lunes, 27 de mayo de 2024

Hécate

Ruth Rosales


La línea de carros ese día estaba en particular bastante larga. De las diez garitas que el lado norteamericano tenía construidas para revisar el pasaporte y la visa de los que pretendían cruzar «al otro lado», solo dos estaban abiertas. El capo del cártel de Juárez había muerto hacía unos meses, por lo que la guerra territorial había empezado y los chalanes del cártel del sur, el de Sinaloa, no tardaron en irrumpir en casas y negocios de los líderes de los allegados del ahora occiso narcotraficante. La ciudad fronteriza mexicana se convirtió en un campo de batalla y el Gobierno Federal estableció el toque de queda, por lo que, ningún ciudadano, podía circular después de las ocho de la noche.

Mi mamá estaba lista esperando a mi padre desde las seis de la mañana ya con la maleta preparada. Él le había dicho que llegaría tarde debido a complicaciones laborales, pero ella sabía en el fondo que no oiría nada de él hasta que el sol la levantara, si es que tenía suerte. No tuvo que esperar a que los rayos de luz hicieran su trabajo, las contracciones esporádicas de los dolores de parto iniciaron desde las tres de la madrugada, para después transformarse en movimientos pélvicos sincronizados en intervalos de veinte minutos. Tenían todo preparado para tenerme en El Paso, Texas. Como buenos fronterizos, toda mi familia había crecido en el lado mexicano, pero eran nacidos en la tierra de las barras y las estrellas, lo que nos permitía tomar ventaja de las bondades de ambos mundos.

El reloj marcaba ya la una de la tarde, los periodos de los espasmos eran cada diez minutos con una duración de noventa segundos. Las gotas de sudor caían esporádicamente sobre el rostro de mi madre y, después de morderse los labios, marcó el teléfono de su cuñada. Tenía que pedir ayuda. Había que cruzar todavía el puente internacional y la fila de coches con seguridad estaría larga. No podía arriesgarse a que su hija naciera de este lado equivocado del mundo, menos ahora, cuando la guerra estaba iniciando.

Pasaron veinte minutos después de colgar con mi tía, cuando mi padre llegó por ella. «Vine tan rápido como pude» le dijo tropezando al bajar de su camioneta Bronco del año 1974. ¿Cómo supo qué estaba pasando, y dónde está su hermana? Fueron las preguntas que su ceño y ojos le hicieron mientras la ayudaba a subir en medio de una larga contracción; al menos ya iban rumbo al hospital, las respuestas podrían esperar, lo importante es que su hija nacería en el lugar correcto.

Eran las seis de la tarde y ellos seguían en la interminable fila para cruzar el puente internacional. Los intervalos entre una contracción y otra se acortaban. Entre ellas pasaban tres minutos con sesenta segundos de duración. El sudor se había transformado en una cascada de agua hirviendo que brotaba de los folículos de los cabellos de mi madre y recorría su rostro de forma embravecida. Los ejercicios de respiración le ayudaban, pero el estrés de ver esos carros inertes y el temor de no lograr cruzar la maldita línea divisoria, hacían difícil que se entregara al ejercicio de permitir que su cuerpo se expandiera para recibirme al mundo. 

Las siete cuarenta y cinco de la tarde, en quince minutos se activaría el toque de queda y las garitas cerrarían hasta las seis de la mañana del día siguiente. «Puedo bajarme y caminar» diría mi madre en un minuto en que la apertura de su pelvis cedió y le permitió articular palabras más o menos entendibles. Faltaban cinco coches, solo veintidós punto cinco metros de distancia, si tomamos en promedio cuatro punto cinco metros de longitud de cada uno. «Ya casi cruzamos, no puedes salirte, no hay quién te lleve al hospital del otro lado» es lo que mi padre respondió mientras contraía los nudillos de sus manos al apretar el volante. «No voy a llegar al hospital» pensó mamá y entonces empecé a nacer.

Las manos de papá temblaban cuando le mostró los pasaportes al agente aduanal, quien, al notar algo extraño en su comportamiento, estuvo a punto de apartarse y desenfundar su arma, pero yo no se lo permití, porque hice que mi madre emitiera un grito que abarcó los cuatro kilómetros de distancia que existía entre una ciudad y otra. «She is in labor» es lo último que escuchó salir de los labios de mi padre, antes de que ella se rindiera al llamado del dios del inframundo.

Los agentes aduanales llamaron al 911 y en menos de cinco minutos llegaron ambulancias y paramédicos. Era veintinueve de febrero de uno de esos años a los que llaman «bisiestos». Íbamos camino al hospital. Mamá yacía inconsciente conectada al oxígeno, mientras los paramédicos trataban de sacar mi cuerpo atorado debido al esfuerzo sobrehumano ejercido por sus caderas para evitar que saliera del lado equivocado del río. Tanto ella como yo dejamos este mundo durante algunos segundos, pero, en el momento en el que escuchó mi voz gritando su nombre, cuando su alma cruzaba el Aqueronte al lado de su barquero, no dudó en saltar y nadar en sus aguas justo en el instante en que yo desgarré su pelvis y salí muda, abriendo mi boca solo para tragarme el río entero.

Mi padre estaba hecho una plasta de nata. El estrés mezclado con toda la emoción engullida, lo dejó en estado catatónico durante días. Algo enajenaba su espíritu, mi madre lo intuía, podía verlo en lo nebuloso de sus córneas y la respiración ausente. Sentía el roce de sus manos tembloroso y llegó a contarme después, que las lágrimas le caían sin permiso cada vez que me cargaba o la veía amamantarme. «¿Qué es ese dolor tan grande que te hace arrepentirte de todos tus pecados?» pensaba ella cuando él la besaba para irse a trabajar.

Aquello que atormentaba a mi padre hizo que se refugiara en las paredes del templo católico de la comunidad. Empezó a ir a retiros espirituales y hacer voluntariado para los eventos de recolección de fondos. La familia entera asistía sin falta a los servicios dominicales, mientras yo pasaba de un salón de catecismo a otro hasta llegar a la adolescencia y recibir el sagrado sacramento de la confirmación.

Aunque vivíamos con comodidades y nunca nos faltó nada, mis padres decidieron que cursara mi educación secundaria en una escuela pública. Era impresionante la cantidad de adolescentes reunidos en dieciocho salones con capacidad para treinta personas cada uno. Cabe decir que no siempre se cumplía el cupo máximo y llegué a estar en grupos en donde éramos cuarenta y cinco alumnos tomando la clase.

Había distintos sectores mezclados en esos edificios difusores de conocimiento. Desde aquellos que venían de colonias populares y precarias hasta quienes, como a mí, nos dejaba un chofer en la puerta de la escuela y por la tarde nos recogía la muchacha que hacía en nuestras casas la limpieza. Esas diferencias se notaban en la forma de vestir y hablar, pero al final todos estábamos ahí revueltos unos con otros, inhalando el olor del caldo alborotado de hormonas que éramos. Mi fe cristiana empezó a verse tentada ante las constantes preguntas de ¿quién soy? ¿Qué quiero? ¿A qué vine a este mundo? ¿Dios existe? Who the hell is the devil?

Mi personalidad siempre fue muy moldeable. Solía ir de un grupo de amigos a otro. Aprendía sus códigos, la jerga que utilizaban, los rituales para pertenecer y todo aquello que me hiciera sentir parte de una tribu, pero nunca me quedaba. Este ir y venir incomodaba a algunas personas mientras que otras lo aprovechaban para sacar ventaja y me pedían favores. De repente jugaba el papel de mediadora y otras de cupido. No era la chica famosa de la escuela, pero sí me llegué a ganar cierto respeto al no meterme en broncas ni chismes.

Mientras exploraba mi personalidad en la escuela, en casa me aislaba cada vez más. Ya no disfrutaba ir al templo con mi familia. Veía que las dinámicas generadas entre lo que se decía en un sermón y las actitudes de los adultos fuera del recinto no coincidían. La mojigatería de mi padre me molestaba cada vez más. Mucha devoción a un Dios sin voz cuyo mayor logro había sido mantener a papá junto a mi madre. Ellos, que no eran más que la sombra insípida y desabrida del otro. ¿Cómo era posible que yo en la escuela pudiera pasar del grupo de los populares a los emos sin problema alguno y en mi casa era incapaz de descifrar lo que ocurría dentro de la mente de mis padres? O lo que era peor, lo que sucedía en la mía.

La rebeldía propia de la adolescencia me llevó a explorar otras formas de encontrar respuestas a mis preguntas existenciales. Primero exploré otras religiones que siempre me mostraron lo mismo: una madre virgen, un hijo de un dios supremo, las pruebas que hay que pasar para lograr la iluminación y regresar al mundo terrenal a compartir la sabiduría adquirida. Listo, perfecto, ¿y luego? Por supuesto mi mente inmadura no alcanzaba a ver más allá de lo que significaban las enseñanzas de los distintos profetas. Quería respuestas y me encontraba con la imagen exacerbada de mi padre y el servilismo irracional de mi madre. Todas las doctrinas eran lo mismo. No había para donde ir.

En la escuela estaba el grupito de los pesados-pesados. No eran los típicos rebeldes, no. Ellos estaban relacionados directamente con los narcos en turno que ocupaban el territorio de mi ciudad fronteriza. Todos sabíamos lo que hacían y no decíamos nada. Era algo normal. Yo me llevaba con ellos como con el resto de los clanes. Un día me quedé hasta tarde zurciendo un vestido en mi taller de corte y confección. Platicaba con otra chica que pertenecía a los pesados-pesados. Era un pedacito de mujer delgada y diminuta. Su piel destellaba una blancura transparente que permitía ver sus venas.

Entre una puntada y otra pasamos de temas triviales de la escuela a una conversación más profunda y un tanto absurda. Ahí estábamos, dos adolescentes de dieciséis años tratando de descifrar el origen de la vida. Por primera vez escuché el concepto de «todos somos uno» y de cómo nosotros formábamos parte de Dios por lo que también éramos dioses creadores de nuestra propia realidad. Le pregunté dónde había escuchado eso y, pensando que me diría que de alguna religión oriental como el budismo o hinduismo, se limitó a decirme que si la acompañaba el fin de semana a casa de su primo en Samalayuca, en medio del desierto, me respondería.

Por supuesto se me complicaría el permiso con mis padres por tratar de quedarme a dormir con una desconocida en un pueblo a una hora de distancia de la ciudad y en plena Semana Santa. Tenía que inventar un pretexto creíble y hacer parecer a mi nueva amiga como la chica más dulce, confiable y de buena familia de Ciudad Juárez. Bien se dice que hay que tener cuidado con lo que se desea, ya que los múltiples dioses que había explorado confabularon a mi favor e hicieron que mis padres se fueran de retiro espiritual justo ese fin de semana. Así que, cuando estaba dando mis mejores argumentos literarios describiendo a mi nueva amiga como la inmaculada que salvaría mi alma, ellos ya estaban preparando mi maleta para quedarme en su casa y así ahorrarse lo que les costaría contratar a una nana para cuidarme.

Apenas bajé del carro noté que a mis calcetines se adherían decenas de toritos, esas hermosas flores secas que en esta región el viento lleva a todos lados. Lo consideré un augurio de que algo bueno sucedería. El resto de los pesados-pesados ya estaban en el rancho del primo de mi amiga e hicieron exclamaciones de júbilo al vernos llegar, lo que me hizo sentir bienvenida y en confianza. Yo los conocía a todos de vista y había cruzado palabra con uno que otro por diversos motivos. Que si pásame los apuntes de la clase fulana, que si dile a los fresitas esos que se dejen de mamadas y no vigilen tanto la entrada a los bailes para meter el chupe, que si entretén al profe de mate para que no vea que nos salimos del salón después de pasar la lista, y así, puras babosadas.

Como era de esperarse, la droga y el alcohol empezaron a circular. A mí me tenía sin cuidado que se emborracharan o pusieran hasta arriba. Solía cargar siempre gas pimienta por si alguien osara pasarse de vivo. Sabía que eso no garantizaba mi seguridad, pero no me sentía amenazada. Confiaba bastante en mi labia y destreza para quitarme a borrachos o drogos de encima. Yo no solía entrarle a nada de eso, no porque fuera mojigata, sino porque mi cuerpo tenía tolerancia cero a cualquier fermento, polvo o químico que ingiriera. Cuando tenía diez años me tomé a escondidas una cerveza de mi papá y terminé en el hospital. A los trece fumé mariguana e igual acabé en la sala de urgencias y, cuando cumplí los quince, un primo me dio un pasón de coca y casi entro en coma por la ridícula cantidad inhalada. Todo esto gracias a que mi cuerpo no produce las enzimas adecuadas para metabolizar las toxinas presentes en el alcohol y algunas plantas que la naturaleza tan maravillosa había puesto para el deleite y placer de los seres humanos. Magnífica suerte la mía.

Mi amiga tampoco le entró a la ronda y me llevó a la parte de atrás de la casa que daba directo al desierto. La noche era absorbente. Se escuchaban grillos, uno que otro búho, crujidos de quién sabe qué animales rastreros y un silencio natural, libre de los ruidos artificiales de la ciudad. Y qué decir del cielo, no se distinguía ni un espacio libre. Miles de millones de puntitos diminutos palpitando en el firmamento.

Cuando estaba más absorta en la belleza que me rodeaba, mi blanquecina amiga se acercó a mí y me dio un vaso con una bebida. Yo le dije que no tomaba porque me ponía muy mal y terminaba siempre en el hospital. Ella respondió que no era una bebida alcohólica y que si quería saber de dónde sacaba esas reflexiones sobre Dios y la vida, me tomara ese chocolatito que tenía en la mano. «¿Chocolate? ¿Me voy a tomar un chocolate?», pensé mientras analizaba con reserva el contenido del vaso desechable.

Si no todos los adolescentes del mundo son inconscientes, al menos sí el noventa y nueve por ciento y yo no formaba parte de ese uno por ciento cuerdo. Así que, aun cuando todo me decía que no tomara lo que había en ese vaso, me lo empiné completito.

Cierra los ojos, me dijo mi amiga, y entrégate a los sonidos del desierto. Lo primero que escuché fue el crujir de las ramas. Estuve tentada en desobedecer la orden de mi comadre para ver quién se acercaba, pero no eran pisadas lo que se oía. Decidí confiar y seguir atenta a cualquier ruido. A lo lejos alcancé a detectar el ulular de un búho y casi al mismo tiempo percibí el canto de las ranas.

Al cumplir catorce años, mi madre me contó que cuando nací culminó una temporada de siete años sin llover. Ese día el cielo se dejó caer y no paró de fluir el torrente de agua durante tres meses seguidos. La sequía terminó, pero el lodazal arrasó con los pocos cultivos de algodón que se daban en la tierra árida del desierto chihuahuense. Se formaron lagunas de agua inundando carreteras y clausurando puentes a desnivel. Un día las nubes cerraron la llave y se desvanecieron. De los charcos brotaron burbujas de aire que salpicaron el ambiente con el canto inconfundible de las ranas y, esa noche, en medio de la nada del desierto, lo volví a escuchar.

Mi cuerpo se sumergió en una especie de trance. Me encontré navegando en un río dentro de una cueva. El silencio taladraba mis oídos exacerbando los tambores silenciosos del movimiento de mi corazón. A lo lejos vi acercarse la figura de mi madre que nadaba. Era más joven, mucho más de la juventud madura que ahora profesaba. Venía huyendo de una luz que salía de un túnel. Le empecé a gritar que se acercara para subirla a mi barca. Algo la jaló por debajo hundiéndola por unos segundos. Salió dando manotazos y aspirando grandes bocanadas de aire. Sus ojos reflejaban el pánico de aquello que se desconoce. Grité desesperada: «¡Mamá!», no me escuchaba. «¡Mamá!», dije más fuerte. «¡Mamá!», sollocé sin aliento.

Un segundo después la vi flotando a mi lado. Ahora yo nadaba y trataba de traerla conmigo para sacarla de ahí. Su cuerpo estaba flácido, pesado, ya no respiraba y sus ojos perdían con lentitud el brillo de la vida. Llegué a la barca y como pude me subí sin soltar su mano. Quise levantarla, pero mis brazos carecían de la fuerza necesaria. Sus ojos se movieron en busca de los míos y, sin abrir los labios, me confesó «no quería que nacieras».

Sentí cómo el alma de mi madre la abandonó y se subió por mis piernas hasta introducirse a mi vagina e instalarse en mi vientre. El dolor de un cólico intenso me tiró de la barca y quedé flotando sobre las aguas mirando el cielo tupido de estrellas. Una luz blanca dispersó los puntitos del cielo y aparecieron las figuras de mi padre y su hermana mayor entrelazadas, fundiéndose en un acto carnal genéticamente prohibido. Él la penetraba con fuerza por el ano cuando el sonido de un teléfono interrumpió los jadeos adoloridos de mi tía. La voz de mi madre retumbó como un trueno y las aguas en donde mi cuerpo reposaba se alebrestaron en un remolino que empezó a succionarme.

«We are losing her» oí decir a los paramédicos. Mi cuerpo giraba siguiendo las oscilaciones circunscritas del agua. Estaba a punto de ser absorbida por esa especie de laguna o río, cuando un bulto cayó del cielo y me golpeó la cabeza. Era como un saco de box, pero en lugar de estar lleno de goma espuma, lo estaba de plumas de ganso. Sentía cómo la sangre cubría mi rostro. Comencé a tener dificultad para respirar, pero no quería abrir la boca para evitar que mis pulmones se llenaran de agua. Percibí a mi madre moverse en mi vientre y al mismo tiempo mi cuerpo se abría paso dentro de ella. Era el momento de nacer, pero algo me estaba aplastando e impedía que regresara al remolino para salir por el canal de parto que se encontraba al final de aquel espiral acuoso.

El canto de las ranas fue sustituido por un concierto de truenos acompañados por luminosos relámpagos. Voces a lo lejos. Gritos. Abrí los ojos y pude vislumbrar unas siluetas humanas cuyos contornos se difuminaban con los colores rojizos de unas detonaciones de luz blanquecina. El silencio llegó después de un tiempo que pareció infinito. No quería cerrar los ojos. Sabía que si lo hacía moriría.

Cuando llegó la policía me dieron por muerta. El cuerpo de mi amiga estaba sobre el mío con una veintena de orificios.  «La dejaron como una coladora» oí que decía uno de los polis. Saqué como pude mi brazo que estaba doblado incrustado entre mis pechos y enterrado en la arena sobre montones de toritos. Agarré con fuerza el tobillo del oficial que estaba a escasos centímetros de mi cabeza. Le metí tal susto que no pudo dormir durante tres noches seguidas, al menos eso fue lo que me dijo después, cuando me estaban interrogando en la comisaría.

Fui la única sobreviviente de la masacre de aquel sábado de gloria del dos mil doce. Los narcos del lado este del territorio mexicano, los que venían de Monterrey, acribillaron a los pesados-pesados en un intento por apoderarse de la jugosa plaza de Ciudad Juárez. Creyeron que eran los jefes los que estaban esa noche en el rancho, sin imaginar que éramos solo un puñado de mocosos adolescentes jugando a ser grandes. Unos drogándose, otros emborrachándose y otras, metiéndose hongos alucinógenos para conocer las respuestas del universo.

A raíz de ese suceso mis padres se perdieron aún más en la religión. Mi papá seguía expiando la culpa de estar eternamente enamorado de su hermana, mi mamá castigándose por haber deseado que yo nunca naciera, y yo, prófuga de la muerte, continué con mi camino chamánico de autoconocimiento, utilizando los hongos como pretexto para involucrarme en las bandas delictivas tanto mexas como gringas pasando información entre un bando y otro. Llevar a mi mente y cuerpo a estados de consciencia plena se convirtió en mi mayor droga.

Ahora tengo fama de ser guardiana de la frontera. Hago ceremonias místicas donde combino diferentes tipos de hongos entre ellos los que crecen por esta región y son conocidos como Niños Santos. Después de que los grandes capos participan en estos rituales, organizo los encuentros entre los líderes para que se repartan plazas y arreglen desencuentros o rencillas. Nadie se mete conmigo y yo no me meto con nadie. Me respetan porque mi trabajo es solo mantener al territorio libre de violencia en pro de la ciudadanía. Ambos bandos delictivos de la frontera se alinean, los güeros y los frijoleros, porque saben que, si alguno de ellos llega a cagarla de alguna manera, el desierto, mis honguitos y yo nos encargamos de «ponerlos en cintura».

martes, 21 de mayo de 2024

Amalia

Amanda Castillo


Amalia era feliz en su nueva casa. El sueño de vivir frente al mar se estaba haciendo realidad. Después de casi un año, por fin, su padre había terminado de construir el que sería su nuevo hogar. Ya no andarían de un lado para otro pagando arriendo.  Ahora tendría su propia habitación. La casa era enorme, hecha toda en madera y con grandes ventanales que facilitaban el ingreso de una brisa deliciosa.

Era una de tantas viviendas palafíticas, edificada sobre el mar. Para acceder a ella, el padre de Amalia tuvo que construir un largo y angosto puente de madera. El vecindario era ruidoso y con un ambiente festivo. La mayoría de sus habitantes eran pescadores artesanales y recolectores de moluscos en los manglares. El acceso a servicios públicos era limitado. Muchos de los adolescentes que abandonaban los estudios para dedicarse a trabajar y ayudar con los gastos de sus hogares consumían licor desde edades tempranas.

En las tardes, los vecinos se organizaban en círculos en las calles sin pavimentar y jugaban por horas, dominó, parqués y póker, mientras tomaban decenas de cervezas al son de la música que emitían los parlantes a todo volumen hasta bien entrada la noche.

La familia de Amalia había perdido su casa  y  demás bienes en el terremoto de 1979, llegaron a Tumaco, procedentes de un pequeño pueblo situado en la frontera entre Colombia y Ecuador. Desde entonces sus padres luchaban a diario por estabilizarse y proveerse de lo básico para suplir sus necesidades, no tenían posibilidad de darse lujos de ningún tipo.

Su madre trabajaba como empleada doméstica y el padre se desempeñaba en oficios varios. Sin embargo, se habían propuesto darles educación a todos sus hijos, y eso era la prioridad para ellos. Si bien el sector no era lo que esperaban, poco a poco se fueron acostumbrando al bullicio y al ambiente; en especial al intenso olor a pescado que inundaba el aire en las mañanas. Después de terminar sus faenas, los pescadores tenían por costumbre extraer las vísceras de los peces y lanzarlos al mar. Pero esto también significaba disfrutar de un hermoso espectáculo cuando la bandada de pelícanos inundaba el lugar en busca de alimentos entre las olas. Amalia y sus hermanitos observaban felices desde las ventanas de su hogar.

Amalia era la segunda de cuatro hermanos, a sus escasos nueve años, era una niña vivaz, inteligente y con una notable habilidad para expresarse y hacer amigos con facilidad. 

Cuando llegaron al nuevo vecindario se hizo amiga de los demás niños y pasaban largas horas jugando en la calle, sobre la arena y con los pies descalzos, lo cual le ocasionó varios rasguños y cortaduras en sus pies. Esperaba unos días mientras sanaba y de nuevo se lanzaba a jugar a las escondidas, la lleva o a las innumerables rondas infantiles típicas del litoral Pacífico.

Cursaba cuarto de primaria y era la mejor de la clase. Le hacía feliz acostarse en compañía de su hermana menor en la azotea de su casa y sentir la fuerza del viento sobre su rostro. Amaba ver el ir y venir de las lanchas, canoas y potros en la bahía. En ocasiones su abuela la llevaba a buscar leña en uno de los aserraderos ubicados al otro lado de la ensenada. Aprendió a nadar en poco tiempo, y el mejor premio para ella y sus hermanos era cuando sus padres dedicaban la tarde del domingo para supervisarlos mientras se lanzaban al mar.

Amalia crecía rápidamente, estaba más alta que su hermano, a pesar de que él era un año mayor. A los pocos días de su cumpleaños número diez llegó su primera menstruación, con ella su cuerpo empezó a cambiar: su pecho dejó de ser plano y su cadera se fue ensanchando.

En el vecindario había un chico con una deformidad en el rostro, tenía la boca torcida hacia un lado de la cara, y su habla era dificultosa, lo llamaban Boquinche. Era de piel negra, pelo ensortijado, delgado y ya había cumplido los quince años.  Los padres de Amalia le habían enseñado a ser amable con todo el mundo. Así que, cuando él se arrimaba para conversar, ella disimulaba su desagrado.

Con el paso del tiempo, el muchacho empezó a mostrar otro tipo de interés por Amalia. Aprovechaba cualquier oportunidad para decirle piropos y enviarle mensajes con sus amigos. La deformidad física en el rostro del muchacho le causaba temor a Amalia. Ella había escuchado infinidad de veces hablar a sus progenitores sobre la familia de aquel chico. Decían que su padre era un asesino a sueldo, que había estado muchos años en la cárcel por matar a varias personas. Amalia le tenía miedo a ese señor, y de paso, a su hijo también.

La obsesión de Boquinche hacia ella crecía cada día. Le enviaba pequeños regalos y declaraciones de amor escritas. Amalia cambiaba de acera cuando lo encontraba en la calle, y muchas veces se abstenía de salir para evitar encontrarse con él.

Un día la esperó a la salida de la escuela y la abordó:

Amaia, quielo dicile una cosa.

—¿Qué cosa?  

—Yo quielo que jea mi novia.

—Ve, yo no quiero ser su novia. Los niños no tienen novios.

—Yo no joy un niño, joy un hombe.

—Yo no quiero ser su novia —repitió Amalia e intentó continuar su camino.

Él la cogió de la mano y la haló hacia sí. Ella se asustó y se soltó con agilidad.

El chico se presentaba todos los días a la salida del colegio. En otras ocasiones se paraba frente la casa de Amalia con su grupo de amigos a conversar y reírse de todo, esperando que ella saliera para lanzarse con sus interminables declaraciones de amor.

«Amaita, mi amol»

«Lo ma lindo de la vida es la muel, y pol eso hay que sabela cultiva». Era la frase que reiteraba cada vez que la veía.

Amalia aceleraba el paso, o se mezclaba con el resto de sus compañeros, para evitar verse a solas con su desesperado pretendiente. Estaba intranquila, empezó a sentirse enferma por las mañanas, unas veces le dolía la cabeza, otras, el estómago; siempre había motivos para no ir a la escuela. Le costaba dormirse por las noches y ya no quería salir a jugar con sus amigas. Se pasaba largas horas despierta en su cama, mirando para el techo, callada, deseando no encontrarse al día siguiente con Boquinche.

Un día, mientras Amalia regresaba de hacer un mandado de sus padres, Boquinche se presentó de la nada con dos de sus amigos. Rodearon a la niña, mientras él le decía una retahíla de palabras de amor.

Ella no aguantó más y desesperada le gritó:

—¡Déjeme quieta, no me moleste! Yo no quiero ser su novia, no quiero… No quiero…

Rompió en llanto y se lanzó sobre él, arañándole la cara.

Ante esto, los amigos del muchacho se desternillaron de risa y las burlas hacia el frustrado pretendiente fueron incontrolables.

A partir de ese día sucedió el milagro que Amalia había anhelado. No volvió a saber nada de su pretendiente. Ya no hubo mensajes ni encuentros casuales. Ni siquiera lo veía en las calles.

Finalizaba el año 1983, y era tiempo de empezar a buscar un nuevo colegio para Amalia. Al año siguiente estaría un grado más alto y su antigua escuela ya no la podía recibir.

—¿Extrañarás a tus amiguitos? —indagó Julio, su padre, antes de buscarle el cupo en la nueva escuela. Él sabía muy bien lo sociable que era su hija y le preocupaba que el cambio la afectara.

—¿Claudia Jasmín también estará en la nueva escuela?

—No sé mija. Cada padre decide donde quiere tener a sus hijos. Pero todos tus compañeritos deben irse a otro colegio.

La niña estaba callada y por un momento su rostro se entristeció. Su padre la animó enseguida:

—Esta nueva escuela es más divertida, tiene un parque muy grande para correr y desde los salones se puede ver el mar.

Amalia seguía en silencio. Aunque extrañaría a sus amigos, comprendía las razones del cambio.

—Está bien, papi. En este nuevo colegio voy a tener muchos amigos y seré muy feliz.

Él la miró con ternura, la besó en la frente y asintió con la cabeza.

—Así es mija.

Al año siguiente, Amalia cambió de colegio y estaba feliz con sus nuevos compañeros y profesores. Se estaba adaptando con mucha facilidad y su rendimiento académico era el mejor. Pero un día, se sobresaltó al encontrarse de frente con Boquinche. Él llevaba el mismo uniforme: camisa celeste y pantalón azul oscuro. Lo cual significaba que también estudiaba allí. Ella, sin saber qué hacer, salió corriendo asustada.

Transcurrieron algunos días y Amalia empezó a notar que, cuando pasaba por algún lugar, los chicos se reunían a cuchichear y a reírse de ella. Amalia no entendía lo que estaba ocurriendo e intentó hacer caso omiso. Sin embargo, las burlas empezaron a tomar fuerza, al punto de que ya nadie se quería reunir con ella. Algunos la señalaban con el dedo mientras le gritaban:

«Amalia, La Puta».

«Puta… puta… puta…».

«Esa es una puta. Se acostó con Boquinche y con todos sus amigos».

«Eyy mamacita, venga me lo da. Yo le pago veinte pesos».

Otras ocasiones la rodeaban varios muchachos y le cantaban un coro muy de moda en la época:

«¿Por cuánto me lo da?

Por veinte pesos

¿Y dónde me lo da?

¡En la cocina!

Rebájalo de ahí

¡Ay, no se puede!».

Todos se reían a carcajadas, incluyendo Boquinche, quien era el responsable de la campaña de difamación en contra de Amalia.

Amalia sufrió el rechazo de la mayoría de los chicos. Las niñas la evitaban, y cuando ella se les acercaba, la recibían con una sarta de palabras hirientes. Caminaba como alma en pena por los pasillos del lugar. Sus recreos eran en soledad. Se sentaba en algún sitio del patio a ver cómo los demás se divertían y jugaban en los columpios, ruedas y demás rondas tradicionales. Pero para ella no había nada, ni siquiera una palabra amable, ni una sonrisa fraterna.

Amalia lloraba en silencio. No le había contado a nadie su desdicha. Tenía miedo de decirles a sus padres, suponía que esto le podría traer problemas y que el papá de Boquinche los asesinaría. Tenía terror. En sus pesadillas, este señor entraba a su casa y mataba a machetazos a toda su familia.

Uno de esos días, se le acercó Nelly, una chica mayor que ella, recién llegada. Era muy delgada y enfermiza.

—Hola, niña.

—Hola.

—¿Cómo se llama usted?

—Amalia.

—¿Y por qué no va a jugar?

Amalia no respondió, simplemente agachó la cabeza.

—Ellos la molestan, ¿cierto?

—Sí —dijo ella y sus ojos se llenaron de lágrimas.

A partir de ese día, Nelly se convirtió en su defensora. Era una muchacha débil en apariencia, pero fuerte emocionalmente. Gritaba e insultaba a todo aquel que osaba agredir a Amalia. Se convirtió en su única amiga, a la hora del descanso se juntaban para comer. Aunque no hablaban mucho entre las dos, el solo hecho de estar juntas, hacía que Amalia se sintiera menos rechazada. Con Nelly a su lado, se sentía protegida. Si bien esto alivianó un poco la permanencia de Amalia en el colegio, la desdicha, el miedo y el dolor seguían estando presentes.

La angustia se volvió a apoderar de Amalia cuando Nelly le contó que la iban a cambiar a otro colegio. Padecía de asma, y el contacto con la brisa marina agravaba su condición. Esta noticia la puso muy triste. Sin embargo, esa misma noche su padre reunió a la familia para contarles que le habían ayudado a conseguir un trabajo en una importante empresa en otra ciudad. En ese momento, una luz de esperanza apareció para la atribulada niña.

—Papi, yo me quiero ir con usted.

—Nos iremos todos, mija —manifestó la madre—. No vamos a dejar solo a su papá.

Amalia sintió una gran felicidad al escuchar estas buenas nuevas. La idea de no volver al colegio, y de no tener que encontrarse nunca más con Boquinche, era un alivio para ella.

Finalmente, se mudaron a la otra ciudad y hubo un nuevo comienzo para Amalia y su familia. Con el tiempo la situación económica mejoró. Amalia terminó el bachillerato con excelentes calificaciones, lo cual le ocasionó ganarse una beca para ir a la universidad. Sin embargo, su vida no era del todo fácil. Se había vuelto una chica huraña y desconfiada. A veces, sin ninguna razón aparente, lloraba en silencio en las noches. Las manos le sudaban con frecuencia, era temerosa e insegura, evitaba tomar riesgos y casi siempre se sentía abrumada. Le costaba entablar relaciones sólidas con personas fueras del círculo familiar. El flirteo y el romance no eran su prioridad. Había intentado tener un par de relaciones de pareja, pero estas no habían funcionado.

Al cabo de siete años se convirtió en médico, y en el proceso de búsqueda de lugares para hacer su año de práctica rural, surgió la posibilidad de regresar a Tumaco. Llevaba muchos años sin volver y la idea de reencontrarse con sus primas y recorrer las calles por las que transitó en su niñez, no le era indiferente. En especial, imaginaba que quizá podía encontrar a Nelly. Nunca la había podido olvidar y a pesar del paso de los años, la recordaba con gratitud.

Regresó y tuvo un buen año rural. En los últimos días de la práctica médica, llegaron a la sala de urgencias dos personas heridas de gravedad con arma blanca. El coordinador médico le asignó a uno de los pacientes para que ella se encargara de estabilizarlo, mientras llegaba el cirujano.

Al ver a aquel hombre, Amalia se tambaleó. Dio un paso atrás y su palidez asustó a la enfermera que la acompañaba. No lo podía creer. Era él. Ahí estaba, con su feo rostro, ensangrentado y a punto de morir.

«Dios mío, ¿qué hago?»

—¡Doctora… doctora! Este hombre se está desangrando.

Amalia estaba paralizada. Se sentía incapaz de tocarlo. En milésimas de segundo, el circuito de su memoria se abrió y los recuerdos se apoderaron de ella.

Moribundo, Boquinche abrió los ojos y la miró:

Aiuda. No me quielo molí —balbuceó.

Amalia permanecía inmóvil. Su corazón latía con fuerza y sentía cómo su cuerpo temblaba.

La enfermera reaccionó. Cubrió la herida con una gasa estéril y presionó firmemente con la palma de la mano intentando detener la hemorragia. Sin embargo, la sangre corría a borbotones debajo del cuerpo del paciente. Lo voltearon y descubrieron que tenía otra profunda herida en la espalda.

La señal de alarma del monitor de signos vitales la hizo reaccionar. El ritmo cardiaco y la presión arterial estaba descendiendo de manera peligrosa. No lograban estabilizarlo, entonces fue necesario hacerle reanimación manual. Amalia empezó las compresiones en el pecho del infortunado hombre, una y otra vez, y se oyó el conteo:

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco… treinta.

Enseguida, aplicó ventilaciones sobre la boca de su paciente. Repitió la maniobra en cuatro ocasiones. Fueron varios minutos de lucha hasta que, finalmente, el débil corazón de Boquinche respondió a las acciones de Amalia y volvió a latir.

Una vez estabilizado fue llevado al quirófano. Solo entonces ella se alejó, buscó un lugar privado y lloró desgarradamente, sacando de su interior toda la rabia y el dolor reprimido durante años.

La doctora Amalia lo pensó mucho antes de ir a visitar a Boquinche en la unidad de cuidados intensivos.  Él estaba intubado, inconsciente. Luchando por su vida. Ella permaneció callada por varios segundos hasta que por fin habló al inerme cuerpo, lo hizo tranquila y con pausa:

«Yo no sé si usted se acuerde de mí. Soy Amalia. Nos conocimos de niños. Yo solo le quiero decir que usted me hizo mucho daño. Nunca entendí sus razones para que se ensañara conmigo de esa manera. Siempre me pregunté por qué lo hizo. Yo solo era una niña. No sabía nada. Usted se inventó una mentira y me sometió al escarnio público, siendo yo inocente de lo que se me acusaba. Sufrí demasiado por eso».

Volvió a guardar silencio procesando sus sentimientos. Sintió un nudo en la garganta. Respiró hondo y continuó:
«No sé si me pueda escuchar, pero quiero que sepa que no le deseo la muerte. Ojalá se recupere. Yo solo quiero decirle que ese día, en la sala de urgencias, supe que debía perdonarlo. Tal vez usted también sufría en silencio, y solamente trataba de aparentar lo que no era para protegerse de los demás».

La doctora Amalia salió del hospital, sintiéndose libre. La vida le había dado un gran regalo, la oportunidad de sanar sus heridas a través del perdón a aquel hombre que sin pensarlo la había hecho infeliz durante años. Solo hasta ese momento llegó a su mente el recuerdo de la voz de Nelly que le decía: «Perdone a ese muchacho, no sabe lo que hace».

lunes, 29 de abril de 2024

Desenganchar

Lucía Yolanda Alonso Olvera

 

Una ligera y suave brisa cálida entra y levanta la cortina blanca de manta que cubre la ventana de su habitación. Ya son las siete y media de la mañana y se despierta adormilada. Anoche se acostó tarde, pasando la una y media. Llegó fatigada al finalizar otra semana calurosa y ajetreada. En cuanto su piel siente el aire fresco espabila y ve el reloj. ¡Qué suerte que hoy puede quedarse en la cama un poco más tarde que de costumbre para reponerse!, y qué maravilla que Luisa está en casa de las Pérez.

Se incorpora y acomoda la almohada sobre la cabecera. Tiene sed, los tragos de anoche le pasan factura. Toma el vaso de agua que deja en la mesita de noche y se lo bebe de un tirón. Mientras sigue ahí sentada puede disfrutar la hermosa danza que le ofrece la cortina al ritmo del viento que entra por la ventana. Cada vez que la tela se eleva, alcanza a ver el follaje de la imponente jacaranda que está plantada en el camellón frente a su departamento. En el quinto piso, donde vive, puede disfrutar los racimos lilas de flores de este hermoso árbol, que brotan cada primavera y le ofrecen una vista indescriptible desde sus ventanas.  Es afortunada, el departamento es luminoso, amplio y la renta no es tan cara.

Ya tiene que levantarse, debe estar a las once y media con las chicas.  ¡Hoy empiezan las vacaciones! No hay nada que desee más que irse a la playa y desengancharse de todo. Siente una inmensa alegría. En unas horas estarán de camino. De nuevo la invade ese pensamiento de cuánto le gustaría que su vida cambiara y todo fuera más sencillo.

Le van a caer de perlas estos días de sol y mar. Ha tenido unos meses durísimos con esta temporada, pero al final, el balance de la obra fue bueno. Aunque no tuvieron ningún fin de semana lleno total, el teatro tuvo un aceptable aforo y hubo una estupenda recepción del público a esta pieza, adaptada de Las Olas de Virginia Woolf.  La fiesta de clausura de anoche con el grupo estuvo animada y acordaron empezar los ensayos para estrenar una nueva obra para otoño. Su ilusión es que algún día pueda dedicarse nada más que al teatro.

No olvida lo que su padre le dijo cuando le comunicó que quería estudiar actuación: «Ojalá que no te equivoques y puedas vivir sin penurias de esa profesión».

Tiene que reconocer que no se ha muerto de hambre, gracias a que también se sacó el título de maestra de inglés y da clases toda la semana en el colegio donde cursa Luisa la primaria, con lo cual recibe un salario fijo de docente en una escuela privada de mucho prestigio. Además, hace también traducciones de libros y artículos y, cuando hay temporada de teatro, trabaja de actriz, que es su verdadera pasión y vocación. Tres trabajos para pagar las facturas de gastos mensuales para mantenerse ella y su hija. Es mucho esfuerzo y a ratos se siente exhausta, pero con todos sus ingresos logra cubrir lo básico y un poquito más: un mínimo ahorro mensual para que, quizás algún día, tenga para el enganche de un departamento propio. También alcanza para salir de vacaciones dos veces al año y algunas idas esporádicas al cine y al parque de diversiones con Luisa. Debe matarse trabajando, pero no parece, hasta ahora, haber opción en este sistema en el que estamos atrapados los humanos del siglo veintiuno.

Se fija en el reloj, ¡son las ocho y cuarto!, sale de la cama disparada. Va al baño y mientras se sienta, repasa lo que tiene que hacer para estar a las once y media en punto en casa de las Pérez.

«Lo primero: preparar un café bien cargado para agarrar fuerza y energía y mientras lo bebo hacerme un par de huevos fritos con la salsa verde y los frijoles que sobraron de la semana, así no dejaré alimentos frescos en el refrigerador. Debo llevar la barriga llena, porque serán al menos siete horas de carretera. Prepararé también unos sándwiches y me llevaré la fruta que queda para comerla en el camino.  Clara, no olvides congelar la comida que sobró esta semana: el pollo a la pimienta y el arroz y dejar la cocina limpia para que no haya plaga de hormigas al regreso. Terminar de hacer tu maleta y la de Luisa, doblar y guardar la ropa limpia que lavaste antier y que aún está colgada en el tendedero. Recuerda empacar la toalla de peces que tanto le gusta a tu hija y que está guardada en el clóset de blancos. Sacar la pelota, las cubetas y las palas de playa para hacer los castillos de arena. ¡Ay cuánta cosa!».

Le aflora una sonrisa al pensar en los juegos que disfrutará compartir con su hija y sus amigos en las vacaciones.

De repente le viene a la memoria aquel día que, siendo Luisa un bebé, compraron en el súper, Rogelio y ella, los juguetes de playa para cuando creciera la niña. Entonces se dice para sí misma: «Pinche Rogelio cabrón, aquí nos dejaste solas hace cinco años, te bajaste del barco y te valió madre.  ¿Cuándo desaparecerás, por fin, de mi recuerdo? Te odio, siempre fuiste un miserable de mierda y yo una tonta perdida al enamorarme de ti.»

Va a la cocina para preparar y comer el desayuno, pone música, escoge el álbum Caminando del grupo Chambao. Cada vez que se levanta de la mesa baila. La rumba flamenca le encanta y las labores domésticas son más llevaderas al ritmo de la melodía.

Una vez bañada, la casa ordenada y las maletas listas revisa que todos los aparatos estén desconectados, cierra la llave del gas, apaga y guarda el altavoz en su bolso para llevarlo a la playa y pide un úber. Son las once de la mañana, perfecta hora para salir de casa y llegar a la hora acordada con las Pérez. Antes de cerrar la puerta echa el último vistazo a su casa para admirar el hogar que tanto trabajo le ha costado construir. Desde el úber les mandará mensaje a sus padres para avisarles que ya se han ido de vacaciones y pedirles de favor darse una vuelta en la semana para regar las plantas y encender las luces, para que se vea que hay movimiento en el piso y evitar un robo.

Las Pérez son Mónica y Érika, hermanas gemelas. Mónica es madre de Diego y Érika mamá de Carla. Los tres niños son amigos y cursan el cuarto grado de primaria, y como ella es su maestra de inglés, las conoció en las reuniones de evaluación mensual de padres de familia del colegio. De inmediato congeniaron y se hicieron amigas.

Mónica y Érika andan entrando también en los cuarenta, son empresarias, divorciadas como ella y viven juntas con sus hijos en un hermoso y amplio departamento que sus padres les heredaron en vida. Las Pérez son excelentes amigas, solidarias y amorosas. Es el tercer viaje que organizan con los niños, esta vez han decidido ir a la playa La Tortuguita en la costa del Pacífico. Han alquilado una casita frente al mar y pasarán ahí siete fabulosos días. Este destino turístico ha ido creciendo desde la pandemia, ya que es un lugar paradisiaco próximo a una bella y floreciente ciudad en el interior. Hay muchos restaurantes, pequeños hoteles, algunas tiendas y agencias que ofrecen actividades ecoturísticas. Entre sus planes también está visitar Santo Tomás la ciudad que se ha puesto de moda, a una hora de la playa, en donde han abierto una nueva universidad y hace algunos años inauguraron el Centro Cultural de las Artes con muy buena fama en el país.

Después de siete horas de rotarse para conducir, han llegado al anochecer del domingo y se han instalado en una coqueta cabaña rústica construida en un peñasco y que tiene acceso a la playa a través de una escalera. En el segundo piso de la cabaña hay tres habitaciones. En la planta baja hay una cocina amplia con un salón cómodo y una terraza con vistas al mar, en donde está el comedor y las tumbonas con las sombrillas. Desde la terraza pueden bajar a la playa que es preciosa, la arena muy fina, el agua templada y las olas no son muy grandes. Esta es la mejor época del año para vacacionar, el mar está tranquilo y aún no empieza la temporada de huracanes.

El primer día de vacaciones se han levantado temprano Érika y Clara para ir al mercado a comprar frutas y verduras, así como pescado y mariscos frescos para preparar los desayunos y las cenas en la cabaña. A ambas les encanta cocinar y han decidido preparar nuevas recetas que encontraron en internet. Mónica ha pedido que, de vez en cuando, también salgan a almorzar a algunos restaurantes recomendados en la guía turística que consultó en línea y organizar varias excursiones.

Al finalizar las labores de esta primera mañana, las tres madres han acordado tener una junta para establecer las reglas de convivencia de las vacaciones, para evitar roces y altercados. Para ello, han decidido tomarse una cerveza fría y se han acomodado en las tumbonas de la terraza.

—Vamos a pasar aquí siete estupendos días, así que mejor ponernos de acuerdo para la organización de la vida cotidiana —inicia Mónica la conversación, mientras ven a los niños jugando en la playa.

—Yo quiero empezar —agrega Érika—, ya que es la primera vez que alquilamos una casa y no tendremos servicio de hotel, y vamos a cocinar Clara y yo a diario propongo que, Mónica y los niños sean los ayudantes de cocina y nos turnemos el lavado de platos. Así las tareas serán equitativas. ¿Cómo ven?

—De acuerdo —contestan las demás.

—Tenemos dos baños completos —agrega Mónica—. Lo mejor es que uno lo usemos nosotras y el otro los chamacos.

—Aprobado.

—Yo quiero intervenir —dice Clara levantando la mano—, tengo una proposición seria, que va a implicar esfuerzo de las tres, porque cada vez que charlamos caemos en lo mismo. Quiero que en estas vacaciones no hablemos de nuestros exmaridos y eliminemos de nuestra mente todo recuerdo de esos tres impresentables que tanto daño nos han hecho. Es sano desengancharnos de nuestro pasado y esta es una excelente oportunidad para, al menos, intentarlo, ¿qué opinan? —pregunta Clara para finalizar.

Érika y Mónica se miran y emiten una sonora carcajada. Clara se siente desconcertada y va a intervenir de nuevo, cuando las hermanas Pérez dicen al unísono riendo:

—¡De acuerdo, Clarita! —Levantando ambas su cerveza.

—Brindemos por esta excelente propuesta —dice Érika—. ¡Qué casualidad!, hace unos días, mi hermana y yo, habíamos platicado sobre este tema. ¡Olvidemos de una vez a esos tres rufianes!

Chocan las tres sus botellas de cerveza y con este brindis queda sellado el acuerdo.

—Por último, les quiero confesar que tengo un presentimiento —dice Mónica muy seria—, estoy segura de que este viaje será muy significativo en nuestras vidas y determinará nuestro futuro.  

—Esto amerita otro brindis —propone Clara.

—¡Salud! —corean las tres chocando sus cervezas.

Como una gran familia, después de desayunar y arreglar un poco la cabaña, salen todos a la playa para disfrutar las olas y nadar. Hacen equipos para los concursos de castillos de arena, juegan voleibol y bádminton. Mientras los niños corren y juegan solos, ellas charlan tumbadas a la sombra debajo de la palapa. Han olvidado las tres su rutina diaria, el trabajo y las obligaciones.

Al atardecer del miércoles, deciden que a la mañana siguiente se levantarán temprano y se irán a pasar el día a Santo Tomás. Clara ha propuesto visitar el nuevo Centro Cultural de las Artes, un lugar que sus amigos del grupo de teatro le han recomendado que conozca. Además, el director del centro es Fernando Delgado, un viejo amigo de Clara, compañero de la facultad, de quien hace mucho no tiene noticias, pero que lleva dos años en este cargo y le gustaría ir a buscarlo para saludarlo. Ya verá si tiene suerte de encontrarlo.

 

Santo Tomás, una pequeña ciudad con clima cálido, con un casco antiguo muy bonito estilo colonial, tiene alrededor de seiscientos mil habitantes. Es muy próspera por estar situada en una zona ganadera y agrícola. Además, recibe mucho turismo debido a la belleza de su arquitectura, buen clima y cercanía con hermosas playas.

Al terminar de desayunar en una buena cafetería, Érika propone al grupo ir caminando hacia el Centro Cultural de las Artes para pasear un poco y ver qué posibilidades encuentran para instalar una sucursal de su cadena de tiendas de ropa que tienen en la capital, ya que su negocio está en expansión.

El Centro Cultural de las Artes de Santo Tomás es un moderno edificio que está en las afueras de la ciudad, a media hora a pie desde el centro. Tiene una arquitectura fantástica con muchos espacios abiertos. Alberga las escuelas de teatro, de artes plásticas y la de danza contemporánea, hay un auditorio, una sala de cine, un teatro y un museo de arte moderno. El edificio está rodeado de jardines donde hay varias fuentes y una plazoleta central en donde hay un foro al aire libre con múltiples usos. Cuando llegan al sitio encuentran una exposición de carteles antiguos de art nouveau y en el foro están programadas algunas funciones de teatro y danza los fines de semana por las tardes. Acuerdan que el sábado se organizarán para venir a comer a la ciudad y luego asistirán a la función de teatro.   

—Qué maravilla de lugar, Clarita —comenta Érika mientras pasean por el recinto buscando la entrada del museo—, ¡deberías ir a buscar a tu amigo el director y pedirle chamba!

No acaba de hablar Érika, cuando Clara ve a lo lejos que se acerca caminando de frente Fernando Delgado, su amigo, el director del centro.

—No lo puedo creer… ¡Clara Rodríguez!, he estado acordándome de ti estos días. ¡Qué alegría verte! —exclama Fernando al aproximarse a Clara para darle un abrazo y un beso.

—¡Qué sorpresa querido Fernando!, estaba pensando en ir a buscarte a tu oficina —exclama Clara al abrazarlo—. Estamos de vacaciones en La Tortuguita y hoy decidimos venir a pasar el día a Santo Tomás. Te presento a mi pandilla. Mis amigas Érika y Mónica, mi hija Luisa y este par de chicos son Diego y Carla.

—Mucho gusto y bienvenidas —contesta Fernando, dándoles la mano a las mujeres y pasando la mano sobre la cabeza de los niños de forma amistosa para saludarlos.

—Qué bonito está el centro, que maravilla y que privilegio que te hagas cargo de esta institución —apunta Érika.

—Pues sí, me siento muy afortunado de estar aquí, ¿ya conocieron los jardines y visitaron el museo?

—Sí, ya paseamos por los jardines que están espectaculares. Estamos buscando la entrada al museo —responde Mónica.

—Pues vamos yendo, las encamino, que voy rumbo a mi oficina que está al lado del museo —dice Fernando.

Van circulando en grupo, Fernando se acerca a Clara para invitarla a que vaya con él a su oficina mientras los demás visitan el museo, le comenta que le gustaría platicar con ella.  

La oficina de Fernando Delgado es amplia con un gran ventanal hacia uno de los jardines que rodean el centro, Clara se siente sorprendida de lo agradable del lugar y de la calidez de su amigo.

—Esta semana pensé en llamarte y de pronto te apareces —dice Fernando, indicándole que tome asiento en uno de los mullidos sillones tipo Bauhaus que hay en su oficina.

—¡Ay, no te lo creo! ¿Y para qué me querías contactar? —contesta incrédula al sentarse.

—¡Es en serio! ¿Quieres agua? —le ofrece su amigo, mientras empieza a servirla en un vaso, de la jarra de cristal que tiene en el escritorio.

—Sí, muchas gracias. Hace bastante calor y tengo sed —contesta tomando el vaso que le entrega Fernando.

—Aunque no te lo creas, te he seguido la pista. Supe que formaste parte del elenco de Las Olas, de Woolf y que te fue muy bien en la temporada. Algunos colegas me contaron que fuiste la más ovacionada. Entonces pensé en buscarte para invitarte a dirigir la escuela de teatro del centro, ya que Alberto Martí, el actual director, se va en el mes de julio porque lo han invitado a arrancar un proyecto en Austin, Texas. Esta vez quiero contar con una excelente colaboradora como tú, brillante y apasionada actriz con experiencia en el escenario y que hable muy bien inglés. Desde la pandemia han venido a vivir a Santo Tomás muchos extranjeros y el centro resulta atractivo para numerosos estudiantes de Canadá y Estados Unidos.

—¡No me lo puedo creer! ¿Me estás ofreciendo trabajo? ¿Para dirigir la escuela de teatro de esta institución? —exclama Clara estupefacta.

—Sí, ¿por qué te sorprendes?, te conozco bien, estudiamos juntos en la universidad y sé de tu impecable trayectoria y lo ordenada y trabajadora que eres. Esta semana pensé en llamarte y de pronto te apareces.  Es como si te hubiera enviado una señal telepática y la recibiste.  Mira, sé que tienes tu vida armada en la capital, sin embargo, en Santo Tomás se vive muy bien, la ciudad es pequeña, todo está cerca, hay dos buenas escuelas para que estudie tu hija y el salario no está mal, son alrededor de cuarenta mil al mes, ya te mandará el administrador el monto exacto a tu correo esta semana, otra ventaja es que aquí todo es más barato que en cualquier gran ciudad. Además, cada año montamos dos obras de teatro con los alumnos de la escuela, que presentamos en el auditorio y las hemos llevado a otras ciudades y todas han sido muy exitosas. También estoy planeando armar un nuevo taller experimental de teatro para montar alguna obra extraordinaria el año próximo. ¿Cómo te suena la propuesta, querida Clara?

—No me puedo creer que me estés ofreciendo este trabajo, es genial, te agradezco mucho que me consideres. Pero en este momento no te puedo dar una respuesta, tengo que pensarlo. ¡Estoy aquí de vacaciones!, no me esperaba algo así. Tengo mi vida en la capital. Luisa está muy contenta en su escuela, además es muy cercana a sus abuelos, venirnos a vivir acá es una decisión que no puedo tomar sola, debo hablar con mi hija y pensar muy bien si quiero hacerme cargo de este proyecto, porque es un compromiso muy grande —concluye Clara.

—Lo entiendo. No es una decisión fácil salirse de la gran ciudad, a nosotros como familia nos fue difícil, pero no nos arrepentimos, tenemos mejor calidad de vida, mis hijos están muy bien, vamos casi todos los fines de semana al mar porque hay varias playas cercanas muy bonitas y la escuela de los niños es muy buena y están muy contentos. Mi mujer también está feliz, recién abrió su negocio, montó una cafetería en el centro y todo indica que va por buen rumbo —afirma Fernando animado—. Obvio no espero que hoy aceptes este ofrecimiento, sé lo que implica, pero me gustaría que lo pensaras y que a más tardar a fin de mes me llames para decirme que te vienes a ayudarme con la escuela y empecemos a trabajar juntos para fines de agosto, ya que el próximo curso empieza a mediados de septiembre.

—Te agradezco mucho esta oferta, estoy muy asombrada y te prometo que tomaré una decisión a la brevedad y te llamaré —dice Clara nerviosa, mientras se levanta para despedirse de su amigo—. Tengo que alcanzar a mis amigas, que estoy segura de que ya habrán salido del museo. Me ha dado un gusto enorme haberte encontrado. ¡Ay, Fernando, me voy emocionada y perpleja!

—Querida amiga, espero que cuanto antes me des una buena noticia. Te acompaño a la puerta. Mira ya salieron del museo y están en el jardín —dice Fernando señalando al grupo por la ventana.

Clara camina como si flotara, no se puede reponer de la sorpresa, percibe un nudo en el estómago. Está confundida. Por un lado, contenta porque su amigo está convencido de que puede hacerse cargo de asumir semejante reto y por otro, no sabe si quiere cambiar radicalmente su vida y venirse con su hija a este lugar, experimenta muchas emociones encontradas: le da miedo, le da alegría y se siente nerviosa. Tal vez esto pasó por desear tanto un cambio repentino en su vida.

Va despacio pensando y observa a Luisa que, en cuanto la ve, echa la carrera para abrazarla. Con ella en los brazos regresa la calma y le dice al oído:

—Mi niña bonita, te tengo una sorpresa, ¡tú y yo vamos a tener que platicar mucho y deberemos tomar una decisión muy importante!

De la mano de su hija se acerca a sus amigas. Siente de nuevo el nudo en el estómago. Entonces recuerda la última estrofa de la canción que venían tarareando esta mañana en el coche de camino a Santo Tomás:  

«Que mi camino se encuentre iluminado

y la negrura no enturbie el corazón,

discernimiento al escoger entre los frutos,

decisión para subir otro escalón.

Vivir el presente hacia el futuro,

guardar el pasado en el arcón,

trabajar por el cambio de conciencia

y dibujar en el aire una canción».  

jueves, 18 de abril de 2024

La Muerte como consejera

Luis Orellana Díaz


No es que esté pensando en volver a hacerlo, y aunque volviera a hacerlo, estoy seguro que esta vez tampoco entenderías, como no me entendiste en aquella ocasión. Tú me dirás: «¡Estás loco! ¿Cómo se te ocurre repetir esa experiencia? ¿Cómo se te puede, tan solo, pasar por la cabeza después de todo lo que nos obligaste a vivir? No lo digo por mí, sino por tus hijas». No sé si es tozudez o es simplemente el hecho de no vivir como un ratón escondido dentro de una madriguera, sin saber que el gato que me espera es de verdad o un simple Maneki-Neko de porcelana. Recuerdas lo que decía tu padre: «Si te bota el caballo vuelve a montarlo so pena de no montar un caballo en tu vida».

En enero serán cinco años desde aquella experiencia. ¿O no…? Tienes razón: fue un veintidós de febrero, la fecha de tu cumpleaños. Recuerdo que casi logré que tomaras ese San Pedro. Perdóname. «¡Eres la bestia!», siempre me lo repetías. Pero ya ves, tuve mi merecido, no siempre se aprende por las buenas. Mira, Nancy, aunque pienses que soy un inconsciente; aún ahora, después de todos los estragos, la sigo valorando como una experiencia trascendental. Hofmann —el padre del LSD— no se equivocó cuando dijo que todos deberíamos experimentar con los enteógenos; pensaba que el único requisito era: «Un hígado sano y un ánimo sereno» —quizá lo que yo carecía en aquella ocasión—. La psicosis en la que me sumergí, mi enfermedad ficticia, y luego, ese diálogo constante con la muerte hasta llegar a aceptarla, dejó en mí una enseñanza rotunda: Lo que no te mata te hace más fuerte. Ya sé que es una frase trillada, lo que no es trillado, es vivirlo en carne propia.

Sí, sí, lo sé: volver en compañía de Xavier, no significa que —como tú de seguro estarás pensando— vaya a tomar de nuevo aquel brebaje. Aún me revuelve el estómago de solo imaginarlo, acaso se deba a que no estoy listo. Tal vez nunca esté listo, entonces: ¿Por qué no solo hacerlo y ya?, y qué pase lo que pase. No quiero seguir contemplando el borde del abismo. Si junté el coraje para buscarte después de tanto tiempo, creo que ya puedo encontrar el coraje para otra toma. No tienes que estar de acuerdo, pero para mí es importante. No, no es una cuestión de orgullo… Por supuesto que ya no creo en brujos —en eso ahora coincidimos—; es algo que me impele a liberarme de antiguas ataduras, no sé cómo explicarte.

¿Qué si recuerdo lo mucho que nos afectó?, seguro que sí, ¡fue tan real! Sé que en el fondo aún piensas que fui el culpable de la muerte del pobre Samuel. Sé cuánto lo querías, también yo lo amaba, pero estaba muy asustado por mí, por mis hijas, por ti; era preferible que haya sido él. «Por suerte que fue él». No te enojes, regresa, te lo repito: sé cuánto lo querías… termina tu café.

Lo raro, todo iba bien hasta una semana después de la «bendita toma», nuestra vida seguía normal: la casa, el trabajo, el supermercado, la rutina con el colegio de las niñas, hasta parecía que en la cama nos iba mejor… ¿no lo crees?; bueno, pensé que estábamos mejor en ese sentido. Aquella noche, la del sueño que marcó el inicio de mi «enfermedad», veías las noticias en la televisión y me dijiste: «Hay una epidemia de rabia en la ciudad, tienes que vacunar al Samuel». Samuel estaba vacunado, no había por qué preocuparse. Recuerdo que cuando me fijé en la pantalla de la Sony Trinitron mostraban a una niña que convulsionaba en la cama de un hospital, había máquinas y sueros a su alrededor —escenas a las que estoy acostumbrado dada mi profesión—. Para ti no será lo mismo un niño con rabia que un perro con rabia, pero a mí me daba igual. Fíjate que no resultó así, uno nunca debería dar por sentado las cosas; algo diferente debió habérseme grabado en el inconsciente, de qué otra manera explicar los sucesos que se desataron en los días siguientes.

¿Y el sueño… qué significó?:

Tú y yo dormidos en la segunda planta de la antigua casa de Sayausí, había un pequeño balconcito en nuestro dormitorio, recuerdas: ¿no…? Ese no, el que daba hacia el patio posterior donde solía hacer las ceremonias. Cuando desperté, en el sueño, escuchaba voces de gente que llegaba a la casa. Parecía una multitud por todo el ruido que se armaba en el patio. En medio del barullo reconocí la voz de Renato. Pensé: «Es mi compadre que viene a la ceremonia del achuma».

Los escuché subir las escaleras, intenté levantarme de la cama para salir a su encuentro; de pronto estaban dentro del cuarto rodeando nuestro lecho. No era Renato, era mi archi enemigo —no diré su nombre por obvias razones—, venía con una banda de músicos. Cuando quise interpelarlo me faltó la voz. En vano hacía esfuerzos guturales para pedir que se marcharan. No podía despegar la cabeza de la almohada. Quería decirles que no estaban invitados, que nunca haría una ceremonia de San Pedro con ellos. ¡Qué se marchen de nuestra casa! Abrí la boca de forma descomunal para pronunciar un anatema; no tenía aire. Mi enemigo X dijo: uno, dos, tres con un tenedor en la mano a modo de batuta.

Una música estridente nos envolvió, las notas que flotaban visuales en colores neón comenzaron a aletear como una miríada de polillas —de esas nocturnas, aquellas que temes más que a las arañas— y se lanzaron sobre nosotros. Sentí como se colaban por mi boca y se apretujaban en la garganta. Desperté con el corazón hecho un puño. Tú te desperezaste a mi lado, estuviste a punto de despertar. Algo dijiste, algo sobre las flores de los cactus y continuaste durmiendo.

¿Por qué te lo cuento ahora después de tantos años? ¿Por qué no te lo conté al día siguiente? Sabía que me lo reprocharías, que me saldrías con el típico: «Yo te dije. Te dije que dejaras de andar con esas “dichosas” ceremonias, que nada bueno van a traerte». Lo que pasó esa misma noche, más bien esa madrugada después de ese sueño tan raro, terminaría por darte la razón definitivamente.  Tardé más de una hora en volver a dormir y cuando al fin lo logré: atravesó por mi brazo una descarga eléctrica que me llegó hasta la cabeza despertándome en el acto.

¿Recuerdas esa mordedura que tenía en la palma de la mano izquierda…? No la recuerdas, de seguro. ¿Por qué habrías de recordar esa específicamente? Me la hizo un samoyedo cuando le administraba unas pastillas; el paciente venía deprimido, como la mayoría de los perros que llegan enfermos. Era una de tantas heridas que he recibido, dada mi profesión, por ello no me preocupé hasta esa madrugada. Cuando desperté sobresaltado estaba seguro de que la descarga se originó en aquella lesión; segundos antes la sentí cruzar como una ráfaga, como un par de rayos que recorrieron el radio y el cúbito antes de juntarse para ascender por mi húmero. Desde esa noche, la sensación iba a regresar en los momentos más inoportunos a instalarse sobre mi hombro izquierdo como una fatídica presencia. No soy aprensivo, tú bien lo sabes, pero allí mismo comencé a naufragar en la sospecha de que podrían ser síntomas de la rabia.

Me incorporé en el lecho hasta quedar sentado de espaldas a la cabecera. La atmósfera del cuarto, sumergida en un verdor, el verdor del cactus, me traía de regreso las alucinaciones de la última toma. Era el verdor del achuma que impregnaba como una lama las paredes; ciertos destellos de luz dorada en forma de escamas se deslizaban por las cortinas. La sensación de que algún reptil descomunal había pernoctado con nosotros esa noche se me revolvió como una larva dentro del pecho, el olor del San Pedro lo impregnaba todo. Me quedé en silencio, respirando profundo para evitar la náusea que me provocaba. ¡Cómo se agigantan los problemas en la soledad de la madrugada! Todo parece trascendente. Tuve, como nunca antes, la certeza de que mi muerte era inminente.

Tú respirabas tranquila, semejabas una nave amarrada a la seguridad de un muelle. Cuando levanté las mantas para abandonar el lecho contemplé por un instante tu cuerpo desnudo; refulgía coruscante, con esa fosforescencia con que la naturaleza viste a ciertas criaturas marinas. Nunca sentí más pena como aquella noche, viéndote así: perfecta, con ese infinito poder que ejerces sobre mí y, aun así, indefensa frente a la muerte. Lloré despacio para que no despertaras y seguí así un rato hasta que el nudo de mi garganta se disolvió.

Salí al balconcito y encendí un cigarrillo. Sí, un cigarrillo. Para ti había dejado de fumar hace algún tiempo. ¿Por qué tenía que andar ocultándote cosas? La noche todavía deambulaba por esos rumbos, la línea del horizonte no se pintaba aún con ese rosa violáceo con el que solíamos amanecer en aquella casa. Las luces de la ciudad iluminaban el firmamento allá a lo lejos. A mi derecha, la negra mole del Cabogana daba la impresión de evaporarse con el humo del cigarrillo. Contemplé el patio, Samuel estaba allí mirándome fijamente, agitando su cola. Era el único ser que velaba conmigo, en el cuarto adyacente nuestras hijas navegaban en un sueño sin oleajes.

Me fijé en la herida de la mano, estaba seca, aunque la sentía inflamada. Pensé en la niña de las noticias mientras hacía memoria de mis últimas inmunizaciones. Ese año no me había vacunado aún. «Ni modo, razoné, venía vacunándome varios años de forma consecutiva —era la regla en mi región» así que me tranquilicé. Terminé el cigarrillo y me fijé en el perro. Estaba parado en el centro de un rectángulo de luz que se marcaba sobre el césped, pero su cuerpo no proyectaba sombra. Miré hacia arriba para identificar la fuente de luz y no logré localizarla. ¿Seguía alucinando? Bajé a la primera planta me lavé manos y boca para no dejar rastros de cigarrillo.

Cuando salí al patio, Samuel estaba esperándome en la puerta, me dirigí al rectángulo de luz ignorando sus atenciones. La fuente no se divisaba por ningún lado. «¡Qué “alucine”!», me dije y sonreí relajado, nunca me había pasado y no sabía de nadie a quién el «vuelo» del San Pedro le regresara a la semana de haberlo tomado. Incluso reí danzando como un chalado para exorcizar el miedo y devolverme la compostura. El perro se contagió de mi energía y comenzó a retozar invitándome al juego. Siempre tuvo la energía de un cachorro, ¿lo recuerdas? Lo agarré por su melena de león y rodamos sobre el pasto humedecido por la brisa de la madrugada. Luego nos sentamos en la banquita de troncos a esperar al lucero del amanecer. Samuel apoyó en mis muslos su morro gordo de peluche y sus ojos de cocuyos fluorescentes se fueron apagando hasta volverse opacos como el vidrio esmerilado, su mirada verdecida se iba tornando hueca.    

Estos eventos los habría olvidado si a la mañana siguiente no hubiesen llegado a la clínica con aquel samoyedo: tenía fiebre alta y estaba convulsionando. ¡Eran demasiadas coincidencias! Cuando lo vi en la puerta de la consulta volví a sentir ese tirón eléctrico en el brazo izquierdo, pero esta vez estaba completamente despierto. Era como si la palabra HIDROFÓBIA se me dibujara en la frente. Ese mismo día lo pusimos a dormir. En cuestión de horas su cabeza cercenada reposaba en un laboratorio de salud pública a la espera de una confirmación por rabia. Dio positivo. Así comenzó mi viacrucis.

Al regresar a casa después de mi jornada me recibiste con la noticia: «¡Algo le pasa al Samuel!, esta mañana no ha probado bocado y está escondido en un rincón».  Ese tirón en el brazo volvió a paralizarme, me contuve para evitar que te alarmaras. Me relajé, no quería perder la objetividad, lo busqué en su casita de madera. Estaba triste, me saludó apenas, movía levemente la cola. Lo examiné meticulosamente, no había signos de alarma por el momento. Lo mantuve hidratado, lo manejé como un simple empacho; es frecuente que los perros coman basura o animales muertos, nada que un poco de ayuno no solucione.

Al día siguiente Samuel amaneció más deprimido, lo llevé a la clínica y lo interné. Me apoyé en imágenes y laboratorio, pero no descubrí algo que explicara su condición. Tú me insistías, me presionabas por un diagnóstico, sobre todo por un pronóstico. Apoyado en mi perspectiva científica te aseguraba que todo iba a estar bien. Los días fueron pasando y la salud de nuestro perro se iba deteriorando inexorablemente al igual que mi estado mental.

Poco a poco se fueron apoderando de mí las supersticiones. Esas descargas eléctricas en mi mano izquierda se volvieron frecuentes: dormido o despierto, leyendo o manejando, en la cama o en la mesa; llegaban de súbito y se quedaban por más tiempo. Comencé a sentirlas como una presencia constante sobre mi hombro izquierdo. Era la personificación de la angustia, la psicosis de la muerte o la muerte misma que comenzaba a hablarme al oído. Cambié los libros de medicina por los de esoterismo. Mi escritorio se fue poblando otra vez con los textos de Carlos Castaneda: Las Enseñanzas de don Juan. Relatos de Poder, Una Realidad Aparte, Viaje a Ixtlán entre muchos otros.

Un viernes por la noche, cuando llegué al cambio de turno, te encontré allí recostada al lado de tu querido chow chow. No avisaste que lo visitarías, ¡me miraste de una manera!, pocas veces vi en tus ojos tanto reproche. «¡Se muere —me dijiste—, el Samuel se muere!». ¿Qué podía decirte? Yo mismo tenía a la muerte instalada sobre el hombro susurrándome. Me sentí derrotado, ya no encontraba argumentos que pudiera esgrimir para calmarte. Tampoco yo hallaba explicación a todo lo que estaba viviendo en esa última semana. Estuve a punto de contártelo todo, habría podido refugiarme en ti…, pero le temía más a la forma en que podías reaccionar; y estaban las niñas, dependíamos de tu cordura.

¿Cómo podía decirte: estoy en la segunda etapa de la rabia? Me recosté a tu lado en medio de los sueros y los tubos de oxígeno, lloramos abrazados a nuestro viejo amigo. Tú llorabas por Samuel y yo: lo hacía por ti, por las niñas, por mí mismo. Esa noche, cuando todos se marcharon, salí en busca de rudas y de guantos para limpiarlo de las «malas vibras». Tal era mi locura. Murió en la madrugada acurrucado en mis brazos, no supimos que lo mató, de seguro no era rabia.

El lunes a primera hora visitaba el consultorio de nuestro médico. Le confesé todo a René: la toma del San Pedro, mis extraños sueños, esos síntomas en mi brazo y el temor de estar sufriendo de rabia. Era un manojo de nervios. Cuando le relaté lo sucedido con el perro, lloraba y me responsabilizaba por su muerte: «Descargué toda mi mala energía sobre el perro cuando lo miré fijamente a los ojos, ¡ahora estoy aterrado de ver los ojos de mis hijas!», le dije. El viejo médico me miró sonriendo y me tranquilizó, luego de auscultarme concienzudamente recomendó unas tabletas. Explicó que todo se debía a alteraciones en mis neuro trasmisores: «Los alucinógenos pueden provocar esos desfases. Está viviendo un proceso de psicosis». Le pregunté cómo explicar lo sucedido con el perro. «Posiblemente es una nefasta coincidencia. Si usted no lo sabe como veterinario. ¿Qué podría decirle yo?»; sonrió. Luego añadió: «Tómese unas vacaciones, vaya a la playa o a la montaña, haga lo que más le guste, ¡pero por Dios, deje de leer esos libros!».

Salí de la consulta, me sentía más vivo que nunca; esa crisis reprogramó mi cabeza, entendí que era vulnerable, que no era eterno y supe en carne propia cuán frágiles son los seres que amaba. Estaba decidido a liberarme de esa angustia que me inmovilizaba, que crecía dentro de mí como una nube cargada de tormentas. Hice una llamada y me cité con Xavier en el bar El Dorado. Un poco antes del mediodía nos despedimos, no sin antes ponerle al tanto de los pormenores de la consulta con el médico. Evité a conciencia entrar en divagaciones sobre plantas sagradas o filosofías de la New Edge. De vuelta en la clínica me integré a mis labores en el turno de la tarde. El personal me reiteraba las condolencias por la muerte de mi perro. No me presté a comentarios, quería abandonar cuanto antes esos tópicos escabrosos. Esa tarde salí temprano, antes que las niñas regresen del instituto. Cavé una tumba para Samuel en el mismo sitio donde vi reflejado aquel rectángulo de luz.

Esa noche reunidos en casa estaba exultante, había recuperado mi vida. Me enfrasqué en los teoremas matemáticos que Dianita había traído de tarea, luego jugué con Sofía a la rayuela, la que yo mismo dibujé con una tiza en el patio trasero, y a la que me había resistido durante los días de mi psicosis. Caída la noche me metí en tu cama, seguro que ya no lo recuerdas. No sé si dormías o fingías dormir. Evité rozarte con las manos o con las palabras. Estaba feliz de escuchar tu respiración, de flotar contigo sobre esa serena nave de nuestro lecho, amarrada por fin al muelle de las certezas. Esa semana transcurrió sin sobresaltos: las tabletas a sus horas, los turnos de la clínica, los viajes diarios a las academias de las niñas inclusive el cine del viernes por la noche.

Ese fin de semana, domingo, fuimos a la montaña, ¿recuerdas? El Cabogana lucía despejado desde el amanecer, la claridad se escurría por el mínimo resquicio de puertas y ventanas como apurándonos para la aventura. Las niñas estaban listas desde las seis.  Xavier con sus hijos, Juan Pablo y Ricardo, llegaron temprano. Renato y Hernán ya nos esperaban en la base de la montaña; la meta era alcanzar la laguna Estrella que nos había sido esquiva en los ascensos anteriores.

El viejo Trooper traqueteaba por las laderas entre cantos de niños, adivinanzas y bromas. Tú ibas a mi lado, un tanto reservada, demasiado ensimismada para una ocasión como esta. Miré el retrovisor: la cajuela estaba huérfana, faltaba Samuel. Quizá extrañabas a tu viejo compañero de caminatas sin siquiera darte cuenta. Xavier comentaba sobre Las Huaringas: «¡Tenemos que ir! ¡Allí están los brujos más poderosos del mundo!» Lo tenía todo planeado, incluso había sacado cuentas y aseguraba que la aventura nos saldría barata, por aquello del cambio en dólares. Mientras conducía por esos caminos serpenteantes y polvorientos iba meditando en lo valiosos que eran los seres que poblaban mi vida y cómo esta crisis me hizo reparar en ello, sobre todo valorar el milagro de tenerte a mi lado.

¿Recuerdas que al mediodía nos detuvimos a almorzar y luego hicimos dos grupos de avanzada, que Hernán y Renato tomaron una dirección y yo una alternativa? Sí, los niños se quedaron jugando en el río a tu cuidado y al de Xavier. ¿Recuerdas que el plan era seguir una hora más en diferentes direcciones para ver si divisábamos la laguna y luego retornaríamos donde ustedes?  Ya sabes que todo fue en vano. Cumplida la infructuosa hora de avanzada, regresaba siguiendo la cañada del río y algo extraño me sucedió: llevaba el torso desnudo y una rama de mora se me prendió en el pecho, cuando me la quité, unas espinas se me incrustaron bajo la piel. Las arranqué de prisa entre dolor y sangre y las arrojé al aire, las espinas se alejaron volando como unas extrañas moscas verdes. Me acerqué al río para enjuagarme y al mirarme en el agua transparente, descubrí que alguien más miraba a través de mis ojos, yo le atribuí al cansancio, pero dentro de mí sabía que algo andaba mal.

Cuando los divisé, los niños comenzaron a gritar agitando los brazos: «¡Luis, Luis, papá, papá!». Los alcancé y les di la noticia de que no había laguna, se desilusionaron; pero enseguida reclamaron: «déjanos ver, déjanos ver». ¿A qué se refieren? les pregunté. «ese animalito que brillaba en tu hombro» dijo Sofía. «¡Deja de asustar a los niños!» Me recriminaste. No sabía a lo que se referían, quizá no era el único que alucinaba en esa montaña. Esa noche de vuelta en casa las visiones regresaron; ya no fueron suficientes las tabletas ni mi actitud serena y positiva para detener esa avalancha de sensaciones. Volví a caer en la ansiedad de la muerte. Ya no era el temor a la rabia, era algo más profundo, una presencia ominosa, un parásito metafísico que me poseía.

¿Nunca te conté lo del psicólogo? Sí, fui a dar en el diván de un psicólogo, aunque siempre hablé pestes del psicoanálisis. Luego fui a mayores y pasé por las manos de los psiquiatras. Nada que haya inventado la ciencia hasta ese momento surtiría efecto. Fue la época en que abandoné la casa y me negué rotundamente a visitar a las niñas, temía que si las miraba a los ojos sufrirían el mismo destino de Samuel. Me encerraba en el cuarto de pensión y me negaba a recibir a los amigos. Dejé de ir al cine, mi pasión de toda la vida, y encargué la dirección de la clínica. Regresé a los libros de esoterismo andino en los momentos en los que la ansiedad me daba tregua, que era casi siempre en las mañanas.

Lo más terrible: el insomnio. Pasaba noches enteras contemplando la danza de serpientes fractales que se escurrían por las paredes entre caimanes, lagartos, y toda una fauna de reptiles; me bullían en la mente, aun cuando cerraba los ojos no dejaba de verlos. Lo dantesco era la sensación que venía con ellos: el vértigo de caer al vacío. Llegaban a cualquier hora, aunque en las noches era su horario habitual; llegaban es un decir, podría entenderse mejor si digo que se despertaban, que se agitaban dentro de mi ser en cualquier momento y que se esparcían como una tinta verde y lamosa en la transparencia de mi mente. Fueron meses así. Un buen día, Xavier me comentó que estabas preparando los papeles del divorcio, que si me importaba mi familia tenía que sacudirme. Aún recuerdo sus palabras: «Tienes que pararte fuerte —me dijo—, si sigues así, de aquí sales en “estuche de peluche”». ¿A qué se refería?, obvio: a un ataúd.

Me armé de valor y al día siguiente fui a esperar en tu consulta, quería contártelo todo. Tenías a un paciente en el sillón, recostado con la boca abierta; el ruido de las turbinas me ponía los pelos de punta, esperé estoicamente a que lo atendieras. Yo sé que me viste sentado en la sala de espera. Me clavaste una mirada que por poco triza el cristal de la ventana. Me imaginé lo que te preguntabas: «¿Con qué cara viene a aparecerse aquí después de tanto tiempo!, ¡qué “conchudo”!» era como oír tus palabras zumbando en mi cabeza, sin embargo, esperé. Te quitaste el mandil y apagaste el equipo. El pecho se me desbordaba ideando la manera de explicar mis razones. Un largo rato después, tu asistente me dijo que te fuiste. Saliste por la puerta de servicio.

Nunca encontré el valor para volver a buscarte, estaba al garete; el compadre Xavier se hizo cargo de mis huesos. Leímos todo lo que había, consultamos con los tomadores de San Pedro, probamos con diferentes brebajes; la terapia del Amaroli, ayuno… Una noche, habría transcurrido algo más de medio año desde mi declive; me encontraba leyendo un viejo manual, de un tal Tuno que mi compadre compró en un puesto de libros usados. El ejemplar estaba en su mayor parte intonso, me tocó desbarbarlo. Se mostraba plagado de dibujos a plumilla y sobre ellos caligrafiadas: recetas de brebajes, pociones mágicas que más bien sonaban a poemas o mantras. Nada en ello parecía coherente, no obstante, la labor de hojearlo me distrajo de problemas. Me entretuve en los dibujos de flores y columnas de cactus que ilustraban la mayoría de sus páginas, no sé el momento que caí rendido de cansancio, llevaba muchas horas sin dormir. Tuve un sueño salvífico.

Clavado en la cama de una pensión, inmóvil, entre despierto y dormido como un cataléptico; soportaba las visiones de reptiles en procesión caleidoscópica, las mismas sensaciones de ansiedad y ese sufrir por todo y por nada. De pronto las imágenes se iban precipitando como una cascada que horadaba la tierra; esta la absorbía y absorbía mientras emanaba un vapor amarillento, tibio y luminoso que se trasmutaba en pájaros y flores conforme ascendía. Me concentré en él, me «subí» en él y comencé a flotar. Desde esa posición observaba las estrellas, las veía estallar y caer en una lluvia de vilanos, luego descendía suavemente hasta sumergirme en la arena. El secreto estaba en la tierra. Esa secuencia se repetía una y otra vez como un juego de vaivén. El bienestar era total. Desperté aliviado. Fue una revelación, no para mi mente, sino para mi cuerpo. Entonces recordé a los guerreros que se enterraban después de volver de las batallas en los Relatos de Poder.

Un sábado temprano ascendimos al Cabogana armados de pico y pala. Seguimos la cañada del río hasta esa poza grande donde solíamos bañarnos. ¿La recuerdas? En ese arenal contiguo me enterré de pie con la cabeza fuera. Xavier me cubrió con hojas grandes para protegerme del sol y vigiló mientras duró el proceso. Sí, como lo oyes: me enterré…, pero esa es otra historia. Solo te diré que fue el inicio de una larga recuperación, si prometes que nos volveremos a ver podría contártela con lujo de detalle. Por ahora pienso acompañar a Xavier en esta ceremonia. Rogó que me hiciera cargo del fuego. ¿Si voy a tomar el brebaje? Tal vez, ya te dije que no quiero vivir con miedos. Quizá lo tome, eso lo decidiré esta noche frente a la fogata.