martes, 6 de octubre de 2020

La luz al final del túnel

Rosita Herrera


El aire me era insuficiente, los espacios se me hacían pequeños, los olores me golpeaban el rostro, tenía mucha sed, pero el agua poseía un tenaz olor a cloro «¡Dios mío! Nos están envenenando y no nos damos cuenta», aquel pensamiento, unido a una fuerte sensación de desamparo y terror, inundó mi mente. Alguien diría que «descubrí América», pero la verdad es que el sentir el veneno tan potente en el agua me removía violentamente por dentro como si mi organismo hubiera recibido un fuerte impacto, mis sentidos se habían agudizado y era como haber recibido un don para reconocer armas mortales en todo lo que nos rodeaba.

Al día siguiente, luego de una tortuosa noche insomne, mi cuerpo se empecinaba en ser una pesada carga, puesto que algo dentro de mí no dejaba de estar mal, sí, era como si mis entrañas se quejaran de lejos… desde muy lejos, y … claro… no podía entender, por consiguiente, tampoco ayudarlo; entonces, me levanté e hice mi rutina de siempre: alimentar a Bob y limpiar el jardín de lo único desagradable de mi perro, luego, preparar mi desayuno…, pero… no tenía nada de hambre, esto era una alarma extremadamente certera de que algo malo me estaba sucediendo. Vinieron las náuseas, la triste y dolorosa sensación del vómito, alcancé a llegar a la cocina y lo que salió de mí fue una sustancia gelatinosa e incolora, pues no comía desde las siete de la tarde del día anterior. Comencé a sentir dolores en el bajo vientre que me tiraban al suelo, no podía levantarme, lloraba del dolor, pero ¿qué diablos me estaba sucediendo? Comprendí que debía tomar decisiones, algo que odio y sobre todo en forma precipitada, no obstante, había que responder al, ¿qué hago? ¿voy a un hospital? ¿a una clínica? ¿tomo un auto? ¿llamo a una ambulancia? ¿le aviso a alguno de mis hijos? ¿a la vecina?... en fin… el sistema simpático estaba sobrepasado enviando señales de alerta a cada órgano de mi ser. Transcurrida una hora, yo todavía sin decir ni hacer nada, apareció mi hijo desde su habitación:

―¿Te sientes mal, ma? ¿Quieres que llame una ambulancia? ―Sus ojos me buscaban   en el vacío, pues mi cuerpo estaba de rodillas sujeto a un gran sofá de cuero ecológico ubicado en el salón principal de la casa.

 Dicen que cuando las desgracias llegan no lo hacen de a una, nos llueven, y ya se habían estado sumando varias en un breve lapso de tiempo: Primero, la pandemia que nos hizo confinarnos en espacios donde la única forma de estar solos era utilizando el pensamiento y la imaginación; la ruptura de una relación , que aunque tóxica y todo lo alejado del verdadero amor que uno quisiera, era lo que me mantenía en un statu quo que pintaba de ilusiones mi realidad y… claro, lo último, la enfermedad, unida al dolor y a la incapacidad física.

El asunto es que aquel día me fui con toda mi humanidad retorcida al primer recinto de salud que había cerca de mi casa, en un taxi de aquellos que se llaman por medio de una aplicación del móvil en la que puedes ver cuán rápido o entorpecido viene. Por supuesto, no vi nada, solo sentía que mi cuerpo se trituraba por dentro y no me daba descanso. Afloró mi llanto desde lo más profundo de mi ser acompañado por mi niña interior quien siempre se manifiesta en mis momentos de crisis y a la que no le importa golpear, patear, sacudir a quien quiera que se interponga en su camino cuando siente verdadero malestar como el que sentía en ese instante.

No podía evitar imaginar con bastante angustia y una dosis de masoquismo, qué hubiera sido de mí en otro lugar del planeta y en otro siglo, supongamos Francia, siglo XVII o XVIII cuando la medicina era incipiente y todavía se cometían muchos errores, además, de haber una fuerte tendencia a buscar respuestas a las enfermedades en mitos y leyendas cuando estas escapaban a sus dominios. Yo, en manos de médicos tan deschavetados como los que describía el grande de Moliere, «los servidores de la muerte», más de alguno andaría por ahí, espero no se haya cruzado en mi camino y si lo hizo, no habría más que decir ni hacer. Cada vez que sufro es inevitable cargar mi realidad de escenarios donde la precariedad azota las almas y me da por empatizar firmemente con aquellos seres que no tuvieron la oportunidad de calmar su aflicción. Debe ser por eso que cuando estamos destruidos, nuestra capacidad de unirnos a la humanidad crece y esto es lo que llamamos compasión, la que remonta en caracteres sublimes forjados por el dolor, como uno de muelas, por ejemplo, siempre me lleva a épocas remotas e imagino a aquellas pobres personas que solo podían esperar la brutal extracción de sus dientes por las manos de un grotesco y bestial barbero.

Rogaba por calmantes, los que llegaron, claro, pero después de haber llorado de mil formas tratando de que la tonalidad y los intervalos entre sollozos fueran altamente irritantes a los oídos de cuántos pasaran por el lugar donde estaba mi cuerpo adolorido y exánime. Quince minutos o tal vez dos horas, no lo sé, hasta que, por fin, luego de haberme transferido desde una silla de ruedas a una camilla, llegó la bendita droga que hizo que mi cerebro se desconectara de mi cuerpo y por tanto ya no sintiera dolor.

Si me estaba muriendo, quería ver la luz al final del túnel, nunca le he temido a la muerte, ha sido mi consorte de viajes y mi estímulo constante para convertirme en un ser superior en esta vida y así poder merecer su eterna compañía, pero no había ni rastro de su presencia, todo era aburridamente cotidiano y sucedían los acontecimientos dentro de una aletargada concordancia. El asunto es que ahí estaba yo sin saber lo que me deparaba el destino y dispuesta a dejar el lugar si es que debía incurrir en gastos desproporcionados, porque no lo he dicho, pero había llegado a una clínica privada de esas a las que catalogamos como cinco estrellas, lamentablemente se le habían caído unas cuantas ya que su personal estaba sobrepasado por la pandemia, pero aún así, su imagen y luminosidad hacían que cualquier pesadilla se convirtiera en un tránsito armonioso hacia la recuperación; la frialdad de los hospitales  y la apatía de sus trabajadores hacen que el camino sea tortuoso, lúgubre e incierto y así es difícil recuperarse ¿no creen? Gracias al cielo y a todos sus ángeles, mi intuición en ningún momento apuntó en esa dirección.

―Hola, ¿pasó el dolor? ―Un doctor muy joven y amable entra de improviso.

―Sí, ya mejor ―le digo mirándolo con curiosidad―. ¿Es el apéndice, no es cierto?

―Tu apéndice se rompió, hay que operar, ¿lo harás acá? La operación tiene un valor de tres millones de pesos… ―Me mira, investigando mi recepción sobre la valía.

―Es como querer comprarse un auto, barato y pequeño, pero los hay de ese precio ―Con mucha tranquilidad, casi indolente, me levanto y camino hacia una silla que sostenía mis pertenencias―. Iré a un hospital, al que me corresponde por localidad.―La que hablaba no era yo, era alguien que no le temía a nada, seguramente yo, pero drogada.

―Espera un minuto. ―Sale de la habitación en forma apresurada.

En momentos en que la mayoría de las personas actúan con desesperación y sus emociones embargan su discernimiento, suele pasarme lo contrario, recae sobre mí un manto de sabiduría y sensatez que prodiga una toma de decisiones frías y racionales donde veo una red de lineamientos claros y precisos a seguir. Estaba lista, completamente vestida, con mi liviana y pequeña mochila de un suave tono palo de rosa, dispuesta en mi hombro derecho. Mi hijo vendría a buscarme y partiríamos juntos en metro hasta la estación Salvador donde se encontraba el hospital del mismo nombre… en esto estaba cuando de pronto aparece intempestivamente el doctor quién había salido de la misma forma.

―¡Te quedas!

―¿Cómo?

No había perdido mi tranquilidad y parsimonia, pero me acomodaba escuchar lo que estaba diciendo, era como que recién mi mente comenzaba a visualizar el contraste entre la vertiginosa y mortal aventura de ir en busca de salvar mi vida a las puertas del Hades, atravesando el río Estigio; y, el paraíso que significaba en que oportunamente salvaría mi vida, lo que hacía todavía más celestial la experiencia de quedarme.

―Activé la ley de urgencia, así que no te preocupes por nada. En dos horas más te operan. Nos vemos y cualquier cosa me avisas.

La Ley de urgencia, no tenía ni la más remota idea de qué se trataba, era algo así como ¿la ley de sobrevivencia? O sea, ¿hay un dictamen constitucional que no te deja morir? Pero si yo no había visto la luz al final del túnel, no me dejarían verla, querían salvarme y yo no podía entender el por qué de tal ley ni el por qué yo, solo que una vez más las benditas energías actuaban por mí y me cambiaban de carril haciéndome ver que solo hay que fluir… fluir… fluir…, pero eso no es todo, también hay que confiar y dejar todo en manos del «de arriba», cuando ya no hay más alternativa, cuando ya, de verdad, todo te da lo mismo y solo te sientes como una hoja que cae sin dirección, la que amorosamente le da el viento… así estaba yo, asumiendo la vida en un estoico acto de fe.

Caos a nivel mundial, en nuestro país en nuestra ciudad, en mi alma, solo que ahora había conseguido una pausa milagrosa y todo estaba a mi favor, aunque nada me importaba porque sentía que nada merecía la pena en este mundo tridimensional.

Asomaban en mi mente algunos recuerdos vividos con Marion, mi dulce y querida hermana fallecida hace once años, siempre aparece en mis sueños cuando me encuentro en problemas dando respuestas a algunas de mis aflicciones.

«Pablo, me quedo acá, activaron una ley, es todo lo que sé» … qué raro, Pablo no me contesta, se supone que debiera estar preocupado, en fin, la juventud, para ellos el tiempo no existe.

Todo estaba en orden, solo quedaba esperar, dejarse llevar.

Escuché en alguna ocasión a alguien que decía, si no acontecen milagros en tu vida, algo en ti no está funcionando bien. Creo que lo que estaba ocurriendo era un milagro, pero no era momento de darse cuenta todavía, faltaba el distanciamiento de la situación, aquel en el que me encuentro ahora.

―¿Cómo esta’i? Soy el doctor Hassan, quien te va a operar. Tienes una peritonitis, te demoraste mucho en venir, hay que lavarte toda tu cavidad abdominal y si está muy complicado deberemos dejar unas sondas, ¿entiendes? Para que puedas terminar de eliminar toda la infección. Esperemos que no sea así.

En efecto, estaba toda contaminada por dentro, es decir, era cuestión de horas y hubiera visto la luz.

A pesar de tratarse de una enfermedad tan rutinaria y de fácil solución, tiene un alto índice de mortalidad, en fin, estaba en este siglo y en un buen lugar por decisión del destino, así que la fatalidad había tomado su abrigo para marcharse.

Una vez en mi habitación cinco estrellas, la vida se veía distinta. Una amplia ventana mostraba el estacionamiento desolado de un mall, en pleno día hábil. Todo a mi alrededor eran atenciones y cuidados, el sol inundaba el lugar y cualquier necesidad sería asistida con el simple presionar de un botón.

Estaba mi cuerpo sin dolor, mi mente sin agobio, puesto que la bendita ley implicaba un costo proporcional al que hubiera cancelado en un hospital público, es decir, casi nada, por lo tanto, no había de qué preocuparse, tan solo dejarse ir; estaba mi música dispuesta a hacerme compañía por medio de mis auriculares conectados a mi móvil, en ese entonces escuchaba una y otra vez a Brad Mehldau y su When it´s rain, de ahí me insertaba en otro loop con Gidon Kremer y Flowering Jasmine y luego Abel Korseniowski y así me creaba un mundo sonoro tan difícil de soltar, como hacerlo si la magia de sus vibraciones hacía estallar mi corazón de felicidad y verdadero gozo; completaba mi arsenal de bienestar a prueba de mundos hostiles un libro del gran Carl Sagan, Contacto, de donde estaba extrayendo referencias para uno de mis cuentos de ciencia ficción más queridos. Lo único que me preocupaba es que no había podido contactar con Pablo ni con ninguno de mis hijos, y ya había salido de la operación hacía un buen rato.

El silencio reinaba en aquel lugar, era como si todos se hubieran puesto de acuerdo para no molestarme ni distraer mi atención.

Todo indicaba que la torre se desmoronaba para dar paso a un profundo despertar de la consciencia. Las energías se transformaban en otras nuevas y mejores. Solo había que querer despojarse de lo que ya no estaba en sintonía, de lo que quiere irse y no lo dejamos. Recuerdo que en este fatídico año, había encargado un libro que debería haber llegado en abril a mi hogar, ya había perdido las esperanzas, pues era el mes de julio y aún la página de seguimiento señalaba que mi libro venía viajando, el asunto es que un día sábado de ese mismo mes, luego de tomar mi desayuno, me senté en mi lugar favorito para leer en el salón de mi casa, ansiosa porque Pabellón de cancerosos, ya lo estaba terminando, es que el personaje central de la historia  había agarrado mis hebras más sensibles, pues a pesar de ser un hombre rudo y explosivo, mi querido Oleg Filimonovich Kostoglotov, en su momento final, cuando vuelve a casa luego de una larga temporada en  un hospital de Usbekistán, tomaba distancia de las posibles personas que podrían haber estado en su vida y decidía soltarlas, luchando con todo espejismo del ego que se atreviera a darle la pelea, como el apego, el sexo, el dolor, la enfermedad, la alegría y la tristeza pasajeras; el vivir, el morir y así, lejos de acobardarse, comprendía que los pocos o muchos días que le quedaran de vida debía llevarlos en absoluta y plena libertad porque necesitaba ese tiempo para incorporar sus recientes aprendizajes que radicaban principalmente en aceptar lo que la vida le quiere dar para su propia paz. Estaba leyendo sus últimas cartas y reflexiones, las que constituían el final de la novela, cuando suena mi teléfono, era mi libro, el que esperaba tener el espacio para ser leído. Todo sucede así, nada llega si no has desocupado el sitio energético para acogerlo, entonces me paré para ir en busca de la mejor lección de mi vida en ese momento presente.

Esta habitación ya no la siento tan cómoda, creo que el personal de esta clínica se ha olvidado de mí, siento frío, extraño a mis hijos, dónde estarán, supongo que la pelea de aquella noche ya la habrán superado, siento haberme impacientado tanto por la invasión de mi espacio vital, pero es que ya mi organismo estaba contaminado y mi percepción de las cosas, alterada. El último doctor que vi señaló que de milagro había logrado llegar a la clínica, que ya no había nada más que hacer, que era muy tarde… que lo más probable era que mi cuerpo hubiera sufrido una septicemia… septi… cemia, pero eso no me lo dijo a mí directamente, sino al doctor que lo secundaba en la operación. ¿Cómo pude escuchar la conversación si yo estaba sedada? ¿Marion? ¿Qué haces acá? Tú estás… ¡Muerta!

―Vine a señalarte lo que tanto querías, mira, por ahí, ¿ves aquella luz? ―Rodeada de un halo luminoso y con un traje deportivo de color negro, bastante raro a mi ver, pues creía que los espíritus bondadosos debían relacionarse con el color blanco, en fin, la necia dualidad de este planeta y la obsesiva y soberbia fijación por el color blanco «símbolo de pureza y perfección».

―Pero los chicos me esperan, no sé si quiera partir en este momento, tengo cosas pendientes…

―No hay nada pendiente, ellos estarán bien, son adultos y muy sabios, en este momento se están organizando y distribuyendo sus deberes. ¿Sabes? El más pequeño, Gabo, es un adolescente increíble, el más consciente de todos, el que les enseñará cómo vivir sin ti. Dale, ya estás lista, practicaste el desapego y también lo enseñaste, les dejaste la música en sus mundos, tu piano seguirá sonando, siempre ¡Eso es maravilloso! Tus libros serán leídos, pero ahora como una forma de perpetuarte, ¿te das cuenta? Estarán bien, porque siempre estarás junto a ellos de diferentes formas. Así que ahora a disfrutar… te lo mereces, siempre lo añoraste, pero no querías irte así no más, mira: ―Abre sus manos y le muestra la imagen del escaparate de una de las librerías más importantes del planeta― Tus libros están ahora ahí, siendo vendidos y todo ese dinero irá directo a la cuenta de uno de tus hijos, al que te demostró rectitud y dominio. Todo está bien, es hora de partir ―La toma de la mano y  escudriña su rostro―. Te llevaré dónde están ellos, ven acompáñame ―Cierra los ojos y aparecen en el salón de su hogar.

―Cómo no me di cuenta antes, podría haberse salvado ―murmura Pablo mientras sostiene una taza de té caliente, sentado en el suelo, al lado del sillón donde en la mañana yo me apoyaba para levantarme.

―No vale la pena que te tortures, la mamá nos enseñó a ser independientes y a tener mucha confianza en nosotros y en la vida, imagínatela ahora, nos estaría diciendo que no perdamos el tiempo y que luchemos por nuestros sueños. Hay mucho que hacer, Pablo, creo que no se ha ido, la siento muy cerca de mí, recién estaba acongojada, y la recordé diciéndome que la vida está llena de milagros, solo hay que poner atención y confiar como si estuviéramos manejando por la carretera en una noche cubierta de neblina.

―Y… ¿Qué te parece si tocamos aquella melodía que le regalamos para su cumpleaños? ―Gaby se para abruptamente y va en busca de su violín.

―Sí, espera, voy por la guitarra, y… Gabo, pequeño Gabo, acompáñanos con el piano.

―La paz inunda el hogar, Marion, los amo con mi corazón, son parte de mí, lo más valioso de mí.

―Así es, linda labor, abrázalos por última vez y luego deja una señal. ―Le indica un cirio que se encontraba frente a una fotografía de ella con sus hijos cuando eran pequeños.

―Pablo, la mamá estuvo aquí. ¡Mira!

―Sí, la sentí, mi corazón está tranquilo… ¡Gracias, mami! ¡Nos vemos pronto!

Se escucha una suave, pero firme melodía cuyos movimientos ascendentes colaboraron en la rápida ascensión de nuestras almas.

―Ese color de pelo te queda muy bien, Marion, y… ¿quiénes nos esperan?, estoy ansiosa, ¿hay libros allá y música, músicos, pianos, violines?

―Ni te imaginas todo lo que hay… no podrías… ya lo verás, sígueme.

viernes, 11 de septiembre de 2020

Humo de cigarrillo

 Constanza Aimola


Este hombre era mi abuelo materno, tenía el pelo completamente blanco, era delgado y muy elegante, así fuera domingo, se vestía de traje completo incluido chaleco, corbata y sombrero.

Nunca he sido buena para calcular la edad, pero debió estar alrededor de los ochenta años cuando yo aún era pequeña.

Antes de ir a visitarlo pasábamos por una reconocida pastelería y comprábamos para llevar brazo de reina, un rollo de pastel que envolvía una perfecta mezcla de crema de leche batida y fresas, por encima lo espolvoreaban con azúcar impalpable. Siempre me quedé con las ganas de probarlo, porque al parecer abrían la caja cuando nos marchábamos.

Vivía en la misma casa que construyó por muchos años, tantos que pasó de ser un lote a convertirse en el hogar de mis tías, sus esposos e hijos y posteriormente de algunas familias que pagaban renta por una habitación y quienes compartían las zonas comunes de lavandería y cocina, así como el patio y la azotea que era el sitio favorito de los niños.

Cuando mi mamá me llevaba a visitarlo, recuerdo que después de golpear con la mano un portón verde oscuro enorme y que nos abriera mi tía Sofía, la única de las cinco hermanas que todavía permanecía con él, junto a su hija menor Isabel (la mayor Martha ya se había casado), empezaba a sentir diferentes olores mezclados, producto de lo que cada familia cocinaba.

Aún cierro los ojos y huelo el guiso de tomate y cebolla sin sal a medio cocinar, el bulto de naranjas con alguna un poco dañada, los frijoles, el arroz fritándose y la sopa hirviendo en los grandes fogones.

Había dos cocinas, la que compartían todos los inquilinos y la de mi tía Sofía que solo le pertenecía a ella.

Recuerdo que tenía, debajo de un estante de madera vieja y húmeda, un caracol dentro de un totumo seco. Ahora desde mi raciocinio de adulta no entiendo qué hacía un gigante y baboso caracol oculto en la cocina de mi tía, pero allí estaba y hasta le puso un nombre de mujer, algo así como Petronila, aunque sé que así no se llamaba, pero era algo parecido.

Mientras cocinaba me ofrecía una naranja partida con el cuchillo con el que estaba picando la cebolla, un sabor que sin ser agradable era muy especial, tanto que lo recuerdo cada vez que cocino con cebolla cabezona o hago jugo de naranja, cuando las parto viajó inexplicablemente a ese tiempo y lugar. Se pintaba los labios con colorete rojo oscuro y tenía ojos negro azabache mirándome fija y tiernamente mientras yo comía. Mis primas dicen que era muy brava, que tenía un fuerte carácter, pero ese no es el recuerdo que yo tengo de ella.

Después de pasar por la cocina, entrar en la habitación de mi tía que olía un poco a húmedo y registrar sus cajones buscando golosinas ocultas, subía las amplias escaleras en forma de caracol y llegaba al segundo piso que conectaba con la azotea descubierta. Esquivando dos o tres claraboyas que le daban luz al piso de abajo, se encontraba la habitación de mi abuelo Antonio.

Tenía que atravesar el comedor para entrar, había muebles muy grandes de madera maciza, antiguos, en perfecto estado, un baúl café oscuro en donde guardaba lo que llamaba sus tesoros, variedad de dulces, galletas y chocolates, algunas antigüedades, el dinero de la pensión y los cigarrillos marca Piel Roja, sin filtro. En esto me quiero centrar, los cigarrillos de mi abuelo. Fumaba todo el tiempo, apagaba uno y prendía el otro. Era un olor intenso, de esos que te hacen aguantar la respiración y que una vez que ya no puedes dejar de hacerlo sientes que te ahoga y hasta te produce tos.

Mi abuelo era un ser maravilloso, trabajó casi toda su vida en la Imprenta Nacional de Colombia, mi mamá siempre lo contaba. Corregía el Diario Nacional, el periódico de mayor circulación en la ciudad, tenía una impecable ortografía, preciosa letra, conocía de historia del mundo y poseía una amplia cultura general, como si hubiera viajado por muchos países, aunque nunca salió de Colombia, todo ese conocimiento se lo dieron los libros.

Era muy brillante y siempre estaba peinado y perfumado. Entre las cosas que más recuerdo está su voz, fuerte, gruesa, con la cual leía poemas, y en más de una ocasión mi mamá, que aún conserva los casetes, lo grabó mientras recitaba. En una ocasión me aprendí para declamarle a él la poesía de la mariposa vagarosa, todavía me acuerdo de sus ojos admirados y orgulloso escuchándome, cómo extraño la forma en que me atendía y escuchaba, en esos tiempos en que no existían los celulares y teníamos la atención del abuelo solo para nosotros, porque a todos nos dedicaba tiempo.

Un día se enfermó, enfisema pulmonar, me dijo mi mamá que tenía, por el cigarrillo que fumó desde muy joven, así que lo hospitalizaron. Mi papá esperaba conmigo y aunque no lo podía visitar pues por mi edad no me permitían entrar a la clínica, lo vi un día por la ventana, le comprábamos pollo en canasta, como llamaban en un restaurante al pollo apanado y frito, era muy rico, recuerdo su delicioso olor. Al día siguiente mi mamá llevaba un lindo vestido negro tejido de lana, con su collar de perlas que usaba solo en algunas ocasiones.

Mi abuelo, mi tía Sofía y mi papá ya no viven en la tierra, pero vivirán con estos recuerdos en mi corazón y mi mente para siempre.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Los muertos regresan

Yadira Sandoval Rodríguez


—¿Crees que los muertos regresan? —mi abuelo solía preguntarme al llegar yo de la escuela.

—No, abuelo, los muertos no regresan —le respondía.

—Nieta, los muertos sí regresan y debes creerlo. Siéntate te contaré una historia —con su mano derecha señalaba el asiento enseguida de él para que me sentara a escucharlo—. Una noche cuando todos dormíamos se abrieron las ventanas y una ráfaga de viento entró a despertarnos, mi papá asustado recordó: «¡Es su madre que vino a recordarme que debo cumplir la manda!».

Era una historia que me narraba todos los días antes de morir. En su momento no comprendía por qué lo hacía, posiblemente veía muy cercano su final y deseaba compartirme alguna enseñanza, pero ¿qué podría aprender de esa narración? Pasaron dos años de su muerte, hasta que un día cayó una tormenta fuerte en la ciudad, y el barrio donde vivía se quedó sin luz por varias horas, debido al impacto de un rayo en un transformador de energía eléctrica. Tales apagones de luz eléctrica eran comunes en verano por la temporada de lluvia, pero ese día se sintió diferente, la oscuridad que siempre nos invitaba a mirar el cielo y a contemplar la luna, cambió por una de terror.

Siempre que se iba la luz mi madre nos pedía a mi hermana y a mí sacar al porche los tres catres de tela de Ixtle que tenía desde que su abuela existía, los acomodaba de tal manera que pudiéramos descansar del calor, ya que en julio la temperatura llegaba hasta los cuarenta y cinco grados centígrados y el cooler dejaba de funcionar al irse la luz. También recuerdo las dos lámparas de petróleo a las que mi madre recurría para aluzar la casa, las de batería se utilizaban para ir al baño o al patio. Mientras poníamos las sabanas y las almohadas en los catres para dormir, entré por unas tijeras a paso lento, y con la lámpara de petróleo me dirigí hacia el mueble de costura que estaba en el cuarto de mi madre. Y de repente observé una mujer de edad avanzada sentada en una de las esquinas del cuarto, grité y dejé caer la lámpara de petróleo, en el mismo momento en que un trueno sonó horriblemente fuerte. Ellas también gritaron, mi hermana corrió hacia la cocina por una cubeta con agua para apagar el fuego el cual se pudo haber extendido por el petróleo derramado en el suelo. No podía tranquilizarme, mi madre me sacó del cuarto y mi hermana se quedó limpiando. Mamá me preguntó qué fue lo que pasó y yo contesté:

—Vi una persona en una de las equinas del cuarto sentada en una silla.

Mi madre se queda seria y a los segundos dice:

—Está en tu mente, hija, recuerda eso no existe.  

—Mamá yo no creo en esas cosas y siempre se lo dije a mi abuelo. Él sí creía en eso.

—La historia de tu abuelo te hizo sugestionarte.

—Mi abuelo contaba de una promesa que nunca cumplió su papá y que su mamá venía del más allá para recordársela. Era una clase de peregrinación al cerro de la Virgen caminando, y como el bisabuelo no era creyente, la bisabuela a toda costa deseaba que la manda religiosa se cumpliera. Para mí es una historia absurda llena de misticismo algo normal de aquella época. Pero esta mujer, mamá, ¿qué quiere?

—Hija, posiblemente es tu imaginación, tu abuelo te llenó la cabeza de muchas historias, mejor nos iremos a dormir.  

Se acercó la hermana quien escuchó la historia de Perla y comentó:

—Hermana me preocupas estás muy tensa, relájate, ven conmigo te llevará al catre para que te duermas.

—Rosario, yo sé que no me creen, pero sí vi a una mujer en ese cuarto.

—Haz de andar estresada por la escuela, mejor acuéstate —expresó Rosario.

—No, Rosario.

—Bueno, sí te creo, por lo que he leído de espiritismo a los muertos se le debe de escuchar. Un amigo me comentó que él vio a una anciana asomándose por la venta de tu cuarto mamá. Estábamos él y yo platicando en el porche y me preguntó por la señora, yo no la vi, pensé que estaba bromeando. Él asegura que ve muertos. Así afirmó, mamá: «En esta casa vive un espíritu». Por curiosidad empecé a leer de esas cosas, pero la verdad nunca he visto nada.

—¡Rosario! Estás viendo cómo está tu hermana y tu diciéndole eso —espetó la madre.

—Mamá es cierto, no te lo había dicho porque sé que no te gusta escuchar estas cosas, pero tú misma nos dices que esta casa tiene más de cien años; debe haber fantasmas en este lugar. ¡Perla vio una mujer y mi amigo también!

—Hermana no te burles por favor.

—No me estoy burlando.

Mientras hablaban se escucharon pasos adentro de la casa, Rosario exclamó:

—¿Oyeron eso?

—Sí —aseveró Perla.

—Puede ser un gato —respondió la madre—. Iré a ver qué es.

Las dos hijas dijeron al mismo tiempo: «Te acompañamos, mamá».

Agarró la madre la lámpara de petróleo y se dirigieron al patio trasero para ver de dónde provenían los ruidos. Las tres llegaron ahí, revisaron y no encontraron nada. Al momento escucharon como alguien caía al piso, las tres se quedaron mirando y se acercaron al lugar del ruido, nadie había, al mismo tiempo, se oyó el rechinar de una puerta, las tres se quedaron serias y se abrazaron. La madre pidió que la acompañaran a su cuarto, al llegar la puerta se cerró, Perla soltó el grito porque sintió que alguien tocó su espalda, Rosario empezó a rezar el Padre Nuestro, la madre se acercó a la cerradura de la puerta para abrirla, Perla pidió que no lo hiciera, que mejor se fueran de ahí, la madre no les hizo caso, al abrirla, una mujer vestida de negro con un chal tejido de color perla extendió su mano derecha en señal de hacerlas pasar al cuarto y con tono de voz suave les dijo: «Las estaba esperando». Perla empezó a llorar, Rosario le pidió que se tranquilizara, la madre en voz alta le dijo a la mujer:

—¿Qué quieres?

—¿No me recuerdas, Catarina? —preguntó la mujer.

La madre se acercó a la mujer para reconocer el rostro.

—Eres mi abuela.

Impresionada dejó caer una lámpara que traía, las hijas soltaron el grito, todas salieron corriendo, la lumbre agarró fuerza por el petróleo derramado en el piso, Catarina corrió a la casa más cercana para pedir un teléfono y hablarles a los bomberos, estos llegaron a los diez minutos y las tres mujeres solo veían como el cuarto de la madre se consumía por el fuego ocasionado por la impresión de haber visto a la bisabuela y Catarina le dice a sus hijas: «Ese era el cuarto de su bisabuela, ahí dormía en su catre, y su abuelo tenía razón, los muertos sí regresan».

viernes, 4 de septiembre de 2020

Un mundo para Andrés

Diego Velásquez González


Cree escuchar el sonido de un helicóptero… despierta. Se oye un disparo y el grito de una mujer, después un breve silencio: «Lo mataron, alguien llame a la policía» afirma la voz de un hombre. Andrés sigue en su cama petrificado. Por un momento no encuentra el límite entre el sueño y la realidad. Se levanta va hacía la ventana, pero recuerda su desnudez. Al llegar de la universidad agotado y embotado de sus clases de la tarde en medio de un calor asfixiante se había quitado todo y acostado. Trata de afinar el oído mientras se pone una pantaloneta, pero todo es un murmullo. Abre con precaución la ventana. A unas tres casas, en el antejardín se observa el cuerpo de Ricardo quien en su momento fue su mejor amigo. Solo lo observa. Todo en su mente es confusión. 

Estaba tirado en el andén, con los brazos extendidos como un cristo mirado al cielo. Se podía ver su humanidad inerte bañada en sangre. Se decía que era consumidor de drogas y ahora ladrón, pero nadie lo sostenía. Seis meses atrás, después de la muerte de la madre de Ricardo, el padre un conductor de bus a nivel nacional y su hermano mayor se marcharon a Bogotá buscando un mejor futuro y afirmaron que Ricardo se iría al terminar el año. Desde allá le mandaban dinero para los servicios de la casa y comprar el mercado, porque el arriendo lo pagaban desde la capital. Ricardo había estudiado poco. Afirmaba que eso no servía para nada. Aprendió de manera empírica mecánica automotriz en los talleres del barrio y eso le bastaba. Y es justo reconocerlo, era bastante experto. Tenía una habilidad intuitiva para encontrar los problemas en cualquier vehículo. Pero ya en aquel momento de su vida, su soledad y la ausencia de vínculos afectivos cercanos que lo conectaran a la familia y brindará un piso emocional terminó por sumergirlo en la droga. Lo único que lograba conservar era la necesidad de mantenerse bien vestido y aseado junto a sus habilidades laborales. Nunca se veía sucio o desaseado, y mucho menos con pinta de indigente, aunque sus ojos cada vez estaban más hundidos y la ausente, perdida. 

En el barrio durante mucho tiempo le tuvieron una paciencia infinita. En muchas casas le brindaban comida. «Ahh es que su madre era muy buena persona». «Ese muchacho no tiene a nadie que le ayude o le haga un favor» se decía después de la muerte de la mamá y más cuando quedo solo en casa. En la mayoría de los hogares entraba con facilidad, le abrían sus puertas y sus intimidades. Hacía mandados y cuidaba los ancianos cuando quedaban solos. De pronto, empezaron a desaparecer de las casas joyas, relojes, linternas, dinero y cualquier objeto de valor relativamente pequeño que pudiera ser guardado en un bolsillo del pantalón o dentro de la camisa. Todos se quejaban del mal y veían la raíz del problema, pero nadie hacía nada. A su vez temían su influencia sobre los niños cuando se hizo evidente su drogadicción. Entonces la gente dejó de darle entrada a sus casas. Y si al salir se lo encontraban, le daban dinero para que comprara algo, esperando que de esa manera pudieran garantizar que no les robaría o se les metiera a sus casas. 

—Hasta que alguien se cansó de esta situación e hizo lo que tenía que hacer —escucha decir en la calle. Andrés vuelve en sí pues no dejaba de observar el cuerpo. No pensaba nada, no sentía nada. Al menos eso creía. 

Recordó que Ricardo mantenía continuamente en su propia casa, especialmente los sábados y domingos cuando dormía sus borracheras y en no pocas ocasiones aquel le ayudaba a sobrellevarlas. Le traía agua, le ayudaba a limpiar si vomitaba y demás. Los juegos, las farras, tantas cosas que compartieron juntos hicieron parte de su cotidianidad. Pensó en su propia madre. Pronto llegaría a casa y sin duda estaría desconsolada. Si bien ambos no habían vuelto a tratarse, había una distancia respetuosa que no violaban por ninguna circunstancia. Los dos eran conocidos en el barrio por su vieja amistad. El uno por buen hijo estudioso, rumbero y alcohólico, y el otro por drogadicto, mecánico, vago y ahora ladrón. Nadie supo las razones de su distanciamiento. Ninguno de los dos daba cuenta de aquello de tal manera que al momento de su muerte ya no eran amigos, tampoco eran enemigos. 

El frente de la casa y la calle se llenaba más y más de curiosos tomando fotos o grabando videos con sus celulares. Andrés cierra la ventana. Mira el reloj: 7:15 p.m. «Mierda» se dijo para sí y corrió al baño. Había olvidado la cita con Lara, su novia. Se desnudó y entró en la ducha. El calor del día había cedido y una suave y refrescante brizna caía desde las montañas. Mientras se vestía no lograba sacar de su mente a Ricardo. Y empieza a sentir una ligera tensión en sus hombros. Los dos tenían la misma edad, veintitrés años. Esta vez, no tuvo que cambiarse dos sino cuatro veces de ropa hasta que creyó sentirse bien. Un jean azul claro Levis y una camisa de rayas estilo años sesenta, pero con todo el carácter de los años actuales y unos zapatos mocasines de color café fueron su elección. Se vio en el espejo, en ese perpetuo ritual que lo caracterizaba, pararse frente a aquel y mirarse por algún tiempo, quizás esperando que surgiera de allí el verdadero Andrés. Suena el celular. Miró, «Santo Dios, esta vieja me va a echar y quedaré nuevamente solo en esta puta vida» se dijo en voz alta. 

—Hola. Andrés son las 7: 40 p.m., ¿qué pasa contigo?  No has llamado —dijo Lara.

—Me dormí, estaba muy cansado al llegar de la universidad y no tengo minutos en el celular. Pero ya estoy listo. Te iba a llamar de la esquina de mi casa.

 —Ya estoy con unos amigos en el café que hay a la entrada del Plaza San Antonio, el centro comercial. ¿Te esperamos?

—Sí claro. En media hora estaré allá.   

Había conocido a Lara hacía cuatro semanas. Se gustaron desde el principio y a los tres días ya eran pareja. Ella había quedado prendada de su belleza exótica, sus ojos verdes, pelo rubio ensortijado, su cara tierna, sincera y su delgado cuerpo. Era un buen bailarín y muy amigable, siempre abierto a la conversación en cualquier lugar y circunstancia. Además, que parecía demostrar inteligencia. Sus estudios de Ingeniería Eléctrica y su interés por la filosofía, algo de lo cual ella no entendía nada, pero hablaba de él como un tipo lindo e inteligente, una combinación extraña en una época donde se vive de lo inmediato y por tanto podía darse el lujo de mostrar su nuevo novio con orgullo. Él a su vez, había quedado encantado de su conversación, llena de chispa, aunque casi siempre rayaba en lo simple y ridículo, pero reconocía que tenía buen trasero y una linda cara. Era una mujer pretensiosa, con cierto aire de autosuficiencia propio de adolescentes que solo esperan llegar a su mayoría de edad para sacar el mayor provecho de la vida que se abre ante ellas. 

Tomó sus llaves, organizó nuevamente su camisa en el cuello, se miró por última vez al espejo. Abrió la puerta de la casa y allí estaba su mamá llorando y conversando con doña Jimena, la vecina de enfrente. Andrés va a su lado y la abraza. 

—Hola Mamá. No llores por favor, me hace poner triste.

—Yo sabía que eso pasaría —respondió entre murmullos y una voz ahogada—  él jamás escuchaba razones.

—Si madre. Yo tampoco sé que pensar. Dormía cuando escuche los disparos. 

En ese momento, ya estaban en el proceso de levantamiento del cadáver y pronto todo volvería la normalidad. 

La madre observa con atención a su hijo acabado de bañar, oliendo a una loción suave y profunda que hace poco le había comprado, además con ropa limpia. 

—¿Y es que va a salir? Mire los peligros que hay.  

—Ya tenía un compromiso —y se despide con el acostumbrado beso en la frente antes de que dijera algo más. 

—Cuídese, no llegues tarde. Te amo.

—Así haré —y mirando a la vecina dice— Adiós señora Jimena.

—Qué estés bien —respondió. 

Andrés observa su reloj, 7: 55 p.m. Es viernes, a esta hora el tráfico debe estar más fluido. Por un momento piensa en irse en taxi, pero decide que ese dinero lo guardará para otras cosas y así se demoré un poco más, se ira en bus. El tráfico de la ciudad era demasiado pesado. Varios accidentes de tránsito bloqueaban algunas vías y los trancones poco a poco aumentaban. 

A las 3:30 p.m., cuando se había percatado que no tendría clase de cuatro de administración corrió a la fotocopiadora donde venden minutos a celular. Llamó a Lara para averiguar a qué horas se verían. 

—A las 7:00 p.m. hablamos ahora estoy ocupada —le dijo y colgó. 

«Qué tal» pensó con cierto tono de disgusto al colgar. Se sentía cansado. Toda la tarde en la clase de matemáticas le generó un insoportable dolor de cabeza debido al calor y al hambre que ya lo agobiaba. Y ahora al pensar que tendría otros cuarenta minutos antes de llegar a su casa le hacía aumentar el malestar. «¿Por qué tendríamos que vivir tan lejos?» se pregunta. La mamá de Andrés por más gusto que le diera por ser hijo único no había admitido irse para otro barrio de mejores condiciones o para el centro de la ciudad. Ese barrio era la vida de ella, allí ella se sentía conectada a la vida desde su adolescencia y en ningún otro lugar se sentía más segura. 

Llegó al parque del barrio. Lo atraviesa corriendo. Algunos niños entre trece y quince años jugaban microfútbol. Se mete por una calle peatonal. Apenas escucha a las personas hablar en sus casas, algunas mujeres gritan: «Deje de ver televisión y póngase a estudiar», o bien en los equipos de sonido se podía escuchar ese molesto golpeteo que llaman reguetón. Un vecino pasa con un hermoso pastor alemán haciéndole el acostumbrado paseo de la tarde. Se saludan con la mirada arqueando las cejas y moviendo levemente la cabeza. Llega a su casa. Saca las llaves del morral, abre la puerta. Se percibe un olor a sándalo, el mismo de la vela de incienso que se había quemado en la mañana mientras se arreglaba. Como la casa permanece sola todo el día, el olor seguía en el ambiente. Suelta su maleta y va al baño. Siente un gran descanso al poder eliminar el líquido de su vejiga. Va a su cuarto. Coloca música suave, se acuesta y cae al poco tiempo en un sueño. Es un sitio en el cual hay muchos hombres desnudos, bailan, conversan, se abrazan. El celular, la misma música y el ruido de las casas vecinas lo despiertan. No sabe cuento ha dormido. 

—Hola. Casi no contesta —dice Lara.

—Estaba acostado.

—¿Hace rato llegó?

—No estoy seguro. Ta vez media hora más o menos —responde Andrés.

—Bueno, ¿y que más bebe hermoso? Ahora si podemos hablar.

—Me contesto muy cortante en la tarde —afirma a manera de reclamo.

—Estaba ocupada cariño. ¿Qué haremos esta noche?

—Vamos a la presentación de un grupo musical en «Calle Arriba». Dicen que es bueno.

—No sé, recuerda que «Hoy es viernes y el cuerpo lo sabe» —responde señalando el dichoso refrán y siguiendo en su tono de recocha remata con el fragmento de una canción popular— «quiero bailar y tomar y tomar…». 

—Vamos a Pilatos, a escuchar la música y a bailar un rato.

—Eso, eso, que rico. Me gusta. Eres un amor. Te amo.

—¿A qué horas hablamos? —pregunta algo inseguro y se responde así mismo— ¿Puede ser tipo 7:30 p.m.?

—Listo.

—Hablamos, te quiero mucho.

—Dime que me amas —dice Lara.  

—Te amo —responde casi por obligación y agrega—Te cuidas, adiós. 

Andrés se quita toda la ropa dejándola en el piso y vuelve y se acuesta. Sueña. Escucha un helicóptero en medio de la selva, pero no logra ubicarlo, de pronto un disparo… 

El transporte se hizo lento. 8:15 p.m. y según sus cálculos faltaban otros cinco o diez minutos. «¿Qué hacer?» y empezó a sentir el desespero que a veces lo embargaba. Estaba entrando en los días de las indecisiones acerca de sus sentimientos por Lara. Desde el bus puede ver como el centro de la ciudad ha cambiado de ritmo. Un ejército de indigentes se aglomera en las sombras que ofrecen los edificios buscando un lugar para dormir, o en los andenes de las iglesias, o en las cercanías de los puestos de comidas. Observa la situación y se siente temeroso. «¿Cómo será el día que todos estos indigentes se decidan a tomar las cosas por la fuerza?» —se pregunta. 

Al llegar a la plaza principal, puede observar a los trabajadores y trabajadoras sexuales ofreciendo sus servicios, algunos con edades similares a la suya. Cruza rápidamente hacía el centro comercial. Plaza San Antonio es el sitio de moda antes de irse a la rumba en las discotecas de las afueras de la ciudad o a los cafés-bar cercanos. Se encuentra con Lara acompañada de dos niñas y tres muchachos, todos jóvenes como ella, pero desconocidos para él. Ella se veía linda como siempre. Usaba uno de esos descaderados que se habían puesto de moda hace algunos años y que en su caso resaltaba la belleza de su cuerpo delgado. Se dieron un beso. Te presentó a Natalia, Jenny, Luis Carlos, David y Yeison. Andrés los saluda, les da un beso en la mejilla a las mujeres y a los hombres un fuerte apretón de manos. Esa era una de las razones por las cuales caía bien en donde fuera. Siempre se comportaba de manera familiar y amistosa. Se involucraba en las conversaciones, se reía y hacía reír. No obstante, hoy Andrés imaginaba algo más íntimo. Al saludar a Yeison se siente desnudo ante su intensa mirada. Recuerda su sueño y a Ricardo y se siente incómodo. Tiene la certeza que hay muchas cosas, quizás demasiadas que quiere soltar al hacerse más consciente de la vida y saber qué poco a poco se le está escapando de sus manos. Piensa en aquellos bares donde los amantes fortuitos se reúnen a charlar, a reiterar sus sentimientos y a tratar de dar orientación a un vago sentimiento que llaman amor teniendo la certeza que eso no era lo quería para él. Se siente solo. Cree que el amor y la felicidad debe ser algo más y por un momento se pregunta que hace allí. 

—¿Y entonces? —pregunta Andrés a Lara.

—Amor tengo sed.

—Tomemos algo acá —agrega. 

Pidieron malteadas y durante una hora los escuchó hablar de moda, chismes, música. Andrés se dedica a sonreír, a aportar una que otra idea, a darle besitos a Lara en la mejilla, acariciar sus manos y a mirar el reloj de vez en cuando. Por primera vez no se involucra en una conversación de manera directa. Por momentos cruza miradas con Yeison. Se siente escrutado, analizado. Por momentos cree que le dice algo. A su vez por su mente cruzaban muchas ideas, el recuerdo de Ricardo, las tertulias en medio del licor con los amigos de la universidad acerca de vivir como toca vivir así genere incomodidad en otros que solo están atentos a lo que uno hace o deja de hacer. Se sentía mareado. Había demasiado ruido en su mente y quería callarlo. 

—Nos vamos —se escuchó decir finalmente en un tono firme y claro. 

Lara lo contempla asombrada. Y en seguida agrega: 

—De acuerdo, ya es hora —responde y mirándolo con atención dice—. Hoy estás extraño.

—Para nada —. Responde. 

Al entrar a la discoteca ya se sentía asqueado de todo. Le era difícil centrarse en ese momento. Una tristeza lo embargaba y lo peor, no tenía alguien que escuchara y con quien poder hablar. Tomo un trago de aguardiente sin pasante, algo que no había hecho antes. Luego otro y otro más en poco tiempo. Lara pregunta si le pasaba algo. Ineludiblemente volvía esa sensación de la que trataba de escapar, pero no podía, pues estaba escrito en su interior. Era esa soledad, ese vacío que solo fue llenado en algún momento de su pasado. Y se dio cuenta que estaba amarrado a un recuerdo que le dolía, que trataba de esconder, pero que ahora cobraba sentido. Y como consecuencia el mundo de Andrés se empieza a derrumbar, un mundo tejido de recuerdos, pero este recuerdo hubiera querido jamás tenerlo. 

Son las 10: 40 a.m. de un domingo hace más de un año. Andrés trata de dormir, pero no puede por el ruido de las casas vecinas. La noche anterior había estado tomando con los amigos de la universidad. Escucha la puerta. El ruido del timbre se le hace ensordecedor. Mamá salió, piensa. Con pesar se levanta envuelto en una toalla, abre la puerta. Es Ricardo. Pregunta si está solo. Si, mamá está en misa y creo que luego iba a ir a mercar responde. Sigue. Cierran la puerta y suben al cuarto, prenden la televisión y empiezan a conversar. Andrés se vuelve a tirar sobra la cama y se voltea en la cama mirando hacía la ventana dando la espalda a Ricardo. ¿Está borracho? pregunta. Qué cree y le pregunta si quiere tomar algo. Agua estaría bien. Sírvete. Va a la cocina y se atiende, como tantas otras veces. Al subir de nuevo, Andrés se encuentra dormitando boca bajo. Puede ver que está desnudo sin la ropa interior al observar sus caderas ligeramente descubiertas. 

Ricardo le dice que se haga a un lado y se acomoda para ver televisión. Se quita los zapatos. Observa la espalda de Andrés y empieza a recorrerla suavemente con las yemas de su mano derecha. Ve como los vellos se erizan con su caricia. Andrés guarda silencio y sigue mirando hacía la ventana. Observa como respira profundamente y al darse cuenta que no es esquivo a la caricia baja la mano hacía su cintura y las caderas de aquel. Andrés pregunta: ¿Qué estás haciendo?, pero no hace nada para quitar la mano. No pasa nada responde, relájate. Te amo, dice y trata de abrazarse a su espalda. Andrés se sienta de golpe y cubre su desnudez, así como su incipiente erección. No sabe que decir, pero aquellas palabras le suenan confusas. Ricardo está paralizado. Quiero que te vayas dice Andrés. A mí no me gustan los hombres agrega. A Ricardo se le encharcan los ojos, pero se queda en silencio. Váyase, insiste. Se levanta, se pone lentamente los zapatos, sale del cuarto, de la casa y de su vida. Desde ese día no han vuelto a hablar. 

Alrededor de Andrés y sus amigos la rumba se hace cada vez más intensa, pero él se encuentra sumergido en el recuerdo de Ricardo, en su confesión y en la mirada confusa, triste y angustiosa que mostro cuando le pidió que se fuera. «Yo también te amaba» responde en voz baja, casi como un murmullo y sus lágrimas se hacen ver. Se siente miserable al darse cuenta que Ricardo despertaba en él un interés que jamás expresó por considerarlo incorrecto. Recordó los partidos de futbol, los paseos a los ríos con sus amigos, las risas y los cuerpos desnudos en el agua además de la sensación de seguridad que sentía cuando lo abrazaba. Ese fue su secreto. Y comprende que al negarlo se negaba a sí mismo y que ha tratado de vivir en un mundo que no era el suyo. Ahora siente que necesita crear un mundo donde pueda ser y amar sin importar su objeto de amor.

lunes, 17 de agosto de 2020

Avosaglo

Víctor Purizaca


Rivera y Müller reían en el patio mientras otros niños hacían una rueda de cinco tratando de patear a Gonzalo Chincha. Yo trataba de esquivar los pelotazos, cuero duro y curtido estampado en muchas caras, balón acariciado a puntapiés. El profesor Lozano a punta de silbatos reducía las agresiones y los juegos bruscos. Faltaban cinco minutos y yo ya estaba en el quiosco.

—Martín, ¿qué quieres muchacho? —don Tito me interroga rascándose la cabeza con la mano derecha.

—Una Inca Kola y un pan con pollo, por favor.

Chucho Martínez se remanga la chompa dejando ver un reloj Casio negro y mientras su escuálida figura se aproxima al quiosco el pantalón bambolea, se deja ver el escaso cabello entrecortado más de lo acostumbrado.

—¿Y tú? ¿vas a pedir algo?, vamos apurando que ya toca el timbre.

—Don Tito, una Coca Cola.

Qué delicioso pan con pollo y con el sorbete acabo la cuarta parte de mi gaseosa en un abrir y cerrar de ojos. Seguro Chucho empezaría con lo del examen extraviado. Müller y Chucho habían tomado prestado el examen, del pupitre de Ramírez, fotocopias en la esquina de la agencia de viajes, en el cruce de la calle Grau con la avenida Larco. Al principio el profe Ramírez no advirtió la movida. Quince, qué maravilloso, pero ¡claro que estudié! Chucho, dieciocho, la verdad es que llegaba a dieciocho desde quinto de primaria con la miss Maritza. Es que ahora estamos en secundaria. Müller, diecinueve, ese es un sinvergüenza, plagió el examen idéntico a como lo vimos y un recuadro vacío por si acaso algún malpensado hubiera. Casi todos en el salón aprobaron. Una semana había pasado de aquella hazaña. Chucho soltó una moneda de cinco soles en la madera de la recepción del quiosco, agradeció a Tito y que se quede con el vuelto. Me jaló del brazo y me llevó a dos metros más allá, entre los lavatorios del patio y el quiosco.

Oe Avosaglo, se han enterado, se han enterado.

—Estás paranoico Chuchín, es idea tuya.

—Nos van a botar del Champagnat y compadre, haremos segundo secundaria de nuevo el próximo año en el Skinner. Ese colegio especial para repitentes.

—Ja, ja, ja, ja, ja, ja, estás alucinando, brother.

—En la mañana el saludo de Ramírez fue diferente, antes de la formación y el hermano Rafael ni me sonrió, ¿entiendes?

—Ja, ja, ja, ja, ¿y de cuándo a acá sonríe el hermano?

Terminé mi gaseosa y me limpié los restos de mayonesa del pan con pollo de la comisura izquierda con una servilleta. Ya toca el timbre y Chucho le pasa la voz a Calvo con un gesto levantando la mano izquierda; iba por un lapicero o algo que escondía en el bolsillo de su camisa para entregárselo.

—Te veo en la formación Martín, date cuenta de lo que te digo, alguien nos ha echado, alguien les ha pasado el dato a los profesores y a los hermanos.

—Martín Avosaglo, ¿en qué andas? —Hizo el llamado el amable profesor de Geografía, Jorge Montoya, levantando las cejas mientras sobresalen sus ojos verdes.

Era atento, pero en ese momento y por el tono y textura de la voz me pareció extraño, pasé saliva pensando que lo que me dijeron minutos antes era cierto, el premeditado y audaz robo del examen de matemática había sido descubierto.

—Acá profe, a Dios rogando y con el mazo dando.

Me detuve para hacer un gesto a Jorgito Montoya y cuando íbamos a intercambiar más palabras en medio del patio impregnado de garúa otoñal limeña sonó la campana, ya todos se acomodaban para la formación, pantalones grises, medias blancas y brazos extendidos se colocaban frente a los salones.

Dos horas más de matemática nos esperaban, tenía el bimestre salvado, así que no me preocupaba mucho. Revirado pasó a mi lado, me dio un empujón y se apoyó en mi hombro izquierdo. Aproximó sus labios a mi oído:

 —He visto a tu vieja en la oficina del director, Martín.

No demoró Revoredo en acomodarse al inicio de la columna. Corrió un frío por mi dorso, el sudor se sobrepuso en mi frente y la garúa pronto había dejado de caer. El hermano Rafael hablaba con el profesor Ramírez, lo que dijo Chucho era cierto, ya no era idea suya, entonces no era una invención de Müller ni una pesadilla. Me miraban fijamente y recorrían la formación como ultimando detalles. Bueno es el que espera y sabe disimular ante el infortunio.

La formación guardaba distancia usando los brazos estirados. Una vez formados para ingresar al aula Ramírez descendió dos gradas y se dirigió hacia mí.

Deslizó su brazo derecho sobre mi espalda:

—Tienes que ir a la oficina de Normas Educativas, te están esperando.

—Pero…

Traté de excusarme sin éxito. Me acomodé el cabello y rompí formación, vi de reojo a Müller y a Chucho cómo palidecían augurando que correrían la misma suerte. Antes de que entrara a la oficina de disciplina del colegio ambas columnas de muchachos habían ingresado por completo al aula. Me increparían seguro lo del examen de matemática, lo de mis cómplices y de cómo un alumno con notas mediocres de un modo inesperado había mostrado una mejoría ostensible. En la oficina el escritorio con la bandera del Perú en miniatura y un folder amarillo con un sello negro y un tampón de mango marrón. El encargado de disciplina estaba ausente. Junto al sillón forrado de cuero beige de pie el hermano Mateo. Uno de los mayores del colegio, director de la banda, recio, disciplinado, consejero y encargado de la oficina de pastoral de primaria. Pero ¿qué tenía que hacer en este asunto? Yo para ese entonces tocaba clarinete en la banda y era de los más asiduos a los ensayos. Avancé un paso, dos.

—Hermano, buenos días. Me dijeron que viniera acá, no me especificaron y…

Con un tono pausado me invitó a tomar asiento. Mateo me dirigió sus ojos azules de un modo profundo y suave; extendiendo la mano derecha hacia el sillón forrado de cuero beige, se acomodó el terno azul marino y la corbata con rayas blancas y azules. Tomé asiento enseguida.

—Tú sabes Martín que nuestro tiempo en la tierra lo designa el Señor…

La verdad que las primeras palabras del hermano Mateo me causaban escalofríos, qué tal despedida, es una forma de expulsar, yo consideraba que una amonestación bastaba y…

—Nuestra buena madre nunca nos abandona a pesar de todo…

Me estaba conmocionando, todo por un examen y ¿los demás por qué no estaban?

—Tu hermano Isaac ha sido llamado por nuestro señor, nuestra buena madre intercederá por él y por todos nosotros.

Mi cabeza confusa aún por la vorágine de sucesos parecía acomodarse; era Isaac, el fin de semana había ido donde la tía Meche a Ica y regresaba ese mismo día por la tarde, un accidente llegando a Pisco cercenó su vida, mi hermano gemelo, el de los ojos bonitos. Era buen alumno, no tenía que conseguir examen de matemática, sacó veinte en el último, su tutor Noria, ¿tendría otro método?

Mateo me sostuvo y me sirvió un vaso de agua, no podía hablar, tomé dos sorbos, me incorporé y nos encaminamos a la oficina del director del colegio. Mi madre me esperaba, sentía su olor y me abrazó fuertemente, sus lágrimas mojaron un pañuelo celeste que ella sostenía con su mano derecha. Me besó repetidas veces en ambas mejillas, me abrazó y cruzamos la puerta principal del colegio. El hermano Mateo: Vayan, vayan.

En el auto, un Ford Escort del 98 azul marino, mi papá nos esperaba, mi madre se acomodó en el asiento del copiloto y se aseguró el cinturón. Me coloqué en la parte de atrás junto a la ventana izquierda y ni una sola palabra. Arrancamos en silencio. El auto dobló por Schell y el semáforo nos detuvo. Brotaban lágrimas y el moco me inundaba, la cara de Isaac volvía a mí y sus ojos cerrados y sin luz. Y al tornarse la luz verde limón las palabras matemática, Chucho y Müller ya no significaban nada para mí.

martes, 28 de julio de 2020

El largo camino a la libertad


Rosita Herrera

La lluvia arreciaba, el viento silbaba y limpiaba todo lo que había a su paso en la desolada estación de un pueblo cercano a Chillán. Allí se encontraba Martín viendo cómo se alejaba el tren de las cinco de la tarde con destino a Santiago, hasta convertirse en un diminuto punto perdido en la inmensidad.
Era un hombre alto, frisaba los setenta años, vestía un abrigo gris marrón de gabardina, zapatos de buen cuero negro y un sombrero del mismo color que su sobretodo.
Se paró de pronto con ayuda de su bastón y luchando contra la fuerza del viento se enderezó y comenzó la marcha con destino a la panadería y luego a su casa.
Desde que dejó de trabajar como profesor en una escuela vespertina, sus días se componían de pequeñas actividades que conformaban una rutina amable que lo sacaba de pensamientos autodestructivos y agobiantes, pero, aun así, el pasado lo visitaba muy a menudo y le era difícil no acudir a su llamado, pues había miedos no resueltos.
El viento tibio en la cara lo hacía feliz, también el recorrer algunos kilómetros con la ayuda de su bastón, una suerte de sumisa compañía y mudo auditor de sus contradicciones cotidianas que, desde hacía un tiempo, manifestaba en voz alta. El ir a la estación de trenes era, dentro de su rutina, uno de sus momentos favoritos. Los trenes significaban para él algo así como el desapego a la vida, el marcharse de un lugar sin mirar atrás, una sensación de libertad exquisita y temeraria.
Había estado privado de ese dichoso bien en su juventud, diecisiete años tras las rejas por una estupidez, sintiose atrapado en un vertiginoso camino de incertidumbre y argumentaciones existenciales como lo era la efímera seguridad que da el poder, el dinero y el deseo de integridad que él siempre había admirado en algunos seres que vinieron al mundo con ese chip de la consciencia incorporado.
Era un muchacho lleno de sueños que quería surgir a costa de esfuerzo y constancia en sus labores docentes, admirador de los grandes escritores rusos quienes le habían mostrado las desigualdades de la vida y cómo a veces la nobleza no nos sirve para nada, pese a ello, lograba siempre encontrar un resquicio humano de bondad y esperanza que lo alentaba a seguir el camino recto, aquel que sus padres le imponían como un dogma…, pero no, no era eso lo que él buscaba, no era la simpleza del castigo o la recompensa, era la maravilla de la libertad, de la despreocupación, aquella sensación de saber que todo tiene un orden y está atado a leyes universales que debemos respetar, no porque el castigo apremie, sino porque se es un sabio conocedor de la fortuna y los hombres superiores velan por la suya.
Transcurría el invierno de mil novecientos cuarenta, había conseguido trabajo en una escuela pública de una localidad minera llamada Coronel, a treinta y dos kilómetros de la ciudad de Concepción en el sur de Chile. Este pueblo que se caracterizaba por una historia de lucha contra el abuso y la explotación laboral gozaba de los más grandes contrastes: la abundancia, aquella riqueza desbordante y, por otro lado, la carencia, que duele y da rabia de tanta fealdad en sus muros, suelos y olores. Había un tercer mundo, el que desde la neutralidad permitía apreciar las discrepancias y hacerse partícipe de ambos sin comprometerse con ninguno.
Los niños llegaban cada mañana en condiciones paupérrimas a calentarse en el fuego de la pequeña salamandra que entregaba su tibieza a no más de quince por día, los que asistían en forma intermitente a gozar de una habitación templada y de un alimento caliente que cayera a sus estómagos.
Martín procuraba ser parte de esa fracción amable del día y, además, estimular sus sueños tratando de incorporarlos en un viaje imaginario a través de sus escritores favoritos.
El joven era apuesto y muy cálido en el trato, esto despertaba la simpatía de los jefes y la envidia de sus pares.
Ya terminaba la jornada del día viernes y una vez que todos sus pequeños discípulos se habían retirado, se disponía a ordenar el salón de clases, cuando de pronto ve la sombra imponente del director de la escuela:
―¡Martín! ¡Qué bueno que no se ha ido! Necesito hablar con usted y cumplir con un gran amigo. ―Junto con decirlo se sentó en una pequeña silla que desapareció bajo su descomunal figura y grueso abrigo, al que acompañaba su atuendo un sombrero elegante y un maletín de cuero café―. Lamento venir a última hora, pero es que el día ha estado muy ajetreado.
―No se preocupe, don Bernardo, lo entiendo perfectamente, pero… dígame, ¿en qué lo puedo ayudar?
―Mira, hay una persona con mucho poder en el  pueblo de Lota, don Matías, nos ha ayudado en el mantenimiento de esta escuela y podemos seguir contando con él para lo que necesitemos, su empresa carbonífera está progresando mucho y ha traído la modernidad a estas tierras, tiene dos niños en edad escolar, por lo que me ha pedido que le recomiende al mejor maestro que conozca y, sin dudarlo, pensé en ti.
Martín sintió que un frío intenso recorría su espalda, si bien él quería surgir a costa de su esfuerzo, no le interesaba codearse con la aristocracia del país, puesto que sabía que era un germen corrosivo que se insertaba en las capas más bajas de la sociedad carcomiendo sus energías y destruyendo sus vidas sin ninguna clemencia. Pese a ello y viendo la necesidad de su jefe por complacer a su amigo, no tuvo más remedio que aceptar su pedido.
―La verdad, don Bernardo, es que lo haré por usted ya que mi tiempo es escaso. No solo trabajo acá, también ayudo a mi padre con los asuntos de la iglesia, pero hablaré con él.
Martín sintió rabia consigo mismo por no haber tenido la entereza de rechazar la petición, pero es que la oferta laboral era tan escasa en lugares alejados de la capital que temió a las represalias indirectas de don Bernardo que a la larga podrían desencadenar un despido.
Volvió a su hogar cabizbajo, a su paso se veían mocosos corriendo por las calles, sin zapatos y con la ropa raída viendo la oportunidad de darle un «zarpazo» a algún distraído transeúnte que llevara descuidada su billetera. Niños que ya no eran niños, una extraña dicotomía que era consecuencia de una sociedad injusta e irresponsable.
Al llegar a su hogar encontró a su padre leyendo el capítulo del sermón muy ensimismado, apenas se percató de la llegada de Martín. Este pasó raudo a la cocina a hurgar en las ollas de su madre quien preparaba la cena, ya prontos a recibir el sábado, solo faltaba la presencia de su querido hijo.
―¡Martín, hijo! ¡Justo llegas para la comida! ¡Qué alegría! Tendremos que preparar el sermón de mañana. ―Acto seguido, lo abraza muy fuerte y le palmotea la espalda.
―Padre, no podré asistir mañana a la prédica, lo siento, pero tengo un compromiso de trabajo que fue imposible eludir. ―Baja la mirada y se dispone a ayudar a su madre.
Al día siguiente, se levanta muy temprano, a regañadientes con la vida, ordena sus libros y se prepara para salir. En Lota lo estaría esperando don Matías, en su gran casona.
«Seguramente es un magnate dedicado a maltratar gente y a explotarlos hasta el desfallecimiento con la sola idea de crear su propio imperio. Siempre me pasa lo mismo, digo sí cuando quería decir no. Qué mal me siento, solo he venido por cumplir. Martín, Martín… así nunca te podrás convertir en un hombre virtuoso…».
Eran casi las ocho de la mañana cuando bajó del incómodo bus, al poner los pies en la carretera se dio cuenta de que estaba escarchada y de que el viento era despiadadamente helado. Se arrebozó en su abrigo lo que más pudo y se dispuso en dirección a la mansión de don Matías.
Desde el gran portón de entrada hasta la casona había que caminar aproximadamente un kilómetro, que no advirtió debido a que en el trayecto ensayaba su presentación con respecto a su persona y a la cátedra que impartiría a los niños. Al llegar, sintió una profunda admiración por la fineza y belleza de la construcción, el lugar en sí era una gracia divina,  la abundancia se precipitaba en cada rincón, cualquier esfuerzo humano de los que había visto por lograr la armonía en una construcción era un irrisorio e inútil atrevimiento de aquellos que no conocían la exuberancia en la tierra y… él se sentía tan pobre y pequeño, pero… no, eso era la primera tentación de satanás, un espejismo de la banalidad.
Se reincorporó y dejó atrás sus cavilaciones.
Un señor alto y bien parecido salió a su encuentro, se notaba un hombre de mundo, pero también se veía en él aquella experiencia que no es regalada, sino fruto de una vida llena de esfuerzo y sacrificio.
―¡Martín! ¡Qué gusto! Te estaba esperando. Bernardo me avisó ayer que venías y me alegró mucho la noticia ya que un profesor con tu preparación y dedicación es difícil de encontrar por estas tierras. ―Le da la mano muy afablemente y le indica que entre, dirigiéndolo a su oficina.
Martín, hablando con monosílabos, lo sigue en su recorrido.
Nuevamente las contradicciones inundaban su vida, aquel hombre no tenía nada de despiadado ni de déspota, todo lo contrario, era muy amable y la paga que recibiría sería mucho más grande de la que él había estimado.
―¿Te parece bien, Martín? Sé que la vida está difícil así que si lo consideras poco solo dímelo.
¿Qué si le parecía bien?, pensó, lo que recibía en la escuelita era una propina en relación a lo que obtendría por enseñar en esa gran residencia.
Martín se despidió, pero antes de que se fuera, don Matías lo invitó a conocer su casa y a las personas que vivían en ella. En aquel paraíso se divisaba a lo lejos a una niña y un niño de aproximadamente nueve y doce años, corriendo por el jardín. La servidumbre se dedicaba a sus labores con mucha alegría, todo iba perfecto en aquella casa, don Matías no era el hombre cruel que se había imaginado… o lo ocultaba muy bien. Al dirigirse a la puerta principal, pasó por fuera de una sala donde había una enorme biblioteca, un hombre relativamente joven lo miró con sorna, salió a su encuentro y con bastante gracia y dominio de sus gestos inclinó la cabeza y le hizo una reverencia. Martín muy confundido no supo qué hacer y solo atinó a mirarlo atisbando una sonrisa.
En el camino de vuelta a casa reflexionaba sobre lo acontecido y si bien se había llevado una gran sorpresa al darse cuenta de que don Matías era un personaje muy respetable, aquel que apareció de súbito, al final de la visita, le había dejado una desagradable sensación de vulnerabilidad, y es que los débiles pueden ser presa fácil de los poderosos cuando estos combinan ambición con afabilidad, pero… ¿Por qué le atemorizaba esto? ¿Será que la vida pretendía mostrarle el duro contraste entre la integridad y la corrupción?
Transcurrían sus días entre la escuela, la iglesia y la casona en Lota. Todo iba de maravilla, con lo que estaba ganando podría independizarse muy luego, aunque esto a sus padres no les alegraba, sentía que ya era tiempo de poder tener una vida que le permitiera desarrollar una mayor conciencia y así poder tener sus propias ideas con respecto a ella.
Desde niño había estado inmerso en un mundo absurdo y lleno de contrariedades, el amor a Dios debía ser la consigna, pero aquello conllevaba la gran mayoría de las veces el odiarse a uno mismo, a su cuerpo, a sus emociones; la renuncia a sentirse bien, negar sus deseos y ansias de libertad, apegarse a los seres humanos de una forma dañina y castradora, tal como lo hacían sus padres con él. Muchas veces se encontraba con la disyuntiva de querer romper las normas y mostrar el malvado ser que habitaba dentro de él con el bueno, con el santo, con el ejemplar hijo de mamá y de la iglesia, aquella que aborrecía y a la que se había negado a ir por primera vez.
Un día de aquellos en que debía ir a dar clases a la casa de don Matías, divisó nuevamente al hombre resuelto y oscuro, estaba en el despacho de aquel, al verlo se dispusieron en forma rápida y automática al saludo bonachón característico del dueño de casa, pero no sabía por qué extraña razón se respiraba nuevamente la vulnerabilidad que había sentido en aquella ocasión.
―¡Qué tal, Martín! ¡Te estábamos esperando! ―Se paró de su escritorio y se acercó a la puerta de su oficina para darle la mano y hacerlo entrar―. Te quiero presentar a mi hermano, él ha venido a pasar conmigo una temporada, lo verás deambulando por la casa, si te provoca con sus ironías, no le hagas caso, él es así, un desenfadado con la vida, no le rinde cuentas a nadie ―lo dice mirando a su hermano al mismo tiempo que carcajea.
―No se preocupe, don Matías, yo he venido a trabajar y en eso me concentraré. Con su permiso, los niños esperan la clase.
Salió muy apresurado, ya era incómodo para él interactuar «con los de arriba» más difícil se le hacía al estar siendo observado por una persona que escudriñaba en su ser como para encontrar cualquier sesgo de debilidad y convertirlo en objeto de soborno o de burla.
Cada vez que se encontraba en aquella casa no dejaba de admirar sus lujos, le llamaba mucho la atención aquel desprendimiento inconmensurable de recursos, pero no era tan solo eso, no se notaba ningún tipo de esfuerzo, todo se manifestaba mágicamente, ¿quién o quiénes estaban detrás?, ¿cómo era humanamente posible tanto dinero, en un contexto de dolor, escasez y esfuerzo? Ideas que colmaban su mente hasta el instante de quedar embobado admirando «Paisaje de cordillera» de Valenzuela Llanos, una pintura que se encontraba en el corredor que lo llevaba a la biblioteca.
―Un gran pintor, ¿no crees? ―le habla al oído y lo acorrala con su presencia para luego hacerse un lado y dejarlo seguir su camino.
―Sí, es uno de los grandes, un provinciano que supo salir adelante haciendo lo que le apasionaba.
―Interesante cómo valoras la vida, Martín, pero creo que hay que buscar la forma de disfrutar, ese «salir adelante» no es un lema que me estimule tanto como aquel tópico literario que sí me hace sentido: Carpe Diem y no hay más para mí. ―Se escabulle del lugar haciendo nuevamente la reverencia elegante y graciosa que Martín había admirado.
En cada regreso a su hogar no podía evitar ver el contraste de la gente sufriente y la riqueza desbordante; lo bello y lo feo; lo cálido y lo frío; lo execrable y lo seductor, y él no quería ser parte de aquel Chile abominable, pero tampoco quería serlo de aquella fracción que se enriquecía a costa de la explotación del bajo pueblo mestizo.
Martín se culpaba todos los días de su debilidad al sentirse atraído por ese mundo y en más de alguna ocasión haber querido ser parte de ellos, a pesar de que su experiencia de vida lo alejaba de toda candidez de pensamiento, no podía, muchas veces, luchar con la ilusión de honestidad y camaradería que le ofrecían sus patrones.
Admiraba en su interior el desenfado y elegancia de Joaquín, pero no le daba confianza… su oscuridad lo descolocaba, nada bueno podía surgir al lado de él; don Matías le proporcionaba aquella apertura a un mundo desconocido y desafiante que él tanto anhelaba, todo era accesible en aquel lugar comenzando por apreciar una excelente obra de arte y siguiendo con una abismante y actualizada biblioteca.
Al salir aquel día de la casona, su patrón no estaba, había pasado por su oficina para despedirse y le llamó la atención el desorden inhabitual de su despacho, entre aquel desconcierto se atisbaba detrás de su escritorio una pintura de inestimable valor ligeramente ladeada por lo que dejaba a la vista una caja fuerte levemente abierta; se paralizó ante tal oportunidad, se vio tomando el dinero, un dinero que a ellos no les hacía falta y ¡qué bien! les haría a tantos, pero por qué Dios insistía en estas terribles pruebas de honestidad, se alejó despavorido y quiso no haber entrado a ese lugar, una gran aflicción en su pecho le avisaba que nada bueno se auspiciaba, al darse vuelta tropieza con Joaquín y trata de disimular su turbación con un torpe saludo, hasta que por fin se ve libre de aquel territorio que le hacía proyectar como en un espejo toda su debilidad.
¡Qué diablos! ¡Qué ocurrió! ¿Dónde estaba don Matías? ¿Por qué Joaquín salió a su encuentro y no lo detuvo para preguntarle qué había pasado?
Llegó a su casa y sus padres lo esperaban con sus rostros desfigurados y envueltos en lágrimas, junto a ellos un oficial de policía con las esposas en la mano, sin dejar ni un ápice de duda con respecto al acusado, revisaron su maletín y no había nada, revisaron los bolsillos de su abrigo y… sí, metido entre medio de un periódico que siempre llevaba doblado en los bolsillos de su abrigo, estaban los documentos y el dinero  «…,pero… cómo llegó hasta mis bolsillos… la pintura… ¡Claro! En aquel momento, cuando conversábamos, hubo un instante en que me acorraló…».   
―¡Joven!, está usted detenido, tiene derecho a permanecer en silencio…
―¿Me puede explicar qué ocurre? ―Mientras, se dejaba esposar y miraba a sus padres con cara de no entender nada.
―Se le acusa de robo a la propiedad privada por haber extraído de la caja fuerte de don Matías la suma de diez millones de pesos, entre dinero y documentos bancarios.
―No entiendo nada, pero puedo explicarlo todo ―lo dice casi al borde de las lágrimas.
―Será mejor que no me explique nada a mí, oiga. Hágalo al lado de un abogado y frente al juez.
Martín agachó la cabeza y comprendió que no había nada que hacer. Al llegar a la comisaría divisó a lo lejos a Joaquín que acompañaba a su hermano, ambos abandonaban el lugar y al encontrarse con Martín, don Matías lo miró con pena y dolor, al instante, Joaquín lo hace reaccionar y lo conduce hacia el vehículo.
«Pero qué injusticia, ni siquiera un mínimo resquicio de duda, es decir, la vida nos asigna un lugar de privilegio o de desventaja, que tenemos que cargar hasta la muerte. No, no me quedaré tan tranquilo, intentaré hablar con él y explicarle, no hay registro, ni testigos de que yo haya hurtado aquel dinero… a menos que … ¡Por supuesto! Joaquín…».
Al entrar a la comisaría, el personal de guardia lo miró con compasión y se acerca a tomarle la declaración un oficial a cargo.
―En qué lío te metiste, cabro… ―Al terminar la oración levanta la mirada para ver su expresión y corroborar sus sospechas.
―En ninguno, señor, me quieren culpar de un robo que yo no he hecho.
―Mira, lamentablemente, nos llegan muchos casos como este, y resulta que simplemente se trata de desviar la atención pública hacia otros focos de tal manera que algo ilícito ocurrido al interior de las grandes esferas, pase desapercibido. Solo te puedo decir que, si no cuentas con un buen abogado, tendrás que pagar con cárcel tu inexperiencia.
―Pero… a qué se refiere con eso, señor, solo hablaba con ellos del trabajo que se me había encomendado. ―Lo mira directamente a los ojos para demostrar su veracidad.
―En realidad, no es necesario decir ni hacer nada. Ellos se dan cuenta cuando a las personas se les abrillantan los ojos con el dinero, el gustito del poder, el soñar que uno puede llegar a ser como ellos.
Martín se quedó en silencio, y pensó en todas aquellas instancias en que deliraba ante la magnificencia de aquel mundo. Se dio cuenta de que había sido objeto de estudio para imputarle un robo que nadie cuestionaría. Inculpar a Joaquín era una tarea imposible, pronto estaría fuera de Chile disfrutando del dinero que le hizo creer a don Matías que él había robado y este, claro, privilegiaría a su hermano.
Divisó la panadería y recordó que los bizcochos de miel le encantaban y que la noche anterior se había quedado dormido pensando en ellos. Ya era la hora en que abrían y no podía más de la emoción al imaginar el sabroso té al contacto con la delicada masa que inundaría de fragancia su hogar.
Los años en la cárcel le enseñaron la simpleza de la vida, le mostraron que la integridad no repara en circunstancias y no se apiada de los que dudan o sienten la lasitud en su camino. Conoció a muchos como él que fueron entrampados para poder encubrir crímenes mayores como la muerte de mucha gente producto de la explotación laboral y de sus malas condiciones de vida… en fin, ya era libre, había pagado con sus mejores años su brutal candidez y ya no quería seguir enfrentándose a sus constantes enjuiciamientos.
Antes de llegar a la panadería ve a un borracho que está con medio cuerpo sobre la acera, su rostro se encuentra ensangrentado producto de la feroz caída.
«Pobre hombre, lo ayudaré, quizá pueda encaminarlo a algún lugar».
―¿Lo puedo ayudar? Si no tiene dinero le ofrezco pagarle un carro para que lo lleve a su casa. ―Lo toma de la cintura e intenta ponerlo de pie.
―No te preocupes… ―Le incrusta la mirada y luego la baja para ordenar sus vestiduras, apareciendo la sordidez de su sonrisa―. Dormiré en cualquier callejón…, Martín, estaré bien.
Al oír su nombre se da cuenta de que el borracho es Joaquín, viejo y miserable.
―Igual, no puedo dejarlo aquí, al menos permítame llevarlo a alguna parte.
―Hmm… después de lo que te hice sufrir… ―lo dice para sí mismo― Mi hermano nunca creyó que yo no había tenido nada que ver, así que tuve que decirle la verdad: Aquel día, sentí un gran disturbio en su despacho, la puerta de entrada estaba abierta, alguien se había metido en su oficina, fui a ver y tú te encontrabas ahí, te pusiste nervioso, podría haberte dado tiempo de explicarme lo que te pasaba, pero no quise hacerlo, sentía envidia  de la admiración que Matías te tenía, se veía reflejado en ti, pero yo… había visto cómo te atraía el lujo y la riqueza, sabía que en tu interior existía una lucha constante entre el bien y el mal, veía tu resentimiento, pese a que lo manejabas discretamente y presentía que en cualquier momento darías el zarpazo, solo había que prepararte el escenario y, ese día, cuando entraron aquellos delincuentes, te asomaste y yo te espiaba desde un rincón del pasillo, me di cuenta de que ellos no habían alcanzado a robarlo todo, así que supuse que hurtarías el resto. Me diste la oportunidad de reivindicarme y demostrarle a Matías que eras peor que yo, pero fue imposible convencerlo, así y todo, no tenía pruebas para señalar lo contrario y tampoco lo hubiera hecho, yo era su único hermano.
―¡Desgraciado! ¡Me quitaste mis mejores años! ¿Qué diablos tenía que ver yo con todas tus frustraciones? ¿Qué derecho poseías de truncar mi futuro? ¿Qué se creen todos los de «tu especie»? ―Lo agarra fuerte del abrigo y lo deja en el mismo lugar del que lo había recogido―. Solo me queda por decir que la vida me ha dado la oportunidad de escupirte en la cara y hacerte ver que la nobleza es como un roble, robusta, limpia y recta hasta el final, y si bien podemos dudar y sentirnos débiles ante las banalidades de este mundo, la reflexión y una firme convicción en nuestros principios siempre saldrán a nuestro encuentro.
Además, mientes vilmente, no hubo delincuentes, tú robaste el dinero y esa era tu coartada, ya me habías manchado horas antes, cuando me acorralaste frente a la pintura ¡Púdrete en tu maldad! Ya el caso está cerrado y, a Dios gracias, mi camino está lejos del tuyo.
Martín entró a la panadería en busca de los bizcochos y se dirigió a su casa para poder disfrutarlos, el frío se hacía cada vez más intenso, así como la tranquilidad de su alma. Los viejos demonios ya estaban sepultados y los que quedaban eran retazos de un hombre que ya no existía porque había muerto y vuelto a la vida en aquella cárcel…, pero sin miedo.