miércoles, 29 de junio de 2022

La otra mitad del pan

Manuel Quezada


Antes que saliera el sol, la madre luchaba contra el tiempo para hacer el desayuno de sus dos hijos quienes corrían en plena maratón de la cama al baño, a vestirse, peinarse y limpiar los dientes para luego tomar el desayuno. Era una competencia entre Gerardo y Jorge por ser el primero en llegar a la mesa; mientras la mamá revisaba en la cocina y la refrigeradora lo que pudiera estar disponible hasta encontrar al menos dos huevos, un poco de frijoles, crema y panes. De lo que encontraba siempre tocaba la mitad para cada hermano. Una vez listo, distribuía todo en dos platos y de lo que no había que preguntar era qué se desayunaría porque siempre era lo mismo. Una vez en la mesa los adolescentes recibían una cantidad similar de comida que nunca era suficiente para los comilones. La única incógnita era el pan. Ella no se había percatado del problema porque colocaba tres panes en la pequeña cesta envuelta en una blanca manta. Uno para cada uno, incluyéndola.

—Buenos días, mamá —dijo Jorge.

—Buenos días, mamá —dijo Gerardo.

Correspondía el saludo sin verlos por la amargura de quien se levanta temprano. Se prepara un café que sería su desayuno por la falta de tiempo, mientras su esfuerzo se enfocaba en preparar la comida de sus hijos.

—¡Coman! ¡Que para luego es tarde! —les dijo.

Cada uno tomó su pan, dejando el tercero en la cesta. Comían despacio porque aún no salían del sueño que les robaron por madrugar. Después de varios minutos y terminar de comer casi al mismo tiempo se miraron uno al otro.

—¡No me llené!

—¡Ni yo!

Nunca se llenaban. Ambos sabían que el mutuo objetivo estaba al centro de la mesa dentro de la pequeña canasta. Se miraron de nuevo y luego lanzaron su atención al solitario pan. Gerardo comenzó a estirar el brazo para tomarlo, quitó la manta que lo cubría y cuando Jorge se percató de la acción, lanzó un escupitajo que dio en el centro del pan. La saliva bajó por el redondo ser de harina hasta cubrirlo. El brazo se detuvo y su cara denotó una inmediata rabia.

—¡Hijo de puta!

—¡Tengo hambre!

—¡Yo también, pendejo!

A los pocos minutos, la madre volvió a la escena y les dijo que debían salir antes de que el bus los dejara y llegaran tarde a la escuela y ella al trabajo. El silencio invadió a los hermanos y la obediencia los empujó a levantarse rápido.

A la mañana siguiente la rutina no hizo ninguna excepción como seres mecánicos programados de madrugada. Ella se levantó antes de las cinco de la mañana y buscó la cocina. El menú era el mismo, las raciones más limitadas para cuidar el presupuesto y llegar hasta el día de pago. Muy poco de huevos, frijoles, y una cucharada de crema. Al centro volvió la cesta con la manta blanca. Los tres diminutos seres de harina fueron descubiertos cuando Jorge tomó uno. De inmediato se vieron y fue en ese instante que ellos despertaron plenamente al ver que solo quedaría de nuevo un solo pan. Ambos se veían después de cada porción de comida que se llevaban a la boca y masticaban procurando disimular el interés por el tercer pan solitario que emergía de la canasta. Poco faltaba por terminar de comer lo que había en sus platos cuando Gerardo, consciente de que se quedaría con hambre, extendió su brazo y el sonido del escupitajo atravesó el silenció de la cocina perturbando la atención de la madre.

—¿Qué fue eso?

—Nada —dijo Jorge—. Vete a bañar.

Gerardo mantuvo una mirada de desprecio hacia su hermano.

—No cambias y no cambiarás.

La madre dejó la cocina para correr al baño y vestirse. Volvió en menos de diez minutos, indicando la urgencia de salir de la casa para tomar el bus. La estrategia debía cambiar, pensó Gerardo. A la mañana siguiente, sin variar el guion, seguía la disputa por el tercer pan.

El día de pago se adquiría un poco de más comida. Era el día más feliz del mes para todos. Por la noche la madre le encargó a Gerardo que fuera a la tienda del barrio y comprara provisiones para la semana. Salió de inmediato. A los pocos minutos una ráfaga ensordeció a Jorge y su madre no dudó en reconocer el error que había cometido. Ella dejó la casa como un rayo y se dirigió en dirección a la tienda. Un temblor emergió del centro de su pecho y se apoderó de la mujer ante la certeza de que en el suelo estaba su hijo. Los miembros del ejército vieron a la madre lanzarse sobre el cuerpo reposado en un charco de sangre que brillaba por el reflejo de las luces de la calle.

—¡Señora, váyase, estamos bajo toque de queda!

—¿Cómo? ¿Qué dices?

No escuchó. No quería. No le importaba.

Las amenazas y los gritos de advertencia de los uniformados fueron ignorados. A penas la distrajo un perro que se acercó a la escena y se detuvo a un metro de ella. Sus ojos se dirigieron hacia los del perro y ese cruce de miradas fue un breve paréntesis que la contagió de la tristeza que provenía de los ojos adormilados del animal que luego agachó las orejas y comenzó a mover la cola.  Había olvidado a su hijo muerto hasta que los impacientes soldados volvieron a hablar, gritar, y la tomaron de sus brazos y le dijeron que le perdonarían la vida a cambio de que volviera rápidamente a su casa. No se logró de inmediato ante el ímpetu materno por lo sucedido, sino después de una tensa negociación y, de que ella entrara a una relativa calma. No se entendió nada en casa de lo sucedido.  

 

Después de varios años, y no poder olvidar aquella noche, Jorge mantuvo el hábito de salir de su cama a las cinco de la mañana hacia la cocina. La madre al escuchar sus primeros pasos deja la cama con dificultades para preparar el desayuno.  Sin fallar el manjar: huevos, frijoles, crema y tres panes. Alrededor de la mesa siempre las tres sillas. Él observa la vieja canasta con la manta que envuelve los panes. Toma uno y ella otro. Ambos comen con la mayor paciencia del mundo. Al finalizar ella se levanta con los platos sucios hacia el lavabo. Jorge se queda solo observando el pan en el centro de la canasta. Tras revisarlo en detalle coge un cuchillo con su mano derecha y lo atraviesa por la mitad exacta. La parte que no se comería la colocó dentro de la canasta y lentamente la empujó hasta dejarla frente a la silla de su difunto hermano. Se comió su mitad y al terminar se llevó su mano derecha al mentón. Bebió café para que le bajara el bocado de pan.

—Hijo, ya va siendo hora de ir a trabajar.

—Sí, mamá. Gracias por el desayuno.  

Se levantó de la mesa y justo cuando estaba a punto de dejar la cocina escuchó un escupitajo. Se detuvo, su mirada se perdió buscando algo en el recuerdo y dirigió su mirada a la silla de Gerardo.

—Perdón, hijo —dijo su madre.

Jorge sonrió.

viernes, 17 de junio de 2022

El artilugio mágico

Roberto Murcia


Era el mes de octubre del año 1950. La segunda guerra mundial recién había finalizado y aún se percibían en el ambiente residuos de ese conflicto bélico. Los países latinoamericanos, en el otro lado del atlántico, no participaron en ella de manera activa, sin embargo, el temor a que la misma se expandiera a la región hizo mella en el imaginario colectivo. Por fin las naciones se estaban recuperando de la magna conflagración.

Algunos edificios se erguían a los lados de la calle pavimentada y muchos transeúntes recorrían las aceras en medio del bullicio de los automóviles que circulaban en todas direcciones.  Dos chicas vestidas con trajes a la moda de dos piezas, chaquetas entalladas, faldas por debajo de la rodilla y zapatos de tacón alto, caminaban frente a la biblioteca pública; miraron hacia adentro sin decidirse a entrar y pasaron de largo.

El crepúsculo teñía el cielo con su paleta de matices rojos y pigmentos cálidos. El clima era tropical y húmedo. Un hombre de aspecto indígena se aprestaba a cerrar las puertas de la institución. Vestía un traje gris, camisa blanca y corbata. Mientras cerraba la puerta principal se detuvo a contemplar el hermoso espectáculo que se desplegaba frente a sus ojos. Su nombre era Anselmo, y debía rondar los cincuenta años. De estatura media y espalda encorvada, daba la impresión de haber vivido muchas experiencias. En el vecindario todos lo conocían y era apreciado por los habitantes de la zona por su trato educado con las personas. Vino a trabajar en la biblioteca hace mucho tiempo, nadie recordaba cuándo con exactitud. Los rayos del sol se filtraban entre sus pestañas y formaban un caleidoscopio de colores. Las sombras de los edificios se cernían sobre la calle cual si fueran seres irreales. El ruido de los autos contaminaba el tranquilo ambiente tanto como el humo que despedían. En la esquina, sentado en el piso, un pordiosero pedía limosna y algunos transeúntes presurosos caminaban rumbo a sus hogares. Los arreboles trajeron a su memoria el día del incendio. Afortunadamente, ese hecho infausto estaba enterrado en el pasado. Sus parpados se entrecerraron un poco y en su imaginación recordó sus inicios.

Anselmo nació y creció en la profundidad de la selva amazónica, donde la vegetación era omnipresente, en una comunidad autóctona cuyos miembros nunca habían establecido comunicación con la civilización. Despertaban con el alba y se dormían después del ocaso. Los ciclos naturales determinaban cómo vivían. Su nombre era Lorak, que, en su lengua, significa «rayo luminoso».  De niño salía junto a su padre y los demás varones de la tribu en busca de sustento. Su dieta básica consistía en pescado, que obtenían del río, y yuca, que extraían de la tierra. La caza de presas con arco y flechas, y la recolección de frutos e insectos, complementaban su alimentación.

Sus coterráneos eran conscientes de que cohabitaban con diferentes grupos humanos. En varias oportunidades tuvieron contacto con otros aborígenes, que en algunos casos fueron hostiles. También tenían conocimiento de la presencia de forasteros blancos —a los que denominaban urans—. Para estos no era fácil ni deseable internarse en la jungla, pues era necesario atravesar una espesa maleza poblada de peligros, serpientes venenosas, fieras y bichos ponzoñosos. En ocasiones abrían carreteras con la finalidad de ingresar con sus vehículos automotores, solo para enterarse, meses después, de que el follaje reinaba de nuevo en su lugar. Así que los ladinos no tenían motivos para acercarse. Pasaba lo mismo con los indígenas, sabían de la existencia de los extraños, pero lo que se decía no los animaba a establecer relaciones con ellos. Se afirmaba que provocaban incendios forestales de forma premeditada y mataban animales únicamente por el placer de hacerlo. Para los nativos la madre tierra era sagrada y no comprendían ese proceder. Ante tal crueldad no deseaban su proximidad.

Recordó el momento en que todo cambio. Fue un día como cualquier otro, salvo que, para él, nada volvió a ser igual. En esa ocasión llegó a la región un contingente de foráneos blancos y barbados vestidos con ropas diferentes a las suyas.  Los consideraron una fuente potencial de peligro, de manera que los vigilaron durante el tiempo que permanecieron en el sector. Decidieron no atacarlos a menos que mostraran intenciones hostiles. Cuando se marcharon, él era el encargado de velar el asentamiento. Al estar seguro de que no corría riesgo, bajó del ramaje en que se encontraba ubicado para inspeccionar el sitio del campamento. Las brasas de la fogata recién apagada todavía estaban humeantes. Restos de comida esparcidos por el terreno y un olor extraño, delataban su reciente presencia. Sobre el suelo, apelmazado, dejaron abandonado un misterioso objeto cuadrado cubierto por lo que parecía piel de animal oscura, aunque nunca antes había visto una así.

Se acercó, lo movió con su lanza, luego lo tomó con cuidado y lo llevó a su choza con su familia. Ninguno de sus familiares sabía lo que era. Tras deliberar, optaron por dejarlo en una ubicación alejada durante dos semanas por temor a que fuera un arma. Transcurrido ese lapso, y al comprobar que no representaba una amenaza, lo llevaron adentro y lo examinaron exhaustivamente. Al abrirlo se despegaban muchas hojas, cual si fueran corteza de árbol, una encima de otra. Su asombro fue mayúsculo al advertir que en cada hoja se observaban trazos oscuros e imágenes de cosas reales. Las voltearon para apreciar si se trataba de figuras sólidas, pero no era ese el caso. Deseaban saber para qué servía el artefacto inusual. Se reunió el consejo de ancianos a fin de discutir en torno al sorprendente hallazgo, y después de mucha reflexión, llegaron al consenso de que debía tratarse de un artilugio mágico para realizar algún encantamiento. Él se sintió tan admirado por su descubrimiento que pensaba sobre este de día y de noche, ya que, como él lo encontró, le pertenecía, y deseaba conocer su utilidad.

Una noche soñó que reposaba en un vasto campo verde. En el horizonte se miraba el sol que se ocultaba. De la nada surgió su artefacto. Él procuró tomarlo, sin embargo, cada vez que alargaba su mano, este se alejaba y no podía alcanzarlo. Luego de varios intentos se aproximó a un precipicio donde parecía que se encontraba por fin a su alcance. Se colocó sobre la punta de sus pies. Hacía falta un par de centímetros, por lo que saltó, pero falló en su propósito y cayó en el abismo. En ese momento se despertó.

Después de mucho discurrir acerca del asunto, llegó a la conclusión de que, si deseaba averiguar la utilidad del objeto, debía internarse en las tierras foráneas e investigarlo por sí mismo. Así que decidió aventurarse en el territorio desconocido para indagar de qué se trataba aquello. Antes de emprender la travesía pidió la opinión del chamán, este le dijo que, si se iba, su vida cambiaria por completo y no regresaría a vivir a su pueblo. No habría marcha atrás, resolvió abandonar la aldea a pesar de la incertidumbre. Partió al alba, río abajo, en una canoa.  Transcurridos múltiples días alcanzó el límite al cual los miembros de su tribu se aventuraban, un rápido que no se atrevían a cruzar. Le pareció distinguir una línea divisoria imaginaria que demarcaba su mundo de esta parte del afluente y la región indeterminada poblada de peligros a los cuales debería enfrentarse en el futuro. Ignoraba lo que encontraría, esto le causaba a la vez temor y excitación. El rumor del torrente y el canto de los pájaros era el único ruido que perturbaba el silencio de la selva. Su ojo habituado al paisaje divisaba los cocodrilos que descansaban sobre la rivera: Inmóviles, semejaban troncos abandonados que se confundían con el cieno marrón. Sabía que no intentarían atacarlo a menos que cometiera el error de introducirse en el agua. Navegó por el cauce con la paciencia que da la determinación. Por las mañanas pescaba peces y cangrejos y luego continuaba su curso; por las tardes buscaba un sitio donde pasar la noche, hacía una fogata y cocinaba la presa, que, junto con yuca dispuesta para el viaje, le servía de cena.

Pasó sin ser visto por diversos poblados indígenas, pero en el último fue alcanzado por una flecha que no logró extraer y le causaba mucho dolor. Sin fuerza para seguir, se tendió en la canoa y se dejó llevar por la corriente. Al día siguiente, en una vega, divisó una casa a un lado de la ribera. Era una vivienda muy diferente a las que ellos construían en su lugar de origen, con paredes sólidas y techo conformado por piezas anaranjadas, por lo que supo de inmediato que había arribado al territorio de los urans. Detuvo su diminuta embarcación, la fijó a un arbusto cercano a la orilla y se aproximó con dificultad. En un plano aledaño a la edificación, un hombre elaboraba tejas de barro —desconocidas para él en ese momento—. Era mayor, de unos cincuenta años, flaco de carnes, su cabeza cubierta con un sombrero viejo, la barba como musgo que cuelga de los árboles. Con el velludo torso desnudo vestía un pantalón corto. Con su cuerpo embarrado del limo con el que trabajaba se asemejaba a un animal silvestre. El forastero lo miró de pies a cabeza, y al observar la flecha que sobresalía de su pecho, le preguntó:

―¿Te encuentras bien? —No entendió lo que este le decía. Más tarde él se lo explicó.

Por un momento pensó en huir, pero la lesión lo había debilitado y sabía que no podría continuar mucho más. Ya que no conocía su idioma, no contestó nada. Él volvió a interrogarlo.

―¿No hablas español?

Él expresó en su propia lengua: «Naki ma antani», que significa: ¿Puedes ayudarme? El obrero se quitó el sombrero y secó el sudor de su frente con el antebrazo derecho, una de las pocas partes limpias de su cuerpo. Con una señal de la mano, le indicó que se acercara. Lorak cayó al suelo sin fuerza. El hombre lo levantó, lo ubicó dentro de su choza, curó la laceración y le dio de comer. Permaneció postrado con fiebre durante varios días hasta que la herida sanó.

Cuando se hubo recuperado, colaboró con su bienhechor en el trabajo habitual. Este le señaló un montículo de tierra húmeda como indicándole que le ayudara. Lorak lo emuló. Primero tomaba el material, lo colocaba y esparcía sobre un tablero de unos dos centímetros de grosor. Después, extraía la capa de barro y la fijaba encima de un molde curvo para darle la forma, y a continuación lo dejaba secarse al sol. Una vez secas las tejas, las trasportaba hasta un horno de leña en el que se cocinaban durante tres días. 

Con el paso del tiempo descubrió que el hombre se llamaba Andrés y aprendió de él las primeras palabras en el idioma extranjero. Vivía en una edificación de una sola estancia en la que descansaba en una cama de paja improvisada en un rincón. No tenía esposa o hijos. Vendía el producto de su trabajo a los pobladores que habitaban la comarca. Con el dinero que obtenía por la venta de las tejas compraba víveres, herramientas y materiales.

Cuando mejoró su conocimiento de la lengua extranjera conoció la finalidad del artefacto encontrado. Andrés le explicó que lo llamaban libro y estaba lleno de información escrita en sus páginas, pero no sabría decirle con exactitud qué contenía porque no podía leer. Lorak le expresó su interés en aprender lo necesario para entender que decía. Entonces Andrés le dijo que el único en los alrededores que leía de manera solvente era el cura, quien vivía río abajo. Si así lo deseaba, hablaría con él para preguntarle si estaba en disposición de enseñarle.

A la mañana siguiente fueron a verlo. El sol brillaba en toda su plenitud en un cielo limpio. Por el camino de tierra que se dirigía hacia el pueblo se encontraron algunos vecinos que los saludaron al pasar. Hallaron al religioso en el patio de la casa cural mientras caminaba entre los árboles frutales. Era un varón mayor, de más o menos sesenta años, barriga abultada de comedor impenitente, cabeza calva en la parte superior y cabello negro corto en las sienes y en el área occipital, usaba lentes negros y una sotana marrón con un cordón blanco alrededor de la cintura. Al verlos en la entrada, les hizo señas de que se acercaran.

―Buenos días, padre Gregorio ―dijo Andrés, mientras se quitaba el sombrero y lo sostenía sobre su pecho.

―Buenos días, hijo. Pasen adelante. ¿Qué se os ofrece? –preguntó el sacerdote mientras se aproximaba a ellos.

―Mire su merced, este es un amigo mío. Hace tres meses salió de la selva. No entendía el español. Ahora habla un poco. Él encontró un libro y quiere aprender a leer para entender lo que dice.

―¡Santo Dios! ―exclamó el cura mientras abría los ojos y entornaba sus cejas― ¿Qué historia es esa que me contáis? He escuchado diferentes motivos para iniciarse en la lectoescritura, sin embargo, esto me parece en verdad bastante inusual. ¡Así que recién ha salido de la selva! Pues qué bueno que tiene disposición para el aprendizaje.

―Bien, como yo nunca aprendí y el único conocido que sabe leer es usted. Lo he traído por si su merced le hace el favor de enseñarle —expresó Andrés a manera de petición.

―Has hecho bien, hijo, yo tengo tiempo libre y podré enseñarle. Lo único es que él debe tener la disposición para venir con regularidad a fin de que yo pueda instruirlo.

―Yo puedo venir ―intervino Lorak, quien durante todo el diálogo no se perdió un detalle, y aunque no entendía todas las palabras, comprendió lo que decían.

―Bien, entonces no se diga más y comenzaremos hoy mismo si tienes tiempo.

―Sí, tengo.

El aprendizaje no fue fácil. Al principio era incapaz de tomar un lápiz y utilizarlo de forma correcta, lo agarraba cual si fuera un puñal con la punta hacia abajo. No entendía por qué motivo debía cogerlo de una manera tan extraña. Se le dificultó reproducir el alfabeto sobre el papel, pues sus garabatos eran indescifrables. Las letras las asocio con animales u objetos similares propios de la selva, por ejemplo: la o era una tortuga, l una serpiente, m una montaña. Así, Lorak aprendió a leer y escribir. Iba con regularidad a sus clases y los domingos asistía en compañía de Andrés a la misa que el padre Gregorio oficiaba, a la que concurrían los vecinos de las aldeas cercanas. Poco después se convirtió a la religión católica y fue bautizado con el nombre Anselmo, en honor de un santo, y el sacerdote le dio su apellido, Andrade.

Por fin logró identificar el contenido del misterioso artilugio encontrado, se trataba de las sagradas escrituras versión Reina-Valera, cuyas ilustraciones los sorprendieron a él y a sus familiares. Si bien el párroco no estaba de acuerdo con que leyera una biblia evangélica, y le propuso otros textos, no consiguió hacerlo desistir en su empeño por escudriñar el libro en su posesión, por el que afrontó tantos peligros, así que este se resignó a dejarlo hacer su voluntad. En una de las imágenes aparecía una mujer sentada sobre una bestia con varias cabezas coronadas. El padre Gregorio le aclaró que esa era una representación simbólica y no un animal real. Le impactó en particular la historia de la crucifixión, por su crueldad, que lo hizo reflexionar acerca de la maldad de algunos hombres. El sacerdote le ayudó a comprender aquellas cosas que le resultaban extrañas y le enseñó a buscar los términos desconocidos en el diccionario Pequeño Larousse Ilustrado. La lectura fue muy lenta, pues desconocía muchas palabras. Leyó toda la biblia, deteniéndose con paciencia en cada párrafo, hasta que la finalizo después de más de dos años de duro trabajo.

A continuación, quiso saber más y comenzó con los libros que el cura le facilitó de su colección personal. Tenía la virtud de recordar todo aquello que leía con admirable exactitud, por lo que era capaz de repetir los hechos con precisión y referirse a ellos al ser interrogado. Conoció los clásicos de la literatura universal de la mano amiga de su maestro. El Quijote fue el primero que le proporcionó, cuyo personaje principal le recordó a su amigo Andrés, puesto que se lo imaginaba delgado, seco de carnes, enjuto de rostro, nariz aguileña —ya que así lo describe el autor—, y larga barba canosa. Se lo figuraba luchando contra molinos de viento, los cuales, aunque no había visto nunca en persona, podían apreciarse en una de sus ilustraciones. Se miraba a sí mismo en el papel de Sancho Panza, intentando acercar a su amo a una cordura siempre huidiza. Admiró la valentía de D’Artagnan y sus mosqueteros, lloró las desventuras de Romeo y Julieta, disfrutó las batallas heroicas de La Ilíada de Homero.

Con el paso de los años dio cuenta del material impreso de que disponía su mentor: desde himnarios, catecismos, novelas famosas, todo cuanto cayó en sus manos. Leía hasta la última letra, de principio a fin, incluyendo los prólogos, índices e información de impresión. Transcurrieron varios años, durante los que no cesó en su empeño formativo. Cuando hubo acabado con las lecturas de la parroquia se sintió deprimido, pues no contaba con más libros para satisfacer su creciente curiosidad. El padre Gregorio, al verlo en ese estado, le sugirió:

Según veo, hijo, no hay más lecturas para ti aquí y eso te hace sentir mal. En mi opinión lo mejor es que vayas a una ciudad donde haya una biblioteca y así puedas continuar con lo que, al parecer, es tu vocación. Como eso es lo único que en realidad deseas, me daría pena que no continúes tu educación, pues nunca conocí a alguien tan interesado en aprender como tú. Puedo darte una recomendación para un sacerdote amigo, al cual ya le he hablado de ti en otras ocasiones. Él estará dispuesto a ayudarte hasta que seas capaz de mantenerte por ti mismo.

Anselmo le agradeció al sacerdote por la ayuda brindada y luego de unos días partió hacia la ciudad. Antes se despidió de Andrés, quien comprendió que Anselmo debía irse por su propio bien. «Volveré, le dijo, y estaré agradecido contigo toda la vida».

Llegó después de un largo viaje entre maletas y gallinas en un camión al que le habían construido una carrocería de madera para trasportar personas. El periplo, acaecido en temporada de lluvias, discurrió por caminos de tierra. El cieno salpicaba a los pasajeros cada vez que el automotor caía en un charco. La ciudad le pareció enorme, acostumbrado como estaba a los pequeños poblados del interior. Era un mundo muy diferente a aquel en que había vivido. Le maravilló el hacinamiento, pues muchos habitantes residían en un espacio reducido, las viviendas se encontraban pegadas unas a otras, sin margen de separación, formaban cuadras delimitadas por calles por las que caminaban los peatones o carros, los árboles eran escasos y, salvo algunos perros callejeros, era notoria la ausencia de animales salvajes o domésticos típicos de las aldeas.

El cura en cuya parroquia fue a vivir se llamaba Marcos. Era alto, de cabello negro de cuervo, taciturno, de pocas palabras, siempre usaba zapatos negros relucientes que hacían juego con el color de sus cabellos y sus ojos. Al contemplar a Anselmo cubierto de lodo seco, le dijo: «Hijo, pareciera que vienes saliendo de una zona de desastre». En lo sucesivo él le solicitaba que hiciera labores domésticas, mandados y reparaciones menores. En su tiempo libre asistía a la escuela nocturna para adultos y leía cuanto podía en la biblioteca pública local que no se encontraba lejos de la casa cural donde vivía. Solía pasarse interminables horas consultando un tomo tras otro, hasta que el encargado, al admirar su pasión por instruirse, le ofreció trabajo haciendo la limpieza. Esto le permitió continuar su labor con mayor facilidad, ya que ahora habitaba una pequeña habitación en el mismo establecimiento. Durante el día venían alumnos de las escuelas a solicitar algún volumen, para elaborar sus asignaciones, quienes lo observaban con detenimiento debido a la apariencia indígena que nunca lo abandono por completo, el acento con que pronunciaba el español —que delataba el hecho de no hablar el idioma desde su infancia—; su peculiar corte de cabello, pues la costumbre era usarlo corto y él, en cambio, lo prefería largo a usanza tribal, y no consintió se lo cortaran de otra manera. Todo esto hacía que se destacara entre la multitud.

Después de completar su educación primaria y secundaria realizó estudios en bibliotecología, lo que le permitió ascender en el escalafón de la institución. Adquirió, con paciencia y empeño, habilidades de lectura en inglés y francés; conocimiento de ciencias, economía, filosofía, arte y de cultura general, muy por encima del que sus coetáneos poseían. Con los años llegó a dominar muchas materias, al grado que recibió el reconocimiento de sus conciudadanos. Cuando los usuarios querían saber algo se lo preguntaban. En una época en la que la información era escasa y difícil de obtener, alguien que pudiera enumerar tantos y distintos hechos era admirable. Los niños se acercaban y le consultaban para realizar sus tareas. Los adultos también indagaban si tenían alguna duda que solo él sabía resolver. Podía recordar, sin dificultad, datos específicos, fechas y nombres. De modo que causaba la admiración de los visitantes.

Regresó en más de una oportunidad a su tierra natal para reencontrarse con sus familiares y compañeros. Aunque estos se mostraron maravillados con sus aventuras, no manifestaron deseo alguno de tener contacto con los forasteros, pues las experiencias que en el pasado tuvieron fueron negativas. Por ejemplo, una aldea que se relacionó con los citadinos, se vio diezmada por las enfermedades trasmisibles acareadas por ellos, como la gripe, sarampión, rubeola, disentería y otras. Los pocos sobrevivientes terminaron trabajando en condiciones deplorables para los comerciantes de madera, quienes lo explotaban y trataban mal.  Anselmo comprendió la actitud de sus coterráneos hacia los urans y en lo sucesivo hizo todo lo posible por llevarles instrumentos útiles, como hachas, cuchillos y palas; pero no insistió en convencerlos de las ventajas de la vida en la ciudad. En cuanto a él, su futuro se hallaba en la urbe con sus preciados libros, a los que retornaba siempre.

Un día aciago la biblioteca se quemó. La noche anterior nada parecía presagiar algo malo, cerró el local como lo hacía todos los días. Mientras dormía, se despertó al escuchar gritos provenientes de la calle. Al principio pensó que era un mal sueño, sin embargo, pronto se dio cuenta de que era real. Salió para constatar que de la biblioteca y la residencia vecina salían nubes de humo y enormes llamaradas amenazantes se levantaban hacia el cielo. Corrió para intentar apagarlo, no obstante, alguien más juicioso que él en ese momento lo detuvo y le dijo: «Déjelo, ya no se puede hacer nada». Él comprendió que tenía razón, no era posible salvar  los libros de aquella tragedia. Al parecer el incendio comenzó en la cocina de la casa contigua, sin que nadie se percatara, extendiéndose a la institución. Cuando llegaron los bomberos ya los volúmenes habían tomado fuego, de manera que no pudieron salvarlos. Lo único que lograron fue evitar que el siniestro se expandiera a los edificios aledaños.

Por la mañana llegaron los periodistas a cubrir el suceso. Lo entrevistaron y le tomaron fotografías mientras lloraba enfrente de los restos calcinados de la biblioteca municipal. La noticia salió en los diarios del día siguiente con el encabezado: «No pude hacer nada para evitarlo», frase repetida por Anselmo varias veces durante la entrevista. El reportaje narraba su historia, cómo llegó a ser un sabio autodidacta y lo importante que eran los libros para él. Se admiró al verse retratado en el rotativo, pero eso no le sirvió de consuelo. Se sintió solo y desesperado, y no probó alimento durante varios días. Para su sorpresa, en el trascurso de semanas comenzaron a llegar libros de diversas procedencias del país. De lugares lejanos la gente enviaba cajas que contenían novelas, diccionarios, textos escolares, enciclopedias y muchos más. Lo conmovió la donación que hizo un niño de su libro de lectura. Con seguridad eran personas desinteresadas alcanzadas por la noticia que deseaban colaborar con Anselmo para restablecer la institución que tanto amaba. No podía dar crédito a lo que presenciaba. Contemplaba con infinito agradecimiento y lágrimas en los ojos la llegada de las cajas enviadas por espíritus altruistas anónimos. Clasificó el material de lectura según la temática abordada; los colocó en pequeños estantes improvisados provisionalmente con unas tablas que le regalaron, ubicadas sobre ladrillos para crear el espacio necesario a los lados de las paredes renegridas, las cuales más tarde sustituyó por repisas permanentes. Cuando le preguntaron por qué dejaba los libros allí, sin puertas ni seguridad, a merced de los rateros, respondió: «Los ladrones no leen». Un vecino le regaló pintura y otros se ofrecieron a colaborar en la reconstrucción.

De esa manera la biblioteca volvió a tomar forma y con ella la razón de vivir de Anselmo. Con la publicidad obtenida de la prensa se convirtió en una figura pública, una especie de celebridad local. Su fama trascendió al ámbito nacional e incluso internacional. Cuando le mostraron un artículo que relataba su vida, publicado en la revista estadounidense Selecciones del Reader's Digest, apenas podía creerlo. Recibió donaciones de libros y otros materiales de lectura de diversas instituciones gubernamentales y privadas. Con frecuencia era solicitado por universidades para que dictara conferencias sobre temas diversos. Ya que tenía una memoria portentosa, disertaba sin dificultad con relación a muchas materias.  Su inteligencia natural compensaba la falta de estudios formales en las múltiples áreas que su conocimiento abarcaba. Personas de variadas procedencias, adultos y jóvenes, lo conocían y lo saludaban mientras caminaba por la calle o visitaba lugares públicos. Muchas familias lo invitaban a cenar en la comodidad de sus hogares para tener el placer de escuchar su apreciación acerca de los asuntos que le plantearan. Recitaba con precisión, de viva voz, poemas famosos, pasajes bíblicos y parlamentos teatrales, de obras clásicas y modernas. Discurría con facilidad sobre cuestiones filosóficas, teológicas y científicas complejas, aportando siempre su juiciosa y ponderada opinión. Una vez le preguntaron cómo creía que era el paraíso, a lo que contestó: «Estoy seguro de que es una biblioteca enorme, sin fin».

miércoles, 25 de mayo de 2022

El tamaño del alma

Joe Monroy Oyola


Sue le acomodaba las almohadas a Clarence. Él tomó la mano de su madre, y con ronca voz, en forma pausada le preguntó:

—Mami, ¿cuándo yo muera iré al cielo?

—Hijo, seguro, pero apenas tienes catorce años, de acá en muchísimo tiempo más irás al lado de Dios ¡por toda la eternidad! Te ruego, no hables mucho; tienes la garganta muy inflamada.

La familia Lindsey vivía en un barrio residencial cercano al distrito escolar de Terrell, en una propiedad de cuatro acres y medio. La vivienda se encontraba sobre una zona algo elevada, desde donde podía divisarse el vecindario, la carretera. El aspecto del césped era óptimo pues Elliot solía tomar recaudo cuando el estado de los jardines lo precisaba; usaba el pequeño tractor rojo que tenían en el inmenso garaje. La casa estaba pintada por fuera de tono verde claro, las puertas eran de color marrón al igual que la cerca que rodeaba todo el hogar. Entrando al porche había una banca con cadenas colgantes entornilladas a unas vigas del cielo raso, a modo de columpio, estaban cercanas otras dos sillas y una pequeña mesa, llena de marcas circulares marrones a negras provenientes de las bebidas, pruebas tangibles de acuerdos, distancias o silencios entre los esposos disfrutando del hermoso panorama. Los árboles de melocotón, fruta preferida de Clarence, que con los frecuentes y fuertes vientos provocaban un sonido rítmico entre las ramas y hojas golpeándose entre sí; formaban el límite natural con la propiedad de los vecinos, la familia McCoy, quienes casi nunca se dejaban ver.

Clarence miraba el marco de la puerta en la cocina. Sobre la pintura blanca estaban dos hileras de marcas hechas con plumón negro, al lado derecho la hilera con el nombre de Rachel, a la izquierda otra con su propio nombre. Las fechas de los trazos pintados empezaban desde tres años atrás, pero las distancias físicas de las señas se iban acortando. La puerta vaivén se abrió y entró Sue con algunos trastes;

—¡Ay, hijo! —gritó Sue, mientras recogía unos cubiertos que se le habían caído—, ¡¿qué haces allí mirando la pared como zombi?!

—Mamá, mira mi hermanita es dos años menor que yo, pero ya me alcanzó en tamaño —replica mostrando las marcas con su dedo índice derecho—; creo que estoy creciendo muy despacito.

—Hijo, te he dicho que algunas personas crecen más rápido respecto a otras. Ya verás como hasta la pasarás a Rachel —contestó su mamá, al mismo tiempo que le besaba la frente—. Recuerda que ya nos lo dijo tu tío Andrew, él es doctor. No olvides tomar tus vitaminas.

—¡¡¡Las tomo todos los días!!!

«Ay, hijito, de verdad te estás quedando chiquito».

Sue sale de la cocina, al atravesar el pasillo que termina en la sala se queda contemplando los dos marcos color marrón, colgados en la pared, conteniendo un retrato en cada uno de ellos. En el primer cuadro se aprecia la imagen de un bebé envuelto en un ropón celeste. Bajo el retrato tiene escrito a mano, con tinta negra, un nombre y fecha: Clarence; veintitrés de junio del año dos mil seis. En la siguiente fotografía, otro bebé con un ropón rosado, también anotado con tinta oscura: Rachel, cinco de julio del año dos mil ocho. Posa su mano derecha en cada uno; Elliot todavía no llega, y no le gusta que lo llame a menos que sea una real emergencia. Igual hablaré con él, pues tenemos que llevar a Clarence a un pediatra, algún especialista. Andrew es médico general, buena persona, pero con eso de «no se preocupen ya va a crecer, cuando menos lo piensen dará un estirón, y será alto como un roble», no sea que mi hijo se me quede enanito. ¡¡¡No, eso no le puede pasar a mi angelito!!!

A la mañana siguiente Sue no habló más del asunto y mientras todos desayunaban le dijo a Clarence que a partir de ese día debía tomar el doble de las vitaminas recetadas por el tío Andrew, para nada valieron las protestas del hijo. Elliot siguió apuntando direcciones en su libreta; eran clientes que precisaban se les cambie el vidrio frontal de sus vehículos; la noche anterior la tormenta había caído con fuertes lluvias y granizada, nada raro en la zona. Salieron Rachel, Clarence y el papá con rumbo hacia la escuela. Sue se quedaba como ama de casa.

Los días viernes desde la tarde hasta la madrugada, las cantinas en Terrell, que eran muchas, se abarrotaban de trabajadores que anhelaban olvidarse de sus jefes y las órdenes. Los hombres jugaban billar, y gritaban como locos con cada buen o mal tiro, las damas relajadas, pues ya no tenían que esconder sus celulares para conversar por texto con amistades, novios, esposos, con sus niños. Las solteras estarían tomando unas copas y bailando al ritmo de la música country. En cambio, la gran mayoría de las casadas llegarían a sus hogares con bolsas de víveres comprados a la carrera para reunirse con sus hijos, y si eran de las afortunadas, saludándose con sus esposos, tal vez compartiendo la preparación de la cena, quizá solo conversando sobre cómo fue el día. Pero para Elliot cada viernes era una larga jornada de trabajo, y algún sábado también.

Fue bueno que cayera granizo, el negocio es lo primero; hasta ahora ya van seis carros con el parabrisa quebrado. No entiendo qué ocurre con el carácter de Sue; cuántas esposas quisieran que su marido tuviese un negocio propio. Nuestros pagos de la hipoteca están al día, además estamos ahorrando para que, al terminar la escuela, nuestros hijos puedan ir a la universidad. Está bien que yo llegue desarreglado pues vengo de trabajar, en cambio ella está todo el día en la casa, no tiene que salir cuando hace calor o frío; siempre está desarreglada: las mismas sandalias amarillas, el pantalón jean que ya perdió todo su color, una colita de caballo por peinado, sus uñas están más cortas que las mías, y solo alterna esas tres camisetas que compramos hace un par de años en una venta de garaje. ¡No valora mi sacrificio! Hasta cuando quiero estar con ella y le beso el cuello, casi todas las veces está salado. Si le digo para ir al cuarto me sale con la cantaleta: «Espera que termine de atender a los niños, lavo los trastes, doy de comer al gato y a los perros, saco la basura, preparo la ropa de ustedes tres para el día siguiente, me baño; entonces seré toda tuya cariño».

La ciudad de Terrell era una localidad con abundantes tierras, áreas industriales, algunos vecindarios residenciales, también muchos barrios semirurales con casas móviles. Aún se podían ver praderas verdes, en las largas planicies se hallaba pastando ganado vacuno, ranchos provistos de caballerizas, y los infaltables burros, quienes eran excelentes protectores, mejores aún que los canes, contra el ataque de los odiados coyotes. La transitada carretera interestatal veinte venía desde el este, y dividía en dos la ciudad; luego se dirigía hacia el oeste, cruzando los estados de: Luisiana, Misisipi, Alabama, Georgia y Carolina del Sur. El sonido de los motores casi formaba parte del paisaje. La ausencia de montañas convirtió a Terrell, como a todo Texas, en corredor desprotegido para el paso de los temibles tornados que solían azotar la región. En invierno cuando caían algunas nevadas, moderadas en comparación con otras partes de los Estados Unidos, los Lindsey se divertían bajando sentados sobre tablas esquiadoras desde la ligera elevación donde estaba la casa. En una de las plataformas deslizables Sue y su hijo, en la otra Elliott y Rachel; a cierta velocidad, en medio de la fría ventisca, los copos blancos de nieve parecían venir al encuentro, lo mismo ocurría con el aroma a leña que emanaba de casi todas las chimeneas. Pero, un sábado, cuando jugaban resbalándose en la nieve ocurrió algo que iría cambiando sus vidas. Fue la aparición de las primeras señales...

—¡Hijo, ahora nos toca a nosotros! Agárrate fuerte de la baranda y vamos —dijo mientras abrazaba por detrás la cintura de Clarence—. ¿Qué esperas hijito? ¿Clarence qué te ocurre?

—¡¡¡Mamá mis dedos, mis manos, se me han acalambrado!!!

—Es el frío, no te preocupes, ponte detrás de mí.

—¡¡¡Ay, mami los pies, se me acalambraron también!!!

La salud de Clarence fue decayendo de a pocos entre los dos años siguientes. Todavía asistía a la escuela; pero después de un alto rendimiento académico, sus calificaciones empezaron a bajar. En el marco de la cocina no hubo más rayas pintadas con la estatura de los hermanitos. Elliot y Sue encontraron recursos de atención médica especializada en el prestigioso hospital en la ciudad de Tyler, a casi hora y media en auto, les estaban por entregar los resultados de unos exámenes para descartar un trastorno médico denominado acondroplasia, causa común del enanismo, ese viernes quince de agosto del año dos mil dieciocho, Clarence solo tenía entonces doce años; la cita era a las dos de la tarde...

Elliot y Sue entraron al consultorio, la enfermera los invitó a tomar asiento. Después de unos minutos el doctor Dennis Holland los hizo pasar a su despacho, luego de los saludos, el galeno abordó el tema; comenzó explicándoles que realizaron los análisis del caso para descartar el diagnóstico de acondroplasia, la causa del enanismo. Les decía que esta se debía a una alteración genética del óvulo o del espermatozoide antes de la concepción. Pero, señor y señora Lindsey, tengo aquí los resultados, y ese no es el caso. Elliot y Sue se abrazaron, fue el momento más íntimo de la pareja en casi un año, ¡excelente!, ¡gracias a Dios! gritó la afectada mamá; el doctor Holland los quedó mirando sin mostrar emoción alguna en su rostro. Se puso el dorso de su mano derecha sobre la boca y aparentó aclarar su voz, entonces llamó a Hellen, su asistente. Por favor, tráigales a los señores Lindsey unas botellitas de agua. Doctor esa es una buena noticia, dijo Elliot. Lamento ser poco optimista respecto al estado de Clarence, agregó el médico, creo que necesitamos hacer otras pruebas. Los esposos en un acto involuntario entreabrieron sus labios, si alguna cámara filmadora hubiera registrado el perfil de los dolientes progenitores, entonces mostraría la victoria de un inmenso peso sobre sus cabezas, la ley de gravedad en su insano triunfo. Por breves segundos solo se escuchó el silencio hasta cuando alguien golpeó la puerta; Hellen entró con las bebidas.

—¡Pero doctor Holland, ¿qué es lo que tiene nuestro hijo?! —exclamó Sue.

—Sí, doctor, nosotros vinimos a usted porque se supone que es uno de los mejores neurocirujanos del hospital —agregó Elliot dejando caer el llavero que tenía en su mano izquierda.

El galeno les planteó la remota posibilidad que se tratara de una esclerosis lateral amiotrófica; luego agregó que este padecimiento afectaba el sistema nervioso, por lo general a personas cercanas o en la tercera edad, que era muy bajo el porcentaje de pacientes jóvenes o niños. Sue le preguntó si ese mal era peor que el enanismo; el doctor expresó la importancia en descartar o confirmar el posible diagnóstico. Aunque trató de ser delicado en la descripción del probable escenario, dada la insistencia y llanto de la desesperada madre, se vio en la necesidad de explicar que, si fuese confirmado, las expectativas de vida podrían estar entre tres a siete años, aunque con muchos cuidados se han encontrado casos en donde la supervivencia del paciente a partir del diagnóstico podría alcanzar hasta diez años, con una aceptable calidad de vida. Elliot y su esposa se habían tomado de la mano, por un instante dejaron de hacer preguntas y se abrazaron. El doctor rompió el silencio:

—Disculpen la interrupción, pero debemos actuar de inmediato. Preciso que traigan a su hijo lo antes posible —dijo el médico mientras revisaba en la computadora la disponibilidad del laboratorio —. ¿Cuándo lo pueden traer?

—Él está aquí, está junto a su hermanita; mi esposa y yo los recogimos de la escuela.

—Los dejamos en la guardería, aquí en el hospital —agregó Sue.

—¡Hellen!, por favor, vaya por el niño Clarence a la guardería.

El doctor Dennis Holland le entregó a Hellen, la enfermera, la hoja clínica con la orden para practicarle a Clarence la prueba de tomografía cervical, además de una electromiografía. Mientras Elliot y Sue Lindsey permanecían con el médico, quien recababa información importante acerca de la familia por el lado paterno y materno, la asistente médica llevaba al niño en camilla. El paciente vestía una bata blanca, aquellas que son abiertas por detrás, él miraba las paredes celestes de los pasillos; pero lo que más llamaba su atención era el cielo raso color blanco, pues en cada lámpara del falso cielo se podía ver dibujado algún personaje de caricaturas. El sonido provocado por las llantas al pasar sobre cada línea transversal del piso le entretenía a Clarence; las iba enumerando en voz alta...

—Cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve... —contaba.

—Dime Clarence, ¿cuántos hermanitos tienes? —preguntó la enfermera a la vez que esbozaba una sonrisa.

—Oh, oh, ya me hizo perder la cuenta de las rayitas —contestó mientras se recostaba sobre su lado derecho—. Solo una, mi hermanita Rachel. Ella tiene diez años, ¡y es muy alta!

Se escuchaba música infantil en los pasillos del nosocomio, Hellen y el paciente llegaban al laboratorio. Le pidieron al infante que se incorporara. Él trató de cubrirse el desnudo dorso que siempre dejaba al descubierto este tipo de camisones, la enfermera se percató de la vergüenza del niño; no te preocupes, déjame ayudarte. Así pudo bajar de la camilla. Las pruebas empezarían de inmediato...

El viaje de regreso a casa fue desolador, la madre secaba su nariz con un pedazo de papel higiénico blanco que se fue convirtiendo una bola húmeda; por el reflejo del vidrio del lado del copiloto Elliot distinguía el rictus doloroso de Sue; los árboles parecían pasar de izquierda a derecha golpeando a la afligida madre. La carretera en frente era un inacabable triángulo negro. Elliot tampoco hablaba, jamás supo que Rachel le contaba del día en la escuela, las mucosidades cubrían su denso bigote marrón. El viaje desde el hospital de Tyler se hizo eterno. Eran dos padres en el sufrimiento más grande que pueda sentir el ser humano, la imposibilidad de conocer, por ahora, la verdad sobre el destino del amado hijo. Los hermanos, en el asiento posterior jugaban sin preocupación alguna.

Luego de unos días fue confirmado el triste diagnóstico. Aún retumbaba en el cerebro de Sue, y en la mente del padre: se confirmó el diagnóstico, «se trata de un caso de esclerosis lateral amiotrófica. Cuando, rara vez, el mal ataca a un niño, le impide el desarrollo físico normal. Los músculos al dejar de recibir impulsos nerviosos terminarán atrofiándose, imposibilitando cualquier movimiento por voluntad propia. Suele empezar por una mano extendiéndose al resto de los miembros, con el tiempo devendrán problemas para tragar, dificultades para respirar, los músculos del cuello no podrán sostener la cabeza, los calambres serán frecuentes. Lo lamento, pero en algún momento necesitará estar conectado a un respirador artificial, hasta que finalmente...».

—¡¡¡Finalmente, ¿qué?!!! —gritó Elliot.

—¡Contéstele a mi esposo doctor Holland! ¡Solo nos da una relación de martirios por los que pasará nuestro hijo, y usted como si nada!

—Lo siento mucho..., mejoraremos, en lo posible su calidad de vida, pero al final sobrevendrá el fallecimiento por una insuficiencia pulmonar.

Al llegar a casa estacionaron el auto, y llevaron a Clarence a su habitación. Rachel se quedó haciendo compañía a su hermano. Los angustiados padres tomaron asiento en la sala, los muebles de cuero marrón parecieron hacerse muy hondos, Elliot encendió la leña de la chimenea y se sentaron juntos abrazados, llorando.

La rutina diaria de Clarence y de toda la familia cambió de manera radical. El seguro privado de la familia Lindsey cubría, en gran porcentaje los gastos del tratamiento: las medicinas para retardar el progreso de la enfermedad, otros fármacos específicos para controlar los espasmos y otro medicamento ayudaría a combatir el problema con la deglución de los alimentos. Las sesiones de fisioterapia, y la rehabilitación harían su parte. Con el apoyo de familiares, amigos y una cruzada de ayuda en la escuela pudieron comprar una silla de ruedas eléctrica preparada con la más avanzada tecnología.

Al cabo de un año y medio, la compañía del seguro privado de salud, en la cual estaba afiliada la familia, dio por cancelada la póliza; las líneas en letras pequeñas mostraron cómo era el negocio de esas empresas aseguradoras. El monto no cubría más, pues se dio por entendido que era un mal preexistente a la firma del contrato. Los Lindsey estaban sin posibilidades de afrontar esos inmensos gastos médicos.

Elliot y Sue hicieron un inventario, y acordaron quedarse con la camioneta de uso familiar, necesaria por la silla de ruedas que usaba Clarence, venderían los dos autos, el tractor, cancelar la cuenta de ahorro a plazo fijo para los estudios universitarios de sus hijos. Mira Sue, con eso podremos cubrir los tratamientos por casi un año. Sue estaba callada, hasta que ella sugirió refinanciar la casa. Elliot aceptó. Esa diferencia a favor cubriría los gastos médicos por tres años más, tal vez, dijo ella.

Clarence ya tenía catorce años. El cuerpo de niño había cambiado mucho, el declive de la salud era notorio. Su comportamiento dejó de ser amable para convertirse en un preadolescente malhumorado, solía tirar la vianda de los alimentos, se le escucharon hablar algunas groserías, algo nunca visto en él. De pronto notaron una evolución favorable en el decaído ánimo, pues empezó a estudiar por medio del internet: tutoriales de fotografía, preparación de comida china, clases de horticultura; luego llenó una solicitud de medio tiempo para ayudar en un voluntariado dedicado a mascotas abandonadas, lo que hizo pegar el grito al cielo a sus padres. No se detenía en su afán por adquirir nuevos conocimientos.

Elliot y Sue estaban asustados, pidieron consejo en su iglesia, a familiares, al sicólogo quien daba apoyo a Clarence; veían a su hijo tratando de participar en muchas actividades. Ellos jamás le habían revelado la naturaleza de su mal, menos aun el desenlace del mismo. Las reuniones se efectuaron en varias formas, algunas por internet, otras pocas fueron conversaciones telefónicas debido al cuidado personalizado que precisaba su hijo. Las opiniones eran de lo más diversas. Había quienes decían que esos tutoriales lo agotaban y debían de prohibirle esto, otros pensaban que resultaba una buena manera de mantenerlo motivado. Lo que resultó un consenso general es que Clarence no debía enterarse de su real estado de salud.

Una mañana de domingo, Elliot y Sue estaban deliberando al respecto en su habitación, cuando de pronto, escucharon el toque de la puerta y la voz de Rachel preguntando si podía entrar. Claro hija pasa afirmó la mamá; se acostó junto a sus padres. ¿Por qué no me habían dicho que mi hermano está muriendo? Estoy a punto de cumplir los trece años, ¡ya no soy una niña! La sorpresa fue mayúscula para Elliot y Sue; hijita, ¿de qué estás hablando?, claro que no, él tiene un problema muscular, ya te lo hemos dicho, contestó Sue. Rachel se levantó de la cama con el osito de peluche favorito de su hermano, que minutos antes Clarence le había entregado, la niña continuó; él está muy enfermo, y ustedes debieron decírmelo. Elliot miró a su hija y le preguntó quién le había dicho eso; la adolescente contestó: ¡fue mi hermano!

Clarence había investigado en internet las indicaciones sobre los medicamentos recetados, encontró el nombre de la enfermedad que padecía y su proceso final. Después de conversar y explicarle a su hija las razones de la mentira, Rachel reclamó lo mal que hicieron en mentirles. Entonces Sue, se levantó de la cama y le dijo a su esposo que debían de ir a conversar y disculparse con Clarence. Él estaba descansando en su cama mirando algo en su computadora, instalada a manera de mesita de hospital, acerca de primeros auxilios en caso de accidentes, la familia entró. Estuvieron un largo tiempo sin decir palabras, solo lloraban los cuatro, se acariciaban de modo indistinto; pues el dolor no era de uno, sino de todos. Afuera el viento soplaba sobre la mala hierba que había cubierto la propiedad, cada gallina, las pocas vacas y el asno habían sido vendidos, los tres perros y el gato entregados en adopción con vecinos; pero los árboles de melocotones, en forma increíble, seguían produciendo abundantemente.

Clarence pidió a sus padres y hermana, que le ayudaran a participar en actividades donde él pudiera ser útil con los ancianos, con otros niños en algún hospital donde, tal vez, alguien esté sufriendo lo mismo que él. Todos escucharon, nada prometieron, quizá luchar por un día más, cada vez. Elliot salió con Rachel, dijeron que iban a preparar un jugo especial: el delicioso batido de melocotones; Clarence hizo el amago de incorporarse y saltar sobre la cama, pero solo consiguió caer de bruces sobre las sábanas y almohadas del lecho de sus padres; si su cortada voz se lo hubiera permitido habría, al menos, pegado un grito de júbilo. Sue sostuvo a su hijo en forma cuidadosa, y por primera vez notó que el grosor de los brazos era cual los huesos, no sintió musculatura alguna, solo la estructura ósea con la piel, por igual la pierna izquierda que estaba descubierta.  

 Sue le acomodaba las almohadas a Clarence. Él tomó la mano de su madre, y con ronca voz, en forma pausada le preguntó:

 —Mami, ¿cuándo yo muera iré al cielo?

—Hijo, seguro, pero apenas tienes catorce años, de acá, en muchísimo tiempo irás al lado de Dios ¡por toda la eternidad! Te ruego, no hables mucho; tienes la garganta muy inflamada.

—Mamá, no más mentiras sobre mi enfermedad, te lo ruego.

Para ella fue difícil, por primera vez, tomar la ruta de la verdad sobre la real situación de su hijo.

—Perdóname —suplicó mientras tomaba las manos de Clarence y le besaba la frente.

—Mami, ¿de qué tamaño es nuestra alma, cabe exacto en nuestro cuerpo?

—¿Por qué preguntas eso mi amor?

—Es que en la escuela siempre fui el más pequeño, me daba vergüenza ser cada año el primero en la formación— contestó al mismo tiempo que se limpiaba las mucosidades con la manga de su pijama—. En el cielo no quiero ser el más pequeño por siempre, ¡¡¡no por toda la eternidad!!!

—Hijo, cuando Dios creó al hombre lo hizo a su imagen y semejanza, pero no nuestros cuerpos, sí en cambio nuestra alma. Estoy muy segura de que allá en el cielo, ante los ojos de nuestro Creador, seremos todos iguales.

Clarence se acercó a su madre y sonriendo la abrazó.

 —Hijo, eres muy valiente enfrentando estas circunstancias de salud, ¿tienes miedo a morir?

—Tengo mucho miedo mamá —dijo, mientras los dedos de su mano izquierda parecían anudarse sin control, y un esputo involuntario hacía caer la saliva en fina hilera hasta su mentón.

lunes, 9 de mayo de 2022

Mudanza

Rosario Sánchez Infantas

 

«Han permanecido con la emoción intacta fragmentos de mi vida que creía olvidados». Sentada en una de muchas cajas desperdigadas por la habitación Alina revisa los libros, sobres, carpetas y cuadernos que va desempacando y los ubica en rumas separadas. «Y es que, en una mudanza no solo cambian de lugar muebles y enseres. Se actualizan recuerdos, sentimientos y decisiones al revisar los esbozos de poemas y relatos en esos viejos papeles que acompañan mi paso errante. Este maltrecho cuaderno etiquetado Ideas para desarrollarincluye impresiones sobre mi permanencia en la pasantía que realicé en la universidad de una pequeña ciudad de la amazonia peruana. Están resaltados “disfruto su clima cálido y húmedo que induce a pecar”, “la exuberancia de flora y fauna rodean con su belleza salvaje los atisbos de civilización”, “personas sensibles y que esforzadamente producen y difunden cultura regional”... También hay escritos… sin límites precisos entre la ficción y la realidad».

 

*****

 

El que mucho abarca, poco aprieta

 

Asumió que tendría un desempeño amatorio triple por lo cual se abasteció bien para el encuentro furtivo con su amante. Eduardo, un joven profesor, poeta y editor independiente, le había dicho a su esposa que iría a coordinar la edición de un libro de un nobel escritor. Ya salía de casa cuando escuchó en la radio que era jueves y no miércoles como lo había creído. ¡Alina, ya habría viajado! ¡Su cita era el día anterior! La culpa lo ponía torpe. Aprovechando que su cónyuge tomaba un baño envolvió los tres ejemplares (con textura, sabores y aromas diferentes) en abundante papel toalla y los colocó dentro de varias bolsas plásticas. Luego introdujo el paquete resultante al fondo del tacho de basura.

Llovía a cántaros, pero debía buscar cómo pasar las tres horas aproximadas que había dicho duraría la reunión. Habiendo vivido siempre en la pequeña ciudad tenía muchos conocidos que podrían delatar haberlo visto deambulando. Comenzó a caminar sin rumbo fijo y al pasar por un antiguo cine que fungía de iglesia ingresó convenciéndose de que allí pasaría desapercibido y a lo mejor surgiría alguna idea para escribir.

Eduardo jamás había estado en un culto como este. Toma asiento entre aproximadamente doscientas personas. A su costado derecho lo saluda con una venia un muchacho de alrededor de veinte años. Luce una corbata de poliéster sobre una camisa percudida, grande y con el cuello roto en varios tramos. A su costado izquierdo un anciano obeso rasca con mucha frecuencia su cabeza de cabello ralo, grasoso y con grandes partículas de caspa; sonriendo le ofrece una biblia que saca de una arrugada bolsa plástica. Se van intercalando discursos y participaciones de una orquesta. Con la mirada perdida o con los ojos cerrados los asistentes agitan los brazos y se bambolean al son de ritmos andinos y selváticos. El poeta piensa que tiene la mente muy sucia o leer a Freud lo hace interpretar sexualmente las letras de las canciones: «¡En mi padre me gozaré!», «El señor es mi luz, mi rey, el que me hace vibrar de gozo», «El presente y el futuro, todo lo sabes Señor, úsame como quieras». En éxtasis, unos ríen, otros lloran, y algunos van cayendo al piso y convulsionan.

Eduardo se levanta para irse. El pastor está invitando a pasar a la parte delantera del auditorio a quienes requieren especial oración de la comunidad. Uno de los ayudantes del culto lo toma del brazo y lo acompaña hacia adelante. Se le hace muy difícil contrariar la marea cristiana que grita «Gloria a Dios», «Aleluya» porque varios hermanos van siendo conducidos hacia adelante. El pastor, lee citas bíblicas, exhorta, amenaza con castigos severísimos de Dios, pero lo que resuena en la cabeza del poeta son las referencias a la fornicación, al adulterio: «¡Imagina lo que hará el Señor contigo! ¡Arderás en el fuego del infierno por toda la eternidad!». Por un instante piensa que el pastor sabe que es infiel a su esposa.

Mientras continúa la enérgica exhortación para que el demonio abandone a estos infelices hermanos, atrapados por el pecado o la enfermedad, Eduardo encuentra que la palabra adulterio tiene una connotación muy fea. Por un instante lo sobrecoge pensar que su esposa se entere de su aventura. «¿Es una aventura o un encuentro tardío con Alina, el amor de mi vida? Yo no quiero lastimar a Yelitza ni a mis hijos; pero mi existencia es más intensa, más estimulante, más divertida; soy mejor persona con Alina… ya no podría soportar subsistir sin ella en la anodina rutina».

Ante las frases del pastor brotan muchos «¡Aleluya! ¡Gloria a Dios!». Le parece poco recíproco, después de haber sido ayudado por la comunidad que lo observa, no dar una buena contribución en la canastilla que una joven le coloca delante suyo, aunque le duele desprenderse del único billete que lleva. Dos horas después de que ingresó a la casa del padre al ir saliendo se descubre negociando con éste, pidiéndole que por lo menos fortalezca el amor de Alina y que…, ¡su esposa nunca se entere!

Cuando regresa a casa su esposa ve la televisión. Ansioso constata que el tacho de basura seguía sin novedad alguna. En contra de su costumbre saca la bolsa de desperdicios a la esquina próxima a su vivienda para desprenderse del cuerpo del cuasi delito.

A la mañana siguiente al salir a comprar el diario observa, preso de terror, que el recipiente de su basura ha sido despanzurrado y que dos perritos pequeños se disputan, estirándolo, un profiláctico. A veces uno lo suelta y el otro cae de espaldas y golpeado su rostro con el látex; a veces el segundo lo suelta y el primero cae golpeado.

Toma un taxi y no deja de sentirse observado hasta que llega al cuarto piso y cierra la puerta de su aula tras de sí.

 

******

 

Noche de miércoles

 

Esa noche Alina dormía profundamente cuando entró la llamada de Eduardo.

–Hola, Ali querida. Tenía que llamarte –dijo casi en un murmullo. Era evidente que no quería que alguien más escuchara.

–Por el tono de voz que traes supongo que no es nada bueno. Pero ¡adelante, soy toda oídos! Al mal paso darle prisa –aseveró con cara de resignación, más para ella misma que para su interlocutor.

–Espera un momento voy a cerrar mi estudio –susurró–. Anoche cuando me llamaste a preguntar si la luna llena ya me había dado tu mensaje subí a la azotea, contemplé la luna y mientras creía descifrar tu mensaje un viento inesperado cerró de golpe la puerta... ¡la que solo se abre del otro lado! Me quedé atrapado, ¡cuando ya iban a dar las doce de la noche!

– ¡Oh!, ¡qué penita! –respondió conteniendo la risa–. Y ¿qué hiciste?

–Traté de emplear la fuerza bruta, luego busqué algo que me sirviera de palanca, me tropecé en la oscuridad, tumbé varias macetas de geranios y comenzó una reacción en cadena de perros furiosos ladrando. Casi inmediatamente el vecino comenzó a tocar su silbato y se asomó, con linterna en mano, a mi azotea.

–¡Cuál Diógenes! –exclamó divertida y se tapó la boca con ambas manos, mientras la risa contenida sacudía su cuerpo.

–¿Perdón?

–Dije, ¡Válgame Dios! Y ¿cómo acabó todo? –preguntó y siguió sacudiéndose en un ataque de risa silenciosa.

–Me tuve que identificar ante mi vecino, inventar que venía a rescatar al cachorro que no tengo y pedirle que por favor tocara mi puerta para despertar a mi esposa, que como te conté, toma ansiolíticos para dormir.

–Para que contemple la luna –dijo ella muy bajito, para sí.

–¡No! Para que suba a abrirme la puerta de la azotea –aclaró él, sin entender la broma.

–Y ¿qué cuento le inventaste? –preguntó ella agarrándose el vientre con un gesto de dolor, sin dejar de reírse tapando el auricular del teléfono.

–Que estoy escribiendo un poema referido a la luna y debía contemplarla.

–¡Luna de miércoles!... podría llamarse –dijo Alina, tapó el receptor del teléfono y soltó la carcajada. ¡Menos mal que no le pregunté por el mensaje que le encargué, para él, al caudaloso río Huallaga!

 

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Sagradas escrituras

 

El dios que era amor, se conmovía intensamente con el amor de los amantes. Callaba por no contravenir los mandamientos, normas y preceptos que los hombres le han atribuido. No tener ocasiones para recibir al ser amado en su ternura, en su alegría, tristeza, vergüenza y miedo, es la verdadera soledad, intuía. Desplegar la sexualidad en horarios preestablecidos y en ambientes clandestinos, a mí me pondría muy triste, se decía. Imaginaba la interminable noche insomne cuando se veía al amante disfrutando con su familia. Suspiró compungido. «No se hacen fotografías que, venciendo a la muerte, capturasen su amor».

Con diversos heterónimos, cada cinco o seis años aparecen las conmovedoras novelas que escribe.

 

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Muchos años antes quizás me hubiera sentido halagada. Un poeta veinte años menor que yo se enamoró apasionadamente de mí. Tal vez era una gran persona, nunca lo sabré. Esta vez me concedí la dignidad de seguir envejeciendo lejos de él y agradecerle por su amor. No podrá acusárseme de falta de imaginación. Me dio para tres relatos ficticios dijo Alina con una sonrisa melancólica y sacudió el polvo del cuaderno que acababa de leer.

Seres en el bosque

Ricardo Sebastián Jurado Faggioni


La familia decidió pasar sus vacaciones en una hacienda. Cuando llegaron al lugar de hospedaje, esta era amplia, las paredes estaban construidas de madera y el piso también. Tenía un patio para que los niños pudieran jugar. El mayor de once años se llama Tom es alto, delgado, blanco y le gustan las actividades al aire libre. El menor tiene siete años y su nombre es Ernest.

Ambos disfrutaban cabalgar en los caballos, después de hacer deporte descansaron en la finca. A la mañana siguiente fueron a explorar a fuera de la hacienda, hasta que encontraron un bosque.

A medida que iban avanzando un ser los seguía sin que se dieran cuenta. Este medía dos metros de altura, su forma era como la de un lagarto y tenía cara de serpiente, la piel era verde. Para poder llegar a los humanos se transformó en una niña de doce años. Para que no terminen en peligro ella salió de unos arbustos, puesto que estaba convencida que los suyos los tomaría como prisioneros.

—No sigan caminando —les advirtió Laurel.

—¿Por qué? —preguntó Tom.

—He estado antes, más adelante hay unas cuevas tenebrosas, les recomiendo que no vayan a investigar, es mejor que regresen por donde vinieron.

Al verla decidida, obedecieron y se fueron del bosque. Sin embargo, Laurel los venía siguiendo a escondidas para aprender cómo era su cultura. Se percató que tenía una familia y vivían en un hogar. Se podía percibir el amor, eso les hacía falta a los de su especie. Se acordó que ella venía de un planeta distinto, los suyos vivían en las cuevas. Cuando visitaban otras tierras sabía que era para destruirlos y tomar los recursos que este poseía.

Por primera vez sintió tristeza, se marchó de aquella finca. Regresó a su hogar en la forma original. Tomó conciencia que los suyos solo estaban para ocasionar caos. Sabía que si se alejaba de su familia, rompía la primera regla, no te apegues a los de las otras especies. Comprendía que los anunnakis solo quieren el dominio y no importa lo que le suceda al resto. Ella iba a impedir que la tierra fuese destruida, así esto le costara su vida.

Tom y Ernest se encontraban jugando en su cuarto, en él había dos camas, las paredes eran de color azul y había una ventana que apuntaba hacia el patio.  Sin embargo, se estaban aburriendo. Entonces se fueron para dirigirse al bosque.

Alejados de su hogar, encontraron una cueva. A la entrada tenía un símbolo extraño, un hombre con cabeza de lagarto. Esto les llamó la atención para indagar, después sacaron sus teléfonos celulares para alumbrar.

Se dieron cuenta de que si seguían andando, descubrirían un sitio hermoso.  Este estaba lleno de árboles, tenía un lago cerca, la brisa hacía que el lugar se sintiera cómodo.  Laurel gracias a su instinto cazador, supo que los niños habían ingresado. Volvió a transformarse en humana porque estaba convencida de que los suyos los tomarían como prisioneros. 

Vertiginosamente quería llegar a la salida, no obstante su escape fue interrumpido por dos guardias lagartos. Ella con sus poderes mentales los alza y los tira cien metros hacia la derecha. Sin mirar atrás siguieron hacia la salida de la cueva. Una vez más utilizó sus poderes psíquicos para mover unas enormes rocas y que estas sean un impedimento para que los siguieran.

Cansados de correr, los tres se detuvieron a la mitad del bosque. El mayor estaba con miedo y no comprendía lo que estaba viviendo. 

—¿Quién eres? —preguntó Tom

—Me llamo Laurel, pero en realidad mi especie se llama los Anunnakis —respondió ella.

—¿Qué hacen ustedes en nuestra tierra?

—Somos seres que venimos a destruir, y decidimos qué pasa en la política, religión y economía.

—Entonces, ¿por qué nos ayudas?

—Toda mi vida había visto odio, en su especie descubrí el amor. En tu familia vi cómo cenaban juntos, se abrazaban. Ese sentimiento me hizo cambiar mi parecer.

Después de la conversación los tres continuaron en su escape. Tom y Ernest sabían que no podían volver a la finca. Entonces decidieron regresar junto a Laurel a la ciudad. Ella les explica que solo tienen una opción: luchar por su sobrevivencia y destruir al líder para poder volver con la familia.

A su vez les explicó que cualquier persona puede ser un Anunnaki y que no confiara en nadie más que en ella. La única manera de vencerlos es no dejándose controlar. Los tres se encontraban en la carretera, esperaban el bus para irse. Una vez en la ciudad buscarían al líder político Xion, este era blanco, calvo, alto y de cincuenta años. La vista del cielo, por encima de los modernos edificios, la enamoraba cada vez más de la Tierra. 

Llegar al gobierno era impactante, sus puertas medían seis metros de altura. El piso era de piedra y la entrada a la oficina del presidente era elegante. Xion se encontraba sentado en su silla preparando los próximos discursos. Laurel a sus amigos les dijo que se quedaran afuera, puesto que esta sería su batalla. Además, les agradeció por haberles enseñado lo que es el amor y que este puede acabar con lo hostil y cruel. Usó su habilidad de hacerse invisible para poder ir rápidamente donde Xion, pero este que ve el futuro ya tenía abierta la puerta de su oficina.

—Sabes qué la decisión que vas a tomar acabaría con tu vida —dijo Xion.

—Sí lo sé, pero debemos acabar con lo que hacemos, destruir no es el único camino —respondió Laurel.

—Los humanos son ineptos, usan mal el libre albedrío y por eso estamos los anunnakis para controlarlos.

—Te equivocas, ellos aman, aprenden de sus errores, se caen, se levantan y sobre todo luchan por mantenerse unidos.

—¡Silencio!

Después de aquel grito, Xion con sus poderes mentales elevó a Laurel, despacio la iba asfixiando. Se acordó del consejo que les dio a sus amigos, si no dejas que te controlen obtendrás la victoria.  Ella comenzó a tomar fuerza y el poder del enemigo se desvaneció. La que dominaba el combate era Laurel, logró inmovilizarlo.

—Puedo asesinarte, pero me convertiría en ti, y he escogido ser mejor que tú.

—¡Volveré con más fuerza y te arrepentirás de habernos traicionado!

Al finalizar el enfrentamiento Xion desapareció. Laurel regresó en a su forma humana para ir con sus amigos y volver a la finca. Los padres de los chicos aceptaron a su nueva compañera, luego los cinco disfrutaron de una gran cena.