jueves, 18 de febrero de 2016

Tania

Rocío Ávila 


Odio cuando, en la pantalla de mi celular, aparecen números telefónicos desconocidos pero más aborrezco sí uno de ellos es insistente, especialmente durante mis horas de trabajo. Hace seis meses me mudé a vivir a este diminuto cuarto de huéspedes, no tiene la mayor gracia: las ventanas son pequeñas, los muros están pintados de un color verde más bien deprimente y el piso de duela cruje cada vez que cruzo para ir al baño. Lo que me anima de esta habitación es que puedo mirar hacia la calle y el olor a café recién hecho que me despierta cada mañana. Me indica que Andrés ha abierto puntualmente la cafetería que está en la planta baja, justo debajo de mi cuarto. No es guapo pero es la persona más simpática que conozco. Odio parecer indiferente con él pero nadie puede saber quién soy ni que hago aquí. Fue una suerte que me recibieran sin un aval y preguntándome apenas mi nombre, Carla Valencia, apelativo falso por cierto. El aparato vuelve a sonar.

—¡Ah, está bien! Tú ganas, maldito teléfono —exclama en voz alta tomando el móvil para contestarlo apenas reconoce el mismo número desconocido en la pantalla—. Bueno —dice en el tono más lineal que puede.

—Alma, soy Rodrigo. Solo quería avisarte que mi padre murió esta madrugada.

Silencio.

—Por favor, no cuelgues —suplica la voz masculina.

Todo empezó el viernes del festival de primavera en la escuela donde daba clases. Estudié pedagogía y era mi tercer año como coordinadora de las profesoras de enseñanza elemental que trabajaban en el instituto privado del pueblo. Uno de los objetivos académicos era la integración familiar así que esta celebración era el pretexto perfecto para invitar a papás y abuelos a convivir juntos. Conocía a casi todos los progenitores pero ocasionalmente hay rostros nuevos. Uno de ellos fue Gonzalo, un hombre de cincuenta y seis años bastante atractivo que era el abuelo de una de las alumnas más pequeñas.

Gonzalo era viudo y al presentarnos se mostró especialmente interesado en mí. Me sentí halagada, siendo sincera debo reconocer que no soy una belleza ni una mujer de mundo así que sus atenciones me hicieron sentir muy bien. Salvo miradas furtivas no sucedió nada especial entre nosotros durante el festejo escolar así que al llegar a mi casa todo era un agradable recuerdo.

El lunes de la siguiente semana escolar fue agitado. Al final del día laboral estaba perdida en mis pensamientos mientras caminaba al estacionamiento para tomar mi auto por lo que no vi a Gonzalo esperándome. Ahí estaba, formalmente vestido y oliendo a maderas de una forma tan atractiva que tuve que recordarme que no era ético involucrarme con el pariente directo de alguno de los alumnos. Cuando lo saludé se excusó conmigo sobre lo inadecuado de la situación y me expresó su preocupación por su nieta. Su hijo se estaba divorciado de la madre de la pequeña y él hacía seis meses que había perdido a una hija en un accidente automovilístico, tanta inestabilidad familiar parecía estar afectando a la niña y él quería evitar todo eso. Lo tranquilicé diciéndole que Nina, su nieta, no mostraba señales de inquietud pero que estaría al pendiente. También me regañé mentalmente por haber malinterpretado la situación, así que algo abochornada me despedí, subí a mi auto y me fui.

Entre las muchas cosas que detesto están las largas filas para pagar en el supermercado, así que voy a hacer mis compras los miércoles por la tarde que sé hay menos clientes. Todo parecía rutinario hasta que sentí que alguien tocaba mi hombro. Sobresaltada giré para ver quién llamaba mi atención.

—Disculpa, te vi entre los pasillos y vine a saludarte —dijo Gonzalo sonriendo de oreja a oreja.

Me acompañó por todos los corredores, le pregunté si iba regularmente a esa tienda a lo que me contestó que no, que había sido una dichosa casualidad. Aunque me sentí halagada pensé que era algo extraño, el negocio donde nos encontrábamos no era frecuentado por las familias ricas del lugar. Saliendo de la tienda me invitó un café; era un excelente conversador así que el tiempo pasó inadvertidamente. Al despedirnos Gonzalo me llamó “Tania” y ante mi expresión de sorpresa se disculpó diciendo que le recordaba a su difunta hija. Tratando de demostrar seguridad en mí misma no di importancia al incidente y nos despedimos cordialmente.

Llegué el viernes al liceo y noté que, camino a mi oficina, las profesoras que saludaba, me sonreían de manera singular como si supieran algo que yo no. Al entrar a mi despacho me golpeó un perfumado aroma. En diferentes lugares estaban colocados diversos ramos de flores, hermosos pero sin tarjeta. Quería llamar a Gonzalo porque supuse que él las había enviado pero recordé que en ningún momento intercambiamos datos personales. Para este punto mi imaginación ya se había echado a volar con respecto a mi relación con este hombre tan encantador. Mis fantasías se vieron interrumpidas por el timbre de mi teléfono móvil, segura de que era mi madre quien vivía en el otro extremo del país, así que sin ver contesté algo molesta por su intromisión involuntaria.  

—Te estoy interrumpiendo, ¡perdóname! —era la voz de mi enamorado imaginario.

—¡Para nada! Al contrario, estoy muy contenta con tu regalo. ¿A qué se debe tan bonito detalle?

—Eran las flores preferidas de mi hija y pensé que a ti también te gustarían.

Me sentía tan emocionada que no me di cuenta de lo determinante que sería esta última frase en nuestra relación ni me percaté de cómo es que obtuvo mi número privado.

Durante treinta días mi vida se vio colmada de encuentros sorpresivos. Gonzalo nunca me invitó a salir abiertamente sin embargo cuando menos lo esperaba se aparecía donde yo estaba: en la tintorería, el banco, el gimnasio o en cualquier lugar público, invariablemente atento y con algún regalo. Tenía una justificación razonable para cada ocasión y yo cada día estaba más ciega a éstos detalles.

El sábado por la mañana recibí una llamada agradable. Diana, mi mejor amiga, suspiró aliviada apenas me escuchó.

—¿Dónde te habías metido? Tengo un mes queriendo saber de ti y no logro encontrarte. Esta noche no te escapas, irás conmigo al bar de Manuel y ahí podremos platicar los tres.

No me dio tiempo ni de saludarla. Apenas hablamos unos minutos más y ella quedó de pasar por mí. Fue un sábado dedicado a labores domésticas así que salir con mis amigos, después de todo sería un buen cierre de día.

El bar estaba lleno, pero Manuel nos había reservado una mesa en la esquina más cercana a la barra. La música era estupenda, se escuchaban suaves golpeteos de tarros y carcajadas. Era un ambiente festivo y de pronto me di cuenta lo mucho que extrañaba a mis amigos y divertirme con ellos. Bromeábamos y reíamos tan fuerte que Manuel golpeteaba la mesa con sus manos mientras Diana y yo limpiábamos las lágrimas que salían de nuestros ojos. Así nos encontrábamos al momento de escuchar ese sonido típico que sale de la garganta cuando alguien quiere llamar nuestra atención. Tardamos varios minutos en reaccionar y yo perdí el entusiasmo al ver a Gonzalo parado frente a mí con el ceño fruncido, la mandíbula apretada y los brazos atrás de la espalda.

—¡Alma, estás haciendo el ridículo! Te voy a llevar a tu casa inmediatamente.

Sin más me tomó del brazo y me sacó del lugar. Empezaba a gritarme en el instante en que  Manuel llegó hasta nosotros. Todo sucedió tan rápido que no entendía lo que estaba pasando. En un intento de no hacer un escándalo mayor me despedí de mis amigos restándole gravedad al asunto para sorpresa de ellos. Gonzalo me llevó en su coche y en el camino me fue reprendiendo como si fuera yo una adolescente malcriada. Frente a mi puerta, sin darme oportunidad a reclamarle nada, me dio un beso en la frente como única despedida. No sé qué sucedió esa noche en el bar, pero algo trasformó a Gonzalo. Después de eso, cada vez que nos encontrábamos, él se portaba más dominante, a veces amable y a veces grosero pero constantemente autoritario. Empecé a alejarme de él aunque cada vez que lo intentaba las cosas se ponían peor. Mi abuela acostumbraba a decir “pueblo chico, infierno grande” y yo que por vez primera vivía en una población menor a los diez mil habitantes estaba a punto de comprobarlo.

Esa semana decidí cambiar el día de las compras e ir en los horarios donde hubiera más gente sin embargo no lo pude hacer porque el jueves, al llegar a mi domicilio, encontré bolsas de supermercado con todo lo que yo acostumbraba comprar. Devolví todo a la tienda inmediatamente cancelando cualquier futura entrega a domicilio. En la tintorería, no importaba a cual fuera, mi cuenta estaba pagada cuando yo recogía la ropa y yo cada vez más cansada de la situación dejaba el importe del servicio sobre el mostrador y salía azotando la puerta como única fuga a mi frustración. No es que viviéramos en una gran ciudad pero tampoco vivíamos en un pueblo de tres calles.

Mi preocupación aumentó cuando descubrí que, sin importar donde me encontrara, un hombre desconocido me seguía. Siempre era la misma persona que inútilmente trataba de ser discreta. Al principio pensé que era una coincidencia pero cuando lo descubrí frente a mi morada un par de veces me sentí aterrorizada. En una ocasión traté de enfrentarlo, pero para cuando llegué a la puerta ya había desaparecido. Me sentía tan incómoda que dejé de dormir bien. Era una constante la sensación de ser observada, me producía escalofrío la cercanía inesperada de quien fuera, el menor ruido inusual me generaba sobre salto. Fui a la estación de policía a exponerles mi caso pero ellos no encontraron motivo de alarma. Me explicaron que mientras mi vida no corriera peligro no podían hacer nada. Desesperada les hablé de mi sospecha sobre Gonzalo pero al parecer él era la persona más conocida y respetada en el pueblo y yo debía estar besando el suelo que pisaba.

Mi único refugio era mi trabajo hasta que, tres meses después del festival de primavera, la directora me llamó a su oficina. Me anunció que yo no trabajaría más en el colegio. Mi contrato no se renovaría para el próximo ciclo escolar y yo me sentí más sola que nunca. Pregunté las razones y mi jefa balbuceó algo sobre el pago de un favor antes de entregarme un sobre cerrado rotulado con mi nombre. La carta decía:

Alma:

Mereces un empleo mejor que este. Tuve que empeñarme pero logré convencer a la junta directiva para que te dejara libre. Querida hija, sabes que tienes un lugar en mi empresa para que trabajes a mi lado. Piénsalo.

G.

Tras leer la misiva me di cuenta que sería inútil pelear por mi puesto. En ese instante me era casi imposible explicarle a cualquiera que me sentía acorralada. Poco a poco me estaban construyendo una jaula, de oro, pero jaula. Hecha un mar de lágrimas abandoné la dirección para recoger mis cosas e irme. Pasé la noche en vela, sin saber qué hacer. Llegué a la conclusión de que sólo tenía dos opciones, parar de quejarme y sacar beneficio a las locuras de Gonzalo, pasara lo que pasara o ir directamente a hablar con él y hacerlo entender que yo no era su hija. En el membrete de la carta aparecía la dirección de su empresa así que ahí me dirigí la mañana siguiente.

El edificio no era muy grande aunque sí elegante, especialmente para el pueblo en que vivíamos. Tenía piso de mármol, grandes ventanales en la planta baja, música ambiental suave y la recepcionista estaba impecablemente vestida y arreglada. Cuando pedí ver a Gonzalo la mujer me observó detenidamente antes de preguntarme si era familiar de él. Ante la respuesta negativa me pidió esperar unos minutos. Me pasaron a una sala de juntas ubicada atrás de la recepción; no esperé mucho antes de que entrara una versión más joven del hombre al que buscaba.

—Alma, mucho gusto en conocerte. Soy Rodrigo, hermano del papá de Nina. Me han hablado mucho de ti y ahora que te conozco personalmente entiendo por qué. Tu parecido con mi hermana Tania es impresionante. Veo que buscas a mi padre, él estará fuera del pueblo toda esta semana así que, ¿en qué te puedo ayudar?

Comencé a hablar de forma atropellada, primero en tono enérgico después de forma amenazante. Él me escuchó sin interrumpirme pero en el momento que terminé su cara expresaba sorpresa y dolor. Confesó tener idea de los acontecimientos aunque desconocía los detalles.

—La única justificación que tengo es que tienes un increíble parecido a Tania, mi difunta hermana.

Del desconsuelo pasé al enojo y le exigí liberarme de su progenitor.

—Gonzalo necesita ayuda, pero nadie parece entenderlo. Por irónico que parezca quiere involucrarse en mi vida pero no puedo hablar directamente con él para hacerlo entrar en razón. Si no encuentran una solución a esta locura contrataré a un abogado de la ciudad para que consiga una orden de restricción contra él.

—Alma, entiendo tu postura. Quisiera poder explicarte lo poderoso que es mi padre pero no quiero asustarte más. Nos mudamos a vivir aquí a raíz de la desgracia familiar que ya conoces. Todo en la ciudad lo atormentaba así que pensamos que estar en un lugar completamente diferente le daría paz—. Rodrigo hace un alto en la conversación. Cabizbajo y con semblante visiblemente afectado parece perdido en sus pensamientos. Tras unos minutos de silencio me observa y continúa—. Tienes razón pero ya sabe de tu existencia. Mientras sigas en este lugar nunca te dejará en paz pero te prometo hablar con él en cuanto regrese.

Salí de la oficina sintiendo que había perdido el tiempo. Fue así como, sin comentarlo con Rodrigo, decidí abandonar el pueblo aprovechando la ausencia de Gonzalo. Dejaría pasar unos meses a que las cosas se enfriaran, volvería a buscar empleo en la ciudad y pediría asesoría legal en caso de que Gonzalo persistiera en entrometerse en mi vida. Mochila en mano y con mis ahorros en la bolsa, me dirigí a la central de autobuses para comprar un boleto al primer destino que se me ocurriera.

Mi destino resultó ser un pueblo agradable con coloridas construcciones, aroma a caramelo cada vez que limpiaban los campos de caña y gente tan amable como respetuosa. Logré escaparme de mi vigilante ya que no lo volví a ver. Ahí, bajo una falsa identidad que nadie investigó, encontré labor corrigiendo textos para el periódico local. Llevaba seis meses viviendo ahí hasta el momento que decidí atender la llamada del número desconocido.

Silencio.

—Te pregunté qué cómo conseguiste mi número —casi gritó Alma.

—Te he estado siguiendo, por favor discúlpame. Tenía que asegurarme que te encontraras a salvo. Andrés, el chico de la cafetería trabaja para mí y es de mi entera confianza, se ha encargado de ver que nada te pase.

—¿Qué me va a pasar? ¡Qué tu familia es de locos! ¡Quiero que me dejen en paz!

—Mi papá te descubrió ayer y fue a buscarte en la noche. Afortunadamente Andrés lo vio a tiempo y lo obligó a volver aquí. Él lo acompañó en el auto para estar seguro de su regreso. Hemos tenido la peor disputa familiar en años—. Su voz sonaba hueca, algunas palabras se partían en dos debido al empeño de contener las lágrimas, quería emplear un falso vigor al hablar conmigo—. Lamentablemente murió de un infarto fulminante en medio de la discusión. Es un gran golpe para la familia pero al menos tú has recuperado tu tranquilidad.
La música desde la plaza era suave y alegre, el aire era tibio, la ventana abierta parece dejar entrar una oleada de esperanza. Apenas alcancé a llegar a la silla; sentí que me fallaban las piernas. Respiré hondo antes de hablar.

—Muchas gracias por avisarme —susurré poco antes de colgar. Efectivamente, acababa de recuperar mi vida.

lunes, 15 de febrero de 2016

Hijo

Camilo Gil Ostria


 “Cuando los padres han construido todo,
 a los hijos sólo les queda el derrumbarlo.”
Karl Kraus


El insensible frescor del amanecer me despierta, estoy en el cementerio central. Un escalofrío recorre mi cuerpo. No puedo recordar cómo llegué aquí o qué fue lo último que hice antes de despertar en este suelo húmedo, completamente tapizado por un césped verde con partes secas: amarillentas como los dientes de un vagabundo.

Veo el sol intentando salir por detrás de las montañas, marcando una línea anaranjada que me recuerda que cada día es nuevo; todo es un aprendizaje. Espero unos momentos y veo volar pequeños pájaros –colibrís, palomas, gorriones o algún cuervo– mientras algunos cantan en su ritual de cada mañana.

Me levanto ayudándome de mis manos, que se humedecen con la superficie del pasto. Una abeja pasa zumbando delante de mí. No sé por qué, pero siento que todo es claro, nítido e incluso más hermoso que en el pasado.

Las placas de metal en el suelo, con tantos nombres desconocidos se lucen en su máximo detalle, algunas oxidadas por el tiempo y el olvido; otras nuevas, llenas de flores, resaltando el leve rocío cual obra de arte.

Lastimosamente no tengo tiempo para apreciar tanta belleza, empiezo a caminar hacia casa, miro grandes árboles –pinos, sauces, olivos, cantutas y otros– alzándose hacia un cielo que con cada segundo se vuelve más y más azul.

Pienso en mis padres, en mi novia, en mis amigos…

Todos deben estar preocupados ya que no llegué a casa ayer en la noche; mis papás siempre hacen escándalo y medio cuando estas cosas pasan, me enoja que sean tan exagerados, sé cuidarme solo a pesar de los golpes que he recibido en mi vida. Recuerdo algunas de las peleas que tuvimos pero prefiero dejarlas en el pasado, no valen la pena.

Me considero más liviano, casi como el aire, puedo correr y ser más rápido de lo que jamás fui. Pero al mismo tiempo eso me extraña, no entiendo lo que está pasando.

Llego a casa en un dos por tres.

Toco la puerta, nadie la abre. Vuelvo a tocarla, siento las voces de mis padres hablar en un susurro lejano, ambos parecen tristes: incluso llorando. Volví a insistir con más fuerza y sentí su silencio por algunos segundos. Mi madre se acercó a la puerta, la abrió y pareció no verme.

–¡Ma!, ¡perdón por llegar tarde! –le dije. Miró por encima de mi hombro como si no hubiera nadie al frente suyo, salió un poco de mi casa, para ver si había alguien conocido caminando por la acera. Volvió adentro, yo entré con ella. Cerró la puerta.

La sala parecía estar igual que siempre: paredes blancas como un invierno que nunca se acaba, sofás negros cual noche de primavera, alfombra con detalles naranja otoñales y, fondo rojo que te hacía sentir el calor del verano; pero si uno miraba con atención había un desorden que nunca antes había sido permitido por las reglas estrictas de mi madre: vasos sucios en todas partes, papeles desperdigados y al menos media tonelada de clínex usados en la mesita de café transparente que era la cereza de una torta que mi mamá amaba.

–Qué raro… –le dijo mi madre a mi padre– no había nadie afuera.

–Juro haber escuchado la puerta –afirmó él, igual de extrañado.

–También la escuché, seguro fue el viento. –Mi madre siempre era la más escéptica, en cambio mi padre se ponía nervioso fácilmente: pensando en duendes, fantasmas o hadas.

Caminé hasta terminar al frente suyo, mirándole directamente los ojos; se notaba, por el color rojizo, que había llorado toda la noche, incluso todo el día anterior, no había dormido nada. Sus grandes ojeras, peinado alborotado y ropa desarreglada lo delataban. Le toqué el hombro. Un escalofrío recorrió su cuerpo, pero aparte…

Yo no existía.

–¿Qué pasó? –preguntó mi madre, un tanto preocupada.

–Sentí como si alguien me tocara…

–No seas ridículo. –Ella, terca.

–En serio, incluso temblé y todo.

–Solo me haces extrañarlo más… –dijo a punto de romper a llorar nuevamente, yo no sabía qué hacer. Talvez porque simplemente no podía hacer nada.

–Murió hace dos días, es normal que lo extrañemos ahora. –Mi madre rompió a llorar, mi padre paso a través mío, como si yo no fuera más que aire y llegó hasta donde ella, ahí la abrazó intentando reconfortarla.

–¡No es justo!, ¡no es justo que Dios se haya llevado a mi bebé! –en ese momento, justo en ese momento, ni siquiera cuando mi padre me atravesó o cuando hablaron de que alguien iba dos días muerto, me di cuenta de que había fallecido.

Me quedé congelado por unos instantes, miré a la pareja que se abrazaba entre lágrimas y penas. Observé tantos sueños rotos, tantas realidades destruidas. Y pensé en que si me había quedado ahí, en la tierra de los mortales, era por algo. Lo más seguro: por esos dos.

Aquellos que habían dado su vida por mí, que me daban su amor. Me tenían en un altar de oro, mientras yo los había decepcionado tantas veces…

Malas notas, fiestas, drogas, alcohol, arte y diversión: esa era mi vida, eso fue lo único que les entregué de vuelta, lo peor es que ellos me reclamaban sin fin, me decían que estaba perdiendo la cabeza y la vida en estupideces, yo fingía estar sordo, ciego y mudo; para así ni siquiera tener que responderles. Y ahora estaba muerto, no había llegado a nada.

Caminé hacia ellos y los abracé, sin que puedan sentirlo.

Mis lágrimas caían sin que nadie pueda verlas, sin que nadie pueda escucharlas, sin que nadie pueda comprenderlas.

Ellos se separaron.

–Lo extraño… –susurró mi madre, también llorando.

–Yo también. –Respondió mi padre.

–Los quiero. –Les confesé. Lo peor es que esa fue la primera vez que se los dije, jamás se me dio fácil expresarme; ahora ya era tarde para todas esas cosas, pero tenía que decirles algo más–. Perdón.

–Vamos a dormir. –Afirmó en tono suave y amoroso mi padre. Mi madre asintió con la cabeza, subieron al piso de arriba, yo los seguí y entré a mi cuarto.

La pared del fondo era turquesa. Las demás eran plomas, un montón de libros descansaban en una pila, al lado de mi guitarra blanca eléctrica. Las paredes estaban decoradas con posters de bandas como Queen, The Beatles, The Doors.
Me eché en mi cama, acaricié sus suaves sábanas como si nunca en mi vida las hubiera tenido bajo mi piel.

No entendía como yo podía sentirlo todo, pero nada ni nadie a mí.

No pude dormir.

Simplemente no estaba cansado, y creo que a partir de ese día jamás lo estaría de nuevo. Esa es la vida de un muerto, tampoco padecí de hambre o sed, ni siquiera de la necesidad de respirar.

Pero lo seguía haciendo como costumbre que no se va fácilmente.

Esperé toda la mañana, escuchando como los pajarillos aleteaban alegremente a las afueras de mi ventana, sintiendo como los perros ladraban, felices ante un sol nuevo, y viendo como las nubes se movían lentamente.

Al poco escuché como mi padre entraba a la ducha, listo para ir al trabajo y como mi madre se levantaba para empezar a arreglarse. Ella bajó las gradas y yo la seguí.

Empezó a preparar el café, a poner el pan a tostarse, alistó la mesa para tres personas como solía hacerlo cuando yo vivía; ignorando mi ausencia. Me senté en el lugar de siempre, miré como ella hacía jugo fresco de naranja. Mi nariz sintió el olor cálido de la mañana y la cerámica roja suave del piso de la cocina parecía calentar el ambiente.

La mesa de madera, ya desgastada por el uso, parecía poco resistente ante todas las delicias que mi madre ponía en la mesa, era una verdadera pena que yo no pudiese probar ni una sola de ellas.

Luego arregló un pequeño detalle que rara vez ofrecía, se acercó a la ventana de la cocina que daba al jardín, cortó una hermosa rosa roja y la puso en un florero, que posteriormente depositó al centro de la mesa.

Mi padre bajó las escaleras totalmente arreglado, elegante con su terno negro para ir a trabajar, claro que las ojeras del día anterior lo delataban, pero lucía radiante a comparación de horas antes.

–Buenos días amor –saludó a mi madre como todos los días, pero había algo diferente en su tono de voz, algo que denotaba que le faltaba en su vida una pizca de no sé qué, luego se quedó congelado al ver que la mesa estaba preparada para tres personas, ahora sonaba frío, distante– ya hablamos de eso de poner la mesa para tres. Somos dos.

–Lo siento, no me di cuenta. –La voz le temblaba y su tono era menor que el de un susurro.

–De nuevo la misma historia. ¡Este es el tercer día! –mi padre rompió a llorar– ¿crees que a mí no me duele?, ¿cre-es –tartamudeó– que no me due-ele que ya no esté sentado entre nosotros?

–Perdón… –mi madre estaba arrepentida, su mirada enfocaba al piso y su largo pelo oscuro parecía desordenado en una coleta, tan simple y complicada como ese mismo momento.

–Todo fue tu culpa –susurró más calmado mi padre, mientras las lágrimas caían al suelo– siempre lo mimaste demasiado –el enojo empezó a salir– le dejabas hacer lo que le daba la gana y cuando yo ponía alguna regla por su bien, tú dejabas que la rompa como si nada. Lo dejabas irse con esos idiotas que ni siquiera sabían deletrear sus nombres, no le importaba el colegio y tú no hacías nada…

Silencio.

Mi padre salió de la casa. Mi madre cayó de rodillas en llanto.

Me agaché a su lado y la rodeé con mis brazos.

–Tranquila –le dije– no fue tu culpa…

Ella, por primera vez desde mi muerte, pareció escucharme. Y como asustada por mi voz, levantó su mirada rápidamente: me vio.

–Hijo… –murmuró al aire y como para devolverme el abrazo intentó levantarse, sintiendo mi piel sobre la suya cual tierna frazada, de aquellas que ella solía ponerme en las noches de invierno cuando niño, protegiendo la inocencia con cariño.

–Sí. –Yo respondí pero en ese momento ella parecía no poder verme de nuevo. Como si me hubiera disuelto en el aire.

Ella se levantó, y empezó a hacer todo más rápido.

–Ya estás viendo cosas, demasiadas cosas –se dijo a sí misma, casi en un grito de desesperación. Todo su cuerpo temblaba y las lágrimas regresaban a sus ojos– debes concentrarte en otras cosas, mejores cosas, deja las cosas malas en el pasado y deja de pensar en tu hijo. ¡Ya está muerto! Ninguna cosa lo devolverá. Sí, solo debes ir a ducharte pensando cosas lindas y con la mente fresca estarás bien, no pasó nada, es solo tu mente creando cosas horribles para molestarte con cosas. Esas cosas horribles que no sirven de nada, solo te perturban el alma. Pero ahora basta… –Ella parecía descontrolada, yo intenté varias veces volver a abrazarla, calmarla con dulces palabras, pero todo intento fue vano, hasta que ella misma se puso un alto, con un grito que se escuchó hasta el séptimo infierno– ¡BASTA!

¡Cuántas ganas tenía yo de decirle que no era su imaginación!, ¡que de verdad estaba yo ahí, con ganas de hablarle y decirle cuánto la quería!, con ganas que ella pueda sentir mi amor, como tantas veces había sentido el suyo y la pena que me hacía sentir el verla así era desesperante. La muerte es algo difícil de superar, incluso más que la vida.

Ella fue hacia la ducha, me quedé solo, en esa cocina que ahora me parecía extraña, aunque tantas veces había estado entre sus amarillas paredes. Subí nuevamente a mi habitación, a escuchar como el tiempo pasaba hasta que mi padre volvió del trabajo.

Mi madre bajó las escaleras, medio histérica empezó a explicarle lo que había pasado.

Al poco se me dio por bajar y ver que ocurría.

–Seguro quiere despedirse. –Aseguró mi padre.

–No, yo creo que es como un ángel, está aquí para cuidarnos.

–Talvez… –dudó– lo mejor será esperar y ver si se vuelve a comunicar con nosotros o no.

–Lo hará cuando lo necesitemos.

–Pero, ¿y si lo estamos atando a este mundo con nuestras penas cuando él merece ir al cielo?

–No lo creo, la muerte es como un secuestro del que puedes salir siempre que lo desees.

–Es posible –mi padre siempre dudaba, casi nunca decía algo fijo– pero al final nadie lo sabe, solo los muertos.

–Benditos sean.

Ambos subieron al cuarto y rezaron antes de dormir, cosa extraña, nunca antes lo habían hecho.

Entré a su cuarto cuando terminaron de rezar, ninguno de los dos podía dormir, pero se quedaban en silencio, con los ojos abiertos, brillando en la oscuridad del cuarto: con sus paredes cremas, su gusto impecable que se reflejaba en sus muebles de madera fina y sus detalles de vidrio moderno. La pared del fondo, en la que se apoyaba la cabecera de la cama, estaba rematada por un cuadro, en el que se veía la imagen de un ángel dorado, sosteniendo una especie de esfera; mis padres siempre dijeron que era su ángel guardián.

En las mesas de noche había muchas fotos de nosotros tres. Veía todas con claridad, a pesar de la oscuridad y una en especial llamaba mi atención. Estaba justo encima de la mesa de noche de mi padre. En ella estábamos los tres medio abrazados y sonriendo hacia la cámara. En el fondo se veía una gran selva y me recordó unas hermosas vacaciones familiares que tuvimos, segundos después de esa foto todos estaríamos en el río. Yo me reiría de cómo a mi mamá casi se la lleva la corriente. En el tiempo que estuve vivo viajamos mucho, lo que creo es que necesitábamos un descanso de la presión de la ciudad que generaba peleas, malestares, odio. Porque lejos de las responsabilidades éramos nosotros mismos y, si se lo puede decir así, nuestras almas se amaban; pero nuestros cuerpos no.

Al poco tiempo mi madre habló:

–¿Crees que algún día dejemos de extrañarlo?

–No lo sé… –respondió mi padre– talvez nunca del todo.

Mi madre asintió con la cabeza.

–¿Crees que algún día nos perdone por ser tan malos padres? –volvió a preguntar mi madre, me daba ganas de gritarle ante su pregunta tan estúpida.

–No lo sé… –volvió a responder mi padre– quizá nunca lo sepamos.

–Ustedes fueron los mejores padres que hubiese podido desear. –Me escucharon, ambos se levantaron en su cama, como momias activadas por la maldición de una pirámide–. No tienen que pedirme perdón, es más yo debo pedírselo a ustedes. No fui un hijo ejemplar, ni nada por el estilo, fallé en muchas cosas. Pero ustedes hicieron lo mejor que pudieron, incluso cuando me reñían lo hacían por mi bien, las veces en las que me castigaban y me escapaba por la ventana o tantas ocasiones en las que tuvieron que recogerme de alguna fiesta porque estaba demasiado borracho como para tenerme en pie; todo es una muestra de lo tanto que me quisieron y de lo poco que les devolví.

Ambos se quedaron congelados unos segundos. Luego asintieron con la cabeza, veía sus lágrimas y ellos podían ver las mías; eso me reconfortaba. Mi madre preguntó:

–¿Estás bien?

–Sí –respondí– no deben preocuparse por mí, me fui porque debía hacerlo, era el tiempo de irme, y uno no puede negociar esas cosas.

Volvieron a asentir con la cabeza.

–Solo necesitan saber que los quiero, mucho, mucho, mucho. Y siempre los estaré cuidando.

–¿Cómo un ángel? –preguntó nuevamente mi madre, cual niña de primaria que se sorprende al descubrir un mundo totalmente nuevo en las cosas más simples y que parecen obvias, como los pétalos de una flor.

–Exacto. –Aseguré sin saber si eso era totalmente cierto.

–Somos felices de que seas nuestro ángel. –Mencionó mi padre.

Me acerqué a ellos y di a cada uno un beso en la frente.

–Te queremos. –Mi madre pronunció.

–Y yo a ustedes. –Correspondí.

Ellos dejaron de verme, lloraron un poco y se durmieron, yo volví a mi cuarto, me eché nuevamente en mi cama donde dormí.


Ese sueño se hizo infinito y jamás volví a despertar.

martes, 9 de febrero de 2016

Mi bebé querido

Maira Delgado


Sofía, era una dulce niña, de tez blanca y cabello castaño, ondulado, tenía ojos negros muy expresivos, el rostro hermoso y aquella sonrisa angelical, cautivaban a las personas a su paso. Con escasos ocho años, parecía ser muy precoz en cada razonamiento, solía sorprender a padres y maestros de la escuela dominical en la iglesia a la que asistían, haciendo profundas apreciaciones acerca de las historias bíblicas que aprendía. En ese diciembre, su mayor deseo era tener su propio bebé querido, así se llamaba el juguete que estaba de moda en el barrio esa navidad, todas sus amiguitas lo habían pedido en su lista de regalos. Ella, ya había aprendido que estos no eran traídos por ningún personaje ficticio o el niño Jesús, sino que eran los papitos quienes con su trabajo compraban los juguetes, sin embargo, lo añoraba, inocente de que era muy costoso para el presupuesto de su padre. Elías, un hombre joven, de cabello claro, buen mozo, con brazos fornidos y cuerpo atlético formado por el ejercicio con las pesas, que lo hacía atractivo entre las chicas del barrio, coqueteaba con todas, pero amaba sólo a una.  Trabajó desde muy joven, aprendiendo la técnica de la soldadura, moldeaba en su taller el hierro y de esta manera fabricaba puertas, ventanas y demás utensilios de adorno para las casas y empresas que conocían la calidad de su obra y contrataban sus servicios.

Desde los catorce años aprendió este esforzado arte, no quiso terminar sus estudios secundarios, sino que manejaba su propio dinero, por lo tanto su independencia le hacía  popular entre sus amigos, con los que además de hacer deporte, se divertía los fines de semana, bebiendo cerveza y conquistando amores furtivos, pero finalmente, se casó con Elizabeth, la chica de la que se enamoró desde los trece años, ella era de figura delgada, cabellera larga y oscura, con ojos negros como el azabache. De esta forma, asumió la responsabilidad de un hogar, proveyendo todo lo necesario, su principal aliciente era Sofía, su única hija, que había nacido en condiciones poco favorables, su madre había enfermado durante el embarazo y la vida de ambas estuvo en peligro en el momento del parto, esto hizo que él la resguardara como su gran tesoro, convirtiéndola en su niña consentida y algunas veces sobreprotegida, pues pretendía que ni la hoja de un árbol la rozara.

Cinco años después de casarse con Elizabeth y haber afrontado momentos duros y fuertes junto a ella, que por poco destruyen su hogar, Elías tomó la decisión de entregar su vida a Dios y así transformar su antiguo carácter, abandonando el alcohol y sus aventuras amorosas, que ya se habían tornado su mayor problema, para convertirse en un hombre consagrado a su hogar.

Al ver esto, el padre de Elías, quiso ayudarlo, para que dejara de ser empleado y estableciera su propio taller, el viejo, deseaba lo mejor para sus hijos, pero sus recursos tampoco eran abundantes así que buscó la mejor manera de impulsarlo.

—Hijo, eres muy bueno en lo que haces y la gente te busca a ti para sus mejores encargos, deberías dejar el taller de Manuel e iniciarte como independiente, uno debe arriesgarse en la vida y siempre soñar más allá de lo que puede alcanzar.

—Lo sé papá, pero se necesita comprar la herramienta y no tengo el dinero para hacerlo, apenas si logro mantener a mi mujer y a mi hija, en estos momentos, no cuento con los medios para salirme de este empleo, tendría que trabajar no sé cuántos años más.

—¿Y si te propongo un negocio? —dijo su padre muy convencido— tengo mis ahorros y son para que cuando muera a tu vieja no le falte nada, pero podemos hacer que ese día espere un poco y prestártelos, de esta manera, vas trabajando y me los vas pagando mensualmente.

A Elías la idea le pareció grandiosa, hacía mucho tiempo soñaba con su propio taller.

—Pero, no es la herramienta únicamente en lo que hay que pensar papá, —replicó luego— necesito un local y el arriendo es costoso para uso comercial —le dijo, cavilando.

—Pues también pensé en eso hijo, tus hermanos ya no están, así que estas dos habitaciones,  podemos adaptarlas como un garaje y ahí será tu taller.

La casa de sus padres, era sencilla, ubicada en un barrio de clase media baja, él había visto a su viejo trabajar desde muy joven para comprarla, era de una sola planta y carecía de lujos, poco a poco su padre la fue acondicionando, porque se la entregaron sin porche ni las paredes totalmente pintadas, así que de su sueldo, reunía el dinero para realizar periódicamente mejoras, apenas tenía una sala que se alargaba hasta la cocina, sólo las separaba un pequeño muro de dos metros de alto y contiguo quedaba el patio de ropas que dejaba oír desde las jaulas el dulce cantar de los pajaritos que su mamá cuidaba. Había cuatro habitaciones pequeñas, para alojar a sus ocho hermanos que al crecer tomaron su propio rumbo, de modo, que era una gran oportunidad y no podía desperdiciarla. Sus ojos se abrieron como los de un búho y enseguida  respondió sin vacilar.

—¡Listo, papá! Trato hecho, el negocio será así: tumbaremos esta pared que divide las dos habitaciones, haré un portón, que dé a la calle y ahí colgaremos el aviso, me prestarás el dinero para adecuarlo y comprar la herramienta, te la pagaré mes a mes y cuando finalice la deuda, entonces empezaré a pagarte un arriendo por el local, así podré compensarte aún más lo que estás haciendo por mí.

—Perfecto hijo, así será, lo que quiero es verte progresar, ya sabes que siempre quise tener un hijo que fuera importante, un futbolista, cantante, doctor, alguna cosa de esas. Pero ya que ninguno quiere ser famoso, entonces lo serás tú. ¡Si vas a ser un soldador, no serás uno más, serás el mejor de la ciudad! —Y lo abrazó con efusividad.

Así empezó Elías su propio negocio con la ayuda de su padre, trabajaba incansablemente para pagarle y además seguir manteniendo la familia. Le encantaba llegar a casa, cansado y quitarse las botas, sabía que Sofía siempre corría a traerle las pantuflas, se sentaba en sus piernas sin importarle que viniera sucio, oloroso a sudor, con manos, a veces manchadas de pintura o aquella cara ardiente por el calor de la forja, ella siempre le recibía con un beso. Luego de unos minutos de descanso en esa vieja mecedora de la sala, Elías, se duchaba para recostarse en la cama, mientras esta pequeña le secaba los pies, le aplicaba talco en ellos y haciéndole cosquillas, los masajeaba.

—¿Cómo te fue papi, cuántas puertas hiciste hoy? —le preguntaba siempre con curiosidad—, hoy la profesora nos preguntó en qué trabajaban nuestros padres y le conté que tú eres el mejor soldador de la ciudad, como dice mi abuelo, que haces las puertas de las casas y de los almacenes para que los ladrones no roben a las personas, así que tu trabajo es muy importante porque proteges a la gente. ¿Cierto papá?

—Así es, hijita, —le dijo sonriendo—, tu papá, construye puertas y ventanas para que los demás puedan dormir seguros, además las adorno con hermosas figuras para que las casas luzcan elegantes y al paso de la gente se vean como una obra de arte.

—¿Una obra de arte, qué es eso papi? —lo miró con ingenuidad.

—Es un trabajo que se hace con excelencia hija, así como tú en la escuela, te esfuerzas por hacer los dibujos, para que queden hermosos. ¿Recuerdas el pájaro que te ayudé a rellenar la vez pasada con espaguetis crudos y granos de arroz? Dijiste que la profesora te aplaudió y te puso una excelente calificación. Pues esa fue tu primera obra de arte, trabajaste todo el fin de semana para que se secara y estuviera listo a tiempo para el concurso y lograste ganar el premio, es decir, te volviste una artista de pájaros rellenos.

—Entonces la próxima vez que me pregunten en qué trabaja mi papá, diré que ¡Eres un artista en puertas y ventanas! —le dijo emocionada.

—Está bien hija, ve a descansar que este artista mañana tiene que madrugar para ir a trabajar.

La pequeña salió corriendo, expectante, a buscar a su mamá a la cocina, le pidió un poco de agua y le contó la conversación con su papá, parecía feliz al saber que su papá realizaba un gran trabajo y que era el mejor en lo que hacía.

Elizabeth, la llevó a la cama como cada noche, cantándole su melodía preferida, trató de acostarla pronto, pues también estaba cansada con los oficios de la casa, todo el día trajinando con la cocina, los muebles, la escoba, el trapero, la dejaban exhausta al final de la jornada, ella además de cuidar a su hija, criaba a otros tres sobrinos, mientras sus hermanas trabajaban,  para ayudar a su esposo con los gastos de la casa.

—Hasta mañana hijita, haz tu oración  antes de dormir y que tengas dulces sueños.

—Espera, mamá, es que quería decirte que yo quiero este año un bebé querido.

—¿Un bebé querido, qué es eso mi amor? —le preguntó riéndose.

—Es el muñeco que todas mis amiguitas están pidiendo esta navidad, es hermoso mami y yo lo quiero, me dijo Xiomi que ella también lo había escrito en su lista, María ya lo vio en un almacén el otro día, estaba en la vitrina, entró con su mamá y se lo dejaron alzar, tiene sólo un mechón de pelo en su cabeza, el resto es calvo, tiene un chupo en su boca y cuando se lo sacan, llora, ella nos contó feliz, que es grande, todas en la cuadra lo tendrán este año y también yo lo deseo mami.

—Pues... Hija, ora, pídeselo a papito Dios, porque ya sabes que tu papá se esfuerza mucho, pero a veces el dinero no alcanza. Y eso no es una necesidad, es un lujo. La verdad. No sé si él esté en condiciones ahora...

La niña se desilusionó un poco con la respuesta de su mamá, pero su insistencia era mayor, siempre encontraba la forma de persuadirlos y esta vez, soñaba con compartir junto a sus amiguitas y tener ese juguete en nochebuena.

Al siguiente día muy temprano, antes de que su papá saliera, lo abordó en la habitación.

—Papi, ¿si yo te pido algo esta navidad, tú me lo regalas? —dijo con voz tímida.

—¿Y qué es lo que quieres hija? —le contestó tiernamente.

—¡Un bebé querido! —respondió de inmediato, alzando sus manitas con emoción.

—¡Ah!, ¿quieres un hermanito?  —eso entendió su papá.

—No papá, es un muñeco, se llama así. Y es el regalo que todas mis amiguitas pidieron este año, por favor, cómpramelo, por favor —con voz suplicante. 
—Umm, ya entiendo mi Sofi. No te prometo nada, pero si puedo hacerlo, tenlo por seguro que tu papá te dará tu bebé querido.

Corriendo se subió en sus brazos, y le besó melosamente, —¡gracias, papito lindo, yo sé que tú puedes, por eso te amo!  E ilusionada corrió a su habitación  y se arrodilló junto a su cama. —Gracias, papito Dios, porque respondiste mi oración, sé que mi papito Elías trabaja mucho, pero tú le darás el dinero para comprarme mi bebé querido. Gracias, muchas gracias. Amén.

Una semana después, su papá llegó muy tarde, ella ya estaba dormida, sin embargo, al oírlo, quiso ir a saludarlo, pero escuchó a sus padres en la cocina hablar de lo duro que estaba el trabajo, no era nada fácil iniciar su propio negocio y debía cumplir con el compromiso adquirido con su viejo mensualmente, los materiales estaban muy costosos y algunos trabajos encargados exigían una alta inversión.

—La cosa no está fácil mi negra —así la llamaba cariñosamente—, tengo que trabajar más horas si quiero sacar este taller adelante y no puedo contratar a nadie que me ayude en este momento, porque no tengo cómo pagarle.

—No te preocupes negro, poco a poco saldremos de esta, no te desanimes, que apenas estás comenzando, es duro, pero ya iniciaste, así que no nos daremos por vencidos, dime en qué quieres que te ayude.

—Ay, mija, ya haces mucho con cuidar a la niña y a sus primos, si tú no me apoyaras tanto, no tendría fuerzas ni aliento para salir cada mañana. Ustedes son mi mayor tesoro y es por ustedes que trabajo de sol a sol. Y si ahora tengo que hacerlo de sol a luna, lo haré. Por cierto averigüé el juguete que quiere Sofía y no es “costoso”, es, “bastante costoso”, no creo poder comprárselo, en estos momentos, no tengo el dinero.

—No te preocupes por eso, amor. Sabes que Sofía comprenderá, es una niña, pero entiende muy bien nuestras limitaciones y ya habrá tiempo para esos lujos.

Sofía, desde su habitación, lloraba desconsolada, al pensar que los demás recibirían sus regalos y ella sólo podría jugar con muñecos ajenos, ahora su bebé querido se desvanecía en sus sueños, quería reprocharle a su madre que pensara por ella y que no dejara a su padre preocuparse por el asunto, no quería tener que conformarse siempre con los  juguetes que le prestaban los demás cuando se cansaban de ellos, pero sabía que sólo un milagro le traería ese regalo y volvió a arrodillarse esa noche a rogar por su papito Elías.

—Papito Dios, si quieres, puedes concederme esta petición, dale el dinero a mi papito Elías para que pueda comprármelo. No quiero parecer envidiosa, pero tengo poco juguetes y si quieres, puedes hacer el milagro esta navidad. Gracias papito Dios, gracias.

Y así, cada noche oraba, antes de ir a su cama ya que su mamá le repetía que no iban a comprarle ese juguete, que no importunara a su papá con el tema, tendría ropa nueva esa nochebuena seguramente, mas el muñeco tendría que esperar. A ella le molestaba oírla hablar así, mas no le respondía, a veces parecía no prestarle atención y su mamá sabía lo empecinada que resultaba en ocasiones. Una semana antes del veinticuatro de diciembre, su papá estaba comprando en una de las ferreterías más grandes de la ciudad, unos tubos de hierro que necesitaba para una obra importante que realizaría para entregar en un mes, debía invertir una buena cantidad de dinero y trabajar arduamente para tenerla lista a tiempo. Ese día fue temprano, pagó y dejó listo el pedido del material que necesitaba, el cual sería despachado esa misma tarde por el dueño del almacén. El hombre, aunque lo conocía, no le tenía la suficiente confianza como para abrirle un crédito a Elías que era muy joven y carecía de respaldo económico.

En la tarde, llegó a su taller el material, el conductor del camión del almacén, le informó de la entrega y luego de descargarlo rápidamente, firmó el recibido para iniciar la obra lo antes posible. Elías estaba muy contento, era un trabajo importante y ganaría bastante dinero, mientras acomodaba los tubos para cortarlos, se fijó que estaban muy pesados, así que los revisó uno a uno. ¡Vaya sorpresa encontró! Había comprado dieciséis tubos cuadrados de una pulgada y dentro de cada uno venían otros dieciséis tubos de 3/4, es decir, le habían dado material de más, no sabía si por equivocación o de manera intencional. En ese momento su corazón tembló pues era una oferta muy tentadora quedarse con esos tubos y no decir nada. Total, ya había cancelado en efectivo su compra y le habían despachado su pedido, no era su error, sino del almacén. Llamó a su padre y le mostró lo sucedido y aunque este siempre fue un ejemplo de honestidad para él lo sorprendió con su apreciación, ya que sin decirlo abiertamente le insinuó que no dijera nada y que aprovechara esta “oportunidad”. Era un momento decisivo para la vida de Elías, podía tomar ese error como un golpe de suerte para su difícil comienzo o rechazar esta ligereza del destino y mantener su integridad. Elías, era temeroso de Dios y sabía que estaría robando si se quedaba con esos hierros, esa noche se fue a su casa  meditando mucho, cada día que veía a su hijita recordaba lo que le había pedido y su imposibilidad de complacerla, pasó la noche inquieto, sin decir nada a su esposa, a las cuatro de la mañana se puso de rodillas junto a su cama y oró pidiendo a Dios perdón por dudar y flaquear ante dicha confusión. Al levantarse, encontró pegada en la puerta de su habitación una hoja que decía: “Tengo el mejor papá del mundo”, inmediatamente decidió ir a la ferretería y hablar con el dueño.

—Buenos días don Julio, necesito comentarle algo.

—Dígame, Elías. ¿Qué necesita muchacho?

—He revisado el material que me enviaron ayer en la tarde y encontré que en cada tubo de pulgada estaba metido un tubo de 3/4, creo que se equivocaron, porque sólo pagué los de pulgada.

El hombre lo miró asustado, efectivamente, si esto era cierto, era un error y muy costoso, entró rápido a la bodega y habló con las personas encargadas de organizar los pedidos, nadie parecía saber qué había pasado, pero en el inventario sí hacía falta este material y no había factura ni orden de despacho que lo respaldara.

Salió muy avergonzado con Elías, pues estaba frente a una persona realmente honesta, sabía que este error era responsabilidad de sus trabajadores, mas, este hombre le estaba dando una gran lección.

—Mira, muchacho, tienes razón y no sé qué pasó, debo hacer la averiguación pertinente, pero esto que has hecho, es realmente admirable, dice mucho de tu honradez, este acto es más confiable que cualquier carta de recomendación o experiencia crediticia. Así que he decidido devolverte tu dinero, dejaré que te lleves esos tubos con un crédito de treinta días, cuando entregues tu trabajo y lo cobres, vendrás a pagarme y si necesitas algo más, puedes llevarlo, de ahora en adelante, tienes mi absoluta confianza.  —le extendió la mano y las estrecharon como cerrando un trato.

Elías salió feliz de este sitio, jamás imaginó que un simple acto de honestidad, le abriría una puerta tan grande, no sólo crédito abierto sino que además tenía el dinero en su mano para cumplir con todos sus compromisos ese mes, así que sin más preámbulos inició sus actividades diarias, trabajaba fuertemente, sin descanso, para entregar con prontitud su encargo y cobrar el dinero antes del mes, de esta manera aumentaría su grado de confianza con don Julio.

Mientras tanto, Sofía, rogaba cada noche por su regalo tan anhelado, parecía que no lo tendría, pero el último día, el veinticuatro de diciembre, un sábado, vio a su papá entrar con una gran caja blanca en su hombro, ella saltaba de felicidad, sabía que su papito Dios no le fallaría y que su papá Elías cumpliría su palabra de que si él podía, era un hecho que lo haría. No pudo esperar más tiempo y corrió a abrir la caja, había un enorme muñeco calvo, con un chupo en su boca, cuando se lo retiró, el muñeco lloró, y los ojitos de la niña se emocionaron ante esta escena, si le presionaba el abdomen, se reía, estaba realmente impresionada.

Corrió a mostrarlo a sus amigas, los niños de esa cuadra nunca esperaban al siguiente día para abrir sus regalos, era tradición destaparlos y pasar la “nochebuena” jugando con ellos, pero el muñeco de Sofía era diferente, al compararlo con los de las otras niñas, este no tenía el mechón de pelo en su cabeza y el vestido no era rosado como el de los demás. Todas empezaron a reírse de ella y a decirle, que no le habían regalado el juguete original. Sofía regresó a su casa triste y le preguntó a su papá dónde lo había comprado, este, muy tiernamente, la sentó en sus piernas y le explicó:

—Hija, esta mañana, recorrí todos los almacenes que pude en el centro de la ciudad, buscando tu famoso bebé querido y se había agotado, realmente creí que no lo conseguiría, pero cuando ya estaba a punto de venir a casa, entré a una última tienda y el dueño me dijo: Ese muñeco ha sido un furor, todas las niñas lo quieren, voy a ver si me queda alguno señor, ojalá pueda hacer feliz a su hija. —Después de un rato salió con este que te traje y me lo mostró—, sólo me queda este, lo único, es que es una versión masculina del juguete, todas las niñas prefieren que sea muñeca y no muñeco, pero igual, es el bebé querido, nada más que por ser hombrecito, no tiene mechón de pelo y su traje es blanco en vez de rosado.

Sofía empezó a llorar al ver el gran esfuerzo de su padre, sabía que lo había hecho todo por traerle su regalo, así que feliz lo besó.

—Gracias, papito, lo hiciste otra vez, ahora sé que mi muñeco no sólo es el original, sino que además es diferente a los otros, todas tienen  la “niña”, pero yo, tengo el “niño”.

Y corriendo volvió a explicarle a sus amigas, quienes finalmente entendieron su versión y todas querían emparejar a su muñeca con el muñeco de Sofía.

Esa noche, al dormir después de acomodar a su bebé querido junto a ella en la cama, arrodillada dio gracias a papito Dios por el milagro de navidad. Desde ese día entendió que nunca más dudaría de un deseo en nochebuena. Porque aún en el último momento o de manera diferente a lo pedido, Dios le concedía siempre un regalo mejor que el esperado.