lunes, 27 de mayo de 2013

Spanglish

José Yupari Calderón


Los primeros días del cortejo sin declaración formal fueron inolvidables para Cindy, quien por vez primera se había enamorado de un chico peruano. Así es, de un compatriota mío; mas era el segundo en su lista que provenía de tierras sudamericanas. Quizás ese ímpetu de haber aprendido español en la escuela como curso electivo la hizo sentir atraída por la cultura latinoamericana. De igual modo, le había dado la facilidad de interactuar con los poquísimos hispanohablantes que inmigraban; y de ganarse algunos dólares extras entre sus amigas del aula como traductora de composiciones. Actividades de las que sacó provecho, y de a poco, supo encajar bien con los chicos latinos cuando terminó la etapa escolar, sobre todo, con sus dos antiguos enamorados. A ellos les había obsequiado artesanía de la cultura maorí para que se llevasen un buen recuerdo de su país y sepan que fue ella la primera “kiwi” con la que estuvieron (si es que no se le adelantaron antes).

Ese amor “incondicional” de adolescente expresado por ambos bandos que culturalmente debieron adaptarse uno al otro, giraba alegre en torno a diversos momentos congelados en fotos de: reuniones sociales, ferias, espectáculos deportivos y musicales, y como no, las fiestas alocadas de fin de verano frente al mar que finalizaban a la mañana siguiente. Fotografías que después, ella subiría a la cuenta de su red social al medio año cuando se terminó todo en un abrir y cerrar de ojos su amorío. A ella le quedaba sólo tener como remembranzas esos pasajes frescos que estaban registrados en su álbum, y recibir: “me gusta”; por ejemplo, de sus cientos de amigos, quienes estaban hablando de eso, adjuntando comentarios escritos de toda índole.

Así estaban las cosas en resumen. Por los demás, ya me era engorroso seguir husmeando en su vida íntima a través de su página abierta de facebook: lo que escribía en los muros de sus amigas, la cantidad de solicitudes de amistad en espera por ansiosos chicos, los mensajes triviales recibidos, las invitaciones a eventos, etc., etc.; pero era una manera de correr el tiempo hasta que ella salga de mi habitación y regrese a la suya. Mis risas se confundían con sus gemidos descontrolados que se detuvieron en seguida. Ella deslizó de par en par la puerta y con la ropa bañada en sudor y ceñida; el cabello desordenado y en su sorpresa, se enfrentó a mí.

-¡Qué estas mirando! –dijo incómoda.- ¡¿Quién te dio permiso para que husmees en mi laptop?!

Tan inesperada y violenta aparición hizo que por un instante me quedara sin habla. Apenas forcé una sonrisa. En seguida, el sonido del teléfono intercomunicador rompió la tensión, pidiendo tiempo fuera para que sepa qué responder. Sin embargo, no le tomó mucho tiempo en levantar el auricular y presionar la botonera para la apertura de la chapa eléctrica del edificio, ya que se encontraba a tres pasos de donde estaba ella.

-¿Y bien?... ¿Qué estabas viendo que te hacía reír a carcajadas? –dijo, retomando el tema; mientras se secaba el sudor de la cara con un pañuelito que le alcanzó Lucas, mi compañero de dormitorio.

-¡No!… ¡no!… -trastabillé al inicio- No lo tomes mal; pero a raíz de tu demora por salir de la habitación no tuve otra opción que… que distraerme con tu facebook mientras tanto mi cuerpo se secase… sí, eso es, eso es –dije, asentando mi cabeza asiduamente.

-¡Qué diablos estás diciendo!

-Discúlpame, pero recién acabo de salir de la ducha –respondí, dejando a un lado su laptop y poniéndome de pie.

-¡¿Y por qué no probaste el secado al aire en el balcón, entonces?! Con el calor que hace esta tarde, en vez de estar sentado y humedeciendo el sofá. ¡Mira nomás!… ¡y dame eso! –dijo.

-¡Ey! ¡Ten cuidado con esa mano! –vociferé de súbito, dando unos pasitos hacia atrás; al tiempo que ella recogía bruscamente su laptop y que por poco, me arranca la toalla por lo disgustada que estaba.

Entretanto me reponía de la mala jugada, oí a alguien tocar la puerta.

-¡Ya voy Brooke! Un momento –mencionó Cindy, quien dejó su laptop sobre la mesa de la sala y fue a abrir el pórtico.

-¡Me da gusto verte hoy! En buena hora que te encontré –dijo Brooke, emocionada.- ¿Ya te habrás enterado de la noticia? Te envié un mensaje de texto pasada la medianoche de hoy.

-Oye, Brooke –comenzó a decir Cindy.- ¿Es posible que me haya enviado una solicitud de amistad?

-No lo sé… que yo sepa, el no contaba con facebook en ese entonces. ¿Te acuerdas que te comentó eso? –dijo Brooke, quien pasó de largo hacia la sala a tomar asiento junto con su amiga.

Ni bien notó mi presencia, me saludó con un sencillo “hola”. A ella no le desagradó cómo me encontraba en ese momento.

-Sí, eso fue hace meses. Lo recuerdo bien… ¿qué pasa si?... ¡oh no! –exclamó preocupada Cindy, llevándose una mano al pecho.

-¿Qué te sucede? ¡Dime!

-¡Esto no puedo ser!

Ella se puso de pie y volvió sobre sus pasos. Los dio apresurados, para alcanzar su laptop y regresó a su asiento para conectarse al internet. Yo me encaminé directamente hacia ellas sigilosamente. No quería perderme de los pormenores que estaban por suscitarse. El movimiento violento de su dedo índice como dispositivo apuntador: de arriba hacia abajo, y viceversa, me atraía, principalmente, lo que ella repetiría constantemente cuando chequeaba la lista de las solicitudes pendientes de amistad: “¿de qué modo he de rogarte?”; “¿de qué modo, dímelo?”; “sólo quiero paz y tranquilidad, sólo eso”.

-Tranquila, tómalo con calma… tranquila –dijo Brooke.- Con esa impaciencia no podrás ubicarlo.

-¡Es que son tantas solicitudes que tengo! ¡Sólo mira!... gente que ni conozco me agregan a mi cuenta… ¡esto es desesperante!

-Oye, Cindy. Te veo jadeante. Tu cuerpo esta húmedo. No creo que sea por eso, ¿no?

-¿Eh? ¡No!… no, digas eso Brooke ¿cómo crees? Lo que pasa es que tuve hoy una pesadilla mientras descansaba, y expulsé el mal sueño mediante el sudor… -dijo ella, sonriendo.

-Ah…

-Hubieses escuchado cuando pedía auxilio –dije, haciendo sentir mi presencia en la conversación.

-¡Vete al diablo! –replicó Cindy, en voz alta.- Estoy muy enfadada contigo, así es que ni me hables –concluyó con una mirada amenazadora hacia mí.

Esa distracción que le había provocado hizo que perdiera la concentración en un segundo.

-¡Para ahí! ¡Para! ¡Ese debe ser él! –dijo Brooke.- ¡Nooo! ¡Ya te pasaste!... ¡Regresa! ¡Regresa!...

-Ay, deslicé muy rápido el dedo. ¡Dime, dónde es!

-¡Ahí! ¡Pulsa, ahí!... es él, te lo garantizo.

-No ha cambiado en absoluto, salvo lo contento que esta con esa chica que le acompaña en la foto de su perfil –dijo Cindy, a lo que su amiga se pegó a ella para ver bien.

Me puse detrás de ellas y mirando por encima de sus hombros, contemplé atentamente, y dije en voz baja:

-¿Fue ella con la que te engañó?

-No se sabe a ciencia a cierta, José –dijo Brooke, en respuesta a la pregunta.- De la noche a la mañana cambió la actitud de Héctor, tu paisano, y desapareció sin dejar rastro; hasta el día de ayer en la tarde que me lo encontré en el supermercado de casualidad, después de tiempo.

-¡Bah!... fui un despistado al pasarme de largo y no echarle un vistazo, siquiera a su facebook. ¿Y qué te dijo? –pregunté.

-El estaba buscando a Cindy desesperadamente hace días y vio en mí la solución de su problema; pero no le entendí muy bien debido a su pronunciación en ciertas palabras. Debería grabar su voz y escucharse a sí mismo.

-Pero, lograste entenderle algo, ¿no?

-¡Basta de explicaciones! –imprecó Cindy, justo cuando Brooke estaba por contarme el resto de la historia.- ¡Largo, José! ¡Largo de aquí!

-Pero él nos puede ayudar. Piénsalo detenidamente, Cindy. El habla español.

-Ajá, pero yo también lo hablo… no tan fluido, pero lo hablo.

-¿Y si el busca palabras rebuscadas? No me digas que entiendes el español que se habla en cada país de Latinoamérica. Además, ya debe estar en camino.

-¡¿En camino?! –dijo exaltada ella.

-¿En serio? ¿El está en camino? –volví a preguntar.

-Así es.

Mi rostro delineó una discreta sonrisa, ya que la última vez que había tenido contacto con gente de Perú fue hace dos meses y de manera improvista, así como se daría hoy. No sabía que invitarle de comer. Ya había hecho las compras únicamente para este día y no podía restarle una porción de mis provisiones, ni mucho menos podía meterme con los suministros de los demás; no obstante, no fue ningún problema para él ya que nos invitó al lugar donde había empezado este romance: en “Florida Burritos”.

Algo que nos hermanaba a dicho establecimiento de comida rápida, no sólo a los peruanos; sino también al resto de los latinoamericanos, es que era el centro de congregación para los que solicitaban trabajo y degustaban de un burrito al estilo norteño, debido a que el dueño era del norte del Perú, junto con Héctor. Dicho comercio era como un oasis en medio del “desierto” de Auckland, que estaba inundado de puro negocio asiático a sus alrededores. Era un salvavidas para nosotros. Eso lo entendía Héctor, quien arrastraba los estragos por haber dejado a su familia y a su natal Trujillo dos años después de haber cumplido la mayoría de edad. Ya en Lima, tomó la decisión de venirse para aquí e intentar suerte como los otros escasos peruanos. Enfrentándose a la barrera del idioma con un inglés pasable. La caza de un empleo digno que no le tomaría mucho tiempo, gracias a la manito que le ofreció su paisano tras varias insistencias y hostigamientos en la puerta de su establecimiento. El obtendría un trabajo asequible: bastaba con tomar el pedido, pasarlo por el sistema, preguntar si deseaba algo más al cliente, interinamente se tomaba la siguiente orden, y posteriormente de algunos minutos se entregaba al consumidor su pedido deseándole un feliz día. Eso fue lo que exactamente ellos hicieron con nosotros muy amablemente.

En seguida, los ex compañeros de trabajo de Héctor le reconocieron cuando fue su turno de recoger su pedido. Ellos se congratularon con su presencia y le aseguraron que no se encontraba el dueño, por lo que el respiró tranquilo y llevó su orden sosegadamente a la mesita de afuera que daba en dirección a la calle Commerce; mientras tanto no dejaba de saludar con una leve inclinación de cabeza a cada persona que le rememoraba en el local. Brooke y yo permanecimos adentro, sentados en un rincón a cierta distancia para no perderlos de vista; de vez en cuando, estirábamos el cuello disimuladamente para escuchar de lo que estaban conversando. Nos era posible ver a los dos ocupantes entre la noche, porque la luz artificial daba sobre ellos. Veíamos de espalda a Héctor, aunque por los movimientos de su cabeza constantemente hacia ambos lados de la calle, distinguíamos su perfil romano. El abuso de sol en las playas de su ciudad y de Auckland, le había jugado una mala pasada en su piel clara por las manchas y sequedad expuestas en su cara, cuello y brazos. Sus labios sentían el efecto, también, con pequeñas grietas.

Era la primera vez que se encontraban en muchos meses y tenían temas de qué conversar. De eso yo estaba seguro, ya que la alboroza expresión de ellos era imborrable. Apenas él cruzó la puerta del apartamento, abrazó a Cindy en silencio; quiso llenarse nuevamente de esa suerte de tenerla en su sentir, cuando cruzaron miradas por un largo espacio en reiteradas veces en su centro de trabajo: minutos antes que el terminase su horario de la tarde, se avecinó a su mesa, aprovechando la repentina soledad de ella. Él le preguntó si era de Sudamérica por la similitud de sus rasgos físicos; y le congratuló por lo bien que manejaba el español cuando le oía cantar en voz baja las canciones de la agrupación musical Aventura en su ipod. Ella respondería con una sonrisa.

Ese grabado, lo recordaban admisiblemente, cada vez que él la apretaba contra su pecho firmemente, luego la besaría en la boca, recordándole que el lenguaje universal era el amor.

-No te ubiqué en tu casa. ¿Dónde estabas?

-Ya no vivo con mi familia. Me he mudado recientemente a un apartamento y convivo con tres chicos. Lo hice por mis estudios, ya que se me hacía muy lejos para llegar al instituto desde mi casa… ah, cuento con nuevo celular también –dijo Cindy, quien dio el primer mordisco a su taco. Se limpió la comisura de sus labios con la servilleta y reanudó la palabra.- ¿No que te ibas a Japón con una tal Natsumi?

Natsumi conoció a Héctor en el instituto donde estudiaban inglés general. Tenía un leve conocimiento de español. Ella, mayor que él por un año, solían estar juntos.

-No, terminamos la relación –respondió escuetamente. 

-Ajá. Y es por eso que regresaste a buscarme a mí.

-Escúchame… escúchame con atención –tuvo que transcurrir como seis segundos para que traduzca su pensamiento a la lengua natal de su ex pareja- Escúchame… fue muy… muy… arduo todo este tiempo para mí. Debes comprenderme.

-¿Qué te pasa?

-Nada. No pasa nada. Mi vocabulario no es amplio, eso es –alegó, por lo que Cindy se echó a reír de pronto.

-Sigues igual. Y eso que te di algunos consejos para que tu aprendizaje no sea un suplicio en tu instituto. Cierto que ya concluyeron tus clases allí, ¿no?  –dijo ella pausadamente, de modo que el pudiese captar palabra por palabra.

-¡Uf! Fue hace meses.

-Si gustas podemos hablar en inglés y en español al mismo tiempo. Por mí, no hay problema.

Héctor movió la cabeza afirmativamente; mas era consciente que debía ablandar sus oídos ya que los tenía medio duros.

-¿Por qué estas rastreándome de nuevo?

-Para que me ayudes casándote conmigo –dijo con firmeza.

-¡¿Qué?! Si no lo recuerdas ese fue el tema por el que rompimos, te marchaste y luego me enteré que conociste a la japonesa… igualmente soy muy joven para esas cosas. Tengo diecinueve años. Eso sí entiendes, ¿no?

-Yo tengo veinte y no me importa… mira, a mi madre le hablé lo bien de ti…. mm… ella está de acuerdo en que me case contigo lo más pronto posible…

-Pues, a mi madre no. Ella no me ve casada muy joven, ni yo tampoco.

Con el transcurrir de los minutos, los comensales crecían. Temía que un tropel de gente llegase de forma imprevisible y nos impidiesen ver y escuchar lo poco que podíamos.

-¿Te has fijado que apenas han tocado sus burritos, José? –preguntó Brooke.

“O era que la conversación estaba entretenida, o era que los burritos dejaron de ser como antes con ese toquecito norteño que los caracterizaba”, pensé. Sin embargo, me inclinaba más por la primera presunción ya que los gestos de la pareja eran abiertos: Héctor apretaba sus manos regularmente; en tanto ella apoyaba sus codos sobre la mesa, entrelazaba los dedos y mordía sus nudillos.

-¿Qué es lo que me acabas de anotar en esta servilleta? No logro entender del todo… –dijo Cindy.- Inténtalo en inglés.

Héctor respiró profundamente, como tratando de calmarse.

-Te lo resumo: me queda sólo una semana.

-¿Una semana? ¿A qué te refieres?…

-La semana siguiente retorno a Perú… se acaba mi estadía en Nueva Zelanda. Yo quiero quedarme sí o sí, por eso necesito… –se detuvo Héctor, perplejo.

No pudo terminar su frase. A lo lejos había divisado a su ex jefe en su reconocible vehículo: una furgoneta anaranjada que era utilizada como medio publicitario para su empresa. El se levantó de la silla raudamente por lo que Cindy vaciló si seguirle, alarmada por su actitud. Sin mirar al resto de los comensales, solamente a ella, se despidió no sin antes subrayarle que acepte la invitación de amistad en la red social para mantenerse comunicados. Héctor salió del lugar. Solo e indefenso aceleraba la marcha, expuesto a los múltiples improperios que se percibían en la vía por parte de su ex jefe una vez que bajó de su vehículo: “¡¿tú, aquí otra vez, muchacho?!... ¡te he dicho ciento de veces que no vuelvas hasta que pidas disculpas por extraer comida sin mi permiso y alterar el inventario!… ¡y aunque intentes buscar trabajo nadie te dará esa oportunidad por tus referencias!”. El joven trujillano cruzó presuroso la pista perdiéndose con facilidad entre los abstraídos peatones.

Hacía una semana que había pasado el bochornoso incidente en “Florida Burritos”. El sol de primavera filtraba por las puertas correderas de cristal del balcón y llegaba hasta los rincones de la sala: ¿señal de un nuevo comenzar en nuestras jóvenes vidas?; no obstante, todo lucía igual en el apartamento. Luego de salir de la ducha, se desprendía el barullo provocado por una quejosa Cindy, acompañada de Lucas en mi habitación. En tanto, un llamado a su descubierto laptop sobre la mesa del comedor, me empujó a husmear entre sus cosas, esencialmente, si había aceptado a Héctor. Se encontraba sentado sobre la arena, vestido con ropa de verano, abrazado a sus rodillas, perdiendo su mirada junto con los recientes recuerdos y esa plegaria suya de aquella noche que eran arrastrados por las olas del mar de Huanchaco.

jueves, 23 de mayo de 2013

La mosca


Cecilia Escobar


Aquel día mientras el sol calentaba desde el cénit  las cabezas de los habitantes del puerto, María volvía a casa después de comprar pescado en la playa. Se movía con agilidad de gacela y su rostro revelaba cierto fastidio. A sus doce años hubiera preferido quedarse todo el día disfrutando del mar con sus amigos, debía en cambio llevar a su casa el pescado para el ceviche redentor. Tenía la cara morena, cabellos largos y los ojos vivaces. En aquel instante hubiera dado lo que tenía, por no ser testigo del alboroto a consecuencia del cumpleaños de su madre, del cual María y sus demás hermanos disfrutarían muy poco. María sabía que al día siguiente, sólo quedaría mucha mugre por limpiar.

Cuando llegó a su casa, el delicioso aroma del arroz con pato le dio la bienvenida. Avanzó despacio por el patio hasta la amplia cocina donde se hallaba el mayor número de invitados. Algunos se encontraban sentados alrededor de la tosca y maciza mesa que ocupaba el centro, otros de pie charlaban amenamente y bebían cerveza en grupos de tres o cuatro. Su madre, a comparación del día anterior, parecía haber olvidado la nostalgia de llegar a la cuarta década  y sonreía feliz mientras le daba los últimos toques a lo que sería el plato central.

Entre los asistentes se encontraba, un joven muy moreno amigo de la familia, que tocaba el cajón y cuya edad María nunca supo, pero calculaba tendría unos veinticinco años. Èl vestía unos pantalones oscuros y una túnica blanca que hacía juego con sus dientes y contrastaba con su piel oscura. Cuando la vió llegar, pareció adivinar  la irritación de la niña al ver tantos invitados invadiendo su casa. Le sonrió ofreciéndole un vaso de gaseosa y como estaba muy helada, María fue tomándosela a sorbitos. En el aire flotaba la melodía de un vals criollo, el joven se perdió en sus pensamientos mientras María contemplaba a los asistentes sacando conclusiones, de cuantos patos se necesitarían para alimentar a tanta gente. Una mosca pasó zumbando entre ellos, la niña la espantó con fastidio. María había llegado a la conclusión, que sólo un milagro podría salvar el día.

De pronto el cajonero se dirigió a María sonriendo y le dijo:

- Puedo revivir una mosca muerta con sólo las cenizas de un cigarro.

Ella lo miró sin poder entender bien lo que quería decir con ello.

- Puedo revivir una mosca –repitió.

- Ni que fueras Jesucristo – le respondió María burlona.

- Dame unos minutos y te lo demuestro –le dijo él completamente decidido.       
Entonces se puso manos a la obra. Poco después y ante la incrédula mirada de todos los que estaban en la cocina, atrapó a la mosca atrevida, que antes había estado revoloteando alrededor de ellos. Lo hizo vertiendo en un vaso un poco de cerveza, que al mezclarse con la gaseosa formó una bebida irresistible para  el insecto. El bicho tonto, no tardó mucho tiempo en caer en el líquido.

María, no podía resistirse a la idea de ver con sus propios ojos tan singular acontecimiento  y aunque tenía prisa por ir a jugar, tomó una silla y se sentó a su lado. Mientras tanto la mosca movía las patas inútilmente tratando de salir del vaso de cerveza.

La niña contemplaba absorta aquella escena, pensando en lo terrible que debía ser morir ahogado. Èl se dirigió a ella diciendo: “Las moscas no tienen corazón” y le guiñó un ojo. Que  le  guiñara un ojo era algo inusual, era más divertido verlo cuando al hablar, abría inmensamente los ojos y movía las manos como un changuito.

Ocho minutos habían pasado desde que la mosca dejó de moverse. Entonces con una cucharita, el cajonero sacó la mosca del vaso con mucho cuidado, tratando de no partirle las patas o las alas y la depositó en una chapita de cerveza. Encendió un cigarrillo y muy lentamente empezó a cubrirla con las cenizas. La niña lo miraba impaciente mientras él se llevaba una y otra vez el cigarrillo a la boca.

María se llevó las manos a la cara y apoyó los codos sobre la mesa, sus ojos iban y venían siguiendo los movimientos del joven. Mientras tanto, el cigarro se iba haciendo cada vez más pequeño. Él la miró tiernamente y le dijo: ¡Paciencia! Pero la paciencia no era una de las virtudes de la María.
Los minutos se hicieron largos mientras María se preguntaba, cuantos más debería esperar hasta que la maldita mosca resucitara. Empezó a creer que él le tomaba el pelo.

Fue entonces cuando vio a la mosca moverse. Al principio pensó que era sólo su imaginación, luego siguió moviéndose para sorpresa de todos, que fueron acercándose lentamente y se ubicaron alrededor de la mesa. El insecto movió las patas, dando giros sobre las cenizas. Luego se puso de pie sacudiéndose varias veces. Al final la mosca medio tembleca, caminó unos centímetros sobre la mesa y agitó las alas intentando volar, un par de minutos después se elevó al aire saliendo por la puerta abierta de la cocina rumbo al patio, perdiéndose en la inmensidad del cielo azul.

Casi todos los que estaban en la cocina y habían presenciado el “milagro” se llevaron instintivamente la mano a la cabeza en gesto de asombro.
Èl la miró sonriendo -Te lo dije: ¡Las moscas no tienen corazón!

El don

Violeta Paputsakis



Un don lo llamaban, en cambio para Mariela había sido siempre una especie de castigo divino. A diario pasaban por su casa requiriendo su ayuda más de treinta personas, sus padres habían encontrado la forma de vivir a costas de ella y toda la familia se organizaba a su alrededor. Proyectaban a futuro construir una capilla en el terreno baldío al costado de la casa y hacer de las curaciones de la joven un gran evento con show y coros incluidos. Su padre veía dinero por todos lados y hasta se imaginaba merchandising con el rostro de su hija. Mariela, en cambio, sólo soñaba que la pesadilla terminara y poder ser una adolescente como cualquier otra, preocupada por la escuela, los amigos, la televisión y nada más.

Hasta los doce años nadie había advertido el don de curar que poseía la joven, era una niña que se divertía con sus amigos, jugaba revolcándose en la tierra y juntaba pececitos en canastas a la orilla del río. Vivía junto a sus padres y su hermana mayor en un pequeño pueblo pesquero de Chubut, en el que la mayoría de las ocupaciones estaban relacionadas con los animales escamosos, su compra, venta, distribución y cocción.

Aunque ya pasaron cinco años recuerdo ese día como si hubiese sido hoy, estaba descalza en el río, caminaba acompañada por Jofi que iba y venía corriendo y ladrando. En un momento se resbaló y cayó con un ruido sordo, se levantó asustado y se arrastró hasta la tierra mientras aullaba dolorosamente. Me asusté muchísimo, tenía miedo que mi perro se muriera, parecía sufrir tanto, me tiré al lado de él y lo revisé, de su pata izquierda brotaba sangre, al parecer se había cortado con un pedazo de vidrio o algo así y la herida era profunda.

Estaba sola, no sabía qué hacer, en medio de la desesperación y sin encontrar nada con que evitar que la sangre siguiera saliendo, apreté la herida con fuerza mientras le pedía con voz suave que se tranquilice, que todo iba a estar bien y miraba alrededor buscando ayuda. A los minutos lo noté mucho más sereno y levanté la mano con cuidado para ver si la sangre había parado de fluir, me quedé helada al ver que su piel estaba sana, como si nunca se hubiese abierto. Jofi se levantó y comenzó a ladrar y saltar a mi alrededor alegremente, yo en cambio, me asusté tanto que decidí no decirle nada a nadie. Llegué a casa como si nada hubiese pasado y continué con mi rutina habitual.

Unas semanas después, a excepción de mis padres, todo el mundo sabía lo que había ocurrido en el río, supuse que alguien había visto la escena. Mis padres se enteraron la tarde en que llegó una mujer desesperada a la puerta de casa cargando su hijo en brazos, el chico tendría unos siete años y se había caído del techo mientras jugaba. Estaba inconsciente y tenía la cabeza lastimada, su madre decidió llevarlo conmigo antes de ir a un médico. Mirta y José no entendían las suplicas de la mujer en la puerta de su casa, pidiendo que su hija menor vea al pequeño mientras sacudía un montón de billetes en la mano. Yo miraba escondida tras los barrotes de la escalera sin poder creer y preguntándome cómo se había enterado. Esa fue la primera vez que curé a una persona y desde ese día no pararon de llegar más y más.

Es triste decirlo, pero la verdad es que mis padres encontraron la situación provechosa, al tiempo mi papá dejó el trabajo de pescador con el que apenas sobrevivíamos y se dedicó de lleno a coordinar las curaciones que yo realizaba. A mí me daba vergüenza cobrar pero no tenía otra opción y José me explicaba una y otra vez las razones por las que era conveniente hacerlo.

-Ayudás a la gente mari, las curás y les quitás un problema que ni los médicos pueden lograr. ¿No viste que la mayoría de los que vienen ya recorrieron especialistas en la capital y no pudieron recuperarse? Es natural que paguen por ello, además, cobrando tenemos esta cantidad de gente, imaginate si fuese gratis hija, lo único que estamos haciendo con esto es cuidarte entre todos porque te queremos y buscamos lo mejor para vos –le decía su padre intentando convencerla mientras la joven lo miraba con cierta desconfianza.

En una ocasión fue a visitarme un hombre con su hijita de cinco años, ella tenía un problema en los huesos que le impedía caminar y tras una imposición mejoró mucho, la recuperación completa requería más tiempo pero estas personas no tenían el dinero para pagar las sucesivas sesiones. Le rogué a papá que me permitiera seguir curándola, me dolía tanto ver sufrir a esa nena, sin embargo él fue inflexible.

–Hija esto no es caridad, debemos pagar las cuentas, la ropa, la comida diaria y si no le cobramos a una persona pronto se va a llenar la casa de gente que mediante la pena quiera convencerte de lo mismo. Es un no sin ningún tipo de discusión.

Mari trató de buscar complicidad en su madre pero como siempre había sucedido, ella se supeditó a lo dispuesto por su padre. Había sido criada así, a la vieja usanza, con la idea de que la mujer debe obedecer y cuidar al marido por sobre todas las cosas. Aunque le confesó a la joven que también le daba pena la niña, reconoció que no se podía hacer más nada. –Si tu papá dice que es lo mejor mari no sigas insistiendo, él está velando por la familia y nosotras debemos apoyarlo.

Luego de un intento de rebeldía que no pude mantener por mucho tiempo, decidí darme por vencida a medias. No conseguí hacer las curaciones gratis pero sí gané la complicidad de Laura, mi hermana, que le entregaba al padre de la niña el dinero que posteriormente José les cobraba. Utilice gran parte de mis ahorros en ello pero la satisfacción de ver a la pequeña finalmente curada valió más que todos esos pesos.

De esa primera época, recuerdo también que me costó mucho continuar yendo a la escuela, tenía nuevas obligaciones y vivía agotada. Me ofrecieron rendir las materias a fin de año pero insistí en seguir asistiendo a clases, era el único momento de tranquilidad que conservaba. Después del primer año de imposiciones diarias comenzó la perdida de la visión. Al principio mis padres y yo pensamos que era algo simple, usar unos anteojos y nada más, pero mi vista fue deteriorándose cada vez más y al cabo de tres años quedé completamente ciega, en ese momento no tuve otra opción que dejar el colegio. Visitamos muchos especialistas y no logramos una explicación al problema, la retina, cornea y demás partes de mis ojos estaban en perfecto estado, sin embargo yo no veía. Muchas veces coloqué las manos sobre ellos intentando curarlos, pero según parece mi don no funciona así. Mis padres decidieron contratar una maestra particular que me enseñó el sistema braile y me daba clases en distintas materias tres veces a la semana, me sentía como un pajarito en una jaula, sin siquiera poder ver lo que hay afuera de las rejas que le impiden volar. En mi vida todo es oscuridad.

Día tras día me sientan en una habitación de la casa que en su momento hacía de living y hoy es llamada espacio de curación, allí trato a los enfermos. Mi hermana los recibe en el pequeño comedor, los acerca hasta el sitio, una vez allí me explican su dolencia y con ayuda de Laura coloco mis manos donde está el problema, el dolor o la enfermedad. En algunos casos es simple y con sólo unos minutos ya está resuelto, en otras oportunidades no y hacen falta varias imposiciones. Con el tiempo descubrí que no hay nada que pueda hacer con el cáncer, muchas personas se acercaron hasta mí e intenté ayudarlas pero no hubo mejoras, las heridas, en cambio, es lo que puedo resolver más rápidamente.

Así, de ser una niña que le encantaba recorrer el pueblo, caminar por el río, trepar árboles y jugar en la tierra me convertí en una adolescente que ayuda a los otros por dinero. Pero por sobre todo en una joven ciega, tímida, retraída, encerrada todo el día en su casa y con un profundo dolor creciendo dentro suyo. Desde esos primeros años vengo diseñando en mi cabeza mil formas de escapar de esto, sueño que mis padres se apiadan de su pobre hija ciega y deciden pedirle que deje de hacer eso que tanto la entristece, que me levanto y mi don simplemente ya no está o que toco a alguna de las personas que curo a diario y se lo transmito, quedando otra vez libre. Sé que todos estos pensamientos son egoístas, que debería darme alegría ayudar a las personas, pero aunque lo intento no puedo alejar esas ideas. Hace un año atrás, decidí tomarme en serio mis fantasías y comencé a trazar un plan que me permita huir de todo esto, creo que ya estoy lista, en algún momento debo dar el gran paso y hoy es el día.

Planifiqué todo minuciosamente, lograr la ayuda de mi hermana no fue nada fácil, pero no puedo hacer esto sin unos ojos y los de ella eran los únicos disponibles. Mi idea es viajar a Buenos Aires donde me contactaré con una tía que visitó a la familia tiempo atrás, nos llevamos muy bien el tiempo que estuvo aquí y comprendió lo difícil que es para mí continuar viviendo así. Si bien ella se ofreció a darme cobijo el tiempo que haga falta yo quiero conseguir un trabajo, sé que es difícil para alguien invidente pero estoy segura que voy a encontrar algo, hay tanta gente en mis condiciones que vive con total independencia y yo no tengo por qué ser la excepción.

Laura ya compró los pasajes desde nuestro pueblo, Trevelín, hasta Buenos Aires, el viaje en colectivo es largo pero es lo único que mis escasos ahorros pudieron pagar. Mi mayor pena es saber que voy a tener que abandonar a Jofi, es mi amigo desde la infancia y fue la mejor compañía a lo largo de estos duros años, sin embargo no tengo otra opción.

A las ocho se retira mi último visitante, por suerte Laura llevó la mochila con mis pocas pertenencias a nuestro lugar secreto cerca del río, entre los árboles, sólo queda cenar junto a mis padres y salir con la excusa de dar un paseo para disfrutar las últimas noches del verano. Debemos partir de casa a las nueve en punto, el colectivo sale a las diez de la noche y si todo va bien llegaremos a la estación con el tiempo justo ya que el camino que debemos hacer es largo.

Aunque trato de ocultarlo, porque siento a mi hermana triste con mi huída y temerosa por la reacción de mis padres, mi felicidad me supera. Sentados a la mesa, mientras comemos un plato de sardinas con puré de papas, mi mamá me pregunta por mi buen humor del día, están acostumbrados a mi amargura crónica, más acentuada todavía desde que las tinieblas llenaron mi vida por completo. Me excuso en el tiempo, en el paseo que daremos después de comer y trato de evitar el tema. Intuitiva, como toda madre, Mirta nos dice –las acompaño entonces chicas. Luego de esas palabras la comida comienza a aguijonear mi garganta.

Me desespero en silencio, siento que todo está perdido y que será muy difícil encontrar una nueva oportunidad como la de hoy, me lamentó por no poder ver la mirada de mi hermana y acordar nuevas formas de escape, no queda otra opción más que disimular que todo está bien.

Luego de comer Laura y yo subimos a nuestra habitación con el pretexto de ponernos ropa cómoda, en el descanso de las escaleras me dice al oído.

–Estoy segura que mamá sabe lo que vamos a hacer, lo vi en sus ojos, igual no va a haber otra oportunidad como ésta y después de hoy probablemente te controlen mucho más, es ahora o nunca.

-¿Pero cómo vamos a hacer? –le pregunto.

-Estuve pensándolo, es arriesgado pero es la única opción. Vamos a ir caminando con mamá hasta el lugar donde dejé tus cosas, tenemos que llevar también a Jofi, él te ha guiado por el pueblo muchas veces y aunque te da miedo salir sola podés llegar con su ayuda hasta la terminal. Cuando te dé la señal alejate de nosotras como si pasearas con Jofi, busca tu bolso y avanzá entre los árboles para que no pueda verte, yo voy a entretenerla.

Salimos de casa, Jofi lleva el collar y la tira de lazarillo, le explicamos a mamá que queremos aprovechar para entrenarlo y parece quedar conforme con la justificación. Caminamos por las calles de ripio, dejamos atrás nuestra casa y llegamos a la orilla del río, donde toda esta historia se inició. Yo voy acompañada de Jofi como aquella vez, sin embargo hoy ya soy casi una mujer y no queda nada de la niña inocente y alegre que fui en aquel tiempo. Mi perro me guía por el sendero evitando que me tropiece con algún montículo de arena o que me choque con un poste o árbol de los que abundan en el lugar. Siempre fue así, cuidándome, mimándome, sé que los animales no tienen conciencia, pero cuantas veces sentí su pena por haber sido el responsable de que se conociera eso que llevaba dentro de mí y que tanto cambió mi destino.

El viento cálido roza mi piel, siento su susurro entre las hojas y como mi pelo vuela con una libertad que hasta ahora yo no pude tener. No veo la noche pero estoy segura que mil estrellas pululan en un cielo inmenso, la luna me baña con sus rayos y me da la fuerza y el coraje que necesito para afrontar este momento. Con sólo diecisiete años y totalmente ciega voy a tener que enfrentarme a un mundo que no conozco pero al que me aferro como única esperanza.

Llegamos a un espacio cercano al río, escucho su rugir firme y continuo, nos sentamos las tres mientras Jofi olisquea la tierra a nuestro lado. De forma natural Laura me invita a salir a caminar con nuestro perro. –Te va a servir para tomar más confianza de su ayuda –me dice. Sé que esa es la señal y también percibo que a escasos pasos está nuestro escondite, conozco el lugar y puedo encontrarlo sin problemas. Mi mamá no dice nada y eso me tranquiliza. Llamo a Jofi, acomodo el arnés sobre su lomo y tomo el asa para dejarme guiar por él. Caminamos lentamente, el corazón quiere salirse de mi pecho, Laura me dijo que la distraería así que no puedo dudar más, me acerco lentamente a nuestro espacio tomo la mochila con cuidado y tiro del asa para pedirle a Jofi que avance, me voy alejando del lugar escondiéndome tras la vegetación mientras gotas de sudor caen por mi frente.

Cuando considero que estoy a suficiente distancia quiero correr, la angustia me invade, me tropiezo y caigo mientras siento a mi perro intentando ayudarme. Me levanto y le grito corré Jofi, sin él no encuentro el camino pero necesito salir del lugar lo antes posible, él me entiende y comienza a apresurarse, yo voy detrás siguiéndole el paso, cruzamos calles, en algún momento escucho un bocinazo y recuerdo la ruta que atraviesa el pueblo. Pero él no se detiene parece haberse contagiado de mi desesperación, corre y corre y yo tomada del asa también. Inesperadamente siento un impacto y un chirrido delante de mí, sigo avanzando por inercia y choco con un vehículo frenado, la fuerza del golpe me tira sobre el capot y siento todo mi cuerpo magullado, ruedo por el metal y caigo al costado de mi amado Jofi. Comienzo a llorar sin siguiera poder verlo pero adivinando que lo peor que podía pasar ocurrió. Toco su cuerpo y me acuerdo de unos años atrás, cuando todo esto se inició, advierto como el calor de la vida lo va abandonando, lo abrazo, paso mis manos sobre su figura una y otra vez intentando revivirlo, es tarde o ya no tengo el don, no lo sé, Jofi sigue tirado en el asfalto y no logro hacer nada por él.

Lloro desconsoladamente mientras el hombre me pide disculpas y me explica que apareció de la nada, se ofrece a llevarme a mi casa junto con mi perro. Aún turbada agradezco que no me reconozca, de seguro no es alguien del pueblo, le pido que me acerque a la terminal y le indico la dirección donde debe dejar a mi perro en el camino de vuelta, sé que Laura sabrá qué hacer cuando su cuerpo llegue a casa. En el trayecto el hombre se da cuenta de mi ceguera y se ofrece a acompañarme hasta la plataforma del colectivo. Es la hora justa, estoy destrozada, pero ahora más que nunca debo alejarme, ya no existe nada que me ate a este pueblo y a mi hogar. Me despido de Jofi que está acostado en el asiento trasero del auto, mis lagrimas caen sobre su cuerpo ya frío y siento que todo el dolor se va con él, que dio su vida por mí y que no debo desperdiciarla, estoy dispuesta a comenzar una nueva etapa, le agradezco al extraño su ayuda y subo al colectivo.

Mientras siento las ruedas avanzando en la ruta me despido de todo y todos, los perdono, logro estar en paz. Duermo interminables horas y al abrir los ojos la oscuridad ha disminuido, veo como nubarrones frente a mí que parecieran reducirse poco a poco, kilómetro a kilómetro la claridad aumenta y al final del trayecto puedo ver bastante mejor, aunque aún con cierta dificultad.

Me pregunto si tendré todavía mi don y llego a la conclusión de que no, llegó con Jofi y se fue con él, pero qué importa eso cuando la luz está de vuelta.

sábado, 4 de mayo de 2013

Atracción magnética


Silvia Alatorre


La calle principal del pueblo corre de oriente a poniente por lo que los rayos que irradia el astro rey la bañan desde la aurora hasta el crepúsculo, reflejando destellantes brillos de luz al chocar con la superficie adoquinada del piso; la luminosidad es tal que los transeúntes se ven obligados a protegerse los ojos con oscuros lentes, so peligro de quedar ciegos o cuando menos encandilados. En la canícula el calor es tan intenso que todo mundo apesta; sobre las banquetas no hay ni un triste árbol para refugiarse bajo su sombra; cuando el sol se posiciona en el cenit se da el  momento más candente del día, y es precisamente en estas horas que los hombres acuden a sus hogares a comer y descansar. Las puertas y ventanas de las viviendas se mantienen abiertas para aliviar la sofocante temperatura, sin embargo el viento se niega a soplar y el ambiente se mantiene agobiante; el escenario es desolador y solo es interrumpido por el sonoro y retumbante taconeo que desde lejos se deja escuchar, conforme el sonido se va acercando al pueblo, los portones y ventanas se estremecen al ser violentamente cerrados. El  rítmico tac… tac es producido por los pasos de Filosita Tijerina, que caminando por el centro de la calzada se dirige al arroyo seco en busca de algo de sosiego; al llegar ahí se sienta sobre las ardientes piedras para recobrar la calma; ya relajada y más tranquila sigue su recorrido rumbo a casa de sus padres.

Mientras tanto las mujeres del pueblo entran en pánico y apresuradamente  amarran o encadenan a sus maridos a los muebles o a las columnas dentro de la casa, y ellos con desesperación tratan de liberarse de las ataduras, y gritan maldiciones y blasfemias contra sus carceleras. Aquellos hombres homosexuales, y que se han casado, evitan encontrarse con Filosita por temor a quedar encaramados sobre los postes de los faroles y ser descubiertos por sus esposas, por lo que se esconden bajo las camas, en los roperos y hubo quien murió ahogado dentro del pozo de agua en donde se ocultó; otro más que fue a refugiarse dentro de la letrina y casi muere asfixiado al no poder resollar sumergido en un mar de densa pestilencia.

La belleza exótica de Filosita es cautivadora; exhibe sus largas y torneadas piernas vistiendo diminutas faldillas, sus pequeños pies los calza con zapatillas de altos y finos tacones que la hacen lucir más esbelta; tiene una cinturita que no mide más de una cuarta y los grandes pechos erguidos roban las miradas de todos los hombres, que anonadados por esos encantos se olvidan de alzar la vista hacia su extraño rostro, que también tiene una hermosura extravagante; sus enormes ojos redondos se ven aún mayúsculos ya que tizna sus largas pestañas con una mejunje preparado por ella misma, con la semilla de mamey carbonizada mezclada con aceite de olivo; con el parpadeo natural lo pastoso de este compuesto dibuja bajo el parpado inferior una reproducción exacta del pelillo superior por lo que pareciera que esos hermoso luceros siempre están abiertos escudillando al futuro al más allá, con una penetrante intensidad; la pequeña boca coloreada de carmín es carnosa y sensual como invitando a ser besada a mordidas, y gracias a todo ello logra opacar lo desagradable de sus colosales orificios en su chata nariz por los que emite un sonido exagerado al inhalar y exhalar el aire, esto la hace más atractiva, pues pareciera que se mantiene en constante estado de fogosidad y además mucho hay de eso ya que posee una hipersexualidad inusual. Su largo cabello color negro le cubre la espalda y lo balancea con un cadencioso movimiento como la melena de un perro afgano en exposición canina.

Desde muy niña, su madre la vistió con pantalones para cubrir sus extrañas y atractivas piernas, ya que desde ese entonces despertaba deseos lujuriosos en todos aquellos que las veían; inclusive, su padre al mirarla se sentía mareado, se le nublaba la vista y no podía reprimir su atracción por la niña, por lo que recurrió al cura del pueblo en busca de consejo y este le recomendó comer una cabeza de ajo en cada comida, repetirse la siguiente frase cuando menos cien veces por día: “no siento ningún deseo carnal hacia mi hija”; y al igual que los alcohólicos juran en la iglesia no beber durante un determinado tiempo, el debería hacer un juramento ante la Virgen de Guadalupe para someter esos malos instintos y renovar este voto periódicamente; así fue como Vulcano permaneció “jurado” de por vida.

En cuanto Filosita llegó a la adolescencia y en un momento de rebeldía decidió vestir a su gusto y a Emmita, su madre, no le quedó otra opción más que elaborarle un nuevo vestuario. Era una chiquilla precoz y atrevida, desde muy pequeña soñaba encontrarse con un chico ardiente para saciar su incontrolable erotismo; pero también, al igual que su padre, era muy sentimental y romántica, por lo que instintivamente deseaba sentirse amada y que le susurraran al oído palabras tiernas y cariñosas.

Emmita, la costurerita del pueblo era considerada la mejor modista del lugar ya que cortaba con toda precisión los paños, fueran estos delgados como la seda o tan gruesos como la lana; para lograr esta perfección en el corte contaba con un sinnúmero de afiladas tijeras, que con el uso sus bordes se achataban o se resquebrajaban, este inconveniente era un verdadero dolor de cabeza para ella; fue en ese entonces cuando conoció a Vulcano, un joven que trabajaba en la planta siderúrgica, era diestro para fundir acero como para realizar aleaciones de metales y además tenía amplios conocimientos para imantar bobinas para motores; debido a esta cercana actividad con los metales su ADN se modificó.

Vulcano era un hombre alto, robusto y contaba con una gran fuerza física, por lo que tanto a las mujeres como a los hombres les impactaba su presencia y le temían, pero en verdad este chico era delicado, romántico y amoroso. Sin embargo el energúmeno dormido que llevaba dentro, se despertaba cuando alguien lo llamaba enunciando únicamente las tres últimas letras de su nombre, al instante reaccionaba furiosamente, con una sola mano levantaba al imprudente y acercándolo a su cara le advertía:

Es última vez que me llamas así, la próxima te hago picadillo.

Pero a nadie llegó a lastimar, tenía la fuerza para hacerlo pero su corazón era más grande que su musculatura.

Por su parte Emmita era una mujer pequeñita, delgada y menudita, por lo que ningún mozuelo la miraba ya que les resultaba bastante insignificante y además despedía un fuerte olor a valeriana que los adormilaba.

Este par de singulares jóvenes se conocieron cuando Emmita acudió a la planta siderúrgica a solicitar la fabricación de la herramienta que le era imprescindible para realizar con éxito su trabajo. Vulcano se enamoró de ella al ver que no se incomodaba ante su imponente presencia. El muchacho fabricó unas resistentes tijeras que duraron hasta que se acabaron y además las magnetizó para que la mujercita pudiera con ellas atraer agujas y alfileres perdidos. Cuando acudió a casa de Emmita a entregárselas, iba recién bañado, peinado y con los dientes cepillados con carbonato y en su mano llevaba unas violetas para dárselas y al estar frente a ella, sin mediar saludo alguno, de pronto le dijo:

Cásate conmigo- e impaciente esperó la respuesta.

    - Si -fue lo único que contestó la modista.

Se casaron prontamente y la costurerita quedó embarazada de inmediato,  dio a luz a una criatura muy especial, a la que en honor al motivo que los unió, le llamarón: Filosita Tijerina. La niña heredó los genes trastocados del padre y su gran corazón. A su nacimiento los doctores y enfermeras advirtieron que se trataba de un ser peculiar ya que en cuanto emergió de la matriz de la madre, el instrumental médico voló de las manos de los galenos para quedar pegado al cuerpo de la bebe.

Debido a esta magnética propiedad, Filosita era una mujer fascinante; como imán atraía a los hombres, repelía a las mujeres y los maricas eran lanzados por los aires sin siquiera ella tocarlos.

Los varones perdían la razón al verla pasar y sin poner resistencia alguna la seguían formando una larga fila, y caminando como zombis dejaban el adoquín de la calle resbaloso por la baba que les escurría de la boca.

En su búsqueda del amor, la chica aceptó relacionarse con más de uno de esos caballeros, terminando los encuentros sexuales con desafortunados resultados, pues ya en pleno trance amoroso las piernas de Filosita Tijerina, ya imantadas, se cerraban de golpe quedando trabadas por unos momentos, mientras tanto sus carnosos labios vaginales se contraían fuertemente por la gran fuerza magnética y como filosas tijeras lograban cercenar la virilidad de aquel desafortunado que se encontraba atrapado; pero aun así, esos eunucos la perseguían dispuestos a perder la lengua y hasta el último de los dedos de sus manos con tal de saciar sus bajos instintos.

Filosita era muy desdichada y cada día se deprimía más, no deseaba hacer daño a sus seguidores pero no podía reprimir su incontrolable libido. Anhelaba con toda el alma encontrar un varón que la amara y al que no mutilara.

Sus padres sufrían al ver su desdicha, Vulcano se sabía responsable del infortunio de su hija, por lo que cuando la veía pesarosa, la abrazaba y lloraba con ella; en cambio Emmita que era una mujer carente de inteligencia y sentido común no atinaba más que a confeccionarle unas falditas cada vez más pequeñas, eran ya tan diminutas que Filosita enseñaba las nalgas, agravando de ese modo el problema que la atormentaba.

El cura de la parroquia exasperado de ser lanzado por los aires cada vez que se topaba con la muchacha, le hizo llegar una estampita de San Judas Tadeo patrono de las causas imposibles. Filosita ansiosamente buscaba un milagro que solucionara este inconveniente, por lo que con toda devoción preparó un altar con flores y veladoras al santito y le rezaba con verdadero fervor todas las noches. Su petición era muy simple:

  - Amado San Judas Tadeo te pido que me des un hombre que me ame profundamente y copule como los mismos dioses;  también te ruego que me des la sabiduría para que no lo convierta en un eunuco- y repetía esta solicitud hasta quedar dormida.

Pasaban las semanas y el “milagrito” no llegaba, por lo que perdió la fe y hecho la estampita al excusado, jaló la cadena y se olvidó de los rezos. Entonces decidió investigar a través de internet sobre su caso, ya que consideraba que ahí encontraría la información necesaria para solucionar su problema.

Y fue así como conoció a un joven universitario de nombre “Neutrino”, investigador científico, muy estudioso pero tímido con las mujeres a pesar de ser hermoso; radicando a poco más de quinientas millas de distancia del pueblo donde vivía Filosita, la comunicación entre ellos se dio a través de la computadora, en poco tiempo se convirtieron en grandes amigos.

Las profundas investigaciones que realizaba Neutrino, lo llevaron a descubrir que la imantación que poseía Filosita podía ser desactivada a base de calor pero se reactivaría nuevamente al recibir una fuerte descarga eléctrica; se lo informó a la chica, y fue cuando ella comprendió por qué al sentarse sobre las piedras calientes del arroyo seco sentía tanto alivio.

Con la asesoría de Neutrino, Filosita tomaba baños de sol totalmente desnuda, después se sumergía a la tina con agua tan caliente, que hasta se despellejaba y antes de dormir se colocaba entre las piernas una lámpara que emanaba rayos infrarrojos, pero a pesar de estos tratamientos no lograba los resultados deseados, ya que cuando salía a la calle, nuevamente, era perseguida por infinidad de hombres libidinosos. Por lo que se dispuso a mandarle una nota al joven, en donde escribió en letras grandes y rojas:

   - Neutrino, te suplico que vengas a mi lado, necesito tu pronta ayuda… URGEME.

Este llamado era lo que Neutrino esperaba para ir de inmediato al lado de Filosita.

Primeramente le dio instrucciones a la chica para acondicionar el sitio del encuentro; le indico que preparara una habitación que tanto de día como de noche mantuviera una alta temperatura, alejada por completo de cualquier instalación eléctrica, y con un buen aislamiento acústico. Mientras ella se ocupaba a preparar el aposento en donde se llevaría a cabo la deseada “des magnetización”; por su parte Neutrino se dedicó al estudio de todas las artes amatorias, tanto orientales como occidentales; y cuando todo estaba dispuesto de acuerdo a lo planeado, Neutrino tomó el primer vuelo para reunirse con Filosita.

En cuanto se vieron se enamoraron de inmediato, sus miradas de fuego se entrelazaron y sus corazones latían al unísono. Filosita parpadeaba apresuradamente y esto subyugó aún más a Neutrino.

La habitación cumplía las especificaciones indicadas por neutrino, el piso y las paredes estaban cubiertas por gruesas alfombras y el techo con un recubrimiento de corcho laminado; una gran chimenea, llena de gruesos troncos que crujían por el fuego  alumbraba el cuarto, no se veía cama alguna, únicamente una mesa colmada de botellas de vino, quesos y frutas.

Entraron a la habitación y colocaron un gran candado en la puerta. Por semanas permanecieron encerrados sin salir de ahí, hacían el amor sin tregua, era tanto el ardor de su pasión que berreaban como bestias salvajes, parecía que echaban chispas y nada se escuchaba al exterior.

Por fin Filosita logró disfrutar su erotismo, su sexualidad y escuchar las dulces palabras que tanto anhelaba oír mientras tanto el esperado milagro se realizaba, su cuerpo perdió la imantación que la atormentó por muchos años. Los nuevos amantes, frente a la chimenea, bebían copas de vino y se amaban con locura.

Las mujeres del pueblo por fin tenían paz en sus hogares, sin embargo los hombres se encontraban desconcertados no comprendían que ocurría y recorrían la calle en busca de Filosita.

El cura del pueblo al enterarse de la desaparición de Filosita, después de varios meses de ausencia, regreso a continuar con sus servicios religiosos, ya no temía encontrarse con ella y ser lanzado por los aires.

Pero el destino les tenía reservada una mala jugada a los apasionados amantes.

Una tormentosa noche, mientras se poseían frenéticamente un potente rayo cayó en la habitación, partiendo el techo en mil pedazos e iluminando la habitación con una luz enceguecedora, el cuerpo de Filosita se estremeció al recibir la fuerte descarga eléctrica y mientras exclamaba:

    - ¡WOW!

Neutrino dijo:

-¡AUCH!...

jueves, 2 de mayo de 2013

La alianza perdida


Juan Carlos Camacho Leyton


El viejo e ilustre local del Club de Arequipa está situado  en la primera cuadra calle Álvarez Thomas, a pocos metros de la Plaza de Armas. En el hall principal de estilo neoclásico con piso de mármol  y columnatas que sostienen los balcones del segundo piso se organizaron los socios para el registro. Se había convocado a una asamblea general para dar cuenta de la gestión y de paso elegir a la nueva directiva.  En la fila, Ernesto se encontró algunos amigos a los cuales saludó con cortesía. Ya entrado en la cincuentena, años atrás había sido gerente de la sucursal de un banco, luego promotor de una escuela de inglés y ahora dirigía una empresa consultora. Era un hombre de esmerada educación  que había dedicado su vida al trabajo profesional y también viajado por el mundo. De figura aún atlética, con una calvicie creciente que aparentaba una tonsura, se sentía algo incómodo en su traje azul por el calor de la noche de verano y las cuitas que oprimían su corazón.

Su matrimonio con Clara luego de veintidós años había llegado a su fin. El cansancio y las diferencias de caracteres habían hecho su trabajo erosivo y en ninguna de las dos partes hubo un intento serio de arreglar las desavenencias a tiempo o de someterse a una terapia de pareja.  “Somos como el agua y el aceite” -le había dicho Clara-.  Al final la relación estalló en medio de una reunión de su familia política en Lima, ciudad a la que viajó Ernesto con el único propósito de hacer las paces con Clara, obteniendo el efecto exactamente opuesto. Habían procreado dos hijos, Rosina, de veintiún años, estaba a punto de acabar sus estudios universitarios de bioquímica y en vísperas de viajar becada a Francia para hacer un posgrado; y Roberto,  de dieciocho, finalizaba el último año de secundaria en un colegio privado de prestigio y se preparaba para  ingresar a la Universidad.  Ambos hijos asumieron una posición de respaldo al padre, criticando a veces abiertamente y otras en forma velada,  a la madre por su decisión unilateral de ruptura, pero al fin asimilaron, aunque no sin pesar, su situación de vástagos de un matrimonio irremediablemente disuelto. Ellos fueron testigos de excepción de las diferentes personalidades de sus padres. Veían a Ernesto, impaciente, pero dedicado de toda la vida a ellos, que solía levantarse temprano  para prepararles el refrigerio que llevarían al colegio. A Ernesto le gustaba hacerlo personalmente, pelar las manzanas y ponerlas en los tápers de plástico,  preparar el par de sandwiches que después Roberto y Rosina devoraban en el recreo.  Rosina, recordaba a su padre ordenando y limpiando el polvo de la casa, bañando y paseando a las tres mascotas –unos engreídos perritos teckel- el domingo por la mañana, pues era el día libre de la empleada del hogar. Pero había un extremo que les disgustaba de su padre y era su costumbre de tomar sus cocteles los fines de semana. Aunque no lo hacía todas las semanas, una que vez que descorchaba una botella y preparaba una jarra de pisco sour,  de la cual era el principal consumidor; otras veces, de regreso de alguna reunión social  lo veían colorado, hablando más fuerte y fastidiándolos con ciertas actitudes que les parecía extrañas, sobre todo a Rosina, porque Roberto no les daba mayor importancia.  De su madre, opinaban ambos que tenía un temperamento infantil que les divertía o molestaba, según la ocasión, combinada con una adicción al trabajo y a las reuniones sociales que hacían que casi siempre llegara tarde al almuerzo o en otros casos simplemente no llegara, indicando que estaba ocupada. Sabían que no podían contar con ella, ni para ayudarlos en sus estudios ni para resolver sus problemas personales; conocían que no era una mujer empática que, aunque parecía escucharlos, estaba pensando en otra cosa por lo que debían repetirle nuevamente las cosas una y otra vez, hasta que se daban por vencidos.

Clara, era la menor de seis hermanos de una familia patriarcal, de tres mujeres -dos casadas, incluida ella misma y una solterona- y tres hombres. Éstos, por su parte, estaban todos casados. Ernesto trató de asimilarse a los usos y costumbres de la familia extendida patriarcal, cuando sus suegros estaban vivos; pero cuando murieron y el mayor de los cuñados, apoyado por las tres hermanas, pretendió y de hecho lo logró- heredar esa posición hegemónica, Ernesto empezó a disgustarse y a faltar a las reuniones de sus familiares políticos, lo cual fue tomado por Clara como un gran desaire. Rosina y Roberto fueron  testigos de las crecientes diferencias entre sus padres, por esos celos familiares y la falta de tolerancia entre ambos. Aunque reconocían que Ernesto hacía más esfuerzos en adaptarse y Clara era más decididamente intolerante.    

En el club, la fila avanzaba lentamente y los socios, aprovechaban para intercambiar noticias, chismes y chistes. Ernesto y Javier se encontraron.  Javier, un viejo negociante de artículos fotográficos, fabricante de velas,  ahora estaba metido en el negocio inmobiliario que era el boom del momento en Arequipa. Delgado, casi calvo, de modales jesuíticos y movimientos ágiles a pesar de una edad próxima a los setenta, despliega con frecuencia un brillante sentido del humor negro, como cuando extiende la mano para saludar, al estilo obispo, como para merecer un ósculo en el supuesto anillo consagrado.

Javier y Ernesto, a pesar de su diferencia de edad, lograron forjar una amistad de más de diez años, al compartir la misma junta directiva de la urbanización en el distrito señorial de Yanahuara.  Luego del registro pasaron a sentarse al amplio salón  Quijote, en el que habían acondicionado  sillas para cada uno de los socios, los que cómodamente sentados esperaban el inicio de la asamblea general. Luego de leídas y aprobadas las memorias, de presentadas las listas y efectuada la votación, los asistentes aclamaron a la nueva junta directiva con un estallido de aplausos de pie. Cuando todo acabó,  Ernesto y Javier acordaron tomarse un trago en el bar La Cabañita del segundo piso, un ambiente agradable e informal pintado de color ocre,  sillas de cuero repujado, chimenea con adornos de cobre y mesas con manteles azul pastel.  En ese ambiente distendido, Javier,  conocedor de la reciente separación de Ernesto le dijo,  sibilinamente:

 -No te confundas, hijo, ¡por fin  estás libre!  Te voy a contar lo que mi padre me decía de su relación con mi madre,  y yo, con la experiencia que dan los años vividos, lo suscribo totalmente: “Dios puso a las mujeres para jodernos la vida.  Tu madre, me la jodió todos los días de mi vida y te aseguro que a ti tu mujer te la  joderá igual”. Es el destino de los arequipeños saco largos 1/. Tú te salvase  ¡Qué más quieres! -finalizó, jocundo.

-Ja, ja, tú siempre con tus bromas, Javier. Por lo menos fue una separación civilizada y ya mis hijos están grandes y aparentan comprender la situación - respondió Ernesto diplomáticamente, pero al mismo tiempo pensando: “Tuve que salir de la casa obligado por las circunstancias, saqué mi ropa en  maletas con la ayuda de mi hijo.  No le diré a Javier,  por cierto, que un abogaducho, contratado por mi ex esposa,  me amenazó con hacerme atacar con matones si no salía del hogar en un plazo de veinte y cuatro horas. No lo esperaba. La vida siempre es una sorpresa. Pasar de los cincuenta. Haber estado casado por veintidós años. Pensar que lo tienes todo bajo control y de pronto la realidad te golpea... esa es la vida… es tragicómico.”

Javier interrumpió  las divagaciones de Ernesto: ¿Ha habido la  alguna infidelidad en alguna de las partes?

 -No, por lo menos de mi parte, no;  y creo que de la otra parte, tampoco. - Contestó Ernesto en el acto, mientras pensaba: “Clara alude maltrato, que ya estaba harta… varias veces me pidió la ruptura y creo que se aprovechó de la situación. Justo cuando yo quería arreglar hacer las paces. He tenido que aceptar porque un tango se baila entre dos. No creo en esas uniones, como en la Guerra de los Rose 2/ en que se vive un infierno solo porque alguno no sacrifica algo. Como dijo el notario, un viejo amigo de los dos: Ernesto, ¿Qué vas a hacer?  Firma no más.”

-Entonces el asunto todavía se puede arreglar. Hay muchos matrimonios que se separan y se vuelven a juntar. Hablaré con ella. Es una pena. Ustedes hacían una linda pareja -acotó Javier.

-Perderías tu tiempo, Javier,  el matrimonio ya está disuelto, Clara estaba esperando la oportunidad y yo, como un tonto le serví el plato. Así es el juego de la  vida- le dije con la resignación  de Daniel Santos3/- lo importante es que el tema se ha resuelto de manera civilizada, sin escándalos y los chicos ya crecieron. “No sabe que me siento roto por dentro,  como uno de esos jarrones chinos caídos del pedestal y hechos trizas. Teníamos todo linda casa, dos carros, hijos inteligentes, trabajos, que más se podía pedir. Divorcio civilizado, el mismo concepto es un oxímoron, una contradicción en sí mismo, no existe un divorcio civilizado ”. 

¿Tú crees en las supersticiones, Javier? –Ernesto le espetó de pronto. Sin esperar la respuesta le dijo  -mi matrimonio ya estaba condenado desde el  principio. Te contaré una cosa que me sucedió en el viaje de luna de miel hace más de veinte años y deberás creerla.

El mozo se acercó y les sirvió otro trago, estaban los dos solos en el bar y, dentro de la chimenea crepitaban unos leños.

-Todo empezó al día siguiente de la boda.  Habíamos partido temprano en avión,  hacia el sur, al país de los moáis y de los tehuelches.  Mis parientes,  que habían llegado de lejos,  nos despidieron de la terraza del aeropuerto. Se habían retrasado y no tuvimos ocasión de abrazarlos, solo pudimos hacerles adiós con los brazos en alto y la  emoción de despedida mutua. El sentimiento de tristeza de la despedida pronto se dejó de lado con la emoción de la partida a un viaje de bodas que prometía ser único.  La verdad es que lo fue, estábamos enamorados, éramos jóvenes, ambos teníamos trabajo, estábamos sanos. ¡Qué más pedir!  El lago Llanquihue, el volcán Osorno, las puestas de sol de Chiloé,  los verdes bosques de pinos y la sagrada naturaleza. Los desayunos con tostadas y mermelada de aguaimanto, el sobrevuelo de las gaviotas sobre nuestro catamarán... Puerto Varas, Frutillar, Puerto Montt.

El viaje salió excelente,  excepto por un detalle en la ruta de regreso. Habíamos llegado a Iquique, el lujoso hotel frente al mar con  servicio y  decoración de primera, los desayunos en la habitación.  La mañana del día siguiente, con ropas de baño, dimos un paseo por la playa de arena gruesa. Las olas  refrescantes suaves, el clima de mayo otoñal  no era aún frío. Corríamos como niños sintiendo los guijarros bajo las plantas, emocionados con la frescura del mar, el olor a mariscos y el cielo azul sin una nube que lo opaque.  Llegamos a una pequeña ensenada con grava gruesa y nos bañábamos dichosos, plenos de juventud, amor y dicha, cuando de pronto veo que Clara empezó a buscar algo en la grava, al principio sin mucha dedicación pero luego con más insistencia. Entonces, le pregunté:

- ¿Qué se te ha perdido?

-Mi alianza de bodas, se me ha caído a la grava,  es que he bajado tanto de peso que se resbaló del dedo anular- me responde.

Me agaché para ayudarla, la luz del sol se reflejaba en los guijarros de colores, era como ubicar una aguja en un pajar.  Estuve así una media hora, buscando concentrado, tenso.  Atrás quedo toda la alegría, pensaba:

 “¿Qué augurio tendrá esta pérdida? No puede ser nada bueno”. Clara, pronto dejó de preocuparse y con una sonrisa nerviosa, dijo:

–Encargo  otra ni bien  regrese -yo no lo podía creer.  

Sentí  una gran desazón.  Al final,  luego de una hora de buscar inútilmente entre la grava, me sobrepuse, pensando sin convencerme a mí mismo que la alianza era solo una cosa material y que no quedaba nada más  que hacer. Esa es la historia, Javier.  En ese momento pensé que la alianza podía ser reemplazada por otra impunemente.  Que equivocado estaba.  Las consecuencias se han dado veinte años después y ahora la suerte está echada,  nadie puede escapar de la ley del karma. –Sentenció finalmente Ernesto.

-¿Me estás diciendo es que tu matrimonio se acaba de ir a pique por algo que sucedió por azar hace más de veinte años?-cuestionó incrédulo Javier.
-Exactamente y no fue por azar, fue mi karma –contestó Ernesto, añadiendo- precisamente ese día algo se rompió en la confianza entre mi mujer y yo. Si hubiera percibido un lamento sincero y contrito en ella. Pero fue su reacción tan simple, tan ingenua. ¡Como si la alianza sacramentada y bendecida no significara gran cosa para ella! ¡Como si todo se redujera a su valor material!  
Ahí empecé a darme cuenta de mi error al haberla escogido como esposa por su falta de sensibilidad.  Seguramente de manera inconsciente le reproché esa carencia muchas veces y por diferentes motivos hasta que la relación acabó por envenenarse totalmente.
-Pero, ¿tú la amabas? –preguntó Javier.
-Por supuesto,  y hubiera muerto por ella los primeros años -respondió Ernesto- pero lo que te quiero decir es que en ese momento nació la semilla de la duda y esa duda se fue multiplicando exponencialmente como crece una infección. Una virosis que ha durado veinte años. Ahora con la experiencia que tengo estoy convencido que el matrimonio es compenetración, afecto, sensibilidad, intensidad y sacrificio, entre otras cosas.
-Mira mi caso, Ernesto- dijo Javier- yo nunca me he hecho demasiadas ilusiones con mi mujer. Conozco sus limitaciones y ella conoce las mías. Nos toleramos el uno al otro porque ninguno de los dos es demasiado exigente. Además ambos pensamos que el costo de vivir separados es definitivamente mayor que el beneficio de estar solos.  Creo que todos los que soportan un matrimonio por toda una vida piensan así.  Es lo normal.
Ernesto estaba demasiado agotado con los recuerdos y la conversación, además los whiskies habían hecho su efecto. Se pararon como puestos de acuerdo y tomaron un taxi, Ernesto se despidió de Javier al llegar a la casa de éste. En el camino no hablaron nada. Ernesto se sumió en sus disquisiciones Al llegar a su penthouse,  el cielo estrellado distrajo su mirada y antes de entrar,  se sentó un momento y discurrió:
“Visto desde ese punto de vista el matrimonio, una vez pasado el enamoramiento de los primeros años, es una carga que hay que sobrellevar toda la vida, como una mochila invisible que guarda el pasado. Clara,  con los traumas sufridos por las sucesivas apoplejías de su padre, cuando aún no tenía ni cinco años y  veía todo el castillo de la felicidad de su hogar derrumbado por las largas ausencias para ser tratado en Lima con resultados inciertos, periodos en los cuales debía ser cuidada por sus hermanos mayores, debiendo ir al colegio con esa tristeza hasta que la felicidad regresaba con el retorno del padre y de la mamá postiza, porque la verdadera murió a los dos días de traerla al mundo por un descuido médico, propios de los años sesenta.
En mi caso con los traumas de mi propia familia, mi padre en plena ira alcohólica,  intoxicado de rabia, destrozando sillas y mesas de madera del comedor familiar con su esposa y sus hijos aterrorizados, que se tapaban con la manta para no ver la realidad y sintiendo a un paso el crimen pasional, el odio, el insulto y el grito. Con esos traumas no procesados o procesados a medias, cómo podrían tener un matrimonio exitoso ellos mismos.  Llegar a pasar los veinte años ya fue un logro, un pedir demasiado.  Para las esposas de los hermanos saco largos no era normal el comportamiento de Ernesto, como si su vida hubiera sido normal. Como si su niñez hubiera sido normal. Ernesto era un sobreviviente. Una persona que se había hecho sola y que ahora quedaba sola.
Mirando la alianza en su caja de terciopelo rojo, su sello grabado con la fecha del matrimonio, recordó sus sentimientos en la boda. Su ruego para que el matrimonio fuera eterno, que fueran verdad las palabras del cura. “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”.  Los declaro marido y mujer hasta que la muerte los separe”.  Su ruego para que sea verdad. Pero era pedir demasiado. Sería verdad -como le repetía Clara- su menosprecio hacia ella, lo que al final la colmó. Ernesto recuerda una conversación que sostuvo con Clara en pleno proceso del  divorcio,  “Tu eres una buena persona, -le dijo Clara-  incluso mejor de lo que tú mismo crees, pero no eres para mí, somos muy diferentes.  Si soporté tantos años tu indiferencia,  tu menosprecio hacia mí y mi familia, era por los chicos, por el qué dirán, pero ahora estoy decidida, quiero empezar una nueva vida”. ¿Sería verdad lo del menosprecio? ¿Puede el desdén ser tan corrosivo en un matrimonio” Habría que sentir lo que una esposa siente. Que inasibles son los sentimientos humanos… de pronto sacó de su caja de terciopelo la alianza de oro, y al ver su brillo, en un relámpago vivió nuevamente toda su vida de casado, las cosas buenas y las malas, como en un universo paralelo. Si pudiera retroceder el tiempo. … ¿en qué resquicio del fondo del mar se encontrará la alianza perdida?, en ese estado, creyó ver el reflejo de la joya en medio de los pedregales marinos, y el reverbero del sol en ella. Su anillo cobró vida, de pronto se volvió casi transparente y translució su grabado. Era una fecha 29-04-1989.  La alianza hecha para durar toda una vida,  en el último estertor le dejó ver la fecha de la boda y luego se apagó. Perdió todo su valor emocional y quedó reducida a simple metal, a una composición química.


Notas.-
1/ Saco largo: Peruanismo, se dice de varón casado que está dominado por su esposa, pisado.
2/ La Guerra de los Rose: Film dirigido por Danny DeVitto, en que los Rose aparentan ser la pareja ideal y luego de estar profundamente enamorados llegan a una guerra despiadada.
3/  Daniel Santos: músico portorriqueño, integrante del conjunto La Sonora Matancera. Interpretó  la  famosa canción “El juego de la vida”