miércoles, 5 de noviembre de 2014

Apatía

Eliana Argote Saavedra


Cae la garúa intensa sobre un barrio de aquellos llamados emergentes de la gris Lima, con calles copadas de esqueletos de cemento.

Un edificio completamente iluminado abre sus puertas dejando ver la cara gentil del portero, el único nexo entre tanta gente dispar que se cruza sin saludarse. Allí, en el piso veintidós, con la sola compañía de su conciencia Silvia está ansiosa, camina de un lado a otro en el comedor de diario, su escondite preferido; un rayo de luz de la calle se refleja sobre la mesa de vidrio donde reposa el cenicero repleto de colillas, marcas de líquido secas forman un camino delgado que se pierde bajo una botella de vino cuya mitad ha sido consumida, el corcho aun en el descorchador descansa al lado. Una mosca ha comenzado a rondar por la superficie melosa de la mesa, Silvia percibe el vuelo en círculos del insecto y se dibuja en su rostro un gesto de asco.

Él llegará en cualquier momento, la besará en la frente y encenderá el televisor, dirá algo sin mirarla mientras conecta la cafetera; ella contemplará sus ojos negros distraídos, su cabello rapado y su apariencia de hombre preguntándose sin siquiera ser consciente de ello ¿en qué momento dejó de ser un niño?, querrá abrazarlo como cuando era pequeño pero las ganas se irán desvaneciendo, como su presencia en la vida de Adolfo.

¿Lo habrá descubierto? Se pregunta y enciende un cigarrillo olvidando el que dejó sobre el cenicero; el celular anuncia con un sonido de ópera trágica que tiene tres llamadas perdidas de Adolfo y un mensaje: madre, tenemos que hablar, llego en veinte minutos. Ya se escuchan pasos sobre la escalera y el sonido metálico de las llaves que chocan entre sí. “Es él”, se dice, mientras humedece  un paño e intenta limpiar con prisa la superficie de la mesa. Corre a abrir las ventanas para disipar el fuerte olor a nicotina, pero ya es tarde; la llave se introduce en la cerradura y aparece Adolfo con sus dieciocho años  y la expresión infantil que no puede ocultar cuando la ve por primera vez en el día, pero enseguida recobra la postura, se yergue y se construye un puente entre ellos, uno que hace tiempo no cruzan.

Luego de su rutina, él aparta una silla, se sienta y la invita a hacerlo también, sabes que tenemos que hablar, dice y coge un cigarrillo de la cajetilla que está sobre la mesa. Tú no fumas, observa Silvia, odias ese maldito vicio; es cierto, responde él, pero hay cosas que odio aún más.

- Quiero escuchar lo que tienes que decir madre -indica esperando que ella hable.

Apenas una semana antes habían estado juntos en la misa de mes de Estela, la mujer con la que ella creció y a la que Adolfo adoraba y llamaba abuela; al igual que en la ceremonia de cremación no hubo una sola lágrima de Silvia aunque nadie pudo sospecharlo porque unos anteojos oscuros le ocultaban la mitad de la cara. Una conversación que oyó por casualidad atrajo su atención; Romina y Luisa, sus primas, conversaban a un lado, ¿has visto a Silvia? preguntó Romina, ¿no te parece sospechoso que no se haya quitado los anteojos?, ¿porqué sospechoso? Refutó Luisa; no sé, es que estoy recordando su actitud el día que mi tío Joaquín falleció, ¿no te acuerdas? Parecía la anfitriona perfecta, yendo de invitado a invitado, ofreciendo conversación y abrazos, al menos esta vez no la hemos visto sonreír pero… ¿Pero qué?, ¿qué estás pensando?...no lo sé, solo creo que algo ha ocurrido en esta familia o en ella para que se comporte tan indiferente, ellos hicieron las veces de padres con ella, ¿cómo te explicas que prácticamente los abandonara?… pero tengo entendido que ella los mantenía… sí,  pero jamás venía a verlos.

Silvia escuchó cada palabra pero lejos de ofenderse sintió como si una ráfaga de brisa refrescara su rostro descubriendo lo que ella era incapaz de admitir. Era cierto, el día que murió el anciano Joaquín evitó siquiera acercarse al féretro y se ocupó de ayudar a Estela a pasar por ese trance como la mejor asistente, incluso ofreció su hombro para el llanto pero sin mover un solo músculo, (Imagen curiosa la de la anciana abrazándose a un bloque de hielo), la llevó del brazo tras el cortejo hasta que la situación se tornó asfixiante y casi salió huyendo del lugar.

Huyendo, como lo hacía de niña, acurrucándose en el silencio del rincón más oscuro para no escuchar a Estela que ante su negativa de llevar a Joaquín a acostarse, le recordaba a gritos la gratitud que debía tener con él. Silvia lloraba porque no quería que Joaquín con los ojos enrojecidos y tambaleándose le ofreciera su mano para llevarlo a acostarse, sabía lo que sucedería; ese hombre que trabajó sin descanso para pagar los gastos médicos del asma crónica de Silvia; en los momentos de borrachera intentaba cobrarse con caricias insanas todo lo que hizo por ella sin ser su padre, ¿cómo podía Estela no saberlo? ¿Por qué propiciaba esos encuentros obligándola a llevarlo a la cama?
Silvia huía luego a construirse mundos paralelos completamente ajenos a la realidad que le hacían tanto daño.

- ¿Un café Silvi? –preguntó Romina acercándole una taza- ¿Estás bien?

Ella no contestó, solo apartó la mano de su prima y salió al jardín, allí con la mirada perdida en la tierra muerta recordó a Toffy, la mascota de Adolfo, el perro de los ojos juguetones que movía la cola y pegaba el cuerpo pequeño a sus piernas, Toffy y su ladrido persistente inundando la cocina con ese ruido sordo que lograba trasladarla a los límites de la histeria y ese olor desagradable que no desaparecía a pesar del aseo constante; el sentimiento de culpa mezclado con satisfacción que la embargó el día que cerró la puerta tras enviarlo a la azotea, porque no puedo hacerme cargo de tu mascota, había dicho a su hijo aunque lo que quería realmente era alejar al animal porque lo detestaba, porque no le perdonaba que aun siendo un ser insignificante se hubiera convertido en el centro de atención de todos.

Adolfo está frente a Silvia y la juzga con su mirada expectante, y la niña miedosa que a veces asoma en ella quiere contarle que está cansada, que ya todo le da lo mismo, que el corazón se le fue endureciendo con el paso del tiempo y que a veces le pesa demasiado; que tuvo que aprender a ser fuerte y sin darse cuenta se volvió indiferente y que ahora ella misma no sabe quién es.

Quiere pedirle perdón por tantas cosas, por su padre, sí, pero aún mas por toffy, por aquel día en que llegó a casa y no escuchó los ladridos habituales, cuando extrañada subió las escaleras con una sensación de temor por descubrir lo que sospechaba, allí estaba la mascota retorciéndose de dolor por una distemper, sabía que debía correr con el pequeño animal a la veterinaria pero solo se quedó allí, temblando y con unas ganas inmensas de huir, observando la mirada suplicante del animal, … la misma mirada de ella pensó, los mismos ojos suplicantes de la anciana Estela pidiendo una muestra de afecto. 

Silvia no pudo evitar el recuerdo de los días posteriores a la muerte de Joaquín, cuando tuvo que escuchar a Estela endiosar a su esposo, él trabajaba haciendo doble turno para pagar el hospital cada vez que te ponías mal, había dicho y sin embargo lo quisieron acusar de tantas cochinadas que él sería incapaz de hacer, todo era mentira, él era tan bueno; por favor no sigas, musitaba Silvia sintiendo rabia porque ni siquiera en esa ocasión la anciana aceptaba que lo sabía todo y se ponía de su lado.

Aquella verdad salió a la luz varios años antes cuando Silvia se enteró que el hombre había hecho lo mismo con una niña que se quedaba encargada en la casa de los ancianos, su propio hijo se quedaba con ellos mientras ella trabajaba, no se pudo perdonar jamás su silencio pues había expuesto sin querer a su niño, por eso se vio obligada a revelar su propia vivencia; hasta ese acontecimiento ella había sellado esos recuerdos, se auto convenció de que el alcoholismo del hombre mezclado con su frustración y tal vez hechos de su propia infancia lo llevaron a hacer lo que hizo con ella, que ya era viejo y eso era historia pasada, pero ante este descubrimiento se alejó de sus vidas limitándose a enviarles los gastos para su manutención.

Tuvo que escuchar en silencio muchas veces los reproches de Adolfo por su indiferencia con los abuelos, él amaba a ese par de ancianos que se tiraban al suelo para jugar con él, quienes estaban con él todo el tiempo y era evidente que ellos adoraban a ese niño ¿Cómo quitarle al pequeño sus vivencias felices? Destrozar los cimientos sobre los que se había formado sintiéndose amado y protegido, no tenía derecho de colocarlo ante la situación de carencia afectiva en la que ella misma creció.

En el cuarto de hospital Silvia miraba a Estela desde el mismo rincón donde se ocultaba de niña pero con la frialdad de la mujer, como se mira un objeto que está al borde de una superficie, con la certeza de que va a caer.

Adolfo continúa frente a ella observándola, preguntándose qué tristezas perturban el alma de su madre al punto de orillarla a jugar un juego tan peligroso como el de la venganza.

- Te escucho madre, ¿qué tienes que decir en tu defensa?

A medida que habla el muchacho, su rostro se trasforma, ella conoce bien cada uno de sus gestos, sabe que estaba apelando a la máscara que utilizó para alejarse de ella y sentirse independiente, para diferenciarse de ella; aquella con la que siempre logra dañarla, va a enfrentarla, intentará lo que sea necesario para descubrir la verdad, pero esta vez ella no va a quebrarse, no va a salir huyendo, ya nadie puede hacerle daño.

- No tengo nada que decir.

- ¿Dónde está mi padre? –pregunta Adolfo- sé que lo sabes madre, un policía estuvo interrogándome, sabe que fuiste la última persona que habló con él, han intervenido tus correos, tu teléfono, han rastreado tus contactos, fuiste tú quien contrató un detective para que lo siga y ya lleva tres días desaparecido, es solo cuestión de tiempo  que vengan a buscarte. Sé que no eres feliz con él pero podrías haberte marchado, tienes que decir donde está madre, esto no es un juego.

- ¿Crees que yo he secuestrado a tu padre?

- Estás llena de odio madre, él está enfermo, necesita cuidado, por favor ¡Reacciona! Si le pasa algo tú vas a ser la única responsable.

En ese instante la luz azul de la torreta de un patrullero se refleja en la cortina, la calle antes solitaria se ha llenado de gente, un patrullero aguarda mientras dos policías luego de tocar  insistentemente el timbre descompuesto han violentado la reja y suben las escaleras.

- Madre por favor habla –insiste Adolfo pero Silvia parece no escuchar a su hijo ni darse por enterada de los golpes en la puerta, coge la cajetilla y enciende el último cigarrillo, acerca la botella a su boca y bebe un sorbo largo.

Los policías ingresan haciendo saltar la chapa de la puerta que se abre de par en par, ¿señora Silvia Robles?, pregunta uno de ellos llevando consigo un par de esposas, ella extiende las manos sin oponer resistencia y es conducida a la comisaría ante la mirada de frustración de su hijo.

Tres días después aparece el cuerpo del empresario Jorge Robles en un barranco, dicen en los noticieros que perdió el control de su auto por la persistente lluvia de la madrugada, que a unos metros de él encontraron el cuerpo de una muchacha de unos veinticinco años.

Cuatro días después el programa dominical más visto comienza anunciando novedades sobre la muerte del empresario Jorge Robles en el preciso instante en que un guardia se acerca a la celda donde ha permanecido Silvia, mañana sale libre señora, dice, todo se ha aclarado, pero ella parece no escucharlo, recostada sobre el catre observa a una araña que teje sin descanso, como su mente, repasa su propia telaraña; se ve a sí misma encontrándose con el detective, recibiendo de manos del hombre un sobre con fotografías: Jorge saliendo de un hotel de cuatro estrellas de la mano de su asistente Jéssica, la muchacha que una vez almorzó en su casa y dijo ver a Jorge como al padre que no tuvo, Jorge hablando con la recepcionista del hotel con una caja de rosas y un peluche en una mano, Jéssica recostada en la cama con su cara de niña abrazada al peluche que acaba de recibir y el cuerpo perfecto y sensual asomando bajo los encajes de sus diminutas prendas …gracias, dijo al detective sin reflejar un sentimiento en el rostro, es usted muy eficiente ¿Confirmó lo del viaje de este fin de semana?, si señora, ambos han hecho reservaciones en el mismo hotel; esa noche al despedirse Jorge estuvo muy cariñoso, le prometió que al regresar planearían unas vacaciones, se acercó e intentó seducirla pero ella lo rechazó fingiendo un dolor de cabeza; luego que se marchó ella sacó el auto y se dirigió a la carretera, esperó pacientemente que el auto de Jorge estuviera cerca,“el GPS es un instrumento muy útil en estos casos”, al divisar el auto pisó el acelerador y se metió en la autopista que lucía solitaria, encendió todas las luces de una vez y Jorge tuvo que girar para no chocar pero al hacerlo perdió el control del vehículo desbarrancándose. Ella alcanzó a escuchar los gritos de ambos al caer al precipicio, su venganza había sido consumada, por primera vez transitó por el camino llano de la decepción y se alejó sin dejar una sola huella en su alma; se sintió resarcida pues nada pudo detenerla; no estaba presente esta vez aquella fuerza poderosa e invisible ligada a la gratitud que paralizaba su mano y que lo haría para siempre, no importaba el costo, ya no le quedaba nada, igual Joaquín la condenaría por la muerte de su padre y se alejaría como ya había comenzado a hacerlo.

Habían pasado dos días desde que Silvia fuera trasladada a la cárcel por disposición del juez sin recibir visita alguna, la mañana en que fue liberada el guardia le pidió que esperara; su hijo llamó diciendo que vendría para llevarla a casa, dijo, pero al cabo de una hora no aparecía; Silvia salió a la calle y abordó un taxi en el preciso instante en que su hijo con el rostro demacrado y signos de haber llorado sin entender cómo su madre pudo ser tan indiferente ante la agonía de la persona que más amaba en su vida, cerraba la puerta del departamento que compartía con ella para no regresar jamás.

Quince minutos antes la enfermera que cuidaba a su abuela en el hospital le narró detalladamente la actitud de indiferencia y frialdad con que su madre había presenciado la muerte de su abuela Estela. Sobre la mesa de centro quedó el ramo de rosas y en la pared un cartel con la palabra “Bienvenida” con que Adolfo pretendía recibir a Silvia luego de ser declarada inocente en la muerte de su padre.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Berisso

Mario César Ríos Barrientos


El frío invierno limeño empañaba los vidrios del restaurante Berisso y enfriaba los cafés que sorbían Ruth y Pedro de tanto en tanto. Estaba allí otra vez luego de tantos años, en aquel lugar de encuentros intelectuales y conversaciones sobre cualquier cosa: el amor, el desamor, los principios, las ambiciones, el “sistema”, el “cambio de sistema”. Sentada frente a su viejo profesor universitario, le contaba sus penurias en la empresa minera de la que había sido despedida.

-Nadie está preparado para la traición, Ruth –le decía el profesor Pedro Tresierra  a Ruth Buendía dejando la taza de café luego de tomarse el último sorbo. La joven mujer mostró un rictus de desolación en su rostro y tomó la mano del maduro profesor conmoviéndolo.

La abogada Buendía era en la universidad una chica tímida e idealista que solía vestir jeans raídos por el desgaste y blusitas sencillas que conseguía de oferta en las ferias de los artesanos en Miraflores con quienes con frecuencia solía pasar horas antes de ir a su habitación de soltera de Barranco. Ella provenía de Piura de una familia de padres separados. Cuando conoció a Tresierra en el curso de derecho procesal todo cambió, se sintió atraída por la inteligencia y seguridad que proyectaba el experimentado de Pedro.

El sexagenario profesor Tresierra tenía fama de andar siempre rodeado por alumnas bellas con las que organizaba interminables tertulias en el restaurante Berisso, su punto de encuentro desde hace treinta años. A Pedro, le impresionaba la rara combinación de belleza exótica e inteligencia natural de Ruth Buendía, su conexión con ella fue instantánea desde la primera clase. De allí en más, la reclutó a su selecto círculo de debates con punto de reunión en el restaurante y establecieron un sólido vínculo que le hizo al hombre trazar un plan de vida para la muchacha: profesora universitaria, becas de posgrado en el extranjero, ingreso al servicio diplomático, mil planes. Él creía que no había límites para ella por eso se decepcionó tanto cuando Ruth le comunicó hace cuatro años que su nuevo novio le propuso trabajar para una empresa minera.

-Me echaron doctor Tresierra, me usaron y luego me echaron como cualquier objeto inservible –decía con la voz temblorosa Ruth.

-¿Y qué sucedió con este Fernando Nuggent de quién me hablaste? –preguntó Pedro recordando al gerente general que llevo a Ruth a aquel empleo.

-Me traicionó ese mal hombre a quien di todo –musitó la mujer recordando las circunstancias alrededor de su despido.

Fernando Nuggent, es un abogado amante de la pompa quien presume de pertenecer a los mejores clubes de Lima y de su relación con empresarios y políticos importantes. Nunca fue un estudiante aplicado. En la escuela y la universidad privada donde estudió sus calificaciones las obtuvo adulando, o cuando fuera necesario, con obsequios a los profesores o directamente a las autoridades. Lo suyo siempre fueron las relaciones sociales que sustituían con eficacia cualquier  otra deficiencia. Él pensaba que podía obtener lo que fuera a cualquier costo y llegó precedido de esa fama a la empresa. Impresionó a los ejecutivos  con sus redes de contactos, y a su turno, a la idealista Ruth a quien propuso irse a trabajar con él a la minera. Y es que cuando conoció a la piurana sintió fascinación y envidia por la preparación profesional y juventud de agraciada morena de cabello rizado.

En el Berisso, el mozo aguardaba a la mesa de Pedro y Ruth por indicaciones. A dos mesas, un grupo de jóvenes amigos probaban unas tapas de jamón, queso y cabanossi acompañados de una res de mosto verde. Uno de ellos les hizo observar al resto del grupo el modo en que Pedro tomaba la mano y miraba a Ruth:

-Ese tío quiere con la chiquilla y está funcionado –dijo provocando la risa en el grupo. Un grupo de señoras en otra mesa sintió incomodidad por el bullicio del grupo. Otro grupo de jóvenes universitarios bebían cafés y comían sándwiches fríos. El Berisso a las seis de la tarde lucía abarrotada de gente y sus exhibidores mostraban bocaditos dulces y salados que se terminarían en pocas horas.

-¡Que dices Ruth! ¿Tú sabías que era casado y tenía familia pero te metiste con ese hombre? ¿En que estabas pensando? –dijo el profesor encolerizado soltando la mano de la chica ante la primera revelación de la chica. Ella le había terminado de contar cómo conoció al rubio cincuentón por una amiga común y luego en el trabajo ambos se apoyaron. Él a ella en su meteórico ascenso hacia la gerencia legal de la empresa y ella a él cuando la buscaba como refugio de su matrimonio malavenido.

-Él me aseguró que era solo cuestión de meses para formalizar el divorcio –detalló la mujer resignada. Otro de los amigos de la mesa del extremo llamó la atención del grupo con una mirada cómplice diciendo: “Parece que no funcionará”. El grupo de señoras  en otra mesa observó a Ruth y Pedro y rumoreo en voz bajita: “Uuyy, parece que tenemos lío”

-¿Cuestión de meses? Ya han pasado cuatro años, ¿Eres idiota? Bueno, eso no importa ahora, este es el menor de tus problemas. Ese delincuente está a punto de arruinar tu carrera –resondró Tresierra recordándole que le había advertido acerca del peligro de la gente que hace promesas fáciles y tiene carreras fulgurantes. Tresierra le pidió entonces documentación que incriminara a Nuggent y su alumna le alcanzó información no solo contra el abogado, sino contra directivos de la minera y contra una decena de funcionarios públicos del más alto nivel: reportes de transferencias ilegales, grabaciones, copias de contratos perjudiciales para el Estado, libros de contabilidad paralela.

-¿No perdiste el tiempo con esto, no es cierto? – dijo sorprendido Tresierra por la abundancia de pruebas que había extraído Ruth de su maletín y luego haciendo un gesto con la mano le pidió a su alumna le diera más detalles.

Entonces le contó como hace tres meses les encargaron a Fernando y ella la negociación de una inversión en Huancavelica con el gobierno nacional quedando sorprendida por que le dieran un encargo de ese tamaño. Copper Worldwide quería concretar este negocio rápidamente, lo cual podría incluir estímulos a funcionarios gubernamentales y políticos. El día clave de la negociación, la mujer procesaba una infernal lucha interna de camino a la reunión en el hotel “Los Delfines”. Me siento incómoda con esta vaina, una cosa es atender a esta gente ofreciéndoles una beca o un cursito financiado, una cena coqueta y hasta allí pero hacerme cargo de transferencias ilegales ni huevona que fuera, ¿por qué no habrá querido venir Fernando dejándome toda la carga?, avanza nomás dijo el engreído, seguro pensará que soy una tonta, mejor lo llamaré.

-Hola mi rey, estoy a diez minutos de Los Delfines, ¿te veo allá, no? –dijo Ruth con ese tono sarcástico y enojado que Fernando conocía tan bien.

-Ay princesita pero si no es nada del otro jueves, ya está todo hablado. Qué jodida es esta loca sabe bien que el vice me conoce y se puede poner en plan pedigüeño será mejor que tome medidas total da igual si habla o no la transferencia se hace ahora o se cae el negocio.

-¿Y si es tan fácil por qué no estás aquí? Lo solucionamos rápido y te prometo ser bien obediente a la noche, rey. Conozco ese silencio algo tramas mejor grabo esto si quieres hacer otra de esas chanchadas no será a mi costa ay pero qué no daría por tener un consejo del viejito Tresierra tan correctito como galán antiguo el tío.

-A ver negrita, esto haremos. Cenas con ellos y te olvidas de entrar en detalles con el chino, solo le dices que estamos muy contentos con la gestión y que cumpliremos estrictamente con los números pactados como siempre hemos hecho.

-Te refieres a los cien mil del vice –dijo con aire distraído Ruth.

-¡Carajo, que mierda te pasa! ¿No te das cuenta de lo peligroso que es hablar así al teléfono? –replicó nervioso Fernando.

-Perdona amor, es que estoy un poco insegura sin ti a mi lado. Ayayay sí que te enojaste y por qué no te enojas con los socios de la empresa cuando te tratan como ignorante y te tengo que salvar o cuando tu mujer no te da sexo.

-Está bien mi vida, solo hazme caso con lo que te pido, alquila una habitación y cumple lo que me prometiste, je je, ¿dime, tienes tu laptop, no? Necesito chequear unos temas del trabajo llegando y luego toda la noche para los dos.

 -Okey Rey, ya me encargo, no te demores, te quiero.

Ruth se dirigió al restaurante del Hotel y reconoció rápidamente sentados alrededor de una mesa redonda de superficie de vidrio y patas de aluminio al viceministro de minas charlando animadamente con el asesor del presidente regional de Huancavelica. Se sentó y dejó el encargo de Fernando simplemente señalando que las cosas se han resuelto según lo pactado y que Fernando dará más detalles. Su sonrisa coqueta ocultaba a esos funcionarios su fastidio con esa reunión. Todo le parecía mal, la frivolidad de la gente, la fría corrección de los mozos. Parecía que todos la miraban y sabían que estaba sucediendo en esa mesa. En ese momento extrañó a Tresierra, los cafés y los dulcecitos del Berisso.

Fernando llegó al hotel dos horas después directamente a la habitación que había encargado alquilar a Ruth. La encontró durmiendo, extrajo la laptop del maletín ejecutivo que Ruth llevaba a las reuniones de trabajo y operó como solía hacer en estas situaciones. Se  había entrenado en un método de intermediación de pagos por internet para lavar activos donde alguien ofrecía un servicio o producto inexistente y él compraba. En esta ocasión el viceministro de minas y el presidente regional de Huancavelica vendían algo que le interesaba a la empresa. Viéndola pensó que no era la misma mujercita ingenua de la que se enamoró, se había tornado reclamona y sin gracia como su mujer. No le vendrá mal “ir de compras” a la negra, no todo son análisis e informes legales, pensó. Entonces terminó la operación, entró en la cama con ella, le regaló esa sonrisa despreocupada que a ella le gustaba y le hizo el amor.

-Yo sabía de la cercanía de Fernando con muchos funcionarios públicos pero no conocía de los sobornos profesor Tresierra. Él uso mi laptop y cuenta de correo para hacer sus cochinadas, así fue como pasó todo –respondía Ruth al interrogatorio del profesor buscando comprensión. El olor de las empanaditas de carne y queso que despedían las bandejas transportadas por los mozos invadía el ambiente y le traía a Ruth los mejores recuerdos. Observó con detenimiento aquel ambiente que añoraba. Mesas siempre con gente jovial y auténtica, adultos o jóvenes. Señoras mayores en una mesa disfrutando de un té caliente acompañados de tartelitas, cocadas u orejitas. Otra mesa de gente más joven, universitarios de la edad que ella tenía cuando frecuentaba el Berisso, disfrutaban de café y sandwich de jamón y queso con lechuga que tenían un equilibrio perfecto de mayonesa y mostaza. Frente a su mesa, un grupo de imberbes se empeñaban en demostrar su hombría bebiendo pisco como si fuera agua mineral. 

-Tienes razón, te usaron y botaron, eres una víctima de tu novio delincuente. Nuggent ha cometido delitos informáticos usando tu cuenta de correo, tráfico ilegal de datos, violación a tu intimidad, transferencias ilegales, cohecho y según la documentación que has traído para revisar hay un patrón, un modus operandi de esta empresa. ¡Qué joyas con la que has estado trabajando, eh¡ Pero dime, ¿segura que no  sobornaste a algún funcionario estando en ese trabajo? –interrogó nuevamente Tresierra.

-¡Ay profesor!, ya le dije que no. Saber, sabía, así funciona el mundo. Ojalá la vida fuera como nuestras clases pero no es así. Le juro que me cuidé de participar y no embarrarme, hasta hoy –respondió Ruth observando como Tresierra masajeaba la zona de su sien derecha como buscando extraer alguna idea de allí.

-Varias cosas habrá que hacer, si las grabaciones contienen lo que dices más los otros documentos, esto está listo para ir al Ministerio Público y al Congreso para una investigación más política. Tengo amigos en ambos sitios y puedo canalizarlo si quieres pero tendrás que declarar, salir a medios. No será nada sencillo, esto es un Bocatto di Cardinale para la prensa. Mucha gente irá presa, tu novio el primero. Tu nombre estará en boca de todos pero quizás si manejas esto con temple, termines convertida en una heroína anticorrupción. No me extrañaría, he visto casos así –señaló el profesor con aire confiado.

Ruth escuchó la fría exposición de su maestro asintiendo a cada sentencia y recomendación. Se sentía liberada del problema pero no se sentía bien con ella misma, transitando así del miedo a la vergüenza viendo a su viejo mentor esforzándose por ayudarla. Pobrecito tan bueno y tan solo el tío Tresierra pensó Ruth extendiendo su mano hacia el dorso de la arrugada mano de su mentor.

-¿Me acompañaras Pedro en todo este infierno que se viene? -Tuteó a su maestro como le gustaba a Tresierra que haga ensayando esa coqueta sonrisa que lo desquiciaba.

El profesor acarició la tersa mano de su alumna, la miró de frente como en los tiempos del círculo de debate académico, cuando ocultaba su amor por la muchacha y le dijo:

-Todo bien Ruth, tu sabes que nunca dejo de acompañarte, lo importante es que estamos juntos otra vez.

En la mesa del frente, el grupo de muchachos era más bullicioso luego de su segunda res. Uno de los chicos hizo un comentario en voz alta que la pareja alcanzó a escuchar cuando salían tomados de la mano del Berisso:


-Después de todo parece que le funcionó al tío, ¡Grande maestro!

jueves, 23 de octubre de 2014

Navidad

Elvira Villafuerte


Veinte años de matrimonio. Susana suspiró. Nunca hubiera imaginado que su vigésimo aniversario fuera a ser así. A sus cuarenta y dos, le parecía que una vida de ama de casa merecía una recompensa y en vez de eso, se encontraba en sesiones de terapia de pareja.

Pensativa salió del colegio, al que llegaban corriendo los últimos niños. Esquivó a tres o cuatro, cruzó la calle, subió a la camioneta y cerró la puerta, pero no arrancó; se quedó contemplando a través del parabrisas las hojas de los árboles, que caían una tras otra con el viento. Era como ver sus planes, sus sueños e ilusiones ir flotando por el aire hasta depositarse en el piso.

Hija de padres divorciados, su infancia y juventud fueron difíciles. Primero, tener que tomar una decisión, elegir con quién vivir. Ella hubiera preferido quedarse con el padre, pero le remordió la conciencia dejar sola a su mamá: fue su primer error. Cuando se presentó la oportunidad de estudiar fuera, en otra ciudad, Susana la tomó sin pensarlo dos veces; era la solución perfecta, la huida más elegante. En la universidad se sentía sola, pero al menos nadie la atosigaba todo el día con demandas imposibles, reproches injustos, chantajes sentimentales.

En el segundo semestre de la carrera conoció a David. Caballeroso, serio, con un fino sentido del humor y extremadamente inteligente, le pareció la personificación del príncipe azul. No le cupo duda de que estaban hechos el uno para el otro. Sabía que él venía saliendo de una relación tormentosa, por así llamarla; pero ¡qué importaba! Eso había sido antes. Fue su amiga, su compañera, su cómplice durante los meses en que él terminó la tesis y se tituló de ingeniero. Eran inseparables. Veinte años después, Susana sonrió entre un par de lágrimas. Indiscutiblemente, en la juventud una es más inocente.

La tarde que le mencionó a su padre, en una conversación telefónica, que estaba pensando en casarse con David, su papá montó en cólera. Por supuesto que no, le dijo; primero debía terminar sus estudios, prepararse, tener una carrera. A Susana le pareció injusto. ¿Qué tenía qué ver que estudiara soltera o casada? Pero su padre no lo vio así y le retiró todo su apoyo, empezando por el dinero. Ella recurrió a su novio, su único recurso, y él no le falló. Se casaron una hermosa mañana de septiembre. Cinco años después nació su hijo Alejandro y tras otros dos, Paola.

Susana se dedicó a sus hijos, cuidando que no les faltara el amor y cuidados que ella no recibió de su madre. Y pues sí, tenía que reconocer que descuidó un poco a David. Los niños eran tan absorbentes, él trabajaba todo el día… además, después de que nació Paola, a ella le dolía cada vez que hacían “aquello”, así que empezó a buscar pretextos para evitarlo. Le salió tan bien que David dejó de insistirle, y ella se sintió aliviada. De repente parecía que David estaba un poco lejano, pero él siempre lo atribuyó a problemas del trabajo y de salud, y ella en realidad tampoco se preocupó mucho.

Hasta que dos meses atrás, David le dijo, sin más, que deseaba el divorcio. A Susana se le cayó encima el mundo. ¿Divorcio? Pensó en sus hijos. ¿Iba ella a repetir el fracaso de sus padres, iban sus hijos a pasar por lo mismo que ella había padecido? ¡No! Imposible. Adicionalmente, ¿qué haría ella? David le comentó que no se preocupara por el dinero, que él se encargaría de que a sus hijos no les faltara nada. No, a sus hijos no, pero ¿a ella? No tenía una carrera, no había trabajado nunca. Su vida la dedicó a su familia. ¿Y estas eran las gracias que recibía? David reconocía que existía otra mujer. A Susana le daban ganas de matarlo, pero no le convenía hacerle dramas; era mejor aceptar la situación, ser paciente. En días pasados logró que en vez de un divorcio, él consintiera en asistir a terapia de pareja. Ella se esforzaba por devolverle a su matrimonio la emoción del noviazgo. Al parecer para David era muy importante el sexo, y bueno, ella estaba dispuesta a cooperar. Llevó a su marido a la consulta con el ginecólogo y le demostró que efectivamente, fue una herida infectada y mal cerrada tras el parto lo que le provocaba el dolor. No era que ella no quisiera... El médico recomendó una operación y, mientras se recuperaba, Susana hacía esfuerzos para complacer a David: ligueros, tacones, sexo oral. Cosas que en realidad ella no disfrutaba, pero en fin.

Estaba decidida a recuperar y retener a su marido. Susana buscó un pañuelo, se sonó la nariz y se miró en el espejo de la visera. ¡Qué cara, Dios mío! Ya estaba bien de auto compadecerse; así no iba a solucionar nada. Arrancó la camioneta, haciendo volar un montón de hojas a su paso. Esta Navidad la pasarían con la familia de David, por mucho que a ella le costara. Cualquier cosa valía la pena.

-§-

Sentado en su oficina, David miraba por la ventana. Los árboles se sacudían con el fuerte viento, mientras que las nubes viajaban a todo correr por un cielo azul. Un rayo de sol, colándose sobre su escritorio, le estaba calcinando el brazo, por lo que se levantó a entrecerrar las persianas. Se quedó pensativo, observando las hojas arremolinarse por aquí y por allá, abandonadas en montones junto a las banquetas, acumulándose en los parabrisas de los coches estacionados. Le daban una indefinible sensación, como de tristeza.

Volvió la vista hacia el interior y la paseó por el pizarrón blanco lleno de diagramas, por los sillones de piel y la mesa, deteniéndose sin querer en las fotografías de su familia. Su esposa y sus dos hijos lo miraban con reproche (o así le pareció) desde uno de los libreros. ¿En qué se había ido a meter?  

Recordaba a la Fabiola de veintidós años atrás. Una cosita menuda y alegre, que derrochaba energía por donde quiera que iba. Le había gustado desde que la vio, y más aún cuando empezaron a convivir. Estudiaban la misma carrera, tenían gustos muy parecidos, ideas similares. Pero ella era un monumento a la indecisión: un día lo amaba con locura, al siguiente le decía que lo quería como si fuera su hermano. Bastaba que lo viera con otra para que le surgiera el amor, pero en cuanto retomaban su noviazgo, ¡zas! Empezaban los problemas, se acababa la atracción, le comenzaba a contar que se sentía muy atraída por alguien más. Era una tortura.

Después conoció a Susana, y le pareció la respuesta a sus plegarias. Una relación tranquila, donde ella lo adoraba y acompañaba a todas partes. No era la montaña rusa de su relación con Fabiola, y si bien le faltaban esos momentos cargados de adrenalina en los que se sentía en las nubes, tampoco tenía los valles cargados de angustia y celos que Fabiola le hacía pasar. Habían congeniado muy bien. Susy era dulce, tierna y cariñosa, y a él le encantaba estar con ella.

Solo que ahora que lo pensaba, probablemente lo manipuló a la perfección. Cierto que hablaron de casarse, pero él no pensaba que sería tan pronto. Apenas llevaba unos meses trabajando cuando ella le comentó a su papá que querían casarse y su suegro le puso el alto. Nada de matrimonio hasta que ella terminara la carrera. Y pues según David esa era la idea, pero de pronto se encontró a su adorada novia en la puerta de su casa, cargando maletas, llorando y sin tener adónde ir. David era quizás un tanto chapado a la antigua; cualquier otro le habría dicho que esperara, que le dijera a su papá cualquier cosa, que no lo metiera en problemas. Pero para él la única solución fue adelantar la boda. Susana no había terminado la universidad, pero bueno, para cuidar la casa no necesitaba una licenciatura. Durante diez años fueron, a decir verdad, muy felices.

Después de que nació Paola las cosas cambiaron para mal. Ciertamente ella se enfocaba en sus hijos, y al principio él vio como algo muy normal y hasta admirable tanta dedicación. Pero con el pasar de los años comenzó a sentirse solo, aislado, como un invitado en su propia casa. Al llegar del trabajo, Susana estaba con los niños, haciendo la tarea, hablando por teléfono o tomando café con las mamás de los amigos de sus hijos. David saludaba cortésmente e iba a encerrarse en su despacho, o al cuarto de televisión a ver alguna película. Para cuando los niños se dormían y todas las cosas del colegio estaban listas para el día siguiente, Susy estaba demasiado cansada para conversar. Claro que de sexo, ni hablar siquiera.

David comenzó a presentar síntomas de depresión y lo atribuyó a su trabajo. Se sentía incómodo, no dormía, tenía un sin número de problemas digestivos. Lo operaron de hemorroides, tuvo colitis, le extirparon la vesícula… ya era cliente permanente del hospital. Le recetaron antidepresivos y pastillas para dormir. Finalmente decidió cambiar de empleo y las cosas mejoraron por un tiempo.

Un día, mientras comía con el jefe del departamento de Recursos Humanos, éste le hizo una sencilla prueba.

-Escribe en esta servilleta todas las cosas que te gustan y te hacen sentir bien -le dijo.

David se puso a escribir. Comer, viajar, tomar vino, dormir, hacer deporte, ir al cine, el sexo, el fútbol,  hablar con amigos, jugar juegos de computadora, estar con su familia.

-Y de todas estas cosas, ¿cuántas haces con frecuencia?

David contempló la servilleta y se le erizó el pelo. Comía y dormía, eso sí. Cuando llegaba a viajar era por razones de negocios. No iba al cine porque no tenía con quién dejar a los niños. A Susana no le gustaba el vino, ni sus amigos, por lo que los había ido perdiendo con los años. Odiaba el fútbol y no le gustaba que fuera al gimnasio porque dejaba la ropa muy sucia, así que David dejó de ir. En el momento en que encendía la computadora, ella ponía cara larga porque “no puede ser que a tu edad te gusten esas cosas”. En cuanto a estar con su familia, Susana era posesiva al grado de que no le gustaba que viera a sus hermanos, ni a sus padres; la única familia que contaba eran ella y sus hijos. Y sinceramente, tenía que hacer un esfuerzo para recordar la última vez que tuvieron relaciones sexuales. ¿Seis meses? ¿Siete? Lo peor era que en esas esporádicas ocasiones en las que Susana accedía a tener sexo, David sentía que lo hacía por obligación. Varias veces, mientras él hacía su mejor esfuerzo, le pareció que ella estaba a punto de comentarle que hacía falta pintar el techo.

A partir de entonces, sintió hacia su esposa un enojo mayúsculo; sabía que era injusto, pero no podía evitarlo. Y luego vino el encuentro casual con Fabiola. Bueno, quizás casual no era la palabra. David comenzó a buscar a sus antiguas amistades, primero a los más cercanos, después se involucró en las redes sociales. Una cosa llevó a la otra y pareció algo muy simple: una invitación entre viejos amigos a tomarse un café y hablar de los tiempos de universidad, de sus vidas, ponerse al tanto.

Con lo que no contaba era que ella estuviera sola, y sobre todo, que se disculpara con él.

-No sabes cómo lamento las cosas que te hice. Sé que estás felizmente casado y tienes unos hijos hermosos, y no es mi intención meterme en tu vida, pero sí quería decirte que estoy arrepentidísima de haberte dejado ir…

De ahí al motel no pasó mucho tiempo, y ahora se encontraba entre la espada y la pared. Al principio fue como estar de vuelta en los veinte años, el sexo era fantástico, congeniaban en tantas cosas, seguían teniendo las mismas ideas. Le pidió el divorcio a Susana, reclamándole por tantos años de abandono, le contó que había alguien más. Esperaba que ella explotara y lo corriera de la casa, pero no fue así. En lugar de eso, se mostró comprensiva, triste pero dispuesta a cambiar. Le explicó que tras nacer Paola, el sexo le provocaba molestias, y hasta lo llevó a la consulta con el médico para que viera que era verdad. Le servía de cenar sin un reproche, aunque él llegara tarde; no pedía explicaciones, cocinaba lo que a él le agradaba, incluso quitaba a sus hijos de la computadora para que él pudiera jugar. David se ahogaba de culpa.

Pero las medidas correctivas llegaban tarde, cuando él ya estaba decidido a cambiar su vida. Probablemente lo mejor sería salirse de su casa para poder pensar, tomar una decisión objetiva. Sólo que ahora Fabiola lo presionaba para que se divorciara y se casara con ella, y eso no era algo que David deseara. Para empezar no quería lidiar con su pequeño hijo ¡por Dios! Los suyos ya estaban grandes, no iba a volver a empezar con pañales y cuidados. Además, si bien esa primera vez se le escapó decirle que ella era el amor de su vida y que quería vivir a su lado, Fabiola no era ninguna niña, debería saber que nada de lo que se dice en la cama debe contar como cierto. Se la pasaba fantástico con ella, pero… después de todo, Fabiola estaba en la etapa de ventas. ¿Y si después cambiaba? ¿No sería mejor quedarse como estaba?

Qué complicación. Cualquier otro hombre se hubiera sentido feliz de tener a dos mujeres peleándose por él, pero a David le remordía la conciencia, le pesaban la docilidad y los esfuerzos de Susana, sus muestras de cariño; y lo espantaba el espíritu dominante de Fabiola. Lo que él anhelaba era la libertad, paz, tranquilidad. Aunque por otro lado, tenía que reconocer que le asustaba la soledad. Esto sí que era un tremendo lío.

El viento comenzó a soplar todavía más fuerte y azotó las persianas. El sonido lo sacó de sus pensamientos y se apresuró a cerrar la ventana. Se acercaba ya el invierno, la Navidad, las fiestas familiares. David sintió un escalofrío. Probablemente lo mejor sería que esta Navidad la pasara en Las Vegas, con Gerardo que tenía años de decirle que fuera a visitarlo.

 -§-

En la sala de juntas de la Gerencia Regional, proyectistas, técnicos, clientes y abogados afinaban los detalles del proyecto. El ambiente estaba tenso, lleno del aroma del café y del cigarro; aunque en teoría estaba prohibido fumar dentro del edificio, en la práctica todas las salas de juntas tenían ceniceros. Cuando empezaban las negociaciones salía por la ventana la salud.

-…por otro lado, deseamos que en el contrato queden establecidas las especificaciones de los equipos y el modelo de la red que ustedes desean. Cualquier modificación posterior se hará con cargo aparte.

-Pero ingeniero, usted debe comprender que la universidad tiene un presupuesto establecido y nosotros no podemos comprometernos…

Sentada en un extremo de la mesa, Fabiola dejó que los demás continuaran con la discusión y se abstrajo pensando en David. Había sido realmente muy tonta en la universidad. Se dio cuenta años después, con su primer marido, que era un patán. David siempre fue tan paciente, tan caballeroso, chapado a la antigua pero con un cierto encanto. Mientras que Javier ¡bueno! Infeliz mantenido que jamás cooperó en lo más mínimo a los gastos de la casa, y aparte se atrevió a ponerle los cuernos. Vaya tipo. Después del divorcio conoció a Gabriel, se enamoraron, se fueron a vivir juntos, hablaron de una familia. Cuando descubrieron que Fabiola no podía embarazarse, la apoyó en su deseo de adoptar a un bebé… al menos mientras no hubo riesgo de que se los dieran. Pero en cuanto vio que la cosa iba en serio, prefirió salir corriendo y dejarla con bebé y con todo.

Pues ni quien lo necesitara. Ella sola podía mantenerse y mantener a su hijo, faltaba más. Luego, como un rayo en un día de sol, apareció David, cuando ella no lo esperaba ni en sus más lejanos sueños. Seguía siendo encantador, eso era innegable. Al verlo ese día en el café, Fabiola quiso darse de topes contra la pared por haberlo dejado escapar. En un arranque de sinceridad se lo dijo, sin imaginarse que él no era feliz en su matrimonio.

Aunque siendo totalmente sinceros, ¿acaso podía esperarse que lo fuera, casado con esa mujer tan insípida? Fabiola recordaba haber visto a Susana con David en los tiempos de su noviazgo de estudiantes. De pelo lacio, voz bajita y sin personalidad, era como el anexo de David: una mujer sin ninguna gracia. Eso sí, paciente y por lo visto más inteligente de lo que parecía. Había sabido salirse con la suya y casarse con David en cuanto él se recibió de la universidad.

Pero con los años el destino quiso que David y ella se reencontraran, y en el momento preciso. Esta vez no lo dejaría escapar. Susana podía retorcerse y hacer berrinche todo lo que quisiera, Fabiola siempre conseguía lo que quería y lo que quería era casarse con David. Sabía que a él no le gustaba mucho la perspectiva de un niño de tres años interponiéndose en su relación, pero Andrés y él parecían entenderse muy bien y sólo era cuestión de tiempo para que David se acostumbrara a la idea. Andrés era un niño tranquilo, inteligente, tierno; imposible no quererlo. Y le hacía falta un padre…

-…y eso es algo no negociable. ¿O qué dice usted, licenciada?

Fabiola regresó a la realidad a velocidad luz.

-Creo que lo mejor será que el vicerrector firme de aprobado el proyecto. Si los cambios se hacen ahora, no perderemos más que unos días, quizá un par de semanas. Pero hacerlos a mitad del desarrollo nos costaría mucho más.

-Muy bien, pues entonces que así sea.-Su jefe cerró la carpeta y la entregó a la secretaria.- ¿Les parece si nos vemos la próxima semana con avances?

Fabiola echó un vistazo por la ventana. Las ramas de los árboles se agitaban de un lado al otro con fuerza, haciendo llover una cascada de hojas secas sobre el suelo del estacionamiento.

Quizás esta Navidad podrían pasarla juntos los tres.

Agridulces dieciséis

Margarita Moreno


Son la cinco con treinta minutos de una fría madrugada de noviembre; la alarma de un  reloj despertador suena sin tregua ¿Su objetivo?  Arrancar del sueño a Marisela, ella no puede escucharlo duerme profundamente, las ondas lentas en su cerebro la mantienen en completa laxitud;  sin movimientos musculares involuntarios, parece flotar en un delicioso viaje astral.

De repente,  la puerta de la habitación se abre de golpe; Elvira madre de Marisela entra apresurada se detiene al  lado de la cama y dice en voz alta:

-¡Marisela, Marisela! ¡Despierta niña! -al tiempo que sacude el hombro de la chica- ¡Mari…. -concluye bajando la voz y luego guarda silencio. El semblante angelical de su hija dormida le pone ternura en el corazón, siente culpa por despertarla tan temprano, ella no puede oírla, ni sentir sus manos sacudiéndole los hombros para volverla en sí; parece una frágil muñequita tras un aparador.  Elvira suspira y vuelve a la tarea de despertar a la “Bella durmiente”.

-Marisela, hija, despierta, despierta ya por favor,  Mary, despierta  son más de las seis.

La chica sin abrir los ojos comienza a moverse como un felino, estira largamente los brazos y las piernas,  gira lento la cabeza de un lado a otro,  se queda quieta unos segundos y luego  tuerce una mueca en los labios diciendo con pereza:

-No madre no quiero levantarme hoy, no quiero ir a la prepa, no quiero hacer más nada que dormir ¿estamos?

-¡Por supuesto que no señorita! ¡Levántate de inmediato que voy a llevarte personalmente a la preparatoria! dijiste que tenías exámenes bimestrales toda la semana,  así que ¡Vamos, vamos arriba!  Te espero ¡YA! A desayunar y no tardes ¿Eh? Son seis y diez, seis y diez ¿Oísteeee?  ¡Seis y diez! -grita mientras palmea en el aire con energía y sale de la habitación.

Marisela  frunce el ceño refunfuñando: -¿Seis y diez? ¿Seis más diez? son dieciséis, como los años que tengo ¡Dieciséis! Todos los días es lo mismo; Marisela  ¿seis y cinco?  Marisela ¿Seis y diez?  Ni sumar sabe la muy bruta. 

Se incorpora con los ojos cerrados y se sienta en la orilla de la cama, frota bruscamente sus párpados con los nudillos y se levanta malhumorada hacia la regadera.

Se da un baño rápido y se viste de prisa con jeans deslavados,  playera azul cobalto,  holgada sudadera color vino, calcetas negras de lana y tenis de piel que en algún tiempo tuvieron un color definido, luego se mira en  el espejo del baño y pasa los dedos por sus cabellos húmedos para atarlos en una coleta con una cintilla beige, se contempla unos segundos sin  expresión alguna  en su rostro.

Sale del baño sin apagar la luz y luego enciende todas las bombillas de su habitación, levanta del suelo su mochila y la cuelga de su hombro, se toma unos  segundos para observar su entorno,   se acerca a  su tocador para botar de un manotazo todo lo que está encima,  hace lo mismo con su mesita de noche  y con su pequeño  librero. Sonríe divertida  pensando para sí:

-¡Así está mejor!  Seguro que hoy,  sí se infarta esta bruta de madre que tengo.  Sale corriendo de la habitación al ritmo de los gritos de Elvira.

-¡Marisela, seis y  treinta y cinco! 

-¡Ay! por Dios madre  ¿Otra sumita? seis, treinta y cinco son: ¡Cuarenta y uno cállate ya!  -grita al salir de la casa azotando la puerta tras de sí.

Elvira contiene el aliento, toma su bolso de mano y sale para alcanzar a la chica que espera recargada en el auto.

–¡Ay madre qué lenta eres!  ¿No que yo no estoy a tiempo? ¡Anda muévete  que llego tarde a la  prepa!  ¡Vamos madre, vamos!

Elvira llega hasta el auto, quita los seguros de las portezuelas, ambas suben y en  pocos minutos circulan por la autopista rumbo a la nueva escuela,  una de  las más prestigiadas Preparatorias del País a donde Marisela soñaba pertenecer y donde hoy aprende con rapidez de altanería,  pedantería y malos modos.

El trayecto es silencioso y denso para Elvira e indiferente para Marisela que reclina el asiento hasta ponerlo horizontal, se oculta tras sus gafas ahumadas y se evade en los altos  decibeles  de su  modernísimo I POD.

Al cabo de media hora Elvira se estaciona fuera de la escuela y sacude el hombro de su hija que finge dormir:

-Despierta que ya llegamos.

Ésta se incorpora y suelta bruscamente el cinturón de seguridad que regresa como latigazo a la barbilla de su mamá, quien impacta la sien contra el retrovisor mientras Marisela abre la portezuela y de un salto sale corriendo hacia la puerta del colegio, dejando un grito en el aire:

-¡Lo dicho, eres bruta, madre, bruta!

Elvira suspira profundamente el corazón le duele por la actitud de su hija,  las lágrimas en sus ojos  distorsionan  la figura de Marisela y le ponen un toque cómico a la visión;  se la imagina reflejada en un espejo “ondulado” de circo,  la idea la hace sonreír con tristeza, luego se anima un poco y se dispone a volver a  casa. En ese momento suena su celular, ella contesta:

 -Hola mamá ¿Qué pasa?

-Nada pasa hija, solo quiero saludarte y desearte un día maravilloso amor mío. –Es la voz cariñosa de Alma, la madre de Elvira.

-Ay mamá mira…  no tengo tiempo ahora de “apapachos” estoy muy complicada y tengo mil cosas que hacer;  no me lo tomes a mal pero te devuelvo la llamada al rato ¿Te parece?

-No Elvira no me parece,  te conozco muy bien y a ti te pasa algo; vamos ven a verme te invito un café y una buena charla y no me digas que no tienes tiempo, no esta vez… solo ven querida te espero. -Dijo Alma cortando la llamada.

Elvira cierra los ojos diciendo:

-¡Nada más esto me faltaba hoy! ¡Mi madre en acción! ¡Dios qué día!  -resignada, conduce hasta la antigua colonia donde vive su madre, al llegar estaciona afuera de los viejos edificios de arquitectura colonial californiana,  neocolonial, “art deco” es un conjunto tan bello y delicioso como funcional;  su mirada acaricia las aceras, los parterres de flores y los jardines cubiertos de fresca alfombra lila, ofrenda de las jacarandas que bordean el parque donde jugaba de niña,  escucha con morriña el tañer argentino de la Parroquia de Santa Rosa de Lima,  que la llamaba a misa cada domingo y evoca las palabras de su abuela:

-Elvirita, este es un barrio mágico, aquí viven,  han vivido y vivirán, muchos artistas, escritores, pintores, escultores, cantantes, filósofos... “Cara mía” ¡Es un privilegio pertenecer a este pequeño Olimpo!

Elvira baja nostálgica del auto y camina hasta la entrada de un edificio y pulsa el timbre, su madre la recibe amorosa y la abraza provocando que rompa a llorar, Alma la consuela y juntas  pasan al interior del departamento; ahí,  el tiempo parece detenido en la salita de estar y el comedor estilo art deco de los años treinta, las carpetitas tejidas en crochet marfil sobre mesitas de caoba, la charola de plata y  el servicio de Limoges en que su madre  ha servido café perfumado de canela; en las tirillas de naranja cristalizada y las deliciosas pastitas de la confitería de siempre. Tras el primer sorbo de café, Elvira le confía a su madre su enorme pesar por el comportamiento de Marisela,  admite sentirse rebasada por la incomprensible agresión que le demuestra siempre.

-No sé qué hacer mamá, créeme que lo he intentado todo; la he llenado de amor y estoy pendiente que nada le falte, sus deseos casi siempre se cumplen,  dentro de mis posibilidades claro está. Pero últimamente ha estado actuando muy mal, no sé qué le hace falta ni que le está pasando. He pensado tantas cosas horribles, quizá la influencia de esas chicas ricas con las que convive en la preparatoria, tal vez está enferma o enloqueciendo ¡Qué sé yo!

Alma sonríe y acaricia con ternura la mejilla de su hija diciendo:

-Querida,   a tu hija lo que le ha hecho falta es  un par de gritos y media docena de azotes a tiempo, lo que le ha sobrado son mimos y obsequios que no merece, porque nunca tiene que ganarlos y si quieres saber si padece alguna enfermedad ¡Sí,  tienes razón! Marisela padece “16 años” es una adolescente y eso es ¡Terrible! Tú no puedes haberlo olvidado, como tampoco creo que hayas olvidado el “remedio” ¿Verdad?

Elvira la escucha pensativa y luego dice: -Cierto, yo también era terrible ¿te acuerdas cuando la abuela preocupada por mi conducta vino a decirme:

-"Ay Elvirita, ya pórtate bien; obedece a tu madre, la haces sufrir con tu actitud"  ¡Tener una madre es una bendición! Y yo, le contesté con burla:

-Ay abuela,  pues…  ¿No que los hijos son una  bendición?

-La abuela me atinó un coscorrón gritando: - ¡Quien haya dicho semejante patraña, seguramente ¡Nunca!  Tuvo uno con quien lidiar!

Alma y su hija ríen y se abrazan; minutos más tarde Elvira regresa a casa más tranquila. Al llegar tal como Marisela lo calculó, se enfurece cuando ve el caos que la chica provocó a propósito antes de salir, se queda quieta un momento pensando por donde comenzar a ordenar la habitación  pero,  al cabo de meditarlo  un rato  decide no hacerlo.

Los días siguientes,   Elvira cambia gradualmente; deja de ocuparse de despertar a Marisela para que llegue a tiempo a la Preparatoria, también deja de asear su habitación, de lavar su ropa y no le importa más si su hija deja el desayuno en la mesa o si no le gusta la comida que ella prepara. Por su parte,  Marisela comienza a resentir la nueva actitud de  su mamá, está desconcertada y no sabe que pensar, ya no es la misma, siente que ella ya no le importa o no la soporta; llegó al punto de haberla dejado viajar en colectivo a la escuela, solo porque azotó la puerta una mañana. Los días transcurren con tensión y largos silencios, Marisela ya no se empeña en hacer berrinches y Elvira la trata cariñosa y amablemente,  pero dando prioridad a los asuntos de la casa y de sí misma.

Una tarde Elvira espera a Marisela a la salida de la prepa, ésta sale acompañada de una chica  y le dice con voz dulce:

-Hola mami,  ella es Betty mi mejor amiga ¿Podemos invitarla a comer? ¡Por favor, mami! ¿Sí? 

Elvira no desea ser descortés y lo permite, piensa que si complace a su hija se logre un acercamiento entre ellas. A partir de ese día las chicas se hacen inseparables, Betty  se queda muy a menudo a comer y realizar tareas  hasta muy tarde, hacen todo juntas y  el carácter de Marisela se dulcifica. Para Elvira, aunque el cambio de su hija le agrada,  tiene el presentimiento de que la fresca ingenuidad que Betty aparenta, es una actuación a la que la chica está habituada.  En poco tiempo sus temores toman forma; un tarde Marisela sale muy angustiada de la prepa y le cuenta que el padre de Betty se ha quedado sin trabajo, que están a punto de perder casa, ahorros, de perderlo todo y que si eso sucede tendrán que mudarse a otra ciudad. Elvira trata de tranquilizarla diciéndole que seguramente los padres de Betty encontrarán una solución.

-Dios nunca abandona hija, vamos a unir nuestras oraciones para que Él los ayude –dijo a su hija.

-Mami, yo no quiero que se vayan,  por favor ¡Ayúdalos! ¡Tú puedes! Escuché a la mamá de Betty pedir un préstamo y dijo que podrán devolverlo en cuanto vendan un terreno que tienen.  Entonces tu podrías ayudarlos mamá  ¡Por favor, por favor!

-Pero hija yo no tengo la forma de hacerles un préstamo; supongo será una cantidad importante por lo que mencionas. Créeme que si tuviera la posibilidad lo haría, pero tú sabes que no vivimos en la abundancia, comprende por favor.

-Madre sé que tienes ahorrado mucho dinero, Betty y yo encontramos accidentalmente  uno de tus estados bancarios y creemos que podrías prestar lo que ellos necesitan. -Elvira está a punto de la exasperación pero logra controlarse,  no quiere cometer un error y dice:

-A ver Marisela; en primer lugar no veo ¿Cómo? “accidentalmente” Betty ha podido tener acceso a mis documentos personales; en segundo lugar y aunque no tengo por qué darte una explicación, te recuerdo que el ahorro al que te refieres es para pagar tus estudios hasta que concluyas una carrera universitaria y en tercer…

-¡Sí, sí, sí! ¡Mamá sí,  yo lo sé! y eso le expliqué a Betty pero como te digo,  sólo sería una parte de tus ahorros y en máximo tres meses te los regresan incluso con intereses. No  pierdes un solo peso será  como una inversión.

-Marisela ¿Te estás escuchando? no estás razonando hija, no puedo arriesgar lo que he ahorrado con tanto sacrificio, porque es para ti, para tu educación, para asegurarte un futuro.

-¡Ay madre por favor! ¡Qué más te da! Tú puedes ayudar y yo quiero ayudar a Betty, ella es mi mejor y única amiga; además si dices que ese dinero es para mí, yo,  también tengo derecho a  opinar ¿No? ¡Ayúdales! ¡Por favor, mami  por favor! –suplica rompiendo a llorar.

Elvira,  siente deseos de sacudirla con fuerza para hacerla comprender que Betty y su familia, lo más probable es que planean timarlas y seguramente no tendrán posibilidad o intenciones de devolver el préstamo que se les hiciera; sin embargo,  siente un gran peso en su corazón al escucharla;  nunca la había visto sufriendo como ahora, jamás había suplicado por nada; esa hija suya, que solo tenía que desear cualquier cosa y ella adivinaba sus pensamientos para complacerla, estaba hoy ahí arrodillada, rogando, suplicando, exigiendo, desesperada, inconsolable. Entonces decidió jugarse "el todo por el todo" y haciendo acopio de paciencia,  dijo con aplomo:

-¡Deja de llorar!  Necesito que te calmes, me escuches y sobretodo que pienses detenidamente; voy a proponerte algo y tendrás que decidir,  de ti va a depender todo,  si tú crees que estás lista para asumir las consecuencias de decisiones tan importantes, éste,  es el momento ¿De qué cantidad estamos hablando?
-Doscientos mil pesos. –Contestó sin pudor la chica,  Elvira sintió que iba a desplomarse.

-¿Estás consciente de que me pides casi la mitad del ahorro para tus estudios futuros? ¿Y que lo más seguro es que nunca,  recuperemos ese dinero?  ¡En el fondo hija, tú lo sabes bien!

-¡Claro que no mamá!  Ya te dije que van a devolverlo, te lo prometo ¡Lo juro! ¡Por lo que más quieras!

-¿Sabes hija? Te equivocas, pero no puedes verlo y la única forma que tengo de mostrártelo es dejando que te equivoques. El trato es el siguiente, yo presto el dinero a los padres de tu amiga y tú a cambio, te comprometes a elevar tus calificaciones y ganar la beca que ofrece tu escuela cada año. Lo cumplirás y mantendrás la beca hasta terminar la preparatoria;  devuelva o no el préstamo la familia de Betty  ¿Aceptas?

-¡Sí, mami lo  que quieras! ¡Lo juro! –Gritó Marisela abrazando y llenando de besos  a su madre  - ¡Gracias mamita linda, gracias, conseguiré la beca ya verás! ¡Gracias! -dijo mientras escribía un mensaje en su celular con la “buena nueva”.

Los meses corrieron para darle la razón a Elvira; Marisela concluye la preparatoria, sus notas son insuperables y está muy contenta festejando con compañeros y amigos en casa; la reunión resulta muy agradable, todos se divierten mucho y antes de medianoche los jóvenes comienzan a retirarse,  excepto Rita y Silvia las mejores amigas de Marisela que se quedan a dormir y ayudan a poner en orden la casa tras la reunión. Cerca de la una de la madrugada se retiran a la habitación de Marisela  donde siguen conversando.

Elvira,  agradece a Dios porque  su hija ha terminado una etapa importante de estudios; ahora planea ahorrar más para apoyarla, tal vez ella quiera continuar estudiando en otra ciudad y ¿Por qué no? hasta en otro país. Esa noche fantasea con la fiesta de titulación de Marisela, obtendrá  licenciatura, maestría  y tal vez hasta un doctorado y... de pronto, la charla de las chicas la sustrae de sus sueños…  escucha a su hija diciendo:

-El primer año de prepa me "volé" no sé qué me pasó,  me porté horrible con mi mamá no la soportaba,  me puse super grosera; luego creo que la harté y ella cambió de repente mucho conmigo,  me desesperaba que no dijera nunca nada, hasta creí que ya no le importaba. Luego llegó Betty con sus "broncas existenciales" y aunque no lo crean,  gracias a la “regada” que di con mi mamá por ayudar a Betty y lo "cool" que mi má se portó…  ¡Ya ven!  Hasta beca conseguí. Ella a veces es medio terca conmigo y nos peleamos, pero casi siempre es “buena onda”.  

Entonces Rita comenta:

-Mi mamá y yo también peleábamos mucho antes, la verdad que yo me “pasaba grueso de la raya” y "la neta" que ella sí llegó a darme un par de “chingazos” luego un día que la “super  saqué de onda” se puso bien “punk” y eso ya como que me dio “un buen” de miedo y ya trato de no "torearla" ni hacerla “engorilar” tanto.

-Pues mi má a mí ni al caso ¿eh? nada que ver, se hace lo que ella dice y punto y si no… me castiga "cañón" no hay permisos, no ropa nueva, no mesada, ni siquiera puedo oír música ni ver tele y la tablet ¡cero! y lo peor,  no puedo hablar por teléfono y me bloquea el celular.  -Les confió Silvia.

-¡No manches wey! ¿Qué onda con tu “Jefa”? -protestó  Rita.

-¡Sí, qué intensa tu mamá! - agregó Marisela arqueando las cejas.

Guardaron silencio un momento y luego dijo Rita:

-Tienes mucha suerte Marisela, tu mamá es la más normalita ¿No?   -entonces comenzaron a reírse a grandes carcajadas.

Elvira gratamente sorprendida,  se dirige satisfecha a su habitación. Luego de unos minutos  el rumor de las voces y las risas,  se ha diluido en el amable silencio de la casa; Elvira, Marisela y sus amigas, arrulladas con sus más gratos recuerdos se han quedado profundamente dormidas  ¿Sus sueños?  Comenzarán de nuevo a partir de mañana.