miércoles, 5 de junio de 2024

La apuesta

Doris Verónica Martínez Méndez


La luz amarillenta de la calle se introduce entre las rendijas de la persiana. Todo está quieto y callado, las sombras de los muebles se abarrotan entre sí, como si el salón del apartamento se encogiera en la oscuridad. Un hilo de humo blanco escapa de la pila de colillas del cenicero sobre la mesa de la cocina. El olor a tabaco impregna las fibras desgastadas de la ropa y se pega al sudor agrio que transpiras, en tanto tu cuerpo flaco y larguirucho se encorva en la pequeña silla plegable que chilla cada vez que intentas acomodarte.

Te has quedado mirando, sin parpadear, la vuelta del minuto en el reloj de pared. Cada segundo hace un chasquido que interrumpe tus pensamientos, coincide su ritmo con el de la vena que brinca bajo tu párpado derecho. Tus ojos vidriosos, con arañas vasculares, se hunden en unas ojeras parduzcas que resaltan la palidez de tus mejillas enjutas y sin afeitar. Entre tus dedos giras una ficha dorada de póquer con notoria habilidad.

Apartas la mirada del reloj para dar un rápido vistazo a la habitación: comedor y cocina ocupan el mismo espacio. La estufa y el refrigerador comparten una pared y el fregadero es una poceta abarrotada con apenas dos platos de la cena. El chasquido de la aguja del reloj vuelve a distraerte. Contemplas la baraja sobre la mesa y enciendes otro cigarro: el último de la cajetilla. Repartes los naipes entre tú y la silla vacía situada frente a ti, das un rápido vistazo a la puerta de la habitación al fondo.

«¿Cómo carajos llegué a esta pocilga? Mi suerte tiene que cambiar», piensas y regresas tu atención a la baraja, unos segundos antes que te distraiga el chasquido del reloj.

Susana duerme tranquilamente en la habitación, no ha notado tu ausencia en la cama o no la echa de menos. En el sueño parece olvidarlo todo, o eso piensas. Ha perdonado tantas tonterías que olvidas que han sido, en realidad, iniquidades.

«No la merezco», te dices y repartes las cartas de nuevo.

Hace un año todo era diferente. Se habían mudado a la ciudad por tu nuevo empleo en la tienda de Roberto, un amigo perdido de la facultad que hizo su suerte en la venta de celulares y artículos tecnológicos.

—Me pareció una buena idea, ¿quién no tiene un celular en estos tiempos? —dijo al mostrarte el pequeño almacén que inauguraba en el centro.

—Siempre has sido un visionario —dijiste y te sorprendió la envidia que mordió tu estómago.

—Sí, pero soy un bruto para las matemáticas, Carlos, por eso necesito tu ayuda.

Así empezaste en tu puesto de contabilidad, haciendo números y dando cuentas al fisco del dinero de otro con mayor fortuna que tú, pero que te pagaba bastante bien, quizás más de lo que pagaría cualquiera. Conseguiste una casa en un buen vecindario: dos plantas, tres habitaciones, sala y comedor independiente y una cocina como sacada de una revista culinaria. Susana y tú volvieron a los días de luna de miel, la consentías con cualquier baratija insignificante, ella no pedía mucho, nunca lo ha hecho.

—Voy a hacer una fiesta por la nueva tienda —te anunció Roberto y te dio una palmada en la espalda—, nos la merecemos, ¿por qué no llevas a Susana?

—A ella no le gustan las fiestas, Roberto.

—Sé que sabrás convencerla.

La fiesta fue en un hotel suntuoso de la ciudad, con temática de juegos de casino. Entraste al salón y tus ojos se encendieron al ver aquellas mesas con distintos juegos de cartas y ruletas. Susana apretó tu brazo y decidiste ignorar su mirada nerviosa.

—¡Qué bueno que han venido! —los saludó Roberto y le sonrió a tu esposa—. Susana, te ves preciosa, esa es una hermosa joya.

Susana llevó su mano al relicario que colgaba sobre su escote y lo apretó por reflejo.

—No me habías dicho que era una fiesta de casino —dijiste con la emoción de un niño, la misma que sentiste de pequeño aquel día que tu padre te llevó por primera vez al hipódromo.

Tuviste una noche como pocas. Causaste sensación en cada juego y mientras toda la atención se centraba en ti, Susana se mantuvo aislada y dispersa, pero la ignoraste.

—Tuviste una racha magnífica —te felicitó Roberto y le sonrió a tu esposa—. Afortunado en el juego y en el amor, eso no se ve a diario.

Susana le dio a Roberto una mirada de soslayo que no notaste. Te lo dijo también, y no la escuchaste:

—No confíes tanto en él, Carlos.

Pronto vendría el efecto dominó de aquella noche. Las rondas ocasionales en los casinos pasarían a ser algo de todos los fines de semana. Roberto solía acompañarte algunas veces y sabías limpiarle los bolsillos de vez en cuando. Susana te creía trabajando horas extra, pero no veía el dinero que correspondía a ellas y pronto también sería menos el que le dabas para los gastos de la casa, pero no te lo cuestionó. «¡Es tan buena!», pensaste.

Una tarde la encontraste llorando en la habitación y notaste su pequeño cofre de joyas disperso en el tocador.

—No encuentro mi relicario —se lamentó y siguió su búsqueda.

—¿Cuál relicario? —mentiste.

—Mi relicario, Carlos, el que me dio papá en mi primera comunión.

—Debe estar por ahí, ya aparecerá.

—Ha estado en mi familia por generaciones, es el último recuerdo de mi padre —sollozó por la impotencia y no supiste consolarla.

El sábado siguiente te escapaste de casa, como era tu costumbre, y buscaste a Roberto para ganarle una partida y recuperar aquella joya.

—Lo siento, Carlos, pero ya no la tengo. Conocí a alguien y, en un arrebato pasional, se la obsequié.

—¿Cómo me dices eso? Me prometiste que me esperarías hasta que te pagara.

—¿Qué te digo? Eso fue hace meses y ya no me dijiste nada del asunto. Me ganó el corazón, Carlos, quería quitarle la tristeza a su sonrisa. Tú deberías entender eso, ¿no?

Te resentiste tanto con tu amigo que no declaraste los impuestos de ese mes en el almacén. Tenías muchas deudas y te tomaste el dinero, lo devolverías cuando te pasara el enojo. «Un préstamo», pensaste. Fuiste muy torpe al dejar rastros y Roberto se enteró al poco tiempo.

—Por consideración a nuestra amistad y a tu pobre esposa, Carlos, no voy a denunciarte, pero no puedes seguir trabajando conmigo. Lo entiendes, ¿no?

Le dijiste a Susana que tuviste un altercado con Roberto, le inventaste que el desgraciado te quería obligar a mentir en las declaraciones fiscales. Lloró amargamente por la zozobra y el desengaño, tanto, que cayó enferma algunos días. Entonces te entregó los ahorros que tenía para sobrellevar la situación mientras encontrabas otro empleo. «¡Es un ángel!», pensaste.

Cuatro meses de atrasos en los pagos te obligaron a dejar la casa y buscar un lugar más económico. Habías visto con desprecio los multifamiliares cuando ibas de camino al almacén del centro; esos edificios apretados entre industrias textiles y fábricas varias, con sus fachadas deslucidas y ventanas opacas por el humo de los automóviles. Había una continua algarabía entre sus calles: los gritos de los vendedores ambulantes, el rumor de los motores, la música estridente de las tiendas y, con bastante frecuencia, las sirenas de las patrullas y ambulancias. Tenía el aire una mezcla de olores nauseabundos, pero a las dos de la tarde no faltaba un empalagoso aroma a pan horneado de la fábrica de galletas.

Se caminaba con dificultad entre tanta gente, mirabas la calzada para no pisar excremento de perros callejeros y alzabas la mirada en busca de las palomas que defecaban desde los tendidos eléctricos. Un escenario dantesco, pero era lo único que podías costear.

El apartamento estaba equipado con una cocina y refrigeradora, había un sillón de mimbre y una mesita en el comedor. Susana te dio la idea de vender los muebles de la mudanza que no necesitaban para pagar el depósito de seguridad y pensaste que conseguirías un poco más si los apostabas en un juego de póquer. Fuiste a un bar casino del centro, el que tenía además un prostíbulo en el salón del fondo. Era mejor buscar un lugar donde nadie te conociera, y ¿qué mejor que aquel sitio de mala muerte?

—¿Qué demonios haces aquí, malparido? —preguntaste al reconocer a Roberto en la barra.

—¡Carlos, qué gusto! —te respondió como si nada hubiera pasado entre ustedes—. ¿No recuerdas a don Fermín? Es quien me renta el almacén. Tiene varios negocios en la zona, no todos tan honestos, pero siempre muy discretos.

—S… sí... —dudaste en decir con un ligero tartamudeo—, lo recuerdo...

—He intentado llamarte, pero no conecta el número. Sé de alguien que puede ayudarte a conseguir otro celular si lo necesitas —bromeó y te dio una palmada en la espalda, esas que acostumbraba siempre que hacía un chiste—. No hay rencores, ¿o sí?

—¿Vas a ofrecerme trabajo de nuevo? —te atreviste a preguntar.

—Me encantaría, pero tengo inversionistas, Carlos, bastante trabajo me costó librarte de una denuncia.

—Claro, yo entiendo.

—¿Vienes a jugar un rato? ¿Despejar la mente?

—Podría probar suerte, me vendría bien.

Esa noche la suerte se dejó seducir. Conseguiste un poco más del valor de tus muebles y la satisfacción de dejar limpio a Roberto.

—Cuando tienes suerte, la tienes —te dijo con una sonrisa resignada—: en el juego y en el amor.

—¿Qué hay de tu novia? ¿La conquistó la joya de mi mujer?

Roberto soltó una fuerte carcajada y terminó su trago de golpe.

—Merezco tu reproche y no voy a negarte el crédito. Susana seguro entiende…

—Ella no lo sabe.

—De alguna manera intentaré compensarte, ¿por qué no me pones como referencia en tu currículo?

—¿Hablas en serio? ¿Vas a omitir lo que sucedió?

—Somos amigos, Carlos, tuviste una mala racha, pero esta noche parece que te cambia la fortuna.

Regresaste a aquel multifamiliar con tan buen ánimo que ignoraste el escándalo de los borrachos en la esquina. Susana se había ido a dormir, pero te había dejado la cena sobre la mesa de la cocina y sonreíste: «¡Es la mejor mujer de todo el mundo!».

Comiste con tranquilidad y lavaste tu plato. Tu esposa dormía con tanta paz que no quisiste perturbarla, fuiste a su tocador y pusiste el dinero que habías ganado. Nunca te sentiste tan orgulloso y optimista.

Tu buena racha se convirtió, nuevamente, en una cadena de infortunios. Nadie te contrataba, pese a las referencias de Roberto. Terminaste en el callejón detrás del Ministerio de Hacienda junto a otros contadores desempleados, ofreciendo tus servicios a particulares por unos cuantos dólares. Compartías el quiosco de una tienda de licuados y sacabas cuentas entre el ruido de las licuadoras y el olor de las pulpas y desperdicios en el basurero. Por las noches llevabas lo poco que recaudabas al casino de don Fermín para intentar, al menos, sacarle intereses. Roberto llegaba todos los viernes por un trago, pero se iba temprano y no siempre podías ganarle.

Susana hacía algunos trabajos de costura para ayudar un poco al hogar. Te esperaba despierta mientras cosía cremalleras y pegaba botones de los vecinos que miraban su anuncio en la portería. Pensabas de nuevo: «¡No la merezco!».

—¿Qué le pasó a la tele? —te preguntó un día que regresaba del mercado y notó la pequeña mesa vacía.

—No lo sé —mentiste e hiciste un ademán con tu mano—, la carambada dejó de funcionar.

—¿Cómo?, si ayer funcionaba bien.

—No lo sé, mujer, hoy quise ver el partido y no encendió. La llevé a reparar.

—Espero no cobren muy caro y no tarden mucho —lamentó ella y fue a guardar las compras—, ¡con lo emocionante que está la telenovela!

Sentiste un aguijonazo en el pecho y te prometiste que le recuperarías a tu esposa ese pequeño lujo que le habías arrebatado, pero pasaron los días y no te alcanzaba para saldar tu deuda en la casa de empeño.

—¿Qué te ha dicho don Julio de la tele?

—Está buscando la pieza que necesita, al parecer no es fácil de encontrar.

—¿No será muy cara la pieza? No vale la pena, así como están las cosas. Doña Tula, del cinco, me deja ver la telenovela con ella y terminará cualquier día de estos.

—Eres demasiado buena —dijiste en voz alta por primera vez y Susana te dio una sonrisa triste. Nunca te había sonreído así.

La luz de la mañana ilumina todo el apartamento y escuchas ruidos en la habitación: Susana ha despertado. Te levantas de la mesa, tiras todas las colillas en el basurero y guardas la baraja en tu pantalón.

—¿Qué le pasó al reloj? —pregunta ella al salir y ver el reloj roto en la mesa.

—Se cayó de la pared —mientes y notas una mirada suspicaz en ella, nunca te había mirado así.

—Parece que no dormiste —dice y entra a la cocina a preparar el desayuno—. No hay café, no pude comprarlo, ¡está tan caro!

—No te preocupes, tengo algo de dinero, al regresar del trabajo traeré un poco.

—Si te alcanza, trae un poco de azúcar.

Asientes y te metes a bañar, tampoco hay champú y la pastilla de jabón ya es una masa blanda sin forma. Al salir revisas tu billetera: solo tienes un billete de cinco dólares. Buscas monedas en el tocador y notas unos pendientes de esmeraldas que hicieron brillar tus pupilas por unos segundos. No sabías que Susana los tuviera, no acostumbra a usar joyas, no le gustan, ¡es tan modesta y austera!

Tu esposa te había preparado un pan tostado con miel y medio vaso de leche, pero te disculpas con ella y sales a prisa. El hambre y la preocupación te abren un hueco en el estómago. Bajas corriendo las escaleras y apenas saludas a doña Tula en la entrada. Cuando llegas al callejón te encuentras con que han desalojado todos los puestos ambulantes, incluido el tuyo.

—La municipalidad nos manda a la mierda por no tener los permisos —te explica uno de los vendedores que termina de recoger su producto.

—¿A dónde llevaron todo? —preguntas, desesperado—. ¡Dejé mi computador bajo llave! ¿Simplemente rompieron el seguro como si nada?

—La calle no tiene dueño, dijeron.

Te halas tan fuerte los cabellos que algunos quedan entre tus dedos. Corres entonces al almacén a buscar a Roberto, ¡solo él puede ayudarte!

—Cálmate, Carlos, no entiendo nada de lo que me estás diciendo.

—Necesito que me organices un juego, uno grande, sé que puedo ganar.

—¿Don Fermín ya no te da crédito?

—Solo quiere efectivo, Roberto, y estoy seco. Tú puedes respaldarme con él, a ti pueden interesarte unos pendientes que Susana nunca ha usado...

—¿Estás seguro de lo que me estás pidiendo? Carlos, puedes perderlo todo —te advirtió y pareció más una amenaza—, tu mujer no va a perdonarte…

—Ella jamás lo sabrá, no planeo perder. Solo necesito un empujón para levantarme. Habla con don Fermín.

—Veré qué puedo hacer.

La zozobra y los nervios te hacen entrar a tu casa como un criminal. Susana debe estar con doña Tula viendo la telenovela. Entras al cuarto con sigilo y buscas las joyas entre tanta baratija en su joyero y te lamentas no haberle hecho mejores regalos a tu mujer: «Es tan sencilla, no pide mucho». Tomas los pendientes y te empieza a acechar el recuerdo de su mirada suspicaz, piensas que parecía más un reproche. Susana nunca te ha reprochado nada en toda su vida. Sabes que lo mereces, pero ella no lo haría. ¡Es una santa!

Don Fermín cerró el bar para tener más privacidad, pero dejó abierta la puerta hacia el prostíbulo. Entre los jugadores que han llegado hay un anciano escuálido, flemático, que escupe con frecuencia al piso, y un tipo fornido, agresivo, de aspecto tosco; este último te ha puesto nervioso. Roberto solamente mira desde la barra. La noche avanza y las fichas cambian de mano con cada hora que pasa. El anciano se retira con sus ganancias, solo quedas tú y el tipo rudo. Miras tus cartas: tienes muy pocas posibilidades.

—Voy a entrar —pide Roberto de repente y pone su apuesta sobre la mesa, y un poco más.

—Solo aumentarás mis ganancias —advierte aquel jugador y aspira de su cigarrillo.

—Veremos.

Pasan varias horas, el humo del cigarro forma una neblina alrededor de la mesa. Te sientes aturdido, no has dormido ni probado bocado, pero es tu última oportunidad. Roberto ha dado la vuelta a la partida dejando al oponente apenas con un par de fichas. Tú has recuperado mucho y algo te dice que Roberto ha hecho todo esto para ayudarte. «Es tan buen amigo», piensas.

—¡Bah! Me retiro —reniega tu rival y suelta la mala mano que tenía.

—¿Tú qué dices? —te pregunta Roberto.

—Sigo.

—Bien —responde y ofrece todas sus fichas con una risa cándida—, subo esto y, se me ocurre, darte tu trabajo de nuevo, si ganas.

Entonces te lo crees: Roberto quiere ayudarte, por eso entró de último momento, para limpiar al otro y dejar que te recuperes. Él nunca ha sabido fingir el juego. Lo has repasado mil veces: esa candidez en sus modos, su risa torpe y el continuo parpadeo: ¡debe tener una mala mano!

—¿Hablas en serio?

—Mi honor lo respalda, ¿qué me ofreces para igualar la apuesta?

—Ya puse todo sobre la mesa, ¿qué más podría ofrecerte?

—¿Tu mujer?

Una carcajada sale de tu garganta con un estertor grueso por estar respirando el humo denso del ambiente. Roberto tuerce una sonrisa infantil y eso te convence de que te está dando la salida a tus problemas. Si ganas, ¡recuperas tu vida! Si pierdes, no, ni siquiera lo piensas. Ves las cartas en tu mano: tienes una escalera de color. ¡No puedes perder!

—Está bien, ¡mi mujer! —dices y sellas el trato poniendo tu sortija de matrimonio sobre la mesa.

Muestras tus cartas, los dedos te tiemblan según alineas los números de menor a mayor: siete, ocho, nueve, diez y jota.

—¡Guau! Nada mal —reconoce Roberto.

Tus ojos brillan y sonríes como un demente. Ves las fichas que has ganado y recuerdas su palabra de devolverte el trabajo. Piensas en Susana, ¡se pondrá tan feliz! Entonces Roberto muestra sus cartas y el rubor de tu éxtasis se borra de golpe.

—Flor imperial —te explica como si fueras un niño estúpido.

—Pe... pero —tartamudeas y frunces el ceño con una mirada desconcertada—, estás jodiendo, ¿verdad? Tú ibas a ayudarme...

—¿Cuándo dije eso? —ríe Roberto y se levanta a darte una palmada en la espalda, por primera vez la sientes como una daga—. Lo siento, Carlos, pero descuidaste a la reina.

—Ella no se irá contigo —aseguras con el rostro contraído—. Esto no puede ser en serio.

—Has renunciado a Susana —señala Roberto y toma entre dos dedos el anillo de la mesa para examinarlo—. «Deudas de juego son deudas de honor», si te queda un poco.

Tu cabeza es ahora un enjambre de avispas. Tiras la mesa, las fichas caen sobre los escupitajos del anciano y sales a prisa.

Ya amanece y la rutina de la gente no se hace esperar. Llegas al edificio, te detienes de golpe para tomar aire y aclarar tus ideas. Encuentras a doña Tula luchando por abrir la cortina metálica del quiosco de revistas y te pide ayuda.

—Muchas gracias, joven.

—Soy yo, doña Tula, Carlos, del quince —le recuerdas y señalas el edificio—. Mi esposa es Susana, ven juntas la telenovela que está por terminar.

—Perdón joven, no sé de qué me habla, no conozco a su esposa.

Carlos está ahora corriendo por las escaleras. Ya tienes todo listo, una pequeña maleta te ha bastado para lo que quieres llevarte. Recibiste la llamada hace veinte minutos. Terminas de pintarte los labios de un rojo carmesí, sonríes radiante frente al espejo y te acomodas el escote en tu elegante vestido nuevo, haciendo notar aquel relicario que recibiste de tu padre cuando eras niña. Dejas la baratija de tu anillo nupcial sobre el joyero y no te molestas en dar un último vistazo al salir. Roberto te espera en el lugar de siempre.

lunes, 27 de mayo de 2024

Hécate

Ruth Rosales


La línea de carros ese día estaba en particular bastante larga. De las diez garitas que el lado norteamericano tenía construidas para revisar el pasaporte y la visa de los que pretendían cruzar «al otro lado», solo dos estaban abiertas. El capo del cártel de Juárez había muerto hacía unos meses, por lo que la guerra territorial había empezado y los chalanes del cártel del sur, el de Sinaloa, no tardaron en irrumpir en casas y negocios de los líderes de los allegados del ahora occiso narcotraficante. La ciudad fronteriza mexicana se convirtió en un campo de batalla y el Gobierno Federal estableció el toque de queda, por lo que, ningún ciudadano, podía circular después de las ocho de la noche.

Mi mamá estaba lista esperando a mi padre desde las seis de la mañana ya con la maleta preparada. Él le había dicho que llegaría tarde debido a complicaciones laborales, pero ella sabía en el fondo que no oiría nada de él hasta que el sol la levantara, si es que tenía suerte. No tuvo que esperar a que los rayos de luz hicieran su trabajo, las contracciones esporádicas de los dolores de parto iniciaron desde las tres de la madrugada, para después transformarse en movimientos pélvicos sincronizados en intervalos de veinte minutos. Tenían todo preparado para tenerme en El Paso, Texas. Como buenos fronterizos, toda mi familia había crecido en el lado mexicano, pero eran nacidos en la tierra de las barras y las estrellas, lo que nos permitía tomar ventaja de las bondades de ambos mundos.

El reloj marcaba ya la una de la tarde, los periodos de los espasmos eran cada diez minutos con una duración de noventa segundos. Las gotas de sudor caían esporádicamente sobre el rostro de mi madre y, después de morderse los labios, marcó el teléfono de su cuñada. Tenía que pedir ayuda. Había que cruzar todavía el puente internacional y la fila de coches con seguridad estaría larga. No podía arriesgarse a que su hija naciera de este lado equivocado del mundo, menos ahora, cuando la guerra estaba iniciando.

Pasaron veinte minutos después de colgar con mi tía, cuando mi padre llegó por ella. «Vine tan rápido como pude» le dijo tropezando al bajar de su camioneta Bronco del año 1974. ¿Cómo supo qué estaba pasando, y dónde está su hermana? Fueron las preguntas que su ceño y ojos le hicieron mientras la ayudaba a subir en medio de una larga contracción; al menos ya iban rumbo al hospital, las respuestas podrían esperar, lo importante es que su hija nacería en el lugar correcto.

Eran las seis de la tarde y ellos seguían en la interminable fila para cruzar el puente internacional. Los intervalos entre una contracción y otra se acortaban. Entre ellas pasaban tres minutos con sesenta segundos de duración. El sudor se había transformado en una cascada de agua hirviendo que brotaba de los folículos de los cabellos de mi madre y recorría su rostro de forma embravecida. Los ejercicios de respiración le ayudaban, pero el estrés de ver esos carros inertes y el temor de no lograr cruzar la maldita línea divisoria, hacían difícil que se entregara al ejercicio de permitir que su cuerpo se expandiera para recibirme al mundo. 

Las siete cuarenta y cinco de la tarde, en quince minutos se activaría el toque de queda y las garitas cerrarían hasta las seis de la mañana del día siguiente. «Puedo bajarme y caminar» diría mi madre en un minuto en que la apertura de su pelvis cedió y le permitió articular palabras más o menos entendibles. Faltaban cinco coches, solo veintidós punto cinco metros de distancia, si tomamos en promedio cuatro punto cinco metros de longitud de cada uno. «Ya casi cruzamos, no puedes salirte, no hay quién te lleve al hospital del otro lado» es lo que mi padre respondió mientras contraía los nudillos de sus manos al apretar el volante. «No voy a llegar al hospital» pensó mamá y entonces empecé a nacer.

Las manos de papá temblaban cuando le mostró los pasaportes al agente aduanal, quien, al notar algo extraño en su comportamiento, estuvo a punto de apartarse y desenfundar su arma, pero yo no se lo permití, porque hice que mi madre emitiera un grito que abarcó los cuatro kilómetros de distancia que existía entre una ciudad y otra. «She is in labor» es lo último que escuchó salir de los labios de mi padre, antes de que ella se rindiera al llamado del dios del inframundo.

Los agentes aduanales llamaron al 911 y en menos de cinco minutos llegaron ambulancias y paramédicos. Era veintinueve de febrero de uno de esos años a los que llaman «bisiestos». Íbamos camino al hospital. Mamá yacía inconsciente conectada al oxígeno, mientras los paramédicos trataban de sacar mi cuerpo atorado debido al esfuerzo sobrehumano ejercido por sus caderas para evitar que saliera del lado equivocado del río. Tanto ella como yo dejamos este mundo durante algunos segundos, pero, en el momento en el que escuchó mi voz gritando su nombre, cuando su alma cruzaba el Aqueronte al lado de su barquero, no dudó en saltar y nadar en sus aguas justo en el instante en que yo desgarré su pelvis y salí muda, abriendo mi boca solo para tragarme el río entero.

Mi padre estaba hecho una plasta de nata. El estrés mezclado con toda la emoción engullida, lo dejó en estado catatónico durante días. Algo enajenaba su espíritu, mi madre lo intuía, podía verlo en lo nebuloso de sus córneas y la respiración ausente. Sentía el roce de sus manos tembloroso y llegó a contarme después, que las lágrimas le caían sin permiso cada vez que me cargaba o la veía amamantarme. «¿Qué es ese dolor tan grande que te hace arrepentirte de todos tus pecados?» pensaba ella cuando él la besaba para irse a trabajar.

Aquello que atormentaba a mi padre hizo que se refugiara en las paredes del templo católico de la comunidad. Empezó a ir a retiros espirituales y hacer voluntariado para los eventos de recolección de fondos. La familia entera asistía sin falta a los servicios dominicales, mientras yo pasaba de un salón de catecismo a otro hasta llegar a la adolescencia y recibir el sagrado sacramento de la confirmación.

Aunque vivíamos con comodidades y nunca nos faltó nada, mis padres decidieron que cursara mi educación secundaria en una escuela pública. Era impresionante la cantidad de adolescentes reunidos en dieciocho salones con capacidad para treinta personas cada uno. Cabe decir que no siempre se cumplía el cupo máximo y llegué a estar en grupos en donde éramos cuarenta y cinco alumnos tomando la clase.

Había distintos sectores mezclados en esos edificios difusores de conocimiento. Desde aquellos que venían de colonias populares y precarias hasta quienes, como a mí, nos dejaba un chofer en la puerta de la escuela y por la tarde nos recogía la muchacha que hacía en nuestras casas la limpieza. Esas diferencias se notaban en la forma de vestir y hablar, pero al final todos estábamos ahí revueltos unos con otros, inhalando el olor del caldo alborotado de hormonas que éramos. Mi fe cristiana empezó a verse tentada ante las constantes preguntas de ¿quién soy? ¿Qué quiero? ¿A qué vine a este mundo? ¿Dios existe? Who the hell is the devil?

Mi personalidad siempre fue muy moldeable. Solía ir de un grupo de amigos a otro. Aprendía sus códigos, la jerga que utilizaban, los rituales para pertenecer y todo aquello que me hiciera sentir parte de una tribu, pero nunca me quedaba. Este ir y venir incomodaba a algunas personas mientras que otras lo aprovechaban para sacar ventaja y me pedían favores. De repente jugaba el papel de mediadora y otras de cupido. No era la chica famosa de la escuela, pero sí me llegué a ganar cierto respeto al no meterme en broncas ni chismes.

Mientras exploraba mi personalidad en la escuela, en casa me aislaba cada vez más. Ya no disfrutaba ir al templo con mi familia. Veía que las dinámicas generadas entre lo que se decía en un sermón y las actitudes de los adultos fuera del recinto no coincidían. La mojigatería de mi padre me molestaba cada vez más. Mucha devoción a un Dios sin voz cuyo mayor logro había sido mantener a papá junto a mi madre. Ellos, que no eran más que la sombra insípida y desabrida del otro. ¿Cómo era posible que yo en la escuela pudiera pasar del grupo de los populares a los emos sin problema alguno y en mi casa era incapaz de descifrar lo que ocurría dentro de la mente de mis padres? O lo que era peor, lo que sucedía en la mía.

La rebeldía propia de la adolescencia me llevó a explorar otras formas de encontrar respuestas a mis preguntas existenciales. Primero exploré otras religiones que siempre me mostraron lo mismo: una madre virgen, un hijo de un dios supremo, las pruebas que hay que pasar para lograr la iluminación y regresar al mundo terrenal a compartir la sabiduría adquirida. Listo, perfecto, ¿y luego? Por supuesto mi mente inmadura no alcanzaba a ver más allá de lo que significaban las enseñanzas de los distintos profetas. Quería respuestas y me encontraba con la imagen exacerbada de mi padre y el servilismo irracional de mi madre. Todas las doctrinas eran lo mismo. No había para donde ir.

En la escuela estaba el grupito de los pesados-pesados. No eran los típicos rebeldes, no. Ellos estaban relacionados directamente con los narcos en turno que ocupaban el territorio de mi ciudad fronteriza. Todos sabíamos lo que hacían y no decíamos nada. Era algo normal. Yo me llevaba con ellos como con el resto de los clanes. Un día me quedé hasta tarde zurciendo un vestido en mi taller de corte y confección. Platicaba con otra chica que pertenecía a los pesados-pesados. Era un pedacito de mujer delgada y diminuta. Su piel destellaba una blancura transparente que permitía ver sus venas.

Entre una puntada y otra pasamos de temas triviales de la escuela a una conversación más profunda y un tanto absurda. Ahí estábamos, dos adolescentes de dieciséis años tratando de descifrar el origen de la vida. Por primera vez escuché el concepto de «todos somos uno» y de cómo nosotros formábamos parte de Dios por lo que también éramos dioses creadores de nuestra propia realidad. Le pregunté dónde había escuchado eso y, pensando que me diría que de alguna religión oriental como el budismo o hinduismo, se limitó a decirme que si la acompañaba el fin de semana a casa de su primo en Samalayuca, en medio del desierto, me respondería.

Por supuesto se me complicaría el permiso con mis padres por tratar de quedarme a dormir con una desconocida en un pueblo a una hora de distancia de la ciudad y en plena Semana Santa. Tenía que inventar un pretexto creíble y hacer parecer a mi nueva amiga como la chica más dulce, confiable y de buena familia de Ciudad Juárez. Bien se dice que hay que tener cuidado con lo que se desea, ya que los múltiples dioses que había explorado confabularon a mi favor e hicieron que mis padres se fueran de retiro espiritual justo ese fin de semana. Así que, cuando estaba dando mis mejores argumentos literarios describiendo a mi nueva amiga como la inmaculada que salvaría mi alma, ellos ya estaban preparando mi maleta para quedarme en su casa y así ahorrarse lo que les costaría contratar a una nana para cuidarme.

Apenas bajé del carro noté que a mis calcetines se adherían decenas de toritos, esas hermosas flores secas que en esta región el viento lleva a todos lados. Lo consideré un augurio de que algo bueno sucedería. El resto de los pesados-pesados ya estaban en el rancho del primo de mi amiga e hicieron exclamaciones de júbilo al vernos llegar, lo que me hizo sentir bienvenida y en confianza. Yo los conocía a todos de vista y había cruzado palabra con uno que otro por diversos motivos. Que si pásame los apuntes de la clase fulana, que si dile a los fresitas esos que se dejen de mamadas y no vigilen tanto la entrada a los bailes para meter el chupe, que si entretén al profe de mate para que no vea que nos salimos del salón después de pasar la lista, y así, puras babosadas.

Como era de esperarse, la droga y el alcohol empezaron a circular. A mí me tenía sin cuidado que se emborracharan o pusieran hasta arriba. Solía cargar siempre gas pimienta por si alguien osara pasarse de vivo. Sabía que eso no garantizaba mi seguridad, pero no me sentía amenazada. Confiaba bastante en mi labia y destreza para quitarme a borrachos o drogos de encima. Yo no solía entrarle a nada de eso, no porque fuera mojigata, sino porque mi cuerpo tenía tolerancia cero a cualquier fermento, polvo o químico que ingiriera. Cuando tenía diez años me tomé a escondidas una cerveza de mi papá y terminé en el hospital. A los trece fumé mariguana e igual acabé en la sala de urgencias y, cuando cumplí los quince, un primo me dio un pasón de coca y casi entro en coma por la ridícula cantidad inhalada. Todo esto gracias a que mi cuerpo no produce las enzimas adecuadas para metabolizar las toxinas presentes en el alcohol y algunas plantas que la naturaleza tan maravillosa había puesto para el deleite y placer de los seres humanos. Magnífica suerte la mía.

Mi amiga tampoco le entró a la ronda y me llevó a la parte de atrás de la casa que daba directo al desierto. La noche era absorbente. Se escuchaban grillos, uno que otro búho, crujidos de quién sabe qué animales rastreros y un silencio natural, libre de los ruidos artificiales de la ciudad. Y qué decir del cielo, no se distinguía ni un espacio libre. Miles de millones de puntitos diminutos palpitando en el firmamento.

Cuando estaba más absorta en la belleza que me rodeaba, mi blanquecina amiga se acercó a mí y me dio un vaso con una bebida. Yo le dije que no tomaba porque me ponía muy mal y terminaba siempre en el hospital. Ella respondió que no era una bebida alcohólica y que si quería saber de dónde sacaba esas reflexiones sobre Dios y la vida, me tomara ese chocolatito que tenía en la mano. «¿Chocolate? ¿Me voy a tomar un chocolate?», pensé mientras analizaba con reserva el contenido del vaso desechable.

Si no todos los adolescentes del mundo son inconscientes, al menos sí el noventa y nueve por ciento y yo no formaba parte de ese uno por ciento cuerdo. Así que, aun cuando todo me decía que no tomara lo que había en ese vaso, me lo empiné completito.

Cierra los ojos, me dijo mi amiga, y entrégate a los sonidos del desierto. Lo primero que escuché fue el crujir de las ramas. Estuve tentada en desobedecer la orden de mi comadre para ver quién se acercaba, pero no eran pisadas lo que se oía. Decidí confiar y seguir atenta a cualquier ruido. A lo lejos alcancé a detectar el ulular de un búho y casi al mismo tiempo percibí el canto de las ranas.

Al cumplir catorce años, mi madre me contó que cuando nací culminó una temporada de siete años sin llover. Ese día el cielo se dejó caer y no paró de fluir el torrente de agua durante tres meses seguidos. La sequía terminó, pero el lodazal arrasó con los pocos cultivos de algodón que se daban en la tierra árida del desierto chihuahuense. Se formaron lagunas de agua inundando carreteras y clausurando puentes a desnivel. Un día las nubes cerraron la llave y se desvanecieron. De los charcos brotaron burbujas de aire que salpicaron el ambiente con el canto inconfundible de las ranas y, esa noche, en medio de la nada del desierto, lo volví a escuchar.

Mi cuerpo se sumergió en una especie de trance. Me encontré navegando en un río dentro de una cueva. El silencio taladraba mis oídos exacerbando los tambores silenciosos del movimiento de mi corazón. A lo lejos vi acercarse la figura de mi madre que nadaba. Era más joven, mucho más de la juventud madura que ahora profesaba. Venía huyendo de una luz que salía de un túnel. Le empecé a gritar que se acercara para subirla a mi barca. Algo la jaló por debajo hundiéndola por unos segundos. Salió dando manotazos y aspirando grandes bocanadas de aire. Sus ojos reflejaban el pánico de aquello que se desconoce. Grité desesperada: «¡Mamá!», no me escuchaba. «¡Mamá!», dije más fuerte. «¡Mamá!», sollocé sin aliento.

Un segundo después la vi flotando a mi lado. Ahora yo nadaba y trataba de traerla conmigo para sacarla de ahí. Su cuerpo estaba flácido, pesado, ya no respiraba y sus ojos perdían con lentitud el brillo de la vida. Llegué a la barca y como pude me subí sin soltar su mano. Quise levantarla, pero mis brazos carecían de la fuerza necesaria. Sus ojos se movieron en busca de los míos y, sin abrir los labios, me confesó «no quería que nacieras».

Sentí cómo el alma de mi madre la abandonó y se subió por mis piernas hasta introducirse a mi vagina e instalarse en mi vientre. El dolor de un cólico intenso me tiró de la barca y quedé flotando sobre las aguas mirando el cielo tupido de estrellas. Una luz blanca dispersó los puntitos del cielo y aparecieron las figuras de mi padre y su hermana mayor entrelazadas, fundiéndose en un acto carnal genéticamente prohibido. Él la penetraba con fuerza por el ano cuando el sonido de un teléfono interrumpió los jadeos adoloridos de mi tía. La voz de mi madre retumbó como un trueno y las aguas en donde mi cuerpo reposaba se alebrestaron en un remolino que empezó a succionarme.

«We are losing her» oí decir a los paramédicos. Mi cuerpo giraba siguiendo las oscilaciones circunscritas del agua. Estaba a punto de ser absorbida por esa especie de laguna o río, cuando un bulto cayó del cielo y me golpeó la cabeza. Era como un saco de box, pero en lugar de estar lleno de goma espuma, lo estaba de plumas de ganso. Sentía cómo la sangre cubría mi rostro. Comencé a tener dificultad para respirar, pero no quería abrir la boca para evitar que mis pulmones se llenaran de agua. Percibí a mi madre moverse en mi vientre y al mismo tiempo mi cuerpo se abría paso dentro de ella. Era el momento de nacer, pero algo me estaba aplastando e impedía que regresara al remolino para salir por el canal de parto que se encontraba al final de aquel espiral acuoso.

El canto de las ranas fue sustituido por un concierto de truenos acompañados por luminosos relámpagos. Voces a lo lejos. Gritos. Abrí los ojos y pude vislumbrar unas siluetas humanas cuyos contornos se difuminaban con los colores rojizos de unas detonaciones de luz blanquecina. El silencio llegó después de un tiempo que pareció infinito. No quería cerrar los ojos. Sabía que si lo hacía moriría.

Cuando llegó la policía me dieron por muerta. El cuerpo de mi amiga estaba sobre el mío con una veintena de orificios.  «La dejaron como una coladora» oí que decía uno de los polis. Saqué como pude mi brazo que estaba doblado incrustado entre mis pechos y enterrado en la arena sobre montones de toritos. Agarré con fuerza el tobillo del oficial que estaba a escasos centímetros de mi cabeza. Le metí tal susto que no pudo dormir durante tres noches seguidas, al menos eso fue lo que me dijo después, cuando me estaban interrogando en la comisaría.

Fui la única sobreviviente de la masacre de aquel sábado de gloria del dos mil doce. Los narcos del lado este del territorio mexicano, los que venían de Monterrey, acribillaron a los pesados-pesados en un intento por apoderarse de la jugosa plaza de Ciudad Juárez. Creyeron que eran los jefes los que estaban esa noche en el rancho, sin imaginar que éramos solo un puñado de mocosos adolescentes jugando a ser grandes. Unos drogándose, otros emborrachándose y otras, metiéndose hongos alucinógenos para conocer las respuestas del universo.

A raíz de ese suceso mis padres se perdieron aún más en la religión. Mi papá seguía expiando la culpa de estar eternamente enamorado de su hermana, mi mamá castigándose por haber deseado que yo nunca naciera, y yo, prófuga de la muerte, continué con mi camino chamánico de autoconocimiento, utilizando los hongos como pretexto para involucrarme en las bandas delictivas tanto mexas como gringas pasando información entre un bando y otro. Llevar a mi mente y cuerpo a estados de consciencia plena se convirtió en mi mayor droga.

Ahora tengo fama de ser guardiana de la frontera. Hago ceremonias místicas donde combino diferentes tipos de hongos entre ellos los que crecen por esta región y son conocidos como Niños Santos. Después de que los grandes capos participan en estos rituales, organizo los encuentros entre los líderes para que se repartan plazas y arreglen desencuentros o rencillas. Nadie se mete conmigo y yo no me meto con nadie. Me respetan porque mi trabajo es solo mantener al territorio libre de violencia en pro de la ciudadanía. Ambos bandos delictivos de la frontera se alinean, los güeros y los frijoleros, porque saben que, si alguno de ellos llega a cagarla de alguna manera, el desierto, mis honguitos y yo nos encargamos de «ponerlos en cintura».

martes, 21 de mayo de 2024

Amalia

Amanda Castillo


Amalia era feliz en su nueva casa. El sueño de vivir frente al mar se estaba haciendo realidad. Después de casi un año, por fin, su padre había terminado de construir el que sería su nuevo hogar. Ya no andarían de un lado para otro pagando arriendo.  Ahora tendría su propia habitación. La casa era enorme, hecha toda en madera y con grandes ventanales que facilitaban el ingreso de una brisa deliciosa.

Era una de tantas viviendas palafíticas, edificada sobre el mar. Para acceder a ella, el padre de Amalia tuvo que construir un largo y angosto puente de madera. El vecindario era ruidoso y con un ambiente festivo. La mayoría de sus habitantes eran pescadores artesanales y recolectores de moluscos en los manglares. El acceso a servicios públicos era limitado. Muchos de los adolescentes que abandonaban los estudios para dedicarse a trabajar y ayudar con los gastos de sus hogares consumían licor desde edades tempranas.

En las tardes, los vecinos se organizaban en círculos en las calles sin pavimentar y jugaban por horas, dominó, parqués y póker, mientras tomaban decenas de cervezas al son de la música que emitían los parlantes a todo volumen hasta bien entrada la noche.

La familia de Amalia había perdido su casa  y  demás bienes en el terremoto de 1979, llegaron a Tumaco, procedentes de un pequeño pueblo situado en la frontera entre Colombia y Ecuador. Desde entonces sus padres luchaban a diario por estabilizarse y proveerse de lo básico para suplir sus necesidades, no tenían posibilidad de darse lujos de ningún tipo.

Su madre trabajaba como empleada doméstica y el padre se desempeñaba en oficios varios. Sin embargo, se habían propuesto darles educación a todos sus hijos, y eso era la prioridad para ellos. Si bien el sector no era lo que esperaban, poco a poco se fueron acostumbrando al bullicio y al ambiente; en especial al intenso olor a pescado que inundaba el aire en las mañanas. Después de terminar sus faenas, los pescadores tenían por costumbre extraer las vísceras de los peces y lanzarlos al mar. Pero esto también significaba disfrutar de un hermoso espectáculo cuando la bandada de pelícanos inundaba el lugar en busca de alimentos entre las olas. Amalia y sus hermanitos observaban felices desde las ventanas de su hogar.

Amalia era la segunda de cuatro hermanos, a sus escasos nueve años, era una niña vivaz, inteligente y con una notable habilidad para expresarse y hacer amigos con facilidad. 

Cuando llegaron al nuevo vecindario se hizo amiga de los demás niños y pasaban largas horas jugando en la calle, sobre la arena y con los pies descalzos, lo cual le ocasionó varios rasguños y cortaduras en sus pies. Esperaba unos días mientras sanaba y de nuevo se lanzaba a jugar a las escondidas, la lleva o a las innumerables rondas infantiles típicas del litoral Pacífico.

Cursaba cuarto de primaria y era la mejor de la clase. Le hacía feliz acostarse en compañía de su hermana menor en la azotea de su casa y sentir la fuerza del viento sobre su rostro. Amaba ver el ir y venir de las lanchas, canoas y potros en la bahía. En ocasiones su abuela la llevaba a buscar leña en uno de los aserraderos ubicados al otro lado de la ensenada. Aprendió a nadar en poco tiempo, y el mejor premio para ella y sus hermanos era cuando sus padres dedicaban la tarde del domingo para supervisarlos mientras se lanzaban al mar.

Amalia crecía rápidamente, estaba más alta que su hermano, a pesar de que él era un año mayor. A los pocos días de su cumpleaños número diez llegó su primera menstruación, con ella su cuerpo empezó a cambiar: su pecho dejó de ser plano y su cadera se fue ensanchando.

En el vecindario había un chico con una deformidad en el rostro, tenía la boca torcida hacia un lado de la cara, y su habla era dificultosa, lo llamaban Boquinche. Era de piel negra, pelo ensortijado, delgado y ya había cumplido los quince años.  Los padres de Amalia le habían enseñado a ser amable con todo el mundo. Así que, cuando él se arrimaba para conversar, ella disimulaba su desagrado.

Con el paso del tiempo, el muchacho empezó a mostrar otro tipo de interés por Amalia. Aprovechaba cualquier oportunidad para decirle piropos y enviarle mensajes con sus amigos. La deformidad física en el rostro del muchacho le causaba temor a Amalia. Ella había escuchado infinidad de veces hablar a sus progenitores sobre la familia de aquel chico. Decían que su padre era un asesino a sueldo, que había estado muchos años en la cárcel por matar a varias personas. Amalia le tenía miedo a ese señor, y de paso, a su hijo también.

La obsesión de Boquinche hacia ella crecía cada día. Le enviaba pequeños regalos y declaraciones de amor escritas. Amalia cambiaba de acera cuando lo encontraba en la calle, y muchas veces se abstenía de salir para evitar encontrarse con él.

Un día la esperó a la salida de la escuela y la abordó:

Amaia, quielo dicile una cosa.

—¿Qué cosa?  

—Yo quielo que jea mi novia.

—Ve, yo no quiero ser su novia. Los niños no tienen novios.

—Yo no joy un niño, joy un hombe.

—Yo no quiero ser su novia —repitió Amalia e intentó continuar su camino.

Él la cogió de la mano y la haló hacia sí. Ella se asustó y se soltó con agilidad.

El chico se presentaba todos los días a la salida del colegio. En otras ocasiones se paraba frente la casa de Amalia con su grupo de amigos a conversar y reírse de todo, esperando que ella saliera para lanzarse con sus interminables declaraciones de amor.

«Amaita, mi amol»

«Lo ma lindo de la vida es la muel, y pol eso hay que sabela cultiva». Era la frase que reiteraba cada vez que la veía.

Amalia aceleraba el paso, o se mezclaba con el resto de sus compañeros, para evitar verse a solas con su desesperado pretendiente. Estaba intranquila, empezó a sentirse enferma por las mañanas, unas veces le dolía la cabeza, otras, el estómago; siempre había motivos para no ir a la escuela. Le costaba dormirse por las noches y ya no quería salir a jugar con sus amigas. Se pasaba largas horas despierta en su cama, mirando para el techo, callada, deseando no encontrarse al día siguiente con Boquinche.

Un día, mientras Amalia regresaba de hacer un mandado de sus padres, Boquinche se presentó de la nada con dos de sus amigos. Rodearon a la niña, mientras él le decía una retahíla de palabras de amor.

Ella no aguantó más y desesperada le gritó:

—¡Déjeme quieta, no me moleste! Yo no quiero ser su novia, no quiero… No quiero…

Rompió en llanto y se lanzó sobre él, arañándole la cara.

Ante esto, los amigos del muchacho se desternillaron de risa y las burlas hacia el frustrado pretendiente fueron incontrolables.

A partir de ese día sucedió el milagro que Amalia había anhelado. No volvió a saber nada de su pretendiente. Ya no hubo mensajes ni encuentros casuales. Ni siquiera lo veía en las calles.

Finalizaba el año 1983, y era tiempo de empezar a buscar un nuevo colegio para Amalia. Al año siguiente estaría un grado más alto y su antigua escuela ya no la podía recibir.

—¿Extrañarás a tus amiguitos? —indagó Julio, su padre, antes de buscarle el cupo en la nueva escuela. Él sabía muy bien lo sociable que era su hija y le preocupaba que el cambio la afectara.

—¿Claudia Jasmín también estará en la nueva escuela?

—No sé mija. Cada padre decide donde quiere tener a sus hijos. Pero todos tus compañeritos deben irse a otro colegio.

La niña estaba callada y por un momento su rostro se entristeció. Su padre la animó enseguida:

—Esta nueva escuela es más divertida, tiene un parque muy grande para correr y desde los salones se puede ver el mar.

Amalia seguía en silencio. Aunque extrañaría a sus amigos, comprendía las razones del cambio.

—Está bien, papi. En este nuevo colegio voy a tener muchos amigos y seré muy feliz.

Él la miró con ternura, la besó en la frente y asintió con la cabeza.

—Así es mija.

Al año siguiente, Amalia cambió de colegio y estaba feliz con sus nuevos compañeros y profesores. Se estaba adaptando con mucha facilidad y su rendimiento académico era el mejor. Pero un día, se sobresaltó al encontrarse de frente con Boquinche. Él llevaba el mismo uniforme: camisa celeste y pantalón azul oscuro. Lo cual significaba que también estudiaba allí. Ella, sin saber qué hacer, salió corriendo asustada.

Transcurrieron algunos días y Amalia empezó a notar que, cuando pasaba por algún lugar, los chicos se reunían a cuchichear y a reírse de ella. Amalia no entendía lo que estaba ocurriendo e intentó hacer caso omiso. Sin embargo, las burlas empezaron a tomar fuerza, al punto de que ya nadie se quería reunir con ella. Algunos la señalaban con el dedo mientras le gritaban:

«Amalia, La Puta».

«Puta… puta… puta…».

«Esa es una puta. Se acostó con Boquinche y con todos sus amigos».

«Eyy mamacita, venga me lo da. Yo le pago veinte pesos».

Otras ocasiones la rodeaban varios muchachos y le cantaban un coro muy de moda en la época:

«¿Por cuánto me lo da?

Por veinte pesos

¿Y dónde me lo da?

¡En la cocina!

Rebájalo de ahí

¡Ay, no se puede!».

Todos se reían a carcajadas, incluyendo Boquinche, quien era el responsable de la campaña de difamación en contra de Amalia.

Amalia sufrió el rechazo de la mayoría de los chicos. Las niñas la evitaban, y cuando ella se les acercaba, la recibían con una sarta de palabras hirientes. Caminaba como alma en pena por los pasillos del lugar. Sus recreos eran en soledad. Se sentaba en algún sitio del patio a ver cómo los demás se divertían y jugaban en los columpios, ruedas y demás rondas tradicionales. Pero para ella no había nada, ni siquiera una palabra amable, ni una sonrisa fraterna.

Amalia lloraba en silencio. No le había contado a nadie su desdicha. Tenía miedo de decirles a sus padres, suponía que esto le podría traer problemas y que el papá de Boquinche los asesinaría. Tenía terror. En sus pesadillas, este señor entraba a su casa y mataba a machetazos a toda su familia.

Uno de esos días, se le acercó Nelly, una chica mayor que ella, recién llegada. Era muy delgada y enfermiza.

—Hola, niña.

—Hola.

—¿Cómo se llama usted?

—Amalia.

—¿Y por qué no va a jugar?

Amalia no respondió, simplemente agachó la cabeza.

—Ellos la molestan, ¿cierto?

—Sí —dijo ella y sus ojos se llenaron de lágrimas.

A partir de ese día, Nelly se convirtió en su defensora. Era una muchacha débil en apariencia, pero fuerte emocionalmente. Gritaba e insultaba a todo aquel que osaba agredir a Amalia. Se convirtió en su única amiga, a la hora del descanso se juntaban para comer. Aunque no hablaban mucho entre las dos, el solo hecho de estar juntas, hacía que Amalia se sintiera menos rechazada. Con Nelly a su lado, se sentía protegida. Si bien esto alivianó un poco la permanencia de Amalia en el colegio, la desdicha, el miedo y el dolor seguían estando presentes.

La angustia se volvió a apoderar de Amalia cuando Nelly le contó que la iban a cambiar a otro colegio. Padecía de asma, y el contacto con la brisa marina agravaba su condición. Esta noticia la puso muy triste. Sin embargo, esa misma noche su padre reunió a la familia para contarles que le habían ayudado a conseguir un trabajo en una importante empresa en otra ciudad. En ese momento, una luz de esperanza apareció para la atribulada niña.

—Papi, yo me quiero ir con usted.

—Nos iremos todos, mija —manifestó la madre—. No vamos a dejar solo a su papá.

Amalia sintió una gran felicidad al escuchar estas buenas nuevas. La idea de no volver al colegio, y de no tener que encontrarse nunca más con Boquinche, era un alivio para ella.

Finalmente, se mudaron a la otra ciudad y hubo un nuevo comienzo para Amalia y su familia. Con el tiempo la situación económica mejoró. Amalia terminó el bachillerato con excelentes calificaciones, lo cual le ocasionó ganarse una beca para ir a la universidad. Sin embargo, su vida no era del todo fácil. Se había vuelto una chica huraña y desconfiada. A veces, sin ninguna razón aparente, lloraba en silencio en las noches. Las manos le sudaban con frecuencia, era temerosa e insegura, evitaba tomar riesgos y casi siempre se sentía abrumada. Le costaba entablar relaciones sólidas con personas fueras del círculo familiar. El flirteo y el romance no eran su prioridad. Había intentado tener un par de relaciones de pareja, pero estas no habían funcionado.

Al cabo de siete años se convirtió en médico, y en el proceso de búsqueda de lugares para hacer su año de práctica rural, surgió la posibilidad de regresar a Tumaco. Llevaba muchos años sin volver y la idea de reencontrarse con sus primas y recorrer las calles por las que transitó en su niñez, no le era indiferente. En especial, imaginaba que quizá podía encontrar a Nelly. Nunca la había podido olvidar y a pesar del paso de los años, la recordaba con gratitud.

Regresó y tuvo un buen año rural. En los últimos días de la práctica médica, llegaron a la sala de urgencias dos personas heridas de gravedad con arma blanca. El coordinador médico le asignó a uno de los pacientes para que ella se encargara de estabilizarlo, mientras llegaba el cirujano.

Al ver a aquel hombre, Amalia se tambaleó. Dio un paso atrás y su palidez asustó a la enfermera que la acompañaba. No lo podía creer. Era él. Ahí estaba, con su feo rostro, ensangrentado y a punto de morir.

«Dios mío, ¿qué hago?»

—¡Doctora… doctora! Este hombre se está desangrando.

Amalia estaba paralizada. Se sentía incapaz de tocarlo. En milésimas de segundo, el circuito de su memoria se abrió y los recuerdos se apoderaron de ella.

Moribundo, Boquinche abrió los ojos y la miró:

Aiuda. No me quielo molí —balbuceó.

Amalia permanecía inmóvil. Su corazón latía con fuerza y sentía cómo su cuerpo temblaba.

La enfermera reaccionó. Cubrió la herida con una gasa estéril y presionó firmemente con la palma de la mano intentando detener la hemorragia. Sin embargo, la sangre corría a borbotones debajo del cuerpo del paciente. Lo voltearon y descubrieron que tenía otra profunda herida en la espalda.

La señal de alarma del monitor de signos vitales la hizo reaccionar. El ritmo cardiaco y la presión arterial estaba descendiendo de manera peligrosa. No lograban estabilizarlo, entonces fue necesario hacerle reanimación manual. Amalia empezó las compresiones en el pecho del infortunado hombre, una y otra vez, y se oyó el conteo:

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco… treinta.

Enseguida, aplicó ventilaciones sobre la boca de su paciente. Repitió la maniobra en cuatro ocasiones. Fueron varios minutos de lucha hasta que, finalmente, el débil corazón de Boquinche respondió a las acciones de Amalia y volvió a latir.

Una vez estabilizado fue llevado al quirófano. Solo entonces ella se alejó, buscó un lugar privado y lloró desgarradamente, sacando de su interior toda la rabia y el dolor reprimido durante años.

La doctora Amalia lo pensó mucho antes de ir a visitar a Boquinche en la unidad de cuidados intensivos.  Él estaba intubado, inconsciente. Luchando por su vida. Ella permaneció callada por varios segundos hasta que por fin habló al inerme cuerpo, lo hizo tranquila y con pausa:

«Yo no sé si usted se acuerde de mí. Soy Amalia. Nos conocimos de niños. Yo solo le quiero decir que usted me hizo mucho daño. Nunca entendí sus razones para que se ensañara conmigo de esa manera. Siempre me pregunté por qué lo hizo. Yo solo era una niña. No sabía nada. Usted se inventó una mentira y me sometió al escarnio público, siendo yo inocente de lo que se me acusaba. Sufrí demasiado por eso».

Volvió a guardar silencio procesando sus sentimientos. Sintió un nudo en la garganta. Respiró hondo y continuó:
«No sé si me pueda escuchar, pero quiero que sepa que no le deseo la muerte. Ojalá se recupere. Yo solo quiero decirle que ese día, en la sala de urgencias, supe que debía perdonarlo. Tal vez usted también sufría en silencio, y solamente trataba de aparentar lo que no era para protegerse de los demás».

La doctora Amalia salió del hospital, sintiéndose libre. La vida le había dado un gran regalo, la oportunidad de sanar sus heridas a través del perdón a aquel hombre que sin pensarlo la había hecho infeliz durante años. Solo hasta ese momento llegó a su mente el recuerdo de la voz de Nelly que le decía: «Perdone a ese muchacho, no sabe lo que hace».