viernes, 12 de octubre de 2018

Pecado capital


Constanza Aimola


Con esta escena empieza la vida y la muerte de Gabriel Cabrera, quien aun siendo un niño, acurrucado en una esquina de la oscura y húmeda habitación en la que vivió con su madre hasta los doce años, maldice su soledad y llora por los desplantes de un padre ausente, que prefirió las caricias y la compañía de una mujer diferente a su madre, que estar presente en su vida en los momentos que más lo necesitaba.

Con el tiempo, este niño se hizo duro de corazón, se involucró en su mundo más cercano. No fue de los que le hizo el quite a la guerra de pandillas o a las drogas, él se lo comió todo. El internet para acercarse a la pornografía, la marihuana de escape y la violencia como la única forma que tenía para comunicarse.

Gabriel era débil de carácter, tímido y se involucraba poco con los demás. Con mínimas habilidades sociales, prefería las actividades que pudiera hacer solo. Lo que empezó con una probadita de la colilla del cigarrillo que uno de sus amigos botó al piso, se convirtió en el consumo de grandes cantidades de marihuana, que transformaron su piel, expresión y esos ojos negros enormes que parecían no ser de este mundo.

A una tierna edad en medio de conflictos con su madre porque no podía darle demasiado, empezó la búsqueda de mujeres que por pocos pesos le saciaban las ganas de sexo que viendo pornografía se había ganado. Así fue como empezó el siguiente vicio y primer pecado que se convirtió en el gran fantasma que lo acecharía durante toda su vida.

Gabriel Cabrera continúa en medio de las necesidades y privaciones de un mundo que cada vez más le exigía lujos, tecnología, moda y diversión. No tener dinero lo hacía sentir miserable, por lo que empezó a buscar la forma de adquirirlo. Consiguió trabajos esporádicos incentivado por su madre, sin embargo, la droga, que se había convertido en su amarga compañía, no le permitía tener nada estable o mostrarse adaptado a las normas y reglas de la sociedad en la que se encontraba para su pesar metido de cabeza. Así fue como no podía dejar de satisfacer sus vicios más personales o pertenecer sin frustrarse, a un mundo del que quería ser parte, pero en el que no encajaba.

La vida mejoraba y desmejoraba, pudo salir en compañía de su madre del inquilinato en el que vivió por varios años, pero nada de lo que su progenitora le daba lograba satisfacer sus expectativas, justificándose en esto, se encerraba y aislaba cada vez más. Quería dejar de escuchar las voces en su cabeza, producto de la esquizofrenia paranoide que le dejó el uso de las drogas refugiándose en unas rutinas repetitivas que iban desde llevar un orden al levantarse, poniéndose primero una sandalia que otra, utilizar el sanitario solamente en la mañana y antes de bañarse y otras relacionadas con su higiene personal, hasta cerrar y abrir varias veces la puerta de su habitación y las del gabinete de la alacena y limpiar minuciosamente inclusive con alcohol el teclado del computador antes y después de sentarse a trabajar en este. Estas actividades se habían convertido en la excusa no consciente pero sí perfecta para diseñar un mundo aparte que se convirtiera en el lugar ideal en donde vivir.

Su madre, una mujer humilde, que aparentaba más edad de la que tenía por los golpes que le había dado la vida, no sabía qué más hacer para mejorar las condiciones de su hijo, estaba endeudada con toda la familia y en cambio de poderlo ayudar, sentía que se perdía en lo que ella denominó la cueva, su habitación. Hace mucho que Eduviges no entraba en ese lugar, sin embargo, veía como Gabriel se internaba días enteros bajo llave, tenía hipótesis acerca de cómo se vería, pero no la realidad superaba todo lo que pudiera imaginar.

Este era un lugar oscuro, por unas bolsas negras de la basura que le había pegado a las ventanas, algunos computadores ensamblados con partes robadas que compraba a bajo precio a sus amigos pero nunca hizo funcionar, olía a humedad, libro viejo y cigarrillo, todo esto hacía pesado el ambiente. Una cama muy pequeña y angosta que había tenido toda la vida, sin tender, con cobijas viejas y roídas que se hacían nudo con un par de almohadas con manchas amarillas y café, por la saliva y las lágrimas derramadas por largo tiempo.

Eduviges esperó paciente varios años, hasta que un día su hijo cometió un error. Se distrajo cuando le entró una llamada al celular mientras se cepillaba los dientes, luego salió a comprar naranjas, que era una tarea habitual que le había dado su madre porque las escogía muy bien. Olvidó cerrar el candado y Eduviges no pudo evitar la tentación de entrar a su habitación. Sabía que se demoraría porque Gabito como le decía, siempre tocaba una por una las naranjas con el fin de encontrar la que más jugo tuviera, analizando su peso, color y textura. También pasaba un tiempo largo coqueteando con una de las cajeras del supermercado, que se había convertido en el sueño de la mujer perfecta, la que podría quitarle el vicio de las putas. Esta tarea podría tomar diez minutos para cualquier persona, pero Gabriel demoraba una hora y diez minutos.

Después de haber visto la habitación de su hijo y quedarse absorta con tal escena, se limpió las lágrimas, se recogió el cabello largo y canoso con un caucho que tenía en su muñeca y empezó la búsqueda de lo que sería la respuesta a su comportamiento extraño y la explicación de qué tenía su alma que cada vez sentía más perdida.

Encontró ropa sucia, frutas a medio comer, alimentos descompuestos, marihuana, colillas de cigarrillo, revistas pornográficas y cuando por error movió la mesa en la que estaba uno de los computadores una mujer desnuda con las piernas abiertas como fondo de pantalla. No lo podía creer, en qué se había convertido su hijo.

No tenía prisa, por lo que apartó el enjambre de cobijas y se sentó sobre la cama. Miró al piso y se encontró una libreta con pensamientos y dibujos que expresaban su angustia y su tristeza. Eduviges no podía dejar de llorar, mientras pasaba las hojas con sus huesudas y venosas manos blancas.

Finalmente llegó Gabriel, abrió la puerta y como de costumbre tiró las llaves encima de la mesa, gritó llamando a su madre quien lo esperó tranquila, sentada, aún con la libreta en la mano. Descargó las naranjas y arrancó un banano del racimo, lo peló mientras le contaba a Eduviges que se había encontrado con César, su amigo de la infancia. Seguía llamándola con la boca llena de banano y como no le contestaba se fue caminado hacia la habitación. Un suspiro de muerte, un grito y después varios más en todos los tonos anunciaba la tragedia. Su madre permanecía sentada tranquila y sin la más mínima intención de levantarse. Escupió el banano y el que tenía en la mano lo estrelló contra la pared. Gritaba groserías de alto calibre, incluso directamente en la cara de su madre que esta vez no se amedrentó. Lloraba, bramaba  y le pegaba puños a las paredes. Parecía una fiera indomable. Para terminar y justo antes de caer desmayado al piso, le pegó bofetadas a su madre en la cara y la tiró en la cama.

Cuando se despertó estaba en la habitación de un sanatorio mental, amarrado de pies y manos, con una bata blanca y al lograr enfocar, detallando todo a su alrededor, pudo ver a unos metros, sentada tomando café a su tía Aurora, la que les había salvado el pellejo tantas veces. Esta era la tía que tenía plata pero no hijos y fue quien ahora lo había metido a un sanatorio mental, a la espera de que lo pudieran salvar y su hermana encontrara así un consuelo.

Se dieron cuenta de que estaba pasando el efecto de los calmantes, su tía y la mamá se acercaron a la cama. Con expresión seria y poco amable le preguntaron si ya se sentía mejor, pero Eduviges no soportó las ganas de reprochar su comportamiento. Comenzó con voz baja y pronto empezó a gritarle que era el demonio y se había convertido en su mayor tristeza. Gabriel no podía dejar de llorar y pedirle perdón, se generó tanto estrés y angustia que sus sistemas empezaron a fallar. Algunos camilleros tomaron por el brazo a las dos mujeres y las apartaron de la cama hasta sacarlas de la habitación, a Gabriel lo inyectaron con calmantes y pronto volvió a quedar profundamente dormido.

Al otro día lo despertó el rayo de sol que entraba por la ventana directamente a su cara y los cantos de algo parecido a unos monjes que haciendo sonar campanas lograron captar su atención. La música era monótona y las estrofas que repetían pegajosas. No le disgustaba a Gabriel, más bien le parecían tranquilizantes.

Pasaron algunos días y aunque sufrió el síndrome de abstinencia, logró estar más tranquilo y feliz. Dejaron de visitarlo y empezó a hacer amigos. Al mediodía de un viernes se acercaba al comedor porque era la hora del almuerzo y escuchó de nuevo los cantos de los monjes, que eran tan pegajosos que cuando los tuvo en frente no pudo soportar las ganas de mover su pie al ritmo de la música. Lo miraban con una gran sonrisa y lo invitaron a tocar un instrumento. Así fue como Gabriel Cabrera se convirtió unos meses después a la religión Hare Krishna.

Empezó la aventura de averiguar acerca de las escrituras y los ritos, a preguntar, involucrarse y abrir puertas a ese mundo desconocido para él hasta ahora. Pasó poco tiempo y ya tenía amplio conocimiento, asistía a un templo y frecuentaba amigos. Vendía almuerzos, repartía publicidad, invertía sus ahorros y pocos ingresos mensuales en sacar fotocopias de los libros sagrados para predicar.

La mamá y la tía estaban felices, al parecer Gabriel había encontrado la cura a todos sus males. Al poco tiempo de pertenecer a la religión, estaba dispuesto a ayudar y sonreía más seguido. Había desarrollado habilidades sociales y ya casi no permanecía en su habitación. Disminuyó el consumo de marihuana y cigarrillo y hasta sus ojos desorbitados parecían estar recobrando la luz. Sin embargo el vicio carnal, el de las mujeres de la vida alegre, en el que podía ser él, desahogarse y sacar sus más perversos deseos, había sido más difícil de dejar y justo lo que le prohibía esta religión, promulgando una vida célibe, las relaciones sexuales solo para procrear y la dignificación del cuerpo.

Gabriel Cabrera era un hombre rebelde por naturaleza al que le costaba obedecer las normas pues  nunca tuvo una figura de autoridad que le enseñase a seguirlas, por lo que había sido muy difícil el proceso que involucraba un real cambio de su parte. Pudo con casi todo, pero este pecado no había podido ni querido dominarlo.

Los viernes, en el templo al que asistía, hacían ayuno y meditaban todo el día. No lo dedicaban al trabajo, únicamente a la reflexión. Cuando hacía los mantras, Gabriel tuvo una revelación, estaba sentado lacerándose la espalda con una cuerda que tenía en la punta una malla con piedras. Lo entendió como un mandato, así es que camino a su casa compró una botella de ron, llegó a su habitación, se encerró y empezó a cantar mantras, se golpeaba con las piedras en el pecho y la espalda, y para terminar tomaba sorbos de ron y lo escupía en las heridas. Aunque el dolor era intenso no pronunciaba palabra, ni salía de su boca alguna expresión de dolor. Intentaba mantener la mente en blanco y castigarse por los sentimientos que no lo dejaban ser puro para la religión que profesaba, sin embargo cada vez se hacían más fuertes las imágenes de mujeres desnudas con las que tenía sexo de todas las formas posibles, todas las imágenes enmarcadas en el humo de la marihuana y el incienso y algunos sorbos de licor que empezaban a hacer efecto.

No lo soportó más, como en otras ocasiones sucumbió a sus deseos, visiblemente afectado por los golpes, el licor y la droga. Con dificultad prendió el computador y buscó un lugar de citas que frecuentaba con mujeres universitarias que ofrecían sus servicios en un apartamento en el que se reunían varias parejas. Contactó una mujer nueva, hizo la cita para esa misma noche y salió a buscarla. En el camino compró más trago y fumó más marihuana, estaba dispuesto a todo, era tan fuerte este vicio que sentía que no podía ni quería hacer algo diferente.

Llegó al apartamento sudando profusamente, lo hicieron esperar unos minutos y cuando la vio venir tan voluptuosa no soportó más y la alcanzó en el camino del pasillo. La besó y la agarró fuerte por la cintura, jadeaba y emitía sonidos de placer. En la intimidad de la habitación la tomó fuerte por su larga cabellera negro azabache, mientras la penetraba desde atrás. Le daba nalgadas y tocaba con fuerza sus grandes y duros senos. Esto les provocó a los dos un placer que no podían esconder.

Esa noche terminó mal. Despertó al otro día en la calle. No recordaba mucho y tenía dolor de cabeza, cuerpo y sobre todo de conciencia. Sin un zapato, con vergüenza y un aliento putrefacto regresó a su casa. Lo recibieron la mamá y la tía, lo dejaron asearse y luego le hablaron por dos horas sin parar. Ellas intuían los vicios de Gabriel, sobre todo su madre que ya había visto suficiente, sin embargo querían minimizar el nivel tan avanzado en el que sabían que estaba, lo intentaban hacer entrar en razón. La conclusión a la que llegaron es que debía ir a terapia.

Una amiga de la tía le había dado el dato de una psicóloga que ayudó en un proceso de separación a su hija, así que la contactó, pagó un tratamiento completo de veintidós sesiones y ese día se lo dijo a Gabriel para que empezara un proceso terapéutico.

El siguiente sábado a las diez de la mañana fue la primera cita. La distancia al consultorio era larga, así que tuvo mucho tiempo para pensar acerca de una semana en la que no se sacaba de la cabeza a esa mujer con la que la había pasado tan bien y al mismo tiempo se daba golpes de pecho por ser un pecador sin remedio que no podía controlar sus instintos y además maltrataba y ultrajaba mujeres por placer.

Con cabeza baja, algo avergonzado, sudando un río y con algo de síndrome de abstinencia entró en el edificio y se anunció con el vigilante, lo autorizaron y subió por un viejo y ruidoso ascensor en el que solo cabía él. Ya en el consultorio se presentó con la psicóloga que estaba tomando un café mientras miraba por la ventana con una mano en el bolsillo de la bata.

Ella le pidió que se sentara y lo llamó por su nombre. Cuando al fin se dio la vuelta y se dirigió a Gabriel, se quedó muda y sin aliento. Cerraba los ojos y los volvía a abrir esperando que fuera una visión o una pesadilla. Gabriel sonreía tímidamente. Era Lorna la psicóloga y mujer con la que había estado hace algunas noches, esa que encontró en una página de internet y se quedó metida en su pensamiento, la que le hacía sentir culpa y al mismo tiempo esa sensación de que nadie podía quitarle lo que había pasado.

Lorna movió de lado a lado la cabeza como para despertarse, cerró la doble puerta que separaba la recepción del consultorio y se sentó a su lado apresuradamente, lo besó con ganas y le empezó a quitar la ropa mientras le susurraba al oído que no había podido sacarlo de su cabeza. Aunque Gabriel se sentía en las nubes y no podía dejar de corresponder a sus besos la rechazó recordándole que su propósito era buscar ayuda y que justamente su pecado era la lujuria que ella y otras mujeres le provocaban.

Finalmente se alejaron y Lorna le prometió que le asignaría otra terapeuta para que llevara su proceso. Esa sesión no sería cobrada y no volverían a verse. Gabriel empezó a cumplir las sesiones con la otra psicóloga todos los sábados a las diez. Le contó desde lo más básico hasta lo más perverso de su personalidad con detalle. Aunque no tuvo más encuentros con Lorna no dejaba de pensarla, no podía evitar recordar los intensos momentos a su lado y desearla intensamente, incluso un sábado de esos de terapia le preguntó a la recepcionista cuándo estaba, le contó que estaba en un retiro, bueno, le confesó que estaba en una finca fuera de la ciudad haciéndose un tratamiento para la cura de adicciones.

La mamá y la tía de Gabriel estaban muy tranquilas porque veían su avance, en su cuarto su cama solía estar tendida y la ropa doblada, había subido de peso, su carácter era más dócil y estaba buscando trabajo.

Durante tres meses estuvo averiguando varios datos sobre Lorna, en dónde y con quién vivía, qué lugares frecuentaba, en dónde había estudiado, quiénes eran sus padres. Inclusive fue a la fundación en la que estaba internada con la disculpa de querer ingresar pero no pudo verla.

Uno de tantos sábados cambió su cita porque tenía una entrevista de trabajo que hacía parte del proceso terapéutico. Asistió a las dos de la tarde y al salir se encontró con Lorna, que intentaba pasar desapercibida con gafas de sol y un corte nuevo de pelo a nivel del hombro, mucho maquillaje y ropa nueva. La tomó por el brazo y la metió en la escalera de emergencia, estaba aterrada e intentó fingir que no era ella. Le apretó la mandíbula y le lamía los labios mientras su cara se transformaba. Ella le dijo que no quería nada y él la empezó a subir por la escalera hasta llegar al segundo piso. Le respiraba en la cara y la mojaba con su sudor. La empujó dentro de la sala de juntas del edificio repitiéndole que sabía que ella quería lo mismo que él, que juntos superarían sus adicciones y que se tendrían el uno al otro siempre.

Lorna le pidió que la dejara en paz, pero Gabriel seguía asediándola, la empujó hacia la pared y entonces Lorna empezó a gritar para pedir ayuda. Como no lograba que la soltara le pegó un cabezazo, Gabriel reaccionó y algo inestable le estrelló la cabeza contra la mesa. Él quería impedir que siguiera gritando y que por fin cediera, pero se dio cuenta que era demasiado tarde cuando vio el charco de sangre en el piso colándose por las hendiduras de la vieja madera.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Micaela

Yadira Sandoval Rodríguez


De niña siempre me llamaba la atención una carta de mi bisabuela enmarcada en un cuadro de madera que estaba en la pared de la sala entre dos retratos, la foto de boda de mis abuelos y la otra, yo con mi madre; en ese momento mi curiosidad era mínima para preguntar sobre él. Pasaron los años y estando en el último grado de la primaria me solicitaron investigar sobre mis antepasados en la clase de español. Lo anterior, me permitió indagar sobre mi familia. Mi mamá empezó a narrarme de dónde venía cada miembro. Tal narración permitió imaginarme a la bisabuela bajando el cuadro para después leerme lo que decía en él, es la carta de petición de mano de ella, fechada en 1903; es una hoja de una cuartilla, color amarillo, carcomida por el tiempo, pero realmente fue mi madre quien leyó esas letras. En ese entonces, yo tenía doce años, y la carta ochenta y ocho años. A pesar de que no la conocí a la bisabuela, su espíritu siempre me ha acompañado.  

En una edad adulta mi familia me entregó el cuadro con la carta, al dármela me dijeron que a mí me correspondía tenerla. Me emocioné en ese momento porque fui consciente del significado de ella. Es una carta simbólica para ellos. Lo que llamó mi atención es cómo se mantuvo entre la familia, después del incendio ocurrido en la casa en 1985, donde se perdieron varias cosas. Tal extrañez hizo reír a mi bisabuela y me dijo:

—Camila, yo salvé esa carta.

—No sabía, bisabuela.

Al responder en voz alta, mi madre me pregunta con quién estoy hablando, yo le contesto que con mi bisabuela. Se me queda mirando y me dice: «Camila, no empieces con esas cosas, ya hablamos de eso, ese espíritu no existe en esta casa, el sacerdote echó agua bendita, por lo tanto, mi abuela está descansado en paz. Por favor, te pido que no vuelvas a hacer esas bromas». No supe qué responder, me quedé seria mirando a Micaela. Esa complicidad entre nosotras me hace sentir segura, mejor optaré por tener cuidado.

Por lo que cuenta la bisabuela, la carta tiene ciento quince años, se encuentra arriba de mi escritorio, me inspira a escribir, me gusta observarla cuidadosamente, está escrita con letra cursiva, la letra es bellísima, la comprensión del mensaje se pierde por lo arrugada que se encuentra, hay que leerla despacio, para entender lo que se dice en ella. Son pocos los que escriben así, es la perfección del lenguaje escrito. Mi bisabuela me explicó que no fue el bisabuelo quien la escribió, sino otra persona que trabajaba en el pueblo haciendo cartas de amor. No todos podían escribir, debido al rezago educativo de aquel entonces. También, el escrito va dirigido a los padres de la bisabuela. El intermediario experto en la escritura, utilizó el arte poético para inspirarse en una petición de mano, ya que era parte del protocolo para casarse en aquellos años.

Mi bisabuela fue una persona muy querida y respetada en el pueblo minero Pilares de Nacozari; en la actualidad es un lugar abandonado, dentro del estado de Sonora, México, donde se jugó por primera vez el baloncesto en el país. Considerado en 1910 como un pequeño pueblo del primer mundo, gracias a las vetas de cobre descubiertas a mediados del siglo XIX. Tal descubrimiento atrajo la atención del ingeniero en metalurgia el doctor Louis Dovidson Ricketts, y con ello, a la empresa minera Phelps Dodge de Estados Unidos quienes explotaron el mineral, cuya producción mereció el reconocimiento mundial, porque albergaban los segundos depósitos de cobre más grandes del mundo.

—Esas vetas las descubrió tu bisabuelo, pero el alcohol no lo dejó superarse.

—Casi nunca hablas de él, bisabuela.

—No hay mucho que decir.

—Mi mamá cuenta que murió tratando de pasar el río Sonora.

—Así es, Camila. Había llovido mucho, el río estaba bravo, yo le grité que no debíamos pasar, no me hizo caso y murió.  

—Triste. ¿Y cómo te enamoraste del bisabuelo?

—Me fascinó su vida de nómada y aventuras. Yo lo conocí cuando tenía catorce años, era inquieta como tú, Camila. Y tu bisabuelo era guapo, alto y fuerte. Él tenía diecisiete años y andaba buscando oro, cobre y plata de un lugar a otro. Nos conocimos en el baile de blanco y negro en Ures. Las familias de abolengo se concentraban allí. Mis papás me llevaron para presentarme con todas esas personas, era la única hija de cinco hermanos. Estaban orgullosos de mí. Recuerdo aquel vestido de color azul marino largo, y encima llevaba un chal, tipo túnica de corte similar a un sari, de seda estampado; diseño de un tal Mariano Fortuny, modisto muy importante de la época, las mujeres me envidiaron. Mientras acomodaba mi chal para la presentación de las muchachas en sociedad, tu bisabuelo me sorprendió con una flor, me dijo que era la chica más hermosa de la noche y, que solo me faltaba sonreír. Me le quedé mirando a sus ojos de lucero azabache, me enamoré de ellos. Su cuerpo representaba la fuerza salvaje de un aventurero. En ese momento deseé salir del baile y perderme con él para siempre.

—Amor a primera vista.  

—Mis padres nunca lo aceptaron. Por ser indígena. Manuel era originario del pueblo indígena Yaqui, una raza muy importante en la historia del Estado de Sonora. Este pueblo se encuentra asentado en la región sudoeste del Estado de Sonora entre los Municipios de Cajeme, Guaymas, Bácum y Empalme, en la rivera del Río Yaqui. Ellos son reconocidos por su fuerza física y de resistencia en la defensa de su territorio. Este pueblo indígena en tiempos de la revolución mexicana luchó a favor del gobierno de México con la condición de que este último les regresaría las tierras. El gobierno mexicano aceptó, pero al terminar la guerra, los Yaquis vieron que este hizo omiso de su petición, es así como estos se levantaron en armas para conseguir que les devolvieran su territorio, el cual fue quitado por el gobierno de Porfirio Díaz. Este episodio enojaba mucho a Manuel. Después de morir él, me fui con tus tíos a Pilares, allí empecé a trabajar para las familias ricas, me querían mucho las señoras, posiblemente porque entretenía a sus hijos contándoles historias de libros que leí, como Las mil y una noches. Nunca hablé de mi vida pasada. Después llegó tu abuelo y se casó con Plácida.

Terminó de hablar y se refugió en su asiento que da a la venta y se puso a contemplar el atardecer. Siempre me ha gustado observarla, tiene muy bonito rostro, su nariz respingada, le da un aire de elegancia; es de estatura media y delgada. En algún momento mi madre me comentó que los padres de ella hicieron lo posible para separarla del bisabuelo, al grado de que mandaron llamar a un maestro de la Ciudad de México para asesorarla, pero, Micaela se aferró a la idea de casarse con Manuel Tanori. A partir de esa decisión sus padres la desheredaron. Pasó el tiempo y la historia de amor se convirtió en un tormento, ya que el bisabuelo era alcohólico. Narra mi madre, que cuando él se emborrachaba hacía tocar a la bisabuela la guitarra mientras él se empinaba la botella con alcohol. La tristeza invadió el corazón de Micaela, hasta el punto que cuando mi madre decidió aprender a tocar la guitarra su abuela le quitó la intención, diciéndole que dejara eso, ya que si aprendía a tocar ese instrumento su futuro esposo le haría lo mismo. En eso mi bisabuela empezó a hablar como si estuviera enojada, la cual es una característica de las mujeres del norte de México utilizar el tono alto para transmitir sus ideas al otro; la dejé que se desahogara, no me gusta verla inquieta caminando de un lugar a otro, tratando de decir cosas que a veces no entiendo, el resto de la familia no la comprende porque dejaron de ver su espíritu que vaga por la casa. Por medio de mi madre aprendí a escucharla de niña, pero ella decidió dejarla descansar, es por eso que le pidió al padre bendecir la casa; a partir de ese día no volvió a verla y mi bisabuela se enojó con ella.

Se hizo de noche, me dirigí al cuarto, antes de dormir le pedí a la bisabuela que narrara mi viaje a Pilares de Nacozari y a Mixtlán, Jalisco. Ella había unido esa experiencia en una narración que me gustaba escuchar todas las noches. En un primer momento no comprendía su insistencia por narrarme esa historia, pero un día descubrí, que ella trataba de hacerme comprender la importancia de la tradición oral, la cual le ayudó a sobrevivir en Pilares de Nacozari; su educación permitió establecer buenas relaciones con la gente de dinero y así sacó adelante a su familia, consiguiéndole una beca a su hija Plácida para que estudiara en Douglas, Estados Unidos.

La narración siempre iniciaba con el robo de unas vacas, como una forma de reafirmar el carácter particular de la mujer sonorense, el cual era su orgullo: «Fue una noche en donde no teníamos que comer, y ellos se robaron el animal para después cocinarla, tu bisabuelo me apuntó con su rifle, yo estaba seria y firme, pura nada que me hicieron comer. Así, somos las mujeres del norte. Siempre recuérdalo. Es por eso que yo te motivé para que fueras en busca de tu historia a Mixtlán, Jalisco. Esa línea genealógica necesitabas conocer, es decir, de dónde viene tu abuelo. Estabas enfocada en nosotros, lo sé, el amor maternal. Observé cuando agarraste camino rumbo a Pilares de Nacozari, seguí tus pasos hasta que llegaras a tu destino. En tu rostro miré la alegría por conocer el lugar donde nació tu mamá. Subiste el cerro hasta la mina en donde trabajó, Alfredo Rodríguez, pero te detuvieron por precaución, aun así, no hiciste caso y caminaste hasta el otro extremo y el atardecer te encontró. En tu rostro estaba el asombro que nunca había visto en ti, me llenó de esperanza, porque sabía que te habías encontrado contigo misma; andabas perdida, bisnieta, cómo no, tu tiempo ya no es de arraigo, sino de instantes efímeros. Recuerdo que querías dormir en la plaza del pueblo, busqué un lugar más cómodo para ti. Acerqué a una familia hacia el lugar, caminaste con ellos por la noche, sin miedo, esa valentía me hizo sentir que eras parte de mí, llegaste a una casa de alojamiento. El señor mencionó de una comida al día siguiente, no pusiste atención, andabas cansada, lo único que querías en ese momento, era tender tu cuerpo sobre una cama. La noche pasó rápida, el canto de un gallo fue tu despertador, abriste los ojos y el amanecer estaba enfrente de ti. Te levantaste con esa rapidez de niña inquieta, corriste hacia el patio trasero, te sentaste en una silla para terminar de despertar. El olor a fresco erizó tu piel, te abracé para darte calor, y te quedaste muy pensativa abrazada a mí. Regresaste a Hermosillo y ya no eras la misma, cambiaste, bisnieta. Aunque sabía el porqué. Unos meses después, decidiste trabajar desde la mañana hasta la noche sin descanso para reunir el dinero que te llevaría a Mixtlán. Yo sé que contribuí a ello, me sentía apenada por no ayudarte económicamente, pero valió la pena; formaste carácter en ese tiempo, te responsabilizaste de tus propios sueños. Después llegaste al pueblo de tu abuelo, llevabas en tus manos una carta con la dirección del lugar. Andabas en busca de tu tía Esperanza, la hija del primer amor de Alfredo, era tanto tu deseo de conocerla, pero ya no vivía allí. En una tienda compraste un refresco para pensar que hacer, y decidiste preguntar si conocían a tu tía. ¡Oh, sorpresa! Las tres personas que se encontraban en el lugar, respondieron en coro: “Todos nos apellidamos Rodríguez en este pueblo. Eres nuestra sobrina, bienvenida”. Tú no lo podías creer, tu rostro se había llenado de alegría. Platicaron toda la mañana sobre el pueblo, las familias y el abuelo. En una pared estaba la foto de un familiar, era un antepasado que luchó en la revolución mexicana, estaba arriba de un caballo con traje de charro, bigote largo, llevaba puesto un sombrero de ala ancha, de copa alta, como el de Emiliano Zapata, de hecho, el parecido se te hizo curioso. Tus parientes te hablaron de otra tía, Carmelita, ellos dijeron que vivía enseguida de la parroquia, era quien se encargaba del registro civil. Ella al verte se emocionó, no podía hablar, a ti te dio ternura, en ella estaban los rasgos de tu mamá; era una señora muy educada, y con un léxico increíble. Conversaron sobre la genealogía de la familia, dijo que venían de españoles de abolengo, quienes se asentaron en el lugar, todos con ojos de color, como los hermanos de Alfredo, a él lo recordó muy bien: “Era alto, blanco, guapo, con rostro noble”. Habló del pleito que tenían los dos pueblos a los que pertenecían, tu abuelo y su primer amor. Mencionó la dirección donde vive actualmente tu tía, a los minutos, te despediste y fuiste en busca de ella. El trayecto fue de cuarenta minutos fueron los más largos de tu vida. Antes de ir a buscarla, diste una vuelta por la plaza del pueblo, se te hizo muy pintoresco, las casas pintadas de color: rosa, amarillo canario, verde, azul, anarajandas en distintas tonalidades, sus techos de tejas; por las calles principales de un hogar a otro se veían banderitas colgadas de diferentes colores en filadas hasta llegar a la Iglesia. El pueblo estaba rodeado de esplendorosos cerros forrados de pasto verde. Al preguntar por tu tía, un señor apuntó con su mano derecha la calle que te haría llegar al lugar, al tocar, abrió una señora de unos setenta y cinco años, piel trigueña, cabello canoso, largo hasta su cintura. Ella lloró de la emoción, te hizo pasar a su casa, tomaron café con galletas y mermelada de higo untada en pan tostado; llamó tu atención el patio trasero era un jardín rectangular quince por siete metros en él había plantas de todo tipo, alrededor del jardín estaban los cuartos de la casa: la cocina, el recibidor que daba a la calle, los dormitorios, y el baño; en el ambiente se respiraba a fresco, nada que ver con las casas de tu ciudad natal, por un momento quisiste que así fuera el clima de tu lugar de origen el cual es de cuarenta grados centígrados, deseaste los veinte de ahí, observé tu cara de resignación. Ella habló de tu abuelo, comentó que fue el amor de la vida de su mamá, siempre le dijo cosas maravillosas de él, esa revelación desarmó tus prejuicios alimentados por nuestra cultura. Por lo que explicó, tu abuelo nunca las desamparó, todos los años envió dinero con el permiso de tu abuela. Las horas pasaron y tenías que emprender tu regreso, se despidieron con un fuerte abrazo susurrándote al oído: “Gracias por visitarme”, en sus palabras había paz y en sus ojos brillosos la ternura que nunca has podido olvidar, porque en ellos estaba tu abuelo».  

Alfredo Rodríguez llegó a Pilares en la década de los veinte a trabajar en la mina de Cananea. Él migró del estado de Guadalajara ubicado en el sur de México; salió huyendo debido a que enamoró a una joven, y los familiares no aceptaron la relación, le dispararon a él en una pierna, y no regresó porque su amada le suplicó que no lo hiciera, hasta que cumplió ochenta años, y lo hizo para despedirse de su tierra natal acompañado de su hijo mayor y su hermosa nuera. El trayecto hacia allí fue gracias a un familiar, quien desertó del ejército mexicano en busca de bienestar y tranquilidad, arribando al heroico pueblo minero de Cananea, en el estado de Sonora, en donde surgió la revolución mexicana, famoso conflicto armado que derrocó la dictadura del expresidente Porfirio Díaz. Este pariente, al igual, ayudó a que otros migraran, estableciéndose todos en ese pueblo, menos el abuelo, ya que no pasó los exámenes para trabajar en la mina. Por lo tanto, tuvo que seguir su travesía de movilidad hasta el pueblo Pilares de Nacozari.

Mi madre comentó que, a través del amor de mi abuela, el abuelo sanó su primer amor, ya que la bisabuela no permitía fácilmente que pretendieran a su hija. Todos los del pueblo alertaron al abuelo: «No es fácil cortejar a Placidita, la señora Micaela es difícil, si se entera de que andas rondando su territorio va a intervenir para alejarte de ella»; pero mi abuelo fue más astuto que los otros pretendientes, ya que, en vez de ganarse la confianza de mi abuela, empezó a ganarse la confianza de Micaela. Es así como la bisabuela permitió que su hija Plácida Tánori se casara con Don Alfredo Rodríguez, para después vivir juntos una larga vida de matrimonio. La bisabuela con paso lento se dirige a su rincón favorito de la casa y la escucho decir: «Tu abuelo fue un hombre noble y responsable, en él no había rasgo de machismo; cómo le encantaba escuchar la polka, La Pilareña, una canción representativa de Pilares de Nacozari, nos hacía reír con sus brincos de un lado a otro tratando de sincronizar sus pies al ritmo de la canción. Lo quise como a un hijo. Siempre oré para que tus tíos heredaran su carácter y no el de Manuel. Dios escuchó mis ruegos».

jueves, 4 de octubre de 2018

Fidelidad


Miguel Ángel Salabarría Cervera


El lunes veintisiete de abril a las seis de la mañana, el maestro abordó el autobús a toda prisa por comprar su periódico como lo hacía diariamente, tenía la costumbre de irlo leyendo la hora y treinta minutos que distaba de Culiacán al Vergel, lugar donde laboraba. Se acomodó junto la ventana del asiento delantero, para no sentir los brincos del camión y leer a gusto algo que para él era prioritario, las noticias.

Leyó primero los deportes, para saber el resultado del equipo de beisbol local, luego las noticias políticas del país y del mundo, casi terminaba de repasar el periódico cuando sin querer tenía ante sí la sección policiaca; su mirada se detuvo en la nota de ocho columnas y su expresión cambió en una mezcla de asombro y dolor.

Aparentaba mirar el paisaje que se iluminaba por los rayos del sol dando colorido a los sembradíos, pero su vista estaba en un punto distante que solo él percibía mientras sus pensamientos se agolpaban dentro de su cerebro.

«¡Los que bajan en el Vergel!» gritó el chofer que detuvo el autobús. Como autómata descendió en compañía de otros profesores y se encaminó a la escuela, que estaba cruzando la carretera, enfrente del lugar que descendieron.

El domingo anterior muy de mañana cuando aún no despuntaba el alba, don Servando detuvo la «troca»,[1] en ella iban sus dos hijos José Ramón de once años, y Misael, próximo a cumplir los diez; descendieron a la entrada del terreno en el que había sembrado sandías, en compañía de dos perros, les dio la orden de espantar a los «chanates»[2] que llegaban a comérselas aventándoles pedruscos y azuzando a los dos canes para que los corretearan. Les abrió la reja del cerco para que entraran, caminó con ellos unos metros y les dijo:

—Llevan su itacate para que coman cuando tengan hambre y dos galones con agua; si el calor está fuerte, se van al «tejabán»[3] que está en el centro del «verano»[4] para protegerse porque «el sol raja piedras», —les indicaba don Servando— no hagan travesuras, cuídense, regresaré por ustedes cuando empiece a caer la tarde, porque voy a ir con su amá a Navolato a comprarles sus ropas que estrenarán el jueves treinta en la fiesta que la escuela le hace a todos los «plebes»[5].

A cuanto lo que su padre les decía, asentían con la cabeza, luego el señor regresó sobre sus pasos subió a la camioneta y les hizo seña de adiós, ellos alzaron el brazo, agitaron la mano para despedirse de su progenitor, que se alejaba entre una nube de polvo para llegar a la carretera que conducía al Vergel, ejido en que vivían.

Ambos cursaban el 4º. Grado de Educación Primaria, debido a que José Ramón había repetido este nivel y fue alcanzado por su hermano menor; él no era muy proclive al estudio, más bien a las actividades físicas, tenía un carácter difícil por ser broncudo, como decían sus compañeros «picudo», siendo tratado con tacto por sus condiscípulos. Misael era diferente, inclinado a leer y cumplir con sus tareas, le gustaba dibujar y escribirle un texto a sus bosquejos, gozaba de la aceptación de sus amigos tanto en clases como en los espacios de juego.

Faltaban unos días para finalizar el mes de marzo, cuando fue requerido Misael por su maestro para que hiciera un dibujo relacionado al «Día del Niño» que se celebraría el treinta de abril, siendo necesario entregarse antes del treinta y uno del mes de marzo en curso, para ser incluido en el periódico mural de la escuela, que tendría esta temática.

Al siguiente día iniciando las actividades escolares, Misael entregó su compromiso al docente, quien se sorprendió del trabajo porque estaba hecho con gran detalle y colorido, como por el texto que redondeaba la idea de la celebración infantil que tanto esperaban los chiquillos en su día; lo guardó en un sobre, rotuló los datos del autor acudiendo a llevárselo a la maestra responsable del periódico mural, ella lo extrajo, observándolo a detalle e inmediatamente tuvo elogios para el alumno del que eran frecuentes sus participaciones.

—Tu alumno hizo un gran trabajo, supo combinar el dibujo con el texto sin perder la  idea; motívalo a que continúe, «es una piedra, que debes pulir».

El sol aún no despuntaba en todo lo alto, pero sus rayos se sentían con intensidad, haciendo que a los dos hermanos Enríquez Pérez se les perlara el rostro a pesar de los sombreros que llevaban.

«Vámonos para el tejaban, porque el sol quema —dijo José Ramón a Misael— con este calor ni los pájaros van a picar las sandías».

Misael no respondió limitándose a seguir a su hermano rumbo al lugar en que se resguardarían, seguidos por los dos perros que también daban muestras de ser afectados de la agobiante temperatura. 

Llegaron escogiendo el sitio más adecuado para recostarse, después lo limpiaron, se acomodaron para descansar un rato, posteriormente sacaron las quesadillas de su itacate y comieron hasta saciarse, compartiendo su comida con los perros, cada quien a su respectiva mascota Juan Ramón al Canelo y Misael hizo lo mismo con el Pinto, que ambos las devoraron en segundos. Sus comentarios eran sobre el cansancio que sentían, luego sin ponerse de acuerdo se quedaron dormidos, bajo la atenta mirada de los dos «chuchos»[6] que los cuidaban entre sueños.

Serían como las tres de la tarde cuando Misael despertó, los perros hicieron lo mismo estirándose; minutos después Juan Ramón hizo lo propio, se quedaron mirando el sembradío de sandías, sin pronunciar palabra, sintieron que los rayos del sol ya no tatemaban como horas antes, sin embargo, el calor aún sofocaba, porque no soplaba el viento.

―Tengo hambre ―dijo Misael.

—Vamos a ver qué sandía ya está buena para comer —respondió su hermano.

Se encaminaron entre el plantío —seguidos por los «chuchos»— buscando una grande y madura, la encontraron, a jalones la arrancaron y se dirigieron de regreso al «tejabán».

—Mira esas piedras que están amontonadas allá pegadas a la alambrada —señalando decía el mayor de los hermanos.

—No lo había mirado, pero mejor vamos a comer la sandía.

Ta´bien, pero luego iremos ―disgustado respondió Juan Ramón.

Con una china partieron el fruto, lo comieron todo, luego con el poco de agua que les quedaba se lavaron las manos y la boca, rociaron a los perros para que se refrescaran; e inmediatamente su puso de pie Juan Ramón y exclamó:

―Vamos pa´ya a ver que hay en ese montón de piedras.

Apá nos dijo que no hiciéramos travesuras ―Misael le recordó.

―Solo vamos a mirar que hay allí ―le respondió su hermano― seguro hay algo escondido.

—Vamos, pues.

Caminaron hasta donde estaba la pila de piedras junto al cerco que limitaba el terreno, un brillo que provenía del cúmulo les hizo despertar su curiosidad, pensaron en quitar las guijarros, pero eran pesadas para su edad; el mayor de los dos propuso buscar un palo para quitarlas, el menor de los hermanos se resistía a hacerlo recordando la orden de su padre; sin embargo, accedió y encontraron un tronco que les serviría para palanquear las piedras.

Así lo hicieron hasta que poco a poco fueron dejando al descubierto la causa del brillo, era la carabina que se iluminaba por un rayo de luz solar que don Servando tenía oculta; Juan Ramón decidió sacarla con el argumento de matar a las aves que comían las sandías, de nueva cuenta Misael no estuvo de acuerdo con las acciones de su hermano. Este hizo caso omiso de sus palabras, se la puso al hombro encaminándose por el sembradío, siendo seguido por su hermanito y los dos perros.

El treinta de abril en la Escuela Rafael Buelna Tenorio, el Día del Niño no era como se esperaba todos los años. Los alumnos en sus respectivos salones convivían con sus maestros, quienes les organizaban rifas, para entregarles regalos, a los no afortunados, les repartían comida y pastel.

Sin embargo, en el ambiente flotaba la nostalgia por la ausencia de un compañero, que se combinaba con la tristeza de sus condiscípulos y la forzada alegría de los maestros al intentar hacer amena esta fecha a los alumnos, guardando la pena en su interior por la partida inesperada y trágica de uno de los dos hermanos del 4º. Grado; así transcurría el día tan esperado por los educandos.

En el salón del 4º. Grado la situación era más dolorosa,  en este grupo  se sentía más la ausencia de quien ya nunca compartiría la fiesta del treinta de abril, ni asistiría más a la escuela. En un rincón se encontraba sentado uno de los dos hermanos Enríquez Pérez, no participaba de la celebración, miraba solamente, tampoco comía los dulces y el pastel que tenía en la paleta de su silla, ni jugaba con los regalos recibidos; ocasionalmente se le acercaba un compañero y lo invitaba a participar en las actividades lúdicas que se organizaban, a lo que él respondía meneando la cabeza con expresión de dolor y rechazo; por su mente pasaban distintos pensamientos que le hacían recordar la compañía de su consanguíneo en tantas situaciones compartidas, como también el momento en que se separaron… así permaneció todo el tiempo que duró la fiesta.

Ese lunes, el maestro entró a toda prisa a la escuela se dirigió a la dirección, en donde se encontraba el director del plantel, que al ver el rostro descompuesto de quien llegaba con el periódico extendido, le confirmó la noticia que le mostraba; el maestro le pidió permiso para ir a visitar a la familia Enríquez Pérez en compañía de sus alumnos, siéndole inmediatamente concedido.

Llegó hasta las puertas de la casa, en ese instante salieron a recibirlo los esposos muy acongojados por la tragedia ocurrida, él les expresó sus condolencias y los reconfortó  con palabras de aliento; ellos lo invitaron a entrar a la sala en donde estaba el ataúd, que tenía unas barras de hielo con sal debajo del catafalco, para refrescar el féretro, por el intenso calor que se vive en esta región sinaloense.

La madre del menor le pidió que viera el cuerpo que yacía en la caja mortuoria, con gran sentimiento se acercó, levantó los lentes oscuros que llevaba, viéndosele los ojos humedecidos, el maestro observó el cadáver por varios minutos, mientras sus labios se movían en una silenciosa oración. El cuerpo vestía la ropa que le fue comprada el día anterior, para el próximo treinta de abril. Su rostro manifestaba tranquilidad, como si durmiera Misael.

Después de unos minutos, salí de la pieza y fui al solar donde estaba sentado Juan Ramón bajo un tabachín, hice lo mismo que él; no sabía qué decirle, hasta que al fin pude expresarle lo que sentía y mi opinión sobre lo acontecido.

—No te sientas mal, fue un accidente, nadie es culpable, además Misael está en el cielo y desde ahí te cuidará siempre.

Juan Ramón sonrió levemente, quizás reconfortado por mis palabras y la confianza que me tenía.

Después de un silencio por minutos hecho por ambos, mientras caían las hojas del tabachín sobre nosotros, me miró a la cara y con voz firme denotando seguridad y franqueza me dijo:

Profe, le voy a contar como fue lo que pasó.

Guardé un respetuoso silencio a las sinceras palabras de Juan Ramón.

—Después que encontramos la carabina de mi apá, me la puse en el hombro como soldado, Misael venía detrás, caminábamos junto a la alambrada, habían ramas que nos estorbaban una de ellas se metió junto al gatillo, al querer sacarla, el arma se fue pa´ abajo apuntando a mi hermanito y se disparó solita la escopeta.

Tiré la carabina al suelo y volteé pa´ verlo, él estaba parado, se agarraba con sus manos el pecho que tenía lleno de sangre, me dijo con esfuerzo porque no oía su voz:

«Me… duele… mu… cho».

«Voy a buscar ayuda», le dije.

Me fui corriendo cuando ya mi apá venía ya pa´ca en su troca. Al llegar junto a Misael que estaba tirado en el suelo, ya no se movía, estaba muerto y su perro el Pinto, echado junto a él… lo estaba cuidando. 





[1] Camioneta.
[2] Aves negras que pican las frutas.
[3] Cobertizo de láminas.
[4] Nombre que se le da aun sembrado de sandías en Sinaloa.
[5] Término coloquial con el que se refieren a los niños y jóvenes en Sinaloa.
[6] Perros.

lunes, 1 de octubre de 2018

Mi amigo

Camila Vera



Me llamo Federico Campos, pero me dicen Fede, mi madre me dijo que es una forma cariñosa para llamarme, es fácil, se debe tomar la primera parte del nombre o la última, así se tiene uno completamente nuevo; lo intenté con mi primo Mariano, por alguna razón se fastidió y me dijo que no le hable. Mi madre y todas las personas que me conocen me siguen diciendo Fede, por lo tanto no encuentro problema si deseas decirme igual, yo te llamaré amigo. No tengo muchos amigos, la verdad, solo uno. Tomás, vive en la intersección seis, por un árbol de mangos, pero hace tiempo no viene a jugar conmigo, quizás también se fastidió. Espero no te canses de mí, sería triste perder otro amigo, creo que esta vez mi madre me regresará a ese grupo de niños raros al entrar a la escuela si no logro demostrarle que ya puedo hablar con las personas. No entiendo qué tiene de malo solo sentarse a escuchar, a veces así empiezan las aventuras.

Es lunes, no son tan divertidos cuando no hay nada que hacer, hoy es de esos días donde solo me quedo en el sillón esperando que mamá deje de trabajar. Mi papá no pasa tiempo en casa, uno que otro fin de semana me lleva a ver partidos de futbol por la televisión en su departamento. Tengo siete años, se me complica mucho hablar con la gente; mi madre me llevó con todo tipo de médico, el que me hacía vocalizar, con el que solo jugaba, otro me preguntaba cosas y al final está el grupo de niños callados donde he pasado los último meses, al cual no volveré si consigo un amigo, este lunes fue mi día de suerte.
Nana, es una señora que me cuida desde que soy bebé, porque mamá tiene que trabajar. Se encarga de vigilarme todo el tiempo, pero esta semana se fue a visitar a su familia, así que yo cuido la casa. Los vecinos vienen a ver que esté bien cada cierto tiempo, hasta que mi hermana Lena regrese del trabajo, aunque le miente a mamá, no siempre está ahí, escuché como se lo decía a una de sus amigas por el teléfono de la sala.

«Vuela, vuela, arriba, arriba flechita, toca el cielo y tráeme una nube… baja, baja, tan rápido como un rayo». Esta es la canción que inventé mientras juego con mi arco y flecha, un regalo de papá para Navidad. Justo la quinta vez que la lancé perdí el blanco una rama de un árbol que he querido alcanzar desde que tengo las flechas, es la más alta y cayó en el patio del vecino. Ahí vive un señor que siempre usa gorra, no habla mucho pero me saluda con el puño cada vez que toca a mi puerta para ver si necesito algo; mi madre no es muy amiga de él, pero igual le pidió que esté atento por si quemo la casa.

Nos separa una cerca de madera, puedo ver por los huecos donde cayó la flecha, está sobre un montón de hojas secas, no es un rescate muy difícil. Me convierto en el agente Fede, con su nueva misión. En la cochera hay herramientas de todo tipo, cogí una pala y empecé hacer un agujero lo suficientemente grande para poder pasar de un lado al otro, me tomó diez minutos según mi reloj. Estaba tan cansado, pero debía terminar la misión, así que sin hacer ruido entré al jardín ajeno, había mucho silencio, una camioneta gris muy sucia, algo de basura en una esquina y las hojas. Solo se podía ver el culatín, que es la última parte de la flecha, al parecer se clavó en algo, un obstáculo en el rescate. Moví un poco las hojas hasta que ¡bingo!, mi flechita. Jalé de ella y me resbalé, pegándome en la cabeza con la pared de la casa, traté de taparme la boca muy rápido pero un pequeño grito alcanzó a salir de mí, ahí fue cuando escuché un verdadero golpe.

¿Hay alguien ahí? pregunté asustado. Hola, solo vengo por mi flecha dije.

Esperé una respuesta pero nadie dijo nada. Me levanté, limpié mi ropa y vi alrededor, fue cuando el sonido del golpe regresó, alguien sonaba alguna cosa contra la pared, quizás la mano o una tapa. Me quedé frío. Cinco segundos después escuché dos golpes más, luego muchos al mismo tiempo cuando me dirigía para irme, pero eran muy leves. Sé que debía regresar a casa, pero un buen agente secreto tiene que quedarse a investigar. Toqué con el puño la pared, «toc, toc, toc», de repente «toc». No lo podía creer, alguien estaba ahí.

─¿Me escuchas? ─le dije.

─«Toc» ─esa fue su respuesta.

─¿Dónde estás?, ¿estás bien?, ¿eres un fantasma?

─«Toc, toc».

─Casi no se escucha, ¿puedes hablar?

─«Toc, toc».

─Parece que mi madre me está llamando, me debo ir.

─«Toc, toc».

─Ya me voy a ir, esto es extraño.

Entré a la casa corriendo, tratando de tapar el hueco lo más rápido que pude, mi madre estaba estacionando el auto en la parte principal de la casa, si no me encontraba en la puerta sospecharía de mis comportamientos, así que hice lo mejor que pude y corrí.

─Fede, mi vida. Parece que has estado jugando en el patio, mira tu ropa.

─Mamá, te extrañé.

Pensé todo el tiempo en el chico de la pared, al fin tendré un amigo, aunque es muy callado, de todas formas sé que será el que me salve de ir a ese grupo, no más clases con gente que no quiere hablar. Ahí fue cuando mamá me llamó a cenar, dice que la comida fría no se debe comer; es algo extraño, el helado es frío y es la cosa más deliciosa que he probado en la vida, ojalá la crema de espinaca tenga el mismo sabor que el helado.

¿Qué tal sus días, mis tesoros? dijo mi madre sonriendo.

Cansado, trabajar es algo muy diferente a lo que pensé. ─Ella es Lena, mi hermana universitaria.

Nadie te obliga a hacerlo, es para cubrir tus propios gastos. Se metió una gran cucharada de crema a la boca, mientras me miraba.

Solo quisiera más tiempo para aprovechar con lo que gano.

Fede, ¿te pasa algo? dijo mi madre después de fijar demasiado su atención en mí.

Pues…. Yo hice un amigo.

¿Cómo se llama este amigo, mocoso? ─Se reía Lena mientras trataba de cortar la carne asada.

─Lo llamo Toc, creo que no regresaré al grupo de apoyo, madre, cancela eso.

─Lo hablaremos luego, tesoro. Ahora debo correr a llamar al departamento de policía, parece que se acerca un nuevo caso. Los amo.

─¿Sigues ahí? ─toqué mi pared con el puño, pero no respondió, al parecer solo está en esa casa, debo volver.

Esta noche pensé mucho en Toc, no podía verlo pero sé que fue real, no como Jobi, mi amigo de bebé, él venía conmigo a todas partes, jugábamos con los coches y no hacía ruidos. Un día dejó de aparecer, mi madre dice que en ese momento me convertí en un niño grande, ¿será que Toc es como Jobi?, solo que él se queda en la pared del vecino o tal vez es el amigo de cuando era bebé el vecino pero puede hablar conmigo, es todo muy confuso, debo descubrirlo.

─Lena, ¿puedo preguntarte algo?

─Dime, Fede.

─¿Hay manera de que alguien te hable con golpecitos?

─¿A qué te refieres?

─Ya sabes, preguntas algo y hace «toc,toc».

─Bueno, sí se puede, un golpe es sí y dos golpes significan que no. ¿Por qué?

─Lo vi en la tele, no lo entendía, eres la mejor. Te amo. ─Salí de ahí corriendo antes de que me haga más preguntas que no pueda responder.

Esperé a que mamá se vaya en su auto, Lena salió unos minutos antes con su uniforme lleno de pizzas, y yo me puse mi ropa de detective y salí por el hueco hacia el patio del vecino. Él salió a las ocho de la mañana, lo pude ver desde mi ventana, así que no había nadie más, el camino está abierto para investigar.  

─Hola, Toc, solo quería saber si estabas aquí, ¿puedes salir?

Esperé un rato largo antes de escuchar.

─«Toc,toc».

Eso significa que no, ahora nos entendemos. Mi nombre es Fede, puedes decirme así si quieres, verdad, no hablas. ¿Estás solito?

─«Toc».

Yo tenía un amigo llamado Tomás, pero ahora también estoy solo, aunque Nana juega a veces conmigo pero esta semana no está. ¿Quieres ser mi amigo?

─«Toc».

─No te vas a arrepentir, podemos jugar play en mi casa, tengo un televisor muy grande, te va a encantar. Se me olvida que estás dentro de la pared. ¿Cómo hago para que salgas de ahí y te metas a la pared de mi casa? ¿Vives solo en la pared del vecino?

─«Toc, toc».

─Eso quiere decir que sí puedes ir a mi casa a vivir, no sé por qué te gusta esta pared, las mías son mucho mejores.

─«Toc, toc».

─¿No quieres vivir en mi casa o no puedes salir de aquí?, un golpe si es la primera y dos si es la segunda.

─«Toc, toc».

─No te preocupes, Toc, yo te sacaré de ahí. Podremos jugar todo el día, quizás te enseñe mi flecha, soy malo para hablar con la gente, pero muy bueno para estar con los que no hablan. Ya me dio hambre, regresaré a la casa. Hasta mañana, Toc. 

Hice un dibujo de cómo imagino a Toc, sé que no es un amigo imaginario, no es un fantasma, ni vive en la pared, quizás es un niño con problemas para hablar como yo, de seguro juntos podemos quedarnos en silencio y mi madre no creerá que estoy solo, además hablo más que él. Esta es una gran idea, mañana iré de nuevo para intentar que salga a jugar, a veces da miedo hacer cosas nuevas, pero la señorita Flym dice que hay que respirar suavemente, tomarse un segundo y todo se puede lograr.

Mi madre ha estado hablando mucho por teléfono, es abogada de casos que son muy complicados, una vez metió a la cárcel a un señor que robó mucho dinero y hacía cosas que mi madre describe como «inhumanas», es amiga de los policías y siempre le cuentan las novedades del pueblo, no pasan muchas cosas aquí, pero cuando suceden mi madre siempre está al pendiente. Algo grande ha pasado pero no me puede decir, lo sé porque la veo con muchas carpetas, en una de ellas está la cara de una chica de pelo negro, pero mi madre me dijo que no me meta en su oficina, así que regresé a lo mío, cuidar de Toc.

Es el tercer día con mi amigo, esta mañana el vecino vino a hablar con mamá, pensé que había descubierto el hueco en el jardín, pero al parecer no tenía nada que ver con eso, le vino a pedir consejos. Mi madre da consejos como abogada, me dijo que se llama asesoría jurídica, las personas a veces tienen que hacer trámites y le preguntan cosas, parece que el vecino se va a mudar de casa, espera que la policía no se alarme si ve vacía su casa, se irá por negocios al extranjero ─no estoy muy seguro dónde queda eso─, hasta ahí escuché, solo quería que ya se vayan para poder cruzar el jardín. Lena se fue con su novio, es su día libre en el trabajo pero mamá no lo sabe, por lo tanto pasaré todo el día solo.

Me puse mi camiseta de policía esta mañana para poder ir a rescatar a Toc y lograr que venga a casa a jugar, pero le hablé a la pared mucho rato, nunca respondió; lo intenté una vez más pero no hubo resultado, regresé a casa. Las horas pasaban y ya estaba muy aburrido de no hacer nada, así que regresé al patio del vecino, sin ninguna novedad. Observé los alrededores, tiene dos ventanas al frente, una puerta trasera de madera y una pequeña ventana que va al sótano, si doy un vistazo no creo que pase nada.

La ventana estaba cerrada pero la puerta tiene una entrada para el perro, no sabía que tenía mascota el vecino, pero era la forma más sencilla de entrar, ojala mi madre me deje tener un perrito. La casa es muy normal, algo sucia para mi gusto pero parecida a la mía, la cocina está en el mismo lugar, la sala, el baño, la diferencia es la puerta para ir al sótano; la mía debería estar por esta pared, pero él tiene un armario en su lugar, ¿por qué poner un armario en la puerta?, quizás el agente Fede tenga una misión más interesante que buscar a Toc en la pared.

Creo que solo alguien que en verdad conozca la forma de la casa podría dar con esta puerta, porque la otra te lleva a un lado del sótano donde mamá tiene un pequeño gimnasio que nunca usa, pero se llega por este armario al resto de la habitación, así que lo empujé, soy bastante fuerte, pero igual me tocó sacar unos libros para que sea más sencillo. Dentro olía muy mal, terrible, como ir al baño y olvidar tirar de la cadena, todo estaba oscuro, qué bueno que traje mi linterna de policía. Las paredes tienen muchas manchas, necesita con urgencia una Nana para que mantenga esto limpio. Al fondo había una pequeña luz, entre toda la oscuridad, muy tenue, como el foco antes de morirse; junto a eso mucho pelo tirado, también una cadena, de esas que usan para los perros grandes, pegada a la pared y sostenía a la cosa de mucho pelo negro. Creo que encontré a mi amigo.

Mi madre llegó a la casa a las ocho de la noche, tengo un secreto que no sé cómo contar, mi amigo nunca se levantó mientras estuve ahí, su pelo es largo, quizás es una amiga, no es como lo imaginé, traté de que hable pero tenía algo en la boca que no le dejaba hacerlo, de todas formas estaba dormida o dormido. Quise dejar todo en su lugar, pero la linterna se me quedó en el sótano por el susto cuando escuché un auto llegar y subí corriendo, por suerte eran los Robin, ellos viven al cruzar la calle. Ahora tengo mucho miedo.

─Mamá, ¿qué significa cuando tienes a alguien en una habitación sin salir?

─No, Fede, no le levantaré el castigo a tu hermana, se quedará en su habitación toda la noche por mentirme hoy. Como si no me enteraría que no debía trabajar hoy. No sabía que escuchaste nuestra conversación.

Yo no había escuchado nada, pero creo que esto me serviría, ¿por qué es tan difícil hablar?

─¿O sea que está bien que no salga?

─Es un castigo, Fede. Se portó mal, ahora se quedará ahí hasta que reflexione lo que hizo, así no lo volverá hacer.

─Pero, digamos que ella quiere salir a jugar con sus amigos, ¿no puedo decirle que salga?

─No, se quedará ahí. Es porque la amo. Soy su madre y debe reflexionar las consecuencias de mentir.

─Entonces, el amor también es dejarla ahí, aunque no quiera.

─Algo así, Fede. Estás muy conversón esta noche, debo terminar unos informes. Anda a dormir, tesoro.

Al parecer, no debo hacer nada por mi amiga o amigo de la pared, quizás se portó mal y su papá quiere que reflexione, pero ella no se veía tan feliz. Lena lloró un rato por estar en su habitación, aunque igual tiene un teléfono para llamar a sus amigos, mamá no lo desconectó. Tal vez no deba sacar a mi amiga o amigo, pero le puedo dar algo para que juegue mientras reflexiona, ¿qué cosa tan mala debiste hacer para que te amarren en el sótano?

Mamá nos contó que el vecino se mudará mañana, quizás hoy esté empacando sus cosas. Se puso hablar de cuando llegó al vecindario, yo aún no nacía. En esa casa vivía la mamá de él pero al morir la señora se quedó con la casa; no tiene esposa, creo que tampoco hijos, entonces, ¿a quién tiene castigada en el sótano si no es su hija?

Llegó el cuarto día, me asomé a la ventana desde muy temprano, mi amigo o amiga estaba en esa casa, pero si se va el vecino y lo olvida, o aún peor, puede llevárselo con él. Pero no debe salir por el castigo, aunque ya se lo pueden levantar, mi madre ya deja que Lena salga, por lo tanto, Toc ya debería contestar cuando vaya, pero el vecino no deja de entrar y salir de su casa llevando cajas tras cajas, solo me queda esperar. Madre fue nuevamente a la estación de policías, el caso en el que se acaba de meter está dando círculos, según me dijo. Lena tiene que trabajar hasta las cinco el día de hoy, es el tiempo para que el agente Fede haga su magia. Nana, llegará esta noche de la visita a su familia, su mamá ya puede cuidarse sola, así que volverá.

A la una de la tarde terminé de almorzar, la vecina de al frente me trajo arroz con verduras y carne, se quedó conmigo conversando así que no pude ver qué pasaba por la ventana, pero escuché el motor de un auto, es mi oportunidad de ir a su rescate una vez que la vecina se vaya a recoger a sus hijas al curso de natación.

Conté hasta el cien cuando la señora Robin salió de la casa, corrí al patio con una nueva linterna, una navaja que me regaló mi padre y mi ropa de militar, para que me dé fuerza extra. Pasé el agujero que separa las casas, entré por la puerta del perro y observé a mí alrededor, los cuadros se habían ido y el armario no tenía libros, haciendo mucho más sencillo bajar al sótano escondido. Mi amigo o amiga no estaba en la pared como la vez pasada, el colchón seguía ahí, las paredes sucias también, la cadena en cambio se estiraba hacía una parte oscura, a pesar que dejé la puerta abierta para que la claridad llene el lugar, prendí mi linterna y fui alumbrando hacia donde se estiraba, pude ver los ojos de Toc.

Es una chica, más pequeña que Lena, con menos ropa de la que usa mi hermana en casa, se ve asustada, se parece a mí cuando entré a la escuela, ojos muy abiertos y temblor en las piernas. Solo fueron unos segundos los que tuve para mirarla, seguía con la cosa en la boca que no la deja hablar así que pronunciaba sonidos muy extraños, me acerqué a su esquina, pero no podía decir ninguna palabra tampoco. Inmediatamente saltó sobre mí.

Traté de soltarme de su agarre pero ella tiene más fuerza que la mía, así que me sostenía y apretaba mi boca para que no pueda pedir ayuda, la golpeaba para que me suelte, nadie me avisó lo difícil que es tener un amigo de verdad, si fuera así me hubiera quedado en casa. Seguía forcejeando conmigo hasta que me cansé y me trató de decir algo con los ojos, apuntaba hacia otra puerta, en mi casa no hay puerta dentro del sótano, yo solo tengo la de entrada. Se calmó y puso uno de sus dedos en mis labios, estaba claro que quería que me quede callado, asentí con la cabeza, el vecino aún está dentro de la casa.

No entendía qué pasaba pero de seguro se daría cuenta que bajé, la puerta seguía abierta y está claro que Toc no llega hasta ahí arriba. Lo primero que hice fue quitarle la cosa que no la dejaba hablar con la cuchilla de la navaja, era como una cuerda con una pelotita de pimpón en medio, dio un gran suspiro de alivio cuando lo hice, me dijo en el oído, «no estamos a salvo». En qué lío me vine a meter.

El vecino usaba unas herramientas, se escuchaba algo parecido, eso podía favorecer mucho la situación, yo trataba de abrir la cosa que la sostenía de la cintura con la navaja, eran unos tornillos estrella, mi padre me enseñó bien cómo usar el destornillador, pero los nervios me atacaban tanto que mis manos temblaban, ahí fue cuando el vecino salió de ese pequeño taller con un gran baúl. Toc ahogó un grito con sus manos, diciendo muy bajo «me meterá ahí». El vecino no parecía el mismo que ha ido a mi casa, se reía muy maliciosamente y no tenía su típica gorra. Empezó a silbar, como si llamara a un perro, pero Toc se escondió aún más en la esquina, creo que olvidó por completo que estaba tratando de liberarla de la cadena.

─Mierda, ¿cómo se abrió esa puerta? ─dijo el vecino.

─¡Eureka! eres libre ─dije.

No conté ni tres segundos, Toc salió corriendo y gritando auxilio con todas sus fuerzas para alcanzar la escalera que la lleva arriba, pero el vecino no era tonto y la tomó por la pierna. Ahí fue cuando salí para ayudarla. Le dio un golpe en la cara, Toc es muy fuerte, nunca dejó de gritar, a pesar que su ropa se estaba rasgando. Yo buscaba subir también, pero no me lo permitía, no me dejaban salir. Yo solo deseaba un amigo, no ir más a ese tonto grupo de apoyo. Quería ser normal. Simplemente un amigo, alguien que juegue conmigo hasta el amanecer, que sea un detective y descubra misterios, no pretendía hacerle daño a nadie, pero los amigos tienen un precio muy caro.

Los titulares de todos los periódicos anunciaban el regreso a casa de Allison Rey de dieciséis años, quien había sido secuestrada hace diez días camino a una escuela de danza en el centro de la ciudad. Fue encontrada a tres mil kilómetros de su hogar en medio de la carretera gracias a un ciudadano que dio aviso a las autoridades de una joven que corría desorientada pidiendo ayuda. No se sabe nada del paradero del secuestrador, hombre caucásico de aproximadamente cuarenta y ocho años que escapó en un camión junto a todas sus pertenencias de la escena del crimen, los moradores alrededor se han quedado sorprendidos sobre lo ocurrido. Allison, relató la presencia de un niño pequeño que la ayudó a escapar, del cual se desconoce su paradero, las autoridades pertinentes han tomado cartas en el asunto de forma inmediata, la madre del niño desaparecido es la abogada Torres, se rumora de un caso de ajuste de cuentas de un exconvicto que recuperó su libertad hace unos meses, así como sus secuaces. Todos buscando a Federico Campos.

─Detente, no quiero ir contigo, no he hecho nada malo para ponerme a reflexionar, no quiero estar aquí a dentro.

─Buenas noches, amiguito.