viernes, 23 de mayo de 2014

Estás fenomenal

Marco Haro Sánchez


Fui ingresado de emergencia por la caída que tuve, no menos de doce metros rodé por la peña, recordaba mi mujer que fueron días difíciles. Horas antes me encontraba trabajando en la cantera tal y mi función era la de controlar que la maquinaria de moler piedra no se atascara. Para ello, vigilaba su funcionamiento desde una cabina. También contemplaba un pintoresco escenario compuesto por montes cubiertos de variada vegetación, carreteras que subían o bajaban por los extremos. Del mismo modo, las máquinas de movimientos de tierras realizaban cortes cada vez más profundos sobre el terreno, el cual prácticamente iba perdiendo su forma original y se convertía en un enorme agujero cual un cráter de un gigantesco volcán.

Enseguida del accidente, mi mujer comentó a mis hermanas, quienes se acercaron desde Madrid para estar junto a mí, lo que ocurría en la UCI los primeros instantes de mi ingreso, más o menos fue así:

–Si en el plazo de cuarenta y ocho horas –profirió el médico que me atendió en los momentos críticos– sus pulmones no logran funcionar por sí solos será hombre muerto.

Aquellas aseveraciones cayeron como hachazos mortales sobre el corazón de Mirla que no hacía más que llorar.

–Sí –asintió otro facultativo–, además lleva un montón de fracturas que no pueden ser intervenidas mientras no se normalice su respiración.

–Lo tenemos liado el asunto –corroboró el primero– puesto que sus pulmones son un banco de carne inservible, hinchado y sanguinolento.

–Claro –soltó un tercero–, con una caída tan alta como la que ha tenido no es para menos. Es un milagro que esté con vida.

–Bueno, señora –intentó consolar a mi mujer el principal de todos–, esperemos que quiera luchar por su vida el paciente y empiecen a funcionar sus pulmones. Tranquilízate que nada podemos hacer hasta mientras.

Mirla asintió vagamente, al tiempo que se enjugaba las lágrimas que rodaban por sus mejillas.

Cuando pasé la coma inducida de veintiún días solo era un despojo; pues me había quedado en los huesos y con harta dificultad para expulsar los deshechos orgánicos. Por lo mismo, llevaba colocada una sonda que recogía la orina en una bolsa transparente.

–Estamos reunidos los mejores literatos –proferí preso aún de la anestesia ante el grupo de personas que me visitaban.

–Este es fulano de tal –proseguí con mi perorata–, el hermano mayor de Julio Jaramillo; y aquel, su padre, don Neptalí.

Todos comprendieron mi estado neurótico e hicieron caso omiso del anuncio. También dejé caer:

–Soy un guerrillero seguidor del Che Guevara que estoy al mando de la revolución aquí en España…

–¡Hum! Revolución –interrumpió Mac Giver–. Sigue nomás con tu revolución a ver cómo te va.
Como si hiciera eco en mí su advertencia dejé de desvariar y anhelé encontrarme con la realidad.


El milagro ocurrió, ya que cuando solo restaba una hora para que expirase el plazo de las cuarenta y ocho concedidas por los médicos, mis pulmones despertaban con débiles movimientos.

–¡Eureka! –exclamó emocionado el jefe de especialistas que me rodeaba– ¡Eso es lo que tienes que hacer, chaval! ¡Respira! ¡Respira!

Esta aclamación fue seguida de un sonoro aplauso por los demás médicos y personal sanitario que me atendía. Enseguida se acercó a la sala de espera y profirió ante mi mujer que aguardaba cariacontecida:

–¿Los familiares de Aurelio Hidalgo? –indagó.

–Aquí –contestó vivamente mi mujer.

–Te traigo buenas noticias –dejó caer el profesional médico.

–¿Qué, doctor? –interrogó Mirla pegando un salto y poniéndose de pie.

–Los pulmones del paciente están volviendo a funcionar; aunque con débiles inhalaciones y exhalaciones, pero van para mejor.

–¡Gracias a Dios! –exclamó Mirla sin poder contener su alegría– ¡Gracias a ustedes que han logrado salvar a mi marido!

–Es él mismo quien ha puesto de su parte –atajó el cirujano–. Enhorabuena. Ahora nos toca esperar un poco para realizarle las intervenciones pendientes.

Dicho esto desapareció por los límpidos pasillos del centro hospitalario.

Al cabo de unas horas, quitaron la intubación que llevaba un par de semanas. Muy levemente volvían a la vida mis pulmones. Enseguida me colocaron en otra camilla y fui trasladado al quirófano para empezar con las intervenciones quirúrgicas. Iban a inyectarme anestesia general cuando:

–¡Oh, no! –profirió el médico que capitaneaba la intervención– ¡Ahora no!

El equipo de médicos estaba pendiente del monitor que sobre mi cabecera indicaba la evolución de su funcionamiento. El contador bajó a mínimos y solo se apreciaba una línea plana sin altibajos.

–Se suspende la operación hasta segunda orden –soltó el que llevaba el mando–. Hay que esperar a que funcionen correctamente.

Acto seguido llamaron a mi mujer para decirle:

–Lo sentimos, los pulmones han vuelto a fallar y hasta que no funcionen con un porcentaje aceptable no se lo puede intervenir.

–¿Pero por qué no funcionan, doctor? –volvió mi mujer.

–Mira –repuso el médico aguzando el gesto y mirando sobre sus anteojos–, al llevarlos encharcados en sangre e hinchados, difícilmente podrían funcionar como es debido, ¿no te parece lógico, mujer?

–Sí, doctor –repuso Mirla con un hilo de voz–, pero ya estaban volviendo a funcionar ¿y ahora qué pasa?

–Ahora, lo hemos vuelto a intubar hasta que funcionen pasablemente bien. Dentro de algunas horas sabremos los resultados. No queda más que esperar. Ya te comentaremos cualquier cosa ¿vale?

–Vale –asintió Mirla entristecida–. Pero doctor, ¿existe alguna alternativa en caso de que no funcionasen?

–Hay una sola –replicó el médico, impaciente–, pero es muy arriesgada.

–¿Cuál es, doctor? –inquirió vivamente Mirla.

–En último de los casos se le podría aplicar un transplante de pulmones –dejó caer el galeno con tono serio–; pero no se lo recomiendo. El paciente es joven y sería una lástima que hubiera que tomar ese camino. Esperemos que funcionen los suyos propios y no especulemos más en este asunto hasta nueva orden ¿vale, señora?

–Vale –soltó Mirla sin más ni más.

Cuando tuve una leve mejoría y respiraba un poco mejor me practicaron las intervenciones del brazo y del hombro, los cuales los tenía fracturados. A partir de entonces empezó la fase de recuperación.

Todas las mañanas debía aguardar el taxi que me acercara al centro de rehabilitación. Apenas ponía mis pies allí debía tener una sesión de baño termal que duraba una hora. Luego esperaba en una camilla el turno de ser atendido por la fisioterapeuta que llevaba mi caso y moría de miedo cuando la veía acercarse.

–Hola, qué tal –saludaba mientras empezaba a trabajar con mi humanidad.

–Bien –contestaba con un hilo de voz.

Al tiempo que empezaba a quejarme cuando convertía mi brazo en un asta de molino.

–¡Ay! ¡Ay! –dejé caer más de una vez.

–¡Ya cállate –me reprendía cortando la conversación con sus demás colegas que hacían lo propio con otros pacientes– y deja de de estar tenso, coño! ¿Cómo te vas a curar si tú no pones de parte? ¿O prefieres quedarte torcido?

Al final de cada sesión me sentía aliviado y tenía la impresión de que avanzábamos mucho; pues a las tres semanas solo restaban unos veinte grados para llegar a su totalidad, lo que nunca se llegó.

En tanto tenía visitas al traumatólogo, al urólogo y otros especialistas. Cuando me tocó al primero me revisó las placas que envió a hacerlas en días anteriores y me pinchó con agujas en la pierna derecha.

–No tienes nada anormal –me dijo luego de darme golpecitos con un martillo de goma en la rodilla–, así que no hay que rehabilitar la pierna porque no se encuentra ningún desperfecto. Estás fenomenal –concluyó.

Esta frase: «Estás fenomenal». Se convirtió en un himno que coreaban todos los facultativos y ayudantes. Lo propio ocurrió cuando acudí al urólogo debido a que tenía disfunción en las vías urinarias producidas por una fractura en la pelvis. Este especialista me realizó una prueba para medir la afección del aparato urinario, la cual fue del todo insoportable.

–Respira hondo y contén la respiración –me ordenó mientras introducía una vara por mi conducto urinario.

Mientras examinaba la pantalla que indicaba algo parecido a la evolución de un sismo.

–Respira y no sueltes el aire –volvió el urólogo en tanto me retiraba el objeto extraño de mis partes–. Ya puedes respirar –concluyó por fin.

Enseguida me dio del diagnóstico:

–Si no mejoras el flujo urinario en tres o cuatro semanas tendremos que tomar medidas más drásticas. Espero no tener que llega a ellas.

–¿Cuáles son ellas, doctor? –indagué un tanto asustado.

–La fractura –prosiguió– que has tenido en la pelvis obstruye de manera progresiva dicho flujo. El meato urinario se cierra cada día un poco más.

–De momento lo mantenemos controlado –añadió el médico– pero vamos a ver qué ocurre con el paso de estas semanas. Hasta mientras a tomar los medicamentos como es debido, sin olvidarte ninguno ¿vale?

–Vale –dejé caer sin más.

Me sentí ante las cuerdas y no supe si esta visita con el médico era una terrible pesadilla o una monstruosa realidad.

Era cierto que me costaba mucho orinar y me dolía de manera atroz la parte pélvica, el bajo vientre y los testículos.

En los días sucesivos fui expulsando la orina de manera progresiva; aunque me dolía mucho cada vez que lo hacía pero empecé a curarme de veras. Enseguida me dieron el alta no sin antes citarme para dentro de seis semanas para realizar un chequeo general a ver cómo evolucionaba.

Seguidamente entré en sesiones periódicas de rehabilitación oral, las cuales poco o nada me ayudaron a recuperar la normalidad de mis cuerdas vocales. También debía realizar una serie interminable de ejercicios en casa para colaborar abiertamente con la rehabilitación del Hiato ni sé cuánto.

Por último, esta especialista me aseguró:

–Las cuerdas vocales son dos filamentos que van siempre juntos como las teclas de un piano; pero si pasa, como en tu caso, que forman un óvalo entre ellas no funcionan correctamente, cuyo resultado es la distorsión de la voz.

–¿Qué puedo hacer para corregir aquello? –objeté de inmediato.

–Algo que resolvería bastante bien esta disfunción –añadió con viveza– sería colocarte una prótesis para que sustituya las cuerdas averiadas.

Hubo un corto silencio.

–Pero –agregó la especialista– con una correcta rehabilitación oral conseguiremos un buen porcentaje de recuperación. Al final veremos los resultados.

Asentí mecánicamente mientras abandonaba la consulta hasta la próxima visita.

De este modo pasé las semanas posteriores de especialista en especialista y la mayoría coreaba el mismo himno: «Estás fenomenal. Estás fenomenal».


Al final de todo me preguntaba si en verdad estaba fenomenal: «¿Por qué tenía que asistir a uno y otro especialista?» Nadie respondía mis interrogantes; pero aprendí que a lo mejor esa era una manera de animar a los pacientes por más graves que se encontrasen, mientras fueran atendidos en los centros sanitarios o de rehabilitación. 

viernes, 9 de mayo de 2014

La maleta

Cecilia Escobar


Después de apagar el molesto despertador, Lucía se levanta muy cansada esa mañana de abril. Se pregunta, qué pueden significar aquellos extraños y recurrentes sueños, en los que ella -dotada de poderes sobrenaturales- lucha salvajemente contra seres mitológicos que llevan su propio rostro.

Desliza lentamente las cortinas y abre la ventana basculante de su caotica habitación. La suave brisa del día le besa su pálida y delicada piel. Eso la anima un poco y quiere ser otra vez la valiente heroína de sus sueños nocturnos.

Sobre su hermoso escritorio de caoba esta el teléfono y la contestadora automática que ella ignora hace varios días, una lucecita roja le indica el número de mensajes que esperan ansiosos ser escuchados.

Avanza hasta la pequeña cocina arrastrando los pies, los dolores de espalda se han hecho cada vez más intensos. Se prepara un café, mientras con irritación observa  la vajilla que se ha acumulado en el lavadero. Una rancia frustración se apodera de ella. Hasta entonces había sido una chica metódica, cumplida y bien portada. Ahora poco le importa todo. Le gustaría llamar al trabajo y alegar que está enferma, pero ha rebasado ya el limite de faltas por esa razón. Por fortuna, sólo debe esperar dos días para el ansiado fin de semana.

Al ducharse se hunde en sus pensamientos recordándo aquellas manos varoniles que no sentirá jamás. Ahoga con agua fria los gritos de su esbelto cuerpo que añora una caricia, un abrazo, el calor de otro cuerpo. Se rodea asi misma con sus brazos frente al espejo y se convence que a sus treinta y  seis años no necesita ningún otro hombre a su lado. Aún no.

Saborea hasta el último sorbo de su segundo café  y sale elegantemente vestida y perfumada de su apartamento. Mientras cierra la puerta con llave y repasa mentalmente lo que debe hacer por la tarde después de la oficina, una voz chillona a su espalda le saca de sus pensamientos.

- ¡Sueltalo ya! -Dice irritada la mujer mientras se lleva las manos a la cintura. ¿Qué no ves que la carga, te está jorobeando la vida?

Lucía gira la cabeza reconociéndo de inmediato a su vecina de al lado.

- Buenos días señora Montás -responde la joven mujer con una sonrisa cansada.

La vecina continúa con el sermón de la mañana.

-Quiere vivir pegado a tu cuerpo. O eres tú la que no quiere dejarlo. ¡Sueltalo ya! -le dice otra vez señalando la espalda de la muchacha.

Lucía intenta mirarse la espalda girando la cabeza a ambos lados sin encontrar nada que apoyara la absurda teoría de su vecina.

- Disculpe, pero debo irme. Se me ha hecho un poco tarde -agrega mirando su reloj.

- Que no te he dicho ya que es necesario que te deshagas de él -continuó la corpulenta morena haitiana acercándose a la muchacha que intentaba llegar como podía hasta la escalera.

De pronto la señora Montás toma los hombros de Lucía con ambas manos e intenta arrancar el bulto del que hablaba de la espalda de la muchacha. La asustada joven lanza un aullido de dolor.

- ¿Qué le pasa? ¿Quiere usted acaso arrancarme la piel del cuerpo? -le grita Lucía mientras la mira sorprendida.

La mujer comprende de inmediato, que no será tarea fácil liberar a su amiga de aquella pesada carga. La ha visto tantas veces subir y bajar con su lastre al hombro. Tendrá que buscar otra estrategia para su exorcismo.

-Bueno, bueno, alla tú si no quieres.  Y se puso a hablar en una lengua desconocida, mezcla de francés y africano mientras buscaba algo en los bolsillos de su ancho vestido floreado.

-Aqui está la lista de la compra -le dice ahora en un tono más suave, dándole a la vez un papel en el que estaban envueltos también dos billetes muy arrugados de veinte Euros.

-¡Que tengas un lindo día! Y se fue rengueando rumbo a su departamento cerrando la puerta de un golpe.

Lucía se queda por unos segundos pensativa e indignada. Conoce a su vecina desde hace casi diez años cuando se mudó a vivir allí junto con Roberto, su pareja en aquel entonces. Sabe de extrañas visitas  que recibe la señora Montás, de rituales de sanación y brujería que no sólo ocurren los martes y viernes como dice la creencia popular. La señora Montás había vivido en varios países y hablaba cinco idiomas, entre ellos el castellano, por algunos rasgos que la mujer aún conserva, se puede adivinar que en su juventud había sido una morena hermosa. Lucía le ayudaba con las compras dos veces a la semana, la enfermedad de la gota había reducido a su sesentona vecina en una señora que contemplaba el mundo desde su balcón y conversaba con los espíritus que la acompañaban. Lucía siente escalofrios y la piel se le pone de gallina al pensar en todas esas rarezas.

Respira profundamente y acto seguido baja las escaleras  con tranquilidad, sabe que será necesaria toda la fuerza del mundo para hacerle frente a ese día.

En la oficina la faena transcurre con normalidad, sólo el tiempo parece transformarse con las horas.  La hermosa mañana de sol se convierte al atardecer en un día oscuro y de tormenta, como en un conjuro.  Se siente una atmosfera pesada y cargada de malos augurios.

Por la noche, al regresar Lucía a su apartamento empapada por la lluvia, deja cuidadosamente las pesadas bolsas al lado de la puerta de su vecina, para luego rápidamente entrar a su casa. No tiene las más mínimas ganas de repetir la escena de la mañana. Adivina que la señora Montás estará recostada en su mecedora fumando quizas aquellos puros cuyo olor le revuelven el estómago.

Aliviada cierra la puerta despacio, apoyándose sobre la misma unos segundos. Un poco de luz de la calle se cuela por las ventanas del salón y le da exactamente en la cara. Afuera ha amainado. Puede oirse el sonido que hacen los coches al pasar sobre los charcos de agua. Se quita los tacones y con esfuerzo  se libera de la chaqueta mojada. Como en un sueño, se ve a sí misma desprendiéndose  de todo lo pesado, lo tedioso, lo agobiante, un deseo inmenso se apodera de ella. Lanza todo con rabía intensa contra el piso de parquet causando con ello un fuerte estruendo. Se asusta un poco de su reacción y luego cierra los ojos por unos instantes al sentirse extrañamente liberada.

Se dirige al baño a buscar una toalla, cuando de pronto tropieza con algo extraño que estaba en el suelo. Asustada enciende la luz del salón y ve con sorpresa un cuerpo enrollado, desnudo, inerte, tirado en el piso. Lanza un grito seco. Acto seguido se lo queda mirando con asombro y luego con tristeza.

Minutos después, la puerta se abre apareciéndo la vecina, alarmada por el ruido en el departamento de la muchacha.  La mujer se lleva una mano a la boca y con la otra toma suavemente el brazo de Lucía. Después de varios segundos se atreve a decir con voz lastimera:

- Ahí esta. Ahora puedes verlo tú también.

-Lucía seguía con la mirada en el piso, reconociendo a quién había extrañado durante tres años.

- Tienes que dejarlo ir, Lucía. -continuó la vecina. Lucía no respondió, estaba sorprendida y horrorizada.

- ¡Déjalo ir, es lo único que puedes hacer por él ! -le dice con voz de reproche.

-Ya lo enterré una vez -responde Lucía sintiendo un nudo gigantesco en la garganta.

- Pues parece que no. Porque ya lo ves ahí -responde con voz entrecortada la señora Montás. Se quedó atrapado en alguna parte de tu ser.

Después de decir esto, avanza con descaro hacía la habitación de Lucía y trae hasta la sala una maleta grande. Toma el esqueletico cuerpo con la mayor naturalidad del mundo y lo guarda allí cuidadosamente. Le da a Lucía una palmadita en el hombro diciendo:

- Lo devolveremos a su lugar el viernes por la noche. Será un ritual sencillo, pero lleno de amor y agradecimiento.

Al irse la mujer, la muchacha se queda varios minutos flotando en sus recuerdos. Lágrimas viejas acuden en galope a sus ojos. Una lucha intensa se inicia en su interior. La voz de su vecina aún flota en el aire: ¡Déjalo ir Lucía, es lo único que puedes hacer por él! !

Lucía se quiebra ante la impotencia. Grita de rabia, llora, se culpa, maldice los últimos días de la enfermedad de Roberto, en los que ella anhelara, que la mismisima muerte lo recogiera, acortando asi la pena de ambos. Se pregunta, si hubiera sido acaso mejor mantener la esperanza de una mejoría, en lugar de que su corazón deseara que todo aquello terminara de una vez por todas. Se ha reprochado día a día su egoísmo.

Abre la maleta otra vez y descubre que aquel cuerpo aún respira y que clama por ella. Ya no le parece tan cadavérico, ni tan desgreñado, ni tan encogido, ni tan enfermo. Sus ojitos verdes la miran suplicantes y Lucía siente otra vez ese remordimiento que consume su alma. Llora desconsoladamente abrazada a él mientras le pide perdón. Nunca más lo dejará solo, renunciará a su trabajo si es posible con tal de cuidarlo.

- Sólo tengo que estar a su lado -se dice. Sólo así podré después dejarlo ir y tener algún día paz conmigo misma. Lucía piensa que es la última oportunidad que le queda para hacer las cosas que no hizo, para perdonarse la culpa que le atormenta. Piensa que si cuida de él ahora, podrá después tener el valor de decirle adios para siempre.

Lo lleva cuidadosamente a la cama depositándolo alli con amor. Estaba completamente decidida. Ahora sí cuidará de él en su hogar, le leerá los libros que le gustaban, lo vestirá otra vez con sus camisas de seda y le pondrá los discos de Ima Sumac. Acariciará sus cabellos y lo hará dormir. Será otra vez feliz con él, hasta que llegue el momento de su partida, entonces y sólo entonces, lo dejara ir.

jueves, 1 de mayo de 2014

El cementerio del aparecido

Nelly Jácome Villalva


Terminé mi jornada laboral como siempre alrededor de las siete de la noche, la verdad porque prefiero quedarme hasta más allá de la hora de salida y así aprovechar un tiempo en silencio para concentrarme y adelantar mi trabajo.

Ese día jueves, que para colmo tenía restricción vehicular por disposiciones del gobierno local, me tocó caminar algunos metros para alcanzar un taxi, después de unos minutos, que se me hicieron eternos, conseguí uno; el tráfico vehicular estaba tan pesado que el joven que me transportaba me indicó que iba a tomar otra ruta. Era un camino empedrado bordeado por algunas casas pequeñas aún de teja, rezagos de cuando Quito era una pequeña ciudad conventual, nada que ver con la modernidad de estos días.  -Vaya progreso, ¿progreso? No sé si realmente lo es, pero en fin. Pasaba por estas calles poco conocidas para mí, y a unos cuantos metros de distancia divisé un cementerio, del cual no había escuchado hablar.  Indagué al taxista sobre este lugar, que a primera vista me causó un escalofrío profundo, siempre un cementerio me incita  recordar que no somos para siempre y eso no me hace ninguna gracia.

Al verme tan absorta mirando el cementerio, el chofer me propuso acercarse un poco para que pudiera verlo mejor, lo que no me pareció mala idea, después de todo no tenía quien me esperara en la casa, así que podría decir que contaba con algunos minutos para saciar mi curiosidad.

Lucio se llamaba el taxista, era un hombre joven, vestía un suéter de lana tejido a mano que dejaba entrever que su color original había sido negro, aunque se confundía  perfectamente con un color más bien gris,   seguramente su situación económica no le permitía renovar su vestuario, pero bueno… Lucio, afablemente me contó la historia sobre el cementerio de los aparecidos, como él lo llamó.

Hace un poco menos de un siglo, ese lugar no había sido un cementerio, sino una hacienda de una familia muy rica y respetada de la época, cuya historia trágica nadie se la imaginaba pero que se vino como una plaga que no pudieron contener.

Los Aguirre, así se llamaba la familia propietaria del lugar, habían concebido una sola hija.  La hacienda era grande, tenían algunos empleados entre los que había una niñera para su hija, que a la fecha contaba con diez años de edad. Esta niña de nombre Lucía, llevaba dos trenzas con lazos en su cabello color castaño oscuro,  tenía ojos pequeños de color café, era alta de estatura para su edad, siempre se la veía con vestidos y malla, miraba a través de la verja con ganas de jugar como lo hacían esos niños en la calle, trepando árboles, saltaban y se escondían, se veía divertido pero ella no salía.  Al ver a los demás niños que corrían, ella desde adentro los imitaba simulando que también la perseguían y se emocionaba como si estuviera jugando con ellos.  –Mamá, quiero salir a jugar, ¿déjame salir por favor? –pedía, pero como siempre, no se lo permitían.  En una de esas ocasiones, coincidió que tenían una visita y al escuchar la petición de la niña, su compadre don Augusto intercedió por ella, alegando que hasta su hijo estaba jugando y que no sería nada malo que le permitieran salir aunque sea un momento, pero fue inútil, Lucía tuvo que conformarse otra vez con solo mirar.  

Los años pasaron y Lucía fue almacenando un profundo resentimiento y odio hacia sus padres, porque sentía que no la querían, que se avergonzaban de ella. Al cumplir quince años, tomó la decisión de salir de su casa recogió las cosas que más le gustaban y se puso a pensar a dónde iría,  se acordó que no tenía amigos, que no conocía a nadie, que en realidad no tenía a quien pedir ayuda, entonces volvió a guardar las cosas y se encerró en su habitación a llorar sin consuelo.  Pero la idea no se le había esfumado del todo. Un año después,  a escondidas en su habitación, Lucía contaba el dinero que, de a poco, fue ahorrando o sacando de una funda que su madre tenía bajo el colchón, pero no era suficiente…

¿Suficiente para qué? -pregunté con curiosidad a Lucio, quien se había quedado como en suspenso mirando a un punto imaginario y al escuchar mi voz dio un suspiro profundo y continuó  -la verdad, ya no me a  cuer  do-me dijo lentamente balbuceando la última palabra, mientras seguía con su mirada perdida, pero luego me contó que Lucía desapareció de la hacienda, nadie la volvió a ver, sus padres seguían en la casa grande  pero no hablaban de ella, parecía que todos la ignoraban. 

Un día, después de que los trabajadores guardaran lo cosechado recibieron la visita inesperada de un joven de más o menos veinte años, tamaño promedio, ojos cafés y cabello corto castaño quien con una voz grave les dijo –Hola mamá, papá, vine para decirles que ya nunca más me esconderán. Nunca les perdonaré todos los años que no me dejaron ser yo, que me obligaban a usar esas mallas horribles. Yo, ¿qué culpa tenía?, ¿por qué no me dejaron ser yo mismo desde siempre?  Pero ahora no me importa lo que digan, ¡soy Lucio y así moriré!   Las maldiciones proferidas por sus padres fueron la única respuesta que recibió, cada palabra le llegaba como una puñalada, ya no estaba dispuesto a soportarlo más, se puso fuera de sí y tomó un martillo que estaba cerca, golpe a golpe fue desfigurando la cabeza de su madre, mientras a su padre le había asestado un certero martillazo en la nuca. Luego de cometer los dos crímenes, incendió la casa principal, murieron todos los empleados, Lucio riendo a carcajadas iba de a poco despojándose de su vestimenta, una vez desnudo se miró en el espejo que ardía en llamas y gritando su nombre se fundió con su imagen para siempre.

Conmocionada con tan terrible historia, le pedí al taxista que me esperara, quería observar más de cerca el ambiente del cementerio, pero él mismo me acompañó y vimos que la puerta no estaba asegurada así que entramos y mientras avanzaba, pensé en la matanza ocurrida en esa hacienda, en cómo las autoridades locales debieron haber deliberado sobre lo ocurrido para convertirla en el cementerio del lugar.  Regresé la mirada para comentar la coincidencia del nombre del joven de la historia con el taxista, pero no estaba cerca, al buscarlo lo encontré unos metros más adelante frente a una de las tumbas, en cuya lápida se leía Lucía Aguirre, estaba desnudo flotando y de a poco se fue desvaneciendo mientras decía a gritos su nombre ¡LUCIO! ¡LUCIO! ¡LUCIO! 

Amalia

Elena Villafuerte


Amalia miraba con la boca abierta el trajín de la estación de autobuses. En sus diecinueve años de vida, jamás había visto tal variedad de personas en el mismo lugar. Por los pasillos deambulaban jóvenes de traje y modos apresurados; sudorosos cargadores de fruta y verdura; parejas de adultos mayores, uno sosteniendo al otro. A su izquierda podía ver, recargadas contra la pared y rodeadas de cajas de cartón, a tres mujeres vestidas con trajes indígenas. En los rebozos de dos de ellas dormían niños pequeños, mientras que entre las tres arrastraban a media docena de infantes de edades diversas. Serían acaso un par de años mayores que ella, pero se comportaban como si tuvieran diez o quince más.

-Listo, amor. –Escuchó una voz masculina en su oído, mientras un brazo se ceñía a su cintura. –Salimos en el camión de las dos treinta.

Ella giró y se encontró con los ojos cafés de Antonio, su esposo de unas cuantas horas. Como de costumbre se le fue el aliento al sentirlo tan cerca, sólo que ahora su confusión se acrecentaba por momentos. La boda había sido planeada con meses de anticipación, pero para Amalia todo transcurrió demasiado rápido. Todavía no acababa de creer que se había casado con él, que era su esposa, que esa noche, o la siguiente…

No. No iba a pensar en eso.

Embobada admiró el bigote de Antonio, sus labios delgados que sonreían con alegría. Le esperaba una maravillosa vida con él, ella lo sabía, podía sentirlo en los huesos. Se habían casado en la capital porque las familias de ambos radicaban ahí, pero el viaje de novios tenía como destino su próximo hogar, Ciudad Victoria, Tamaulipas. Antonio era ingeniero petrolero con un futuro prometedor en la naciente industria petroquímica de la región. La había conquistado con sus modos tranquilos y sinceros, sin pretensiones pero llenos de nobleza; era un hombre honesto, dedicado, al que no le había costado trabajo encontrar un empleo al terminar la carrera y que sin duda ascendería pronto. Y ella lo amaba tanto que sentía que pisaba nubes y no el piso de la estación de autobuses.

Después de la ceremonia religiosa se había ofrecido un banquete para celebrar la unión; probablemente sus familias se quedarían en la fiesta hasta bien entrada la noche. Pero ellos, deseosos de comenzar su nueva vida juntos, escaparon en cuanto pudieron, con dos maletas y lo mínimo necesario; el resto se había ido en la mudanza de Antonio. Amalia había cambiado su estorboso vestido de novia por un práctico conjunto de falda y saco azul claro, que resaltaba el color de sus ojos y su tez blanca. El cabello castaño seguía recogido en un moño, al cual únicamente le había retirado los azahares de desposada.

Las nubes rosas de Amalia comenzaron a perder altura al subir al autobús. Aferrada a la mano de Antonio, percibió un aire rancio, cargado de olores desagradables. Encerrados en el vehículo durante meses, se mezclaban entre sí: comida echada a perder, sudor ácido, cigarro, cabello sin lavar y… sí, ella podría apostar que en algún momento alguien se había orinado en alguna parte del camión. Intentando no perder la compostura sacó un pañuelo perfumado de su bolso y hundió en él la nariz.

-Antonio -musitó desde las profundidades de la tela- ¿cuánto tiempo dices que dura el viaje?

El autobús debía seguir la ruta de la nueva Carretera Interamericana. Saliendo de la Ciudad de México, pasaba primero por Colonia y después se dirigía a Tamazunchale, descendiendo por los sectores más accidentados de la Sierra Madre Oriental en un trayecto plagado de curvas. Posteriormente y ya casi al nivel del mar, el tramo más largo era Tamazunchale - Ciudad Victoria, unos trecientos cuarenta kilómetros. Total estimado del viaje, quince horas. Amalia estuvo a punto de desmayarse.

Para cuando dieron las seis de la tarde, la joven se alegraba infinitamente de que los nervios no le hubieran permitido comer nada en el banquete. Entre el olor del camión, de los pasajeros, y las curvas de la carretera, ella había vomitado ya hasta la comida del día anterior. Jamás hubiera pensado que sería posible sentirse tan mareada. Esto era un tormento, ¡y aún faltaba más de la mitad del camino!

Extrañamente, Antonio no había dado muestras de preocupación por su esposa. Amalia se incomodó un poco. Él llevaba ya un rato mirando al frente, con el ceño fruncido, sin prestarle de hecho ni la más mínima atención.

-Antonio –comenzó- ¿cuál es el siguiente pueblo?

-Zimapán –respondió él con voz rara y entre dientes, sin siquiera voltear a mirarla. Era tal su expresión que Amalia se asustó.

-Amor, ¿qué pasa?

-Nada.

-¿Nada? ¿Estás seguro? No tienes cara de nada. Dime qué te pasa.

Antonio cerró los ojos.

-Me subí al autobús con un dolor en el estómago. Pensé que eran nervios, o que algo me había caído mal. Pero no se me ha quitado, al contrario, cada vez me duele más. Y me duelen las rodillas, los codos, los nudillos… creo que tengo fiebre.

Amalia, asustadísima, le tocó la frente: hervía.

-¡Dios santo, Antonio! ¿Por qué no dijiste nada?

-No quería angustiarte.

-¿Y ahora qué vamos a hacer?

-Pues lo único que es posible hacer, esperar llegar a Zimapán y bajarnos ahí para ver a un doctor. Si hay.

Amalia se levantó y entre tumbos llegó al asiento del chofer.

-Señor, ¿cuánto falta para llegar a Zimapán?

-Como hora y media -respondió el hombre, entre dos fumadas.

-¿Y habrá ahí un doctor?

-Uta, señora. Es un pueblito, la verdá no sabría decirle. A lo mejor tengan algún practicante o algo así. ¿Qué le pasa?

-A mí nada, es mi esposo… le duele el estómago…

-Se le habrá atravesado el taco, no se priocupe. Estas curvas son pa’ machos y no cualquiera las aguanta.

-Pero es que además tiene fiebre.

-Mire, seño, si no quiere que nos embarremos y pasemos todos a mejor vida, mejor regrésese a su lugar. Yo le aviso cuando lleguemos a Zimapán.

Pasaron cuarenta minutos antes de que Antonio comenzara a doblarse del dolor, y otros veinte para que vomitara sangre. Amalia, con la cabeza dándole vueltas y el estómago en la boca, escuchaba los cuchicheos a su alrededor.

-Mami, ¿qué le pasa a ese señor?

-No sé, mi vida. Tú mejor no te acerques por ahí.

-¿Qué será que le pase a ése?

-Pos sepa, pero se nota que es grave. Nomás mírale la cara. A mí se me hace que éste ya no la cuenta…

Esto no podía estar pasando, debía ser una pesadilla. Antonio tenía la camisa manchada de sangre oscura, pestilente; Amalia, desesperada, rezaba porque llegaran pronto a Zimapán o adonde fuese, que ocurriera un milagro. Porque era evidente que Antonio se moría, y la carretera seguía torciéndose, bajando entre acantilados y barrancas, sin señales de ningún pueblo y menos aún de un médico.

De pronto el camión se orilló en un terraplén, en el que se veía una casucha descuidada. Amalia levantó la vista y se encontró con la cara del chofer mirándola desde el pasillo.

-Señito, una disculpa…

-¿Qué pasa? No me diga que esto es Zimapán, ¿por qué nos detenemos?

-Ay, señito. Pos es que se está haciendo de noche, verá, y pa’ llegar al pueblo todavía falta un rato. Y la cosa es que su marido de usté, pos… pos la verdá es que nos está poniendo a todos muy nerviosos. Vaya usté a saber qué tenga, y los otros pasajeros pos…

-¿Qué? No le entiendo, señor, explíquese bien. ¿Nerviosos de qué? ¿Qué no ve que mi esposo está enfermo, que es urgente llegar a alguna parte donde lo atienda un médico? En lugar de estar aquí diciéndome no sé qué, ¡póngase a manejar y apurémonos a llegar adonde esté ese bendito pueblo!

-Disculpe, señito, pero no puedo. Yo tengo una responsabilidá con los otros pasajeros, ¿me entiende? No puedo llevarlos más lejos. Por eso estoy diciéndole esto. No quiero dejarlos en medio de la carretera, pero pos ¿y si lo que tiene su marido de usté se lo contagia a los demás? Por eso mejor quédense aquí. Al menos hay un techo y pos ya Dios dirá.

Amalia gritó, lloró, amenazó, suplicó, pataleó. Los pasajeros le dieron sus bendiciones y una viejita le entregó un escapulario muy milagroso. Pero igual la dejaron en la casucha, que más bien era una choza, con un Antonio ya semi inconsciente y una familia indígena que la miraba con ojos enormes sin saber qué hacer.

Amalia regresó a la ciudad de México sola, tres días después de su boda, un doce de abril de mil novecientos cuarenta y dos. Antonio había muerto en sus brazos, cuando a ella ya no le quedaban lágrimas ni voz, de una peritonitis aguda. Sola lo sostuvo, sola lo limpió, sola lo veló y sola lo enterró.

Y jamás lo olvidó.

miércoles, 23 de abril de 2014

Uñas de acero

Marco Absalón Haro Sánchez


Las estaciones del metro en Madrid suelen cerrar pasada la media noche y yo anduve esos momentos entre las escaleras mecánicas yendo y viniendo sin saber adónde me dirigía. Un par de veces perdí el equilibrio y mordí pavimento, el peso de mi cuerpo hizo que me arrastrara varios decímetros hacia abajo. En los pocos segundos que estuve a su merced, me clavaron sus uñas en la piel y se hizo jirones en un santiamén. Casi fui engullido completamente por aquel monstruo metálico que me acosaba sin piedad; pero por suerte había dejado de funcionar. Minutos antes, los últimos peatones abandonaban las instalaciones con severa prontitud caminando a pasos agigantados. Mientras los vigilantes ponían fuera de servicio escaleras, ascensores y puertas de acceso.

A media tarde me valí de este gran invento de la ciencia metalúrgica para llegar en el menor tiempo posible a la superficie del afamado Lago, cuando el calor sofocaba a los seres vivientes de este lado del planeta. Mi indumentaria se asemejaba a la de los demás compatriotas que pisaban esos lares: bermudas, polos y camisas de manga corta, chanclas o zapatillas y gafas de sol. Era parte de mi valija un bolsito verde militar que llevaba terciado al hombro y unas ganas locas de escuchar música cantada de nuestra Suramérica, la misma que varios artistas escondidos interpretaban acompañándose con guitarras o pistas con su debida amplificación. Así como de atizar ciertos momentos románticos con las consabidas cervezas distribuidas por lo bajo, ya que se prohibía el botellón y los piquetes de policías rondaban alertas para hacer cumplir la orden de las autoridades municipales. Más tardé en acercarme donde los artistas afinaban los instrumentos que en entablar diálogo con un compatriota conocido, quien me había localizado hacía un par de minutos.

–¿Eres por acaso mi amigo, Marcelino? –interrogó mirando directamente a mis ojos ocultos detrás de unas oscuras gafas.

–Qué fue pues, Camilo –solté sin más, mientras nos estrechábamos las diestras.

–Qué más pues, jefecito –dejó caer al tiempo que dibujaba una sonrisa cómplice en su rostro enjuto y gomoso.

Los dos rondábamos la mediana edad. Él era un tanto más bajito y yo de estatura corriente; pero daba la impresión de ser un tipo recio e invencible, como un buey dispuesto para el arduo trabajo de las eras. 

–¿Ya no ve? –asentí correspondiendo su estado anímico– Esperando a ver si aparece algún pana.

En ese momento se acercó una vendedora de refrescos que de manera encubierta nos ofreció cerveza.

–Cervezas frías, colas, cigarrillos –musitó la mujer.

–¿Tomamos una para el calor, jefecito? –soltó Camilo dejando casi al descubierto su marcada musculatura pectoral.

–Sí, sería bueno –asentí con viveza.

Dirigí la mirada hacia la entrada de aquel enorme descampado llamado Lago, mientras Camilo adquiría la litrona y la camuflaba en una bolsa de papel. En camino venía Óscar, mi compañero de piso y amigo de los dos.

–Ahí viene el duro –proferí mostrándole con la mirada.

–Ya era hora que aparezca, jefecito –corroboró Camilo, mientras echaba un chorro espumante en cada vaso. 

Cuando pasó la vendedora pidió uno nuevo, éramos tres.

–Buenas –dejó caer el recién llegado.

Él era más alto, más joven y parecía llevar más peso que nosotros. Un bien marcado bigote de lápiz combinaba perfectamente con su peinado moreno. No en vano tenía a su disposición un aparato de levantar pesas en su propia casa, con una docena de discos de hierro de distinto peso y tamaño; así mismo, un par de barras con sus respectivos posa cuerpos formaban parte del equipo. Dos horas al día dedicaba a la cultura de su fortaleza física.

–¿Qué más pues, jefecito? –volvió Camilo.

–Ahí, luchando –repuso un tanto molesto–. A veces bien, a veces mal. Ahora mismo me han mandado al paro. Estoy sin camello.

–Joder, jefecito –soltó Camilo–. Qué mala pata. Todo esto se está derrumbando como un enorme castillo de naipes.

–Sí pues –asintió Óscar, mientras paladeaba el sabor acre de la bebida–. ¿Quién iba a imaginar que esto iba a acabar así? 

–¿Y tú, qué? –indagué a Camilo.

–Nada –dejó caer, mediante un gesto chusco–. Yo aún sigo trabajando en la obra. Espero que todavía no nos manden al paro.

En ese tiempo empezaron las regularizaciones y ya se notaba que venía encima la bola de nieve de la crisis del ladrillo, con el consecuente desempleo de muchos trabajadores en todas las áreas. Ventajosamente yo estaba empleado de conserje, aunque por sustitución, en el edificio donde vivía Óscar junto a Rosaura, su mujer y su hijo. Era una chica agradable que estaría alrededor de la cuarentena y no era ni alta ni baja y tenía la apariencia de un fideo, ya que era delgada, de tez blanca y peinado moreno. Estaba empleada en una peluquería del centro de Madrid.

Años atrás se conocieron con Óscar en una fiesta de paisanos del Ecuador. Se comprometieron y empezaron a vivir juntos. No tardaron en procrear un bebé a quien llamaron Óscar David, el cual entraba a los cuatro añitos cuando fui parte del inmueble. Era un chiquillo muy espabilado y le encantaba que tocara la guitarra y le hiciera cantar a él. Lo hacía de muy buena gana en mis ratos libres, ya que tenía mi trabajo en el mismo edificio.

–Sirvámonos –volvió Camilo–. Salud.

–Salud –dijimos a una y percibimos la frescura de la bebida que nos cayó de perlas en aquellas horas de calor.

–¿Recién saliste del piso? –interrogué a Óscar.

–Sí. Acabo de venir de allí –repuso con viveza–. Primero te busqué sin hallarte y me dije: Él ya se vino al Lago, me voy detrás y rápidamente me aseé y me puse en camino.

–Yo creí que tú ya te viniste, por eso me vine deprisa –proferí alegremente mientras empiné un nuevo bocado de cerveza.

–Estaba haciendo siesta –me aseguró.

–Ah pues, entonces –solté–. Igual yo ignoraba si estabas o no. Pero por acaso me vine nomás; aunque cuando salí estaban tu mujer y su hermana en la cocina. Ellas sí supieron que me vine aquí.

Carmen solía visitar a menudo a su gemela Rosaura y familia en su vivienda, la cual era parte de un modesto edificio que ya tendría cuando menos cuatro décadas de existencia, cuya altura no pasaba de las siete plantas. Aunque la conservación interna era bastante bien llevada no dejaba de contrastar con la fachada exterior que le daba la apariencia de vetusto. La puerta de calle, la entrada principal y el ascensor constituían su carta de presentación: estaban siempre saltando de limpios. El escritorio de la entrada era ocupado por este relator cuando ya terminaba con la limpieza general del inmueble. Entonces quedaba a disposición de los vecinos para echarles una mano en lo que hacía falta y, en sus intervalos, cocía las ideas con pluma y un cuaderno de notas.

En pocos minutos se formó un corrillo alrededor de los artistas que cantaban canciones de nuestra tierra y nosotros formábamos el grueso de aquella improvisada afición que aplaudía sus interpretaciones, mientras consumía cerveza a granel. La copa rota fue uno de los magistrales temas de Fermín: cantante de unas cuatro decenas y pico de años, alto de estatura y complexión atlética, de pelo rizo y de origen colombiano, quien imitaba a Alci Acosta y Olimpo Cárdenas; asimismo, Ricardo que rondaría las cuatro decenas, de mediana estatura, de pelo lacio y moreno, pero de piel blanca y de origen peruano: imitaba a la perfección a los grandes de la rockola como Lucho Barrios, Daniel Santos o Cecilio Alva. Luego llovió un repertorio de J J con el tema Rondando tu esquina a la cabeza y siguió Tú y yo, rematando con Nuestro juramento: interpretado por Alfredo, gran imitador del Ruiseñor de América, casualmente oriundo de Guayaquil de sus amores. De estatura corriente que combinaba perfectamente con su complexión gruesa y tez morena, tanto como su peinado rizo y echado hacia atrás. Ser de mediana edad le acercaba más al ídolo a quien interpretaba, cuando estuvo en los últimos años de vida. 

De cuando en cuando me acercaba al grupo de artistas, les palmeaba el hombro para darles enhorabuenas y les convidaba un vaso de cerveza.

Mientras transcurrió el tiempo, se agrandó el ruedo general tanto como el nuestro; pues a esa hora, que no serían menos de las nueve de la noche, ya no éramos solo tres los que departíamos con tanto frenesí, sino decenas de coterráneos, quienes bebíamos animada o descuidadamente, si se quiere; pero no paramos hasta que todo aquel jaleo se acabó. La verdad, no recuerdo cómo finalizó. Es más, nunca supe por qué me colé al resto de bohemios que rodeaban la salida del Lago, cerca de la boca del metro y no fui a casa junto a Óscar. Tampoco pude mantener el equilibrio y rodé por los suelos, haciéndome magulladuras en el rostro, las rodillas y los codos. Era un zombi ambulante cuando intenté coger el metro para volver. Ignoraba que dentro de pocos minutos quedaría fuera de servicio. Sin embargo, me aventuré a coger uno, pero me dormí en sus asientos y me pasé de parada. Intenté retornar para dirigirme en dirección contraria pero fue tarde, estaba todo cerrado. Fue entonces cuando deambulé de aquí para allá, subiendo y bajando las escaleras metálicas, cayéndome y arrastrándome en busca de la salida. Era como el Quijote sobre Rocinante, con su adarga y su lanza en ristre, acometiendo valerosamente contra los gigantes enemigos: los molinos de viento. Hasta que por fin, unos fortachones guardias de seguridad, dieron conmigo y me ayudaron a salir de aquella cárcel de metal. Entonces pude coger un taxi. Fue sin duda una experiencia terrorífica la que acababa de pasar dentro de las instalaciones del metro de Madrid, cuando volví a beber después de haberme abstenido durante algunos años. En todo caso, un verano que jamás olvidaré mientras siga existiendo en este mundo y no dejo de dar gracias a la Providencia por permitirme contar esta historia. 

martes, 8 de abril de 2014

Luna y Lena

Juana Ortiz Mondragón


Temerosa era aquella pequeña niña bellamente ataviada con su vestido celeste y con un moño que le combinaba. Se escondía de las sombras que se reflejaban en las paredes de su habitación, sombras provenientes de los árboles frutales del jardín, en los que solía jugar en las mañanas de verano. La pequeña niña tenía un nombre corto pero significativo, como aquella vigía de la noche: se llamaba Luna. Su cabello era largo, dorado y ondulado como las olas; sus ojos de un verde esmeralda  y  su piel blanca como la nevada. Tenía seis años y sus días transcurrían en una maravillosa escuela en la ciudad y una cómoda casa  a las afueras de esta, casa que sus padres habían remodelado sin olvidar ningún detalle: estancias amplias con ventanales que permitían la entrada de la luz, chimeneas para el invierno, afelpadas  alfombras, mullidos muebles y amplios  jardines.

Luna era tan tierna y dulce como su madre, pero en ocasiones su carácter era tan fuerte que preferían dejarla sola hasta que se calmara un poco. De día era tranquila, creativa, su imaginación no tenía límites… pero las noches le robaban la tranquilidad. Escuchaba ruidos, los pisos de madera crujían, el viento soplaba fuerte por las ventanas y ella sudaba frío. Sentía una voz  que la llamaba desde el jardín: ven, ven… ¡quiero jugar contigo! Luna se levantaba asustada y corría en busca de sus padres, llamados Antonio y María. Antonio era sicólogo y la forma de enfrentar lo que Luna vivía cada noche antes de dormir era decirle:

- Todo es producto de tu imaginación, aquí no hay nadie diferente a nosotros. Además, ¿quién querrá jugar contigo a esta hora?

María en cambio era una madre protectora y sensible. Se ponía en el lugar de su hija y pensaba que quizás para Luna era difícil enfrentar las noches y aquella voz que la invitaba  a jugar. A escondidas de Antonio hablaba con Luna, le daba muchos consejos y buscaba a hurtadillas la respuesta a lo que Luna vivía.

Al amanecer Luna se levantó sobresaltada, pudo observar que alguien había pasado toda la noche al pie de su cama y que aún estaba allí… no tenía forma, pero dejaba unas extrañas muescas en el colchón, respiraba profundamente y un olor desagradable impregnaba la habitación. Luna se quedó quieta como para evitar molestar a la presencia. Respiraba con lentitud  y su piel estaba tan blanca como las sábanas de su cama. La presencia fue tomando la forma humana de una pequeña niña, pelirroja de ojos claros, tan pálida y triste. La presencia lloraba a cántaros y sangraba. Luna no sabía qué hacer, temía acercarse a ella, consolarla, gritar a sus padres para que la socorrieran o correr. Pero no, se quedó quieta y lentamente se fue acercando a la niña y comenzó a hablarle, a preguntarle qué le pasaba. La pequeña pelirroja se llamaba Lena. Luna le preguntó que dónde vivía y la sorprendió la respuesta:

- Yo vivo aquí -contestó Lena- ésta es mi habitación.

El sol comenzó a entrar por las ventanas y los padres de Luna se levantaron aprisa; el reloj daba las ocho. Lena sintió la presencia de los adultos y despareció. Al abrir la puerta de la habitación observaron a Luna descansando plácidamente.

Al levantarse, Luna parecía estar contenta y tranquila, a pesar de aquella visita que recibió en la madrugada. Se vistió con calma, desayunó, y sus padres la llevaron a la escuela. Al salir de casa, observó que Lena estaba asomada en la ventana de su  habitación. Se sonrieron desde la lejanía. El día transcurrió con normalidad. Al volver a casa, Luna encontró de nuevo a Lena sobre su cama. Otra vez lloraba y su vestido estaba manchado de sangre. La habitación se veía desordenada, los juguetes estaban fuera de su sitio.  Al parecer Lena había estado jugando mientras Luna estaba en el colegio y  lo había revuelto todo. Los padres de Luna entraron al escucharla gritar, no pudieron entender qué había pasado. Luna les contó que alguien vivía allí, que la había visitado varias veces, que lloraba mucho y que sangraba. Antonio y  María la escucharon e intentaron comprenderla. La ayudaron a recoger el desorden y Luna les contó qué pasaba con Lena. Lena era una niña de seis años, que vivía allí hacía algún tiempo, era la única hija de una familia pudiente que fue asesinada un verano. Lena fue la última en morir,  por eso todavía estaba penando. Luna les contó que Lena estaba buscando un juguete, que eso no la dejaba descansar.

En la noche Lena volvió a visitarla, ya no lloraba pero la sangre aún le salía de la frente. Esta vez estuvieron más tranquilas, conversaron y Lena le contó dónde estaba la muñeca, que la necesitaba para poder ir a encontrarse con sus padres. Luna se levantó a buscarla en silencio para no despertar a nadie; fueron juntas al desván y buscaron de arriba abajo. En el rincón más recóndito brillaba una bella muñeca de trapo, de cabellos rojos como Lena. Lena sonrió y dejó de sangrar. Bajaron juntas a la habitación y se acostaron un rato hasta que Luna se quedó dormida.


Al amanecer, Luna se despertó al sentir la brisa fría. Lena estaba dándole un beso de despedida en la frente. Sonreía,  abrazando su muñeca. Luna estaba tranquila, nunca más volvió a sentir nada extraño. Solo la luz brillaba para ella y su familia.

jueves, 3 de abril de 2014

Sé libre

Nelly Jácome Villalva


El despertar aún duele, se escapa el inútil intento de seguir durmiendo como si nada ha pasado, toda tentativa resulta en vano, pero en fin, la vida continúa y tengo que salir, salir jajaja, salir, ¿de dónde si no estoy encerrada?, no estoy encadenada, bueno al menos físicamente, porque veamos, puedo levantarme de la cama, caminar, bañarme, comer y salir cuando me dé la gana, entonces, ¿qué estoy esperando? ¡Solo hazlo, hazlo ya! Deja las indecisiones. Lo sé lo sé, tengo que no pensar tanto, solo actuar.

Abro las cortinas y no es alentador el clima, ¿el clima exterior o interior?  La sonrisa vuelve a aparecer pero cada vez más amarga, más bien parece un lamento.

Aquella noche fue espectacular, no me había divertido hace mucho tiempo, y haciendo algo tan sencillo como pasear contigo por el centro histórico. Tú, con en esa mirada arrebatadora, pantalón vaquero y camisa a rayas lucías más alto, tomados de la mano recorrimos esas calles estrechas que aún vibran con indignación cuando algún gobierno equivoca su gestión, mirar una y otra vez las iglesias coloniales, esa mezcla entre lo español y lo indígena que seduce, los enchapados en oro, los espectaculares y sobrecogedores cuadros de la escuela quiteña, sus claroscuros, su temática religiosa seguida muy de cerca por lo diabólico y su espantoso escenario avivado por los colores rojo, amarillo y negro. 

Terminamos la jornada en La Ronda, en medio de aromas de antaño, pristiños con miel, tamales, y otras delicias junto a las gigantes empanadas de viento, el infaltable canelazo y unos cuantos pasos de baile para acabar animados la noche.

La despedida fue un beso que me hizo flotar hasta la esquina de mis recuerdos, mi boca se llenó de sabores, sentir el paso de otra saliva me desinfectó de ideas obsoletas, ya nada me importaba, esa lengua se movía al ritmo de la mía, subíamos, bajábamos como en un carrusel, no pares decía desde mi interior, no pares hasta que pierda el sentido.  Hay que tener cuidado con lo que se pide, porque se puede irremediablemente cumplir.


Ya es demasiado tarde, así que mejor me acabo de levantar, voy a comer algo, y así de pronto tengo ganas y salgo por lo menos para caminar, tan solo caminar, nada más por ahora.

Nos citamos a la semana siguiente y ese lapso sin verlo agitó mis labios, quería vibrar junto a tu lengua rosada y húmeda, sumergirme entre tus grandes dientes blancos, tomar tu aliento, fundirlo al mío, mientras sus lacios cabellos castaños se enredaban en mis falanges. Sin pensarlo, tu piel ya me cubría, confundidos con las sábanas saboreamos nuestra esencia, mis ojos cual cámara fotográfica pretendían captar cada suspiro, alarido, nada nos resultaba inapropiado y entonces cuando pensaba que no podía más, tu cuerpo empezó a moverse incontenible, pero ese movimiento era extraño, no respondiste a mis caricias, ibas solo en tus agitaciones, pero tus ojos, tus ojos no eran aquellos de mirada seductora, habían perdido el color, estaban casi blancos,  no me di cuenta de nada, asumí que querías seguir como yo, y así lo hice, pero no te sentía, no estabas en mí, no decías mi nombre, tu sangre ya no fluía y entendí que la vida no es eterna, que ya no eras de este mundo.


Estas calles continúan ahí, todo sigue igual, colores, aromas, la gente que va y viene, soy yo quien cambió, me siento extranjera en mi cuerpo, floto en otra longitud esperando tu retorno, ¡basta Lina!, deja de lado los recuerdos, tú estás aquí, la muerte es real y tienes que enfrentarla. 

Él ya está en otra dimensión, es más allá de todo lo real, no puedes aferrarte a ese espíritu, déjalo ser –let it be! let it be!- y libérate.