viernes, 17 de julio de 2020

Café amargo

Diego Velásquez González


Desde el colegio, David fue una persona llevada de su parecer. Gustaba cazar peleas así supiera que las iba a perder. Cualquiera que le diera un motivo podía considerarse su oponente. Compañeros, maestros, familia y sobre todo sus parceros[1], «los amigos, leales en la buena, hipócritas y falsos en la mala» según sus palabras. No le importaba si era hombre o mujer. Aquello que dicen que a las mujeres no se tocan ni con el pétalo de una rosa era una bobada. De ser necesario lo hacía, así tuviera que subsanar la falta. Una vez llegó a pegarme. No sé por qué dejé que lo hiciera y menos las razones por las que seguí siendo su amiga.

«Diga pues como es… que se venga el que quiera, que acá lo recibo… usted no es mi mamá para que me mandé». Esas eran sus respuestas acostumbradas ante los reclamos que se le hacían. Pero todo ese impulso, la más de las veces, terminaba en ser pura y física carreta[2]. Cuando se le confrontaba en privado pasaba de ser tremendo gallo fino a ser una tímida y escurridiza gallina. Había que apreciar sus cambios de actitud, sobre todo cuando a la mamá la llamaban al colegio a responder por sus desmanes. Entonces asumía el papel de un niño juicioso e incomprendido. Se asemejaba a un tonto que no era capaz de nada. Entonces, madre e hijo terminaban afirmando que era que se la tenían montada.

No puedo decir que hayamos sido realmente amigos. Nuestra relación estuvo marcada, como la de la mayoría de los millennials[3] por los espacios y momentos compartidos. Ahora que lo pienso, tal vez me gustaba. Un muchacho alto, delgado de un cuerpo definido, que usaba uno aritos de oro y que junto a el tatuaje de una mujer en el brazo derecho era para mí algo… mmmm. Quizás, nuestra amistad estaba construida bajo la misma premisa de lo efímero, de prepararnos para deslindar el vínculo al cambiar las circunstancias.

Terminó el bachillerato conmigo hace cerca de siete años, aunque con grandes dificultades. Todos en el grupo le ayudamos de una u otra manera. Al finalizar se fue a prestar el servicio militar a una zona al sur del país, en los límites con el Perú. O más bien se lo llevaron, porque su mamá hizo hasta lo imposible para que eso no ocurriera. Habló con cuanta persona pudo en compañía de su político de marras. Quizás eso sirvió para que el comandante del distrito decidiera enviarlo. Tal vez declaró entre los suyos que: «al hijo de papi y mami hay que volverlo un hombrecito». Yo estaba convencida que allá se iba a morir. Se hizo adicto a la marihuana. Decía que allá, aunque no la recomendaban, tampoco se la prohibían y que una vez fumados unos porros se le despertaban unas ganas de matar unos cuantos guerrilleros, bandidos o cualquier cosa que se le pareciera. Yo sinceramente creo que a esa costumbre de meterse sus plones[4] antes de salir a patrullar le agregaba el consumo de drogas más fuertes.

Cuando venía de licencia me buscaba. Lo recibía, escuchaba y acompañaba en sus trabas[5]. Incluso me llegué a involucrar de manera directa en una que otra. He de reconocer que eso de sentirse una idiota por un tiempo tiene su encanto. Yo sabía que David no me convenía. En mi casa lo odiaban. De cierta manera, su presencia era la manera de imponerme a la voluntad de mis padres y su deseo de seguir marcando la ruta de mi vida. Tenerlo de amigo los mantenía en tensión y eso me encantaba. Me volví un poco alterna a su lado, frecuentábamos bares y grupos de rock. Tres años atrás, había llegado a la ciudad de Pereira con mis padres y el estúpido de mi hermanito. Una de las razones del traslado de la familia radicaba en que querían ofrecernos un espacio diferente, quizás menos estresante al ambiente que se sentía en la capital y que con el paso del tiempo se hacía cada vez más difícil. Entre tanto, mi madre no dejaba de infundir en mí un espíritu individualista, de querer reclamarlo todo y crecer creyendo que el mundo me lo debía todo.

Piolo, como le decíamos por cariño ya que siempre andaba con el corte de cabello rapado vivió en la época del colegio dificultades económicas. Era común que muchos de los compañeros se turnarán para comprarle algo de comer en los descansos creando una especie de solidaridad de grupo hacía él. En ocasiones se enfermaba por lo mal alimentado que estaba. Se veía demacrado, falto de energía y todos sabíamos las razones, pero no le gustaba hacerlo evidente. Era muy dado a eso de no pelar el cobre[6]. Sé que siempre esperaba que pasáramos de ser simples amigos a ser amigos con derechos. Le decía que esperáramos, que nos tiraríamos las cosas. Era la manera de mantenerlo cerca, siempre a la expectativa. Sabía que, si le daba lo que quería, pronto se alejaría y necesitaba quien me cuidará. Además, he de reconocer que cuando andaba de buenas pulgas, era un amigo excelente.

Uno de sus mejores sucedáneos frente a sus ataques de ansiedad ante la falta de su consumo adictivo era tomar café negro. Cuando se lo servían con las acostumbradas dos bolsitas de azúcar, las rechazaba diciendo que no las necesitaba. Y a continuación remataba con su frase, «Me gusta tomar el café amargo para recordar lo amarga que es la vida». Y entonces, disfrutaba escuchar a propios y extraños señalar que la vida no es amarga sino hermosa y toda la verborrea que sigue, a lo que él respondía que por ningún lado encontraba lo hermoso que le atribuían.

Realmente consideraba que la vida era ese valle de lágrimas que los católicos anhelan abandonar para poder encontrar el rostro del Padre olvidándose de vivir por añorar un paraíso del cual fuimos desterrados y al que ojalá nunca volviéramos. A veces nos poníamos a filosofar, yo le decía que el cielo o el infierno comienzan en la tierra, que aquí empezamos a vislumbrar ese sueño. Piolo respondía que eso era una tontería, que la vida solo son miserias, que bastaba ver que nuestros padres habían hecho tanto esfuerzo para terminar en nada. Y, por lo tanto, que después de tanto esfuerzo, poco o nada cambiaría. Que todo no deja de ser una trágica comedia.

Cuando menos pensé, volvió a desaparecer de mi vida, del barrio, de la ciudad y de los lugares donde a veces lo encontraba dejando pasar una borrachera o uno de sus viajes con alucinógenos, bien sea solo o en compañía de sus parceros del momento. Siempre pensé que cualquier día leería de su muerte en el periódico local, o alguien de su disfuncional familia me llamaría a informarme. Algunos decían que se había ido para la guerrilla, otros que para los paramilitares o que se convirtió en una mula del narcotráfico. Y no es que fuera excesivamente ambicioso. Su modo de vestir desordenado, con ropa de segunda regalada y siempre dispuesto a recibir lo que le quisieran dar era su marca, su característica. «Claro que me sirve, yo tengo talla de limosnero» era su frase preferida.

Su nacimiento había sido producto de un accidente. La madre terminó sufriendo demasiado. Murió algunos años después de que termináramos el colegio. Su padre, quien quedo viviendo con Piolo, era un hombre maltratador e injusto, que terminó por imponerse a las resistencias de ella a un nuevo embarazo y como consecuencia nació Piolo. Doña Cecilia, la mamá de David, me contó que por algún tiempo pensó en abortar. Lo sopesó durante largas noches de insomnio durante unas tres o cuatro semanas, pero al final no fue capaz. Quizás el peso de la idea del pecado era superior a su voluntad. Tal vez por ello terminó quejándose de ese embarazo todo el tiempo. Y entonces bien se dice que quien no fue tenido con ganas, no vivirá con ganas.

La última vez que lo vi fue una noche que apareció en mi casa. Era tarde, más de las once. Me puso un mensaje al teléfono. Decía que bajará, que necesitaba hablar conmigo. Salí del cuarto tratando de no hacer ruido y mis padres se dieron cuenta. Estaban rojos de la ira. Don Gustavo, como siempre me referí a mi padre, afirmó que esa no era hora de ir a una casa decente y que si a ese muchacho no le habían enseñado modales. A pesar de esa advertencia, fui hasta la portería de la unidad residencial donde vivía. Allí, bajo la supervisión del portero, un tipo de unos treinta años y que sé que sentía una fuerte atracción sexual hacía mí, nos sentamos en una de las escalas de ingreso. Siempre supe que a aquel tipo le gustaba por la manera como me miraba y he de reconocer que en no pocas ocasiones me encantaba provocarlo. No lo niego, pero el tema aquí es David. Conversamos un rato. La verdad fui bastante cortante. Piolo lloraba y apenas podía escucharlo por sus balbuceos. Hablaba de un tipo con el cual se había metido y que había salido con nada. Nunca había pensado que tenía esos gustos. Ahora eso poco importaba. Ya me sentía cansada de esta relación tan extraña. También decía que, en casa, su padre le dijo que, si era que ya se había vuelto marica, y que eso era la peor desgracia que pudiera haber tenido la familia. Y después de darle unos palazos con una escoba, le dijo que se fuera de la casa y se olvidará de él.  

Años después, una fría tarde bogotana me encontré de frente, sin esperarlo, con Catalina una excompañera del colegio. Recuerdo que apenas nos tolerábamos. Era una de esas viejas con las que uno no quisiera volver a encontrarse por su fama de chismosa y atravesada y ser reconocida por casi todos los estudiantes de los grados superiores y entonces andar mucho a su lado suponía cosas de uno. Al menos eso creía, quizás por aquello que el que entre la miel anda algo se le pega. Era la típica mujer que aquello que no sabe se lo inventa. Y es cierto, en aquella época, yo era bastante ingenua en cosas de sexo. Le tenía físicamente miedo y esa es la verdad. Más de una vez me invitó a salir con sus amigos y a pasar bueno según su entender a lo cual me negaba.

Aquel día esperaba un vuelo para New York a un congreso de sociología. Estaba cansada y no logre visualizarla a tiempo para habérmele escondido. Se acerca rapidamente, me toma de los brazos y con un tono de voz bastante entusiasta me dice:

—Hola Andrea. No lo puedo creer. —Mientras me da el típico beso de Judas.

Después de preguntarme por mis padres y todo lo que más pudiera de mi vida, que, si estaba casada, si tenía hijos, que había estudiado entre otras cosas. A todo respondí de manera escueta. Bien se dice que no hay que dar demasiada información al enemigo. Todo fueron evasivas y medias verdades. Después de un rato nos quedamos en silencio y sin esperar, exclama, como si un recuerdo llegará de improviso:

—¿Adivina quién está en Miami?

Con desinterés simplemente le dije:

—¿Quién?  

—Pues tú amigo del colegio, aquel muchacho trigueño, delgado, alto que me encantaba y me moría de ganas que tuviéramos sexo, lamentablemente nunca me dio la hora. Ese aire de malandro era quizás lo que más me atraía de él. Era tú novio, ¿cierto? —pregunta arqueando la ceja derecha.

Supe entonces de quien me hablaba. La imagen de David volvió a mi mente. Ya casi se había borrado de mis recuerdos como toda la vida del colegio que fue un tránsito supremamente difícil, con muchas situaciones incomodas que hubiera querido jamás haber vivido.

— ¿Te refieres a David? —y agregue—, él no era mi novio.

—Pero entonces tenía que ser gay —dando por sentada la incongruencia de la amistad entre un hombre y una mujer en una edad donde los deseos y los impulsos más inconfesables emergen con toda su fuerza. Y agrega:

—Siempre andaba contigo. ¿De verdad? Era muy extraño.

Después otro largo silencio mientras mirábamos la información de los vuelos en los tableros nos arropamos un poco más por el frio. Yo simulaba ver mi celular y ella escuchar música. Finalmente, afirma con toda la tranquilidad del caso:

—Parecían las mejores amigas o unas hermanitas gemelas. ¿Recuerdas que les decían las siamesas? —lo dice con cierto tono de burla— Nunca se separaban. ¿Verdad que aguantaba hambre?

El comentario se me hizo atrevido y sin poner mucha atención, pregunté:

— ¿Y cómo está?

—Pues te cuento un día estaba en la playa de Miami Beach. De pronto observo a un salvavidas que me miraba. Se veía buenísimo, alto, un pecho, unas piernas gruesas, fuertes, con un bronceado espectacular.

Empieza a caminar hacia donde estaba y me dice:

—¿Eres Catalina?

—Sí claro.

Me preguntó que si me acordaba de él. Le dije que no. Entonces se presentó diciéndome que estudiamos en el Colegio San Judas Tadeo.  

—Soy David Ramírez, era amigo de Andrea.

Grité de la emoción, me levanté y lo abracé. Finalmente pude darle una apretadita bien rica —agrega como para hacerme dar celos— Fue mi sueño cumplido.

Contó que David esta como los vinos. Con el tiempo se había puesto mejor y cuando término su turno, fuimos a una heladería al final de la playa. Sonríen y conversan. Se acercan a hacer el pedido y él pregunta:

—¿Qué quieres tomar?

—Una limonada estaría bien.  ¿Y tú? —respondí.

Él sonríe con suspicacia.

—Un café negro.

Continúa su relato diciendo que cuando la chica de la heladería se aprestaba a procesar el pedido pregunta a David, ¿cuántas de azúcar? Y entonces dice que, sin azúcar, que le gusta el café amargo para que le recuerde lo amarga que es la vida. Aquella empleada lo contempla con desconcierto y continúa procesando el pedido. Luisa me dice que trató de explicarle que la vida con todo el desencanto que podía tener, resultaba un viaje fantástico. A lo que responde que sí, que es cierto, que solo estaba jugando. En ese momento sonreí al imaginar a David expresar aquella frase tan suya.  

Relató que se instalaron en las mesas del frente hacía la playa para recibir la brisa del mar. Luisa pregunta por la vida de él después del colegio. David le dice que hace cinco años se encontraba en crisis y que es un adicto en recuperación. Llegó un momento en que quería morirse. Una noche que estaba drogado fue a buscar a Andrea. No sabía la hora. Apareció al rato en la portería. Me hizo sentar en las escaleras, en las afueras del conjunto. Se notaba molesta porque me dijo que dejara la película y que organizará de una buena vez mi vida. Y entonces le conté que eso trataba. Le dije que compartía un apartamento con un hombre y que a él se le perdieron unas cosas y me acuso de ladrón. ¿Te imaginas lo que eso significa?  Ella me mira con aire incrédulo a lo cual yo respondí diciéndole que sí, que yo sabía que no era ninguna perita en dulce, que me respetara, me fui y no volví a saber de ella.

David dice que camino mucho por el país desde ese día, aunque no tenía idea para donde iba y mucho menos que quería. Estuvo en Bogotá. Llego a vivir en el Cartucho o más bien a esconderse allí. Después viajo a Cartagena donde encontró una organización de esas que fundan los políticos para conseguir votos y dinero con los adictos.  Recordó siempre las palabras de Andrea… «Haga algo con su vida. Claro que sí, la vida no es fácil, que podía ser amarga, que no me quedará quejándome y una cantidad de otras cosas…».

David una noche despertó en una calle en Cartagena por una patada en el estómago de un negro grande y mal encarado. Dijo que por momentos me pareció que se asemejaba a inmenso gorila y no tenía claridad si andaba en una traba o qué. Todo se le hacía irreal. El tipo decía que me moviera, que ese no era lugar para vagos. Sintió que me iba a morir cuando sacó una pistola y se la puso en la boca. Suplique por mi vida me dijo, pero en sus ojos encontraba solo odio. «Vea triple hijo de puta si lo vuelvo a ver por estos lados lo mato. ¿Entendió?» Y apenas pudo mover la cabeza en sentido de afirmación.

Al final David le dijo que: «creo que fue el café más amargo que me tomé en mi vida porque fue un despertar. Y entonces empecé a tomar el tratamiento del centro en serio. Decidí que debía cambiar. De pronto pude ver las cosas de manera más clara. Andrea tenía razón, era responsable de mi vida. Demostré un auténtico interés en mejorar y las cosas se fueron dando. No sé si hay un Dios. Comprendí que no estaba solo y que debía crear una conexión con todo lo que me rodeaba. Cuando ya estaba bien, busqué un primo en Medellín. Me apoyó con escepticismo y como solo había logrado aprender inglés en el colegio, lo perfeccioné y estudié turismo. Pude conectarme con una empresa del sector acá en Miami y, en fin, puede ver el resto. He procurado cuidarme, aprender a amarme y vivir los momentos. Por eso, un café amargo, que aún me encanta, es un recuerdo de estar atento, despierto, vivo».

En ese momento, el vuelo de Luisa María empezó a ser llamado. «Pasajeros con destino a Miami, vuelo número 1548 de la aerolínea…» Toma su celular y rápidamente me muestra una foto de ellos juntos. Se veía diferente, pero conservaba algunos de sus rasgos y claro se veía mucho mejor de cómo lo recordaba. Y no lo puedo negar, estaba como los vinos. El tiempo lo había hecho más atractivo. Era un hombre bello, que refleja luz. Siento una punzada en el estómago. Quiero que se vaya. Sigue hablando y hablando, ya no la escucho, mientras toma sus cosas. Finalmente agrega que han seguido viéndose y que vendrían a Colombia para ir al Parque Tayrona. «¿Te gustaría ir con nosotros y algunos amigos?» pregunta. No pude evitar sentir un dejo de frustración y envidia, porque entre tanto, yo seguía sola. Tenía un excelente trabajo, podía viajar a donde quisiera en el mundo, pero estaba sola. «Ya te ubiqué en Twitter, te contactaré» escuchó decir mientras los sonidos de sus pasos firmes al caminar se hacen sentir.

Mientras la observo alejarse supe que seguía siendo una mujer popular, sensual y seductora, alegre y por momentos empalagosa, a la vez que más madura y dueña de sí misma. Tiene un hermoso cuerpo, pero no deja de ser lo que era, una puta. Parecen felices. ¿Será que están enamorados? pienso. Vuelvo a mirar los tableros del aeropuerto y el vuelo a New York sigue con retraso. Voy a un café, buscando una aromática [7]y algo de comer. Y mientras veo la gente pasar a las carreras de un lado para otro, dormitar en las sillas, indisponerse con cada nuevo anunció en los parlantes y el frío aumentar hasta helar los huesos, me acerco a la caja a hacer el pedido. Al lado una mujer toma un café oscuro caliente. Bebe lentamente. Se ve tan dueña de sí misma que siento envidia. Y entonces pedí un tinto. Y ese día me tome el primer café amargo de mi vida.




[1] Amigos o compañeros de vida cotidiana.
[2] Expresión propia del lenguaje en el occidente de Colombia que tiene la connotación de referirse a una habladuría sin sentido o propósito.
[3] Expresión que refiere a la generación del milenio es decir a los nacidos entre 1981 y 1999, que actualmente tienen una edad comprendida entre 16 y 36 años aproximadamente.
[4] Aspirada del humo. En un sentido general es fumar.
[5] Traba es una expresión propia que se usa en Colombia referida a una persona drogada o enmarihuanada. “El muchacho está trabado” “Eso es una traba ni la brava”.
[6] Expresión del lenguaje en Colombia que refiere al hecho de no mostrar los verdaderos problemas que se tienen tales como el hambre o una necesidad determinada.
[7] Infusión o bebida de agua caliente que se prepara en Colombia con diferentes tipos de hierbas o frutas tales como papayuela, maracuyá, mora, limonaria, albahaca, entre otras.

jueves, 16 de julio de 2020

Nada se pierde


Miguel Ángel Salabarría Cervera

Natalia está emocionada por los preparativos para su boda con Alejandro. El tiempo se le acorta a pesar de estar en el mes de octubre y la boda ser el tres de mayo del próximo año. Se siente presionada por las actividades que realiza en una revista quincenal de línea cultural y social en la ciudad de San Lázaro, donde tiene que cubrir diferentes eventos y luego elaborar sus notas en las oficinas de su centro de trabajo, en especial los fines de semana; quedándole su día libre: el lunes.
Ella era originaria de la ciudad distante de San Juan Bautista, hacía seis años había emigrado para estudiar Ciencias de la Comunicación en San Lázaro, por lo tanto, vivía sin su familia rentando un pequeño departamento. Esta situación fortaleció su carácter haciéndola una persona independiente y acostumbrada a tomar decisiones propias desde su vida estudiantil y ahora profesional.
En la universidad conoció a Alejandro, del que se hizo novia desde el segundo semestre de la licenciatura, llevando una relación tranquila y estable durante toda la carrera.
Una calurosa tarde al concluir la última hora de clase mientras el grupo se retiraba, Natalia se me acercó y me dijo:
─Maestro, voy a faltar a la facultad mañana porque voy con el médico, por favor no me considere la falta.
─No hay ningún problema ─le respondí e intrigado por su salud me atreví a preguntarle, porque era una alumna participativa además de asistir todos los días─, ¿tienes problemas de salud?
─Bueno, sí y no, voy a un chequeo médico con el ortopedista.
─¿Y eso?
─¿Ha notado que cuando camino la pierna izquierda está más corta y que no uso zapatillas?
─No soy observador ─le respondí.
─Le voy a contar ─me dijo con familiaridad─. Hace como cuatro años cuando estudiaba la secundaria en San Juan Bautista, me atropelló una moto y me arrastró, tuve varías fracturas en la pierna izquierda, además se me rompió la cadera. ─Con expresión de tristeza continuó relatándome─. Me realizaron varias operaciones en la pierna izquierda, quedándome dos centímetros más corta que la pierna derecha, por esta razón arrastro ligeramente la pierna izquierda y por lo mismo no puedo usar zapatillas, solo zapatos con tacón de dos centímetros.
─Lo importante es que estés bien ─le respondí─ esos detalles no son trascendentes.
─Ni se crea ─con expresión de desolación me dijo─ lo peor fue lo que me ocurrió en mi vientre.
─No tienes por qué contarme lo que te aconteció en esa parte de tu cuerpo.
Manifestándome su confianza me sorprendió al decirme:
─Maestro, no se sienta incómodo, al contrario, inspira confianza y es «buena onda», siempre tratamos cualquier tema en clase, y nadie se agüita.
─Si gustas, Natalia.
─Al fracturarme la cadera, unos fragmentos se me incrustaron en los ovarios y en otras partes de mi aparato reproductor, por tal motivo quedé imposibilitada para tener bebés.
Guardé un comprensivo silencio, mientras miraba el mar que se divisaba por la ventana del tercer piso del edificio, luego le dije:
─Bueno Natalia, hay circunstancias que acontecen en la vida que están fuera de nuestras posibilidades de solución. ─Trataba de encontrar las palabras adecuadas a lo que ella me confiaba y agregué─Sin embargo, tienes otras capacidades que te hacen ser una gran persona y con seguridad serás excelente profesionista.
─Pues sí, pero Dios dirá más adelante en mi vida.
─Así es, vete tranquila, tómate los días que necesites.
Ella dio media vuelta y abandonó el salón para reunirse con Alejandro que la esperaba en el balcón, mientras yo me quedaba sumido en mis pensamientos asimilando la confesión de Natalia.
Acudí como todas las mañanas a mis labores en la Secretaría de Educación, hacía una semana que se habían reanudado las actividades después del período vacacional, me dirigí al escritorio que ocupaba; ya instalado saqué los pendientes que tenía que resolver y en ese momento se acercó Marina una compañera de trabajo a la que conocía de años atrás y a boca de jarro me dijo:
─Oye, ¿así que le das clase a mi hijo?
─¿Quién es tu hijo?
─Es Alejandro Rodríguez usa lentes.
─No lo identifico.
─Pues conócelo bien, para que no lo repruebes.
─Mejor dile que me conozca bien, para que no repruebe.
─Siempre estás con tus ironías, no cambias.
Dio media vuelta y se alejó, mientras me quedaba con una sonrisa disfrutando el enojo que le causó mi respuesta. Luego me ensimismé en mis actividades.
Al día siguiente por la tardé acudí a dar clases a la escuela de Ciencias de la Comunicación con el primer semestre, grupo en el que estaba el hijo de la compañera de trabajo, lo identifiqué al pase de lista; las palabras de su madre no influyeron para que tuviera un trato preferencial, porque la relación con el grupo era la misma para todos.
Con el paso de las semanas me di cuenta que Alejandro era un alumno poco participativo, de actitud discreta, manifestaba carencia de iniciativa, haciéndome inferir que se debía a la personalidad de su progenitora, al ser ella sobreprotectora e intuía su influencia sobre su hijo.
Una mañana estando en mis ocupaciones matutinas en la Secretaría de Educación, Marina se acercó a mi escritorio, al verla le pregunté:
─¿Vienes a venderme algo?
Ella ignoró mis palabras para preguntarme.
─¿Sabes que Alejandro está de novio con Natalia?
─No, la verdad no me fijo en esas cosas, respeto sus relaciones cuando las percibo.
─Ella es una buena chica, viene de fuera a estudiar está sola, la invité a que me visite con frecuencia y ha aceptado, además tú sabes que tengo tres hijos varones y me sirve de compañía cuando salgo.
─Te felicito por tu generosidad para con ella.
─Bueno, te dejo y no te esfuerces de más, que nunca te van a construir tu monumento ─me dijo al retirarse, mientras se reía.
Me quedé pensando en Natalia, porque al conocer cómo era la madre de su novio, sabía que no le iría muy bien en caso que no hiciera la voluntad de ella, sin embargo, no era asunto que me fuera relevante.
El tiempo transcurrió hasta terminar Natalia y Alejandro la licenciatura, al graduarse perdí el contacto con ambos, casualmente me los encontraba en algún lugar los saludaba a la distancia, si era ella con quien coincidía platicábamos sobre sus actividades profesionales, de ser él, fingía no verme. En una ocasión al asistir a un evento en el teatro, coincidí con ella que de inmediato me saludó y diciéndome que platicaría conmigo al concluir el evento.
Así sucedió, al salir del teatro Natalia me esperaba afuera a pesar del frío de la noche, con afecto nos saludamos:
─¡Hola! Qué gusto de verlo de nuevo y encontrarlo en este sitio.
─Para ambos ─le respondí.
─Le tengo noticias ─me comentó.
─¿Te va bien en tu trabajo?
─Sí, pero se trata de otro asunto.
─No me imagino ─le dije.
Sin esperar me dio la noticia que no imaginaba.
─¡Me voy a casar!
─¡Felicidades! ─le pregunté en son de broma─ ¿Con el mismo?
─¡Ja, ja, ja! Sí, con el mismo ─agregó─ cuando esté próxima la fecha, le llevaremos la invitación para que nos acompañe.
Le deseé lo mejor y la felicité por el paso trascendental en su vida, como también por el éxito en su trabajo. Nos despedimos y tomamos nuestros propios rumbos.
Me encontraba desempeñando mis labores matutinas en la Secretaria de Educación, cuando Marina se acercó al escritorio que yo ocupaba, al verla le pregunté:
─¿Vienes a que te entregue la programación del curso para fin de mes?
─No ─respondió─, vengo a comentarte algo.
─Dime de qué se trata.
─Fíjate que Natalia y Alejandro se van a casar. ¿Lo sabías?
Tuve que mentir y le respondí:
─No sé, porque no tengo contacto con ellos, ─agregué─ pero has de estar contenta pues me platicaste que tienes frecuente contacto con Natalia y que la recibes en tu casa.
─Es verdad, ella es una buena chica, muy afanosa ayudándome en la casa cuando me visita, además ya está trabajando y gana bien.
─Entonces es para tus gustos… una excelente futura nuera.
Se puso muy seria, como dudando de platicarme algo que tenía en mente, estuvo así unos segundos al fin se decidió y continuó con la charla:
─¿Estás enterado que Natalia no puede tener hijos?
Me la quedé mirando fijamente y volví a mentir:
─¿Cómo crees que esté enterado de algo muy personal de Natalia?
─Pensé, porque tienes mucha relación con tus alumnos. Pero bueno, entiendo que ya no ves a Natalia y Alejandro ─me miró y dijo con tristeza─. He conversado con ellos respecto a que no podrán darme nietos y me responden que han platicado mucho sobre tener o no hijos, que quieren estudiar una maestría, viajar y después adoptar un niño.
─Me parece muy buena la decisión de ambos. ─Mirando al infinito le comenté─. Es algo que hacen las nuevas parejas, prefieren superarse en lo académico, estabilizarse económicamente y después piensan en los hijos ya sea naturales o adoptados y en caso extremo, adoptan un perro ─solté una carcajada y le dije─ ese será tu ansiado nieto.
Visiblemente enojada me expresó:
─No sé por qué vengo a platicar estas cosas contigo ─y sin despedirse se alejó.
Me quedé pensando las palabras de la madre de Alejandro, la conocía porque habíamos trabajado desde doce años atrás, sabía de su carácter impositivo y manipulador con los compañeros de trabajo; por lo tanto, imaginaba la suerte que correría Natalia al no poder tener hijos y la forma de pensar de ambos por los planes que tenían respecto a esta situación que enfrentarían en su futuro.
No volvió Marina a platicarme más sobre el asunto, algo que le agradecí porque se me hacían fastidiosas esas charlas; tampoco me topé a Natalia y Alejandro en mucho tiempo.
Una tarde, estaba en la central de buses despidiendo a unos amigos, cuando vi a Natalia, al reconocernos nos aproximamos a saludarnos con afecto, me comentó que tenía dos semanas de vacaciones y que viajaría a San Juan Bautista a visitar a su madre que estaba delicada de salud, le deseé que se recupera de sus padecimientos.
Me preguntó:
─¿Recuerda que le platiqué que me iba a casar con Alejandro el tres de mayo?
─Sí, por cierto, no me invitaste ─le respondí.
─Pues no me casé ─dijo con tranquilidad─. De eso tiene más de un año que iba a suceder y Dios sabe porque ocurren las cosas y la verdad no se de cuantas cosas me libré. Estoy serena y me siento bien.
─Es lo importante, que te encuentres en paz contigo misma ─le dije en apoyo a lo que me confiaba.
─Le voy a contar.
─No te preocupes por hacerlo si no quieres o te causa «mal sabor de boca».
Con templanza que me asombraba empezó a relatarme.
─Me dediqué solo yo a los arreglos de la boda, algunas veces me acompañaba doña Marina; en diciembre compramos los vinos y licores, en el mes de febrero que es el carnaval compramos toda la cerveza, y lo almacenábamos en casa de Alejandro ─yo guardaba silencio, mientras ella hablaba─ faltando dos meses para la boda, me entero que Alejandro estaba de novio con una muchacha y ahí no termina el asunto, ¡la fulana estaba embrazada de él!
Con tranquilidad y madurez, prosiguió con su historia
─Fui a verlo a pesar del calor que se sentía a las tres de la tarde, llegué a su casa y le pregunté a su madre de lo que me había enterado, al conocer el motivo de mi visita, me comentó con indiferencia que esto era asunto nuestro y que lo arregláramos en forma civilizada. Le respondí que no se preocupara, que solo quería hablar a él para aclarar nuestra situación y esperaba no volver a tener trato con su familia
Natalia me charlaba el trance que había vivido y yo no salía de mi admiración, por momentos me sentía incómodo, pero sabía que la confianza que se había generado entre nosotros la llevaba a compartir conmigo una etapa trascendental de su vida.
Al llegar Alejandro no mostró sorpresa al verme en su casa, con seguridad doña Marina lo había prevenido. Le pregunté si eran verdad los rumores que me habían llegado, con frialdad me contestó que sí. ─En este momento mi enojo se derrumbó porque como un rayo entendí la situación y la causa de su proceder─. Sin embargo, le dije con tranquilidad: «No te preocupes comprendo la razón de tu actitud».
Él me respondió:
─Bueno, no hay nada más que decir.
Le pregunté:
─Y de todo lo que hemos comprado, ¿qué vas a hacer?
En ese momento se anunció la salida del autobús para San Juan Bautista que esperaba Natalia quien, con una sonrisa de experiencia y seguridad personal, cuando se despedía me dijo las últimas palabras de Alejandro.
─Cínicamente me respondió: «Lo utilizaré en mi boda que es la próxima semana, porque… nada se pierde».

miércoles, 15 de julio de 2020

Amistad sin prejuicio

Yadira Sandoval Rodríguez


A la menstruación, esa «prima roja» que llega cada fin de mes con dolores y una revoltura de hormonas tratando de convencerme de que me acepte como mujer, yo la niego porque me hace sentir una locura dentro de mí. Los cólicos no los aguanto, llego al baño, abro mis piernas para sentir el derrame estólido del desgarre, es como si una voz saliera de mí pidiendo auxilio para aliviar el dolor virgen de la prima roja. Sé, que, al negarla, me niego a mí misma, ya que somos dos seres dentro de un cuerpo tratando de integrarnos. Dirás que estoy loca, pero las hormonas me convierten en otra persona, al grado de desconocerme, si me ves enojada no soy yo, es ella que desea salir de mí. Lo feo de todo es que no puedo jugar cuando ella llega, tanta sangre saliendo de mí, es asqueroso. Me duele lo que me sucede, Leo. Deseo ser niño otra vez, mi cuerpo ha cambiado. Te pido disculpas. La mamá de Leo ha leído la carta, su hijo descuidó ponerla en un lugar donde no se pudiera encontrar. Al terminarla de leer, ella pensó que Leo pudiera andar de novio, aunque la última línea del escrito le hizo ruido: «Me duele lo que me sucede, Leo. Deseo ser niño otra vez, mi cuerpo ha cambiado». La mamá deja la carta sobre la cama, para que su hijo no sospeche que fue leída y se retira a sus quehaceres.
Leo llega de la escuela, sube a su cuarto, busca la carta y la guarda inmediatamente, después baja a la cocina, saluda a su mamá:
—Hola, mamá. ¿Cómo estás?
—Hola, hijo. ¿Cómo te fue?
—Bien.
—¿Seguro?
Esa pregunta que hizo su madre lo dejó dudando y volteó lentamente a mirarla:
—Leíste la carta, ¿verdad?
—Sí. En algún momento imaginé que era una carta de amor, Leo. Pero me dejó con dudas. Tu amiga tiene alma de poeta. Me encantó cómo describió la menstruación, aunque me pareció un alma atormentada por algo que no llegué a comprender, ¿me lo puedes explicar?
Leo se queda serio por dos minutos. Su madre le dice que solo desea ayudar. Su hijo comprende la situación, ya que los dos tienen muy buena comunicación. 
—Está bien, mamá. La carta que leíste es de mi amiguita, Melissa. Es una de mis mejores amigas de la escuela, es un poco loca, o más bien mucho. Ella dice que es un niño, nos lo ha dicho desde el tercer grado de la escuela. Casi no juega con las niñas, siempre desea jugar con nosotros, de hecho, corre más veloz, por eso la dejamos que se uniera a nuestro grupo de amigos. A lo primero se nos hizo raro, pero, ahora ya le creemos porque hasta se viste como hombre. A mí sí me gustaba mucho, tiene un físico muy bonito, sonríe de forma preciosa, es muy inteligente y simpática, aparte le gusta bailar y cantar, se la lleva mostrándonos sus pasos de baile que aprende en la escuela de arte. La carta que leíste es porque le sucedió eso, que a ustedes les sucede… mmm… eso…
—¿Qué nos sucede? —preguntó la mamá, sabiendo que su hijo estaba prejuiciado con el tema y no podía explicarlo.
—Eso, mamá, lo que le sucedes a ustedes todos los meses.
—Pero ¿qué es hijo?
—Esa cosa rara, o más bien, la sangre que sale de sus cuerpos, que la verdad me da asco.
—¿Tú hablas de la menstruación?
—Sí, eso.
—Y ¿cuál es el problema, hijo?
—Qué Melissa la tiene, tardamos en aceptarla con su locura, y ahora con la menstruación, no sabemos cómo verla. Nos confunde a todos.
—No deben porqué confundirse, Leo. Ella sigue siendo su amigo.
—Queremos que ya no se junte con nosotros, porque en la escuela nos están diciendo niñas a todos los que jugamos con ella. Mejor que se vaya con las nenas y nos deje en paz.
—¿Platicaron con Melissa?
—Sí. Es por eso lo de la carta. No quiere aceptar su menstruación y desea seguir jugando con nosotros. Pasó algo muy asqueroso en la escuela, fue su mamá y la directora nos regañó. Fue vergonzoso, estaban los niños de los grados avanzados, y nos gritaron nenitas.
—¿Qué pasó?
—Estábamos jugando, quien subía más rápido a un árbol, le tocó el turno a Melissa, y todos nos quedamos serios al ver su pantalón manchado de sangre, pero el menso del Poncho la regó, empezó a reírse, mientras yo ayudaba a Melissa a bajar del árbol. Una maestra nos vio y se enojó al ver mi pantalón manchado de sangre e hizo un escándalo en toda la escuela.
—Pobre Melissa
—Pobres de nosotros, mamá, ¿de qué lado estás?
—De los dos.
—Tu hijo pasó la peor vergüenza de la historia, todos saben que no es niña, la ayudé a bajar del árbol como si lo fuera y coincidió que pasaron los niños de los grados avanzados, cuando le di un beso en la frente, no lo pude evitar, la conozco desde el kínder y ella reaccionó con un golpe en mi estómago. Y me gritó: «No soy niña». En eso la maestra hizo el escándalo y a todos nos llevaron a la dirección, después de una hora llegó su mamá. Lo bueno que traía en mi mochila un short, nos tocaba la clase de educación física, pero se suspendió. La maestra le dijo a la directora que nos estábamos burlando de Melissa por creerse niño, es decir, pensaron que mi beso fue planeado para hacerla sentir mal; es una vieja cizañosa. Mis sentimientos son asquerosos, mamá. Quedará en la memoria de todos.
—Más lamentable para ella, hijo. Ustedes lo olvidarán y ella no, porque aparte de pasar la vergüenza, perdió a sus amigos. Y eso, es doblemente horrible, ¿comprendes, Leo?
—Pero, mamá…
—Sé que te contrariaste al mostrarle un sentimiento de amistad enfrente de todos y no tienes porqué reprimirlo, al contrario, me siento orgullosa. No la dejaste sola.
—Estás mal, mamá.
—La amistad es mucho más importante que cualquier suceso anormal, hijo. Y por lo que veo tu amiga o amigo está pasando por un cambio de género y recurre a ustedes para reafirmarse en su nueva identidad: ser hombrecito. A eso se le llama identidad de género.
—¿Qué es eso, mamá?
—Posiblemente tu amiga está en un proceso de identificarse como hombre, aunque ustedes la vean femenina. Nosotros les decimos a ellos: gays y lesbianas. La preferencia sexual no es motivo para discriminar a nadie, Leo. Por lo tanto, te aconsejo que la busques y le pidas una disculpa. Acéptala con su locura, como usted dice niño, la amistad vale más que cualquier prejuicio, ser su amigo no te va a hacer menos hombrecito, al contrario, eso te dará más fuerza para defender a otras personas de las injusticias, conviértete en un adulto con valores, eso deseamos tu padre y yo. El beso fue un impulso ante la necesidad de protegerla, posiblemente tú quieres verla como niña, pero ella ya se reafirmó, ahora tienes que respetarla. Entonces, ¿necesitas más explicaciones para entender lo que te digo, Leo?
—No, mamá. Hablaré con ella. Gracias por el consejo.
—Invita a Melissa a la casa, me encantaría conocerla.
—Está bien, mamá.

viernes, 5 de junio de 2020

El huésped de la habitación 201

Constanza Aimola


Desde que lo conocí no me dio buena espina, sin embargo, resultamos involucrados en una relación tormentosa y tóxica, creamos un vínculo que estuvo enmarcado en secretos, escapadas, en fin, todo aquello que significa prohibido.
Ahora recuerdo los hechos y sé que fui una ilusa al pensar que íbamos a terminar bien, la relación empezó y continuó realmente mal, empeorando en esta bendita cuarentena en donde terminó en un juego macabro que no puedo evitar contarles. Gerardo y yo nos conocimos en la oficina, trabajamos en la misma empresa, aunque en departamentos diferentes, pero todo el tiempo estábamos en contacto. Yo era soltera en ese momento, acababa de hecho de salir de una relación que ocupó toda mi adolescencia y parte de la adultez, que me dejó extenuada de cansancio y no quería nada serio. Él me dijo que tampoco estaba con nadie y como no me interesaba tener nada serio en ese momento, mucho menos con alguien que no tenía muy buena fama, me dejé llevar, disfruté de su compañía ocasional.
Todo iba más o menos bien hasta que el malestar y varios síntomas me indicaban que estaba embarazada. Desde ese momento empezaron a cambiar las cosas porque el tiempo que antes era opcional ahora se volvió un poco obligado, para mi sorpresa le cayó bien la llegada de un hijo, estuvo interesado en verme y cuidarme, aunque por ahora la relación seguía muy en silencio.
Así transcurrió la mayor parte del tiempo hasta que tuve mi hija, porque finalmente desapareció. De vez en cuando la visitaba o le mandaba regalos, a veces, de forma mágica tenía explosiones de amor hacia mí, después de tenerme abandonada por días, incluso semanas, me llamaba, enviaba flores o escribía, me pedía que nos viéramos y en ocasiones se quedaba en mi casa. En este tiempo no vi ningún comportamiento extraño, era un hombre normal, atendía a su hija, veíamos películas, pedíamos comida, nada extraño.
Estuvo medianamente presente, aunque se me salió del corazón desde que quedé embarazada, o más bien nunca ocupó un lugar importante, pero el fastidio era más fuerte y se me dificultaba cumplir los roles de una pareja normal.
En la oficina solo contadas personas se enteraron de la relación cuando mi hija cumplió un año, al mismo tiempo que este hombre empezó a cambiar. Más que sospechar algo por un cambio conmigo, su rendimiento laboral se fue a pique, llegaba tarde, se comportaba de forma extraña, hasta empecé a pensar que estaba consumiendo drogas o metido en negocios raros porque no le encontraba otra explicación. Finalmente dejó de ir a trabajar, en ese momento no me enteré por qué había sido, pero más adelante lo comprendí, no necesitaba el trabajo, actuaba todo el tiempo, lo utilizaba para encontrar mujeres y no porque necesitara el dinero, más adelante encontrarán conmigo la explicación a esto.
Desde la gerencia tomaron la decisión de despedirlo porque simplemente desapareció del todo y nunca volvió. Le enviaron la carta de despido por correo certificado, tiraron sus cosas personales a la caneca de la basura. La gerente de la compañía, que es mi amiga personal, me pidió el favor de que revisara algunos archivos con datos de clientes e información que necesitaban urgente y otros que utilizarían para hacer la entrega del puesto a la persona que lo iba a reemplazar.
Estando en esto me encontré por casualidad con algunas de sus redes sociales, aún estaban abiertas en su computador. Lo había bloqueado porque se volvió inaguantable que me celara, revisara todas mis publicaciones y se pusiera celoso porque alguien le ponía me gusta a cualquier foto.
Era una persona con varias vidas paralelas. Tengo que aceptar que revisé sus redes sociales, en donde lo vi con varios perfiles, diferentes formas de vestir,  otras parejas, como esposo, amante, padre, no podía cerrar la boca porque creí que lo conocía. Estaba aterrada de descubrirlo y empecé a entender algunos comportamientos. La verdad no era que me importara mucho, sin embargo, me hacía una pequeña ampolla en el corazón, no he tenido éxito en las relaciones, tener una hija en común y alguna vez haber pensado que la relación podría funcionar se convertía en un fuerte golpe.
Aquí empieza lo más álgido de la historia porque aunque estuve dos días pensando si debía hacerlo o no, me decidí a contactar a la mujer más joven que aparecía con Gerardo en las fotos de las redes sociales. Al golpe inicial se sumó el impacto de confirmar que estaba con ella, que eran pareja y que vivían una vida loca llena de excesos mientras yo estaba sola con mi hija criándola sin ayuda.
Empezamos a hablar, tuvimos conversaciones acerca de varios temas y nos escribimos por largas horas. Desde entonces hemos estado siempre en contacto. Descubrimos que nos escribía casi los mismos mensajes, correos electrónicos cargados de pasión y amor, que prácticamente calcaba para enviarlos a la otra. Aproximadamente un mes después, Bárbara, como se llama su otra novia, me escribió para contarme que habían terminado y que lo sacó de su casa. Ella lo había seguido, descubrió que se estaba quedando en el hotel Cecil. Esto sucedió un poco antes de iniciar la cuarentena por coronavirus, dejé a mi hija al cuidado de mis padres y me hospedé en el hotel para poderlo espiar, así vería qué era lo que pasaba, intentar ver si lograba descubrirlo.
El hotel Cecil es un viejo inmueble en el centro de la ciudad. Pertenece a la historia por haber hospedado a grandes leyendas de la farándula nacional e internacional. Es difícil explicarles esto con palabras, pero su olor se asemeja a un viejo fumador que se baña poco, al que se le mojó su gabardina, la guardó húmeda. Aún tiene tapete en sus habitaciones, restaurante, parte del bar y la recepción. Está decorado con elementos rústicos empolvados, unas lámparas con bombillos de muy buena calidad que deben de llevar décadas ahí puestos en lámparas de lágrimas de la época de la colonia. Obvio una luz tenue con ambiente algo romántico. La verdad es acogedor, nunca había estado allí, no me disgustaba del todo.
El hotel está separado por dos áreas, la que daba a la avenida y otra que tenía vista a los cerros, son edificios independientes divididos por un vidrio. Del lado del que yo estaba, la parte más nueva, se veía a través del vidrio, sin embargo, desde el otro lado no podían verme. Esto facilitó que lograra pasar desapercibida y ver cada uno de sus comportamientos.
A medida que pasaban los días fui identificando sus rutinas. Bajaba a desayunar a las ocho, pasaba al restaurante por un café, leía el periódico. A las once bajaba de nuevo por otro café ya con otra ropa, por lo general un suéter de lana, se notaba que se había bañado y afeitado. Leía algunas páginas de uno o dos libros, también tomaba nota.
Algunas veces se levantaba de su silla para recibir una llamada y se paseaba por todo el café mientras hablaba, por cierto en un tono alto, utilizando términos legales que jamás le había escuchado. Se veía hasta interesante, no había notado cómo le quedaba de bien el color azul oscuro que combinó a la perfección con un pantalón caqui con mocasines cómodos de color crudo.
Un día vino a verme Bárbara, entró directo por el ascensor del ala nueva en donde me hospedaba, estuvimos hablando un rato. Con terror veía como se acercó Gerardo, habló con Guillermo el empleado que atendía la recepción y ni se enteró de la presencia de Bárbara, quien lo miraba de vez en cuando de reojo. Yo caminé rápidamente hacia la peluquería, pero Bárbara se quedó petrificada del susto, lo único que atinó a hacer fue hablar con el botones mirando una revista. Finalmente él se retiró y yo regresé de la peluquería para morirnos de risa, era uno de esos ataques que me ocurren cuando estoy muy asustada. Nos despedimos y subí directo a mi habitación.
Al otro día bajé a desayunar a las siete de la mañana, justo cuando abren las puertas del restaurante, para no encontrarme a las ocho a Gerardo, poder observar qué haría de diferente y ver si podría cogerlo en alguna mentira o movimiento sospechoso para desenmascararlo.
Desayuné algo muy sencillo, llamé a mi mamá, me puso al teléfono a la niña para que escuchara mi voz. Al mismo tiempo tomé un postre de arroz con leche que en ese hotel es maravilloso y me fui comiéndolo con una diminuta cuchara que lo hace más delicioso.
Iba saliendo, no me lo van a creer, pero cuando levanté la cara me encontré de frente con Gerardo, ya bañado, perfumado y afeitado, paré en seco, él también por lo que se le cayó un libro, su libreta de apuntes y una pluma. Me pidió disculpas, me preguntó si estaba bien. No dije ni una palabra, me metí los pelos que se me habían salido de la moña, detrás de la oreja, seguí mi camino.
Estaba aterrada, en el ascensor pensé que lo había visto algo diferente y claro que me di cuenta que no era Gerardo, era alguien muy parecido a él.
Me hospedaba en el quinto piso, pero en el tercero quité mi tarjeta del ascensor, lo frené en seco, salí y bajé por las escaleras a toda velocidad para acercarme a Manuel el conserje de día, le pregunté por Gerardo. Se lo describí, así fue como me confirmó que estaba hospedado en una habitación del hotel de propiedad de su hermano, un prestigioso y reconocido abogado que le había abierto las puertas porque su esposa lo había sacado de la casa.
Le pregunté a Manuel la hora en que saldría a su descanso, lo cité en mi habitación para sacarle información, todos tenemos un precio y estaba segura de que iba a poder darme muy buenos datos. Era el huésped de la habitación 201, me contó que era el hermano malo, el vicioso, el mujeriego, el que no había terminado la universidad, quien hacía avergonzar a su familia. Me habló de sus padres y de su esposa, como lo oyen, la esposa, es decir, que no tenía una, ni dos o tres novias, era casado oficialmente con Mariana una señora joven con dos hijos en edad preescolar. Su esposa al parecer no lo quería y se había casado por conveniencia, ya que Gerardo pertenecía a una familia muy adinerada, dueños de cadenas hoteleras por todo el mundo. Fue un matrimonio acordado entre familias con el que esperaban que se ajuiciara porque siempre ha sido la oveja negra.
Aunque Mariana era la señora, también extraoficialmente frecuentaba amantes que incluso llevaba al hotel a tomar café o alguna copa, todos lo sabían, hasta Gerardo a quién no le importaba, tal vez porque él hacía lo mismo. Ella intentaba pasarles por el frente a Gerardo y toda su familia estos hombres para que se enteraran que ella también era exitosa con otras personas fuera de casa, además que no le importaba su esposo.
El tipo era el rey del disfraz, le sacaba provecho a sus vidas paralelas, salía con diferentes mujeres y hasta hombres según me contó Manuel a quien tuve que sobornar fuertemente.
Llamé a Bárbara para le conté todo, pasé una larga noche, casi no puedo conciliar el sueño, me dediqué a ver televisión para recabar todo esto que había sucedido, encontré muchas explicaciones y quedé aterrada con lo lejos que puede llegar una persona tan trastornada, pensar que lo dejé tantas veces estar al lado de mi hija. Le conté todo, lo de sus relaciones, vicios, excesos y las dos hicimos la promesa de no volverlo a ver nunca más. El plan era irnos juntas a Argentina en donde vivía su hermano para perdernos de ese hombre olvidándonos de todo.
Acababan de declarar la cuarentena preventiva y debía volver a casa, me levanté con la intención de salir temprano, pedí un café, me bañé y llamé a la recepción para que vinieran a revisar la habitación. Ya estaba a punto de terminar de alistar todo para salir cuando golpearon a la puerta, no era el botones, era Gerardo. Me insultó, entró a la fuerza, me tapó la boca, me preguntó qué hacía allí, en repetidas ocasiones mientras me susurraba al oído, pero con mucha fuerza. La saliva salía de su boca, podía sentir su cara caliente y sudorosa pegada a mi mejilla.
Mientras me empujaba seguía corriéndome hacia atrás, tomé la pluma de encima del escritorio, se la clavé en el cuello, me gritó que iba a matarme mientras se desangraba. Poco a poco se fue desvaneciendo y se empezó a arrastrar hacia mí. Lo miraba aterrada, tomaba mi cara, me tapaba la boca yo misma, nunca había sentido tanto miedo en la vida. Finalmente se sacó la pluma y dejó de hablar, ya solo hacía ruidos extraños, volteó los ojos, perdió el conocimiento. Pasé varios minutos intentando pensar, pero estaba bloqueada, ya como a las diez recordé, que se aproximaba la hora en la que Manuel tomaba su descanso, lo llamé para suplicarle de forma calmada que fuera a la habitación.
Llegó en pocos minutos, lo tomé del brazo, lo jalé para que entrara rápidamente, le mostré el cuerpo de Gerardo sin vida tirado en el piso sobre un tapete. Me preguntó qué había hecho,  le expliqué que estaba defendiéndome, la verdad estaba tan asustada que me senté a mirar por la ventana, me dio un vaso de agua, seguido de esto me pidió que saliera normalmente del hotel, que él lo arreglaría.
Con toda la sangre fría que pude hice lo que Manuel me dijo, después de prometerle que lo recompensaría. Fui a casa de mis padres, almorcé, recogí a mi hija, atravesé la ciudad muy rápido porque ya había comenzado el simulacro de la cuarentena y me fui para mi apartamento.
No podía dejar de pensar en el accidente, constantemente la cara de Gerardo mientras se desvanecía me perturbaba, había adelgazado casi ocho kilos en algo más de una semana y me veía muy demacrada. Varias veces intenté convencer a mis padres cuando hablábamos por video llamada, que era debido a la luz del celular que se estaba averiando.
Por fin recibí la llamada de un número desconocido, resultó ser Manuel quien me contó con gran naturalidad que, aprovechando la cuarentena, poca afluencia de empleados y huéspedes, empacó el cuerpo sin vida de Gerardo en una bolsa gruesa, la amarró con hilo de asar carne que encontró en la cocina. Tomó ladrillos, cemento y otros materiales de la obra que adelantaban hace varios días para arreglar una humedad en el sótano, para construir un muro falso en la pared del armario, estucó, pintó y quedó como si nada.
No pude evitar llorar al otro lado del teléfono, estaba atravesando por una crisis, de lo que me di cuenta cuando se mezclaba la risa con el llanto. Parecía una persona desequilibrada.
Ahora observo a mi hija y pienso que es mejor que nunca conozca al hombre que le dio la vida, por eso yo se la quité para impedirlo.