martes, 14 de agosto de 2012

Me quedaré a vivir en París



Eduardo Montagne


Dedicado a Nicola:
Hijo y amigo.
En recuerdo de nuestra visita a París


           

Sous le ciel de Paris
Marchent des amoureux
Leur bonheur se construit
Sur un air fait pour eux
Edith Piaf

Bajo el cielo de París
Caminan los amantes
Su felicidad se construye
Sobre una melodía hecha por ellos




Me despierto con el ruido de un repentino chubasco. Me incorporo en la cama. Mi mujer duerme todavía a mi lado. Suele levantarse más tarde que yo. En un primer momento me siento desubicado. ¿Dónde estoy? Por la ventana, todavía cerrada, se filtra a la habitación algo de luz del amanecer. 

El chubasco parece haber cesado. Me levanto, me pongo una bata y avanzo lentamente hacia la ventana. Pero es una puerta la que abro; detrás hay unas celosías de madera y las abro también. Me asomo a un angosto balcón con rejas de fierro negras y macetas de geranios rojos. Miro desde allí a la izquierda y a la derecha: veo, de un lado, el Arco del Triunfo. Del otro, la silueta de la Torre Eiffel.

¡Pero claro, estoy en París! ¿Cómo pude dudarlo?

Es otoño, porque los árboles dejan caer sus hojas sobre las aceras y un viento repentino las levanta de tanto en tanto. Recibo un aire fresco sobre el rostro. Algunos transeúntes, abajo, caminan ya con sus paraguas. ¡Formidable! ¡Vivo en París!

Me siento en el balconcito a contemplar el inconfundible paisaje de esta ciudad. El que siempre me fascinó: sus edificios simétricos, todos de la misma altura, sus fachadas elegantes y sobrias, sus grandes bulevares con  aires solemnes, sus vericuetos y callecitas irregulares, sus monumentos y su historia, sus grandes parques que invitan al recogimiento y al silencio, sus museos y sus palacios, la serenidad del Sena discurriendo bajo los puentes de París.

De pronto recuerdo: hoy es domingo y es mi cumpleaños. ¿Cuántos años…? ¡Bah, qué importa! Soy un viejo feliz porque vivo en París. Mi mujer me dice que a ratos parezco llenarme de devaneos pero lo que pasa es que me gusta fabular y a veces me divierte mucho confundir la realidad con la ficción.

Vivo en París hace muchos años. Hace… ¡increíble! ¡Hace como cuarenta años que vivo en París!

Me quedé a vivir aquí porque la ciudad me fascinó. 

Por aquél entonces tenía alrededor de treinta años y estaba embarcado en proyectos de militancia política en uno de los muchos partidos de izquierda que en los setentas del siglo pasado habían surgido en el Perú.

No había hecho otra cosa que militar desde que ingresé a la Universidad Católica para estudiar sociología. Cuando terminé mi carrera, ya trabajaba como redactor jefe de un panfleto de poco tiraje que difundía la ideología del partido. Además comencé a dictar clases en la misma universidad. Como era tan serio y responsable, estaba muy bien considerado como profesor de la Católica.

En esa época todo lo vivía en un clima de militancia. La docencia universitaria también. Un día el decano me llamó para decirme que  había recibido  un ofrecimiento de una beca para estudiar un semestre en la Ecole de Hautes Etudes en Sciences Sociales, de París. Acepté sin muchas ganas pero tampoco me opuse.

Justifiqué mi viaje ante los cuadros dirigentes del partido explicándoles que aprovecharía allí para tomar un curso sobre marxismo contemporáneo. A duras penas aprobaron mi proyecto.

En ese entonces uno dependía enteramente de las decisiones de la dirigencia.

Nunca había salido del Perú y aunque la idea me fue entusiasmando, fue difícil separarme de las tareas que siempre consideraba urgentes donde creía que mi presencia era indispensable.

La estadía en París iba a durar seis meses. Como la escuela quedaba en Boulevard Raspail, conseguí un alojamiento barato –que alcanzaba a pagar con mi beca– en la cercana rue du Bac. Era una hermosa callecita que partía del Pont Royal, atravesaba Boulevard Saint Germain en el cruce con Boulevard Raspail, y terminaba en rue de Sevres.

A los pocos días de llegar me contacté con Miguel, un camarada peruano que estudiaba filosofía en la Sorbona. Lo noté desde el principio bastante crítico frente al partido. Con una fina ironía caricaturizaba los dogmatismos ideológicos y las consignas con las que los cuadros dirigentes nos manejaban a su antojo. Recuerdo que me hablaba de las corrientes marxistas francesas y del pensamiento renovador de Garaudy que, al parecer, apreciaba mucho.

Fue Miguel quien me invitó a pasar la noche vieja y recibir el nuevo año en el alojamiento de un compañero mexicano de su facultad.

Y fue una noche totalmente revolucionaria en mi mente y en mi mundo interior.

El mexicano era un ex militante del Partido Comunista que no cesaba de celebrar su libertad al haber mandado a rodar sus convicciones ideológicas. Vivía con una chica italiana en una buhardilla de un solo ambiente a la que se subía por unas escaleras oscuras de un viejo edificio en la rue Dauphine, casi en la esquina con Boulevard Saint Germain. Nos recibieron amablemente pero se pasaron la noche entera acurrucados en un viejo sillón, acariciándose y hablando en susurros, salvo en los momentos en que sonoras carcajadas celebraban, en la intimidad de su diálogo, alguna ocurrencia de la que nosotros no participábamos.

La italiana había llevado dos amigas. Miguel parecía conocer ya a una de ellas porque la saludó un con sonoro beso y prácticamente no se separó de ella toda la noche.

Francesca, la otra chica, era una romana de veintidós años con una mirada absolutamente cautivadora, enmarcada en unas cejas oscuras. Vestía unos pantalones muy ajustados y una chompa elegante de cachemir que resaltaba sus pechos generosos. Una larga cabellera rubia le caía sobre las espaldas y tenía unos dedos largos con las uñas pintadas de un rojo muy fuerte.

Pasamos una noche deliciosa. Brindamos todos con champagne, tan abundante que nos llegó a emborrachar, lo que aumentó el clima de euforia. Recuerdo que en los primeros brindis todavía sentía un incómodo cosquilleo interior, como si estuviese traicionando las consignas que había recibido en el partido, pero pronto los efluvios de las copas que iban y venían y sobre todo la mirada de Francesca disolvió todo resquemor.

Poco antes de medianoche el mexicano sacó serpentinas, pica-pica y algunos globos y, por supuesto, más champagne. A las doce en punto hubo gritos de bienvenida al nuevo año y Francesca y yo nos besamos en la boca con una sensualidad que no había conocido en otros encuentros en Lima. 

Debo confesarlo, mi vida sentimental y sexual en Lima había sido absolutamente desprovista de todo encanto, porque la militancia absorbía mi vida entera y por aquél entonces una relación amorosa era considerada como una concesión pequeño-burguesa poco digna de los que abrazábamos la causa de la revolución con verdadero fervor.

Francesca y yo nos seguimos viendo en los días siguientes.

Antes de una semana yo ya había decidido abandonar las consignas partidarias y quedarme a vivir para siempre en París.

Supe por cartas de algunos amigos que en Lima me habían llamado vil traidor a la causa, pero a esas alturas poco me importaba lo que pudiesen opinar de mí.

            Desde entonces vivo en París. No hay otra ciudad en el mundo que me cautive tanto como esta, y le debo, nada menos, el haberme hecho recuperar mi libertad, hipotecada a una causa revolucionaria que poco a poco, con sus formulaciones idealistas y dogmáticas, había ido carcomiendo mi vida y mi sentido de libertad y autonomía.

Francesca volvió a Roma al finalizar el invierno, pero en la primavera yo había conocido, en la Maison de France, donde trabajaba desde marzo, a Madeleine, una marsellesa encantadora de veinticinco años, hija de un acaudalado comerciante de telas.

Me instalé en su departamento de la rue Vavin, una romántica callecita que unía Notre Dame des Champs con Boulevard Montparnasse: un lugar de ensueño. Recuerdo que todas las noches paseábamos por las calles por las que antes habían transitado tantos escritores y pintores famosos –Apollinaire, Modigliani, Breton, Cocteau-. Luego, antes de caer rendidos, teníamos un sexo desbordante de pasión. Madeleine reía sin parar mientras se movía como si estuviese electrizada. Era como si confundiera sus orgasmos con mil cosquilleos por todo el cuerpo. Me trasmitía una vida que nunca antes había conocido.

Un día me alegré al recibir una carta de mi viejo que desde Lima me felicitaba por mi decisión de quedarme en París. “Aprovecha la vida, hijo, que se va rápido, muy rápido”.

Pero a mis treintaitantos años me parecía que tenía todavía mucho por delante. 



  
¿Fue así o fue de otra manera?

No, a esa edad no vine a París ni mucho menos me quedé a vivir aquí.

Ahora lo pienso de otra manera. 

La realidad fue otra: nunca estudié sociología ni milité en partidos de izquierda. Me gradué de psicólogo clínico y después me formé como psicoanalista.

Y fue mucho después, a mis cuarentaicinco años, cuando vine a esta ciudad y me quedé para siempre a vivir en ella.

En esa ocasión llegué a Europa para asistir a un Congreso Internacional de Psicoanálisis en Ginebra. Dispuse el viaje para quedarme previamente una semana en París. Aterricé en el nuevo aeropuerto Roissy-Charles de Gaulle, bastante alegre porque en el viaje me había tomado no sé cuántas copas de vino y creo que también otros tragos que ofrecían las aeromozas.

Cuando el autobús que me llevaba entró por los anchos Campos Elíseos, y contemplé, al fondo, el Arco del Triunfo, me sentí trasportado desde el primer momento a una vivencia mágica con una emoción que me desbordaba.

Un amigo del colegio, radicado desde años atrás en esta ciudad, me había ofrecido alojamiento para ahorrarme el gasto de hotel, de modo que enrumbé hacía la dirección que tenía apuntada en un papelito: 11 rue de Rennes. Me asombré que no quedaba tan lejos de rue du Bac, y me pasé varios días preguntándome cuándo había transitado por esa calle y por qué su nombre me resultaba tan familiar.

Era para entonces un psicoanalista que ejercía su oficio en un consultorio sobre el malecón de Barranco y había suspendido mi consulta por escasas dos semanas para asistir al congreso en Ginebra y aprovechar el viaje para visitar París.

Después de varios fracasos amorosos, vivía solo en el mismo departamento donde tenía mi consultorio. Era amplio y espacioso y los pacientes, al entrar, lo hacían únicamente a la sala y se recostaban en un diván que, desde el piso diez, tenía una magnífica vista al mar. Mi habitación y mi escritorio quedaban totalmente fuera de la vista.

En París, mi amigo de las épocas escolares trabajaba durante el día entero en un proyecto cultural del cual no recuerdo el nombre (tampoco me interesó demasiado). Fue así que desde el primer día dispuse del tiempo entero para mí, porque apenas nos encontrábamos en su departamento por las noches, y esto ni siquiera siempre, porque algunas veces él no aparecía sino hasta uno o dos días después. Supuse que se quedaba con alguna amante pero nunca hablamos del tema.

Era primavera en París. Al tercer día estaba apoyado en las barandas del magnífico puente Alejandro III sobre el Sena mirando el discurrir de las aguas por debajo, y pensando en la fugacidad de la vida. Me sentía trasportado a un mundo mágico en París. La soledad de siempre, de mi departamento barranquino y de mis largas horas de consulta, parecía cosa del olvido, en esa ciudad donde todo lo veía luz y color, quizás porque estaba todavía bajo la impresión de mi visita, esa mañana, al Museo d’Orsay, donde me había quedado fascinado contemplando las obras de Renoir, Degas y los otros impresionistas.

En esos primeros días en París sentí deseos de dedicarme a la literatura. Pensaba ese día en los escritores peruanos que, desde los García Calderón, Francisco y Ventura, hasta Ribeyro, Bryce y el mismo Vargas Llosa, habían sentido una particular inspiración en esta ciudad. Me preguntaba por qué yo también, en esta nueva visita, me sentía tan conmovido, como si cada rincón me inspirase un estado de ánimo distinto. A veces era una serenidad casi nirvánica. Otras, una euforia incontenible. Las más de las veces una extraña melancolía, como si cada calle que recorría me fuese ya conocida, un deja vu que me estremecía por dentro.

Al tercer día estaba sumido en esas andanzas interiores, contemplando la majestuosidad de la Torre Eiffel desde el Palacio Chaillot, medio confundido y pensando en los secretos aún desconocidos para mí que esta ciudad escondía, cuando una chica en pantalones y una blusa que tenía el primer botón desabrochado y dejaba ver el contorno de sus pechos se me acercó, y al verme fumar,  me preguntó en francés si tenía un cigarro para invitarle. La miré a los ojos. Sus ojos me miraron. Hice un gesto con la mano, llevándomela al bolsillo de mi camisa donde tenía la cajetilla de cigarros y dejando el que tenía encendido colgando en la comisura de mis labios. La mirada que nos dábamos se había entrecruzado con tal fuerza que era imposible despegarla. Con lentitud parecida a la de un mimo saqué un cigarrillo de mi bolsillo y al ver que ella entreabría sus labios se lo coloqué directamente en la boca en un gesto que invitaba ya a un acercamiento mágico y  sorprendente. “Gracias” me dijo sin darse cuenta que respondía en español. Supe en ese mismo momento de dónde era. ¿Mexicana, no?, le pregunté, mientras, sin separar nuestras miradas, le encendía el cigarrillo.

María de los Angeles, Angelina para más brevedad era, según me dijo esa tarde, la hija del embajador mexicano en París. Pasamos juntos el resto del día, en una interminable conversación sobre su vida, sobre mi vida, con una extraña fluidez en la expresión de sentimientos, recuerdos y anhelos, en una comunicación que evocaba a una pareja que baila un tango con una armonía perfecta, llevándose el paso sin el menor traspié.

Acabamos al anochecer en un hotelito de Montparnasse haciendo el amor con fuerza y ternura. Las lágrimas de ambos se confundían con nuestros orgasmos compartidos y una especie de convicción de que nunca más podríamos separarnos nos inundó como una luz intensa que iluminó la oscuridad de esa noche en París.

Al día siguiente ya estaba decidido a quedarme a vivir en París para  siempre.

Nunca asistí al congreso de Ginebra, y encargué a uno de mis colegas de la Sociedad de Psicoanálisis en Lima que telefonee a mis pacientes y me haga el inmenso favor de colocarlos con otros colegas de la Sociedad. Algunos amigos en Lima me telefonearon para decirme que estaba absolutamente loco. Hasta mi antiguo analista me escribió una carta llena de ponderadas reflexiones e impertinentes recuerdos sobre aspectos de mi vida que habíamos revisado en el curso de mi propio proceso psicoanalítico, recordándome que yo era dado a ensueños románticos y a decisiones impulsivas y que por lo tanto debería pensar bien en mis decisiones.

Nada me hizo cambiar en mis propósitos de vivir para siempre en París. Cuando Angelina me presentó pocos días después a sus padres en los salones amplios de la embajada, tuve de parte de ellos la mejor de las acogidas, como si pensaran que un hombre ya maduro, a sus cuarentaicinco años, ayudaría a su hija, que apenas bordeaba la treintena de la vida, a centrarse por fin y a dejar de vagar por toda Europa en busca de inciertas aventuras.
Un año más tarde celebraba mi decisión, porque ya estaba cómodamente instalado en París. 
Mi departamento, es verdad, en la pequeña rue Condé, en la misma esquina con rue Regnard, no era tan amplio como el de Barranco, ni tenía una magnífica vista al mar, pero el encanto del Barrio Latino lo compensaba todo.

Como tenía pocos pacientes, me dediqué a escribir y brotó en mí una inspiración desconocida y una creatividad incesante. Poco después comencé a publicar artículos primero, algunos cuentos cortos después, y finalmente una larga novela.

Cada noche salía a tomar una cerveza en el café Rostand y sentado en una de sus mesitas contemplaba el lento desfilar de los variopintos caminantes de París, sobre el fondo de las rejas negras del Jardin du Luxembourg  y mirando, de vez en cuando, a mi izquierda, el Pantheon.

María de los Angeles me había abandonado pocos meses antes, en pleno verano, tan rápida y fugazmente como apareció en mi vida. Me dejó simplemente una nota con el anuncio de su partida a climas más frescos en los países nórdicos.

Yo estaba solo otra vez. Pero… ¿es posible sentirse solo en París?

Una de esas noches en el café Rostand, me fijé en una mesera nueva. Durante toda la noche ella y yo habíamos cruzado fugaces pero cada vez más repetidas miradas. Era una chica alta, espigada, con unos ojos negros y grandes, y un moño desarreglado que recogía lo que debía ser una larga cabellera. Vestía una falda más bien ajustada y un mandil blanco atado a la cintura. Me llamaba la atención sus movimientos rápidos, casi eléctricos. Cuando, ya casi a medianoche el local estaba  medio vacío, vino hacia mí  como haciendo escala en mi mesa mientras llevaba una bandeja.

-  Est-ce que vous attendez quel qu’un…? Je vous vois si seul…

     La chica curiosa, pensaba que alguien me había dejado plantado.

      Le contesté mirándola fijamente:

     - Et bien Madmoiselle, c'est à vous que j'attends.

     Como había ya muy pocos clientes, me respondió con una generosa sonrisa y se sentó en mi mesa.       
    
   Y de esa manera Margueritte y yo iniciamos una entusiasta relación que duraría varios meses.

Pero lo más importante de todo era, sin lugar a dudas, vivir en París. Finalmente lo había conseguido.   



Pero… ¿qué digo? Ahora se me ocurre que no fue así.

No, no me quedé a vivir en París a mis treinta años, ni tampoco a mis cuarentaitrés, ni conocía a ninguna María de los Angeles, ni a Madeleine, ni a Francesca, ni a Margueritte.

Fue mucho antes que me quedé a vivir en París.

Por eso rue du Bac era un deja vu. Algo que en alguna época había vivido. Lo recordé una noche cuando, bastante borracho, regresaba a mi pequeño departamento en rue St. Séverin, una callecita encantadora que partía del Boulevard Saint Michael, entre Quai des Grands Agustins y el Museo de Cluny.

Me detuve en uno de los cafés de Saint Michael para tomarme una última copa de vino. Estaba sentado frente a una pequeña mesita redonda, observando cautivado el desfile interminable de mujeres hermosas de largas cabelleras y espigados tacos que producían un particular toc-toc acompasado y casi melódico sobre las aceras.

A mi lado, muy junto a mí, como sucede en los cafés parisinos, una pareja susurraba sus amores en la mesita vecina. No podía dejar de echar una mirada, con un mal disimulado interés, a la sonrisa cautivadora de la chica. En un momento dado ella dijo a su eventual acompañante:

-Mais oui, tu le sais bien, j’habite á la rue du Bac.   

Y entonces recordé por qué rue du Bac era un deja vu.

Era allí donde yo había vivido cuando llegué a París por primera vez, a mis veintiseis años.

Un par de años antes me había casado en Lima con una chica que conocía desde las épocas colegiales, y con quien habíamos mantenido una cierta relación en la universidad. Ella estudiaba artes en la Católica y yo había comenzado a estudiar filosofía pero pronto me había decepcionado de la carrera –en realidad saqué pésimas notas en el primer año y descubrí que no me interesaba ni siquiera asistir a las clases.

Entonces engañé a mis padres y usé el dinero que me daban para la universidad y me matriculé en la Alianza Francesa para estudiar francés. Y también para darme una buena vida en Lima con el dinero sobrante. No recuerdo por qué elegí estudiar francés, cuando el inglés me hubiese sido de mucha más utilidad. Pero en fin, así he sido siempre, un sujeto que hace las cosas sin pensarlas.

Volví a encontrarme con Lucila –así se llamaba mi enamorada por temporadas– en un verano caluroso bajo una sombrilla de El Silencio, una encantadora playa del sur, entonces de moda, tomando cervezas y escuchando música a todo volumen, con un grupo grande de amigos y amigas. Como había ocurrido en otras ocasiones, sólo el hecho de encontrarnos casualmente bastó para reiniciar nuestra relación con verdadero furor: nos veíamos todos los días, por las noches hablábamos por teléfono hasta el amanecer y teníamos una dependencia mutua que su familia confundía con -esta vez sí, de todas maneras- un amor absolutamente sólido.

Un día ella me dijo que sus padres querían mandarla a Barcelona a continuar sus estudios de arte, pero que ella ponía sólo una condición: irse conmigo. Y eso sólo se lo permitirían si nos casábamos.

Era una exigencia finalmente comprensible en una familia tradicional limeña. Yo nunca había tenido posturas muy definidas –creo que para nada en la vida, tampoco para el matrimonio– y fue así que antes de pensarlo dos veces estaba ya con un aro matrimonial en el dedo y volando junto con Lucila a Madrid, para instalarnos poco después en Barcelona.

Mi historia viene recién ahora: mientras ella se dedicaba con ahínco al estudio del arte en el Instituto Joan Miró de esa ciudad, yo conocí, un día que me tomaba unas cervezas en un bar de las Ramblas, a Solange, una deliciosa francesita que no hablaba nada de castellano.

De algo me servirán mis estudios en la Alianza Francesa, pensé. Y sin más trámite inicié con ella una fluida conversación. Terminé ofreciéndome a ser su guía turístico –inventaba la mayor parte de mis explicaciones, porque todavía conocía muy poco la ciudad.

Por supuesto que a los dos días los afanes de excursionistas por los principales atractivos de Barcelona habían declinado enormemente en su interés (y en el mío), y terminamos teniendo sexo no una sino varias veces en su cuarto de hotel.

Siempre he sido un soñador empedernido y un irresponsable contumaz y por eso cuando Solange me propuso que le tocaba ahora a ella enseñarme París, no dudé un instante y dejándole una escueta nota a Lucila, partí con mi francesita en un tren rápido a París. Solange era una chica extraña. No me había dicho para nada que en París tenía novio y vivía con él en una buhardilla cerca de la Gare du Nord. Recién entonces me di cuenta de mi locura, porque además no tenía dinero ni para sobrevivir una semana. Pensé que tendría que regresar cuanto antes a Barcelona, donde los papás de Lucila nos mandaban una generosa mensualidad.

Pero por supuesto cuando Lucila se enteró de mi paradero me mandó a rodar y no quiso saber más de mí.

Sin embargo a los dos o tres días me di cuenta que estaba obsesivamente enamorado de la ciudad. No podía creer lo que veían mis ojos. Las pequeñas callecitas se abrían de pronto a enormes espacios, anchos bulevares que nunca había visto en otras ciudades. Era como si mis propios espacios interiores respiraran también aires más puros y libres. Lo sentí especialmente cuando recorrí los Jardines de las Tullerías. En medio de la bulliciosa ciudad, encontré en ellos una paz y un silencio conventual. Me quedé no sé cuánto tiempo sentado junto a su hermosa lagunita redonda, al lado de otros meditabundos parisinos, fumando un cigarro tras otro. París es una ciudad para quedarme a vivir, pensé sin dudarlo un instante. Solange, finalmente, no se portó tan mal conmigo. Sus papás tenían una Librería en rue du Bac. Me conectó con ellos justo cuando necesitaban un vendedor. Les venía muy bien, además, que fuese bilingüe.

Rue de Bac queda en un lugar magnífico en París. Muy cerca encontré un modesto cuarto y me instalé a vivir allí. Fui durante un tiempo un exitoso vendedor de libros y un amante pertinaz de muchas de mis clientas, de toda edad, y de eventuales contertulias que encontraba, cada noche, en los cafés  que frecuentaba en la vecindad.

Pero yo había conseguido lo que en todos mis veintiséis años anteriores había estado buscando sin saberlo y sin encontrarlo: vivir en París. París será siempre París.  




Sigo sentado en el balconcito de mi cuarto, en este día de mi cumpleaños. Como es domingo, hay poco movimiento en las calles. Un sol otoñal, magnífico abre la mañana con una luminosidad que resalta las sombras proyectadas por la solemnidad del Arco del Triunfo. Me siento feliz de celebrar en París mi cumpleaños. Mi mujer todavía duerme.

Debo confesar que no viví en París desde mis veintiséis años, sino un poquito después, a mis veintiocho años.

Creo que tampoco viví nunca en rue St.Séverin y tampoco fue en un café de Saint Michel donde recordé, finalmente, por qué rue de Bac era un deja vu. En realidad todavía no lo tengo claro.

Y mirando a mi mujer tan plácidamente dormida, me he dado cuenta que mis fantasías me han hecho trampas: ella ha sido el único gran amor de mi vida. Por lo tanto tampoco es cierto que alguna vez me hubiese casado con una enamorada peruana que estudiara arte en Barcelona. Tampoco conocí a Solange, si no es a través del personaje que creó Ribeyro en “La Juventud en la otra ribera”.

Ahora pienso que a mis veintiocho años había acudido a París haciendo una escala para asistir a un Congreso de Medicina en Ámsterdam. Unos pocos años antes había egresado de la Universidad Cayetano Heredia  y trabajaba por aquél entonces médico en el INCOR, el Instituto del Corazón del Hospital Obrero. Debo confesar que a pesar de mi juventud se hablaba de mí como uno de los cardiólogos con más perspectivas y futuro, debido a algunos casos muy complicados de cirugía que practiqué como ayudante del mejor médico del lugar, el Dr. Huaroto. Es que usted tiene una habilidad de manos y un pulso envidiables –me decía.

Convocado el Congreso de Cardiocirugía en Ámsterdam, mi jefe me instó a acompañarlo. Como no tenía dinero, pedí un préstamo al Banco y me lancé a tan preciada aventura científica.

Pero desde niño había escuchado hablar tanto de París a mis padres, que decidí pedir autorización a Huaroto para adelantarme a él y pasar, previamente al Congreso, una semana en París.

Mi jefe era una eminencia en cirugía cardiovascular pero era también un hombre excesivamente tímido y retraído. Tenía una marcada fobia a hablar en público, un verdadero pánico escénico. De modo que habíamos acordado que él diría algunas palabras iniciales y yo continuaría con la exposición que, por lo demás, habíamos preparado juntos, con abundantes filminas. No se había inventado entonces la computadora ni menos el power point. 

Llegué a París, tal como lo había planeado, una semana antes del Congreso de Ámsterdam. Huaroto nunca había viajado a Europa y estaba tan nervioso que yo lo tranquilicé anunciándole que lo esperaría en el aeropuerto de Schiphol de Ámsterdam para llevarlo directamente al Hotel y Centro de Convenciones donde se celebraría el Congreso.

Ya en París, me alojé en una modesta pensión de rue Bouchardon, muy cerca de Porte St.Denis. En el metro Strasbourg–St.Denis me manejaba como un topo debajo de tierra, a los cuatro puntos cardinales de París. Por supuesto visité los principales lugares turísticos en los primeros dos días: la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo, el Louvre  y Los Inválidos.

Pero pronto descubrí el metro que llevaba a la estación del Pigalle. Pasé una noche fabulosa viendo el espectáculo del Moulin Rouge pero sobre todo frecuentando con intensa curiosidad la cantidad de sex-shops que existen en el Bd. Rochechuard.

Al día siguiente –era domingo- estaba resaqueado porque la víspera había tomado más de la cuenta con una chica que conocí en un cabaret. Subí lentamente por las amplias escaleras hacia la Basílica de Sacre Coeur. La vista de París, desde la colina de Montmartre, era extraordinaria en ese día claro de primavera. Caminé hacia la izquierda y encontré la Place du Tertre, un lugar plagado de pintores, artistas y bohemios.

Fue allí que me pasó por mi mente un pensamiento totalmente imprevisto.

De pronto me pregunté si quería pasar el resto de mis días encerrado en un quirófano, manipulando las entrañas de un ser humano en delicadas operaciones. Me vino la idea de que la cirugía era ni más ni menos un oficio gasfiteril. ¿No eran, acaso, las coronarias y las arterias, como cañerías internas del cuerpo humano?

Y fue en Place du Tertre donde decidí que quería vivir en París el resto de mi vida.

Fue como una iluminación repentina, que me hizo recordar la visita que había hecho, la víspera, a la catedral de Notre Dame. Allí, aparte de la imponente belleza de esa magnífica construcción del siglo XII,  me llamó la atención encontrar una placa en el suelo, entrando a la derecha, que decía simplemente: 25 Decembre 1886. Conversion de Paul Claudel. Magnificat.  Pregunté a un guía y me contó que se trataba de un gran poeta francés, ateo y anticlerical, que en esa noche de Navidad, al entrar casualmente a la Catedral y escuchar el canto del Magnificat, sintió una repentina conversión religiosa  y cambió por completo su vida.
            
      Pensé que algo muy parecido era lo que me pasó aquella mañana en Place du Tertre. Una conversión laica. Por mi habilidad de manos, desde chico había tenido afición al dibujo y a la caricatura. Me compré entonces un par de lienzos, unas acuarelas, pinceles  y un caballete. También una boina. Al día siguiente estaba instalado al lado de medio centenar de pintores que colmaban la placita, llena de turistas.

      Como estaba nervioso, al copiar en el lienzo un grabado del Arco del Triunfo los trazos me salieron un tanto desiguales y posiblemente hice una mezcla curiosa de colores. De pronto una señora gorda que evidentemente provenía de Nueva York exclamó, llamando a su marido: Hey Bill, this is an autentic impresionist style!. El gringo sin sacarse el puro de su boca me preguntó sin inmutarse: How much? Quedé momentáneamente paralizado, pero reaccioné y le dije sin dudar: Two hundred dolars.

      Por supuesto que fue un golpe de suerte y no todos los cuadros los vendí tan rápido y a tan buen precio, pero descubrí que lo que quería hacer en la vida era pintar y hacer caricaturas en Place du Tertre. Y así me quedé a vivir en París.

       Tiempo después me enteré que el pobre Dr. Huaroto había tenido un severo pannic attack al llegar a Ámsterdam y no encontrarme ni en el aeropuerto de Schiphol ni mucho menos en el Congreso. Tuvo que ser internado en una clínica y sedado por varios días. Por supuesto que al regresar a Lima firmó mi carta de despido.

      Pero yo me quedé a vivir en París. Vivir en París y ser pintor en París es algo realmente maravilloso. París será siempre París.






Escucho ruidos a mis espaldas, en mi habitación. A ratos he dormitado en el balconcito, arropado por el sol otoñal y el rumor de la ciudad.

            Mi mujer ya se ha levantado. Avanza hacia mí. A su lado está mi hijo llevando una torta de cumpleaños. Nos abrazamos y nos besamos con inmenso amor.
           
–¿Qué tal tu primera noche en París? –me pregunta mi hijo. ¿Dormiste bien? ¿Listo ya para salir a pasear por la ciudad?
           
Entonces sonrío. Siempre he sido impaciente. Pero mi mujer y mi hijo son dormilones, y los domingos aún más. He tenido que salir yo solo, con mi imaginación, a conocer por delante la ciudad. Ahora lo haré con ellos.

          Me siento muy feliz de celebrar mi cumpleaños en París. Mi hijo es un médico reconocido mundialmente por sus investigaciones en enfermedades infecciosas y este año ha sido nombrado para uno de los más altos cargos del Instituto Pasteur de París. Tiene un magnífico departamento sobre Avenue Kléber, cerca de la Embajada peruana, y nos ha invitado a su madre y a mí a pasar unas semanas con él, con mi nuera y mis nietos.

Por supuesto que, ahora sí, me quedaré a vivir en París. 

martes, 17 de julio de 2012

La quinta



Eduardo Montagne


Por aquél entonces la quinta era un espacio familiar, en la cuarta cuadra de la calle Bolívar en Miraflores, cerca de la línea de tranvía Lima-Chorrillos, que transitaba por Reducto. No tenía reja de entrada, sino un jardín alargado y estrecho al medio, flanqueado por dos veredas que comunicaban directamente con las seis pequeñas casas, tres a cada lado, en la que nuestras familias vivían desde mucho tiempo atrás, se conocían y saludaban cada vez que se cruzaban entrando o saliendo de la quinta.

            Varios muchachos de la misma edad formábamos una “patota”. Cuatro de nosotros estudiábamos en el colegio Champagnat. El flaco Ortiz y el Pejesapo –nunca supimos por qué tenía ese apodo- estudiaban en el Alfonso Ugarte. 

            En la casa del fondo vivía una anciana a quien casi nunca veíamos porque ya no se levantaba de su cama, acompañada por una hija solterona. Un día, al regresar del colegio, encontramos que nuestros padres estaban agolpados en la puerta de la última casa, fumando y hablando en voz baja. Nos enteramos así que la anciana había fallecido esa tarde de un infarto fulminante y la estaban velando allí mismo, en la pequeña sala de la casa, donde la hija lloraba desconsoladamente. Pocas semanas después del entierro de su madre, la vimos salir cargada de bultos y atados. Se despidió de todos nosotros, contándonos que se mudaba a vivir con una hermana en su tierra natal, Huancayo.

            Y fue entonces, un domingo ya caluroso de las primeras semanas de diciembre, cuando nuestras mamás armaban los nacimientos y nosotros nos esforzábamos en estudiar un poco más que de costumbre para dar los exámenes finales, que un suceso dio inicio a algo que recordaríamos durante mucho tiempo. Estábamos conversando en la vereda de la calle Bolívar, antes de la hora de almuerzo, cuando vimos llegar el carro negro de don Belisario, el taxista que todo Miraflores conocía porque tenía su habitual paradero, junto con otros dos choferes, en la calle Schell, casi en la esquina con la Diagonal. Nos llamaba la atención porque los tres carros negros se estacionaban junto a una columna de cemento que escondía, en una caja superior, cerrada siempre con llave, un teléfono a donde se le podía llamar para pedir una carrera. Ese día el taxi se detuvo en la puerta de la quinta, y vimos que don Belisario abría la maletera, sacaba dos pesadas maletas de cuero, y se las entregaba al pasajero, que ya había bajado del asiento trasero. Cuando pasó a nuestro lado, el pato Martínez se ofreció a cargarle las pesadas valijas, pero como única respuesta nos hizo a todos una ligera venia y avanzó hacia la casa desocupada del fondo de la quinta, con un paso acompasado y lento, erguido y la cabeza muy derecha, como si las maletas no le pesaran nada. Debía tener unos cuarenta años, vestía un terno marrón a cuadritos muy pequeños –luego supimos que el diseño se llamaba ‘Príncipe de Gales’- y una gorrita que bien podía ser una boina, si no fuera por la visera aplastada en la frente, una prenda que nunca habíamos visto.  

                 -Nuestro nuevo vecino parece bastante raro –comentó el negro Benites, el mayor de nosotros- ¡Tenemos que saber quién es!

            Como durante toda la tarde de ese domingo no lo volvimos a ver, y al día siguiente teníamos exámenes finales –al flaco Ortiz se lo jalaron en geografía porque confundió todas las capitales de Europa- no nos pudimos ocupar de nuestro nuevo inquilino hasta el sábado siguiente. Ninguna de nuestras mamás, habitualmente eficaces espías, lo había visto salir, y hasta algunas de ellas creían que la historia de la solemne entrada, el domingo anterior, de ese personaje silencioso vestido de terno, era una fantasía de una acalorada imaginación adolescente. Entonces, para llamar su atención, al pato Martínez se le ocurrió fingir que se tropezaba y caía golpeando la puerta de la casa del fondo, haciendo bastante ruido y quejándose exageradamente del supuesto golpe que se había dado. No hubo respuesta alguna. Debe haber viajado, ya no está aquí, dijo Pepelucho. Pero el negro Benites, que vivía en la casa contigua, afirmó que por las noches escuchaba ruidos de pasos y alguna vez hasta una radio encendida, lo cual nos llenó de una curiosidad aún mucho mayor.

            -¡Ya sé! –dijo el Pejesapo. ¡Busquemos a don Belisario para preguntarle de dónde lo recogió y qué conversaron en el trayecto!

            La idea nos pareció excelente y fuimos en nuestras bicicletas a la calle Schell, donde nuestro amigo taxista esperaba dormitando en su asiento que llegara algún pasajero.

            -¿Qué si me acuerdo de esa carrera? Sí, claro que me acuerdo.

            -Cuéntenos, cuéntenos. ¿De dónde lo recogió?

           -¿Y por qué tanta curiosidad, muchachos? –pareció querer ocultarnos toda información.

            Atropelladamente, hablando todos a la vez, le contamos que había ido a vivir a nuestra quinta y desde el domingo que llegó no había salido de su casa. Eso pareció animarlo a darnos algunos datos, que aumentaron aún más nuestra perplejidad.

            -Un domingo se apareció aquí, en el paradero, me pidió una carrera a San Isidro y me alcanzó un papelito con una dirección. Lo recuerdo bien. Decía solamente: Avenida Dos de Mayo 850, San Isidro. Durante el trayecto lo observé varias veces por el espejo retrovisor y me llamó la atención verlo sentado y rígido como una estatua, sin mirar por la ventana ni moverse para nada.

            -¿Y, y, qué paso? –no podía contener su impaciencia el flaco Ortiz.

            -Llegamos a esa dirección, me pidió que lo espere unos momentos, se bajó, pero en lugar de entrar en esa dirección caminó varios metros a la izquierda. Me llamó la atención y al voltear vi que tocaba el timbre de una casa amurallada. Cuando la puerta se abrió, un mayordomo le alcanzó las dos maletas de cuero. Se volvió a  subir al carro y me entregó otro papelito: calle Bolívar 460, Miraflores.

            -¡Nuestra quinta! –dijo Pepelucho.

            Todos pasamos de año –a cuarto de media- y entre los afanes de los exámenes finales y luego de la Navidad y Año Nuevo, nos olvidamos de nuestro vecino fantasma. Pero en los primeros días enero, en que la flojera nos hacía levantarnos tarde, y el calor nos empujaba a gorrear tranvía para ir a las playas de Chorrillos, volvimos a pasar largas horas en patota. Un día estaba desayunando cuando escuché el silbido típico del Pejesapo en la ventana de mi casa, y golpes insistentes en la puerta. Como me percaté de que se trataba de algo urgente, salí de inmediato y lo vi con su cara pecosa y su brazo extendido señalándome la salida de la quinta, por donde avanzaba, con el mismo paso acompasado y rítmico con el que lo habíamos visto entrar, varias semanas antes, nuestro vecino misterioso, vistiendo el mismo terno y la misma gorrita. Lo seguimos a prudente distancia, emocionados como si fuésemos unos espías. Lo vimos cruzar en la avenida Reducto la línea del tranvía y esperar en el paradero, rígido y sin moverse, la llegada del que iba a Lima.

          Cuando, de regreso en la quinta, convocamos al resto de nuestros amigos para contarles lo que habíamos visto, el negro Benites no cesaba de afirmar no ven, no ven, yo tenía la razón, estaba metido en su casa todo este tiempo.    

No solamente la quinta, sino prácticamente todo Miraflores, en ese año 1961, era un espacio familiar y amigable, donde los muchachos hacíamos mucha vida de barrio, generalmente en las esquinas o en las puertas de los “chinos” -las bodegas que en esa época eran casi todas de ciudadanos orientales que apenas hablaban castellano-. Muchos días salíamos a montar bicicleta por las calles entonces poco transitadas, y solíamos bajar por la avenida Benavides, con sus grandes mansiones estilo Tudor, llegar hasta el Malecón de la Reserva sobre el Club “Terrazas” y terminar en el parque Salazar para ver la puesta del sol, encontrarnos con algunas chicas, y comprar un helado en alguna de las muchas carretillas de D’Onofrio que con sus cornetas convocaban a los golosos clientes. Los domingos íbamos a la matinée del Leuro o del recién inaugurado cine Pacifico, en los que fumábamos sin parar, porque en nuestras casas teníamos prohibido hacerlo. Con frecuencia, en los días calurosos del verano, nos colgábamos de los estribos de los vagones acoplados del tranvía para llegar hasta Chorrillos y pasar un día playero en La Herradura.

            En ese verano en que varios de nosotros comenzábamos a afeitar una incipiente barba y todos hablábamos de las gilas del barrio, nos olvidamos muchos días del vecino misterioso. Pero cuando nos aburríamos en la puerta de la quinta y las horas del día parecían alargarse y no traer ningún entretenimiento, entonces la presencia de ese misterioso señor que ocupaba la casita del fondo, convocaba nuevamente nuestra curiosidad y sentíamos todos una especie de malestar culposo por haber descuidado nuestras pesquisas para saber quién era, de dónde veía, en qué trabajaba, si tenía o no familia. Lo único que habíamos averiguado era su nombre, porque un día el cartero, conocido de todos nosotros, llegó con su enorme bolsón, y dijo que traía una carta para la casa del fondo. Como sabíamos que era flojo y ya caminaba bastante por todo Miraflores, le dijimos que nosotros la pondríamos debajo de la puerta, y de ese modo pudimos leer, emocionados, el nombre del misterioso personaje: Mr. James  Rumsfeld. El descubrimiento nos llenó de emoción pero pasaron algunas semanas más y seguimos con la misma incertidumbre.   
              
-Ya sé –dije uno de esos días-. Vayamos a la dirección que nos dio Belisario, seguro averiguamos algo.

La idea entusiasmó al grupo y ese mismo día, después de almuerzo, partimos en nuestras bicicletas por la avenida Arequipa hacia San Isidro. Nuestra emoción aumentaba a medida que nos acercábamos, y cuando entramos a la avenida Dos de Mayo –un barrio que casi nunca frecuentábamos, donde vivía gente rica en enormes mansiones de amplios jardines delanteros- nos pareció estar a punto de descubrir algo importante. Pedaleando rápidamente, llegamos a la octava cuadra, y al número ocho cincuenta, que recordábamos muy bien. Era una mansión rodeada de jardines y en la puerta vimos una placa que decía: Embajada del Reino Unido.

-¡El Reino Unido es Inglaterra! –exclamó el flaco Ortiz, demostrando que en los cursos de la vacacional ya estaba aprendiendo geografía.

-Sí, pero don Belisario nos dijo que retrocedió dos o tres casas –recordó el pato Martínez.

Encontramos la casa amurallada, algo poco frecuente en esas épocas. Nos quedamos sin saber qué hacer, porque no nos atrevíamos a tocar el timbre. Como era la hora del lonche, pasaba justamente un panadero haciendo sonar su corneta. El negro Benites, que era el mayor de nosotros y el más lanzado, se acercó y le dijo:

-Oye, estamos buscando a un pata y no sabemos cuál es su casa. ¿Quién vive aquí? ¿Sabes?

-Aquí no vive ningún muchacho –respondió el panadero. Sólo un matrimonio de alemanes viejos y sin hijos. Pero hace poco se han ido, creo que han regresado a Alemania. ¿Por qué, ah?   

Nadie le respondió y regresamos pedaleando lentamente a nuestra quinta de Miraflores, un poco silenciosos y meditabundos.

En el resto del verano, cuando hablábamos sobre quién era Mr. James, las opiniones se dividieron. El negro Benites, el Pejesapo y Pepelucho fueron adquiriendo cada vez más la convicción de que en realidad ese era un nombre falso, y que nuestro vecino era un alemán nazi refugiado que se hacía pasar por inglés y vestía como tal. El carácter misterioso y oculto de sus actividades, y el hecho de que no quisiese hablar con nadie ni se le conociesen amigos, reforzaba el hecho de que se trataba de alguien que necesitaba ocultar su verdadera identidad.  Pepelucho, que tenía siempre muy buenas notas en historia, tejió una historia verosímil:

-Este señor debe tener cerca de cuarenta años. Digamos que nació en 1920. Tiene cuarenta años. La guerra empezó el 1939: tenía entonces diecinueve años. Fue miembro de las SS y trabajó en campos de concentración, matando a cientos de judíos en la cámara de gas. En 1945, cuando Alemania fue derrotada, alcanzó a huir. Quizás tenía algún amigo o pariente en Inglaterra, sacó un pasaporte inglés y un nombre falso, y, ¡zas! al Perú. O a algún otro país de Latinoamérica, Argentina quizás, donde fueron muchos nazis. Luego, por algún motivo, se trasladó a Lima.

-¡Claro! Y vive oculto un montón de años en la casa de los alemanes de Dos de Mayo hasta que estos se van del Perú. Entonces viene a vivir a nuestra quinta –conjeturó el Pejesapo.

Pero al pato Martínez, al flaco Ortiz y a mí no nos convencía mucho esa historia tan fantasiosa de tener como vecino a un exmiembro de las SS.

-Parece inglés, viste como inglés, tiene nombre y apellido ingleses… muchachos, ¡entonces es inglés! –afirmó el pato Martínez.

Y así pasaban los meses y el año entero, y así el tiempo de nuestra adolescencia escolar se nos terminaba. Ya estábamos en quinto de media y por largos períodos nos olvidábamos de Mr. Rumsfeld, a quien, por lo demás, veíamos muy poco. En las vacaciones de fiestas patrias de quinto de media, estas son nuestras últimas vacas, muchachos, en próximo verano ¡a prepararnos para la universidad! dijo el Pejesapo, propuse dedicarnos al menos esos quince días a observarlo minuciosamente. Hicimos un plan mucho más detallado que los anteriores, y nos dividimos la tarea: cada uno de nosotros estaría “de guardia” en la puerta de la quinta para chequear sus entradas y salidas. Y además nos turnaríamos para seguirlo a donde fuera. Nos propusimos llevar un registro escrito de todo lo observado y tener una reunión final el diez de agosto, la víspera del inicio del segundo semestre de clases de ese  año 1962, último de colegio.

Ese fue un día memorable por el cruce de informaciones entre nosotros. Supimos entonces la rutina exacta de Mr. James Rumsfeld. Abría la puerta de su casa para salir de la quinta exactamente a las ocho y quince de la mañana. Caminaba, con su particular estilo rítmico y un tanto marcial, hacia el paradero del tranvía. El flaco Ortiz estaba seguro que contaba los pasos al andar. Tomaba el tranvía a las ocho y treinta de la mañana en dirección a Lima. El negro Benites y el pato Martínez se encargaron de seguirlo todos esos días: nos informaron que invariablemente se bajaba en la primera cuadra del  jirón Carabaya, caminaba por la calle de la izquierda y entraba al edificio Rímac. Nunca usaba el ascensor, subía a pie tres pisos y abría con su llave la puerta de lo que aparentemente era una oficina. No volvía a salir hasta las cuatro en punto de la tarde, en que hacía el mismo recorrido de regreso hacia nuestra quinta de la calle Bolívar. Lo que más nos llamó la atención fue que tenía una hora exacta de entrada, diez minutos antes de las cinco de la tarde. Y supimos también que algunas veces que llegó a la esquina de Reducto con Bolívar unos minutos antes, esperaba mirando repetidamente su reloj de bolsillo, para recién avanzar con su rítmico paso y entrar a la quinta a diez para las cinco en punto.

-¡Claro, para tomar  el té de las cinco! –dijo el pato Martínez. Eso es típicamente inglés.  

           Y entonces nosotros tres propusimos otra historia: era un inglés miembro de la Scotland Yard, la famosa policía británica, destacado a la Embajada en Lima para realizar acciones de inteligencia y espionaje y que tenía una muy discreta oficina en el centro de Lima. Seguro había estado viviendo en la misma Embajada del ocho cincuenta de Dos de Mayo, y el día que se tuvo que mudar le pidió al mayordomo vecino que guarde sus maletas, para despistar al taxista.
           
         Se nos vino el fin del año, y las fiestas de promoción y las nuevas enamoradas, y los ingresos en la Universidad. Yo ingresé a Letras de la Católica para estudiar luego Derecho, el pato Martínez se decidió por Veterinaria y el Pejesapo por Medicina y los dos ingresaron a San Marcos, mientras el flaco Ortiz y Pepelucho optaron por la recién inaugurada Universidad de Lima para estudiar Ciencias de la Administración. El negro Benites fue el único que se fue a Estados Unidos, donde vivía su padrino quien le ofreció estudios allí.

         Pasaron los años y nuestras familias se mudaron a otras casas, buscando mayores comodidades que las que brindaba la quinta, nosotros terminamos nuestras carreras y nos casamos y tuvimos hijos, y nos instalamos en barrios nuevos, Chacarilla, La Molina, Camacho.

         Un día que almorzaba con unos clientes en la Tiendecita Blanca para hablar de un contrato importante, sentados en esas mesitas que están en la terraza y dan a la calle, en un instante que miré hacia el cine El Pacífico observé a un señor que miraba insistentemente su reloj, esperando que el semáforo peatonal le permitiera cruzar la calle. Me distraje completamente, porque me pareció reconocerlo. Cuando la luz se puso verde, Mr. James Rumsfeld cruzó la Diagonal, atravesó el trozo del Parque Central entre las dos avenidas, miró nuevamente su reloj para cruzar la avenida Larco, y, doblando hacia la derecha, enfiló, con su rítmico paso, calle abajo. Estaba mucho más encorvado, su paso seguía siendo rítmico pero ahora mucho más lento y vacilante, el terno gastado y la camisa y corbata descuidadas y calzaba unos anteojos a mitad de la nariz. Miré mi reloj: eran las cuatro y veinte de la tarde. Como ya habíamos terminado el almuerzo y los temas que nos convocaban, me despedí de mis clientes aduciendo que tenía que volver al Estudio. Subí a mi flamante BMW y enfilé rápidamente por la Alameda Ricardo Palma, doblé por el Paseo de la República hacia el sur, crucé el congestionado semáforo de la avenida Benavides, y me detuve justo al doblar por la calle Bolívar, a pocos metros de nuestra antigua quinta que aún seguía allí. Estaba muy emocionado y me daba pena que mi antigua patota no estuviese conmigo. A muchos, incluso, no los había vuelto a ver. Miré mi reloj: las cuatro y cuarentaicinco de la tarde. Y entonces lo vi de nuevo, avanzando lentamente, moviendo los brazos como si desfilara, y, estoy seguro, contando sus pasos. Se detuvo un instante, sacó del bolsillo de su chaleco su grueso reloj de bolsillo, esperó unos segundos, y entró con paso solemne a la quinta: eran las cuatro y cincuenta de la tarde de un día invernal y nublado del año dos mil dos.