lunes, 10 de abril de 2023

Fuerza extra

Rosario Sánchez Infantas


Sintió que la cabeza le iba a explotar. Le ocurría cada vez que se enfrentaba a un conflicto.

Hasta la semana pasada había decidido no vincularse afectivamente con nadie por el dolor que le significaba cada ruptura. No era lo que había soñado de adolescente, pero constituía una de las pocas certezas para evitar sufrir, lograda en sus cuarenta años de vida. Disfrutaba esa tranquilidad triste.

Isabel provenía de una familia pobre. Sus padres tenían un bajo nivel de instrucción y se dedicaban a la agricultura en un pequeño poblado andino. Debió trabajar muy duro para concluir sus estudios de medicina en una universidad estatal. Con un temperamento introvertido, reaccionando con temor y ansiedad ante los problemas de su entorno, desprovista de habilidades sociales, con una pobre autoimagen, eran muy pocos los vínculos afectivos que había establecido con hombres. Estos habían terminado por reemplazarla por mujeres más seguras, menos recatadas y que no buscaban establecer un compromiso, sino pasar un buen momento. «Eran mujeres divertidas y más guapas que yo», concluía la médica. 

Ejercía su profesión de manera independiente y sobrevivía sin sobresaltos, pero nunca descolló entre los médicos de su especialidad. Era consciente de que su cuerpo desgarbado, la ropa discreta, sus maneras tradicionales y evadirse ante las dificultades, no la ayudaban. Cada desencuentro amoroso le había significado un largo periodo de dolor y el reforzamiento de las pobres ideas que tenía sobre sí misma. Por ello su único entretenimiento era tomar un café o muy de vez en cuando viajar con un par de amigas solteras como ella.

Y era ahora cuando había conocido a Julián, un psiquiatra boliviano cuyo consultorio se ubicaba en el mismo edificio que el de ella. A las interacciones por razones profesionales se sumaron otras de índole social. Isabel se sorprendía de haber adoptado el hábito de tomar, con él, un café antes de iniciar sus consultas médicas, o una cena ligera tras terminarlas. Como parte de su formación profesional sabía que en el enamoramiento se despliega un torbellino de cambios bioquímicos: se genera un estado de bienestar, energía, placidez. Entendía que se idealiza al otro, el cual nos deslumbra. Todo ello para favorecer la unión de la pareja y facilitar la continuidad de la especie. Pero, siendo objetiva esto era otra cosa. Ella se sentía mejor persona en compañía de Julián.

Era la hija mayor de una pareja que tuvo, además, tres hijos hombres. Tempranamente la niña destacó en sus estudios; su profesora convenció a los padres de permitirle estudiar secundaria y luego una carrera profesional. Al haber solo educación primaria en el pueblo, la maestra ofreció albergarla, a cambio de ayuda en los quehaceres domésticos, en su casa en la capital de la región.

Así Isabel se distanció de sus padres, personas poco expresivas en cuestión de afectos, regresando cada año al hogar solo en las vacaciones decembrinas. La adolescente permaneció en la casa citadina de la profesora hasta acabar la educación secundaria, se preparó para postular a la universidad y luego cursó la carrera de medicina. Entre el trabajo doméstico y sus estudios, fue muy poco lo que socializaba.

La dinámica familiar se limitaba a una comunicación funcional con fines prácticos: se daban órdenes, se informaba, se colaboraba ante los objetivos familiares, pero no se expresaban los afectos, inquietudes ni sueños. Cuando adulta, Isabel, sabiendo del afecto, cariño y contención que otras familias ofrecían a sus miembros, sentía nostalgia por estas experiencias ausentes en su hogar y que ella suponía podría lograrse en una relación de pareja, en una familia.

Sin lugar a dudas eran diferentes. Él reparaba en cuanto ocurría en el entorno: las relaciones internacionales, los cambios sociales en el país, los grupos de poder en la región y en la Dirección Regional de Salud, la dinámica entre los habitantes del edificio compartido. Ella realizaba análisis minuciosos de circunstancias particulares no solo incluyendo lo objetivo, sino elucubrando acerca de los pensamientos, sentimientos y motivaciones de los involucrados. Él iba por la vida con la expectativa de ser gratamente sorprendido, ella siempre temía el fracaso en lo que emprendía. Julián se centraba en los aspectos positivos de la vida; Isabel tenía habilidad para descubrir los defectos en las circunstancias y las personas. Pero, las diferencias entre ella y Julián no resaltaban como razones de desencuentro. Se gustaban y eran un equipo que se complementaba.

Cuando Julián le propuso saltarse una aburrida reunión de trabajo, a fin de «robar» unas horas para dar un paseo en el pueblo aledaño, él no se había impuesto, no la había anulado. Habían armonizado la irreverencia con lo improductivo de uno y el gusto por el campo de la otra. Y, sí que disfrutaron pasear por la campiña y el simpático poblado. Isabel tuvo mucho miedo por lo feliz que se encontraba con Julián. Recordaba el gran vacío que sus anteriores relaciones le dejaron cuando terminaron. Evocó el desgarramiento experimentado cuando se daba cuenta de que mostrarse auténtica y vulnerable no había sido apreciado y, sin más, desdeñado.

El dolor de cabeza le había sobrevenido luego de que Julián, el día anterior, le mostrara unos boletos, para ambos, hacia un balneario turístico. El viaje se ubicaba en el fin de semana largo próximo. Por un momento se vio disfrutando con este hombre tan simpático; sin embargo, de pronto recordó haber encontrado a su último compañero, besando a una compañera de trabajo en un parque solitario. ¡No podía seguir ilusionándose! Ya había sufrido demasiado. Pensar en terminar esta amistad muy íntima con Julián, también le causaba un gran dolor. No quiso enfrentarse a un encuentro en el que no sabía cómo manejar el conflicto de atracción-evitación. Lo llamó simulando estar resfriada por lo cual no atendería en el consultorio; sin embargo, de manera subrepticia fue a él. Al llegar encontró, introducido por debajo de la puerta, un sobre con su nombre y la letra de Julián. No quiso abrirlo. Luego de unos instantes terminó arrojándolo a la papelera. Hizo las coordinaciones necesarias, canceló las citas pendientes y en tres horas partía hacia el aeropuerto. Había aceptado una breve pasantía en un hospital de otra región. El día siguiente, mientras se hacía de un nuevo número telefónico, recibió e ignoró, varias llamadas y mensajes de Julián.

Tres meses después, Isabel al regresar a la ciudad, fue a ordenar y limpiar su consultorio. Mientras desocupaba el tacho de papeles tuvo un rapto de curiosidad y abrió el sobre, aún cerrado, que se encontraba en él. Contenía la impresión de un artículo científico y al final, en el espacio en blanco, una nota del puño y letra de Julián. Leyó el documento mientras sus lágrimas caían silenciosas. Entre otras cosas se refería a que, desde la cosmovisión andina, el principio organizador de la creación, es la asociación armoniosa de los opuestos, o yanantin, en todos los aspectos de la vida. Le conmovieron algunas ideas puntuales: «(…) armonizar los opuestos aparentemente conflictivos entre sí sin destruir ni alterar ninguno de los dos». «Uno solo no puede encargarse de todo». «Cuando hay otro, representa una fuerza extra para ambos». «Para estar completo, hay que emparejarse».

Siempre le había ilusionado tener una pareja; ahora entendía por qué era conveniente tenerla. Sintió la necesidad de un vínculo de ese tipo. Aun siendo valioso y único, cada quien es solo una parte, no está completo. No es posible conocerse de manera cabal. Otra persona, otros ojos, otra perspectiva pueden hacerlo. El yanantin, la pareja, es la persona que está ahí para ver lo que cada quien no ve en sí mismo.

Lloraba conmovida. Se veía, ahora, como una mujer interesante, apreciada, agradable. Eso le habían mostrado los ojos de Julián. ​Anheló con vehemencia que él fuera su yanantin. Sin embargo, sin proponérselo, por unos instantes pensó en las decepciones sentimentales anteriores y sintió una opresión en el pecho. Cuando recordó la gran sonrisa con que Julián la recibía, en sus encuentros, volvió a verse a sí misma peculiar, delicada y divertida cuando se sentía segura.

Diez minutos después se dirigió al consultorio de Julián. Con una mano dentro del bolso apretaba con fuerza el artículo científico. Vio una nota en el tablón de anuncios: «No habrá atención hoy lunes 13 de marzo», se sobresaltó. A través de las ranuras notó luz en el interior. Giró la perilla de la puerta, la cual se abrió sin esfuerzo.

Con letra redonda, grande y algo infantil, al final del artículo se leía:

«¿Quieres crear una coexistencia armoniosa? ¿Quieres que tengamos, juntos, fuerza extra?».

Con una gran sonrisa, Julián levantó la vista del libro que leía.

martes, 4 de abril de 2023

El afiche de noviembre

Manuel Quezada


Al abuelo le costaba despertar por las mañanas. Hizo un gran esfuerzo ese día. Llegó de madrugada con la esperanza de ser de los primeros. Se sorprendió al ver una fila con unas cincuenta personas. Eran las cinco de la mañana y las oficinas del Instituto de Desmovilizados y Veteranos de Guerra las abrían a las ocho de la mañana. Con su mano derecha contó tres, sí, tres largas horas de espera para iniciar el trámite. Debía actualizar sus datos personales y calificar para una pensión vitalicia. Sirvió a las fuerzas armadas durante años, participó en el conflicto bélico interno y no fueron pocas las veces que estuvo a punto de perder la vida en incontables enfrentamientos con la guerrilla, pero no era su hora. Decía con frecuencia que había visto la calavera de cerca. Un hedor a mierda lo terminó de despertar y buscó en su alrededor hasta comprobar el lugar de donde procedía: otro excombatiente estaba en cuclillas terminando de cagar a orilla de la calle. En aquella oscuridad no reconoció de quién se trataba, pero recordó que respirar mierda durante los años de guerra lo ponía en estado de alerta porque sabía que el enemigo había estado cerca. Tenía un olfato fino y acertaba con milimétrica exactitud donde habían defecado. Fue la única forma de advertir que entrarían en combate porque estaban a pocos metros del enemigo.

Los trámites administrativos para disponer de una ayuda gubernamental los hacía por su única nieta, quien estaba estudiando con dificultades en la universidad, pero gracias al esfuerzo del abuelo, las penas económicas eran manejables. Había engendrado diez y siete hijos y preñaba a su mujer una vez al año, después de que recibía licencia del ejército. Pero fue tan generosa la madre de sus hijos, que, al enterarse de un nuevo embarazo entraba en estado de gracia. También al darse cuenta de que el abuelo había engendrado un nuevo hijo fuera del matrimonio. Ella recogía cada uno para poder criarlo. El resto de la familia y el pueblo entero lo odiaban por el abandono de su hogar mientras fue militar activo en el conflicto bélico interno. Una madrugada, no soportó las ganas de orinar y se dirigió al patio de la casa, allí desenvainó el miembro, como decía él con orgullo, como que se tratase de un arma de fuego, pero no contó con la presencia de Cordelia, especialista en lanzar fatales embrujos, y al verlo orinar le dijo en voz alta que, para pagar el reguero irresponsable de hijos, toda su descendencia sería estéril, y el que lograra engendrar lo haría para darle amor y maldición hasta matarlo. El viejo escuchó todo con atención, guardó silencio sin creerle, pero le embargó un repentino miedo, interrumpiendo el chorro urinario.

Cuando salió el sol reconoció al hombre que había defecado en la calle, Tito Benavides, compañero de armas hasta el día que les dieron de baja, a quién saludo con una amplia sonrisa, para luego estrechar las manos.

—Andamos en las mismas —dijo Tito.

—No hay de otra —respondió.

—¿Qué tal la familia?

—Ya todos los hijos se fueron, sólo me ha quedado una nieta.

El abuelo respiró profundo al mencionar a sus hijos y sintió un ligero dolor en el pecho. Ninguno lo visitaba a pesar de que vivían cerca y a su mujer la había perdido hacía cuatro años. Estaba solo, hasta que le encargaron el cuidado de su nieta debido a que sus padres migraron del país, a quien apoyaba en sus estudios universitarios.

Faltaba una hora para que abrieran las oficinas del instituto. Acordaron buscar un café y pan para consolar el hambre que hacía sonar sus estómagos. Ambos rieron.

Su nieta se llamaba Verónica y salió a las siete de la mañana en dirección a la universidad para tomar clases. Estudiaba sicología y estaba finalizando el segundo año de su carrera. Esa mañana de octubre le informaron al llegar que estaba disponible el nuevo afiche para conmemorar un año más de los mártires. Ella tomó uno y lo observó despacio: eran más de cincuenta personas, entre hombres y mujeres comiendo pupusas, tamales, y tomaban chocolate o café. Mostraban una sonrisa inusual y desbordante. Atrás de ellos habían dibujado una sinuosa colina y la silueta de tres plantas de maíz. Ella tomó el afiche, y lo trajo a la casa, pegándolo en la puerta de su habitación.   

El abuelo logró ingresar a las oficinas del instituto y completó los formularios para calificar a la ayuda económica vitalicia. Le indicaron que le llegará una notificación o que esté atento a las noticias que se hagan por los periódicos. Se retiró y recordó que debía comprar el almuerzo para su nieta, quien lo había vuelto responsable en los últimos años de su vida. Pasó por el Pollo Campero.

Al llegar a la casa, ella colocó sobre la mesa unos manteles y luego los platos, para ir sirviendo la comida que venía caliente. Dispuso los cubiertos de forma ordenada, pero él omitió usarlos y tomó cada pieza con la mano. Ella sonrió. No cambiará, se dijo.

—Abuelo, ¿qué tal el trámite?

—Va despacio, muy despacio.

—No te preocupes, espero trabajar pronto.

Al terminar de comer, Verónica lavó los platos, y le indicó que tomaría una siesta y luego estudiaría. Él asintió y se dirigió a la hamaca para descansar. Al recostarse, comenzó a impulsarse con su pie derecho al tocar el piso y su movimiento en péndulo le provocó frescura. Su mirada comenzó a repasar cada parte de la casa hasta que cayó en la cuenta de algo extraño en la puerta de su nieta. Detuvo el ritmo que había tomado la hamaca y se puso de pie abruptamente, para luego caminar hasta situarse a medio metro de la habitación de ella. No contó el tiempo. Revisó cada detalle, cada persona, los músicos que animaban la reunión.  Notó que cada uno sostenía a la altura del pecho un farolito del que salía una llama de fuego. Hizo cuenta de los años que habían pasado con los dedos de sus dos manos, y después de diez, volvía a usar sus dos manos para seguir sumando. Fueron casi cuatro rondas, eran treinta y tres años.

La puerta se abrió intempestivamente y Verónica vio a su abuelo frente a ella. Ambos se miraron y se quedaron mudos unos segundos. Él giró la cabeza hacia un costado como buscando un objeto. Ella sabía lo que estaba sucediendo, pero optó por ofrecerle café y él lo aceptó. Ambos dejaron la puerta y buscaron la mesa. Una vez allí, ella conversaba de su vida académica y él solo escuchaba sin opinar. Luego del café, cada uno se fue a su habitación. El abuelo se dirigió a la suya y reconoció que la cama estaba cubierta por una sábana blanca y pulcra, como la dejaba su difunta esposa. En una pared estaba colgado un pedazo de madera de un metro de extensión, y tenía sujetado con alambres, un fusil M-16 oxidado y partido por la mitad. Era la última arma que utilizó en el ejército antes de la firma de los acuerdos de paz. Un recuerdo. Una deferencia que recibió de un general y que ahora conservaba en su cuarto. Se sentó en la orilla de la cama y abrió una gaveta de una mesa de noche para tomar unas fotos de sus primeros años como soldado. Vio el reverso de una de ellas y comprobó la fecha: 1970. Se recostó sobre la cama y a los minutos se quedó dormido.

Despertó cerca de las ocho de la noche y se asustó del tiempo que había dormido. Se levantó y salió del cuarto. Se acercó a la habitación de su nieta y quedó de nuevo frente al afiche y contó cada uno de los participantes de esa fiesta hasta reconocer un hombre vestido con una sotana blanca. «Son casi cincuenta», se dijo, «todos están muertos ya». Escuchó el ruido que provenía del cuarto de su nieta, que correspondía al contacto de sus dedos con el teclado de una laptop. «Sigue estudiando», se dijo. Volvió a su cama y apagó todas las luces encendidas que encontraba en su camino hasta quedar por completo a oscuras. No pudo dormir. Pensaba en el afiche. Pensaba que tenía diez y siete hijos y ninguno lo visitaba. Pensaba que sus únicos amigos solo los veía en los trámites de la ayuda económica. Desde ese día comenzó a padecer de insomnio.

A la mañana siguiente, lo despertó el ruido de su nieta en la cocina. Preparaba un improvisado desayuno para salir antes de las siete y llegar a tiempo a sus clases. Huevos, frijoles y plátanos fritos. El olor llegaba hasta su cuarto. Se levantó y salió para comer un poco. No tuvo suerte. Su nieta estaba por dejar la casa y solo preparó comida para ella. Le dio un rápido saludo a su abuelo.

—Allí te dejo un poco de café.

—Gracias.

Se sirvió una taza con café y el olor fue mayor al contacto con la bebida. Caminó de nuevo hasta el afiche y lo revisó lentamente. «Nadie está triste», se dijo. Los rostros se dirigían a una amplia mesa cubierta por un mantel blanco. Unos rostros risueños y otros, llenos de una alegre contemplación de la mesa. El abuelo volvió a pensar en sus hijos, ninguno de ellos lo visitaba y tuvo un arranque de cólera que invadió su ánimo toda esa mañana. Pensó en decirle a su nieta que quitara ese afiche porque le recordaba pasajes de la guerra de los que no había hablado, pero tuvo por primera vez el temor que se molestara y que fuera el inicio de una relación incómoda, con la posible consecuencia que lo abandonara. Ella era la familia. Era lo único que le quedaba.

El abuelo enfermaba con frecuencia y para sufragar los gastos iba vendiendo pequeñas extensiones de tierra que había heredado de sus padres. De esos ingresos también, compraba la comida y pagaba los estudios de Verónica. Su preocupación aumentaba porque no había señales de una pensión vitalicia por parte del gobierno.  

Su nieta avanzaba en sus estudios, crecía en conocimiento y cada vez era más independiente y crítica hacia su entorno familiar, vecindario y amigos. En el último año de estudios le presentó a su novia. Se llamaba Porvenir y desde ese día llegaba a la casa y dormía con Verónica en su habitación. El viejo se sintió defraudado, no entendía esa decisión, y miraba con malestar cada vez que llegaba su nieta con la susodicha compañía sin decir absolutamente nada.

—Abuelo, no me mires así —le dijo Verónica.

—No entiendo qué pasa… —respondió.

—Soy bisexual, míralo allí, allí en Google —le respondió.

Al viejo lo embargó la soledad por un instante. Recordó su vida sexual y quería entender las últimas palabras que escuchó, «bisexual», «gugle», tuvo miedo de preguntar eso que rebotaba en su cabeza, esa palabra, esas palabras, «el sexo de gugle», se decía y guardaba silencio, mientras dirigía una mirada de fuego a Porvenir cada vez que la veía. Volvió a pensar en sus diez y siete hijos, y con quién de ellos se podía ir a vivir en ese momento. «Voy a terminar loco», se dijo. «Ni permiso me pidió, parece que estoy pintado en esta casa».

Unos meses antes de la graduación de Verónica, llevó otro afiche que retrataba los mismos muertos de 1989, decía él, con rostros llenos de alegría. El artista había pintado un extenso sembrado de maíz, y en cada mazorca retrataba el rostro de un niño y niña. Alrededor del sembrado muchos hombres y mujeres cantaban y bailaban, queriendo simbolizar un nuevo mundo. El viejo revisaba el afiche y lo odió porque había fiesta con los que ya no están y él estaba sumido en una soledad apenas salvada por la compañía de su nieta. Un día, el abuelo salió de la casa hacia la barbería y dijo que volvería en una hora. Ella aprovechó para entrar al cuarto de él y revisó las fotos guardadas en una gaveta de la mesa de noche. Una a una, como “buena sicóloga” fijó su atención en los ojos de los retratados. Al entrar al ejército cerca de los veinte años, él tenía una mirada de autoridad desafiante, imponente, autoridad absoluta. Ahora “cuarenta y dos años después”, su mirada era triste o melancólica.  

El abuelo murió un año después de la graduación de su nieta. Por primera vez llegaron sus diez y siete hijos e hijas. Lo velaron una noche.  Todos estaban nerviosos con solo pensar que podría aparecer otro desconocido hijo antes del entierro. La vieja Cordelia entró a la vela y saludó a todos hasta quedar enfrente del ataúd y con mucha compasión recordó aquella noche que lo vio orinar y le dijo que “por sus irresponsabilidades sexuales”, el amor sería su maldición. A la par estaba Verónica y Porvenir que se besaban. La vieja volvió a ver el ataúd para disimular y de inmediato se levantó para buscar un café y dejar sola a la pareja. Luego, caminó al patio de la casa del abuelo, donde lo vio aquella madrugada. La bruja escupió al suelo donde recordaba la escena y con su pie derecho removió la saliva con la tierra.

—Él se lo buscó —dijo.

Verónica se acercó al ataúd y vio por última vez el rostro de su abuelo. Estaba sereno, apenas con algunas arrugas en la frente. Lo habían preparado bien, se dijo, y meditó en el pasado de él y ese anhelo de enmendar su ausencia de la familia, de estar cerca en sus últimos años, y que apenas lo consiguió pagando los estudios universitarios de la nieta. Ella vivió dividida: se dio cuenta del pasado tenebroso de su abuelo, quien había participado en la muerte de los ahora mártires retratados en cada afiche anual conmemorativo; pero también reconoció que desde que sus padres la dejaron a su cuidado fue el único familiar que tuvo cerca, y lo pasó recordando toda la vida.

martes, 28 de marzo de 2023

Te espero en la siguiente brisa

Érika Ramírez Levín


Tuve que detenerme y agudizar mis sentidos. «¿Dijiste algo?», pregunté en voz alta y me mantuve atenta a las copas de los árboles. Nada. Dejaron de mecerse y de nuevo todo quedó inmóvil, en silencio. Esa mañana de enero estaba más fría que las de días anteriores. Apreté los puños dentro de las bolsas de la chamarra y moví la cabeza negando la idea que me llevó a creer que querías comunicarte conmigo. «Qué tonta», musité y continué mi camino, cobijada por la obscuridad matutina, sintiendo una cascada salada brotar de mis ojos. Anduve en silencio los quince minutos en promedio que me tomaba regresar de la escuela tras haber dejado a mi hija y en algún punto de este trayecto mi mente se perdió:

—¡Ay! ¡Cómo se me antoja un cafecito! —dijo una voz desde la recámara principal un domingo en la mañana, hace poco más de treinta y cinco años.

—¡Vooooooy papá! ¡Yo te lo preparo! —contesté emocionada desde mi habitación, porque solo yo sabía prepararlo como te encantaba (o al menos eso me decías).

—¡Gracias, hija! —respondiste con un gesto triunfal mientras seguías recostado en la cama viendo el fútbol en la televisión.

Me enjugué las lágrimas y sonreí ligeramente, pues eso sucedía un domingo sí y otro también cuando aún mi mamá y tú seguían juntos y vivíamos en casa de Leopoldo, mi abuelo materno.

Subí los cinco pisos del edificio donde vivimos mi hija, nuestro perro y yo, y abrí la puerta del número diez jadeando por la falta de aire. «¿Cuándo vas a retomar el ejercicio?», me recriminé recordando cómo subías esos mismos cinco pisos haciendo carreritas con tu nieta y, sin un ápice de cansancio, llegabas al último escalón. Cerré con llave. Mi hija ya estaba en sus clases y yo tenía que conectarme al trabajo a pesar de la apatía y el dolor que traía atravesados en el pecho.

Me senté en el escritorio frente a la computadora mordisqueando la pluma con la que intentaba tomar notas del reporte que se proyectaba en la pantalla, pero otra vez me trasladé al pasado: tenía unos once años y entré corriendo a su recámara para encontrar a mi hermanita de unos cuatro años sentada junto a mi mamá que estaba tumbada en la cama, llorando, mientras tú llenabas unas maletas con ropa y otras cosas que ibas sacando del clóset.

—¿¡Nos vamos de viaje!? —grité exaltada—. Mamá, ¿por qué lloras?

—No, tu papá se… —y calló.

—¿Papá? —pregunté desconcertada volteándote a ver, mas continuaste guardando tus cosas sin mirarme o responder, como si te urgiera acabar lo más pronto posible.

De ahí… negro; no recuerdo más, ni cuando saliste de la casa con las maletas ni lo que sucedió después en la habitación con mi madre y mi hermana.

Vivíamos junto con mis abuelos maternos en la casa que Leopoldo diseñó y construyó tras concluir sus estudios de Ingeniería Civil en la UNAM. Era una construcción muy grande. La planta baja la habían acondicionado como departamento para ustedes, con el espacio antiguo de la sala dividido ahora en dos para su estancia y comedor; el área del cenador anterior se había cerrado para formar la habitación principal y lo que solía ser el antecomedor también la cerraron para crear otra recámara. Al fondo, en lugar de pared, había un ventanal enorme teniendo en medio una gran puerta corrediza de vidrio que daba a un jardín muy amplio, en bajada, donde aprendí a andar en bicicleta aventándome en esa resbaladilla de pasto sobre el aparatejo gigantesco marca Benotto que en ese entonces pesaba mil veces más que yo, con un respaldo larguísimo de piel blanca unido al asiento, también largo, para terminar aplastada una y otra vez por el metal con llantas a falta del equilibrio que no conseguía dominar.

En ese mismo jardín solías colgar en los tendedores unas cobijas gruesas en donde, con grapas o no sé con qué, acomodabas en un pequeño cuadrado globos inflados para que practicara mis tiros con tus dardos. ¡Cómo me encantaba cuando eso sucedía! Recuerdo los consejos que me dabas sobre la mejor forma de agarrar el jáculo, la fuerza y la altura con que debía arrojarlo, y la emoción que sentía en el momento justo en que la punta filosa hacía explotar al pequeño cuerpo ovalado relleno con el aire de tus pulmones. Gracias a esto, en la feria del parque cerca de la casa, los fines de semana siempre ganaba premios, contrario a ocasiones anteriores en que lo más que había logrado alcanzar mi dardo fue un árbol que estaba detrás del puesto y por lo cual el dueño del juego me dio un regalo porque: «Al menos le atinaste a algo», dijo. Hoy se me pone la piel chinita de pensar en que pude haberle atinado a alguien. ¡Qué horror!

Se compartía una cocina del tamaño de mi departamento actual, que estaba en una esquina de la casa y que conectaba a la planta de abajo, mediante una escalera de caracol, hacia arriba con el piso donde vivía mi abuela y hacia abajo con un sótano del tamaño de, fácil, la vivienda de mi hermana.

En el tercero y último nivel, en una especie de estudio-departamento, vivía solo mi abuelo, quien le llevaba veinte años de diferencia a mi abuela y, por lo tanto, hoy es fácil comprender el abismo en el que se encontraban después de treinta años, o más, de matrimonio.

El episodio de la recámara viéndote hacer maletas se confunde con otra escena en donde están ambos, tú y mi mamá (supongo que tiempo después), sentados en la sala, platicando con mi hermana y conmigo. Hay demasiados nubarrones en mi memoria y frases como «Siempre seremos sus papás» o «Juntos o separados las queremos igual» se logran colar en este mar de confusión que fue esa etapa de mi vida repleta de pérdida y angustia. Corrí a la cocina. Mi abuela estaba sentada, como solía, en su banco junto a la estufa al lado de una mesa de trabajo larga y cubierta de frijoles que limpiaba de piedritas. Me abracé a ella llorando y sollozando. «Ay, hijita, ya te dijeron».

Quién diría que dos años más tarde mi abuela fallecería tan joven, ni sesenta años, víctima de un infarto, cúspide de una vida solitaria, triste, llena de dolor y resentimiento por haber perdido al menor de sus tres hijos en un accidente casero cuando este tendría no más de cinco años. Mi abuela, que se convirtió en mi guía, en mi apoyo, en mi hombro para llorar cuando tenía preocupaciones. Mi abuela, que tomó la decisión de salirse de la casa poco tiempo después de que se fuera mi papá, por el maltrato psicológico que mi abuelo le proporcionaba desde muchos años atrás, yéndose a vivir con su otra hija con quien en realidad nunca se sintió tranquila ni en confianza. Mi abuela, que sucumbió un año después de haber decidido luchar por su bienestar.

Y quién hubiera podido predecir la resistencia que habría tenido mi abuelo para sobrevivirle varios años más, marginado en su estudio hasta que su independencia se vio comprometida por la edad y unos sobrinos lo recluyeran en una casa de reposo, falleciendo casi a los noventa años, dejándonos a mi mamá, a mi hermana y a mí viviendo en ese caserón.

Un timbrazo fuerte y sorpresivo me sacó de mi ensimismamiento haciéndome brincar sobre la silla en la que estaba tomando notas. El perro comenzó a ladrar tan fuerte y agudo que terminó por regresarme al presente. Pregunté por el interfono y era el señor que recolectaba la basura. Le dije que bajaría al día siguiente.

Me seguí a la cocina por un refrigerio, pero en el camino desvié la mirada hacia la fotografía que tengo de ti sobre la mesa en donde también está la urna con las cenizas de mi mamá, quien falleció a los cincuenta y nueve años, llevándose con ella el yugo que mantuvo sobre mí desde niña y la decepción que le generé por no cumplir con sus expectativas de vida. Hoy en día me sigo sintiendo mediocre y un vivo ejemplo de lo que es el fracaso, tal como me hacía sentir cuando vivía: «Tú y tus pensamientos mágicos», me repetía, como si cada palabra que salía de mi boca fuera un absurdo patético e irracional, contrario a mi hermana que de solo verla le brillaban los ojos de orgullo: «Es una cabrona, una rebelde; ¡me encanta!», solía decir.

¿Qué tan cierto es lo que los padres les cuentan a los hijos? ¿Qué de todo son manipulaciones para caer mejor o mentiras para ganar puntos por sobre el otro? Mi mamá siempre dijo que trató en varias ocasiones de recuperarte sin saber que tú ya habías dado vuelta a la página. Y entonces, ¿por qué no fuiste claro con ella y te dejabas seducir?

En esa misma sala en donde nos anunciaron su separación, tiempo después estábamos mi hermana y yo sentadas frente a ti. Dijiste que nos contarías algo importante y, sin previo aviso ni señal alguna, nos soltaste la bomba de que tenías otro hijo de seis meses de edad. La frase aquella que reza: «Sentí que me cayó un balde de agua helada» se queda corta en comparación a lo que experimenté al escuchar esas palabras. ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Con quién? ¿Por qué? ¡Ni siquiera sabíamos que ya estabas saliendo con alguien más! Mi cabeza se llenó de preguntas, de dudas, de sinsabores. Mi hermana y yo subimos desconsoladas a cobijarnos bajo las alas de mi mamá a quien, según percibí, también la golpeó fuerte la noticia. Mi hermanita gimoteaba y repetía: «¡Mi papá ya no me va a regalar más juguetes!».

Terminé de prepararme el emparedado y regresé al escritorio. «¡Vamos, concéntrate!», me dije en un intento de recuperarme. Di la primera mordida y ¡PUM! Me sacudió el recuerdo de ti llevándome a la escuela. En ocasiones, cuando no tenías cambio para que yo comprara algo en la cooperativa, me ofrecías el sándwich que yo sabía que te preparaba Beatriz, tu pareja, esposa o lo que haya sido en ese momento. Nunca lo acepté; prefería pedir prestado.

Después del anuncio de tu nueva familia, mi hermana y yo tomamos caminos distintos. Yo elegí no conocerlos. Sentía que le debía eso a mi mamá a manera de solidarizarme con ella por la traición que sintió. Mi hermana, en cambio, sí los conoció y convivió con ellos en varias ocasiones. Jamás se comentó esto con mi mamá; solo ubico su actitud seria y distante al regresar mi hermana de esas visitas. Tampoco recuerdo algún comentario a favor de que yo no los frecuentara, así es que nunca supe a ciencia cierta su sentir, aunque sí logró que las razones de mi decisión se tambalearan.

Conforme el tiempo pasó, fue evidente la distancia que se marcó entre nosotras y nuestra familia paterna. De forma gradual, a las fiestas, reuniones familiares, paseos, viajes y demás eventos como Navidades y Años Nuevos, quienes iban contigo eran tu esposa y tus otros dos hijos (dos años después tuviste otra hija) y no nosotras, dado que yo me mantuve por muchos años sin querer conocerlos. ¿Por qué, entonces, no iba mi hermana siempre con ustedes? No lo sé, no lo recuerdo, pero también la marginaron. 

Lamento en el alma esto por ella, porque si de por sí las vivencias que tuvo contigo en su infancia fueron escasas, con esto se reafirmó la brecha tan infinita que se abrió entre ambos. Sin embargo, ¿a quién le debió corresponder encontrar una solución? ¿Al adulto que propició el enredo o a la niña que no supo reaccionar ante la deslealtad de su padre al no involucrarla a ella y a su hermana en el camino previo a esos seis meses de que había nacido su tercer hijo? A la fecha sigo sin una respuesta. Se juzga fuerte a los padres, pero cuando se es uno, los colores toman nuevos matices que ni siquiera sabíamos que existían. Lo que es un hecho es que nadie me preguntó qué sentí o por qué reaccioné así; solo se me juzgó y se actuó en respuesta con la única variable a la que el ser humano accede al no saber qué hacer: lejanía.

Lo que sí reconozco es que intentaste mantenerte presente en nuestras vidas. Aun cuando llegabas tarde, procuraste vernos cada sábado para comer e ir al cine o dar un paseo por alguna plaza. ¿Por qué sabiendo que estabas con nosotras, pocas horas, Beatriz te llamaba o te mandaba mensajes? No lo sé, pero tus respuestas monosílabas con un tono de voz casi imperceptible, tu modo de ladear el celular a fin de ocultar la pantalla, me marcaron de una forma que solo tiempo después, en mis relaciones personales, supe que lastimaron mi confianza; era como si esa sensación desagradable se hubiera tatuado en mis poros y cada que ocurría una acción similar, exudaba ese recelo antiguo.

¡Las once! ¡La junta! ¡El reporte! Conecté los audífonos a la máquina y me enlacé a la reunión. Abrí la presentación, preparé las cifras que me tocaba exponer y navegué por mis mensajes en busca de los datos que mi jefe me había enviado días atrás. La prisa nunca ha sido la mejor aliada y por más que subía y bajaba los mensajes del celular, no encontraba la conversación que estaba buscando. En un nuevo intento, deslicé hacia arriba mi dedo con un impulso mayor al deseado hasta que los mensajes se detuvieron en el remitente: «Papá». El último mensaje que se leía era del dos de diciembre, un mes atrás: «Hola hija, ¿qué le puedo regalar a Atenea?». El cumpleaños de mi hija era el cuatro. La punzada en el corazón, el vuelco en el estómago, la falta de aire… todo hizo mella en mí: me sentí mareada y desubicada. «¿Casandra? ¿Estás ahí?», escuché por los audífonos. «Sí, sí, una disculpa, debió fallar el internet», respondí con el típico pretexto al que todos recurríamos en la actualidad.

Terminó la reunión y retomé el celular. Navegué por otros mensajes que habíamos intercambiado. Al final sí conocí a tu familia cuando tenía como diecinueve años porque decían que mi abuela paterna estaba muy enferma y quizás fuera la última reunión en que pudiéramos estar todos juntos. Por fortuna esto no fue así y vivió muchos años más como la matriarca que era a falta de su esposo al que, por cierto, jamás conocí. Aquel debió ser un golpe fuerte para ti, para ustedes como hijos al perder a su padre tan jóvenes.

No obstante, jamás se creó un vínculo entre tus hijos y nosotras, o bueno, y yo. No los culpo. De seguro no saben la verdad y, si la saben, no tienen la foto completa y solo cuentan con la versión que tú y su madre les brindaron a conveniencia. La ventaja fue que pudimos coincidir con la familia en celebraciones o reuniones domingueras y que, cuando ibas solo, eras el mejor padre y abuelo que alguien pudiera desear.

A pesar de todo, papá, hiciste un buen trabajo. Tu hijo hoy en día está haciendo un posgrado en el extranjero, tu hija terminó su carrera y supongo que ha de estar trabajando. ¿Nosotras? Somos fuertes, estamos luchando; sí, quizás quebradas, laceradas… a veces rotas, pero dicen por ahí que sobrevivir a esta vida tampoco está tan mal.

Abrí el grupo de WhatsApp que teníamos mi hermana, tú y yo, y regresé en el tiempo al diecinueve de diciembre: «Hola hijas, ya regresé de Huatulco. Llevaba un catarro de cinco días y allá se me incrementó la tos, el dolor de cabeza y desde el sábado he tenido fiebre. Hoy me fui a realizar la prueba a la farmacia y…». Debajo del texto venía una imagen del resultado del estudio: Antígeno (Ag) del SARS-CoV-2 POSITIVO.

Te preguntamos cómo te sentías y cómo estaba tu oxigenación. Respondiste que tenías escalofríos incontrolables, dolor de cuerpo y cabeza y la fiebre no cedía. La oxigenación estaba al noventa por ciento. Te pedimos mantenernos informadas. Mi hermana, para mi sorpresa, te escribió: «Te queremos mucho» y algo se estremeció en mi interior. Respondiste: «Yo también hijas» y nos mandamos caritas con corazones y besos.

Dos días después, a pesar de habernos estado reportando que te sentías mejor, nos escribiste: «Ya no fue así, se me bajó mucho la oxigenación y me van a llevar al hospital». «Ánimo pa, todo va a estar bien, tú puedes contra el bicho», te respondí, y mi hermana complementó: «Te queremos mucho… mucho, mucho». No tengo idea qué habrás sentido, pero agregaste: «Sí, hijas. Beatriz o Cecilia las mantendrán informadas, ok? Las quiero mucho también». Tu nieta, al saber esto, de inmediato te mandó un mensaje privado, pidiéndote que salieras adelante para enmendar esa lejanía que en muchas ocasiones también imperaba entre tú y ella porque, siendo honestos, siempre diste prioridad al tiempo con tu familia por sobre nosotras… por sobre ella. Ya no lo leíste.

Lo que siguió ni siquiera me es posible contarlo sin tener lagunas mentales o confusión en el detalle de los eventos. Todos nos trasladamos al hospital a acompañarte desde la calle, ya que, por el tipo de enfermedad, no podíamos pasar a verte. Solo a tu esposa le daban acceso para informar sobre tu situación, la cual se tornaba cada vez más grave y compleja con las horas. «Trajeron muy tarde al paciente», «Falla múltiple de órganos», «Pulmones cristalizados», «No le son suficientes los tanques de oxígeno»… ¿Qué hacer con esas frases cuando te niegas a reconocer que son sobre alguien a quien amas y con quien dos semanas atrás festejabas el cumpleaños de tu hija?

Esa misma tarde tu vida se apagó al tiempo que la mía se destrozó. Escuché perfectamente a mi corazón quebrarse en mil pedazos salpicando de vacuidad mi existencia. ¿Qué carajos voy a hacer sin ti? ¿Cómo demonios se reacciona ante una noticia de esa magnitud? ¿De qué manera quieren que continúe sin tu guía o tus palabras de aliento impulsando mi realidad?  Mi tía, unos días después, mientras yo vaciaba mi tristeza en llanto, me dijo: «Ay, hija, y luego ustedes que ya habían perdido a tu papá una vez».

La ventaja es que nos pudimos despedir de ti. No sé cómo tu esposa arregló para que nos dejaran pasar a verte antes de llevarte al crematorio y lo agradezco con todo mi ser. ¡Qué diferentes son el cuerpo y el alma! Tu alma quedó impresa en la mirada de las fotografías que guardo de ti, en tu sonrisa siempre discreta pero tan expresiva que aún reconforta al verla. En cambio, tu cuerpo inerte, alejado ya del sufrimiento, ajeno a tus continuas migrañas, me sacudió de forma inaudita. Tenías los ojos cerrados. Cuando ingresaste le hiciste jurar a Beatriz que no autorizaría que te intubaran; en el fondo sé que creías que intubarse era el último recurso de lucha, pero también el preludio a darse por vencido. Por eso, cuando firmaste para que procedieran a intubarte un día después, debiste haber estado al borde de la desesperación, jalando aire con todas tus fuerzas para seguir viviendo, pero ya agotado de dar todo de ti. ¡Ay, papá! Tu cara me lo dijo cuando te vi, lo supe y sufrí contigo. Nos despedimos con palabras y con pensamientos, al unísono, tomadas de la mano llorando tu partida.

Aventé el celular al sillón reviviendo ese día y, en un instante, lloré la muerte de mi mamá hace once años, de mi abuela materna, mi divorcio y la tristeza de ser testigo de una felicidad ajena, la frustración de sentir que nunca fui suficiente, la aterradora maternidad que amo, mi creciente soledad… tu pérdida.

Siento esta opresión en el pecho que no me abandona, quiero suspirar desde hace varios días, jalo aire hasta que mis pulmones se sienten reventar y no logro ese alivio característico. Hoy estás tan vivo en mi memoria que no tiene cabida el concepto de tu muerte. No tengo la fortaleza para aceptar que ya no estás y envío al fondo de mi conciencia esta necesidad amarga de querer escribirte o llamarte; trasciende en mis noches el impulso de revisar el celular con la esperanza de ver algún mensaje tuyo y te hablo en voz baja para saciar esta exigencia de mi alma por comunicarme contigo.

La novia de mi hermana nos dijo que estás en el viento, en el aire que sopla y que transmite tu presencia. Por eso me detuve, para escucharte, para sentirte, para abrazarte y que me abrazaras, pero no fuiste tú. No puedo papá, no puedo con tu ausencia. Te extraño tanto. Por favor, te lo suplico, ven a verme en los vientos de febrero, en las ráfagas de aire de marzo o de agosto impregnadas de ti, que yo, envuelta de esperanza, te estaré esperando en la siguiente brisa.

jueves, 23 de marzo de 2023

El regreso

Cecilia Escobar


A su encuentro con el padre, Lucía asistió aquel día con su traje largo de caperuza oscuro. Este le cubría la cabeza y ocultaba parte de su rostro empapado a menudo por la lluvia de sus  lágrimas.

Lo encontró como permanecía en sus recuerdos, muy delgado, desplomado sobre su catre, cual soldado herido. Con su ojo derecho destrozado y encarnecido, como atravesado por una lanza. Tenía el rostro demacrado y la boca en un gesto agrio de dolor profundo, sin embargo, no se quejaba. La enfermedad le había robado la fuerza, el garbo y la belleza, pero no  lograba  arrebatarle la dignidad. A pesar de los reproches que albergaba su corazón, Lucía sentía gran admiración y respeto por su padre.

Se adentró unos pasos contemplando la cama con sábanas blancas y pulcras sobre la que él descansaba. La habitación parecía haberse empequeñecido con el tiempo. Observó la pared de  cemento sin pintar, el piso color ocre. Sobre la mesita de noche un libro de bolsillo: «Propiedades curativas del limón, el ajo y la cebolla», una imagen del señor de los milagros, un vaso con agua, varios analgésicos. En el aire sintió el olor a medicamentos caseros y ese hedor a herida abierta que la había perseguido durante casi toda su existencia. El tumor maligno se había abierto paso interiormente desde la nariz hasta la cavidad del ojo derecho, del cual quedaba solo una masa de carne sobresaliente.

El padre abrió el único ojo que le quedaba, respiró intensa y pesadamente al notar la presencia de su hija. Ella en cambio, permaneció inmóvil, cabizbaja, pensativa. Hasta entonces —desde hacía tres meses cada jueves al bajar al sótano de sus recuerdos para ir al encuentro con su progenitor, durante la terapia de autoregresión— se había quedado en el umbral de la puerta de aquella habitación sin atreverse a entrar del todo. Requería de algo más que valentía para franquear la barrera espacio-tiempo que existía entre ella y él. Había pasado más de treinta años desde aquel fatídico día. En el pecho aún le dolía su partida.

Lucía siguió allí de pie sin atreverse a mirarle a los ojos, él en cambio con mucho esfuerzo se los buscaba con insistencia. Una tormenta se desató en su cabeza y la hizo salir de súbito del trance. Se sintió frustrada al verse de nuevo en la realidad de su apartamento.

Llevaba varias semanas sintiendo que la vida le quedaba grande. Le faltaban las fuerzas para afrontar las olas del mar de su desesperanza. Sola y con dos hijos que alimentar, volvían a ella los fantasmas del pasado y la añoranza del padre que siempre le había hecho falta.

Conservaba recuerdos gratos de su progenitor; sin embargo, una extraña mezcla de amor y reproche sentía al recordarlo. Por eso algunas noches, se desconectaba de su realidad para volver al ayer y rebuscar detalles perdidos entre los escombros de su memoria.

Ella sabía que para navegar en las turbulentas aguas de los recuerdos de infancia, allí donde la mayoría de las enfermedades echan ancla, era necesario un especialista. Pero eso de hacer un contrato invisible de confiabilidad, volverse transparente ante los ojos de alguien, abandonarse con toda confianza, no era una de sus fortalezas.

Sin embargo, cuándo la pena persiste, es necesario mirarle a la cara. El dolor de la pérdida no es algo que pueda esconderse en algún rincón secreto, con el tiempo siempre hace grietas abriéndose paso hacia la superficie. También es difícil comprender la muerte cuando se tiene ocho años, a menudo porque no te dan explicaciones concretas. La gente mayor, en su ignorancia, tiende a usar eufemismos como: «No está muerto, está dormido», «…se ha ido al más allá». Aunque de niños sabemos que la muerte es inherente a todos los seres vivos, a  esa  edad cuesta entender que es algo permanente e irreversible.

Al hacerse mayor, Lucía se dio cuenta de que su falta de comprensión había afectado siempre su capacidad para procesar lo ocurrido y afrontar emociones en situaciones cotidianas. No recordaba haber llorado la muerte de su padre, cargaba en cambio con ella una inmensa y destructiva rabia. Llorar es una forma socialmente aceptada para expresar el dolor, pero la pérdida de un ser querido desencadena diferente tipo de emociones, que no está bien visto mostrarlas.

Toda herida sangra y la suya llevaba mucho tiempo haciéndolo, con los años se había convertido en una llaga supurante y pestilente. No quería estar encadenada de por vida a ese tormento. Decidió que era el momento perfecto para enfrentar su pasado, aunque solo ocurriera en su imaginación. Cerró los ojos y cubrió su rostro con las manos para no verse sobre el sofá gris de la sala de su casa que le servía como diván, especialmente aquellas noches en las que su alma zozobraba.

Volvió a sentir en su nariz ese hedor que le recordó sus erróneas construcciones internas: su odio por los hospitales, su repelencia por la gente débil y enferma, la necesidad de sentirse invencible. Supo entonces que estaba otra vez junto a él.

Lo miró por fin a la cara, perdiéndose en el verde océano de su mirada transparente. Había en él un amor profundo, pero también una infinita tristeza. Parecía que, en silencio, había suplicado mil veces por unos cuantos años más de vida junto a sus hijos.

Una avalancha de recuerdos se amontonó en su mente: su padre aferrándose a la vida, una vida cuyo único paliativo eran muchas dosis de morfina. Los cuidados de su madre y la esperanza de sanación conservada hasta el final.

«Maldita enfermedad. Me quitaste lo que más amaba» —pensó con rabia.

Lucía se quebró. Este no era el plan. Había venido del futuro a reprocharle su muerte, la orfandad, la miseria y las carencias en las que quedaron sumidos ella, su madre y sus hermanos.

No fue capaz de articular palabra alguna, sintió vergüenza al darse cuenta de que, él no había elegido ese destino fatal. Y así de pie ante su lecho, se quitó la caperuza que aquel día pesaba  más  que  de  costumbre y le producía frío. Empequeñecida otra vez y ahora vestida de lino, se acercó abrazándose a su pecho y gimió amargamente por todos los años que no había podido llorar su partida. No hubo reclamos por su parte. Él la contempló en silencio, acariciando con sus manos huesudas y rasposas su cara morena y sus cabellos rizados. Así permanecieron largo rato.

viernes, 17 de marzo de 2023

La certeza

Antonio Sardina


No sé por qué lo hicimos; tal vez solo para probarnos que podíamos, ya que veníamos imaginándolo y haciendo planes durante un año. Fue una fuerza poderosa e inconsciente la que nos llevó a entrar precisamente esa Navidad de 1985, en la madrugada, al Museo de Antropología, por los conductos de ventilación. Encontramos a los pocos guardias que estaban ese día borrachos y dormidos. Cargábamos nuestros bolsos del gimnasio y empezamos a recorrer las distintas salas: la azteca, la olmeca, la maya.

Con las técnicas que habíamos practicado pudimos extraer las distintas piezas que siempre habíamos admirado: la máscara de Pakal, la vasija olmeca, collares, piezas de oro y piedras preciosas. No sé por qué, al descuidarse Parches, tomé esa pequeña hoja delgada, más pequeña que la palma de mi mano, guardándola en mi cartera. No se nos ocurrió nada mejor que llevar el botín a su casa y dividirlo, mi parte de las piezas las llevé a mi casa y las guardé en el closet, diciéndole a mi madre que sólo eran unas herramientas y luego las recogería.

Es verdad que Parches y yo éramos solo un par de pequeños burgueses de clase media, estudiantes fósiles de la escuela de veterinaria de la UNAM con ínfulas de antropólogos. Así lo describieron claramente en la película realizada en 2017, Museo, que produjo, dirigió y actuó el gran Gael García Bernal, estableciendo con razón, que nunca imaginamos que esa travesura se iba a convertir en el robo del siglo, poniendo en jaque a las autoridades tanto mexicanas como de la interpol.

También planteaba la película que yo solo era un nerd influenciado y dominado por Parches y que él era la mente maestra de ese robo, el artífice de un gran plan. Lo cierto es que solo fue una casualidad que fuéramos ese día y resultara tan bien, y cabe decir, sin falsa modestia, que la idea original fue mía y que el inteligente de la pareja soy yo. La prueba es que él pasó quince años en la cárcel por tratar de vender su parte de las piezas a un narcotraficante y, en cambio yo, gracias a que entregué el botín a las autoridades, pude desaparecer hasta ahora que regreso a México.

 También es verdad que no sé por qué regresé, de repente sentí otra vez esa fuerza poderosa e inconsciente que me impelía a volver a México y buscar a Parches. Así, en pocos días, estaba en el avión de regreso a mi país después de más de treinta años, sin una causa ni un propósito claros.

Parches y yo éramos muy diferentes: amigos desde la escuela primaria, él me defendía cuando alguien quería abusar de mí. Y no es que físicamente fuera grande y fuerte, pero era valiente y por tener hermanos mayores, sabía defenderse de los abusivos de años superiores. Además, siempre tuvo una vena cruel y una rebeldía contra cualquier forma de autoridad que rayaba en la delincuencia.  Yo en cambio, pequeño y asustadizo, era carne de cañón para el abuso de mis compañeros.

Me habían operado a corazón abierto cuando tenía tres años, por lo que siempre fui sobreprotegido por mis padres y familiares. Dediqué mi tiempo y mis fuerzas a leer y a soñar. Mi mente y mi inteligencia me daban el poder que mi cuerpo y músculos no me proveían.  Eso nos hacía una pareja complementaria y nos permitía transitar en la vida con más altas que bajas. Soñábamos con hacer un gran descubrimiento arqueológico en alguno de los tantos asentamientos de culturas prehispánicas del país, con lo cual obtendríamos gran fama y seríamos millonarios.

Estoy seguro de que Parches se hizo mi amigo precisamente por esa necesidad de brindar protección. A él le gustaba ser necesitado y actuar como jefe.  Por mi parte debo decir que siempre he disfrutado jugar mi papel de débil y he aprendido a conseguir lo que yo quiero, haciendo que los demás piensen que se les ocurrió a ellos y que me ayudan, lo que los hace sentir muy bien. Me considero un manipulador talentoso y muy eficaz.

A los tres años del robo, todo se derrumbó a causa de tremendos errores de Parches: Se enamoró de una conocida vedette en Acapulco y se relacionó con narcotraficantes, intentando comercializar las piezas a través de esos contactos. Al atrapar la policía a uno de ellos, como era de esperarse, negoció un castigo menor entregando a las autoridades a uno de los autores del llamado robo del siglo.

El Parches que yo conocí al parecer ya no existía, vivir en el ambiente de narcotraficantes lo había convertido en un verdadero delincuente. Yo no lo volví a ver en tres años y el ya no se comunicó nunca más conmigo.

Mientras tanto, yo vivía en la costa oaxaqueña aprendiendo de los grandes brujos su conocimiento ancestral, se decía que mi maestro era el Nahual: Un ente espiritual de las culturas olmeca y mixteca que tiene el poder de convertirse en animal y atacar a la gente que hace mal.

Al enterarme de la captura de Parches, le pedí a mi hermano regresar mi parte del tesoro dejándola en una mochila en la recepción del museo. Y gracias a una relación que tenía con una turista salvadora, escapé con ella a su país. 

He podido salir de México y viajar todo este tiempo por Europa sin problemas gracias a que tengo pasaporte español. Nací como hijo natural de mi madre en España; es por eso que el nombre registrado, Isidro y el apellido de mi madre, son diferente al de mis identificaciones mexicanas. Mis padres decidieron venir a México conmigo y casarse aquí, ante la negativa de mis abuelos a aceptar su relación. Me registraron nuevamente en México con el apellido de mi padre y el nombre de su hermano Ramón, pero nunca dejé de actualizar mi pasaporte español.

Hace una semana aterricé en México y el mismo día tomé un vuelo a Puerto Escondido, un taxi me trajo a San Agustinillo, el pueblo maravilloso de la costa oaxaqueña en el cual me refugié después del robo y donde conocí a la turista que se convirtió en mi esposa.

En su país radicamos hasta hace un mes, cuando ella perdió la lucha contra el cáncer y yo quedé desamparado, solo y desubicado, entonces fue cuando sentí la imperiosa necesidad de regresar y buscar a Parches, no sé bien a bien por qué.

Estoy en el Rancho Cerro Largo, el mismo hotel ecológico donde residía hace más de treinta años. Un conjunto de cabañas enclavadas en la ladera de una montaña que ve a la más pequeña de las nueve bahías de Huatulco.  En la parte más alta, que da a la carretera, está el estacionamiento y la recepción del hotel, así como una estancia que funciona como comedor, donde se reúnen los huéspedes todos los días a disfrutar el menú vegetariano.

Para llegar a cada una de las doce cabañas se desciende por una escalera tallada en la montaña y se va encontrando cada una a diferente altura, con una puerta lateral y un camino de tierra que lleva a una terraza y a la habitación. Si se sigue bajando por el camino, se llega a la playa nudista del Amor, muy buscada por el turismo, en su mayor parte europeo, que frecuenta mayormente este paraíso mexicano. Lo encontré muy bien cuidado y con el mismo servicio impecable de la primera vez.

Cada cabaña tiene una forma diferente, pero todas tienen baños ecológicos sin agua corriente, solo un contenedor con agua para remojarse usando jícaras y limpiar la letrina. La principal característica de estas habitaciones es que no tienen ninguna pared frontal, por lo que desde la cama se admira la bahía y es inevitable despertarse al amanecer y sentir la naturaleza directamente, aspirar el rocío y llenarse de cielo, montaña y mar.

No sé por qué he citado aquí a Parches, después de treinta y cinco años de no verlo. Tal vez es esa curiosidad malsana que he tenido desde que lo apresaron por saber si me consideraba un traidor, al regresar mi parte del botín y escapar del país. Tal vez para corroborar mi idea de que se merecía el castigo por intercambiar su parte por droga.

Lo encontré por pura casualidad en Facebook hace pocos meses. A diferencia de mis costumbres ermitañas, tratando de no llamar la atención, estos últimos años Parches ha sido adicto a subir fotos, luciendo su inocultable fortuna: autos, casas, mujeres siempre muy jóvenes y hasta un pequeño yate en la bahía de Acapulco donde, al parecer, ha residido estos últimos años. Debo reconocer que esto me ha producido una gran envidia, al pensar que aún con las circunstancias tan adversas de su detención, él disfrute una vejez de excesos y diversión.

Lo contacté por in-box y no me sorprendió que aceptara mi invitación, ya que siempre fue curioso y debe haber fabricado cientos de conjeturas acerca de mi destino. Le pedí que viniera solo. Así que me encuentro esperándolo, en una mesa con dos sillas que tiene la habitación en la pequeña terraza, frente al barranco y la vista a la bahía.

Aparece como a las cinco de la tarde, más gordo de lo que se ve en las fotos, sudando profusamente por caminar la agreste pendiente que desciende hasta mi cabaña. Se observa viejo e hinchado, con una calvicie en la parte superior de la cabeza, pero una cola de caballo de pelo casi blanco colgando a su espalda. Me da gusto verlo tan deteriorado.

—¡Pinche Monchis! —me dice con los brazos abiertos al entrar y darnos un gran abrazo—, así que aquí fue donde te escondiste después de nuestra hazaña.

—Pues sí, tomamos caminos diferentes, yo escondido y tú, en cambio festejando como siempre, mi buen Parches. Pero siéntate y te traigo una cerveza fría. Supongo que sigues tomando tequila también, como siempre.

—Así es, ¡como siempre, pero más! Ja, ja, ja. Y me urge que me cuentes tu vida de pe a pa en estos años.

Me siento y le cuento cómo conocí a Bruna, mi ángel salvador. Que cuando me enteré de que lo habían detenido hice un trato para devolver mi parte de las joyas y salir del país para no volver jamás. Le cuento cómo viví en Europa muy feliz y tranquilo, con mi fachada de intelectual español, casado con una linda y culta heredera. Le conté también de mi extraña sensación, que me impelía a volver a México, y la necesidad de volver a verlo sin saber por qué o para qué.

—Ahora, cuéntame tu vida, que debes tener una historia mucho más interesante.

—Pues cuando me atraparon yo estaba seguro de que tú no ibas a tardar en llegar —me empezó a contar Parches—, pero simplemente no volví a saber de ti. Estuve quince años en la cárcel. Al principio fue terrible, pero el destino me llevó a conocer a uno de los grandes capos del cártel de Juárez y le caí muy bien, eso me permitió pasar esos años encerrado con un nivel de vida mejor que el que había soñado nunca: drógas, mujeres, dinero, no me hizo falta nada. Al salir, lo alcancé en Ciudad Juárez y empecé a manejar el negocio del que vivo hasta ahora; llamémosle placeres carnales ¡ja ja ja!: consigo por cualquier medio, y me refiero a cualquier medio… mujeres, niñas, niños, lo que sea que requieran nuestros adinerados clientes, tanto nacionales como internacionales, para los más variados apetitos. Y en realidad lo hago muy bien y lo disfruto muchísimo. No te cuento detalles porque te podrías escandalizar.

Sentí de repente como un mazazo. Todos los puntos se conectaron en ese momento. Supe por fin, de un golpe lo que quería esa fuerza poderosa e inconsciente y por fin sabía por qué estaba yo aquí.

Empezaba a caer el sol sobre la montaña y Parches se levantó y caminó al borde de la terraza para admirar el atardecer.

Le dije que iba a traer mi teléfono para tomar una foto. Fui a mi cartera y tomé la delgada hoja de obsidiana que llevaba a todos lados, indetectable por no ser de metal, sino una joya de piedra ancestral.

Caminé hacia él mientras nos llenaba la luz naranja del sol, tocando la montaña y coloreando el mar. Jalé su cola de caballo y le acaricié la garganta con mi hoja de obsidiana, de un profundo color negro, filosa… pura.

La sangre manó a borbotones y solo lo empujé al barranco. Me inundó una profunda tranquilidad. Una absoluta paz. Esa paz que solo produce la certeza de haber hecho algo bueno, por fin.

lunes, 13 de marzo de 2023

Reseña: «Expiación», de Ian McEwan

Siguiendo con nuestra serie de reseñas pensadas para escritores, hoy hablaremos de «Expiación», de Ian McEwan, desde el punto de vista de la construcción de los personajes.

Como seguro todos saben, Ian McEwan es uno de los principales escritores británicos vivos y «Expiación» es su obra maestra, una novela que mezcla el género romántico, erótico, y de guerra, y que contiene además una novela dentro de otra novela.

Como sabemos, la esencia de toda novela son los personajes, y estos se construyen con cuatro elementos:

Lo que los personajes dicen.

Lo que los personajes hacen.

Lo que los personajes piensan.

La descripción física.

Veamos como hace esto McEwan:

Lo que los personajes dicen:

Los personajes hablan por lo general en diálogos, pero también lo pueden hacer de manera epistolar, y una de las partes más famosas de la novela es cuando Robbie, el hijo de la sirvienta de la millonaria familia Tallis, escribe una carta para la hija mayor de la familia (que como él acaba de egresar de la universidad) en la que le dice:

«En mis sueños te beso el coño, tu dulce coño húmedo. En mis pensamientos te hago el amor sin parar todo el día».

Esto, que duda cabe, nos dice mucho de Robbie, del intenso deseo que siente por Cecilia, la hija de los patrones de su madre.

Lo que los personajes hacen:

Los cuatro elementos con los que construimos los personajes no tienen necesariamente que guardar armonía entre sí, de hecho, el que se contradigan puede hacer muy interesante a un personaje, no por nada es sabido que lo que las personas piensan muchas veces contradice lo que dicen, y lo que dicen contradice lo que hacen. Así, Robbie escribe esta carta deseoso de expresarle a Cecilia lo que siente, pero luego la oculta decidido a que ella jamás la lea. Este querer ocultar sus sentimientos nos habla de una persona que teme el rechazo de la mujer a la que ama, además del rechazo social en una sociedad fuertemente clasista.

Lo que los personajes piensan.

«Cuando sus caras se aproximaron él se sentía lo bastante inseguro como para pensar que ella se escabulliría, o le cruzaría, como en una película, la mejilla con la mano abierta».

Si había alguna duda sobre la inseguridad de Robbie respecto a Cecilia, lo que piensa nos lo termina de confirmar.

La descripción física:

Concluyamos con la cita de tres descripciones de Cecilia, a través de los ojos del enamorado Robbie:

«…la profunda curva de su talle, su extraordinaria blancura».

«El vestido de seda que llevaba parecía idolatrar cada curva y hondonada de su cuerpo ágil, pero la boca pequeña y sensual estaba apretada con expresión de censura, o acaso, incluso, de asco».

«Cuando ella extendió la mano para recoger su falda, un pie negligentemente levantado descubrió una pella de tierra en cada envés de sus dedos dulcemente decrecientes. Otro lunar del tamaño de un cuarto de penique en el muslo y algo purpúreo en la pantorrilla: una marca de color fresa, una cicatriz. No máculas. Ornatos».

La primera cita nos habla del aspecto físico de Cecilia. En la segunda sabemos más de su aspecto, pero además su expresión facial nos da indicios de lo que piensa, y en la tercera notamos la importancia de no limitar nuestras descripciones físicas a cuestiones generales: los detalles singularizan a un personaje diferenciándolo de todos los demás. Por último, una descripción nos habla también de quien describe, en este caso de Robbie, para quien una cicatriz en el cuerpo de Cecilia es un ornato.

Y si quieres saber más sobre cómo construir un buen personaje, no dejes de leer esta maravillosa novela.