jueves, 15 de octubre de 2015

Materiales peligrosos

Bérnal Blanco


LA FAMILIA SE ha reunido en casa de la tía Ester. Mis primas y yo nos estamos divirtiendo mucho, corriendo de una habitación a otra. Al pasar por la cocina escucho a mi papá narrando una de sus aventuras a mis tíos.

—Papi está contando una historia de bomberos —susurro a mis dos primas—. ¡Quedémonos a escucharla!

—¡Mejor sigamos jugando! —sugiere Estefania, ignorando mi propuesta.

—¿Y si vemos tele? —pregunta Mary, dirigiéndose a Estefania.

—¡Yo sí me quedo! —digo, haciendo cara de un poco enojada.

El mayor de mis tíos, Ernesto, interviene.

—Chicas, la historia está buenísima. Si quieren escucharla, el tío empieza de nuevo para que no pierdan detalle. ¿Verdad, tío Francisco? —dice, volviendo a ver a mi papá.

Los grandes insisten hasta que mis primas aceptan. Nos sentamos a la mesa de la cocina, rodeados de estanterías con todo tipo de ollas, sartenes, condimentos… cuanta cosa pueda serle útil a una chef experta como mi tía. Mientras tanto, mi mamá, que está de cumpleaños, y el resto de la familia, conversan muy animados en la sala.

Papi inicia su historia y en eso yo miro por la ventana. Me percato que un sol que baja hacia el horizonte pero que aun le falta un buen rato para irse a dormir, escucha silencioso detrás de una cortina de nubes alargadas y rojizas.

§

—ERA MIÉRCOLES POR la tarde y en Litoral llovía a cántaros —cuenta papá—. Me encontraba en la Estación Norte cuando entró una llamada de emergencia. Un tráiler transportaba lo que nosotros llamamos un material peligroso y según el informe ese material se estaba derramando. Cinco compañeros y yo salimos de la estación en dos unidades de bomberos; tardamos una media hora en llegar al sitio.

—Rubí iba contigo —interrumpe Mary.

—¡Claro que sí! Gabo, mi compañero, la conducía.

—¡Ah, bueno!

Las primas y los tíos conocen mis aventuras con Rubí porque yo aprovecho cualquier momento para contárselas.

Mi papá continúa.

—El propio chofer del tráiler fue quien dio la alarma inicial cuando se percató del problema. Luego supimos que aquel era su primer viaje y que la empresa para la que trabajaba, de manera irresponsable, no le había dado un buen entrenamiento. ¡Imagínense que no sabía cuáles podrían ser las consecuencias del derrame que se estaba produciendo ni cómo actuar ante la situación! Se había detenido en la carretera Costanera, dejando el tráiler solo, pues él se había alejado corriendo.

»Cuando llegamos al lugar nos estacionamos a una distancia de unos doscientos metros. Desde allí observamos la columna de humo verde que salía del camión y que al elevarse desaparecía entre la lluvia.

»Una vez allí, lo primero que hizo mi jefe fue buscar al chofer. Lo interrogó:

»—Señor, ¿qué material transporta?

»—Ácido clorhídrico.

»—¿Qué cantidad lleva?

»—Cincuenta contenedores de cien litros cada uno.

»—¿Sabe de qué magnitud puede ser el derrame?

»—No tengo idea.

»—¿Cómo se produjo la fuga?

»—No sé.

»Mientras mi jefe hablaba con el chofer llegaron los paramédicos quienes por reglamento deben participar siempre en este tipo de emergencias.

»—Gabo, investiga los riesgos del ácido clorhídrico —ordenó mi jefe.

»Instantes después Gabo leía el manual de materiales peligrosos: “Acción corrosiva y tóxica. Produce quemaduras en la piel. Puede causar ceguera si hace contacto con los ojos. Sus vapores irritan el tracto respiratorio pudiendo producir la muerte”. Así nos informaba Gabo.

»Como se imaginarán —continuó papi— en casos serios como este, no podemos acercarnos demasiado al lugar donde se encuentra el material peligroso, si lo hiciéramos, pondríamos en riesgo nuestras vidas. Por eso, el reglamento indica instalar un pasillo de descontaminación a una distancia prudente.»

—¿Qué cosa es ese pasillo? —interrumpo a papi.

—¡Muy buena pregunta, Abril! Les voy a explicar: imagínense por un momento al camión en el centro de un círculo enorme. El pasillo del que les hablo es, digamos, como una puerta imaginaria y solo por ella se puede entrar o salir del círculo. Allí se instala todo lo necesario para revisar a las personas que entran, es decir, para asegurar que vayan bien protegidas; también para lavar a las que salen, con el propósito de descontaminarlas. ¿Me hice entender? —dice, haciéndonos cara de interrogación.

—Perfectamente —responde mi tío Ernesto.

—Muy bien. Resulta que los paramédicos nos preguntaron quiénes de nosotros íbamos a vestir los trajes encapsulados.

—Una pregunta, tío: ¿Qué es un traje encapsu… qué? —dice Mary.

—Cierto, Mary. Tengo que explicarles eso también. Cuando nosotros los bomberos vestimos esa cosa, parecemos astronautas. Es un traje que nos protege del material peligroso. Es hermético: ni siquiera oxígeno le entra. Para poder respirar, debemos primero colocarnos el tanque del aire y la mascarilla y por último el traje.

—¡Okey! —indica Mary, haciendo señas de haber entendido.

—Bien. Después el jefe dijo que los que iban a investigar serían él y Gabo, por ser los más experimentados. Sin embargo, cuando los paramédicos examinaron a Gabo se dieron cuenta que tenía la presión alta y recomendaron asignar a otra persona.

—¿Por qué asignar a otro, tío? —pregunta ahora Estefania, hincándose en su silla.

—El bombero, Estef, debe tener muy buena salud y Gabo ese día no se sentía bien. Era mejor prevenir que lamentar —explicó papá.

—¿Y entonces qué hizo el jefe…? —insiste Estef.

—¡Ah! ¿Para qué crees que tu tío es un bombero? Cuando me di cuenta de lo que pasaba le pedí al jefe que me permitiera acompañarlo.

—No creo que te lo hayan permitido —dice tío Roberto, el menor.

—El jefe lo pensó un rato —continuó papi— pero al parecer el entusiasmo que le demostré terminó por convencerlo.

»Mis compañeros me ayudaron a instalarme el ARAC y después el traje encapsulado. El jefe me dio instrucciones generales y cuidados que yo debía tener. Nuestro objetivo sería investigar la magnitud de la fuga y determinar cómo detenerla. Seguía lloviendo. Pasamos por el famoso pasillo y empezamos a caminar hacia el camión. ¡No me imaginaba lo difícil que me iba a resultar moverme con aquel traje!

»Mi jefe iba adelante y yo lo seguía de cerca. Caminábamos lentamente. Sin embargo, el visor de mi traje, que es como una ventanilla plástica, se empezó a empañar, impidiéndome ver. ¡Los doscientos metros del recorrido se me hacían eternos! Unos pasos más adelante quedé a ciegas por completo y perdí el rumbo. Traté de avisar a mi jefe, quien se había adelantado un poco, pero al tener la mascarilla puesta me resultaba muy difícil hacerme escuchar.

»Me hice el valiente y seguí caminando, pero con tal mala suerte que me desvié hacia el espaldón de la carretera donde choqué contra algo. Del golpe caí al suelo.»

—¿Contra qué cosa chocaste, tío? —pregunta mi prima.

—Contra una señal de tránsito, Mary. ¡Qué gran golpe, vieras! Me sentía perdido, descontrolado y además adolorido. Por suerte mi jefe, percatándose de lo que me sucedía, había venido en mi ayuda. Me mostró cómo desempañar el visor y me hizo señales para que permaneciera muy cerca de él.

»Seguimos caminando. El pavimento estaba mojado y nos encontrábamos en una zona donde lo único que teníamos alrededor eran extensos potreros. Adelante estaba el tráiler y detrás de nosotros el pasillo de descontaminación. La carretera había sido cerrada al paso de vehículos por nuestros amigos los oficiales de tránsito, quienes habían llegado antes que nosotros.

»Finalmente llegamos al camión. Abrimos la compuerta trasera. Observamos que uno de los recipientes, uno de los más próximos, había sido impactado por un gancho mal colocado en la parte interior de la compuerta. El gancho había abierto una grieta en el contenedor y por allí se escapaba el líquido poco a poco.
»No teníamos a mano con qué tapar el derrame pero al menos ya sabíamos de qué se trataba el asunto. En seguida hicimos la caminata de regreso al pasillo de descontaminación para pedir herramientas apropiadas.

»Después regresamos al tráiler. Ya habíamos consumido mucho del aire de nuestros tanques, por lo que debíamos trabajar rápido.

»Hicimos una especie de corcho alargado con el que tapamos la grieta del recipiente dañado. La solución era temporal pero permitiría que el camión continuara su camino. Al terminar, cerramos la compuerta del tráiler y apuramos el paso de regreso. El oxígeno se nos acababa.

»En el pasillo mis compañeros utilizaron agua, jabón y cepillos para limpiarnos. De repente sentí una gran somnolencia. Segundos después el oxígeno me faltó del todo y sin poder evitarlo caí al suelo, inconsciente.

»Mis compañeros se apresuraron a atenderme y, olvidando el cuidado que debían tener, abrieron el traje y quitaron la mascarilla: así pude volver a respirar. Pasé unos segundos sin oxígeno, nada más unos segundos. Si ese tiempo se hubiese prolongado más, es probable que no estuviera aquí contándoles este cuento.»

—¡Qué valiente eres, tío!

—Gracias Estef. Siempre que voy a una emergencia pienso mucho en Abril y también en ustedes y mi propósito es regresar sano y salvo… y así poder contarles mis aventuras.

§

LA TÍA ESTER nos interrumpe: debemos hacer una pausa porque es hora de comer. Todos pasamos a la gran mesa del comedor que ya está servida.

Nosotras tomamos refrescos; los grandes, café. Todos comemos del rico pan casero y del pudín que ella nos ha preparado. ¡Qué delicia!

Después de hablar de otras cosas con mis primas y colaborar con los grandes a recoger la mesa, Mary pregunta:

—Tío Fran, ¿tu historia ya terminó?

—¡Qué va, Mary! Falta la mejor parte.

Entonces volvemos a tomar asiento y nos preparamos para continuar escuchando.

§

HASTA EL MOMENTO habíamos concluido con éxito la parte más sencilla de nuestro trabajo —dice papá—, es decir, lograr poner el tapón a la fuga del ácido clorhídrico. Ahora era necesario llevar el tráiler a un lugar seguro. Decidimos que lo mejor era regresarlo adonde lo habían cargado: una fábrica ubicada a más de cien kilómetros. El viaje sería largo.

Ya sabíamos que el riesgo del derrame era mínimo, pero nadie estaba más nervioso que el chofer del camión quien se negaba a manejar de nuevo.

Finalmente lo convencimos. Un oficial de tránsito iría por delante del camión y mi jefe, Gabo y yo viajaríamos en Rubí, cerrando la caravana. El resto de compañeros recogerían todas las cosas usadas en el pasillo de descontaminación y regresarían a Litoral.

Iniciamos el viaje. Ahora llovía con más fuerza y eran pasadas las tres de la tarde. No queríamos que se nos hiciera de noche en el camino, así que la instrucción para todos fue avanzar a la mayor velocidad posible.

Gabo conducía a Rubí. Había poco tránsito y avanzábamos a toda prisa por las rectas interminables de la carretera. Para nuestra suerte, el camino estaba despejado y si teníamos que adelantar carros, el oficial de tránsito nos ayudaba. En ocasiones subíamos alguna colina. Al descender, el azul del mar inmenso bañado por la lluvia aparecía frente a nosotros.

Esos paisajes y la tranquilidad del viaje nos tenían adormecidos.

Pero la paz se nos fue de repente: volvimos a la acción.

—El humo otra vez —gritó Gabo.

—¡Siete dos! —dijo el jefe, que significa algo así como “¿puede repetir por favor?”.

—¡El humo, miren el humo!

Todos en la cabina nos pusimos alertas.

—Pienso que no amerita que nos detengamos —nos indicó el jefe—. El nivel del recipiente estaba bajando y pronto dejará de derramarse. Además estamos en un área despoblada. Sigamos.

—¿No cree que es peligroso, jefe? —pregunté, preocupado por no saber mucho al respecto.

—¿Cómo lo ves, Gabo? —cuestionó mi jefe, pidiendo una segunda opinión.

—Pienso igual que usted, jefe. No detengamos el camión.

El ácido clorhídrico continuaba derramándose y al estar el camión en movimiento una parte se convertía en humo debido a la lluvia, pero otro poco se filtraba por el piso cayendo justo sobre una de las llantas del tráiler. Sin embargo, eso no lo supimos sino hasta que uno de sus neumáticos estalló.

—¡PUMMM! —sonó la explosión, ¡durísimo!

El líquido había causado un calor intenso produciendo el estallido. El conductor frenó haciendo una maniobra muy peligrosa. Nosotros también debimos detenernos de improviso. Cuando el camión logró detenerse por completo, el conductor se bajó y corrió sin parar, saltó una cerca, entró en un potrero y se perdió a lo lejos, tras los árboles.

Mi jefe le pidió a Gabo ir a buscar al conductor para hablar con él y tratar de convencerlo de nuevo de que no existía peligro y que debíamos continuar.
Gabo hizo muy bien su trabajo pero el conductor aceptó bajo una condición: que alguien condujera por él.

Mi jefe, quien había tenido experiencia manejando camiones años atrás, se propuso a él mismo como conductor. Todos tomamos de nuevo nuestras posiciones y continuamos el viaje. Lo hacíamos a baja velocidad debido al neumático destruido y para que el jefe se familiarizara con el camión.

En efecto, el derrame cesó unos kilómetros más adelante. El tramo final del recorrido resultó sin contratiempos.


Por fin llegamos a la bodega donde el camión había sido cargado. Allí, el personal del lugar se encargó de retirar el recipiente dañado y verificar que todos los demás se encontraran en perfecto estado. Cuando pudimos comprobar que todo estaba bien, dimos por finalizada la emergencia e iniciamos el largo camino de regreso a casa. Habíamos recibido la llamada a eso de la una de la tarde y volvíamos a la estación pasadas las nueve de la noche.

§

—¡QUÉ BUENA AVENTURA, tío! —dice Estefania.

—Vas a tener que escribir estas historias, Fran —sugiere mi tío Roberto.

—Tienes mucha razón. En la de menos, algún día, Abril las escriba por mí —agrega papi.

La mirada se me pierde en el infinito, dibujándole una sonrisa al sol que nos observa por la ventana. «Tal vez algún día me anime a escribirlas», pienso.

Mi papá agrega:

—Estefania tiene razón: esta fue una gran aventura para nosotros. Sin embargo, cuando regresamos a la estación todos estábamos muertos del cansancio, hambrientos y sucios… pero felices y satisfechos de haber cumplido nuestra misión una vez más.


Al tiempo que mi papá termina su historia y nos agradece por escuchar, el sol, ocultándose tras el horizonte, guiña un ojo y se despide. La tía Ester nos llama de nuevo: es hora de cantar el cumpleaños feliz a mami.

jueves, 8 de octubre de 2015

Dolor

Paulina Pérez


Miguel despertó temprano. Luisa le había enviado un mensaje de texto que decía: «Cuéntale que apagué mi  vida para no verlo feliz».

Luisa y Fernando se conocieron el primer día del curso pre universitario. No coincidieron en el mismo salón de clases. Pero sí en el equipo de basquetbol, que además era su deporte favorito. Cada año se realizaba un campeonato deportivo como parte de las actividades programadas para los novatos y por sorteo se armaban los equipos.

Luisa había crecido en el seno de una familia de clase media alta típica. El padre mantenía la casa, la madre al cuidado de los hijos, dos hermanos mayores quienes luego de terminar sus estudios universitarios migraron a los Estados Unidos y ella que había llegado cuando su madre se había resignado a ser la única fémina del hogar. Su padre siempre hablaba de mudarse a una ciudad con mar una vez estuviera jubilado. Así que ni bien Luisa inició la  universidad, la dejaron bien instalada y partieron. A ella no le gustaba mucho la idea de tenerlos lejos, la soledad le aterraba, pero ya habían cumplido con sus hijos y era tiempo de pensar en ellos. 

Luisa y Fernando se gustaron de inmediato y en la fiesta de bienvenida, casi al mes de haberse conocido se hicieron novios. Ella se sorprendió de lo rápido que se enamoraron. No podían dejar de tocarse, de mirarse, de decirse cuanto se amaban. Eran inseparables. No desaprovechaban oportunidad para ir al departamento de Luisa y amarse. Pero eso sí, Fernando jamás se quedaba toda la noche.

La familia de Fernando era muy conservadora y cuidaba mucho las apariencias.  Luisa había oído varias veces la historia, de boca de quien sería su suegro, sobre el apellido al que Fernando debía honrar siendo el mejor abogado del país, y de cómo sus dos hermanas gemelas, con las cuales era muy celoso, solo podrían casarse siempre y cuando los elegidos gozaran de un buen nombre con historia y reconocimiento.

Tenían muchas cosas en común, la música, el cine, un buen libro. Les gustaba hacer paseos a las montañas y con algunos compañeros de aula hicieron un grupo muy unido. Una vez al mes planificaban excursiones con acampada incluida.

Con el paso del tiempo su relación se consolidaba más. Nunca hablaban de matrimonio. Fernando decía que al amor verdadero le estorban esas formalidades. Hacían planes para vivir juntos al terminar la carrera pero ni cura ni juez. Cuando en alguna revista encontraba un artículo sobre planificación de bodas, él solía decir: 

—Mira lo que cuesta una boda amor. Es un dineral por unas cuantas horas. Mejor hagamos un viaje por todo el cono sur, alojándonos en esos hostales familiares que planifican actividades con los habitantes de la zona y se conoce mucho más que en esos tours de agencia.

Ella lo escuchaba y le encantaba su manera de pensar. En una libreta iba anotando los posibles destinos que él sugería, con sus respectivos presupuestos. Y guardaba en secreto recortes de vestidos de novia, de salones y pasteles decorados para la ocasión.

Luisa era una muchacha de cabellos rizados, ojos cafés medianos, trigueña, muy atractiva.  Dulce, sosegada, algo callada. A diferencia de Fernando siempre muy vital y dicharachero.

Fernando tenía el cabello ligeramente ondulado, negro al igual que sus ojos. Era un hombre bastante bien parecido. Muchas mujeres envidiaban a Luisa, no solo por tener un novio guapo sino porque estaban convencidos que él la amaba profundamente. No perdía oportunidad para demostrarlo. Eran el referente para muchos de cómo debía ser una relación.

El último año de la carrera de derecho exigía pasantías. Hicieron de todo por practicar en la misma firma, pero fue imposible.

—Es el colmo —decía Fernando—, no pueden imponernos el lugar, nosotros debemos escogerlo.

—Tranquilo cariño —decía Luisa—, son apenas unos meses, además trabajaremos en la misma ciudad y muy cerca. El tiempo pasa rápido —acotó.
Luisa lo asumía con tranquilidad a diferencia de Fernando, no lo aceptaba y recriminaba a Luisa por no haberlo apoyado más. Fue la primera discusión seria que tuvieron, no es que no hubieran tenido diferencias, pero nunca llegaron a mayores. Esta vez, en cambio, no se hablaron por un par de días. Él quería buscar otro lugar para las prácticas pero Luisa se opuso, le parecía una buena oportunidad para que cada uno tenga su espacio,  aprender cosas nuevas, tener otros puntos de vista, pasaban todo el tiempo juntos y eso no era siempre bueno. Pero a él le pareció falta de amor.

Luisa reconocía la inseguridad de él, lo buscó y con la dulzura que la caracterizaba le dijo:

—Yo también voy a extrañarte mucho, estaré esperando la hora de salida ansiosa de verte, de sentirte. Si lo piensas bien, será emocionante. Hablar y comentar de otros temas, conocer a otras personas que pueden ser fundamentales en nuestra carrera. Tú aprenderás unas cosas, yo otras y nos iremos complementando. No perdamos el tiempo. 

Se amaron como si no se hubieran visto en mucho tiempo. Los dos eran muy intensos. Fernando era muy apasionado y eso era algo que a ella le fascinaba, aunque a veces hacía berrinche por cosas sin importancia.

El tiempo de vacaciones se agotaba y decidieron hacer un viaje a la playa con el grupo. Consiguieron una casa sencilla y muy bonita que daba a la playa. Como era fin de temporada no había mucha gente y prácticamente tenían el sitio, un mar azul que bañaba silenciosamente la arena y un sol que cada atardecer brindaba un espectáculo solo para ellos. Así lo sentía Luisa.  Para ella fue como una luna de miel adelantada. Se escapaban o se ofrecían a hacer alguna compra para despistar a sus amigos y correr a hacer el amor. Pese a que en el fondo sabían que no engañaban a nadie.

— ¿Y si nos quedamos aquí para siempre? —preguntó Luisa con algo de melancolía—, mientras lo besaba delicadamente en la espalda.

—Has tomado mucho sol —bromeó Fernando—. No podemos quedarnos amor, tenemos que regresar a terminar los estudios, trabajar, hacer los viajes que hemos planeado.

Mientras la acariciaba haciéndole sentir su calor, el deseo que sentía de volver a poseerla le pregunto al oído:

—¿Por qué quieres quedarte?

—Porque no quiero volver a despertar sin ti —contesto Luisa.

Las prácticas no tardaron en iniciar y a Luisa la habían designado para un estudio jurídico grande que llevaba asuntos legales de empresas petroleras y transnacionales relacionadas con alimentos. Siempre había mucho trabajo y a veces debía quedarse hasta muy tarde.  Fernando en cambio,  fue seleccionado para una empresa muy buena pero pequeña. Salía temprano y el no poder estar con ella le enfadaba. La relación se tornaba muy tensa porque él toleraba cada vez menos no poder verla todos los días. Su insegura personalidad lo llevó a ser muy injusto con ella. Las peleas eran cada vez más frecuentes. La acusaba de no querer verlo, de buscar la manera de alejarse, de falta de claridad en sus sentimientos. Hasta llegar a acusarla de infiel. Esto último colmó la paciencia de Luisa.

Para ella ya no era una simple pelea de novios. Él había puesto en duda su honestidad y lo que ella sentía. Decidió no volver a contestarle el teléfono y negarse a recibirlo hasta que se disculpara.

Pero él no la buscó. Luisa estaba desconcertada por su actitud. Le causaba mucho dolor. No podía pensar siquiera en la posibilidad de que todo acabara. Estaban convencida, pese a las pataletas de Fernando, que su relación era sólida. Un amor tan grande no podía terminar así.

Pasaron varios días sin una llamada ni un mensaje. Luisa empezó a preocuparse. Siempre habían estado juntos y ahora no sabía absolutamente nada de él. Decidió buscarlo en su trabajo. Parqueó el carro a la entrada del edificio donde estaban las oficinas, esperaría hasta que saliera. Luego de casi una hora, lo vio salir junto con tres personas, dos mujeres y un hombre. Un vacío horrible en su estómago la inmovilizó. Lo vio cruzar la calle subir a su auto y dar vuelta en u para recoger a una de las mujeres. Mientras la otra pareja se subía a un auto estacionado un poco más adelante.

Decidió seguirlos. Llegaron a una pizzería, la misma que varias veces acogió sus tardes de a dos y se volvió su sitio favorito puesto que a la entraba había una especie de parquecito con arboles pequeños y frondosos y al fondo el restaurante en sí, una casita de techos bajos, ventanas pequeñas cuyo borde interno había sido ensanchado de manera que se podía colocar el molde de la pizza e ir tomando las porciones. El horno de leña, las mesas y sillas rusticas sobre un piso mezcla de cerámica y madera, servilletas de liencillo y unos platos de barro daban la idea de estar comiendo en algún pueblito del interior y no en la ciudad. Fernando como buen caballero, bajó a abrirle la puerta a su acompañante. Mientras caminaban hacia la entrada del restaurante, la atrajo hacia él y la besó.

Luisa no creía en lo que acababa de ver. Con los ojos llenos de lágrimas se alejó del lugar.

No sabía para donde ir, así que siguió conduciendo como quien cree que si se detiene, la realidad puede alcanzarle.

No aceptaba que él hubiera decidido olvidar todo lo que tenían  y empezar una relación nueva como si nada. Llamó a Miguel, el mejor amigo de Fernando y lo citó en las canchas deportivas de la universidad, donde solían juntarse a jugar básquet o a beber cerveza después de pasar un examen difícil. Se habían vuelto muy cercanos, él la apreciaba mucho, además era su concejera en líos de amor.
La encontró devastada. Luisa trataba de hablar pese al incontenible llanto y Miguel trataba de digerir lo que le contaba. Conocía muy bien a Fernando. Ella no era una aventura, o una relación pasajera. Era con quien había jurado pasar la vida entera. No atinaba a consolarla ante tanto desconcierto. Al llanto le siguió un tormentoso silencio. Sin saber qué hacer, la acompaño hasta el auto y la siguió en el suyo hasta su casa.

Luisa se dedicó a trabajar y a estudiar, para olvidar el pesar que la iba carcomiendo.

Cada tres meses debían presentarse a un examen y entregar un informe sobre la pasantía. No había noticias de Fernando, pero estaba segura que ese día se verían y podrían conversar. Se reconciliarían y acabaría la tortura. Él era su vida, sus amigos eran los suyos, el proyecto de vida lo habían trazado juntos. No conocía otra forma de amar que no fuera entregarse por completo a esa persona hasta el punto de perderse en ella.

Le pidió a Miguel que pasará por ella, el día del examen. No quería llegar sola.
Fueron llegando uno a uno. Era un reencuentro añorado por todos. Habían hecho un bonito grupo a lo largo de la carrera y tenían mucha nostalgia de aquellos tiempos con menos responsabilidades. Luisa se había sentado en el pupitre de siempre y con disimulo buscó aquel dibujo a marcador de un corazón con las iniciales L y F que Fernando le hubiera hecho en los primeros días de noviazgo. Seguía ahí. Mirarlo le causaba una sensación extraña más cercana a la angustia que al alivio.  Era raro, nadie preguntaba por Fernando.

Luisa no quiso decir nada hasta hablar con él. Cuando el profesor cerraba la puerta Fernando entró, sin mirar a nadie se sentó, recibió su examen y lo entregó casi inmediatamente. No sorprendía, pues era muy buen estudiante, aunque siempre había sido ella quien salía primero.

Luisa salió detrás de él pero ya no lo encontró. El piso pareció desaparecer bajo sus pies obligándola a dejarse caer en los escalones, los mismos que hasta no hace mucho eran el sitio de encuentro de los dos, después de un examen o antes de una clase.  Miguel que salía en ese momento corrió hacia ella para sostenerla. Las lágrimas se desataron como un aguacero sobre su rostro.

—Todo terminó Miguel, todo —sentenció.

—Tranquila, debe haber alguna explicación. Yo conozco a Fernando y sé lo importante que eres para él.

—Su actitud demuestra que no lo era tanto. No hay nada para hablar ni nada porque insistir.

Luisa decidió enfocarse en su carrera, era la única manera de sobrevivir al dolor que sentía. Como la firma en la que trabajaba era grande, le ofrecieron la oportunidad de especializarse en derecho empresarial y aceptó. Eso implicaba dos años más de estudios, tiempo en el cual debía desarrollar su tesis. Le daba tristeza no volver a ver a su grupo, pero por el momento era lo mejor para ella. Había planificado su vida en función de su relación con Fernando. Ahora estaba sola y debía replantearse todo de nuevo.

Una tarde  recibió la llamada de Miguel. Fernando se casaba.

No podía creerlo, él siempre le había dicho que no creía en el matrimonio.
Luisa se llenó de rabia, se sentía utilizada, engañada, estafada. Se odiaba, lo despreciaba con la misma intensidad que lo amaba.

Tenía que encontrar a Fernando y confrontarlo. Si bien él era bastante voluntarioso no dejaba de ser un adulto, lo menos que esperaba es que actuara como tal.

Manejó hasta su casa llena de valor, convencida de que al verla acabaría con el cuento del compromiso. Incluso llegó a pensar que todo era parte de una estrategia para que ella lo buscara. Pero no fue así. Aparentemente él y su prometida, una jovencita muy bella, acababan de llegar y desde su auto observó a quienes en algún momento pensó serían sus futuros suegros, saliendo a recibirlos. Él la abrazaba, besaba sus mejillas, olía su cabello. Los mismos gestos que había tenido con ella. Casi podía escuchar las palabras que le susurraba al oído.

El dolor y el odio se apropiaban de su cuerpo. Estaba deshecha.

Pese a que ellos habían entrado a la casa y ya no podía verlos se quedó ahí varias horas.

Regresó a su departamento, lo veía enorme, terriblemente vacío. Se recostó en la cama. Nunca se sintió tan sola y desvalida. Se había alejado de sus amigos para olvidarlo. Su familia estaba muy lejos como para recurrir a ellos. Permaneció inmóvil, la mente en blanco. Antes de que amaneciera, y el dolor anulara sus sentidos, decidió escribirle un mensaje a Miguel.   

Al día siguiente la encontraron en su cama sin vida.

La canción olvidada

María Elena Rodríguez


En medio del invierno venía a saber
que en mí había un verano invencible
Albert Camus – Retorno a Tipasa.
                                            

Isabela duerme en los brazos de su madre, ella le canta una canción de cuna, sus dos hermanos juguetean con las borlas de los escarpines que lleva puestos; sentados junto a la chimenea, todos se funden dentro de un inexplicable silencio, fuera de este mundo, a salvo de todo …a dormir mi niña, descansa pajarito que cantas junto a la fuente, ya te abrigan las rosas del eterno paraíso… a dormir mi niña…

Serán las últimas vacaciones que Isabela trabaje en la notaría, cuyo representante es  el doctor Anselmo Gavilánez, su tío paterno; abogado de gran reconocimiento en esa anodina ciudad, ¿quién no le debe más de un favor al doctor Gavilánez? El notario maneja el tejido de una red de influencias bien pulida, gracias a los exorbitantes aportes económicos no tarifados formalmente a sus clientes, lo que le permite agilitar trámites o demorarlos, pasar por alto procedimientos y llevar una vida fastuosa, aunque solitaria; ese es su reino. Isabela va a estudiar leyes, apenas se gradúe del colegio ese año, irá a la capital, la capital… un bocado que pronto degustará.

—Lo mío es la verdadera justicia, en la notaría aprendo, pero jamás me quedaría en ese oscuro lugar lleno de polvo y papeles viejos —decía con desdén.

Al terminar el ciclo de clases, inmediatamente Isabela iba a la oficina de Anselmo, tenía reservado un espacio especial para ella, con escritorio y archivador; tener sentido de la responsabilidad le daba un aire de suficiencia. Al charlar con sus amigos, en fiestas o encuentros casuales, ostentaba un rebuscado lenguaje jurídico que generalmente los dejaba callados, disfrutaba de una tácita  autoridad moral con matiz provinciano.

—Es la sobrinita del notario Gavilánez, esa chica llegará muy lejos.

—A él es mejor tenerle de amigo, nunca se sabe, de cualquier lío te puede salvar.

Así  opinaba la gente, cuando la miraban pasar por las desordenadas calles de la pequeña urbe, cargando folios y carpetas de proceso judiciales,  otros preferían callar, sin dejar de evocar amargos recuerdos, y una velada venganza reprimida en contra de ese personaje.

Isabela no quería tener una vida convencional, sentía a veces que su existencia mucho se  asemejaba a una especie de predestinación en la familia; cuando se trataba de ella,  definitivamente el futuro le hablaba de gloria. Llegó el tiempo de ir en aras de conquistar la gran ciudad. Ingresó a la Facultad de derecho, donde logró también una holgada acomodación en la residencia universitaria, saltando algunos procedimientos, gracias al apoyo de las antiguas amistades de Anselmo cuando estudiaba ahí.

—Amo la justicia y quiero defenderla siempre —decía Isabela con frecuencia a sus profesores y  compañeros  en medio de diálogos informales .

La noción de esa palabra era algo etéreo en su entendimiento. Tuvo buenas notas, y poco a poco fue aceptando para sí, nuevas formas de convivencia social, a las que no estaba acostumbrada. En su salón de clases, mantenía distancia y prejuicio con esas compañeras que lucían  muy arregladas y vestidas a la moda, le parecían  tontas, de ahí su antipatía con la profesora de Derecho Romano,  mujer guapa, elegante y profesional respetada; en más de una ocasión quiso hacer gala de su léxico jurídico frente a ella, pero no le fue nada bien.

—Son necesarias las pautas, ¿entiende?,  no es cuestión de amar  o no la justicia, eso es un criterio que ni siquiera lo llamaría romántico, señorita Gavilánez.

Los viajes de fin de semana a su casa  fueron cada vez más espaciados debido a la carga académica en la universidad, de todas formas, con puntualidad, le llegaba dinero para sus gastos personales, enviado por su padre. Congenió con un grupo de amigos, entre ellos nació la idea de crear  una ONG y trabajar en los barrios pobres; de esta forma, Isabela creía que empezaban a  proyectarse  sus  inclinaciones profesionales.

—La justicia empieza ayudando a los más pobres —era la  idea  que más repetía.

Al segundo año de estudios, junto a Julieta y Sofía,  sus dos compañeras más allegadas, deciden salir de la enorme residencia universitaria para ir a vivir en un departamento colaborando juntas en el pago del alquiler; lograron compactarse gracias a un código de ética ideado por ellas, escrito con marcadores de diferentes colores y luego pegado en la refrigeradora; fue un pacto cerrado entre risas y leves mareos mientras compartían una pizza y unas copas de vino. La convivencia  en la pequeña vivienda se da sin contratiempos; cumplidos los ocho meses, Sofía decide marcharse debido a que sus padres, por cuestiones laborales, emigrarán a otro país, ella resolvió acompañarlos,  con mucha corrección pagó su parte del arrendamiento. Julieta también venía de una ciudad pequeña, su padre tuvo un contacto profesional, y le ayudó a conseguir  trabajo en un bufete de abogados como pasante, era una firma importante dentro del ámbito empresarial, esa opción ocupacional hizo que ella disminuya su tiempo para la planificación de proyectos en la ONG, por lo tanto, las reuniones para tales fines, se volvieron menos frecuentes.  De todas formas, Isabela continuaba entusiasmada con esa posibilidad laboral, junto a otros compañeros de curso. En  ese tiempo, estaban en la fase de crear planes en busca de recursos, pero pretender el establecimiento de normas de organización en un barrio marginal no era tan sencillo como creían, es más, cuando se vieron en la necesidad de pactar con líderes locales a cambio de informes favorables, para conseguir aportes económicos, notaron como eran las dificultades de lo que se denomina “el mundo real”. Luego de unos días, Isabela recibe una llamada al teléfono celular, era Reynaldo:

—Papá está enfermo Isabela, estamos haciendo muchos gastos para sus tratamientos de salud, es mejor que empieces a buscar un trabajo a medio tiempo.

Era hora de generar ingresos propios, así que no cuestionó el tema. En uno de sus retornos a casa recibe la noticia de que Felicidad se casará con Joaquín Fernández, el novio de toda la vida. Isabela fue un poco  sarcástica frente a los preparativos  de la ceremonia eclesiástica, discutió con su madre cuando  le dijo que por ser la hermana de la novia, debía acompañarla como  dama de honor. Para ella, Felicidad era, a su criterio, un ser demasiado convencional. En efecto, el guion de su vida parecía impecable: señorita de su casa, trabajo seguro, promesa de un matrimonio perfecto, siempre acompañada de su amiga Lola, no había nada que cuestionar.

Dios me libre ser como ella, no es capaz de tomar ningún riesgo en la vida…

—Si no soy yo, tranquilamente puede ser Lola, además es su mejor amiga —dijo con aplomo; se rio ante la posibilidad de ponerse  traje largo con volantes de tul.

Reynaldo, el hermano mayor de Isabela, está también  por casarse con Mariana, ella es una amiga de la infancia, pero  ese era un evento que estaba pendiente de concretarse, pues él quería afianzar su situación económica. También se enteró de que como su padre estaba enfermo, habían concluido la negociación  de  la finca, ya no tenía fuerzas para el trabajo en el campo; ahora la idea era establecer un negocio de productos agrícolas en la ciudad, era una buena alternativa, tomando en cuenta  de que la novia de Reynaldo tenía contactos y relaciones en esa materia, ya que es  la actividad a la que se dedican sus padres. Isabela tampoco dio mucha importancia al asunto. Durante las estadías en casa, fueron pocas las ocasiones que se encontró con Anselmo, y las veces que lo vio, marcó una singular distancia, no le interesaban diálogos y líos de notarías, ella quería concentrarse en lo estrictamente académico, y así le hizo saber por varias oportunidades,  mientras él solo callaba y sonreía.

Un día, almorzando en el comedor  de la universidad, recibe un recado por teléfono móvil: la boda de Felicidad  se suspendió, se lo contaba su madre, es más, luego supo que el rumor existente es que su hermana había sido repudiada por Joaquín y su familia. Por su parte, ella  y Julieta  estaban algo tensas debido a que aún no encontraban el inquilino idóneo para que comparta el departamento, y por lo tanto, los gastos,  sin embargo, Isabela fue enseguida a su casa. Sus padres lucían moralmente acabados; cuando habló con Reynaldo, aprovechó primero para hablarle del tema del dinero y las mensualidades, él le insistió  en que trabaje, y que era una falta de respeto hablar del tema dadas las circunstancias. Isabela logró acercarse a Felicidad.

—La vida no se acaba. Tú te mereces algo mejor —le dijo.

—Seguramente es así, pero ¿sabes?, por favor, no me lances un discurso y esa palabrería universitaria —le contestó con frialdad, fue muy ruda.

Isabela, por su cuenta,  decide ir donde  Joaquín,  intenta una frenética entrada a su casa, tenía un discurso contra él bien preparado. La puerta no tenía candado y entró, en una ventada del segundo piso  alguien espiaba, luego, desde el patio trasero salieron dos enormes perros que  le atacaron, pudo defenderse de la furia de los canes, alcanzó a salir, le rompieron el pantalón y le rasgaron una pierna.

—¡Sucia apestosa!, ¡lárgate, esta es una casa de gente honrada y decente! —le gritaron.

Se curó sola la herida, no comentó con nadie lo sucedido, tenía un enorme sobrecogimiento por su hermana,  no terminaba de digerir en su mente cada suceso, le embargaba  una presión en el corazón, se sentía alejada y distante frente a su  familia. Isabela, sin mayor reflexión decidió visitar a su tío, le  pidió que le ayude a gestionar un trabajo a medio tiempo en alguna notaría de la capital, así fue. Pasados unos días, Isabela y Julieta establecieron una salvedad al acuerdo ético de convivencia; dadas las circunstancias y luego de un diálogo ameno con Octavio, compañero de trabajo en la notaría,  le alquilaron el dormitorio que estaba desocupado,  tuvieron que hacer otro documento para que ponga él  su firma, este fue escrito con bolígrafo color azul, y de igual forma, lo pegaron en la refrigeradora que lucía ahora  llena de magnetos, no hubo tiempo para una pizza ni vino de festejo. Los proyectos de la ONG quedaron truncos. Los contactos con su casa eran esporádicos vía telefónica. Tenía la sensación de que las voces de sus padres se apagaban, Reynaldo era un extraño y Felicidad  inexistente. Siempre quiso hablar con Lola, ella nunca respondió sus llamadas, pero se sentía tranquila, sabía que era un gran apoyo  emocional para su hermana.

Octavio era encantador. Un día viernes, luego de una fiesta entre compañeros de la notaría, Isabela y él amanecieron juntos, ella estaba  feliz y entusiasmada; pensó que lo sucedido  fue el epílogo de largas conversaciones y salidas a almorzar, momentos en los que se sentía muy especial, hasta empezó a imaginarse que era su esposo. Por común acuerdo decidieron mantener oculto el romance, tanto en la notaría como frente a Julieta; era evidente que las normas de convivencia iban a ser vulneradas. La carga laboral de Isabela se tornó más fuerte, le favorecía la experiencia adquirida antes, cuando trabajaba con su tío; sus notas académicas ya no eran excelentes como al principio, el ritmo de actividades se tornó intenso. Alguna vez que llegó más temprano  al departamento, encontró a Julieta discutiendo con Octavio.

Tal vez Julieta se enteró de todo.

Luego ella, algo turbada y nerviosa, le comentó que peleaban porque los gastos de teléfono eran muy altos a causa de él, Isabela se quedó callada, era extraño, los tres generalmente hablaban solo por celular. Después de unas semanas se entera por su madre que  Reynaldo va a casarse, que no habrá fiesta porque se compró una casa, él no le comunica nada. No le dio importancia, más bien sintió un poco de nostalgia de su época de niños, cuando vivían en el campo, también pensó en  que no volvió más a la finca,  no hubo tiempo de despedirse de nada, de ese dulce espacio inmensamente verde  y florido que marcó su infancia junto a sus hermanos. Luego de unos meses, de  la oficina de  recaudación de la universidad le notifican que tiene algunos pagos pendientes.

—Aló, Reynaldo, estoy teniendo problemas en…

—¡Toma el primer bus que puedas, y ven urgente, nuestro padre está muy grave!

Recriminándole le hizo saber que era una situación que se veía venir, sobre todo después de lo sucedido con Felicidad. A Isabela le parecía absurdo una afectación así por una boda disuelta, pero no se lo dijo; pidió prórroga en la facultad y en la notaría permiso por unos días. Llamó a los  celulares de Julieta y Octavio, como los tenían apagados, dejó a cada uno un mensaje contándoles su situación, esperaba que él particularmente se reúna con ella en su casa, vio la posibilidad de presentarlo a la familia como su novio. Llegó a ver a su padre demasiado tarde, tuvo un infarto y en la clínica no pudieron  salvarlo. Todos los trámites post mortem  corrieron a cargo de Anselmo; el difunto era  su hermano mayor, su querido hermano Miguel, hombre que dedicó su vida al campo; las cuentas las arreglaría luego con Reynaldo.  Isabela, en medio de su dolor, reparó en el hecho de que  Felicidad se volvió extraña  y distante con ella, en el velorio no se despegó de Lola, hasta que su hermano las sacó a las dos del brazo, vio que discutieron ellas con él a la salida de la funeraria, Isabela no entendió nada y no se esforzó por hacerlo, su deseo en ese momento,  era acompañar y consolar a su madre.

—Todo se acabó Isabela, todo se acabó —le decía afligida doña Clarisa.

Durante los días que pasó en su casa no recibió un solo mensaje de Julieta ni de Octavio, estaba resentida con los dos. Regresó un domingo casi a medio día, la casera  le dio el pésame, y le dijo que esperaba ponerse de acuerdo con ella respecto al alquiler.

—¿De qué me está hablando?,  no entiendo —preguntó Isabela.

Le entregó una carta de Julieta donde le  decía que se regresaba a su casa, nada más. Luego, volvió a llamar Octavio, su línea había sido suspendida; ella estaba muy deprimida, se acostó temprano,  el lunes  tenía que volver al trabajo y en la tarde a la universidad, no  tenía ánimo para nada.

—Isabela querida como estás,  lo siento mucho —le dijo una compañera  de trabajo, le puso al tanto de todo lo ocurrido durante su ausencia, y de la última novedad en la notaría.

—¿Sabes?, de un momento a otro Octavio presentó la renuncia, las malas lenguas dicen que ha embarazado a una chica y se ha ido a casar.

Isabela quedó perpleja, se sintió indispuesta, pidió permiso para salir, regresó al departamento,  ahí se encontró con la casera otra vez.

—Pero fíjese Isabela, perdóneme, me va a disculpar, son un par de sinvergüenzas, seguro que estuvieron durmiendo juntos todo este tiempo, como si fueran marido y mujer. ¿Usted notó algo?... vino el papá de Julieta cuando se enteró,  le amenazó, así que tuvo que irse con ella, ya se deben haber casado.

Isabela se retiró sin decir una sola palabra, subió al  baño, empezó a vomitar y a llorar.  Cuando fue a la universidad supo que reprobó dos materias, su romance  impetuoso también le quitó  tiempo. En menos de quince días la vida cambia de rumbo. Por un momento se olvidó de Octavio, a Julieta la consideraba una traidora; además sabía y sentía… ella también estaba embarazada. A partir de eso, los acontecimientos fueron una vorágine de hechos que mucho se parecían a un sueño del que ella levemente tenía algo de conciencia. Fue a la facultad, pidió las calificaciones de fin de semestre.

—Tiene que igualarse en todos los pagos para que los profesores le registren las notas.

Al salir de la secretaría universitaria vio un letrero con una noticia de prensa,  su antipática profesora de Derecho Romano era postulada por la comisión jurídica provincial para integrar las nuevas cortes de justicia de la ciudad,  ella siguió de largo, hubo rabia y frustración. Fue a hablar con su jefe en la notaría, presentó la renuncia, alegó problemas familiares, entregaría vía mail el informe de labores, pidió que el finiquito salarial lo depositen en su cuenta de ahorros. A la casera le habló de problemas familiares también, solo tenía sus libros y la ropa, el departamento alquilaron amoblado,  ella empacaría  y mandaría a buscar las cosas, le dijo que el dinero de la garantía podía ser suyo, sus otros ocupantes no habían pagado absolutamente nada. Luego arrancó de la refrigeradora el acuerdo ético firmado por ella, Octavio y Julieta, lo rompió para tirarlo en el basurero. Cuando regresó a su casa,  encontró a su madre sentada frente a la ventana, pasaba la mayor parte del tiempo atendida por Nina, la ayudante que trabajaba desde siempre para su familia. Doña Clarisa lucía tierna,  en silencio Isabela se  acercó y la miró con ternura.

—Estoy embarazada mamita, voy a tener un hijo —tenía la voz entrecortada.

—¿Y el padre? —le preguntó Clarisa.

—No hay padre y no lo necesita, podré sola —le dijo con determinación, mientras una lágrima resbaló por su mejilla.

Clarisa calló, Isabela se puso a reflexionar sobre su madre, la miró cumpliendo cabalmente una vida proyectada en función de los dictámenes de su predestinada existencia junto a su esposo;  y a ahora ella se encontraba así, ¿en qué momento se le ocurrió  que Octavio podría ser su marido?, ¡absurdo! Ese mismo día fue  a hablar  con Reynaldo; Mariana,  su cuñada, le recibió con cariño, él fue cruel.

—Tú y Felicidad definitivamente son un par de desvergonzadas. Ya veré como arreglo el tema del dinero, estamos resolviendo algunas cosas de la herencia y  deudas.

Ella no discutió, no tenía ánimo, ese era su hermano, ejerciendo las funciones de “hombre de la casa”, extensión de la autoridad paterna. Él dejó los estudios y se dedicó a laborar junto a su padre, recibía un salario por lo que producían las tierras hasta que ahora finalmente, sin enterarse ella, lo encontraba administrando todo. Isabela se quedó en su casa sin trabajar, con lo que le daba su hermano llevó su embarazo. Felicidad cada vez más distante,  salía de mañana y llegaba muy en la noche.  Con Anselmo no tomó contacto, sin embargo,  él le mandó a decir con un mensajero que podía ayudarle con el juicio de alimentos contra el padre del niño, ella no aceptó.

—Pobre doña Clarisa, con todo lo que le ha pasado no va a aguantar mucho, ¡qué pena las hijas!, el Reynaldito es el que da la cara por la familia —decía la gente.

Isabela no disfrutó su  estado, no lo compartió con nadie, ni con ella misma. Hubo unos días de vacaciones que Felicidad se tomó para ir a la playa,  en cambio ella aún no conocía el mar, esperaba que le invite, pero no lo hizo, se fue con su amiga Lola, ella también la ignoraba. Nunca supo nada  de Octavio. La página de  Facebook de Isabela,  que antes estaba dedicada a publicar sus opiniones sobre la política y la injusticia social, ahora era el método para escrudiñar en la vida de él y Julieta; logró encontrar a cada uno de ellos con perfiles diferentes, estaban casados. Llegó su tiempo de alumbramiento también.

—Lucila de los Ángeles —fue el nombre que se le ocurrió apenas le pidieron sus datos.

Clarisa estaba feliz con su nieta, disfrutó intensamente de sus gracias durante los tres primeros meses; una tarde, fue sola a su habitación para dormir la siesta y no despertó más.  Se dieron las pompas fúnebres que determinaron mayor distancia entre hermanos. Nina quedó a cargo de la niña. Isabela habló con su tío,  él le consiguió un trabajo en una secretaría de gobierno, no era necesario tener título universitario, en algún momento retomaría los  estudios.

Un día Isabela debe volver temprano a casa, olvidó unos papeles. Seguramente Nina llevó a Lucila de paseo, no había nadie, pero al entrar percibió un fuerte olor a incienso, oyó música que venía desde el dormitorio de sus difuntos padres, al abrir la puerta encontró a Felicidad y Lola que  cantaban,  solamente cubiertas por las sábanas, juntas, sobre  esa cama, que para ella era un espacio sagrado.

­—¡Miserables, asquerosas, fuera de aquí, basuras del demonio! —gritó indignada.

Rompió todas las cosas y les golpeó, a Lola le escupió en la cara. Felicidad se fue de esa casa; en la insípida ciudad de provincia ya se hablaba mucho de “esas extrañas mujeres”.

 Es injusto todo lo que me pasa…

Isabela lloró con desesperación. No contó a nadie lo sucedido, ahora entendía porqué alguna vez Reynaldo le dijo que eran unas desvergonzadas, se daba cuenta de todo el misterio que invadió la atmósfera familiar después de que se suspendió la boda con Joaquín. Luego de unas semanas fue a hablar con su tío, finalmente quería saber el estado de sus finanzas, de su herencia, de todo lo que había hecho su hermano.

—Tranquila, con tu hermano estamos haciendo los arreglos, ya sabes como es él, para poner las cosas a su nombre me dijo que habían ustedes acordado… bueno, tu sabes, él es un poco impulsivo, además su suegro tiene mucho poder político, va a ser gobernador, cuando mejore el negocio tendrá que darles algo, Felicidad estuvo de acuerdo, tú sabes, por su situación...  y de la casa… firmó una  cesión de propiedad tu madre, estaba tan viejita… ¡pero te tengo una sorpresa!, deja ese trabajo, se va a abrir una nueva notaría, no tienes título pero puedes ejercer de alterna, sabes lo que es eso, mucha influencia, todas las puertas se te abren, ¿te olvidaste de eso? Yo entregaré tus papeles, el lunes es la posesión de cargos de los nuevos funcionarios, ¡no puedes pasar por alto esta oportunidad!

Isabela permanecía silenciosa desde hace tiempo, vivía sumida en la incredulidad al ver la historia de su vida.  Llegó el día lunes, salió temprano,  hizo todo  lo que le mandó su tío Anselmo,  antes de marcharse, ve  en la sala  a Nina  que hace dormir a Lucila tarareando una canción de cuna,  sentada en la sala junto a la chimenea. Cuando atraviesa el umbral de la puerta, con la mirada fija, siente una suave brisa, como si llegara del desconocido y anhelado mar,  observa que  pasan delante de ella Felicidad y Lola tomadas de la mano, no voltean a verla, sigue atrás Reynaldo con los bolsillos repletos de billetes,  pero inmediatamente se transforma  y lo mira después bañando a su padre cuando estaba enfermo,  pretenden morderle los perros que le atacaron un día en la casa de Joaquín, luego se esfuman, sigue mirando, están sus padres, caminan separados, luego se toman de las manos y le sonríen,  ve sus vacas, los caballos, su finca, aparecen  Octavio, Sofía, Julieta,  y luego se desvanecen, está su tío en un burdel, inmediatamente aparece regalando dinero a gente pobre, se mira a ella misma  otra vez en una notaría,  escuchando discusiones, reclamos, murmullos de gente, todo y todos… Isabela se detiene, observa  esa historia que ya no le puede alcanzar y vuelve a entrar a su casa.  Una bruma espesa cubre el pasillo, el agobio desaparece, se siente ligera, mira  otra vez en la sala a  Nina con Lucila, le atrae el leve atisbo de un estado inmemorial que no ha olvidado del todo,  es algo  difuso,  es una canción cuya letra olvidó hace mucho tiempo, pero  recuerda  algunas notas de esa  melodía que no la asocia con ninguna persona o lugar, pero esas pocas notas le bastan para recordar lo bellos que  eran esos acordes y todo el  amor  que le inundaba. Se sienta en un rincón, se mira  a sí misma, pero por dentro,  entonces… se reconoce como verdaderamente es… libre e inocente… a dormir mi niña… a dormir mi niña… ya estás en el paraíso…  tu verdadero hogar… a dormir mi niña…