lunes, 25 de febrero de 2019

El sueño


Adrián González


Sentado frente a un espejo enmarcado con luces, Renato se dispone a maquillar cuidadosamente su rostro a fin de cubrir esas arrugas a ambos lados de los ojos y suavizar las bolsas debajo de ellos. «No hay mucho que hacer con los cachetes mofletudos, colgados, al igual que la papada», observa. Su mirada colmada de hastío, los hombros caídos y una frente cada día más amplia, denotan una edad de la que él nunca ha estado cierto. Al observarse a sí mismo, en su memoria aparece aquel viejo indigente y borrachín, que conoció bajo un puente aquella noche de lluvia cuando él, adolescente aún, vagaba por las calles buscando refugio. «Solo me falta la barba sucia», cavila, y parpadea sacudiendo ligeramente la cabeza como para evitar posibles conjeturas.

Detrás de él, entre penumbras, Silvia lo observa con complacencia a través del espejo; ciertamente lo sigue amando. Su cabello asoma canas; siempre flacucha, ahora se ha encorvado, aunque es un hecho que su postura cambió desde que él cojea. «Lo hace intencionalmente, como para seguirme el paso», especula en sus pensamientos. —Sus miradas se cruzan, no requieren hablar para comunicarse—. Renato toma una almohadilla para cubrirse de polvo blanco la cara y el cuello; continúa con la sombra en los ojos, parece sencillo, pero en realidad requiere de mucha precisión, deben estar afinadamente simétricos para dar profundidad a la mirada, pero sin que esta cause temor; pasa a delinear los labios con un lápiz rojo para que parezcan mas delgados, prolongando los extremos hacia abajo a fin de simular desconsuelo. —Alza la vista y Silvia ya no está ahí, a sus espaldas solo hay oscuridad—. «La nariz», recuerda, y saca de un cajón la pintura roja, ya no usa la de bola, un triangulo de esquinas redondeadas que inicia justo abajo del tabique —roto desde que se dedicó al boxeo— hasta cubrir sus fosas nasales, es suficiente; tampoco aquella peluca anaranjada, en cambio enfunda su cabeza con una gorra plástica, blanca y ajustable que lo hace parecer calvo. Los detalles son importantes: acercándose al espejo retoca la cara, el cuello, las orejas y la cabeza con la gorra, pues deben quedar perfectamente blancas y de apariencia natural; el resultado…, «un verdadero fantasma —concluye al observarse—, son muchas las veces que así me siento». Por último, una lágrima roja sobre los pómulos bajo cada ojo. «¿Por qué se fue Silvia? —Se pregunta en voz alta—. Necesito que me ayude a ponerme el traje», e inicia a meter con dificultad brazos y piernas —una rodilla no logra doblarse— en el disfraz blanco de payaso, que más bien pareciera un gran piyama de bebé; la colocación de los zapatos le hace refunfuñar. De vuelta frente al espejo coloca sobre su cabeza un sombrero negro de copa alta absurdamente pequeño, que lo hace ver ridículamente pueril.

Cuando por fin sale al escenario, lo hace con calma, su representación ha de transmitir cierta parquedad en su paso, lento, mesurado, fingiendo una discapacidad que en realidad sí padece y dando tiempo a los aplausos del público antes de iniciar su acto. Ya no es aquel joven que hacía malabares con agilidad e ingenio causando risas hilarantes y festivas, su actuación se ha vuelto una poética expresión silenciosa de emociones encontradas donde la gente, a través de su mímica, pasa de la risa sutil al llanto disimulado —nadie se atreve a emitir sonido alguno durante su acto—, sus cejas se alzan o su mandíbula cae de vez en vez por los destellos de lucidez en la narrativa fingida pero, tan real, que la audiencia entera se siente identificada y a la vez descubierta, expuesta.
No hay escenografía, Renato se mueve —aparentemente con torpeza, pero en realidad cuidando hasta el último detalle ensayado— entre la oscuridad y trémulos juegos de luz. Por momentos se escuchan truenos, lluvia, hojas al viento, el canto de algún pájaro o un tren a lo lejos, pero de su boca no se escapa nada, «soy un espectro, una aparición», piensa para sí, completamente inmerso en su papel. Al finalizar, sus oídos son sordos al estrepitoso aplauso; toda su atención está en Silvia, sentada en primera fila del teatro mirándolo a los ojos. Detrás de ella, todo son penumbras.

«¡Despierta!», escucha Renato, al tiempo que recibe un fuerte golpe en la cabeza, que no sabe si es real o parte de sus sueños. «Dame todo lo que traes. ¡Pero ya!», vuelve a oír los gritos. Tratando de reaccionar abre los ojos, al tiempo que lleva su mano a la cabeza como reacción al golpe y observa con dificultad entre la oscuridad, a un hombre mal encarado vociferando frente a él, mientras apunta una pistola hacia su frente. Más como reacción que habiéndolo decidido, agarra el cañón del arma con la misma mano que se había llevado a la cabeza y el forcejeo comienza. Un disparo retumba ensordeciendo el oído de Renato por el que pasa rozando y rompiendo la ventanilla tras de él. La gente grita. Desde su asiento en ese autobús Renato jala con fuerza al hombre y ahora lo tiene encima, ambos se golpean con la mano que tienen libre. La joven sentada en el asiento trasero sale al pasillo ante el riesgo de resultar herida. Renato tira puñetazos con todas sus fuerzas y golpea con su cabeza el rostro del agresor, pero su posición es incómoda, sus golpes no tienen el impacto deseado, su pierna rígida le impide moverse con destreza. Otro disparo. Los pasajeros corren desesperados tropezándose entre ellos para salir del autobús que ahora se ha detenido en medio de la carretera. Por fin alguien golpea al hombre por la espalda una y otra vez hasta que este desfallece. Cuando Renato logra quitárselo de encima y se levanta, observa el tacón puntiagudo de una zapatilla de mujer clavado en la nuca del asaltante y a la joven del asiento trasero con mirada impávida, parada ante él con un pie descalzo.

—¡Mira lo que has provocado! —grita desde el frente el chofer, mientras se aproxima por el pasillo.

—¿Qué? —pregunta confundido Renato, al ver al hombre vociferar pues, aturdido por los disparos, no escucha nada.

—Simplemente le debías entregar lo que trajeras —le increpa nuevamente, el chofer—. ¿Es que nunca te han asaltado?, en estas carreteras es común. Ahora vas a responder a los federales por… —voltea a mirar a la joven que mató al ladrón—, un muerto.

En ese momento, la oscuridad de la noche es interrumpida por los destellos intermitentes rojos y azules de una patrulla de la Policía Federal de Caminos deteniéndose tras el autobús. Los pasajeros parados junto a la carretera la rodean inmediatamente, todos hablan al mismo tiempo, tiritan de frío y señalan hacia el interior del autobús.

—¿Qué sucedió? —pregunta el oficial al chofer al subir al autobús y ver la escena.

—Subió como pasajero; a media noche se levantó y empezó a asaltar —responde, señalando el cadáver entre los asientos.

—Y…, ¿quién lo mató? —pregunta ahora, mirando a la joven.

—Fui yo —responde Renato, aún con el arma tomada por el cañón en su mano—, cuando forcejeaba vi en el piso esa zapatilla, la alcancé y se la clavé. Solo me estaba defendiendo —aclara al oficial, quién lo ignora y voltea a ver de nuevo al chofer.

—«No hagas nada, no te resistas. Tu vida y la de tus pasajeros está en riesgo…, cuando todo pase, conduce al poblado más cercano y llama a las autoridades». Esas son mis instrucciones, pero este hombre —explica el chofer señalando a Renato— provocó todo esto.

Una vez en el puesto de policía a la entrada de la siguiente ciudad, Renato y la joven descienden esposados del asiento trasero de la patrulla. Ya en el interior, a él lo sientan en un pasillo y a ella la conducen a una pequeña oficina; a través del cristal, él observa cómo la interrogan en tanto vacían sobre un escritorio el contenido de su maleta y su bolso, dos paquetes pequeños como ladrillos envueltos salen a relucir. Luego de un rato se escucha el frenar de lo que parecen ser unas camionetas arribando afuera de las oficinas, seguido de unos portazos y varias voces. La puerta se abre y entra un hombre de mezclilla y botas, que se dirige directamente a la oficina pasando de largo frente a Renato, quien observa un arma entre su cinturón y la espalda; la discusión da inicio, pero el zumbido en su oído no le permite escuchar lo que dicen. Por fin el hombre sale llevando sujeta del brazo a la joven y en su otra mano uno de los paquetes; al pasar, renqueando en un solo tacón, ella lo mira de reojo.

Sin entender lo que está sucediendo, Renato, aún esposado, es conducido de nuevo a una patrulla por un par de oficiales.

—¿Por qué cojeas? —le pregunta uno de ellos, luego de un rato de trayecto sobre la carretera.

—Tuve un accidente.

—¿A dónde te dirigías?

—Quiero llegar a la frontera.

—¿A qué?

—Espero encontrar a mi esposa —responde—. ¿A dónde me llevan? —pregunta, sin recibir respuesta, en tanto el que conduce se desvía hacia un camino secundario de terracería.

Dándose cuenta de que algo está mal, Renato, se acuesta en el asiento y patea con ambas piernas y todas sus fuerzas el cristal de la portezuela a su lado. Está a punto de amanecer; la patrulla acelera hacia un desértico paraje y se frena con fuerza tras unos matorrales secos.

«Eres un vulgar ladrón y asesino que huyo del camión después de matar a un pasajero que te enfrentó. Tenemos el arma que abandonaste en el autobús con tus huellas», le dice uno de los oficiales al abrir la puerta trasera e intentar sacarlo del vehículo, en tanto Renato trata de impedirlo defendiéndose a patadas recostado en el asiento, hasta que el otro oficial lo saca por la puerta opuesta con un fuerte jalón de cabellos. Renato, hincándose en la tierra, voltea en todas direcciones —el sol en el horizonte lo deslumbra con sus primeros rayos—, se da cuenta de que no hay a dónde huir, mira a los oficiales, ambos con lentes oscuros y expresión imperturbable, mismo cuerpo fornido, misma estatura. Una patada en la espalda lo hace yacer en el suelo seguida inmediatamente por otra en su cara; la sangre brota y salpica la tierra árida. Patadas y puñetazos se alternan una y otra vez —el amanecer proyecta largas sombras de los hombres en movimiento sobre el desolado paisaje, al tiempo que una nube de polvo se levanta y cubre toda la escena—. Renato se revuelca tras cada golpe, las costillas le punzan y siente que el abdomen le va a estallar —en su mente aparece el rostro de su esposa—; ambos federales parecen no cansarse de golpearlo y solo se detienen hasta que él deja de moverse. Sucio de pies a cabeza, solo la sangre de su rostro se asoma entre la tierra seca y blancuzca que lo cubre por completo. Dándolo por muerto, los oficiales le retiran las esposas y lo abandonan, alejándose lentamente en su patrulla.

El polvo en el aire empieza a descender poco a poco, Renato yace sin conocimiento sobre el desértico terreno, las horas transcurren y el sol eleva inmisericorde la temperatura. Una iguana surge de los matorrales, avanza lentamente, se deteniene a su lado por unos segundos y de repente trepa sobre su cuerpo hasta la cabeza para erguirse estoica hacia el sol, no hay señal de que él respire, pareciese que la iguana tampoco.

Anochece. «¡Levántate!», escucha Renato a lo lejos, pero los músculos no responden. Un rato después siente un dolor intenso. «Si no te levantas, las hormigas te comerán vivo», le exhorta la voz; pero es imposible, él continua inmóvil. «¡Levántate!», le insta de nuevo la voz.

Abriendo con dificultad un ojo, Renato ve luz de día y a un niño agachado frente a su cara. «No querrás morir aquí. ¿O sí? —le dice—. Las hormigas casi han cubierto tu pierna, pronto estarán sobre todo tu cuerpo». Renato trata de enfocar la cara del niño entre sus pestañas pegadas por la sangre y la tierra, su respiración es corta y aun cuando el dolor en su pierna es agudo, es incapaz de moverse. En ese momento, el niño se levanta de prisa y se aleja un poco para regresar de la mano de una mujer. Ambos usan ropas humildes y zapatos rotos. Ahora ella también se agacha frente a él. Renato la reconoce. «Mi madre…, ¿cómo?», se pregunta, dirigiendo su mirada al niño. «¡Yo!», exclama en su mente. «¿Recuerdas aquella noche cuando, cansado de correr para escapar de esos niños del barrio, te escondiste bajo una coladera del drenaje? —pregunta el niño—. Apestaba tanto que sentías que no podías respirar. Tuviste que permanecer ahí agachado aguantando los calambres en tus piernas hasta que se cansaron de buscarte y cuando trataste de salir no te podías mover, como ahora». Renato siente las manos de su madre sobre sus hombros tratando de darle vuelta en la tierra; al segundo impulso lo logra. Ahora, de cara al sol, la ve de reojo alejarse hasta una nopalera y hurgar debajo entre otros cactus; cuando regresa le retira los pantalones y abre su camisa; pronto siente alivio en su pierna, algo suave y fresco es untado sobre su piel, ahora el pecho, la frente. «Agua…», escapa de sus labios. «Esto ayudará más», responde su madre, mientras le da a chupar del trozo abierto de un cactus. Pronto siente que vuelve a perder el sentido, por más que lucha no puede mantener los ojos abiertos; pero ahora su cuerpo se reconforta con la frescura del cactus que su madre desliza sobre su piel, apaciguando al mismo tiempo el dolor en su pierna.

De pronto, Renato se incorpora y observa a su alrededor y hacia el cielo, maravillado por los colores brillantes e intensos de todo lo que le rodea, el cielo ha pasado a ser rosa y la tierra, árida y seca, ahora es azul. «¡Siempre quise conocer el mar!», exclama en su mente, al ver el suelo moverse ondulante bajo sus pies. Un soplo de viento color violeta golpea con fuerza su cara trayendo aromas extraños. Su vista se agudiza y se nubla; conforme trata de enfocar, piedras y arbustos cambian de forma como si fuesen elásticos, se estiran y encogen desprendiendo aromas y sonidos melodiosos. «¿En dónde estoy?», se pregunta, a la vez que trata de dar un paso al vacío que lo hace caer sumergiéndose en el mar de arena azul, dando volteretas que lo empapan de sensaciones desconocidas e inexplicables que arrebatan y confunden sus sentidos. «Nunca había olido los colores —reflexiona—. Tampoco las cosas habían tenido música propia». Extasiado por su experiencia, siente un gozo como jamás había creído posible experimentar, toda su piel, ahora hipersensible, le transmite emociones mezcladas con visiones extrañas, en las que, de repente… aparece la cabeza de una enorme hormiga acercándose a él, abriendo sus mandíbulas para devorarlo, mirándolo fijamente a los ojos y rozando sus antenas sobre su cabeza. La alucinación es terrible, Renato trata de huir, grita y se revuelca quitándose de encima las antenas con sus brazos, esquivando las mandíbulas, pero todo parece inútil, la hormiga, completamente encima de él, sometiéndolo con sus múltiples patas, está a punto de cercenar su cuello cuando, sin poderse contener empieza a vomitar una y otra vez, arqueando su vientre en un esfuerzo doloroso por vaciar su estómago.

—Así es con el peyote, unos echan risotadas y otros gritan con espanto —le dice la mujer a Renato, cuando por fin se recupera y la mira agachada frente a él.

—¿Qué…?, no entiendo —responde él, sentado en la tierra.

—Su frente estaba ardiendo, decía barbaridades —interviene el niño, dándole a beber un trago de agua de una pequeña garrafa—, pero mi madre sabe curar.

—Aquí está su ropa, le sacudimos todas las hormigas —vuelve a hablar la mujer, extendiéndoselas con una sonrisa—. Ya no nos podemos quedar más tiempo; si nos apuramos, podemos alcanzar al grupo antes de cruzar para el otro lado.

Renato, adolorido y confundido, trata de seguirle el paso a aquella mujer y su hijo, que se mueven con pericia saltando piedras y zigzagueando entre los arbustos, volteando hacia todos lados e internándose en las depresiones de los arroyos secos, por momentos se detienen y de repente se apuran sin que él entienda del todo su actuar. Él tropieza, cae, se levanta, jadea, tose, pero ellos no se detienen, ya perdieron mucho tiempo en salvarle la vida, ahora la de ellos también peligra, el agua no les durará un día más y él sabe bien que sin ellos no logrará salir de ese inhóspito valle.

Por la noche suspenden su marcha, la mujer saca de su morral una tortilla rancia para cada uno y después de comerla con unos tragos de agua, abraza a su hijo y ambos se quedan dormidos recargados en una gran piedra. El frío mantiene despierto a Renato, no sabe en dónde está ni qué día es, todo el cuerpo le duele, su pierna está inflamada por los piquetes de hormiga, al igual que su rostro por los golpes y siente que podría tener más de una costilla rota; voltea a ver el cielo despejado y repleto de estrellas, de la oscuridad a su alrededor, poco a poco y cada vez con más fuerza, surgen ruidos extraños que lo inquietan. «¿Insectos, reptiles?, seguramente hay víboras», imagina. Más tarde, la vigilia lo lleva a la introspección, recordando el sueño que tuvo en el autobús antes de recibir el golpe del asaltante en la cabeza. «¡Tan real! El sueño de toda mi vida», cavila, recordando el tiempo que trabajo en aquel circo y más allá, cuando de niño hacía de payaso en los semáforos. «Nunca había estado tan cerca de la muerte —piensa—; hasta ahora, en toda mi vida, no he hecho más que sobrevivir», recapacita.  Voltea a ver a la mujer y su hijo perdidamente dormidos enredados en el reboso de ella. «Pobres como yo, pero diferentes, ellos son de campo —infiere al observarlos—, piel oscura pero además requemada por el sol, sus pies agrietados, su forma de andar y hablar, vienen del sur, largo camino han recorrido. ¿Por qué se habrán detenido a ayudarme?», se pregunta. Muchas historias escuchó de los peligros que corren los que intentan cruzar la frontera, ahora sin buscarlo, él se encuentra entre ellos. Renato dormita de cansancio, pero no puede retirar a Silvia de su mente. «Quisiera que me llevaras a la frontera —pedía— para indagar sobre mi madre. ¡Quizás algún día regresó a buscarme al orfanato! ¡Quizás dejó alguna dirección, algún dato para mí!», insistía ella cada vez con más melancolía. Él nunca quiso desanimarla, pero siempre pensó que sería infructuoso un viaje a buscar a quien la abandonó a su suerte de niña, para irse a arriesgar todo —incluso su vida—, para buscar del otro lado al padre de Silvia. «Es inútil —pensaba siempre él—, sobre todo después de tantos años». Pero ahora que ella lo abandonó, la frontera o, mejor dicho, esa última ciudad antes de cruzar, es el único lugar que se le ocurre para buscarla.

Cuando por fin el cansancio lo vence, Renato se ve a sí mismo en penumbras, subiendo con dificultad las escaleras del viejo edificio donde habitaba con Silvia. Jadea, tropieza, se detiene de las paredes y casi gatea en los últimos escalones antes de llegar a la azotea, donde se ubica su pequeño cuarto. Encuentra la puerta abierta. Un agudo dolor en su rodilla y otras heridas no lo dejan pensar con claridad, siente que la cabeza le da vueltas como si aún estuviera en ese auto volcado. Ha amanecido y sabe que se debe mover con rapidez, sin embargo, todo parece suceder con lentitud. Al entrar no encuentra a Silvia; revisa a su alrededor solo para comprobar lo que teme. Se ha ido.

Antes del amanecer los tres emprenden la marcha a paso acelerado. Apenas empieza a levantar el sol cuando observan a lo lejos al grupo de migrantes, todos sentados en la tierra frente a unos hombres armados con tres camionetas tras de ellos. Renato se detiene y se tira al suelo para tratar de ocultarse tras unas piedras.

—No se esconda, ellos nos dirán por dónde cruzar. También nos darán agua —le anima el niño con una sonrisa— solo hay que hacer de mulas.

—¿Cómo? Yo no quiero cruzar —responde Renato, aún oculto, al no entender lo que el niño dice.

—Si no lo hacemos, entonces sí nos matan —le aclara con seriedad—. Solo hay que entregar la mochila con mota del otro lado.

Pero los han visto, una de las camionetas se aproxima con velocidad hacia ellos. El chofer baja y saca de su espalda una pistola, Renato se da cuenta de que es el hombre que recogió a la chica del autobús en la estación de la policía federal; tras él, sentada en la camioneta, está ella. El hombre inmediatamente apunta a Renato con su arma y engatilla; la chica baja de la camioneta y le grita que espere. «Si no fuera por él, el ladrón se hubiera llevado los dos paquetes», le dice, deteniéndolo del brazo. Ambos proceden a marcharse en la camioneta con la mujer y su hijo en la batea. Al alejarse, la madre señala algo con el brazo. «¡Hacia allá está el último pueblo!», grita el niño. Renato los observa entre la polvareda que levantan las camionetas, cargadas de gente, respira profundo y echa a caminar en la dirección señalada. «¡Tengo que encontrar a Silvia!», se dice a sí mismo.

jueves, 14 de febrero de 2019

Un cuento de otoño


Frank Oviedo Carmona


Era una tarde de otoño, fresca de suaves vientos, una de las estaciones preferidas de Tina. Ella se encontraba recostada en una banca con los brazos abiertos mirando hacia el cielo. Le encantaba sentir la brisa en su rostro; sus ojos sonreían de felicidad agradecida a la vida por lo que le permitía sentir.

Su cabellera era espesa y oscura como el petróleo, ojos negros avispados, mediana estatura, trigueña y deportista.

Ahora de veintiún años, vivía en Barranco, en una casa de dos pisos, de fachada alta de color blanco, puerta grande ovalada pintada de azul y manija de un tono dorado. Al ingresar te comunicaba a un camino de gradas que llegaba a una puerta principal; hacia la izquierda había un jardín grande rodeado de crisantemos, en el centro, una pileta de mármol negra, rodeada de bancas donde ella solía sentarse en las tardes de otoño.  Y hacia el lado derecho tenía espacio para parrillas, cuando hacían reuniones familiares. Mientras disfrutaba de la brisa, el teléfono sonaba pero ella no lo oía, hasta que escuchó una voz.

–¡Señorita Tina, tiene una llamada telefónica de la señora Claudia! –gritó  Josefina, la nana.

Tina se levantó de un salto y subió la escalinata corriendo hasta llegar a la sala. Agitada, se tiró al sofá, levantó el teléfono y respondió.

–¡Hola! ¿Con quién tengo el gusto?

–Tina, soy Claudia, amiga de tu hermana Alicia, ¿cómo estás?

–Bien, Claudia, ¿a qué debo el gusto de tu llamada?

–El sábado haré una reunión familiar en mi casa, celebraré mi cumpleaños y despedida de mi hermano Roberto que se va a Japón a hacer una maestría. Ven con Alicia, ¿qué dices? ¡Mira que tú no sales así nomás!  Seguro te da permiso tu mami.

–Sí, por supuesto que iré con mi hermana. Sí me deja salir mi madre pero igual debo pedirle permiso. –Sonrió Tina.

Zara, madre de Tina era una mujer recta, mandona y celosa con sus dos hijas. Sobre todo con Tina que era la última. Quizá porque enviudó a temprana edad y tuvo que hacer de padre, madre y trabajar jornadas largas ya que la herencia que le dejó su esposo no le alcanzaba para darles una buena educación y estilo de vida.

–Está bien, Tina, entonces lo doy por hecho que irás.

–Claro que sí, Claudia, te dejo; debo salir –y apresuradamente colgó el teléfono.

­­­–Josefina, Josefina, apúrate que tengo que contarte algo.

–Señorita Tina, no me apure pues, estoy preparando su almuerzo antes que salga usted a estudiar, si no su mamá me mata.

–Ya, Josefina pero almuerza conmigo para conversar, aprovechemos que mi madre no está.

–Está bien, señorita.

Josefina era la nana; pero para Tina, una segunda madre. Ella fue quien ayudó a Zara a criar a sus dos hijas. Su madre estaba agradecida por todo lo que había hecho, pero ella era quien ponía el orden porque Josefina era condescendiente, confidente y defensora de las dos. La madre le decía que era blanda para cuidarlas, pero sabía que ella las protegería y cuidaría bien.

–Señorita Tina, un día su mamá me va a encontrar sentada chismeando con usted y de patitas me pondrá en la calle –dijo entrelazadas sus manos hacia atrás.

–No digas eso, ella no llegaría a esos extremos y si te bota, nos vamos juntas.

Las dos sonrieron, Josefina le dio un beso en la frente,  y se sentaron  a almorzar.

El tiempo pasó rápido y llegó el día de la fiesta. Zara aceptó que Tina fuera a la fiesta. Quien llevaba un vestido negro con escote discreto, manga cero y de largo a la altura de la rodilla. Un collar de piedras turquesas, su cabellera suelta tirada hacia atrás y una cartera negra tipo sobre. Llegaron en taxi. Al tocar el timbre las recibió Claudia y les ofreció asiento.

Durante la noche llegaron más invitados y la reunión se hizo entretenida, bailaron, comieron y tomaron algunos tragos, hasta la media noche.

Tina, rendida de bailar sin parar, se recostó en un sofá sin darse cuenta de Roberto, hermano de Claudia, quien había bailado dos o tres piezas, pero ninguna con ella la observaba de lejos.

Tina se acercó y lo quedó mirando.

–Es tu despedida y el cumpleaños de tu hermana y no has bailado conmigo –le dijo mientras él estaba arreglando los cables del equipo.

Roberto no levantó la mirada y se quedó sin hablar por unos segundos, luego le respondió haciendo pausas para tomar aire.

–Oh perdón tú eres hermana de Alicia, ¿verdad? No te saqué a bailar porque estabas rodeada de amigos –sin  levantar la mirada le respondió.

–Sí, Roberto, así es, dime y ¿cuándo viajas?

–Ehhh la próxima semana, lástima que recién nos conozcamos –Roberto hablaba pausadamente como si le costase decirlo.

–Dime, ¡por qué no me miras cuando me hablas! Acaso te asusto –sonrió Tina.

–Perdón, ehhh no fue mi intención incomodarte y para que veas que no me asustas,  prometo escribirte y contarte de Japón.

Ambos se dieron la mano en señal de aceptación, Roberto como siempre sin poder sostener la mirada hacia Tina.

Al estar ya Roberto en Japón, cumplió su palabra de escribirle frecuentemente. Se hicieron amigos a la distancia, él le comentaba cómo era la cultura de Japón y las posibilidades que habían de quedarse un tiempo más prolongado a trabajar y seguir estudiando.

Pasaron unos años y Tina inició una relación con Renato,  quien era un joven atlético, bien parecido, alto y de tez clara. Trabajaba como subgerente en la empresa de repuestos para autos de su padre, no sabía mucho pero lo asesoraban; su padre deseaba que aprenda todo lo relacionado a la empresa, ya que Renato era inmaduro, caprichoso, ostentoso e irresponsable. Hasta que conoció a Tina. Él  decía que el amor lo había cambiado.

A pesar de que Tina estaba con Renato nunca dejó de escribirle a Roberto, ya que ella estaba contenta de tener un amigo, un confidente, alguien con quien conversar.

Al cabo de cinco años Roberto había terminado su maestría y con una propuesta de trabajo en Japón decide tomarse un respiro para venir a Perú y conversar con Tina, deseaba hablarle de lo que en verdad sentía por ella.

Una vez en Perú coordinaron para verse.           
                                      
–Roberto, no me asustes, ¿qué ha pasado? –preguntó Tina luego de abrazarlo y mirarlo fijamente a los ojos.

–Hay que tomar asiento, no es nada malo lo que te diré – respondió con una sonrisa.

–Qué bueno porque yo también debo contarte algo bello por lo que estoy pasando.

–Entonces, dime tú primero –dijo.

Roberto se puso nervioso e inclinó su cabeza.

–Roberto no sé por dónde empezar, estoy embarazada, tengo tres meses, voy a ser madre y te juro soy la mujer más feliz del mundo.

–¡Un hijo de Renato! ¡Vas a tener un hijo de Renato! –con voz entrecortada, lo repitió.

Trató de relajarse y felicitarla pero no pudo.

–Ahora te toca a ti hablar –susurró Tina, sonriendo–. Roberto, te  estoy hablando, dime lo que deseas contarme.

Volvió en  sí.

 –He sido contratado por cuatro años más; vacaciones una vez al año con viaje y todo pagado, entre otras gollerías, ¡qué  te parece! Por otro lado te felicito por tu embarazo, sé que serás una excelente madre. –¡Qué  te parece! –exclamó Roberto.

Tina salta de alegría y le pregunta:

–Pero, ¿eso nomás me ibas a decir?

Él con tranquilidad le respondió que eso era solamente.

Su rostro se desencajó al no poder decirle lo que sentía por ella, trató de calmarse para que no se diera cuenta. Solo quería salir de aquel lugar,  regresar a Japón y pensar bien en lo que haría.

Adelantó su viaje a Japón y continuó escribiéndose con Tina, sin decir palabra alguna de lo que sentía por ella.

Así pasaron los meses y Tina fue avanzando con su embarazo. Un día, mientras se recostaba en la banca de la terraza, como siempre Josefina pendiente de ella, se acercó y le dijo:

–Señorita Tina, hace mucho frío aquí afuera, le va agarrar el resfrío, pase a tomar algo caliente.

–Josefina, no exageres, es una brisa suave que acaricia y tú sabes que me gusta, igual te haré caso porque si no, te vas quedar parada sin moverte –sonrió Tina.

–Ay señorita Tina, su barriga está linda, cada día crece más, tómeme del brazo y suba con cuidado.

–Ay Josefina, el estar embarazada no es una enfermedad, estoy muy bien con mis ocho meses.

–Señora Tina, usted sabe cómo es su  mamá de celosa, me escucha llamarla Tina y me va a gritar –ambas sonrieron.

Llegaron a la sala muertas de la risa. Tina tomó algo ligero y salieron rumbo a la oficina de Renato.  Ya que siempre se quedaba hasta largas horas de la noche y Tina quería darle una sorpresa.

Subieron la escalinata, tomadas del brazo,  sin parar de reírse.

Al llegar a la oficina, Tina, luego de abrir la puerta dio un grito de desesperación porque vio a Renato con la secretaria abrazados y besándose.

–Tina perdóname te lo quería decir, pero cuando me hablaste del bebé no supe cómo explicártelo, tampoco quería tener un hijo, no me siento preparado.

–¡No puedo creer lo que me dices, me juraste que me amabas, eres un maldito, cómo pudiste hacerme eso! Con razón mi familia no te quería ni confiaba en ti y yo ciega te defendía, felizmente nunca nos casamos –completamente desencajada le increpó.

Josefina no pudo detener a Tina, que al retirarse le dio una bofetada a Renato.
Todo el camino lloró y tuvo que ir de emergencia a la clínica, ya que le vinieron los dolores y dio a luz a una hermosa niña.

Tina entró en una depresión en donde su apoyo fue su familia, la sicóloga y Roberto, que siempre estuvo en contacto con ella. Habían días en que conversaban por horas, él la escuchaba desahogar toda la cólera, rabia que sentía, él la aconsejaba diciéndole que le dé tiempo al tiempo y llegará el momento en que sea feliz.

Pasaron cuatro años y Roberto terminó su segunda  maestría.

 Hasta que un diecinueve de diciembre, Tina recibió una llamada.

–Hola Tina, soy Roberto iré a Perú, por favor no avises a nadie.

–No me asustes Roberto, dime, ¿qué pasa?

–Tranquila Tina, nunca podría decirte algo malo.

Efectivamente, llegó al Perú un veintinueve de diciembre, como lo había acordado. Se quedó en la casa de sus padres, en la playa de San Pedro, cerca de Lima, y en los siguientes días realizó un almuerzo al que estaba invitada Tina.

La tomó de las manos.

–Desde la primera vez que te vi, me enamoré de ti, de tu sonrisa,  tu forma de ser alegre, de tu cabellera larga, hasta de tu forma de bailar entre otras cosas –susurrando le dijo.

Roberto siempre fue un hombre serio y no creía que algún día se enamoraría así, pensaba que eso solo sucedía en las películas.

–Pero, ¿tú estás loco? ¿De qué hablas? No me hagas esas bromas, tú sabes muy bien por todo lo que he pasado  –Y lo soltó bruscamente de las manos.

–Lo sé muy bien, por favor escúchame. Hace mucho tiempo quise confesártelo, pero no tenía nada que ofrecerte.

–Pero Roberto, tú eres mi amigo, yo aún no tengo la capacidad para enamorarme nuevamente. ¡Cómo me vas a decir eso! –exclamó.

–Tina, no estoy bromeando, lo que te digo es verdad, cásate conmigo, a eso he venido. Mis acciones harán que te enamores de mí, solo tengo quince días para arreglar documentos y luego nos vamos y al regreso nos casamos por la Iglesia.
Tina se quedó pensando, le había demostrado durante años su lealtad y el interés por ella, siempre estuvo ahí, aunque en el otro lado del mundo, nunca la dejó.

Le respondió que en unos días le daría la respuesta, pero que no le prometía nada.

La madre de Tina no estaba de acuerdo pero su hermana Alicia la hizo entrar en razón, diciéndole que Tina había sufrido mucho, tenía todo el derecho de intentar algo y ser feliz.  Roberto es un buen hombre, y había estado a su lado siempre.

Tina aceptó casarse por civil e irse con él y su hija a Japón.

Después de un año, regresaron al Perú y se casaron según la religión católica.  Para ese entonces, debido a todas las atenciones y detalles que Roberto había tenido con Tina, él logró que ella lo amara. El amor de Roberto traspasó el dolor de Tina hasta curar su corazón.

Nuevamente salió embarazada de una  niña.

Él ahora está por jubilarse. Una de sus hijas está casada y haciendo una maestría en economía en Estados Unidos y la menor haciendo su último año de medicina.

lunes, 11 de febrero de 2019

¿Es real?


Camila Vera


Llevo unos cuarenta y cinco minutos desde que abrió el bar a las diez de la noche, he venido a este mismo lugar por ya un mes cuando me mudé al pueblo más recóndito de la ciudad por culpa de mi trabajo como asistente médico; no he tenido suerte con hacer amigos, así que este jarro de cerveza y la música de fondo son mi mayor compañía mientras espero que el amanecer me abrace entre mis sábanas para escupirme en la realidad, que es igual de solitaria que la luna.

Fred, el cantinero, puso una combinación de blues, una melodía que hace que agite mi cuerpo de lado a lado, cerrando mis ojos y pensando en lo que he perdido y ganado para estar en este momento disfrutando de la soledad que ya está cansada de acompañarme a cada lugar, quiere que la deje libre, me lo ha dicho en mis sueños pero me aferro a ella porque, para ser sincero, es lo único que tengo ahora.

La gente va llegando y la barra ahora se llena de risas y manoseos, me centro en las burbujas de mi cerveza y me doy cuenta de que es como observar un universo nuevo, fue un genio el que la inventó, a la bebida más exquisita y la chica que ahora entra en el bar. Mi mirada recorrió de forma perversa en microsegundos cada parte de su ser; desde el movimiento de su cabello, el grosor de sus labios, la delicadeza de su cuello, llegando a la gloria de sus senos para encontrarme con un vestido que la envuelve toda como un regalo que mueres de ansias por descubrir. Caminaba sola buscando entre la multitud un lugar adecuado para posar su belleza, rogaba a todos los dioses que sea el taburete de mi lado, junto al tipo tímido con barba desprolija que soy, que necesita de urgencia un corte de cabello y quizás también una buena ducha; trataba de mantenerme calmado cuando nuestras pupilas se cruzaron, notó mi presencia en el momento que ya había imaginado una vida entera junto a esas caderas, sonrió y así empezó todo.

─¿Qué desea que le sirva? ─dijo el cantinero preparando un vaso para coctel hacia la señorita.

─Dame una margarita, por favor. ─Tomó asiento tan cerca de mí que olía su perfume.

Quería decirle algo pero las palabras no salían de mí, en más de una ocasión me dirigí hacia ella pero su luz me distraía y olvidaba qué decir, solo esperé ese segundo de valentía que uno tiene en la vida, del que nunca se arrepiente para levantarme y tomar su mano ─algo osado para un iluso retraído─. Me miró extrañada por un momento pero no se alarmó de mis intenciones, le pedí que me acompañe a bailar una pieza, no sonaba nada espectacular pero en ese momento me pareció la melodía perfecta, agachó la cabeza y dijo que sí sonriendo, podía quedarme horas observándola.

Le pedí que bailemos, que dejemos nuestros cuerpos inundarse con el sudor y las ganas de dos almas viejas que disfrutaban solas en la pista de la música lenta ─dentro de mi cabeza sentía cómo me daba palmaditas de aprobación por mi atrevimiento─; le puse mi mano en la cintura que era muy pequeña y ella posó la suya gentilmente en mi hombro, el vaivén hacía que quisiera nunca despegarme de esos minutos, que esa canción desconocida armonice mi vida por siempre, porque así regresaría a este particular momento donde el mundo se detuvo.

─Me llamo, Tess, es como quisiera que me digas.

─Me llamo, Teo, pero puedes decirme como te guste.

─No eres de aquí, tienes acento.

─Pero me quedaré por unos meses, aunque ahora creo que vale cada momento en este lugar.

─Solo pretendes ser galán.

─Estoy muy nervioso. ─Le di una vuelta y la pegué a mí nuevamente.

─No lo pareces.

─Solo no quiero desperdiciar este instante con mis pensamientos.

─Quiero conocer tus pensamientos. ─Nos miramos de frente.

─Pienso que por este segundo abandonaría todo, solo porque esto está pasando.

─¿Quieres saber qué pienso?

─Solo si quieres que lo sepa ─respondí titubeando.

─No me arrepiento de venir esta noche al bar, estaba cerca del lugar y creí apropiado una margarita antes de regresar al trabajo.

─¿Dónde trabajas?

─No muy lejos.

─¿Qué tan lejos es eso?

─¿En verdad, quieres desperdiciar este momento con trabajo?

─No sería un desperdicio.

─Mejor, cuéntame algo que no sepa.

─¿Sabes los beneficios de un abrazo?

─¿Quieres abrazarme?

─Todo por tu salud.

─Convénceme.

─Hay una hormona en el cerebro, se llama oxitocina, se segrega al recibir sensaciones placenteras ─en ese momento la acerqué más a mi cuerpo─ si abrazas a alguien por cinco segundos se activa, pero si es por veinte se dispersa por todo tu cuerpo, te da tranquilidad y hace que no tengas estrés.

─Entonces, no me sueltes, disfruta de estos veinte segundos como si no hubiera nada más en la Tierra.

Dejamos de movernos, varias parejas estaban ya junto a nosotros, pero solo importaba aquel abrazo, cuando cerramos nuestros ojos y sentíamos nuestros latidos, la respiración agitada por el cansancio del baile, los aromas se mezclaban con el alcohol a nuestro alrededor, dos desconocidos hechos uno por la simplicidad de la muestra de amor más grande, el abrazo. Jamás había apreciado tanto los segundos como ahora.

Alzó la mirada, pero nuestros brazos seguían aferrados a la pareja que la noche nos asignó, sonreímos porque es lo que uno hace cuando encuentra la felicidad, en ningún momento me pasó por la mente besarla a pesar de que mis impulsos carnales me gritaban que la haga mía, pero lo que esos pensamientos no entendían era que yo le pertenecía de una forma que no puedo describir.

─Y ahora, ¿qué piensas? ─le dije.

─Pienso que has embriagado mi cuerpo con esa sustancia que dices.

─¿Y, te gustó?

─Necesitaré una dosis más seguida.

Volvimos a movernos con el ritmo de la música que ahora había cambiado de ritmo, algunas personas ya estaban cediendo a los efectos del alcohol así que el ambiente cambiaba de forma, se llenaba más y hacía más difícil seguir conociéndola, por lo tanto solo decidimos bailar, una pieza y luego otra. Después de ocho canciones regresamos a la barra, al mismo lugar, en el mismo taburete en el cual la observé llegar, mi vaso de cerveza seguía ahí con sus burbujas intactas, el reloj hizo un sonido anunciando el cambio de hora, eran las once de la noche.

Alcé mi mirada y la bella señorita que buscaba dónde sentarse entre tantos hombres desesperados escogió al caballero de la otra esquina que inmediatamente le invitó un trago fuerte como estrategia para embriagar a la presa que inocente había caído en la trampa del cazador, intenté decirle algo pero mi cabeza me repitió que el cuento no sería como me imaginaba, terminé mi cerveza porque es lo único seguro con lo que puedo contar, pedí varias rondas más mientras mi mirada estaba fija en lo que yo mismo me negaba por no levantar mi trasero e ir por ella. La noche, las parejas, los tragos y las ganas fueron pasando frente a mi nariz, dejándome con mi soledad que me torcía los ojos por tener que soportar una noche más mis melancólicos pensamientos que le hacían tan sencillo su trabajo, se notaba simplemente cansada.

Me levanté cuando el reloj indicaba las tres de la mañana y fui a descargar el líquido que había consumido hasta ese momento, recordé mi fantasía y me di golpes en la frente por lo cobarde y poco hombre que soy al no poder ir tras la bella mujer del bar.

Respiré el aire nauseabundo para calmar mi malestar con mi yo, abrí la puerta y la vi frente a mí, pasó su lengua por sus labios y casi cae al intentar acercarse, le rogué a mi cabeza que esta vez no fuera una farsa y entró de un golpe al baño, estaba entre la pared y el pecado que me incitaba a seguir la corriente, le inundé un beso desesperado hasta que los labios nos dolieron y los pulmones pidieron receso, cerramos la puerta y dejamos que la situación nos consuma. Sus manos expertas sabían exactamente qué querían de mí, así que empezó a buscarlo con desesperación, mi cuerpo reaccionó inmediatamente ante la situación en la que me encontraba, estaba siendo arrastrado a la mejor sensación antes pensada, la tomé con fuerza y puso ella sus piernas alrededor de mi cuerpo con gran presión, su vestido se subía dejándome apreciar sus muslos que se contraían de forma perversa, agarraba mi cabello y continuaban sus besos su camino siniestro. Sabía tan bien lo prohibido. Solo esperaba regresar a la barra y que el reloj no me vuelva a despertar frente al mismo vaso de cerveza, que esta vez sí sea real, mientras lo descubro lo voy a disfrutar.

viernes, 1 de febrero de 2019

Mi pecado fue el silencio


Constanza Aimola


Nunca pensé escribir sobre este capítulo de mi vida. Es una de esas historias que cualquier persona preferiría mantener en lo más escondido de su inconsciente y hasta evitar pensar en lo que sucedió.

Si alguien está leyendo esto es porque estoy muerta, me aseguré de mantener en secreto varias historias, por las que sería fuertemente juzgada si salían a la luz pública. Alguna vez pensé que quizá me hubieran perdonado, pero habría tenido que vivir siendo señalada.

Nací en Bogotá el doce de octubre de 1913 y decidí escribir esto hoy, el día que cumplo cuarenta años, una edad, en la que quiero liberarme de mi pasado, al menos escribiendo como una forma de desahogo.

Pareciera un argumento trillado, pero me enamoré, cuando menos creía, del que no debía, y en contra de todos los pronósticos de la sociedad, de un hombre que me triplicaba la edad y al que fui fiel y estuve firme a su lado aunque no hubiéramos jurado amor en una iglesia o un juzgado. Este amor no fue el típico cuento de hadas, teníamos muchos intereses y un juego de poder que aunque interesante, sacaba a esta historia de amor de la cotidianidad.

Hace ya muchos años, conocí a Buenaventura Nepomuceno Matallana, un abogado que se había ganado la confianza de muchas personas pudientes y acaudaladas de la ciudad. Logré trabajar con él cuando mi mayor aspiración era entrar en el ámbito del derecho, lo que se convirtió en un reto y la posibilidad de cumplir mis sueños.

Terminaba mi adolescencia, en una época en la que Bogotá era más conservadora y solapada que ahora, cuando se respiraba un ambiente de pulcritud y honestidad, guardándose los más altos estándares de respeto por las normas, la religión y la estética, aun cuando se movieran sigilosamente los más sucios y turbulentos secretos de una sociedad corrupta.

Recuerdo con claridad el día que presenté la entrevista para trabajar con Nepomuceno, estaba realmente ansiosa y el pánico me agobiaba, sin embargo, me vestí sexi y profesional, mi atuendo me hacía sentir fuerte y valiente. Falda y saco gris de paño, camisa blanca de seda y botones, intencionalmente abiertos desde el tercero, medias veladas negras y tacones de cuero medianamente altos. Cartera de imitación de una marca conocida, que por la época traían en original a la única tienda de ropa que había en el centro. Me las ingenié para falsificar una etiqueta en una tela especial para pegar con la plancha en cualquier material. Mi adorada madre que está en el cielo y se dedicaba al exclusivo diseño y confección de vestidos, me enseñó ese tipo de truquitos, que son, como ella decía, las herramientas para triunfar en la vida, ya que siempre habrá personas que se dejan llevar por estas necedades y que anteponen la apariencia a cualquier principio.

No creo que Nepomuceno conociera de marcas de carteras, sin embargo, de esta forma aparentaba lujo y poca necesidad del trabajo, además, un par de senos discretamente expuestos, es el postre del que se antojan sin excepción todos los hombres.

Lo que creía sería un interrogatorio, se convirtió en una amena charla, llena de carcajadas y coquetería. Nos provocábamos mutuamente, me tocaba la mano disimuladamente, mientras yo bajaba la mirada en una actitud sumisa, pero también me mordía los labios suavemente y me tocaba el cuello, lo que ocasionaba en Matallana un impulso que casi sentía que no podría controlar más, algo entre pasión y locura que más adelante terminó en una ardiente pero clandestina aventura.

Como deben imaginarse, me contrató de inmediato, las demás aspirantes se quedaron afuera de la oficina haciendo fila y el papel de las hojas de vida sirvió más adelante para avivar el fuego de la chimenea que calentó el ambiente en las frías tardes bogotanas.

A diario me inventaba nuevas y mejores formas de enamorarlo. En la mañana cuando llegaba a la oficina tenía sobre el escritorio una taza llena de café caliente, fuerte, negro y sin azúcar. Me dediqué a observar cada una de sus costumbres o detectar lo que le gustaba y a complacerlo en todo. Organizaba sus papeles, tomaba notas sobre sus requerimientos, escribía y enviaba por correo cartas a sus clientes, recorría los juzgados tres días a la semana en mi tiempo libre para no perder espacio a su lado y cuando me pedía el estado de algún proceso, yo ya tenía carpetas separadas con toda la información. Era la compañía perfecta y al mismo tiempo una excelente y dedicada empleada. Quería asegurarme de que siempre me necesitara a su lado.

En el día había tiempo para todo, entre papeles, carpetas y lápices, poco a poco se colaron los besos, las caricias y las palabras seductoras. Luego apareció el sexo que cada vez subía más de intensidad y ocho meses después de trabajar para él, me convertí en su amante.

Nunca más me volvió a faltar la comida, vivía en el mejor hotel de la ciudad, cada dos días visitaba el salón de belleza para arreglarme el cabello y las uñas, tenía ropa nueva cada semana y participaba de todas las reuniones, almuerzos y celebraciones a las que invitaban a Nepomuceno. Me convertí en su asistente privada y aunque todos se imaginaban lo que pasaba a puerta cerrada, nadie decía nada, actuaban con total discreción y ante las esposas era solamente una dedicada empleada. Esta relación nunca tuvo un mayor avance, pues los dos huíamos al compromiso, es mejor disfrutar de la vida sin atarse a una sola persona, tal vez si hubiéramos formalizado todo, no hubiera durado mucho.

En los primeros días de un diciembre, entró a la oficina un hombre alto y muy bien vestido, llevaba del brazo a su esposa como un accesorio costoso. Quería que el doctor Matallana lo asesorara en un caso de invasión de unas tierras de su propiedad en el municipio de Subachoque, a tres horas de Bogotá.

Los atendimos muy bien, almorzamos en un restaurante italiano del centro y logramos que nos diera el caso. Importante, interesante y muy costoso. Pasamos horas estudiando los expedientes y, como era costumbre, Nepomuceno preparó un juicio magistral que fue cubierto por varios reporteros del periódico local.

Mientras transcurría el litigio, pasamos mucho tiempo con la importante familia Torres. Todas las semanas fuimos a lujosas cenas, viajamos a la finca de Subachoque y conocimos muchos otros personajes que eran clientes potenciales y confiaron en Nepomuceno para que llevara sus casos de herencias, testamentos, divorcios y otros pleitos.

Cada día el doctor Matallana era más conocido y prestigioso. Tenía varios casos en curso y nosotros llenábamos más los bolsillos de dinero. Nunca nos hicimos socios, su amplitud y confianza no llegaba a tanto, Matallana trabajaba en los procesos y yo hacía lo que me decía, no estudié más que el bachillerato, crecí queriendo estudiar leyes, esta es una profesión, que como ninguna, adorna a las personas y les da poder, sin embargo, hoy en día sé que no es necesario estudiar para ejercer una profesión. No participaba tanto desde lo intelectual, pero igual me lucraba de sus negocios. Un día tuvimos sexo entre los billetes, el dinero es algo que me sube como nada la libido y a Nepomuceno nada lo excitaba más que mi placer.

Nuestros encuentros eran siempre en el hotel o en la oficina. Una tarde que regresábamos de la finca después de un idílico fin de semana, me llevó a su casa. Por fin, conocí a Helena, la empleada que por diez años le había servido en su casa. Era una pequeña niña campesina cuando empezó a trabajar con Nepomuceno. Se caracterizaba por su humildad, carácter dócil y capacidad de servicio. En lo que a mí respecta, tenía el tiempo necesario y había ganado méritos para entrar cada vez más en el mundo de este personaje que estaba ayudándome a consolidar mis sueños mientras pasaba los mejores tiempos de mi vida.

Estábamos tomando chocolate con queso y almojábana, preparados por las prodigiosas manos de Helena, cuando tocó a la puerta Emilio Torres. Angustiado y errático, había ido a la oficina del doctor Matallana, allí, después de mucha insistencia, le suministraron el domicilio del abogado. Ese fue el día que conoció a Helena, de quien se enamoró profunda y locamente.

Tal vez, su actitud de servicio, la capacidad para detectar y satisfacer las necesidades de los demás y la atención que le prestaba a él y solo a él, fue lo que hizo que se enamorara de esta mujer del campo que nunca pensó que podría llegar a tanto con alguien tan diferente y de un nivel social tan superior al de ella.

Las visitas empezaron a ser cada vez más frecuentes. Yo solía pasar frente a la casa de Nepomuceno y ahí estaba estacionado el carro de Emilio delante de la puerta. Entraba a la hora del almuerzo y se quedaba hasta las cuatro o cinco justo antes de que Nepomuceno llegara a la casa. Una tarde de estas, mientras sabía que Emilio estaba con Helena, me fui para su casa a verme con su esposa. Lilia de Torres era una mujer de apariencia muy dura, lo menciono por su seriedad, no por su angelical rostro. Piel perfectamente blanca y sin arrugas a pesar de estar entrando a los cincuenta. Delgada y siempre bien vestida, ese día abrió la puerta en bata y con el cabello desarreglado. Hizo cara de horror y se escondió detrás de la puerta. No tenía idea de que iría a su casa, pensó que era la ama de llaves que había salido al mercado por lo que abrió la puerta. Finalmente me invitó a pasar después de disculparse varias veces. Hablamos durante horas acerca de cómo tenía todo en la vida, pero la depresión no la dejaba en paz. Estaba medicada y no podía recuperarse.

Me convertí en su mejor amiga. Pasaron rápidamente cinco meses. Y para entonces tomábamos el té a diario, salíamos de compras y poco a poco la ayudé a regresar a la cordura. Una tarde de lluvia llegué con algo más que colaciones para acompañar el té.

Dos botellas de vodka bebimos entre risas mientras narrábamos historias que en mi caso eran todas inventadas acerca de mis padres millonarios, los viajes al exterior y aventuras que jamás había tenido.

Quizá fue el calor del momento, la desesperación de la soledad o la falsa empatía, pero nos acercamos físicamente y nos besamos. Lenta y tímidamente sus labios tocaban los míos. Me acarició el rostro y pude ver en sus ojos un sentimiento que ningún hombre me había demostrado. Aunque no eran reales las charlas ni lo que hacía, en ese momento sabía que ella lo había creído.

Mientras esto sucedía, sin que yo lo supiera, Nepomuceno estaba tramando algo sucio y tramposo y solo a partir de enterarme de sus planes, pude empezar a entender el hombre que tenía a mi lado.

Ya para este momento los Torres tenían toda su confianza puesta en nosotros. No dudaban ni un segundo de lo que éramos y el juicio estaba ya a punto de terminar con todas las pruebas a su favor. Ese día una mañana, del mes de abril, Emilio y Helena habían tomado la decisión de escaparse para hacer una nueva familia, querían empezar una vida juntos, pero en Bogotá era imposible hacerlo de forma abierta como lo merecían. Emilio defendía mucho a Helena, la hacía sentir importante, tenía su opinión en cuenta, y le había prometido que sería su esposa y nunca se separarían. Por otra parte y mientras yo atendía a otros nuevos clientes, Nepomuceno programó un recorrido de reconocimiento del despeje de la zona de la finca de Subachoque con Emilio Torres, quien no quería aceptar por el plan que tenía con Helena, sin embargo, con el fin de no levantar sospechas, aceptó ir de madrugada, con la promesa de que llegaría a la hora del almuerzo para finalmente dejar todo por ella, inclusive lo que recibiría del proceso que llevaba Matallana, los terrenos y demás propiedades.

En ese momento Torres ya no vivía con su esposa. Se había separado, poniéndose en contra de las normas de la religión y la sociedad bogotana de la época. Matallana le pidió que se quedara en su casa esa noche para poder salir a la madrugada y así fue. Un beso en la frente de Helena, fue el que selló el compromiso de regresar y amarla para siempre lejos de Bogotá. Algo en el corazón de Helena sentía que no lo cumpliría, tal vez nunca creyó que siendo tan humilde, alguien de la categoría de Emilio la amara tan profundamente.

Llegaron a la finca cuando empezaba a amanecer, Marcos era el cuidandero desde que la familia Torres compró los terrenos y era todavía un niño que con su papá aprendía los diferentes oficios. Los acompañó por un rato, pero por recomendación de Matallana los dejó solos. Cuando se estaba alejando escuchó un disparo y regresó. Se ubicó detrás de un árbol y pudo ver al desde entonces doctor Mata cavando un hueco para enterrar el cuerpo sin vida de Torres.

Este fue el hecho con el que empezaron una serie de investigaciones en contra de Buenaventura Nepomuceno Matallana. Cinco años más tarde, me enteré de otros casos que convirtieron a este que resultó ser falso abogado en un reconocido asesino en serie, que embaucaba a sus víctimas, ganándose su confianza y luego las mataba para quedarse con su dinero y propiedades.

De lo que me enteré a lo largo del juicio mientras Nepomuceno permanecía tras las rejas me hizo tomar la decisión de marcharme de su lado, aun cuando sabía que perdería todos los privilegios que gané a su lado. Un techo digno y seguro donde vivir, comida cara y selecta, una vida social muy activa pudiéndome codear con las más altas esferas de la sociedad. Hubo historias macabras, como la de la prostituta que mató y emparedó por tener demasiada información acerca de sus movimientos, los cuales le había contado entre sábanas un día de borrachera; o el de una mujer que le llevaba más de treinta años con quien se casó y a quien mantenía dopada en su casa de campo al cuidado de una enfermera que tenía sobornada.

Tenía conocimiento de algunos de sus movimientos, inclusive un día le di por orden de Nepomuceno, escopolamina al dueño de la lotería de Cundinamarca, con quien accedí a salir para embrujarlo con mis encantos. Nadie que no le cayera en gracia a Nepomuceno se escapaba de su maldad. Buscaba, asediaba y mataba a quien se cruzara en su camino. En esa oportunidad, el hombre se quedó dormido en la habitación del hotel en la que me quedaba y juro que salió caminando al otro día por sus propios medios, aunque varios días después fue encontrado en una zanja de Chía, un municipio baldío cerca de Bogotá. El único que tenía la información de donde estaba, así como interés de acabar con su vida era Nepomuceno.

Quiero seguir escribiendo, hay más cosas que contar, sin embargo, tengo que salir de este hotel de paso, para seguir mi camino hacia la fuga, antes de que me comprometan e inculpen en el caso. Tal vez, en otro lugar, encuentre un abogado, que me sirva para seguir teniendo la vida que merezco.