jueves, 17 de julio de 2014

El flashover

Bérnal Blanco


(Segundo cuento de “Crónicas de un bombero”)


ERA MARTES POR la noche. Mi papá había regresado a casa temprano. Volvió tan cansado que cuando llegué de la escuela él aún dormía. No fue sino hasta las cinco que se levantó.

A esa hora, yo hacía mis tareas instalada en el escritorio de la oficina, mejor dicho, del cuarto que usamos como oficina. Es mi favorito, pues es grande y está lleno de mil cosas.

—¿Alguien ha visto a mi princesa! –bromeó él, entrando de improviso a la habitación.

—¡Hola papi! –respondí, dejando a un lado mis deberes–. Mami ya me contó que tuviste una gran aventura, ¿es cierto?

—Así es. Tu cuento de las buenas noches de hoy será muy emocionante –me dijo, levantándome de la silla con sus fuertes brazos y dándome una voltereta loca por los aires.  

—¡Yuuupi! –grité, sintiendo que mis pies casi tocaban el cielo raso.

—Pero antes tienes que terminar todas tus tareas… y cenar –me dijo, devolviéndome al suelo.

Yo sabía que iba a decir eso. 



Retomé entonces mis deberes y él fue a cuidar las plantas del jardín.

§

UN POCO MÁS tarde estaba preparada para escuchar mi cuento. Vestía mi pijama favorita de cupcakes y gatitos. Usando mi sábana había cubierto un par de sillas traídas del comedor, por lo que mis peluches y yo hacíamos molote bajo una tienda de campaña improvisada.

—Papi, estoy lista –grité, tan fuerte que con seguridad hasta los vecinos me escucharon.

—¡Voy! –respondió él, desde el garaje, alzando la voz aún más que yo.

—¡Qué familia más escandalosa! –nos regañó mami desde el comedor, mientras escribía.

Pues bien, unos minutos después mi papá entró a mi habitación.

—Aquí estoy. ¿Estás preparada?

—¡Desde hace rato! –respondí. 

Traía sus manos llenas de tierra y las limpiaba con un trapo.

—¿Tengo que meterme con todos ustedes bajo esa carpa? –me preguntó.

—No somos tantos. Y no es una carpa, es mi tienda de campaña –le respondí, con firmeza.

Se metió conmigo bajo la tienda, pero nos resultaba realmente incómodo. Entonces él sugirió que era mejor trasladarnos a la planicie. No supe qué quiso decir. En todo caso nos trasladamos a mi cama.

—Bien –dijo, sintiéndose más cómodo– te contaré la aventura de mi primer día como bombero. 

—¿Fue muy peligroso? –pregunté con intriga.

—¡Muuuy peligroso! –me confesó, hincándose al pie de mi cama y poniendo el trapo sucio en la bolsa del pantalón.

Contó que había llegado a la estación muy temprano. Mientras esperaba al jefe, sus compañeros aprovecharon para presentarse y hacerle saber del rito de iniciación.

—¿Qué es ese rito? –pregunté.

—Es una costumbre de mis compañeros. Cuando un novato llega, tiene que invitar a todos los demás a comer postre. 

—¿… y son muchos tus compañeros?

—En la estación, contándome a mí, ahora somos diez.

—¿Y qué vas a invitar?

—Ya lo tengo todo resuelto. Hablé con tu abuelita hace un rato y ella va a preparar su receta mágica de arroz con leche. Mañana mismo cumpliré mi compromiso.

—¡Hum! Yo quiero.

—Te guardaremos un poquito.

Me dijo también que recibió clases teóricas por la mañana y que por la tarde estuvo a cargo de la oficina de guardia. Después me contó de su compañero Gabriel, al que todos llaman Gabo. 

—Gabo es una matada de risa. ¡Vieras! Lleva toda la vida siendo bombero. Es un gordo bonachón y barbudo.

Me daba más detalles de su nuevo amigo Gabo cuando yo de nuevo, impaciente, interrumpí:

—¡Pero mami me dijo que tuviste que salir en la noche a un incendio!

—Espera. Vamos despacio –me reclamó.

Entonces, me puse de rodillas en la cama, justo en el momento que mami entraba.

—¿Cómo va la historia? –nos preguntó ella.

—Pues todavía no ha pasado nada –respondí, como reclamando–. Me puedes hacer una cola, por favor. ¡Este calor no me deja!

Mi mamá me recogió el cabello y más relajada y fresca dejé que mi papá continuara. 

—Bueno, pongan atención, porque aquí comienza lo bueno –nos dijo–.
Tomó aire y continuó.

»A las tres de la tarde atiendo una llamada. El jefe me pide activar la alarma de incendio. Mis compañeros y yo nos preparamos para salir. Yo subo al estribo de atrás de la unidad, como corresponde a todo principiante. Con mi cinturón me amarro con firmeza. Hay que ser muy cuidadoso. 

»Salimos. Sin embargo, unos minutos después comunican por la radio que los compañeros de la estación del Centro han logrado controlar la situación.»

—¿Se tuvieron que devolver entonces sin más? –preguntó mi madre. 

—Así es… y una vez en la estación mi jefe me pidió volver a mi puesto en la oficina de guardia.

§

ENSEGUIDA MI PAPÁ continuó con su historia.

»A las cinco de la tarde surge otra emergencia. Salimos de la estación y esta vez sí somos los primeros en llegar. Sin embargo, resulta ser un incendio tan pequeño que mis compañeros bajan de la unidad, desenrollan las mangueras y en menos de lo que canta un gallo apagan el conato de incendio.»

—¿Cona qué…? –pregunté, haciendo cara como cuando una dice: “¿¡qué rayos!?”.

—¡Cómo te lo explico! –se preguntó–. Mira, se trata de un fuego pequeñito.

—Un mini incendio –repliqué.

—Algo así –concluyó él.

—¡Pero mami me dijo que habías tenido una súper aventura! ¿Verdad? –pregunté, volviéndome hacia ella.

—Justo ahora empieza. Ya verás –me consoló mi mamá.

Papi se levantó y tomó posición para continuar su relato. Creo que eso de contar las cosas haciendo dibujos con las manos, moviendo la cabeza y brincando, le gusta mucho.

—Somos todo oídos –dije, incluyendo también en el auditorio a mis peluches.

»A las diez de la noche estoy solo en la oficina de guardia. En eso, suena tono de incendio y entra una notificación al computador. Al instante escucho timbrar el teléfono. Es la gente del nueve-uno-uno. Incendio confirmado.

»Activo el timbre de alarma. Mi jefe es el primero en llegar, así que le explico lo que sucede. 

»—Bien Fran –me dice– parece que la tercera será la vencida.

»—Ojalá jefe. Estoy ansioso por enfrentar el fuego.

»—Con calma, Fran. No olvides que eres un novato.

»En sólo un instante mis compañeros están preparados y en sus posiciones. Yo tomo mi puesto en el estribo, sin embargo mi jefe me da una indicación distinta.

»—Fran, ¡ven a la cabina conmigo!

»En cuanto subo a la cabina, el maquinista pone en marcha la unidad, enciende las sirenas y partimos. ¡Vieran! ¡Viajar en la cabina es increíble! Los autos y las personas deben darnos paso. La máquina alcanza una gran velocidad y tú te sientes como Batman.

»Mientras vamos de camino, el jefe me da instrucciones. Me dice que active el sistema ARAC.»

—¿El qué? –interrumpo a mi papá de nuevo. 

A estas alturas del relato ya me he puesto de pie en la cama, de la pura emoción. Escucho la explicación de mi padre:

—El sistema ARAC es, ¿¡cómo decirlo!? Bueno… es el aparato de respiración auto contenido. Tiene un tanque que el bombero se coloca en la espalda, y una máscara que le permite respirar en medio del incendio.

—Bueno, no importa, sigue –digo, arrepentida de haber hecho la pregunta.

»Mientras avanzamos, a lo lejos, diviso el humo que sube. “¡Oh Dios! ¡Qué gran incendio!”, me digo a mí mismo. Nos acercamos más y más. La adrenalina sube. Todos mis sentidos están alertas. Sudo. Quiero entrar al incendio, demostrar de qué soy capaz, que mis compañeros sepan lo valiente que soy.

»Por fin llegamos al incendio. La cabina se llena de un gran resplandor. Nos acercamos tanto que alcanzo a sentir el calor a través del parabrisas. Hay muchos vecinos y todos corren sin control de un lado para otro. 

»Me impresiona mucho el incendio. No me percato que he quedado solo en la cabina. Desde afuera mi jefe me grita que me asegure bien el ARAC y que baje. Los segundos pasan. Me coloco la máscara y trato de aspirar… ¡pero no puedo! El aire no sale. Siento que me ahogo dentro de la máscara. Reviso todo de nuevo. Los segundos siguen pasando; mi jefe se impacienta.

»—¿Qué pasa Fran? –me pregunta, metiendo su cabeza por la ventana.

»Le explico que no me funciona el ARAC y que probablemente el tanque de aire esté vacío. Abre la puerta, entra a la cabina y revisa. Pasan más segundos. Descubre que yo no he abierto la llave del aire. “¡Oh no, qué vergüenza! ¡Qué novatada! Justo lo que quiero evitar”, pienso. 

Unos segundos después bajo de la cabina y me les uno. ¡Wow! Logro apreciar el incendio en toda su magnitud. ¡Es majestuoso! Las llamas parecen como escupidas por grandes dragones; imagino una gran lucha de esas bestias, resoplando fuego por aquí y por allá; fuego que al desvanecerse en lo alto se convierte en humo negro que se va a las nubes.



»No han pasado más de dos minutos desde que llegamos.

»Nos reunimos alrededor del jefe. Él, como comandante de la emergencia, nos da instrucciones.

»—El incendio en la bodega está apenas iniciando –nos grita—. Pero hay más de diez casas ardiendo en la alameda. Esto no está fácil. Los de la Estación Norte vienen de camino. Mientras llegan, vayamos avanzando. Todos, excepto Fran, entren con el tendido lateral a la alameda.

»—Pero jefe… —le reclamo.

»—Es sumamente peligroso, Fran. Nos ayudas más quedándote aquí.

»Mis compañeros siguen las indicaciones. En ese momento se acerca una señora, con cara de mucha preocupación.

»—Oficial, oficial –llama a mi jefe–. Creemos que un señor está encerrado en la bodega. No lo hemos visto por ningún lado y él trabaja de guarda ahí adentro.

»El Comandante confirma que el fuego dentro de la bodega no es intenso aún. Entonces me dice:

»—Fran, voy a entrar a la bodega a investigar. Tú quédate ayudando al maquinista. No te muevas de aquí.

»—¡Pero jefe, no parece peligroso! ¡Déjeme ayudarle!

»—¡No! Hoy es tu primer día. Por ahora, sólo observa desde aquí.

»Me da coraje lo que mi jefe dice. Yo sé que puedo ser útil. 

»Él avanza a la puerta de la bodega, pero no puede entrar. Pienso que requiere ayuda. Busco un hacha en el compartimiento de herramientas de la unidad y corro hacia él.

»—Jefe, tome, ayúdese con esto.

»—Gracias, Fran. Ahora, vuelve con el maquinista. Yo iré solo.

»El jefe logra forzar la puerta y entra. Pero yo, en vez de retroceder, entro tras él sin que se entere. Cuando estoy adentro, me doy cuenta que el fuego se ha dispersado. Adentro hay muchos muebles viejos y cajas amontonadas. Algunas de ellas ya han empezado a arder. En una esquina, al fondo, observo unas escaleras que conducen a una especie de mezzanine. “Si hay alguien atrapado, el único lugar donde puede estar es en ese mezzanine”, –pienso.

»—Jefe, ¿usted cree que allí en el mezzanine esté el señor? –le grito.

»—Fran, ¿qué haces aquí? Vuelve con el maquinista, te dije que iré solo –me repite.

»Él avanza. Mis ganas de ver qué pasa allí adentro son muy grandes. Así que espero, en silencio. Mi jefe avanza entre los muebles y las cajas. El humo no me deja ver bien, pero sí observo que una estantería alta empieza a desprenderse. Entonces grito:

»—¡Jefe, cuidado!

»El jefe mira hacia arriba, observa el peligro y, por puro instinto, salta hacia atrás. La estructura cae pesadamente a sus pies.

»—Gracias Fran, esta te la debo –me responde, como olvidando la orden que previamente me había dado.

»Él continúa avanzando. Llega hasta el pie de las escaleras y las revisa. El mezzanine tiene tres grandes ventanales. En uno de ellos el cristal está roto y desde adentro emana una gran cantidad de humo. El jefe me grita de nuevo:

»—Fran, te necesito, ¿puedes venir?

»“Por fin me llama” –pienso–. Entonces avanzo rapidísimo. Llego ante él y le pregunto qué debo hacer.

»—Fran, pon mucha atención. Primero, necesito que observes todo alrededor; tienes que estar muy atento y avisarme si ves que un flashover está por estallar. En este momento el fuego no es muy fuerte, pero la temperatura está subiendo. Segundo, necesito que estés a mi lado siempre; vamos a subir las escaleras. ¿De acuerdo?

»Él empieza a subir, pero teme que las escaleras colapsen por el fuego que hay bajo ellas. Entonces cambia de opinión.»

—¿Colapsen? –pregunté a mi papá. 

—Sí, colapsar es derrumbarse –me explicó él, suspendiendo su relato.

—Está bien, mejor continúa –se me iban a salir los ojos de la emoción.

»Entonces mi jefe me pide salir y conseguir una escalera de ganchos.

»—A la orden, jefe –le digo.

»Salgo corriendo. Pido al maquinista ayuda para bajar la escalera de la unidad. La coloco en mi hombro y regreso. Se me hace muy complicado avanzar, pero lo logro. El jefe viene a mi encuentro.

»—Aquí está –le grito, al toparlo en medio de la bodega. 

»Me percato del ruido que hace el incendio: es como si una multitud caminara, rápidamente, sobre muchas hojas secas.

»—Bien hecho Fran, apurémonos.

»Instalamos la escalera y mi jefe sube. Quiebra con su martillo otro de los cristales, retira bien los vidrios que quedan pegados al marco del ventanal y salta hacia adentro. Segundos después lo veo asomarse. Desde arriba me grita:

»—Tenemos un adulto mayor inconsciente. Vamos a necesitar a alguien más que nos ayude. Es pesado.

»—¿Qué hago, jefe? –pregunto, muy desconcertado.

»—¡Que salgas y busques ayuda, carajo! –me grita, fuertísimo.»

En este punto, volví a interrumpir a mi papá.

—Papi, ¿él te regañó? –pregunté extrañada.

—No sé si fue un regaño. Pero sí me habló con mucha autoridad.

Él retomó la historia.

»Reacciono y salgo corriendo lo más rápido que puedo.

»—Antonio –le grito al maquinista al llegar– necesitamos ayuda. Hay que sacar al señor que está desmayado y pesa mucho.

»—Entiendo, voy por alguno de los otros. Mientras tanto, quédate aquí. Estás a cargo de la máquina.

»Antonio corre a buscar ayuda. Dos minutos después, que yo siento como si fueran horas, Gabriel y Antonio están a mi lado.

»—¡Vamos Fran, llévame donde está el jefe! –me dice Gabriel, y volviéndose grita al maquinista:– Antonio, continúas al mando de la máquina, pero ayúdanos si te llamamos.

»Gabo y yo entramos a la bodega. El fuego es mayor aún. Avanzamos hasta la escalera. Gabo sube. Un minuto después él y mi jefe tratan con mucha dificultad de bajar al señor. No les resulta fácil.

»—Fran, cuida que la escalera no se mueva y recuerda mis instrucciones –me insiste el jefe.

»El descenso es complicado. La temperatura sube mucho. De repente, mientras ellos bajan, me parece como si el humo bajo el cielo raso empezara a arder. Se encienden grandes lenguas de fuego que luego se esfuman. El espectáculo es maravilloso y olvido que esos son los signos precisos del inicio de un flashover.

»Gabriel logra llegar al piso. Alza su cabeza y observa lo que ocurre. Se alarma. Grita.

»—¡Lenguas de fuego! ¡Corramos! ¡Viene el flashover!

»—Muévanse rápido –grita también mi jefe.

»Él salta desde el tercer escalón, yo les ayudo tomando a nuestro paciente de la cintura y corremos.  Yo corro y corro; nunca en mi vida corrí con tanta fuerza. 

»Segundos antes de salir de la bodega, las lenguas de fuego envuelven el cielo raso y justo al cruzar el umbral de la puerta una gran explosión cubre todo el interior de la bodega. Cada caja y cada mueble empiezan a arder, creando el fuego más rojo e intenso que jamás imaginé.

»Salimos justo a tiempo. 

»De inmediato mis compañeros atienden al paciente y minutos después los amigos paramédicos lo trasladan al hospital. 

»Pero no hay tiempo que perder, así que volvemos a la acción. Yo ayudo a Gabo, actuando como colero. Los refuerzos del Escuadrón Norte llegan y luego se nos unen más unidades extintoras. A las dos de la mañana, cuatro horas después de haber llegado al lugar, logramos controlar el incendio por completo.»

§

»MIENTRAS REGRESAMOS, TODOS hacemos silencio. Estamos exhaustos, sucios y malolientes. Al llegar a la estación mi jefe me llama:

»—Fran, pasa a mi oficina. Tengo que hablar contigo.

»Voy a su despacho y lo encuentro de pie tras su escritorio. Me pide tomar asiento y me dice:

»—Francisco, debo ser muy sincero contigo. Tengo que decirte que hoy no actuaste como se espera de un bombero.

» Él hace una pausa y luego continúa. Yo guardo silencio.

»—Nosotros somos bomberos, no superhéroes. Enfrentamos peligro todos los días y nuestras armas deben ser la precaución y la disciplina. Yo nunca he perdido a ningún bombero a mi cargo y no quiero que tú seas el primero.

»—Creo que me dejé llevar por los impulsos –atino a decir, mientras me pongo de pie.

»—En parte sí ¬–dice, caminando hacia mí– pero lo que más me preocupa es que no atendiste a mis instrucciones. Primero te di la orden de quedarte afuera de la bodega… y no lo hiciste. Luego te pedí estar atento a todo lo que sucedía… y no nos avisaste cuando inició el flashover.

»Yo respiro profundo y reflexiono.

»—Tenga por seguro, jefe, que pondré todo mi empeño para nunca volver a pasar por alto una orden de mi superior y para que jamás se me escape otro flashover en mi vida.

»—¿Te doy un consejo? –me dice, tomándome del hombro.

»—Claro.

»—Cuando estés cumpliendo con tu deber, en medio del peligro, recuerda a tu esposa y a tu hija… y que ellas siempre esperan verte regresar a casa. Eso te ayudará a ser muy cuidadoso y disciplinado.

»De nuevo, cabizbajo, guardo silencio.

»—Bien. Ahora regresa al trabajo. Estarás a cargo de la oficina de guardia el resto de la madrugada.

»—Pierda cuidado, jefe. Yo me encargo.

»—Francisco –me llama mientras voy saliendo de su oficina–, aparte de esos errores, demostraste mucho valor allí adentro en la bodega. Sin tu ayuda, Gabo y yo no hubiésemos podido rescatar al señor.

»Le doy las gracias nuevamente y vuelvo con mis compañeros. Gabriel me ve llegar y nota que algo me sucede.

»—Fran, ¿qué pasa? –me pregunta al entrar.

»Entonces le cuento mi conversación con el jefe.

»—Tranquilo –me dice–. Esta noche te demostraste a ti mismo que con toda seguridad llegarás a ser un gran bombero.

»—¿Tú crees Gabo?

»—Sí. Te lo aseguro. Pero debes ser paciente y aprender poco a poco. 

»—Eres un gran tipo –le respondo y nos damos un fuerte apretón de manos.»



§

—¿QUÉ HICISTE DESPUÉS? –le pregunté a mi papá. La verdad, no se me ocurrió otro comentario más apropiado.

—Regresé al centro de comunicaciones, donde pasé el resto de la madrugada pendiente del teléfono y pensando mucho en todo lo sucedido.

—Yo creo, papi, que lo que hiciste estuvo muy bien –le dije, tratando de reanimarlo.

—Sí, Abril. Pero debí ser más cuidadoso y estar muy atento a lo que sucedía en la bodega. Puse en riesgo a mis compañeros –en sus ojos había un brillo de tristeza.

—Esa cosa del flash no sé qué, ¿es de verdad tan peligrosa? –pregunté.

—Mucho. Es un fenómeno del fuego y ocurre en lugares cerrados como la bodega donde estuvimos. Las llamas se hacen cada vez más grandes y la temperatura sube. Cuando el lugar se pone muy caliente, aparecen como lenguas de fuego en lo alto. Eso indica que una gran explosión está por ocurrir.  En el momento que la explosión ocurre, todo lo que hay dentro del lugar se prende en llamas. A eso es a lo que llamamos el flashover. Es tan peligroso que no puede ser soportado por un ser humano, ni siquiera teniendo el traje de bombero puesto.

—¿Qué habría pasado si Gabo no se da cuenta?

—Probablemente nos habríamos lastimado mucho y con seguridad habríamos perdido a nuestro paciente.

—¡Te fijas! ¡Eso pasa por no estar atento! –le dije, como regañándolo, pero con ternura.

—Sí, lo sé. Y me arrepiento de haber actuado de esa manera. Me consuela que lo sucedido se debiera a una causa noble. Hoy don Abelardo está al lado de su familia, sano y salvo. 

—¿Quién es don Abelardo? –le pregunté.

—Es el señor que rescatamos. Hoy, al amanecer, llamé al hospital para averiguar por él y entonces supe su nombre. Ya le dieron de alta.

—Tal vez un día puedas visitarlo. Estará muy agradecido contigo.

—Yo solo cumplía con la misión de todo bombero. ¿Recuerdas que te dije el otro día que la primera prioridad de los bomberos es ayudar a las personas?

—Sí, me lo dijiste.

—Pues bien, esa es la misión que estoy orgulloso de cumplir ahora. Yo lo hago con entusiasmo y las personas no tienen por qué agradecérmelo…

Me quedé pensando en silencio en lo que dijo. Mientras tanto me enrollé en las sábanas y no me salieron más palabras. A mami tampoco.

Me dieron el beso de las buenas noches, apagaron la luz y salieron calladitos.

§

EN LA OSCURIDAD de mi habitación imaginé a mi papá en la bodega, ayudando a sus compañeros a rescatar a don Abelardo. Los vi envueltos en llamas, escapando del hermoso, pero temido flashover. 

«Es probable que Rubí lo haya visto todo –pensé–. Ella me puede ayudar a buscar a don Abelardo. Estoy segura que él querría darle las gracias a mi papá.»

miércoles, 16 de julio de 2014

¿Qué ocurre cuándo un hogar se queda sin padre?

Marco Absalón Haro Sánchez



Los arreglos para la festividad empezaron pocos días antes, Julia, una mujer de unos veinticinco a treinta años, de cuerpo menudo y piel aceitunada, era la anfitriona junto a Ernesto, su marido, quien rondaría el medio siglo de existencia, de apariencia enjuta y desgarbada. No se sabe a ciencia cierta la desazón del carácter; aunque las malas lenguas decían que cuando recién juntaron sus vidas él era muy paciencioso con su mujer que casi era una niña y que la envidia de cierta gente hizo que le dieran a beber un hechizo que torció su voluntad.

La entrada al rancho era un amplio callejón rodeado de tiestos con plantitas multicolores, los cuales fueron trasladados de diferentes sitios para orquestar la cercanía de algún evento importante. Julia con la colaboración de sus hijos y de dos o tres vecinas empapelaba los arcos por donde trepaban las enredaderas, mientras que en la cocina hervían a toda leña un par de ollas enormes con sus respectivos mondongos y patas de reses.

–Ahora empezaré a acarrear a los invitados –ofreció Ernesto.

–Sí, por favor –atajó Julia– ojalá se los pueda tener a todos para la comida.

Dicho esto descendió el hombre de la casa en busca de su canoa que permanecía en el atracadero. Trepó en ella, se arrellanó en uno de sus bancos y, antes de ponerla en marcha, extrajo una botella de debajo del asiento para llevarse a los labios luego de destaparla. Cuando el líquido atravesó el gaznate, hizo un breve gesto de malestar y echó otro bocado antes de tirar del motor para arrancarlo. Una vez puesta en marcha se alejó río arriba, acompañado del bronco ronroneo y el aire que le azotaba en la cara. Realizó tantos viajes como personas había que transportar, las cuales no eran menos de tres docenas entre hombres, mujeres y niños. Cuando partió al enésimo viaje, su mujer le recomendó traer los últimos encargos y, como lo notara un tanto «alegre» por la irremediable verborrea, le pidió que de momento no bebiera más hasta que la fiesta llegara a buen término. Pero él hizo una mueca al tiempo que escondía una nueva botella debajo del asiento y partió sobre las encrespadas olas del Zamora.

El rancho construido sobre una colina lo hacía visible a muchos metros de distancia; aunque estaba rodeado de vegetación era imposible ser desestimado en la primera ojeada de cualquier caminante que se cruzara por sus cercanías. Mientras algunas mujeres colaboraban con la preparación de los alimentos y arreglos previos para la comida, los niños jugaban alegremente alrededor creando un aire de alegría y emotividad.

–Usted ya tiene hijas señoritas –increpó una invitada a Julia– muy pronto la van a hacer suegra.

–Ay, calle nomás –repuso la aludida.

–Cierto –terció otra mujer– pero como son tan alhajitas, buenos maridos conseguirán y enseguida vendrán los nietos.

Un ligero rubor encendió las mejillas de la anfitriona; pues no le gustaba hablar mucho sobre este tema espinoso. No obstante, intentó mostrarse agradable cuando dijo:

–Bueno pues, si ésa es la ley de la vida ¿qué se va a hacer?

–Así es, así es –corroboraron las otras mujeres.

–Lo importante es –sopesó una de ellas que parecía tener mucha experiencia– que los maridos sean responsables y trabajadores; aunque un tanto borrachazos o mujeriegos.

–Eso sí que no –protestó Julia– si son bebedores o que les guste acostarse con el perro y el gato, eso no.

–¡Ay! –sentenció la madre de Ernesto– ¿usted cómo lo podría evitar?

–Así es, comadrita, así es –terció otra mujer para quitar hierro a la cuestión– mejor hablemos de otras cosas más importantes.

–Ajá –repusieron a una sin dejar de sonreír para sus adentros por la perorata que defendía los intereses de la anfitriona.

Para la comida se sirvió gran variedad de platos, en los que no faltaron: los caldos de mondongo o de patas de res, el de gallina, el yaguar locro (sopa de sangre), las fuentes rebosantes de yucas o maduros cocidos, el infalible ají condimentado con cebolla roja y perejil, entre otros. En un recipiente grande que se colocó en el centro de la mesa descansaba un puerco horneado, el que desde hacía rato alelaba con su gratos efluvios. Todo esto se sirvió en sendos platos acompañados de escudillas con espumante chicha de chontilla. Los alimentos empezaron su tránsito hacia los estómagos de cada uno, habiendo esperado largo rato a que apareciera el anfitrión que no volvía del pueblo. Nadie se atrevió a hacer un comentario sobre su posible estado si cuando los recogió andaba medio jumo (mareado).

La tarde se ocupó en varios menesteres hasta la llegada del cura de la parroquia, el mismo que asistiría al lugar antes de que cayera la noche y para asegurar su asistencia uno de los invitados se ofreció a recogerlo en el pueblo; pues como no volvía Ernesto y precisaban de un medio de transporte para él, tomó un caballo y cruzó la montaña a escape.

Antes del ocaso se oyó un motor y enseguida se asomaron a ver si era Ernesto; pero desestimaron este pensamiento cuando vieron que el bote atracó en la orilla y desembarcaron dos personas, uno era el cura.

Desfiló una pequeña procesión llevando en andas al santo patrono del lugar, el cual lucía bien engalanado y luego la eucaristía dedicada al mismo personaje. Todos estaban absortos en la celebración y encomendaban sus almas al Creador por intermedio de San Sebastián, el protector de los humildes.

Acabada la misa el cura bendijo una vez más a los fieles creyentes y abandonó el rancho acompañado de un par de montubios que se ofrecieron para el efecto.

Mientras tanto la música empezó a sonar con todo el volumen posible invitando a mover el esqueleto y los priostes repartían sendos chupitos de aguardiente sin dejar de levantar el codo una y otra vez. Los que colaboraron con el traslado del cura estaban de regreso trayendo consigo una buena cantidad de bebida y cigarrillos. 

Pero no todo era alegría, como una sombra pasó por la mente de Julia el hecho de que algo le pasó a Ernesto porque ya era hora de que hubiera vuelto y no había ni rastro de él. Preocupada indagó a los hombres que volvieron del pueblo a ver si lo habían visto: ninguno daba razón de su paradero.

–Mamá –dejó caer Ernestito– ¿por qué papá no vuelve?

–No sé, hijo –repuso la madre– ya era hora de que estuviera aquí, pero nada.

–Sí, mamita –corroboró Natalia, una quinceañera muy cariñosa– a lo mejor le pasó algo a mi papi.

–Ustedes saben cómo es él –atajó la madre– cuando se agarra a beber no existe quién lo frene hasta quedar como un alambique.

–¡Ay, mami! Ya vendrá –quitó hierro Carmen, la primera de sus hijas– aunque borrachito pero vendrá.

Julia sentía repeluznos al recordar que en los primeros años de convivencia él salía todos los días a trabajar las tierras que habían comprado junto a la posesión de unos conocidos suyos, Herminio y Conchita; quienes estuvieron gustosos de tenerlos como huéspedes hasta que se acomodaran. 

Ernesto, aparte de labrar la tierra de su propiedad, dedicaba varias horas al día a construir su rancho y regresaba cuando caía la noche.

Por su parte Julia, no sabía o no quería lavar un plato y menos quería cocinar o remendar ropas u otros quehaceres propios de las amas de casa y se pasaba ociosamente, tirada en una hamaca que colgó en los pilares de la planta baja del rancho; pero Conchita, la propietaria, le amonestaba de la siguiente manera:

–Julia, hija. Levántate y haz algo: lava la ropa o prepara la comida. Ya ha de venir Ernesto con hambre. ¿Qué le vas a dar de comer? Te puede pegar.

–¡Psch! –resoplaba con sorna– no pasa nada: él cocina, él lava los trapos sucios y cuando hay que coser o remendar alguna ropa él lo hace.

–Debería de darte vergüenza, hija –continuaba Conchita– si te casaste es para atenderle y no para estar como niña bonita sin hacer nada.

Los consejos de Conchita no hacían eco en su cerebro de criatura insensata y confianzuda. Al llegar el ocaso, minutos antes de que llegara Ernesto, recién ponía las ollas al fuego para simular que estaba cociendo los alimentos.

–¿Qué haces todo el día, mujer –renegaba  su  marido– por qué no has hecho la comida? ¿Por qué no remendaste los pantalones y cuándo vas a lavar?

–Es que no puedo –replicaba la aludida con la mayor tranquilidad del mundo.

Los propietarios de la finca oían a diario en la habitación de al lado éstas y otras discusiones parecidas. 

Una vez acabada la construcción del rancho, Ernesto, se mudó con su mujer no sin antes agradecer a sus conocidos.

–Ya sabes –ofreció Herminio– cuando necesites de algo me lo dices, no tengas ningún reparo que yo te echaré una mano en lo que te haga falta.

–Gracias, hombre –repuso– gracias por tu hospitalidad y tu buena voluntad, que Dios te pague. 

Al cabo de varios años vinieron los hijos y se hizo responsable Julia: al ver las necesidades de la vida, no le quedó mayor remedio que cambiar positivamente y ayudar como era debido a Ernesto. Sin embargo, de la noche a la mañana él tuvo un cambio radical de carácter y nadie sabía el porqué; pues cuando se juntaba con sus amigos y se pegaba los tragos se convertía en un monstruo que daba miedo. Su mujer e hijos que lo veían venir borracho, maldiciendo a diestra y siniestra, huían despavoridos hasta ponerse fuera de su alcance. Porque, aparte de la lluvia de amenazas, tomaba el machete o el viejo fusil dispuesto a acabar con la vida de cualquiera de sus familiares o de quien se cruzase en el camino ese momento de eufórica ira. Pero su mujer poco a poco fue dejando de temerle y llegó a la conclusión de que él «solo quería intimidarles». Cuando Ernesto le apuntaba a la cabeza o al cuerpo no se retiraba asustada y la madre del verdugo le decía:

–¡Quítate, hija! ¿Cómo puedes quedarte tranquila, no ves que este borracho sinvergüenza de mi hijo te quiere matar?

–Que me mate pues –replicaba serena– si Dios quiere que muera me he de morir, sino seguiré con vida.

Se presume que Ernesto empeoró en sus malos instintos porque se relacionó con una doncella indígena y que el día menos pensado le dio a beber uno de sus brebajes para hechizarlo. Debido a ello llegó al extremo de la locura que causan los narcóticos poderosos usados por los brujos indígenas; quienes se dedican a la adoración del fuego y a la invocación de espíritus del otro mundo.
Julia sufría sus maltratos junto a las siete criaturas que habían procreado; las cuales tan indefensas como ella, nada podían hacer para frenar las tropelías de aquel padre entregado al peor de los vicios que tiene la humanidad: la ebriedad alcohólica. Lo malo era que no solo bebía, sino que tenía intentos homicidas. Este cambio en el proceder de Ernesto era lo que Julia repudiaba con toda su alma. 

De pronto y con no poco asombro, escucharon un grito desde la entrada de la finca abarrotada de gente.

–¡Señora Julia, hoy sí que le mato y le voy a beber la sangre. De hoy no pasa, hic!

Al oír esto, bajaron el volumen del equipo de música y todos se quedaron en profundo silencio, mientras la madre de Ernesto salió a encontrarlo y le pareció mucho mayor de lo que realmente era; pues estaba irreconocible con la ropa mojada y desgarrada, no llevaba zapatos.

–¿Hijo, qué te pasa, por qué estás así?

–¡Madre, a usted la respeto! –siguió Ernesto, en tanto se acercaba al rancho– el problema no es con usted, sino con la Julia... ¡La canoa se viró en medio río por su culpa, hoy le mato, hic! Me salvé de puro milagro, gracias a que no soy tan malo para nadar, ¡hic!

–¡Qué culpa tienen ella y los guaguas, déjalos en paz! –atajó la anciana mientras la mujer y los niños se escondieron de su presencia.

A los ruegos de su madre se tranquilizó el hombre y salió Julia con los niños del escondite. Mientras que los invitados y vecinos abandonaban el lugar.

–¡Julia, por poco te quedas sin marido, la canoa se me vira en medio río –carraspeó dolorido– hic! En cuanto pude salí del agua, me orienté y caminé un par de horas a campo traviesa sin botas ni nada… ¡ay, ay, ay!

–Son cosas que a veces pasan, hombre, ya tranquilízate –suavizó Julia al tiempo que le ayudaba a mudarse de vestido–. ¿No ves que estamos de fiesta en honor y devoción a San Sebastián? No debiste haberte quedado tomando. ¿No te das cuenta? Los vecinos se han ido, solo por tu mala conducta. Éste es el último año que se hace fiesta aquí en nuestra finca... Que el santito me perdone, que no es por él, sino por tus malas actuaciones.

–¡Mira, cómo tengo los pies llenos de espinas. Sácamelas por favor, hic! –pidió Ernesto mostrando cara de circunstancias. Había dejado de tiritar.

–Nada te hubiera pasado si no te hubieras puesto a beber en vez de estar aquí con nosotros –continuó Julia–. Deberías respetar las fiestas y los días de guardar. Tenías que hacer algo indebido en esta fecha.

Con santa paciencia fue quitando las espinas una por una, mientras que su suegra alumbraba con un candil la operación.

A través de los meses aquella terrible situación en nada varió, debido a que este padre continuaba maltratando, golpeando y poniéndoles al alcance de su arma de fuego a aquellos desdichados menores. Julia sufría con incansable paciencia todos estos atropellos, dejando en manos del Altísimo para que él en su infinita misericordia les librara de caer en desgracia y que hiciera justicia a su tiempo según las obras de cada uno.

Un domingo a media tarde, aún seguía bebiendo Ernesto y se le ocurrió como obra portentosa de las tinieblas acabar de una vez por todas con su puerca vida. Cogió el bote de herbicida que se hallaba dentro de una caja y con llave, quitó la tapa y se lo empinó como agua. En vez de matar la maleza se estaba matando a sí mismo, como era natural en estos casos que por fortuna son pocos, sintió una fuerte quemazón: primero en el esófago y luego en los intestinos, el estómago le ardía atrozmente. La reacción corporal fue tan brusca y no había defensas que contrarrestaran semejante pócima. En fracción de minuto el cuello mostraba una mancha rojiza que iba aumentando cada vez más y de su piel salían ampollas sanguinolentas. El rostro dibujaba una desvaída imagen. Por las comisuras de los labios escapaba un espumarajo verdoso. En fin, todo él se retorcía de paroxismo cruel. Se intentó trasladarlo al hospital en andas; pero ya fue tarde porque en el difícil trayecto dejó de existir. 

A consecuencia del suicidio quedaron en la orfandad siete retoños. Por fortuna había algunos beneficios materiales para que pudieran defenderse sin tener que mendigar; pero la viuda no por ello pensó quedarse sola, ya que era joven aún y estaba de buen ver. Enseguida aparecieron pretendientes al acecho. Más temprano que tarde era menester estar acompañada de alguien que le ayudase en las faenas agrícolas. Con tan mala suerte que el nuevo marido resultó ser la reencarnación del difunto; pues cometía fechorías iguales o peores que el finado, sin tener derecho a la propiedad. Esto hizo que la pobre Julia y sus hijos continuaran viviendo en un infierno peor que el primero y a la postre se vieron en la calle; merced a que el flamante marido les despojó sin piedad de todo cuanto tenían en vida de Ernesto, por medio de engaños.

A partir de entonces Julia empezó de cero. Si antes era propietaria de una próspera finca y no le faltaba nunca el pan del día, hoy tenía que ingeniárselas como pudiera para conseguir los medios de subsistencia. 

Todos los días se la veía en la quebrada lavando ropa ajena, acompañada de sus pequeños. Mientras los más grandecitos ganaban el jornal en cualquiera de las fincas aledañas, los que habían acabado la escuela primaria; pero los que no, aún iban a clases con el alma entristecida. También hacía labores de toda clase como: empanadas, humitas, quimbolitos o arepas, para ganarse la vida. Le ayudaban en la tarea los escolares, quienes recorrían el vecindario y ofrecían los productos en una canasta o un charol. «Ojalá algún día no muy lejano mis hijos tengan lo suficiente para vivir y no les toque mendigar un bocado de pan ni el abrigo», pensaba y siguió bregando contra corriente, haciendo las veces de padre y madre.

martes, 15 de julio de 2014

Que difícil es vivir

Juana Ortiz Mondragón



Riiing, riiinng, riiiiiiing… Todos los días, al tercer repicar del despertador, 5:50 de la mañana se despertaba Tomás. Estiraba uno por uno sus músculos y se incorporaba lentamente. Tomás era un niño de ocho años, piel blanca, ojos azules y pelo ensortijado. Más alto que los chicos de su edad, ágil y delgado como una gacela. Vivía en un poblado a orillas de un rio de ensueño, con sus padres Francisco y  Marta. Un lugar tranquilo en el que podían salir a caminar en las noches de luna llena. Habitado por personas educadas y amables. Las calles estaban llenas de jardines y de bancas para descansar. Francisco y Marta llegaron allí cuando se dieron cuenta de que iban a ser padres, buscando el mejor lugar para vivir.

Francisco era arquitecto y  Marta diseñadora de interiores. Juntos construyeron la casa de sus sueños: habitaciones amplias, muebles de madera, un jardín interior de plantas frutales y uno exterior que daba al río, dos bibliotecas y una sala de televisión, en la que se sentaban en las tardes a ver una buena película.

Tomás era hijo único. Marta y Francisco habían intentado concebir varias veces; abortos múltiples los desconsolaron por mucho tiempo, hasta que como caído del cielo nació Tomás.

Desde su nacimiento nada le había faltado: juguetes, ropa, libros, vacaciones a lugares fantásticos y una enorme habitación desde la que podía divisar el rio. También tenía un hermoso Golden retriever  llamado Único. Su gran amigo y  aunque suene  redundante, quizás el único. Tomás salía todas las tardes a caminar con Único, se sentaban bajo la sombra de un árbol. Tomás leía en voz alta sus cuentos favoritos, Único movía las orejas y abría sus hermosos ojos miel, parecía disfrutar de los ratos de lectura en compañía de Tomás. Sus padres no reparaban en nada para darle gusto y cómo no hacerlo, Tomás merecía todo lo que pudieran darle; él era un hermoso tesoro que los había alejado de una profunda tristeza.

Entre los juguetes favoritos de Tomás, estaba  una muñeca que Marta conservaba desde que era una niña.  Tomás la observaba con sus hermosos ojos, intentando descifrar que le producía. Cuando nadie lo miraba,  jugaba con ella y aprendió a coserle vestidos y sombreros.

En las noches, innumerables pensamientos lo abatían. Se sentía extraño, como si su cuerpo no le perteneciera. En el instituto al que asistía, sus compañeros le ponían sobrenombres y hablaban de él en los pasillos. Su madre se sentía preocupada y un poco frustrada con algunos comportamientos que notaba extraños en Tomás: cadencias en su voz, su forma de caminar había cambiado.

-¿Qué pasará con Tomás? -le preguntaba Marta a Francisco.  

-¡Nada!  - le contestaba con voz tranquila Francisco.

-¿No has notado que su forma de caminar es extraña?  -insistía Marta.

Estas conversaciones terminaban en discusiones. Marta se sentía inquieta con el comportamiento de Tomás y  Francisco trataba sin fortuna de tranquilizarla, de encontrar respuesta a lo que su amado Tomás estaba viviendo.

Francisco era un hombre de temperamento tranquilo, reflexivo.  No solía actuar sin pensar, pero en ocasiones, las conversaciones con Marta lo alertaban de la posible situación que estaba enfrentando Tomás. Francisco tenía una mente abierta. Estaba dispuesto a afrontar diversas  situaciones de la vida y a amar sin importar las dificultades, sobre todo a alguien tan preciado como su hijo.

Tomás tenia sueños recurrentes, en los que sus compañeros del colegio le hacían daño, lo golpeaban por ser y pensar diferente, lo ridiculizaban delante de todos. Se levantaba alterado, sudando,  en medio de gritos y llanto. Francisco, Marta y Único lo consolaban y acompañaban. Único se enrollaba junto a las piernas de Tomás, en las noches, cuando lo sentía nervioso y triste. Era el mejor ejemplo de un amigo fiel.

-¡No sé qué me pasa! –decía Tomás llorando-.  Siento que mi cuerpo no me pertenece.

-¡No te preocupes Tomás! ¡Te ayudaremos!  -le decía Francisco, mientras lo tomaba de las manos.

Marta lo observaba con una triste mirada,  mirada llena de preguntas sin ninguna respuesta.  Marta era la hija del medio de una familia adinerada, católicos,  de pensamientos de derecha, horizontes  y  mentes cerradas. Eran cuatro hijos: dos hombres y dos mujeres. El mayor de sus hermanos, Mateo, había tenido en su adolescencia comportamientos  similares a los que estaba experimentando Tomás. Su padre lo reprendía muy fuerte, tanto física como sicológicamente: ¡Mariquita, eres la vergüenza de esta casa! Una mañana fría, encontraron a Mateo colgado de las vigas de su habitación, contaba solo con dieciséis años. Por este motivo,  Marta se sentía temerosa, a veces no sabía cómo comportarse con Tomás,  solo sabía que lo amaba y que no iba a desampararlo.

Tomás era un excelente estudiante, tenía las mejores notas de su grado, le fascinaba dibujar. Su mayor sueño era ser artista. En sus dibujos plasmaba lo que sentía, realidad que se le dificultaba verbalizar, sujetos sin rostro y vestidos de diferentes formas eran sus protagonistas.

La situación del colegio empeoraba cada vez más. A Tomás le daba temor entrar al baño, ya que un par de veces unos chicos de grados superiores lo habían golpeado e introducido su cabeza en la taza del sanitario: ¡A ver sin con esto se te quita la maricada!

El colegio era campestre, una edificación antigua, cerca de donde vivía Tomás. Largos y fríos pasillos conducían a las salas de estudio, dotadas de todo lo que los estudiantes pudieran necesitar: equipos de cómputo, libros e implementos de laboratorio. Las aulas, estaban rodeadas de ventanas que daban al campo, un salón con instrumentos musicales, piscina,  canchas y una granja con diversos animales.

Estaba sumido en una terrible soledad.  Buscaba a sus padres; estos siempre lo escuchaban y encontraba refugio en Único. Pero él deseaba tener amigos, personas de su edad con quienes compartir un rato. Varias veces llegó a casa con moretones:

-¿Qué te pasó Tomás?  - le preguntaba su mamá.

-Nada mamá, me lastimé  jugando fútbol –contestaba Tomás, intentando no preocuparla.

Y se encerraba en su cuarto a llorar sin consuelo. Solo permitía que Único entrara y éste le limpiaba las lágrimas. Tomás lo abrazaba  fuerte, hasta que por fin el sueño los vencía. Un verano, conoció  un chico, un nuevo vecino que había llegado  a la orilla del rio. Empezaron a hablar y se hicieron grandes amigos. Martín era un año mayor que Tomás, nueve años y gustos parecidos. A Martín no le importaba que los juguetes favoritos de Tomás fueran las muñecas, ya que también podían jugar fútbol, trepar árboles y caminar con Único. Tomás  se  sintió identificado al  conocer a Martín.  Incluso le gustaba su compañía más que la de cualquiera, aunque todavía no podía definir lo que Martín era para él.

Una tarde,  decidieron cambiar de juego. Fue el día de los disfraces y de personificar  seres de la vida que amasen o quisieran ser. Empezaron por jugar  a ser vaqueros, astronautas, policías. En el desván de la casa de Martín, encontraron faldas, vestidos y maquillaje. No vieron problema en disfrazarse de chicas y salieron al jardín, donde descansaba el papa de Martín. Al verlos les gritó y los obligó a cambiarse inmediatamente. También hizo que Tomás se fuera para su casa diciéndole que jamás lo quería volver a ver. Según él, Martín había empezado a cambiar desde que conoció a Tomás. No le pareció que éste fuera un buen amigo para su hijo, que quizás eso que era Tomás se le podía contagiar a Martín.  Empezó por prohibirles la amistad, hasta que decidió marcharse del río.

De nuevo solo. Marta y  Francisco decidieron visitar una sicóloga para saber cómo ayudar  a Tomás. También él  la visitó en algunas ocasiones y  afirmaba que lo relajaba que alguien,  además de sus padres, pudiera escucharlo sin reparos.

Las visitas donde la sicóloga surtieron efecto durante algunas semanas. Días en los que Tomás y su familia estuvieron sonrientes. Tomás se la pasaba dibujando y conversando con sus padres; por momentos la ansiedad lo atacaba hasta que una mañana, los compañeros que siempre lo habían perseguido, lo vistieron de chica y lo amarraron al asta de la bandera en el patio central. Todo el colegio lo vio, miles de risas bombardearon sus oídos. Esa tarde, sus padres  fueron por  él  al instituto. Las directivas les obligaron sacarlo de la institución aduciendo que él era un problema para los demás chicos. Solo hasta ese día sus padres se dieron cuenta de lo que había callado Tomás todos esos meses.

Al llegar a casa, Tomás se encerró cansado y decepcionado de su vida. Al amanecer y después de golpear sin resultado varias veces, Marta y Francisco derribaron la puerta. Su hijo, su tesoro, yacía en el suelo; había ingerido una gran cantidad de pastillas. Único  estaba enrollado junto a él.  Sumidos en el más terrible de los llantos, lo tomaron en los brazos, salieron de casa en compañía de Único hasta el muelle. Allí estaba el barco en el que iban a realizar sus próximas vacaciones. Sin esperanzas zarparon con lo que quedaba de su hijo. Navegaron sin rumbo varios días. Un barco pesquero los encontró: habían muerto abrazados contemplando a Tomás. A sus pies yacía también Único.

jueves, 3 de julio de 2014

Susto

Elena Villafuerte


No es que yo quiera pegarle, no. ¡Pero me hace enojar! Es culpa suya. Anoche por ejemplo. ¿Cómo voy a creer que no pueda callar a ese niño? Las tres de la mañana y el pinche escuincle a grito pelado, y yo que tenía esa junta temprano con el infeliz Nacho. Que cree que no me doy cuenta, el pendejo, de que me está viendo la cara con las existencias del almacén. Y cuando por fin consigo pegar el ojo, ahí va. ¡Buaaaaaa! ¡Buaaaaaaaaaaaa! Yo bien tranquilo, caramba, pero pasan diez minutos y ella no es capaz de encontrar qué rayos le pasa a la criatura. ¿Pues qué no es su madre? Pero noooo, que chille el niño, al fin ella no tiene junta al día siguiente, ¿verdad? Y que ni diga que no le da tiempo para dormir en el día. Lleva a los niños a la escuela y ¿qué más hace cuando regresa? Echa una lavadora, hace la comida y listo. El otro día que fue el del cable a ver la falla, bien que le dio tiempo de estar contemplándolo en la sala ¿no? Zorra. Y luego resulta que el malo soy yo. Que se dé de santos que sólo le dejé moretones, que lo que debería haber hecho era partirles a los dos su madre. Si por eso exactamente es que no trabaja, la señora, para que no tenga pretextos para andar de fácil con otros. ¡Pero no entiende! ¿Acaso pido mucho? Un poco de paz, que los dos apaches que tengo en casa no me estén fastidiando, que la comida esté lista cuando llego, que la casa esté arreglada y que no me reciba una cavernícola de cara lavada y sin peinar. Y que haga algo decente de comer, no ensaladas y comida para conejos. Un buen corte, pasta con camarones, pastel de carne…   

Rodrigo estacionó el coche frente a su casa pensando en la comida. Si no hubiera sido tan alto se habría dicho que estaba obeso, pero su estatura compensaba el peso y tan sólo se veía fornido. Algunas canas salpicaban aquí y allá su negro cabello. Vestido de traje azul oscuro, con la corbata deshecha y el cuello de la camisa abierto, cerró el vehículo justo cuando una gorda y helada gota de agua caía en su nuca. Rodrigo odiaba la lluvia, odiaba mojarse; dando dos saltos llegó bajo el techo y abrió la puerta de la vivienda.

- ¡Blanca!

No obtuvo respuesta, cosa que le extrañó. A estas horas, su esposa Blanca debería estar esperándolo, con la mesa puesta y la comida lista para ser servida. Sin embargo todo estaba en silencio absoluto y el olor de los alimentos se encontraba notablemente ausente.

- ¡¡¡Blanca!!!

Aventó las llaves sobre la mesita de la entrada y dio un portazo. Dónde carajos se habrá metido esa pinche vieja, se preguntó.

- ¡¡¡¡¡¡¡Blanca!!!!!! ¡¡¡Felipe!!! ¡¡¡Graciela!!!

Ni Blanca ni sus hijos respondieron. A través de los ventanales se veía caer una torrencial lluvia en el jardín; sobre la mesa del comedor, en vez del mantel y los cubiertos, se pavoneaba solitario el arreglo floral que Blanca había comprado la semana anterior. La cocina se encontraba en orden, sin rastro de actividad. En la sala unos juguetes se encontraban tirados sobre el tapete, como esperando que los niños regresaran en cualquier momento. Rodrigo los pateó y subió a zancadas la escalera. Recorrió las tres recámaras, sintiendo cómo la furia comenzaba a difundirse desde su estómago, llenando su torso, alcanzando sus hombros y su mandíbula. Faltaba que la puta se hubiera ido a casa de su madre o de su hermana. Ahora tendría él que ir a buscarla, y cuando la trajera de vuelta iba a desear no haber nacido.

Colérico abrió la puerta del clóset, buscando el paraguas. Lo que vio en la penumbra fue un par de colmillos gigantescos en un hocico enorme, y a la altura de sus propios ojos, dos negras pupilas que se le venían encima. Sintió un dolor espantoso en el pecho, insoportable, y empezó a caer.

Después del sepelio, Blanca subió a su camioneta, cerró los ojos y suspiró. Tanta gente, tantos pésames, la tenían mareada. Todavía tenía en la nariz el pesado olor de las flores y en los oídos los murmullos de la gente. “Pobre Rodrigo, ¡tan joven! Cuarenta años… Claro que debe haber tenido el colesterol altísimo. ¿Bromeas? Comiendo como comía, y sin hacer ejercicio, tantas presiones, era lógico que le diera un infarto. Pobre Blanca…” Estaba agotada. Gracias a Dios que había terminado, y ahora podía irse a casa.

No todo era malo; al velorio habían llegado varios médicos, conocidos de sus tiempos en el hospital, y tenía tres ofertas de trabajo. Le entusiasmaba la idea de retomar su carrera de enfermera. Por otra parte sus hijos aún eran demasiado pequeños para que esta situación marcara sus vidas. En unos meses habrían olvidado el asunto, con esa inocencia y capacidad de adaptación típica de los niños. Los golpes, el abuso, habían terminado casi al empezar.

Blanca sonrió.

Realmente ese disfraz de hombre lobo había resultado la mejor compra de su vida.