba echada en la de al lado. Le preguntó a su vecina cuánto tiempo hacía que estaba ahí, y para su sorpresa llevaba más de tres días. «¡Cómo no la busqué!», pensó enseguida. Más lo lamentó cuando la señora le dijo que nunca le había dado ni siquiera agua, con las altas temperaturas reinantes…

Y así fue como la perrita retornó a su hogar, volvió a recibir gran cantidad de medicamentos y de a poco mejoró su enfermedad, aunque obviamente tanta cosa la había dejado muy debilitada.

Pasado un tiempo, Carmen ya se había acostumbrado a ella, la notaba mejor, entonces comenzó a dejar el portón abierto, para ver si la perra deseaba retornar a su mundo. «Los perros de la calle no están acostumbrados a vivir en el encierro —pensó—, debo darle esa posibilidad, que ella la tome o la deje».

Y no se había equivocado, un día, espiando desde la ventana, la vio partir. Lentamente salió de la casa, sin siquiera mirar hacia atrás, comenzó a caminar hacia la izquierda. Carmen salió para ver para dónde iba, pero en pocos minutos desapareció de su vista. Internamente supo que ya no volvería. Su corazón latía fuerte y las lágrimas se deslizaban por su rostro, no podría olvidar esa mirada, agradecida, tierna, increíble. Pero se sentía bien, por primera vez en su vida, había ayudado a un perro callejero y creía haber aprendido mucho con esta hermosa experiencia.

El tiempo pasó, Inés cumplió sus tres añitos e Indira las seguía acompañando con sus locuras y cariños, ya habituada nuevamente a ser la única protectora del hogar.

Una tarde en que Carmen estaba en el gimnasio, recibió una llamada de la niñera. La chica gritaba y lloraba desesperadamente:

—¡Señora! ¡Se escapó! ¡No la puedo encontrar! ¡Venga rápido por favor!

—Ceci, por favor, sé más clara, me estás poniendo muy nerviosa, ¿se escapó la perra?

—¡No, señora! ¡La gordita! ¡Inés! Olvidé cerrar la reja de adelante y se ve que salió porque no la encuentro…

Carmen se dejó caer en el suelo y al instante, tomó conciencia de lo que acababa de escuchar, dio un salto y salió del lugar rumbo a su auto. El miedo y los nervios no la dejaban pensar. Arrancó rumbo a su casa y, mientras lo hacía, llamó a la policía, a la seguridad privada, a sus padres, pidiéndoles a todos que fueran urgente a su casa. «¡Tenemos que encontrar a Inés antes de que ocurra una desgracia!».

Cuando por fin llegó, estacionó el auto en la calle y comenzó a correr por su cuadra, por las laterales, por las de atrás. Indira la seguía de cerca olfateando cada espacio. Pero la pequeña no aparecía…

De a poco fue llegando la ayuda, avisaron a los vecinos del barrio, todos buscaban, la llamaban, pero parecía como si la tierra se la hubiera tragado. Carmen lloraba desconsolada en brazos de sus padres.

Así pasaron la tarde y la noche sin disminuir la búsqueda, nadie descansaba, hasta que un policía comenzó a dudar de Ceci, la empleada.

—Señorita, por favor, necesito hacerle unas preguntas.

—Sí, oficial, diga nomás.

—¿Puede volver a contarme cómo fue que desapareció esta pequeña?

—¡No puedo creer lo que hice! Fue un pequeño momento de descuido… Me fui al baño sin darme cuenta de que la reja de adelante estaba abierta, porque había salido Indira. La chiquita sabe abrir la puerta de entrada de la casa, y yo no le había puesto llave. Cuando salí del baño la busqué por todos lados y no pude encontrarla. Imagino que salió solita, no puedo asegurarle si fue así, pero ¿de qué otra manera puede desaparecer?

—Me va a disculpar, pero hasta que este caso se resuelva, usted es sospechosa.

—¿Sospechosa? ¿Yo? ¿De qué me acusan? la chica tenía la cara desfigurada de tanto llorar.

—¿No tuvo la visita de algún hombre? ¿Novio? ¿Amigo? ¿Alguien?

—No, no. Estábamos solas, jugando en el sala de estar de la casa. Ella acababa de almorzar unos fideos que yo le había preparado.

—Imagínese señorita, que así como podría tratarse de una desaparición, también podríamos estar frente a un secuestro, y un dato preciso suyo orientaría el rumbo de esta investigación.

—¿Secuestro? Nunca lo había pensado… ¡No! Es imposible, no escuché nada.

—Sí, indudablemente no escuchó nada, ¿estaba con auriculares?, no entiendo cómo pudo ser tan descuidada. Vaya al auto policial, tomaremos sus datos.

Ceci caminaba hacia el coche con la mirada fija en el pavimento, se creía tan culpable que pensaba que si la encerraban tras las rejas, quizás se sentiría mejor. No se animaba a ver a la mamá de Inés a los ojos.

Por su lado, Carmen, cuando escuchó la hipótesis de un secuestro, rompió en llanto y corrió hacia su empleada con intención de pegarle. Un policía la detuvo y la acompañó hasta su casa, ofreciéndole una taza de té caliente. Ella lo empujó, volvió a salir a la calle y comenzó a llamar a gritos a su hijita. Ya casi no podía mantenerse en pie, las piernas le temblaban y la cabeza le daba vueltas y vueltas. Su hermosa cara estaba desfigurada por tanto llanto y dolor.

De pronto se escuchó la sirena de un patrullero acercándose a la vivienda. Carmen corrió para ver si traían alguna novedad. Del auto bajó un oficial que comenzó a conversar con quien manejaba la investigación. Mientras le daba lo que parecía una explicación positiva, señalaba adentro del vehículo. Al momento llamaron a Carmen, quien al llegar y mirar en el asiento de atrás tuvo que hacer un gran esfuerzo para no caer desplomada en el piso. Comenzó a llorar intensamente, mientras el oficial le abría la puerta del auto. Allí estaba Inés durmiendo y a su lado… «la vieja». Luego apareció Indira, que comenzó a sacudir su cola de un lado al otro expresando su alegría, y que, sin que nadie pudiera impedirlo se trepó al auto y comenzó a lamer a la niñita y a la perra. Al momento llegaron al auto policial los abuelos, todos se abrazaban haciendo un esfuerzo por no desfallecer después de tanta angustia contenida.

Inés abrió los ojos y se vio rodeada de todos sus seres queridos, y en su media lengua comenzó a querer explicarles lo que le había pasado. Nadie entendió lo que decía, pero la alegría era tan inmensa que todos reían y lloraban a la vez. La cuadra se fue llenando de vecinos que también festejaban. Las nubes dieron paso a la luna, que parecía que esa noche sonreía y brillaba más que nunca.

Esa misma tarde-noche del día de la desaparición, la policía había logrado dar con unas cámaras que estaban colocadas en un negocio a dos cuadras de la casa de Carmen. Al ver las grabaciones descubrieron a la niña caminando solita por la calle, hasta que su amiga, la perrita, se le acercó y con su cabeza la iba empujando hasta hacerla subir a la vereda. Se las ve irse juntas, a paso lento. La niña conversa con la perra mientras se alejan hasta perderse del foco de la cámara.

Con ese dato, y sabiendo la dirección a la que se dirigían, las fueron a buscar. Después de un largo tiempo, las encontraron. Inés dormía acurrucada en el piso, y la Vieja la cubría con su cuerpo para darle calor. La situación era tan tierna, que hasta el oficial dejaba caer unas lágrimas mientras la contaba.

Ceci quedó liberada y Carmen, influenciada por los consejos de sus padres, la perdonó sin resentimientos. Sabía que había sido un descuido, pero también que nunca hubo de parte de ella intención alguna de lastimar a su hija, porque la amaba.

La Vieja no volvió a compartir el techo con ellas. Al bajarla del auto se acercó a Carmen, quien la abrazó con dulzura. Se dejó acariciar, mimar, pero después puso rumbo a quién sabe qué lugar. La dejaron marchar, sabiendo que ella siempre andaría por ahí, vigilándolas, cuidándolas. Un animal que fue acogido nunca lo olvida.

lunes, 20 de mayo de 2019

Una historia con helado de chocolate

Camila Vera


¿Alguna vez se han puesto a pensar en la cantidad de historias que uno encuentra si solo se pone a observar detenidamente?, sé que constantemente debemos estar mirando para saber a dónde vamos, pero hay algo más profundo que solo logra descubrir quien aprende a apreciar lo que pasa a su alrededor; me gusta creer que ese es un don con el que nací y el cual me permite este día compartir algunas historias, en especial una, acompañada de helado de chocolate.

Me gusta escribir desde que la curiosidad de coger una computadora me transportó a una hoja en blanco, la cual se volvió mi mejor amiga. En la escuela los maestros querían que hable sobre fechas importantes que debía dominar para continuar con mis estudios, pero mi idea iba más allá de eso. Recuerdo que en clase de literatura, el maestro tomó un libro llamado Oliver Twist, diciendo que en el lapso de las vacaciones de verano debíamos realizar un análisis de su contenido en un ensayo; no negaré que la tarea me resultaba encantadora, pero mi parte creativa quería más. No sirve de nada saber sobre Oliver, la banda de delincuentes y las aventuras en Londres, si no tienes conocimiento de lo que hay detrás de la historia, siempre hay algo que desencadena lo demás. Así que mi ensayo habló sobre Charles Dickens —el autor— y la fuerte influencia de su propia historia dentro de las acciones de su personaje.

¿Sabías que para este autor escribir no era un evento aislado? Este fue uno de los datos que más llamó mi atención. En ocasiones, cuando había reuniones, Charles llevaba consigo sus escritos para poder continuarlos y participar de la conversación, una actitud contraria a una gran cantidad de escritores que buscan la burbuja literaria —aislarse completamente— en espera de inspiración. Es por ello que cada día vengo aquí, a un restaurante de comida rápida a dos calles de mi casa, esperando que una historia me atrape y me haga parte de ella, hasta que me encontró.

Llevo cinco meses graduada de la universidad como periodista, pero estoy más enfocada en la literatura que en los problemas sociales que se supone debería investigar; no he logrado conseguir trabajo estable, aunque tengo un espacio en un periódico de la ciudad donde coloco mi opinión —o la que me piden que escriba— sobre temas que a veces creo son solo interés del jefe. Por lo tanto si no estoy en mi casa peleando con mi gato y el televisor por cable, estoy aquí, escribiendo y observando.

Muchos personajes interesantes pasan he encontrado, como el señor que compra diez combos pequeños en bolsas por separado para que su hijo las venda en el colegio y aprenda sobre finanzas, o aquella pareja que viene discutiendo todo el camino pero que al sentarse a comer helado se miran de frente y con un beso terminan la discusión. También el infiel que un día trae a un «amor de su vida» para el siguiente venir de la mano de otra persona diferente. Están las historias personales de todos los que trabajan a diario para entregar un buen servicio sin importar el cansancio. O, qué me dicen de la cara de alegría de los niños al llegar y la de los padres al salir sabiendo que ese pequeño gesto será una anécdota que contarán cuando sus hijos crezcan. Pero este cuento no va a tratar de ninguno de ellos, sino de unas personas en particular.

Desde el día que proclamé la tercera mesa a la izquierda como mi lugar de escritura me llamaron la atención dos personas mayores que venían en un auto color blanco, la señora conducía y el señor le abría la puerta al bajar, ambos se tomaban de la mano y entraban juntos para sentarse a dos mesas a mi izquierda. Uno de los chicos que ayuda recogiendo las bandejas siempre tenía limpia su mesa y dejaba el periódico de cada día listo para que puedan leerlo. El señor iba a la caja a realizar su pedido, que ya era muy conocido por la cajera.

—Buenos días, ¿lo de siempre?

—Buenos días, sí, por favor.

—Salen, dos combos medianos, un café cargado, un jugo de naranja natural y dos helados de chocolate.

—Gracias, estaremos por allá.

—No se preocupe, le haremos llegar su pedido.

No era envidia, pero empecé a observarlos porque eran los únicos clientes con servicio a la mesa, no importa cuántas veces llevo sentada aquí, a mí me toca pararme por mi pedido con el miedo de que mi mesa sea ocupada por los empleados de aquella oficina que les da tiempo para desayunar a las diez de la mañana.

La señora se llama Adela, pero Tony —el señor— le dice «Amor» y ella le responde «Corazón». Toda una pareja de jóvenes atrapados en los años y las arrugas. Durante todo el tiempo que se encuentran en el lugar hablan de las noticias del periódico, Tony no puede leer muy bien, al parecer sus ojos no lo permiten, así que Adela lee pero con un tono muy fuerte porque tampoco es que escuche perfectamente. Al irse se toman de la mano y sonríen entre ellos como si estuvieran guardando un secreto, me pongo a pensar en ese secreto cuando los veo caminar; quizás aquí fue su primera cita, tal vez les recuerda a su juventud, no les gusta cocinar el desayuno o simplemente son felices al ver que sin importar los obstáculos sus manos siguen juntas compartiendo helado de chocolate.

En alguna ocasión me sentí comprometida a adquirir más información, así que le pregunté a uno de los chicos que normalmente atendía a la pareja.

—Hola, ¿qué sabes de los señores de la mesa de allá?

—Hola, pues no sabemos mucho, solo que vienen todos los días, que comen lo mismo y que están casados.

—¿Hace cuánto tiempo vienen?

—Eso no lo sé, desde que empecé a trabajar han estado aquí, ya son parte de nosotros.

—Pero, ¿y si uno de ellos enferma?

—Pues, ya ha pasado, a veces la señora ha faltado y lo envía al señor con una nota, creemos que tiene problemas de memoria o algo así. Viene con su nota, se sienta a comer su desayuno y los dos helados, dice que es en honor de su esposa.

—Es increíble.

—Sí, da un tipo de paz verlos.

Después de eso se fue a seguir con sus actividades, cada vez me intrigaba más saber de esa pareja, terminé con mi novio hace ya unos meses por no poder coordinar el tiempo que nos dedicábamos, no considero por ahora necesario ir en busca del amor, pero al verlos me nace la duda de la persona con la que voy a envejecer, espero —si llega ese momento a mi vida—, sea con alguien que me mire como ella a él.

Una mañana que se encontraban leyendo el periódico —como siempre—, fueron a la sección de columnas, justamente la que había escrito hace dos semanas y mi jefe puso en la parte central, no hablaba sobre cosas que me interesan del todo puesto que me gusta la literatura contemporánea, pero me asignaron escribir sobre la decadencia de la vitalidad al llegar a los ochenta. Esta vez me puse muy atenta a lo que podían decir.

—Mira, corazón, según esto no somos lo suficientemente importantes para la sociedad como lo éramos hace unos años.

—Puras patrañas, amor, estamos igual de funcionales en todos los aspectos.

—¿Pero qué ridiculez es esta?, nosotros hasta podemos dar clases de todo lo que podemos hacer.

—Y qué me dices, amor, de esa parte donde afirmar que no hay actividad sexual.

—Deberíamos hablar con quien escribió esto para contarle qué hicimos anoche.

En ese momento me puse de pie y saludé.

—Hola, soy la que escribió la columna.

—Mira, corazón, es la chica gato, no sabíamos que escribías en el diario, no te contaremos nuestras candentes experiencias de ancianos, no te preocupes.

—¿La chica gato?, ¿a qué se refiere con eso? —pregunté.

—Pues, todo el tiempo tienes pelitos de gato en tu ropa, no estábamos seguros si es de gato o de perro, pero sonaba mejor el apodo con un felino —respondió Tony.

Me reí un poco, era gracioso que también les pongan apodos a los otros clientes, ya no me sentía mal por decirles los ancianos de oro.

—Aprovechando que aún no llega su pedido, quisiera saber un poco de ustedes, si me lo permiten. —Me arriesgué bastante con esa petición.

—No sé, amor, ¿tú, qué opinas?

—Opino que hay que explicarle porqué los ancianos somos muy útiles.

—Con respecto a eso, solo es una opinión que me hicieron crear, no es lo que pienso, pero me encantaría que me cuenten algo de ustedes.

—Déjame pensar, nos conocimos desde mucho antes de saber que estaríamos destinados a envejecer juntos, fue algo accidental la primera vez que nuestros ojos chocaron de frente, en ese momento fue muy difícil identificarlo como el amor de mi vida, pero sabía que algo me había cautivado en ese joven flaco de cejas pobladas.

—Yo iba distraído sin imaginar que aquella jovencita que conocí por casualidad sería quien muchos años después llamaría mi esposa, compañera y amante —respondió Tony—, se puso testaruda y muchas veces se iba a descubrir su rumbo.

—Pero uno regresa al hogar, siempre vuelve al lugar donde se sintió vivo. Nos casamos y tuvimos una hija que ahora vive a tres horas de la ciudad, es una mujercita que nos dio dos nietos.

—¿Sabes cómo reconocer cuando estás frente al amor de tu vida? —dijo Adela.

—Supongo que… uno solo lo sabe —respondí.

—Pues no, uno cree saber muchas cosas, construir edificios porque la universidad lo enseñó, a dar opiniones porque la vida te puso experiencias, pero uno nunca lo sabe; lo descubre, lo construye y lo vive. Cuando entiendes que el amor es un compromiso entre dos almas que se inmortalizan en cada momento, ahí descubres si estás frente a ese verdadero amor. No pierdas la calma, nos equivocamos todo el tiempo y a veces el daño no se puede arreglar, pero el amor de tu vida existe y no tiene nada de malo si ese eres tú mismo… o un gato.

—Al final, la principal utilidad de los ancianos es recordar a esta generación que corre, que también se puede descansar, vivir y sobre todo amar; sin importar tus defectos y virtudes, hay un segundo en el que ves su rostro y te vuelves a enamorar, recordando ese momento en el que pasó de ser un extraño, a la persona más importante de este jodido planeta.

Al terminar de decir eso, Tony se paró y le dio un beso, Adela me sonrió y solo dijo:

—Ahora puedes ver, mi niña, los ancianos somos la evidencia de que después de todos esos problemas que crees tener, esos que no te dejan dormir y te hacen correr, hay una vida que sigue, ahora depende de ti cómo quieres envejecer.

Me quedé reflexionando sobre lo que había dicho la pareja de oro, en su amor, quizás algo sorprendida de ser «la chica gato», pero igual de motivada a poder escribir y buscar lo que quiero hacer con mi vida, más que escribir columnas impuestas, así que busqué cómo quiero envejecer. Poco tiempo después me llamaron para una entrevista de trabajo como maestra en una universidad, dándome el puesto después de tres pruebas, lo que no me permitía ir a diario al restaurante de comida rápida. Ahora Adela y Tony me saludaban al llegar y en ocasiones le mandaban saludos a mi gato.

Un sábado después de las diez en que fui a comprar un café por el apuro de la mañana me percaté de su ausencia, la mesa estaba vacía. Ocurrió lo mismo en dos o tres ocasiones que fui, nadie sabía nada de ellos, simplemente desaparecieron. Había acabado el primer trimestre así que tenía tiempo para conectarme con mi lado escritor, nuevamente iba al restaurante aunque mi verdadera razón era verlos. Hasta que un taxi se estacionó fuera del local, del cual bajó Tony, se sentó en la mesa y cerró los ojos.

Quizás fue atrevido, pero me acerqué y tomé su mano, estaba helada. Me miró y sonrió. Sus ojos estaban llorosos, era implícito el suceso que lo hacía llegar solo, pero no dijo nada y pidió que me quedara un momento para conversar, mientras uno de los chicos cogió la notita con su orden y fue a prepararla.

—Sus ojos, solo tengo miedo de olvidar sus ojos, ese verde esmeralda que me encontró entre la multitud, no quiero olvidar sus ojos. He olvidado muchas cosas antes, no sé cómo llegar a mi casa sin dudar de cuál es, no sé cómo poder organizar las medicinas, ni sé cómo vivir sin ver sus ojos.

—Tony, ¿por qué venían aquí?

—Pues, es el punto medio, nuestro punto medio. Ella se marchó hace años porque no era feliz, solo se fue y yo esperé. Cuando ella volvió yo no reconocía al mismo amor de secundaria, así que fuimos a un punto medio, cogimos un mapa desde su casa a la mía y llegamos aquí, a esta mesa, donde era nuestro lugar. Ella me amó sin necesidad de que lo haga, porque así es ella, solo ama. Yo la amé porque no quería perderme un solo segundo de su tiempo, de su piel, de toda ella. Nos amamos.

—¿Ahora, qué hará?

—Amarla, como se merece, hasta el final de los tiempos, porque de muy pocas cosas estoy seguro en esta vida, pero de esta estoy convencido, ella es el amor de mi vida. El amor es caprichoso, a algunas personas las hace esperar, a otras se le pasea constantemente frente la nariz, también hay un grupo al que no llega; yo soy afortunado, compartí toda mi vida junto a ella aunque no todo el tiempo estuvo presente, y ahora no está… temo olvidarla también.

En ese momento llegó el pedido, junto a los helados de chocolate que comían antes que lo demás, los tomó en la mano y dijo:

—Ella ama el helado de chocolate, porque le recuerda cuando éramos jóvenes, tontos y despreocupados. Yo amo el helado de chocolate porque es como verla por primera vez. Tenga —me dijo estirando el helado—, puede compartir conmigo este helado.

—Señor, no creo que deba.

—Hágalo, querida niña, espero encuentre a su propio helado de chocolate un día, que la haga sentir viva, como a mí me hace sentirla a ella, a mi amor.

Poco tiempo después Tony no volvió al restaurante, nadie supo más de los dos amantes de oro, aquellos que profesaron su amor para demostrar que este existe, es real y que solo necesitas verlo a los ojos y así podrás encontrar la historia detrás. Cuando camino por la ciudad me pongo a pensar en ellos, en la muestra de que el amor está ahí afuera en algún lugar y perdura, imaginando qué pasó después, quizás Tony fue a vivir con su hija, disfrutar de sus nietos; o fue tras su amor. Solo me gusta creer que las historias sin final dan esperanza al que las vive, para cerrarlas de la forma que le complazca y lo deje dormir en paz, me gusta pensar que donde sea que estén se volverán a encontrar y comerán helado de chocolate.

jueves, 9 de mayo de 2019

La ciudad maltratada


Paulina Pérez


La elegancia, los contrastes y el misterio iban desapareciendo por el abandono y la apatía de quienes la habitaban.

Había nacido entre altas montañas, algunas de ellas con la mitad del cuerpo cubierto por un manto blanco en invierno; cuando el cielo estaba azul, nítido, el paisaje era un verdadero espectáculo. Antes de la llegada del internet, las redes sociales y los teléfonos inteligentes, quien lograba una foto con aquella vista de fondo, la colocaba en la primera página del álbum familiar o en el lugar más visible de la casa, enmarcado o dentro de un portarretratos. La parte histórica de la ciudad es bastante grande; las casas coloniales, cuyos propietarios pertenecían a las familias adineradas e influyentes de la urbe, eran de dos pisos, de adobe, con gruesas columnas, techos de tejas, amplios corredores, y tres patios internos que se usaban respectivamente para lavandería, servidumbre y caballerizas y que con el tiempo, se fueron transformando en patios ajardinados que albergaban grandes macetas con plantas florales de vistosos colores y pequeñas piletas de piedra. Los inmensos portones y ventanas de madera, y los balcones de hierro forjado traídos de Francia, hacían contraste con las blancas paredes. Los pisos de las escaleras, salones y dormitorios eran de tablones de madera muy cuidados y encerados y los de los baños, de piedra. Muchas de estas grandes casas fueron restauradas y la mayoría de ellas ahora son hoteles de lujo, hostales o restaurantes de comida típica y en algunas calles, casi en los límites de la parte histórica y la ciudad moderna se pueden observar centros de tolerancia que conforman lo que se conoce como zona roja.

Las empinadas cuestas y el desordenado crecimiento de la ciudad, más larga que ancha, son parte de su atractivo.

Todavía hay ciertos barrios antiguos y modernos bien conservados, organizados, pero el resto de la ciudad ha ido perdiendo su encanto, incluso la parte colonial. Con nostalgia se recuerda cuando antes de las fiestas de fundación, se hacían los concursos de belleza para elegir a la reina de la ciudad y cada barrio realizaba su propio certamen, luego la nueva gobernante y su corte distribuían refrescos a los vecinos que, organizados en grupos, limpiaban calles, veredas, parques, pintaban las fachadas de las casas y condominios; al final de la jornada, orquestas populares amenizaban el baile en las calles y el canelazo, una bebida de aguardiente, naranjilla y azúcar, abrigaba y animaba a los presentes. Definitivamente eran otros tiempos, épocas de solidaridad, de tradiciones que nos hacían amigos, de anécdotas, de historias que se convertían en leyendas.

La ciudad no pudo hacer a un lado los vientos de cambio. Las áreas coloniales fueron invadidas por escasas construcciones nuevas, sin gusto, además de la contaminación ambiental y visual. Los almacenes, cada uno con su propio equipo de sonido, pasando canciones de moda a todo volumen, hacían imposible una caminata tranquila por aquellas calles. La agitada vida  moderna, el consumismo desenfrenado y el cambio climático la iban lastimando, hiriéndola, enfermándola.

El invierno se desató con furia, la lluvia no cesaba y se alternaba con caída de granizo, la gente trataba de protegerse del temporal bajo los salientes de casas y edificios o entraban a los comercios, cafeterías, esperando que la tempestad amaine mientras, impactados, miraban a través de las ventanas cómo la lluvia formaba ríos violentos de agua que levantaban pedazos de calzada y arrastraban todo lo que encontraban en su camino.

Los vendedores informales se habían tomado desde hace un tiempo las veredas para expender sus productos y los colocaban sobre cajas cubiertas con plásticos o láminas de cartón o madera que apoyaban contra las paredes, el agua cayó sin darles tiempo a nada y desesperados miraban como lo perdían todo.

Las alcantarillas estaban saturadas y las aguas servidas comenzaban a salir por los sifones e invadían los locales comerciales y las viviendas, los truenos y relámpagos atemorizaban aún más a quienes la tormenta atrapó saliendo de sus trabajos, o regresando a ellos después de la hora de almuerzo.

Los canales de televisión pasaban imágenes de personas arrastradas por el fuerte caudal, pasos a desnivel inundados con automóviles y buses atascados. En una hora de intensa lluvia la ciudad colapsó.

Quizás fue un mensaje para sus apáticos e indolentes habitantes que día a día la agredían. La modernidad los había vuelto tan indiferentes y egoístas que los buenos hábitos y costumbres eran recuerdos de tiempos mejores. Ya nadie respetaba los horarios de recolección de desechos, las fundas atiborradas de plásticos y basuras eran destrozadas por los perros callejeros. Los parques convertidos en cantinas públicas, y en servicios higiénicos de las mascotas, las calles atestadas de vehículos conducidos por gente estresada y malhumorada que usaba el claxon sin consideración por los conductos auditivos de los peatones.

Así, de a poco y cada vez más rápido, la ciudad calma, de casas coloniales y grandes plazas en su parte histórica, de barrios residenciales y amigables, de lujosos y modernos edificios en zonas regeneradas, se convertía en un infierno de basura, contaminación, individualismo e indolencia.

Cuando cesó la lluvia, la ciudad parecía una mujer maltratada, el maquillaje corrido, sus vestidos hechos hilachas, su piel llena de cortes y hematomas, sus cabellos enmarañados y quienes la miraban permanecían desolados, con los ojos crispados ante semejante reprimenda de la madre naturaleza.

La ‹‹Carita de Dios›› nombre que había merecido por el contraste entre las estrechas calles de piedra, las elegantes casonas coloniales junto a plazas, parques e iglesias centenarias y los cielos azules o los rojos atardeceres, se había transformado en un rostro demacrado y adolorido. Entre los políticos y la gente que la habitaba acababan con ella, la humillaban, la vejaban sin asomo de remordimiento.

Al día siguiente, ella apenas empezaba a recuperarse de aquel torrencial aguacero y la decepción le asestó un nuevo golpe, no había sido suficiente verla desgarrada por la furia del agua que cayó del cielo como un castigo, ¿qué más tendría que pasarle para que se apiadaran de ella y la ayudaran a renacer?

lunes, 6 de mayo de 2019

Don Cayetano


María Elena Delgado Portalanza


Mi vecino don Cayetano, como cariñosamente lo llamaban todas las personas que lo conocían, era un anciano amable de mirada profunda, hablar fluido y algo excéntrico me atrevería a decir.  En su conversación se reflejaba la sabiduría y la suspicacia que se adquiere con los años.

Se acostumbró a levantarse con los primeros rayos de luz, sintonizaba su radio preferida con el programa La hora del pasillo e iba directo a alimentar a sus aves de corral, que era su actividad favorita en los últimos años. El patio de su casa no era muy grande, sin embargo, criaba cinco patos,  diecinueve gallinas y dos gallos. Después de alimentarlos, hablarles, limpiar el gallinero, el bebedero, entraba a casa a desayunar. Luego salía nuevamente según como estaba el día y pasaba horas y horas observándolos. Algunos de ellos, sus preferidos, tenían nombre.

Recientemente habíamos adquirido una bonita y amplia casa dentro de una pequeña urbanización  cerrada en las afueras de la ciudad. Por la cercanía al cerro Montecristi, era muy fresca y en las noches de verano bajaba una fría neblina que nos obligaba a dormir con gruesas frazadas.  Eran solo seis casas y una de ellas era la nuestra.  Estaba muy ilusionada con mi nuevo hogar, mis hijos ya podían disfrutar de espacios libres,  no me preocuparía por pagar la renta mes a mes, ¡era propia! Sembramos césped y geranios en el jardín, y en el patio muchas papayas, al fin teníamos nuestra casa.

La cerca que dividía mi patio y la de mi vecino Cayetano era muy baja por lo que se nos facilitaba saludarnos y mantener cortas conversaciones. Después ya aumentaríamos la altura de la cerca cuando compré un bello ejemplar de dóberman para mis pequeños hijos.

Don Cayetano me contaba un día muy animado:

—Mire, vecina, mi Catalina es la gallina más gorda y hermosa, su plumaje amarillo brilla con el sol y es muy activa pues pone huevos todos los días de Dios, aunque a veces pelea con la Gertrudis, que es esa. —Me señalaba con un dedo.

—¿La del pescuezo pelado y con el copete en la cabeza? —le pregunté.

—Sí. —Sonreía—. Esa que está como recién salida de un gabinete de belleza, esa es tremenda, es muy escandalosa, y tengo que siempre andarle cortando las plumas de las alas porque le gusta salir de casa, saltarse las cercas. —Y poniendo cara de preocupación continuó diciendo —Hay zorros por aquí y temo que un día se escape y se la coman. Gertrudis es una dama escandalosa y coqueta, le encanta darse baños de tierra.

—Pero eso les gusta a todas, ¿o no? —le respondía.

—Sí es verdad, pero ella es la más tenaz, ah, ah, y una revoltosa, es una loca bella. Solo tengo dos gallos, ese grandote de plumas blancas plateadas es el Jacinto, con  esa gran cresta y espolón poderoso; se cree el dueño del gallinero y con razón,  ya le cuento el porqué. Y el Tomás, que es más mocito pero ya empieza con su canto ronco a despuntar como otro gran macho del gallinero. Todas las gallinas prefieren al Jacinto, pues este las pisa con rapidez y con brío. —Y, al decir esto, sonreía con su boca de anciano desdentado, pero con cierta picardía y complicidad.

—Caramba, solo dos gallos para todo el gallinero —le dije algo asombrada.

—Así es mejor vecina. Bueno también está la  Rosaura, otra gallina Guarica que pelea con Gertrudis, a decir verdad todas se disputan al Jacinto.

No salía de mi asombro cómo era que sabía tanto de sus animales y seguidamente le preguntaba que si todas tenían nombre.

—No señora, solo las que más quiero.  —Me contestaba sonriente. 

Seguidamente me obsequiaba una papaya de su cosecha y me aconsejaba que no bote las semillas y las siembre, pues en este clima se da muy bien esta fruta, me aseguraba. Le agradecía y nos despedíamos amablemente.

Alberto Mendoza, (Don Cayetano sería luego su mote) fue el tercero de once hermanos, nacido el veinticinco de octubre de mil novecientos treinta y uno en la Finca «Los Mendoza» en las riberas del río Chone, cerca de Bahía de Caráquez. Su niñez llena de amor y enmarcado en valores y respeto a nuestros semejantes como a los animales y demás seres vivos. Combinó las labores del campo y sus estudios escolares. Su padre, hombre honesto y trabajador, tuvo que vender la finca cuando la situación económica se empezó a debilitar por la caída de los precios del café, rubro principal de la hacienda. Esto motivó que el joven Alberto interrumpa sus estudios y se ponga a trabajar, ya que por estar entre los hermanos mayores, debía ayudar a la economía familiar.

Después de vender la propiedad  toda la familia se trasladó a vivir al pueblo. Fueron tiempos muy duros sobre todo para Alberto que se había vuelto más reservado que antes. Extrañaban los días en la finca en la que parecía que las horas pasaban más lentas, los atardeceres eran más pintorescos, el despertar con el trinar de los pajaritos, el mugido de las vacas, el canto de las aves de corral. Aspirar el olor a tierra mojada y a café recién molido que inundaba los sentidos. Nada se comparaba con esas vivencias.

Sin embargo, había que continuar como buenos hijos con los cambios que les ofrecía la vida. Alquilaron una vieja casona en un barrio populoso, en la calle Alejo Lascano a dos cuadras del Mercado Central, ahora el despertar era entre pitos de carros, el bullicio de los vendedores y el ajetreo de los comerciantes. Alberto por este tiempo empezaría a beber licor después de la jornada laboral con los amigos del pueblo, pasaba en los billares y cantinas. Su padre, hombre de mucha rectitud, no estuvo de acuerdo con ello y terminó sacándolo de la casa, pues no permitiría un mal ejemplo a sus otros hijos. Así pasaron algunos años hasta que conoció a la bella Teresita y su vida se llenó otra vez de luz y esperanza.

Junto con ella construyeron un sólido hogar, lleno de disciplina y virtudes. Sus días de parranda quedaron atrás y fue un responsable padre de familia. Se trasladó a vivir a la linda ciudad de Manta donde consiguió colocarse de chofer en una institución pública encargada de velar por la administración del puerto, donde años más tarde se jubilaría.

Sus compañeros de trabajo lo apreciaban mucho, ahí le pusieron el mote, que llevaría hasta el final de sus días; por una película de moda, donde el chofer del capo de la mafia italiana era Don Cayetano y físicamente se parecía mucho a él. Don Alberto se sentía tan identificado con su apodo que cuando le preguntaban su nombre, él decía sonriendo, solo pregunten por Don Cayetano y verá como me encuentra.

Fue un padre ejemplar y junto con Teresita criaron a sus siete hijos con mucho amor y rectitud, hizo énfasis en que sus hijos culminen una carrera profesional, pues siempre se lamentó no haber tenido la oportunidad de estudiar. Sus hijos no lo decepcionaron y el que ellos fueran profesionales constituía su mayor orgullo.  Cuando los nombraba decía: ya mismo viene a visitarme mi hijo Carlos, el arquitecto… o mañana viene mi hijo César, el doctor, y así por el estilo nombraba a sus hijos con ese orgullo de padre realizado.

Jack, el cachorro de dóberman, había crecido rápido, por lo que me vi apurada a subir la cerca, que dividía mi patio con el del vecino Don Cayetano; además nuestro perro parecía tenerles mucho odio a sus gallinas, su cacareo constante lo ponían nervioso. Cuando ellas ponían sus huevos empezaba un coro fuerte de cacareos  y al mismo tiempo: el perro ladraba, los niños reían y se formaba una gran algarabía.

Jack era un gran cazador, ya en su corta edad había matado algunos zorros que merodeaban el gallinero. En las mañanas yo salía desprevenida a trabajar, al abrir la puerta, ¡qué susto! Me encontraba con un bulto de gruesos pelos negros, ¡era un zorro muerto! Y Jack feliz meneaba su cola con orgullo por el trofeo de guerra que exhibía.

Un buen día hubo una alharaca muy singular; Gertrudis se pasó la cerca que dividía nuestras casas,  Jack, siempre vigilante, en un santiamén con sus grandes fauces le quebró su elegante pescuezo. Cuando llegué a casa, Juana, mi asistente doméstica me cuenta el incidente paso a paso.

—Señora, primero ¡logré quitarle la gallina al perro!, ¡fue difícil, pues no quería soltarla, nunca lo había visto tan enardecido!, ¡echaba espuma por la boca!,  luego puse a hervir agua para sacarle las plumas y bien lavadita y sacándole las magulladuras se la puse en su mejor bandeja y se la fui a dejar al vecino.

—¿Qué pasó luego? —le inquirí con expectativas y muy apenada.

—Nada, solo Don Cayetano cuando abrió la puerta y viendo que le traían muerta a su gallina en una bandeja se tapó la cara con una mano y con la otra me hacía señas pidiéndome que me vaya por favor, que no quería verla.

Ese día Don Cayetano no comió y pasó todo taciturno por la muerte de su bella Gertrudis en manos de Jack, yo me sentía mal no sabía cómo desagraviar a mi vecino, pues conocía del afecto de él hacia sus gallinas, y Gertrudis era una de sus preferidas.  Pero no era la primera vez que pasaba algo similar. Dos hermosas gallinas, la Tomasa y la Rosaura ya habían muerto anteriormente por infarto. Las alimentaba mucho y luego sufría su pérdida.

Don Cayetano vivía con sus dos hijas solteronas y su esposa Teresita y en reunión familiar le insistieron para que dejara de criar gallinas, que le ocasionaba  muchos inconvenientes  y más aún, este pasatiempo mermaba su economía de jubilado, ya que  él no permitía ni que se las coman, ni tampoco venderlas. Pero era terco y se enojaba. Decía que eso era su única diversión que lo conectaba a los recuerdos de su niñez en la finca de sus padres.

Solo cuando su amada Teresita enfermó y luego murió perdió su luz y esperanza por la vida.

No quiso saber nada de sus gallinas, no le interesaba nada, ni nadie. Luego sus hijas se trasladaron a una zona más céntrica de la ciudad, que empezó a aborrecer. Había adelgazado mucho y se volvió muy melancólico. Pasó un año viviendo, sin vivir. Hasta que una cálida tarde en que casi no probó bocado se retiró a descansar para ya nunca despertar.

miércoles, 1 de mayo de 2019

El gran día


Juan Esteban Sierra Quiceno


Recorriendo el vestíbulo desde la sala hacia la puerta principal, e inmediatamente en sentido inverso, y después otra vez en la primera dirección, hay un joven imberbe, aunque si quisiéramos ser en absoluto fieles a la verdad y eso queremos, habría que reconocer que algo de pelo, o pelusa, al menos, le adorna ambas mejillas. En cualquier caso, este joven de azul (camiseta, bluyín) que observamos errar por el vestíbulo echándole de vez en cuando miraditas a su reloj de pulso, está pensando obsesamente en el día de hoy. En realidad, solo piensa en el lapso de la próxima tarde, porque ha calculado que esta fecha, en definitiva, será su gran día, o tarde, mejor. Y no podrá ser de otra manera, no es cierto, muchacho: tus padres se marcharon para una convención de médicos en la capital; la señora del servicio tiene libre; tu hermana ya está en la finca de una de sus amigas para pasar todo el fin de semana; y lo más importante, tu noviecita, enterada de que nadie más estará en la casa, aceptó tu invitación a ver una película en DVD, después de ardua insistencia para guardar las formas, claro está.

Ahora Sara, que así se llama la novia de Andrés, que por cierto es el adolescente casi imberbe del que se ha hablado antes, debe de estar a punto de llegar. Entonces escuchamos el timbre («¡rin!»), Andrés que también lo oye se dirige de nuevo hacia la puerta, esta vez con un propósito preciso, el de abrirla por supuesto, y con una mano húmeda apenas logra girar su pomo. Y ahí, en el umbral, junto a la guirnalda navideña prematuramente colgada, está Sara, la más bella de las Marianitas, según el mismo muchacho; y aunque tal aseveración no sea en estricto cierta, cualquier mirada objetiva como la nuestra, claro reconocerá enseguida lo linda que es Sara. Y, en verdad, lindísima ha llegado hoy a la casa, con su cabellera rubia recién planchada, una blusa blanca y escotada, y el shortcito que la semana anterior les había facilitado unos presurosos manoseos —¿una indirecta?, ¿tú qué opinas?

Se saludan con palabras («Hola, Sara», «Hola, Andrés»), y después el joven, tal vez desconcertado por el aroma a coco de su champú, le asesta un besito breve pero sobre la mejilla izquierda. ¿En serio, Andrés?, ¿en la mejilla?, ¿hoy? De inmediato cae en cuenta de su error y se reprocha en silencio no haberla besado en los bonitos labios. Considera, pues, darle un nuevo beso como debe ser, pero el segundo que dura tal hesitación solo vuelve más incómoda la escena. Definitivamente tarde para otro beso de saludo, la hace pasar a su cuarto con un pensamiento tranquilizador: los besos no solo se dan para saludar.

Apenas entran a la habitación de Andrés (atravesando el vestíbulo aquel, vadeando la sala por la izquierda y luego siguiendo por el corredor hasta sobrepasar la puerta del fondo), este mira el disquito que tenía preparado encima del teatro en casa, y en eso lo asalta una nueva duda: debería tomar dicho disco, insertarlo en el aparato y reproducir la película; o lo mejor sería empezar de una buena vez con el besuqueo… a fin de cuentas ambos saben que la película no es más que una excusa. ¿Pero qué es lo que debes hacer, Andrés?

Tras un nuevo atado de segundos incómodos ¿ya cuántos van?, opta por los besos. Felizmente los labios de Sara no ofrecen trabas a los suyos. Los ósculos, con más lengua de la necesaria, continúan pues por varios minutos, tantos como para, según los cálculos del rijoso adolescente, recibir la autorización tácita de tocarle los senitos. Y ahí, una duda más lo asalta: ¿debía posar sus frías palmas —¡Dios, cómo las tienes de heladas!— encima de su ropa como en un par de ocasiones lo había hecho en casa de ella?, o ¿debería sacárselos entre el amplio escote de la blusa para acariciárselos directamente? O teniendo en cuenta que estaban solos por completo, ya que nosotros en realidad no estamos: ¿debía, más bien, quitarle por primera vez la blusita del todo?

Quizá, Andrés, lo mejor sería que hicieras paso a paso lo que tantas veces y con bastante imaginación has relatado a tus condiscípulos: entonces los besos se detienen permitiendo el cuasi-suave deslizamiento de la blanca prenda por sobre la cabellera con esencia a coco (tristemente dos cabellos de oro quedan engarzados en el reloj durante dicha operación). Para después desabrochar entre risitas, y tras más de un intento, todo hay que decirlo, el brasier de igual manera blanco que apresaba esos senos redonditos y turgentes. Tampoco permanece la camiseta azul, y se reinician los besos, claro. Las lenguas, tan torpes en un principio, se mueven ahora con mayor destreza, mientras las cuatro manos recorren una y otra vez cada pedacito de los torsos nuevos.

En eso Sara se retira las sandalias que vestía. O sea, se prepara para tenderse en la cama, porque hasta ese instante todo había ocurrido estando de pie, pero al lado, eso sí, de la camita. Más indirectas, claro, no se necesitan: así que la joven descalza da contra el colchón tras un ligero, y quizá poco romántico, empujón. La posición horizontal induce a una nueva y minuciosa exploración de cada milímetro de la piel del torso: esta vez llevada a cabo por unos labios masculinos que apenas si resisten el roce con esos vellitos erizadísimos. Dos minutos después, sin embargo, aquellos mismos labios que con tanto ímpetu recorrían todo el tronco se limitan en exclusiva al área ubicada por encima de ese botoncito niquelado que tiene cualquier short. Botón, que de hecho, es besado también: ¿de algún modo habrá que ganar su simpatía? Y esa estrategia… —infantil o lo que sea— funciona, porque es la propia Sara quien lo desabrocha junto con la cremallera adyacente. Y así queda expuesta una parte de su tanga: roja, mojada y de un ácido y acre olorcito, en nada desagradable, por supuesto, pero imposible para cualquiera de aspirar por mucho tiempo, a riesgo de enloquecer de excitación.

Tenis, medias, bluyín y short desaparecen entonces de la escena. Solo restan la tanguita roja humedecida, unos calzoncillos tipo bóxer y el susodicho reloj de pulso, pero este último no impedirá ninguna desnudez. En seguida la tanga, tensando casi al límite su elástico, baja por los glúteos de Sara hasta más allá de sus delicados pies. Los bóxer baboseados por la enorme excitación son desarropados también. Y luego aquellas manos, aún friísimas, separan los soberbios muslos pero no sin dificultad, porque una alumna de las Marianitas debe mantener siempre las formas. Y todavía después, bueno... simplemente diré que dos vírgenes menos habrá en el mundo.

Oh, sí… más o menos de esta manera lo has contado en repetidas ocasiones en el patio del colegio, ahora solo tienes que actuar idéntico al Andrés de la historia y de seguro asimismo coronarás. Deja los nervios, ya sabes con exactitud lo que hay que hacer. Hoy es tu gran día, o tarde… da igual.

«¡Rin!», resuena con estruendo un timbrazo. En un segundo Sara se aleja cuatro pasos del muchacho, y en otros dos ya se ha alisado por completo el cabello y la blusita blanca que nadie le llegó a quitar. Mientras, en esos mismos tres segundos, ninguna reacción exterior habríamos podido observar en nuestro héroe, quien volcado para adentro apenas alcanza a pensar en los fluidos de su erección, que ya se le están yendo inútil y dolorosamente a los testículos. «¡Rin, rin!», se escucha una y otra vez. Espoleado por Sara el joven alelado abandona el cuarto, sigue por el corredor hasta superar la sala y el vestíbulo, y de nuevo gira el pomo de la puerta principal con su mano todavía sudorosa. La misma que su educación y la costumbre le obliga a ofrecer a Ferdinando, el electricista de la familia, quien ha venido de parte de sus padres a instalar el alumbrado navideño en la fachada hoy, precisamente este último sábado de noviembre —¡Mierda!, lo digo por ti, Andrés, hoy no será tu gran día, ni tarde, ni nada.