martes, 26 de abril de 2022

Simón González, mi «Superman»

Manuel Quezada


Diciembre de 1980

Abandono, ese era el primer sentimiento que me embargaba las tardes que debía hacer las tareas escolares. Desesperación era el segundo. Pero comenzaban a desaparecer cerca de las cuatro de la tarde al verlo llegar al barrio, bajándose del bus para luego llegar a casa con el ramillete de libros bajo su brazo derecho. Con el dedo índice de su mano izquierda se empujaba los antejos Ray-Ban que se deslizaban a lo largo de su nariz aguileña por el sudor de las tardes asfixiantes de calor. Calculaba treinta minutos, sí, treinta minutos, tiempo para que completara su ceremonia familiar de besar a su esposa, hija, cambiar de ropa y tomar un café. Luego de eso, llegaba a la puerta de su casa tembloroso para dar los primeros golpes huecos y contar con toda su atención. Él la abría. Ya me esperaba. Siempre era el primero. Sin que yo dijese nada, me hacía pasar a la mesa principal ante la mirada celosa de su familia, para resolver mis tareas escolares.

Seguía leyendo el periódico de ese día…  

—Pasa hijo —me decía, con una voz ronca pero melosa.

Al terminar sus pacientes explicaciones de matemáticas, teniendo yo entendimiento de todo, desaparecía el abandono y la desesperación, para dar paso al ciclón de mis tardes de juegos con los vecinos; pero antes de darle las gracias y dejar su casa lo observaba y sentía que tenía frente a mí a un dios, que lo sabía todo, desde cómo explicarme lo más oscuro de las matemáticas hasta lo más elemental de las ciencias naturales. Él solo reía discretamente a mi movimiento de cabeza para expresar que había entendido. Al cerrar la puerta principal, había una cola de al menos tres amigos esperando su turno.

Seguía leyendo el periódico de ese día…  

Simón González era su nombre. Profesor de matemáticas y ciencias naturales de la Escuela Nacional de Comercio, brillante e introvertido que apoyaba dos causas: explicar las tareas de los hijos e hijas de sus vecinos, cuyos padres no tenían tiempo porque volvían a altas horas de la noche, y las iniciativas humanitarias de la Cruz Roja, que lo seleccionaba como eterno miembro del jurado calificador de la elección de la reina de la entidad. Gozaba de popularidad entre las señoras y las señoritas adolescentes al ser el ojo clínico en cada fallo sobre la mujer más bella e inteligente. Consejero de las adolescentes ganadoras y de las vecinas. Su mayor fama y atracción residía en su profunda timidez a la hora de interactuar con todo el vecindario.

Muy de madrugada, sin fallar, antes de salir hacia el centro de estudios para impartir sus clases, iniciaba el día con una rigurosa rutina de ejercicios aeróbicos, luego hacía cuatrocientas abdominales y algunas flexiones de los brazos bajando el cuerpo hasta que el pecho tocara el suelo que lo mantenían en una condición atlética envidiable. Las mujeres no disimulaban al verlo salir y regresar a su casa.

Seguía leyendo el periódico de ese día…  

Esa mañana la recuerdo: me levanté temprano para prepararme algo de comer. Nadie de la casa había despertado. Estaba por tomar un café con leche, y mi madre salió de su habitación adormilada y con una cara de espanto.

—Hoy en la madrugada se llevaron a Simón González —dijo ella.

—¡Cómo!

—Creo que eran pasadas las doce.

Cinco elementos de la Guardia Nacional armados de largos fusiles lo sacaron de su vivienda con exceso de violencia sin dejar que se vistiera. Caminó custodiado frente a todas las casas del vecindario únicamente en calzoncillos con los brazos sobre su cabeza. «¡Sólo doy clases!» «¡Sólo enseño!» «¿Cuál es el delito?» «¡No he violado ninguna ley!» El cuerpo del profesor comenzó a recibir los culatazos de los miembros de la unidad militar para hacerlo avanzar hasta llegar a la calle donde lo esperaba un picop.

—Vi todo por la ventana, y mis vecinas también —dijo mi madre.

Confiadas en la oscuridad para no ser vistas, observaron cómo lo empujaron a golpes hasta subirlo y con él ya dentro, el vehículo desapareció de la vista de los curiosos.

En los días posteriores no se detuvieron las malas noticias. Las mujeres decidieron no volver a participar en el concurso de belleza de la Cruz Roja en memoria de él porque decían que ahora cualquier mujerzuela podía llegar a ser reina.

Dejé de tomar el café. La noticia me caló hondo. Comenzó un largo período de silencio en el barrio que duró años. Un silencio más que sumaba en esos días del conflicto civil que estaba en apogeo. Sólo cuando la confianza estaba a prueba de fuego entre amigos, se podía hablar y preguntar alguna noticia del profesor Simón.

—Ayer me habló tu tío Nicolás, sugirió que, por estos días, tomaras otro bus para llegar al trabajo —mencionó mi madre.

—¿Por qué? —pregunté extrañado.

—Van a reclutar jóvenes durante esta semana, y el bus que tomas siempre pasa por un puesto militar.

Esa mañana caminé cerca de tres kilómetros hasta el Bulevar del Ejército, una ruta sin retenes militares hasta la capital. Allí tomaría un bus directo al trabajo sin riesgo de engrosar las filas castrenses.

Seguía leyendo el periódico… Transcurría la hora de mi almuerzo, y me detuve en una nota sobre los desaparecidos por la guerra civil, y me hizo recordar el suceso de Simón González acaecido aquella madrugada. Recordaba que el abandono y desesperación de las tareas de mi infancia siempre tuvieron solución, gracias al corazón benévolo del profesor. Lo declaré mi «Superman» cuando recién había cumplido los seis años. Fue una tarde que salí a jugar con mi pelota de fútbol por horas, hasta que mi madre me gritó que no había hecho las tareas escolares, luego de que ella me había revisado mis cuadernos y comprobó mis obligaciones académicas. No le hice caso. Los gritos se volvieron más intensos hasta que me tomó del brazo y me llevó al interior de la casa. Enfurecida y consciente que saldría a jugar nuevamente, me llevó a su habitación, cerró la puerta y el último ruido que escuché fue la llave que dio dos giros en la chapa.

—Tienes que escribir los nombres de tus vecinos y amigos. Luego los dibujas —dijo en voz alta.

Las cuatro paredes que me encerraban eran un inmenso mundo. Divisé un chifonier color café oscuro de cuatro gavetas, con un espejo cuadrado empotrado en la parte superior. Procedí a abrir una a una, hasta que encontré oro; sí, oro. Había pasado un poco más de una hora, quizá dos, y vino lo peor: mi madre abrió la puerta y ante sus ojos no tuvo más reacción que soltar un grito furibundo que traspasó toda la casa y llegó a los hogares vecinos. «¡Criatura, que has hecho!» Me tomó del brazo y me sacó de la habitación hacia la calle. Coincidió que el primero en pasar frente a nuestra casa fue Simón González y ella se quejó frente a él, hasta pedirle que fuera al cuarto para comprobarlo. Los ojos del profesor se abrieron de admiración y su mano derecha se posó sobre mi cabeza ante el asombro de lo que veía.

—Déjame tomar unas fotos —dijo.

Había tomado todos los lápices labiales de mi madre que encontré en la primera gaveta del chifonier, y en las cuatro paredes había hecho la tarea escolar ante la falta de mis cuadernos de anotaciones. Estaban los nombres de mis vecinos, familiares y amigos de la escuela, y como había tiempo suficiente, me dediqué a dibujar a cada uno de ellos a la par de cada nombre. La tarea consistía en practicar el uso de letra mayúscula y minúscula en nombres propios. Terminó de fotografiar todo y prometió darme una copia de cada una para presentarla como evidencia de que la tarea estaba concluida. 

—Señora, no lo vaya a castigar —le dijo a mi madre, quien se relajó al verlo sonreír y que no salía del asombro.

De las pocas veces que no recibí un castigo por lo que había hecho. A partir de esa tarde, se estrechó mi amistad con mi vecino salvador.

—Le conseguiré con mi mujer nuevos pintalabios —dijo, y se retiró.

Por la noche llegó la esposa del profesor con un arsenal de accesorios de belleza femenina para mi madre. En la tarde del día siguiente, me entregó las fotografías como evidencia de que la tarea escolar estaba hecha en las inmensas paredes que me encerraron. «Toma, para el profesor que te dejó la práctica escolar».

Dejé de leer el periódico y la nota de los desaparecidos al comenzar la hora de la jornada laboral vespertina. Inicié los cálculos de la planilla de salarios y comisiones de los empleados para el siguiente viernes.

Nunca encontraron el cuerpo de «Superman». Mi «Superman». Lo recuerdo ahora, ya viejo, cada treinta de agosto.

viernes, 15 de abril de 2022

Lucrecia, la loca

Amanda Castillo


El día que Lucrecia nació hacía un sol resplandeciente. Su madre sudaba a chorros no solo por el dolor de parir, sino también por el intenso calor de aquella tarde del mes de mayo. No se sentía la típica brisa originada por las mareas del océano Pacífico. El sopor era insoportable. Las palmeras permanecían inmóviles, y la casa, aunque de madera, parecía un horno a causa de la alta temperatura.

Después de dos días de trabajo de parto, por fin una hermosa niña salió a la luz. Doña Juana, la partera, se asustó mucho al ver el color morado de la cara de la recién nacida y que esta no lloraba. Enseguida procedió a frotar el pequeño cuerpo con una intensidad que preocupó a la madre. Doña Tomasa permanecía inmóvil, expectante y rogando a Dios porque su hija estuviera bien.

Después de casi diez minutos de masajes, sacudidas, invocaciones y plegarias, la niña emitió unos pequeños sonidos parecidos al llanto. Su madre sintió un gran alivio y cuando por fin la pusieron en sus brazos, no pudo contener las lágrimas por la emoción. Parecía mentira, que, a sus cuarenta y dos años de edad, hubiera podido dar a luz de nuevo. Esta hija representaba una nueva esperanza para su vida. Si bien ya era madre de tres hijos hombres, su mayor sueño era tener una hija. Con su primer esposo lo intentaron, pero solo logró procrear varones. Después que este murió, decidió darse una nueva oportunidad, esta vez con Ramón, un amigo de la infancia, lamentablemente él se fue cuando se enteró que ella estaba embarazada.

Lucrecia tenía seis meses cuando Tomasa se dio cuenta de que la niña era diferente a otros niños de su misma edad. Muy poco lloraba, sus movimientos eran limitados y en ocasiones se quedaba rígida, con la mirada perdida. La llevó a una cita médica, pero el doctor que la atendió le indicó que no se preocupara, que no todos los niños eran iguales.

Al cumplir el primer año de vida, la llevó nuevamente a ver a un médico especialista, y esta vez el diagnóstico la dejó desolada: la niña padecía retardo en el desarrollo, pero era necesario esperar a que siguiera creciendo para poder dar un diagnóstico exacto. El doctor explicó con detenimiento lo que significaba y las consecuencias que tendría en el desarrollo de Lucrecia. Desde ese momento, Tomasa se dedicó a ayudar a su hija para que su vida fuera lo menos complicada posible.

Sin embargo, el progreso de la niña era limitado, le costaba ponerse de pie, pronunciaba algunas palabras con dificultad, no tenía control de esfínteres y presentaba limitaciones para asimilar la información que se le daba.  Lucrecia fue creciendo con la dedicación y el amor incondicional de su madre, pero al mismo tiempo soportando los celos de sus hermanos mayores, quienes veían en ella a una intrusa y una carga adicional para cuidar, dado que la madre debía trabajar todo el día como jefe de cocina en una base militar.

A los cinco años de edad, Lucrecia tuvo el primer episodio de epilepsia, y en adelante esto se volvió recurrente, ocasionando grave deterioro cognitivo y físico. Sin embargo, su madre no se dio por vencida, y con ayuda de algunas personas, logró que su hija fuera ingresada en un centro de rehabilitación para niños con necesidades especiales. Lucrecia asistió a aquel lugar durante cinco años y al salir sus progresos eran notorios: comprendía cuando le hablaban y se hacía entender para expresar sus necesidades. 

A pesar de ello, una vez le dio una crisis epiléptica justo en el momento que atravesaba la calle y fue atropellada por un vehículo. Sufrió fracturas en sus extremidades inferiores. Logró recuperarse, pero lastimosamente perdió movilidad en una de sus piernas y quedó con una leve cojera.

Lucrecia creció entre el amor y cuidado de su madre, y el maltrato físico y verbal de sus hermanos. Ya era adolescente, pero su edad mental era la de una niña pequeña incapaz de tomar decisiones. Fue víctima de vejámenes y burlas de parte de sus hermanos mayores, y de otras personas del vecindario. Esto a su vez causó que ella se volviera agresiva y en muchas ocasiones lanzaba piedras a sus agresores. 

Lucrecia   se convirtió en una espigada y bien formada muchacha. Era alta, delgada, ojos color miel y el tono de su piel, según decían los vecinos, era exactamente igual al de la canela. A pesar de su condición, su atractivo físico no pasaba desapercibido para nadie.

¡Lucrecia, la loca bonita! le gritaban los muchachos del vecindario.

¡¡¡Yo no soy locaaa!!!

Cuando esto sucedía, ella se enojaba muchísimo y lanzaba piedras a diestra y siniestra, rompiendo los vidrios de las casas vecinas y en ocasiones alcanzando a alguno de los desprevenidos muchachos.

Entonces Tomasa enfermó a causa de la diabetes y debió recluirse por varias semanas en un hospital. Lucrecia quedó bajo el cuidado de los hermanos, quienes aprovecharon para continuar con todo tipo de maltratos. Los vecinos sintieron compasión por ella, y cada día alguien le ofrecía comida y ropa, ya que sus hermanos le cerraban a puerta para que ella no ingresara a dormir, según ellos porque olía mal.

Una de esas noches fue abusada por varios hombres y producto de ello quedó embarazada. Cuando su madre salió del hospital y se enteró de lo sucedido, hizo todo lo necesario para que Lucrecia abortara. Sin embargo, ella no contaba con la reacción de su hija frente a lo ocurrido:

—Mi mamá me quitó a mi hijo, ella me lo hizo sacar de la barriga.

No diga bobadas, mija le decía la madre. Ese fue un sueño.

La salud de Tomasa cada vez se deterioraba más, entonces ella, presintiendo su desenlace, hizo los trámites para que su pensión fuera entregada a su hija menor, como única beneficiaria, dada su condición de vulnerabilidad. Sin embargo, los hijos mayores no estaban de acuerdo con esta decisión, y una vez más arremetieron contra la indefensa hermana.

Mientras tanto, Lucrecia había conocido a Manolo, un chico con síndrome de Down. Nadie comprendía cómo hacían los dos para entenderse, pero se llevaban muy bien. Decían ser novios y siempre andaban tomados de la mano o abrazados. Se los veía sentados en el parque, charlando animadamente, riéndose a carcajadas y en muchas ocasiones bailando sin ritmo con la música que ponían en los diferentes negocios ubicados enfrente. Ahora los chicos del barrio no solo molestaban a Lucrecia, sino también a Manolo, pero él, a diferencia de ella, nunca se enojaba, por el contrario, se reía ante las burlas. 

Después de una larga y penosa lucha contra su enfermedad, la señora Tomasa murió. Lucrecia lloraba inconsolablemente por la partida de su madre, su llanto era desgarrador y conmovía a todos los vecinos:

¡Ay mamacita, no me deje sola! ¿Qué será de mí sin usted?

Después del funeral de la madre, los hermanos decidieron que era necesario viajar hasta la capital para solucionar el tema de la pensión. Según ellos, debían llevar a Lucrecia para demostrar su discapacidad cognoscitiva y de esta manera lograr que le entregaran la pensión. A pesar de que su madre la había dejado a ella como única heredera.

Fue así como organizaron el viaje, los tres hermanos y Lucrecia. Después de veinticuatro horas por carretera llegaron a la ciudad de Bogotá.  Al tercer día decidieron caminar un poco para recorrer la ciudad, siempre iban los tres adelante y Lucrecia detrás, ellos se avergonzaban de ella y evitaban que los relacionaran como familiares. De repente, uno de los hermanos se detiene, y les dice a los otros:

Se nos quedó un documento por firmar, voy a traerlo y regreso.

Ah bueno dijo Pablo. Apúrate.

Te acompaño indicó el hermano de nombre Santiago.

Hacía mucho frío y Lucrecia estaba un poco aturdida por el intenso bullicio de la ciudad. Miró a su hermano Pablo y se le acercó. Él se alejó de inmediato y sin mirarla a la cara le dijo:

Quédate ahí. Ya vengo, voy a comprar algo. No te muevas de aquí.

¿A dónde va usted?

Que ya vengo, te dije.

Lucrecia se quedó en la acera, temblando de frío, asustada y sin saber qué hacer. Pasaron largos y tediosos minutos que se convirtieron en horas. Nadie volvió.

¿Usted sabe dónde está Pablo? preguntaba una y otra vez a los desprevenidos transeúntes.

La gente la miraba y seguía su camino sin pronunciar palabra.  Todo el mundo pensaba que se trataba de alguna loca o drogadicta.  A pesar del paso del tiempo, Lucrecia seguía firme en el sitio donde le habían dicho que se quedara. Esperaba que ellos volvieran. La oscuridad de la noche cubría la ciudad. Tenía hambre, frío y mucho miedo.

Sentía un nudo en la garganta y su corazón latía aceleradamente. Se creyó perdida, desolada y abandonada.  Empezó a llover y quiso refugiarse en algún lugar. Miró abrumada hacia todos lados, pero no había a donde ir. Dio el primer paso y se detuvo en seco, pero enseguida volvió a caminar. Sin rumbo, sin esperanzas, resignada a su destino en las solitarias y frías calles de la inmensa Bogotá.

Sus hermanos se habían encargado de que ella no tuviera ningún dato ni contacto a quien acudir. Días después ellos regresaron a su pueblo natal con la noticia que Lucrecia había salido a media noche de la habitación del hotel mientras ellos dormían. Que la habían buscado, pero, dado las ocupaciones de cada uno de ellos, no podían quedarse más tiempo.

En el pueblo todos intuyeron lo que había sucedido. Lucrecia había sido abandonada por sus hermanos, para quedarse ellos con la pensión. Pero no podían hacer nada y en realidad a nadie le importaba la suerte de la desdichada mujer.

Solo una persona lloraba su ausencia: su fiel Manolo, quien cada día iba a sentarse al parque con la esperanza de encontrarla de nuevo. Estaba triste, ya no reía con nadie. Tampoco volvió a bailar. Sin pronunciar palabras, levantaba la mirada cada vez que alguien se le acercaba, con la esperanza de que fuera ella. Un día no regresó. Poco después los vecinos se enteraron que Manolo había muerto a causa de un infarto.

Nadie volvió a saber de Lucrecia. Todos dicen que se perdió en Bogotá...

jueves, 14 de abril de 2022

Tomasina y el perverso

José Camarlinghi


En el centro del altiplano boliviano se encuentra el Uyuni, el salar más grande del mundo. El inmenso mar de sal se extiende entre cordilleras y las orillas están dominadas por arena, rocas y cactus. Allí, las comunidades Uruquellas sobreviven, bajo un sol inclemente, trabajando la tierra áspera y seca. Son innumerables los conos  volcánicos, pero uno se destaca imponente, el Thunupa. Aunque, deberíamos decir la porque es hembra. Es el único volcán que es mujer. La mitología andina cuenta que, cuando las montañas caminaban como lo hace hoy la gente, ella fue la más bella de la tierra. Tanto que provocó enfrentamientos entre las otras montañas para ganar sus amores. Hoy en día es considerada una gran diosa y recibe cultos y ofrendas. Para los habitantes de las laderas su dominio es indiscutible.

A un lado de Thunupa está un cerro menor que muy difícilmente podría ser llamado montaña, el Suluma. Nunca ha sido un personaje importante. Los mitos ni siquiera lo tienen en cuenta. Jamás tuvo el tamaño o la belleza, ni siquiera la valentía, para intentar conseguir el amor de la más bella, y por eso es un resentido. Como tal, no se atreve a enfrentarse a la diosa; lo que hace es castigar a quienes la adoran. Todos los que viven en los alrededores saben de la perversidad de ese viejo amargado. Los adultos recomiendan a los niños no ir nunca a sus laderas y ellos mismos no se animan a pasar por sus dominios. Es un demonio, dicen, solo cosas malas pasan a los que se atreven a visitarlo.

Me enteré de Suluma y de Tomasina al mismo tiempo, cuando tomé el bus que conecta los pueblos del norte del salar. Me senté al lado de una señora mayor que en el momento de atravesar el paso entre Thunupa y Suluma, sacó un cuchillo que apuntó en dirección del último. Me asusté ese momento al observarla con los ojos cerrados y farfullando quien sabe qué conjuros. Unos metros más abajo, lo guardó y continuamos el viaje. Unos días más tarde conté a mi amiga Lupe, habitante de Jirira, el episodio. Entre risitas ella me relató la historia de la mujer y el cerro. Un par de años después descubrimos, junto a mi amigo Álvaro que hacía su tesis de sicología sobre embarazos imaginarios, los poderes alucinógenos de las tunas, frutos de los cactus que crecen en la base del cerro.

En los años en que Tomasina era niña, en la segunda década del siglo XX, no había escuela en Jirira, un pequeño poblado en la falda sur de la diosa mayor. Y aunque hubiera habido, ella no habría asistido. En esas épocas se consideraba que las niñas tenían que aprender todo de sus madres y ayudar a la familia asumiendo las labores domésticas y los trabajos agrícolas. Más aún en su casa porque el padre había fallecido en un accidente unos años atrás. Ya siendo adolescente, una de sus tareas principales era llevar a pastar las ovejas. Salía a media mañana, después de haber acarreado agua del pozo y preparado la comida, y se quedaba con ellas hasta la tarde. Le gustaba hacer ese trabajo. No era muy complicado y podía pasar gran parte del día lejos de la miraba severa de la madre. Pasaba el día soñando e inventando una y otra idea para liberarse de su progenitora. Lo cierto es que había una sola manera para una joven campesina y esa era casarse. El matrimonio era, además, el objetivo fundamental para cualquier mujer. Era impensable la existencia sin un hombre. Una mujer sola, no tenía casi ningún derecho. Era considerada una paria.

Un día volvió a la casa y al ingresar el rebaño al corral la mamá se dio cuenta que faltaba una. Le jaló las orejas, le dio un par de palmadas en el trasero y la mandó a buscarla. No tardó en encontrarla y para desquitarse de la rabia, la condujo de vuelta a  patadas y pedradas. Esa noche, como castigo, no tuvo cena. ¡Qué hambre que pasó! 

Por eso fue que cuando la contumaz y rebelde oveja se separó nuevamente del rebaño y se fue a pastar en los campos del cerro vedado, no le importaron a Tomasina las advertencias que había escuchado toda su corta vida y se internó en las faldas del proscrito con intenciones de dar una verdadera paliza a la oveja que le provocaba problemas. El animal, al intuir que su pastora venía con rabia recargada hizo varias maniobras para evitarla. Tomasina, cada vez más frustrada, intentaba adelantarse para cerrarle el paso y molerla a golpes. A pesar de todos sus esfuerzos no logró acercarse lo suficiente, aunque sí consiguió que volviera al rebaño.

Cansada, se sentó un momento y entonces se percató que los cactus estaban dando frutos. Las tunas estaban ya en su punto y ella se las ingenió para cogerlas y pelarlas sin espinarse. Sabían magníficas: dulces, carnosas y con mucho jugo. No se dio cuenta de cuantas había comido. Satisfecha se sentó nuevamente y observó a su alrededor. Estaba en pleno Suluma. Se puso un poco nerviosa, pero lo cierto es que no había pasado nada malo. Se preguntó por qué los adultos siempre prohibían a los niños de hacer cosas. Cuáles eran las razones, ella no las entendía. Entonces se sintió confortablemente cansada. Pensó que el haber estado correteando detrás de la oveja la había hecho dar sueño. Se echó en la arena y miró las nubes. ¡Nunca antes se había percatado que tenían formas! Una parecía una vizcacha, otra un llama y otra un colibrí. Sonriendo al descubrir las semejanzas se quedó dormida.

«Mi señor, los acontecimientos se precipitan. El último Ejército Realista ha sido derrotado en las pampas de Ayacucho, La gobernación de Nuestra Señora de  La Paz se ha rendido anteayer y un ejército de rebeldes viene hacia el sur degollando a todos los realistas. Es hora de abandonar Salinas y que su Señoría se ponga a buen recaudo. En unos días podrá embarcarse en algún puerto del Pacífico, Antofagasta... probablemente y de allí partirá a la Madre Patria. Mi señor... le ruego, no dude ni un minuto más que ya todo está perdido. La corona ha perdido la guerra y las Indias son ahora libres e independientes. Empaquemos todo el oro que tiene usted en el depósito, carguémoslo a las mulas y emprendamos el retorno a España. Yo ya hice preparar treinta burros para que pueda usted llevarse todas sus pertenencias. Bueno, sobretodo el oro mi señor. Con él podrá adquirir nuevamente las cosas que deja atrás. Yo le cubriré la retaguardia y le daré alcance más adelante...»  A la madrugada salió del pueblo de Salinas, lo más silenciosamente posible, la caravana de burros. Veintisiete de ellos iban cargados cada uno de un quintal de oro puro. Era la fortuna que el descendiente de García Mendoza había amasado en las minas de oro que estaban en la meseta, a un lado del pueblo.

La despertó un sueño horrible. Nunca supo de qué se trató porque al sentarse de golpe,  la realidad le pareció peor que la pesadilla. Sintió algo frío y húmedo que bajaba por sus piernas. Cuando levantó su falda, le dio un vuelco al corazón. Era una serpiente. Se levantó como con un resorte y salió corriendo a la velocidad que daban sus piernas. Se cayó y golpeó varias veces, pero no se detuvo hasta entrar en su casa. La madre, escuchó al principio una especie de aullido que fue creciendo. Nunca se habría imaginado que ese alarido venía de la boca de su hija.

Tomasina estaba toda golpeada y arañada. La madre asustada hacía de todo para calmarla, pero ella continuaba con los quejidos de terror. La abrazó, le pasó paños húmedos por la frente, hasta le dio un par de sopapos porque no se callaba y finalmente se puso a llorar con ella. Al principio pensó que alguien había atacado a su hija. Como nunca lamentó que su marido esté enterrado en el cementerio. Él habría reaccionado inmediatamente y hubiera salido a buscar respuestas y responsables. Ella, sola, tenía primero que cuidar a su niña.

Ya entrada la noche, la pequeña vomitó y pudo finalmente dormir. La madre afligida recién se acordó del rebaño y salió a buscarlo. Para su sorpresa, las ovejas estaban ya retornando. Lentamente, extrañadas de no tener a su acompañante habitual y con seguridad conducidas por el miedo a la noche y sus depredadores. Una vez que las puso en el corral salió a investigar qué había pasado esa tarde.

Todos en la comunidad habían escuchado el bramido estremecedor de Tomasina. En las familias ya habían hablado al respecto; un acontecimiento como ese no se pasaba por alto. Uno de los niños la había visto dirigirse hacia el Suluma. No quiso creer la historia incluso cuando un viejito confirmó la versión. Él había tratado de llamarla, sin embargo su voz ya no tenía potencia y la niña caminaba muy rápido para intentar siquiera alcanzarla. No les creyó; alguien había atacado a su hija y lo estaban ocultando. Por un instante pensó que si el atacante era humano, tendría que responder por sus acciones; pero si era el demonio del cerro, no había nada que hacer. Apenas pegó un ojo esa noche. Justo cuando ya aparecía una luminiscencia en el horizonte el cansancio fue más fuerte que la preocupación y cayó en un sopor profundo.

Unos minutos más tarde la niña se levantó y fue a prender la cocina como siempre solía hacerlo. La madre, que justo en ese momento había caído dormida, se despertó con el ruido de las llamas que bramaban al empujar el aire caliente por la chimenea de metal. Miró fijamente a su hija y esta al percatarse de la mirada le sonrió.

—Buen día mamá —dijo como todos los días.

La señora se quedó sorprendida por la actitud de su hija. No habló del tema hasta después del desayuno. La retuvo antes de que fuera a pastar y ante la mirada extrañada de la niña le preguntó qué le había pasado ayer. Tomasina la miró sin comprender.

—Ayer —le repitió—, llegaste gritando como una loca y dejaste las ovejas solas con su suerte.

La niña soltó una risita nerviosa y al instante la cortó de golpe al ver que su madre hablaba muy seria. No supo qué responder.

—¡Dime que te pasó, no seas tan testaruda! —dijo alzando la voz.

La niña abrió muy grandes los ojos y al no poder recordar nada se puso a llorar por varias horas. La madre, esta vez sumamente asustada le acompañó con llantos y gritos tan desesperados que reunieron a casi todo el pueblo frente a la casa. Al final de la tarde vino la madrina de Tomasina y se disculpó por no haber acudido antes porque recién se había enterado que la niña había tenido un percance. Le confirmó que varios niños la habían visto caminando hacia el malévolo cerro. La madre se tapó la boca con ambas manos y sintió remordimiento por haber gritado a su hija. Sin duda alguna el viejo y vicioso cerro había realizado algún retorcido maleficio contra su hija. Inmediatamente le pidió a su comadre que fuera en busca del yatiri, el chamán,  para que intentara alguna curación.

La caravana de burros avanzaba lentamente a través la pampa cenagosa. Por suerte era el principio de la época seca y no había necesidad de caminar por las orillas como en la época de lluvias, cuando el extremo norte del salar absorbe agua y se convierte en una gigantesca trampa de arenas y sales movedizas. Don Rodrigo García, propietario del inmenso tesoro iba a caballo. Su mujer y sus dos hijos sentados en una carreta. Ella lloraba en silencio mientras los dos niños dormían sobre las pertenencias que habían decidido llevar a España. El sol los encontró en plena pampa, esa que llaman la Pelada porque absolutamente nada crece allí. En ese instante el viento les hizo llegar los ecos de los disparos y los gritos de los combates en el pueblo. Habían salido a tiempo. A mediodía el sol quemaba como verdadero horno. Ni una sola nube en el azul. La caminata se convertía en un viaje surrealista en una planicie yerma. Los alrededores habían ya perdido toda resemblanza con la realidad a causa de los espejismos y las lejanas montañas se distorsionaban mientras flotanban en un mar turbulento. La marcha parecía que no los llevaba a ninguna parte. Cuando miraban hacia el paisaje tenían la sensación de que no avanzar nada y que era la tierra la que se movía debajo sus pies. A media tarde se les acabó la provisión de agua. Con el apuro no habían calculado bien y no llevaron la cantidad suficiente. Acamparon al filo de la noche y comieron en seco. Ni la maravillosa explosión de estrellas, ni el  intenso frío les calmó la sed.

Pasaron un par de días antes de que el hombre mágico llegara. Tomasina empeoraba. Había dejado de comer  y en las noches se levantaba de su lecho y caminaba como alma en pena quejándose. La madre también tenía ojeras; casi no dormía. La segunda noche la niña se levantó de dormida y caminó fuera de la casa. 

La madre roncaba rendida por la velada anterior y no se dio cuenta de lo que acontecía. Soñó con sus ya fallecidos padres: Atardecía y estaban los tres sentados en esa misma casa esperando al novio que le habían escogido. Ella, entre sus padres, mirando el suelo, escuchaba silenciosamente de las virtudes del escogido. El tiempo pasaba, la escena se repetía interminablemente y una inexplicable angustia crecía dentro de su pecho. Finalmente el portón se abrió y entró una sombra. Los padres invitaron al novio a que se acercara. Miró hacia el hombre sin levantar el rostro. La sombra avanzó hasta llegar al último haz de luz del día que entraba por la pequeña ventana de la habitación. Él estaba todo vestido de negro, el poncho, el sombrero y los zapatos. Levantó una mano oscura y agrietada con la que se sacó el sombrero y mostró su horroroso rostro y los ojos diabólicos. La joven no pudo creer que sus padres la obligaran a casarse con semejante esperpento y dio media vuelta para mirarlos a la cara y los encontró echados en el suelo, con los brazos cruzados en el pecho como los había visto por última vez, a cada uno a su tiempo, antes de enterrarlos. Despertó gritando y al percatarse que no había nadie a su lado. Salió de la casa golpeándose con las cosas y paredes.

—¡Tomasinaaaa! —gritaba desesperada.

Algunos vecinos se despertaron con el alboroto y salieron para ver qué sucedía. Alguien gritó que estaba por los sembradíos. Se podía ver, en la clara luz lunar, una sombra que como autómata caminaba por los campos de quinua en dirección al cerro Suluma.

—¡Agárrenla por favor!—se desgañitaba la madre llorando desgarradoramente.

Unos jóvenes le dieron alcance y la tumbaron al suelo. Llegó la madre apenas y sin aliento para encontrar a la hija con la mirada perdida y sin reconocer a nadie. 

Para cuando llegó el yatiri, ya eran tres noches que la madre pasaba en vela y tenía una mirada tan perdida como la de la hija. Tuvo que ser la madrina la que acompañara a Tomasina, porque es obligación de los padrinos sustituir a los padres cuando ellos ya no están presentes, en el ritual para recuperar su alma. Era evidente, dijo el chamán, que el espíritu de la niña se había desprendido y se había quedado con el genio del cerro y eso era lo que el cuerpo dormido iba en busca.

Llegada la cuarta noche, sedaron a la madre y salieron Tomasina, la madrina y el yatiri hacia el lugar donde se llevan a cabo los rituales, al pie de la poderosa Thunupa. Allí se celebró la ceremonia que concluyó luego  las exclamaciones del hombre invocando a todos los dioses magnánimos del Ande, sin olvidarse, cabe recalcar, del todopoderoso cristiano, llamando al alma de Tomasina a que retorne a su propio cuerpo.

—¡Tomasina! ¡Vuelve! —gritaban repetidamente— ¡Vuelve mamita, ven!

En medio de los gritos empezó Tomasina a sollozar como si la hubieran despertado de una pesadilla.

—¿Por qué me llaman tanto si estoy aquí mismo? —le preguntó a su madrina. Inmediatamente la mujer dio un grito de júbilo y abrazó fuertemente a la niña.

Pasaron unos meses en el transcurso de los cuales no se habló más del tema. Tomasina continuó con su vida normal. Por si acaso, la oveja desobediente y cómplice del Suluma terminó una noche en el horno y su carne se comió por varios días. Y aunque todo el mundo se había olvidado del asunto, la madre no  lo había podido hacer porque su hija ya no era la misma desde el incidente. Con todo, se conformaba con tenerla sana y salva a su lado. No sabía que el calvario de su retoño sólo había empezado y que duraría toda su vida. A los dos meses del fatídico encuentro, la madre empezó a sospechar que algo no iba bien. La palidez continua en sus mejillas o las nauseas que intentaba ocultar no eran normales. Poco después de cumplidos los tres meses Tomasina empezó a tener un hambre feroz y se la pasaba comiendo casi todo el día. La madre pensó que esa era buena señal y que la niña estaba ya sana. A los cinco meses Tomasina se había convertido en una gordita que provocaba piropos de parte de los jóvenes de la comunidad. 

Al siguiente mes era evidente que el vientre de la jovenzuela engordaba más que el resto del cuerpo. La madre horrorizada no quería admitirlo, ¡Su hija parecía embarazada! Pero si no le había conocido ningún pretendiente, además desde el incidente en el cerro se había vuelto mucho más introvertida y casi no hablaba con nadie... justo al terminar estos pensamientos se dio cuenta de la verdadera dimensión de la tragedia. ¡Su hija había sido seducida por el Suluma!

Llegaron las fiestas patronales del pueblo. Tomasina estaba muy emocionada pensando en los jóvenes que vendrían y que probablemente se interesarían en ella. La madre con cierta reticencia desempolvó los ajuares de su matrimonio y preparó la ropa para que su retoño se vea presentable en las recepciones que se avecinaban. Estaba llegando el día que tanto había temido en el que un desconocido se robaría al amor de su vida. Cuando le hizo probar las polleras para ver si necesitaban arreglo, observó con preocupación el tamaño de la barriga. Malos pensamientos empezaron a acosarla.

La fiesta fue un desastre para Tomasina. Ningún joven se acercó a ella, ni siquiera para conversar. Todos la miraban, cuchicheaban y se reían. Alguien se había percatado del vientre crecido y el rumor de que estaba embarazada corrió por toda la orilla norte del salar.

—El padre es el Suluma —decían algunas malintencionadas.

—No te vas a acercar a ella —advertían otras a sus hijos.

—Es la novia de ese demonio —concluían con sonrisas torcidas.

Cuando ella se acercaba a algún grupo de chicas de su edad, una a una ponían excusas para irse y dejarla sola. Tomasina desconsolada no entendía por qué todos, y sobre todo los muchachos, la evitaban. Ni ella ni su madre se enteraron de los dimes y diretes hasta ya pasadas las fiestas. La comadre le contó a la mamá lo que todo el mundo daba ya por un hecho: Tomasina era la mujer del demonio y nadie se atrevería a tomarla como compañera; ni siquiera como amiga.

La madre no tuvo corazón de contarle la verdad; lo que fue peor. La muchacha se enteró de la peor manera una tarde que fue a la casa de una de sus amigas de infancia llevando una canasta de pan como regalo. Ni siquiera le dejaron entrar. Le cerraron la puerta en la cara después de gritarle que no querían nada de la futura madre de un engendro. Lloró por varios días y con ella su mamá.

A poco tiempo llegaron a su casa los miembros de una de las cientos de iglesias protestantes que pululaban la tierras altas. Querían exorcizar a la niña y provocarle un aborto. La madre los espantó a escobazos y les juró que si volvían los mataría. Fue entonces que varias sectas se prepararon para el apocalipsis que juraban vendría después del nacimiento del que ya llamaban el anticristo.

Pasaron los meses y se acercó la que se suponía sería la fatídica fecha. Tomasina no volvió a salir de su casa por miedo y poco a poco se fue aislando. El día que se cumplían los nueve meses, el pueblo se quedó vacío. Sólo la madrina de la niña decidió quedarse para ayudarlas en el parto. Los más viejos, porque no podían viajar o no tenían dónde ir, se encerraron en sus casas, sacaron sus santos y crucifijos, prendieron velas y oraron hasta caer dormidos.

Al día siguiente siguieron avanzando por el desierto hasta encontrar, a media mañana, el extremo de la península del cerro llamado Suluma, cuyas faldas orientales terminan abruptamente sobre el mar de sal. Desde la costra blanquecina del salar observaron que algunos cactus tenían frutos. Don Rodrigo mandó a sus peones a recolectarlos porque es sabido por todos que estas plantas almacenan grandes cantidades de agua y producen jugosos y sabrosos frutos. Todos ellos se dieron un festín con los frutos sin sospechar siquiera que habían entrado en los dominios del viejo demonio. No pudieron reiniciar su marcha porque todos y cada uno de ellos fueron agredidos por los poderes malignos del Suluma. A uno de ellos lo atacó un gran ojo flotante en el aire; otro se vio rodeado de serpientes de todos los colores y tamaños, otro sintió disolverse en la sal, Don Rodrigo se puso a hablarles a los burros discurseando los orígenes divinos del Rey de España. Todos habrían sucumbido en el implacable sol altiplánico si no hubiera sido por el lugarteniente que, como había prometido a su señor, dio alcance a la caravana después de haber distraído a los sublevados en Salinas. El lugarteniente los encontró a todos delirantes y deshidratados, balbuceando locuras. Les dio de beber, descargó las pertenencias de don Rodrigo y su familia de la carreta y los subió a todos. Él sabía que sólo no podría arriar a los treinta burros de manera que decidió tomar una sola carga de oro y la puso en el caballo.  Descargo el resto del oro y lo escondió en unas pequeñas cuevas ubicadas en las faldas rocosas del Suluma, a orillas del salar. Cubrió la entrada de las cuevas con otras rocas, se subió en la carreta y reemprendió el viaje hacia la costa del Pacífico. Se cuenta que a el barco en el que volvían a España lo atrapó un huracán. La ubicación del tesoro se perdió para siempre.

Luego de una semana volvieron los primeros vecinos. Se apostaron en el paso que justamente está al lado del cerro maldito y trataron de observar si había algún peligro. En la distancia solo pudieron observar a Tomasina llevando sus ovejas de vuelta a su casa. Parecía como si fuera un día cualquiera. Con mucha cautela se acercaron a la población y entraron en sus hogares. Intentaron escuchar los sollozos del bebé, pero solo escucharon el viento. Poco a poco, a lo largo de esa semana, volvieron casi todos. Hablaban entre ellos y se preguntaban por el recién nacido y sin embargo nadie se atrevía a ir a averiguar. Cuando veían que la muchacha caminaba por el pueblo, la observaban escondidos y confirmaban que ya no tenía barriga.

—El Suluma ha debido venir y llevarse al niño —decían.

—Ha debido ser un monstruo —conjeturaban.

—Han debido hacer un pacto con el demonio… ¿Qué habrán conseguido a cambio? —se preguntaban—. ¿Y dónde estará el niño?

Los chismes continuaron hasta que poco a poco el tema se desgastó y lentamente ella pudo volver a su vida normal. Si alguien les hubiera preguntado qué pasó con el embarazo, se habrían enterado que no había pasado nada. La noche del supuesto parto pasó sin ningún evento. Tanto la madre como la madrina se habían preparado y esperaron que la niña empiece con los dolores, pero pasaron las horas y se durmieron de aburrimiento. Todavía pensaron que, como suele suceder con algunos casos, el alumbramiento se atrasaría. Pasaron los días, tantos que se olvidaron del asunto y volvieron a sus vidas cotidianas. Un año más tarde ya ni barriga había.

Tomasina no pudo conseguir marido. Ningún joven, ni tonto ni inteligente, se animó a coquetear con la novia del malvado Suluma. Se quedó soltera y sin descendencia a pesar de que su madre, en el lecho de muerte, le hizo prometer que dejaría esas tierras y buscaría marido en otros lugares. El mismo día del entierro, cuando volvía del cementerio acompañada por casi todo el pueblo, Tomasina se dio cuenta que estaba absolutamente sola en este mundo y si algo tenía eran la casa y la tierra que había heredado; no tenía intenciones de abandonar su pago. Miró al cerro con profundo odio y resentimiento y escupió en su dirección. La gente que acompañaba la procesión, más por tradición que por verdadero sentimiento, se miró de reojo y esbozó solapadas sonrisas. Al llegar a la casa todos se acomodaron en el patio esperando dar comienzo al luto, que, como en muchos lugares de este mundo, se celebra con comida y bebida. Sin embargo, tan pronto los autoinvitados se acomodaron, ella salió de la cocina con el cuchillo más largo que tenía, atravesó el patio frente a los asombrados ojos de los paisanos y con pasos apurados se dirigió hacia el cerro en busca del demonio. Los vecinos no pudieron entender lo que sucedía en ese instante y les tomó unos minutos comprender que no habría festejo. Uno por uno salieron de la casa y se quedaron paralizados comentando en voz baja mientras miraban la determinación con la que la mujer caminaba en dirección del Suluma. Luego volvieron a sus casas con el estómago vacío, contrariados porque no se mantenía la tradición y con la confirmación de que a Tomasina le faltaba un tornillo. Al anochecer uno de los vecinos se cruzó con ella volviendo frustrada y con el cansancio en los ojos.

—El maldito me tiene miedo —le dijo—. No quiso aparecer.

Se pasó de largo blandiendo su cuchillo y continuó con su vida.

miércoles, 30 de marzo de 2022

Lávense las manos; la pandemia del desamor

Joe Monroy Oyola


Regresar al barrio donde viví junto a mis padres, Julie y Robert Starr, me traía recuerdos de tantos hechos vividos en aquel lugar. Estuve con ellos hasta los veintidós años, cuando partí hacia California. Era una oportunidad de trabajo en aquel periódico local. Aunque siempre he vuelto a ver a mis progenitores, desde el fallecimiento de papá el año dos mil dieciséis, cada vez que voy entrando me parece que los encontraré juntos en la sala. Tuve la mala suerte, decían mis compañeros en la escuela, que nuestra maestra de historia, la señorita Emily Olsen, vivía en la misma quinta que nosotros. Ella domiciliaba en el número 113, entrando el primer apartamento al lado derecho, la única puerta de color verde olivo.

Las familias residentes en las casas aledañas estaban conmocionadas, al igual que mi anciana madre. La presencia policial en la quinta, sus ruidosas comunicaciones por radio, otros oficiales cubiertos de blanco, guantes descartables celestes, gafas protectoras, máscaras sobre nariz y boca. Iban cercando la entrada del apartamento número ciento trece con cintas plásticas amarillas, las usadas en escenas de crimen. Estas circunstancias hicieron que quizá después de meses, los vecinos estuvieran en la calle viéndose los unos a los otros. Un hedor cubría la quinta.  

Al segundo día tras haber llegado ante tan horrible circunstancia, a pedido expreso de mi madre decidí acompañarla durante algunas semanas. Divorciado, sin hijos, nada como impedimento. Mi trabajo a medio tiempo en la revista de ecología, donde en realidad solo colaboraba ofreciendo espacios publicitarios; y mi labor en el magazín de espectáculos, cuando había algún evento. Podría, por ahora, hacerlo a través del teléfono y vía internet desde Oklahoma. Mi cuarto seguía igual, claro está, mucho más ordenado que cuando yo estaba allí; aún mi casaca color guinda con mangas en tono crema, la que tenía estampado el logo de nuestra escuela secundaria. Estaba colgada sobre el viejo perchero, hecho en cedro, de cuatro brazos. El radio digital que mostraba la hora con números; fabricado en plástico, imitación cual madera verdadera, fue la sensación en los años setenta, seguía dando la hora. No entendí la razón por la que estuviesen aún en mi pequeño closet los juegos de dominó, damas, ajedrez; pero ese frasco lleno con canicas de vidrio multicolores era el colmo de la cursilería. El televisor, aquel del gran trasero plástico, sobre la mesa metálica negra al pie del fiel control remoto ¡tenía pilas y funcionaba! Mi cómoda, sí estaba vacía, ¡los tres cajones! Pensé hacer alguna reseña biográfica sobre la señorita Emily, a lo mejor para las promociones que la tuvimos como maestra. Total, que falleciera una profesora, quien trabajó desde su juventud hasta su jubilación en nuestra escuela ameritaba la intención. Pero, mirándolo por otro lado, dónde publicarla, tal vez lo peor sería: ¿quién la leería? Puse mis maletas sobre la cama, la cual estaba cubierta con aquel edredón confeccionado por mi abuela Inés, la del lado paterno, con retazos de telas en todos los colores y diseños imaginables, ¡la envidia que tendría un arco iris! Cuando escuché el más sublime, armonioso y dulce sonido en este mundo:

 —¡Nelson, hijo, el café está servido! —llamó mi mamá—. Mira quienes han llegado a saludarte.

—¡Señora Pflucker!, Oh, ¡señor Pflucker! Que grata y doble sorpresa —dije, extendiendo mi mano para saludarlos—. Por favor tomen asiento.

—Hijo, te trajeron unos panes recién horneados en casa —añadió mi mamá—. A la vez que llevaba hacia la mesa del comedor la cesta de paja cubierta con una servilleta de tela blanca y cuadros verdes.

—Te dije, Julie, que loíibamos a sorprender. De niño, cuando él olía que yo estaba horneando, se aparecía en la ventana de mi cocina; sus dedos y nariz parecían ventosas de pulpo sobre el vidrio.

—Señor Bob, después de algunos meses que no lo veía —comenté, mientras con mi mano insistí en invitarlos a sentarse.

—Karen, tenemos que visitarnos más seguido —agregó mi madre, mientras tomaba la mano de la señora Pflucker—. Ya estamos bien mayores querida amiga, y junto con Emily que en paz descanse éramos las únicas tres familias que hemos vivido siempre en estos condominios.

—Sabes, Nelson, he leído algunos de tus artículos acerca de la farándula; interesantes —mencionó el señor Bob.

—Mi hijo también escribe sobre temas de la conservación de la naturaleza —dijo mi madre.

—Julie, no traje mantequilla, espero que tengas, ya sabes cómo le gusta a tu hijo —agregó la señora Karen.

—En realidad, señor Bob, estar cerca de las estrellas de la música o la actuación tiene sus ventajas, por lo general tengo entradas gratis a los espectáculos.

—No creo que nuestro planeta tenga salvación, solo pierdes el tiempo Nelson —añadió el señor Bob. ¿Conociste en persona a Tom Hanks? ¿Fue por teléfono? Leí tu entrevista.

—No mucha, pero Karen, creo que será suficiente —contestó mamá. 

—La verdad, señor Bob, nunca lo conocí en persona, todo fue por internet.

Parecía que el tiempo hubiese, por capricho, vuelto hacia atrás; esas voces, los aromas de mantequilla recién untada sobre el pan caliente, al mismo tiempo que el vapor de la taza de café iba aproximándose a mí; la textura y el color de esa hogaza...

Si bien no sostenía una comunicación frecuente con la señorita Emily, nos saludábamos en contadas ocasiones por mensajes en internet. En cambio, la amistad entre la maestra y mamá fue siempre cercana. Puedo recordar la última vez que me saludó con un mensaje por mi cumpleaños, un año atrás, donde me dijo, entre otras cosas, que ella hubiese esperado que usara mi talento para escribir cuentos y novelas, y no esas ridículas notas acerca de la farándula.    

Después de algunos días, terminadas las investigaciones, llegaron trabajadores de una compañía de limpieza, dedicada a estos delicados menesteres. Ese mismo día recibí la extraña llamada de un estudio de abogados. Me dijeron, para total sorpresa mía, que la señorita Emily me había incluido entre sus herederos. La lectura del testamento se llevaría a cabo en la oficina ubicada en el centro histórico de la ciudad de Oklahoma, el lunes siguiente, a las diez de la mañana.

El evento se realizó contando con la presencia de la única sobrina lejana, hija de una prima ya fallecida, el único heredero; excepto por un paquete destinado para mí. 

La caja de cartón sellada de manera apropiada tenía unas etiquetas sobre ella. Había información del registro público, números, siglas y mi nombre. Al llegar a casa de mamá, la puse sobre la silla color celeste que estuvo en mi cuarto desde que tuve uso de razón. La dimensión del paquete no era mayor a la de una caja para camisa. Pesaba tal vez algo menos de dos kilos. ¿Qué podría hallar dentro? Aún me sentía ofendido por sus ácidos comentarios acerca de mi trabajo. Pensé en, por venganza, tirar el paquete a la basura. Pero luego vino a mi mente, que tal vez fuera algún dinero en efectivo, en billetes de a dos dólares, quizá los coleccionaba ella. Decían en la escuela, que era tacaña, nunca participó de ningún intercambio de regalos, ni por navidad, que todo lo ahorraba. ¿Quién sabe?

A medianoche, no pude más con la curiosidad, caminé hasta la cocina, encontré un largo cuchillo dentado, aquel que usaba mi madre para partir los panes, y en modo sigiloso lo llevé a mi cuarto...

Puse el paquete sobre la pequeña mesa de madera pintada de blanco, donde solía hacer mis tareas durante el tiempo en la escuela y luego por un año en la universidad, pues dejé para siempre mis estudios de literatura. Prendí una lámpara metálica flexible y direccioné su luz. La sorpresa fue mayúscula, había tres cuadernos de notas, del tipo espiral, quizá los más baratos de su clase. Cada uno tenía un papel pegado en frente que indicaba: 1.-Mi infancia, la familia. El siguiente: 2.-Mi juventud, y el tiempo dictando en la escuela. El último: 3.-Mi vejez.

Me sentí burlado, decepcionado, pudo dejarme algo con valor. Estaba por cerrar la caja con la intención de tirarla; cuando desde la parte interior de la tapa cayó una nota en puño y letra de mi antigua maestra, donde me pedía: “Querido Nelson, por favor, evita tirar estos cuadernos que contienen apuntes personales sin antes leerlos. No son diarios con ociosos detalles cotidianos; tal vez las ocasiones que consideré valedero reservar alguna anotación. Espero encuentres el tesoro que dejé para ti”.

Estuve leyendo por horas. Seguía el orden indicado por Emily. Pude conocer sobre la muerte de su madre durante el parto. Mencionaba, cuánto le hubiese gustado crecer al lado de ella. El amor de su padre, un rudo hombre, que trató de olvidar la muerte de su esposa con trabajo. Supe entonces, que nació el veintinueve de febrero de mil novecientos cincuenta y cuatro, un año bisiesto. Su padre solo le festejó el onomástico al cumplir dos años; coincidió, que el mes de febrero traía veintinueve días también. Ella no tenía recuerdo, o, foto alguna de aquel ágape. Cada veintiocho de febrero su papá le decía: «Ay, pobre mi hijita, que este año tampoco cumplió años».

Aunque fue triste conocer su niñez y el entorno familiar, me resultaba apenas interesante saber sobre su vida. Seguía intentando encontrar alguna pista, tal vez una sigla la cual se complementara con una fecha o lugar. Podría haber un código de apertura para alguna caja de seguridad; continué con la búsqueda...

Abrí el segundo cuaderno, en caso de que el subsiguiente hiciera referencia sobre algún dato de la libreta anterior. Cuando estaba casi por la mitad, cayó una foto en blanco y negro, aunque algo amarillenta, los bordes eran ondeados. Ella abrazaba a un hombre, ambos aparentaban tener edades cercanas. Vestían ropas de baño. Pero me sorprendió la bellísima silueta de Emily, su hermoso rostro. Estaban en la playa, al dorso, una nota: “Para que siempre me tengas presente. De Batman para Robin”. Me di cuenta que no fue un hecho casual el haber encontrado ese retrato en aquella página. Emily escribió una reflexión. “Siempre busqué la perfección, lo más conveniente, preocupada por lo que el hombre con quien me casara pudiera darme y así salir de la pobreza: terminé nuestra relación”.  

Mencionaba lo importantes que éramos sus estudiantes para ella. Citaba la amistad con mi mamá, el potencial descubierto en mí, y del poco interés mostrado para completar mis estudios de literatura. Sentí enfado en verme otra vez juzgado por la señorita Emily, aunque también me sobrevino una gran vergüenza debido al acertado presagio acerca de mi fracaso.

Para entonces, casi había perdido el deseo de leer el tercer cuaderno, nada positivo o conveniente para mis intereses podría encontrar. Pero al voltear la última página del penúltimo cuaderno había otra nota dirigida a mí: “Querido Nelson, tal vez te sientas decepcionado, pero te aseguro que no es solo una aburrida bitácora sobre mi vida. Siempre me conocieron como una persona formal, la cual ha cumplido sus promesas. Confía, y ve al tercer y último cuaderno. Tal vez vendrá a ser lo último importante que hice en mi vida. Es para ti”. 

Hubo algo que me hizo volver a la foto de Emily, junto al atlético y joven galán; me pareció haber visto aquel retrato alguna vez: ¡Imposible, me dije a mí mismo! Estaba algo cansado de la lectura, tuve que poner una pausa. Un correo enviado desde la oficina me encargaba cierta labor. El editor de la revista me pedía una nota sobre la próxima entrega de los Grammy. Debería viajar en una semana a Los Ángeles. Contacté con el agente de Shakira; tenía que concertar la entrevista, lo logré. Dediqué el tiempo a revisar en mi computadora, la información más reciente referente a los cantantes en sus diferentes categorías. Verifiqué cuándo arribarían otros artistas. Preparé el itinerario del viaje. 

Faltando dos días para mi regreso, en auto tal como vine, recordé que me faltaba terminar con el último cuaderno de Emily. Acomodé las cosas para la jornada de regreso, así no olvidaría nada por apurarme en empacar. Me senté entonces en la antigua mesa de estudio de mi cuarto, y abrí el último cuaderno:

Dos carteristas:

Al caminar por la avenida Central, sentía esa brisa fría. Nunca pensé estar sola en mi vejez, tal vez desahuciada de esperanza. En la acera de enfrente vi a un señor de terno marrón. Dos jóvenes con apariencia hispana lo iban siguiendo. Mirando hacia todos lados se acercaron muy rápido a él. Oh, Dios, lo agarraron del cuello, ya le sacaron su billetera, están golpeándolo. ¡Pobre hombre! Cobardes se fueron corriendo; ¿qué podía haber hecho yo? Tan solo quiero hacer mis compras.

El drogadicto

¿Qué pasaba en esa casa?, alcancé a mirar por la ventana a un hombre que golpeaba a una mujer, los conozco de vista, son esposos. Ella gritó:

—¡¡¡Cobarde, te gastaste el dinero de la semana, estás drogado!!! —grita la mujer que es tomada por el cuello —. Trata de liberar su cuello con ambas manos.

—¡¡¡Cállate, o te arrepentirás!!!

Un mendigo minusválido

Pobre mujer, si ya debía de estar arrepentida mucho antes. Sería mejor seguir mi camino. Aún no llegaba a la gasolinera, y ese frío calaba hasta los huesos. ¿Qué hacía aquel mendigo con silla de ruedas en la esquina del frente? Yo lo recordaba. Solo se veía su pierna izquierda. Que yo sepa él caminaba bien, ayer lo vi andando por la tarde con una botella de licor. Ahora estaba mirando hacia ambos lados, ja, creo que no tiene buen negocio hoy. ¡Ya lo decía, se había sentado sobre su pierna derecha! ¡Sinvergüenza! ¡Caminaba raudo empujando su silla de ruedas!

El estigma de la pobreza

Bueno, llegar a esta tienda de la gasolinera me da tranquilidad, es un lugar seguro y aseado. Llenaría mi vaso con un cafecito y de paso sacaría del baño un poco de papel higiénico, ¿por qué se estará escaseando? ¿Qué dice este letrero de papel pegado por dentro en la puerta de la entrada?, me pregunté, lo leí: ¡¡¡Lávense las manos!!!

—Buenos días, señorita —dije, mientras la saludaba también con mi mano. Ni me miró.

—Permiso, señora —me dijo un caballero vistiendo de terno plomo que entró después que yo.

—¡Buenos días, señorita! —saludó el caballero.

—¡Buenos días, bienvenido! —contestó la joven cajera.                                      

Estos baños son tan limpios. ¡¡¡Bendita correa!!! Siempre se me traba para bajarme el pantalón, y para cerrarla luego, aunque ya corrí otro huequito más. Estaba adelgazando muy rápido. Con solo uno pararse e ir saliendo de la cabina, dicen que un sensor hace correr el agua del inodoro. ¡Casi olvidé recoger papel higiénico para la casa! No estaba robando, iba a pagar por el vaso de café, además cumplo con mis impuestos, los dueños deben ser millonarios. Bueno…, casi medio rollo, me alcanza para unos tres días. Mejor mañana compro mi cafetucho, decidí. Se hizo una gran bola en mi bolsillo. Chica mal educada, ni me contestó el saludo. ¡Nada puede decirme!

—¡Nelson, hijo! El almuerzo está servido —avisó mi mamá.

—¡Voy mami!

Noto a mi madre algo inquieta, preocupada... 

—Dime hijo, ¿algo relevante en las notas de Emily? —pregunta, a la vez que me acaricia el cabello— Ya sabes que puedes compartir conmigo cualquier inquietud.

—Gracias, claro que lo sé.

Después de contarle a mi mamá sobre mi regreso a California dentro de un par de días la noté calmada, hasta me pareció aliviada; las atenciones para conmigo debieron haberla agotado. Era tiempo de volver a la lectura del tercer cuaderno, estaba ansioso por poder encontrar alguna información acerca del legado que me dejaba Emily. Llegué a mi cuarto y abrí el cuaderno en la hoja de antemano marcada:

La política

Dicen que hoy veintiséis de febrero, habló el presidente, voy a poner el noticiero nocturno. La relatora mencionó que Donald Trump había dicho que tan solo se había encontrado un caso aislado de coronavirus en California. Era un ciudadano de procedencia china. Ha negado peligro alguno, ningún riesgo de una crisis pandémica para nuestra población; que estamos preparados. Y, es bueno saber que todo está bajo control, el tema del tal coronavirus, debe ser un ataque falaz preparado por los demócratas para hacer ver mal a nuestro presidente. ¡La política apesta!

Honrarás a tu padre y a tu madre

El teléfono sonó; era Cristal; me saludó, y contó entre sollozos que su hijo Albert, en el apartamento de quien vivían, les había pedido que se alistaran para ir a un corto viaje, los tres: ella, su esposo Brian y Albert. En menos de una hora llegaron a un asilo para ancianos. Me pedía que los acogiera, pues su hijo no deseaba tenerlos más en su apartamento de soltero. ¿Qué podía hacer yo? Claro que los recibiría; y eso que todavía Cristal me debe dinero, doscientos dólares, desde hace casi un año. ¡Fresca! Pero al final es más pobre que yo. El día siguiente tendría que usar mi tarjeta donde depositan mi pago de cesantía, para comprar elementos de limpieza, algunos víveres y papel higiénico. Siquiera eso para recibirlos.

La negligencia, un espíritu de estupor

Al terminar el noticiero, esa noche, salí a tirar la bolsa de basura en el contenedor comunitario, casi en la esquina hacia la izquierda. Eran algo menos de las diez. Se escuchaba música en altísimo volumen. Conocía al residente: Patrick, un joven afroamericano; de regreso hacia la quinta, de un carro amarillo estacionado con los vidrios oscuros, descendió otro joven afroamericano. Traía consigo algunas cajas de pizza y una botella de licor. Por precaución me detuve hasta que entrara. Dejó la botella junto a su pie derecho; la canción terminaba, tocó el timbre y golpeó con el puño la puerta; le abrieron:  

—¡¡¡Feliz cumpleaños Patrick!!! —dijo mientras los dos jóvenes se abrazaban.

—Gracias Dwayne, bienvenido a mi covid party. ¡¡¡Esta fiesta va a estar «de muerte»!!!

La llegada de Cristal y Brian

A la noche siguiente sonó el timbre de mi puerta, sabía quiénes eran. Nos abrazamos mi amiga y yo, luego entró su esposo con un par de maletas. Los instalé en el cuarto de visita que yo usaba de almacén. Un plato de sopa de pollo caliente era lo que pude ofrecerles. Después de mostrarles el apartamento, nos dispusimos a descansar.

Hoy, se cumplen dos semanas desde la llegada de Cristal y Brian. Me costó levantarme. Tengo una terrible tos y fiebre. El peor es Brian. Albert, su hijo, me contestó por teléfono, que era una persona muy ocupada, nada podía hacer, y cortó. Ayer llegó hasta la puerta una señorita representante del estudio jurídico. Tenía que hacer un arreglo de mi testamento. Ya recabaron mi firma. Al tomar la calle miré a una ambulancia estacionada en la puerta del apartamento de aquel joven afroamericano Patrick. En ese momento lo llevaban en camilla. Tenía una máscara conectada al oxígeno, los paramédicos cubiertos por entero con unos mandiles celestes, gafas de seguridad, guantes y mascarillas ¿Qué le habría ocurrido? Me alcanzó a ver, él lloraba y tosía. Lo llevaron en la ambulancia. ¡Tanto ruido de la sirena, esas luces rojas! Y, yo, con esta horrible jaqueca. Proseguí mi rumbo, esta vez el viento parecía darme de latigazos en la espalda y pecho.

—¡¡¡Hora de cenar hijito!!! —avisó mi madre—. ¡Tallarines con albóndigas!  ─agregó.

—Pero mamá estoy... ¡¿Tallarines con albóndigas?!

No podía despreciar a mi mamita. Durante la cena conversamos de su posible viaje a California para visitarme. Me preguntó si estaba con alguna enamorada. Le expliqué; estoy solo por ahora, pero serás la primera persona en enterarte de cualquier novedad. Entonces volvió a indagar, si es que había algo que tuviera que compartirle o preguntarle sobre las memorias de Emily. Nelson, hemos sido muy unidos, eres nuestro único hijo. Lo sé mamá, si se diera el caso, claro lo haré. Terminada la cena, me excusé y volví a mi cuarto, seguí leyendo:

Al empujar la puerta de vidrio se veía el mismo letrero pegado por dentro: ¡¡¡Lávense las manos!!! Entré y saludé; como de costumbre la joven cajera me ignoró. Tenía en el bolsillo derecho de mi casaca marrón un vaso plástico con tapa de color crema. Fui al área de las inmensas cafeteras y escuché pasar una ruidosa moto. De manera repentina me sobrevino un espasmo entre el pecho y la espalda. Una incontenible tos me sacudió cubriendo aun el ruido de esa motocicleta. Los comensales presentes se apartaron. Se me cayó el vaso plástico con el contenido, hombres y mujeres salieron despavoridos, dejaron bebidas, dulces, sándwiches. Recogí, lavé el recipiente, me serví otra vez la bebida caliente, y tomé una dona. Cuando llegué al área de la cajera, ella gritó:

—¡¡¡Fuera, váyase, no tiene que pagar nada!!!

Fue hace un rato. Sentí tanta vergüenza; solo dejé las monedas equivalentes al pago, empujé la puerta, creo que por accidente rompí el letrero pues al voltear mi rostro no estaba más en el inmenso vitral.

Algo anda mal en casa. Al llegar quise compartir la bebida y la dona con Cristal. Ella me dijo que su esposo se había quedado dormido, no tosía más y le estaba bajando la temperatura. Me quité la casaca, la tiré a mi lado en la cama por si siento más frío. 

 Estoy dejando estas notas para ti Nelson, por si algo pasara conmigo, me siento cada día peor. Creo que estás listo para revelarte un secreto. Seguro recuerdas la foto que estaba en el segundo cuaderno. Yo tenía veinte años, mi novio veintiuno. Fue un maravilloso hombre: honesto y muy trabajador. Lo dejé pues no era rico, tampoco profesional ni tenía las intenciones de serlo. Lo amé, lo amo aún hoy. Al renunciar a él, lo hice sufrir; con el tiempo se enamoró de una joven humilde y de enorme corazón: ella es tu mami. Nelson, esa es la razón por la que he seguido tus pasos, tú eres hijo de aquel hombre. Nos pusimos por sobrenombre: Batman y Robin. Tu mami y yo tenemos una hermosa amistad, fuimos todos amigos, lo somos aún. Este es el triste ejemplo de un enorme fracaso en la vida; renuncié a un futuro diferente. Fue mi erróneo concepto de la felicidad. Es así como te exhorto a ser valiente; toma el grandioso destino que hay para ti. ¡Escribe esta historia! Atrévete a soñar, pero sobre todo, ¡ama!, como si el último día fuese, ¡hoy! 

Quedé sorprendido. Saber que Emily me cuidaba por ser el hijo del hombre que ella amó. Entendí las preguntas de mamá. Por primera vez en mi vida sentí querer a la señorita Emily. No le diría nada a mi madre, no había necesidad.

A los dos días me reportaba en la oficina. Estaba el editor, quien era mi jefe inmediato, también el gerente general del magazín de espectáculos. Me hablaban de una promoción si lograba entrevistar en exclusiva al cantante John Legend; y un aumento de mi salario, acorde con la nueva posición...

Me levanté y entregué la carta de renuncia, salí de la oficina sin atender los llamados de los ejecutivos. Partí en mi auto a Oklahoma, a casa. Tenía que escribir esta historia sobre la indolencia ante el sufrimiento del prójimo, y, tal vez, solo tal vez, ser un pequeño punto de apoyo; una diminuta vela en la oscuridad, en la eterna lucha contra la pandemia del desamor.

Lo que Nelson Starr nunca pudo saber, a pesar de haber terminado los tres cuadernos, él estaba focalizado escribiendo en su habitación, mientras pasaban los días, semanas y meses; durante el noticiero local daban información de casos criminales:

Un hombre que simulaba ser un minusválido, sentado en estado de ebriedad había caído sobre la pista justo cuando un camión hacía la curva en esa esquina, pasó sobre su pierna derecha que quedó prensada sobre la pista. Los médicos salvaron al hombre, pero perdió su pierna; y mientras se retorcía, dos jóvenes hispanos le habían quitado una bolsa con dinero. La policía está tras de ellos.

El rostro de un hombre denunciado y capturado por cargos de comercialización de drogas, junto con su cónyuge.

En el hospital local, Patrick era desconectado del respirador artificial y cubrían su rostro. Dwayne permanece conectado. El largo timbre proveniente del indicador de los signos vitales conectado a Dwayne hizo volver a la enfermera junto al médico. Menearon la cabeza y desactivaron también la asistencia respiratoria monitorizada.

Donald Trump, el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, se contagió del coronavirus...

A la joven cajera nunca más se le vio, desde el día en que pasaron por televisión las escenas de la anciana Emily Olsen. Pudo ver el letrero que ella misma pegó en la puerta del establecimiento. 

Albert vivió con el cargo de conciencia por su indolencia, desde que vio también en el noticiero, las escenas donde mencionaban a sus padres y a Emily. Fueron hallados muertos en el apartamento 113 en estado de descomposición. La cámara mostraba un abrigo que tenía pegado a una de las mangas, un cartel, el cual decía: ¡¡¡Lávense las manos!!!