martes, 15 de diciembre de 2020

Una pianista mimosa y un violinista valeroso

Rosita Herrera


Claudette era una solitaria y soñadora mujer a la que le gustaba convertir sus anhelos en realidad. Desde niña había jugado a manifestar lo que deseaba con vehemencia, situaciones tan favorables como que el clima se tornara de templado a frío y lluvioso para no levantarse e ir al colegio; que el chico que le quitaba el sueño no dejara de insistirle con invitaciones y chocolates; que suspendieran el examen para el cual no había logrado estudiar todo el contenido; que apareciera una tarántula en el pupitre de aquella compañera que no soportaba; que la manzana roja y jugosa que se encontraba en la cumbre del árbol más escabroso de la quinta de su abuelo cayera a sus pies tan solo con mirarla. Acontecía un sin número de veces en que el destino le regalaba lo que le había encargado con una leve insistencia de pensamientos.

Vivía con su madre, una mujer dulce y llena de sueños la que, llegado el verano, enviaba a Claudette al campo, por lo que pasó gran parte de su infancia en el gran fundo de su abuelo, un hombre de origen muy humilde, pero que a costa de mucho esfuerzo había logrado ser propietario de una gran extensión de tierra en el sur de Chile, en un lugar llamado Chelle, región de la Araucanía. Su casa estaba construida en la cima de un cerro desde donde podía observar con templanza el ir y venir de toda la gente que estaba a su cargo: inquilinos les llamaba, este apelativo siempre resonó en la cabeza de la pequeña, no sabiendo exactamente su significado, pero se imaginaba que eran personas que ocupaban partes de la tierra de su abuelo a cambio de ciertos trabajos que él requería. Era la consentida de aquel, quien acostumbraba a observarla desde lejos, haciendo como que arreglaba una cerca o buscaba en el horizonte algún rastro del lobo que en las noches asustaba a sus corderos, sin embargo, atisbaba a la pequeña recorriendo los gallineros y resguardándose a la sombra de los manzanos con sus vestiditos de gasa hecho jirones, sus piernas embadurnadas de barro y sus ojazos de un radiante color verde tras una cabellera salvajemente roja. Así se querían, de lejos, sin hablar ni empalagarse con arrumacos, la sola presencia cargada de cuidados y atención, bastaban. En el vasto horizonte que le ofrecía cada verano aquel anciano alto, de mirada alegre y aire protector, ella crecía embelesada por la formidable compañía de los árboles y el silencio profundo y melodioso que regala bondadosamente la naturaleza. Correteaba con el viento, subía a los troncos, miraba el cielo tumbada en el pasto respirando la suave brisa sobre los campos cálidos del sur. Cuando quería que lloviera, comenzaba a sentir el sabor del agua entre sus labios, imaginaba al sol siendo rodeado por un ejército de nubes espesamente negras que daban paso a una espantosa tormenta. Su abuelo reía desde lejos y la imaginaba como un colibrí dando tumbos buscando el calor del hogar y el olor al delicioso chocolate caliente que tanto la reconfortaba.

Cuando se hizo mayor, sabía que debía tener cuidado con lo que deseaba con pasión, puesto que de una u otra manera aquello se manifestaría.  Fue así como un día frente a su computador se encontró con un video de un violinista muy guapo, pese a que podía ver su silueta y rostro, no lo podía apreciar con la definición que ella deseaba, pues, era una grabación no profesional. Lo miraba, lo escuchaba, trataba de leer su fisonomía, la forma delicada de tomar el violín contrastaba con la fuerza de su energía expresada en cada movimiento de la melodía que interpretaba. Era un ser interesante, elegante, misterioso, como si estuviera en un mundo ajeno y desde allí regalara su arte. Las redes sociales no eran algo que embriagaran a la joven, pero desde que había aparecido aquel hombre lo seguía entusiasmada a través de una de ellas. Su figura delgada, pero a la vez fuerte y seductora; su cabellera larga y oscura que llevaba recogida en un moño; su barba crecida, pero no tanto como para verse descuidado, ni tan poco que le quitara ese aire de misticismo; su ropa bastante holgada no atisbaba ni una pisca de vanidad, pese a ello o, quizá, por ello, lograba llamar tan bien su atención, pues admiraba a quienes trascendían pasiones y su atractivo era genuino y armonioso.

Al verlo tocar sentía unas enormes ganas de conocerlo, de que sus ojos la buscaran a través de la pantalla, pero no había nada que los uniera hasta ese momento o que les hiciera tener alguna necesidad de hablarse, en fin, con un movimiento de cabeza sacudía su ansiedad dirigiéndose a su piano para olvidar cualquier tipo de pensamiento que le impidiera ser feliz.

Claudett había crecido sumergida en sus fantasías, la mayoría de sus conocimientos eran adquiridos de libros quienes, aparte de hacer las veces de instructores, se encargaban de darle ánimo y fortaleza cuando se encontraba acongojada por las vicisitudes de la vida. A sus treinta años había pasado por decepciones amorosas, pérdidas de personas queridas y mascotas. Aún tenía sueños pendientes como el viajar por todo el mundo y construir una casa en la playa para vivir ahí el resto de sus días. Siempre había soñado con ser una mujer libre y no depender de absolutamente nada ni nadie, por lo que una mañana se levantó y miró al espejo, se sacudió la pena de haber estado llorando toda la noche por la indiferencia de un hombre que le había demostrado que no todo lo que ella quería lo podría tener así tan fácil; le había contado sus secretos, aquellos que uno deja salir del alma cuando siente la extensión de la propia en el otro, por lo que le había entregado la llave de su corazón sin quererlo y, bueno,  aquel se vio como un simple objeto de sus caprichos y se fue, dejándola ahogada en sus penas sin más esperanza en el amor que la que le ofrecía su insistente fe en aquel ser carismático que rondaba sus pensamientos desde que había muerto su abuelo, quizá como una forma de suplir su ausencia.

Por otro lado, se había decretado a nivel mundial que las personas se mantuvieran en sus casas y que evitaran todo tipo de contacto físico como una forma de disminuir la propagación de un «virus» mortal que se había escapado de un laboratorio chino, lo que se ignoraba era que este sería el primero de un regimiento de otros que invadirían al planeta y que lo mantendrían recogido «voluntariamente» por medio del miedo. Era así como ya no salían, no hacían deporte, no se besaban ni abrazaban, solo aquellos que contaban con una mascota no habían dejado de caminar al aire libre, al menos por una hora al día.

Había un gran sector de la población que obedecía al pie de la letra lo que dictaminaban las autoridades sin cuestionar lo que constantemente se les imponía. Dentro de sus rutinas se establecían grandes períodos de tiempo para sus trabajos donde ejercían por lo general un rol de subordinación y el resto lo dedicaban a su familia y a las redes y plataformas virtuales; el otro sector, por el contrario, eran personas que, además de trabajar, dejaban tiempo para el ocio en el que ocupaba un papel preponderante la lectura y las artes por lo que se distinguían del resto por su sensibilidad, intuición y juicio. Esta dicotomía no permitía establecer una sociedad digna, porque mientras unos eran esclavos del sistema, los otros luchaban por no serlo, lo que resultaba extenuante y desmoralizador para aquellos que vivían con la esperanza que algún día todos entendieran que la libertad depende de la consciencia de cada cual frente a su entorno, del derecho a elegir cómo quiero vivir y no a acatar irreflexivamente la manipulación de gobiernos capitalistas de mercado, pero esto era difícil de entender para quienes no querían progresar intelectualmente por medio de la lectura y la investigación de la historia de pueblos que habían luchado y logrado ser libres, en consecuencia, cada día se iban sumando más adeptos a vivir cómodamente dirigidos y gobernados por los dictaminadores de leyes, formas de vida y de pensamientos que desde hacía un siglo habían logrado incorporar en las cabezas de sus gobernados a través de la educación estatal, las doctrinas religiosas y la publicidad que incentivaba el consumo por encima de todo criterio. Aquellos dictaminadores no pertenecían a ninguno de los dos grupos sociales, ellos eran un cinco por ciento de la población y provenían de castas extranjeras que luego de haber perdido credibilidad en sus propias naciones debido a sus gobiernos corruptos, buscaban oportunidad de gloria y riqueza en países lejanos y desconocidos incorporándose a través de empresas privadas con las que lograban apoderarse de la fuerza y capital de quienes gobernaban.

Los días pasaban entre salidas, obligaciones laborales, ensayos y clases con sus maestros que la preparaban en la perfección del instrumento. Llevaba varios meses en soledad y, la verdad, no lo estaba pasando tan mal, tenía miles de cosas que hacer, que arreglar, que leer, que bailar, que cocinar y, por supuesto, comer. Sus ingresos no habían disminuido puesto que seguía dando conciertos a través de plataformas virtuales, por lo que su espíritu se mantenía creativo y dichoso. Una mañana, muy temprano, estaba en el baño, frente a un enorme espejo preparándose para grabar una de sus presentaciones, trataba de arreglar su larga y cobriza cabellera, peinándola para un lado y para el otro, sin lograr el resultado desafiante que buscaba. Sus pensamientos divagaban para luego focalizarse en aquel violinista que había robado su atención y entre las sombras que circundaban la parte iluminada del espejo, vio la imagen de aquel, bailaba con cadencia al tiempo que tocaba una melodía. Quedó hechizada, era como si la dulzura y la pasión entretejieran su figura…, pero… era un espejismo, su mente había proyectado su deseo más latente y ya no estaba, quedó trémula frente al espejo sintiendo un extraño aroma cálido y protector que asociaba con los brazos fuertes de su abuelo y presintió que algo sucedería.

Aquella mañana los algoritmos de la redes sociales habían hecho de las suyas, el tiempo que había destinado Claudette a observar y escuchar a aquel músico hizo que apareciera ella como sugerencia de artista destacada para Rigzin, por lo que este se percató de su existencia y sintió ansias de observar y escuchar los videos de sus conciertos, la destreza y disciplina que proyectaba en su obra, así como la delicadeza y belleza de su rostro y figura, sin medir consecuencias, llamó su atención dejándole la imagen de una flor roja en el sector de mensajes de una de las redes sociales más visitadas por Claudette y, precisamente, donde lo había visto desplegar su arte.

«¿Será verdad?, ¿me habla a mí?, es decir, esa flor, ¿es para mí?».

Le parecía increíble aquella maravillosa sensación de flotar entre algodones, de ver el mundo a través de un cristal lleno de lucecitas doradas, de sentir un cosquilleo en sus pies y unas ganas de abrazar y besar a todo el mundo… esto del amor es como un tónico para recuperar nuestros súper poderes psíquicos, aquellos que la vida nos fue quitando de a poco desde el primer momento que vimos la fría luz de un mundo hostil que venía disfrazado de bienestar, salud y amor incondicional. En fin, en estas milésimas de segundos, se sentía plena y llena de magia y no quería pensar en lo que podría pasar después.

Dejándose llevar por las maravillas que le proporcionaba tal sentimiento, una voz le susurró «y… si no es real, si tan solo es una artimaña para hacerte caer y extraer información sobre quién eres, cuánta capacidad de consumo tienes y así sin darte cuenta ya se habrán metido en tus fondos bancarios…, hmm, tengo que buscar una forma de saber quién es y si es real o un espejismo de manipulación».

Mirándose al espejo, pensaba «Dios, cómo me ha crecido la barba… y mi pelo se está cayendo, tendré que cortarlo un poco, observaba sus manos resecas y un tanto entorpecidas por lo mismo, estaba tenso, sentía frío se paraba de su escritorio, tomaba un libro, se sentaba en su cama y trataba de ocupar su mente en la lectura, solo podía tocar el violín a ciertas horas del día, generalmente en las madrugadas, pues su guarida se encontraba en un pueblo pesquero donde hombres y mujeres salían muy temprano a trabajar y los encargados del resguardo público comenzaban sus rondas al faltar unas horas para que el sol se guardara.

Hijo de una mujer tibetana, a la que no había vuelto a ver desde los siete años de edad, cuando lo habían dejado en el monasterio de Ganden, a cuarenta kilómetros de Lhasa.

Ahí desarrolló su amor por la música y por la ciencia. Cuando cumplió la mayoría de edad, fue enviado a América con la misión de perfeccionarse y entregar sus conocimientos con la noble misión de evitar la deshumanización en cualquier ámbito en que se encontrara, fue así como, luego de titularse de médico cirujano, lo invitaron a trabajar en un gran proyecto de inseminación artificial, que ayudaría a miles de personas con dificultad para procrear, lo único malo es que de a poco y sin darse cuenta, los objetivos se fueron desvirtuando y adquirieron otros fines.

―Solo nos falta la autorización del ministerio de salud y podremos proceder con la investigación y así llevar a cabo el proyecto de la reproducción en serie sin necesidad de depender de la pareja hombre-mujer, ni tampoco de la familia que, en el fondo, solo encarecen el sistema.

―¿Quieres concretar las profecías de Huxley? No estoy tan seguro de querer hacerlo, ¿por qué intervenir en un proceso que es exclusivamente humano y fruto del amor? No sé si te suena esa palabra. Además, el objetivo era ayudar a personas que no pudieran concebir, no el evitar que lo hicieran en forma natural y espontánea.

―Años atrás tenía mucho sentido para mí, pero desde que mi familia fue torturada y asesinada por agentes del gobierno que buscaban información acerca de mi paradero porque, aunque te resulte paradójico, tenía los mismos buenos sentimientos que tú y no quise ser partícipe de los proyectos de inseminación artificial en ese entonces, tengo la convicción que mientras más deshumanizados estemos, mejor y más productivo será nuestro pasar por la vida.

―Es lamentable lo que te ocurrió, ¡claro que sí!, pero ahora estás del lado de ellos, no lo puedo entender, ¿qué te sucedió?, ¿qué te hicieron?, habíamos jurado proteger a la humanidad de cualquier resonancia de maldad e intento de deshumanización… lo siento, no cuentes conmigo, aunque no le he dado tiempo al amor y a la felicidad de compartir, espero hacerlo algún día.

―¡Hey!, detente, no puedes abandonar el proyecto, hay una parte importante que solo tú sabes llevar a cabo, si te retiras tendré que dar aviso a las autoridades y…

―¿Y?, perdón, ¿te has convertido en un torturador?, ¿la misma calaña de aquellos que asesinaron a tu familia?, ¿qué está pasando contigo?, ¿estás loco? ―Perturbado e irritado, toma su chaqueta y algunos documentos y sale del laboratorio dejando la puerta abierta.

«¡Diablos! ¡Qué desgracia! No quisiera encontrármelo nunca más en mi vida, todavía hay personas que sentimos, que amamos, que queremos despertar a los demás de este letargo en que viven y que permite que otros estén jugando con sus vidas, reprogramando sus cerebros, mientras los mantienen entretenidos e intoxicados con voladores de luces en aquellas plataformas virtuales que manejan sus pensamientos, quitándoles tiempo para la reflexión a partir de extenuantes jornadas de trabajo donde vuelcan toda su energía y se convierten en seres inermes, desposeídos de sueños y sentido, productores y consumidores voraces de esclavitud y apegos que cuando requieren descargar sus frustraciones e infelicidad se vuelcan en la inconsciencia apagando sus sentidos con más apegos y esclavitud, no obstante, los que nos damos cuenta podemos esquivar la mayoría de las trampas sociales, aún así, me veo involucrado, la comunicación está intervenida, tus acciones son leídas, tus pensamientos predeterminados, es imposible mantenerse al margen…  hmmm, debo poner cuidado con no dar preferencia a nada de lo que aparezca en la pantalla y, por supuesto, obviar cualquier tentación de detenerme más del tiempo necesario. Hay celadores conectados y expectantes a toda posibilidad de información y no es buena idea exponerme a que me encuentren, pese a ello, debo adherir de alguna forma, necesito encontrar a mi maestro, necesito su luz, en algún minuto me escuchará en pantalla y sabrá que lo estoy buscando, todos los años de estoica preparación en mi amado Tibet, resurgen hoy con fuerza… Aquella mujer, sus ojos, su mirada, ella no pertenece al mundo de los dormidos, lo que escribe, lo que lee, lo que toca, sí, lo que toca, además, hay algo en ella que me cautiva, algo que no puedo describir con palabras».

Claudette se preparaba para una de sus clases de piano, pero no pudo contener las ganas de revisar sus mensajes en aquella plataforma que cumplía, además, las veces de correo virtual.

Escribió en respuesta a la flor dejada con anterioridad:

 ―¿Quién eres? Me gustaría saber tu nombre, ¿podemos hablar en algún momento?

Miró con esperanza aquella galantería y su imaginación la hizo ruborizarse de la emoción que estaba sintiendo al poder contactar con aquel hombre reservado y seductor.

Esperó un momento y, luego, tomó la conexión con su profesor, tratando de dominar sus ansias de estar al pendiente.

Los días transcurrían, la dosis de soma recibida tras haber conectado con el violinista estaba a punto de caducar y comenzaba a creer que sus suposiciones tenían asidero, así que continuaba siendo feliz, pero no extremadamente.

Se paseaba por su casa chequeando todo lo pendiente para no colapsar con la cantidad de actividades que desencadenaban sus propósitos de vida, no podía soltar de sus pensamientos el mensaje que no había recibido por lo que su atención anduvo dispersa varios días, de pronto, sintió como un chasquido en su computadora que le notificaba sobre los nuevos videos musicales de aquellos que consideraba sus favoritos, se volvió para comprobar y una elegante figura desplegaba con pasión en su violín una de las melodías más preciadas de Claudette, El invierno, de Vivaldi. Si esta melodía le inspiraba sobredosis de endorfinas, oírla interpretada por él hacía que su cerebro segregara más y más hormonas de la felicidad. Sabía que era una grabación, pero intuía que estaba dedicada a ella. La forma de sostener el violín era tan delicada, su mirada era tranquila, taciturna, profunda…

«…Es fácil darse cuenta de mis gustos musicales, he publicado algunas obras que los hace entrever, pero debo crear una estrategia para saber que él es real y no un celador que pretende robar información. Sé que las energías se pueden transferir a través de las pantallas, hay muchos estudiosos realizando decodificaciones biológicas en línea y otros trabajando con registros akáshicos, aquellos que nos ayudan a leer nuestras almas a partir de la información que guardamos en ella durante todas nuestras vidas, por lo tanto, sí puedo sentir sus energías y saber si él pertenece al mundo de los conscientes a través de algunas preguntas sobre literatura y espiritualidad, si no lo fuera, me respondería en forma técnica y algorítmica, sí, eso es».

En las mañanas salía a recorrer los bosques y playas de la región austral, le gustaba sentir el poder y la fuerza ancestral de aquellas tierras, penetrar los bosques era para él como acudir a una cita con el infinito proyectado en la tierra, así como mirar la inmensidad de un cielo estrellado alejado de toda urbanidad le producía un respeto enorme. Recordando su niñez caminaba meditabundo, la imagen de su madre aparecía en forma difusa para luego precisarla en unos grandes y expresivos ojos color miel, su diminuta y grácil figura era escurridiza y de una energía muy sutil que iluminaba cada rincón por donde pasaba. En las frías noches de invierno junto a un brasero que lograba entibiar la rústica cabaña en que vivían, tomaba un violín y le dedicaba una amorosa melodía, cuando estuvo listo, ella le enseñó a tocarlo, desde ese momento su vida cobró el mayor de los sentidos convirtiéndose aquel instrumento en el timón de su vida.

«Ser o no ser, ése es el dilema. ¿Qué es mejor para el alma, soportar los golpes y castigos de la Fortuna, o enfrentarse contra un mar de dificultades y así darles fin? Morir, dormir… nada más; ¿y decir que con un sueño dimos fin a las aflicciones del corazón, a los miles de males naturales que nuestra condición nos ha dado por herencia? Esta es una consumación que deseamos devotamente. Morir, dormir… Dormir, tal vez soñar».

Shakespeare siempre tan certero, sensible y a la vez agudo, si tan solo pudiera comentar con alguien su gran obra y reflexionar sobre la grandeza humana de sus personajes sobrellevados por la miseria y pequeñez de sus adversarios a tal punto que muchos buscaron en la muerte la salida a tales congojas. ¿Será ella un espejismo de mi mente?, ¿cómo saberlo? Supondré que no pertenece al mundo de los dormidos y que, al igual que yo, solo utiliza las redes sociales para comunicarse y no para acelerar la producción de serotonina y endorfinas, pero de una forma absolutamente falsa y perecedera… tal cual como lo describía Huxley a través del soma que llenaba de gozo a personas a las que se les había quitado el albedrío y las posibilidades de sentir aún antes de nacer… y ¿cuál es la diferencia con lo que está ocurriendo ahora?, ¿no venimos a este mundo ya determinados?

―Hoy, a las siete… ¿estás de acuerdo? No dispongo de mucho tiempo, pero quiero conocerte, te hablaré por acá, te haré una llamada con visualizador, ¡nos vemos!

Ella salía del cuarto de baño, el agua de su cabello recorría sus hombros y espalda, la toalla de un albo exquisito ceñía su delicada cintura para caer en dos pendientes certeras a la altura de sus caderas, sus rosados pies corrieron hacia el computador al escuchar la campanilla del mensaje y ¡Oh, cielos! su cuerpo comenzó a temblar, solo faltaban treinta minutos para la hora señalada.

«¡Qué viejo me veo, esta barba no me favorece, ¿qué le puedo decir?, ¿qué me gusta?, ¿qué quiero conocerla?, ¿qué quiero tocar para ella? Oh, qué ridículo me siento, pero no encuentro manera de acercarme si no de esta forma, la vida nos está enseñando a querer desde lejos, a sentir a kilómetros de distancia, a penetrar en las energías del otro de una forma sutil y acompasada, de a poco, despacio… como la música, como la vida, como el amor.»

Había llegado la hora, suena la llamada, sus corazones estallan, sus torrentes sanguíneos están en llamas, se enfrentan, una delicada sensación de visitar el cielo los cubre y una sonrisa inunda sus rostros, si es que se puede describir con palabras tal gozo de alteraciones orgánicas. Si había alguna duda sobre las energías y vibraciones del otro, ya no era tema. Tal encuentro era un baile, una fiesta que se manifestaba en la agitación de sus células y sobre todo de su corazón.

―¿Cómo estás? ―dijo el violinista con la voz segura y un esbozo de coqueta sonrisa.

―Bien, bien, esperaba este momento. ¿Quién eres?, bueno, quien quiera que seas, me hace muy feliz conocerte.

―No tengo mucho tiempo para estar conectado, tengo enemigos que quieren saber dónde me encuentro, pero quiero que sepas que desde el primer momento en que te vi me cautivó tu dulzura. Eres energía, pasión y bondad, solo Shakespeare podría encontrar las palabras exactas, el amor es magia y no quiero mancharlo con vagas especulaciones, todo llegará en su momento, solo espera el tiempo divino de nuestro encuentro y podremos conocernos.

No terminó de decir la última palabra y la conexión se esfumó, no podía darle chance a sus perseguidores para que lo rastrearan, por lo que tuvo que suspender la conexión.

―Pero… cómo… cuándo… por qué…

Apenas rozaba la felicidad y esta se diluía en la nada, Claudette no entendía, su curiosidad estallaba en mil preguntas, pero algo le quedaba claro, era real, lo sintió en lo más profundo de su ser, su mirada la colmó de una dorada locura de amor y felicidad, sus células cantaban, su alma danzaba, ¡qué maravillosa sensación!

Era tarde y las calles del puerto estaban silenciosas y oscuras, el violinista se durmió con una sonrisa en los labios, vio aparecer por la puerta una figura llena de luz con un atuendo color naranjo, la dulzura de su rostro y la paz de su semblante eran inconfundibles.

―¡Maestro! ¿Eres tú?

―Descansa, pequeño Rigzin, todo está bien, has actuado con rectitud. Mañana saldrás antes de la primera luz del alba, el enemigo está al acecho y ya sabe dónde encontrarte, te espero en mi hogar que también es el tuyo. Ya tendrás tiempo de conocer a aquella que ha encandilado tu alma, todo a su tiempo, cuando el mar se calme y el tiempo, que es divino, nos avise de esto.

Su descanso fue un regalo del cielo, Rigzin cumplió el mandato y se dirigió al Tibet, no sin antes enviarle una hermosa flor de loto a Claudette y algunos versos de aquel que todo entendía del amor:


«El fulgor de su rostro empañaría

la luz de las estrellas, como el sol

apaga las antorchas. Si sus ojos

viajaran por el cielo brillarían

haciendo que los pájaros cantaran

como si fuera el día y la noche.

¡Ved como su mejilla está en su mano!

¡Ay, si yo fuera el guante de esa mano

y pudiera tocar esa mejilla!».

viernes, 11 de diciembre de 2020

Soledad infinita

Diego Velásquez González


Llegas al amanecer a tu hogar en compañía de Edna, una de esas amigas con la que se tiene la certeza que siempre estará en las buenas y en las malas. Ya has tenido señas que es alguien de confiar, pero la verdadera medida de su lealtad solo se hizo evidente al intuir los nubarrones que se acercaban consiguió un lugar dos pisos más abajo del bloque de apartamentos donde habitas para poder estar cerca de ti y tu compañera. Apenas has podido descansar. Te sientes agotado de vivir. Has llorado todo lo que podías y una sensación de soledad nubla todo a tu alrededor, quieres estar solo, acostarte y cerrar los ojos sin esperar o pensar. Son demasiadas cosas para procesar, para comprender. Tal vez pasado un tiempo, al abrirlos de nuevo sepas que todo fue solo un sueño.

Después de estar contigo, escucharte y prepararte un té de hierbas que te debe ayudar a dormir, Edna se ha ido. Como madre soltera tiene un hijo menor por cuyo bienestar velar. Te quitas las medias, el pantalón, la camisa. Te acuestas y por un momento piensas en lo paradójico de todo. Duermes, pero es un sueño disperso. Constantemente despiertas, vas al baño, tomas agua, das una vuelta por la sala y vuelves al cuarto. Pones música suave para dormir y programas el equipo de música para que se apague en treinta minutos. Te quedas quieto en tu cama escuchando la música y al fijar tu atención en el entrecejo como te habían enseñado a meditar, todo se apaga y sientes que eres arrebatado de esta realidad tan apabullante en la cual tienes muchas cosas que procesar y poner en su justo lugar.

De pronto despiertas. No sabes cuánto has dormido. Te levantas y al abrir la puerta del cuarto, un chorro de aire fresco golpea tu cara. Las ventanas de la sala estaban abiertas y al asomarte al balcón, un sol inclemente cubre la ciudad. El cielo despejado de nubes deja ver un azul intenso y profundo. En el fondo los cerros con los diversos contrastes desde el verde hasta el color tierra ofrecen la perspectiva de un día de esos que tanto te han gustado para salir y dejar que el sol nutra tu piel y te abrace en un calor reconfortante. Entre tanto, en la calle, a doce pisos de distancia, los vehículos y las personas como hormigas se mueven de un lado hacia el otro con rapidez ausentes a tu desgracia.

De pronto sientes que has perdido el sentido del esfuerzo porque aquellas cosas que todos los días te llenaban y te daban la sensación de bienestar y sentido parecen perder todo propósito. Deberías estar más tranquilo, las cosas han sido como deben ser, pero te resistes a esto. Te preguntas acerca de la manera que deberías empezar a abordar las cosas. Recuerdas que tu madre afirmaba que «cada día trae su afán» Pero, ahora, ¿cuál podría ser el afán, si todo aquello por lo que habías apostado parecía ser nada y al final empiezas a entender que todo se funde en la nada? Observas el reloj en la pared de la cocina. Son las 3:33 p.m. Es tarde, has dormido más de doce horas.  

Suena el teléfono que te saca de tus recurrentes pensamientos que parecen caballos desbocados y bailan de manera incesante en tu mente.

—Henry.

—¿Edna?

—Sí, soy yo —te dice y agrega―, ¿pudiste dormir?

—Sí. Al principio fue difícil, no dejaba de pensar, pero finalmente lo pude hacer.  

Te dice que estuvo allí hacía las diez de la mañana y abrió las ventanas ya que el aire del departamento se sentía pesado por el encierro de tantos días. Si deseas, te dice, puedo ir más tarde.

—Creo que estaré bien ―respondes en un intento de seguir en soledad. Tal vez no desees hablar con nadie.

—No importa, más tarde iré, recuerda que tengo llave.

Guardas silencio, aunque no sabes si pensando en sus palabras o dejándote llevar por tu mente en fuga hacía otros tiempos y lugares respondiendo casi de manera automática:

—Te espero.

Al colgar, observas la foto junto a la mesa de entrada. Allí están Carolina, Edna, Carlos y tú. En aquella ocasión, habían ido al Nevado del Ruíz en Manizales. Ese día hacía un frío tenaz. La noche anterior había llovido mucho y todo estaba despejado reflejando la belleza propia de las altas montañas andinas siempre imponentes y misteriosas. Recuerdas que te sentías entumido por el frio, aunque habían tomado agua panela caliente con queso. Carolina se negaba a salir de El Refugio, el centro de visitantes. Te decía que allí estaría bien, que desde allí podía mirar y que era un sitio realmente hermoso, y que sí, que se sentía un poco ahogada, quizás por la altura, pero no iba a pasar nada, que salieras con tus amigos. La observas en silencio. Todo te dice que la felicidad de contar con ella pronto se esfumará. Y aunque Carolina te ha dicho que tal cosa como la felicidad solo es posible cuando nos hacemos conscientes de nosotros mismos y entonces según sus palabras, todo empieza a brillar y esa vida oscura y extraña que creemos percibir se ilumina de manera inusitada, y que eso es la verdadera felicidad. Pero creo que no has entendido sus palabras.

A veces creías ser amado y eso te bastaba, pero no podías tener plena seguridad de aquello. Sabías que no debías pedir pruebas de su amor porque no la encontrarías. Ya has creído que a su lado encontraste la verdad del amor, o más bien a través de ella se hizo posible. Y entonces no era necesario buscarla en predicciones o en oraciones a los dioses. Has procurado que aquella idea de amar en libertad se hiciera tangible. Jamás caíste en aquella postura de querer tenerla solo para ti como se tiene un carro o una casa dejándote llevar por infames y egoístas intereses. Si de verdad hay amor, ese amor solo es posible en libertad te decías una y otra vez. Pero hoy piensas que tal vez eso fue solo un deseo.  

Vas a la cocina y abres la nevera. Leche, yogurt de melocotón, huevos, queso, arepas, manzanas. El apartamento poco a poco vuelve a tener el carácter y los rasgos propios de un lugar habitado por un hombre soltero. Tomas una manzana, la lavas y te sientas en la sala a comerla mientras observas las cosas a tu alrededor. Piensas, siempre piensas, y por más esfuerzo que Carolina hacía nunca pudo sacarte de tus ilusiones para que vivieras en el presente, en el aquí y en el ahora que se despliega con todos sus vericuetos, pero no logras dejar de pensar, de tejer sueños o simplemente angustiarte por una realidad frente a la que quizás no puedas hacer nada. Todo esto te hace ser lo que eres, un pensador. En ese proceso quizás encuentras un poco de gozo y dolor. Siempre te ha gustado jugar con las palabras y alguna vez consideraste que son ellas las que nos hacen humanos. «Somos seres de palabras» es algo que por lo general dices a tus alumnos.

Observas una tenue capa de polvo que empieza a cubrir las cosas. Carolina y tú siempre consideraron que la vida era demasiado corta para quedarse limpiando una casa. Ya habían pasado muchos días desde que todo había empezado, pero solo cinco días para que todo se resolviera y ahora el tiempo reclamaba su lugar. Sino haces limpiar todo, las cosas se harán cada vez más difíciles y eso incluye tu mente. Fijas tu mirada en el cuadro abstracto que habían adquirido en un viaje a New York y que al regreso tuvieron tantas dificultades para ingresarlo al país porque la dichosa factura no aparecía por ningún lado. Había tocado desempacar prácticamente todo. Para completar, al llegar a casa, Carolina empezó a odiarlo y eso se volvió un punto de discordia entre ambos, quizás uno de los pocos que tuvieron. Reconoces que te gastaste más dinero que el que te hubiera gustado, entre tanto para ella aquello era una compra inocua. Ahora para ser sincero, no entiendes porque lo adquiriste. Y piensas que puede ser una de las primeras cosas que debes tirar.

La conociste un viernes santo en la noche, en la procesión del Santo Sepulcro. Era un típico día de aquellos con mucha gente en la calle, una buena oportunidad para encontrarse con amistades y familiares con los que uno no se ve a menudo, ponerse al día en cuanto chisme sea posible, tomar algún café, hacer las fotos de rigor para el registro en el Facebook o el Instagram, y finalmente mirar y dejarse ver. Aquel día estabas con Carlos Duarte, tu mejor amigo desde hace cerca de doce años cuando se graduaron con honores de la universidad. Tu amistad con él ha sido cada vez más profunda y se parece a una relación de hermanos, además de tener juntos un grupo de teatro que ha adquirido prestancia no solo en la ciudad, sino en el país. Llevan cerca de una hora hablando de futbol, incluida la desgracia del equipo local que solo genera frustraciones. Finalmente, la procesión empezó a acercarse y la gente a apretujarse a los lados de las aceras.

—Hola —dijo Carolina mientras se acercó a tu lado—. Disculpe, ¿puedo ocupar ese puesto delante de usted para ver la procesión? Usted está muy alto. No tendrías problemas si te haces atrás.  

—Claro. Dale, no hay problema —respondiste y le brindaste tu espacio ubicándote a una distancia prudencial de su espalda para que no se sintiera insegura.

Carlos comienza a lanzarte codazos y te hace gestos indicando que observaras el trasero de aquella mujer, redondo y bien formado. Por un momento te sientes nervioso. Solo se te ocurre decir: «Hola». Entonces Carlos te mira con una sonrisa sarcástica como queriendo decirte que eres un tonto. Entre tanto te quedas en silencio mientras ella mira de reojo esperando que hablarás, pero no dices nada más. Entonces te preguntas en tu interior: «¿Es acaso la manera más inteligente de iniciar una conversación? Parezco un adolescente» y solo te dices a ti mismo que eres un idiota. De pronto, como si se conocieran desde siempre y fueran viejos amigos que se encontraban de nuevo, empiezan a hablar de lo divino y lo humano. Y entonces una cosa llevó a otra, y poco a poco fueron descubriendo sus esperanzas para tener la certeza que podían compartir un proyecto en común.

Todavía te preguntas cómo fue que te enamoraste cuando habías sido esquivo a tal posibilidad. Te daba miedo, lo reconoces. Preferías dedicarte a estudiar cuanto curso aparecía en el camino. Carlos te decía que «estás más preparado que un kumis y que dejarás de estudiar» dándote a entender que debías vivir más y pensar menos. A veces en charlas con amigos decías que, si te encontrabas el amor, así como uno se encuentra un billete en la calle, lo recibirías con los brazos abiertos, porque era el destino que venía a tu encuentro. Pero eso era algo que solo pasaba por tu mente ya que pronto abandonabas la idea al empezar a considerar el tema de los hijos, la casa, los viajes en familia, la salud de todos y que podía ser una limitante a tus sueños y más, puesto que dejarías de ser un hombre libre y dueño de sí mismo, no para ser un padre, sino sobre todo ser solo un proveedor.

Pero con Carolina las cosas cambiaron. Ella evadía como tú esa idea de procrear para ser felices. Y ese fue un buen punto de encuentro porque te sentiste seguro. Ella quería un compañero, un amigo con derechos para decirlo de cierto modo, pero sobre todo alguien con quien solo vivir, así y de manera tajante. Quería un espacio donde pintar, pero al tiempo tener la certeza que no estaba sola en la vida. Y la vida juntos fue un reto en muchos sentidos. Cada atardecer al volver a casa, encontraban la oportunidad de compartir, descubrir la mutualidad, alegría y el gusto de encontrar alguien de carne y hueso a su lado. Incluso cuando ella te vinculó a la meditación, algo que hasta el momento solo manejabas como tema académico y lo consideraste algo maravilloso, aunque te ha generado dudas. Todo aquello se te hace más una programación neurolingüística que otra cosa. Y entonces te diste cuenta que ya no podías seguir con tu rutina de soltero después del trabajo en la universidad como maestro.

Poco a poco empezaste a asumir que la vida al lado de aquella mujer un poco mayor que tú, era quizás lo más cercano a la felicidad. Te diste cuenta que te obligó a ceder, a sacar y tirar muchas cosas, no solo de ti, sino de tu espacio personal para que ella tuviera su propio lugar físico, mental y espiritual. A veces se entusiasmaban con discusiones de política. Tú tan de izquierdas por tu formación académica en Ciencias Sociales y Carolina tan apolítica por su propia experiencia que guardaba con tanto celo y de la cual apenas sabías algunas cosas lo cual hacía que para ti siguiera siendo una mujer misteriosa. No solo se le hacía difícil decir «te amo» y eso te molestaba, aunque procurabas no poner atención a ese detalle, puesto que tú tampoco has sido afecto a tales palabras.

Pero, ahora después de cuatro años las cosas empezaron a cambiar. Un día Carolina se despertó con un dolor bajito y con el tiempo su semblante se fue transformando, adelgazó terriblemente, ya no comía y fue perdiendo esa vitalidad que tanto le caracterizaba. Y empiezas a temer, más que por la misma muerte de ella, que haya dejado de amarte porque ponía una distancia sutil entre los dos cada vez más amplia. Se volvió una mujer más reservada. Hablaba más por teléfono, casi en secreto y cuando te acercabas se despedía con un «te cuidas» o «estamos hablando», «tengo algo que hacer». Así mismo los viajes al hospital, cuando las cosas se empezaron a poner complicadas, siempre estaba rodeada de sus amigas que la acompañaban hasta su regreso a casa, una señal inequívoca que no te quería allí. Sin embargo, aquello te ofrecía cierta tranquilidad a disgusto, pues sabías que, ella no estaba completamente sola en ese trance. A tu lado, Edna te acompañaba en las noches, te visitaba, escuchaba tus quejas, te acompañaba, invitaba a escuchar música o ver una película. Entre tanto, te sentías cada vez más inútil intuyendo lo que ya sabías, tratando de hacer tu trabajo y de controlar aquello que no podías controlar.  

Carolina siempre te recordaba que no dejaras de levantarte cada mañana, poner tu mejor sonrisa, vestirte de la mejor manera y dejar que la vida nos sorprendiera, pero, sobre todo, que no dejarás de salir al mundo, con el deseo de hacer que ese día valiera la pena. «Vivir momento a momento» era su mantra. Y ella siempre fue coherente entre lo que pensaba, decía y hacía. No dejaba que pareciera enferma. Se arreglaba, se ponía bonita y estaba siempre dispuesta para recibir lo que se diera. Siguió pintando durante algún tiempo, sonreía, disfrutaba la música o de una buena conversación a tu lado. Decía que a pesar de la soledad infinita en la que creemos vivir, la vida está llena de momentos en los que podemos compartir lo que somos, una parte de un todo.

Siempre dicen que no hay muerto malo, y es común escuchar en las funerarias a conocidos y desconocidos, a familiares y amigos exaltar las virtudes del difunto. Qué era una persona tierna, agradecida y otras tantas cosas por el estilo. En el velorio, una de las amigas de Carolina te presentó un hombre que estaba sentado en un sofá y no hablaba con nadie. Se veía bastante afectado y por momentos te miraba de reojo. Era Enrique te dijeron y que Carolina lo había conocido en Medellín. Después de las presentaciones de rigor, lo invitas a sentarte a tu lado.

Observas que, para ser un hombre entrado en años, quizás cercano a los sesenta, seguía irradiando una vitalidad inusitada. Tenía una energía extra, una especie de halo luminoso que lo envolvía, aunque no sabes cómo es que puedes ver aquello. Era un hombre de vestir casual, pero acorde a su edad, y un agradable aroma de su loción, muy suave, nada extravagante, con un ligero olor a romero y madera. Piensas que, a tus treinta y cuatro años, debió ser un tipo atractivo, pero, ¿Quién era?, te preguntas. Incluso te das cuenta que los conocidos de Carolina miraban con cierta suspicacia, quizás esperando que algo pasará. Y sin esperarlo, los silencios fueron dando lugar a las palabras y estas transmitieron la historia oculta de aquella mujer que has amado en libertad, que fue tu pareja, que fue tu amor, pero nunca tuviste una declaración de amor de su parte. Y ese es tu verdadero dolor, un problema del ego. Enrique decía que era un escritor y que empezó a pintar con Carolina durante sus años de estudio de artes en Medellín.

―Creo que Dios nos bendijo a los dos al darnos una mujer maravillosa ―te dice―. El mejor ser que haya habido sobre la tierra. Yo la conocí cuando tenía veintidós años, hace más de quince. Nunca pensé que ella pudiera amarme, pero creo que fuimos felices, o al menos yo. Nos encantaba cocinar, tomar un buen vino y charlar hasta altas horas de la noche. A veces lo hacíamos en compañía de otras personas. Nunca fue de fiestas, y eso tú lo sabes, tampoco de muchas amigas o amigos. Cuando terminamos se marchó. Siempre he tratado de pensar que no quería huir, sino buscar nuevos horizontes porque seguimos en contacto. Tal vez yo terminé siendo algo así como su padre. Todas esas conversaciones de arte, política, filosofía, literatura despertaban en ella gran interés, así como el hecho que respetaras, aunque poco entendieras, sus tendencias espirituales. Me hablaba mucho de ti y admiraba tu inteligencia, pero que te faltaba confianza en ti mismo afirmaba continuamente.

Henry ―te dice―, una de las razones por las cuales estoy aquí es por usted. Ella tenía un dinero destinado para ti. Cuando firmó su última voluntad así lo dispuso. Por tu cara, creo que nunca supiste de esto. Antes de que su padre muriera fue reclamante de tierras en Antioquía. El abuelo tenía unas fincas por el río magdalena y los grupos armados los obligaron a salir de allí. Por eso al morir el padre, y ella al no saber nada de esas cosas y tampoco interesarle, las vendió y el dinero lo colocó en los bancos desentendiéndose casi por completo de este. Para ella, lo fundamental era el conocimiento de quien era. Es por eso que, al abrirte a ella en cuerpo y alma, supo que la habías amado, que siempre estuviste para ella y que le diste el espacio que ella necesitaba. Ella te amo Henry, debes estar seguro de ello. Y como sabía que tu deseo siempre ha sido ir por el mundo allende los mares, y no lo habías hecho por tu trabajo, compromisos y limitados ingresos decidió que ese dinero era tuyo si moría. Pero debes estar tranquilo pues ella no tiene familia, de ahí que no hay problema con ello. Podrás hacer aquello que siempre has querido.  

―Sus padres sufrieron por las dolencias que vivió desde pequeña. La mamá casi se vuelve loca cuando supo que quería estudiar Artes Plásticas en Medellín. Se va a morir allá, afirmaba, puesto que sabían que desde su nacimiento tenía la marca de la muerte. Una extraña enfermedad huérfana que terminó volviéndose leucemia. Los padres le negaron su apoyo como un intento de no dejar ir a su preciada hija, pero ella logró encontrar quien la ayudara y terminó fugándose de Cáceres, Antioquía, su pueblo natal ―se detiene un momento, ya se escuchaba ahogado, espira profundamente y continúa―, ahí fue cuando entro a mi vida. A mi lado pudo estabilizarse y vivir de manera relativamente normal. Se volvió una buscadora espiritual, hizo las paces con sus padres ya muertos y eso le permitió vivir con una consciencia clara de su muerte, pero siempre inmersa en su presente, nada más. Siempre supe que era un espíritu libre y que cuando menos lo esperará, se iría. Vivía momento a momento. Creo que lo sabes.

Hoy, recordando sus palabras, te das cuenta que tu vida con Carolina fue el compartir de dos seres que aprendieron el verdadero significado de la libertad. Y aunque te incomoda, no tanto haberte dado cuenta que compartías el amor de ella con aquel hombre, sino sus secretos, su enfermedad y dolor permanente. Pero recuerdas que esa sensación es otra manifestación del ego que siempre se resiste y busca la autocomplacencia y entonces sabes que tendrás que seguir trabajado en ti mismo. Ella se lleva un poco de ti, eso lo tienes claro, pero ahora sabes que te amaba y además te deja los medios para cumplir tus sueños. De pronto tu soledad tiene una nueva perspectiva, y ahora entiendes lo que te decía del fluir incesante de la vida, que ella se encargue y solo podemos es entregarnos. Has aprendido que vale la pena seguir viviendo porque puedes hacer de tu vida un acto de amor cotidiano. Y saber y tener la experiencia de todo esto te da paz.

De pronto, escuchas la llave de la puerta. Es Edna, te saluda y dice que trajo el almuerzo. Y mientras la observas disponer de todo comprendes que el amor, no es tanto algo mental, es ante todo una experiencia y una bendición.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Dualidad

Ricardo Sebastián Jurado Faggioni


15 de enero de 1980


El cielo estaba despejado, me encontraba en las profundidades de un bosque cavando en la tierra para ocultar mi primer cadáver. Mientras huía de la soledad y tapar mi consciencia, cantaba una canción.

—¡Mete la pala y saca la tierra, mete la pala y saca la tierra!

Esta era una manera de transportarme hacia otro mundo, había envuelto el cuerpo en una funda, para que nadie sospechara.  Sin embargo, tomar el cadáver se me hizo pesado. Tuve que arrastrarla hasta el hoyo que había cavado.

Las personas a las primeras horas de la mañana se encuentran desayunando, algunas se preparan para irse al trabajo y otras dejan a los menores de la familia a la escuela. En cambio, yo estaba rompiendo la rutina de lo que es un día normal tapando mi primer crimen.

Al finalizar me sentí exhausto, la tierra se había pegado en mi ropa. Fui a mi camioneta y me puse ropa limpia, después me marché. Me detuve en un bar restaurante para comer algo. Se sentía el aroma a café, las conversaciones entre las personas también las podía oír. Me senté en el centro, luego una joven camarera se me acercó. Depositó la carta del menú en la mesa, se dio media vuelta y fue hacia la cocina.

Pasaron cinco minutos y decidí que quería desayunar. Llamé a la mesera y vino con la mejor actitud para atenderme. 

—¿Qué desea consumir señor?

—Podrías traerme revoltillos y café por favor.

Lo anotó en su librito y volvió a desaparecer, no puedo quejarme de la atención al cliente. El cocinero principal prendió la televisión. Una reportera comentó que una joven había desaparecido, los familiares sufrían por su hija, en el programa pudo identificar a la víctima, mostraron una imagen de ella, rubia, ojos azules, con una sonrisa perfecta. 

Lo que no saben es que yo la secuestré, esa muchacha tenía engañados a sus padres.

La conocí una noche al ir a una discoteca, la vi bailando con sus amigas. En un momento se quedó sola, le pedí al barman dos cervezas. Caminé hacia ella y la saludé. 

—¿Cómo te llamas?

—Susana.

—Un nombre encantador.

Tras darle la cerveza la llevé a bailar. Nos divertimos y le pedí que fuéramos a mi camioneta, me siguió como si nos conociéramos de mucho tiempo. 

—¿Hola, Marcos que deseas?

—Te quería pedir perdón por haber discutido contigo, si apeteces, ¿mañana nos podemos volver a ver?

—Dame espacio, nos es sencillo perdonar lo que me hiciste.

Al finalizar le colgó, y continuamos lo que estábamos haciendo, pero otra vez el aparato electrónico sonó. Empecé a perder la paciencia por culpa de ese muchacho, debía olvidarla y continuar su vida. Le palabreó hasta que consiguió su objetivo. Luego ella guardó su celular en su pantalón.

—Lo que estamos haciendo no es correcto fue un error.

—No, lo estabas disfrutando.

—Sí, pero llamó él y me acordé lo que teníamos, lo siento.

Trató de abrir la puerta, pero la jalé hacia mí, la estrellé contra el volante y de su frente empezó a salir sangre, no iba a permitir que me rompa el corazón. Luego con mis dos manos la ahorqué hasta dejarla sin aire y después me dirigí al bosque para ocultarla. En mi adolescencia, leí el túnel de Ernesto Sábato en ese preciso instante comprendí lo que sentía Juan Pablo Castel hacia María Iribarne. De alguna manera el personaje se había apoderado de mí.

Después de realizar ese acto volví a ser yo, y no me acordaba de lo que sucedió hasta que se prendió el maldito televisor de aquel restaurante. Para ocultar las voces del asesino del túnel, me hice amigo de las bebidas alcohólicas. No conocí a nadie dos años después de haber cometido aquel acto.


22 de agosto de 1982


Esa tarde las nubes estaban de color gris, tenía una fuerte resaca, me bañé y vestí. Cogí mi camioneta y fui directo a la ciudad, por el retrovisor vi dentro del carro a Juan Pablo, frené, me volví para observar y no había nadie.

Seguí andando hasta que decidí estacionarme en un lugar de comida rápida. Parece que de la primera víctima se habían olvidado, así es el ser humano una película que simplemente rueda.

La mesera que me atendió me llamó la atención su cabello de color rojo y sus ojos verdes. Tenía un cuerpo esbelto y atractivo. Me entregó el menú del día. Tocino con huevo frito estaba escrito. Simplemente asentí con la cabeza. El lugar estaba sucio, pero no me importaba. Al terminar de comer le entregué mi número y le di buena propina.

Al llegar a mi apartamento, sonó mi teléfono que estaba en la sala principal.

—¿Hola quién habla?

—Soy la chica del bar, que te atendió esta mañana.

—Me acuerdo de ti, cómo estás.

—Me encuentro bien, no tengo turno esta noche, me preguntaba si deseas salir conmigo esta tarde.

—A las seis está bien, te parece.

—Por supuesto, nos vemos en el centro comercial por el patio de comida.

—A las seis estaré.

El sol se ocultaba poco a poco para darle paso a la noche, fui al lugar del restaurante que ella me indicó, se había maquillado, se puso una blusa celeste con una falda blanca. Estaba hermosa, la invité a comer lo que ella quería.

Sentados en la mesa iniciamos una conversación, sobre la vida, enfermedades, el futuro de cada uno. Más que su belleza me atrajo su intelectualidad. Aunque en medio de la multitud del patio de comidas pude notar a Juan Pablo, pero esta vez tenía una mirada más maligna. Hice mi asiento hacia atrás porque me sorprendió.

—¿Dije algo que te molestara?

—No, solo vi algo que me asustó.

Ella volteó hacia atrás su cabeza para observar, pero no había nadie. Seguimos conversando a pesar del mal rato. Trataba de hacerla reír y que se olvide mi extraño comportamiento. La invité a mi hogar a pasar la noche. Al llegar le gustó lo cómodo que era mi sitio.

Desde mi ventana se podía apreciar la ciudad y sentir el aire fresco. Se sentó en mi cama y yo la acompañé, por un rato se quedó dormida y otra vez apareció él, pero apuntando un cuchillo de cocina. Entendí lo que quería, lo tomé y el filo frío cortó la piel de mi acompañante. 

Nadie la iba a extrañar, tenía metas, pero no eran nada trascendente, vivía una vida aburrida. Quería establecer una relación con ella, sin embargo, sentía que tarde o temprano me iba a traicionar, antes que pasara le arrebaté su alma. Deposité su cadáver en un tacho de basura que estaba atrás de mi apartamento, luego me fui.

Lo difícil no es asesinar, realmente cuesta más limpiar el desastre que dejar a la víctima oculta; es un fastidio. La próxima vez seleccionaré otra ubicación.  Mi ser volvió a la normalidad, casi nunca digo mi nombre puesto que no es interesante, la gente se olvida de ti, pero no de lo que haces. Es en lo segundo que yo me enfoco. Veo necesario recordármelo porque Juan Pablo se a apoderará de mí y no seré más yo.

Mi nombre es Rafael Hurtado y tengo treinta y cinco años. Trabajé toda mi vida como carpintero, profesión parecida al personaje del Túnel. Aunque sentí una fascinación por la literatura porque mi padre me había enseñado a que me guste la lectura desde temprana edad, pero por mi falta de recursos económicos los libros se me hacían imposible adquirirlos. Leí algunos que daban gratis en las ferias y en esa búsqueda me topé con el escritor Ernesto Sábato. A partir de ahí sus personajes me están atormentado.

El alcohol no he podido dejarlo, al contrario, ha hecho que las voces suenen más fuertes en mi cabeza. Han pasado cinco años desde que oculté el cuerpo de la segunda chica. Tomé un descanso para encontrar paz en mi interior, pero se me ha hecho imposible liberarme de las almas que llevo.


10 de junio de 1987


Estaba caminando en un parque frente al lago, podía sentir la brisa que recorría mi ser, tuve que poner mis manos en mi chompa para calmar el frío. Me dirigí a una carreta que daba desayunos, pedí café caliente. Le entregué unas monedas y me fui. Seguí andando sin rumbo, alcé mi mirada y estaba él parado junto a mí. Lo ignoré, seguí caminando, pero sabía que me estaba siguiendo, obligué a mis pasos a ir más rápido y perderlo de vista. Volteé hacia atrás, ya no estaba, di los últimos sorbos de mi café, lo tiré en un tacho de basura.

Fui a un centro comercial a comprar ropa. Me puse en la fila para pagar. Nunca imaginé que la cajera que me atendería se convertiría en mi esposa.

—Siga por favor.

Era mi turno y le entregué la ropa con una sonrisa. Ella también me devolvió la suya. No me resistí más y le pregunté su nombre. Al instante me lo dijo, Alejandra. Sus labios rojos y sus ojos color café me hipnotizaron. Le entregué mi número de teléfono para que pudiéramos comunicarnos más luego y lo tomó rápidamente. 

Me fui contento del lugar, imaginándome como sería nuestro primer encuentro, dónde la llevaría y qué haríamos después. Sobre todo que no aparezca Juan Castel. Era una posibilidad que podía suceder, realmente a ella no quería que le sucediera nada, porque con las otras chicas no había sentía algo especial y esto no me lo perdonaría. A las siete de la noche me llamó, escuchar su voz me puso contento.

—Vamos al restaurante chino del centro.

—¡Sí!

—Encontrémonos a las nueve.

El restaurante tenía las paredes rojas, mesas y sillas de madera. En la entrada principal se podía observar un Buda, tenía cuadros exóticos. Ambos nos sentamos al fondo para estar más alejados del ruido de la cocina.

La ayude a tomar asiento. Me lo agradeció, luego vino el mesero y pedimos lo que él nos sugirió. 

—¿Cuál es tu mayor miedo?

—A lo largo de mi vida he tenido algunos, quedarme sin trabajo, perder a mis a padres, terminar en la calle, creo que esos son los principales.

Había omitido la parte que se me aparece un asesino ficticio y me obliga a tomar almas. En cambio, su respuesta fue armónica menos dramática que la mía.

 —Tengo miedo de la soledad y no casarme.

Le cambié de conversación para que no se sintiera triste.

—¿Tu mayor sueño cuál es?

—Algún día ser madre.

Me imaginé tener una familia con ella y ver a mis hijos crecer, pero había un problema, el fantasma de mi mente. Luego de aquella cita duré un año con ella, en las vísperas de navidad le pedí matrimonio. Al ver el anillo quedó asombrada, su respuesta fue un sí.

Viví dos años sin tormenta, mi primer hijo estaba a punto de nacer. Una tarde sombría apareció él. Decidí enfrentarlo debido que no quería que tocara a mi familia.

—Te obligué a asesinar a los demás, porque yo asesiné a mi esposa.

—Tú esposa te engañó con otros hombres, pero no tenías derecho a hacerlo.

—Sí que tenía, ella me mintió y me traicionó, como yo no puedo tener a nadie, pues tú tampoco.

—¡Aléjate de mi familia!

—Estamos juntos en este lío.

Después de esa discusión la cabeza me daba vueltas, no iba a permitir que toquen a mi hijo. Entonces me confesé con mi esposa. Ella no me creyó, hui de mi hogar para entregarme a la comisaría. Desde esta fría celda escribo para desahogarme, él ha desaparecido, pero a veces se me presentan las otras chicas.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Juan y El Resplandeciente

 José Camarlinghi


Miraba Juan las sombras de los picos y quebradas que se alargaban al tiempo que el sol se ponía en el horizonte. Le gustaba la luz cálida que calentaba suavemente sus mejillas y el tono que tomaba el paisaje alrededor de su casa.  No podía explicarse la paz que le llenaba el pecho, pero la disfrutaba intensamente. Por encima del valle, en las paredes vertiginosas de la montaña, los glaciares adquirían colores dorados. Se sentaba entonces en la banca al lado de la puerta para disfrutar el momento. De pronto, entre sus cultivos de papa, aparecía un hombre vestido de blanco. Camisa, pantalón y poncho tan blancos que casi cegaban. Juan lo miraba y creía reconocerlo. La piel renegrida contrastaba con la ropa inmaculada. Antes de que él pudiera pararse para saludar al visitante, el hombre ya estaba frente a él extendiéndole la mano como para darle algo. Juan no entendía hasta que el hombre le hacía un ademán de que reciba. Entonces alargaba las manos juntas y del puño del misterioso hombre empezaban a caer granos de maíz dorado. Muy pronto las manos de Juan se llenaban y los granos empezaban a caer al suelo. Él no sabía que hacer. Pensaba retirar las manos, sin embargo de ninguna manera podía ser tan descortés. Quería gritarle que ya era suficiente, no obstante le preocupaba que el señor ese se ofendiera. Una pirámide empezó a formarse a los pies de Juan que seguía con las manos extendidas y la boca abierta. Entonces se asustó. ¿Qué clase de magia era esa? ¿De donde salía tanto maíz? El hombre miró el rostro incrédulo y empezó a reír con una voz portentosa. Cuando Juan levantó la vista para ver el origen de tanta abundancia se despertó. 

No era la primera vez que tenía el sueño. Lo tuvo desde la noche en la que murió su papá. Tenía apenas ocho años. Su madre había muerto en su nacimiento. Eso lo había marcado en la comunidad. Los otros niños se referían a él como el Matamadres. La abuela había sustituido con éxito los cuidados maternos; incluso se había excedido como lo hacen todas las abuelas. Con la muerte de su yerno no fue posible continuar con los mimos. Estaba muy vieja como para hacerse cargo de la granja, los trabajos agrícolas y el cuidado de los animales. No les quedó otra salida que separarse. Juan se fue a vivir con un tío y la abuela con la nieta mayor que ya estaba casada. 

El tío tenía una numerosa familia. No le gustaba la idea de tener una boca más pero cuando se dio cuenta que además se apropiaría de los terrenos del hermano fallecido, aceptó con hipócrita alegría al nuevo miembro. Las obligaciones de Juan empezaban muy temprano. Se levantaba mucho antes que el resto de la familia para empezar sus labores: Encender la cocina a leña, llevar la alfalfa al corral de las vacas, ir a la acequia con dos baldes para llenar de agua el pequeño turril al lado de la cocina. Este último era el trabajo más duro. Tenía que hacer al menos tres viajes. Cuando llegaba a la casa después del tercer acarreo, todos estaban ya desayunando. Nunca le faltó comida pero a cambio se vio obligado a dejar la escuela. Cuando terminaba las labores de la casa, tenía que llevar las ovejas a pastar. Esa era la actividad que más le gustaba. A pesar de que extrañaba la escuela, la severidad de los maestros y los juegos con otros niños, al menos no estaba bajo la mirada desdeñosa e inquietante del tío. 

Pasaron varios años en los que la situación de Juan no cambió. Observando a sus primos que aprendían muchas cosas en la escuela, un día se animó a pedir que le dejaran asistir.

—¿Y quién me va a pagar la comida que tragas? —le dijo— ¿Y la ropa que te pones? ¿Crees que cae del cielo? ¿Qué crece en los árboles?

Lo miró con tristeza. No había pensado en eso.

—Tienes suerte de que te hayamos recibido en mi casa. ¿Qué hubiera sido de ti? No necesitas ir a la escuela. Ya tienes trabajo aquí.

Con resignación volvió a sus labores. 

El sueño del hombre vestido de blanco se repetía y cada vez Juan sentía como si fuera la primera vez. No le contaba a nadie al respecto. Solo pensaba en él e intentaba descifrar su significado. 

A sus catorce años la comunidad de Pinaya, donde vivía, entró en un frenesí que nunca nadie había visto. Uno de los comuneros había descubierto oro en las laderas rocosas de la montaña. Todos estuvieron de acuerdo con organizar una cooperativa para explotar la veta dorada. La gente no hablaba de otra cosa, aunque no tenían ni idea de lo que implicaba el trabajo de minería. Algunos habían escuchado o visto algo en viajes que habían hecho por otros rincones de la cordillera y sólo con eso se daban aires de expertos. Todos los domingos, en vez de organizar el trabajo comunal, lo dedicaban a hablar de la mina como si fuera ya una realidad. Soñaban despiertos y hablaban de todo lo que se comprarían: toros sementales de raza, ovejas merino, perros de raza pastor alemán para cuidarlas. Dejarían la agricultura a un lado y, sobretodo, se comprarían una camioneta Toyota doble tracción. 

Pasaron meses antes de que pudieran llegar a acuerdos y organizarse. Una tarde, muy solemnemente, fundaron la Cooperativa Aurífera Santiago Socavón del Illimani. Contrataron banda, cocinaron lechón al horno, bailaron y se emborracharon como manda la costumbre en cada acontecimiento social. Para bendecir el emprendimiento contrataron al yatiri (chamán) más reconocido de la zona. Él se encargó de hacer las ofrendas respectivas a la madre tierra y al monte Illimani, El Resplandeciente. Preparó una mesa con amuletos hechos de azúcar, fetiches de lana, símbolos de buena fortuna, dulces de colores, incienso y un gran feto de llama. Invocó a los dioses de las montañas, le prendió fuego a todo y esperó a que se consumiera para luego leer el futuro en las cenizas. Mientras tanto las rondas de alcohol ya habían elevado los espíritus de los presentes a tal grado que hablaban a los gritos, nadie se entendía y sin embargo todos reían a carcajadas. Algo vio el yatiri en las cenizas que se puso muy serio. Uno de los menos bebidos se acercó para preguntarle si todo estaba bien. El chamán se quedó un momento pensativo como buscando las palabras que quería decir y decidió no dar las malas nuevas. Cometió ese error en otras ocasiones y solo había servido para que lo acusaran de agorero o incluso de envidioso y tuviera que salir corriendo entre los borrachos agresivos. Además, no había nada que se pudiera hacer contra lo que estaba destinado ya. Rápidamente preparó sus cosas y se dispuso a volver a su valle. En eso se le acercó Juan.

Tata, ¿será que puede ayudarme? —dijo tímidamente— Pero no tengo con qué pagarle.

El chaman vio al niño con cara asustada y le sonrió. Así Juan pudo contarle el sueño que se le repetía desde hace varios años.

—Está clarísimo —le contestó—. El Illimani va a darte mucho oro. Vas a ser un hombre rico.

Se alegró al ver cómo la cara del niño se iluminaba con esperanza. 

A partir de esa declaración, Juan empezó a soñar con ser parte de la cooperativa. Cuando se lo comentó a algunos asociados se rieron de él.

—No tienes edad legal para ser miembro —le dijeron—. Tienes primero que hacer tu servicio militar. Solo después podrías pedir tu inclusión. 

Dentro de él empezaba a crecer una especie de rabia. No entendía porqué la vida lo había llevado al estado en el que estaba. Una vez le había preguntado al párroco que aparecía en Pinaya cada dos o tres meses y llevaba a cabo todas las ceremonias en unas horas; desde los bautizos, pasando por los matrimonios y terminando con las misas de difuntos. Le contestó que Dios tiene un plan para cada uno de nosotros y que no se puede cuestionar su criterio. La respuesta lo dejó aún más desconcertado porque no comprendía porqué si Dios lo amaba, como decía el cura, le hacía pasar tantas desdichas. Pensó entonces que tal vez no oraba lo suficiente. Asistía a las misas que ocurrían tres o cuatro veces al año y eso era todo. Se lo hizo saber al padre y este le enseño el Padre nuestro. 

Todas las noches antes de dormirse recitaba la plegaria con el pedido de ser incluido en la empresa. La respuesta que le llegó no fue la esperada. Si bien entró a trabajar en la mina, no lo hizo como miembro de la cooperativa. El tío lo nombró su suplente para realizar los trabajos. Tuvo que dejar la casa y se fue a vivir al campamento improvisado en las alturas. La temperatura era bastante más baja y las primeras noches no pudo dormir por el frío. Todo el día tenía que estar cargando rocas de un lado a otro para construir las instalaciones. Cuando terminaron las habitaciones que les servirían de dormitorios, empezaron a perforar la roca a mano. 

El martillo era tan pesado que apenas si podía levantarlo. Para pegar un golpe en el cincel tenía que balancearlo hasta que tomara altura y así poder descargar la fuerza suficiente para perforar la roca. Al final de las larguísimas jornadas terminaba con el cuerpo totalmente adolorido y con un hambre tan insaciable que a veces pensaba que su estómago se estaba comiendo sus otros órganos. El tío venia de vez en cuando para mostrar su cara a los otros copropietarios y controlar que Juan estuviera haciendo un buen trabajo. 

Pasó un mes sin que el yacimiento les diera nada. Varios socios estaban ya pensando que sus sueños de riqueza y bienestar eran otra de tantas ilusiones; hasta que una mañana se escucharon gritos de júbilo. Habían encontrado un pedazo de cuarzo con una pepa de oro incrustada del tamaño de una aceituna. Los ánimos se levantaron. Se acusaron unos a otros de pesimistas y cada uno se declaró ser el que había encontrado la roca. Todos se juntaron en la especie de patio central que formaban los cuartos que habían construido y admirando la pepita decidieron que al ser la primera tendrían que celebrarlo. Habían estado esperando ese momento, pero a nadie se le había pasado por la mente lo que la tradición manda. Aparte de dos botellas de aguardiente, no tenían con qué celebrar como se debe. Habría que bajar al pueblo a comprar varias cajas de cerveza. Nadie quería a hacer la caminata cuando ya estaba empezando el festejo. Entonces de manera unánime decidieron mandar a Juan que de todas maneras era muy joven para beber. 

Él se alegró de tener la oportunidad de alejarse de aquel lugar y de aquellas personas. Aunque solo sea por unas horas. Extrañaba el calor húmedo del valle y sin protestar se dispuso de muy buena gana. Salió montaña abajo mientras el resto de los socios empezaba a brindar con el pisco. 

Los hombres rápidamente terminaron la primera botella y empezaron alegres a abrir la segunda. Uno de ellos sacó unos cuantos fulminantes para hacerlos detonar como si fueran fuegos artificiales. Les ponía una mecha corta, la encendía y lanzaba al aire con todas sus fuerzas. La explosión se repetía en el eco de la montaña, resonaba por las quebradas y parecía estremecer los glaciares. Uno de los que ya estaba bien entonado pidió un fulminante para demostrar que él podía lanzarlo más alto que nadie. Le falló la demostración. Se tropezó al instante de soltar el explosivo y el detonador cayó sobre las cajas apiladas de dinamita. 

Juan estaba saliendo de casa con un burro para cargarlo con los fardos de cerveza. Su apoderado emocionado salía con él para subir directamente a la mina y empezar a festejar el hallazgo. En ese instante escucharon la explosión. El estruendo resonó en todo el valle. Los perros empezaron a ladrar al unísono y las mujeres salieron de sus casas para mirar hacia la montaña. Juan se quedó paralizado mirando al tío.

—Ya están festejando. Están lanzando petardos —dijo inseguro y lo mandó a comprar las cervezas. Él subió a la mina. 

El niño se sorprendió al volver con el burrito cargado. En principio no pudo encontrar el lugar. Creyó que se había desviado y que estaba en otra quebrada. Luego encontró a su tío sentado al borde de un cráter, mirando el vacío, llorando en silencio. El campamento, los mineros y sus sueños se habían esfumado. 

Las cosas se pusieron muy tensas en casa. El tío, amargado, descargó su frustración en Juan. De alguna manera retorcida lo culpaba por el accidente. Sobre todo cuando estaba borracho. Empezaba a beber el viernes y no paraba hasta la madrugada del lunes. El muchacho intentaba desaparecer esos días para no encontrarse con el ebrio. Intuía que tarde o temprano terminaría en pelea. Todos los fines de semana partía a la alta montaña y recorría las quebradas y crestas de las morrenas buscando el oro que el yatiri le había dicho que el Illimani le daría. Se imaginaba que descubriría un tesoro enterrado por los incas, o por los españoles y que sería rico instantáneamente. O tal vez encontraría un bolsón de pepas de oro. No le contaría a nadie y sin decir nada se iría a la ciudad donde tendría una vida de lujos y alegría. 

Un domingo, volviendo de la montaña, se encontró con una celebración en medio de su camino. Él nunca era invitado a las fiestas como sus primos. Él hacía como si no le importara, pero en el fondo le dolía ser un descastado, un don nadie. Quiso darse media vuelta y buscar otro camino, pero lo pensó mejor y decidió pasar por el medio con cara de orgullo. En eso estaba cuando escuchó la voz del tío insinuando a gritos que Juan tenía algo que ver con la explosión que terminó con los sueños de grandeza de la comunidad. Se acercó al grupo donde el acusador estaba vociferando mientras todos lo observaban sorprendidos.

—¡Eres un mentiroso de mierda! —gritó Juan con rabia.

El hombre sorprendido se dio media vuelta y recibió tal puñetazo que cayo en seco inconsciente. La gente empezó a murmurar y Juan los miró desafiante con las manos en puño. Nadie le dijo nada. En ese momento se dio cuenta que ya no podría vivir allí. Fue a su cuarto, tomó sus pocas pertenencias, entró en la habitación del tío, buscó la pequeña lata donde guardaba sus billetes, tomó unos cuantos y partió a la ciudad. 

Tenía dieciséis años cuando llego a La Paz. Se sintió abrumado por la cantidad de gente y vehículos, por el ruido y altos los edificios. El poco dinero que había sustraído se le acabó ese día. La primera noche la pasó en la calle. No pudo dormir casi nada. Estaba acostumbrado a la oscuridad y en la ciudad todos los rincones estaban iluminados. Se acurrucó en un callejón y esperó el amanecer. Pensó toda la noche buscando una salida para su situación. Al amanecer le venció el cansancio y se durmió. No soñó con el hombre de blanco pero, al abrir los ojos, le llegó la idea de presentarse al servicio militar. No tenía la edad requerida, sin embargo, no sería un problema porque tampoco existía ningún documento que demostrara lo contrario. Había escuchado hablar de los Colorados. El regimiento que era la escolta presidencial y que, hace como cien años, había tenido una actuación singular en la guerra contra Chile. Preguntando llegó al cuartel. Parecía que su suerte estaba cambiando porque justamente era la semana de reclutamiento. Llenó como pudo el formulario y lo entregó al teniente que estaba a cargo. Era bastante frecuente que los jóvenes que venían del área rural no tuvieran documentos. Le aceptaron nada más por su buen físico. 

El ejército le gustó. Estaba acostumbrado a los malos tratos y a la vida austera. Se sintió tan bien que al cabo del año obligatorio pidió quedarse otro año más. Estaba pensando en continuar la carrera militar pero, él no había completado ni siquiera la primaria. A pesar de eso, era tan buen soldado que el comandante prometió ayudarle para que lo aceptaran en la escuela de suboficiales. A finales del segundo año el destino lo llevó por donde nunca se había imaginado. El país estaba convulsionado y hace más de dos semanas había huelga general. Una mañana los levantaron muy temprano y les dieron un discurso donde les aseguraron que la patria estaba en peligro; que fuerzas oscuras extranjeras querían convertir al país en un infierno comunista sin patria y sin Dios; que solo ellos podrían salvar a la república y que se esperaba que cumplieran su deber. 

Los llevaron a las calles de la ciudad y les ordenaron parapetarse para combate. Una gran multitud empezó a reunirse y luego comenzaron a cantar y gritar arengas que pronto se convirtieron en insultos. La policía intentó en vano dispersar con gases lacrimógenos. Entonces empezaron a lanzar piedras en tal cantidad que los policías se retiraron cargando a sus heridos. En ese instante llegaron muy cerca de los soldados un par de bombas molotov. Era la provocación que estaban esperando. Les ordenaron disparar. Juan se quedó paralizado al escuchar las órdenes. Nunca se había imaginado que tendría que matar a alguien. Un teniente le apuntó a la cara mientras le gritaba que tenía que disparar. Levantó el rifle, bajó el seguro y disparó sin apuntar porque las lágrimas no le dejaban ver bien. 

Una hora más tarde tuvieron que cargar los cadáveres en camiones que partían con rumbo desconocido. Juan lloró en silencio todas las noches hasta que lo licenciaron y se vio de nuevo en la calle sin tener a donde ir. Sin despedirse y sin mirar atrás salió del cuartel. Deambuló por la ciudad. Había cumplido con el rito de paso que marca la transición de la niñez a la vida adulta. En las zonas rurales de los Andes, las familias reciben orgullosas a sus hijos con gran fiesta cuando vuelven del servicio militar. Juan no tenía a nadie que le esperara y lo peor de todo era que no sentía ninguna satisfacción. 

Había ahorrado algunos billetes del dinero que recibía cada domingo que le daban libre. La noche que lo licenciaron entró en un bar y en vez de cenar pidió cerveza. No estaba acostumbrado a beber. Se emborrachó y armó una pelea. Los dueños del bar llamaron a la policía y Juan amaneció tras las rejas. A media mañana un policía intentó llenar una ficha con sus datos. La única identificación que poseía era la libreta militar; no tenía domicilio ni personas que pudieran ser sus garantes. El oficial le estudió por un par de minutos luego, decidió liberarlo sin ficharlo. Le aconsejó que volviera a su comunidad. 

Nadie se alegró de verlo de nuevo. La abuela que lo había mimado cuando era niño estaba bajo tierra hace ya más de un año. Cuando le pidió al tío que le devolviera las tierras de las cuales era heredero, se negó. Juan ya no era el pequeño niño desamparado. Las palabras se convirtieron en gritos y a poco en golpes. Apenas los separaron. Esa misma noche se reunieron los ancianos y los dirigentes de la comunidad para resolver el problema. El tío alegó que Juan le debía mucho por haberlo criado tantos años. «Lo he criado como a mi hijo. Y lo único que he recibido son golpes de este ingrato». 

Los ancianos decidieron que el tío tendría que devolver los terrenos, sin embargo Juan tendría que pagar la deuda. Podía volver a la casa paterna pero no sembrar ni cosechar. Por primera vez en su vida se sintió satisfecho a pesar de que todavía tenía muchas necesidades. Al no tener tierra, lo único que se le ocurrió hacer fue convertirse en cazador. La piel y la carne de las vizcachas se pagaban bastante bien en el valle bajo. El problema era que no tenía armas. Se acordó entonces de los manifestantes en la ciudad. Muchos de ellos lanzaron piedras y bombas molotov con ondas. 

Pasó mas de una semana intentado acertar a los escurridizos animales. Si bien se había destacado en tiro al blanco en el ejército; era muy difícil lograr la puntería necesaria para darle a un pequeño animal en movimiento. Una mañana que andaba buscando nuevos escondites de vizcachas se encontró con un grupo de extranjeros. Vestían ropas coloridas, botas extrañas y cargaban mochilas enormes. Uno de ellos, el que parecía ser el jefe, le saludo.

—Buenos días, señor agricultor.

Juan apenas respondió porque por su mente pasaban docenas de ideas en las que intentaba encontrar las razones por las que esos coloridos señores estuvieran allí. ¿Estarían buscando oro? Esa idea no le gustó para nada.

—¿Podría usted ayudarnos? Vamos a pagarle.

No podía hilar muy bien sus ideas. Estaba tan sorprendido que no encontraba palabras para responder. Los extranjeros se miraron unos a otros, se encogieron de hombros y continuaron subiendo la montaña. Finalmente Juan reaccionó.

—¿A dónde van?

El hombre que le había hablado le respondió.

—Vamos a subir a la cumbre del Illimani.

—¿Y cuál es el motivo? —preguntó tímidamente, casi en susurro.

—Queremos ver como se ve desde allá arriba —respondió entre risitas.

Juan pensó que esa era una broma muy mala. Sin duda alguna tendrían un motivo mucho más importante. No podía permitir que encontraran el tesoro que le estaba destinado.

—¿Puedo acompañarles?

—¡Por supuesto! Y si nos ayudas con la carga te podemos pagar.

Mientras preparaban una mochila para él, el hombre se presentó como Alain. Le dijo que era guía de montaña y que su trabajo consistía en llevar turistas a las cumbres de las montañas. Al Illimani subía al menos una docena de veces al año y necesitaba alguien que le ayudara cargando las carpas, los utensilios de cocina y la comida. Juan no supo darle un precio por ese trabajo. Cuando le dieron la mochila, él la levantó con una mano.

—¿Esto no más? —Toda su vida había cargado al menos el doble.

—¿Te parece liviano? —preguntó sorprendido mirando a sus clientes—. Podemos darte algo más.

Los turistas le pasaron varios instrumentos que nunca había visto y siguió sopesando la carga con una sola mano. Aumentaron entonces otras bolsas y al final la carga se hizo tan voluminosa que Juan se perdía en ella. A la distancia solo se observaba un gran bulto con dos pequeños pies. 

Subieron por las morrenas para tomar una cresta rocosa la cual continuaron hasta un rellano al lado de pendientes heladas y glaciares. Allí los extranjeros hicieron su campamento. Se sentó en una roca a observarlos. Al terminar Alain se sentó a su lado.

—Mañana iremos a la cumbre y volveremos aquí. Pasado bajaremos. ¿Puedes volver a ayudarnos a bajar?

—¿Subirán hasta la punta?

—Sí —le contestó con una sonrisa que no supo interpretar si era broma o confianza.

—¿Y para qué?

—Ya te lo dije. Ese es mi trabajo y ellos quieren luego contar a sus amigos y sacarse fotos.

Juan asintió con amabilidad pensando en que no era el único que buscaba tesoros en la montaña y que seguramente los extranjeros pensaban que él era un tonto para darle ese tipo de explicaciones.

—Entonces vuelvo en dos días.

Alain se alegró, metió la mano al bolsillo y ante la incredulidad de Juan le entregó un fajo de billetes. No los quiso contar en ese momento, primero por educación y segundo porque pensó que tal vez se había equivocado y podría arrepentirse y pedirle que le devuelva una parte. Entonces con el dinero en la mano se levantó rápidamente, se despidió y salió casi corriendo montaña abajo. Cuando estuvo seguro que estaba fuera de vista se sentó y contó los billetes. ¡Nunca había tenido tanto dinero entre sus dedos! 

A los dos días llegó al campamento poco después de la madrugada. Los extranjeros estaban todavía durmiendo en sus carpas. Le invitaron desayuno y él les ayudó a empacar y distribuir la carga. Se alegró de no ver ningún tesoro escondido entre las cosas. Bajaron hasta el camino donde llegó un vehículo a buscarlos. Para sorpresa de Juan, Alain le entregó otro fajo de billetes, le dijo que ese año haría al menos diez viajes más y le entregó un papel con las fechas.

—¿Tenemos una sociedad? —le dijo estirando la mano.

Juan se la estrechó y con una sonrisa que no tenía desde que era niño le confirmó que eran socios. 

El final de ese invierno, Juan no solo reunió la cantidad suficiente para recuperar sus tierras, sino también para comprar semillas. Una tarde, cuando las plantas de papa ya estaban crecidas, salió de su casa y tuvo la sensación de haber vivido ya esos momentos. El sol se ponía en el horizonte y el mundo a su alrededor tomaba un color cálido. Se sentó en la banca al lado de la puerta. De pronto miró hacia sus cultivos de papa y creyó ver algo. Se levantó de golpe con el corazón en las manos, pensando en el sueño de su juventud; pero no había nada. Nadie lo visitó ese día. Dirigió la vista hacia el Illimani y le sonrió con agradecimiento.