jueves, 21 de marzo de 2019

Condimento especial

Armando Janssen



La detective O' Neill, la escena del crimen y las musulmanas

Sonó su celular en medio de la noche, 03:07 a.m., somnolienta atendió, escuchó y dijo simplemente: voy. Se levantó rápidamente.
—¿Tienes que ir? —preguntó George—. Hoy es tu trigésimo noveno cumpleaños.
—Gracias por recordarlo. Sabes que estoy de guardia, es mi caso, soy la detective. 
Se vistió y salió. Llegó al lugar del crimen. Se acercó al oficial de guardia.
Sargento Fadar, póngame al tanto de la situación.
El muerto, es un repartidor de pizzas de origen musulmán, presenta dos disparos en el pecho, y hay una sola testigo vietnamita drogada que no aportó mucho, ella se encontraba sentada en frente al edificio donde fue realizada la entrega.
¿Revisaron la cuadra?, ¿el barrio?
Tenemos agentes en eso, detective, estamos conectados directamente con la central, y por la foto digital nos identifican a la víctima como: Mohamed Assif.
—¿Qué hay allá? —dice refiriéndose a una garaje y al cual comenzó a dirigirse—, abran este portón.
Dos musulmanas se encontraban dentro, alteradas por la intromisión, se abrazaban. La detective, notó que había tres colchones en el piso. 
—¿Quién falta acá? preguntó, ¿hablan inglés? Hubo un asesinato muy cerca de aquí, ¿vieron algo?, ¿alguna de ustedes conoce a Mohamed Assif? Trabajaba entregando pizzas. Asumiré que entienden lo que les pregunto mientras viene inmigraciones. ¿Conocen a Mohamed?,  ¿tienen alguna documentación? Lo que tengan sirve. Vinimos a ayudarlas. Sargento, quiero hablar con la testigo.
No tenía mucho para aportar y la llevaron a su casa.
¿Cómo?, ¿saben dónde vive? La detective se dirigió a sus subordinados, diciendo: actuemos de acuerdo al protocolo, un testigo no se puede retirar de la escena del crimen, ¿está claro?  Creo que el repartidor, de acuerdo a los datos aportados por la central y la documentación de estas mujeres, es su hermano. Huyen de la guerra y caen acá para empezar otra en un garaje.
Sara O'Neill, de regreso al departamento de Policía, pensaba que las musulmanas no se sorprendieron por la muerte de su hermano, quizás lo esperaban. Volvería a interrogarlas. Pero antes, pasaría por la pizzería.
Interrogando a Laurie, la gerente, se enteró de que Mohamed no era el repartidor habitual de esa zona. «Entonces, ¿por qué lo envió a él?», le preguntó.
Puedo hacerlo, Indicó Laurie.
Yo le pregunto, ¿por qué?
Mohamed no había realizado ningún viaje esa noche. Necesitaba el dinero. Y yo lo envié a la muerte, tengo bastante con eso.
Las dos musulmanas, fueron trasladadas en una van por el servicio de inmigración para ser nuevamente interrogadas. Hablaban muy poco inglés. La van se detuvo, les indicaron con un gesto que bajaran. Las esperaban una guardia y la intérprete, que ya estaban sentadas en una oficina. Al entrar las musulmanas, las invitaron a sentarse.  
¿Dónde estamos? dijo una de ellas en árabe, ¿esto es una prisión?
No, somos oficiales de custodia de inmigración, contestó la intérprete. ¿De dónde provienen?, ¿cómo las dejaron entrar sin pasaporte? No tuvieron respuesta. Se les asignará una habitación, les comunicaron. Más tarde serán procesadas. El abogado viene dos veces por semana. Mañana hablarán con él.

La capitán Shaw, la sargento Mirrow y el coronel Shadows

La capitán Shaw ingresó a su oficina, era la primera secretaria del coronel Shadows y tenía muchas cosas que hacer ese día. El coronel la vio llegar y fue a su encuentro, ella compartía la oficina con la sargento Mirrow, la segunda secretaria.
Buenos días, capitana dijo el coronel—, ¿dónde estaba?
De licencia unos días, señor, estaba programado.
La extrañamos, ¿verdad, sargento?
Me imagino, señor.
—Bienvenida —dijo el coronel con cara de libidinoso y se fue.   
—Empezó de nuevo —expresó la sargento mirando fijamente a la capitán—deberíamos hacer algo, presentemos una queja.
¿Para qué? dijo la capitán no servirá de nada.
Mientras, el coronel no dejaba de observarlas desde su oficina.
Tiene esa sonrisita asquerosa, esto es acoso dice la sargento.
—¿Y bajo qué argumento haríamos esa queja?, ¿el segundo al mando nos mira el culo?
No entiendo por qué debemos soportar esto. Cuando se nos acerca y puede, desliza su mano y cada uno de sus dedos húmedos por nuestros cuerpos.
Sabes el porqué. Estamos en el ejército y es un mundo de machos. No le demos el gusto.

Kim y Rachel

Kim, la única testigo del asesinato, regresó a casa de su pareja Rachel, esa noche.
¿Dónde has estado? le pregunta Rachel.
Me demoré porque tuve un problema —contesta Kim.
¿Qué problema?, ¿qué pasó?
Tenía necesidad de drogarme y fui donde un distribuidor. Fui testigo de un asesinato.
¿Cómo?, ¿la policía estuvo acá?
No, no. Les di una dirección y nombre falsos. Me hice llevar a otro lugar. Nadie me ha seguido. Si saben quien soy y quien eres tú, tendremos problemas.
No puedes continuar así Kim. Te recogí de la calle recién llegada de Vietnam, te estimulé para zafar de las drogas y tienes un hogar conmigo. Conoces muy bien mi situación, estoy a cargo de esta iglesia y eres todo para mí.
Estaba aterrada, no quiero regresar a mi país, quiero vivir acá. Hay algo más, les dije que el asesino tenía capucha, pero no les dije que era una mujer.
¿Porqué ocultaste ese detalle?
No lo sé, estaba asustada, bajo el efecto de las drogas, quería irme y no verme implicada.
Rachel la abrazó, besó profundamente e hicieron el amor.

La exseñora Rowling y el diputado Rowling

El inquilino del apartamento 203 de la avenida Thompson era quien había solicitado aquella noche el envío de una pizza a domicilio. «Con el condimento especial, había aclarado». Allí vivía la ex mujer del diputado Rowling con los dos hijos de ambos. Ante el asedio de la policía, ella solicitó ayuda a su ex para que dejaran de implicarla con el asesinato. Solo quería la droga y punto, ni siquiera probó la pizza.
El diputado Rowling además, es íntimo amigo del vicario de la iglesia y, por ende, de su asistente Rachel, de quien conoce perfectamente sus preferencias sexuales. Engañado por Rachel, Rowling había firmado la solicitud de visa de estudiante de Kim, sin saber que ella, está aquí ilegalmente.

El asesino

Como profesional que era, tomó el metro y se bajó en la penúltima estación, al otro lado del centro de Londres. Entró a un baño público, sacó una bolsa plástica de gran tamaño de su mochila, se paró encima y comenzó a desvestirse meticulosamente, introduciendo todas, absolutamente todas sus prendas dentro. Luego se vistió con otra ropa, tomó la bolsa y saliendo del baño se dirigió a una zona de vagabundos a pocas cuadras de allí. Sacó una botella de licor que les entregó y a cambio, depositó su bolsa dentro de aquel tonel que ardía intentando calentar a la gente esa noche gélida de invierno. Nadie preguntó nada, esperó unos segundos asegurándose de que su ropa se quemara. Envió un SMS que decía: «trabajo realizado» y se fue a su casa.

La detective O'Neill y el sargento Fadar

Tenemos un cadáver de un inmigrante que tenía licencia para conducir y desaparecida la única testigo. Un asesino encapuchado. Dos musulmanas sin pasaporte, hermanas del muerto, que trabajan en un hotel. ¿Cómo llegaron a Londres?, ¿quién le proporcionó la licencia a Mohamed? resumió la detective, dirigiéndose al capitán.
¿Será un caso para el M15? preguntó el capitán.
La brigada antiterrorismo seguro va a querer intervenir. Mantengamos está información por el momento entre nosotros. Este es nuestro caso. Me voy a inmigración, quiero hablar con las hermanas.
Aún no me han respondido: ¿cómo llegaron acá?, por Turquía, desde Siria, un bote a Grecia, un camión por Europa o por el túnel. ¿Cuánto tardaron?
Menos de un mes, contestó una.
Es increíblemente rápido. ¿Son de clase media alta?
La intérprete dijo: dice que es todo lo que sabe.
—Por último les diré, que en estos casos, cuando hay un asesinato, las víctimas son las que se embroman. Ustedes son las víctimas, por si no lo saben. Les conviene cooperar con quien les tenga consideración. ¿Lo entienden?

Jhonny, el repartidor que no entregó el envío a domicilio

Jhonny salió de la comisaría de madrugada, donde fue interrogado exhaustivamente. Para la policía, todo aparentemente fue cosa del destino.
Caminó un buen rato, pensando qué hacer, sabiendo que se encontraba en dificultades. Se dirigió hacia un galpón al norte de la ciudad. Tocó tres veces la puerta, salieron dos matones enormes.
Vengo a advertirles que me sigue la policía. Pero no les dije nada sobre ustedes.
—Sabes que te conviene no decir nada, a nosotros no nos conoces.

Laurie, la gerente de la pizzería y su madre

Laurie, en sus mañanas libres, como todos los días, cuida a su madre enferma. Esta le demanda tiempo, fuerzas y mucho dinero. Después la deja sola y se va al trabajo.
Te dejo todo lo necesario mamá, debes tomar estas pastillas, hasta la medianoche.  
Gracias querida, cuídate mucho.
Laurie, muy preocupada con lo sucedido, sabía que estaba comprometida. Ella había decidido suplantar a Jhonny en aquella entrega. De camino a su trabajo, hizo un alto y se puso a llorar. Sin darse cuenta, que un auto la seguía.

Varios, al otro día

El sargento Fadar fue a la pizzería en busca de Laurie, quien no se presentó a trabajar.
La detective O'Neill no quería ir a descansar hasta no progresar con el caso.
La capitán Shaw tuvo práctica de tiro primero y después psicólogo, sesiones que tiene regularmente desde su regreso de la guerra de Irak.
Jhonny estaba muy asustado. Igual fue a su trabajo.
O'Neill y Fadar no querían perder más tiempo y se dirigieron a casa de Laurie, los recibió la madre, elija usted le dijeron los oficiales: nos permite revisar su casa en este momento o regresamos con una orden. Se pusieron a buscar. Encontraron cinco mil libras.
¿Qué piensas? preguntó la detective.
Nadie guarda ese dinero en casa. Con intención o no, ella envió a ese chico a la muerte. Acá hay algo, respondió Fadar. Vayamos por ella.
—Jhonny es la otra punta, seguro tiene algo que ver.
Siguieron a Jhonny, llevaba un pedido a domicilio. La moto se detuvo en el mismo edificio donde la noche anterior ocurriera el asesinato. Jhonny bajó con la pizza y los oficiales atrás, llegando en el momento de la entrega lo detuvieron. Dentro de la caja, había pizza y droga.
En la oficina, la sargento hablaba  con la capitana Shaw, sobre el coronel.
¿Qué te preocupa?, ¿el acosador? A la anterior le revisaba su correo y el escritorio.
No me preocupa, yo no tengo nada que ocultar respondió Shaw.
Mientras tanto, el coronel nunca dejaba de observarlas. En ese momento, aparecía en televisión el vocero de la policía, anunciando que el repartidor de la pizzería asesinado era de origen sirio, de Alepo. La capitana salió apresuradamente de la oficina, dirigiéndose al patio del edificio, marca un número y deja un mensaje: «¿era el correcto?»
El coronel que la miraba en ese preciso momento, salió al pasillo y observó que se dirigía al patio, regresó a su oficina y desde su ventana que daba al mismo, observó que  hablaba por celular. También la vio regresar y dejar su celular en el cajón.
Jack Holmes llega a su «Agencia de viajes Paradise» esa mañana.
Buenos días le dice a su secretaria,  ¿alguna novedad?
Ninguna Jack. Buenos días.
Sentado en su oficina, Jack comenzó el día escuchando sus llamadas del contestador con clave de seguridad. La tercera decía: ¿era el correcto? Borra el mensaje.
La detective O’Neill y el sargento Fadar están reunidos con el capitán Markless, este último necesita desesperadamente un asesino, el gobierno está detrás del departamento de Policía, sino este tema pasa al M15. Un oficial golpea la puerta.
Ahora no oficial, vocifera el capitán.
—Pero, es extremadamente importante capitán —Entrando sin más a la reunión—. Tenemos el informe de balística, uno de los casquillos encontrados tiene las iniciales RG y está identificado como militar. Radwan Green es el proveedor de las fuerzas armadas.
Entonces es un soldado o tiene acceso a las municiones militares, expresa el capitán.
No parece tener relación con Jhonny, dice la detective.
¿Y si lo averiguamos?, dice Fadar.
Traigan a Laurie y a Jhonny para un nuevo interrogatorio, indica la detective.
—Jhonny, lo sabemos, solo dinos cómo lo haces y te sacamos de esta situación, le decía la detective O'Neill, al mismo tiempo que le mostraba el sobre con las cinco mil libras.
Ni idea de eso, yo solo entregaba sobres de veinte libras con la pizza.
¿Solo con ciertos clientes?
Piden un condimento especial.
¿Y a quién se lo piden?, ¿a alguien que necesita dinero para cuidar a su mamá?
Fue idea mía, yo lo hacía.
Pero tú no atiendes el teléfono, ¿Laurie es tu cómplice? Ella recibe su parte.
Yo distribuyo, yo me arriesgo. No diré más nada.
La detective llama por teléfono y dice: preparen una orden de captura para Laurie Athins.
El coronel Shadows aprovecha que sus secretarias están practicando deporte y va al escritorio de la capitán Shaw, fuerza la cerradura y encuentra el celular. Busca el último registro de la llamada realizada y repite la llamada, responde una voz de mujer: «Agencia de viajes Paradise», buenos días, hola, hola… Pasan unos segundos de silencio y la mujer dice: ¿eres tú? El coronel corta la llamada y se lleva el celular.
La secretaria, le dice a Jack: ha llamado otra vez y no contesta. Le dije que se deshiciera de ese celular y no lo hizo.
¿Y porqué no?, pregunta Jack y la secretaria se encoge de hombros. Jack realiza una llamada y dice: No me gusta lo que está pasando. Me huele a pánico. Y corta.

Varios, más tarde

Laurie está en casa de Rachel, al no encontrarla le deja una carta despidiéndose. Ésta decía: Rachel, debo irme, gracias por escuchar todo este tiempo, me hizo bien hablar con una sacerdotisa. Laurie.
La policía buscaba a Laurie, hasta el momento no tenían noticias.
El diputado Rowling se presentó ante la detective O'Neill.
¿A qué se debe este honor, diputado?
Voy a ser bien directo. Soy muy amigo del Vicario, ustedes buscan a la vietnamita, su nombre es Kim Tse Kiam, es la testigo del asesinato del repartidor de pizza. Les dio un nombre falso. Debo decirle que sé dónde se encuentra y que está muy asustada. Puedo traérsela si me promete toda su discreción y nos quita del caso. Fue una casualidad que se encontrara ahí, nada más, se lo aseguro.
Cuente con ella, si no interfiere con el caso. ¿Qué tiene que ver el Vicario?
Le cuento entonces. Kim, convive con Rachel que es la asistenta del Vicario...
A mí no me interesan sus preferencias sexuales…
Es que usted no entiende. Rachel es una sacerdotisa, su imagen y también la del Vicario quedarían expuestas a un escándalo. Además hay otra cosa y me compromete a mí. Engañado, firmé su solicitud de visa de estudiante sin saber que esta aquí ilegalmente… Nos interesa que la investigación se centre en el asesinato.
Ese es un problema enorme. Tráigala y veré que puedo hacer. No le prometo nada.
—Hay algo importante que Kim no dijo. Ella cree que el asesino era una mujer.
Las cejas de la detective se arquearon. De acuerdo. Gracias.
La capitana era la última en el vestuario femenino, con la puerta entreabierta, el coronel la observaba cambiarse…
Espero que no se le ocurra entrar, señor.
Puedo estar acá afuera, soy su superior. Hago lo que quiero. Y le muestra el celular.
Ella se dirige a la puerta, y le dice: Váyase a la mierda y déjeme en paz, señor.
En la policía se presenta, Sam Spencer, del M15 diciendo que creen que el caso se ajusta a la seguridad nacional y necesitan toda la información. 
Ustedes ya saben como es esto, la policía no resuelve los temas y debemos intervenir para salvar la situación. Empecemos por entrevistar a las musulmanas.
Se presentan en inmigración y la detective dice: falta el intérprete.
No lo necesitamos, dice Sam Spencer. ¿Verdad? Dirigiéndose a las musulmanas. Hablemos en inglés, pero esta vez digan la verdad, son inteligentes y tienen dinero. Empiecen desde que llegaron a Londres.
Nos escondíamos. A nuestro hermano lo asesinaron, asegura una de ellas.
¿Dices que la bala era para él?, pregunta la detective.
Sí. El sabía cosas y por eso huíamos.  
Mohamed tenía información. Sabía que los contrabandistas eran ingleses y que mataron al capitán del bote que nos trasladó a nosotros y a todos los demás.
¿Los contrabandistas eran ingleses?
Sí, ingleses. Tienen todo, manejan todo, proveen los pasaportes, botes, trenes, boletos.
De pronto, Sam Spencer, dice: todo su cuento es una gran mentira. Saben que los sirios tienen asilo automáticamente. No tienen papeles. Ustedes son iraquíes. No tienen derecho al asilo y por eso mienten.
No confiamos en usted, dice la otra musulmana. No diremos más nada hasta no tener los papeles, un permiso de residencia para las dos o nada.
—No hay trato hasta que no digan todo. Avísenme —indicó Spencer y se fue.  
Laurie tomó el tren en la plataforma tres, nunca llegó a destino. La asesinaron en el baño.
El coronel se presentó en el dormitorio de Shaw, diciendo que podría recuperar el celular. Shaw lo hizo pasar y le preguntó: ¿qué le gusta?
Todo, le contestó. Tu padre me molestó bastante en mi carrera militar.
Después de soportar al asqueroso coronel dentro de su cuerpo y recuperar su celular, fue al encuentro del psicólogo. Este se sorprendió al verla y le dice: ¿Teníamos sesión?
No, no. Es que me quedó algo en la cabeza y no quería esperar tantos días…
Tengo media hora, pase a mi consultorio.
Creo que los que volvemos, nos cuesta olvidar… ¿No lo cree? Y los que no van, pretenden que no recordemos. Nos prefieren allí. Piensan que si vamos a la guerra, nada cambiará cuando volvemos. A mi padre le sucedió lo mismo.
Y fue un gran héroe. Dime: ¿a qué se debe esto?, ¿porqué viniste a verme? Deberías considerar ir a casa un tiempo…
Mi vida es el ejército. Al volver a casa, sientes que eres un germen que entra en la sangre. Me falta un propósito, quizás. Quiero volver al frente. Necesito que me lo permita.
El capitán se reúne nuevamente con la detective y el sargento. Quiero que me digan, si realmente creen que se trata de un soldado británico. Cómplice del tráfico de personas, ¿qué mata a un refugiado en las calles de Londres? Y después, una segunda víctima, ¿en un baño de tren? Esto no es casualidad. Lo que me molesta es que estamos acá, sin resolver nada y las musulmanas lo saben todo. Entra un oficial. Detective: ha llegado la vietnamita. Viene acompañada de la sacerdotisa.
La capitana Shaw salió a correr, en el parque se le presentó Jack. La respuesta a tu pregunta es: sí. Mohamed Assif pretendió buscar asilo. Dijo que era sirio, pero no lo era. Querías matar a un terrorista y lo hiciste.
¿Estás seguro? ¡Que suerte! Quería estar segura. Es tan obvio que quieren matarnos… Necesito volver a pelear. Hay un tipo que está obsesionado conmigo y mi compañera.
¿Te ha hecho daño? Mataré a cualquiera que intente hacerles daño a ti o a tu madre. Tu padre era mi mejor amigo.
No, tranquilo. Puedo controlarlo. Me pidieron que hiciera algo y para probarme, dije que sí. Esta vez, haré lo que debo hacer, mataré al coronel. Así nada tiene sentido, mi vida está en el campo de batalla.

viernes, 8 de marzo de 2019

Cosas del mar


Antonio Sardina Cecine


Abrió la puerta y Rolando estaba ahí.

Su cerebro emitió un chispazo de luz y su mirada se llenó de blanco, un blanco lechoso y que se difuminaba en otros tonos de blanco, tenía la imagen de su cara en el cerebro pero no veía nada más que ese telón blanco y espeso. Estaba parada con la manija de la puerta en la mano, las corvas empezaron a temblar sin control y sintió que se caía. No supo cuánto tiempo pasó así, seguramente instantes y poco a poco sus sentidos empezaron a funcionar nuevamente, su cerebro siempre alerta e inteligente le envió la orden de precaución, advirtiéndole que la reacción que tuviera en este momento marcaría su vida.

En cuanto pasó el momento de estupor, se tiró sobre él y lo abrazó llorando desconsoladamente sin hablar, sollozando lo apretaba y le mojaba la camisa, él le acarició la cabeza y entonces ella se irguió y le dijo «¡estás vivo, estás vivo!».

Estaban en la casa de Saint Barth, una casita blanca y azul que compraron hace más de dos años y que fue puesta a nombre de Azul, era la primera propiedad que ponía a su nombre después de casarse; la habían descubierto en su viaje de bodas durante una escala que hacían en el opulento yate que alquilaron para dar un paseo por el Caribe. 

El lugar les fascinó por su ambiente cosmopolita y lujoso y al mismo tiempo natural e informal, preguntaron por casas en venta y cuando fueron a conocer esta en la ladera de la montaña, con la vista al mar y oculta por jardines y flores, sabían que habían encontrado su lugar. La casa era de un tamaño bastante práctico, Azul dijo que era perfecta, que era su sueño para estar juntos.

Se quedaron una semana para arreglar los documentos y cuando salieron de la Isla, Azul ya era dueña de una propiedad por primera vez en su vida.

Nació en Brownsville, Texas, mientras su madre se encontraba trabajando en esa ciudad con unos parientes, recién nacida la llevó a la ciudad de México; hija de madre soltera, nunca tuvo conocimiento de quién era su padre; lo más parecido a la imagen paterna que conoció fue el novio con el que se relacionó su mamá cuando Azul tenía tres años, un señor casado que las veía solo entre semana y viajaban de vez en cuando y que era bueno con Azul, pero no influía verdaderamente en su vida más que para mantener el departamento y los gastos, y que pagó su escuela hasta la preparatoria.

Azul era inteligente pero sobre todo muy avispada y con un físico agradable (ojos azules, nariz recta un poco demasiado grande y piernas largas y bien formadas) que combinado con su simpatía la hacía atractiva para los hombres pero sin ser retadora para las mujeres. Esto le había servido para relacionarse con estatus sociales arriba del suyo y se desenvolvía con maneras educadas y elegantes que la hacían pasar por sofisticada.
  
Estudió negocios en la universidad y se mantuvo haciendo contactos entre vendedores y compradores de todo tipo de bienes gracias a sus relaciones sociales. Antes de terminar la carrera empezó a trabajar en una casa de bolsa, negocio que en ese tiempo estaba en auge, ya que el país pasaba por una época de bonanza y grandes expectativas gracias a su petróleo y la administración neoliberal que lo gobernaba y la bolsa de Nueva York también experimentaba alzas constantes.

Fue en esa época cuando conoció a Rolando en Acapulco; además de tener un romance, se enteró de que necesitaba limpiar capitales al parecer muy abundantes, sin saber bien a qué se dedicaba en su país natal; Azul demostró que tenía las aptitudes, los contactos y la audacia para crear una red de prestanombres e inversiones que funcionó perfectamente durante un año.

Con la finalidad de evitar los impuestos a extranjeros en México y aprovechar la nacionalidad estadounidense que tenía Azul, decidieron casarse, además de que esto los ayudaba a presentar una imagen confiable a la sociedad con la que se relacionaban y hacían negocios.

Azul fue a conocer a su familia a Colombia, donde fue recibida con recelo pero cordialmente, ya que no entendían por qué Rolando había decidido casarse con una mexicana que apenas conocía.

Al volver a México él le dijo que tenía que ir a Italia para reunirse con sus socios, de pronto a los dos días le informaron en una carta de Colombia que Rolando había muerto,  esto le causó un fuerte impacto y la sumió en una total confusión.

Según la carta de la madre, él se encontraba haciendo un recorrido en barco por la costa amalfitana cuando cayó por la borda y desapareció, «cosas del mar», decía la carta.

La golpeó la tristeza, pero el sentimiento más grande sin duda, fue la excitación que la invadió al percibir que en ese momento empezaba una nueva vida.

Se encontró de repente con propiedades e inversiones a nombre de su esposo, pero también con una serie de inversiones a nombre de conocidos suyos que la veían a ella como la dueña y controladora de esa gran fortuna.

La familia de Rolando inmediatamente la buscó y ya que él no había formalizado un testamento, le hicieron saber que estaban dispuestos a pelear por lo que consideraban suyo.

Ella los recibió muy educadamente representando el papel de una viuda triste e impactada por la muerte de su marido, les enseñó todas las cuentas de las propiedades e inversiones a su nombre y les dijo que estaría de acuerdo con la repartición que ellos definieran.

Eso los desarmó, además que era mucho más dinero que el que ellos esperaban, así que tomaron lo que era menos complicado de liquidar y el efectivo y le firmaron a Azul el acuerdo para que ella se quedara con las propiedades en México, entre las que estaban el departamento en el que vivían y algunos otros que tenían a la renta como inversión y desde luego la casita de Saint Barth que estaba a su nombre.

Así, a ojos de la familia y el círculo social que habían formado como pareja en ese tiempo, Azul quedaba en una posición cómoda pero no extremadamente rica, sin saber nada de la gran fortuna en capitales que Rolando había limpiado y cuyo origen era desconocido, pero que estaba convenientemente manejada por sus prestanombres.

Ella siguió administrando exitosamente la intrincada red, depositando el dinero al final en las cuentas que controlaba en paraísos fiscales de todo el mundo. Llevaba una vida cómoda pero sin llamar la atención ni hacer gastos escandalosos.

Así le iba la vida cuando sonó el timbre y en la puerta estaba Rolando.

Pasaron a la casa y él se mostró tranquilo y hasta risueño, le pidió que no hiciera preguntas y que todo se lo explicaría después, pero que ahora lo que necesitaba era abrazarla, besarla y comer, en ese orden.

Ya tomando un café colombiano, como ella sabía que le gustaba al terminar la comida, le contó que había planeado esa desaparición desde hace mucho tiempo, que de hecho antes de conocerla ya estaba madurando la idea y cuando la conoció todo el plan se cerró a la perfección, sus socios eran gente peligrosa y sabía que tenía que perderse de una forma muy inteligente para poder vivir la vida que quería.

Le dijo que había estado monitoreando sus operaciones, que la felicitaba por la forma en que había resuelto todo con la familia, que estaba muy satisfecho de ver que no había tocado nada del dinero de los grandes capitales que manejaba. Su red era tan perfecta que ni los mismos socios supieron nunca el destino final del dinero.

Bueno, la verdad es que he vivido muy bien aunque triste porque te hacía muerto, no he querido llamar la atención con mi vida, lo único que compré fue ese velero que ves en la marina, mira, el azul que se llama Rolando, por ti y por lo que en México significa… pasear.

¡Está precioso!, bajemos a conocerlo, se me antoja en este atardecer dar una vuelta por la bahía, supongo que tú ya sabes manejarlo,  porque yo nunca lo he hecho, mis travesías marítimas siempre son con yates y tripulación.

Claro, ya soy una experta, además de mis viajes esporádicos a Miami y México y los otoños que paso en Whistler en Canadá, donde también tenemos un pequeño departamento, la mayoría del tiempo la paso aquí y mi mayor placer es salir a pasear en mi velero.

Bajaron a la marina y salieron al mar en una tarde preciosa, con el sol apenas bajando, lo que causaba que el horizonte se asomara entre tonalidades de dorados y rojos, algo verdaderamente espectacular. Así fueron hasta mar abierto y empezaron a dar la vuelta hacia la bahía nuevamente.

Rolando estaba feliz, sentado en la parte de atrás del velero viéndola maniobrar las velas y los mástiles como un verdadero marinero, en un punto la mujer le pidió que se acercara al frente del velero mientras  fijaba el timón, al avanzar Rolando, diestramente soltó una cuerda y la vela principal dio toda la vuelta dándole de lleno y tirándolo al mar. Azul tranquilamente volvió a tensar la vela, dio rumbo al puerto y se sentó junto al timón dejando que el viento le revolviera el pelo. Cosas del mar.

Todas eran yo


Paulina Pérez


Alguien tomó su mano, no distinguía los rostros de quienes le rodeaban ni entendía lo que le decían, solo eran sombras y ruido. Colocaron algo sobre su boca y nariz, para cuando despertó se encontraba en una habitación de hospital con sus manos entre las de sus padres, quienes la miraban sin poder contener el llanto.

Era un hermoso domingo, el sol había desterrado por completo las nubes y desde la terraza, Martha con su taza, tipo tazón, llena de café  recién colado, miraba las cumbres nevadas que rodeaban la ciudad. Un tono musical le anunciaba que a su celular había llegado un mensaje. Los hermanos Pinto le recordaban la fiesta de cumpleaños que harían en el bar de Fausto al mediodía.

Martha terminó su café mientras admiraba el bello paisaje que ese día la naturaleza le obsequiaba y luego bajó a alistarse para la reunión con sus amigos.

Cristian y Ricardo Pinto eran mellizos, conocían a Martha desde el colegio. Eran muy divertidos, amigueros y tenían fama de tener varias novias a la vez, les gustaba mucho andar de fiesta y de conquista, excelentes bailarines y expertos en saber cómo hacer sentir halagada a una mujer; caballerosos, detallistas y generosos cuando estaban interesados en alguna fémina.

Fausto era amigo de Martha desde la infancia, habían sido vecinos desde que recordaban, fueron al mismo colegio y él se puso a cargo del negocio de su padre ni bien terminó el bachillerato, se trataba de un bar cafetería con cierta fama por el ambiente familiar y acogedor, nada lujoso ni exclusivo. A media mañana de aquel día, Fausto pasó a buscar a Laura, su novia, que era quien estaba de cumpleaños, y a la hermana menor de ella, Sofía, para ir al bar. Cuando llegaron Martha, los mellizos Pinto y Jairo, ya los esperaban.

A Jairo lo habían conocido recientemente en una fiesta en la que todos habían coincidido. Era un muchacho bromista, bien parecido, de cabellos negros, ojos oscuros, largas pestañas, tez blanca y muy alto, su carisma atrajo la atención de Ricardo y Cristian. Lo llevaban con ellos a todos lados. Tenía un negocio de repuestos de autos en sociedad con un hermano; apenas terminó el colegio quiso ponerse a trabajar, no era muy apegado a los estudios pero sí al ejercicio físico y al cuidado de su apariencia.

Fausto abrió la puerta a sus invitados y organizaron dos grupos. Él, Laura y Sofía irían al supermercado para comprar unas picaditas, refrescos y algo para almorzar. Martha quedaría al mandó de los hermanos Pinto y Jairo para arreglar un poco el salón, poner música y verificar que las cervezas estuvieran bien frías.

Martha escucho una canción que le gustaba mucho y empezó a bailar mientras arreglaba las sillas alrededor de un par de mesas que había juntado para colocar los aperitivos, las bebidas y la comida. Jairo propuso hacer unos mojitos ligeros para empezar la parranda, los mellizos lo acompañaron y regresaron al rato con una jarra de hierba buena, ron y hielo.

Los cuatro muchachos empezaron a bailar, hacían coreografías con ciertas canciones, reían, bromeaban. De pronto Martha tomó uno de los micrófonos del karaoke y se subió sobre la mesa de billar para continuar bailando mientras cantaba, se sentía llena de energía, eufórica. Los chicos la acompañaban cantando y aplaudiendo.

Martha se sintió mareada y se dejó caer sobre la mesa, Jairo se acercó con un vaso y le dijo:

—Toma un poco más y se te pasa el mareo.

Martha accedió pero sucedió todo lo contrario, sentía todo su cuerpo adormecido. Jairo la acomodó sobre la mesa de billar.

—Martha, Martha. ¿Estás bien?

Martha escuchaba la voz de Jairo pero no podía contestarle. Le tomaba tiempo distinguir los rostros de sus amigos y sus brazos y piernas no le respondían.

Uno a uno fueron poniéndose sobre ella, no podía moverse, solo sentía el peso de aquellos cuerpos sobre el suyo, sus rostros sudorosos, sus lenguas violentando su boca, sabía que le mordían los pezones, la piel alrededor de sus genitales, no sentía dolor solo impotencia. La pusieron boca abajo y seguían penetrándola y ella ahí sin poder defenderse, sin entender por qué sus amigos la violaban una y otra vez entre carcajadas y aplausos.

Otra vez boca arriba pero ellos ya no estaban sobre ella, sin embargo, sentía que introducían algo en su vagina, no dolía, no, pero lo sentía. Como si le hubieran puesto un anestésico que había dormido su cuerpo pero no sus ojos ni sus oídos.

Otra vez boca abajo y nuevamente ellos, en medio de risas escandalosas, penetraban su ano con algún objeto.

Gritos y fuertes golpes desde el exterior silenciaron de golpe a los tres muchachos. Martha no podía identificar las voces ni la causa de aquel estruendo que reemplazó a la música y las carcajadas, trató de incorporarse y se desvaneció.

Fausto bajó del carro con las dos chicas y procedieron a sacar las compras de la cajuela del auto, empujaron la puerta y como no se abría golpearon, nadie abría. Así que trató de forzarla porque solo estaba puesto el picaporte interno, Jairo hacía presión desde adentro para que Fausto no entrara. Fausto presintió que algo sucedía cuando por la pequeña abertura de la puerta observó a Jairo a medio vestir y con gotas de sangre en la camisa; pidió ayuda a Laura y Sofía para hacer fuerza, romper el seguro y entrar. El hallazgo era aterrador; Martha desnuda y ensangrentada sobre la mesa de billar, un taco de billar, una botella y un vaso con máculas sanguinolentas, los hermanos Pinto con los pantalones en las rodillas y manchas de sangre en las manos y el resto de sus ropas.

Fausto empezó a gritar y a pedir ayuda. La gente que pasaba por allí logró cercar a los agresores mientras alguien llamaba a emergencias. Martha fue trasladada al hospital sin que los paramédicos lograran despertarla. Cuando empezó a reaccionar el dolor de las heridas despertó con ella. La habían destrozado y el impacto emocional empezaba a desencadenarse. Gritaba, lloraba, maldecía su vida, quería morir, a los médicos no les quedó otra opción que volver a sedarla para evitar que se autolesionara o perdiera la razón, no estaba lista todavía para enfrentar aquella cruel realidad.

Pasaron varios días hasta que Martha pudo dejar los tranquilizantes y fue sometida a dos cirugías para reconstruir sus partes íntimas, una sicóloga y un psiquiatra la visitaban a diario. Una noche escuchó a un par de enfermeras comentando indignadas sobre publicaciones en redes sociales, en las cuales se acusaba a Martha de haber provocado a los chicos para luego hacerse la víctima, las pocas fuerzas que había recuperado para tratar de enfrentar todo ese horror que había vivido desaparecieron, su agotamiento era tal, que no tenía energía ni para llorar, suplicaba en silencio morir, morir rápido y acabar con la angustia que le presionaba el pecho al punto de no dejarla respirar sin causarle dolor. No lograba comprender por qué continuaba viva.

Los padres de Martha se turnaban para acompañarla. Una tarde una de las enfermeras le enseñó a Martha una publicación de Facebook, era una convocatoria a una marcha en solidaridad con ella para la semana siguiente.

El sábado, antes de la convocatoria por Martha, en una ciudad cercana, una mujer era asesinada en plena calle, su expareja la había citado en un pequeño restaurante para tratar de convencerla de volver con él, estaban esperando un hijo y debían solucionarlo, ante la negativa de ella, la secuestró a punta de cuchillo; la chica pidió auxilio y los transeúntes alertaron a la policía sobre el hecho, luego de noventa minutos, el hombre, totalmente fuera de sí, apuñalaba a su exnovia hiriéndola de muerte.

El país entero se conmocionó ante estos dos actos brutales y las mujeres se tomaron las calles para exigir al estado el derecho a vivir sin miedo y el fin de la impunidad.

Las miles de jóvenes, profesionales, amas de casa, acompañadas de sus hijas o sus nietas caminando por las calles de muchas ciudades del país, exigiendo justicia para todas aquellas que habían sido violentadas, acosadas, maltratadas, explotadas y asesinadas, le dieron la fuerza necesaria a Martha para empezar a llorar, a hablar e iniciar así, el largo proceso de sanación.

miércoles, 6 de marzo de 2019

La desaparición


Yadira Sandoval Rodríguez


Karime desapareció hace una semana, la han buscado por todas partes. El agente de la Policía Federal Ministerial de la Procuraduría General de la República (PGR) en Hermosillo, está por llegar a la ciudad de Caborca, un municipio en el Estado de Sonora, situada entre la Costa y el desierto de Sonora. La madre no sabe qué responder por la ausencia de su hija; ha platicado con todas sus amigas, pero ninguna le da razón de ella.  
  
—Buenos días —dice el agente González.

La señora Rodríguez hace pasar al agente a su casa. Ella mide un metro sesenta centímetros, de complexión delgada, edad sesenta años, bien cuidados. El agente le extiende la mano para presentarse. La señora hace lo mismo y con un gesto lo invita a sentarse para que tome una taza de café, mientras platican de la desaparición de su hija. El agente mira un escritorio con una computadora, papeles desordenados y varios libros con sus separadores de color verde, entre ellos miró al legendario Abigael Bohórquez, poeta caborquense. La cocina algo sucia con los platos sin lavar, enseguida de ella están dos cuartos, uno de ellos tiene la puerta abierta y alcanza a observar la ropa tirada en el suelo y la cama no tendida. Aun así, la casa huele bien, ya que las ventanas están abiertas y el incienso olor a limón ayuda. El ruido de los carros se alcanza a escuchar, la casa está cerca de una de las avenidas principales de la ciudad. El vecindario es de clase media con callejones amplios y sin pavimentar que conectan a otros puntos de la ciudad con avenidas pavimentadas. Al agente le llamó la atención una copia de la pintura El grito de Edvard Munch, enfrente del escritorio de la señora. Amablemente le pregunta:

—¿Usted lo pintó?

—Mi hija —dijo la señora—. A ella le gusta la pintura.

El agente trató de bajar la tensión en ella, con el fin de obtener buenas respuestas, pero la señora no pudo auto controlarse, la preocupación no la dejó. Él tuvo que cambiar de actitud por una fría y directa.    

—¿Me puede dar los nombres de los amigos más allegados a su hija?   

—Son tres: Marisol, Ana y Fabiola.

—¿Tiene amigos hombres?

—Compañeros de la escuela, no muy seguido la visitaban.  

El agente se queda callado y pensativo, después pregunta:

—¿Qué le asegura que su hija no tiene amigos hombres?

La madre se enoja por cómo hizo la pregunta el agente y no contesta.

—¿Me insinúa que no conozco bien a mi hija?

El agente la tranquiliza.

—Mire, estamos haciendo lo posible por encontrar a su hija y necesito tener toda la información. Así que empezaré entrevistando a las tres amigas que mencionó. ¿Me puede dar los teléfonos de ellas?

La madre le da la agenda en donde vienen los números telefónicos de las amigas de su hija.

El agente toma nota en su pequeña libreta. Después se retira. La señora se despide de él con indiferencia y molesta. Al momento de cerrar la puerta, empieza a llorar, marca a su hermana, esta le pregunta: «¿cómo te fue con el agente?». «Son unos patanes», responde la mamá.

El agente se comunica con unas de las amigas.

—¿Usted es Fabiola Ahumada Cortés?

—Así es.

—Mucho gusto, soy el agente Marco Antonio Ballesteros. Estoy a cargo de la investigación de su amiga, Karime Méndez Rodríguez. ¿Usted sabe de la desaparición de su amiga?

—Sí, oficial.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a la señorita?

—Hace una semana y tres días.

—¿Cómo vio a su amiga: angustiada, preocupada, indiferente?

—Como siempre, alegre.

—¿Le comentó de alguna discusión con su madre?

—No, de hecho, ella y su madre siempre han tenido buena relación. Nos encanta visitar a Karime. Mientras nosotras le platicábamos a ella, lo difícil que era comunicarnos con nuestras madres, Karime siempre nos decía que su mamá era su mejor amiga. Creo que ninguna de las chicas que conozco tiene una relación así como la de ellas.   

—¿Usted cree que la señorita huyó de su casa?

—No lo creo. Como le comento, ella siempre estaba feliz. Aunque algo curiosa.

—¿Curiosa?

—Sí.

—¿Me puede describir eso, de que la señorita Karime es curiosa?

—Ella siempre platicaba de su curiosidad por salir con chicos más grandes que ella. Hablaba siempre de jóvenes de veinte años, treinta, hasta los cuarentones. Disculpe, oficial.

—No se preocupe.

—Nosotros tenemos catorce años. De hecho, la última plática que tuve con ella, me comentó que había conocido a dos chicos. Uno de ellos le gustó a Karime. Nosotras nos emocionamos por su historia de amor.

—¿De amor?

—Gustarse, oficial.

—Bien. ¿Usted sabe de dónde son esos jóvenes? ¿Sus nombres?

—Karime nos comentó, que ellos iban llegando al pueblo. Que no eran de aquí.

—Le dijo sus nombres.

—No.

—Está bien, gracias por la información.

El agente se queda pensando seriamente, se dice a sí mismo: «Dos chicos que llegaron al pueblo». Con esa información decidió empezar a buscar por los hoteles. Se presentó con una orden oficial para que le entregaran la lista de las personas que se hospedaron la última semana. Los diez hoteles del pueblo cooperaron con el agente. Entre las listas le llamó la atención el cuarto número 12 del hotel Oasis, uno de los más caros del listado, con excelentes instalaciones, ahí se hospedaron dos jóvenes. Sus nombres: Marcos Arellano Carrasco y Fabián Carrillo Cepeda, números de identificación: MAAC920518MTMRC06 y FACC871204MTFCC03. El agente anotó sus nombres. Después se fue a la computadora a buscar sobre estos individuos. En la red encuentra que son dos jóvenes que estuvieron en la cárcel de Tamaulipas. Encarcelados por robo a mano armada. El agente se quedó serio por unos minutos; apaga su computadora y empieza a preguntar a cada residente del pueblo sobre Karime Méndez, muestra la foto de la chica, hasta que un señor le dijo que los había visto en un bar y le señaló con la mano el lugar. El agente se dirige a otro sector del municipio de clase media baja, empieza a observar las instalaciones: tres ventiladores tipo coolers se ven desde afuera, el bar está pintado de dos colores, rojo y blanco con letras en negro, algo descuidado y sucio. Una señora de unos cincuenta años está atendiendo a los clientes, al ver al detective le da las buenas tardes y le dice: «¿Qué va a pedir?». El agente contesta que solo buscaba al dueño del lugar. La señora con un pañuelo se seca el sudor de la frente y le contesta: «En un rato llega». A esa hora el calor empezaba a incomodar y el detective observa los tarros de cerveza escarchados por el hielo de los clientes, se le antojó un trago. El dueño se presenta formalmente: «Soy Manuel Ramírez, mucho gusto, ¿en qué le puedo ayudar?, ¿le ofrecieron algo?». El agente solo pide un vaso con agua y empieza a interrogarlo:

—¿Cómo eran los hombres?

—No se veían mayores, entre los veinticuatro y veintisiete años, altos, de buen parecer. Me comentó mi trabajadora que se extrañó que la niña anduviera con ellos, no le dieron buena espina.

—¿Por qué?

—Solo las mujeres saben eso.

—¿Qué me puede decir de la adolescente que la acompañaba?

—Se veía muy jovencita, me dicen que es la hija de la señora Ramona. Aquí todos nos conocemos, pero también está llegando mucha gente del sur, ya sabe, quienes desean pasar a Estados Unidos. Cuando le preguntamos por su credencial, nos dijo que no tenía. Al instante le pedimos a la señorita que saliera del bar. Los dos muchachos compraron unas cervezas —dijo el dueño del bar.

—¿Cómo iban vestidos?

—Pantalones de mezclilla, buenas camisetas y tenis Nike.  

Le da las gracias el detective.

Abre su cuaderno de anotaciones y apunta el nombre del bar: «Mi oficina».

Vuelve a marcar con la madre, quien le contesta: ¿tiene noticias de mi hija?

—No. Solo marcaba para preguntar si su hija le comentó de dos jóvenes que conoció la semana pasada.

—Sí. Me dijo que eran maestros y están haciendo su servicio social en la escuela del pueblo.  

—¿Maestros?

—¿Por qué la pregunta?

—Nada, señora. Le marco en esta semana.

Se dice a sí mismo: «La señora cree que su hija se vio con dos maestros», «¿por qué su hija no le dijo la verdad?».

El agente regresa a la oficina que le ofreció el municipio de Caborca para resolver el caso, la cual está limpia, ordenada y decorada con cuadros de sus tres hijos. Una secretaria le entrega dos expedientes y le dice: «Oficial, nos llegó más información de los dos jóvenes a quienes usted está investigando y nos informan que tienen estudios en educación, pero fueron despedidos del primer trabajo como maestros por violar a una adolescente».