miércoles, 16 de mayo de 2018

Jugarretas


Eliana Argote Saavedra


Se mira al espejo, la imagen que tiene enfrente va deshaciéndose hasta convertirse en una nebulosa y aparece ella en su pensamiento, Melba, jugando con el cabello mientras pasa por su oficina, irguiendo su figura, contoneando las caderas provocativamente.

Una sonrisa se dibuja en el rostro que vuelve a aparecer con nitidez en el espejo. Hacía tiempo que no se sentía de esa forma; ha cambiado, las líneas cuadradas de su rostro se han ensanchado, debe de haber subido un par de tallas, el abdomen aparece abultado bajo la camisa abriendo espacios entre los botones. Sí, el tiempo ha pasado, por más que intente ocultarlo, no volverá a ser el mismo.

«Ya está el desayuno —interrumpe la voz de su esposa. Alberto la ve entrar y todo desaparece de su cabeza—. Estás poniéndote muy guapo —comenta Lisa arrugando la nariz y acercándose para acomodarle el nudo de la corbata—, no estarás poniéndote lindo para alguien más, ¿o sí?», agrega frunciendo la boca. Lo coge de la cintura y le da un beso.

Él responde al beso y la abraza con ternura, Lisa lo ha acompañado más de veinte años. Ella también ha cambiado, pero aún permanece la expresión traviesa en sus ojos detrás de los gruesos lentes, el moño y las ropas holgadas; esa mujer es el calor tibio de cada noche, el cuerpo que se adapta en una íntima danza al suyo para quedar completamente a su merced, su amiga y confidente. Ya no hay deseo, es cierto, el sexo se ha convertido en un compartir silencios, en afianzar los «te quiero» que no salen ya de su boca, lo que siente por Lisa va más allá de todo eso, es suya, siempre lo fue y lo seguirá siendo. Las caricias y los abrazos que su esposa le proporciona tienen más bien un tinte maternal, se preocupa por él, lo engríe, lo espera. Hay momentos en que nota cierta tristeza en su mirada, mas no hay tiempo para esas cosas, suele ser algo melodramática, «como toda mujer». En las mañanas mientras comparten el desayuno vuelven a ser los amigos de siempre, los confidentes a prueba de todo. A veces quisiera contarle de esas cosquillas que ha comenzado a sentir cuando ha sorprendido a Melba mirándolo; «No estoy tan mal, las chicas todavía me miran», quisiera decirle, pero de un porrazo borra ese deseo. Lisa es su mujer, esas confidencias la lastimarían porque creería que se interesa por otra mujer y eso no es así, para él la única mujer será siempre ella.

Y mientras Alberto razona, Lisa intenta serenarse. Ha notado el cambio en su esposo. Se observa más frente al espejo, ha dejado de comprarse ropa por tallas y ha vuelto a usar los servicios de un sastre que le hace los trajes a medida. Tela suave con caída perfecta, piernas rectas bastante más estrechas de lo que solía usar, lociones para después de afeitar, y un estilo completamente nuevo de calzado. Continúa siendo un hombre sobrio pero unos cambios aquí y otros allá, sutiles matices de color que complementan el nuevo estilo y cierta seguridad en su actitud, han hecho de él una persona distinta. «¿Qué está pasando en su cabeza?», se pregunta. 

Seis meses más tarde…

Alberto se contempla en el espejo, de pronto la imagen que tiene enfrente va deshaciéndose hasta convertirse en una nebulosa y aparece Melba interrumpiendo sus pensamientos, su cuerpo desnudo y perfecto, la piel sedosa que se extiende sobre la sábana, el cabello largo, enmarañado sobre la cara, y esa expresión de gozo.

Una sonrisa se dibuja en la imagen que vuelve a aparecer con nitidez en el espejo. Se ve más feliz sin duda, las líneas de su rostro se han perfilado con la pérdida de peso que ha conseguido tras la rutina diaria en el gimnasio, debe de haber bajado una medida, el abdomen se ve bastante bien bajo la camisa entallada. Sí, el tiempo ha pasado, pero sabe que se ve mejor que nunca, se lo ha escuchado decir a Melba. Ya no se estremece cuando sus miradas se cruzan, ahora, cada vez que la ve pasar, rememora pleno de deseo cada espacio de su cuerpo. Ella se escabulle dentro de su oficina luego de mirar hacia ambos lados, bordea su escritorio con la mirada fija, retándolo. Se aproxima hasta que casi no hay espacio entre ellos y lo rodea con sus brazos mientras Alberto cree estallar al percibir el aroma intenso que escapa desde la profundidad de su escote, y acaricia el talle hasta estacionar las manos en sus caderas como si fuera un trofeo.

Melba se aparta y le da la espalda, no sin antes voltear y jugar con el dedo índice sobre el labio inferior.

—Ya está el desayuno —interrumpe la voz de su esposa volviéndolo a la realidad.

La observa y un sentimiento de culpa lo invade.

—Gracias, amor —le dice mientras se acerca para darle un beso en la frente—. ¿Qué planes tienes para hoy?, ¿vas a casa de tu madre?

—Sí, al salir del trabajo —comenta Lisa mientras lo observa disimuladamente, el cambio en él es tan evidente que cualquiera lo notaría, pero ya no le importa. Termina de alistarse y le da un beso apurado—. Nos vemos en la noche.

Al llegar al restaurante de siempre, un espacio ideal para saborear un café, con sofás confortables y música suave, luego de recibir su pedido, se acomoda en un sillón y coloca sobre la pequeña mesa el celular, un libro y su café. El asiento frente a ella está vacío, pero nadie lo ocupará porque en ese horario viene poca gente, lo sabe porque desde hace buen tiempo acude sin falta cada viernes. Un tiempo relajante con un buen libro, antes de comenzar la jornada.

Pasados aproximadamente diez minutos, ingresa un hombre de unos cincuenta años, enfundado en un abrigo grueso, anteojos de marco dorado y una barba bien cuidada. La busca con la mirada y le sonríe. Avanza con el vaso de café en la mano sin dejar de observarla mientras Lisa se pregunta si esta vez se atreverá a compartir su mesa, pero el hombre se detiene junto a una mesa contigua, acomoda una silla para quedar frente a ella, saca su laptop y se sumerge en alguna tarea al parecer reconfortante porque su rostro luce relajado.

Casi dos meses han pasado desde que coincidieron allí por primera vez y la rutina no ha cambiado. Lisa se deleita con el amargor del café mientras imagina sabores distintos y prohibidos. Él intenta voltear hacia la ventana que da a la calle, pero su mirada se estaciona en las piernas cruzadas de Lisa, en sus manos de dedos largos que sujetan un libro, en los ojos que se distraen de la lectura para encontrarse con los suyos, esa mirada acaramelada de pestañas largas y las mejillas que se enrojecen ligeramente al saberse descubierta. Ambos desean más del otro, ninguno da el primer paso; sin embargo, la mujer conoce cada línea de su rostro, los libros que ha leído. «Un intelectual maduro, superexcitante», piensa.

En la pantalla del ordenador, el perfil de Facebook de Lisa está siendo minuciosamente observado. Él también conoce sus gustos, los libros que ha leído, los lugares donde ha viajado. En su tableta hay información puntual respecto a la mujer que tiene enfrente, pero se inquieta ante su presencia. Sabe que Alberto desconfía de Lisa, por eso contrató los servicios de la agencia para la que trabaja, debe seguirla y proporcionarle a su cliente la tranquilidad que desde hace un tiempo lo ha abandonado. Ambos continúan observándose, tropezando las miradas. El restaurante de pronto se ve invadido por un grupo de escolares y un celular suena, es el de ella, la alarma le avisa de que ya es hora de marcharse. Él levanta el rostro, intenta incorporarse, pero solo atina a sonreírle y a pactar en silencio su próximo encuentro.
  
La relación que Alberto ha iniciado con Melba ocupa casi todo su tiempo: encuentros en la cochera del edificio para un beso apurado en la entrada, ir al gimnasio a la salida para luego sumergirse en el tráfico insufrible de la avenida Javier Prado, en plena hora punta. Llegar a su departamento, el mejor momento del día, embriagarse con sus caricias, sentirse joven nuevamente, y cuando saborea el sentirse en la cúspide de placer, tener que interrumpir el descanso posterior al sexo para regresar a casa y fingir que es el mismo ejecutivo cansado por tanto trabajo, deseoso de las atenciones de su esposa. Se siente exhausto, cada vez es más fuerte la necesidad de poner un freno a ese ritmo de vida, pero no puede. Esa mujer es como una droga, a sus veintiocho años la energía de Melba está al tope. Le ha dicho que lo quiere, que él es todo para ella, sin embargo, algunos hechos que permanecían ocultos se muestran nítidos ante sus ojos. La muchacha coquetea con otros hombres, con sus propios compañeros de trabajo, casi todos los fines de semana va a fiestas y cuando él no la acompaña igual se marcha; de pronto la ropa de la muchacha le parece provocadora, su forma de hablar, de cruzar las piernas en las reuniones. Siente celos de todos y quisiera que fuese más sensata, se lo ha pedido, pero es tan desenfadada, «siempre he sido así», le ha respondido la joven, «antes eso no te molestaba», y es cierto, pero Alberto creía que todo ese derroche de sensualidad estaba destinado exclusivamente a él, ahora no está tan seguro.

Las salidas de la oficina son siempre como un tren a toda velocidad, y como si fuera poco asiste a reuniones con su círculo de amigos para entablar conversaciones que lo cansan. Se armará de valor, esa relación no lo llevará a ninguna parte, piensa, y si Lisa se entera, eso la destrozaría. ¿Acaso valdría la pena perder todo lo que ha construido por años con su esposa por esos momentos de locura?, y para rematar el asunto, Lisa parece cambiada, al comienzo le reclamaba su desinterés, su alejamiento; lucía triste e impotente ante sus mentiras, pero ahora se ve tan feliz, algo la tiene ilusionada, de pronto es su esposa quien ha comenzado a preocuparse más por su aspecto, ha renovado su clóset por completo y aunque no ha cambiado el estilo, se ve tan bien. Cualquier hombre se sentiría a gusto a su lado. Por eso fue que decidió contratar un detective, no podría soportar que su esposa estuviese interesada en otro hombre. En la agencia le aseguraron que la seguirían con mucho cuidado para que no se diera cuenta, Lisa se indignaría si supiera que ha mandado seguirla.
  
En casa del hombre del café las cosas no andan muy bien, la esposa viaja muy seguido, su hija mayor, «la niña de sus ojos», luce alborotada, ha peleado con el esposo, algo extraño sucede, desde hace un tiempo exhibe un nivel de gastos por encima de sus posibilidades de muchacha de clase media, y casi no se ocupa de su hijo. Él es un investigador privado, podría averiguar qué es lo que pasa en la vida de su hija, hasta ahora se ha resistido a hacerlo porque no quiere invadir su privacidad, pero las cosas van saliéndose de control. Ha decidido hablar seriamente con la joven cuando recibe una llamada en su móvil, es Gustavo, su yerno claramente irritado, ya no quiere volver con Melba, dice, le han llegado noticias de sus andanzas con un hombre mayor; «Cálmate —le pide el investigador—, seguramente todo es mentira», aunque muy dentro sabe que el muchacho tiene razón, él mismo sospecha que algo así está sucediendo. Va a averiguarlo.

Esa tarde espera fuera del trabajo de la muchacha, frente al edificio revestido de lunas, uno de los más altos de la ciudad. La ve salir en su moderno auto recién adquirido, la sigue, apenas a dos cuadras se estaciona frente a un hotel, ingresa a corta distancia y la ve acercarse a un hombre en el bar. Se dirige también a la barra, lo suficientemente lejos para poder observar a su hija sin ser descubierto. Ella abraza por detrás al hombre y le susurra algo al oído, él voltea y la coge de la cintura. El elegante barman le ha servido un trago y casi se atraganta cuando ve el rostro del amante de su hija. Es Alberto, el cliente que lo ha contratado. El investigador, lleno de furia, camina hacia ellos, alguien se cruza haciéndolo tropezar, en ese momento reflexiona, no puede hacer un escándalo, se levanta y estrella un puño contra la barra mientras la pareja se aleja rumbo a las habitaciones. Tiene que pensarlo mejor, hacer algo, pero ¿qué? 

Una semana después…

Alberto se contempla en el espejo, se ve cansado, ojeroso, la última semana ha dormido muy poco por las discusiones con su esposa hasta altas horas de la madrugada, ella ha decidido dejarlo, la vida ha dado un giro abrupto, está a punto de perder lo que ha construido durante tantos años. «Cómo puede siquiera hablar sobre dejarme?», se pregunta. La maldita amiga del trabajo le ha contado que lo ha visto con Melba, ha tratado de voltear las cosas en su favor, convencerla a costa de lo que sea de que son imaginaciones suyas, que esa muchacha no tiene vida por eso se mete en la de los demás, que jamás le ha faltado. Lisa no le reprocha nada, solo quiere recomenzar su vida y no le da ninguna razón sólida. ¿No será que hay alguien más y tomas como pretexto lo que te ha dicho tu amiga?, le reclama. Lisa no quiere discutir, pero él la sigue, insiste, la acusa hasta que por fin la mujer confiesa. Sí, estoy interesada en alguien más, estamos en lo mismo, no estás en posición de reclamarme nada. La discusión se convierte entonces en una pelea llena de insultos y mutuas acusaciones, algunos adornos sufren la ira de uno y de otro, hechos trizas en contraste con la armonía de su departamento miraflorino. Ella no tiene como probar mi engaño, piensa Alberto. De pronto el interés por Melba ha quedado relegado, solo importa retener a Lisa. La quiere, se lo ha dicho, ¿acaso todo lo que han vivido no vale nada?

En la mañana, luego de que Lisa se marcha, Alberto toma una decisión, terminará con Melba y reconquistará a su esposa, volverá a usar las herramientas de siempre, flores, regalos, promesas de viaje. Horas más se encuentra con Melba, tenemos que terminar, le dice. Extrañamente su amante acepta, luce alterada, hasta se podría decir que triste.

—¿Qué sucede? —pregunta Alberto—. ¿Qué te pasa?

—Tu esposa —responde ella—, me escribió hace unos meses.

Alberto no puede creerlo.

—Entonces, ¿sabe de lo nuestro?

—No, le dije que no pasaba nada entre nosotros, pero me aseguró que sabía de nuestros encuentros, no sé cómo se enteró. Me pidió que lo piense bien, que ustedes tienen muchos años de casados, que tú no estabas solo.

—¿Y entonces?

—Eso fue todo, pasó tanto tiempo que le resté importancia. Esta mañana mi esposo encontró el chat y me obligó a confesar, me ha amenazado con decirle a mi familia, a mis amigos, dice que, si no te dejo, va a quitarme a mi hijo.

—¿Esta mañana? Me dijiste que habían terminado.

—Te mentí, ya no me importa admitirlo —confiesa Melba entre lágrimas— no quiero perder a mi esposo y menos arriesgarme a perder a mi hijo. 

Luego de su encuentro con Melba, Alberto ha resuelto continuar con su plan para reconquistar a Lisa, aparece en el trabajo de su esposa para invitarla a almorzar, una tienda de venta de artículos de decoración en plena calle Dasso, le dicen que ya ha salido. Ingresa en un restaurante, a unos metros de allí cuando la ve pasar, se levanta para llamarla, pero un hombre se acerca a ella, lo conoce, es el investigador privado que ha contratado, se estremece, si Lisa se da cuenta de que la están siguiendo la perderá para siempre.

El investigador se aproxima a Lisa y le dice algo al oído, ella sonríe y se sonroja. Ambos caminan juntos. Alberto no puede creer lo que ve, ¿acaso? Decide seguirlos. Grande es su sorpresa cuando ve al hombre rodeando con un brazo a su esposa por la cintura, quien parece estar cómoda con el gesto, tanto, que le da un beso en la boca y le acomoda la corbata. Completamente indignado los enfrenta.

—¿Este es el hombre por el que quieres dejarme? ¿Sabes quién es?, yo te voy a decir quién es.

 Lisa lo observa con cierta complacencia, está dolido, piensa.

—No me hagas una escena —dice— sé quién es este hombre, es el padre de Melba, ¿quieres que hablemos de él? 

Un mes después…

Sentado en el borde de la cama, Alberto observa a través del espejo a Lisa que aún duerme. El peso de la angustia que ha vivido parece haberse disipado. Todavía le duele saber que su esposa estuvo a punto de dejarlo, aún no sabe si creer que entre ella y el detective no pasó nada aparte de unos besos, es consciente de que le costará volver a tener lo que tenía, pero por lo pronto Lisa está allí en su cama, despertando a su lado.

Minutos más tarde despierta Lisa, mira a Alberto detenidamente mientras él hojea el periódico, ya no luce inquieto, pareciera que los años hubiesen dibujado arrugas en su rostro de golpe y las primeras canas han comenzado a colorear su cabello. Así me gusta, piensa. Aún duda sobre lo que le contaron de Melba y Alberto, no sabe hasta dónde llegaron, pero ahora le dedica cada minuto libre. Ha decidido dejar al investigador en su pasado, todavía siente el cosquilleo al pensar en él, pero no ha vuelto al café, ahora lo prepara para su marido y lo toman juntos mientras observan la televisión.

viernes, 11 de mayo de 2018

Lo que no quería olvidar

Constanza Aimola


Juana de Arco, Frida Kahlo o la Madre Teresa, era lo que quisiera ser y cada día
una persona diferente. Absorta en su mundo, Libia convive con el Alzheimer, los médicos luchan contra los síntomas y sus hijas se afectan con sus actitudes.




Se niega a vivir acompañada y cambiar de lugar de residencia, una casa pequeña y oscura de construcción suiza del siglo antepasado. Allí ha vivido los últimos cincuenta años y aunque se queja del frío, la humedad y la poca luz, dice que la sacarán de ese lugar con los pies para adelante.

Toda su vida adulta estuvo oscurecida por la sombra de esta horrible enfermedad. Durante la adolescencia de sus hijas, tenía episodios en los que se mezclaban los sueños y la realidad. Al despertar, de forma sobresaltada preguntaba por mascotas que no tenían o por familiares que habían muerto, inclusive levantó en varias ocasiones a sus hijas para ir a la universidad en la madrugada, en una ocasión dormía después del almuerzo, se incorporó y les dijo que iban a llegar tarde al examen ICFES, una prueba que en Colombia les hacen a los estudiantes de último grado de secundaria. En este momento podía parecer chistoso, estas actitudes eran comentadas en las reuniones familiares y amenizó las cenas durante años, sin saber que eran quizá los primeros síntomas, los que empezaron a ser más evidentes el día que sus sueños lograron colarse por el umbral de la realidad.
Al pasar el tiempo estos síntomas se convirtieron en una constante en su vida, se perdía con frecuencia, tenía vacíos de tiempo y espacio, la encontraron varias veces en la esquina de su casa revisando papeles viejos dentro de su monedero, facturas y listas de mercado, cuando le preguntaban qué hacía se quedaba quieta con la mirada perdida en el horizonte y duraba varios minutos para reaccionar. Pagaba con billetes de mayor denominación, se le olvidó contar y ya no reconocía los billetes, por esto inclusive fue víctima de fleteo porque era una presa fácil, cuando algunas personas se daban cuenta de lo que le sucedía se aprovechaban.
Sentía que la cabeza le daba vueltas, que el mundo se le derrumba, que se iba para adelante cuando caminaba, se mareaba fácilmente, se siente trastornada. Su familia y vecinos le decían que no era nada, que tal vez eran cosas de la edad, que tal vez tenía el azúcar o la tensión alta, que no se preocupaba, sin embargo y aunque los síntomas del alzhéimer suelen confundirse con otros tipos de enfermedades, incluso de demencias, en junta médica y después de varias evaluaciones el diagnóstico fue confirmado. Libia padecía en grado avanzado esta enfermedad y los síntomas empezaron desde la edad adulta temprana, era lo que indicaban las imágenes de los estudios con resonancia magnética en la que se veía fuertemente desgastado su encéfalo.
Es de inmediato medicada, con pastillas para la depresión, además de unos parches que controlan los síntomas, sin embargo no hay nada que prevenga que la enfermedad se detenga.
Un mañana alrededor del mediodía, se tomó un brebaje de hierbas y gotas de valeriana y se recostó a ver el noticiero. Se quedó dormida y cuando se despertó se dio cuenta que su esposo no estaba a su lado en la cama, había salido de viaje de cacería de perdices y no había regresado, era la primera vez que esto pasaba, en todos los años de matrimonio.
Llamó a su hija menor llorando y muy alterada:
Su papá no ha llegado, anoche se fue para cacería y mire la hora que es y no llega, estoy muy preocupada, creo que algo muy malo le pasó.
Mamá, ¿cómo así?, no me diga eso, ¿qué está pasando?
Más molesta aún:
¿Cómo así que qué está pasando?, que estoy preocupada, que su papá no llega y usted sabe que él no hace esas cosas. ¿Por qué me habla así?, respéteme.
Mamita, tranquilícese, se quedó dormida y tuvo una pesadilla, ¿está en la cama?, siéntese y despiértese bien.
Yo no necesito hacer eso, si no me quiere ayudar pues hasta luego.
El corazón de Fabiana estaba roto.

Mamita, mi papá está muerto.

Libia empezó a llorar en voz baja
No me diga eso, perdón, perdón es qué tal vez me confundí, olvide todo, voy a pensar, adiós. —Colgó el teléfono.
Fabiana llamó a su hermana y le contó, casi no podía hablar, esta era la evidencia de que Libia estaba iniciando una etapa fuerte de esa enfermedad que aún no era diagnosticada.
Libia tiene setenta y cuatro años, hace diez que vive sola después de que su esposo murió de cáncer y su hija menor se fue a vivir a otra ciudad. La hija mayor salió de casa muy joven y el contacto era poco. Visiblemente deprimida y perturbada, intentaba vivir día a día con los síntomas de una enfermedad desconocida y que según quienes la rodeaban era más la somatización de una enfermedad mental. Años más tarde sus familiares y amigos entendieron que era más bien la necesidad de desconocer su presente y querer repetir una y otra vez su pasado, ese que le gustaba más, el de dama elegante de sociedad, con altos peinados, ropa costosa y elaborada, joyería y una casa que parecía sacada de un cuento de hadas, en la que la porcelana y la cristalería eran las protagonistas de una vida de lujo.
Resueltas a por fin saber cuál era la enfermedad que aquejaba a su madre, las hijas de Libia la llevaron a una clínica especializada a la que fue remitida por la geriatra, una joven doctora que se ganó el corazón de Libia, quien sufría de miedo cada vez que tenía que ir al médico, quien lloraba porque los médicos eran toscos y la regañaban, encontró en esta doctora alguien que la comprendía y la ayudaba a vencer sus miedos.
Pasaron algunos días después de una evaluación que ocupó un día entero, el diagnóstico fue el que esperaban, alzhéimer, en una avanzada etapa. Desde ese momento fue abrumadora la cantidad de médicos que tuvieron que visitar, ya que además de tratar a Libia por su enfermedad primaria, los doctores tenían que prever y manejar los efectos colaterales de la fuerte medicación que recibía con el fin de disminuir los síntomas principales: mareos, dolor de cabeza, depresión, cambios de ánimo y alteraciones en el sueño.
Inyecciones en el ombligo para prevenir la osteoporosis, medicamentos para la gastritis, la tensión, el colesterol y el hipotiroidismo, la repisa del baño de Libia estaba más surtida que la farmacia de la esquina. Ese estante que se le vino encima mientras arreglaba la cortina de la ducha, una vieja tela amarillenta, descolorida y maloliente, tuvieron que cogerle puntos y aplicar una inyección para la gangrena por las heridas que le causó el viejo y oxidado escaparate.
A los diecisiete años, Libia conoció a su esposo, un inmigrante francés que vino a buscar nuevos horizontes cuando estaba pasando por una situación difícil en su país. Se conocieron en la oficina inmobiliaria de propiedad del padre de Libia, a donde este personaje fue a pagar la renta de un pequeño apartamento en el centro de la ciudad.
Libia iba a ayudar a su padre después de salir del colegio y los fines de semana, sus visitas empezaron a ser más constantes cuando se conoció con Philippe, quien era mayor que ella catorce años, aunque no se notaba mucho la diferencia porque a Libia la obligaban a usar ropa de mujer adulta, corsés fuertemente ceñidos a su cuerpo, medias veladas, tacones y vestidos elegantes. Philippe era mucho más informal, inclusive parecía algo descuidado con pantalones sucios, un saco viejo de lana, boina y un cigarro a medio consumir en la comisura de sus labios.
Philippe era un viejo duro de cazar, no quería tener compromisos y entre sus planes no estaba tener hijos, por lo que la relación avanzó muy despacio, tuvieron que pasar tres años para que la invitara a tomar un café. Para entonces Libia ya había terminado el colegio y estudiaba secretariado, al mismo tiempo que tomaba clases de cocina y de etiqueta y glamur. Se besaron en el trayecto de la cafetería a la casa de Libia, desde ese momento no dejaron de estar juntos ni un solo día.
Se casaron después de cinco años de noviazgo, tuvieron su primera hija después de nueve años y la segunda cuatro años más tarde. Muchos aspectos de su vida eran planeados delicadamente, esto permitía que lo que pasara en su vida no fuera fortuito, repentino o dejado a la suerte. Pareciera que la relación pudo ser conflictiva por su necesidad de controlar, sin embargo vivieron felices durante muchos años, nada opacaba la dicha de estar juntos, Philippe trabajaba y Libia cuidaba las niñas.
Todos los días a la misma hora Philippe se levantaba, afeitaba su espesa barba mientras tarareaba una canción francesa, se bañaba rápidamente con agua tan caliente que el humo se veía salir por encima de la puerta de la ducha. Mientras tanto Libia preparaba las loncheras de las niñas, las despertaba dulcemente, las alistaba y las llevaba al colegio.
Durante toda la mañana Libia preparaba la comida y hacía las demás labores del hogar, por la tarde recogía a las niñas en el colegio les daba los alimentos, hacían las tareas, les ponía la pijama y a las siete en punto las llevaba a la cama para que durmieran. A esa misma hora llegaba Philippe de trabajar, le servía la comida, hablaban de lo que había sucedido en el día, reían un poco y se iba a la cama. Tuvieron esta rutina con leves variaciones por veinte años, cuando la hija mayor se casó y se fue de la casa. Después de esto el mundo de Libia empezó a derrumbarse como un castillo de naipes, su otra hija se fue a viajar para estudiar en diferentes países, terminó su carrera profesional y comenzó a trabajar, Philippe murió y finalmente se quedó sola.
Se negaba a dejar las rutinas que había tenido por tanto tiempo. Seguía preparando los alimentos y los servía para su esposo en la mesa, en la que permanecía por largo rato, en silencio, con la cabeza baja y llorando sin poder detenerse.
Para sus hijas esta situación era triste y problemática, sin embargo cualquiera actitud que tenían o solución que planteaban era percibida por Libia como un ataque y falta de consideración.
El tiempo pasaba y las actitudes de Libia eran cada vez más preocupantes, aunque su hija mayor vivía cerca de ella y le dio dos hermosos nietos con el fin de darle propósito a su vida, vivía en negación y quería permanecer sola en su oscura casa.
Horrorosas situaciones empezaron a presentarse un frío y lluvioso septiembre. Salió sola a la calle, con la disculpa de que debía ir a la peluquería y comprar algunos víveres. Sombrilla en mano, gabardina, tacones altos y ropa elegante se dirigió al salón de belleza La Dama de Oro, el que finalmente nunca visitó. Se había perdido, pasaron diez horas insoportables para sus hijas y su hermana, su única familia. Nadie la había visto, se la había comido la tierra.
Fue muy triste para sus hijas tener que regresar a casa sin ella, con un montón de hojas con su foto, arrugadas, mojadas y con la tinta corrida. No podían tener ni una pista de ella y es que se negaba a usar la pulsera de identificación porque no combinaba con su estilo y era para ella un vulgar accesorio.
A las dos de la mañana, su hija menor recibió la llamada de un hospital ubicado relativamente cerca, al que acudieron de inmediato. Nadie la conocía porque estaban confundidos, pues no habían recibido la visita de Libia sino de la reina Isabel, bueno, era lo que le entendían en un lenguaje confuso, con vocabulario extraño entre español y francés.
Después de este día la salud de Libia se afectó considerablemente, su terquedad aumentaba y no quería vivir con ninguna de sus hijas o estar al cuidado de una enfermera. Un día que amaneció con ganas de resanar y pintar ella misma una humedad en el techo de su habitación, sufrió una fuerte caída y se rompió la cadera, teniéndola que someter a una dolorosa y complicada cirugía. Cada día decía cosas más incoherentes y era un personaje diferente de la historia. Empezaba a no poder reconocer a sus hijas, quienes debieron tomar la decisión de internarla en un hogar geriátrico y sanatorio mental, especializado en el tratamiento de enfermedades como la de Libia.
En ese lugar parecía enajenada, volvió la depresión severa y ya vivía en su propio mundo. La ansiedad y los sentimientos de inutilidad persistían.
Un día mientras deambulaba por los pasillos, se encontró con el rey de España, con quien inició una relación a sus ochenta y nueve años. A los enfermeros y doctores les resultaba muy inocente y linda esta relación, por lo que les patrocinaban de todo. Les organizaban cenas románticas, secundaron a Honorio con un gran evento para la declaración de su amor y pedida de mano e hicieron una gran fiesta de matrimonio.
Un año más tarde fueron encontrados muertos, acostados en una misma cama. Tenían puestos hermosos vestidos rojo con dorado y una gran corona falsa con rubíes, que habían utilizado para una dramatización en un evento de la familia organizado en el hogar de ancianos. Este es tan solo un relato de alguien que vivía su pasado más lejano y que renunciaba a su presente, así terminó la historia de quien por muchos años pudo ser la mujer que quiso, dejó perder en el tiempo lo que odiaba y pudo recordar lo que no quería olvidar.


 Ilustraciones por: Luisa Fernanda Vaca

lunes, 7 de mayo de 2018

Memorias de un tonto enamorado

Camila Vera



Les contaré una historia basada en la realidad que vivo actualmente, porque en algunas ocasiones analizar los acontecimientos pasados puede ser la mejor forma de darle sentido a las decisiones, o quizás, solo sea una estúpida anécdota más para las memorias de este tonto enamorado.

«Comienza por el comienzo y cuando termines de hablar… te callas», icónica frase del sombrerero loco en el famoso cuento de Lewis Carroll, al que recurro cuando necesito un país de las maravillas. Soy Tomás, joven promedio con ganas incansables de hacer algo productivo con su vida; mientras descubro cómo cumplir las incasables metas que tengo en mente, les puedo ilustrar un poco sobre mí. Empezaré diciendo que vivo en base a dos consignas: la primera, es la sabiduría que adquiero de los libros y el internet, y la segunda, la descubrirás en el transcurso de este escrito que hago a las tres de la madrugada con música de Mischa Maisky tocando Bach Cello Suite 1, si no lo has escuchado alguna vez, es el momento que busques en tu navegador favorito esta maravilla, será un gran acompañante mientras terminas de sumergirte en mis letras.

Según «san Wikipedia», la palabra «memoria» significa: «Libro o escrito en el que alguien cuenta los recuerdos y acontecimientos de su vida». Para la palabra «tonto» salió una mayor cantidad de resultados, pero dejaré este «Persona que es ingenua y carece de malicia». Para terminar, toca definir «enamorado», «Persona que siente amor». Amor es «Sentimiento de vivo afecto e inclinación hacia una persona o cosa a la que se le desea todo lo bueno», de esta parte no se equivoca, antes de marcharse me deseó lo mejor… pero lo mejor era nuestro amor.

Sin más rodeo les contaré a dónde quiero llegar. La cúspide cuando una persona termina una relación toma varias formas: unos solo tratan de olvidar los momentos, otros superar aquel fuerte sentimiento, en mi caso, lo que quiero es recuperarla. La última de estas es la más despreciable y peligrosa de las tareas, porque te encuentras en esa fina línea entre seguir o quedarte, rogar o aceptar, perder la dignidad o recuperar la felicidad. Así es como estas memorias tuvieron su origen.

Año: mil novecientos noventa y nueve. Edad: dieciocho años. Lugar: alguna playa pública de una ciudad costera. Estado civil: soltero en busca de calor humano. Recursos económicos: cinco dólares con treinta y un centavos. Motivo: escapar de casa para saber quién soy. Resultado: el inicio de la historia.

Ella es Gisell, tenía dieciséis años y ocho meses, su cabello castaño llegaba hasta su primera vértebra lumbar, lucía un lunar justo en el pecho derecho, haciendo que mi mirada se desviara de forma perversa sobre su piel blanca, algo roja ante la exposición al sol, olía a mar y las gotas que caían desde su traje de baño de una pieza color turquesa hacían evidente donde había pasado gran parte del día. Su sonrisa de dientes grandes y sus labios tan besables me hicieron considerar que el hogar que buscaba estaba entre sus piernas. Me senté a contemplar cómo bailaba sobre la arena, moviendo su cuerpo al ritmo de la música que salía de un auto vecino, sacudía las manos y la cadera sin importar los ojos imprudentes que nos deleitábamos ante tal espectáculo. Por un momento creí en la existencia de un dios que puso gran empeño en este ser, eclipsó mi mente por completo encontrarme con esta dulce casualidad, solo existía un antes de ella y un ahora que compartiría con esa bella mujer.

Después de un par de horas de incansable investigación me animé a hablarle. No era de la ciudad pero residía ahí hace un tiempo. Disfrutaba el agua tanto como yo su tono de voz. Me senté junto a ella mientras esperaba que sus amigas llegaran para alguna reunión de colegialas, no le pareció extraño que compartamos el parasol gracias a mis encantos de conquistador. Debo aceptar que es precipitado decir que mi intención con aquel ángel era algo formal, pero el sistema límbico te convierte en una marioneta una vez que la oxitocina controla todo. Después de eso solo sabía que la seguiría al fin del mundo si me lo pedía… quería que me lo pida.

Desde ese día la distancia solo fue un número, ella en su pequeña ciudad con playa y yo en mi atolondrada ciudad de grandes edificios, ella con su arte y yo sumergido entre letras, ella con la esperanza de un príncipe y yo con la seguridad de mi princesa. Una vez terminó el colegio me la llevé conmigo a vivir, en una pequeña pero acogedora villa ─a tres kilómetros de la ciudad en la que he vivido desde que nací─, donde mis abuelos consumieron su amor hasta que la parca los llamó; así que ahora como único nieto me correspondía como herencia. Nuestro nido de amor ─le decíamos─, porque ahí dentro no necesitábamos más que a nosotros. Ella entró en la universidad gratuita para ser maestra de niños pequeños, su pasión por los infantes era algo fuera del entendimiento humano, pero tan impresionante que nunca dudé de su objetivo. Por otro lado, yo seguía trabajando en una cadena privada de repuestos de automóviles, una ventaja favorable, el descuento de empleado me permitía mantener como un rey a mi humilde máquina veloz, aunque de niño no me imaginé estar en este puesto, era un paso para llegar a mi realización.

Cada noche después de la jornada agotadora regresaba a sus ojos, a sus caricias y a su calor. Nuestros padres reprocharon aquel acto apresurado, formar un hogar saltando una gran cantidad de reglas culturales que nos presionan a seguir una norma, pero nosotros íbamos más allá de aquella presuntuosa realidad. El día en el que no pude soportar más no tenerla cerca, cogí un automóvil en la terminal, había cumplido ya los diecinueve años, seguía bajo el techo de mis padres y mi ferviente amor por la chica de la playa había tomado un rumbo que no podía controlar, solo habían pasado seis meses desde la primera vez que la vi, era más que suficiente para mí. Llegué a la casa de Gi después de las cinco horas que nos separaban, ahora eran insignificantes los trescientos kilómetros que nos impedían vernos, cuando cogidos de las manos olvidé absolutamente todo, así que dije:

─¿Me amas?

─Me ofende que lo preguntes, amor. ─Rio un poco con esa linda sonrisa que solo es de ella.

─Necesito que me respondas, Gi.

─Vienes a mí para saber si mi amor ante ti es verdadero, a lo que no tengo más que responder con algún tipo de verso. El amor es efímero porque los humanos somos tontos, el amor es incierto porque no luchamos, el amor es un caos porque nos adelantamos, el amor se viste de tantas pieles como quieras verlo. Pero para mí, el amor está más que claro, es levantarme cada mañana pensando en tu mirada, el amor es sentirte cerca a pesar de la distancia, el amor somos tú y yo. Aun así vienes preguntándome si te amo, cuando tú me enseñaste qué es el amor.

No necesité saber más después de esas palabras, la metería hasta en mi maleta si decía que no, pero ella se iría conmigo a un lugar donde solo estemos los dos. Y así fue, el primero de enero del dos mil uno, justo después de que las campanas den la bienvenida a ese nuevo año, ya con la mayoría de edad de ella y mis ahorros en uno de mis bolsillos, decidimos escapar, como solo en los cuentos de hadas nos dejan ver. Nos pertenecíamos, me sentía suyo y ella mía. No hubo boda, ni sacerdotes, solo su sonrisa nerviosa, mi profundo amor, nuestros dedos entrelazados y un te amo. Qué más podría pedir para mí si ya lo tenía todo. Ella era el cielo.

Pero todo cuento de hadas tiene su tormenta, la nuestra llegó en agosto del dos mil dos, un evento nos quebrantó de forma que no creí posible, un mal cálculo, un error por la calentura del momento, nos puso contra la espada y la pared. Los días transcurrían a cuenta gota para sentir la presión de una posible vida creciendo sin una preparación previa en el vientre fecundo del ángel inexperto que estaba a un mes de cumplir veinte años. Las sensaciones que uno tiene durante aquella espera no son posibles describirlas ni con todas las palabras que nuestro abundante léxico nos ofrece, simplemente tener en tus manos la posible carga de un sueño pausado y la bendición más dulce era algo para lo que no te prepara la vida. En ese momento la cabeza deja de pensar, la amígdala cerebral hace de las suyas y el pánico se coloca al otro lado de la ventana esperando para abrazarte mientras hecho bolita en un rincón consideras las opciones. A ese tipo de desesperación me refiero cuando te encuentras en aquel momento crucial. Ella por otro lado solo se encapsuló, colocó una armadura que fue difícil de fragmentar a pesar de que el susto había pasado, claro que no lo había notado hasta ahora que reviso mentalmente los acontecimientos. No volvió a ser la misma… pero preferí ignorarlo.

Los años nos abrazaron para darnos el tiempo necesario para explotar la bomba de amor que nos oprimía el alma, soltando los miedos para ser ejemplos de la existencia de tan remota sensación, fuimos uno, todo el tiempo desde que aceptó ser mi compañera de vida. Pasaron treinta y cinco mil cuarenta horas de llama ardiente cuando una dama de risa perversa tocó a mi puerta, era la Duda. Esta señora se instaló de forma silenciosa entre las paredes de nuestro nido de amor, en una esquina observaba todo mientras susurraba su letal veneno en mi oído. Empezamos a caer en picada. Ya no eran solo las remotas ocasiones en las que me dejaba hacerla mía, la rutina cobraba factura y la imaginación descontrolada hacía de mí la marioneta ideal para ver fantasmas que la poca cordura daba forma, estaba preso en mi cabeza.

Mi madre me explicó un poco sobre los celos cuando era joven, tenía trece años y sentí amor por una chica por primera vez, se sentaba junto a mí todos los días y me dejaba cogerle la mano a la salida, a pesar que sudaba demasiado; pero una tarde a la hora de receso vi como tomaba la mano de un compañero de clase, un chico riquillo que presumía más de lo que tenían sus padres que de sus habilidades. Esa misma tarde ella le regaló una tarjeta donde había corazones y decía «tuya». No controlé mis emociones, esperé a que aquel chico saliera de la escuela y le rompí la nariz de un golpe, sin importar que aquella chica de cabello rizado y pecas en la cara estaba unos pasos atrás llorando, diciéndome que eran amigos ─como toda telenovela─. Después de un reporte del director de mi escuela, más el sermón de mi padre en el que me hizo ver lo débil que fui, mi madre me dio una lección de vida… a la que debí prestar más atención.

─No lo entiendo, mamá, ella es mi chica, qué le hace pensar que puede ir por ahí coqueteando con otro.

─Hijo, no puedes poseer a nadie en esta vida.

─Pero no me refiero a eso, no lo entiendes.

─Te entiendo más de lo que crees, eso que sentiste se llama celos.

─Claro que no, mamá, eso no eran celos.

─Mi vida, la desconfianza ante otras personas es algo que siempre va a existir, darle todas las armas a alguien y solo esperar que no las use en tu contra es un riesgo que a veces tomamos.

─Está bien, eso lo entiendo.

─Pero no podemos vivir siempre con esa duda en nuestra cabeza. Los celos no son más que un reflejo de nuestras inseguridades. Si esa señorita, la Duda, llega a ti en algún momento, no olvides hablar. Las palabras son el mayor regalo de la existencia, nos permiten expresar lo que esa cabecita loca tiene dentro, para luego ir por una solución.

Mi voz se había apagado, la cólera de mi sangre pedía respuestas a un tono ahogado que no era capaz de controlar, la Duda ya no se encontraba en su respectiva esquina, me acompañaba en cada paso. Donde mirara me decía que ella estaba con alguien más. Cuando se le ocurría comprar un nuevo aroma de perfume fuera de la cotidianidad de la vainilla me reclamaba la duda de que algo no marchaba igual. Así que el Amor y la Duda discutieron una vez mientras tomaba un café.

─Hola, Duda, terminas llegando tarde o temprano ─dijo el Amor mirándola a los ojos.

─El famoso «perdona todo» frente a mí ─se mofó la Duda, enseñando todos los dientes.

─¿Qué quieres ahora? ─insistió el Amor, cruzando los brazos.

─La verdad, como siempre. No puedes ir por ahí solapando las posibilidades.

─No lo entiendes, soy más fuerte que tú, no caeré ante tu constante reproche. ─Con gran fuerza contestó el Amor.

─Qué extraño comentario, yo creo que hay algo de duda en eso, pequeñín.
 ─Alzó más la cabeza la Duda.

─Jamás. Soy como una llama que ilumina todo, no puedes conmigo ─alzó la voz el amor.

─El agua, así como el oxígeno, el frío, y muchas otras cosas pueden apagar una llamita. Tu poder es basura cuando he llegado. Y adivina, no me iré.

─No tienes pruebas de lo que estás diciendo, víbora. ─El Amor bajaba la cabeza.

─Y, ¿tú tienes todas las pruebas?

Así fue como el Amor… dudó.

Ya no había vuelta atrás, estábamos cayendo de la cima y el choque no sería nada agradable. Esa noche cuando regresé del trabajo me acosté en nuestra cama que ya no sentía tan propia. Me puse a ver todos los recuerdos que escondía aquella habitación, cuando nos mudamos y pintamos juntos el cuarto, dejando una esquina sin pintura porque empezamos una guerra entre nosotros, la mancha en el techo de un labial que explotó al chocar con el ventilador sobre nuestras cabezas, o la huella de la sábana cuando en mi cumpleaños Gi trajo café demasiado caliente. Me temía que los recuerdos sean los que dicten mi vida y ya no los momentos diarios, estaba arruinando toda esta historia por ideas dentro de mi cabeza, al hacerle caso a aquella dama y no a lo que se supone siento por mi mujer. Me quedé observándola dormir, su cabello estaba suelto y unas gotas de saliva se asomaban por su boca, toqué su piel bajo aquella pijama de seda que solo usaba cuando eran noches importantes pero que ahora tenía agujeros. Decisiones, son las que marcan el camino y una vez que se las toma, es difícil regresar.

La Duda tenía razón, el frío estaba en casi cada rincón. No sabía qué pasaba por su cabeza, pero yo no podía dejar de pensar en eso. Será qué me dejará, se alejaría, tendría a otro, se le acabó el amor. La veía comer como cada mañana su cereal de chocolate con yogurt, pero no la sentía igual, quizás hice algo mal, debía mejorar, pero ella no se iría, pero, ¿y si lo hacía? Tenía miedo de meterme en camino minado al tocar el tema, pero mi cabeza precipitada habló.

─¿Qué te pasa?

─No me pasa nada.

─Dime lo que te pasa.

─Por favor, solo quiero tomar mi desayuno. No pasa nada.

─¿Quieres terminarme?, eso es lo que te está dando vueltas en la cabeza, estoy seguro.

─Si estás tan seguro, no deberías ni preguntar.

─Dímelo, sales con alguien más. Es eso.

─Esto no está bien, Tomás. Contrólate. ─Dijo poniéndose de pie.

─No vas a ir a ninguna parte, ya dejamos esto en el aire demasiado. ─Le agarré el brazo.

─Suéltame. Me voy a la universidad, deja el drama.

─Desde lo del bebé fantasma todo ha sido diferente.

─Ahora se llama bebé fantasma, no sabía que le habías puesto nombre.

─Mira como es todo ahora y dime en mi cara que no eres otra.

─Deja de decir estupideces por una vez en tu vida, no sigas tu maldito instinto y piensa.

─Ni siquiera tienes la decencia de decirme que tienes a alguien más, no me dejas tocarte, no puedo besarte, de seguro si te veo mucho ya te embarazo.

─Has perdido la cabeza.

─Si sales por esa puerta sin que hablemos de esto, no regreses.

─Hablar de qué, no sé lo que quieres escuchar, ya no sé qué quieres de mí. Yo no imaginé esto para mi vida Tomás, verme con el dinero mínimo, con temor a quedar embarazada, arruinando todo por lo que hemos estado trabajando, a tener que huir del hombre que me sacó de mi comodidad y que me juró amor. No tengo idea qué es lo que quieres escuchar de mí, ni cómo solucionar esto para que las cosas sigan como antes. Las cosas no pueden ser como antes. Ahora me vienes con el estúpido reclamo de que veo a otro hombre, permíteme reírme de la ironía. ─Se dirigía a la puerta.

─¿Me amas?

─En este momento no sé. ─Y se marchó.

Que es lo que hace un corazón enamorado cuando un no sé llega a su vida. Lo coloqué en el navegador de Google, para saber que es «no sé», pero ni el mismo internet en su exuberante capacidad pudo ayudarme con eso. «No sé», es una expresión intermedia, quizás es un sí, como puede ser un no. La eterna excusa que nos entrega el lenguaje para ponerle gris al negro y blanco. «No sé», la palabra compuesta más perturbadora para un hombre que ama y duda. Todo el día me mantuve en aquella terrible palabra. Un no sé antes de terminar o un no sé antes de solucionarlo todo. Solo me quedaba redundar y decir, no sé.
Año: dos mil tres. Edad: veinte y dos años. Lugar: la habitación de nuestro nido. Estado civil: en pausa. Motivo: no sé. Resultado: caída libre.

Gi se fue de la casa ─este es el tercer día─, visitará a sus padres, los cuales no ve hace unos meses por la distancia que antes me parecía irrelevante pero que hoy es incansable. No he hablado con ella porque no responde los mensajes que he dejado en su buzón. ¿He fallado?, ¿hemos fallado? Ahora es lo que menos importa. La Duda ha retirado sus armas volviendo a su rincón, del cual nunca tuve que permitirle salir, el Amor por otro lado sigue conmigo viéndome con compasión, para que no lo deje morir.

Dejamos dentro de aquellas paredes todo un cuento, uno que escribimos con tiempo, con dedicación pero sobre todo amor. Amo tanto a Gi. Quizás los motivos fueron mis dudas, su miedo a volver a sufrir un embarazo psicológico, los celos que crecieron sin notarlo, el tiempo que no nos dimos, el frío que dejamos esparcir.  Tal vez por culpa de mi vicio de vivir en los recuerdos y su desenfreno de solo ver el futuro, que nos perdimos del ahora. Las cosas quedaron en el aire como cuando lanzas un poco de perfume al viento, se queda dando vueltas con su fragancia, pero al final es volátil.

Si me preguntan esta madrugada, si la amo, mi respuesta sería muy sencilla. Nunca se deja de amar el hogar.

Ahora que conoces mis memorias hasta este punto, debes considerar que he omitido una parte fundamental, la segunda consigna. Si has estado atento deberías tener una idea vaga de esto, pero si por casualidad la música de fondo te transportó a otro lugar o mi propia experiencia abrió en ti alguna parte escondida de tu ser, te lo dejaré sentado. Mi segunda consigna es, siempre de cada paso se puede aprender. Al final de esas historias, memorias, pensamientos dan como resultado el origen a algo nuevo. Ese no sé, aún tiene un porcentaje de sí… debo descubrirlo.