viernes, 13 de mayo de 2011

Todo es un cuento

Antonio Bardales


Es las 6.40 p.m. El ocaso de este día desde mi oficina se ve espectacular. El sol radiante se oculta tras las densas nubes de contaminación nocturna. Como me gustaría ver este anochecer desde Vichayito en Piura, cerca a Mancora. Que verano excepcional.

En Vichayito, me levantaba muy temprano para apreciar el amanecer mezquino en una ciudad como la capital. El sonido de las olas del mar, la refrescante humedad de la brisa marina, la melodía orquestal de los insectos que se despiden al llegar la alborada, observar la inmensidad del mar otorgan al visitante una peculiar paz y armonía sin igual.

Todos los días – increíblemente - me despertaba a las 5.00 a.m. Inmediatamente, me sentaba en el balcón de la habitación para apreciar aquel cuadro natural, esquivo a los habituales “ruidos” de nuestra profesión en Lima. En cambio, ella dormía con serenidad y dulzura, su cuerpo de hermosa piel canela sobre aquellas sabanas blancas expresaba una placidez y ternura angelical, pese a mi estrepitoso comportamiento. Una excepcional y cálida compañía. 

En nuestras largas caminatas y conflictivas conversaciones a la luz de la alborada y al borde del mar, le trasmitía mis más severas frustraciones:

-                 Ya no sé que hacer. En casa todo me aburre. La oficina y las continuas reuniones son improductivas. Los proyectos elaborados en la universidad acerca del  trabajo decente y productivo, y que son presentados a los ministros, a los políticos y a quienes dirigen los grupos de presión son despreciados y duramente criticados, dicen que son cosas del pasado. Siempre dicen: Trabajo Decente, eso es de la OIT, no sirve - Se lo narraba con especial firmeza y extraña convicción.

Ella me miraba con cariño. El silencio en el que se mantenía era cómplice de mis frustraciones. Pero al terminar mis quejas, dijo:

-                 Enseña. Dispersa tu experiencia. – afirmó con severidad, como si conociera mis más profundos anhelos.  

En ese momento la mire, y puntualice con ajena modestia:

-                 No es momento. 

Luego vilmente enfatizó:

-                 Me aburres.

Es la 7.00 de la noche. Sigo en la oficina. Un lugar amplio y caluroso. Los gatitos que ingresan y salen, las sucias persianas antiguas, el piso alfombrado pero agujereado, el escritorio de metal, los ventiladores colgantes con aspas de molino y las computadoras, resaltan la antigüedad de la construcción y del decorado. Durante más de quince años, los directores siempre han dicho que no existen fondos para decorar el ambiente de trabajo o para aumentar el pago. Pero es ingrata la sorpresa cuando lees a ocultas las Actas del Directorio y ves que los estados financieros muestran ahorro, reducción de costos y gastos. Al menos hoy, en este lugar, puedo idear un cuento - me dije.

Pienso en Borges. Recuerdo a Bryce. Busco algo escrito por Mario. Trato de evocar alguna historia de Julio. Revisó “La Rebelión en la Granja” de George Orwell. Aprecio una frase de Voltaire, marcada hace doce años, que dice: “Detesto lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo”. No inspira ni satisface. Lo dejo. Saco de mi alforja el Proceso de Kafka. Lo exploró. Me desanimo. Leo el Castillo. Igual ímpetu que con el anterior. Revisó unos cuantos periódicos pasados. No hay nada de nada.  Simplemente no puedo. 

Veo mi celular y el reloj marca las 7.30 p.m. La llamó. La hermosa morena que me sentenció como aburrido me contesta:

-                 Gordo. Estoy cerca de la casa. Vienes a comer pollo o aún seguirás en la oficina – me lo dijo con cierta aflicción y pena. Interiormente me pregunte si acaso esa voz será porque no la visito.

Sin dudarlo contesté:

-                 Claro que sí. Estoy saliendo.

Es las 7.40 p.m. y tengo que partir. Salgo apresurado de la oficina. Me despido de los felinos. La noche es oscura, pero la luz de los departamentos ilumina la calle. Con dificultad cuento las pocas monedas que tengo en el bolsillo. La remuneración no alcanza. Vi un taxi. Estiré mi brazo. El conductor detuvo el vehículo. Negociamos y luego subí al auto.

No recuerdo el camino ni cómo llegue a la calle y al edificio donde vive Rebeca. Mi reloj marca las 8.30 p.m. Saludé al guardián. Esta chica me tiene medio loco - le dije sonriente. Estoy frente a la puerta del departamento. Toco el timbre. Abren la puerta. Con su tierna sonrisa me invita a pasar. Su escultural figura me deja con un indescifrable asombro. Y el brillo de su ceñido vestido rojo me deslumbra. Deseo su cuerpo. Ella me mira y me dice:

-                 El pollo no tarda en venir.

La miro. La contemplo. Y lo único que me queda decirle es:

-                 ¿Tus papás se encuentran?

Ella me mira, se acerca a mi oído, y escucho atentamente lo que me comenta:

-                 Hoy no – siento que me susurra en el oído con su sensual voz y luego expresa con tono enérgico a unos cuantos pasos lejos de mí – están en su cuarto.

No pierdo tiempo y hablo con ella acerca de la dificultad que tengo para escribir.  Ella me mira, bosteza y dice:

-                  ¡Ay! Que aburrido estás.

A pesar de su crítica, narro detenidamente la historia que pensé. Se aburre más. No le gustó ni el inicio ni el final. No me importó y sentencié que así sería. El pedido al restaurante jamás llegó. Ella se quedó con hambre y la gorda de su madre también.

Es las 10.30 p.m. Estoy en el taxi rumbo a mi casa. Estoy en la Costa Verde. La marea es alta. El recuerdo de Vichayito retoma mis pensamientos. Llego a mi casa. Abro la puerta. Entró. Me dirijo a la habitación de mis padres. Veo que mi papá y mamá descansan. Me dan pena despertarlos. Suspiro y me retiro de su habitación. Entro a la mía. Me saco el reloj y veo que es las 11.30 p.m. Prendo mi portátil y mientras enciende, me cambio de ropa. Revisó mis correos y en un mail muy particular se lee:

Estimado 
Estoy a la espera de un cuento tuyo para la publicación del libro. Es cosa de ir dándole vueltas a una historia y cuando la tengas más o menos formada te sientas ante la pc y a escribirla.

Saludos cordiales

Miro el correo. Lo leo. Lo vuelvo a leer. Sonrío con cierto asombro y en silencio agradezco al autor del mensaje. Pero no tengo el cuento. El cansancio apremia. Reviso unas páginas vinculadas a la estructura política del mundo del trabajo. No tengo la menor idea de qué escribir.  No rompo el silencio de la página blanca. La rutina del día llama al descanso. Me acuesto. No me doy cuenta y duermo.

Agarró el celular y observo que es las cinco de la mañana. El portátil está encendido. Me da pereza apagarlo. Mamá abre la puerta de la habitación y pregunta:

-                 ¿Vas a ir?
-                 Sí ma. Ya me estoy levantando. Te veo en la piscina.
-                 Chau hijo. No demores.

Me levanté. Me aliste y salí. Son las 5.25 a.m. Ingreso al local de la academia. Entro al vestuario. Me miro al espejo. Veo la barba crecida. Como han pasado los años.

Hace diez años atrás, la barba demoraba en crecer una semana. Ahora crece tan rápido como la hierba mala. Me ducho, luego me seco. Listo para nadar. Camino hacia las instalaciones de la piscina. Saludo al chino. Con su voz habitual y atenta se dirige a mí:

-                 Con tu mamá al carril tres. Te lleva unas cuantas piscinas – me dijo.

Pienso al borde de la piscina. Veo el reloj. Son las 5.45 a.m. Aún no tengo ideas para transformar. Me pongo los lentes, doy un brinco y comienzo a nadar. Como jugando trato de alcanzar a mi madre, pero aún así, cada braceo, significó un pensamiento en el olvido. Es la 7.30 a.m. Estoy en mi casa haciendo el nudo a la corbata. Paso por la cocina. Como un pan y tomo el jugo de naranja. Me despido y salgo.

Son las 8.30 a.m., me encuentro con los clientes que me esperan desde las 8.00 a.m. No lo sabía. Habían acordado esa hora con la secretaria. Para variar no avisa. A las diez tengo una diligencia judicial. No se ilumina mi imaginación. Son las 12.00 p.m. acaba de terminar la diligencia. Sin ideas para el cuento ¿Dónde está la diosa inspiración? Rumbo a la oficina, el tránsito es un asco. El ruido de los motores molesta. Es la 1.00 p.m. Encuentro a mis amigos y almorzamos. No tardo ni quince minutos en alimentarme. Agradezco y me levanto de la mesa. Me retiro. Ingreso a la oficina. Cierro la puerta y me siento. Trato de crear un cuento. Los párpados me pesan. Bostezo. Mis brazos se languidecen. Me veo frente al mar de Vichayito. 

Tocan la puerta. El llamado molesta:

-                 ¡Doctor! ¡Doctor! ¡Doctor! ¡Despierte! ¡Despierte! ¡Wake up!
Abro mis ojos. Estoy sentado en la silla de mi oficina. Son las 3.00 p.m. Siento la pesadez del almuerzo. Mientras me estiro, la secretaria me comunica que han llegado unos clientes. Que pasen – se lo dije con cierta amargura. Ingresan a la oficina y los invito a tomar asiento. Lamentablemente, observan con desagrado los expedientes que están en el escritorio y sin mayor ceremonia abordan el problema:

-                 Doctor, la empresa atraviesa por mal momento. La crisis nos afectó. Despediremos personal. La mano de obra en el país es cara. Pagamos salarios, gratificaciones, vacaciones, horas extras, utilidades, asignación familiar, CTS y el monto de indemnización es muy alto. Toda esa normativa laboral y los sindicatos generan un alto costo al negocio. Queremos trasladarnos a otro país.

El hombre más joven y alto, expresó:

-                 Doctor De la Romaña. La decisión ya fue tomada, desmantelaremos la empresa poco a poco y nos ubicaremos en otra región donde el costo y gasto sea menor.

Mientras ellos hablaban, recordé lo que en la noche anterior leí. Ubique mis apuntes y repase:

“Las normas y prácticas laborales son demasiado rígidas y costosas. Los sindicatos son fuertes e impiden el funcionamiento empresarial. Los empresarios organizados con mucha astucia libraron duras batallas para lograr sustituir la negociación colectiva por la individual, eliminar la clasificación rígida de los puestos de trabajos para lograr flexibilidad y adaptar la fuerza de trabajo a las fluctuaciones de la oferta y demanda del mercado”

Alce la cabeza. Mire a los hombres de empresa. Les indique y explique los procedimientos regulados por las normas. Les advertí las contingencias y responsabilidades.  Me miraron con extrañeza, y uno de ellos expresó:

-                 Estimado doctor, entendemos las prerrogativas legales y entendemos su ilustrado parecer, pero no queremos al personal. La mano de obra es muy cara – aseveró con vehemencia y seguidamente dijo – Gracias doctor. Estaremos en contacto.

Ambos señores se despidieron. Es las 5.00 p.m. Y la diosa inspiración no visita. El ocaso aparece. Un minino asoma su cabeza por la puerta de mi oficina. Lo veo. Me mira. Le devuelvo la mirada. Me paro y sale corriendo. Gato miedoso. Estoy al frente de la computadora. Ingresó a la web. Leo algunos cuentos. Me deslumbro con la imaginación de aquellos. El reloj marca las 7.30 p.m. El celular timbra. Contestó. Acuerdo una reunión para las 8.30 de la noche. Aún no imagino el cuento, y vuelve a timbrar mi celular. Mi padre había sido despedido.

Una noche en el paraíso

Ricardo Ormeño


                           Cuando el cansancio decide acompañarnos, puede ser tan intenso y pegajoso que se apodera de nosotros y hace lo que quiere, hasta invita al dolor para que se  convierta en su pareja de baile. Uno siente que  la hora de recostarse, no donde sea, sino en el lugar adecuado, indicado, recomendado, anhelado, soñado, ha llegado, por ello nuestra cama, nuestro sofá, nuestro diván, hamaca o el mueble que sea, es la mejor elección para ese querido cuerpo, es entonces que esta sensación se convierte en el más sublime deseo y somos capaces de renunciar a todo, menos a la intimidad que nos ofrece el descanso, queremos que nuestra alma se vaya a dar un paseo.

                             Jorge se encontraba así, se encontraba tan agotado que las piernas empezaban a dolerle y una extraña sensación le hacía suponer que si se reclinaba en cualquier mueble y estiraba la piernas una severa contracción de los músculos de su pantorrilla aparecería de manera brusca e intensa, calambres que para él ya eran casi costumbre después de un severo agotamiento físico. Por fin llega a su habitación, casi moribundo como hacía algunos años atrás, llegaba casi moribundo no por el alcohol ingerido en las fiestas y discotecas que acostumbraba frecuentar todos los fines de semana, sino concretamente por la extenuación de tantas horas de trabajo que lo llevaba casi al colapso físico y mental.-No fumaré, creo que si enciendo un cigarrillo ¡me muero! –Pensaba Jorge.

                              El doctor. Frías decide no quitarse aquella ropa ligera usada en los quirófanos que por su comodidad, pareciera que uno se encuentra con un pijama muy cómodo.-Creo que mejor me quedo dormido así como estoy, total en cualquier momento me vuelven a llamar –acotó el galeno.

              
                              El doctor Frías no se durmió, se desmayó en la cama sin mucho preámbulo, apenas había podido quitarse aquellos zapatos deportivos que lo mantenían como resorte ante cualquier emergencia y durmió profundamente sin importarle nada, sólo se limitó a dejarse llevar por aquella luz blanca que alumbraba la oscuridad de su sueño como si fuera una linterna que trataba de guiarlo hacia algún lugar.

                               Cuando aquella enigmática luz se hacía más clara e intensa, siente ruidos muy fuertes producidos por explosiones y disparos, esa noche fresca y húmeda del pequeño pueblo escondido en la selva donde se encontraba Jorge había sido súbitamente invadida por el desconcierto de todos los habitantes, esos ruidos estremecedores producidos por armas de guerra no dejaban pensar fríamente a nadie, solo aterraban, haciendo que la gente se movilice rápidamente buscando cualquier refugio. Jorge corre hacia la parte trasera del centro de salud, ingresa a un oscuro jardín,  luego regresa y entra directo al almacén del establecimiento sanitario llevando algunas cajas y jeringas, luego vuelve a dirigirse a la terrorífica selva que se encontraba detrás de la institución, estaba tan concentrado en lo que hacía que los frescos aromas a naranjos y mangos que tanto adoraba, habían pasado a un segundo plano y más bien empezaba a sentir un aire enrarecido por la pólvora. El ir y venir lo tenía loco, hasta que termina por fin lo que para él era importante y sale corriendo hacia la casa de la enfermera más cercana.

                                    Fue cuando las largas lenguas de fuego que eran producidas por aquellas ráfagas de balas se fueron disipando, los intervalos cada vez más largos hacían presagiar que la pequeña comunidad había sido tomada, sitiada y dominada por aquel  desalmado grupo de terroristas.

                                    El doctor Frías decide regresar rápidamente a su centro de salud, desesperado va velozmente al lado del camino tropezándose a menudo con el follaje y arbustos tratando de evaluar con prontitud que era más riesgoso, correr por el margen lateral del sendero, que la gente llamaba calle y ser alcanzado por algún proyectil, o huir por aquellos matorrales al lado del camino y convertirse en una potencial víctima de la mordedura  de alguna serpiente venenosa, tan temidas en aquella zona. Su mente tenía una idea fija, llegar al establecimiento de salud que él dirigía. Tomaba y exhalaba aire por la boca lo que hacía que su respiración fuera enérgica y muy sonora, luego de unos interminables minutos de seguir corriendo al margen del camino, decide ingresar bruscamente por el matorral dirigiéndose a la residencia médica que se encontraba en la parte lateral de dicha institución.
-¡Que diablos no me queda otra no hay tiempo!-pensaba ansioso Jorge-¡Ayúdame Dios mío que no se me cruce una serpiente! Empuja bruscamente la puerta de madera hacia la sala de la residencia y se cambia de zapatos deportivos, los que llevaba puestos se encontraban húmedos y sucios de barro. Inmediatamente después corre a grandes trancos por aquel largo pasillo lleno de puertas igualmente de madera pintadas de color gris claro que comunicaban a los consultorios, tópicos de curaciones, hospitalización, administración y en la penumbra de aquel lúgubre lugar logra acercar una silla a la puerta y al subirse en ella arranca el letrero que dice almacén y en su reemplazo coloca uno que dice farmacia, dejando a la verdadera farmacia sin letrero alguno. No sintiéndose agotado y mucho menos pensando en detenerse, sigue en su veloz carrera contra el tiempo hacia su consultorio donde localiza con facilidad un mandil blanco que se coloca rápidamente.
-¡Así no me harán nada…soy médico!...!Tranquilo Jorge tranquilo! –Pensaba el doctor Frías tratando de tranquilizarse.

                                  Su corazón latía al máximo y ya transpirando profusamente sale del nosocomio y se sienta en uno de los escalones de la puerta principal, inclina su cabeza sobre sus piernas flexionadas presionando su abdomen y es donde siente que la cordura decide dejarlo.
.
- ¿Por qué?... ¿Por qué?... ¿Qué estoy haciendo?, soy médico, mi juramento…mis principios… ¿Por qué tuve que venir a trabajar aquí?-Se preguntaba el atormentado doctor Frías.

                                   Sus lamentos se detienen bruscamente al sentir pasos muy intensos, rápidos y determinantes  que le hacen suponer a Jorge que se tratan de botines de guerra. Efectivamente un grupo de diez personas fuertemente armadas se dirigían hacia él en particular. Llevaban puestas aquellas características gorras rojas.
-¡Doctor rápido llévenos a la farmacia! –Ordenaron al doctor Frías que aún no salía de su asombro.
-¡Sí!... ¡sí! Claro ¿Qué necesitan?-Preguntó Jorge con mucho temor.
-¡Todo!... ¡Necesitamos todo! ¿Entiende?... ¡No hay tiempo!... ¡Vamos doctorcito, muévase! –Ordenó el terrorista.
        
                                    Se dirigieron hacia la farmacia , disponiéndose a llevar las cajas de medicamentos, alcoholes, gasas , jeringas , en fin todo lo que pudieran llevar rápidamente , incluso el doctor Frías fue invitado enérgicamente a ayudarlos en el desplazamiento de dichas cajas hacia una camioneta rural que esperaba afuera y que había sido tomada a la fuerza minutos antes. Salieron muy rápidamente dejando nuevamente al doctor sentado en los primeros escalones de la puerta principal , cuando de pronto un grupo de jóvenes empiezan a llegar con algunos heridos de aquel tiroteo, el doctor empezó su trabajo con prontitud , hacía las veces no sólo de médico sino de enfermera al no contar con ninguna en ese momento.
-¿Dónde estarán estas muchachas?, ¡Seguro que protegiendo a sus esposos!... ¡Para eso se casan con los lugareños!... ¡Pierden la objetividad! –refunfuñaba el doctor consigo mismo.

                                        Sus reclamos felizmente son escuchados tal vez como plegarias y tres enfermeras se hacen presentes, haciendo más efectivo el trabajo; sueros por todos lados, mantas con sangre, frascos abiertos casi formando una alfombra. El doctor camina de un lado a otro pateando cajas y frascos, hasta que una de las enfermeras le solicita que acuda rápidamente hacia el otro ambiente , ingresa corriendo y encuentra a un paciente sostenido por dos amigos que le dan su nombre, Marco Tafur de apenas veintisiete años de juventud , Jorge lo conocía muy bien , siempre lo veía pasar con su moto azul , sobre todo los domingos llevando a una simpática adolescente detrás de él, pero ése no era Marco , para el doctor Frías no era nadie conocido, su rostro totalmente deformado lo hacía realmente irreconocible. Pobre Marco por tratar de alertar a la población  de aquel ataque terrorista, se había estrellado con una gran roca al lado del camino, sus dos kilómetros de recorrido habían terminado allí y ahora lo tenía el doctor frente a él intentando colocarle un poco de anestésico local en aquella gran herida en el dorso de la nariz, nariz que prácticamente ya no existía. De pronto Jorge se asusta al ver que el anestésico infiltrado en los bordes de la herida termina apareciendo por el paladar, cayendo cual manantial , no hay mucho que decir, el desdichado Marco Tafur, se encontraba  grave, era irreconocible y no podía hablar .El doctor Frías da la indicación de sacarlo del pueblo hacia la ciudad más cercana.
-¿Qué hospital doctorcito si los terrucos están camino a la ciudad?-Preguntaba uno de los amigos de Marco.
-¡En fin cubriré las heridas y le haré un procedimiento de emergencia!-Informó el doctor.
-¡Señora Luisa!... ¡Usted que tiene más experiencia, ayúdeme a realizar una traqueotomía ahora mismo o se nos muere Marco!-Ordenó Jorge.

                                           Jorge se encuentra ahora frente al paciente con el bisturí en la mano y trata de recordar los procedimientos para realizar dicha traqueotomía, nunca la había hecho y sentía que iba literalmente a degollarlo. La enfermera se percata de su duda sin embargo trata de no expresar nada que no sea de utilidad, Jorge se siente seguro y procede, dejando a Marco Tafur con un tubo en el cuello que le devolvió la respiración y así pudieron controlar mejor el sangrado y curar esas grandes e impresionantes heridas hasta que pudiera ser derivado a un hospital, sea el que sea.

                                            Una semana después, Marco Tafur sentía alguna mejoría pero siempre esperando y rogando a Dios que el camino hacia el hospital se encuentre libre de terroristas. El doctor Frías siempre en su consultorio, cuando de pronto entra Luisa la enfermera corriendo con la noticia que apenas a unos cuarenta kilómetros de allí un pelotón del ejército había logrado capturar a los terroristas que habían atacado el pueblo siete días antes, la balacera no había sido intensa a pesar de las circunstancias , la mayoría se entregaron sin ofrecer mucha resistencia, se encontraban aturdidos por sus fallecidos casi de manera fulminante , parecía como si una infección diabólica hubiese arrasado con la mayoría.¿Qué hiciste Jorge con esas medicinas de la farmacia? ¿Qué le inyectaste a los frascos?

                                               Quince días después un regimiento militar arriba al pueblo para efectos de protección, al menos temporalmente. Jorge se encuentra en su habitación cuando de pronto, oye algunas pisadas enérgicas e intensas de botines de guerra  que se detienen bruscamente frente a su puerta.

- ¡Doctor Frías!... ¡Debe acompañarnos al cuartel! –Anuncia una gruesa voz.

                                                 Jorge se mueve en su cama, siente que la luz que aclaraba sus sueños, se desvanece, se hace más tenue hasta que aquella enérgica voz es reemplazada por otra  muy conocida para él.
-¡Doctor Frías!... ¡Acercarse a emergencia!-Ordenaba aquella siempre sensual pero fantasmal voz de la enigmática dama de la clínica santa Felicia donde laboraba Jorge Frías.

viernes, 6 de mayo de 2011

Fin de fiesta

                                                                                             Clara Pawlikowski
                                                                       

Sus aventuras con taxistas fueron los temas de mis compañeras en ese fin de ciclo.

Al terminar el taller de literatura programamos continuarlo, como se hacía de costumbre, almorzando en alguna parte. El profe conocedor del Rimac, nos propuso ir a comer donde un conocido suyo. Detuvimos un taxi, nos acomodamos como pudimos, todos íbamos tan apretujados que se nos quitó hasta el deseo de conversar sólo se escuchaba la voz de García que daba la dirección al taxista. Celia hacía equilibrio con sus manos para sostener un envase de plástico con salsa a la huancaína que ella preparó para la ocasión y Jezabel acomodaba sus caderas al fondo del asiento con meneos frecuentes. Miguel sentado al filo tenía una mano cogida del cinturón de seguridad del asiento delantero.

Luego de cruzar la ciudad y hacer mil volteretas  llegamos al restaurante, bajamos adormecidos,  cerca de un cerro desnudo al que desembocaba una calle llena de niños y jóvenes jugando fútbol. El restaurante estaba en el segundo piso de una vivienda a medio construir en un barrio de edificaciones humildes, las gradas de la escalera de ladrillos sin el acabado de cemento y el techo fabricado con plásticos de diferentes colores. No había otros comensales, en un espacio amplio se encontraban colocadas varias mesas de tamaños diversos con manteles de hule con grandes florones. García, el profe, se saludó efusivamente con el dueño que en pocos minutos regresó con un trapo viejo para limpiar la mesa que elegimos.

Lo primero que hicimos fue  beber el vino que llevó Miguel. Lo acabamos  en un sólo round y aún con los estómagos vacíos.

El restaurante estaba bordeado de una pared de pequeña altura, la cual permitía observar el vecindario. Estaba circunvalado de un lado por cerros ennegrecidos con grandes rocas en sus laderas y por el otro un paisaje extenso de casas a medio construir, azoteas atiborradas de fierros y desechos, tiras de alambre que sostenían ropa multicolor recién lavada. La azotea de al lado tenía  pilas de cajas con botellas vacías de cerveza y periódicos acumulados por todas partes y un gallinero gigante con varias gallinas que cacareaban a menudo.

El vino hizo su efecto muy rápidamente, sin  más ni más, Jezabel, una compañera que canta tangos con una voz ronca y que diríamos es una mujer muy “bien despachada”, que siempre viste faldas apretadas y tacones altos, lucía esta vez una cabellera húmeda recién recortada, comenzó a contarnos su historia. Los demás, la escuchábamos sin decir palabra, unos curiosos y otros sorprendidos sólo atinamos a mirarla.

El relato comenzó a tomar cuerpo después de los prolegómenos de cómo Jezabel conoció a un taxista, pues sin pensarlo mucho nos dijo que terminaron en un hostal de la calle Marsano. Un excelente hostal para ella, muy barato y que uno puede llevar el CD que prefiera y bueno, podríamos hacer el amor con la música de nuestro agrado. Nos contaba que su libido va in crecendo con cada nueva conquista. Tenía verdad aquello que leí por alguna parte, que los hombres o en este caso las mujeres frustradas pugnan por desprenderse de sus inhibiciones.

Al día siguiente de su “revolcón”, continuó Jezabel, el taxista se levantó temprano, alrededor de las siete de la mañana y le dijo:
−Amorcito  ¿Nos vamos?

Jezabel se dio vueltas en la cama y no le contestó nada, siguió remoloneando, total, nos dijo, en el hostal la hora del check-out era al medio día y ella necesitaba antes de salir una buena ducha caliente para sacarse el olor a perfume barato. Si “el pata” tenía que irse era su problema, él para mantener a su familia debía taxear desde muy temprano. Diomedes, abandonado por su amante, no intentó suicidarse sino que la miró  frustrado y se retiró,  a seguir circulando por las calles limeñas. Al bajar indicó en la administración que la señora pagará la cuenta.

Jezabel habló sin parar durante casi media hora, en el ínterin, los platos que encomendamos ya estuvieron listos. Gallito, el dueño del restaurante, los traía a la mesa uno a uno, tomándose un tiempo entre ellos para poder oírnos,  lo apreciaba sorprendido al escuchar los temas que tratábamos. Cuando terminó de servirnos, disimuladamente se sentó en una banca cerca de nosotros.

Entre las cosas que nos narró Jezabel fue que llevó al taxista a presentarle a su madre, una mujer que bordea los ochenta.
−Madre éste es el muchacho con el que salgo últimamente ¿te acuerdas que te conté? El taxista…
−Ya lo veo, está excelente, ¿me podría dar un paseíto por La herradura?

Miguel tenía la cara roja por el vino y por la vergüenza, así nos reveló al regreso por lo insólito de las historias. El profe interesado en que los demás soltaran la lengua contó que en una oportunidad, en una reunión de escritores cada comensal terminó relatando sus intimidades, “ese es un buen ejercicio para soltarse”, nos dijo.

Me recordaba los jóvenes de los cuentos de Bocaccio, que salían por las tardes a contar sus historias bajo los árboles de los campos, ya no de temas didácticos y de moral característicos de la Edad Media sino de lujuria y pasión. También, parecía el día consagrado a Venus cuando las ninfas se reunían en un lugar agradable, sentadas en torno  a Ameto, para relatar las historias de sus amores.

Escuchando a Jezabel, me dirigí a Celia:
−Excelente tema para un cuento, hay que tratar de recordarlo.
−De ninguna manera −me contestó− yo estoy en edad de merecer y también tengo una historia con un taxista −y a renglón seguido,  contó como terminó enamorándose de un taxista que le había llevado en un día muy frío a su trabajo, la galanteó en el trayecto y se citaron al final de la tarde. Con gran sorpresa, el taxista le estaba esperando puntualmente en la esquina donde habían convenido.

 Los detalles de su encuentro amoroso en la Costa Verde fueron dándonos sorpresas tras sorpresas. Celia bordea los sesenta y cinco años y nos dijo que su taxista  fue muy joven. Entre otras cosas relató que el carro era estrecho, que  el olor a gasolina y a trapos sucios fue intenso y, que el taxista apenas llegó se la “comió entera”. Arreglándose el vestido ya de vuelta a su casa ella se sentía  rejuvenecer, hacía mucho tiempo que no se había rozado con músculos duros y muy bien formados, recordando aún la flacidez de su marido muerto años atrás. Repitió varias veces que la pasó bien hasta que de regreso a casa, Celia se percató que no tenía el monedero con el aguinaldo que ese día le dieron en la oficina por fiestas patrias. Al día siguiente, mientras disfrutaba mirándose al espejo, notó los excesos que el taxista había dejado en su cuello.

Nadie tuvo quejas sobre la comida, después de beber el vino y las cervezas llevábamos un hambre voraz, el cebiche se terminó, los chicharrones de calamares casi llegando fueron asaltados por todos, esperábamos las papas que encomendó Celia para usar la salsa que ella preparó.

Todos estábamos satisfechos, cuando llegó la hora de partir, Gallito se había cambiado de ropa, era otro, se lo veía con los cabellos mojados como saliendo de una buena ducha, se adelantó y quiso ayudar a Jezabel ofreciéndole la mano, ella se volteó y dijo:
−Todavía puedo.
Gallito bajando la voz susurró:
−Yo también taxeo y no tengo costumbre de hacer perro muerto en los hostales.

Cuando nos dirigimos caminando a la calle más concurrida de vehículos para tomar un taxi, vimos a Jezabel montarse en el tico de Gallito. García se quedó con los crespos hechos, cuanto hubiera dado por tener un tico.

viernes, 29 de abril de 2011

Almas Encontradas

Ricardo Ormeño


                
                 Jorge se encontraba pensativo y algo cansado, el día en aquella emergencia se había cargado de tensión, la adrenalina siempre presente jugó un papel preponderante una vez más, no sólo en él sino en todo el personal, tal vez por ello la suculenta cena que minutos antes había disfrutado muy rápidamente, solo y sentado en aquella mesita de su habitación, como ganando cada segundo de tranquilidad, no era precisamente la mejor técnica para evitar una gastritis, pero él, siempre recordaba las enseñazas de sus maestros.-¡Doctores …siempre que tengan tiempo libre aprovéchenlo al máximo, no descuiden sus alimentos y duerman todo lo que puedan, porque  nunca sabrán con exactitud cuando podrán hacerlo!.-sentenciaban aquellos viejos profesores. Decide alejarse un poco de aquel ambiente frío, de paredes de color gris, siempre limpias y de un brillo muy especial que sólo logran las mayólicas europeas; ve el oscuro pero grande jardín y desea dar un pequeño paseo. Jorge, no te olvides que eres médico, y no deberías fumar. De pronto su placentera meditación se ve interrumpida por aquella voz que emanaba por todos los rincones de la clínica.

-¡Doctor Frías…doctor Frías…acercarse a emergencia! –Ordenaba muy sensualmente aquella fantasmal dama. Jorge avienta rápidamente la colilla al jardín y acude,  casi trotando a aquel ambiente frío y brillante.
    
                 Aurelio se encontraba preocupado y a la vez desconcertado, por un lado la felicidad le embargaba, había podido comprar ese día , su primer auto, aquella vieja máquina inglesa y por ello estaba emocionado no importándole que sus amigos no deseen subir a ella por lo vieja, de apariencia algo deteriorada y de color mostaza , felizmente de tono opaco por los años, sin embargo no eran detalles importantes, un poco de pintura y uno que otro arreglo serían más que suficientes , al fin y al cabo sabía que cualquier máquina motorizada obtenida por un universitario de último año, era siempre bienvenida, definitivamente ésa no era su preocupación , pero sí Carolina, su novia, quien se encontraba sentada a su lado y no hablaba, sólo se limitaba a levantar su mano derecha llevando a su boca  un trozo de chocolate para luego volver a dirigirla a ese gran paquete entre sus piernas y romper bruscamente otro trozo para devorarlo de igual manera. Los novios no se hablaban, no festejaban la adquisición de aquel singular auto, tan sólo esperaban encontrar el momento y el lugar para tratar sus diferencias.

                 Fabio Brescia, importante arquitecto en alguna época, se encontraba disfrutando, del retiro de las grandes construcciones, así como también de las comodidades que sólo le podían ofrecer una gran casa, bien amoblada y en una prestigiosa zona residencial, sin embargo su tranquilidad en horas de la noche siempre se veía interrumpida por temores propios de una ciudad insegura y los veinte cigarrillos eran sus únicos aunque temporales aliados. Fabio no exageres, total tu no quisiste acompañar a tu familia a aquella reunión.
 
                 Aurelio llegaba a su destino, la nueva casa de Carolina, y el tiempo se le terminaba, así que decide estacionar su viejo vehículo, tres casas antes y debajo de un gran árbol donde intenta romper el hielo.

-¿Me invitas un poco de tu chocolate? , sabes que son mi pasión –preguntó Aurelio.
-¡Claro que sí! -Respondió Carolina tratando de ocultar su deseo de sonreír.

                  Transcurrieron los minutos y las diferencias se fueron disipando paulatinamente y con ello aparecieron los abrazos, los besos, las palabras de amor, cariño, dedicación y fidelidad creando una atmósfera de real y verdadera pasión.

                               El otrora famoso arquitecto toma su celular rápidamente y realiza una llamada sumamente ansiosa a su hijo.
-¡Carlos!... ¡Carlos!... ¡Aló!... ¡Aló! –Llamaba Fabio desesperado cogiéndose la cabeza con una de sus manos.
-¡Sí papá!... ¿Qué pasa? –Respondió su hijo Carlos.
-¡Están allí!... ¡Están allí!... ¡Han vuelto! –Informaba el arquitecto.
-¡No hagas nada papá!... ¡Voy para allá! – Ordenó Carlos.
-¡No hijo!... ¡No hay tiempo!... ¡Esta vez no va a pasar!... ¡Una vez más…no! –Respondió Fabio cortando intencionalmente la comunicación.

                  Aurelio y Carolina se encontraban reconciliados, había bastado unos treinta minutos para  encontrarse ahora abrazados, conversando acerca de sus planes para el fin de semana próximo .Así Carolina lo invita a culminar el recorrido y entrar a su casa donde le prepararía los langostinos al horno que tanto le gustaban, es entonces que Aurelio decide encender su viejo auto el cual se porta a la altura de las circunstancias, arrancando las risas de la simpática pareja.De pronto la felicidad de aquellos jóvenes se ve interrumpida por la estrepitosa aparición de un gran vehículo girando por la esquina desde donde se oyen dos disparos  impactando uno de ellos en la luna posterior del auto de Aurelio logrando romper el vidrio y salpicando por todas partes los gruesos restos de aquella antigua luna.

-¡Acelera Aurelio que nos matan!… ¡Nos matan! –Grita Carolina.

                 Aurelio pone en movimiento su querida máquina pisando a fondo el acelerador, logrando llegar a la esquina más próxima cuando al girar, su puerta  es alcanzada rápidamente por cuatro impactos de bala.
-¡Mi pierna!... ¡Le dieron a mi pierna! –Advierte Aurelio desesperado.
-¡Acelera Aurelio por dios! –Suplica Carolina.
-¡No puedo!... ¡No puedo! Responde Aurelio mientras estrellaba su auto contra un poste de alumbrado público al no poder controlar ni el vehículo, ni su pánico.

      El pequeño auto es entonces alcanzado por el vehículo agresor de donde hace su repentina aparición, el extraño conductor que no duda en correr hacia ellos.
-¡Nos matan Aurelio!... ¡Nos matan! –Grita Carolina llorando desesperadamente.
-¡No puede ser! …¡Perdónenme!… ¡Perdón!... ¡Ha sido una equivocación! –Suplica el terrorífico personaje.
-¡Está loco!... ¡Este viejo está loco! –Afirma Aurelio con angustia.
-¡Maldito…maldito loco! –Sentencia nuevamente Carolina sollozando.
-¡Debo llevarlo a la clínica!... ¡Rápido…no hay tiempo!... ¡Allá arreglamos todo esto!... ¡Por favor debo llevarlo!... ¡Vamos ya! -Suplica el agresor.

                          La emergencia de la clínica Santa Felicia se hallaba tranquila, el joven médico que se encontraba sentado en su escritorio sólo tenía en mente terminar de jugar con el caramelo de mentol que tenía en su boca y disipar al máximo aquel aroma a tabaco, cuando de pronto siente el fuerte sonido metálico de aquella puerta batiente, el corre hacia ella y encuentra en la camilla al joven universitario herido de bala.
-¡Está loco doctor!... ¡Está loco doctor! –Exclamaba Aurelio.
-¡Calma…calma!... ¡Ya estas aquí!..¡Y no estoy Loco! –Bromeó el doctor Frías, logrando arrancar una leve sonrisa a Jorge.
-¡No doctor, el viejo que está allí!  -Exclama tratando de levantar la cabeza.

                            En medio de tanto alboroto en la emergencia de aquella clínica, perteneciente a una antigua  congregación de religiosas Europeas, aparece  la hermana Cristina encargada de ese servicio, algo encorvada, con su hábito blanco y con aquel brillo tan especial que emanaban de sus intensos ojos azules, se dirige hacia la oficina principal después de haberse cerciorado que Aurelio era bien atendido y que se encontraba  en Rayos X. Al acercarse a su oficina levanta la mirada con dificultad y sonríe.
-¡Don Fabio!... ¡Que gusto ver por aquí a nuestro vecino! –Saludó la hermana casi susurrando.
-¡Hermana!... ¡He cometido una locura!… ¡Una grave equivocación! –Responde el arquitecto pasando a narrarle los hechos con lujo de detalles a Sor Cristina.
-¡No se preocupe, hable con el doctor Frías primero…necesita sus datos! –interrumpe la hermana.

                            El doctor Frías observa detenidamente la radiografía frotándose su gruesos bigotes como acariciándolos y se siente tranquilo al observar que la bala de pequeño calibre se encontraba en el muslo izquierdo habiendo alcanzado sólo tejidos superficiales, parecía que la cantidad de chocolates ingerida por Aurelio durante años le había servido para crear un interesante acolchado de tejido graso, no sólo en sus muslos sino en todo su cuerpo. Así que el doctor ante la presencia de Fabio Brescia, lo saluda y lo hace pasar a su oficina  quien ahora después de disparar como loco; se encuentra realmente confundido y asustado.
-¡Señor. Brescia!… ¿Qué fue lo que sucedió? –Preguntó el galeno.
-¡Mire doctor, hace como un año fuimos asaltados mi familia y yo, robaron todo lo que pudieron de nuestra casa!... ¡Estuvimos amordazados durante varias horas!... ¡Fue horrible doctor!.... ¡Mi familia aterrada!... ¡Podían matarnos!… ¡O violar a mi hija!... ¡O…a mi esposa! –Narraba subiendo el tono desesperadamente el arquitecto.
-¡Muy bien señor Brescia! y ¿Hoy qué pasó? –Preguntó el doctor.
-¡Ví por la ventana que un auto muy sospechoso  se detenía a varias casas de la mía y pensé que podían ser ellos de nuevo! –Acoto Fabio.
-¿Quiénes ellos? –Preguntó el doctor.
-¡Los que nos asaltaron! …¡Fue igual un auto viejo nos observó por varios días! …¡y no  podía permitir que vuelva a pasar!... ¡Tenía que detenerlos como sea! –Explicaba totalmente convencido de sus actos el arquitecto.
-¡Bien no se preocupe, felizmente no es nada grave, vendrá el cirujano y atenderá al muchacho, gracias por su información y espere afuera por favor! –solicitó el doctor muy calmadamente.

                  De pronto irrumpe bruscamente Carlos, hijo del arquitecto quien lo abraza muy fuerte.
-¡Papá! …¿Qué has hecho? …¡Te dije que no salieras! –Preguntaba a su padre totalmente desesperado.
-¡Tenía que hacerlo hijo!… ¡No iba a permitirlo otra vez!… ¡Y tú lo sabes! –Respondió ofuscado Fabio.
-¡Ay papá! –Responde Carlos, abrazando a su padre nuevamente y llevándolo hacia una pequeña sala de espera.

                   El doctor y la hermana Cristina se encontraban al lado de Aurelio y su novia Carolina ya un poco más  tranquilos y  a la espera de la llegada del cirujano que extraería la bala,  de pronto se oye como si se rompiera una puerta, un hombre alto corpulento de unos sesenta años de edad, atropellaba a todos incluso a los guardias de seguridad logrando ingresar a la sala de emergencias.
-¡Dónde está ese maldito!.... ¡Yo lo mato! –Advertía aquel personaje alzando su brazo derecho empuñando una pistola.
-¡Papá!... ¡Nooooo! –Grita desesperado Aurelio al ver a su padre, el cual es rodeado por todos los lados, derecho, izquierdo  arriba y abajo por guardias, enfermeras, el doctor frías y hasta la religiosa, todos tratando de evitar una desgracia mayor. Hasta que logran calmarlo un poco sujetándolo contra la fría pared,  al menos lo suficiente como para  aceptar tomar un ligero sedante.

-¡Mire hermana!… ¡La verdad es que! –Exclama el padre de Aurelio, siendo interrumpido.
-¡No se preocupe!... ¡Vaya con el doctor Frías a la oficina! –Acotó la hermana en tono bajo y calmo como de costumbre.
-¡Tome asiento! …¿Su nombre por favor? –Preguntó el doctor.
-Federico Aramburú –Respondió el avergonzado padre de Aurelio.
-¿Qué le sucedió señor Aramburú? –Preguntó el médico.
-¡No lo sé doctor, sólo es que no iba a permitir que pase otra vez! –Comentó Federico.
-¿Qué pase que cosa señor? –Preguntó muy suavemente el doctor empezando a percibir un sonido algo familiar en esas declaraciones.
-¡Aurelio es mi único hijo doctor ¡…¡Es lo único que me queda!...¡A mi esposa la perdí hace dos años …sufría de Cáncer! …y…. ¡A mi hija también la perdí!..¡La perdí!….¡Murió!...¡Murió!….¡Murió en una balacera en la calle!... ¿Me entiende?… ¡Por favor! … ¡Ella no tenía que morir!... ¡Venía en su auto desde la universidad y se cruzó con esa balacera infernal!... ¡Doctor ayúdeme se lo suplico!

                 Un año después el doctor Frías se encontraba soportando el intenso frío nocturno en aquel gran jardín de la clínica Santa Felicia, el día de trabajo una vez más había sido muy duro y él prefería aprovechar esos minutos valiosos de tranquilidad para fumar un cigarrillo, siempre a escondidas .Una bella voz pero siempre algo fantasmal resuena por todos los rincones de dicho nosocomio.
-¡Doctor Frías!... ¡doctor Frías!... ¡Acercarse a emergencia!-ordenaba una vez más aquella sensual voz femenina. Jorge avienta la colilla de cigarrillo y corre hacia la emergencia acompañado del escalofriante sonido de una sirena producido por la veloz ambulancia que acababa de arribar .Entra a la emergencia empujando intensamente las puertas batientes como si estas fueran un obstáculo para llegar a la meta y encuentra en la camilla a Federico Aramburú, padre de Aurelio , quien recordando al viejo arquitecto que desde hacía buen tiempo se encontraba en una casa de reposo , vigilaba constantemente las solitarias calles de su vecindario en las frías noches de invierno , misión que se le había ocurrido cumplir de manera voluntaria desde la ventana de su hogar luego de comprender, con el paso del tiempo, que el terror que había sufrido el famoso arquitecto, no era algo solamente atribuido a los orates, sino un peligro real y latente, es así que logrando divisar aquel día un auto en las sombras, estacionado a escasos metros de su casa y ante la demora de la llegada de la policía, decide acercarse para sugerir que se movilice el extraño vehículo de aquella área. Al aproximarse rápidamente, dos metros antes observa como se desliza la luna de la ventana posterior de donde se escupe una intensa y repentina luz acompañada de un estruendoso ruido, fogonazo que rasga la oscuridad produciéndole un intenso ardor en el vientre, ardor que se convertiría una hora más tarde en una mortal herida.

El hechizado


Gianfranco Mercanti


A los cuarenta años, cuando los caminos de mi vida se habían aclarado, y alcancé todas aquellas cosas que anhelé al iniciar mi vida profesional, empecé a sentir una inexplicable fatiga, mis amigos y compañeros de trabajo me decían que me veían pálido, que quizá estaba trabajando en exceso, que no estaba alimentándome bien, pero sabía que no era así, y decidí acudir a una importante clínica, ya que podría tratarse de algo grave.

Empecé a sospechar de la naturaleza esotérica del mal que me aquejaba,  cuando pese a los exhaustivos análisis y pruebas que me hicieron, los médicos no encontraban en mi cuerpo enfermedad que explique la progresiva debilidad de mi sangre. Mis glóbulos rojos morían espontáneamente en grandes cantidades. Luego confirmé que se trataba de un poderoso hechizo cuando visité a doña Hilda en una antigua casona del centro de Lima.

Una joven me recibió en la puerta y me hizo pasar a un oscuro salón de techos altos en cuyo ambiente se respiraba una mezcla de mirra y palo santo. El escritorio afrancesado, los estantes de madera y la alfombra floreada mostraban claramente el paso de los años. Repentinamente entró la voluminosa mujer vestida de negro, y cuyos poderes –según me habían dicho- eran producto de un pacto con los muertos.

Recuerdo el pánico que sentí cuando doña Hilda,  tras consultar al tabaco, moviendo negativamente la cabeza me dijo que ella nada podía hacer contra ese poder maligno que me mataba lentamente; y que, únicamente la fuerza de un Apu de la serranía podría, si me ganaba su buena voluntad, contrarrestar tan diabólica energía que, según su experiencia, había sido invocada en la laguna negra de las huaringas.

-Has perdido mucho tiempo –me dijo suavemente mirándome con ternura a los ojos- debes partir cuanto antes y te aconsejo que sea al Cuzco, donde los apus aún conservan intactos sus poderes.

-Podrá acompañarme señora –le pregunté temeroso – no conozco de estas cosas, e imagino que habrá algún ritual que realizar, usted dirá el costo, haré cualquier esfuerzo por mi vida.

-Imposible, ya mi corazón no soportaría un viaje a la altura, pero ven mañana y te daré una pócima y una ofrenda, en cuanto al ritual, escoge un lugar solitario y simplemente sigue el dictado de tu corazón, el costo me lo pagarás a tu regreso.

Días después, partí de madrugada hacia el Cuzco en un vuelo comercial, estaría en la ciudad un día y luego enrumbaría hacia ¨Machuracay Tambo¨. En mi mochila, además de mis efectos personales, traía el bebedizo de Ayahuasca, que me permitiría hablar con el Apu, y la ofrenda que presentaría: Un paquete conteniendo una cadena de plata, para amarrar la luna –me había explicado doña Hilda- además, hojas de coca, de tabaco, una pequeña vicuña de arcilla, y chicha de jora en una botellita, para contentar al Apu.

Tras dos días de fatigoso viaje desde la ciudad de Cuzco, siguiendo la cordillera del Vilcanota, llegué al atardecer a ¨Machuracay Tambo¨, un pequeño y acogedor albergue para montañistas, sobriamente decorado con textiles y artesanías cuzqueñas, ubicado al pié del Apu a más de cinco mil metros de altura. Para ello, y con un pago adicional, había conseguido hacer todo el trayecto a caballo, en realidad no hubiera podido lograrlo a pié, como mis demás compañeros de viaje, jóvenes turistas rebosantes de energía, que vienen desde lejos a conocer la impresionante belleza de nuestros nevados.

El paisaje era dramático, en la soledad de la puna, y en la llanura, el nevado Ausangate se erguía poderoso y blanco, el cielo despejado iba tiñéndose de rojo profundo, mientras la luna llena se asomaba amarillenta en la lejanía. El aire enrarecido de la altura me había afectado mucho, sentía un agudo dolor de cabeza, nauseas, y arritmia en el corazón. Busqué descansar un poco en el camarote del cuarto compartido, y puse mi despertador a las once de la noche, debía aprovechar la luna. Mis ensueños estuvieron llenos de pesadillas, de presencias horribles que me atormentaban.

La alarma del despertador me indicó que había llegado la hora de iniciar el ritual, de inmediato tomé el bebedizo, un liquido espeso de color marrón y  sabor amargo, que me dio arcadas, lo apuré hasta la última gota, me abrigué con dos casacas y un poncho, y salí del tambo con dirección al Apu, el frío y el viento me azotaban indolentes.

-Apu Ausangate, protector del imperio incaico y de las panacas reales,  he venido a ti a presentar una ofrenda y pedirte por mi vida -dije con voz temblorosa y entrecortada, mientras me arrodillaba en la tierra y colocaba el paquete entre unas piedras rojizas. La oscuridad de la noche me cubrió, sentí vértigo y una luz blanca y esférica  apareció  frente a mí, dentro de ella estaba un viejo como labrado en piedra.

-Es el Apu- pensé, tratando de repetir mi invocación, pero no pude, supliqué entonces con el pensamiento y con mis lágrimas.

El viejo se acercó a mí, le extendí los brazos, mi corazón palpitaba desenfrenado, tocó ligeramente mis dedos con sus manos, una energía terrible me sacudió, mi cuerpo se movía y temblaba conmocionado. Lo último que recuerdo es que vomité un líquido oscuro y nauseabundo, que al caer a la tierra se convirtió en una serpiente negra, que se alejaba de mí.

El frío me trajo nuevamente de la nada. Al recuperar el conocimiento, mi reloj marcaba la una y diez de la madrugada, la ofrenda ya no estaba. A duras penas llegué al tambo, y así vestido me acosté. No tuve sueños, y al despertar a las nueve de la mañana, ya no tenía soroche, toda mi antigua fuerza, y mi apetito habían regresado, supe sin lugar a dudas que el Apu me había salvado.