miércoles, 15 de julio de 2020

Amistad sin prejuicio

Yadira Sandoval Rodríguez


A la menstruación, esa «prima roja» que llega cada fin de mes con dolores y una revoltura de hormonas tratando de convencerme de que me acepte como mujer, yo la niego porque me hace sentir una locura dentro de mí. Los cólicos no los aguanto, llego al baño, abro mis piernas para sentir el derrame estólido del desgarre, es como si una voz saliera de mí pidiendo auxilio para aliviar el dolor virgen de la prima roja. Sé, que, al negarla, me niego a mí misma, ya que somos dos seres dentro de un cuerpo tratando de integrarnos. Dirás que estoy loca, pero las hormonas me convierten en otra persona, al grado de desconocerme, si me ves enojada no soy yo, es ella que desea salir de mí. Lo feo de todo es que no puedo jugar cuando ella llega, tanta sangre saliendo de mí, es asqueroso. Me duele lo que me sucede, Leo. Deseo ser niño otra vez, mi cuerpo ha cambiado. Te pido disculpas. La mamá de Leo ha leído la carta, su hijo descuidó ponerla en un lugar donde no se pudiera encontrar. Al terminarla de leer, ella pensó que Leo pudiera andar de novio, aunque la última línea del escrito le hizo ruido: «Me duele lo que me sucede, Leo. Deseo ser niño otra vez, mi cuerpo ha cambiado». La mamá deja la carta sobre la cama, para que su hijo no sospeche que fue leída y se retira a sus quehaceres.
Leo llega de la escuela, sube a su cuarto, busca la carta y la guarda inmediatamente, después baja a la cocina, saluda a su mamá:
—Hola, mamá. ¿Cómo estás?
—Hola, hijo. ¿Cómo te fue?
—Bien.
—¿Seguro?
Esa pregunta que hizo su madre lo dejó dudando y volteó lentamente a mirarla:
—Leíste la carta, ¿verdad?
—Sí. En algún momento imaginé que era una carta de amor, Leo. Pero me dejó con dudas. Tu amiga tiene alma de poeta. Me encantó cómo describió la menstruación, aunque me pareció un alma atormentada por algo que no llegué a comprender, ¿me lo puedes explicar?
Leo se queda serio por dos minutos. Su madre le dice que solo desea ayudar. Su hijo comprende la situación, ya que los dos tienen muy buena comunicación. 
—Está bien, mamá. La carta que leíste es de mi amiguita, Melissa. Es una de mis mejores amigas de la escuela, es un poco loca, o más bien mucho. Ella dice que es un niño, nos lo ha dicho desde el tercer grado de la escuela. Casi no juega con las niñas, siempre desea jugar con nosotros, de hecho, corre más veloz, por eso la dejamos que se uniera a nuestro grupo de amigos. A lo primero se nos hizo raro, pero, ahora ya le creemos porque hasta se viste como hombre. A mí sí me gustaba mucho, tiene un físico muy bonito, sonríe de forma preciosa, es muy inteligente y simpática, aparte le gusta bailar y cantar, se la lleva mostrándonos sus pasos de baile que aprende en la escuela de arte. La carta que leíste es porque le sucedió eso, que a ustedes les sucede… mmm… eso…
—¿Qué nos sucede? —preguntó la mamá, sabiendo que su hijo estaba prejuiciado con el tema y no podía explicarlo.
—Eso, mamá, lo que le sucedes a ustedes todos los meses.
—Pero ¿qué es hijo?
—Esa cosa rara, o más bien, la sangre que sale de sus cuerpos, que la verdad me da asco.
—¿Tú hablas de la menstruación?
—Sí, eso.
—Y ¿cuál es el problema, hijo?
—Qué Melissa la tiene, tardamos en aceptarla con su locura, y ahora con la menstruación, no sabemos cómo verla. Nos confunde a todos.
—No deben porqué confundirse, Leo. Ella sigue siendo su amigo.
—Queremos que ya no se junte con nosotros, porque en la escuela nos están diciendo niñas a todos los que jugamos con ella. Mejor que se vaya con las nenas y nos deje en paz.
—¿Platicaron con Melissa?
—Sí. Es por eso lo de la carta. No quiere aceptar su menstruación y desea seguir jugando con nosotros. Pasó algo muy asqueroso en la escuela, fue su mamá y la directora nos regañó. Fue vergonzoso, estaban los niños de los grados avanzados, y nos gritaron nenitas.
—¿Qué pasó?
—Estábamos jugando, quien subía más rápido a un árbol, le tocó el turno a Melissa, y todos nos quedamos serios al ver su pantalón manchado de sangre, pero el menso del Poncho la regó, empezó a reírse, mientras yo ayudaba a Melissa a bajar del árbol. Una maestra nos vio y se enojó al ver mi pantalón manchado de sangre e hizo un escándalo en toda la escuela.
—Pobre Melissa
—Pobres de nosotros, mamá, ¿de qué lado estás?
—De los dos.
—Tu hijo pasó la peor vergüenza de la historia, todos saben que no es niña, la ayudé a bajar del árbol como si lo fuera y coincidió que pasaron los niños de los grados avanzados, cuando le di un beso en la frente, no lo pude evitar, la conozco desde el kínder y ella reaccionó con un golpe en mi estómago. Y me gritó: «No soy niña». En eso la maestra hizo el escándalo y a todos nos llevaron a la dirección, después de una hora llegó su mamá. Lo bueno que traía en mi mochila un short, nos tocaba la clase de educación física, pero se suspendió. La maestra le dijo a la directora que nos estábamos burlando de Melissa por creerse niño, es decir, pensaron que mi beso fue planeado para hacerla sentir mal; es una vieja cizañosa. Mis sentimientos son asquerosos, mamá. Quedará en la memoria de todos.
—Más lamentable para ella, hijo. Ustedes lo olvidarán y ella no, porque aparte de pasar la vergüenza, perdió a sus amigos. Y eso, es doblemente horrible, ¿comprendes, Leo?
—Pero, mamá…
—Sé que te contrariaste al mostrarle un sentimiento de amistad enfrente de todos y no tienes porqué reprimirlo, al contrario, me siento orgullosa. No la dejaste sola.
—Estás mal, mamá.
—La amistad es mucho más importante que cualquier suceso anormal, hijo. Y por lo que veo tu amiga o amigo está pasando por un cambio de género y recurre a ustedes para reafirmarse en su nueva identidad: ser hombrecito. A eso se le llama identidad de género.
—¿Qué es eso, mamá?
—Posiblemente tu amiga está en un proceso de identificarse como hombre, aunque ustedes la vean femenina. Nosotros les decimos a ellos: gays y lesbianas. La preferencia sexual no es motivo para discriminar a nadie, Leo. Por lo tanto, te aconsejo que la busques y le pidas una disculpa. Acéptala con su locura, como usted dice niño, la amistad vale más que cualquier prejuicio, ser su amigo no te va a hacer menos hombrecito, al contrario, eso te dará más fuerza para defender a otras personas de las injusticias, conviértete en un adulto con valores, eso deseamos tu padre y yo. El beso fue un impulso ante la necesidad de protegerla, posiblemente tú quieres verla como niña, pero ella ya se reafirmó, ahora tienes que respetarla. Entonces, ¿necesitas más explicaciones para entender lo que te digo, Leo?
—No, mamá. Hablaré con ella. Gracias por el consejo.
—Invita a Melissa a la casa, me encantaría conocerla.
—Está bien, mamá.

viernes, 5 de junio de 2020

El huésped de la habitación 201

Constanza Aimola


Desde que lo conocí no me dio buena espina, sin embargo, resultamos involucrados en una relación tormentosa y tóxica, creamos un vínculo que estuvo enmarcado en secretos, escapadas, en fin, todo aquello que significa prohibido.
Ahora recuerdo los hechos y sé que fui una ilusa al pensar que íbamos a terminar bien, la relación empezó y continuó realmente mal, empeorando en esta bendita cuarentena en donde terminó en un juego macabro que no puedo evitar contarles. Gerardo y yo nos conocimos en la oficina, trabajamos en la misma empresa, aunque en departamentos diferentes, pero todo el tiempo estábamos en contacto. Yo era soltera en ese momento, acababa de hecho de salir de una relación que ocupó toda mi adolescencia y parte de la adultez, que me dejó extenuada de cansancio y no quería nada serio. Él me dijo que tampoco estaba con nadie y como no me interesaba tener nada serio en ese momento, mucho menos con alguien que no tenía muy buena fama, me dejé llevar, disfruté de su compañía ocasional.
Todo iba más o menos bien hasta que el malestar y varios síntomas me indicaban que estaba embarazada. Desde ese momento empezaron a cambiar las cosas porque el tiempo que antes era opcional ahora se volvió un poco obligado, para mi sorpresa le cayó bien la llegada de un hijo, estuvo interesado en verme y cuidarme, aunque por ahora la relación seguía muy en silencio.
Así transcurrió la mayor parte del tiempo hasta que tuve mi hija, porque finalmente desapareció. De vez en cuando la visitaba o le mandaba regalos, a veces, de forma mágica tenía explosiones de amor hacia mí, después de tenerme abandonada por días, incluso semanas, me llamaba, enviaba flores o escribía, me pedía que nos viéramos y en ocasiones se quedaba en mi casa. En este tiempo no vi ningún comportamiento extraño, era un hombre normal, atendía a su hija, veíamos películas, pedíamos comida, nada extraño.
Estuvo medianamente presente, aunque se me salió del corazón desde que quedé embarazada, o más bien nunca ocupó un lugar importante, pero el fastidio era más fuerte y se me dificultaba cumplir los roles de una pareja normal.
En la oficina solo contadas personas se enteraron de la relación cuando mi hija cumplió un año, al mismo tiempo que este hombre empezó a cambiar. Más que sospechar algo por un cambio conmigo, su rendimiento laboral se fue a pique, llegaba tarde, se comportaba de forma extraña, hasta empecé a pensar que estaba consumiendo drogas o metido en negocios raros porque no le encontraba otra explicación. Finalmente dejó de ir a trabajar, en ese momento no me enteré por qué había sido, pero más adelante lo comprendí, no necesitaba el trabajo, actuaba todo el tiempo, lo utilizaba para encontrar mujeres y no porque necesitara el dinero, más adelante encontrarán conmigo la explicación a esto.
Desde la gerencia tomaron la decisión de despedirlo porque simplemente desapareció del todo y nunca volvió. Le enviaron la carta de despido por correo certificado, tiraron sus cosas personales a la caneca de la basura. La gerente de la compañía, que es mi amiga personal, me pidió el favor de que revisara algunos archivos con datos de clientes e información que necesitaban urgente y otros que utilizarían para hacer la entrega del puesto a la persona que lo iba a reemplazar.
Estando en esto me encontré por casualidad con algunas de sus redes sociales, aún estaban abiertas en su computador. Lo había bloqueado porque se volvió inaguantable que me celara, revisara todas mis publicaciones y se pusiera celoso porque alguien le ponía me gusta a cualquier foto.
Era una persona con varias vidas paralelas. Tengo que aceptar que revisé sus redes sociales, en donde lo vi con varios perfiles, diferentes formas de vestir,  otras parejas, como esposo, amante, padre, no podía cerrar la boca porque creí que lo conocía. Estaba aterrada de descubrirlo y empecé a entender algunos comportamientos. La verdad no era que me importara mucho, sin embargo, me hacía una pequeña ampolla en el corazón, no he tenido éxito en las relaciones, tener una hija en común y alguna vez haber pensado que la relación podría funcionar se convertía en un fuerte golpe.
Aquí empieza lo más álgido de la historia porque aunque estuve dos días pensando si debía hacerlo o no, me decidí a contactar a la mujer más joven que aparecía con Gerardo en las fotos de las redes sociales. Al golpe inicial se sumó el impacto de confirmar que estaba con ella, que eran pareja y que vivían una vida loca llena de excesos mientras yo estaba sola con mi hija criándola sin ayuda.
Empezamos a hablar, tuvimos conversaciones acerca de varios temas y nos escribimos por largas horas. Desde entonces hemos estado siempre en contacto. Descubrimos que nos escribía casi los mismos mensajes, correos electrónicos cargados de pasión y amor, que prácticamente calcaba para enviarlos a la otra. Aproximadamente un mes después, Bárbara, como se llama su otra novia, me escribió para contarme que habían terminado y que lo sacó de su casa. Ella lo había seguido, descubrió que se estaba quedando en el hotel Cecil. Esto sucedió un poco antes de iniciar la cuarentena por coronavirus, dejé a mi hija al cuidado de mis padres y me hospedé en el hotel para poderlo espiar, así vería qué era lo que pasaba, intentar ver si lograba descubrirlo.
El hotel Cecil es un viejo inmueble en el centro de la ciudad. Pertenece a la historia por haber hospedado a grandes leyendas de la farándula nacional e internacional. Es difícil explicarles esto con palabras, pero su olor se asemeja a un viejo fumador que se baña poco, al que se le mojó su gabardina, la guardó húmeda. Aún tiene tapete en sus habitaciones, restaurante, parte del bar y la recepción. Está decorado con elementos rústicos empolvados, unas lámparas con bombillos de muy buena calidad que deben de llevar décadas ahí puestos en lámparas de lágrimas de la época de la colonia. Obvio una luz tenue con ambiente algo romántico. La verdad es acogedor, nunca había estado allí, no me disgustaba del todo.
El hotel está separado por dos áreas, la que daba a la avenida y otra que tenía vista a los cerros, son edificios independientes divididos por un vidrio. Del lado del que yo estaba, la parte más nueva, se veía a través del vidrio, sin embargo, desde el otro lado no podían verme. Esto facilitó que lograra pasar desapercibida y ver cada uno de sus comportamientos.
A medida que pasaban los días fui identificando sus rutinas. Bajaba a desayunar a las ocho, pasaba al restaurante por un café, leía el periódico. A las once bajaba de nuevo por otro café ya con otra ropa, por lo general un suéter de lana, se notaba que se había bañado y afeitado. Leía algunas páginas de uno o dos libros, también tomaba nota.
Algunas veces se levantaba de su silla para recibir una llamada y se paseaba por todo el café mientras hablaba, por cierto en un tono alto, utilizando términos legales que jamás le había escuchado. Se veía hasta interesante, no había notado cómo le quedaba de bien el color azul oscuro que combinó a la perfección con un pantalón caqui con mocasines cómodos de color crudo.
Un día vino a verme Bárbara, entró directo por el ascensor del ala nueva en donde me hospedaba, estuvimos hablando un rato. Con terror veía como se acercó Gerardo, habló con Guillermo el empleado que atendía la recepción y ni se enteró de la presencia de Bárbara, quien lo miraba de vez en cuando de reojo. Yo caminé rápidamente hacia la peluquería, pero Bárbara se quedó petrificada del susto, lo único que atinó a hacer fue hablar con el botones mirando una revista. Finalmente él se retiró y yo regresé de la peluquería para morirnos de risa, era uno de esos ataques que me ocurren cuando estoy muy asustada. Nos despedimos y subí directo a mi habitación.
Al otro día bajé a desayunar a las siete de la mañana, justo cuando abren las puertas del restaurante, para no encontrarme a las ocho a Gerardo, poder observar qué haría de diferente y ver si podría cogerlo en alguna mentira o movimiento sospechoso para desenmascararlo.
Desayuné algo muy sencillo, llamé a mi mamá, me puso al teléfono a la niña para que escuchara mi voz. Al mismo tiempo tomé un postre de arroz con leche que en ese hotel es maravilloso y me fui comiéndolo con una diminuta cuchara que lo hace más delicioso.
Iba saliendo, no me lo van a creer, pero cuando levanté la cara me encontré de frente con Gerardo, ya bañado, perfumado y afeitado, paré en seco, él también por lo que se le cayó un libro, su libreta de apuntes y una pluma. Me pidió disculpas, me preguntó si estaba bien. No dije ni una palabra, me metí los pelos que se me habían salido de la moña, detrás de la oreja, seguí mi camino.
Estaba aterrada, en el ascensor pensé que lo había visto algo diferente y claro que me di cuenta que no era Gerardo, era alguien muy parecido a él.
Me hospedaba en el quinto piso, pero en el tercero quité mi tarjeta del ascensor, lo frené en seco, salí y bajé por las escaleras a toda velocidad para acercarme a Manuel el conserje de día, le pregunté por Gerardo. Se lo describí, así fue como me confirmó que estaba hospedado en una habitación del hotel de propiedad de su hermano, un prestigioso y reconocido abogado que le había abierto las puertas porque su esposa lo había sacado de la casa.
Le pregunté a Manuel la hora en que saldría a su descanso, lo cité en mi habitación para sacarle información, todos tenemos un precio y estaba segura de que iba a poder darme muy buenos datos. Era el huésped de la habitación 201, me contó que era el hermano malo, el vicioso, el mujeriego, el que no había terminado la universidad, quien hacía avergonzar a su familia. Me habló de sus padres y de su esposa, como lo oyen, la esposa, es decir, que no tenía una, ni dos o tres novias, era casado oficialmente con Mariana una señora joven con dos hijos en edad preescolar. Su esposa al parecer no lo quería y se había casado por conveniencia, ya que Gerardo pertenecía a una familia muy adinerada, dueños de cadenas hoteleras por todo el mundo. Fue un matrimonio acordado entre familias con el que esperaban que se ajuiciara porque siempre ha sido la oveja negra.
Aunque Mariana era la señora, también extraoficialmente frecuentaba amantes que incluso llevaba al hotel a tomar café o alguna copa, todos lo sabían, hasta Gerardo a quién no le importaba, tal vez porque él hacía lo mismo. Ella intentaba pasarles por el frente a Gerardo y toda su familia estos hombres para que se enteraran que ella también era exitosa con otras personas fuera de casa, además que no le importaba su esposo.
El tipo era el rey del disfraz, le sacaba provecho a sus vidas paralelas, salía con diferentes mujeres y hasta hombres según me contó Manuel a quien tuve que sobornar fuertemente.
Llamé a Bárbara para le conté todo, pasé una larga noche, casi no puedo conciliar el sueño, me dediqué a ver televisión para recabar todo esto que había sucedido, encontré muchas explicaciones y quedé aterrada con lo lejos que puede llegar una persona tan trastornada, pensar que lo dejé tantas veces estar al lado de mi hija. Le conté todo, lo de sus relaciones, vicios, excesos y las dos hicimos la promesa de no volverlo a ver nunca más. El plan era irnos juntas a Argentina en donde vivía su hermano para perdernos de ese hombre olvidándonos de todo.
Acababan de declarar la cuarentena preventiva y debía volver a casa, me levanté con la intención de salir temprano, pedí un café, me bañé y llamé a la recepción para que vinieran a revisar la habitación. Ya estaba a punto de terminar de alistar todo para salir cuando golpearon a la puerta, no era el botones, era Gerardo. Me insultó, entró a la fuerza, me tapó la boca, me preguntó qué hacía allí, en repetidas ocasiones mientras me susurraba al oído, pero con mucha fuerza. La saliva salía de su boca, podía sentir su cara caliente y sudorosa pegada a mi mejilla.
Mientras me empujaba seguía corriéndome hacia atrás, tomé la pluma de encima del escritorio, se la clavé en el cuello, me gritó que iba a matarme mientras se desangraba. Poco a poco se fue desvaneciendo y se empezó a arrastrar hacia mí. Lo miraba aterrada, tomaba mi cara, me tapaba la boca yo misma, nunca había sentido tanto miedo en la vida. Finalmente se sacó la pluma y dejó de hablar, ya solo hacía ruidos extraños, volteó los ojos, perdió el conocimiento. Pasé varios minutos intentando pensar, pero estaba bloqueada, ya como a las diez recordé, que se aproximaba la hora en la que Manuel tomaba su descanso, lo llamé para suplicarle de forma calmada que fuera a la habitación.
Llegó en pocos minutos, lo tomé del brazo, lo jalé para que entrara rápidamente, le mostré el cuerpo de Gerardo sin vida tirado en el piso sobre un tapete. Me preguntó qué había hecho,  le expliqué que estaba defendiéndome, la verdad estaba tan asustada que me senté a mirar por la ventana, me dio un vaso de agua, seguido de esto me pidió que saliera normalmente del hotel, que él lo arreglaría.
Con toda la sangre fría que pude hice lo que Manuel me dijo, después de prometerle que lo recompensaría. Fui a casa de mis padres, almorcé, recogí a mi hija, atravesé la ciudad muy rápido porque ya había comenzado el simulacro de la cuarentena y me fui para mi apartamento.
No podía dejar de pensar en el accidente, constantemente la cara de Gerardo mientras se desvanecía me perturbaba, había adelgazado casi ocho kilos en algo más de una semana y me veía muy demacrada. Varias veces intenté convencer a mis padres cuando hablábamos por video llamada, que era debido a la luz del celular que se estaba averiando.
Por fin recibí la llamada de un número desconocido, resultó ser Manuel quien me contó con gran naturalidad que, aprovechando la cuarentena, poca afluencia de empleados y huéspedes, empacó el cuerpo sin vida de Gerardo en una bolsa gruesa, la amarró con hilo de asar carne que encontró en la cocina. Tomó ladrillos, cemento y otros materiales de la obra que adelantaban hace varios días para arreglar una humedad en el sótano, para construir un muro falso en la pared del armario, estucó, pintó y quedó como si nada.
No pude evitar llorar al otro lado del teléfono, estaba atravesando por una crisis, de lo que me di cuenta cuando se mezclaba la risa con el llanto. Parecía una persona desequilibrada.
Ahora observo a mi hija y pienso que es mejor que nunca conozca al hombre que le dio la vida, por eso yo se la quité para impedirlo.

viernes, 29 de mayo de 2020

2090

Diego Velásquez González



Una suave música despierta a Jamal. Es un sonido envolvente que cubre el espacio y a medida que el tiempo transcurre va en aumento. El cuarto de su habitación se encuentra pintado de color blanco en el que predomina un estilo minimalista. Por un momento se resiste a abrir los ojos y se deja permear por las sensaciones auditivas, olfativas y táctiles de la cama y el entorno. Después de algún tiempo, gira la cabeza a la derecha y proyecta su mirada a través del ventanal que ha ido cambiando de acuerdo a la luminosidad interna y externa, hacía lo que será otro día plomizo y gris, reflejo de las paradójicas y rigurosas condiciones del clima que caracterizan la vida en EcoVillage, una ciudad pensada ecológicamente sobre los restos de una parcialmente desaparecida en el mar Caribe como consecuencia del deshielo de los polos terrestres.
Recuerda su sueño con una mujer. Mira a su lado y Alexis ya se ha levantado. Debe estar en el gimnasio. El sonido de la música aumenta hasta hacerse estridente lo que obliga a Jamal a sentarse de manera definitiva y pulsar el botón ubicado al lado de la cama para apagar el equipo. Al tocar el piso, siente el frio en sus pies y se estremece. Se estira de nuevo en la cama. Se siente cansando. Finalmente, después de cierta modorra, toca otro botón del tablero y se abre una ventana tridimensional, 6:28 a.m., 22 de marzo de 2090 y algunos titulares de las noticias del día. Un nuevo viaje a Encélado, la luna de Saturno, la alerta roja de contaminación radiactiva en el norte del planeta y el presagio de una tarde de lluvia acida en la región.
Mientras camina hacía la cocina, un suave aire frio lo hace estornudar y regresa a su habitación a ponerse su camiseta preferida. «Qué sueño tan extraño. Creo reconocerla, pero no sé quién es» —piensa para sí. Considera por un momento que debe decirle a Alexis, su pareja o más bien su compañero desde hace cuatro años porque nunca formalizaron nada, pero cree que a lo mejor no le dirá nada, como nada dice desde hace tiempo. La noche anterior, Jamal se había quedado hasta tarde terminando el informe de la investigación del proyecto en el que trabaja con el propósito de recuperar el sistema agrícola en una de las naciones en el continente al sur y que empieza a recuperarse de la crisis que se desató a mediados del siglo como consecuencia del colapso ambiental y  que en sus inicios nadie prestó atención, al menos en los niveles donde se podían tomar las decisiones políticas y económicas adecuadas que demandaban hasta que final se llegó al límite en el que parecería que no había marcha atrás.  
Mira en la despensa. Encuentra insectos congelados y almidón de cedro. «Tal vez pueda preparar una torta, aunque no sé qué más le puedo poner a esto puesto que ya no hay mercado» —habla para sí mismo en voz baja mientras continúa abriendo los tarros y cajones de la cocina. Encuentra algo de especias, sal y pimienta negra. En ese momento el elevador se abre y entra Alexis sudoroso. Viene del Centro de entrenamiento donde asiste asiduamente mientras no tiene competencias atléticas alrededor del mundo. Jamal lo observa mientras se desnuda. Piensa que sigue siendo un hombre atractivo. Su cuerpo es delgado, trigueño, refleja unos rasgos definidos y duros producto de entrenamientos extenuantes y la dieta que le exigen para mantenerlo activo como deportista. Alexis pregunta si encargaran lo necesario para la despensa o irán juntos. Jamal solo afirma:
―Cómo quieras —Expresa simplemente. No quiere hablar.
No acaba de entender sus actitudes provocadoras de conflictos y que luego quiera continuar la vida como si nada hubiese ocurrido, sin disculparse o hacer algo para restaurar la armonía. Y procede a vestirse para terminar el informe de su trabajo y que debe enviar a primera hora. Tiene por delante un día bastante ajetreado y muchas cosas por hacer.
Olvida el tema de la torta, devuelve todo a su sitio y se sirve de la caja del jugo de probióticos. Al ver a Jamal casi indiferente, Alexis cede y señala:
―Pasaré por el supermercado y enviaré los víveres, ya no tenemos nada. Eso que desayunas no es saludable.
Jamal no presta atención, va a su escritorio, se sienta y pronto está absorto en la pantalla del computador. Alexis procede a activar la barredora. La máquina gira sobre ella misma y se va desplazando por el apartamento sin chocar con los escasos muebles. Entra al baño, se da un breve duchazo y sale a cumplir su promesa. En el camino piensa en lo insensible que puede ser y que Jamal tiene el derecho de sentirse molesto, cansado y aburrido de la monotonía desesperante en la que ha ido cayendo la relación. Toma un articulado de Metrolínea. Hoy no siente interés en usar el auto personal. Desde allí, a medida que el aparato se traslada por las calles, puede observar una ciudad que reverbera de actividad comercial. Nuevos y modernos edificios reemplazan las ruinas de la gran guerra. En otros lugares de la ciudad todavía se pueden apreciar los restos abandonados de otras tantas estructuras enfrentando el impacto de los elementos de un clima cada vez más riguroso y que los mantiene enfermos.
Va hacía el mercado al otro lado de la ciudad. Espera que no lo detengan. Quiere darse la oportunidad de mirar todas las cosas, la gente y la vida de manera más tranquila, aunque sabe que ese gusto tendrá un costo adicional. Una de las condiciones que se estableció para garantizar un abastecimiento a los hogares era comprar cerca al sitio de origen y la norma ordenaba una tasa extra para quien fuera más lejos. Al llegar, una hermosa mujer en la puerta lo saluda. Por un momento se siente confuso con esos robots humanoides que se implementaron hace cerca de veinte años y que con cada nueva versión parecen más humanos mientras que a su vez estos van perdiendo su carácter dejando de ser lo que deben ser para ser maquinas insensibles. Programa el carrito del mercado aportando los datos necesarios y mientras deja que haga su tarea, va a la cafetería. Observa el menú y escribe en el teclado 1230, correspondiente a una taza de café caliente. Lo toma y se sienta en una mesa junto la ventana. Puede ver desde allí un pequeño jardín. Allí hay un roble morado que, aunque sembrado hace algunos meses, lo supo por la noticia del inicio de un programa de arborización urbano del cual hubo diversos informes en los canales y sistemas informativos, parece que no ha avanzado mucho. Contempla un nuevo brote pequeño, de un color verde intenso con algunas vetas moradas saliendo del tronco en una lucha incesante por sobrevivir. Siente que quizás todos, humanos y demás seres vivos solo podemos hacer eso mismo, sobrevivir. Quizás su relación con Jamal está enfrentada al mismo dilema con la esperanza que surja un nuevo brote que revitalice la vida. No hay muchas personas en aquel lugar y solo se percibe la influencia omnisciente de la IA (Inteligencia Artificial) en la vida social, cultural y económica. La misma que había servido de instrumento para la guerra, ahora permitía ir construyendo un mundo nuevo en medio de la tensión permanente entre la esperanza y la desesperanza.
Al terminar su recorrido, la máquina vuelve, entrega los productos de la compra al robot humanoide y ve empacar las cosas y como las despachan en un vehículo de transporte de alimentos a la dirección que ya aparece registrada en el SDRC (Sistema Digital de Registro Ciudadano). Mientras está allí, recuerda cuando se conoció con su pareja. Eran muy jóvenes. Jamal tenía unos veintiún años y Alexis veinticuatro. Aquel día caminaba en la universidad hasta que vio en uno de los prados a Jamal. Un muchacho de raza negra, buen cuerpo y sonrisa encantadora. Lo miró y sonrío. El sintió que aquella mirada era cautivante y se sonrojó. Jamal toma la iniciativa y saluda,
―¿Eres Cael, el deportista?
Un poco turbado, sin salir de su sensación de verse en evidencia a pesar que eso de las preferencias sexuales es algo que ya no importa a nadie, responde:
―Sí, lo soy. Alexis Cael, mucho gusto.
―Hola, Jamal Sakho, pronto seré Ingeniero Ambiental.
Alexis sintió que algo nuevo fluía en él. Todo brillaba de nuevo y tuvo la certeza de que al lado de este hombre su vida tendría un nuevo sentido. Pronto hicieron un acuerdo y adquirieron una vivienda para los dos en los suburbios, uno de los sectores más exclusivos y a la vez costosos de la ciudad. Más que amantes, se consideraron amigos de viaje por la vida, de ese viaje que siempre es incierto pero que en compañía se hace más tranquilo. No obstante, hoy se pregunta, ¿Qué ha pasado entre los dos? ¿Por qué no logran encontrar la armonía adecuada? ¿Quizás es que tratan de resolver sus desavenencias de la misma manera como lo habían venido haciendo desde que empezaron las peleas? Recuerda cuando se escuchó a sí mismo decirle «Te amo». Aquellas palabras fueron casi un murmullo, dichas con miedo a lo que otros pensarán y se da cuenta que hace mucho no las escucha de la boca de Jamal.
Al abandonar el mercado se activa la alarma climática. En esos momentos es restringida la circulación de personas y se hace necesario usar mascara para respirar si es estrictamente necesario estar en la calle. «Pensé que me iba a dar algo de tiempo, pero bueno esto es así», piensa.  Cruza la calle buscando donde meterse porque el transporte público se bloquea en aquellos momentos. Encuentra un salón de café abierto. Al disponerse a entrar, puede ver una chica en la otra acera que mira hacia él con curiosidad. La chica sonríe y se acerca. Se presentan. Es Kayra. Tiene la misma edad de Jamal. Pasan gran parte del día en aquel lugar casi de manera inadvertida. Conversan, se cuentan sus secretos y esperanzas mientras ella toma uno, dos, tres cafés y él solo agua. Entre ambos va emergiendo el deseo de intimidad y sin esperarlo mucho cuando las alertas pasan, van en busca de otro lugar. Alexis no sabe cuánto tiempo ha pasado. Despierta en una cama al lado de aquella mujer. Jamal lo llamaba en sueños. Se siente de nuevo molesto. Todo parecía ser solo un sucedáneo a lo que debería ser su centro de atención porque sabe que si opta por una vida independiente está sería caótica por el costo que demandaría en tiempo, recursos y sobre todo los elevados impuestos a los que están sometidos los hogares unipersonales. Despierta a la mujer. Afuera la vida parece retomar su normalidad si es que se le pueda llamar así. Poco supo de la vida de Kayra, pero quedaron de volver a hablar. Intercambian sus contactos digitales y cada uno marcha por su lado.
Al llegar al apartamento, Jamal pregunta:  
—¿Dónde has estado? —y lo invita a sentarse.
—Por ahí, quería respirar. —Expresa de manera tajante y agrega—: Después de hacer las compras me entraron ganas de caminar y tuve problemas para volver, todo se volvió un caos.
—¿No viste la noticia que hoy había lluvia acida? Pero no es de esto que quiero decirte algo. Tengo una hermana y hoy me ha contactado. No he salido de mi asombro. Está en la ciudad desde ayer. Quiere verme. Nos separamos cuando éramos niños. Vendrá al apartamento en la noche. Esta mañana cuando desperté, creo que soñaba con ella, pero no sé si es como la imagine. No tengo idea de sus rasgos, ni que hace, ni que ha pasado con su vida. Parece que vive con alguien en la lejana Guajira Colombiana.
Alexis está en silencio. Su mente no para de pensar en el parecido de Kayra y Jamal. Son sus mismos ojos, facciones e incluso huelen parecido y no me había percatado de ello se cuestiona internamente. Ahora lo entiende, son de la misma familia. Y es ella quien pronto llegará allí y se verán de nuevo, ¿qué hago? Se pregunta.
―¿Qué te pasa? Debes estar feliz por mí —afirma Jamal ante el silencio de Alexis―, estas muy callado.
―Claro que estoy feliz por ti, es solo que no sé qué pensar. ¿Cómo es que no has sabido de ella? Recuerda que estamos escaneados biométricamente desde hace años. Podías haberla buscado en los sistemas digitales.
―Creía que había muerto. Desde niño nos separaron. Apenas recuerdo cosas vividas entre los dos. Después se me dijo que solo era una de las hijas de las empleadas de la casa y las cosas entonces quedaron allí.
El resto de la tarde Alexis no deja de sentirse inquieto por la situación. «¿Qué es esto?» se pregunta una y otra vez. Después de las siete de la tarde, el portero informa que la visita está presente. Ambos vestidos de la mejor manera van a la puerta. Ya no había asomo del disgusto que los separaba en la mañana. Se habían reconciliado de la manera como se estaban acostumbrando.  Suena el timbre, allí esta ella, Kayra observa Alexis desde cierta distancia de Jamal. Ella lo observa al hombre con quien estuvo en el día mientras abraza a su hermano. Se separan y hay un inquietante silencio. De pronto, ella dice:
—Hola.
—Él es Alexis, mi pareja. Sigue por favor.
Se sientan a conversar. Alexis escucha, pero poco a poco se va integrando a la dificultosa conversación entre hermanos. Los observa y comprende que aquello que lo enamoró de Alexis sigue presente en su versión femenina. Se siente turbado puesto que creía tener las cosas lo suficientemente claras acerca de sus intereses y deseos. Pero ahora sabe que el amor puede tener diversas expresiones que para él antes eran incomprensibles. Los días pasan y algo novedoso para los tres surge sin ninguna expectativa, sin forzarlo, como resultado del gozo de estar juntos, de compartir sueños, historias y experiencias hasta llegar al goce mismo de sus cuerpos.
Pronto Kayra va a vivir con ellos. Han pasado cuatro meses. En apariencia todo fue muy rápido, pero no es así. Los parámetros de la vida de Jamal y Alexis cambian con los días. Vuelven a ser dulces, amables, cariñosos. Aprenden a ceder, a versen como son y a aceptar sus diferencias. Una mujer introduce un nuevo elemento en una relación de estos dos hombres lo que se refleja en el orden y distribución de los espacios. Se organiza un nuevo cuarto. Allí duerme Kayra algunos días de la semana. Incluso Jamal, que inicialmente se cuestionaba el vínculo de sangre con Kayra, pronto deja de pensar en ello y se centra en vivir en el presente, en lo que son en aquel momento, disfrutando de lo nuevo. Las cosas están bien, la vida poco a poco va poniendo todo en su lugar.

lunes, 18 de mayo de 2020

El putañero valiente

Víctor Purizaca


Maynor siempre se había considerado un pendejo, un sabelotodo. Caminaba por el jirón Quilca hasta llegar a la avenidaTacna con las manos en los bolsillos. Se paró en el borde de la esquina gris con rosa. Yuri Montanchez lo sostenía del brazo para que no tratara de irse rumbo a las Nazarenas. Haysen Percovich y Dieguito Muñoz iban dos pasos atrás.

Maynor López, Haysen Percovich y Diego Muñoz habían tenido una clase magistral de Loyola de Historia del Perú, en el cuarto de secundaria C del colegio Champagnat de Miraflores, timbre impertinente, qué audacia de Iñaki, tirarse un pedo en plena clase, el profe se iba a poner azul, Alfieri Azpur abrió la puerta, ya estábamos afuera, en el pasadizo el chino Miyashiro arrancaba un pan con pollo a un lorna, apenas y pudo oler la mayonesa, se lo embutió por completo.

—Así que Maynor cumple años el domingo, ¿ah? —mencionó Haysen.

—Quince años de pajero, ¿ah? —sentenció Alfieri mientras se acomodaba el cabello.

Éramos una rueda de seis dedicados y abnegados alumnos maristas en pleno patio brillante por la garúa acogedora que Lima brinda en junio.

—Puta, no sean pendejos, yo me he cachado a la empleada de mi tía Marita, es bien rica…

Maynor se sonrojaba ante los tonos subidos de los más palomillas.

—Calla huevas, tú nunca has cachado, lo máximo que has hecho es meterle la mano al culo a la huevona esa que cocina en tu casa y encima es muda. Pobre chola, carajo— terminó con una carcajada el chino Miyashiro.
—Vamos a Los Pinos, huevóooonnn, ahí hay unas… —añade Diego Muñoz.

—Conozco un lugar bueno, especial para ti brother, único, huevón —le indiqué a Maynor.

—¿Dónde lo vas a llevar? —interrogó Alfieri.

—Que sea un buen sitio huevón, puta, vaya a ser que los vayan a violar—. Añadía Haysen mientras se rascaba la nariz con la mano izquierda.

—¿Qué hablas? —se inmiscuía Maynor.

—Tranquilo huevas, mañana debutas sí o sí. Tengo un pata, amigo de primo, estudió en el José Granda, la grandísima unidad escolar de San Martín de Porres, conoce los huecos, los sitios y…—de reojo miré e hice una pausa— Tiene dieciocho años y está que se prepara para la universidad.

Apareció caminando por el patio el hermano Rafael, esforzándose por acomodar unas cincuenta hojas mimeografiadas y de paso sus gafas:

—Eh muchachos, no se olviden que el sábado hay reunión en Pastoral a las nueve de la mañana.

Con un ademán y los más educados con una sonrisa siguieron al hermano hasta que estuvo suficientemente lejos de nuestra conversación.

—Mañana, antes que toque la campana, todos traen diez soles y hacemos un pozo. Al hombre hay que invitarle unas cervezas, yo me encargo de contactarle y llevarle al sitio en cuestión. — señalé el orden de los acontecimientos a suceder.

Maynor estaba callado, siempre conocía de todo, pero no pronunciaba palabra alguna.

—O sea que, ¿tú lo vas a llevar como si fueras su papá? —vociferó el chino Miyashiro.

—Puede ir otro también…

—Puta, que vaya Haysen. Diego, tanta cosa o ¿eres su marido? Además, hacemos la chancha y ¿si al final se desaniman? —más inquisidor que nunca Miyashiro.

—Si tanto dudas, mejor tú chino— Acotó Muñoz.

—Tanta huevada, por mi barrio me tiro una zamba bien rica, ya ustedes ven.

Maynor no quiso discutir y aceptó mi propuesta. El cabello castaño lacio bailó con una brisa vibrante como acentuando la impavidez de López ante el devenir de los acontecimientos.

Apuro y sentencio: diez lucas por mitra, de las propinas estos palomillas aportarían, en mi casa después del almuerzo llamé a mi primo Olaf, Yuri Montanchez, estudioso y putañero, claro que te acompaña, a tu amigo, a quien sea, floro monse, lo llamo ahorita y te confirmo siete en punto. Olaf era el contacto. No habría que esperar mucho, Maynor, mi amigo, la hace de todos modos, prueba a su primera hembra sí o sí.

Timbra el teléfono quince para las siete.

—Flaco, mira Yuri los espera a las cuatro de la tarde en punto en la entrada de la academia San Fernando en la avenida Alfonso Ugarte —Hizo una pausa esperando alguna pregunta mía—. Me dijo que vayan con plata y que hagan un esfuerzo de cambiar esas caras de niños cojudos, ja,ja,ja,ja,ja.

—Calla huevas, ya hemos ido a sitios para mayores…

—Ja,ja,ja,ja,ja, tranquilo, flaco.

Olaf acuerda el encuentro mientras comienza a garuar de nuevo.

Esa noche dormí plácidamente, con la seguridad que, gracias a mí, mi amigo probaría una mujer. Bien.

La mañana pasó hora por hora, matemática con el Gato Gálvez, inglés con Huevo y así uno y otro, campana final, ya olía las carnes del restaurant La Tranquera y mi barriga tronaba como si fuera una estampida por salir. Me coloqué en la puerta.

—Alfieri, Chino, las diez lucas, no se hagan— exigí la cuota acordada.

Uno a uno fueron dejándome el billete, Haysen se aproximó y señaló a Diego Muñoz que estaba como a cinco pasos cerca de la escalera que llevaba a cuarto D.

—Ese huevón y yo los acompañamos, Maynor tiene que sentir respaldo mi brother —dijo Diego.

—Como quieran, ya hablé con Maynor, cuatro en punto en el local de la academia San Fernando en la avenida Alfonso Ugarte, vayan arreglados, pero no exageren, no van a un quinceañero —Acoté sin desparpajo.

—Hablé con Varguitas, Zambrano, Vergani y Dongo y me han dado quince soles cada uno, dicen que lo lleven a un buen lugar, no se vaya a venir antes de tiempo el cabeza de choza. —Terminó Percovich.

Cabeza de choza le decían por el cabello lacio que caía sobre su frente y daban la apariencia de esas cosas silvestres de la selva.

—Y la miss Edda pasó por Pastoral más temprano y preguntó cuál era el asunto y ni bien escuchó Maynor me soltó veinte lucas, ja, una torta pensó. —Contuve la risa pues el hermano Alberto cruzó el pasadizo rumbo a la dirección del colegio.

—Cuatro en punto, flaco, de todos modos. —Partieron a sus casas para prepararse.

A media cuadra podía ver a Maynor con una camisa a cuadros, el peinado con flequillo, el cabello lacio y sedoso sobre la frente. Haysen y su pelo zambo, Dieguito la raya al costado perfectamente realizada. Unas camisas a cuadros rojos y negros. Miraba a todos lados tratando de escudriñar por donde vendríamos Yuri y yo.

Toqué el hombro de Maynor y dio un saltito sobrecogedor. Salían muchachas apresuradas de la academia San Fernando, y un regordete escupió en la vereda. 

—Habla Haysen, Diego. —Indiqué con un golpe en el brazo izquierdo al par de acompañantes.

—¿Qué tal flaco? ¿y tu amigo? —Diego interrogó.

—Ya debe estar por salir. ¿El pozo, quién lo tiene?  —Miré a los muchachos mientras me acomodaba el cinturón.

Haysen estiró su mano señalando el bolsillo de Diego.

—No te preocupes flaco, lo que ahora resta es que tu amigo venga ya para acá el hombre pruebe a la hembrita que él quiera donde vayamos. Diego y yo vamos a ver el sitio es bueno.

Un muchacho alto, delgado de veinte años aproximadamente surgió de un tumulto de chiquillos bulliciosos que salían de la academia preuniversitaria San Fernando. En la esquina un vendedor de churros rellenos de manjar blanco salpicados con azúcar ofrecía vocingleramente su producto empalagador. Se aproximó al flaco.

—Yuri, brother, ¿qué tal? —Acompañé con la mirada y estiré mi mano hacia él.

Estrechamos la mano, nos inundaba el humo negro de los buses viejos de la avenida Alfonso Ugarte. Uno a uno presenté a mis amigos del colegio, Yuri los saludaba apretando fuertemente sus manos y sonriendo.

—Ya estarán inquietos por ver a las hembras —resaltó Yuri.

—Yo sí he venido un par de veces con mis tíos, pero al show de striptease en Colmena cerca de la avenida Wilson. —Precisó Haysen acomodándose el cabello con ambas manos.

—La de las hembras que bailan como culebras y la que se mete un cua cua por la vagina, siempre hay un muchacho avezado que le acomoda el chocolate hasta que le ajuste bien en la papa. Jajajaja, yo conozco todos los huecos por acá, mi viejo es PIP (de la gloriosa policía de investigaciones del Perú) y desde los dieciséis he olido todos los antros y recutecus, muchachos. Mi viejito me ha llevado a conocer, siempre dice que el hombre debe tener libro y calle sino acaba como huevón engañado por cualquier hembrita recorrida.

Le expliqué que el caballero en cuestión, el debutante, era Maynor y queríamos un lugar bueno, limpio y donde no hicieran problemas a menores de edad. Habíamos fumado unos cigarrillos Marlboro rojos para parecer mayores. Resalté lo del pozo monetario por el cumpleaños. Yuri sonrió. Por supuesto que teníamos dinero extra, no queríamos ir a ningún cuchitril, anhelamos una puta limpia, guapa, hasta donde alcance y económica.

 —Ayayayay, ya sé lo que están buscando y ya me imaginaba. Acá en Rufino Torrico hay un lugar caleta. El vigilante es amigo y excompañero de mi viejo del trabajo. Pero no pongan cara de huevones, déjenme hablar a mí y síganme.

—Lo importante es que mi amigo esté tranquilo —Acotó Diego.

—No se preocupen por mí, yo sabré…

Compare´ es un sitio que puedes explayarte y sobretodo estar tranquilo porque si no lo estás el payaso no funciona. ¿Entiendes? —explicó Yuri— el muñeco nacalapirinaca.

—¡No se te va a parar! Tienes una cara de asustado, chiquillo. —Señala Yuri buscando reacción en Maynor.
De su bolsillo Diego sacó un sobre manila con el pozo e hizo un ademán para entregármelos; con un movimiento brusco de mi mano izquierda le indiqué que no.

—Muchachos me temo que no voy a estar con ustedes en esta extraordinaria circunstancia.

De verdad quería acompañarlos, pero a pesar de sus caras no podía dejar sola a mi mamá. 

Maynor entrecerró los ojos y Haysen hizo un ademán con la boca, cerrando los labios y sacando la lengua por la comisura izquierda.

—Mi viejita trabaja a unas cuadras en el hospital Loayza, saben que es enfermera y me ha pedido hoy temprano que la acompañe a la iglesia de Las Nazarenas. Unas compras cristianas y no le puedo decir que no.

—Bueno por mí no hay problema, total Maynor es el que debe estrenar el pipilin. Me voy con estos niños con cara de asustados… ja,ja,ja,ja… mentira, todo bien.

Reía Yuri, Maynor se puso con el ceño fruncido, Diego y Haysen ni modo. El flaco era el que se había echado para atrás.

Los dejé en el cruce peatonal de la avenida Alfonso Ugarte, apuré el paso al encuentro de mi madre ya estaba contra el tiempo. Avancé media cuadra y pude ver a lo lejos cómo Yuri y mis tres amigos iban por el jirón Zepita. Maynor se desvanecía entre los edificios sucios y viejos de aquellas calles.

Sobre el hombro de Maynor reposaba la mano derecha de Yuri.

—Tienes que estar tranquilo cholito, suave con la hembra, despacio, no te abalances de buenas a primeras, ya vas a ver el lugar, hembras ricas, discreción, no mucha bulla. Aunque debes acostumbrarte. Si no se te para, ahí está el problema. A cachetear el muñeco. Y los condones, de todas maneras.

—A mí, a mí no me pasa eso brother. —Sonrió Maynor y trató de caminar sacando el pecho.

Maynor engrosaba la voz y caminaba seguro de sí mismo. Cruzaron el antiguo cine Tauro rumbo al jirón Quilca, todo era un estercolero y olía a pichi y porquería. Haysen y Diego se reían atrás acordándose de las bravuconadas y travesuras en el colegio.

La avenida Wilson hervía en gente, las combis y los buses atosigaban la vista, los vendedores de yuquitas fritas deambulaban junto a los llenadores que gritaban impidiendo llevar una conversación. Cruzaron la calle corriendo mientras los choferes pendencieros subían gente y se reían de los policías de tránsito.

Ya en la otra parte de la avenida cortaba al pequeño parque el discreto jirón Rufino Torrico y Yuri indicaba con su mirada donde era el lugar.

A media cuadra nos detuvimos, Maynor se puso más serio que de costumbre, Haysen y Diego miraron la entrada metálica, apenas se sentía la música. Un gordo con el pelo bien cortado y una raya al costado derecho, cabello entrecano. Alto encorbatado y con una impecable camisa blanca. Yuri hizo una seña.

—Chucho, mis amigos y yo queremos entrar un rato. ¿Está la mami?

Estiró un billete de veinte soles y el encorbatado empujó la puerta. Los cuatro palomillas ingresaron al puticlub. Maynor boquiabierto, Haysen acomodándose el cabello y Dieguito con las manos en el bolsillo.

En la mesa se acomodaron. Trataron de disimular, el olor a vagina mezclado con odorizador a magnolias y jazmines. Incienso y cigarro. Todo eso. Maynor trato de no sucumbir por el olor y abandonar el recinto.

Con la mano derecha Yuri avisa al mesero que reposaba en la barra.

Choche, choche.

Aplaude una, dos veces.

—Un par de chilindrinas. Bien heladas.

Las rubias heladitas llegaron con cuatro vasos. Un vaso nomás Maynor, no sea que el payaso no funcione. . Haysen coge su vaso y sopla la espuma. Qué rica es la chela. Diego acaba con su vaso de cerveza. Sobre el pequeño escenario una mujer delgada con senos redondos y cintura mordisqueada deleita bailando. Dos hombres rechonchos aplauden sobre una mesa próxima a ellos. Termina el número y una señora gorda perfumada hasta los senos llega a la mesa de Yuri, frota sus senos sobre Maynor y este se sonroja inadvertidamente bajo los focos rojos. Yuri le habla al oído a la vieja, esta hace un ademán a la flaca de senos redondos y se aproxima coquetamente, besa en la boca a Diego, estruja los huevos de Haysen y escucha diligentemente las palabras en su oído de la vieja. Hace un ademán con su boca y coge la plata de manos de Yuri, muerde la oreja de Maynor. Lo coge del brazo y contorneándose sobre el muchacho lo lleva al segundo piso. La mami, la vieja abandona la mesa y atiende a un grupo de viejos con trajes sudorosos y desgastados color marfil que acaban de entrar.

Jajajaja, risas, Haysen recuerda su debut por la avenida Arenales y Yuri toca y toca a las cholas que pasan con bandejas de copitas multicolores de pisco cada vez que puede.

Maynor baja acomodándose el cinturón, ¿cómo te fue? Mudo. Haysen soltó una broma y nada. Diego, toma un poco de chela. Nada de nada. Yuri, vamos a comer algo. Nada. Dos rondas más y sus madres se enojan. Ya en el ómnibus continuó en silencio y se apoyó en la ventana. Huele a humedad: comenzó a garuar de nuevo. Por un instante cerró los ojos, se acarició el cabello y deseo con denuedo que el viaje terminara.