viernes, 14 de diciembre de 2012

El cometa


Raúl Mendoza Cánepa

Para adornar aquella ensalada sobrecargada de colorinches solo hacía falta un par de cerezas bañadas en bourbón. Las brumas sólidas de la noche me atraparon en medio de aquella gesta culinaria. Los niños correteaban, bulliciosos, en las tinieblas nocturnas del jardín. Cuando fui tras ellos, una neblina tenue me invadió. Laura irrumpió en la floresta, rauda, segura, para hurgar entre las malezas un viejo recuerdo que se le perdió entre las claridades, una joya que su madre le había traído desde París.
-Mañana -le dije, vencido por el sueño.
Ella continuó, sin pausa, sin auxilios, abrumada por los silencios y los rostros de los niños, que le eran esquivos. Escarbó entre los viejos maderos astillados de un comedor en desuso al costado del jardín. De pronto, un astro excesivamente luminoso, irradió la noche. A decir verdad, siempre estuvo allí y fueron mis ojos los que se percataron tardíamente de su existencia. Me pregunté sobre la extensión de ese espacio inabarcable, sobre cuán infinitesimales somos en medio de un seguidilla de galaxias cuyas medidas no éramos capaces de calcular. Piojos, dijo, Francisco, mientras huía de su hermano en medio de esa oscuridad perturbadora. El candil amarillo, a lo lejos, era la única fuente de iluminación y mis ojos los vigías de esa travesía nocturna y quieta en medio de mi floresta.  
¿Y si ese astro inmóvil fuera un cometa raudo y remoto rumbo a la tierra? -Me pregunté.  
Un escalofrío ganó mi epidermis, una gota de sudor frío trazó una línea húmeda sobre mi frente. Mientras me extraviaba entre interrogantes irremediablemente irresueltas, Francisco corrió agazapado entre los cedros hasta tocar la cerca. No había más, aunque ese astro misterioso recorriera infinidad de kilómetros para trizar la tierra como a un vidrio y sumergirnos en el polvo estelar, era poco lo que un cocinero absorto podía hacer.  
Derrotado, torné sobre mis pasos. Envolví el pescado y lo escondí en el freezer. Cercené un ala al pollo y la rocié de ají panca. Dorada, soberana al tacto, portentosa al gusto, me engullí sus tostados contornos. Laura permanecía, atracada en el trajín insensato de tantear una joya de escaso valor entre los desperdicios, sin comprender por qué aquella pulcra, pero insignificante ensalada me había capturado. Francisco había tomado la joya y llevado consigo en el viaje espectacular de su nave nodriza. Los geranios eran rutilantes estrellas y los jazmines constelaciones extrañas. Allí dio a parar el artilugio de detalles dorados y esmeraldas relucientes. Alguna vez mi madre me dijo que el cometa Halley (que hoy cruza y se aproxima) es como una esmeralda.   
El astro seguía allí, lejos de todo, aterrador para esta mente capaz de fabricar fantasmas y monstruos. La conjunción de todos estos acontecimientos, la presencia de la esmeralda, el cometa raudo y aún remoto solo puede ser una advertencia de los astros. El fin. Pero la muerte en ciernes no me iba a derrotar sin darle trajín. Eché la salsa sobre el tomate, cuidando el punto perfecto en el que el equilibrio reina y el sabor se vuelve magnífico. Si aquel cometa cayera mañana sobre la casa, al menos nada perturbaría el momento descomunal en el que este manjar agridulce tocara mi boca.

martes, 11 de diciembre de 2012

Así está bien


Anthony Velarde Arriola



“No, aún no digas nada. No importa si no sabes mi nombre ni yo el tuyo. No importa si desconocemos la forma de nuestros rostros. Así está bien. Sólo déjame sentir este calcinante deseo y permanecer en tus dulces labios. Ojalá este viaje nunca llegue a su destino”.

A tres cuadras de una plaza cualquiera, mientras el sol juega a ocultarse; él, aún no había advertido la presencia de ella quien se encuentra a siete personas de distancia, esperando el mismo bus de regreso a la ciudad, bus que demora en llegar. La fila donde se encuentran se iba llenando de personas cubriendo la distancia de tres cuadras. No era para menos, aquel día era el aniversario del pueblo, treinta y cinco años de creación política. Al llegar las movilidades el pueblo volvería a quedar desierto.

Un poste de alumbrado público distrae la presencia de estrellas. Un viento suave les recuerda que había llegado la noche.

Alguien en la fila, apoyado sobre un palo de maguey, divisó un transporte a unas cuadras del paradero. Con disimulo, cogió sus valijas, mujer e hijos y corrió a su encuentro; así aseguró los asientos para su familia. Cuando el resto de personas repararon en su presencia, rompieron todo orden y lo abordaron hasta donde pudieron. La llegada de nuevos buses redujo las cinco cuadras en un solo desorden. Él y ella reclaman en vano un poco de orden sin que ambos notaran la asistencia del otro. Tienen el destino trazado, el mismo que podría acompañarlos toda la vida.

Las personas en el paradero musitan angustias, proclaman desdichas: -Ojalá llegue otro bus, ya es demasiado tarde, Martita va mañana al colegio –decía una señora. Minutos después, la desdicha se transformó en gozo. Por uno de los extremos de la ciudad apareció un camión, y a gracia de todos llegó vacío. La gente, sin consultar, lo abordó. Él, hizo lo propio. Minutos después, mientras todos acomodan sus equipajes, apareció ella al pie del vehículo, cargando sobre sus hombros una bolsa celeste de tamaño regular. Él estiró un brazo para ayudarla a subir; ella, impulsada por una de sus piernas, quedó a pocos centímetros de él.

El primer acercamiento entre ambos fueron simples gemidos. Luego de algunas gibas en el camino, él inicia la conversación:

-Mira que hermoso está el cielo, cómo brillan las estrellas. Puedo divisar hasta las más pequeñas.

Ella tiene una mano sujeta a la viga de madera que cruza la plataforma del camión, del cual también se sostienen todos menos él. Él, tiene su equipaje en la mano izquierda y con la otra, la abraza para no tropezar en el viaje. Ella, con el brazo libre, también lo abraza. En la tolva del camión viajan cerca de setenta personas en un área para cuarenta. Ninguno dueño de su espacio. El viaje transcurre entre empujones, gritos y lamentos. Uno que otro tiene su cuerpo dibujando una contorsión.

-¡Mira! -vuelve a intervenir él- esa estrella se mueve.

-No es una estrella, es un satélite –corrige ella.

-O un ovni.

-Es superman -ambos ríen.

Mientras ellos gozan cada kilómetro recorrido, el resto farfulla el agobio del viaje. Una señora pisa a otra y no dejan de discutir. Un niño llora. Una mujer joven pide al borracho que babea sobre su hombro, retire su cabeza maloliente. Otros gritan al chofer y algunas rezan mientras dura el viaje. Cada segundo alguien se acomoda e incomoda a los demás. No hay más espacio que un hilo invisible que los tiene en un roce inevitable.

-¿Estas cansada?

-No -responde ella.

-¿Este viento frío refresca no es así? Me devuelve las ganas perdidas mientras esperábamos el bus.

-Sí, yo también había perdido el ánimo con tanta espera, pero este fresco viento me lo está devolviendo.

-¿Alguna vez estuviste tan cerca y bien de brazos con un extraño?

Una leve y dulce sonrisa se dibujaba en el rostro de ella.

-¡No!, tampoco lo estaría si habría más espacio.

-Pero es éste el espacio que nos corresponde. ¿Te imaginas estar en el lugar de aquella mujer, soportando el aliento del borracho? ¿Lo estarías abrazando igual? Quizás te estaría mostrando más que una estrella. –Rieron a carcajadas.

Ambos esconden una pequeña exaltación. Disfrutan de aquella circunstancia.

-No me hagas reír -dijo ella– ahora no tengo más apoyo que tú. Te has convertido, así como el viento, en mi consuelo a tanta espera.

-Hueles muy bien.

-¿Viste? Otra estrella fugaz, pide un deseo.

-¿Siempre hablas así de suave? Tan pausado, tan dulce. Parece que dibujaras las palabras antes de soltarlas.

-Debe ser el efecto de tu presencia. De tu calor.

Habían transcurrido mil doscientos segundos desde que el camión inicio su marcha. Habían visto tres estrellas fugaces desde que se abrazaron. Habían pasado treinta kilómetros de suspiros e insinuaciones cuando ella decidió acomodar el brazo sobre el listón, quizás por el frío, quizás porque quería abrazarlo mejor, pero en ese instante sus cuerpos olvidaron el cansancio, olvidaron la dirección del viaje y se echaron a volar, junto a las estrellas en el cielo.

“Mañana Martita no podrá ir temprano al colegio”.

Los treinta y cinco años de creación política de aquel pueblo los había juntado. Cuarenta y tres minutos después asomaba la ciudad de sus destinos y ninguno de los dos sabía nada del otro: ¿Quiénes eran? ¿Qué hacían? ¿De dónde son? La gente empezó a inquietarse a medida que el camión se adentraba en la ciudad. Los amantes despertaron de su idilio. Las personas, al bajar, los empujaban separándolos sin que ellos pudieran mirarse el uno al otro. Tampoco podían decirse nada por el clamor ocasionado. Apenas si ella alcanzó a gritar:

-¿Dime quién eres? ¡Quiero ver tu rostro! Quiero saber más de ti.

-No, no digas nada. Así está bien. Ojalá este viaje nunca hubiera llegado a su destino.

viernes, 7 de diciembre de 2012

La Lola


Susana Arcilla




De diciembre a marzo -de cada año- mi vida y la de mi familia cambiaban para bien, pasábamos el verano en la playa. La observación y la imaginación de los que éramos adolescentes estaban desatadas como antenas descubriendo el mundo a borbotones. Al lado de la casa de mis primas –a donde yo iba todas las tardes- vivía la Lola. No conocíamos ni su nombre ni su apellido, pero no hacía falta.

-¡Mirá el pelo! –me decía Anamaría desde su reposera en la vereda, mientras tomábamos mate. Teníamos la misma edad y éramos muy afines.

- ¡No puede ser más rubio! ¡Casi blanco! –le contesto- y fijáte la ropa ajustada y ese maquillaje…ideal para el día… ¡Jajajajajaja! El delineador negro que bordeaba sus ojos y el rojo pasión de sus labios podía verse desde lejos, pero en una cara añosa y a plena luz del sol, tomaba un cariz  entre grotesco y dramático.

- ¡Che! ¿De qué hablan? –dice Luisa saliendo de la casa con el bronceador en la mano. Bikini reluciente y cuerpo de adolescente, era la más chica del grupo.

-¡¡De la Lola!! ¿De qué va a ser? Recién pasó con su perrito de diva, ¡no sabés! ¡Un aparato, la vieja loca esa! Estábamos muy entusiasmadas en criticarla. Llevar un diminuto can como si fuera una cartera de mano era otra de sus extravagancias, una verdadera pionera de la moda. Nuestras inseguridades de adolescentes resaltaban en contraste con la determinación de la vecina que avanzaba pese al qué dirían.

La Lola tenía una casa espectacular con grandes ventanales hacia el mar, gruesas cortinas blancas caían sobre el piso. Decían que la había heredado de su familia. Un pasado de riqueza y belleza daba el marco ideal para todos los trascendidos. Su marido había sido un abogado exitoso en la ciudad hacía muchos años; ahora ella era viuda.

Nosotras pasábamos para el mercado de la esquina a cada rato sólo  para ver los muebles de su casa. Se veían unos amplios sillones blancos como los que aparecían en la televisión.

- Saco las reposeras a la vereda para que los vecinos nos vean –decía la Lola, con voz ronca, a su pareja que era mucho más joven que ella; estaban los dos recostados mirando el mar.

- ¿Reposeras? ¿Y la mesita, la sombrilla y el champagne? –le preguntó el joven y atlético muchacho mirándola a través de sus lentes oscuros, a la vez que soltaba una ruidosa carcajada.

- Todo es para lo mismo. ¿No te das cuenta de que somos una pareja exótica? La  rica y el joven guapo –Lola gozaba de su desinhibición, no tenía nada que perder y ya le quedaban pocos años de vida para disfrutar.

- ¿Vamos esta noche al Álamo? –le dijo el inquieto muchacho, tirado al sol como una lagartija.

-¡Sí! Después de dormir una buena siesta, por supuesto. Hay que aprovechar todas las noches… -se hacía la diva, con sus lentes negros tipo Gatúbela. Usaba un bikini que mostraba cómo el tiempo había deteriorado su piel que caía en pliegues por el efecto de la gravedad.

A nosotras no nos dejaban ir al Álamo, porque éramos muy chicas todavía. Al día siguiente nos enterábamos igual de lo que había pasado.

- La Lola vestida de dorado se revoloteaba alrededor del muchachito –nos contaban mientras caía la tarde y el mar fluía sereno sobre la playa.

- ¿Cómo que le revoloteaba? –pregunté tratando de imaginar esa escena de película. Mis trece años estaban a flor de piel y esos temas me atraían sobremanera.

- Ella bailaba alrededor de él y se frotaba hacia abajo y hacia arriba, él le hacía todo tipo de mimos, la besaba, la abrazaba… y la gente haciendo ronda aplaudía –aparecían los detalles, cada vez más finos, de esa relación tan desigual e insólita. Estábamos acostumbrados a ver hombres grandes y ricos con señoritas jóvenes y voluptuosas pero nunca al revés, y menos en vivo y en directo.

- Y él, ¿por qué estará con ella? Parece su abuela –apuntó Luisa con la ingenuidad propia de su edad.

- Ella le paga  –le contestaron.

- ¡Uy! Pero, ¡qué estómago!, ¿no? –yo trataba de entender lo que me parecía un tamaño despropósito.

- En el boliche se comentaba anoche que él la emborracha y no pasa nada después. El se escapa con chicas de su edad cuando ella se duerme y se gasta toda la plata. Total, tiene casa y comida al otro día. Encima, ella le compra ropa, relojes y hasta un auto –el relato era apasionante, parecía una película en nuestra playa y con los vecinos como actores.

A la tardecita caminaban por la rambla de punta a punta. Todos los observaban: tanto los que paseaban en auto, despacito, como los que estaban tomando fresco en las veredas de sus casas. Ella, como siempre, vestida y pintada en forma escandalosa y extemporánea para su edad. Calzas animal- print, altas plataformas, mucho dorado en su remera, lentes negros de sol y un gran sombrero de ala ancha con flores. El -un dandy, el Johnny- bronceado y vestido con ropa muy blanca, bermudas y remera, ojotas, lentes negros y con el andar de un cuerpo joven, altivo y elegante a la vez. Iban de la mano conversando y riendo.

En las veredas de la primera fila, la gente sentada, disfrutaba de la vista al mar en la mejor hora de la playa, cuando baja y sol y ya no sopla viento. Algunos,  con el vermouth y la picadita en improvisadas mesas. Comentaban: “¡Menos mal que su marido está muerto!” “Esta mujer, ¿no tiene hijos?” “¡Qué desvergonzada!” -opiniones de todo calibre se podían escuchar al paso de la pareja- “¡Parece que es europea! Seguramente francesa, por lo desfachatada… ¡Qué atorranta, la vieja!”

El verano avanzaba sin prisa pero sin pausa; se acercaba marzo y el almanaque nos cantaba la vuelta al colegio. Un día no se abrieron los ventanales de la casa de la Lola. Seguramente habrían viajado en un crucero alrededor del mundo, nuestra imaginación volaba para  interpretar la nueva situación. Ya no estaban en la vereda mostrando su amor, ni en la playa ni en el boliche, ya no paseaban por la costanera alardeando de hacer “lo que a uno se le cantan las ganas”. Quizá estaban en París disfrutando de todo el glamour del primer mundo. ¡Ah! La ciudad del amor… o en Venecia, tal vez, navegando en una góndola sobre el gran canal… ¡Vaya uno a saber!

Con el paso de los días aparecieron los rumores en la villa balnearia. Él se habría ido –después de robarle plata y joyas- con una chica de su edad; no se sabía a dónde. También se habría llevado el auto último modelo que Lola le había regalado. El Johnny lo tenía todo calculado según veíamos ahora, el príncipe de la película se nos vino abajo de golpe.

- Parece que la durmió con un somnífero –decían las malas lenguas en el mercado- y luego se fue y desapareció.

- Después de eso, ella ya no sale más –se comentaba- vive borracha encerrada en su casa.

Lo que antes era mirar y comentar ahora era susurrar sobre suposiciones. ¿Nadie vendrá a salvarla? ¿No tendrá sobrinos? ¿Hermanos o cuñados? ¿Quién le lleva la comida? ¿Se habrá muerto ya? Pasábamos por la vereda de su casa –disimulando- para ver si podíamos descubrir algo. Habíamos visto muchas películas donde el cadáver aparece después de varios días y en estado de descomposición… ¡¡¡ Puaj !!!... como en Siete Pecados Capitales.


Una noche cálida, siendo las tres de la mañana, Lola salió de su casa vestida de blanco y empezó a caminar hacia el mar. Cruzó la vereda y la calle, no interrumpió su paso aunque pisó la arena gruesa, después la fina que acerca a la costa, la espuma mojó sus pies desnudos. Avanzó y avanzó sin cesar, no parecía que el frío de las olas le hiciera nada  y desapareció en el negro mar, iluminado apenas por las estrellas. Esa decisión que había tenido para vivir se veía ahora en su marcha hacia la muerte. Se vio una mancha blanca sobre el oscuro océano como si fuera leche derramada…

Te vas, Alfonsina…en tu soledad…[1]

Apareció el cuerpo a los pocos días. La rescataron con una lancha de la prefectura y la bajaron a la costa en una camilla toda tapada con una bolsa negra. La gente se arremolinó para poder ver; nosotras, mirando en silencio, nos preguntábamos si estaría azul-violeta… Caía el sol de la tarde…

Un papel en la mesa -de su casa abandonada- simplemente decía: “Fui, soy y seré siempre joven, bella y rica”,  escrito con una fina letra manuscrita y cursiva. 





[1] La poetisa Alfonsina Storni se suicidó entrando al mar en Mar del Plata, una canción argentina la recuerda así.

En el hospital


Juan Carlos Camacho


Los médicos no sabían lo que le pasaba a J. Ordenaban una serie de análisis, de sangre, de orina; pedían muestras de secreciones de la faringe, de las amígdalas, le revisaban la esclerótica, le palpaban el vientre y el hígado, le hacían sacar la lengua y le formulaban un montón de preguntas, a las que respondía desganado. Una fiebre de cuarenta grados, por cinco días seguidos, lo estaba consumiendo. Había perdido completamente el apetito y tenía el hígado inflamado.  El médico, le recetó un coctel de antibióticos que no le sirvió para nada; entonces cambió de médico, a un reputado gastroenterólogo, ya mayor, a quien en Arequipa se lo conocía con el apelativo de “mano santa” debido a su habilidad para practicar la cirugía del apéndice. De nuevo, más antibióticos y ningún resultado.  Finalmente,  cuando ya había perdido más de cinco kilos y estaba amarillento como un cirio,  no tuvo más remedio que ir al hospital del seguro social en Arequipa.

Pacientes esperando en los grises y lóbregos ambientes del servicio de emergencia fue lo primero que J vio,  luego pasó por la estación de triage, en la que le tomaron la temperatura y los signos vitales y,  por fin,  se le informó la decisión de su internamiento, una vez que resolvieran el  problema de la falta de cama, pues en aquel momento no había ninguna libre.  Ya tarde, lo internaron en el séptimo piso.  La habitación era pequeña, con cinco camas separadas por cortinas; la suya tenía al lado derecho una amplia ventana con persianas venecianas. El cuarto disponía de un baño pequeño con ducha, lavamanos y toilet, Por el piso rondaban las clásicas cucarachas de hospital, grandes y cafés, con sus  largas antenas tembleques y sus marrones élitros brillantes. Aparecían y desaparecían como por arte de magia, pero las paredes y piso del baño eran sus lugares preferidos. J imaginaba cómo sería la vida subterránea en la red intrincada de tuberías hospitalarias, donde  miríadas de insectos, roedores y otras alimañas se arrastraban, corrían o deslizaban en un torrente invisible pero que sentía tan próximo como repelente.   Esa noche apenas pudo dormir por un par de horas,  le sudaba la nuca por la fiebre y la inquietud de no tener ninguna certeza sobre el mal que le aquejaba. Del origen, si que tenía una vaga idea…

Pocos días antes, en un evento partidario, habían inaugurado un local distrital en la casa de unos simpatizantes.  Los anfitriones organizaron una nutrida reunión con la asistencia de vecinos notables e invitaron un almuerzo arequipeño regado con copas de vino borgoña blanco de ínfima calidad.

“Me siento terriblel, creo que me cayó mal el rocoto relleno o el vino que nos dieron de almuerzo”.- Confesó, al atardecer de ese día,  a Óscar, su compañero de campaña y candidato como él.

“Qué raro, yo estoy bien, mejor descansa esta noche, mañana seguramente estarás mejor”.-Respondió Óscar, afablemente.

J tenía todavía varias actividades aún,  pero las canceló todas se fue a acostar, esperanzado en levantarse sano al día siguiente. Cuál no sería su sorpresa cuando, al día siguiente, se sintió peor, mareado,  con fiebre y sin ganas de hacer nada.

La visión de las sábanas de tocuyo blanco y la colcha, mil veces usadas y marcadas con una cifra en plumón negro, le recordaban las marcas de los números que tenían en las muñecas los prisioneros de los campos de concentración  nazis.

J no recibía muchas visitas, a Cecilia, su esposa,  le prohibieron verlo, dada su situación de embarazo de casi nueve meses, solo su padre venía de cuando en cuando a ver cómo se encontraba.

  -Es un caso inusual, de diagnóstico difícil, de lo único que estoy completamente  seguro es que usted está  muy bajo de defensas-. Indicaba uno de los médicos a J, moviendo al mismo tiempo la cabeza con el seño fruncido.  Por las noches J  seguía humedeciendo la almohada.  Cuando esto sucedía,  le daba la vuelta, pero luego la empapaba por el otro lado.  Tenía el  sueño intermitente y se despertaba con cada ingreso de las enfermeras de turno a la habitación.  En el séptimo  piso del hospital habría unas veinte habitaciones similares.  Era un edificio de principios de los años setenta, funcional y con un diseño modernista, de nueve pisos, con amplias áreas verdes y ascensores. Pero más de veinte años de trajín intenso lo habían  deteriorado visiblemente, en especial a sus zonas públicas y a sus habitaciones de hospitalización; la pintura se encontraba en malas condiciones y las persianas necesitaban reparación.  Algunos enfermos se lamentaban en silencio; otros, la mayoría, lucían indiferentes mirando desde sus camas esas horribles telenovelas mexicanas a todo volumen, en aparatos de televisión que operaban con sus controles remotos.

Un enfermo de la cama vecina  estaba también grave.  Sus familiares contrataron a un señor de edad avanzada que se ofrecía a cuidar a los enfermos por cierta cantidad de dinero. El cuidante tenía una frente impresionante por su forma cónica como un huevo, era voluminosa, pero en la punta estaba  como desinflada y adornada con una gran cicatriz. A la vista, había sufrido un accidente terrible o le habían practicado una lobotomía de parte del lóbulo frontal; sin embargo,  caminaba, miraba y hablaba casi normalmente; pero  en la noche solo se dedicaba a dormir. Su presencia, con su impresionante frente le  daba  un aspecto todavía más sórdido al cuarto del hospital.

La salud de J empeoraba cada día más, la faringitis le impedía pasar la saliva, había perdido completamente el apetito y lucía cada vez más demacrado. Los médicos, confundidos,  esperaban lo peor.

“No me gusta recibir visitas y que vean mi estado lamentable, prefiero sufrir solo.  Me han suspendido los alimentos sólidos y sólo me dan mate de anís, además del suero intravenoso y los antibióticos.  Me siento cada vez peor, tengo la faringe y las amígdalas inflamadas y con una cubierta blanca -cándida alcibans- me dijo una doctora, unos hongos saprófitos que atacan cuando uno está muy bajo defensas naturales. La esclerótica la tengo amarilla y la boca seca, la fiebre no baja.” -cavilaba J, sin poder tranquilizarse.

El médico jefe de piso, temía que tuviera difteria, una enfermedad que ya no se presentaba desde hace muchos años en Arequipa y pidió a Cecilia que consiguiera un suero específico que no había en el Perú.  Ella se las ingenió para encargarlo en Arica y lo hizo enviar con un amigo que trabajaba en Tacna.  En un par de días llegó en un conservador plástico con hielo.  Como no estaban seguros de lo que padecía, al final descartaron colocarle el suero anti diftérico.

A Cecilia, la enfermedad sin diagnóstico seguro de J, le inquietó de alguna manera pero no por eso interrumpió sus actividades. Su trabajo de promotora en el Instituto del Sur y el embarazo, que ya daba a su fin, concentraban casi toda su atención. Un año antes el Sodalitum había decidido incursionar agresivamente en la formación superior de los jóvenes arequipeños y el Instituto del Sur sería su primera apuesta. Cecilia había sido reclutada como promotora y el director le había encargado  captar el interés de las promociones salientes de los principales colegios privados locales. Ese verano, le proporcionaron un VHS y un televisor de veintiún pulgadas para hacer la promoción. Como buena hiperactiva,  había olvidado completamente su estado grávido.  La adrenalina,  derivada del desafío de convencer a los prospectos sobre la misión de excelencia educativa ofrecida, era superior a su propia condición de preñez. Además esa circunstancia parecía darle más fuerza para acometer sus visitas de promoción.  Los chicos de los colegios Prescott,  San José, La Salle y algunos otros, sentían curiosidad al verla llegar con sus equipos, que trasladaba en su propio carro, un Volkswagen amarillo, apenas acompañada de un asistente. Enfundada en un traje floreado amplio, con su cabello negro crespo, al estilo áfrica look natural, su tez morena y joven, y el prominente vientre de ocho meses de gestación era algo que los chicos no esperaban ver. 

Aquella tarde, cuando J ya estaba internado por más de dos semanas, Cecilia trabajó hasta  entrada la noche. Entró al departamento dúplex de la calle Melgar, donde quedaba la quinta familiar en la que vivían,  y rendida, se echó en la cama, fue entonces cuando sintió las primeras contracciones. Ante la falta del marido, acudió a una hermana mayor que la derivó al hospital del seguro. Ingresó con la confianza de que las cosas de la naturaleza fluirían por sí mismas. La hospitalizaron en el tercer piso, el de maternidad.

Ese domingo J, pensaba: “En la mañana,  entró un cura haciendo sonar  una campanilla en cada habitación, invitando a comer la ostia a los creyentes  y a dar la extremaunción a los enfermos agonizantes”. J era agnóstico, pero en aquel trance, no pudo dejar de pensar en la proximidad del desenlace y en la partida.  No creía en la vida eterna. ¿Será verdad que los ateos, antes de morir, reniegan de su verdad y se convierten?” ¿Abdicaré de mi agnosticismo como Chesterton o me mantendré hasta el final fiel a mi verdad, como Orwell? –discurría. Pensaba en el retoño que habría de nacer por esos días,  y, sin poder evitarlo más, se sentía invadido por un sentimiento religioso, como cuando era púber y sintió el viento del soplo divino en un campamento de verano organizado por los evangelistas del colegio Internacional.

Uno de los médicos le informó a J que su esposa  había ingresado la víspera, con síntomas de parto inminente. “Cuando me internaron la dejé con casi nueve meses de embarazo” –recordó como en un sueño. 

J inquirió  a uno de los médicos con ansiedad:

 “¿Fue un parto normal o hay alguna complicación?, doctor”

“Absolutamente normal, será un parto natural.  Pero, por supuesto, tú no podrás ver a la criatura todavía; el peligro de contagio, tú sabes”. -Respondió el doctor con amabilidad.

Por supuesto no quiero que haya el menor riesgo”- le contestó J,  con firmeza.

Ese día J pensó: “Si no salgo vivo de este hospital, por lo menos algo de mi creación saldrá de aquí”, y sintió,  con emoción verdadera, el sentimiento único  de estar pronto a ser padre por primera vez. Irónicamente eso sucedía  en un momento en que sentía alejarse aleteando  su propia vida.

Del nacimiento de su hija Daniela -ése fue el nombre que le dio en ese momento-  se enteró poco tiempo después del parto.  Un médico, que se hizo su confidente,  le contó que todo había salido bien y que era mujer. J recordó que su  esposa siempre decía: “Que sea hombre o mujer, con tal de que venga con salud”.  Increíblemente, desde ese momento J  empezó a sentirse  mejor, la garganta se le fue desinflamando gradualmente y le regresaron las ganas de vivir. A los pocos días pudo bajar al piso de maternidad para ver a la recién nacida, dormida en los brazos de Cecilia.  Se emocionó al ver el esbozo de su sonrisa tierna y descubrir en su rostro un aire familiar.  Sus rasgos suaves, sus mejillas sonrosadas y su quijada afilada,  recordaban a J a su madre de joven.  ¡Por fin era padre de su primera hija!  Solo le faltaba escribir su libro y plantar varios árboles.

A partir de ese momento, la recuperación fue rápida, le regresó el apetito que había perdido por semanas y aceptó la comida sólida, unos cotidianos bistecs con arroz y clara de huevo cocido. Los resultados de los análisis mejoraron paulatinamente.  La mañana que le dieron de alta estaba tan debilitado por haber guardado cama, por más de un mes, que casi perdió el equilibrio al bajar las gradas, pues tenía los músculos  agarrotados y el apuro por ver a su hija Daniela era irrefrenable…..

Pronto se sumiría de nuevo en la campaña, con más ímpetu, debido a que en el tiempo que había estado fuera de circulación muchas cosas pasaron. Su liderazgo en las encuestas  decayó y arreciaba una fuerte competencia entre los candidatos. En su ausencia, le redujeron la pauta publicitaria,  favoreciendo a los otros a su costa. Tuvo que trabajar a fondo para recuperar el tiempo perdido. Pero al fin, superando la debilidad física, logró la meta, fue elegido.

En las madrugadas aa pequeña, con su canturreo despertaba a J,  haciéndole olvidar la mala noche, por haberse levantado varias veces para preparar el biberón. Entonces pensaba “ Por un hecho inexplicable, a esta pequeña, a este ángel caído del cielo le debo la vida.”

Una noche J soñó que se encontraba  en medio de una lujuriosa selva. La puesta de sol había dado inicio a la sinfonía de colores y  se hallaba en una colina desde donde veía el río y sus meandros, adivinando todo su curso, a través de bofedales, cerros, cordilleras, hasta perderse en la selva baja, verde como la vida. Se despertó en  calma y  recordó súbitamente un fragmento de un poema de Heraud que había leído muchos años atrás:

“….los árboles cantan con 
    el río, 
    los árboles cantan 
    con mi corazón de pájaro, 
    los ríos cantan con mis 
    brazos.”

martes, 4 de diciembre de 2012

La subasta


Raúl Mendoza Cánepa


Martín Esteves tenía el rostro petrificado, el aire reposado y la mirada lánguida. Había perdido la sonrisa desde aquel incendio que paralizó sus nervios. Tenía el entrecejo apretado y las comisuras en arco, siempre hacia abajo, como si una sutil amargura gobernara su carácter. La cicatriz de la mandíbula se había atenuado con los años. Cuentan que una bala perdida durante aquel acontecimiento atravesó su paladar desde las fosas nasales sin afectar órganos vitales. La masa encefálica quedó incólume tras la segunda bala. De todas maneras había pasado mucho tiempo desde aquel lúgubre acontecimiento que lo marcó para siempre. Guardaba desde entonces una cicatriz que le recordaba a aquellos trazos grabados en la empuñadura del bastón de caoba de su abuelo Esteves Miranda allá en San Ramón de los valles. La piel rugosa del antebrazo y aquellas líneas azuladas que recorrían su frente como la rúbrica de un golpe antiguo lo mortificaban. Solía repasar las formas de su rostro quebrado en el espejo. Era una grieta descomunal que alineaba como una señal recta hacia su entrecejo casposo. Tenía el aire áspero. La memoria de los acontecimientos no se había difuminado con los años.

Con la mirada fija o aparentemente fija, pero perdida en algún punto, musitaba un odio antiguo que invadía su mente como una trágica y persistente reverberación. María Santiago, su mujer, tomó su mano muy delicadamente para amainar la desazón de aquel hombre que le hablaba poco, a cuentagotas como le increpaba ella.

Sobre las hileras de sillas dispuestas alrededor del podio, reposaban, lánguidos, los asistentes. Martín observaba concentradamente las líneas de todos aquellos rostros. Contempló los trazos curvos, modernistas, del techo, impregnados de delicadas rosas mate. Algún artista tardíamente apasionado del Art Nouveau había delineado formas extrañas alrededor de un viejo lamparón que colgaba casi sobre su cabeza. No lograba precisar aquellas figuraciones ni la identidad de aquel dios alado que contemplaba a la gran Helena, pero se asemejaban mucho al de aquellas ilustraciones de un libro que hacía tantos y tantos años había leído en la Riviera francesa. Gozaba de una gran fortuna familiar. Su padre le había heredado las industrias Karl y la flota de carga del Pacífico. No obstante todo,  su fama literaria se había difuminado con los años.

Había visto a María, muchas noches, apretujada de mantas junto a las brasas de la sala, leyendo aquel libraco azul de tapa dura y letras doradas. Era la obra monumental de un poeta en aquel entonces envuelto entre las brumas de una insistente derrota. En el fondo, y ya en su vejez, empezó a creer que María había amado  a aquel hombre más que a nadie. Muchas  veces trató de penetrar aquellos ojos verde azules tratando de descifrar el lenguaje de esas pupilas profundas que se sumergían entre tarde y tarde en la lectura de un escritor que publicó tardíamente su primera obra y que eligió la muerte como una indescifrable queja. A Martín le consolaba que Diego Carranza hubiera abandonado el mundo, que María solo tuviera la opción misérrima de visitar su lápida los últimos sábados del mes. Se había tornado un hábito desde aquella tarde que resolvió leer aquel poema que solo podía atañerle a ella, poema de amor que recitaba entre murmullos en la naciente luz del alba, a escondidas siempre, espiada a menudo por los ojos bestiales de su marido. Carranza se lo había escrito y recitado debajo del sauce viejo en Los Lagos donde alguna vez trazó las líneas de su nombre con un cuchillo para pelar manzanas, “María”. María. La bella. Aun se lee aquella inscripción, aunque el tiempo ha difuminado algunas de las líneas. Fue bajo ese árbol que ella se negó a su amor por segunda vez.

Abriéndose paso entre el público de pie apiñado en el corredor, asomó el martillero. El murmullo de voces de los curiosos cedió a la orden del director de la sala, que se acomodó cansinamente mientras desplegaba una hoja de papel. Enseguida leyó una breve lista de los objetos que se iban a subastar: el piano alemán de un espía nazi que pasó sus últimos años en Bolivia, Maxim Von Rietriebb; un monóculo que, según afirman, los expertos peritos, perteneció al gran tradicionalista Ricardo Palma; una pluma cuyo origen se remonta al siglo de oro español y el plato fuerte de la jornada, un manuscrito inédito de Diego Carranza, el poeta más celebrado de la segunda década del siglo XXI, una genuina joya. Se dice que el vate quiso quemar aquellas páginas una semana antes de su muerte. La novedad es que entre todos esos folios amarillentos, se descubrían los versos inéditos más prodigiosos del escritor y que solo ahora podrían ver la luz si es que un entusiasmado coleccionista optaba por publicarlos o en última instancia vendérselos a un editor.

Martín se inquietó por los golpazos secos del martillo sobre la explanada de madera de aquel podio que escondía el cúmulo de papeles del nuevo héroe de las letras nacionales. La de Carranza era una fama póstuma, una celebración a deshoras que el gran Esteves estimaba como una injusta glorificación. Al atisbar las marcas de su mano y el brillo sutil de la quemadura en sus dedos, el escritor no podía contener el caudal de odios que se arremolinaban en sus ojos. Lo había odiado por años y, a la vez, admirado por el gran portento de aquellos versos místicos, en apariencia insuperables. Solo tenía ahora entre manos aquella vieja edición que casi se vio forzado a leer en un set de televisión algunos años atrás. El diseño de la tapa, en efecto, lo hacía tornar la mirada hacia aquellos finos ornamentos del techo. Había un elemento común, una sutil invocación modernista, porque Carranza quiso ser el Rubén Darío de las letras nacionales. Le fascinaban los versos modernistas y el Art Nouveau en la arquitectura, todo estaba emparentado, las palabras, las imágenes. Joan Gardeniel, novelista catalán, de vocación modernista, también había llegado para celebrar este momento y leer de primeras algunos de los versos inéditos de Carranza. Martín le hizo una venia, le parecía increíble una convocatoria solo comparable a aquella que en 1962 reunió a media intelectualidad francesa en los pasillos de la Biblioteca de París. El gobierno francés había adquirido los manuscritos y memorabilia del gran Proust. Diego Carranza le recordaba al solitario francés de la recherche du temps perdú. Los organizadores leyeron las instrucciones del evento y concedieron una pausa de diez minutos.

Una bóveda azul sobrecargada de dibujos polícromos distrajo la mirada de Esteves, que tornó sus pasos hacia una descomunal ventana desde donde pudo atisbar la ciudad.  Observó el cielo radiante, limpio, de aquel mediodía en el que emergieron nuevamente los viejos fantasmas de un pasado oscuro, aquellos espantosos espectros de una media tarde en aquel set de televisión en que se enfrentó con la muerte, memorias que el artista abrumado aún y a los años no podía remontar. Se tocó el dorso quemado de la mano nuevamente como si aquella congregación de gentes lo tornará hacia aquel día infausto. María lo observaba calmadamente detrás. Martín le señaló los techos caóticos de esta ciudad que se desmoronaba a pedazos, techos repletos de llantas, maderos, catres. “Todo es ruina, María. Esos papeles serán ruinas, como lo es la fama o mi piel. La gloria siempre es mejor. La gloria y la fama no son lo mismo. De obtener los versos de Carranza, los quemaré y los quemaré aunque sean papeles inéditos, por más que la gloria de Diego sea ya indetenible, lo quemaré y no podrás persuadirme de lo contrario. No permitiré que lo leas nuevamente. Él ganó todas las guerras del arte, finalmente me superó, pero no pensarás más en las concatenaciones de palabras que aun te saltan en los ojos. Todos hablan de él, solo de él, tú lo admiras. Soy un héroe olvidado. En cien años pocos pronunciarán mi nombre. El de él me antecederá en los libros de literatura. Él es un boom, sus ediciones venden por millones”. María lo miraba con los ojos bien abiertos, atlánticos, minerales, con esos ojos de órbitas inmensas que languidecían como dominados por una sutil conmiseración.

Nada era uniforme en esta ciudad a la que Martín había empezado a odiar desde el momento en que retornó de Madrid. La pareja volvió a sus asientos. María contuvo la turbación de su esposo arqueándose sobre él y recostando la cabeza sobre su pecho agitado. Parecía guardar distancia de aquel acto al que había asistido forzada por la obsesión de su marido, una extraña obsesión por destruir la memoria de Carranza, por obtener sus libros para reunirlos en la pira de ladrillos que había construido en el jardín “Vaya afán terco el de luchar contra un muerto”, decía ella. Esteves creía que las palabras glaciales de María solo simulaban lo que en el fondo era un sentimiento soterrado, largamente oculto aunque manifiesto en aquel bello rostro aporcelanado que, como victoria sobre el tiempo, había resistido el embate de la vejez.

El sujeto del martillo puso orden. Los asistentes guardaron silencio disciplinadamente. El juego dio inicio. Las pujas parecían no tener fin. La subasta se había convertido en una turba de voces y murmullos que no parecían importunar el ánimo de Martín. Los objetos fueron vendidos en una atmósfera de gran tensión. El locutor gesticulaba desde un podio de cedro, ofreciendo la última novedad de la tarde. El viejo Esteves se repantigó en su asiento, dispuesto a no perder la oportunidad que se le venía.

Señores, señoras, este manuscrito es de inestimable valor. Perteneció a uno de los poetas más grandes de nuestra literatura nacional, el extraordinario Diego Carranza.

Esteves se sobresaltó. Había esperado muchos días por esta ocasión. Aquellos papeles eran únicos en su especie, casi una reliquia, pero para él era un objeto de particular interés personal, quemarlos en la hoguera de sus recuerdos infinitos pasó a ser su mayor objetivo, su victoria final. Recorrió con su vista el descomunal salón de la Casa Niemeyer. La voz del locutor se hizo más potente y ubicua. 

- Y Carranza, señores, el poeta descomunal, nos da lustre en el mundo de las letras, sus libros se han traducido ya a doce idiomas y se venden en las grandes librerías de Madrid y Londres. Yo les sugiero adquirir estos inéditos por una razón especial, el poeta hizo de tripas corazón para no extraviar este documento. Los llevó consigo durante años en su alforja, lo mantuvo en su gabinete, trazó líneas y garabatos, corrigió cuanto pudo. Son cuarenta poemas que no se han editado, magníficos poemas de amor. El precio, señores, señoras, no puede ser más justo, más justo con aquel escritor que hoy engalana nuestra vida literaria y que nos ha concedido sus fabulosas letras, sus libros son la lectura favorita de reyes y de gobernantes tanto como de la gente del pueblo. Señoras, señores, Diego Carranza tiene la gala y prestancia, el gran renombre universal de un Vallejo.

Martín observaba con atención cada movimiento del locutor, que agitaba las manos y el tronco como un gran prestidigitador. Frunció el entrecejo, una nota de angustia ganó su rostro. Un sudor helado cubrió su frente.

- ¿Estás bien? –preguntó María.

- Sí, no es nada –respondió rápidamente Martín.

El locutor gesticulaba con mayor énfasis mientras impostaba la voz.

- No los leeré ahora, pero estos versos son de gran belleza, la arquitectura de una obra de arte genuina que usted se podrá llevar a casa por nada menos que doscientos mil dólares. Directo a casa.

Un hombre macilento con unos lentes de lunas gruesas levantó la mano antes que todos, doscientos sesenta mil.

- ¿Alguien da más? –preguntó el subastador mientras señalaba hacia el público, amenazante.

Una señora regordeta, con aire marcial, levantó la mano, ofreció trescientos. El locutor no se detuvo e interrogó a los presentes. Quién da más. La voz se le quebraba a ratos, pero no se detenía. Martín alzó una mano, trescientos ochenta.

- El señor del fondo da trescientos ochenta ¿Quién da más? –preguntó, obsesionado y casi sin aire el subastador.

Un señor de aspecto muy serio, encorbatado y peinado a la gomina, alzó la voz y ofreció cuatrocientos. Era el dueño de una editorial en Cataluña. Había comprado recién por e-bay la máquina de escribir de Truman Capote, a menor precio que aquellos manuscritos, que eran un misterio novedoso para todo coleccionista del orbe. El señor Pardaux ha ofrecido cuatrocientos ¿Quién da más? Una voz portentosa desde uno de los laterales invadió la sala. Quinientos mil.

- Quinientos mil parece una suma insuperable, señores y señoras ¿Alguien da más? Carranza escribió sus fabulosos versos en ese cúmulo de papeles bond, pero también hizo anotaciones y trazó algunas líneas de sus memorias. Quinientos a la una…Es una oportunidad, quinientos a las dos.

Un rumor agudo apagó la voz del animador. Martín levantó la mano. Doy quinientos ochenta. Se hizo un silencio denso. Cerrado, el manuscrito es del señor coleccionista del sacón azul.

Esteves se amilanó, el locutor no había reconocido su rostro, tan omnipresente en otros tiempos en todas las páginas culturales. Se incorporó lentamente y caminó unos metros para recibir el paquete. Se sentía observado por las múltiples miradas que lo atravesaban solo por curiosidad. Algunos pocos lograban reconocer a aquel escritor que hacía una década había ganado el Premio Martín Fierro y cuya novela “Los ruiseñores” había sido el primero de la lista de los libros más vendidos en Lima. Hoy solo “La Invención del Reino”, de Carranza batía todos los records, bastante por encima de la reciente edición de la gran novela que Martín Esteves había escrito a lo largo de aquellos últimos años de soledad y abatimiento: “Los espectros”. Con el poemario, el gran Carranza ganaba lectoría, especialmente en Europa, la quinta reedición de su última novela, publicada post mortem y best seller  en su primera edición por Caleidoscopio abarrotaba los estantes de las librerías en Madrid, Roma y Lisboa.

Firme aquí debajo –le dijo una funcionaria de la sala de subastas, mientras escribía concentradamente en un papel.

- ¿Ya me los puedo llevar? –interrogó Martín.

- En unos minutos, señor –replicó la dama.

Cuando recibió el paquete, se abrió paso entre el gentío que lo ahogaba. Raudamente atravesó una segunda sala, mientras su esposa lo seguía detrás a largos trancos.

Esteves se reunió con María junto a la salida posterior de la sala de subastas. El escritor tenía los ojos inyectados y bien abiertos, el rojor había ganado su rostro inflamado por la cólera. María musitó algunas palabras en el oído de aquel hombre que solo cedía a lo que decía su mujer.

- Sígueme –ordenó Esteves.

Caminaron a lo largo de Miró Quesada hasta ganar la calle transversal. Se aseguraron de no ser seguidos. Ingresaron raudamente a la playa de estacionamiento y enrumbaron a casa. Al llegar, Esteves extrajo del paquete envuelto en celofán el fajo de papeles inéditos del gran Diego Carranza. Recordó con mayor intensidad la tarde aquella en que Carranza asomó con un lanzallamas en el set de televisión donde el conducía un programa sobre poesía. Lo odió desde entonces. Tras las quemaduras Esteves se eclipsó, pero Carranza, muerto por la Policía durante esa misma fatídica jornada, adquirió ribetes de leyenda. Su obra empezó a venderse en las librerías europeas. Ganó fama mundial.

Esteves empezó a quemar los papeles, envueltos en una tela. El jardín de la casa lucía iluminado por las llamas. Uno de los poemas, el único que quedaba a las finales voló desde el fuego hasta una explanada de cemento al lado del gran jardín de los Esteves. El escritor corrió tras aquella página suelta para prenderle fuego y eliminar los últimos rastros de la que hubiera sido la edición póstuma del descomunal Carranza. Pero se detuvo, leyó aquella página muy bajito para que María no lo escuchara. Sus ojos se abrieron casi saliéndose de sus cuencas. Recordó que en 1989 un cúmulo de papeles desapareció de su escritorio. Era su poemario inédito “La invención de las horas”, una consecución de versos místicos que, de haberse editado, le hubieran dado una consagración mayor aún. Reconoció su propia obra en esas líneas. Observó las cenizas, desolado.

Aterrado, se dispuso a leer, esta vez en voz alta:

Turbadas aves
torvos que enturbian
hijas de las tormentas
temor que arredra
pronto trueno.

 Lluvia que picotea
 el vidrio trémulo
 Terror de trizas
  tromba que arrecia.

La mala hora
 de las turbias aguas
  abre a la luz palabras
palabras que se tienden
 sobre la yerba pálida.

- Interesante –interrumpió María- son versos de una gran belleza, que te superan, Martín, debo decirlo.

Esteves ignoró la frase inmisericorde de su mujer. Continuó leyendo.

El sol se pone en el dormidero,
  de la vida el pájaro
 del batir las alas.

La luz invade
entre sosiegos
 leche caliente
material espeso
 bracea la colcha
entibia el lecho
se desmonta el peso
anuda el cielo
 prontos hombres a nacer
  amnióticos destellos (reposa el verso).

Senda que se abre
 en celeste brasa
 y en el seno el cuerpo
 de acogedoras llamas
 de la divina majestad
 los sublimes pechos.

Rutila la sustancia,
 del rosa purpurada
            vierten azucenas blancas.

Fue la última vez que María vio a su marido. Lo hizo buscar por las diversas calles de Lima, por hospitales y hospicios. Nunca nadie más supo de aquel gran escritor, cuyos últimos versos datan de 1970 en una hoja de papel amarillento y estrujado, hallazgo que se incorporó aisladamente a su libro “Entre sombras” y que tituló “Las turbadas aves”. Aquella página en manuscrito, con la rúbrica tardía del poeta tras la última gran subasta de Lima, se exhibe actualmente en el Museo de Arte Contemporáneo.