martes, 21 de abril de 2015

Effectus

Teresa Kohrs


La vida de tu hija depende de ti. Andrés permanecía paralizado, de pie, frente al monitor donde el videomensaje se acababa de proyectar. En sus treinta años de vida nunca había recibido uno clasificado como confidencial, por lo que tardó unos segundos en recordar que para abrirlo requería una gota de su sangre en la charola de identificación, además de la huella digital. Andrés sabía bien que no era un hombre valiente. Toda su vida sufrió debido a su carácter y el simple hecho de pensar en cortar la piel para poder producir una gota de sangre le hacía sentirse mareado, pero la urgencia con la que había aparecido el mensaje, así como la curiosidad que le causaba le hizo sobreponerse y después de varios intentos, logró con un punzón obtener esa preciada gota de líquido escarlata. Al principio pensó que podría ser una broma, pero quién le haría algo así, no tenía enemigos, la gente del norte era incapaz de semejantes cosas, y un mensaje del sur resultaba costoso.

Con la mirada desenfocada fija en el monitor, Andrés no terminaba de salir de su asombro. ¡Daniela había vivido en el sur! Nunca se lo hubiera imaginado. Durante la semana que salieron juntos y el tiempo que pasaron en su departamento, jamás se le ocurrió poner atención en su contador. Tal vez porque siempre que se veían ella lo volvía loco con esos enormes ojos verdes cuya profundidad lo encantaban. Si hubiera tenido más experiencia con mujeres o si la presencia de Daniela no lo distrajera hasta la perdición, habría observado el conteo y su cercanía al cero, lo cual hubiera resaltado lo nueva que ella era en el norte. Ahora entendía de dónde provenían algunos de sus comentarios, ya que además de ser muy bella, se distinguía de las otras mujeres por su forma de hablar, tan libre y novedosa.

Hace doscientos años, con el nuevo régimen, se empezaron a instalar los contadores, cuyo objetivo era garantizar una sociedad formada por individuos capaces de actuar pensando en el bien común. Este “aparato” es una especie de reloj digital que a través de una interface biotecnológica se fusiona en la piel de la parte interna del antebrazo izquierdo. A través de él se lleva un estricto control sobre cada persona. Con cada acción o pensamiento positivo se generan ciertas sustancias bioquímicas que hacen que los números del contador asciendan. Al contrario, con pensamientos o acciones negativas, estos descienden. Una vez instalado, el removerlo implica la muerte, y no hay manera de borrar o modificar su conteo.

Todo habitante mayor de siete años, tanto en el norte como en el sur, es obligado a llevar uno, por lo que una semana antes de su séptimo cumpleaños se le coloca, otorgándole al niño ese periodo para acostumbrarse. Al cumplir los siete se inicializa en cero. De siete a doce años el contador sirve solamente para educar enseñándoles los efectos de sus pensamientos y acciones en los números del antebrazo. Al cumplir los doce, se le considera parte de la sociedad por lo que los dígitos que se lean a esa edad son determinantes para su vida futura. Si el contador está arriba de cero, se le permite vivir en el norte, donde todo es ordenado, limpio y cada persona trabaja pensando en los demás, si por el contrario, baja de cero, entonces inmediatamente es teletransportado al sur, donde la única ley es la del más fuerte, y el desorden prevalece, así como las adicciones y enfermedades.

El monitor que antes había proyectado el hermoso rostro de la mujer que unos meses antes lo había hecho muy feliz, ahora estaba obscuro. Por fin comprendía por qué había desaparecido sin dejar palabra, sin una sola señal, y también el por qué no había podido encontrarla. Ni en sus más alocados sueños se le habría ocurrido pensar que la razón era que había sido enviada al sur.

La pared luminosa en la cual estaba empotrado el monitor no hacía más que contrastar con esa obscuridad que amenazaba con envolverlo. Por unos instantes su mente quedó en blanco hasta que la frase comenzó a repetirse una y otra vez. La vida de tu hija depende de ti. Con un fuerte movimiento de cabeza despertó de la incredulidad que lo mantenía congelado y una emoción que no sabía existía comenzó a avivarse dentro de él, como una llama que se propaga con el viento, haciéndolo perder el control por primera vez en su vida. Girándose hacia la pequeña sala que utilizaba para descansar, sus ojos se clavaron en ese horrible jarrón de vidrio amarillo que le regaló su vecina y que había colocado en ese lugar de honor para no herir sus sentimientos. En tres pasos largos llegó a él para tomarlo estrellándolo con fuerza en la pared. Pequeños destellos se desprendieron y cayeron desperdigados sobre el reluciente piso de madera.

Andrés era un soñador, amante del pasado y había decorado su pequeño departamento al estilo antiguo, con chimenea, cocina y sala, cuartos que en la actualidad eran innecesarios pues la comida era teletransportada al gusto desde cualquier parte del mundo hasta los miles y millones de materializadores domésticos, por lo que las cocinas habían desaparecido a través de los años por considerárseles inútiles, así como las chimeneas pues la temperatura podía ser controlada con tan sólo un comando de voz, y las salas habían sido sustituidas por cuartos de juegos, aun así, Andrés se había revelado por única vez con esta decoración impráctica e inusual.

La primera vez que Daniela entró a su departamento él esperaba la clásica mirada desaprobatoria que siempre le lanzaban, sin embargo, ella lo asombró con una sonrisa que al tocar sus ojos se volvió apreciativa. Su expresión lo cautivó a tal grado que en ese momento, Andrés pensó que daría cualquier cosa por volverla a ver. Esa primera noche, su habitual problema con las mujeres se desvanecía ante lo inesperado que era esta joven. Incapaz de huir, como siempre hacia cuando se sentía inadecuado, comenzó una atrevida y maravillosa relación con ella, la cual sólo duró una semana, pues Daniela simplemente desapareció.

Al principio, su inseguridad le hizo pensar que el problema había sido él, que ella se había aburrido de un personaje insípido y predecible. Manteniendo sus habituales pensamientos hacia el bien común, había respetado la decisión tratando de comprender y justificar sus razones. Más adelante, cuando el dolor que sentía en el corazón lo sobrepasaba, algunos pensamientos negativos lo asaltaban, haciendo que sus números descendieran varios puntos. En toda su vida, podía contar con los dedos de una mano las veces que esto había sucedido, por lo que escandalizado, lograba armonizarse y volver a mantener los dígitos en ascenso. Ahora, furioso y sin control, estos descendían rápidamente sin que él pudiera hacer algo al respecto. Respirando profundamente al final logró calmarse lo suficiente para poder pensar con claridad.

Daniela estaba a punto de morir, lo cual originó el lanzamiento de ese mensaje confidencial que seguramente le costó hasta el último centavo… su hija estaba en peligro. Mi hija, pensó Andrés. ¿Podría confiar en Daniela? ¿Cómo era posible que hubiera quedado embarazada? Las mujeres ya no lo hacían pues ahora se podía tener hijos por pedido, los cuales se inseminaban y se desarrollaban en un laboratorio. Al cumplir el mes de edad, después de pasar ciertas pruebas, le era entregado a los padres. A los doce, si el contador era positivo, se les asignaba tareas o trabajos dependiendo de las necesidades de la comunidad y del talento de cada individuo. Si en un momento dado no había suficientes habitantes, simplemente se “fabricaban” más o se “importaban” bebes del sur, ya que antes de los siete se les permitía el paso siempre y cuando alguien se responsabilizara de ellos, y si había demasiados, se cerraba la producción. La población en el norte estaba perfectamente controlada, incluida la poca probabilidad de que la gente del sur subiera sus números y pudiera materializarse de este lado. Pero eso era con las mujeres del norte. Si Daniela venía del sur, cabía la posibilidad de un embarazo, ya que allá las cosas eran diferentes.

Tenía que pensar en algo. El tiempo se agotaba y necesitaba ir a rescatar a su hija, lo cual, en principio, constituía una misión imposible. La gente del norte no podía ir al sur y viceversa a menos que sus contadores lo indicaran, de otra manera el intentarlo significaba la muerte. La única forma en la que Andrés pudiera ir al sur sería si sus números bajaran de cero y después de treinta años pensando y actuando positivamente, su contador marcaba ya varios millones por lo que tendría que hacer miles de acciones negativas para poderlo bajar un poco y aun así tardaría demasiado tiempo en hacerlo, tiempo que no tenía.

De pronto se sintió mareado, perdió el equilibrio y cayó sobre los vidrios los cuales se incrustaron sin piedad en su ropa y manos. Una maldición salió de su boca y por segunda ocasión en unos minutos los dígitos bajaron. Andrés que siempre había sido un ciudadano modelo, nacido en el laboratorio, serio, tímido y un genio programador, ahora veía como sus números descendían una vez más.

Andrés sabía que no era especialmente guapo, sin embargo había algo en su físico que hacía que las mujeres voltearan dos veces a verlo cuando entraba en un lugar. Era más alto que el promedio de los hombres, delgado pero fuerte, pues difícilmente faltaba a su rutina de ejercicios todas las mañanas, y su rostro denotaba inteligencia y serenidad, con cabello rubio, ondulado y abundante perfectamente peinado, nariz recta y barbilla delineada se sabía moderadamente atractivo, sin embargo, su timidez casi siempre lograba alejar a las mujeres pues en ese ambiente lo más importante era el respeto, y si él no mostraba interés, ellas no se le acercaban.

En el mensaje, Daniela le había dado su dirección exacta y claras instrucciones sobre cómo llegar del lugar de “los condenados”, llamado así por ser donde las personas del norte deportadas debido al descenso su contador “aparecían”, hasta el cuarto donde habitaba, que por lo poco que se podía ver en el video, era un lugar obscuro y deprimente. Le temblaban las piernas nada más de imaginarse a sí mismo en esos lugares tan lejanos, a los cuales nunca pensó tendría que ir. ¿Sería su instinto de padre suficiente para hacerlo? Ya no podía negarlo más, estaba seguro que Daniela le había dicho la verdad, sólo un vistazo a la pequeña en sus brazos y su sangre había hervido, la niña era suya y ahora debía rescatarla. Daniela le había explicado que si ella moría, la bebé sería llevada a un orfanatorio en el cual los niños debían aprender a pelear desde una edad muy temprana para sobrevivir. Cuando salían de ahí a los doce años, sus números por lo general estaba tan por debajo del cero que no había manera de recuperarse en toda una vida. Al parecer Daniela logró hacerlo, al menos por un tiempo, sin embargo ella misma le explicó en el mensaje que no había podido deshacerse de sus malos hábitos de pensamiento y que al final perdió el control. –Ahora –me dijo- es imposible que regrese.

Con un gruñido de dolor Andrés se levantó del piso sacudiendo con cuidado los pequeños vidrios y comenzó a pasear de un lado al otro. Piensa Andrés… piensa… ¿cuál es la acción más penalizada por el contador? De pronto se detuvo frente al espejo ovalado, el cual estaba colgado encima de la chimenea, y mientras observaba su reflejo los ojos se le abrieron. Con una palmada en la frente obtuvo su respuesta… privar de la vida a alguien. Tan sólo con ese primer pensamiento sus números bajaron. Sintiendo un temblor en el vientre por la emoción y el miedo, se conectó verbalmente con la red central y pidió acceso manual. Debajo del monitor apareció un teclado, el cual casi nadie utilizaba estos días, pero que para él era crucial pues solamente a través de códigos precisos podría lograr poner en marcha un plan que iba en contra de todos sus principios. En pocos minutos había hackeado, robado claves, y activado el sistema de autodestrucción del edificio gubernamental en el que trabajaba programado para activarse en doce horas. Por supuesto no dejó huella de su acción, y no había manera que lo descubrieran antes de la explosión. Todo esto lo hizo en automático, sin pensar. Al momento que terminó y su acción penetró en su mente, los químicos que segregó al tiempo en que pensaba en toda la gente que moriría pronto lograron su objetivo. El contador en su brazo descendió tan rápido que casi no tuvo tiempo de prepararse para la teletransportación.

Se dio cuenta que había llegado a la zona de “los condenados” cuando al respirar el putrefacto olor, las náuseas por poco le hacen perder la comida. Un grupo de personas se encontraban cerca, hombres y mujeres jóvenes de mal aspecto sonrieron maliciosamente al verlo, como esos depredadores animales que se saben seguros de conseguir su presa. Daniela le había advertido que los encontraría y que si se dejaba le robarían hasta la última prenda. Sacó de su bolsillo unas moneadas y las lanzó lejos distrayéndolos lo suficiente para correr y perderse entre la basura y los pasillos que había alrededor. Siguiendo las instrucciones al pie de la letra, no tardó en llegar al cuartito donde ella lo esperaba. Su corazón latía con tanta fuerza que lo podía escuchar como si bombeara desde los oídos. La puerta del cuarto estaba entreabierta, calmándose un poco a través de respiraciones controladas se acercó a ella y alcanzó a oír pequeños ruiditos emitidos por un bebe… su hija. Con una inhalación profunda se armó del valor que por un momento intentó abandonarlo y entró cerrando con llave tras de él. La imagen que lo recibió le estrujó el pecho. Daniela, más delegada de lo que la recordaba, se hallaba acostada sobre el suelo en una manta obscura. Su cabello rojizo estaba enredado y sucio y al acercarse más, esos ojos verdes que le fascinaban se hallaban abiertos… sin vida. Entre sus brazos estaba ella, su pequeña hija, moviendo las manitas como jugando a abrir y cerrar las palmas, con los ojos verdes de su madre y el cabello claro como el suyo, era lo más hermoso que jamás había visto. Con mucho cuidado cerró los párpados de Daniela, acarició suavemente su mejilla y extrajo a la niña abrazándola a su pecho. Una conmoción al exterior de la vivienda lo hizo alarmarse recordando a los ladrones. Debía poner en marcha la segunda parte de su plan y sólo esperaba que funcionara, si no, tanto él como su niña y miles de inocentes estarían en graves problemas.

Tomó un momento para concentrarse y hacer a un lado el ruido exterior, pensó en la amenaza que había dejado en el norte y con toda convicción declaró su intención de “salvar la vida de miles de personas”. Volteó a ver los números en su brazo y por unos segundos parecía que no se moverían, pero de repente comenzaron a avanzar rápidamente y justo al momento que la puerta empezaba a ceder ocurrió la teletransportación hacia su departamento. En cuanto llegó, manteniendo abrazada a la bebe en un brazo, utilizó la otra mano para desactivar la amenaza, con lo cual efectivamente salvó miles de vidas, permitiendo que los dígitos permanecieran en ascenso hasta llegar a los millones que estaba acostumbrado.


¡Lo había logrado! Andrés, el tímido e inseguro programador, consiguió burlar al contador, extraer a su bebé, y regresar, todo en un espacio menor a una hora. Ya solamente debía borrar el registro de lo ocurrido y dar de alta a la niña como legítima y con su talento estaba seguro que nadie se daría cuenta de la manipulación al sistema. Ahora podría darle a su hija un futuro en el norte donde en teoría tendría más y mejores oportunidades. Al observar detenidamente su hermosa carita experimentó un sentimiento que le era totalmente ajeno pero que se extendía desde su pecho a todo el cuerpo y pensó que tal vez sería amor. Sabía que por siempre estaría en deuda con Daniela por este regalo, gracias al cual abrió los ojos y se dio cuenta de la gran falla del sistema social en el que vivía y juró trabajar para lograr un cambio, pues ahora el futuro era importante.

lunes, 20 de abril de 2015

Una luz queda

Carlos Reynafé


Lalo vive en la casa paterna. Su madre falleció hace tiempo. El padre, don Arturo, al quedar solo, hombre mayor; le pide que vaya a vivir con él para tener compañía y se instala junto con su mujer y dos hijos adolescentes: Martín y Alicia.

Una casa modesta en un barrio obrero. Ocupó su dormitorio de soltero. Los hijos se acomodan en la galería de manera provisoria, inventan una habitación con camas cuchetas, hasta construir otra que nunca llega a realizarse. 

La mezcla de incomodidad, diferencia generacional, celos, disputas, aprietos económicos y otras yerbas, actuaron como oxido en el hierro, carcomieron el matrimonio. Una cosa trajo otra. La cuestión es que los hechos se fueron dando inexorablemente. Fijar la fecha en que comenzó el empeoramiento, es bastante difusa, pero se puede marcar como un hito el día que su mujer lo abandonó.

La cosa venía mal. Su mujer, empezó a mirar con buenos ojos los verdes prados vecinos, mientras que el propio, decaía mostrando una imagen mustia, seca, descuidada. Un pequeño amague, una señal, fue suficiente para sonreír a uno de esos vecinos. Armó el petate y se rajó. Lalo quedó con sus dos hijos y el padre enfermo.

El trabajo de Lalo es un reparto de fiambres y lácteos que no da lo que daba. Una recesión económica se ha instalado con alta inflación. Esto provoca caída en la venta, aumentos de costos, pérdida del poder adquisitivo, disminución del consumo. Los costos de distribución crecen y los medicamentos suben todos los días. Fórmula perfecta para una tormenta en puerta. Intentar sostener el mismo nivel de vida, cumplir con los preceptos de cuidar al viejo, atender las necesidades de la cría en soledad y no ser escuchado por su hermano, desentendido del padre que está cuidado, terminaron de sazonar el estofado.

Primero un resfriado leve. No se cura. Llamó al médico. Como no alcanzó para la farmacia, no compró los remedios. El cuerpo pasó factura. El malestar fue creciendo. “Ya se me va a pasar” se decía. Mientras sus días continuaban entretejiendo enredos.

Dejó de cumplir con algunos pagos, los reclamos crecieron. Perdió su pequeño capital de trabajo tapando huecos. No alcanza para reponer lo que vende, la espiral se pone en marcha. Sale a trabajar, necesita dinero, lo toma de donde no debe, se endeuda. Viene el reclamo, “ya te pago” pero no paga y la rueda sigue sin detenerse. El padre empeora, se preocupa, lo lleva al hospital, no está tan grave como para dejarlo internado, lo vuelve a traer. Los hijos se cansan, se van a la casa de su madre.

En el trayecto conoce a Lita, una morocha casada con un tipo recio, machista, golpeador y manipulador. Se relaciona en el momento que su marido cumple una condena por robo. Ella pasa a ser un oasis en su desierta vida. Actúa como un remanso en el tormento cotidiano de Lalo que acumula meses sin intimidad femenina. Copa va, copa viene, un roce, miradas, toqueteo…  final tortuoso entre sábanas mugrientas. Consuelo, placebo de la carne ante tanta penuria.

“No te metas, vas a tener quilombos serios” le dicen sus amigos. Él no da bola.

El marido de Lita sale de la cárcel y vuelve a tomar posesión de su hembra. Ella se retrae, solo quedan mensajitos, visitas furtivas en lugares insólitos, una que otra lengua en un beso fugaz, ningún otro contacto.

Lalo queda sumido en desesperación. La necesidad de afecto, carencia de apoyo más abstinencia; incrementan su frustración y sensación de abandono. Impotente, nada resuelve.

El marido de Lita algo sospecha pero cae preso de nuevo. Esta vez por una riña a la salida de una cancha de futbol.  Lalo de fiesta, obtiene sexo solo cuando el marido está preso.

Y los días se suceden lentos pero inexorables, donde cada uno es distinto a otro, cada problema se suma, no hay nada que reste. No aparece salida, su cuerpo siente el castigo, acumula estrés como vapor en una olla a presión. Cae al abismo con una brújula empastada mirando al este, sin encontrar un norte. Se siente perdido, extravió la ruta. Sin luz que muestre algún horizonte.

Vuelve al médico y luego de una parafernalia de análisis le confirma lo que sabe. “Tienes que cuidar la máquina, ya no resiste más” palabras pronunciadas por el facultativo que entran por un oído y salen limpiamente por el otro, sin manchar siquiera las neuronas de Lalo.

Esa mañana partió temprano, procurando encontrar la calma en los brazos de Lita. Está enredada en otros más joven y musculoso. “La historia se repite” se dijo y desaparece. Don Arturo llama a sus nietos preocupado, no ha tomado la medicación. Martín llega, se hace cargo, llama a su hermana Alicia, con indiferencia contesta: “Ya voy” pero no viene. Sale en busca de su papá. Entrada la noche, al filo de la madrugada, él logra que responda el móvil luego de muchísimas llamadas. Balbuceando dice donde se encuentra.

El hijo lo descubre debajo de un eucaliptus, sobre la banquina, en un camino secundario, afuera de la ciudad. Abrazado al volante de su camioneta, llorando. Abre la puerta, quiere sacarlo, no puede. Hecho encima, mojado, oloroso, moscas zumban a su alrededor. Trozos de pan, fetas de fiambre y queso en el asiento del acompañante, improvisada mesa en banquete de hormigas. Esa pistola en el piso del vehículo indica que no tuvo la valentía de volarse la cabeza.

Una ambulancia lo traslada al hospital de urgencias. Practican los primeros auxilios y exámenes de rigor. Se encuentra desquiciado, descompensado físicamente. Hay trastornos circulatorios y respiratorios. Tiene un deterioro muy avanzado con diagnóstico preocupante. Está mal, lo derivan a un nosocomio para dementes.

Alicia vestida de fiesta perfumada en vahos de alcohol y cigarro, andrajosa y mal humorada increpa a su hermano por haberla molestado. Este sentado en la sala de espera es llamado por el médico que lo atendió para darle el parte.

─Si quieres enterarte, ¡acompáñame! ─arrastra a su hermana del brazo al consultorio.

Un habitáculo iluminado por la luz del medio día expone descarnadamente las ojeras de su hermana, en claro contraste a la brillante mirada del médico, reposado, atento, sabio y contenedor. Sin preámbulos les dice:

─Esto es para rato, no va a ser fácil, no hay muchas esperanzas, pero una luz queda, deben armarse de paciencia.

Desolados, deben lidiar ahora con dos enfermos. Uno en casa, otro internado.

En la vereda del hospital Martín dice a su hermana:

─Aplicaremos la receta de ajo y agua…

─¿Cómo es eso?

─A joderse y aguantar… Aunque una luz queda.


─¿Queda… te parece? ─incrédula pregunta.

lunes, 13 de abril de 2015

Incertidumbre

 Cristina Navarrete


La ciudad amaneció especialmente fría y nublada. Las personas iban y venían apuradamente, mientras en los dispensadores del periódico matutino y en todos los puestos de revistas resaltaba el titular: “Bianca Dabariano desaparece sin dejar rastro”.

Un pequeño y acogedor departamento del centro de Manhattan, con suave olor a vainilla y patchouli, una rústica salita de estar, estantes de madera lacada llenos de libros y videos, hermosas cortinas rojas y violetas —donde antes no había más movimiento que el entrar y salir de una hermosa e introvertida mujer italiana, siempre cargada de una cámara fotográfica y un morral de viaje— se había convertido en el escenario de una película policíaca. Hombres y mujeres vestidos con overoles, mascarillas y guantes, escudriñaban cuidadosamente en las habitaciones, revisando documentos y fotografías, recogiendo evidencia de lo que allí podría haber ocurrido.

Los agentes especiales líderes del equipo de investigación recorrían el barrio y el edificio, entrevistando a todos los vecinos y empleados de los comercios cercanos. Hasta ahora solo habían encontrado la pequeña librería y videoteca donde solía comprar sus libros y películas, descubrieron su gusto por la fotografía documental y artística, por la comida internacional, especialmente la que se preparaba en un pequeño restaurante de comida fusión ítalo–germana donde iba a comer frecuentemente con su entrañable amigo Lars.

Además, los vecinos comentaron que todas las mañanas se la veía salir en su bicicleta de color violeta a recorrer el parque escuchando música en su reproductor.

—Esa chica canta como un ángel... alegra mis mañanas con su voz —dijo una anciana que vivía sola en el departamento del frente, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas— cuando no estaba viajando, estaba atenta de mí y no dudaba en ayudarme con las labores de la casa.

Los agentes, después de una jornada agotadora, entraron a la cafetería donde trabajaba Lars, un joven de aproximadamente veintiocho años, alto, delgado, de facciones muy finas y de procedencia germana, quién hizo la denuncia al no saber de Bianca.

—Bianca es mi mejor amiga, una mujer incomparable —dijo Lars mientras dejaba de lado las bandejas para sentarse con los investigadores— ella siempre ha buscado la verdad y la justicia, y aunque les suene a superhéroe, es una realidad. No solo es una reconocida fotoperiodista sino que ha luchado durante años, por la no violencia, especialmente en contra de las mujeres.

—¿Sabe en qué se encontraba trabajando últimamente? —preguntó uno de los investigadores.

—No lo sé exactamente, pero hace dos días llegó de una delegación donde recorrió varios países de América del Sur.
—Y, ¿le comentó algo sobre su investigación? —replicó el entrevistador, mientras apuntaba unos datos ilegibles en una pequeña libreta marrón, gastada por el uso cotidiano.

—Bianca siempre ha sido discreta con su trabajo, es muy seria sobre sus investigaciones y evita comentarlas; pero… la noté ansiosa y tenía urgencia de hablar con el editor de la agencia —le explicó Lars, mientras escribía en una servilleta el nombre y dirección de esta— tal vez allí encuentren alguna respuesta.

—¿Hay algo más que puedas comentarnos sobre ella, su trabajo, otras amistades, sus hábitos?

—Bianca es una mujer muy especial y reservada con respecto a sus relaciones. Yo la conocí aquí, pues le encanta tomar café por las mañanas y a la media tarde. Me tomó bastante tiempo ganar su confianza, pero poco a poco nos hicimos grandes amigos. Hemos compartido algunas reuniones sociales, donde siempre se convierte en el centro de atención por su inteligente sentido del humor, pero en estos años no la he visto envuelta con nadie románticamente; es muy consecuente con sus ideales por eso siempre viaja en su bici, excepto en el invierno o cuando hay una fuerte lluvia, entonces toma el metro; va todos los miércoles a un festival de cine independiente en una escuela comunitaria de artes visuales del Bronx, me parece que queda en la Avenida Brook.

Luego de concluida la entrevista, los agentes se despidieron de Lars, agradeciendo su colaboración.

—No dude en llamarnos si recuerda algo más —dijo la agente Amanda Geller, antes de marcharse.

Esa madrugada, Amanda se despertó sobresaltada por el timbre de su teléfono móvil.

—Agente Geller, soy Lars. Discúlpeme por la hora, pero cada segundo cuenta.

—No se preocupe. Dígame, ¿qué es lo que sucede? —dijo Amanda, incorporándose de su cama y encendiendo una pequeña lámpara de noche.

—¿Revisaron la computadora portátil azul? La guarda en la mesa de trabajo que está junto a su cama. La usa para hacer sus informes, y a lo mejor algo se puede encontrar sobre el trabajo que estaba haciendo.

—Debo preguntarle a mi compañero, su equipo revisó el departamento. Gracias por la información.

A la mañana siguiente, los datos recopilados dirigieron la investigación a la puerta de un inmenso, imponente y moderno edificio en el centro de Manhattan, hogar de una de las agencias internacionales de prensa más reconocidas en el mundo.

A pesar de los esfuerzos realizados por los dos oficiales, la elegante joven de la recepción no les permitió pasar y, conocedora de todos los subterfugios legales posibles, los envió a casa a la espera de una citación para el editor y jefe de Bianca.

—Definitivamente están ocultando algo —dijo Amanda.

—Tienes razón, sino ¿Cuál sería el motivo para no recibirnos? —susurró su compañero.

La búsqueda del computador en el apartamento de Bianca fue inútil, el equipo de investigación dio vuelta el lugar y no lo pudo encontrar, definitivamente no estaba ahí; de hecho ni siquiera estaban seguros de que esa fuera la escena del crimen, pues todo estaba en orden y no había señales de lucha.

La bicicleta violeta se encontró encadenada en el parqueadero del edificio, con su casco y accesorios intactos. El morral fue hallado en la habitación de la desaparecida, completamente vacío, pero la cámara fotográfica y la célebre computadora azul se habían desvanecido en el aire conjuntamente con su propietaria.

Una semana había pasado desde la misteriosa desaparición, todas las posibles evidencias fueron recaudadas y el equipo de investigación abandonó el sitio. Lars, llegó esa mañana, como siempre que ella salía de viaje, para ayudarle con el arreglo del departamento, éste había quedado hecho un desastre después del paso de la policía; al llegar al estante de libros se quedó hojeando una antiquísima edición de Don Quijote de la Mancha que ella guardaba celosamente, pues fue un regalo de su abuela. Un sonido casi inaudible lo distrajo de su lectura y una delgadísima memoria externa con una etiqueta que decía: respaldo, cayó al suelo.

—¡Genial! Hermosa e inteligente, esa es mi Bianca. —dijo Lars tomando el pequeño artefacto. Sin pensarlo dos veces corrió a buscar a la agente Geller.

—¡Amanda! ¡Amanda! Descubrí algo, tal vez esto nos ayude a encontrar a Bianca —gritaba Lars mientras entraba a la oficina de la agente mostrando la diminuta prueba en sus manos.

—Tranquilo, déjeme ver lo que trae, voy a pedirle a los expertos que recuperen la información —respondió Amanda mientras retiraba la memoria externa de la agitada mano de Lars.

Mientras Lars, esperaba ansiosamente los resultados de lo encontrado, con la esperanza de que existiera alguna pista cierta sobre el destino de Bianca; al otro lado de la ciudad, una esbelta joven de cabello largo y ondulado, visiblemente maltratada, se quejaba débilmente en la oscuridad de una húmeda y sucia alcantarilla.

—De esta no vas a salir viva —pensaba mientras trataba de soltar las fuertes ataduras que lastimaban sus manos— si no te apuras, pronto regresarán y esta vez no van a dejarte un hueso sano —se repetía sin dejar de luchar por soltarse.

Por una ranura de la alcantarilla la joven vio el anochecer de la ciudad nuevamente, el tráfico aminoraba, escuchaba los pasos de cientos de personas que bajaban y subían apresuradamente las escaleras de las atestadas estaciones del metro, ignorantes de lo que pasaba. Ya no gritaba para pedir auxilio, sabía que era inútil, así que decidió guardar energía para sobrevivir.


—Buenas noches Lars, se que no dejarás de buscarme —dijo la joven mientras cerraba lentamente los ojos— esta noche tampoco llegaré a casa.

Estatuas

Mario César Rios Barrientos 


Miguel y yo nos apurábamos en la aplicación de esponjas con tinte color ceniza sobre viejas indumentarias que compramos en Cachina Fashion. Lucíamos  camisas con mangas  largas; pantalones gruesos de drill; gabanes largos y sombreros de copa alta, al estilo de los limeños de inicios del siglo XX. Ese día nos íbamos a iniciar como esculturas vivientes. Ambos éramos escultores egresados de la escuela de bellas artes de Lima. Yo era mayor que Miguel a quien aventajaba en dos años como artista desempleado. Él egresó el verano último.

Con mi colega habíamos planeado tener un taller en el segundo piso de la vieja casa de mis tíos en la cuadra tres del Jirón Trujillo en el Rímac, que éstos me dieron a título gratuito. Pasamos meses ofreciendo nuestros servicios mediante volantes y anuncios en la web. Brindábamos servicios de tallado en granito y mármol para residencias y lapidas; trabajos en resina de fibra de vidrio; hasta imágenes en pasta de arroz representando vírgenes y santos para procesiones. De clientes, nada de nada. Hasta que hace poco menos de un mes mi socio me propuso este  oficio callejero para pagar nuestros gastos básicos de manutención. La verdad, me parecía demasiado brutal iniciarme en este arte justo en el paseo peatonal del jirón Ucayali en el Centro de Lima a dos cuadras de la escuela. Igual, lo escuché.

—Horacio, estuve de paso por la escuela y me fijé en estas esculturas vivientes en el Centro de Lima. Averigüé un poco y no está tan malo ese negocio, al menos para pagar comida y servicios mientras aparece algo mejor —me dijo Miguel convencido de traer auxilio a nuestra exigua economía. Nuestro taller se había convertido en vivienda desde que mi colega se mudó de su habitación en Zárate, a vivir conmigo en abril último.

—No creo que ese negocio genere muchas entradas Miguelito pero si ayuda en buena hora —contesté con desinterés por su idea. Y es que aún tenía esperanzas de que me respondieran a una solicitud de trabajo de restaurador de esculturas en el Ministerio de Cultura. Cuando me convencí que no habría respuesta del Ministerio acepté la propuesta de Miguel: representar unos gemelos petrificados en el jirón Ucayali. Él ya había tramitado una autorización ante la Municipalidad de Lima para un turno de dos horas, entre las cinco y las siete de la tarde sin importar que yo lo acompañe en esa aventura. Lo que siguió fue investigar la moda y costumbres del periodo de Leguía. Aparte de una gran variedad de chaquetas de talle alto con grandes solapas y pantalones estrechos y rectos que se prestaban bien a nuestro propósito, encontramos dos gabanes y dos velocípedos idénticos que me entusiasmaron. Podía proyectar en mi mente la imagen de los dos sentados sobre estos aparatos en el jirón Ucayali. Y así, nos pasamos los días siguientes discutiendo detalles ínfimos sobre la forma de los botones de la chaqueta, la longitud de los ojales del gabán o la caída de la basta del pantalón. Hasta el día de hoy, en vísperas de fiestas patrias cuando estamos a punto de estrenarnos como artistas callejeros.

—Ha quedado perfecto el maquillaje, este tinte color ceniza nos da una apariencia de gente petrificada por lava de volcán, como la que encontraron en Pompeya, los vamos a impresionar —sonrió Miguel mostrando la blancura de sus dientes y ojos escondidos detrás de varias capas de maquillaje y de la barba y bigote de utilería pintados cuidadosamente con  tinte color ceniza.

—Bien, vamos de una buena vez —le dije agitando una mano y tomando uno de los velocípedos e indicándole que tome el suyo.

Nuestro recorrido por el jirón Trujillo y la Plaza de Armas produjeron la curiosidad de los peatones. Al circundar la plaza sentimos las risas y murmullos de los transeúntes. Mira, dos tíos Sam exclamó un hombre con pinta de turista dirigiéndose a su familia. Otros niños desde el parque nos apuntaban con el dedo índice sonriendo. A las cinco en punto de la tarde llegamos al sitio recién desocupado por un muchacho quien había representado una estatua de esclavo. Observé a nuestro alrededor en el paseo peatonal de Ucayali. Cada vez más gente yendo en dos direcciones, la Avenida Abancay y la Avenida Tacna. Apuré a mi compañero diciéndole que llegamos en buena hora. Nos colocamos Miguel a la izquierda, yo a la derecha, observando como punto fijo, una tienda de venta de menajes al frente de donde estábamos apostados. Nos quedamos inmóviles, respirando muy despacio, imperceptibles, dosificando nuestros parpadeos.

—¡Qué mostro! —exclamó una jovencita de tez trigueña, nariz aguileña y cabello corto que venía tomado de la mano de un chico de su edad con rostro anguloso y gafas gruesas con aire de estudiantes. Se quedaron a observar un rato y eso era bueno, atraería más gente.

—¿Quiénes son? ¿Qué representan? —preguntó un hombre mayor, delgado, de unos cincuenta años, traje azul marino, pelo entrecano, pinta de ejecutivo con aire inquisidor quien blandía un cigarrillo entre los dedos y hacía aros de humo de tanto en tanto con dirección de las estatuas.

—Uno es el Tío Sam y el otro, también parece otro Tío Sam —dijo otro hombre altísimo de mediana edad con una calvicie pronunciada en el área frontal quien limpiaba la humedad de sus gafas con una franela.

—Son bien parecidos ambos, parecen gemelos con esas bicicletas con rueda grande y pequeña, y la ropa al estilo antiguo. Si dos hermanos gemelos como los que vivían en el centro de Lima hace mucho tiempo, quizás banqueros —apuntó una morena gorda con pinta de vieja limeña que empujaba un carrito sanguchero que despedía un hedor a aceite quemado de sus planchas de acero y canastillas freidoras.

—Ni hablar, ja ja, de banqueros no tienen ni la cara ni el vestuario —replicó el cincuentón de traje azul marino emitiendo una gruesa bocanada de humo, y señalando con desprecio nuestro viejo y raído vestuario.

Había transcurrido la primera hora y la lata que habíamos colocado como receptáculo para la contribución y apoyo del público a nuestra presentación había tintineado solo tres veces. Le pregunté a Miguel con una débil emisión de voz entre los dientes si estaba seguro de este negocio y me respondió que debíamos ser pacientes, que las cosas se darían solas. Eso no sucedió. En la siguiente hora nada mejoró, al contrario. En la esquina de la misma cuadra donde estábamos ubicados, se detuvo un invidente y encendió un equipo de sonido instalando un USB con pistas de canciones de Leo Dan y comenzó entonando Estelita que linda que está. De otro lado, frente a nosotros, un jovencito marcaba el área que usaría para dibujar los primeros trazos de una pintura de Francisco Bolognesi. El público iba definiendo sus preferencias entre el invidente que todo lo cantaba igual, con la voz desgarrada; y el pintorcito quien iba revelando con cada trazo al héroe en su conocida postura en la batalla de Arica, sobre el suelo y ligeramente  elevado por la mano izquierda, empuñando una pistola con la mano derecha. Dura competencia donde el público nos abandonaba a medida que nuestros cuerpos cedían su rigidez a nuestro cansancio. Exhausto le reclamé parar a Miguel antes de terminar el turno de dos horas:

—Ya está bueno Miguelito, me cansé de esta vaina  —le dije a mi socio provocando que los merodeadores voltearan a mirarnos. Mi socio hizo un casi imperceptible movimiento de cejas que interpreté con un ruego de que me calle. Desde el extremo del Jirón Ucayali que terminaba en la Avenida Abancay se oía un enorme bullicio. Era una maestra que paseaba con una veintena de niños de aproximadamente diez años quienes al ver al grupo de artistas rompieron filas desoyendo las amenazas de la maestra.

—¿Oye cieguito, y por qué no te cantas algo para hacer bailar las estatuas?  —dijo un colegial con cara de pícaro colocándole una moneda de diez céntimos.

— ¿Cómo qué canción quieres niño? —indagó el ciego, intuyendo que podría recibir más monedas de los demás niños.

— ¿Te sabes Estatua de Xuxa? —interrogó el colegial. El ciego entornó sus ojos hacia arriba como pensando un buen rato y el muchacho recogió su moneda de diez céntimos de la lata.

—Tú no sabes nada, mejor canto yo mismo, haré que bailen las estatuas y ya verás que hasta Bolognesi se va a parar y bailar —dijo resuelto el niño y ante el griterío de sus compañeros entonó: “Mano a cabeza, a la cintura, un pie adelante y el otro atrás. Ahora no puedes moverte más... y el coro respondió: “¡Estatua!”

—No, esto ya es demasiado Miguelito, me voy —dije fastidiado. Los niños dijeron “ooohhh, habla la estatuita pero ahora “que baile, que baileee”, y el pícaro volvió a entonar con la complicidad de sus compañeritos que hacían movimientos de coreografía: “Un brazo arriba, un brazo adelante, cruzando las piernas, colita hacia atrás. Ahora no puedes moverte más... ¡Estatua!


—Te equivocaste Miguelito, las estatuas no funcionarán por ahora, esta gente necesita moverse, es hora de irnos  —dije y concluyendo el día le hice una señal para que me siga y pedaleamos con dirección a la Avenida Tacna con un movimiento que balanceaba nuestros sombreros de copa acompañado de las risas de los colegiales.

martes, 7 de abril de 2015

Mandarina y Chocolate

Juana Ortiz Mondragón


Sus ojos brillaban en la oscuridad, cual centelleantes luceros. Posada sobre la mesa de té, esperaba la llegada de la medianoche. El reloj cucú caminaba inquieto, su péndulo generaba extrañas sombras en la pared de la habitación. Ella era de tamaño mediano, color terracota con blanco, unos hermosos ojos pardos; una mancha en forma de corazón adornaba su nariz. Se llamaba Mandarina, era la consentida de la casa. Su dueña, Bonifacia, la había conseguido para espantar los ratones que hacía unos meses habitaban el desván. Pero Mandarina era una gata mimada. Pasaba las tardes en el patio tomando el sol, mientras los ratones hacían de las suyas en la cocina. Bonifacia,  se había acostumbrado a su gata perezosa, la amaba como a una hija, ya que ella llenaba sus días de luz.

Bonifacia era una mujer solitaria, cuarenta años, piel trigueña, ojos miel, mirada juguetona. Su rostro era ovalado, unas cuantas pecas lo adornaban, sin arrugas, expresaba serenidad y felicidad. Sus manos cálidas, suaves, dedos largos, bien conformados. Manos que tejían historias todos los días. Había intentado tener compañero, un hogar, pero era tan noble, de un alma libre que de esas relaciones solo recordaba tropiezos, deudas por pagar. Bonifacia daba clases de manualidades y de costura en el garaje de casa. Además de estas clases, sabía hornear tartas y pastelitos suntuosos para fechas especiales. Calaba moras, cerezas, brevas, uchuvas, que llenaban la casita de un dulce olor; olía a navidad. También tortas envinadas repletas de pasas  y frutas cristalizadas, que eran las favoritas de sus vecinos.

Vivía con Bonifacia una dulce nietecita llamada Martina, de cabello rubio y rizado, ojos azules, blanca piel. La habían dejado en la puerta de su casa una tarde lluviosa, cuando tenía un mes. Los años habían pasado, era ya una hermosa niña de ocho recién cumplidos. Martina le temía a Mandarina, porque esta gata maldadosa se paraba en las escalas, cada vez que ella quería subir o bajar y con la patita la rasguñaba o la hacía tropezar. Quería ser escritora, tenía muy claro que para serlo debía ser primero una gran lectora. Pasaba las tardes leyendo y ayudando a su amada mamá con las tareas domésticas. Ya sabía hornear,  ponía su toque en la decoración de los pastelitos. Se sentía feliz con Bonifacia, aunque en ocasiones la acongojaba el no saber de su familia. Sobre esto tenía varios escritos. En un futuro quería ser madre, tener un hermoso hogar, parecido al que Bonifacia le había brindado con tanto amor.

Martina asistía a la escuela primaria, era tierna, educada; por esto sus maestros la apreciaban. Le gustaba la poesía, solía declamar en las festividades escolares. Tenía  un perrito, Chocolate, sin raza alguna, pero el más fiel y noble de toda la vecindad. Se lo habían encontrado en el jardín principal, una mañana de marzo. Bonifacia había permitido que Chocolate hiciera también parte de la familia. El espantaba los ratones mejor que Mandarina. Hasta buenos amigos resultaron ser, dormían juntos en el mueble de la sala. Chocolate tenía seis meses, su amiga Mandarina estaba próxima a cumplir un año. Sus ojos miel mostraban la nobleza de su corazón. Así era Chocolate con todos los que lo rodeaban: fidelidad, hasta con Mandarina que en ocasiones le mordía las orejas.

Mandarina era  perezosa,  pero tenía sus momentos de laboriosidad, eran aquellos días en los que con Chocolate espantaba los ratones de la cocina, aunque sus pasatiempos favoritos eran holgazanear y ser alimentada. También servían de vigilantes en las tardes, ya que siempre estaban dispuestos a avisar de los peligros. En las noches descansaban un poco, aunque ambos dormían con un ojo entreabierto.

Vivían en dos plantas, amplias habitaciones iluminadas por la luz del sol, espaciosos jardines, patios centrales. Una decoración sobria, muebles de madera que Bonifacia había heredado de su abuela. Las paredes blancas, adornadas con retratos o paisajes que Bonifacia había pintado en su juventud. Las habitaciones invitaban a quedarse, al descanso, siempre limpias, con ventanales al patio. Una biblioteca al finalizar el pasillo era el lugar favorito de Martina. Allí, Martina, Mandarina, Chocolate y Bonifacia eran felices. En los arboles del patio susurraba el viento, que se hurtaba las fragancias de otros jardines  para esparcirlas en el de Bonifacia. Caían las flores del guayacán, cubriendo todo de ese amarillo encendido, los rosales inundaban con su dulce aroma el vecindario.

Una noche, tranquila al parecer, mientras todos dormían, unos ruidos extraños alertaron a Mandarina y  a  Chocolate. El barrio había sido lugar de paz hasta ese momento. Eran unos hombres armados, vestidos de negro, que habían llegado a la puerta principal. Ocultaban sus rostros tras unos pasamontañas, solo se veían sus ojos llenos de rabia… maldad. Uno era bajo, rechoncho, el otro delgado, alto, un poco torpe. Mandarina y Chocolate, que eran muy inteligentes, lograron despertar a Bonifacia y a Martina.  Ellas se dieron cuenta del peligro que corrían y se escondieron en el desván. Este par de inseparables amigos lograron salir por una puertecita lateral para alertar a los vecinos; al salir  ésta crujió asustando a los bribones, pero cuando voltearon no vieron a nadie. Bonifacia era amigable y querida por las personas que la rodeaban. Chocolate ladró en la primera puerta que encontró. Como nunca los veían solos, mucho menos a altas horas de la noche, se dieron cuenta de que algo pasaba. Varios vecinos llegaron a casa de Bonifacia; los ladrones estaban dentro, dándose un gran festín. Tenían prisa, pero estaban hambrientos; ya con el botín listo, se acercaron a la cocina; no pudieron evitar abrir la nevera y las alacenas, maravillados con los dulces olores. Fueron apresados por los vecinos, atados provisionalmente con una cuerda mientras llegaba la policía y llevados a la prisión unos buenos años.

Después de este suceso, se formó la primera guardia vecinal, que se turnaba para dar ronda por el barrio. ¿Adivinen quiénes eran los principales vigías?: ¡pues claro! Mandarina y chocolate.

lunes, 30 de marzo de 2015

Ademir

Mario César Ríos


Ademir Gárate se despertó de madrugada, en medio de una conversación en un bar con parroquianos de los que no tenía recuerdo. Se esforzaba especialmente por recordar a un sujeto blanco, copiosa barba y bigote que asemejaba un náufrago quien le hablaba y lo trataba con familiaridad haciendo referencia a los buenos fallos del juez.

—¡Las caras que pusieron esos charapas cuando leyó la sentencia eran el deshueve doctorcito!—dijo Vicente Cuadra torciendo la boca y entornando los ojos hacia arriba, imitando las caras de sorpresa de los familiares de una mujer, quienes habían ido a reclamar justicia al 13° juzgado de Lima.

El juez Gárate examinó el rostro oculto detrás de aquel frondoso pelambre y reconoció la frente amplia y nariz grande y recta de Cuadra, un exvecino de Bellavista, aspirante a policía desde adolescente cuando andaba a todas partes con Ademir, el cerebrito del barrio que quería ser abogado. Compartían la mesa rectangular de cedro cubierta con un mantel rojo con flecos blancos en los bordes con dos mujeres vestidas con top strapless, microfaldas, medias negras ajustadas y tacones altísimos.  Frente a él había una mujer blanca, cabello castaño, top strapples verde que marcaba sus senos y un cigarrillo sujeto entre sus dedos, sonreía al ver al juez despertando de su modorra. La otra de rasgos asiáticos, cabello azabache y corto y con un modelo de vestimenta similar sólo que con el top de color verde, únicamente asentía a cada aserto del doctor Cuadra.

—¿Dónde estamos? ¿Qué lugar es éste Vicente? —preguntó preocupado el juez al comprobar que su mesa estaba dispuesta concéntricamente junto a otras, formando anillos alrededor de una gran pista de baile circular donde una bailarina hacía la rutina del tubo desprendiéndose de la ropa al ritmo de música techno.

A la mañana de aquél día, Cuadra había buscado a Gárate indagando por un proceso judicial en el cual Adolfo Tuanama, padre de familia ucayalino, había denunciado a Hiroshi Matsuyama por trata de personas. Tuanama había seguido el rastro de Grazy, su hija de diecinueve años, a quien la madre dejó partir con una comerciante de telas dos años atrás, asegurándole conseguirle trabajo de vendedora en una tienda del emporio comercial Gamarra. Él encontró a su hija en un bar del jirón Rufino Torrico ejerciendo la prostitución a cambio de casa, comida y míseras propinas.

—Está en tu juzgado Ademir, ya lo confirmé con tu secretario —aseguró Cuadra al juez mientras este conducía su Audi de camino al 13° juzgado, en la avenida Abancay. Al juez le disgustó mucho que Cuadra lo haya buscado a su casa para tratar este asunto. Tenía aprecio y un buen recuerdo de su amigo pero esto ya era el colmo.

—Mira mi hermano, no sé si puedes darte cuenta, yo no puedo tener esta clase de conversación contigo, ¿qué interés tienes tú en este tema Vicente? —interrogó el juez a Cuadra. Entonces el barbudo inició una defensa ardorosa de Matsuyama a quien describió como un honorable empresario del rubro de la diversión y el espectáculo quien había sido traicionado por su administrador que obligó a una trabajadora, quien resultó ser menor de edad, a prostituirse en uno de sus establecimientos de la calle Torrico, todo ello, desde luego sin el consentimiento de Hiroshi.

—Es una situación muy grave Vicente, no vale la pena que te esfuerces por esta gente, ¿y cómo te va a ti? —cambió bruscamente el tema de la conversación. El juez sabía que Cuadra era un conocido jalador en el poder judicial, uno de estos personajes que trajinan por el centro de Lima ofreciendo servicios jurídicos en las largas colas de los juzgados. No lo veía desde hace veinte años, no lo habría reconocido con ese bigote y barba frondosa en la calle.

—Así como me ves nomás estoy brother, hago lo que puedo, al final nunca pude ingresar a la escuela de oficiales de la policía pero me defiendo con chambitas que salen aquí y allá. Cerebrito, con la confianza que nos tenemos, ¿tanta vaina por una puta?, discúlpame que te lo diga así pero creo que eres tú quien se esfuerza en vano por esa gente.  —apostilló Cuadra retomando bruscamente el asunto de la hija de Tuanama

—Hay una familia detrás de ella, unos padres clamando por justicia, ¿y si fuera hija tuya? —interrogó el juez a Cuadra recordando su conversación con Adolfo Tuanama. El indígena ucayalino le había contado al juez que era frecuente que se internara durante meses en el bosque desconectándose de Grazy y su madre, y que un día a su retorno encontró a su mujer desconsolada, culpándose de su descuido por la desaparición de Grazy. El juez Gárate simpatizó con el dolor de padre de Tuanama y prometió impartir justicia y sanciones severas a los responsables del delito.

—¡Qué pendejada, Ademir! ¿Y le crees? ¿Conoces Ucayali? Estos chunchos ofrecen a sus hijas a los turistas desde niñas.  No es hija mía ni podría serlo, el indio no te ha contado con quien se fue la charapita, yo no entregaría a mi hija a una desconocida ni desaparecería como él durante meses sin saber de mi familia, soy buen padre como lo eres tú, ellos no son como nosotros, piensa en eso, ¿hoy es la lectura de la sentencia, no es cierto? —preguntó con aire desentendido Vicente.

—¡No te hagas el cojudo Vicente! Se ve que sabes más de este proceso que mi propio secretario. Y por fin, nunca me dijiste cuál es tu interés en todo esto —replicó el juez. Cuadra le confesó algo que Gárate ya sabía, la naturaleza de su trabajo: influir en las decisiones judiciales hablando con secretarios y jueces, ofreciendo dinero, poco o importante, dependiendo de la complejidad del asunto se aplicaba un tarifario.

—Es temprano aún, ¿qué tal si nos tomamos un café en el Tanta de Plaza de Armas? —sugirió Cuadra. El tramitador presentía que ya lo tenía al juez luego que este aceptó la invitación. Tendría un ambiente más relajado que en el Audi y una mejor oportunidad de exponer su interés y argumentos a su exvecino. Ay cerebrito, si supieras que gran parte de mi fama se debe al rumor que eres amigo mío, pensó Cuadra.

Hiroshi Matsuyama era un sansei, un nieto de japoneses que hablaba con dificultad el idioma español. Su carácter retraído hacía que solo se comunicara en japonés con personas como él, hijos y nietos de inmigrantes, su contacto con la gente de Lima fue tardío, de adolescente, en sus visitas a bares y prostíbulos de Lima y Callao. Cuando el abuelo le heredó dos distribuidoras de vajilla fina, las vendió enseguida para invertir en un night club que le venía mejor por su adicción al sexo. De allí en adelante, sus negocios en este rubro fueron creciendo y ampliándose como espuma, ininterrumpidamente, sin problemas, hasta que sucedió lo de la hija del indígena. Un colaborador de su negocio le había recomendado acudir con Vicente Cuadra, un conocido tramitador, amigo de este juez que veía el proceso judicial.

La conversación de Matsuyama y Cuadra se produjo en Xanadu, un conocido prostíbulo de Lima en la cuadra veinticinco de la avenida Colonial, la tarde anterior del día de la sentencia. Sentado frente al sansei, a Cuadra no le parecía tan temible como le contaron sus colegas, otros tramitadores como él. Era un asiático regordete y grandote, cabeza rapada y cachetes inmensos que achinaban más sus ojos asemejándolos a los de una caricatura, como delineados por un lápiz. No parecía una persona que estuviera a punto de perder la libertad, al contrario, lo encontraba relajado, incluso alegre y entusiasmado cada vez que llegaba una de las chicas y lo saludaba con un beso en su cabeza rapada.

—Vea Hiroshi, no le voy a mentir, tiene usted una situación jodida, quizás si me hubiera llamado antes tendríamos más tiempo para matar este asunto. Conozco al juez Gárate, ni se imagina usted cómo lo puedo conocer. Le garantizo que es un hombre justo que entiende razones pero de un día para otro, no sé, hay que ser un poco Mandrake aquí.      

—Todos tenemos nuestlo plecio doctolcito —dijo socarrón y despreocupado Matsuyama quien entendía el estilo de negociación de Cuadra —su amigo no me dio la opoltunidá de conocele, quizás a tlavés suyo, pueda sel posible. Mis negocios son todos legales, lo de la chica fue un acilente, una pasada de confianza de un tlaidol.

La conversación terminó poco a poco tornándose en un monólogo en el cual Cuadra se sorprendió con la locuacidad de Hiroshi, quien le decía que no era tan malo ser prostituta. Sus chicas, por ejemplo, estaban contentas. Los padres de las prostitutas debían pensar que sus hijas estaban desarrollando una labor social y hasta citó una película con Julia Roberts y Richard Gere, que mantenía la ilusión en su personal de encontrarse con un caballero que al final les pueda dar una vida mejor, uno de estos días.

—Deténgase un poco Hiroshi, parece que no entiende la gravedad del asunto, usted tiene una denuncia por trata de personas, delito que tiene penas severísimas luego de la reciente modificación del código penal. Al juez no lo va a convencer contándole comedias románticas de putas. Esto le va a costar y mucho, y si soy bien franco con usted, no puedo garantizarle resultados al cien por ciento, tal como están las cosas. Tengo que ubicar al amigo y hacer un duro trabajo de convencimiento y a toda prisa. Necesito que me habilite cien mil soles y otros cien mil luego de la sentencia, esa es la tarifa en estos casos.

El japonés se levantó de la mesa localizada en el último anillo de mesas, caminó diez metros detrás de la mesa hacia un pequeño cuarto que tenía una cámara de video en la parte superior, abrió la puerta de acero reforzado, entró y luego de cinco minutos salió con una caja que colocó sobre la mesa, y contó los billetes de doscientos soles delante de Cuadra hasta completar cien mil.   

—Hágalo doctolcito, le espelo mañana. ¡Quispe, acompaña al doctol hasta su casa no quielo que le pase nala en el camino¡  —ordenó Hiroshi a uno de sus empleados, esquivando la mirada e intimidando por primera vez a Cuadra desde que llegó a aquél lugar.

El día del juicio, en la Plaza de Armas de Lima, a la una de la tarde, un centenar de turistas presenciaba el cambio de guardia de Palacio de gobierno. A pocos metros, en El Tanta, los viejos amigos proseguían su conversación.

—Sé cuál es tu línea Ademir y te respeto por eso, así es mi chamba, no me gusta estar del lado de los malos, este Hiroshi es un empresario como cualquier otro, su negocio es uno muy simple, la gente demanda una mercancía y él se encarga de proveer la mejor posible y en óptimas condiciones, ¿o quieres ver la ciudad invadida de putas diseminando enfermedades? —se esforzaba en sus argumentos Cuadra, usando una de sus típicas frases de ablandamiento: “Sé cuál es tu línea, te respeto por eso”.  Argumentaba y se tomaba un sorbo de jugo de naranja, esperando una señal de Ademir quien miraba la Plaza de Armas con aire extraviado.

—¿Y qué hay de esa chica Tuanama? ¿La trajeron para prostituirla, o no? ¿Porque dijiste que era una puta?  —interrogó el juez interesado en conocer más detalles de parte de Vicente.

En ese momento Vicente encontró su oportunidad para contar la versión de Hiroshi. Lo de la chica Tuanama fue un accidente, la familia ha encontrado una ocasión de sacarle dinero al Chino, eso es, nada más Ella llegó a pedir trabajo como asistente de limpieza en el local de Rufino Torrico. Nadie la obligó a tatuarse aquellas alas de buitre en la baja espalda, símbolo de mujer depredadora. Cuando llegó al local, ella ya tenía ese lenguaje callejero de las putas, no es una santa como quiere presentarla el chuncho. Lo que si es cierto es que hubo un abuso de un excolaborador quien se ha fugado sin dar signos de vida hasta hoy. A ese sujeto debe caerle todo el peso de la ley, Hiroshi quiere decididamente colaborar con la justicia, explicaba Vicente Cuadra a su amigo.

—Muy bien, déjame verlo, escucharé los alegatos finales y decidiré según mi conciencia —sentenció Ademir mirando a su amigo, esperando que diga algo para concluir la conversación.

—Como digo cerebrito, sé cuál es tu línea, espero que no te ofendas, el chino es muy agradecido y él me insistió que podía abonar veinte mil dólares, como contribución, siempre pensando en que la administración de justicia debe mejorar con jueces a los que se les reconozca el valor de su trabajo.

—¿Sólo veinte mil te ha dado ese roñoso? Con razón, nunca se apareció por el juzgado. Bueno, hablas y cierras lo de la contribución con mi secretario, nosotros ya no podemos seguir conversando.
A la tarde noche, el juez Gárate había dictado sentencia liberando de responsabilidad a Hiroshi Matsuyama. Su excolaborador, al no comparecer, fue declarado ausente y ordenada su captura para la lectura de sentencia correspondiente. Los Tuanama perdieron los papeles en la audiencia, produciéndose un escándalo de grandes proporciones en el juzgado que obligó a la intervención de la policía en auxilio a Ademir quien salió por la puerta de emergencia. Una hora después, permanecía aterrado en la cochera de los juzgados, paralizado por miedo a que la familia Tuanama lo agreda en las afueras del edificio. Cuadra se enteró y bajó a la cochera, ofreciéndose a conducir el audi. Lo llevó al bar Queirolo donde hablaron de los viejos tiempos y de los amigos de Bellavista, del colegio donde estudiaron juntos, de las noviecitas, de cualquier cosa, de todo, menos del trabajo.
Horas después, en la madrugada, en aquel lugar, en esa mesa donde reconocía a duras penas a su amigo, sin recuerdo de cómo había llegado al Xanadú, vio acercándose a la mesa la figura monumental y regordeta de Hiroshi, quien con un andar ebrio dibujando un balanceo hacia los lados, a la izquierda y la derecha, dejaba claro quién era el puto amo del lugar.

—¿Qué tal la noche mi amigo Ademil? ¿Lo están atendiendo bien las chicas doctol? —balbuceó el sansei, pasándole la mano sobre el hombro.

Mientras Hiroshi le contaba su historia como emprendedor del negocio de la diversión y espectáculos al juez, éste iba recordando a retazos, los hechos transcurridos desde los primeros tragos en el Queirolo hasta su llegada a Xanadú. Estaban allí desde las siete de la noche allí, luego de una discusión de Gárate con su mujer cuando este departía y libaba entretenido con Cuadra en el Queirolo. La mujer del juez le había colgado el teléfono al oír la voz gangosa de su marido, respirando dificultosamente como ocurría cuando se emborrachaba y éste enojado le dejó un mensaje en la contestadora a su mujer mandándola a la mierda, luego le pidió a Cuadra continuar con los tragos en otro lugar.

—¿Y qué tal si te presento al chino?, igual tengo que verlo ahora —dijo Vicente y Ademir encogió los hombros en señal de asentimiento. Veinte minutos después, Gárate, Cuadra y Matsuyama se lucían en la puerta principal del prostíbulo, abrazados y triunfantes, posando junto al audi para unas fotos tomadas por aquéllas mujeres que acompañarían a los amigos toda la noche. Se reunieron en la mesa desde la cual Hiroshi dirigía el negocio, donde atendía las visitas y los amigos personales. Las atenciones del sansei quien venía de vez en cuando a la mesa con piqueos de jamón y cocaína despertaban a Ademir Gárate de su cansancio. El juez curioseaba en los tatuajes de alas de buitre que eran visibles arriba de las nalgas de sus acompañantes, eso fue lo último que el juez vio antes de quedarse profundamente dormido, roncando ruidosamente con la cabeza enterrada sobre sus brazos encima de la mesa hasta las dos de la madrugada.

Matsuyama ya se había retirado a descansar a su cuartito con la puerta de acero reforzado con su última recomendación a sus invitados: “hablando menos y disflutando más con las chicas, no sean zonzos doctoles”

—La chica Tuanama también tenía uno de esos adornos en las nalgas, ¿la conocías tú? —inquirió el juez quien estaba de espaldas a la filmadora y de frente a la mujer de rasgos asiáticos con top strapless rojo, como si estuviera en su juzgado.

—¿La charapita, dices tú?, esa chibola tenía problemas desde que su madrina la trajo a trabajar, Hiroshi arregló bien todos sus papeles, no sé porque al final se portó tan mal con el chino y con el administrador de Torrico —dijo la mujer bastante ebria y desinhibida con el juez a quien reveló además que luego del lío de Tuanama, el administrador del negocio de la calle Torrico venía a Xanadú hasta que de pronto se lo tragó la tierra. Según la mujer de rasgos asiáticos, el chino le contaba borracho que había mandado al administrador de viaje a  Argentina y cuando estaba coqueado decía simplemente que había despachado al sujeto al otro mundo.

La confesión de la prostituta acicateó los recuerdos de Ademir Gárate: el desarrollo del juicio; el terror que sintió en la cochera del juzgado; en Queirolo y Xanadú;  las molestas carcajadas de Vicente Cuadra y el registro fílmico de Hiroshi. Obnubilado, Gárate se levantó de la mesa apoyado en su mano izquierda y levantó la pierna derecha para mantener el equilibrio, tomando luego una a una las botellas sobre la mesa las fue arrojando contra la filmadora y la puerta de acero. Vociferaba y reclamaba la presencia de Hiroshi, diciéndole chino maricón no te escondas en tu cuartito quien respondía entreabriendo la puerta de acero para arrojar decenas de botellas que guardaba en su pequeño cuarto y que arrojaba de dos en dos, produciendo un descomunal intercambio de botellazos que contagió a todos los parroquianos de Xanadú y los chillidos de las prostitutas.

— Oee, ¿qué haces cerebrito?, estás aquí con tu causa Vicente —se esforzó por tranquilizarlo el barbudo intentando tomarlo del brazo.

—¿Cuál es tu cerebrito?, no soy tu causa, yo soy magistrado, tú, ¿quién mierda eres?, apenas te conozco del barrio cagón conchatumadre, ¿no te das cuenta que me has jodido? —le gritó Gárate a su exvecino, sacándoselo de encima de un manotazo y corriendo furioso hacia la entrada del local sin la oposición de los agentes de seguridad.

Entonces el juez Ademir Gárate subió al audi estacionado en la puerta del Xanadú, encendió el motor y emprendió veloz carrera sobre la Avenida Colonial enrumbado hacia su antiguo barrio de Bellavista.