miércoles, 27 de octubre de 2021

Emilia y la esperanza

José Camarlinghi


Era la primera vez que intentaban llegar al puerto. La multitud se aglomeraba alrededor del perímetro controlado por hombres armados. Estaban uniformados pero no tenían bandera. Hace ya rato que los países habían colapsado y el ejercito de mercenarios controlaba que solamente las personas que tuvieran el paso autorizado, se embarcaran en los navíos que partían al sur. Todo empezó con lo que llamaron el cambio climático. Las primeras zonas en convertirse en desiertos fueron las tropicales. La temperatura se elevó tanto que los seres humanos empezaron éxodos a los extremos norte y sur del planeta. Millones se trasladaban como podían. En sus coches, en pequeños barcos, en lanchas, hasta en bicicletas o incluso a pie. En el hemisferio sur, y en realidad en todo el mundo, quedaba un solo lugar seguro: la Antártida. Los multimillonarios y la comunidad científica levaban ya varios años construyendo algunas ciudades cercanas a las costas que daban al continente americano. Una alianza precaria dado que unos negaron hasta el último que la hecatombe era producida por las industrias y las políticas de las corporaciones; y los otros demostraban con pruebas y hechos lo contrario. Inevitablemente tuvieron que unirse los bandos contrarios. Unos necesitaban los recursos y los otros el conocimiento. Se hizo un desarrollo de ingeniería naturalista y se cubrieron los montes con bosques y las praderas con pastos. En la orilla que mira a Australia se desarrolló una especie de reserva natural donde se liberaron todas las especies, de plantas y animales, que pudieron salvar del apocalipsis climático. Algunas fotos se habían filtrado en las redes pero nadie podía decir si eran verdaderas. Los medios oficiales se encargaron de hacer creer que todo era parte de otra enésima teoría de conspiración. 

Emilia tenía el pase seguro al último continente habitable. Era ingeniera genética y doctora en biología evolutiva. Unas de las pocas profesiones que sobrevivieron al desarrollo de la inteligencia artificial y la robótica. Y eso no fue porque los algoritmos no pudieran desentrañar los mecanismos del desarrollo de la vida; más bien por cierta precaución que tomaron los líderes y científicos para no entregar a un autómata uno de los planes más ambiciosos de la humanidad: la inmortalidad. Emilia había estado trabajando en el desarrollo de un sistema para trasladar la conciencia de un individuo a un cuerpo nuevo y joven. Estaba muy cerca de lograrlo. Su laboratorio inicial estuvo en Trieste, Italia. El clima se hizo tan caliente que lo movieron a ciudad del Cabo en Sudáfrica y de allí tuvieron que emigrar a Punta Arenas, en la Patagonia chilena. 

Ella debería haber abordado los primeros vuelos a Antártida, pero decidió quedarse. Tenía que encontrar a su hija, Amanda, y convencerla de que la acompañara. Lo hubiera hecho antes si habría tenido el tiempo. Esa era la historia de siempre. Recién se daba cuenta. No le había dedicado mucho a su crianza. De hecho, se podría enumerar  el tiempo que pasaron juntas. Vivían en la misma casa y sin embargo compartían muy pocos minutos al día. Por lo general eran los del desayuno. Emilia hacía las mismas preguntas todos los días y recibía las mismas respuestas. Luego salía al trabajo y normalmente retornaba cuando la niña ya estaba dormida. Amanda creció conociendo más a las niñeras, cocineras y los tutores, que a su propia madre. En su memoria quedaba algún que otro episodio de las vacaciones que pasaron juntas cuando era pequeña. Esos recuerdos eran los que más apreciaba. A pesar de eso, un abismo se abrió entre ellas. Un espacio vacío que creció con los años de la adolescencia y por el cual ninguna de las dos encontraba un camino de reencuentro, por mucho que lo intentaran. Amanda, que no sólo era brillante, tenía además aptitudes natas par los deportes, no respondía en el colegio. La rabia y la frustración se hicieron cotidianos hasta el punto de perder todas sus amistades. Antes de terminar la secundaria se escapó de casa y nunca más volvió a hablar con su progenitora. 

El colapso climático ocurrió mucho más rápido de lo que todos los expertos pronosticaron. En cuestión de meses las grandes ciudades se quedaron sin agua. Los servicios básicos dejaron de funcionar. La electricidad fue lo último que se cortó y con ella se fueron Internet y los medios de comunicación. Entonces empezó el verdadero caos. 

Emilia tomó su vehículo para hacer el viaje de cuatro horas a donde sabía que vivía su hija. Solo esperaba que ella siguiera allí. Cuando la niña abandonó el hogar, contrató agentes privados para encontrarla y después de varios meses le dieron una dirección en Río Gallegos. Esa misma tarde llegó al lugar. Amanda cerró la puerta de golpe al verla en el pasillo. La madre le pidió que abriera, le dijo que arreglarían las cosas, que no entendía el porqué se había ido de casa y que haría todo para cambiar lo que le disgustaba. La respuesta de Amanda, detrás de la puerta, fue áspera y dolorosa. Emilia ni siquiera atinó a justificarse. Sabía que lo que le increpaba era cierto. Pidió perdón llorando frente a la puerta cerrada, mientras al otro lado las lágrimas caían, no de dolor, sino de resentimiento. Después de más de seis de horas, la madre abandonó el lugar. No podía creer que eran ya dos años desde ese incidente. 

La autopista estaba tan congestionada que después de varias horas de no poder moverse ni un milímetro, se dio cuenta que no iba a llegar a ningún lugar. Abandonó el coche y se dispuso a caminar los casi cien kilómetros que le faltaban. Calculó que llegaría en tres días como máximo. Consigo llevó una pequeña mochila con un abrigo y una botella de agua. En su bolsillo verificó el dispositivo GPS que le habían dado en el laboratorio donde trabajaba. Cuando ella lo necesitara, podría mandar un mensaje vía satelital para ser recogida. Empezó a caminar arrepintiéndose de no haber aceptado que uno de los oficiales de seguridad le acompañara. Lo cierto es que nadie se había imaginado que la ruina llegaría tan velozmente. Esa noche durmió en otro coche abandonado. El dispositivo le aseguró que apenas había veinticinco kilómetros. 

Al día siguiente caminó desde el amanecer hasta la última luz del día. Fue relativamente fácil conseguir  alimentos y agua. A lo largo de la carretera eran docenas los camiones de reparto abandonados. No estaba sola, muchas otras personas caminaban también. Había un sentimiento solidario y todas se acompañaban y se ayudaban. Unas de ida y otras de vuelta. La mayoría volviendo a casa o yendo a buscar a un ser querido. Se sintió tranquila por eso. Tenían el mismo objetivo y a pesar de la urgencia se sentía un ambiente de seguridad. Al atardecer, ella y otros caminantes, llegaron a un hotel abandonado. Se acomodaron como pudieron y durmieron sin comer. Algunos despertaron con los ecos de disparos en la distancia, pero el cansancio era tal que se volvieron a dormir sin llegar a preocuparse. 

El tercer día la situación cambió radicalmente. Habían estado caminando por una hora  en la carretera totalmente vacía. Ya no se veían vehículos atascados. No tenían qué comer ni beber. Por suerte, pensaban, que ya les faltaba poco y que llegarían a su destino al mediar la tarde. Algunos cojeaban por las ampollas o la macurca. Entonces, después de dar la vuelta por una curva cerrada, se encontraron con los restos de lo que parecía haber sido una batalla. Vehículos quemados y cadáveres. Alguien sugirió salir de la carretera y seguirla desde una distancia prudente. Lamentablemente la vegetación no era muy alta y de cualquier manera se podía ver un grupo de personas que avanza por el terreno. 

Al acercarse a la ciudad el caos fue creciendo. Se veían varias columnas de humo negro y se escuchaban escaramuzas de combates. El grupo de caminantes se fue disgregando hasta que Emilia se quedó sola con su miedo y su cansancio. No le fue difícil llegar al edificio donde esperaba siguiera viviendo Amanda. Tuvo que dar algunas vueltas para evitar grupos de saqueadores. Al final del día, ya entradas las sombras, llegó al pasillo donde hace unos años había implorado en vano. Tocó con indecisión y temor. 

—¿Amanda? —dijo con voz temblorosa. 

En ese instante se abrió la puerta y ambas mujeres se quedaron paralizadas sin saber cómo actuar. Emilia observó el rostro aterrorizado y dio el paso para abrazar a su hija. Lloraron juntas liberando en las lágrimas los años amargos de incomprensión mutua. Al unísono se pedían perdón y aunque no se entendían a cabalidad se dieron cuenta en ese instante que ya no importaba lo que había pasado entre ellas. 

—¿Qué vamos a hacer? 

—No te preocupes. Tenemos paso seguro a Antártida. 

Amanda la miró con cierto sarcasmo que interpretó mal. No se burlaba de ella, sino de si misma. Odiaba el trabajo de su madre y ahora ese sería el mecanismo que las salvaría a ambas. 

—Tengo este transmisor —Sacó el aparato de su bolsillo—, es muy simple pero seguro. Sólo tengo que mandar un mensaje, ellos sabrán donde estamos y vendrán a recogernos. 

«Están en una zona muy insegura. Tienen que ir a otro lugar. Mañana les mandamos las coordenadas». 

Decía el mensaje de vuelta. Esa noche casi no durmieron. Hablaron como nunca lo habían hecho. A eso de las tres de la mañana, decidieron no esperar el mensaje con la ubicación y salir de la ciudad antes de que amanezca. El alumbrado público no funcionaba, sin embargo, era la primera noche de luna llena; es decir que tendrían su compañía hasta el amanecer. Una vez que los ojos se acomodan, es posible ver todo. Pero la luz lunar es engañosa. Los contrastes son muy marcados y los que estamos acostumbrados a vivir en plena iluminación solar caemos en las trampas de la imaginación. Lo que parece un abismo insondable es solo una torrentera; lo que se ve en la distancia como un peldaño de una acera es en realidad un muro de varios metros; el vano de la puerta de una casa blanca se asemeja a la boca de una caverna tan oscura que se presenta amenazadora, como si en cualquier momento podrían salir seres indescriptibles de sus profundidades. Transitar bajo la luz lunar es muy extraño; hermoso y al mismo tiempo sobrecogedor. 

Caminaron por las calles vacías rumbo al sur. La ciudad desierta parecía que hubiera sufrido un ataque repentino y que todos la hubieran abandonado intempestivamente. De todas manera, caminaban intentando no hacer ruido. Amanda había visto cómo pandillas de jóvenes se habían hecho de armas y eran ahora los que controlaban la ciudad. Ellos se apropiaron de los supermercados y estaciones de gasolina. Le disparaban a cualquiera que se acercara. En cada esquina sacaban primero un poco la cabeza, miraban a ambos lados y recién cruzaban la calle. Probablemente porque sentía, como cuando era chiquita, la presencia maternal, Amanda recordó uno de los pocos episodios felices de su infancia y soltó una risita. Emilia la miró. 

—¿Qué? 

—Nada, no es nada —dijo negando con la cabeza. 

Amanda se detuvo y la miró con cierto reproche mostrándole las palmas de las manos. 

La joven entendió y volvió a sonreír. 

—Es algo tonto. Ni siquiera sé por qué se me ocurrió. 

Se acercó a su hija y la abrazó. El contacto desató un flujo de nostalgia en ambas. 

—Estábamos de vacaciones en algún resort del Caribe. No recuerdo dónde. Yo tenía cinco o seis. Una noche que no pude conciliar el sueño fui a tu cama. Dormías profundamente. Creo que es esa época te medicabas para dormir. ¿Lo sigues haciendo?

—Sin esperar respuesta continuó— Encontré unos bombones en tu velador. Los puse en tus calzones y volví a la cama. Al día siguiente me desperté con tu grito. No sabías lo que te había pasado. 

Amanda empezó a reír y Emilia al recordar la alarma que le había provocado el encontrar una masa obscura entre las piernas. Recordó que se enfureció cuando se dio cuenta que era chocolate, pero ahora, finalmente le encontraba la gracia y ambas rieron a carcajadas. Una luz brillante las detuvo en seco. 

—¡Son dos minitas! 

—Noooo. Una es una vieja. 

—No importa, hoy por hoy no hay mucho para escoger. 

La joven tomó la iniciativa, agarró la mano de su madre y la jaló en una carrera desesperada. Escucharon los disparos y casi al mismo tiempo las balas que silbaron cerca de ellas. 

—¡No les dispares cojudo! ¡Muertas no nos sirven! 

Los hombres salieron corriendo haciendo tiros al aire. No era fácil atravesar el laberinto de coches y cosas tiradas en la calle. Amanda había destacado en los deportes y era ágil y fuerte. Emilia tenía problemas para seguirla y sólo atinaba a poner un pie delante del otro, aferrándose a la mano. Sus piernas flaquearon, trastabilló, se soltó y terminó pegándose la nariz en el suelo. La hija volvió a por ella que intentaba despabilarse del golpe, con la mirada suplicante y llena de culpa. Se quedaron agachadas en silencio hasta que sintieron los pasos cercanos de uno de los hombres. A tientas la joven encontró un objeto pesado que no pudo precisar qué era y lo lanzó lejos de ellas. El ruido provocó que se desviaran los persecutores. Ellas siguieron a gachas  en la dirección contraria. Continuaron así hasta que las voces de los hombres se escuchaban tan lejanas que ya no se entendían. Levantaron la vista y al ver que no había nadie, caminaron de puntillas intentando no hacer ruido por unas cuadras. Luego empezaron a correr con todas las fuerzas que tenían. No se dieron cuenta cuanto tiempo estuvieron al máximo de su velocidad. Para la madre fue un espacio interminable hasta que no pudo más. Se detuvo de golpe y cayó de rodillas intentando tomar más aire del que sus pulmones le permitían. Amanda se arrodilló a su lado y le aseguró que ya estaban fuera de peligro. A pesar de la situación, se sintió reconfortada de estar con su hija. Sólo entonces se dio cuenta que el sabor en su boca era su propia sangre. Se sorprendió que fuera tan salada. 

Salieron de la ciudad antes de la llegada de la luz y en los primeros kilómetros de la carretera observaron varios lugares donde seguramente ocurrió un asalto armado o una escaramuza. Los camiones repartidores tenían impactos de balas y estaban vacíos. Cadáveres por doquier. Apenas pudieron encontrar algunas frutas y verduras a medio podrir. Se sentaron a comer un poco y descansar. Fue entonces que se percató que el GPS ya no estaba en su bolsillo. Empezó a llorar desconsoladamente, se arrepentía de la manera en la que había criado a su hija. Si se hubiera involucrado más con ella, tal vez nunca habría dejado la casa y ahora estarían en lugar seguro. La joven la abrazó e intentó consolarla. Cuando le contó que había perdido el aparato la soltó, se paró a un lado y se quedó mirando el piso. 

—¿Sabes qué es lo que más recuerdo de mi infancia? 

Emilia detuvo los sollozos con el temor de que empezara a recriminarla. Una sombra cayó sobre ella y se preparó a recibir su castigo. Era culpable de haber abandonado a su retoño por tantos años. Tenía que recibir una condena por haber dado más importancia a su trabajo que a la única familia que tenía. 

—¡No te rindas nunca!, me decías. ¡Los ganadores no se rinden! —Miró a su madre inquisitivamente. 

La mujer se sorprendió frente a la firmeza de la joven. Se secó las lágrimas e intentó ponerse a la altura de sus propias palabras. Primero volverían a Punta Arenas y luego buscarían la manera de contactarse con el único país organizado que quedaba en la tierra. Decidieron  entonces caminar solamente de noche. En el día se esconderían lejos de los caminos. La luna llena duraría todavía cinco noches. Tiempo suficiente. 

El viaje les tomó seis días. Casi no encontraron comida y tuvieron que dormir escondidas en lugares descampados. Al menos no hacía frío. No era la Patagonia de  décadas atrás, conocida por los vientos huracanados y sus bajas temperaturas. Ahora ya nunca llegaba al punto de congelación, ni siquiera en el invierno. Lo que se temía en estos días eran las tormentas de arena que bajaban la visibilidad a unos pocos metros y que duraban hasta varias jornadas. Tuvieron suerte y casi desfallecientes llegaron a su casa en Punta Arenas a la media noche del sexto día. Durmieron casi doce horas. En la tarde siguiente tuvieron la primera comida verdadera en más de diez días.  Luego fueron al puerto para intentar abordar alguno de los últimos barcos que partían al Polo Sur. 

No pudieron acercarse a menos de diez cuadras. Primero estaba el atasco de cientos de vehículos y luego la muchedumbre que se agolpaba por miles. Subieron a un edificio para tener mejor vista. Las peleas y los gritos eran constantes y se escuchaban disparos de rato en rato. En la distancia se podía ver el perímetro fortificado que se había levantado y que estaba custodiado por hombres armados. Cuando la multitud intentaba hacer un avance se escuchaban los tiros al aire. Algunos, esporádicamente, se hacían al gentío. Lanzaban gases lacrimógenos, pero parecían no hacer mucho efecto. La gente no tenía por donde escapar. La presión de los miles que estaban atrás no permitía salida alguna. La oleada humana provocaba que muchos murieran asfixiados o aplastados. Los soldados empezaron a disparar sin discriminar. Después de casi diez minutos de matanza, la gente empezó a escapar provocando una avalancha donde quedaron aplastados otros cientos. 

Emilia lloraba silenciosamente frente al horrendo espectáculo. ¿Era esta la base sobre la cual se fundaría la nueva civilización humana? ¿Sobre miles de millones de muertos y de especies desaparecidas? ¿Podrían superar el karma que esto les traería? Las dos mujeres se sentaron mirando dentro del edificio. No podían soportar el grotesco espectáculo. 

Una hora más tarde volvió la multitud y cautelosamente se fue acercando. Se pararon frente a los cadáveres por un tiempo y tuvieron dudas de seguir avanzando. La gente siguió llegando y la presión hizo que avanzaran nuevamente. 

—No puedo volver a ver. Vámonos —dijo Emilia. 

Tomaron el camino de retorno a casa en silencio. Parecía que se les habían acabado las opciones. De pronto Emilia tomó el brazo de Amanda con cara de esperanza. 

—¡El laboratorio! ¡Cómo no se me ocurrió! ¡Qué tonta que soy! 

El laboratorio donde trabajaba tenía la fachada de una agencia aduanera. Siendo un puerto de alto tráfico internacional, habían cientos de ese tipo de empresas. Pasó totalmente desapercibida. Nadie se dio cuenta que en las instalaciones se llevaban a cabo experimentos que cambiarían la naturaleza del ser humano. El problema sería acceder al lugar. Todo estaba controlado por lectores biométricos y no había energía eléctrica en la ciudad. Tendrían que encontrar la forma de burlar la seguridad. 

Emilia se llevó una gran sorpresa al llegar al edificio. Cuando se paró frente a la puerta  se prendieron algunas luces y automáticamente se abrió. El edificio tenía su propia fuente de energía. Aunque era lo más lógico, ella nunca lo había pensado. Solo ella pudo pasar. El sistema no reconocía a Amanda. Le pidió que se ocultara en el edificio de enfrente hasta que consiguiera la manera de hacerla ingresar. 

Volvió a poco tiempo con una sonrisa que la joven no veía desde que era niña. Le dotó de un pase electrónico y juntas subieron al helipuerto para esperar su transporte.

lunes, 11 de octubre de 2021

Nada que confesar

Rosario Sánchez Infantas


Los domingos por las tardes treinta estudiantes internas, entre los nueve y dieciocho años, marchábamos hacia el pequeño bosquecillo ubicado en el fondo del complejo educativo. En esta ciudad andina, a 3400 metros sobre el nivel del mar, la temperatura variaba entre cinco y veinte grados centígrados, por ello disfrutábamos tomar el sol sentadas sobre trozos grandes de algunos árboles talados. El internado y la sección primaria estaban ubicados en una casona antigua, bien conservada y con hermosos jardines, colindante con una pequeña capilla gótica. Las instalaciones de secundaria eran nuevas y equipadas con campos deportivos.

El cielo claro, aire seco, estaciones muy marcadas, sembríos, arboledas y un río caudaloso caracterizaban al amplio valle en el cual se ubicaban pequeños pueblos y algunas ciudades como ésta en la cual las Hijas de la caridad administraban el colegio desde inicios del siglo XX. Durante la semana el aroma a cipreses se sentía en los diversos ambientes; en el bosquecillo el viento frío traía la fragancia de la tierra cultivada, del eucalipto en los fogones aledaños, las retamas tiernas o el olor de la comida en preparación en la cocina del hospital psiquiátrico vecino de nuestra morada.  

Una vez cada dos semanas las internas podían ser visitadas por sus padres y salir hasta las tres de la tarde con ellos. La mayoría de las estudiantes éramos hijas de obreros o empleados de los centros mineros de la región central del país o de agricultores de la cercana selva alta. Muchas de ellas llegaban en abril y solo regresaban a sus hogares en diciembre al finalizar el año académico. Los fines de semana sin visita escuchábamos las canciones que la emisora local difundía con muchos meses de atraso en la radio a pilas que María Isabel tenía. Cantar, conversar, tejer era lo que las internas hacíamos hasta que el sol desaparecía tras la tapia vecina y la auxiliar nos llevaba a la misa en la capilla del colegio.

Mañana y tarde asistíamos a clases y permanecíamos dos horas en la sala de estudios antes de cenar. Una tarde nos enteramos en ella que la madre de María Isabel había fallecido. Siendo la hermana mayor debía acudir a las exequias y ayudar en la organización del hogar por un par de días. Lo solicitaba el padre en una misiva que trajo desde el lejano centro minero otro hijo suyo, de luto riguroso. Con el semblante cambiado regresó el martes siguiente y salió los siguientes dos fines de semana, para ayudar en casa. En este lapso las tardes de domingo fueron más silenciosas y nostálgicas, pues quizás la música no nos alegraba, sino que nos distraía de la tristeza por la familia, los amigos y el pueblo ausente. A las seis con treinta de la tarde mientras esperábamos abrieran la capilla la veíamos trasponer la gran reja y despedirse de su hermano, que la traía de regreso de su localidad, ambos vestidos de negro.

Era grande y feo. En la sala de estudio pasé mucho tiempo pensando en aquel cuadro que presidía la pared delantera. Un grueso marco de madera rojiza, que mostraba polvo y algunas cerdas adheridas al barniz, protegía un mensaje escrito con letras góticas que decía: «Tenéis una vocación que os obliga a asistir indistintamente a toda suerte de personas: hombres, mujeres y niños, y en general, a todos los pobres que os necesitan». Una mancha gris cubría parcialmente el nombre del autor, el santo cuyo nombre llevábamos en la insignia del colegio.

La primera vez que lo vi, aplicando la teoría de conjuntos que nos enseñaban en clases, me pregunté por qué «los hombres, mujeres y niños» estaban en otro conjunto que «todos los pobres que os necesitan». Luego trataba de entender qué significaba esa vocación que me generaba una obligación. El diccionario decía que era «la inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de la religión». Recordaba la historia del sacerdote sobre una muchacha que sentía debía ingresar como novicia en una congregación para servir a Dios. Se resistía, luchaba, pues la ilusionaban el mundo, los chicos, los placeres, las tentaciones del demonio; después de mucho sufrimiento se rendía al llamado divino. Y entonces la obediencia y la desobediencia, lo que quería y lo que debía, la virtud y el pecado combatían en mí. Quizás el Creador del universo me había llamado, pero yo, tentada por el demonio, no quería obedecer su mandato. Si Adán y Eva habían sido echados del paraíso por comer una manzana, yo de seguro ardería por toda la eternidad en el infierno.

Eran mucho temor y culpa para manejar a los diez años.

Un día reparé que estaba prohibido que las alumnas de una sección del internado ingresáramos a la otra. Quizás Cristo Pobre quería más a las internas de los dormitorios comunes, las que pagaban pensiones más baratas, porque eran más parecidas a él. Quizás por tener papá y mamá algo más de dinero para pagar dormitorios privados Jesús no nos quería tanto a mi hermanita de nueve años y a mí. ¿De dónde sería el Cristo Pobre? Recordé al Señor de los Milagros de las procesiones en mi ciudad, al Señor de la Agonía ubicado debajo de un arcángel con su arcabuz en una iglesia de la capital, los arcos y alfombras de flores con que celebraban al Nazareno resucitado en un valle cercano. Me sentí muy tonta por tardar en darme cuenta que Dios, aunque tomaba diferentes nombres, era el mismo siempre. Pero surgió la inquietud: «El santo patrono de mi colegio, ¿sería alemán como la hermana Hildegarde?» Ya había pasado una semana, pero al recordarla sentí el golpe, el ardor, la sorpresa y la humillación de la bofetada que no vi venir desde su cuerpo de cien kilos y un metro ochenta de altura. No pude terminar la explicación que estaba dándole y me mandó ir a confesar mi pecado: darle un empujón a una compañera por decir que mi apellido era vulgar. Me parecía fácil aprender lo que enseñaban en el colegio; pero la vida era más difícil de entender. En casa había asimilado que el apellido y la familia era algo sagrado que se debía defender, y resulta que aquí eso era un pecado. Más que nunca sentí el ramalazo del desarraigo familiar; y esa como casi todas las noches imaginé el camino de regreso que hacían mis padres hacia nuestra localidad, en plena oscuridad después de habernos visitado en el internado. Recordé que la carretera sinuosa al borde del caudaloso río tenía cada cierto trecho miniaturas de capillitas que recordaban accidentes mortales.

Cuando la tristeza era inmanejable me prestaba algún libro de las alumnas de secundaria, uno de los que más me impactó fue El retrato de Dorian Gray. Conocía otros lugares, personajes y circunstancias que me hacían olvidar la nostalgia, la culpa y la posibilidad de quedar huérfanas; pero las tareas escolares no se hacían solas. La añoranza de la familia y las llamadas de atención por no cumplir con lo encomendado por la profesora, se traducían en llanto por todo lo llorable, no solo por las asignaciones incompletas. Aquel día que la profesora me llevó, anegada en lágrimas, donde la hermana tutora para que me conmine a ser disciplinada recordé su obligación de asistir indistintamente a los hermanos, y esperé ser asistida sin saber exactamente lo que eso significaba. La religiosa de mediana edad me miró, se rio burlona y me dijo:

–¡Ah! Tú eres la llorona.

Algo sucedió en mi interior.

Su mirada vacía de afecto me recordó los ojos de la zarigüeya disecada que había en mi aula. Sentí que yo crecía. Respondí en silencio: «Soy llorona… y muchas cosas más». Regresé a mi aula sin pedir permiso para ello.

De vez en cuando todavía me preguntaba si no era pecado burlarme silenciosamente de los que me parecían actos injustos, inhumanos y falta de servicio de las Hermanas de la Caridad. Con la racionalidad de mis diez años me dije que siempre habría tiempo de hacer una buena confesión y arrepentirme… ¡algún día!

Con gran sonrisa, contemplé a las monjas, como en aquelarre, enterándose lo que ya se sabía en la sala de estudios: el supuesto hermano de María Isabel la había embarazado. Su madre alertada por un familiar que vio a la joven pareja un fin de semana en una ciudad aledaña, vino a reclamar la irresponsabilidad del colegio. Pero hay diversas fuentes de reclamos, este provenía de una modesta vendedora del mercado que se sintió agradecida con que le dieran un certificado de estudios aprobatorio de ese año académico.

Quise a los roedores la medianoche en la que, tras el alboroto, vi a Sor Hildegarde y la rata que trataba de matar, escoba en mano, pataleando juntas en el pasillo. La rata, más ágil, se repuso primero y echó a correr. Pensé: «algún día puedo arrepentirme bien».  Me preguntaba si hacían caridad las hermanas y, en ese caso, qué les daban a los pobres, ¿el caldillo en el cual flotaban cinco o seis filamentos casi transparentes de col, del cual tomábamos un plato y medio pues para disminuir el exceso de sal le añadíamos agua del grifo, o los conejos en salsa de maní que probamos las internas en el cumpleaños de la hermana superiora? Yo anticipaba la respuesta. Y cuando debíamos confesar nuestros pecados, me reservaba contarle al sacerdote que prefería a Caín respecto a Abel (qué culpa tenía el primero de que sus ofrendas no fueran agradables al Creador), que no me simpatizaba el Hijo pródigo (al que debían homenajear era al hijo que se quedó ayudando a su padre), que hallaba mucho más pecadores que yo en el pueblo escogido de Dios, que una vez mirando el cuadro El descendimiento de la cruz, me lo imaginé a él desnudo. En esas y muchas ocasiones solo resolvía que quedaba pendiente la confesión en la que revelara haber confesado parcialmente.

Después de amenazar a mi madre, con que escaparía del internado y que no me responsabilizaba si mi hermanita menor me seguiría en la fuga, un sábado nos llevaron a consulta en la capital de la región. Cuando regresamos al internado, mis padres permanecieron cerca de una hora en la dirección y cuando pensamos que venían a despedirse, empezaron a empacar nuestras cosas y regresamos juntos a casa. En el trayecto, vi una carpeta con el cargo de una carta en la que el psicólogo, visitado por la mañana, recomendaba que la edad de las niñas –ahí aparecía mi nombre y el de la pequeña– exigía que nos sacaran del internado y viviésemos con papá y mamá. El profesional la llamaba «Señora Hildegarde…». Yo sabía que las religiosas eran solteras, me supo muy bien pensar que no habría tenido a quien abofetear la señorita monja. Un pecado más que confesar… ¡en el futuro!

Las Hijas de la caridad y lord Henry Wotton: cóctel peligroso para influenciar tempranamente a una niña.

Aprendí a reírme para lidiar con el dolor. Más adelante preservaría mi salud mental escribiendo ficciones.

Enterada de que Francisco Franco restauró el control de las cárceles por parte de órdenes religiosas y que las ​Hijas de la Caridad son sospechosas y algunas acusadas, en el caso de los niños robados a sus padres por el franquismo, recuerdo que Cristo, el hombre, enseñó que hay iras santas, ¡y, yo no tengo nada que confesar!

viernes, 1 de octubre de 2021

La vida de una gota de agua

Laura Sobrera


Anoche, cuando la tormenta arreciaba y con ese temor que provoca el sentirse pequeña ante las fuerzas de la naturaleza, nació una gota.

Su vida surgió en los ojos de una pequeña niña huérfana a quien el dolor por la soledad había acompañado durante su corta existencia.

Su corazón latía triste y enviaba toda esa aflicción hacia los ojos que se inundaban barriendo con esas gotas salobres todo lo que se encontraba a su paso y dejando surcos en la suciedad de su rostro.

Cuando el desborde fue inminente se deslizó por su mejilla, cual lánguida y solitaria caricia triste confundiéndose con las gotas de una lluvia que caía densa y sin interrupción desde el cielo. De esa manera llegó de un salto a la calle que le serviría de hogar.

Su mirada las vio caer e hizo un gesto como queriendo retenerlas entre sus manos ateridas por el frío del agua y el ambiente, pero se escurrieron entre sus dedos. 

La gota se despidió en silencio de aquel ser cuyo dolor había provocado su existencia y se dispuso a seguir calle abajo sumada a otras que habían nacido como ella entremezcladas con esa lluvia que caía abundante imitando el profundo dolor infantil como si la naturaleza empatizara con la niña, cual madre desgarrada. 

Las lágrimas inocentes eran parte de un lamento profundo originado en ese misterio que una compañía que supiera llenar los huecos de su corazón.

El hambre de cariño carcome y la necesidad de un semejante hace mucho más daño que cualquier tormento físico. 

Hasta ese momento creyó que nada cambiaría en su vida o en la de aquellas que sumadas a las otras se enriquecían compartiendo dolor, angustia, alegría y lo vivido por cada una de ellas.

En ese deambular por un destino vertiginoso y sin norte, se cruzó con diferentes espectáculos que lograron que comprendiera que, por lo general, las apariencias son engañosas. 

Jugando a hacer una rueda con otras gotas, se encontró, en una esquina de aquella calle, una semilla y por fortuna quedaron el tiempo suficiente como para escuchar un: 

—Gracias, eran lo que necesitaba para renacer —y alcanzó a ver cómo entreabría sus gajos nutriéndose con parte de su presencia vital, aunada a las de sus compañeras de ruta, desdoblándose en un brote de porfiado vigor y esperanza.

Sus hermanas contribuían aportando también una cuota de sus nutrientes colaborando con su subsistencia y futuro.

Calles abajo alimentamos un charco donde unos niños jugaban a ser capitanes de sus barquitos de papel con la alegría dibujada en sus miradas descubriendo un mundo nuevo de aventuras.                                                                                                        
Casi inmediatamente oyó la voz de una madre intentando detener ese juego, pero de forma divertida, para lograr una pronta y eficaz respuesta de esos hijos:

—¡Atentos los capitanes! —dijo con tono enérgico y burlón—. Diríjanse al centro de mando donde los esperan toallas y ropa seca y luego al salón comedor que unas humeantes tazas de chocolate caliente y churros serán la merienda ideal para el rango que ostentan.

Escuchó sus risas mientras seguía vertiginosamente el camino por esa pendiente tan similar a la que los seres humanos llaman vida.

Mientras avanzaba, por momentos, el viento juguetón la levantaba por el aire o las arrojaba contra casas y autos provocando a su paso respuestas furibundas de quienes se cruzaban en esa ráfaga de aliento frío con que la naturaleza nos enfrenta en algunas tardes de crudo invierno.

Ese vendaval apuraba el viaje en un intento por hacerla llegar a su destino con una premura que atemorizaba a la exploradora, porque ese trayecto era disfrutable a pesar de todo.

Ya podía divisar ese final. Un gran mar se abría al término de aquel escarpado sendero. Su azul profundo daba la sensación de una intensa paz, aunque sobre él, ese cielo todavía plomizo anunciaba que quizá la calma no era su única opción existencial.

El descenso fue desenfrenado y por primera vez desde que nació pudo apreciar una pincelada de un tenue celeste abriéndose paso entre las nubes grises del firmamento.

Algunos rayos de sol comenzaban a colarse tímidos entre esa masa de porfiado celaje gris. Hasta se podía adivinar un suave calor manar de esos rayos de luz.

Y ahí ocurrió el milagro que la lágrima no pensó vivir. Solo era una humilde gota y creía que su destino era casi de forma exclusiva ser mar. Sintió una oleada de luz y calor envolverla. Este aumento de temperatura la volvió liviana, etérea y en un instante, merced a esa luz que se colaba entre las nubes, se abrió, cual abanico, en hilos de iridiscentes y luminosos colores.

Una nueva ráfaga de brisa juguetona la elevó lo suficiente para reconocer un rostro que se le hizo familiar.

Y si esta maravilla pareciera insuficiente se vio de nuevo reflejada en los ojos de aquella niña que dio origen a su corta vida. Notó, entonces, que había alguien a su lado y también que su rostro ahora estaba iluminado por una gran sonrisa. 

Lo único que pensó antes de que el travieso viento la depositara por fin en el mar fue que nacer y morir en torno a las pupilas de una pequeña, primero siendo dolor, ahora como esperanza, es lo más parecido a una bendición.

viernes, 24 de septiembre de 2021

Mientras llega el fin del mundo

Omar Castilla Romero

 

Al final te das cuenta que tenías razón, aunque no te alegras de ello. Descubres que mentir para proteger del dolor a otro termina siendo peor. Sueltas esa piedra de Sísifo que es para ti el temor a que algo terrible pueda pasar, al salir del trabajo o a la vuelta de la esquina, convirtiendo tu vida en un incesante mosaico de posibles tragedias. Evocas los recuerdos de tu infancia, el olor a guayaba impregnado en las canciones de José Luis Perales que escuchaban en casa de tu mejor amigo o el picor agridulce de la piña madura inmerso en las cumbias de tu región. Pero también llegan los recuerdos más remotos del miedo: a la oscuridad y a los santos con sus rostros ocultos tras el altar. Creces con el temor a cuestas y un día ocurre algo que te cambia la vida. Te has mudado a la capital de la provincia después de terminar tu carrera y trabajas en la urgencia de un concurrido hospital. Un día, haciendo la ronda médica, encuentras en un cubículo a un paciente extranjero. Ingresas a examinarlo, pero notas que los demás se abstienen de entrar. Cuando volteas a ver, te están llamando por medio de señas.

—Venga para acá doctor —musita la enfermera—, este paciente viene de África y no se sabe lo que tiene.

Era el tiempo del brote de Ébola en el Congo, así que te marchas a casa despavorido. Pasas noches sin dormir pensando en que morirás de forma terrible con la sangre escurriéndose por tus poros. Por suerte unos días después te informan que se trata de paludismo. Le cuentas lo ocurrido a Ranita, tu novia, a quien llamas así por su traslúcida piel que permite ver el vino tinto bajar por su garganta.

—¿Cómo es posible que no me hubieras dicho? —te reclama—, nos hemos podido morir todos.

Tú respondes que no es para tanto, que se relaje. Sin embargo, el germen ha sido sembrado, no el del Ébola, por supuesto, pero sí el de la paranoia. Empiezas a pensar que en cualquier momento en algún lugar del mundo aparecerá una peste que arrasará la humanidad y cada vez que oyes sobre una nueva enfermedad dices ahí está. Pero no, el mundo sigue igual, solo que ahora tus amigos te miran como un bicho raro, obsesionado con teorías conspirativas. Pasado un año te has imaginado todos los fines apocalípticos posibles y el temor te lleva a aislarte de todos, incluso de tu novia y con los días sientes tal tranquilidad, que te hace comprender que es mejor estar separados. Ranita decide aceptar una oferta laboral en otra ciudad y se marcha. Después de un tiempo sin hablar, una noche la ves en la ciudad amurallada, te acercas a saludarla, pero no lo logras por más que lo intentas y te despiertas a medianoche con la respiración agitada, teniendo el mismo sueño durante varias semanas, hasta que la llamas.

—Hola Ranita, que alivio escucharte, no sabes cuanto te extraño.

—¿Ah sí?, pues no se nota.

—Había pensado que era mejor no llamarte, pero la verdad sueño todo el tiempo contigo y quisiera que nos diéramos otra oportunidad.

—La verdad, ahora yo soy quien se quiere tomar un tiempo.

Luego en el trabajo conoces a una rubia de ojos grandes y expresivos a quien llamas Abejita, debido a su gusto por las flores, te enamoras de ella, se van a vivir juntos y empiezan a hacer planes para casarse. El problema es que no le has contado la nueva situación a Rana. Una navidad encuentras gente agolpada frente al televisor de la cafetería y preguntas ¿qué pasa? Te responden que un virus está matando a la gente en China. Miras las imágenes de personas desplomándose en la calle y del personal de salud con trajes de bioseguridad. En año nuevo cierran la ciudad y el mundo aprieta el culo esperando que se logre contener la epidemia. Hay una calma aparente que genera la sensación de que está bajo control, incluso en una fiesta, escuchas decir:

—Ese virus es solo una gripita, más peligroso es el doctor Increíble —refiriéndose a un compañero de estudios tan malo, que era increíble que se hubiera graduado.

Sin embargo, unas semanas después, la enfermedad se ha propagado por el viejo continente y de nuevo ves imágenes inauditas, con salas de urgencias atestadas de pacientes en camillas y reportes de muertes diarias impensables un año atrás.

—¿Qué te parece esta locura? —le preguntas a doctor Camus, otro amigo que se definía a sí mismo como existencialista.

—Terrible, si así les va a ellos, ¿te imaginas a nosotros?

—Ajá, pero ¿qué vamos a hacer?

—Lo mismo que los monjes durante la peste negra, que dicho sea de paso eran los médicos.

—¿Hablas de irse a esconder a los bosques?

—En realidad me refería a dar lo mejor hasta el final —te responde encogiéndose de hombros—, por eso, se me ocurre que compremos máscaras de alta protección.

—Y ¿sí funcionan?

—Eso lo sabremos cuando las empecemos a usar.

Sigues trabajando y te obsesionas al punto, que cualquier paciente que tosa en frente tuyo lo consideras un posible portador, así haya ingresado por un balazo. Cuando llega la máscara, andas con ella por todas partes y no dejas que nadie se acerque a dos metros de distancia, por lo que empiezan a decir que te estás volviendo loco. Pero la protección funciona y sigues sin enfermarte. Todos los días envías pacientes a terapia intensiva y debes elegir entre los que están más graves. Empiezas a notar que esta enfermedad es diferente a cualquiera que hayas conocido, puesto que personas con oxigenación muy baja, hablan por video llamada como si nada, antes de ser conectados a un ventilador. No olvidas al abuelo que alcanzó a escribir una carta cuya última frase decía «misión cumplida». Pero con los días vas vislumbrando la magnitud de la tragedia, porque por mucho que se haga, los pacientes no mejoran y el día menos pensado fallecen. Por si fuera poco, transcurrido un mes de trabajo el agotamiento hace mella en el personal y algunos compañeros terminan hospitalizados. Una noche que llegas a casa encuentras a Abejita viendo el noticiero.

—Mira qué locuras —dice— hablan del cartel de la pandemia, donde pagan treinta millones de pesos por paciente.

—Increíble tanta desinformación —respondes indignado—, si así fuera ya anduviéramos en Audi. Dime, ¿habrá alguien qué pueda beneficiarse de esto?

—Quién sabe, de pronto a alguno se le ocurra escribir sus vivencias, al estilo del Decamerón.

—Aun así, falta ver que tan bueno pueda ser. El caso es que no concibo que crean tantas mentiras.

Pero tú también te crees las tuyas y ese es el comienzo del fin. Como no existe un medicamento efectivo para la enfermedad, todas las esperanzas están puestas en la vacuna. El problema es que para fabricar una se necesitan por lo menos diez años. Sin embargo, al cabo de doce meses anuncian que está lista, ¡cómo es esto posible!, ¿acaso quieren experimentar con la gente? Tus dudas se refuerzan al ver el video de un «exgerente de farmacéutica» diciendo que se trata de un plan de control global, por lo que decides no vacunarte. Visto en retrospectiva fue un error cabal. Comprendes que el motivo por el que las vacunas demoran en ser terminadas se relaciona con el presupuesto disponible y nunca en la historia hubo tanto dinero para conseguir una.

La cereza del pastel es el mensaje de Rana informándote que se había quedado sin trabajo, como tantos durante la pandemia y regresa a la ciudad, en ese momento te das cuenta de que has sido cruel al no decir la verdad, creándole falsas expectativas. Decides verla para aclarar todo, pero terminas sucumbiendo al suave olor de los recuerdos, al calor de su piel. Tienes la intención de decirle la verdad antes de irte, pero no lo haces. Durante esos días te ves pensativo y en una celebración de cumpleaños en el hospital, doctor Camus te pregunta:

—Bueno, ¿y qué te pasa compadre? —Le cuentas lo ocurrido y él responde— La verdad no quisiera estar en tu pellejo.

Por esos días Abejita manifiesta estar aburrida del encierro y qué quiere ir a la fiesta clandestina que se hará el fin de semana, al comienzo te niegas, pero terminas aceptando, aunque le adviertes que llevarás tu máscara de alta protección.

—Ni loca voy contigo así —te dice—, ¿qué crees?, ¿qué vamos a una fiesta de disfraces?

 Al final te pones un tapabocas y no te lo quitas durante toda la fiesta, sufriendo cada vez que Abejita se baja el suyo para tomar un trago. Unos días después, te llama tu ex diciéndote que se ha contagiado, luego de lo cual presentas malestar general por lo que Abejita se siente culpable al pensar que te enfermaste en la fiesta. No te atreves a sacarla de su error y con el paso de los días empiezas a sentir mayor debilidad hasta que te llevan a la clínica, donde te atiende tu mejor amigo, ingresándote a terapia intensiva para administrarte oxígeno.

Al siguiente día te sientes mejor, respiras tranquilo y los monitores muestran bien tus signos vitales. Es el momento de hacer las videollamadas por lo que se acerca la enfermera con celular en mano.

—Buenos días, ¿con quién desea hablar? —te pregunta—, lo han estado llamando dos damas.

—Buenos días, ¿podría decirle a doctor Camus que venga acá?

—Claro que sí, con gusto —te dice, volviendo al rato con tu amigo.

—Qué pasa hermano —te pregunta.

—Por favor sácame de un apuro, imagínate que voy a recibir la llamada de Abejita, pero Rana también quiere comunicarse conmigo, así que necesito que hables con ella y la distraigas.

—Uy llave, pero que enredos los tuyos.

Hablas con Abejita y estás decidido a confesar la verdad, sin embargo, al ver sus lágrimas, te arrepientes.

—Perdóname —le dices llorando.

—¿Por qué te voy a perdonar?, si tú solo me has hecho feliz.

Terminas la llamada y unos minutos más tarde vuelve doctor Camus.

—Qué favores pides compadre, esa mujer me preguntó lo mínimo, le tuve que decir que estabas grave y no podías hablar.

—¿Y te creyó?

—Creo que sí.

—Promete qué si me pasa algo, les dirás la verdad.

—Lo harás tú mismo cuando te recuperes.

Tu amigo se marcha y quedas pensativo. En las siguientes horas vuelves a respirar mal por lo que requieres cada vez más oxígeno. Doctor Camus regresa, te pone una nueva máscara y luego se va a continuar sus actividades. Al volver en la mañana te encuentra de nuevo desaturado y decide conectarte a un respirador.

—Hermano, debo intubarte —te dice colocando su mano en tu hombro—, ánimo que de esta sales.

Lo miras fijo y respondes: —Te lo dije pendejo, que algún día sucedería algo así.

Nojoda, cómo te puedes alegrar de eso —te contesta conmovido.

Te miras desde arriba acostado en una cama. A pocos metros en la sala de espera está Abejita llorando desconsolada sin saber que unos pasos más allá, hay otra mujer que solloza por el mismo motivo. Frente tuyo está tu amigo con expresión de impotencia. Comprendes que, si no sobrevives, no será capaz de decir la verdad para no afectar el recuerdo que de ti ellas tienen. Intentas levantarte de la cama, pero ya es tarde, estás bajo el efecto de los sedantes y tu cuerpo no obedece. En ese momento se te revela algo fundamental: unos días antes, cuando estabas sentado en la cafetería celebrando con tus compañeros, accediste a quitarte la máscara para tomar un refresco y en un descuido bebiste del vaso de otro. Tu consciencia se contrae y puedes ver los nefastos microbios coronados con espinas que pululan por millones en la superficie del vaso, entran a tus células y utilizan su maquinaria para multiplicarse, haciéndolas explotar. Este ciclo se repite una y otra vez, llevándote al punto donde estás. Ellas lo desconocen y sabes que se culparán por lo ocurrido, así que decides ver más allá del tapiz de las causas y efectos, comprendiendo que es posible que un día sepan la verdad de forma extraña. En ese instante entiendes que el fin del mundo coincide con el último día de tu vida.

lunes, 13 de septiembre de 2021

Una flor en el cementerio

Ricardo Sebastián Jurado Faggioni


Lo sobrenatural si existe y Fernanda, una niña de nueve años, lo va a experimentar. Su papá trabaja en una empresa en el área de comunicación. La jefa le ordena mudarse, debido a que lo necesita en otra sucursal en un pueblo lejano. Tenía un mes para irse. Finalmente, llegó el día. Ambos se marcharon de la ciudad en su auto.

—Cuando estoy deprimido escucho una canción, Stand by me de Jonh Lennon.

—¿Quién es él?

—Fue un músico importante, a tu madre también le gustaba.

—¿Tú la extrañas?

—Está conmigo cada día de mi vida.

—¿Cómo?

—En mis pensamientos.

La canción comenzó a sonar, se acuerda del momento exacto del accidente automovilístico de su esposa. Un chofer conducía en estado de embriaguez y se estrelló. Fue una etapa dura para él, pero la hija le dio fuerzas necesarias para superar aquella tragedia. A pesar del dolor, se dedicó a trabajar hasta ser gerente de la empresa.

El viaje por fin terminó, la nueva casa era amplia, tenía garaje y una piscina. Estaba amueblada. Los antiguos dueños la vendieron cuando su hijo falleció. Decidieron marcharse para olvidar el pasado. El padre empezó a sacar las maletas que había guardado en el coche. Fernanda tenía un cuaderno para dibujar, lo había hecho por algunas horas, luego toma la iniciativa de explorar la vivienda.  

En el patio observa la sombra de un niño, al principio se asusta, pero la curiosidad es fuerte. Al acercarse a él, desaparece.

—¡Papá, un fantasma!

—Hija te he dicho que los muertos no reviven.

—Yo lo vi.

—Enséñame dónde.

La niña lo agarró de la mano para dirigirse al patio, pero él se había marchado. El padre era escéptico y trató de explicarle que, al mudarse, su imaginación le creó a alguien para pasar el rato. Aunque ella estaba convencida que observó a una persona. El bosque que se encontraba cerca de la casa, le daba miedo.

La hora de dormir llegó. A las doce de la noche escucha algunos pasos en la sala. Sus ojitos se abren, una voz interior le dice que no vaya a explorar. No obstante, la valentía le gana. Al caminar por el pasillo el niño está frente a ella. Desea hablar, pero las palabras no le salen con facilidad. Él toma la iniciativa para presentarse.

—Me llamo Tomás.

—Soy Fernanda, ¿vives aquí?

—No.

—¿Cómo entraste?

—No puedo explicártelo, debes averiguarlo.

El papá al escuchar la conversación se preocupó. Prendió las luces y se percató que solo estaba ella. 

—¿Con quién hablas?

—Mi amigo Tomás.

—No hay nadie, Fernanda.

—Sí, tienes que creerme.

—Vamos a dormir, mañana tengo trabajo.

Pensaba a dónde ingresar a su hija a estudiar, de pronto si viera a personas reales tal vez se olvidaría de este ser imaginario. Le daba pena dejarla sola, pronto buscaría a una empleada para que la cuidara hasta que él regrese del trabajo. Fernanda estaba viendo televisión. Salían dinosaurios mágicos, lo cual a ella le divertía. Una mano pequeña toca su hombro, sintió escalofríos. 

—Vamos a jugar.

—Estoy viendo dibujos animados.

—¡Yo quiero divertirme!

Al enojarse las luces titilaron y por ende la señal del televisor se perdió. Fernanda aceptó. Fueron al patio.  Ella lo columpiaba a él, después cambiaron, entre risas se olvidó del mal rato.

—¿Puedo conocer a tu familia?

—Todavía no, tienes que descubrir la verdad.

—No comprendo lo que dices.

—Averígualo.

El niño cambió su rostro por una piel pálida y ojos blancos, luego se esfumó. Fernanda tenía miedo. Al atardecer su papá llega. Él se asusta porque no la encuentra en ninguna habitación. Al ir a la sala, observa que está en el piso llorando.

—¿Qué sucedió?

—Tomás desapareció de forma extraña.

—Otra vez con lo mismo, mañana vendrá alguien a cuidarte.

—¿Lo prometes?

—Sí.

A las nueve de la mañana llegó una chica joven, rubia, de ojos azules, alta y delgada, llamada Gabriela.

—¿Eres la recomendada de la jefa?

—Sí

—Mucho gusto, pasa.

Ella se sorprendió por lo elegante que era la casa. El papá le explicó que Fernanda está pasando por un cambio, a veces ve a un niño imaginario. Ella aceptó el comportamiento y fue a verla. Las personas que recién conocía le producían temor. Gabriela tenía experiencia cuidando niños, por lo tanto, sabía cómo obtener su confianza. 

—¿Deseas un caramelo?

—Sí.

Mientras lo saboreaba, Tomás miraba a las dos, este deja un pequeño botón en el piso. Va marcando el camino para que Fernanda descubra la verdad. Al terminar de jugar. Gabriela nota la primera pista. Ella la toma, observa que en la casa hay cosas regadas en el suelo. Las recoge, sin darse cuenta ve una puerta vieja. Trata de abrirla, pero no lo consigue. Al llegar el dueño del hogar, le comentará sobre lo ocurrido.

Eran las cinco de la tarde, sin embargo, el papá no llegaba. Ella por primera vez observa a Tomás. Al toparse con él, da dos pasos hacia atrás.

—¿Quién eres?

—Descúbrelo.

De pronto Fernanda toca la espalda de Gabriela, ella grita del susto. Ambos se ríen, de ver lo asustada que está. Tomás agarra de las manos a las chicas, y las lleva al patio. Les indica que deben de encontrar una llave para abrir la puerta. La empleada decide jugar. Comienzan con su búsqueda, observan las flores, levantan las macetas. Fernanda descubre que en la lavandería hay una casa vieja para perro. Ella se agacha para explorar y en el piso ve la llave que abrirá la verdad.

—¡La tengo, la tengo!

—Excelente —dijo Gabriela.

Tomás había desaparecido, Gabriela se acordaba del recorrido para ir a la puerta que estaba dentro de la casa. Ella la abre y va hacia un sótano. Prende las luces, Fernanda se le arrima porque le da escalofríos el sitio. No se le había dado mantenimiento hace tiempo. Siguió explorando. Pudo ver un escritorio deteriorado. Prendió la linterna de su iPhone y notó que era la habitación de un niño, posiblemente de Tomás.

Había un álbum. Al abrirlo miró fotos de una pareja de edad avanzada con un bebé. Este era hermoso de cara, pelo café, y gordito. La imagen estaba fechada en 1932. Indagó la fecha y aprendió que fue el inicio de la fiebre amarilla. Tal vez se enfermó y falleció. Cerró el álbum, el timbre de la casa sonó. Ella tembló por el ruido. Vamos, posiblemente sea tu papá.

Al abrirle la puerta era él.

—Disculpa estaba buscando las llaves, como no las hallé, decidí tocar el timbre.

—No hay problema, deseo hablar con usted en privado.

—Vamos a la sala.

Gabriela le contó sobre la aparición de Tomás mientras él no estaba, también le detalló sobre las pistas y el juego. El descubrimiento de un cuarto y del álbum. Por último, mencionó que su hija no tiene ningún problema. Ella ha estado siendo atormentada por un espíritu. La única manera de detenerlo es sabiendo la verdad, ahora conocemos una parte. Deben de encontrar dónde está la tumba.

La nana se marchó. El papá se encontraba desorientado y no sabía qué hacer. Era más sencillo tratar con los problemas empresariales que con algo espiritual. El cielo estaba oscuro, la neblina se apoderó del patio. El niño atravesó las ventanas para entrar a la casa. Caminó hasta el cuarto de Fernanda.

—Despierta, vamos a jugar por favor.

—Es muy tarde para salir.

—No importa, quiero divertirme.

Tomados de las manos bajaron las escaleras. El padre sintió una corriente de viento que lo hizo levantarse, su puerta se cerró de inmediato. Trató de abrirla, pero fue en vano. Sabía que ella estaba en peligro. Decidió saltar por la ventana. Fue al patio, no estaba. Se acordó de la habitación misteriosa. Regresó a la casa y fue hacia esa puerta. Al abrirla bajó las escaleras. Comprendió que ese era el cuarto del niño.

En este había juguetes viejos y dañados. Tal vez quiso disfrutar más con sus muñecos, pero la enfermedad se lo llevó. Ahora que sabía lo que deseaba, tenía que detenerlo. Del cuarto se llevó un peluche. Al dirigirse al bosque le dio frío por la neblina. Dio un par de vueltas, hasta que encontró tres tumbas. Las dos primeras parecían de personas mayores, la última de alguien menor. Colocó el oso de peluche en el sepulcro del niño y al aire pidió que dejaran a su hija en paz porque posiblemente los espíritus la tienen presa.

Después de algunos segundos apareció. Se abrazaron. Estaba aliviado de que ella regresara con vida. La neblina se dispersó, fue una noche larga. Cada fin de mes, los dos van al cementerio que estaba en el bosque a dejar una flor.