viernes, 6 de diciembre de 2019

Galdós, el precoz


Víctor Purizaca

Era un día frío, frío y húmedo. La garúa nos había acompañado toda la mañana. El Loco Giraldo estaba más tedioso que de costumbre.
Tú, chanchito, continúa con el tema.
Colichón se había parado de improviso y atenazó la tiza rosada que reposaba sobre el pupitre. Se debía continuar con el tema asignado: Pizarro en la isla de Puná. Frotó la tiza sobre la pizarra y un chirrido nos trató de despertar. Sobre la pared, Giraldo apoyaba la cabeza. En Historia siempre nos hacía continuar el tema específico correspondiente luego que él diera la pauta magistral. El Guapo de disciplina percute la puerta de madera del segundo C del prestigioso colegio Champagnat de Miraflores con el puño izquierdo entrecerrado, pórtico vibrante encofrado en vidrios corrugados de distintos colores. El Guapo Ben del departamento de Normas Educativas espera acariciando su silbato que la puerta se entreabra. Me sentía seguro antes de la disertación: había ojeado el libro de Antonio Guevara Espinoza.
Los bostezos cesan por un instante, el pequeño Ortega raudo mueve su melena negra y sus ojos saltones acompañan la gestualidad del rostro agrietado del Guapo Ben en tanto abre la puerta. Se escuchan pasos presurosos sobre las losetas rojiamarillas. Entrecierra los pequeños ojos marrones don Artemio Hinojosa detrás de las lunas verdes cuando Ortega mueve la manija. Giraldo entreabre los ojos, la boca y se rasca la nariz. El Guapo Ben se acomoda.
—Buenos días don Artemio.
Buenos días, profesor Giraldo. A ver, a ver, esa gente del fondo.
Colichón se aproxima a la esquina del pizarrón y su espalda da a la puerta. Ortega se acomoda en su asiento y mira la hora por un momento.
Recordemos que deberán venir correctamente uniformados para el día de mañana. Aquel que incumpla será sancionado con papeleta.
Giraldo recalcó el valor y la importancia de las Fiestas Patrias. Con gallardía y firmeza debería ser el desfile. Ningún haragán estropearía estas festividades. Con la voz ronca y gruesa desafió al salón entero. El Guapo Ben se despidió con el pulgar levantado, mientras abandonaba el aula acelera el paso y se acomoda los lentes verdosos con marcos de carey negro y el vozarrón listo para el segundo B.
—Galdós, continúe con la clase —Conmina Giraldo. 
Abandono mi pupitre y detenido frente al salón, diserto.
Es cuando Pizarro trazó una línea y mirando fijamente a Sebastián de Benal…
Giraldo ya sentado nuevamente tose y se saca un moco, lo deposita bajo su silla y escruta mi exposición.
Galdós, Carlos Galdós, estás hasta las huevas. No has leído nada, como debe de ser. ¡Siéntate, carajo! ¡Pacheco! Lo que sigue.
Pacheco prosiguió con el relato, el salón olía delicioso, era la lonchera de Wong, su mamá era experta en jamón con queso cajamarquino y tostadas, qué rico. Me senté a esperar el cambio de hora, al fondo la murmuración de Pacheco. Las imágenes del verano volvían a mí. Era Omar, un piurano que volvía a mi mente. Era alto y grueso, blanco como la leche Enci, nariz regordeta, ojos avispados, dedos largos y rechonchos; solía acariciarse con la mano derecha el denario que rodeaba su dedo anular izquierdo. Era el calor, febrero, la casa de mi tía Lulú a dos cuadras del Parque de los Bomberos, lucía tranquila e inmutable. Omar vino a traer luz, alegría, jugábamos carnavales con los muchachos de la cuadra cinco de la avenida Canevaro.
Omar había venido a visitar a su tía Mary, sus padres eran estrictos y solo le permitían distraerse los veranos en Lima. Mary y Lulú eran vecinas. Estudiaba en el colegio San Ignacio de Loyola de Piura. Pedrito Slee había contado una vez en clase que jugando pelota había conocido dos zurdos del colegio La Inmaculada. Marcaban como el Panadero Díaz y salían jugando como Muñante. Un recogebolas los había visto haciendo sexo oral al entrenador de fútbol, luego de una práctica matutina. Fueron expulsados del torneo de interbarrios que transcurrió en Surquillo. Muy a pesar del director continuaron en el jesuítico colegio. No pasó de un rumor. En medio de la clase de religión Slee sentenció: Esos jesuitas son unos auténticos chupapingas. Todos reímos.
Bordeábamos el mes de marzo y mi mamá había tenido una reunión en la casa de una enfermera, jefa de servicio de enfermería del hospital Rebagliati. Omar aún no regresaba a su Piura natal.
Carlitos, ahí te dejo tacu tacu, me voy a la reunión de Meche.
Ya mamá.
Diez minutos y ya estaba en la morada de la tía Lulú. Abrí la reja blanca y golpeé la puerta. Omar Castro, imponente, rechoncho y con su bendito denario asomó por la ventana. Risueño y chino.
Charly, qué bien, mi tía ha salido a visitar a mi abuelita al Rímac, ¡juguemos cartas!
Casino, un, dos, un, dos. Repartía con vehemencia.
Ya me estoy aburriendo, Omarcito.
Charly, la mano nerviosa es la mejor.
A ver, dale.
Soltaba bromas y se acomodaba las gafas mientras golpeaba la mesa estruendosamente, vigorosamente, al coincidir las cartas con los números vociferados.
Fui a traer un vaso con Pasteurina que el jesuítico amigo me ofreciera minutos después que ingresara a la sala. Me aproximé al mesón y Omarcito se me abalanzó cogiéndome de la cintura con firmeza y delicadeza, sosteniendo con su mano izquierda mi cabellera castaña y deslizándola sobre mis rizos. Sentí su pachuli, inundaba el olor toda la habitación. Sin poder reaccionar me besó, me sentí desfallecer.
Me gustas mucho, mi colorada.
Posó su lengua sobre mi cuello y me estremecí, desabotonó tres botones de mi camisa, me condujo a su habitación. Mordisqueó mis hombros y me bajó mi pantaloncillo Wrangler. Embutió mi pene en su boca, sentí perderme por un momento. Entraba y salía con frenesí. Apoyé mi espalda en la pared donde sentí que mis venas iban a estallar. Acabé en su boca. Me lleno de besos tiernos que devolví. Briosos y apasionados a escondidas; el quince de marzo empezaban clases los del San Ignacio. Una llamada a la casa y un suspiro, fue la despedida.
Mi madre moriría de un paro, mi padre de un cólico. Siempre había sido un cagón. Médico antiguo en el hospital Rebagliati. Enano y pingaloca. Escribía una sección de recomendaciones médicas en El Comercio. Lo felicitaban, lo elogiaban, para mí era un pezuñento más. Carlitos maricón. Nunca. Ver a mi progenitora perdida, acabada, desilusionada, nones. Un machito respondón, eso era para ella. Mi madre había sido secretaria del Servicio de Medicina Interna del hospital Rebagliati, donde conoció a mi padre, el enano erótico.
Galdós, Galdós, ¿en qué carajo piensas, huevón?
Sí, profe, ¿cómo?
Andas más volado. Recoge las monografías que dejé la semana pasada.
Todos se observaron en silencio y Giraldo lanzó carajos.
¿Pensaban que me había olvidado? Me entregan la monografía ahorita, ya casi acaba la clase. Cojudos.
Sobre la fila levanté la mano, la mayoría no dejaban de hablar y de algún modo había que llamar la atención; Calderón y Zapata fueron los primeros en entregarme sus monografías. En menos de un minuto la ruma de monografías ya descansaban sobre el escritorio de Giraldo.
Restalla la campana y los mozalbetes salen al descanso. Varios niños ansiaban el pan con palta y los huevos sancochados que sus mamacitas les habían enviado. Algunos hacían círculos en el patio conversando y otros apresuraban el paso tras conseguir el balón para la pichanga fugaz.
Caminamos con Estrada cerca de los camerinos y nos detuvimos. Caleta, nomás una revista Playboy de su viejo. Súbitamente, alto, robusto, hombros anchos, tez blanca, ojos firmes. Me acomodé mis cabellos castaños y lo vi levitar sobre la cancha. Agitó la mano y saludó. Estrada movió sus ojos verdosos sobresalientes y gritó:
¡Cabredo, por acá!
Huevón, ¿cómo se llama tu pata?
Idiáquez… Cabredo, pues huevón, ¿cómo lo estoy llamando?, es de Piura, juega básquet como la putamadre, es del Colegio San Ignacio.
Mi cuerpo se estremeció de recordar los momentos que pasé con Omar, y volví en éxtasis al visualizar su cara llena de mi leche y como nos besábamos a escondidas.
¿Qué te parece?
Me parece bien, un poco llenito.
Me mira fijamente rascándose la nariz sin dejar de acomodarse el mechón colorado.
Oye, ¿qué hablas huevón?
Pero…
Él tiene una pornoteca huevón, hembras ricas, Dana Plato sin calzón, calatita.
Ah, claro pues, puta, qué creías. La de la serie Blanco y Negro, tiene cara de monse. Sale peladita, y su rajita, ¿qué tal?
Gabriel ya estaba a nuestro lado, agitó sus manos, en ademán de saludo. Estrada hablaba mucho, Carlitos disimula. Estoy salivando.
Ok, ok, entonces así quedamos.
Tosió Estrada y Gabriel se fue, restaba poco para regresar al aula.
Bien tartamudo el panzón este, tiene cara del Gordo Cassaretto, puta, casi, casi, necesitaba traductor.
Gordo de mierda.
Miré mi reloj.
El sábado a las diez para jugar básquet y ha prometido tres pornos, huevón.
Puta, ¿franco?
Calla, pajero de mierda. Franco.
Desfilamos al salón, Estrada siempre hablaba huevadas. Omar vino a mi mente, sus besos su respiración. Carne trémula mordisqueada.
La mañana devino en clases, fórmulas, Soria, el de Matemática y Carrasco, el de Lenguaje, ya los cuadernos bostezaban y nosotros con la panza como un tambor. Descanso y Botánica, tarea para el fin de semana. En el micro la gente atiborrada, sudorosa y maloliente. Eran tres y cuarto y ya se anunciaba el Parque de los Bomberos.
Baja chato, baja.
Pie derecho, pie derecho.
Me encuentro en la vereda carcomida. Marcho a mi aposento, calentaba la comida de lunes a viernes pues mi vieja trabajaba de ocho a cinco en el hospital. Sobre el felpudo de bienvenida de mi casa reposaba una carta con bordes rojos. Dejé mi mochila de jean sobre el piso y recogí la misiva. Sobre la esquina izquierda rotulado el nombre de Omar Castro. Qué hermoso. En la sala lancé la mochila sobre el sofá más ancho y me desplomé en la silla mecedora contigua al comedor. Leí todo, todito, me decía que me extrañaba, y que aún sentía mi leche en su boca. Me excité y de solo imaginarlo me pajeé en su nombre dos veces sobre la taza del baño de mi mamá, decorada con listones rosados. Harto lejía para limpiar. Guardé la carta debajo de mi muñeco de Mazinger Z que decoraba mi mesita de noche en mi habitación. Omar me anunciaba que estaba loco por viajar, pero solo lo podría hacer el próximo verano, ñami, ñami.
Estrada, Colichón llegaron a las nueve y treinta. Muñoz y yo estábamos en Pastoral desde más temprano. Era sábado. El Hermano Rafael nos registró por la pelota de básquet. Gabriel Cabredo deambulaba entre el quiosco y los juegos metálicos de la arena; miraba su reloj y acomodaba su cabello. Otros de la promoción ya lo habían saludado y acudían a la cancha de fútbol.
Cabredo, ven, ven.
Colichón, levantaba la mano desde las escalinatas que comunicaban al patio principal, donde jugaríamos básquet.
Gabriel se acomodó la panza en su polo y apuró el paso.
Hola, hola, qué tal.
Muñoz le hizo un ademán y con cinco muchachos más del segundo D completamos el cuadro.
Marcábamos fuertemente, la avanzada era Cabredo y Colichón, Muñoz y yo impedíamos sus anticipos. Sudábamos, cada vez que cogía el balón, sentía su panza en mi espalda, por momentos, mi corazón latía y mi culito también.
Ufff, qué cansancio. Tiempo y a tomar un poco de líquido. Cabredo se tomó una Inka Kola. Al otro lado, las prácticas de la selección del colegio en la cancha de fútbol ya habían comenzado. Estuvimos por los camerinos, Muñoz, Gabriel y yo. Arreciaba el sol, nos cubríamos con las gorras. Estrada ya no estaba, se había ido con Abusada a hablar huevadas a otra parte. Cinco minutos después el Gordo Muñoz se fue a comer pan con pollo al quiosco. Ese gil ya no regresa.
Lato Berenguel, encargado del curso de Educación Física, comenzaba la práctica, mientras con el índice señalaba el balón y once chiquillos apuraban el paso, zigzagueaban en diez conos desplegados por toda la cancha.
Nos quedamos solos, las pornos en los camerinos.
Qué tales hembras.
Qué rico.
Antes de que terminará la siguiente frase, le toqué su paquete. Por un momento sentí la mirada de los que realizaban ejercicios futbolísticos sobre el pasto. Lato Berenguel, no soltaba el silbato y daba órdenes sin cesar. Vi el rostro redondeado de Gabri e hizo un ademán de beso y ante mi sorpresa no tuvo más que lanzar un gemido y a empellones me lanzó dentro del camerino. Cerró los ojos y me besó profundamente, sabía a menta, probó mis labios y mi lengua. Lo atenacé lo que pude, acomodando mi pequeño cuerpo en su pecho y sus carnosos brazos. Siento un golpe detrás de mí. Un manotazo en mi nuca, es lo que continúa.
—¡Cabro de mierda!
Slee espetó. Arroja un escupitajo en la mayólica celeste del camerino, levanta el puño. Luigi Vergani y medio equipo de la selección de fútbol se desplegaban fuera de camerino.
Kiko Mongrut había estado con su hermanita de diez años sobre el pasto del lateral izquierdo viendo la práctica, tenía las retinas impregnadas de los besos de aquellos chiquillos.
Fueron dos puños que cruzaron la cara rosada y delicada de Carlos Galdós.
—¡Maricón de mierda!
Señalaba Mongrut, la furia era atroz, la hermanita impávida. Vergani los separó.
Calma, calma, muchachos, déjenlos respirar.
Lato calmó el tumulto y el griterío. Cabredo se acomodaba el pantalón y Galdós estaba rojo, fuego, trataba de acomodarse el cabello mientras la respiración se acortaba.
A ver, a ver, ¿qué ha pasado aquí?
Slee repitió todo lo visto. Pedrito no soportaba la imagen y en una cancha donde los bravos se miden. Si quieren ser locas que lo sean pero lejos de aquí.
Bueno, este tipo de cosas, bueno… no sé, sería bueno hablar con los hermanos. Arréglense que vamos para allá.
Cabros de mierda, que vayan a joder a su casa…
Mongrut estaba furioso y cuando Slee quiso continuar la frase, Berenguel interrumpió con dos aplausos.
Esto lo ven los Hermanos.
Ah, carajo, el Hermano Germán Garcés, era director del colegio Champagnat de Miraflores, había sido director del colegio Cristo Rey de Cajamarca tras una eficiente administración fue promovido a Lima. Risueño, colorado un metro sesenta y cinco centímetros de chispa castellana.
Pero, Lato, esto puede quedar entre nosotros.
No, no, Germán está en la Casa de los Hermanos, aquí nomás.
Carlos Galdós, colorado, avergonzado.
Cabredo lucía más tranquilo y pausado encargó sus revistas a Sarria.
El tumulto se había calmado, Vergani apaciguaba a los potros salvajes, Mongrut abrazaba su hermana mientras Lato marchaba con Charly y Gabriel directo a la Casa de los Hermanos, residencia y reposo de los maristas.
Mi vieja se muere, se muere. Cabredo, antes de ingresar, me guiñó el ojo derecho. Lato nos hizo ingresar. Una morena, embutida en un mandil blanco, nos condujo a una sala amplia donde Garcés leía un libro grueso de Calderón de la Barca. Vestía una camisa celeste y un pantalón blanco, unas sandalias franciscanas adornaban sus pies. Tomamos asiento y Lato con lujo de detalles relato los hechos y el conato de pleito que no pasó a mayores.
Vamos, vamos, vamos. A mí me parece que debéis tener asesoría especial y ante estos hechos les invitaría a que hablaran con sus padres para evaluar el asuntillo enrevesado, con un psicólogo… para calmar estos impulsos, que emanan férreamente en vuestra edad.
No a mi madre, no, hermano, Lato…
Bueno hijo, respira un poco, hay que llevar las cosas paso a paso, sin condenar.
Entré en llanto, yo que tenía facilidad de palabra, siempre tan risueño, sin una sílaba siquiera.
Lágrimas gruesas, moco largo y tendido. Lato me palmoteó la nuca y rogué a Dios que mi madre no se enterara. Cabredo inmutable. Me despedí y salí por la puerta de primaria, no quería ver a nadie, ni a Vergani, ni a Slee, ni a Mongrut. El comunicado y la letra de Garcés en mi bolsillo. Caminé hasta la avenida Pardo y tomé la línea diez, como sonámbulo me bajé en la avenida Salaverry y deambulé desde el hospital Rebagliatti. Rastrero y agusanado marché hasta mi casa por la avenida Canevaro. Y mi mamá me ofreció ají de gallina, no comí ni un bocado, ni la aceituna y subí al dormitorio.

Todo el día en silencio. Las ocho arreciaba y solía ver Crímenes sin Resolver por canal nueve.
Carlitos, voy a jugar canasta a la casa de la tía Monique.
Chau mamá.
El programa insípido, los ojos se me pegaron.
Suena mi alarma, programada entre sollozos para la medianoche, me acomodo la camisa y me rasco los ojos. Ojos rojos y casi nublados empiezan a despejar. Olía a pachuli y un gemido se escucha en el fondo. Camino sin zapatos y vislumbro a una mujer sentada junto a la mesa del comedor. En la mesa descansa una botella de pisco acholado y una copa a medio terminar. Mi madre lloraba desconsoladamente. En su mano derecha arrugada la carta de Omar y en la izquierda mi Mazinger Zeta, colgaba un brazo roto. El lamento inundó la habitación y solo atiné a quedarme parado y rascarme mi escroto sin disimulo.
El siguiente lunes, mi mamá y mi tío Paco me matriculaban en el José Olaya de Miraflores. La verdad, aunque muchos no me crean, es que siempre odié el himno marista.

jueves, 14 de noviembre de 2019

Premonición


Frank Oviedo Carmona


Sandra, una adolescente de doce años, no lograba conciliar el sueño por temor a unas pesadillas que han comenzado a presentarse desde hace unas semanas; hasta que sin darse cuenta, se quedó dormida, sin embargo, a media noche despertó asustada y llorando.
–¡Mamá, mamá!
Al escuchar los gritos, la madre subió corriendo las escaleras.
–¿Qué pasa, hija? Tranquila, es solo una pesadilla –dice Josefa.
La abrazó y arrulló unos minutos hasta que se durmió otra vez.
Sandra era una joven de mediana estatura, espigada, de cabello lacio y largo, generalmente se peinaba con un moño por sus clases de ballet.
Desde temprana edad había tenido pesadillas y muchas de ellas se habían hecho realidad, como cuando atropellaron a su perro; ella lo soñó y le contó a su mamá, pero ella no le creyó y le dijo que había sido una coincidencia.
Hasta que una noche, Sandra se fue a su habitación a dormir algo inquieta como si algo fuera a ocurrir, pero no se lo comentó a su madre; quizá para no inquietarla ya que siempre estaba pendiente de ella y de sus pesadillas.
 –¡Mamá, se va a caer la araña! Ahora sí he visto dónde –lo dice llorando.
–¡Hija, qué araña! ¿De qué hablas? No te entiendo nada.
–¡Mamá, vi que la araña del salón se caía!
–Sandra, querida hija, tranquilízate, ha sido una pesadilla.
La abrazó para que vuelva a dormir.
–No, mamá, vi que se caía la araña –lo dice con voz entrecortada. Luego de un período corto de tiempo, volvió a dormirse.
Al día siguiente, se levantó a ducharse, desayunar, ir al colegio y al regreso, tomar su clase de ballet.
–¡Sandra, date prisa por favor que llegó tu profesora! ¿Por qué demoras tanto en alistarte? –dice Mary, la nana.
–¡Ya bajo, Mary! Estoy terminado de ponerme los zapatos.
–No demores, que tu profesora te espera.
Ella bajó corriendo la escalera alta, amplia, de fierro negro y pasamanos marrones, con paredes de color amarillo y cuadros de la familia. Al bajar se encontró con Romina, su profesora de ballet, vestida de blanco y sentada en un sofá de color ocre, al lado derecho había una mesa esquinera y en ella el retrato de un familiar. Se saludaron y caminaron hacia la izquierda para dirigirse a un salón con una puerta grande y ovalada, que fue abierta por Mary para que entraran a practicar. Al ingresar se observa unas paredes cubiertas de espejos amplios y retratos de famosos bailarines de ballet. En el techo y en el centro, hay una araña grande de cristal que había pasado ya dos generaciones. Los sofás eran de terciopelo gris y otros marrones con cojines de color negro y amarillo, mesas esquineras con lámparas antiguas y paredes blancas.
Romina preparó la música para que Sandra comenzara a estirar los músculos. Una vez realizado el calentamiento, se puso al centro del salón a practicar los pasos ya indicados.
Durante el baile, la profesora comenzó a enseñarle cierta técnica para que no se mareara al dar los giros, pero al parecer Sandra no la oyó.
En ese momento entró Antonio, su padre, quien se recostó en el sofá para ver bailar a su hija.
Pero algo raro estaba ocurriendo, Sandra no acataba las indicaciones de Romina.
–Para ya de girar, Sandra –dijo con voz enérgica, Romina.
Volvió a repetirlo, pero no la escuchó.
Sandra continuaba dando vuelvas mirando la araña sin poder detenerse.
–¡Sandra, detente! ¡Sandra, he dicho que pares, ya!
Hasta que cayó desmallada; el padre y la profesora corrieron a levantarla del piso, le hicieron oler alcohol para reanimarla.
–Papá, vi como caía la araña –lo dijo llorando.
–No, mi amor, esa araña está fija –le respondió su padre.
–Tienes que creerme papá, yo vi esa araña que caía y no podía dejar de dar vueltas, ¿me crees, papá? –cogiéndolo del brazo, le dijo.
–Está bien, hija, te creo. ¿Qué te parece si hago que revisen la araña para ver si está algo floja?
–Gracias, papi –lo abrazó sonriente.
Su madre vino muy nerviosa preguntando qué había sucedido, cuando se lo explicaron decidió llamar a su médico de cabecera.
El doctor dijo que había sufrido un ataque de nervios, que quizás estaba muy tensa por múltiples ocupaciones, le mandó un sedante para que se relaje y duerma mejor.
Pero ello no sucedió así, Sandra continuó con pesadillas, sin embargo, ya no se levantaba llorando, solo le comentaba a su madre, de una forma tranquila.
Las pastillas la calmaban mientras hacían su efecto, cuando dejaba de tomarlas se alteraba un poco y no conciliaba el sueño con facilidad.
Ella ya no volvió a bailar en el salón, sino en otra habitación.
Al cumplir los quince años, no quiso fiesta, sino una cena.
Estuvo en tratamiento con el psicólogo, ello le ayudó mucho ya que podía hablar de lo que le sucedía con toda libertad. Con el paso del tiempo aprendió a manejarlo mejor ya que las pesadillas nunca cesaron.
Al cumplir los veintitrés años ya tenía enamorado; esperaban dos o tres años para casarse.
Trascurrido ese tiempo y ya pedida, su novio trató de convencerla de bailar en el salón.
–Por favor, Sandra, ya han pasado muchos años y no ha sucedido nada, la araña está fija como un árbol –le dijo.
–Luis, pensarás que soy una niña engreída y temerosa, pero yo he visto una y otra vez caer esa araña desde los doce años.
Él le pidió bailar juntos antes de la ceremonia principal. Sandra se negó muchas veces hasta que logró convencerla, diciéndole que la araña caía cuando ella bailaba sola, mas no con él.
Ella con nerviosismo terminó aceptando, haciéndole prometer que si veía caer la araña, jamás volvería a entrar a esa habitación.
–Por supuesto, mi amor, te doy mi palabra que si eso ocurre yo tampoco entraré y nos mudaremos a un departamento –tomándola de las manos y con una sonrisa se lo dijo.
 Y así lo hicieron, bailaron, dieron vueltas y vueltas alrededor de la araña y nunca cayó.
Sandra emocionada hasta las lágrimas lo abrazó y agradeció.
–No tienes nada que agradecerme, soy tu futuro esposo y haré todo lo que esté a mi alcance para hacerte feliz.
–Gracias Luis por creerme y estar a mi lado.
Pasaron quince años, tuvieron una hija que para ese entonces estaba alrededor de los doce años. Pero Sandra no era del todo feliz, siempre tenía pesadillas.
Un día leyó un anuncio en El Comercio de un parasicólogo que explicaba cómo a veces una persona podía ver el futuro, con muchos años de anterioridad.
A escondidas fue a verlo sin que se entere su esposo ya que en unos días su hija empezaría una nueva etapa de ballet y lo haría en el salón.
Cuando fue a la cita establecida con el parasicólogo, le explicó todo lo que le había pasado desde los doce años.
El doctor le dijo que podría haber profetizado el futuro de otra persona, quizás la hija de una tía, o algún pariente lejano.
–Le recomiendo que piense en sus parientes lejanos y los llame por si ha ocurrido algún accidente.
Y así lo hizo y todo estaba bien.
Una tarde fría y gris, Sandra se encontraba sentada en la terraza tomando una taza de té, no sabía por qué estaba nerviosa como si algo fuera a ocurrir.
–Señora Sandra, ¿por qué no entra a tomar el té? Hace mucho frío aquí –le dijo Mary.
–Sí, tienes razón ya corre mucho aire.
Inesperadamente, se levantó del asiento, soltó la taza, dio un grito y salió corriendo al salón donde su hija estaba haciendo sus prácticas de ballet.
Al parecer, relacionó la edad en la que ella se desmayó en el salón con la edad actual de su hija.
Abrió la puerta y vio a su hija dando vueltas debajo de la araña.  Inmediatamente comenzó a notar que la araña poco a poco se iba desprendiendo del techo.
–¡Hijaaa, corre que se va a caer la araña!
La niña miró hacia arriba y se quedó paralizada sin poder moverse.

Vivencias


María Marta Ruiz Díaz


Marcos y Daniel se conocieron cuando sus madres, vecinas desde hacía unos años, pero que no se frecuentaban, se encontraron un día en la calle descubriendo que habían parido ese mismo mes a un varoncito. Desde entonces, entre pañales, chupetes y peluches, nació una amistad que los hizo sentirse como hermanos.
Por cuestiones económicas de los padres de Daniel, no pudieron compartir la misma escuela, pero sí realizaban juntos las tareas, se ayudaban y disfrutaban de su tiempo libre reuniéndose con otros amigos y jugando al fútbol, el deporte favorito de ambos.
Daniel era mucho mejor jugador que su amigo, porque era menudito y muy ágil. Se escabullía por todos los rincones de la cancha, esquivando compañeros, hasta que llegaba al arco y se las rebuscaba para meter un gol o darle un buen susto al arquero. Por su tez trigueña y su pelo tan negro, le decían con cariño Negrito.
En cambio Marcos era altísimo como su padre, un juez muy respetado no solo por su distinguida presencia, sino por sus habilidades legales y su honestidad. Este otro joven era muy rubio y le gustaba usar el pelo hasta los hombros. Eso, acompañado de unos ojos azules deslumbrantes, dejaba sin respiro a más de una de las chicas que apenas conocerlo soñaban con llevarlo al altar.
Cuando estaban por cumplir los dieciséis, a Marcos le descubrieron la enfermedad que tanto dolor está causando en este siglo, por la cual debió someterse a varios tratamientos que le provocaron, entre otros problemas, la caída de su pelo. A sus amigos más cercanos les contó que este proceso no había sido de a poco, sino que un día de golpe vio que se estaba quedando pelado y para evitar mayor angustia fue a un peluquero y se hizo rapar.
Fue grande su sorpresa, cuando una tarde le tocaron el timbre de su casa y al abrir lo vio a Daniel totalmente pelado.
—¡Hola, Negrito! Pero… pero ¿qué hiciste?
—¿Qué tal, amigo? —le respondió Daniel, sacudiendo alegre su cabeza—. ¡Venga un abrazo con choque de peladas! Ja, ja, ja.
Desde ese día, cada vez que Marcos necesitaba volver a pelarse, iban juntos al peluquero y al salir se tomaban una cerveza brindando por sus cabezas rapadas. Los compañeros de Daniel lo embromaban en el colegio, en esas épocas solo se pelaban los que tenían piojos y eran considerados desprolijos, sucios. Él soportó las burlas callado y jamás le contó a ninguno la razón que lo había motivado.
Pasado un año, los exámenes de control de Marcos comenzaron a dar buenos resultados, a ambos les comenzó a crecer el pelo y ya estaban por terminar el trayecto escolar. Daniel quería ser abogado. Su amigo hermano, actor.
Pero nada es lo que parece, y quien creía gozar de mayor salud, un día sorprendió a todos abandonando la vida en un instante… Los médicos le diagnosticaron «aneurisma cerebral». Justamente estaba por ser padre, un bebé no buscado, pero que había decidido reconocer, ya que estaba muy enamorado de Ximena, su novia desde los dieciséis años.
Con él, Marcos perdió a su amigo, su hermano, su confidente. Su vida se convirtió en un agujero negro. Su madre, una mujer muy social, simpática y fuerte trató de ayudarlo, pero en su interior sabía que superar ese dolor le llevaría a su hijo unos cuantos años. Al terminar la escuela le regalaron una moto, le arreglaron su dormitorio, sus dos hermanas se desvivían por complacerlo, pero nada en él cobraba sentido alguno, menos lo material. Sus noches eran eternas recordando a Daniel en cada instante, su sombra deambulaba por toda la casa. Marcos golpeaba puertas, escritorios, paredes. Escuchaba música muy fuerte y cantaba letras incoherentes, con el fin de no pensar. Hasta que un día, ese hombre tan particular, bien parecido, estricto y dulce a la vez, su padre, golpeó a la puerta de su cuarto y entró.
Nadie supo de qué hablaron, solo que estuvieron juntos en ese dormitorio por dos días y dos noches. La madre, delicadamente, les tocaba la puerta y dejaba una bandeja para los dos, así durante las cuatro comidas de cada día. Ellos comían y volvían a sacar la bandeja, dejándola apoyada en el piso, sin una palabra, una misiva, nada…
Pasado ese tiempo, el padre salió del cuarto y como si nada hubiera pasado, se dio un baño, desayunó con su mujer y se fue a trabajar. Ese día tenía un juicio imperdible. Ella, no preguntó nada. Dentro del dormitorio de Marcos reinaba el silencio. Su madre siguió por varios días más dejándole la comida sobre una banqueta al lado de la puerta. Hasta que un martes lo sintió pasar por la puerta de la cocina rumbo a la calle. No le dijo nada. Se asomó a la ventana. Lo vio con el pelo larguísimo, desprolijo, sucio. Andaba en jeans con una remera toda arrugada color marrón, zapatillas negras y anteojos oscuros. Observó que iba llevando un montón de cosas en las manos y que las tiraba en el tacho de basura. Quedó sorprendida, pero decidió guardar silencio.
Varias idas y vueltas tuvo que hacer Marcos para deshacerse de todo lo que había separado. Cuando por fin terminó, saludó a su madre con un beso en la mejilla y se fue a bañar. Durante los siguientes dos años, intentó estudiar abogacía, su padre se había encargado de hacerle saber que ese era «su» deseo. Esa carrera también le recordaba a lo que siempre le decía Daniel: «Amigo, estate seguro de que yo seré un abogado intachable y te salvaré de todas las trastadas que te mandes, ja, ja, ja», pero para él solo significaba un cúmulo de leyes que nadie cumplía, que metía presos a los que debían estar libres y dejaba libres a los que debían estar presos.
Cuando Marcos logró desprenderse de todo lo que lo unía a su amigo de la vida: juguetes de la infancia, videojuegos, libros policiales, revistas porno, cuadernos y resúmenes de la escuela, regalos (su favorito era una caja de habanos que Daniel le había traído de Cuba de un intercambio estudiantil), sabía que primero debería cumplir con la promesa hecha a su padre de continuar con el legado jurídico y que después de obtener el diploma, se marcharía en busca de caminos actorales que era lo que él amaba con locura. El único que entendió sus pasiones artísticas y se las apoyó, fue Daniel.
Por eso, una tarde, al regresar de la facultad con un desaprobado a cuestas, llamó a su tío, un hombre adinerado y muy generoso, y le pidió que lo llevara en su próximo viaje.
Así fue como terminó su incipiente carrera, a costa de un buen sermón de su padre, que a lo último, supo que debía aflojar. Su hijo recién estaba empezando a salir del duelo de su amigo y un viaje le vendría bien para acomodar sus ideas y sus sentimientos. Pensó que sería un tiempo sabático, jamás imaginó que ese viaje se convertiría en el puntapié inicial de una nueva vida para Marcos.
Cuando el auto de su tío Leopoldo estuvo frente a la casa, al sobrino no le daban las piernas para despedirse y salir. Había recuperado en gran parte su alegría, sabía que su amigo así lo querría, y si a él le había tocado quedar entre los vivos, debía de ser porque tendría un gran futuro y se aferró al objetivo de vivir para lograrlo.
Durante el trayecto, Marcos se pasó actuando de comediante, logrando diferentes tonos vocales, expresiones, diálogos y chistes que divirtieron e hicieron más grato el viaje a su acompañante.
En medio de su estadía, recibió un llamado de su madre pidiéndole que regresara rápido a casa que su papá, Máximo, se había enfermado. Marcos no podía creer lo que estaba oyendo. Le vinieron a su mente un sinfín de recuerdos con su progenitor. Ese hombre tan duro, que nunca supo expresar los sentimientos hacia sus hijos. Más de una vez, al llegar a casa cansado, se acercaba a Marcos y lo rodeaba entre sus brazos, pero jamás un «te quiero» lograba salir de sus labios. Su hijo, en cambio, era muy sentimental y expresivo, le demostraba con besos, abrazos y hermosas palabras lo mucho que lo quería.
Cuando, recién llegado, entró al cuarto de su padre, vio un semblante distinto, ya no tenía enfrente a esa imagen de juez enérgico y reservado. Un rostro amarillento, sombreado de ojeras y resabios de dolor, lo recibió con una sonrisa. Estuvieron en silencio largas horas. El corazón de Máximo se sabía que no aguantaría mucho más. Salvarse de ese infarto y disponer de un tiempo para despedirse, fue un regalo que agradeció a la vida.
—¡Te amo, papá! Vas a ver que te vas a poner bien.
—Hijo, vos sos muy fuerte. Ayudá a tu madre, no le va a ser fácil, aunque la fortaleza la heredaste de ella. Yo, tan piedra por fuera, soy más débil que cualquiera de ustedes dos.
—No digas esas cosas. Date tiempo para recuperarte, vos sos un gladiador, no te olvides.
—Cuando los gladiadores pierden batallas, es porque saben que les llegó el final. Jamás se entregan, pero tampoco se resisten a la realidad. Ve a descansar, yo estaré bien.
—Te amo —volvió a decirle Marcos mientras se daba vuelta y caminaba hacia la puerta.
—Yo también —respondió su padre en voz baja.
—¿Cómo? —preguntó asombrado su hijo mientras se volvía hacia la cama.
—Lo que escuchas, hijo. Te amo. Yo también te amo.
Esas dos palabras acompañan aún hoy la vida de Marcos, recordando que al poco tiempo de pronunciarlas, su padre se marchó a encontrarse con su amigo Daniel.
Pasados algunos meses, mientras le preparaba el té a su madre, recibió un llamado de su tío Leopoldo.
—¡Hola, Marquitos! ¿Cómo estás? ¿Logras ir superando lo del papá?
—Sí, pero me parece mentira todavía…
—Mirá, quizás esto te ayude, vi un aviso en la agencia donde trabajo, están pidiendo jóvenes que quieran actuar, hay una audición, parece importante. Recordé nuestro viaje, cómo me maté de risa con vos y pienso que es tu oportunidad de hacerte conocer. ¡Tenés muchos dones, flaquito!
Así fue como comenzó la vida actoral de este jovencito que se terminó convirtiendo en un actor de reparto muy atractivo y popular. Sus casualidades o causalidades, como el lector desee considerarlas, continuaron cuando una tarde se cruzó a una joven actriz en el bar del estudio de televisión. La vio y su corazón comenzó a correr como caballo embravecido, su cara se cubrió de sudor y enrojeció cual fresa madura. Emilia era una mujer esbelta, alta, con paso firme y sensual. Su cabellera lacia color negro azabache y sus ojos verdosos, resaltaban frente a una piel blanquecina, casi etérea. No pasó mucho tiempo y ya estaban compartiendo los días juntos, en los momentos en los que su trabajo actoral se los permitía. Cuando aún no se habían dado ni un beso, Marcos le confesó su amor con desparpajo:
—Estoy enamorado. Quiero que vos seas la madre de mis hijos. Que construyamos una familia juntos. ¡Te amo! —le expresó dulcemente, mirándola a los ojos y tomando sus manos entre las suyas. Luego quedó en silencio, atemorizado, esperando su reacción.
—Tendremos esa familia —respondió ella esbozando una sonrisa cómplice.
Uno de los pasatiempos de Marcos era escalar. Encontró en ese deporte una manera de descargar sus penas y aumentar su autoestima. Se preparó durante un año y se sumó a un grupo de escaladores para trepar la cumbre más alta de América, el Aconcagua. Partió a Mendoza en febrero con su espíritu alpinista a flor de piel. Vanos fueron su preparación previa, su ánimo aventurero y su amor por las alturas, su cuerpo no lo soportó, sus pulmones se plegaron y el aire a gatas salía de ellos para poder respirar. Jamás se olvidará de Pedro, un amigo que renunció a la llegada a la cima por salvarlo. Tuvo que acompañarlo en todo el descenso, ya habían trepado más de la mitad de la montaña, sin saber si Marcos lo soportaría. Pero pudieron llegar al campamento y de ahí una ambulancia previamente avisada, los trasladó al hospital más cercano.
Llevaba dos días con cámara de oxígeno, en cama, en ese lugar alejado de todo contacto con la ciudad, sin internet, salvo por ratos que se conectaban gracias a energía solar, cuando de repente vio que se abría la puerta de su habitación y ahí estaba Emilia, ella, su adorada, como siempre, llegando adonde sabía que la necesitaban. Lo miró con una gran sonrisa, se abalanzó sobre él y se abrazaron por unos minutos eternos. Hubo tanta energía en ese encuentro, que en el cielo se produjo un eclipse de sol. De pronto la habitación quedó casi a oscuras, se miraron y rieron a carcajadas, no pudiendo creer esa coincidencia astral.
Pasados unos días, lo dieron de alta y como se sentía nuevamente bien, le propuso a su novia pasar unos días de vacaciones. Fueron a un hotel inmerso en la montaña, donde pudieron expresarse su amor sin limitaciones ni interrupciones. Una tarde, la llevó a la terraza del cuarto, desde donde el color verde amarillento del valle y el azul marino del agua, sumado a la imponente montaña bañada en nieve, estremecería hasta al más duro de los mortales.
Allí le propuso matrimonio y para sorpresa de ella, hasta le mostró los anillos que había comprado. Y ahí Emilia se enteró de que durante toda la escalada Marcos los había llevado atados a su cuello con una cadena. Su idea era llegar a la cima y proponerle matrimonio desde ahí, mostrándoselos a través de un video que le entregaría al volver. Pero por alguna razón, que solo Dios sabe, tuvo que cambiar sus planes, y ahora que estaba frente a ella y veía unas lágrimas deslizarse por esas mejillas tan puras y blancas, agradeció a la vida haberla tenido presente cuando realizó su proposición.
El tiempo pasó, Marcos y Emilia formaron la familia que se habían prometido desde siempre. Una tarde, tocaron el timbre de la casa donde vivían con sus tres pequeños hijos. Él atendió y se encontró con una niña de unos catorce años, cuya mirada le hizo sentir un estremecimiento fuerte en el pecho, sin poder entender qué le pasaba. La pequeña lo miró con timidez, metió su mano en un bolsillo, sacó un sobre y se lo entregó diciendo: «Encontré esto hace unos días, de casualidad, en un cajón de la cómoda de mamá, ella jamás me había hablado de usted…».
Marcos lo abrió y sacó una carta, escrita a mano, y cuando identificó la letra cayó para atrás, tanto que golpeó contra la puerta, que se abrió, y justo llegó Emilia para sostener su caída entre sus brazos.
«Querido amigo de la vida, hermano. Hoy me enteré de que voy a ser papá, una alegría indescriptible se apoderó de mí. De golpe siento que ser padre me suma de responsabilidades y me asusto. Por eso, no me preguntes el porqué, decidí escribirte ya esta carta. Quiero pedirte, desde lo más profundo de mi ser, que si algo llegara a pasarme alguna vez, seas vos que asumas la tutoría de ese niño o niña que está por nacer. De esta manera, continúo tranquilo por la vida. Sé que vos no me vas a defraudar. Deseo que nunca llegue el momento de que tengas que leer esto que estoy escribiendo, pero en la vida no se sabe… Así que, Marcos, te la/lo entrego con mi alma y con mi corazón. Cuidalo/a. Espero que mi Ximena lo entienda y te transmita mi voluntad, por lo menos hasta que ella pueda rehacer su vida con otro hombre y formar una familia nuevamente. Te abrazo fuerte, Daniel».
Emilia y su marido terminaron de leer entre lágrimas y desde entonces supieron que esa pequeña niña sería su protegida para siempre. Mientras la abrazaban tiernamente, apareció Ximena que observaba escondida detrás de un arbusto. Al morir Daniel, ella había decidido criar a su hija sola, por eso escondió esa carta. Ninguna vez pudo volver a enamorarse. Se sumó al abrazo de ellos tres. Marcos, conmovido, sintió que su amigo desde el cielo le estaba devolviendo parte de su ser. Respiró profundamente y gritó tan fuerte como pudo: «¡Gracias, Negrito!».

lunes, 11 de noviembre de 2019

El devastador 7.8 del 16 de abril del 2016

Marielena Delgado


Mi niñez y juventud transcurrieron en el bello puerto de Manta, ciudad pequeña y pujante, donde el sol cuando se oculta pinta las nubes de dorados, rosados y ocres que parecen esconderse en la infinidad del mar plateado; sus habitantes tienen la típica locuacidad y alegría costeña, sus costumbres pintorescas y un orgullo heredado de la estirpe de los manteños pescadores curtidos de alta mar. Mis primeras amigas, mis compañeras, mis ilusiones, alegrías y tristezas, todas se desenvolvieron en mi querida ciudad. Después de muchos altibajos en mi vida familiar me decidí vivir en otro lugar más impersonal, en la populosa Guayaquil. Se dice que las penurias nunca vienen solas, así que pasé momentos traumáticos como: un divorcio, una quiebra económica y, lo peor, tomar la dura decisión de encerrar a un hijo en una clínica de rehabilitación por adicciones. Al parecer mi vida estaba de cabeza. Acudí a un psiquiatra que me martirizaba y administraba drogas fuertes, a un grupo de ayuda, a la Iglesia, en fin, solo tenía en claro que debía hacer algo porque me estaba hundiendo en un abismo de oscuridad y depresión. Cuando se vive en una gran ciudad pasamos inadvertidos como uno más de los millones de habitantes, la prisa, la competencia, el ruido, la automatización de los movimientos nos envuelven y nos convierten en una máquina que va y viene en ese mundo de hormigón y asfalto. Así pasaron seis meses lamiendo las penas y dándome ánimo para salir de esa oscuridad hasta que recibí, una llamada que me sacó de mi aburrida rutina; nos reuniríamos las excompañeras del colegio y la fecha se había fijado para el dieciséis de abril próximo. Esta noticia me alegró mucho, tendría la oportunidad de encontrarme con amigas que no veía desde hace mucho tiempo... ¡Qué emoción! Me habían dicho en el grupo de apoyo que muchas veces nos dedicamos tanto a los hijos y al hogar que nos olvidamos de nosotras mismas, y creo que tienen razón. ¡Basta de ser siempre la protectora!, ahora ¡a pensar más en mí! y tomé la decisión de viajar y olvidar un poco tantas penurias. Un mes atrás ya me habían implantado un marcapasos.
—Pero, doctor, esa arritmia cardiaca se la puede tratar con medicación. No quisiera llevar un objeto extraño en mi cuerpo...
—No, señora, es muy arriesgado. Mire usted, en el Holter salió una pausa de casi cuatro segundos a las cuatro y media de la madrugada. De ahí, a un paro cardiaco, solo hay un pasito.
Me dieron el ingreso y mientras me preparaban para la operación reflexionaba con cierta nostalgia. «Tengo cincuenta y seis años, he trabajado mucho y no tengo nada. Mi esposo ya no está, mi hijo mayor siempre ausente y controversial». Sus constantes recaídas con la adicción al alcohol y drogas me sumían en un permanente estado de ansiedad y zozobra. «Bueno, por lo menos mi otro hijo siempre pendiente de mí, ¡bendito niño mío! El hecho es que mi corazón ya no funciona bien y tendré que someterme a esta intervención si es que deseo vivir un poco más». Salí de la clínica Guayaquil al día siguiente con el aparatito puesto, que me ayudaría a regularizar los impulsos eléctricos del corazón, me dieron una lista con las contraindicaciones que debía observar y una tarjeta con mis datos personales, donde se especificaba la marca y la duración del marcapasos, tarjeta que debo llevarla a todas partes que vaya, en especial a los aeropuertos, ya que equivalía a una especie de salvoconducto para evitar pasar por los escáneres, o controles magnéticos que podrían desconfigurar el dispositivo recién instalado. Me sentía extraña, como la mujer biónica.
16 de abril del 2016
Llegó el gran día del encuentro de amigas. Viajé muy emocionada en esa misma fecha, algunas de ellas retornaban desde otras ciudades, incluso desde otros países y no nos habíamos visto desde que salimos del colegio, y eso era ya mucho tiempo, exactamente hace treinta y ocho años. La cita se fijó a las seis en punto en el Hotel Premier, que es propiedad de una de las compañeras, Flor María. Eran las seis y diez, cuando ya habíamos llegado la mayoría, la ansiedad de vernos nos hizo ser puntuales, se instalaba un ambiente de verdadera camaradería. Risas y algarabía reinaban por el vestíbulo del hotel. Parecía que las muchachas de antaño estábamos juntas otra vez, y que el tiempo no había pasado. Nos interrumpíamos a cada momento atropelladamente, queríamos saberlo todo y ponernos al día en pocos minutos que llevábamos juntas. Ahí estábamos las extrovertidas, las más serias, las tímidas, las bromistas... La anfitriona nos ubicó alrededor de una gran mesa dándonos la bienvenida y presentándonos a un cantante que empezó a entonar las canciones de nuestra época.
18:58
¡Nos encontrábamos en ese momento de gran felicidad y emoción cuando sentimos un fuerte movimiento que nos sacudió, nos miramos sorprendidas y alguien gritó aterrada: «¡Temblor! ¡Por Dios y muy fuerte!» Los rostros, antes alegres se transformaron en un rictus de pánico, y los movimientos cada vez eran más intensos, se empezaron a escuchar gritos desesperados, quedó todo a oscuras, y el movimiento era tal que nos impedía estar de pie, las alarmas de los autos estacionados empezaron a sonar en forma estridente, estallido de vidrios, bocinas, llantos, rezos y todo al mismo tiempo. Por los ventanales observamos atónitas cómo se desplomó una casa de tres pisos al frente de nosotras, como si fuera un castillo de naipes, y los escombros llegaron hasta la entrada de nuestro hotel, parecía un bombardeo, pues a través de unos rayos de luz, que no sabía bien en ese momento de dónde provenían, se veía una densa niebla. Yo agarrada de una gran columna, no atinaba a saber qué estaba pasando, ¡eso... parecía el fin del mundo! Los movimientos eran oscilatorios, trepidatorios y daba la impresión de que una gran licuadora nos absorbería en cualquier momento.
19:00
Esas fuertes sacudidas aminoraron un poco y pudimos salir asustadas del lugar, parecía que nunca iban a parar, unas gritaban aterradas, otras lloraban, estábamos a dos cuadras de la playa y al ver la calle llena de escombros, los postes del alumbrado eléctrico doblados sobre los vehículos mi intuición de sobrevivencia me sugería ir por la playa que era más seguro, intenté convencerlas y alguien gritó aterrada: «¡Noo por la playa no! ¡El tsunami!». Escuché otras voces asentir por «¡la playa no!, ¡es peligroso!» Cuando el miedo se apodera, no hay razón que valga. Ni modo, me tocaba seguirlas, además me sentí responsable de mi amiga Mercedes, que, por su estado de diabetes avanzada, casi no ve y en ese momento de oscuridad y pánico, ella se aferraba a mi brazo, llorando repetía que quería estar con su hijo. Agarramos a nuestra amiga cieguita y enfilamos unas seis amigas, otras se dispersaron en grupos como pudieron. A nuestro paso se escuchaban gritos de auxilio, llantos, todo era un caos. Hubo un momento en que acabábamos de salir de un portal de una casa, cuando parte de ella se vino abajo y nos alcanzó a salpicar por los pies. Sin decirnos nada, aterradas salimos a media calle y caminábamos con tanta prisa que casi corríamos, jadeando les rogué: «¡No tan rápido, por favor! Mercedes no puede, ¡ni yo tampoco!» No recuerdo en qué momento se me rompieron los zapatos, pero cuando me di cuenta fue que los cargaba en la mano y descalza trataba de no pisar los añicos de vidrios y escombros de las casas caídas. Habíamos recorrido unas quince cuadras cuando ya no podía más y les dije «¡No doy ya, paremos un momento por favor!» Como pude y ahogándome les expliqué que estaba recién estrenando un marcapasos, Mirian, otra amiga, dijo que ella también estaba preocupada, ya que por su diabetes debe tomar unas medicinas e ingerir alimentos, casi lloraba, todas coincidían del deseo de ver a sus seres queridos, en un momento como ese, si hay que morir, es mejor morir con los suyos. Yo pensaba; «Todas se desesperan por llegar a casa, y ¡yo... no tengo casa, ni hijos, ni nada acá!» Dios, pero mi gran amiga Sonia, donde solía llegar, me llamó preocupada y me aseguró que espere ahí que ella estaba viniendo a verme junto con sus hijos. ¡Bendita amiga querida! Aún no se cortaban las comunicaciones, pero la batería del celular ya estaba en rojo. Luego timbró otra vez el móvil y era ahora mi hijo mayor desde Guayaquil asustado me preguntaba cómo estaba. Agitada le contesté que bien, pero como mi voz seguramente no era muy convincente, me volvió a llamar por dos ocasiones más, indicándome que mi otro hijo, que estaba fuera del país, estaba tratando de comunicarse conmigo en vano. Le dije: «No te preocupes, hijo, y avísale a tu hermano de que estoy bien, y por favor no me llames porque casi no tengo batería y están por venir a verme». Hasta ese momento no sabía la magnitud del monstruoso evento telúrico. Sonia con sus hijos y unos amigos tardaban en llegar, en el trayecto había calles bloqueadas por edificios caídos, tuvieron que hacer muchas vueltas y la gente corría en dirección opuesta a la nuestra, todos buscaban las partes altas fuera de la ciudad. Por fin llega ella apenas con un puesto para mí, mis amigas querían llegar a sus casas y en esas trágicas horas, no se conseguía taxis, ni nada por el estilo. La gente solo pensaba en salvaguardar sus vidas. Se vivía momentos de desesperación. Con mucha pena dejo a mis amigas y subo al vehículo para salir de la ciudad a un lugar descampado a pasar la noche. Pasamos tres días sin suministro eléctrico, sin comunicación telefónica. El mundo ya conocía la trágica noticia:
«Terremoto de 7.8 (escala Richter) el 16 de abril a las 6:58 sacude las costas noroccidentales del Ecuador registrándose hasta el momento 587 personas fallecidas, 155 desaparecidas, 7015 heridas. Hay más de 1125 edificaciones destruidas y más de 829 están afectadas, incluyendo 281 escuelas». BBC y El Mundo.
«El 16 de abril del 2016, a las 18:58, hubo un terremoto de 7,8 de magnitud y 20 kms. de profundidad, que tuvo como epicentro Muisne, ubicado entre Cojimíes y Pedernales». El Universo, Ecuador.
«El 16 de abril del 2016, a las 18:58, hubo un terremoto de 7,8 de magnitud y 20 kms. de profundidad, que tuvo como epicentro Muisne, ubicado entre Cojimíes y Pedernales». El País, Colombia.
Muchas quedamos en un estado de conmoción al saber que estuvimos en la parroquia de Tarqui, corazón comercial de la ciudad, que con la tragedia la denominaron zona cero, donde más del noventa por ciento de la zona hotelera quedó destruida y donde hubo la mayor parte de muertos... Este terremoto fue considerado uno de los más mortíferos de los últimos veinte años en Latinoamérica... ¡fue un milagro haber salido ilesas!
La ciudad estaba de luto, Tarqui, su corazón comercial y turístico, estaba en ruinas. Tarqui pintoresco, Tarqui bullanguero, Tarqui único... era solo un triste montón de escombros retorcidos con olor a muerte. No había esquina en que alguien no llorara. Las réplicas minaban la cordura. Al tercer día salí como pude de la ciudad con el corazón encogido de ver tanta destrucción. Pasaron los días y los meses, pero el pueblo enjugó sus lágrimas y empezó a reconstruir sus calles, sus casas y su vida. Con ese orgullo heredado de nuestros ancestros se oían voces de todos lados: «Somos manabas, amantes de la sal prieta, ¡el plátano y el pescado!, ¡somos altivos y lucharemos por salir adelante!». Las autoridades locales sacaron un eslogan que rezaba: «Manta, se levanta».
¡La depresión anterior de mi vida personal no era nada! en comparación a tantas vidas segadas. El saber que estuve ahí con mis amigas y que sobrevivimos a ese terremoto, me hizo estar más consciente de que la vida pende de un hilo que en cualquier momento se rompe y que aún nuestra hora no había llegado.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

El pedo que rompió el silencio


Yadira Sandoval Rodríguez

Sus manos se posaron sobre los hombros de Yazmín, ella sintió el peso de sus palabras, sabía que tenía que callar, pero su mensaje reveló su postura: «No voy a cooperar con ustedes en esto, no se me hace justo, no es correcto». Todos se quedan serios, unos miran a Yazmín indignados por lo que estaba diciendo, otros extrañados, algunos querían reírse, ya que la hipocresía se había evidenciado, la sinceridad de su compañera no la esperaban. El jefe estaba sentado en una silla con las piernas cruzadas mirándola. Atrás de ella está un amigo, quien amablemente le dice en voz baja: «Tranquila». En eso, a los lejos, se escucha un tremendo pedo, después la carcajada de una colega, quien dice: «Está tronando el cielo, va a llover», en coro, empiezan a reírse todos, aumenta el volumen en la oficina, al grado de imaginar, Yazmín, que estaba escuchando alaridos de perros deseando su hueso. La mirada de ella hacia ellos es en cámara lenta, es como si estuviera filmando una película al estilo de Andrei Tarkovski. Después se distraen con sus celulares, checan el Facebook, Twitter, o el Instagram, este hecho se prolonga por unos minutos. Yazmín sale de su ensimismamiento al escuchar el sonido de un teléfono. El jefe da por terminada la reunión. En la junta están veinte personas, las mujeres con trajes de sastre: pantalón, camisola y saco; otras con vestidos; todas con tacón alto; los hombres con corbata, pantalón, camisola y zapatos de vestir; algunos son abogados, mientras otros contadores. Laboran para la iniciativa privada y para el gobierno, apoyando en las auditorias. Yazmín tiene tres años colaborando con ellos, es abogada, anteriormente había trabajado para organizaciones no gubernamentales en apoyo a la protección de los animales.
En la ciudad en donde vive, ayudó a crear una organización para albergar perros callejeros, la cual se sostiene a través de donaciones con el fin de pagar: servicios de veterinaria, comida, aseo del lugar, pago de renta del albergue, etc.; para después buscarles hogar entre la ciudadanía, quienes por lo regular eran niños que iban con sus papás buscando su primera mascota. A Yazmín le gustaba documentar con fotografías el proceso de adopción por parte de los infantes; observaba con atención el momento en que el niño recibía en sus bracitos a su primer perrito y lo captaba en una imagen, en seguida hacía un reporte por escrito para enviarlo a los periódicos de la localidad. Esta acción la conmocionaba mucho, con esto, podía hacer consciencia entre la comunidad de la importancia de valorar y respetar a los animales.
Ella sabía que grupos de delincuentes estaban utilizando a los perros callejeros para realizar ciertos rituales en honor a la Santa Muerte. Investigación que elaboró como tesis en la licenciatura en leyes. Este trabajo impactó a sus maestros, familiares y amigos, debido a la documentación fotográfica que hizo de animales: en charcos de sangre, abiertos del pecho, con los intestinos de afuera y el corazón de ellos punzado con púas de metal. Esto último debido a una mala interpretación que hicieron de la escritora, Emily Dickinson: «La fuerza no es sino dolor amarrado con disciplina». Frase utilizada para la iniciación de jóvenes después de ser reclutados por los grupos delictivos. Para ella son grandes campos de concentración de varones que van desde las edades de ocho años hasta los veinticuatro. Lo más lamentable para ella son los menores de edad. Una crueldad del sistema. Realidad que se explicaba por las condiciones en las que viven ciertas comunidades alejadas de las ciudades: pobreza, drogadicción, delincuencia, violencia y racismo.
Por su trabajo de investigación quedó sensible, por tal razón, no desea apoyar a un diputado candidato a la presidencia municipal de su ciudad, que se sospecha que tiene anexos con el narcotráfico, todos hablan de ello, pero nadie asegura nada. La agencia para quien trabaja desean apoyarlo con el fin de adquirir clientes con poder económico y político. Bien sabe, Yazmín, que no tiene opción, pero al decirlo, comparte el sentimiento de culpa percibida en sus compañeros a través del miedo del no hablar por temor a ser despedidos.
Pero, ese pedo lo sintió amenazador, como una falta de respeto. Para Yazmín es perturbador la poca seriedad que hay en la oficina, se dice a si misma: «Unos a otros se dañan indirectamente como una opción de desenfado, es como si la seriedad les incomodara, no es correcto eso, son infantiles». Lo más evidente para ella fue lo que sucedió hoy: una burla a su postura. En ese momento se le vino a la mente el libro, La serpiente emplumada, de D.H Lawrence, donde el personaje principal es una irlandesa de nombre Kate, quien tuvo una estancia en México, Yazmín se siente comprendida, recordando algunos párrafos del libro: Estas insinuaciones punzantes no tienen razón de ser. No las he provocado y tengo un cuidado extremo en no herirles. En cambio, ellos no cesan de dirigirme pullas y tienen una gran satisfacción cuando consiguen herirme. Después, ella dice: «Lo que describió en 1926, Lawrence, sobre la malicia en el mexicano, es un hecho, el compañerismo no existe».
Yazmín está desilusionada. El compañero que estaba atrás de ella, de nombre Marcos, le pregunta: «¿Estás bien?». Ella contesta que sí, le dice que solo desea salir de ahí. Le da las gracias por el apoyo en la reunión, y se despide. Se dirige a la oficina de su jefe, toca a la puerta, este le dice que pase, le ofrece asiento:
—Solo vengo a pedirte permiso para salir un rato —dice Yazmín.
—Qué te parece si te tomas el día, te relajas y piensas mejor las cosas, Yazmín. Este es un bufete de abogados, estamos trabajando para gente con mucho poder. La política es así, o de lo contrario puedes regresar a tu albergue para perros y continuar con tu labor social. Aquí se te está dando una oportunidad para proyectar tus ideas a nivel nacional, pero te tienes que ensuciar. ¿Comprendes lo que te digo?  
Yazmín no contesta, solo le pide salir. Él le da el día. Ella se despide.
Yazmín sube a su carro, se dirige al albergue para perros, la reciben sus tres excompañeros. Pregunta cómo han estado, ellos contestan que bien, se dirige a donde están los animales, observan que son diez, los jóvenes le dicen que han venido muchas personas por mascotas. Esa información le dio mucho gusto. Sus compañeros la ven decaída y le dicen: «Regresa con nosotros». Ella los abraza y se retira a su casa.
Al día siguiente, al llegar a su oficina, recibe en sus manos la carta de despido. Le piden firmar, la noticia no la sorprende, firma la hoja, agarra sus cosas y sin decir adiós se retira de ahí. Se dirige al albergue y decide quedarse.
Pasaron las semanas, Yazmín revisa los periódicos y lee: «Gerardo Muñoz, candidato a la presidencia municipal, está en la cárcel». Dobla el periódico, agarra su cámara, se dirige hacia el recibidor, recordando aquel episodio: el pedo que rompió el silencio.  

viernes, 1 de noviembre de 2019

El Nahual


Antonio Sardina Cecine

Terminó de limpiar los cuartos en el hotel Punta Placer donde trabajaba, guardó los cubos y trapeadores en el cuarto de aseo, pasó a cobrar con la señora Claire —la dueña— y como siempre, se quedó un momento platicando con ella en la pequeña cafetería donde se servían los desayunos y los huéspedes pasaban el rato cuando se hartaban del sol.
El hotel estaba en el pueblo de San Agustinillo, en la Riviera de Huatulco, Estado de Oaxaca, muy cerca de las otras ocho bahías que la conformaban, entre ellas Mazunte y Zipolite, las más conocidas.
Era un lugar paradisiaco y muy buscado sobre todo por turistas europeos, ya que no tenía hoteles de gran tamaño sino solo pequeños hoteles boutique, que estaban directamente en la playa.
Claire y su esposo David habían llegado de Francia recién casados en calidad de turistas hacía ya diez años y se hospedaron en Punta Placer, en ese tiempo conocieron al dueño del hotel, un rico comerciante de Pochutla, que les ofreció encargarse del lugar. Lo hicieron tan bien que lo habían podido comprar y se quedaron a vivir en San Agustinillo.
Claire lo administraba, mientras David daba clases de surf, además, se encargaba de hacer remodelaciones y diseñar casas para sus compatriotas y clientes de otros países que decidían quedarse a vivir o solo querían tener una casa alternativa en ese mágico lugar. A estos viajeros les convenía contar con la experiencia de David, ya que se había convertido en un experto en aprovechar las corrientes de aire y orientar las habitaciones al mejor punto, para disfrutar de amaneceres y puestas de sol del lugar.
Habían tenido dos hijos, Paula, una niña preciosa que actualmente tenía ocho años y David de cinco, a quien todos conocían como Viernes, apodo que le habían puesto los lancheros, con base en la novela de Robinson Crusoe,  porque era un niño con una pinta salvaje y facha de náufrago, con esa melena rubia que le llegaba hasta los hombros y que cuando no estaba en traje de baño, era porque estaba desnudo; solo hablaba a base de rugidos y exclamaciones, tal vez porque vivía confundido entre el español de los lugareños y el francés que hablaban en su casa. 
Claire había fundado junto con otros extranjeros avecindados en el pueblo, una escuela con educación Montessori, donde se impartían clases en inglés, español y francés y asistían no solo sus hijos, sino también, gratuitamente, los niños del pueblo cuyos padres se animaban a mandarlos, pese a que esa educación no era compatible con las otras escuelas del pueblo ni con sus costumbres.
Esa mañana Claire le contaba a Ramón, que verdaderamente estaba atribulada, porque su hijo David (Viernes), era el niño más travieso de la escuela, no solo se negaba a hablar en cualquiera de los tres idiomas, sino que además, por su carácter salvaje e incontrolable, no podía estar sentado y molestaba todo el tiempo a los otros niños; sus únicos amigos eran los lancheros, que lo llevaban a sus expediciones de pesca desde las seis de la mañana, y según le comentaban, era el niño más feliz ayudándolos con sus redes y bártulos y viendo a las ballenas que llenaban esa bahía gran parte del año  y nadando con los delfines que las acompañaban.
Su padre, David, era el primer promotor de ese comportamiento, ya que desde que nació quiso que fuera un niño apegado a la naturaleza y no respetaba las reglas de la educación tradicional, eso no pasó con Paula, ya que Claire se hizo cargo de su educación, pero a cambio dejó que David disfrutara a su hijo como quisiera, eso había causado un comportamiento preocupante en el niño, que se iba haciendo más salvaje al pasar el tiempo, y aunque ella estaba segura de que en algún momento iba a adoptar las costumbres normales de los otros niños, eso hasta la fecha no sucedía y se había agravado de tal forma, que ayer mordió a una compañera de la escuela y arrancándole un pedazo de oreja, y para escándalo de todos los presentes, se lo tragó sin ningún miramiento ni asco.
Ramón le dijo a Claire que eso estaba muy mal, y que era una lástima que no se lo hubiera contado antes ya que le hubiera dicho el remedio que usaba la gente del pueblo para que los niños tuvieran un buen comportamiento:
—Aquí en San Agustinillo los papás les dicen a sus hijos que deben portarse bien, pues a los niños que se portan mal se los lleva el nahual, que es un brujo con poderes sobrehumanos, que se convierte en animal en las noches de luna, eso se sabe desde antes de que los españoles llegaran aquí, vaya, desde siempre.
—Gracias, Ramón —le dijo Claire con una sonrisa, no sé si me vaya a entender o eso lo asuste, pero se lo voy a decir, ojalá funcione.
Ramón se fue a su casa en la montaña muy dentro de la selva, un jacal de buen tamaño donde vivía solo, pero tenía todo lo necesario; la casa estaba llena de figuras de barro, piedra y materiales que se veían muy viejos, representando figuras prehispánicas.
Había llegado a San Agustinillo después de realizar el «robo del siglo» en la ciudad de México, como se conocía a la tremenda aventura del asalto al museo de antropología, una verdadera tragedia para la nación y que se había resuelto, después de darse cuenta de que no lo habían realizado ladrones internacionales expertos, sino que habían sido un par de estudiantes aficionados a la arqueología y que habían entrado al museo por los ductos de ventilación el día de Navidad, encontrando a todos los guardias borrachos y dormidos y aprovechando para llevarse las principales piezas, invaluables, del acervo nacional.
Solo metieron a la cárcel a su socio Parches, ya que a Ramón, gracias a un trato que hizo con el presidente de la república, devolviendo todo lo que se había llevado y por ser amigo de su hija, lo dejaron marchar con la condición de desaparecer del país, dando la noticia en los periódicos de que lo habían matado en una balacera al capturarlo.
Pero él decidió no salir del país, tomando el puesto de ayudante en Punta Placer, y aprovechándose para seguir aprendiendo con los chamanes de la región, las distintas formas de utilizar las pocas piezas que había conservado, como la máscara de jade y el cuchillo de oxidiana, de los cuales no pudo desprenderse por una necesidad que no sabía de dónde venía, pero la sentía en la sangre.

Comió e hizo las labores que requería la casa, y llegando la noche prendió una fogata en la puerta del jacal, sacó la máscara de jade de un baúl que guardaba bajo la cama y se sentó junto al fuego. Cuando la luna llena estuvo justo sobre él se la puso, percibiendo el olor a moho potente y ancestral, y cantó con una voz profunda en un lenguaje fonético… primigenio.
Empezó a llenarse de pelo, sus extremidades mutaban en patas y las manos en garras. Al final, empujó la máscara y descubrió la cara de jaguar mezclado con lobo —la cara de Nahual—, y se dispuso a realizar su tarea aunque no le gustara: tendría que ir por Viernes.