martes, 6 de julio de 2021

Los cuatro fantásticos

Marcela Adriana Alfonso Duarte


Matías o «Mati» como lo llamaban todos, alistó unas cuantas prendas; una camiseta, una gorra y una cantimplora con agua.

―Aún no sé si quiero ir.

―Claro que quieres ―dijo su padre―. Te divertirás mucho con los otros chicos.

―A mamá no le va a gustar.

―¡Bah! A ella nada le gusta. Mereces algo de diversión ―dijo su padre con una sonrisa y acarició juguetón la pelusa recién aparecida sobre el labio superior de Matías.

La semana pasada quise inscribirme en un curso de canto que iniciará en el pueblo. Sentí alegría al enterarme y corrí a casa.

―¿Que quieres qué?

―Inscribirme a las clases de canto ―susurré bajando la mirada.

―Tú y tus bobadas ―contestó mi madre mirándome por encima de los lentes. Apartó la calculadora y el libro de contabilidad―. Estás destinado a ser un bueno para nada ni siquiera creces, mírate. Tu padre deberá servirte más comida a ver si engordas al menos un poco ―suspiró y volvió a los números. Papá miraba desde la cocina en silencio.

*

Hermes tarareaba revolviendo la ropa en el cajón, buscaba su bermuda favorita. El cabello liso y un poco largo al frente le estorbaba los ojos. Fue a la cocina, echó en una bolsa plástica algunas frutas, enlatados y dulces.

―¿A dónde irán? ―preguntó la madre desde la habitación.

Hermes entró y la vio tumbada en la cama en un cuarto oscuro aunque fuera de mañana. Abrió las cortinas y le dio un beso.

―Ma, te dejé el desayuno listo sobre la mesa. Iremos al bosque.

―Ah, bueno.

―Y no te preocupes, ¿eh? La señora Leila estará pendiente de ti. Te traerá de almuerzo su horrible sancocho aguado e insípido ―dijo Hermes haciendo gesto de asco.

―Haré un esfuerzo ―dijo su madre soltando una risita. Hermes también se rio. Trajo un vaso de agua y le puso en la mano una píldora diminuta. Ella agradeció, se escurrió en la cama y cerró los ojos. El chico suspiró y antes de que el nudo en la garganta se le escapara como regadera por los ojos salió de la casa.

Desde que mi padre se fue dando un portazo, mamá cambió. Ya no se maquilla ni va al salón de belleza ni invita a sus amigas a jugar dominó. Mi padre rara vez llama, eso sí, consigna cada mes lo pactado. Todas las semanas voy al mercado y hago las compras necesarias.

―Hola cariño, ¿y tu mamá? ―preguntó la vendedora de huevos―. Hace tiempo no viene por aquí.

―Está un poco mal de salud.

―¿Y eso?, ¿enferma de qué?, ¿ya fue al doctor?

―Huy doña, esta vez los huevos vienen bien cagados, ¿no?

La mujer torció la boca y me dio los vueltos de mala gana. Vieja chismosa.

*

Albert cogió el maletín. Guardó con celo un libro que tenía escondido bajo el colchón, un jean descolorido y se acomodó los lentes para salir. «Einstein», lo llamaban en el salón de clases, no alcanzaba los quince años y estaba a punto de terminar la secundaria.

―¿Llevas el cuadernillo de Física? ―preguntó su padre.

―Sí señor, claro.

―Eso, recuerda pegar una estudiada y hacer ejercicios.

―Sí, señor ―dijo Albert poniendo los ojos en blanco aprovechando que su padre no había despegado los suyos del periódico.

―Mira, el gobierno ofrece becas universitarias para los mejores bachilleres. Ven, lee.

―Papá, se me hace tarde. Los chicos me están esperando.

Se despidieron con un apretón de manos. Antes de cerrar la puerta el jovencito oyó a su padre: «No llegues muy tarde mañana. El lunes hay escuela».

Cuando aprendí a escribir, lo hice con la mano izquierda, pero mi padre se empeñó en volverme diestro. Siempre ha estado muy orgulloso de mis primeros puestos en cada año escolar.

―¿Por qué no sacaste cinco en esta evaluación? ―preguntó sacudiendo la hoja frente a mi cara.

―Estaba difícil.

―Entonces debes estudiar más. Tienes que ser el mejor siempre. Si no sacas la nota más alta quiere decir que no te estás esforzando lo suficiente. Mira a los hermanos de tu madre, ¿acaso quieres ser como ellos? Un bruto. Mamá no dijo nada, se fue para la habitación apuñalando el suelo con los tacones.

*

Iván tomó la navaja que su padre le regaló en la navidad pasada y la guardó en uno de los bolsillos del morral. Apeñuscó dos camisetas y un jean con talla de adulto. De un par de zancadas ya estaba en la cocina. Sirvió un vaso de refresco y lo bebió de un sorbo. Si su madre estuviera ahí quizás le alistaría algo para merendar en el bosque. Unos golpes y maldiciones lo devolvieron a la realidad. A hurtadillas sacó una cerveza y unos cuantos cigarrillos de su padre; los metió en su morral con cautela. El hombre estaba en el patio luchando con el motor de un carro viejo.

Soy casi igual de alto que mi padre, pero a él el trabajo pesado y las peleas en el bar del pueblo lo han vuelto corpulento y de gesto agrio.

―Camine a ver y me ayuda a doblar unos fierros ―dijo mi padre y pateó el travesaño de la cama haciéndome brincar―. ¡Muévase!

―Es fin de semana ―dije refregándome los ojos.

―¿Qué fue lo que dijo?

No vi venir el puño que me estrelló en el hombro. Me agarró por la pijama, me arrastró fuera e hizo un amago de golpearme en la cara.

*

Los cuatro muchachos con morral y bolsa de dormir en la espalda caminaron por la carretera hasta llegar al camino de tierra y piedra que los llevaría al fondo del bosque. Llegaron al borde cerca del mediodía. Allí estaba, una masa verde y misteriosa. Siguieron el sendero empujándose y bromeando. Los troncos gruesos levantaban sus ramas con follaje de diferentes tonos. Altos y frondosos. La luz del sol era escasa, solo algunos rayos se escurrían hasta el suelo como cintas translúcidas pasando a través del follaje. La temperatura perfecta.

―¿Vamos más allá de lo que fuimos la última vez? ―preguntó Iván y le dio una palmada en la cabeza a Matías.

―No es buena idea, es irresponsable ―dijo Albert y miró con desconfianza el camino cubierto de hojas secas.

―Vamos cerebrito, será divertido.

Hermes se mostró complacido dando saltos y Matías se encogió de hombros.

Comieron la merienda sin detener el paso. Debían llegar lo más lejos posible y hallar un buen sitio para armar el campamento. Era la primera vez que dormirían allí. Antes pasaban el día y al empezar a caer la tarde regresaban al pueblo.

Al atardecer el bosque se tornó ocre. Una neblina tenue se empezó a esparcir haciendo arabescos caprichosos y los envolvió por completo. La temperatura bajó. Se pusieron los suéteres y continuaron caminando.

―¿Oyen eso? ―preguntó Hermes. Con los ojos muy abiertos miró hacia todos lados despacio, como buscando algo entre los troncos de los árboles. Los chicos palidecieron y abrieron también los ojos.

―Son pájaros, tonto ―dijo Iván al tiempo que le pateaba el trasero.

Hermes rio y los demás lo sacudieron por el susto que les había dado. Cientos de aves trinaban buscando cobijo para la noche. La bruma jugueteaba siguiéndoles a cada paso. Tropezaron casi de frente con una cueva a los pies de una pequeña loma.

―Podemos dormir aquí esta noche ―aseguró Iván con sonrisa de tiburón.

―No, yo no voy a entrar ahí ―dijo Matías echándose hacia atrás.

―Vamos enano, no seas gallina.

―No, Mati tiene razón ―dijo Albert―. Es peligroso.

Iván miró a Hermes esperando su apoyo.

―Ah no, a mí ni me mires. Yo tampoco entro ahí. No quiero encontrarme con La bestia en la cueva de Lovecraft.

―Maricones. Escuché decir a mi padre que esta cueva tiene salida al otro lado de la loma. Será una aventura llegar allá. Sin meditarlo se metió por el hoyo.

―Iván, ¿estás seguro? ―preguntó Albert.

―Sí, los veré del otro lado, miedosos ―dijo desde adentro con algo de eco.

Los tres siguieron el camino para rodear la loma. La oscuridad se fue apropiando del bosque. Matías sacó la linterna para ayudarse un poco. Caminaron presurosos al lado de la base de la montaña sin saber si en realidad la estaban rodeando.

―Estúpido Iván. Una cueva no es un túnel en línea recta ―dijo Albert.

―Bueno, con suerte no volveremos a verlo ―bromeó Hermes.

De camino encontraron el río. Cristalino y travieso salpicaba con espuma las rocas de la orilla. Hermes tropezó con la raíz de un árbol y cayó por un modesto barranco al agua. Matías y Albert intentaron retenerlo. Fue imposible. Se lo llevó el río. El chico se hundía por instantes, chapoteaba y gritaba pidiendo ayuda. Los otros dos corrieron por la ribera intentando engancharlo con ramas, sin embargo, la noche incipiente y la vegetación salvaje les impidió seguir. Hermes se perdió en el agua. Ya no escuchaban sus gritos. Matías lloraba y Albert buscaba en su cabeza alguna ecuación o fórmula para hallar a sus amigos.

―Fue un error ―dijo Matías entre sollozos.

―Cálmate, encontraré una solución.

Albert dirigió la luz hacia la copa de los árboles, era difícil verlas por la densidad y lo apretado del follaje.

―Voy a subir a este árbol, quizás si llego hasta la copa pueda ver el curso del río y con suerte descubriré si Hermes pudo salir del agua.

―No me dejes aquí solo ―lloriqueó Matías.

―Subo y bajo enseguida. Mantente tranquilo.

Albert se puso la linterna en la boca y empezó a trepar con dificultad por el tronco grueso de una ceiba. Se apoyó en las grietas hasta llegar a las ramas que parecían brazos extendidos. Después de unos cuantos metros Matías ya no lo vio. Las tupidas hojas y ramas se habían cerrado tras el paso de su amigo. El árbol parecía un ser con voluntad, enfurecido por la invasión. El viento también atacó con latigazos gélidos. Ni siquiera el haz de luz de la linterna de Albert se percibía. La frondosidad de la gigantesca ceiba parecía un ser maligno enfurecido, le negó visibilidad alguna.

―¿Albert? ―llamó Matías― ¡Albert!

Gritó varias veces llamándole, pero el viento nocturno del bosque bramaba más fuerte que él.

*

Iván estaba sofocado, sendas gotas de sudor le cubrían la frente y la espalda. Iba con el torso desnudo. La luz era lánguida, la apagó unos segundos. La negrura era tajante, mejor encendió la linterna de nuevo. No iba de frente sino hacia abajo y el camino cada vez se hacía más difícil. Tal como veía su vida. Oscura y estrecha.

«¿Qué será de la vida de mi madre? No la odio, en realidad fue valiente al escapar». Él había nacido de forma prematura por culpa de una patada que había recibido ella en el vientre. Si no hubiera huido ahora quizás estaría muerta. De pequeño escuchaba pelear y gritar a sus padres. Su mamá lloraba aguantando los puñetazos y las cachetadas. Él corría a esconderse dentro del armario y por el quicio de la puerta podía verla intentando defenderse, pero, el monstruo mucho más fuerte, grande y malvado siempre ganaba. Ella salió un día al mercado, le dio un beso y lo abrazó con fuerza; le dijo que lo amaba y pronto volvería por él. Nunca lo hizo.

―¡Su mamá es una puta! ―gritaba mi padre.

Respiró profundo el aire de la cueva, aire viciado, no le llenaba los pulmones. Se pasó la mano por la cara para secar el sudor. Escuchó algo en medio de la negrura, alumbró. Nada. Recordó la mención que hizo Hermes del cuento de Lovecraft, se le pusieron los pelos de punta. Sacó la navaja y la empuñó. Si era un animal, lo mataría. No lo cogería desprevenido. Pensó en regresar. No, ya no recordaba por cuál camino había llegado. Estaba en una tumba.

*

Hermes trató de mantener la cabeza fuera del agua, sabía nadar, pero el líquido helado era como millones de agujas atravesando la piel. Ya no sentía nada. Brazos y piernas estaban entumecidos. Apenas si flotaba dejándose arrastrar por el río que rugía a su alrededor y ya no era cristalino, sino del color de la brea. Un hilo de sangre le escurría por la cara desde la frente ¿Si él moría qué pasaría con su madre? Él y solo él veía por ella. No podía dejarla sola, estaba indefensa. Lloró y las lágrimas se juntaron con la sangre y el río.

―Se llama «depresión» ―dijo el psiquiatra.

―¿Y eso la puede volver loca?

―No, las personas con depresión se comportan como tu mamá. Simplemente les deja de importar todo.

Mi tía Efigenia, hermana de mi padre, dijo que mamá hacía eso para que él volviera.

―Tu mamá es una mierda ―dijo enojada―. Que lo deje ser feliz, el pobrecito no pudo serlo con ella. Y eso es culpa solo de tu madre.

Yo no entendía qué pasaba y poco a poco me fui haciendo cargo de ella, de la casa, de la comida y de las finanzas. La señora Leila, amiga de mamá cuando estaba sana, me enseñó a cocinar y a darle las medicinas. Cuando hago reír a mamá se siente mejor o por lo menos eso parece. Le hago chistes o le cuento historias graciosas y ella se ríe con ganas. Eso para mí es un alivio porque logro sacarla de la quietud, del sueño o del llanto que llega cualquier día sin aviso.

*

Albert siguió subiendo de rama en rama, debía subir lo que más pudiera para ver el río. Escaló y escaló. No sabía que aquellos árboles fueran tan altos, empezó a sentir miedo. Al mirar hacia abajo no veía nada, no sabía qué tan alto estaba. Las ramas se movían con el viento queriendo arrojarlo lejos, deshacerse de él parecía su deseo.

―¡Mati, Mati!

La única respuesta fue el ulular de un búho entre los aullidos del viento. Intentó bajar, la rama se quebró haciendo un ruido de chillido que lo obligó a subir más. Se sujetó fuerte de las ramas que se mecían. Mirar hacia abajo le produjo vértigo, no veía el suelo. Sintió ganas de vomitar. ¿La ceiba le susurraba o se reía? Le faltaba el aire y lo embargó un sopor que lo obligó a quedarse quieto, petrificado. Subir era sencillo, bajar, irrealizable. Su padre se sentiría muy decepcionado de él. «¿Qué pensaría de mí si muero en estas condiciones? Por Dios, ¡subido en un árbol!, es ridículo. Un chico que se suponía listo es devorado por una ceiba gigante». Si eso sucedía no podría ganar la beca con la que había soñado siempre su padre. No sería el hombre importante ni respetado en el medio científico. Se espabiló un poco y se acomodó entre una grieta del tronco y como pudo sacó de la mochila el preciado libro. Distraer la mente en otra cosa le ayudaría. Vincent Van Gogh, el arte incomprendido. El viento agitaba a voluntad las hojas del libro. Alumbró con la linterna y obligó a detenerse en una lámina, el Campus en Cordeville.

Maravillosa paleta de colores, la luz plasmada en ese campo con tanta maestría, la belleza de los trazos y las formas. No, ni pensarlo. Papá me mataría o por lo menos dejaría de hablarme de por vida si le saliera con el cuento de mi sueño de artista. El viento le arrebató la linterna y se alejó entre susurros.  Sonrió aletargado, estaba demasiado cansado.

*

Matías alumbró con la lámpara en todas direcciones y las sombras proyectadas lo asustaron más. Se acurrucó al lado del árbol. Miró la hora en el reloj. Las 11:30 de la noche. ¿A qué hora había pasado tanto tiempo? Solo hacía estorbo ni siquiera podía ayudar a sus amigos. Por lo menos Albert y Hermes lo habían intentado, en cambio él estaba reventado de miedo. Moriría ahí, quizás engullido por un animal. Sus amigos tendrían muertes más llamativas. Los maestros decían que le faltaba iniciativa y tenían razón, igual que su madre.

―Bravo hijo, lo hiciste muy bien ―dijo papá cuando en primaria recité tres renglones en un acto escolar.

―¿Bien? ―dijo mamá―, si no se le entendió nada. Tartamudeó todo el tiempo y habló tan bajo. Gracias a Dios poca gente lo notó.

―No importa, la próxima vez será mucho mejor y la siguiente también. Solo debes arriesgarte.

No quise volver a hablar delante de nadie. Ya no tartamudeo, pero no tengo nada loco o disparatado que decir como Iván, nada gracioso como Hermes y nada interesante como Albert.

Matías se levantó, temblando de miedo decidió seguir solo el camino y rodear la montaña. Si se acababan las pilas de su linterna ahí sentado, estaría frito. Empezó a caminar fijándose bien en donde pisaba. Le tenía pánico a las serpientes y a los bichos. La mole negra de piedra y arbustos se convirtió en una loma cubierta de césped fino y rastrojo. Enfocó hacia la pared de montaña, calculó que estaría en el lado opuesto de la entrada por donde se metió Iván. Se detuvo y se acercó hasta casi tocarla con la nariz. El viento lo había dejado en paz pero la noche no dejaba ver nada más allá de unos cuantos centímetros. Alumbró despacio y fijándose bien. Entonces, lo vio. Un orificio entre dos rocas. Iluminó y con un ojo miró dentro. De allí salía un vapor caliente, era un espacio vacío y al parecer amplio.

―¡Iván! ―gritó y el eco retumbó dentro de la cueva― ¡Iván! ―volvió a gritar. El eco se repetía tantas veces, imposible oír algo más. Empezó a cantar. Al hacerlo, el eco se hizo más suave y su voz se esparció por cada agujero de gusano de la cueva.

Iván empuñaba la navaja con una mano y con la otra la linterna. Buscaba en la oscuridad al animal o al monstruo. Estaba desorientado, con la visión borrosa, ya no tenía agua. La última gota se la había tomado una hora atrás. Escuchó un murmullo lejano, levantó más alto la navaja, lo que quisiera atacarlo se llevaría por lo menos un buen tajo. Un susurro, un canto, una voz celestial.

―Es una voz humana ―se dijo―. ¡Hola! ―gritó con el vigor que le quedaba.

El eco de su propia voz le tronó en los oídos. Guardó silencio y ahí seguía esa voz cantando. No lo estaba imaginando. Echó a andar siguiendo la melodía.

Matías vio un afilado haz de luz que salía del agujero, pegó el ojo. El resplandor de un bombillo lo dejó encandilado. Apartó la cara y al mirar hacia la oscuridad miles de lucecitas de colores aparecieron ante él.

―¿Hola? ―dijo una voz desde adentro de la montaña.

―¡Iván!

―¡Mati! ―Iván hundió la hoja de la navaja alrededor del agujero. Arrancó piedras y tierra. Pronto le cupo la mano. Se tocaron temblando. Entre los dos abrieron un hueco mediano por donde Iván pudo salir, primero la cabeza, luego el tronco y por último las piernas.

Enterado Iván de todo lo sucedido y después de tomar varios tragos de agua fueron en busca de los otros. Matías había dejado visibles rastros por el camino que los llevarían hasta el árbol en donde estaba Albert.

―Vaya, Mati. Eres un maldito cantante genio.

Después de un buen rato se encontraban en el pie del árbol rugoso y agrietado por donde había subido su otro amigo. Entre los dos gritaron. No hubo respuesta.

―Voy a subir ―dijo Iván.

―No, por favor ―Lloró Matías.

Ivan lo abrazó. La cara de Matías apenas le llegaba al pecho.

―Tranquilo, voy a volver. Por favor canta, tu voz me da tranquilidad y esperanza.

Las piernas largas de Iván lo ayudaron a subir rápido. Pronto perdió de vista a Matías. No obstante, seguía escuchando su hermosa voz filtrada entre el tupido follaje. Pasó de una rama a otra, a la derecha, a la izquierda y más arriba; hasta llegar a Albert. Dormitaba recostado en el tronco y tiritaba de frío. Temió que si lo asustaba podía caer al vacío. Con suavidad le retiró el libro. En la contraportada había un papel doblado, era un bosquejo de ellos cuatro abrazados caminando por el bosque. Su amigo tenía los lentes escurridos en la punta de la nariz. Con cuidado le quitó los lentes. Albert abrió los ojos y de no ser porque Iván lo tenía bien sujeto se hubiera caído.

―Hola, Einstein ―dijo Iván abrazándolo y le devolvió los lentes.

―Pensé que iba a morir.

―Menos mal que no porque jamás me habría enterado de que eres un puto Miguel Ángel ―Albert sonrió. Juntos lograron bajar y tocar suelo.

Los tres siguieron el cauce del río. Empezaba a amanecer. La bruma tomó un color azulado que se reflejaba en las hojas de los árboles. En un claro encontraron a Hermes cerca a la orilla bocabajo sobre las piedras.

―¿Está muerto? ―preguntó Matías a punto de echarse a llorar de nuevo.

Los chicos, resignados guardaron silencio.

―No estoy muerto, estaba de parranda ―susurró Hermes con los ojos entreabiertos.

Corrieron hasta él, lo voltearon y lo abrazaron. Matías lloró.

―Bueno, ya estuvo bien de lágrimas, maricones. Hagamos una fogata para calentar un poco al payaso este.

Albert y Matías recogieron ramas. Iván usó el encendedor de sus cigarrillos. Consiguió un fuego robusto, suficiente para calentar a todos.

El sol en lo alto y la bruma se desvaneció como fantasma que huye de la luz. Los cuatro se tomaron de las manos y juraron que ese fin de semana sería su secreto. Sonrieron cómplices y se abrazaron sellando el pacto. Sin problema hallaron el camino de regreso. Antes del anochecer llegaron al pueblo. Era un domingo caluroso de calles vacías y cigarras. En la iglesia las beatas cantaban al unísono y desde las casas venía el rumor de voces, trastos y televisores.

lunes, 5 de julio de 2021

Con el sigilo del puma

Rosario Sánchez Infantas


Imponente como miles de montañas, Orqo Waranqa fue el nombre de adulto que le dieron a mi padre. Tempranamente había mostrado las cualidades que lo convertirían en formidable general del ejército de Huayna Cápac, el penúltimo emperador inca, antes de la conquista española.

Aun cuando la sociedad andina tiene una antigüedad de más de 20,000 años, el auge del Tahuantinsuyo, estado inca, iniciaría en el siglo XV d.C. Tres gobernantes: Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac habrían de expandirlo en la región occidental de América del sur, lo que siglos después se conocería como los países de Perú, Chile, Argentina, Bolivia, Ecuador y Colombia. Illary (amanecer) no tenía otros referentes para comprender que el imperio en el cual había nacido desarrolló una civilización muy sofisticada en las diferentes áreas del quehacer humano: una administración muy eficiente, ingeniería agrícola, construcciones megalíticas y adaptadas al entorno diverso, una red de vías por todo su territorio, avanzada astronomía, gestión eficiente de los recursos humanos, diferentes manifestaciones del arte, y, sobre todo, un vínculo armonioso y espiritual con el ambiente. Sin embargo, desde 1532, año en que se iniciara la conquista española, la vida para los nativos incas se había tornado errática al cuestionarse su sistema de creencias e instituciones. Conforme se consolidaban los españoles con sus abusos, prepotencias, crímenes y desprecio profundo por este pueblo, la necesidad de sobrevivencia era lo que daba algún sentido a sus pobres vidas.

Me llamaron Illary porque iluminé la felicidad de mis padres; pero la tradición incaica exigía asignar un nombre que acompañara la vida adulta de sus hombres y mujeres. Tras la invasión española nuestras comunidades diezmadas, dispersas y buscando subsistir ya no realizaban rituales como el huarachico en el cual los jóvenes ingresaban formalmente a la adultez. Por eso, apenas conocí al venerable anciano, le supliqué me impusiera el nombre de adulto. Necesitaba reafirmarme quién era: hijo del Tahuantinsuyo, nieto de huamachucos, heredero de waris bravíos. Herido, mutilado, ciego, sacado de su etnia de origen, cada hombre o mujer, seguía siendo Antawara (estrella cobriza), Llariku (indómito), Sumailla (luz bella), Curihuaman (halcón dorado, portentoso). Solo con un nombre de runa (hombre adulto) del Tahuantinsuyo, podría olvidar que esa cicatriz abultada, rosada y brillante, en mi brazo derecho me la había producido un conquistador español, como señal de que yo era objeto de su propiedad.

Había pensado llamarme Supay, el poderoso ser del inframundo y justiciero de los débiles, pero algo ocurrió que me hizo cambiar de opinión. Hacía una semana observaba con cautela unas formaciones rocosas en lo alto de la montaña por la que ascendía. A mi izquierda, el valle iba tomando una tonalidad gris y los árboles mostraban sus negros perfiles. El cielo, un incendio, naranja, oro y negro, me hizo desear cándidamente que aquel fuego sagrado quemara a quienes habían destruido mi mundo. La tristeza me oprimió el pecho. Tratando de evadir ese sentimiento, levanté la vista al roquedal; allí pasaría la noche. La soledad auto impuesta de los dos últimos años me había vuelto ensimismado. Solo ante alguna necesidad imperiosa (vadear un río, cazar un ave, remontar una cuesta empinada, cobijarme de la tormenta) salía de la penumbra en la que deambulaba. Me recriminaba cualquier concesión a la alegría pues sabía que la situación perniciosa se agravaba, llegaban más españoles a nuestra tierra y alcanzaban recónditos poblados. Continuaban el oprobio, la injusticia y el dolor. De pronto, unos cien metros arriba, vi el perfil de un puma hembra que llevaba prendida por el cuello a su pequeña cría y, luego de un instante, desaparecieron entre el roquedal «¿De qué estaría escapando?» –me pregunté intrigado, receloso y, sin embargo, compasivo. «Quizás solo busca descansar, reponerse». Me alegró pensar que la madre felina, desde esa altura, podía vigilar muy bien su entorno y anticiparse a las amenazas.

De pronto recordé a Pumaqhawa (el que vigila con el sigilo del puma), un militar como mi padre, hábil para escalar montañas, y al que le encomendaban misiones de avanzada. Descubría en las distancias soldados enemigos, atajos estratégicos, peligros inminentes. Sentí que me conmovía una desacostumbrada ilusión. ¡Yo sería Pumaqhawa! Me desplazaría entre riscos y mesetas deshabitadas para escrutar algo que sirviera para reunir a mi familia, si aún estaba viva. Se me oprimió el pecho y debí sacudir la cabeza intentando echar los pensamientos trágicos. Podría observar algo que sirviera a mis hermanos nativos. Erguí el cuerpo y el espíritu, me dije: «¡Seré Pumaqhawa!» Recordé varias representaciones del felino andino, considerado sagrado, símbolo de fuerza, paciencia y sabiduría. Vi en el encuentro con la madre puma una señal de que yo podía amanecer Pumaqhawa. Al día siguiente estaría en las inmediaciones del poblado de Huamachuco. Esa era la tierra de mi nacimiento, allí estaban mis huacas sagradas y se veneraba al Apo Catequil. Algunos conocidos me ayudarían a encontrar a mi familia o a sobrevivir. Con esa certidumbre, serené mi espíritu y me dediqué a buscar dónde pasar la noche.

Partí de madrugada. A lo lejos, en el fondo del valle veía casas, corrales y depósitos, cada vez más pequeños. Evadía los poblados y los caminos principales para no encontrarme con españoles. Me dirigí a la amplia meseta de Marcahuamachuco en la que se había desarrollado la cultura preinca Huamachuco y cuyas viviendas semiderruidas me darían cobijo. ¡Pumaqhawa!, ¡Pumaqhawa!, repetía mentalmente y lograba espantar a las recurrentes imágenes carentes de color, que con movimientos lentos y sonidos distorsionados mostraban macabros detalles, me sumergían en la angustia y la desesperanza, en los últimos dos años, desde el viaje de Pizarro y sus huestes al Cuzco. Todo aquello que mi familia y la comunidad me habían enseñado a amar y respetar había sido trasgredido o destruido. Hombres, mujeres, niños, ancianos, violentados, torturados, cercenados, dados a las fauces de sus perros asesinos. Ahora, después de mucho tiempo notaba la belleza de las plantas silvestres, insectos y avecillas que parecían alardear sus voces y vuelos libres.

Sintiéndome puma, disfruté otear, desde lo alto de la meseta ubicada a tres mil seiscientos metros, la interminable sucesión de crestas montañosas, en todas las direcciones. Sabía que esos miles de quebradas y valles interandinos albergaban a grupos humanos, como el mío, que apenas era una manchita en el paisaje. Desde aquí se distinguía Huamachuco, el centro administrativo y político de los incas, por donde los españoles habían pasado, un fatídico agosto, rumbo al Cuzco tras ejecutar al soberano Ataw Wallpa. Desde entonces mi madre estaba desaparecida. Yo debí ir a otra comunidad para intercambiar alimentos, me desbarranqué en una trocha accidentada y al regresar una semana después no encontré a mis pequeñas hermanitas ni a los pocos miembros de mi comunidad. Aquella Yapaquis, la luna de la siembra, solo sembró dolor en mi alma, mi familia y mi tierra.

Abstraído en medio de estas y otras reflexiones me sobresaltó escuchar, detrás de mí, el sonido de pisadas en el cascajo. Recordé estremecido el sonido de las lanzas españolas desgarrando los tejidos al atravesar un cuerpo humano y sentí la angustia de quienes se ahogaban en los borbotones de su sangre. Me encorvé hacia adelante para acelerar mi fin. De pronto escuché el sonido que hacen los halcones al comunicar peligro: cinco sonidos prolongados y cinco breves. Acostumbrado a escuchar a estas aves supe que se trataba de una imitación humana que significaba, «soy amigo, no temas». 

Confié. Permanecí inmóvil mientras escuchaba cada vez más fuertes las pisadas. Cuando cesaron giré la cabeza y me encontré con un anciano con la vestimenta típica de esta región cuyos cabellos largos se mantenían en su lugar con una cinta delgada de lana roja. Podía ser de Cajamarca, Huamachuco o de Guambos, vecinos y hermanos míos. Con expresión afable, en la tierna lengua quechua el anciano me saludó:

¡Buen día! ¿Te encuentras bien?

–¡El huérfano solo sabe de tristeza! –contesté con el rostro compungido.

–¿Habrá huamachuco huérfano, teniendo huamachuco cerca?  Yo seré tu padre, hijito mío.

Muchas lágrimas mojaron mis mejillas; el anciano me estrechó muy fuerte entre sus brazos. Lloré convulsivamente como un niño pequeño. Poco a poco me fui calmando.

En la ruinosa plaza principal de la ciudadela preinca, preparamos alimentos en una fogata mientras cada quien narraba el fragmento de la tragedia que le tocó vivir desde que llegaron los invasores europeos y un dieciséis de noviembre Pizarro mató a Ataw Walpa. Le revelé mi deseo ferviente de que me impusiera el nombre de adulto. Como empezara una persistente lluvia, nos cobijamos en una galería pétrea. El anciano Pushaq, (el que guía por buen camino) compartió algunas hojas de coca conmigo y con voz grave empezó su relato:

Maestro alfarero fui enviado con mis ayudantes a instruir en mi arte a los chachapoyas, etnia conquistada tardíamente por los incas. Allí he mirado a los ojos de los nuevos bautizados cristianos buscando algún rescoldo de amor por nuestra patria grande. Brillaba en ellos una luz torcida, la del aprovechamiento fácil, del beneficio individual, de la venganza. Cajamarca, Huamachuco, Guambos y muchos pueblos se incorporaron al incanato en forma pacífica. Embajadores con ricos presentes se acercaban a parlamentar y persuadir. ¿Cómo no ser parte de esta sociedad tan organizada, pensada en el beneficio colectivo, experta en el desarrollo y el crecimiento social? Respetaban nuestros dioses regionales, nuestras vestimentas y costumbres. Muchas etnias nos incorporamos al incanato, crecimos, aprendimos, enseñamos. Pero en los últimos tiempos, ya no se pudo conservar este sistema y se pasó a la conquista violenta: huancas, cañaris, chachapoyas, vieron derramada su sangre. ¡Nos hizo tanta falta perdonarnos!

Haces bien en querer un nombre propio. Será tu escudo. Evitará que se desintegre tu identidad.

Sentí una dolorosa opresión en el pecho al recordar lo que solía cantar mi madre cuando la luna creciente se mostraba dorada con los rayos del sol al amanecer: «Para alcanzar nuestros sueños, lunita de oro, se precisa un cóndor negro como escudo dentro del pecho, que tenga certero el vuelo y claros los sentimientos, entonces como los vientos caminaremos hasta tu encuentro, lunita de oro…».

De seguro conoces la historia, pero ahora has de notar qué significan los nombres en esta y en la otra orilla. Cusi Yupanqui (príncipe dichoso) hace algo más de cien años derrotó a la etnia chanca, adoptó el nombre de Pachacútec (el que cambia el rumbo de la tierra), asumió el gobierno e inició el desarrollo de lo que sería el imperio del Tahuantinsuyo.

Hace dos años, estando prisionero nuestro soberano Inca, curacas de la etnia chachapoyas fueron a ofrecer su apoyo a Francisco Pizarro. He preguntado qué significa Francisco: el francés, el originario del lugar llamado Francia, que no es la patria de Francisco Pizarro. Fui testigo cuando el gobernante nativo de Paushamarca-Chachapoyas fue bautizado como Don Francisco Pizarro Guamán, —dijo bajando la cabeza y sacudiéndola con tristeza el anciano Pushaq.   

Muerto Pachacútec le sucedió Tupac Inca Yupanqui (resplandeciente y memorable soberano) el cual expandió grandemente el imperio. A su muerte, ostentaría el poder y mantendría las recientes conquistas su hijo Huayna Cápac (joven soberano). La muerte le sobrevino a los cuarenta años mientras ampliaba el imperio, en su extremo norte, al lado de su hijo Ataw Wallpa. Este nombre en puquina, la lengua de la elite cusqueña, significa diligente escogido, y reflejaba sus grandes dotes militares y el prestigio en el ejército de su padre. Sin embargo, fue elegido soberano inca, un hermano suyo: Wascar, cuyo carácter desconfiado, le llevó a trastocar prácticas culturales fundamentales, le ganó el repudio de la nobleza inca, y dio razones a Ataw Wallpa para emprender una guerra civil para disputarle el poder.

Illary ni el anciano llegarían a saber que, mientras avanzaba la conquista, se sucederían curacas nativos bautizados con nombres tales como Don Francisco Pizarro Guamán II de Leimebamba, Don Hernando Pizarro Guamán, Juan Pizarro Chuiguamán (cual los hermanos sanguíneos del conquistador español).

Capturado Ataw Wallpa en una celada genocida, en la que murieron diez mil miembros de la elite incaica, además de artistas y gente de servicio, el inca fue mantenido prisionero por aproximadamente ocho meses. No obstante se traía oro de todo el imperio para pagar el rescate pactado (una habitación llena de este metal), se urdió el asesinato de Ataw Wallpa en un pseudo juicio en el que no participó el acusado.

Pushaq suspiró, hizo un prolongado silencio como acopiando fuerzas para lo que diría a continuación.

Chacra kunacuy, que los españoles llaman julio, era el mes en el que los incas repartían las tierras y las preparaban para la siembra. La vigésima sexta noche de esa luna el cura Valverde y un grupo de sicarios fueron a comunicarle su sentencia al soberano inca. Prendieron una pira en la plaza para quemarlo vivo; si se bautizaba podría sería ahorcado. El soberano prefirió el ahorcamiento pues dijo que después de muerto volvería en la forma de Amaru, la serpiente sagrada que trae poder, orden y sabiduría.

Había dejado de llover, el anciano y yo salimos a la plaza, tendió una colorida manta cuyo vértice superior se orientaba hacia el este. Con unción colocó sobre ella seis quintos, hojas perfectas de coca, desde una diminuta botellita de cerámica espolvoreó mullu sagrado traído desde los mares norteños y me indicó sentarme alrededor de la manta, puso en mi mano una pequeña piedra de energía, taqe wiracocha y con voz grave dijo:

«Madre Pacha, totalidad de espacios y tiempos, te devuelvo a tu hijo Illary. Ha querido, respetado y reverenciado todo lo que existe en el cosmos infinito. Ahora habrá de ser Pumaqhawa, subirá a las montañas de nuestra cordillera o del espíritu para hallar los rastros de los hechos o de las grandes verdades. Hallará tiempo para llorar y amar a los suyos, a los nuestros, pero respetando su noble misión vigilará sereno y objetivo. Así, ayudará a nuestro pueblo en lo que se avecina».  

Volviéndose hacia el muchacho le dijo: 

–Pumaqhawa, tu sagrado nombre temple tu carácter y te acerque a Pachayachaquic, la sabiduría y la capacidad cósmica de enseñar. Observa, reflexiona y encontrarás respuestas. 

«Contaré sobre ti y tu grandeza hasta que un nuevo Pachacútec cambie el rumbo de esta tierra, amado señor», se dijo Pumaqhawa, mientras dejó caer dos silenciosas lágrimas, sintiendo el dolor de su soberano Ataw Wallpa, cuando Pushaq dijo en tono triste: 

–Sobre la pila de leña, atado a un palo, con el garrote colocado sobre su cuello, Ataw Wallpa, que ya entendía el español, escuchó decir a Valverde: «En nombre de Dios Trino y Uno, creador del cielo y la tierra y todas las cosas que hay en el mundo, yo te bautizo Francisco Ataw Wallpa».

viernes, 2 de julio de 2021

El abismo que nos seduce

 Néstor Caballero


Sentado sobre la moqueta beige de la biblioteca, aguardo el retorno de las musas. Ante mis ojos titila inmisericorde el cursor del procesador de texto que estoicamente espera la inserción del próximo carácter. No se escuchan más que el zumbido del aire acondicionado y los reiterados maullidos de Napoleón, que no tiene empacho en vocalizar su enojo por la falta de atención que a esta altura me cuesta justificar ya que han transcurrido casi noventa minutos desde la última palabra que escribí. Soy un fraude. ¿Por qué creí que podría narrar esta historia? Desconozco a su protagonista, ¿qué lo impulsa a degollar a sus víctimas? Carezco de imaginación para describir sensaciones tan retorcidas, y tampoco las experimentaría solo para escribir una novela de suspenso.

¿O sí?

Fue Agente, tras comunicarme las magras ventas de mi última novela, quien me sugirió que probara con una historia más controvertida. Accedí porque era casi una orden de la editorial, que debía cumplir para permitirme seguir publicando libros.

Que fiasco me llevé al buscar inspiración en la narrativa contemporánea de suspenso. Casi todo lo que leí se ceñía a una fórmula tan predecible que al alcanzar tan sólo la mitad de la historia ya podía vaticinar quien sería el asesino, o cómo lo atraparían. Tendría que esforzarme para escapar de ese esquema.

La editorial supuso que sería una buena estratagema publicitaria anunciar la venta de mi alma con un evento para el cual debía proveer por lo menos el título de la próxima novela y un bosquejo de su trama. No se me ocurrió nada.

Durante días procuré armar el esqueleto de una historia que guardara un mínimo de lógica y respetara a la vez la inteligencia del lector, pero los personajes que esbozaba eran caricaturescos in extremis.

Poco antes del evento le confesé a Agente lo que me ocurría. Estábamos en un bar, y la bebida espirituosa contribuía a soltar mi lengua. Tras escucharme sin decir palabra, Agente me mostró un recorte de periódico en el que aparecía un rostro joven de aspecto enigmático cuyo dueño estaba siendo acusado de haber degollado, en por lo menos cinco ciudades y durante un periodo de dieciocho meses, a varias prostitutas. Fue descubierto porque la que hubiera sido su última víctima sabía defensa personal y pudo doblegarlo fácilmente. Portaba la navaja en cuya hoja se encontraron rastros de ADN de por lo menos tres víctimas. Ahora guardaba reclusión en la prisión municipal, en espera de su juicio. La evidencia en su contra era incontestable, lo que hacía suponer una condena a cadena perpetua.

        «Ángel en el abismo». Un adolescente que asesina a todas las mujeres que lo rechazan, empezando por su madre. Lo balbuceé como en un trance me señaló Agente durante el evento, que fue todo un éxito ya que al día siguiente las páginas culturales de casi todos los periódicos hablaban de mi arriesgada propuesta.

Obviamente no faltaron detractores que vaticinaban el fin de mi carrera profesional, pero sus comentarios apenas resquebrajaban mi ánimo… salvo el de Crítico, que siempre lograba sacarme de quicio. Avizoro escenas de alto contenido sexual (con este género puede permitírselo) burdamente descritas e insertas en una trama que probablemente «tomará prestados» elementos de los últimos éxitos del género, un pastiche, que marcará -si la fortuna nos es favorable- el postrero respiro narrativo de un autor al que hace rato se le ha agotado su cuarto de hora. Esto escribió el gordo afeminado hijo de su putísima madre. Podía imaginármelo con su vocecita amariconada escupiéndole la diatriba a su secretaria, ya que era bien sabido que él no podía escribir debido a que sus dedos rechonchos siempre apretaban más teclas de las que quería, esos mismos dedos que me causaron repulsión la única vez que nos estrechamos las manos. Fue para una entrevista promocional de mi cuarta novela, y durante la media hora de conversación, se pasó tirándome insultos velados que guardaban más relación con mi vida íntima que con el material de la obra, sobre todo con la leyenda que desde la publicación de mi tercer trabajo había empezado a correr tanto en los círculos literarios como en los pasquines faranduleros, y que decía que cada vez que emprendía una aventura literaria, simultáneamente iniciaba un romance con una celebridad del momento (modelo, presentadora de televisión, deportista) que se extendía casi exactamente lo que me tardaba en terminar el primer borrador, haciéndome quedar como un libertino que botaba a sus amantes a la basura una vez que habían cumplido su propósito. Tras leer el artículo publicado me apersoné en su oficina, que apestaba a cigarro y vino barato. ¡¿Acaso es un pecado escribir sobre lo que uno siente?! ¡¿Es qué ya no se puede uno enamorar y escribir sobre ello?! ¡Vos seguramente lo único que sentís es envidia y rabia porque puedo ganarme la vida escribiendo y además tengo a mujeres atractivas que me desean! Tan pronto como dije esto, supe que me había sobrepasado. La falacia ad hominem es siempre el recurso de los simplones. Esperé a que Crítico lanzara su réplica, pero se limitó a contemplarme durante un par de minutos sin decir nada. Luego, sacó su celular del bolsillo y me hizo escuchar todo lo que le había gritado. El muy mierda me sonreía. Salí de su cuchitril tan rápido como había entrado, seguro de que al día siguiente leería cada una de las líneas de mi exabrupto. Sin embargo, debo reconocer en su favor que no publicó nada de lo que ocurrió esa mañana.

Un mes después de ese patético episodio, empecé a entrar en pánico porque el borrador de la novela no avanzaba de sus primeras diez páginas. Todo lo que escribía me resultaba chato, unidimensional. Fallaba en la construcción del protagonista, lo hacía demasiado macabro y suponía que sus ansias de matar eran consecuencia de profundas frustraciones sexuales. En síntesis, una mierda de personaje.

Agente me sugirió que entrevistara a Asesino.

Este me aguardaba en su celda, que no tenía nada de particular,  sentado en una silla de plástico colocada frente a un inodoro. No vestía uniforme de prisión sino jeans gastados, remera blanca y zapatillas de cuero. Un guardia me acercó otra silla que ubicó a escasa distancia del preso, tras lo cual salió de la habitación, permaneciendo en el pasillo durante toda la entrevista.

Como las autoridades penitenciarias solo me habían concedido treinta minutos, tan pronto como me acomodé, le pregunté qué sentía cuando le quitaba la vida a otro ser humano. Sudaba profusamente, aunque no hacía calor. La voz me salía rasposa y su tono era titubeante. Asesino no se manifestaba de ninguna manera. Todo en él permanecía apático. Pensé que se mantendría callado durante toda mi estadía, y que tendría que volver a casa sin haber logrado nada, pero después de cinco minutos empezó a hablar con una voz suave pero casi atonal, utilizando expresiones que denotaban un nivel de educación superior.

Yo escribía frenético en un minúsculo cuaderno que había llevado para la ocasión, y mientras lo hacía no podía detenerme a pensar en lo enfermizo de todo lo que me estaba diciendo. Solo después de llegar a mi apartamento, darme una ducha, y escuchar un poco de música, pude leer sus declaraciones. Se me helaron las venas.

No sentía nada, creo. Mire, antes de esos momentos generalmente me aburría horrores, ¿entiende? Recuerdo que un día estaba en casa, habré tenido siete u ocho años, y ya había jugado con todos los autitos y soldaditos. Mis padres no me prestaban ninguna atención. Decidí entonces jugar con el gato de mamá, pero después de un rato también me aburrí, así que pensé que sería divertido quitarle un ojo. Más que la acción en sí, me satisfizo la reacción de mis padres. Gritaban y se agarraban las cabezas con las manos. Mamá se agachó para verificar el daño que había causado, me gritaba que estaba loco, que era el demonio. Eso sí fue muy interesante. No obstante, comprendí que sería más conveniente si me divertía en secreto, por lo que empecé a rondar por las calles del vecindario en busca de animales callejeros, pero sobre todo de gatos, porque a los perros me resultaba más difícil hacerles cosas. Sus miradas tristonas parecían conminarme a que los tratase con piedad.

Mientras leía, Napoleón reposaba sobre mi regazo, y casi sin pensar empecé a acariciar su lomo de una manera mecánica con la mano izquierda, mientras que la derecha se iba cerrando alrededor de su cuello, presionándolo un poco primero, luego con más intensidad, hasta que empezó a maullar de forma lastimera. Un arañazo en la cara me obligó a soltarlo. Fui al baño para desinfectar la herida, pero no pude reconocer al tipo que me miraba desde el espejo. Me lavé la cara con agua muy fría y luego me acosté, pero cuando ya estaba dormitando, me levanté de golpe, fui al escritorio, abrí la laptop y escribí lo que había hecho en una página y media que me pareció lo mejor que había redactado en muchos años. Releí lo poco que había escrito una infinidad de veces, disfrutando del ritmo cadencioso de las palabras que parecían bailar en mi lengua, de la sutil descripción de la biblioteca que, de un lugar seguro, fue transformándose en una caverna oscura donde mi alma agitada casi comete una aberración.

Al día siguiente, le mostré a Agente lo que había escrito. Me preguntó dónde estaba el resto y cuando le dije que eso era todo, me suplicó que volviera a entrevistar a Asesino. Por una vez, me rehusé a seguir su sugerencia. Estaba convencido de que había dado finalmente con el alma perturbada de mi protagonista. Solo tenía que plasmar en las páginas toda esa amalgama de emociones retorcidas y sentimientos de placer carentes de toda culpa y redención que se habían agolpado en mi mente mientras ahorcaba al gato.

No volví a escribir nada significativo durante varios meses, la memoria emocional del suceso parecía haberse borrado.

Agente estaba preocupado. Como sabía que no iba a volver con Asesino, me sugirió que intentara matar a alguien. Languidecíamos en otro bar, y esta vez era él quien se estaba pasando de copas. Yo lo veo muy fácil, elegís una víctima casual, la seguís por un tiempo, una noche que salga sola y tenga la mala suerte de pasear por alguna calle vacía, sacás una navaja y le cortás la garganta. Pero asegurate de cortarle de oreja a oreja para que sea rápido y no sufra tanto, e inmediatamente después de huir de la escena, escribí todo lo que sentiste mientras veías como la sangre brotaba a borbotones de la yugular destrozada. Sencillo es.

Cuando lo dejé en su departamento, me pidió que no lo tomara en serio. Estoy muy en pedo, Escritor. Vos me conocés bien, sabés que jamás se me ocurriría recomendarte algo así solo para vender más libros… aun cuando los réditos de ese sacrificio podrían ser siderales, sí señor, estamos hablando no de seis ni de siete, sino de ocho ceros. Es cierto que te conozco Agente, sé que también te estás jugando la carrera con esta apuesta. Sé que soy tu cliente favorito, no tanto porque te caigo bien, ni porque aprecies de sobremanera mis sutiles chispazos de humor inglés, sino porque soy esa rara clase de autor que puede sacar un libro exitoso por año, e incluso dos en años inspirados. Y eso es billete seguro para mantener el lujo que te esclaviza. Tal vez no te atrevas a pedirme algo tan extremo, pero estoy seguro de que me dejarías caer en el abismo si eso te reditúa…

Lo que no entiende Agente, y lo que no podría explicarle aun cuando quisiera, es que no puedo elegir a una víctima cualquiera. Eso lo entendí cuando apretaba el cuello de Napoleón. Lo que me daba placer era precisamente que podía hacerle eso a alguien que conocía muy bien. No soy como Asesino, no mataría jamás por aburrimiento. Mataría por poder. ¿Acaso esto me hace un monstruo? ¿Seré peor que Asesino? En realidad he descubierto que todo lo que pueda pensar al respecto está mucho más allá de la simple dicotomía entre el bien y el mal.

Estoy cansado. Otra jornada sin escribir casi nada. Estimo que ya es hora de abrazar la idea de que tal vez este relato negro permanezca inconcluso sine die. Tal vez deba volver a lo que conozco, aunque no estoy seguro de poder revivir a mi Lord Byron. La idea del amor como fuerza propulsora de nuestra existencia ahora me parece absurda. Tal vez sea el tedio, o el placer malsano. Lo ignoro, pero la idea de narrar una historia rosa me resulta repulsiva. Mejor descanso, todo emergerá con otra luz por la mañana.

Suena una notificación cuando estoy por apagar el equipo. Es un correo de Agente, aunque más que correo parece un telegrama electrónico. Tenés que leer esto ahora… y hacer algo al respecto. Cliqueo el link adjunto que me dirige a la página web del diario de Crítico, y más específicamente a su columna literaria. Durante meses hemos estado aguardando, con gradual interés, novedades sobre el tan mentado proyecto de Escritor, pero fuentes fidedignas me informan que nuestro sensiblero preferido ha encontrado numerosos obstáculos en su quijotesca empresa por transmutar sus cursilerías de telenovela mexicana en un relato de suspenso coherente. Incluso se ha visto obligado a recurrir al famoso Asesino para recabar material, visitándolo en prisión repetidas veces. Al parecer, ha surgido entre ambos una amistad impensada, cuyos frutos lastimosamente nuestro gallardo prosista todavía no ha podido recoger. Si estás leyendo estas líneas, amigo Escritor, no te desanimes. Siempre podrás encontrar maduritas que recibirán con gozo cualquier cliché que escupas en tu nuevo romance. Porque es seguro que vuelvas a eso. ¿Cierto? Hasta la próxima, queridos lectores, y sobre todo mucha suerte Escritor. P.D. Si quieres hablar al respecto, te espero en mi oficina, la misma que atropellaste la última vez que escribí sobre ti, pero por favor, te pido que esta vez no sucumbas a tus impulsos violentos contra mi frágil persona, a fin de poder entablar un diálogo constructivo que, estoy seguro, será muy provechoso para ambos. Hola Agente, ¡me podés explicar qué mierda es esto! Sólo fui una vez a la cárcel, ¡no tenemos ninguna puta relación! ¿Cómo hizo este obeso invertido para saber que estoy teniendo problemas con la novela? ¡¿Qué vos le dijiste?! ¡¿Y para qué puta hiciste eso?! Ahh, no era tu intención, solo se toparon en un banco y te preguntó por mí casualmente. ¡Pero si serás idiota! ¿Cómo pudiste contarle todo? ¿Qué se te pasó por la cabeza para hacer eso? Y encima ahora me pedís, no, me exigís que haga algo al respecto. Bueno, por eso no te preocupes, que ese mierda me va a escuchar. Corto la comunicación sin darle tiempo a que se siga disculpando. Paso a buscar algo de la cocina y salgo como un torrente del departamento.

Primero pienso en repetir mi exabrupto de la vez pasada, pero eso no bastará para calmar mis ánimos. Siento que toda la sangre fluye hacia mis manos. Mientras camino oigo mi respiración, cualquiera de los transeúntes podría oír exhalaciones tan sonoras. Paso frente a una bodega, me detengo y compro una botella de vino barato. Su olor me lleva al tabuco de Crítico, a los trastos que lo anegan, al escritorio de tienda de empeño, y sobre todo a él, a sus muecas asquerosas, sus manitas de cerdo, su mirada displicente de sabio conocedor. Tomo uno, dos, siete tragos y arrojo la botella en la vereda. Ya estoy cerca, pero no pienso entrar a su oficina. ¿Y si no se encuentra allí? De pronto la idea parece tan lógica que me detengo de súbito. Casi nadie trabaja un viernes a la noche, salvo que estés tan alienado del mundo que tu oficina sea tu hogar. Y estoy seguro de que Crítico se ajusta a ese perfil. Continúo. No se ve a ningún portero en la entrada. Subo las escaleras con mucho cuidado, no pretendo hacer notar mi presencia. Llego a su piso y, en efecto, veo que hay luz en su oficina. Vuelvo a bajar y lo espero, aunque no estoy tan convencido de que salga. Tal vez prefiera pernoctar en su cuchitril aguardando el fin de su resaca. Pero a la hora, y como lo preví, trastrabilla cada tres pasos. Lo sigo a una distancia prudente. Parece tan borracho que probablemente no me perciba, aunque marche a su diestra. Caminamos tres cuadras y entonces toma un desvío del camino principal. Se mete en un callejón. Yo apresuro el paso para no perder el contacto visual. Me asomo a la boca del callejón y lo veo meando contra una pared. Con mucho cuidado me acerco, no puede verme porque está de espaldas y el repiqueteo de la orina tapa el ruido de mis pasos. Extraigo la navaja que llevo en el bolsillo interior de mi chaqueta y con un rápido movimiento lo agarro por los cabellos, tiro hacia atrás su cabeza y le rebano el cuello. Crítico se da vuelta y me mira confuso, sus manos están cubiertas de la sangre que mana a borbotones de su cogote y tratan de cubrir la herida, pero es en vano. La visión de su rostro me lanza a un nuevo arrebato. Pierdo la cuenta de las veces en que hundo la hoja filosa en su prominente barriga. Después de la última cae a mis pies. Tras comprobar que no hay nadie que nos observe desde la boca del callejón, guardo el cuchillo y me retiro del lugar. Al llegar a casa me baño, y me acuesto desnudo. El sueño no tarda en llegar, es profundo y liberador, sin pesadillas.

Hoy escribo casi cuarenta páginas.

viernes, 18 de junio de 2021

Luces en la oscuridad

Omar Castilla Romero


Xavier se dirigía a darle el mensaje a la misteriosa mujer en el hospital, mientras sus padres continuaban discutiendo. La cuarentena había empezado hacía un mes y desde entonces tuvieron más peleas que en los últimos diez años. Vivían en un minúsculo, pero confortable apartamento ubicado en el séptimo piso de un edificio que tenía una agradable vista al mar. Dos días antes cuando comenzó todo, sus padres también discutían.

—¿Qué haces encerrado en el baño?, de seguro escribiéndole a alguna de las lobas que tienes por amigas.

—Ya vas a empezar, ni bañarme tranquilo puedo, ¡me vas a volver loco!

—Loca me voy a volver yo, pero donde llegue a encontrar algo agarro las maletas y me voy.

—Yo soy el que se va ahora mismo, no aguanto más tu cantaleta.

—Claro vete, ojalá la policía te detenga por incumplir el toque de queda.

—¡Pues que lo haga!, en un calabozo estaré más tranquilo.

El padre se marchó a la calle regresando media hora después, disuadido por las sirenas de los carros policiales. Xavier se encontraba frente al televisor de la sala jugando Mario Cart cuando su papá se sentó en el sofá gris ubicado detrás de él.

—Hijo quita ese juego que voy a ver las noticias.

—Papá no te aburre oír todo el día lo mismo, «que el virus mató a no sé tantos», «que hubo no sé cuántos casos nuevos».

—Hay que estar informado Xavi.

—Pero quiero seguir jugando, estoy aburrido.

—Hazlo en el televisor del cuarto.

—A mamá no le gusta que juegue allá.

—Dile que yo te di permiso.

Xavier pensó que esto iba ser motivo de una nueva discusión, aun así, encendió la consola y siguió jugando durante una hora en la habitación de sus padres hasta que el agradable olor a carne asada fue precedido por el llamado para que fuera a almorzar. Cuando terminó su comida volvió a la habitación y encontró a sus padres durmiendo la siesta, por lo que decidió ir de nuevo a la sala. En ese momento vio un telescopio que reposaba en el closet cubierto de polvo. Lo tomó y pasó el resto de la tarde investigando cómo funcionaba y qué objetos celestes podía ver desde su balcón. Xavier era un niño con gran curiosidad científica, que había heredado de sus padres el gusto por la música retro.

Llegada la noche, la oscuridad del cielo solo era interrumpida por el brillo de las estrellas coqueteando a la lente del telescopio. El mapa estelar descargado en el celular le indicó que la estrella azulada en frente suyo era Sirio, más arriba se encontraba el cinturón de Orión, al que su madre llamaba los tres reyes magos y que según había leído, fue utilizado por los antiguos egipcios como guía para la construcción de las pirámides. A unos palmos de distancia de la constelación, vio un par de luces que no coincidían con ningún cuerpo celeste y que parecían estarlo observando. Se hicieron las diez de la noche y su madre lo llamó para dormir. Se levantó en la mañana con el olor a huevos fritos y tocinetas del desayuno. Al instante recordó la nueva afición que había descubierto y siguió investigando sobre astronomía.

La siguiente noche, el cielo sin nubes permitía ver las estrellas en todo su esplendor, a excepción de un grupo en forma de rosario que, aunque furtivo a la visión directa, mostraba su magnificencia en la lente del telescopio: eran las Pléyades; cerca de estas, aparecieron de nuevo los dos objetos en una posición diferente, por lo que se le ocurrió que, fuera lo que fuera lo estaban observando. Si era así responderían a los intentos de comunicarse que hiciera, por eso decidió aplaudir varias veces al son de la canción favorita de sus papás: We Will rock you de Queen: tutu pá, tutu pá, la tercera vez solo aplaudió dos veces tutu… y los objetos reaccionaron juntándose como simulando un aplauso: «pá». Pensó estar alucinando así que repitió la maniobra y obtuvo la misma respuesta. Luego fue a la caja de herramientas y sacó una vieja linterna que encendió y enfocó hacia las luces, las cuales respondieron titilando. Se dirigió al estudio donde estaba su padre haciendo teletrabajo para mostrarle lo ocurrido, pero este le dijo que estaba ocupado.

—¿Todavía papá?

—Hijo debo entregar un informe a más tardar esta noche.

—Estabas mejor antes cuando ibas a la oficina —agregó molesto y se marchó.

Regresó a observar el cielo hasta que llegó la hora de dormir, sin embargo, no concilió bien el sueño y en la mañana se levantó ojeroso con deseos de averiguar qué sucedía. El día transcurrió lento, como ocurre cuando se ansía un acontecimiento importante y al ocultarse el sol, él se encontraba con el telescopio en el balcón. El padre lleno de remordimiento por el desplante de la noche anterior se acercó.

—Hijo, ¿qué me querías mostrar ayer?

—Papá es increíble, mira esto. —Hizo el mismo ejercicio de la noche anterior, pero no obtuvo respuesta.

—De pronto quieren comunicarse solo contigo o quizás están aburridos de Queen y prefieren que le hagas una coreografía de Michael Jackson —dijo guiñando el ojo, luego de lo cual siguió su camino.

Xavier se sintió desanimado, pero decidió hacer lo sugerido por su padre imitando el pase Moonwalk del rey del pop. De inmediato los objetos hicieron un movimiento como un par de pies resbalando hacia atrás. Un rato después, cuando estos estaban inmóviles, su padre se acercó de nuevo sugiriéndole que utilizara el código morse.

—¿Código morse?

—Es algo que se usaba antes en los telegramas.

—¿Telegramas?

—Así se comunicaban tus abuelos. Es un código que traduce las letras en señales largas y cortas permitiendo enviar cualquier mensaje.

—Ya veo, ¿y tú sabes morse?

—Saber cómo saber, no. Pero se puede encontrar en internet.

—Ah, entonces lo buscaré. —Sacó el móvil y el padre siguió su camino.

Tardó quince minutos en comprender el sistema. Tradujo la palabra «Hola», y la convirtió en fogonazos de linterna, para recibir unos segundos después la respuesta: «Hola». Guau, es sorprendente —dijo. «Quienes son» fue la siguiente pregunta. «Somos amigos» respondieron. «¿De dónde vienen?», contestaron «De lejos». Luego interrogó «¿Qué quieren?», «Que entregues un mensaje». Xavier indagó «¿A quién?», y dijeron «A la mujer en la entrada del hospital en la playa».

Hizo una pausa pensando cómo él, un niño de diez años, podía entregar un mensaje a una mujer que no conocía. De seguro se referían al hospital de la zona turística que estaba a treinta minutos de su casa. En ese momento decidió preguntarles «¿Ahora?». Respondieron «No, mañana a las diez». La última pregunta fue «¿Y qué le diré?» «Que cuide a la niña de los ojos diferentes».

En ese momento desvió su mirada al oír el llamado de su madre para que fuera a dormir y al volver la vista al balcón las luces se habían desvanecido. Se acostó pensando el significado del mensaje. Era absurdo, cómo podían saber ellos si alguien estaría en la entrada del hospital en una hora determinada. A pesar de todo, tenía curiosidad de saber qué era eso de los ojos diferentes, ¿acaso los tenía cuadrados?, o ¿lanzaba rayos con ellos? Esa noche tampoco durmió bien. Al levantarse en la mañana encontró a sus padres discutiendo, mientras pensaba en lo que tenía planeado hacer. Saldría de casa para dirigirse al hospital en busca de la misteriosa mujer. Eran las nueve y media de la mañana por lo que tenía el tiempo justo para llegar caminando al hospital. Aprovechó que sus padres estaban concentrados en la pelea y se escabulló del apartamento bajando por el ascensor. Ahora debía salir del edificio sin que lo viera el portero, pero ya era tarde.

—Buenos días joven Xavier, ¿qué hace por la recepción?

—Buenos días, señor Norberto, debo salir un momento.

—Lo lamento, está prohibido por el toque de queda.

—Por favor, Norberto, necesito recoger un juguete que se cayó del balcón.

—Si quiere yo lo recojo, ¿cómo es?

—Tranquilo es solo un momento, no demoraré.

—Bueno, pero regrese enseguida.

—Así lo haré.

A partir de allí venía el obstáculo más difícil, cruzar las calles sin que lo pillase la policía. Procuró evitar las vías principales y de esa manera avanzó unos veinte minutos, hasta que oyó que le gritaban Ey niño detente, ¡qué haces en la calle! Se echó a correr a toda prisa metiéndose por una callejuela desierta. Al llegar al final había perdido el rastro de los agentes, pero se encontró con unos individuos de mal aspecto.

—Chico, qué lindo celular, ¿por qué no me lo dejas ver?

Estaba cansado de correr y pelear no podía, puesto que eran mayores. Por suerte, sus nervios mezclados con la fatiga de la carrera previa exacerbaron un acceso de tos.

Cof, cof —empezó a toser, por lo que los ladrones se miraron.

—Vámonos —gritó el más fornido —este tiene el virus. Salieron corriendo a la vez que se tapaban la nariz con las manos, pues ni siquiera tenían puesta una mascarilla.

Aliviado siguió su camino y diez minutos después vio la estructura de tres pisos del hospital que resplandecía con el sol de la mañana. A pesar del calor, su piel se mantenía seca gracias a la brisa proveniente del mar que le disipaba el sudor. Al llegar a la entrada no vio a nadie y pensó que le habían jugado una broma pesada, pero en ese momento notó una mujer joven que hablaba con un médico barbudo en una entrada secundaria. Parecía recibir malas noticias porque se limpiaba las lágrimas del rostro con un pañuelo. Terminada la conversación, la mujer se sentó en el corredor del jardín frente a los ventanales que daban a la sala de espera. Xavier lo pensó varias veces antes de acercarse, pero al final se llenó de valor.

—Señora, ¿cómo se encuentra?

—Hola niño, mal, tengo a mi novio grave. ¿Qué haces fuera de tu casa? Te puedes enfermar.

—Vine a darle un mensaje.

—¿Un mensaje?

—Sé que parece una locura, pero así es.

—¿A mí?, pero cómo, acaso ¿sabes mi nombre?

—Me dijeron que estaría en este hospital a las diez.

—Vaya, pero cómo podían saberlo, si hasta yo lo desconocía hace quince minutos.

—No lo sé —dijo apenado.

—¿Y cuál es el mensaje?

—Me mandan a decirle que debe cuidar a la niña de los ojos diferentes.

—La niña de los ojos diferentes —repitió deletreando y luego dijo para sí misma—. ¡Oh por Dios!, la muchachita que quedó huérfana. —La misma que había perdido a sus padres por el mortal virus y deambulaba en el hospital sin que nadie se hiciera cargo de ella. Se levantó y salió corriendo, no sin antes decir—: Gracias niño, no sé cómo lo supiste, pero gracias.

—De nada —respondió Xavier, quien se dispuso a volver a casa, pero antes echó un vistazo al ventanal por donde se asomaba una niña de ojos claros, uno miel y el otro verde, y sintió que su mirada podía iluminar la oscuridad que se cernía sobre el mundo en aquel tiempo. La verdad no se equivocaba, porque el futuro de la humanidad dependía de lo que ella hiciera.

viernes, 11 de junio de 2021

El sueño de Julia

Laura Sobrera


Julia despertó sobresaltada. Sintió una especie de corriente eléctrica entumecer su cuerpo. No era la primera vez que un sueño la estremecía. Aturdida, igual que cuando dormitaba recostada en el sillón después del almuerzo en alguna posición forzada, notó la consciencia todavía perdida en el mundo onírico.

Se incorporó poco a poco y con pereza. El cuerpo le pesaba. Manos y pies le hormigueaban, sin embargo, pudo superar ese abandono físico para moverse.

Tenía sed. Se dirigió hacia la cocina para saciarla con agua fresca. De pantuflas y bata, como le gustaba estar en casa y viendo que el líquido bebido no era suficiente, se preparó una infusión, segura de que eso calmaría la sequedad de su boca.

No necesitaba despabilarse mucho, por lo que todo aquello podía hacerlo en piloto automático. Como otras veces después de dormir con profundidad por un tiempo que pareció extenso, las imágenes vividas en el sueño aparecían en su mente sucediéndose a gran velocidad.

Apretó sus sienes en un loco afán de detenerlas. El pitido de la caldera la hizo volver a la realidad. Preparó el té y se sentó en la sala de estar a degustarlo.

Se dio cuenta que la televisión había quedado encendida, pero en silencio. La dejó así, no quería que nada alterara ese lapso de paz mientras saboreaba la infusión frutal.

Entre tanto, a su mente que divagaba acudieron algunas palabras importantes para ella: rituales y pertenencia.

Sonrió para sí mientras bebía a sorbos el té caliente que calmaba la sed. El pensamiento fue hacia esos conceptos en los que se vio envuelta, sobre todo por su ausencia, o por estar convencida que faltaron en los momentos más importantes.

Se detuvo por un instante en los ritos, esos considerados tan necesarios y que nada tenían que ver con religiones. Había estructurado su vida de una manera rígida, siguiendo códigos que ella creó a partir de su mundo interior y la educación recibida.

Su mente siempre iba al ejemplo que parecía explicar esta idea a la perfección. Para una relación hay determinados pasos que son imprescindibles: conocerse, ennoviarse, comprometerse, casarse y formar una familia. Julia consideraba esto como una fórmula de exactitud matemática. Lo mismo sucede con la pertenencia, se cumplían ciertos ritos y de inmediato la persona pasaba a formar parte de algo o alguien.

Escuchó su propia carcajada. Le había llevado años comprender que nada es así. Por fin se sentía completa sin tanta precisión.

El ruido de su propia risa la devolvió a su sueño. Que ella estuviera presente era normal, después de todo era su subconsciente, pero nunca había estado en una situación onírica semejante. Estaba en el cine y la película que pasaban la tenía como protagonista. Las escenas se sucedían de acuerdo a sus deseos más íntimos alejados de la cruda realidad.

A pesar de esto, lo que estaba viendo le daba nostalgia y hasta lo veía como algo con cierto refinado humor. Solía reírse de ella misma y eso mismo apreciaba en el sueño.

De vuelta a la realidad, habiendo terminado el té, fue hasta el baño y se duchó. El agua caliente alivió su cuerpo todavía entumecido. Tenía ropa que aún no había estrenado y decidió que era hora de usarla.

Se vistió, maquilló, arregló con un dejo de coquetería su cabello y usó su perfume favorito, bueno, era el único que tenía, pero importado, uno de sus pocos vicios. Lo hacía cuando la melancolía o los sueños la invadían.

El espejo le devolvió una imagen interesante, entre casual y sofisticada. Decidió salir a caminar para despejarse de esas sensaciones. Un abrigo liviano, por si refrescaba a la vuelta. Estaba pronta para salir cuando una llamada perdida le dio ganas de ver a sus hijos, ya que no había remedio mejor para la apatía que la visitaba.

Entró sin más pues la puerta estaba abierta, como de costumbre cada que había invitados.

Aunque la pandemia había terminado, estaban acostumbrados a no besarse, por lo que no era extraño que nadie lo hiciera.

En la casa estaban sus hijos, nietos, nueras, y algunos amigos de los primeros. Sorprendida al verlos reunidos pues no recordaba haber sido invitada, pero tampoco era extraño. La charla era amena, pero no tan ruidosa como la acostumbrada. Las risas comenzaban estruendosas, pero inmediatamente bajaban de volumen.

Se había acostumbrado a escuchar más de lo que hablaba. Ya no necesitaba mostrar orgullo por la familia, era obvio que así se sentía, se le veía en la cara y las actitudes.

Decidió ir a servirse un refresco, pasó al lado de su hijo y lo escuchó decir:

—Todavía me parece sentir su perfume preferido.

—Me sucede lo mismo —contestó Sofía, su cuñada.

Julia se sintió extraña, ella estaba allí, ¿por qué hablaban como si no estuviera?

—Mamá no querría vernos tristes, siempre decía que ni lágrimas ni sufrimiento, por eso estamos todos aquí hoy, para celebrarla viva —musitó Joaquín, el menor.

Llegado este momento, Julia estaba confundida: sintieron el aroma de su perfume, pero nadie la miraba a los ojos. Había venido de su casa, tomó un té, se duchó, vistió y usó su loción preferida, pero ¿qué estaba pasando? Todos actuaban como si hubiera muerto y eso no era posible, se sentía muy viva.

De repente sus nietos se le acercaron y para el asombro de todos dijeron:

—Hola, abuela, por fin viniste, te extrañábamos, ¿vamos a jugar?, ¿nos contarás cuentos?, ¿inventaremos canciones?

En el jardín, se hizo un profundo silencio. Sus padres se acercaron a los niños y les preguntaron:

—¿Está aquí?

—Por supuesto —respondieron—, dijo que iba a jugar con nosotros en la sala, así ella podía sentarse sobre el sillón.

Los que allí estaban sintieron un nudo en la garganta, entonces Alex, el hijo mayor miró a Joaquín, sonrió y dijo feliz y emocionado:

—No hay nadie a quien llorar, ella tenía razón, siempre va a estar presente, las formas nunca la condicionaron.

Pasada la primera impresión que los sacudió, solo celebraron como ella habría querido y pedido, honrando su existencia y esa presencia incondicional que no se alejaría, porque así lo había prometido. Lo que empezó como un murmullo terminó en algarabía.

Mientras tanto en el living, Julia, visiblemente emocionada, miraba jugar a sus nietos a sus pies con lágrimas de emoción rodando por sus arrugadas mejillas y aprovechaba para relatar esos cuentos e inventar canciones que la inocencia infantil solicitaba entre sus juegos.

Llegado este punto la familia no pudo apreciar la escena, porque para eso se necesita tener ojos de niño y es que la imagen que formaban abuela con su eterna sonrisa y sus nietos era como una añeja estampa sagrada con la frase: “El Reino de los Cielos pertenece a los que son como los niños” y Julia siempre honró y mantuvo viva a su niña interior.

Julia había aprendido que el cielo o el infierno viven dentro de cada ser y su paraíso estaba justo allí, donde se hallaran sus hijos y nietos, por lo que sin lugar a dudas hacía tiempo había llegado.