jueves, 8 de febrero de 2018

Estrella


Miguel Ángel Salabarría Cervera


Eran las cinco de la mañana, cuando el despertador se hizo presente con incesante repiqueteo haciendo saltar de la cama a Estrella, presurosa se arregló, preparó un café que le despabilara, lo tomó de prisa para irse a su trabajo.

Antes de salir, entró al cuarto donde dormían sus pequeños de diez y ocho años, les dio un beso y salió sin hacer ruido. Dejó en el comedor una nota con instrucciones para su prima que cuidaba a sus hijos y que aún dormía.

Partió de su departamento rumbo al paradero del bus que la llevaría a sus labores, mientras sentía el frío que helaba como el calor de su ánimo por salir adelante. Lo abordó, en el trayecto se le vinieron a la mente recuerdos de su vida, desde que dejó su comunidad de Yurécuaro, para estudiar en la Universidad Michoacana la carrera de Trabajadora Social.

Dejar la casa de sus padres fue un gran paso que significó enorme dolor porque nunca se había separado de ellos, sin embargo, soñaba con que le hiciera mejorar la vida de estrecheces económicas que padecía. Se fue acompaña de los consejos de su progenitor y las bendiciones de su madre.

Su situación económica era precaria, provenía de una familia numerosa, sus padres, ya mayores, se sostenían básicamente de los dólares que le enviaban sus hijos que trabajaban en Estados Unidos.

El dinero que ella recibía para estudiar y mantenerse era muy limitado, al no poder comprar libros los fotocopiaba o los pedía prestados o bien acudía a la biblioteca a estudiar y hacer tareas.

Vivía en casa de estudiantes financiada por el Gobierno, que por el número de jóvenes que la habitaban los servicios eran muy demandados y en ocasiones insuficientes; algo similar ocurría con los espacios de las recámaras, porque dormían en literas de cuatro pisos y dos personas en cada uno de ellos.

Llegó el día en que la situación se hizo insostenible, ocasionándole estrés que repercutía en sus estudios; sin embargo, no cejaba en su empeño en salir adelante para cumplir su sueño.

En esos días recibió una carta de su hermano Santiago, que radicaba en Los Ángeles, California, le decía que se fuera con él, ahí podría trabajar, juntaba su dinero y regresaba a estudiar lo que ella quería. Sus palabras le hicieron reflexionar sobre las expectativas que tenía si continuaba en la ciudad, que no eran halagüeñas, o si aceptaba la propuesta de su hermano.

Fueron días de incertidumbre, hasta que tomó una decisión dolorosa porque significaba truncar su vocación y alejarse de sus padres emigrando a otro país; por lo tanto le habló un martes por teléfono a su hermano, para ponerse de acuerdo y entrar de ilegal a Estados Unidos. Este le respondió diciéndole que se verían el siguiente domingo en Tijuana en la terminal de buses a las ocho de la mañana, y que ingresaría de esa manera ilícita como gran cantidad de mexicanos.

Estrella se despidió de sus amistades y compañeros universitarios en Morelia diciéndoles que se «iría al otro lado» para trabajar un tiempo y regresaría a continuar sus estudios; al día siguiente viajó a Yurécuaro para recoger sus escasas pertenencias y despedirse de sus padres, quienes fieles a sus creencias le dieron la bendición, acompañada de una estampa de la virgen de Guadalupe.

El viernes a las doce del día viajó en bus para Tijuana en un viaje de cuarenta horas, llegó al amanecer y esperó a que su hermano llegara por ella.

—¡Estrella! —gritó su hermano al verla—, ¿lista para cruzar e iniciar una nueva vida?

Ella sonrió al tiempo que se saludaban con un abrazo.

—Santiago, vengo por una temporada para juntar dinero y luego me regreso a estudiar mi carrera, además casi no sé inglés —le respondió.

—No te preocupes, ya verás que luego aprendes y allá la vida es mejor —le replicó su hermano—. Véngase, vamos a echarnos unos tacos y luego nos vamos a «la línea» para cruzarla, ahí nos esperan unos amigos.

Se dirigieron a unas cuadras de la línea divisoria entre los dos países, para encontrarse con las personas que le harían el «trabajo», uno de ellos le dijo a Santiago:

—Traje el carro especial, está cómodo para que entre tu «carnala». Adelante —le dijo el amigo mientras señalaba un auto grande.

Estrella se dirigió a la puerta posterior para entrar, pero el que habló le dijo:

—No, por ahí no vas a viajar, irás en la cajuela que tiene doble fondo, pero no te preocupes, hay un respiradero por donde entra el aire, otro que te llevará aire fresco, así que no tendrás calor, además estarás acostadita.

Ella miró a su hermano con expresión de incredulidad.

Quien le respondió:

—Así es esto «mija», todo está seguro, es solo un rato, en unas horas, ya estaremos en Los Ángeles.

Estrella guardó silencio unos instantes, pensó en sus necesidades económicas, en los sueños de superación que tenía, miró a su hermano con resignación y se encaminó a la parte posterior del auto, esperando entrar en donde viajaría, la acomodaron en el doble fondo por el amigo de su hermano, era el «pollero», que haría el «servicio» de introducirla ilegalmente a la Unión Americana.

No supo cuánto tiempo permaneció en esa posición incómoda por el espacio, respirando con facilidad a través de una manguera que salía de la cajuela al asiento trasero, había otro ducto que le llevaba aire fresco del clima del auto; así duró hasta que el vehículo se detuvo, abrieron la cajuela le quitaron el doble fondo, escuchó la voz de su hermano que le decía:

—¡Estrella, estamos ya en casa!

Ella reaccionó saliendo de sus ensimismados recuerdos al escuchar el timbre del bus que se aproximaba a un paradero, dándose cuenta que el próximo era en donde descendería.

Al detenerse el camión  se apeó encaminando sus pasos a las oficinas donde laboraba, registró su entrada antes de las siete de la mañana, para dirigirse a la junta de planeación de asesorías pedagógicas semanales para alumnos de primaria en condiciones difíciles en el hogar. Al concluir la reunión y tener su cronograma semanal de actividades, se retiró para iniciar sus visitas académicas.

Luego de terminar sus labores de ese día, abordó el bus que la llevaría de regreso a su departamento, en el trayecto distinguió a unas colegialas de apariencia latina que le hicieron inconscientemente recordar la edad que tenía cuando llegó a Los Ángeles y su etapa de High School, con la adversidad de no conocer a plenitud el idioma inglés; sin embargo se sobrepuso a esta situación hasta lograr la meta propuesta, para plantearse otra: estudiar pedagogía.

Descendió en el paradero próximo a su departamento, entró siendo recibida con muestras de cariño de sus dos hijos, con quienes compartió la tarde hasta la cena para luego dejarlos dormidos; la persona que cuidaba a los pequeños le platicó a Estrella de todo lo acontecido con los infantes.

Se dirigió a su espacio de trabajo, para preparar los materiales educativos que  requeriría al día siguiente, concluido su labor, sacó un álbum de fotografías que databan desde su llegada a su nuevo país de residencia, las miró con nostalgia por casi una hora, hasta que sintió sueño.

Antes de dormir, entró a la habitación de sus hijos los contempló, viniéndole en tropel los recuerdos cuando conoció a quien posteriormente sería el padre de sus retoños,  con quien tuvo una relación de novios estable, hasta contraer matrimonio, más por tener una compañía que mitigara la soledad que experimentaba —porque ahora ya se había independizado de su hermano— que por el sentimiento que la llevara a esta decisión.

El tiempo le demostró la equivocación tomada, al romper legalmente su matrimonio y encarar el nuevo reto que la vida le ponía, enfrentar en soledad la lucha por sacar a sus hijos adelante en el plano familiar, como educativo y social, pero una vez más se demostraría que tenía la voluntad para salir venciendo la adversidad.

Logra descollar en el campo profesional, al reconocérsele su capacidad como educadora y tener ascensos conforme se desempeñaba como docente, sin embargo, no ocurrió lo mismo en su vida personal y sentimental, porque entabló una nueva relación que fue corta e inestable, decidiendo terminarla por no cubrir sus expectativas de lo que debería ser una pareja y para no sentirse afectada emocionalmente, comprendió que sus logros se darían en su quehacer docente, más no en el plano sentimental, pero siempre consideró tener una ventana abierta al tiempo y a la distancia.

Una noche al regresar de trabajar, recibió una llamada de su hermana que vivía en Yurécuaro, le informaba que su padre había fallecido de un infarto; se llenó de dolor por la imposibilidad de ir al funeral porque de hacerlo perdería la permanencia residencial  que estaba logrando; advirtió que las metas en la vida, tienen costos y tenía que pagar uno muy alto.

Habían pasado veintisiete años desde que llegó a Los Ángeles, tenía ya cuarenta y seis años de edad, era una joven abuela que había olvidado regresar a su tierra a estudiar su sueño de juventud, jamás volvió porque su madre, también había partido de este mundo seis años antes, sin que tampoco asistiera a sus exequias por razones de trabajo.

Ahora Estrella tenía otra meta: disfrutar a sus descendientes y contarles de sus raíces, de su lejano terruño michoacano, para que lo conocieran y no olvidaran sus orígenes; prometiéndoles que en unas vacaciones irían a Yurécuaro; mientras tanto, la vida continuaba.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Sospechas


Eliana Argote Saavedra


—Me dijeron que alguien reemplazaría a Aurora durante su ausencia. ¿Es usted?

—Sí, mi nombre es Eugenia —responde sin levantar la cara.

Él la observa algo sorprendido. Es un negocio con mucha competencia y está acostumbrado al trato entusiasta de la dueña. ¿Lo sabría Aurora? Dijo que viajaría y que durante ese tiempo conseguiría un reemplazo para que se ocupe de la peluquería, ¿sabrá que a quien contrató es esta «personilla» que más parece querer espantar a los clientes? Espera un instante a que la muchacha levante el rostro, pero está claro que ella no tiene intención de hacerlo, no al menos mientras no termine de limar las uñas a la señora que está atendiendo. Al cabo de casi un minuto, el visitante comienza a mover un pie; es el cliente estrella de aquella peluquería, tiene que ser atendido de inmediato, ¿qué se cree esta señorita?

Eugenia advierte el movimiento de su zapato. Sí, ya se lo ha dicho, que es Gustavo, que la señora siempre lo atiende al instante, que es su cliente favorito y no le gusta esperar, lo ha notado, pero ella no es la señora, ¿acaso no se da cuenta?, «Hellooo, ¿no ves que no soy la señora?», piensa al punto que debe voltear la cara para ocultar una sonrisa; había escuchado esa expresión esa misma mañana mientras esperaba que Aurora fuera por ella al terminal de buses, le supo tan divertido escucharlo de aquella muchachita con el pantalón roto en la rodilla, la entonación y el gesto en su cara, fue comiquísimo; es la expresión perfecta para este altanero prepotente que piensa que el mundo gira a su alrededor. «Vamos a ver qué hace», se dice y continúa con su trabajo. No ha tenido tiempo de cambiarse, aún lleva puestos los escarpines que le tejió su madre, «Porque en Lima hay mucha humedad, hijita», la gorra de lana reposa al lado sobre una silla, y sus zapatos trajinados lucen llenos de polvo, es evidente su cansancio, fueron doce horas de viaje que tuvo que soportar, sentada, además, al lado de aquella señora que no paró de hablar.

—Señorita, ¿me puede decir hasta qué hora voy a seguir esperando? —dice de pronto el hombre, acercándose un poco más, completamente indignado por la indiferencia de la muchacha.

—Sí, señor, ya le oí —responde Eugenia, observándolo desafiante.

Gustavo ve su rostro cobrizo, el cabello azabache, la boca apretada, sin pintar, sus facciones afiladas, justo el tipo de mujer que busca: provinciana, inocente. El manantial de miel en los ojos lo impacta, aunque no de la manera en que hubiese deseado.

La confusión de sentimientos que evidencian las facciones de Gustavo le da tanta risa a Eugenia, la marca vertical en su frente dice que está molesto pero la forma en que va suavizándose su semblante al mirarla, manifiesta otra cosa, ella quiere mantenerse inexpresiva, demostrarle a aquel hombre que a ella nadie le habla de esa forma, mandarlo a «trasquilar ovejas», como dicen en su tierra, pero no puede evitar que la sangre comience a agolparse en su garganta. Fue solo un segundo, pero ella tampoco puede impedir que todo el día se repita esa imagen en su cabeza, esa sensación en su cuerpo, solo vuelve a estremecerse una y otra vez ante el recuerdo de su cercanía cuando a Gustavo se le cayó el celular y ambos se agacharon a recogerlo.


Dos meses después.


La tarde está muriendo, hace frío y las gotas de lluvia se agolpan en los aleros que sobresalen del techo, cayendo una tras otra como hilos de agua. Gustavo aún recuerda cuando ella, luego de varias semanas aceptó su invitación a salir. Eugenia se acurrucaba en su pecho y él caía rendido, hasta que ella bajó la guardia y se entregó sin reparos.

Eugenia también lo recuerda mientras observa el arma que ha encontrado en uno de los veladores. Aún late en su pecho aquella tarde, sobre la arena tibia de la playa. Aurora, la dueña de la peluquería se lo había advertido, que no debía confiar en Gustavo, que andaba en cosas raras, pero ella se negó a creerlo, él le prometió tantas cosas y le pidió otras tantas, ella se había esforzado por adaptarse a los cambios que implicaba su nueva vida, sin amigos y dependiente por completo de él. No puede negar que fue una experiencia maravillosa y maravilloso también el tiempo que sucedió a este hecho, por lo menos hasta que descubrió aquello que la llenó de sobresalto.

Se fueron a vivir juntos y él le prohibió que continuara trabajando. Que era su mujercita, dijo, que su mujercita se quedaba en casa, que necesitaba que lo cuiden; le sonó tan gracioso, le hizo sentirse especial y renunció a ser independiente. Se mudaron a un pequeño departamento en una urbanización tranquila donde no faltaban los espacios verdes. Desde el balcón podía disfrutar del parque aledaño con sus trinos matutinos y los árboles coloridos, la rodeó de comodidades y accedía a cada petición suya siempre que no involucrara amistades, casi no salía de casa. Se dedicaba a esperar que él llegara a decirle lo bella que estaba, a compartir la cena que preparaba con las cosas que él compraba, jamás se preguntó por qué insistía en que se cuide para no salir embarazada, cuando ella siquiera insinuaba su deseo de ser madre, él se alteraba. Su horario de trabajo era tan extraño, al punto que a veces se quedaba en casa varios días; pero últimamente se ponía de tan mal humor que casi no hablaba, luego de recibir ciertas llamadas telefónicas. Estaba tan ansioso, ¿quién lo llamaba por teléfono?, ¿por qué le había pedido que no abra las cortinas?, ya casi no salían, ¿qué estaba pasando para que él estuviera así?, ¿acaso había otra mujer? Sí, tenía que ser eso. Ya lo había sorprendido varias veces mirándola de modo extraño, como si ella fuera una desconocida. Tenía que averiguarlo, no podía quedarse tranquila, solo esperaría a que él salga. Eugenia no podía imaginar que Gustavo exponía su propia vida al mantenerla a su lado, ser padre y formar una familia como esas de cuento no era posible, todo se estaba complicando, a veces la miraba y se preguntaba si podría prescindir de ella, si no se solucionaría todo entregándola, o mejor aún, eliminándola.

Era cerca del mediodía cuando Gustavo cogió las llaves de la camioneta y salió sin decir nada. Apenas había avanzado una cuadra cuando notó algo extraño, un auto con lunas polarizadas estaba estacionado en la esquina, observó los alrededores, gente extraña deambulando. Decidió regresar. Los acontecimientos estaban precipitándose, tenía que tomar medidas urgentes, le pediría a Eugenia que salgan de viaje, cualquier pretexto serviría, ella creía en él, no dudaría. Las manos se le humedecieron, siempre le ocurría eso cuando estaba nervioso. Estaba llegando a casa cuando recibió la llamada que tanto temía.

—No puedes seguir escondiéndote, tienes que entregarla o voy yo mismo por ella —dijo un hombre, casi gritando—. Mañana a primera hora, es tu última oportunidad.

Tenía que solucionar las cosas. Sabía que estaba en falta con su jefe, cuando conoció a Eugenia, el plan era seducirla para entregarla luego, al igual que lo hizo con las otras muchachas, él no contaba con que se enamoraría de ella y el jefe lo sabía, una debilidad como esa, lo descalificaba ante su organización. Había dado demasiados pretextos. Cumpliría con su entrega rutinaria, sí, eso le daría tiempo de escapar con Eugenia. Marcó un número desde su celular.

—Prepara los dos paquetes, llego en media hora —dijo.

Entró en la casa y al ver a Eugenia en el sillón, volvió a repetir las recomendaciones de los últimos días: «No respondas el teléfono ni abras las cortinas. Yo regreso en un par de horas».

Eugenia no contestó. Estaba cansada de sus absurdas órdenes, esa misma noche averiguaría qué estaba ocurriendo. Lo había visto hablar por teléfono antes de entrar. Era su oportunidad de descubrirlo.

Esperó que se alejara por la avenida y tomó el primer taxi que pasó, algunas alarmas que permanecían apagadas, se encendieron en su cabeza: viajes repentinos y largos, llamadas durante la madrugada, que le pidiera que siempre tuviera las cortinas corridas aun durante el día. Temblaba, pero se armó de valor y continuó. Luego de un largo tramo, el vehículo cerrado en el que viajaba Gustavo se internó por caminos sin asfaltar que parecían haberse formado bajo el peso de los autos, rutas que repentinamente se dividían ante largos montículos de tierra; a esa hora varios automóviles iban en el mismo sentido, lo que le permitía al taxi donde viajaba Eugenia, pasar desapercibido. De pronto, la camioneta se detuvo delante de un portón. A unos metros, el taxi se detuvo también y la muchacha bajó, ocultándose detrás de una caseta con un cartel que ofrecía «marcianos de fruta». Desde donde estaba podía escuchar voces, pero no podía ver nada. El recojo de «los paquetes» duró aproximadamente quince minutos, luego cogió el mismo camino hasta salir a una avenida. Quince minutos más tarde, un fuerte olor a desagüe anunciaba obras municipales inconclusas, los árboles aparecían como fantasmas sacudidos por un fuerte viento que levantaba un polvillo de tierra.

Había tres autos más siguiendo la misma ruta, lo que favoreció su propósito de no despertar sospechas. Pasó casi una hora de recorrido hasta que el camino volvió a separarse, esta vez, construcciones de madera de una reciente invasión aparecían delimitando nuevas rutas. Por fin el vehículo se detuvo ante una vía estrecha que se extendía unos cuantos metros antes de llegar a una puerta ancha, varios perros salieron mostrando sus dientes. El taxi en el que viajaba la mujer se detuvo a unos metros y ella, aunque muerta de miedo, bajó y logró esconderse detrás de un cerco, no sin antes pedirle al chofer que la espere un rato, que le pagaría por su tiempo, este accedió de mala gana. Transcurrieron algunos minutos, Eugenia seguía sin entender qué era lo que ocurría, preguntándose qué hacia él allí si siempre dijo que trabajaba en una oficina en el centro de la ciudad, incluso llegaba a casa y le contaba de los clientes que conocía en el servicio de técnico electricista que realizaba.

De pronto la puerta de la 4x4 se abrió. Desde donde estaba pudo ver dos muchachas provincianas visiblemente asustadas que miraban hacia todos lados, y que le recordaron a ella misma cuando llegó a Lima, en busca de un trabajo que le permitiera estudiar. Se encogió como pudo. De la cabina delantera bajó Gustavo, traía una escopeta. Jaló a las mujeres, quienes hacían esfuerzos para no caerse, pues tenían los brazos atados a la espalda. Una de ellas logró zafarse. Desde donde estaba, Eugenia pudo ver la contrariedad de Gustavo, aquella expresión que conocía tan bien, la mirada fija en su objetivo, la aparente serenidad en los pasos largos hasta donde había caído la mujer mientras intentaba escapar, la rabia contenida. La levantó y estrelló su puño en el rostro de la muchacha, que cayó desvanecida

La cartera se le resbaló de las manos produciendo un ligero ruido al caer sobre la tierra, Gustavo giró la cabeza hacia donde estaba ella, luego cerró la puerta de la camioneta de un golpe y abrió el portón, empujó a la otra chica que permanecía atada, levantó a la que había caído introduciéndola tras la puerta, alguien la recibió. Cerró nuevamente. Eugenia estaba a varios metros, tal vez había visto mal, quiso engañarse, la evidencia era demasiado real para ignorarla. Esa noche al llegar a casa comenzó a armar mil teorías para justificar lo que había visto pero era imposible, la única certeza que tenía era el miedo que la congelaba, tan solo de pensar que él llegaría en cualquier momento.

Y mientras ella decidía qué hacer, Gustavo, sentado sobre el muro que rodeaba la casa también pensaba en ella. En su expresión de los últimos días: compungida, desconfiada; en el miedo en su mirada, en el auto estacionado cerca del lugar donde hizo su entrega. Él la amaba, bueno, amaba a aquella muchacha que conoció hacía un par de meses, ¿acaso no estaba viva? Podía haberla entregado como estaba planeado, si no la amara tal vez estaría prostituyéndose, o muerta, como tantas otras, ¡no!, él le había permitido vivir, la protegió encerrándola en la casa, y jamás fue violento con ella, ¿acaso no llegaba cada noche a decirle lo mucho que la amaba?, nunca le había faltado, ¿por qué tuvo que seguirlo?; la ira emergía del estómago y su puño se estrellaba una y otra vez en la pared, tenía la mano con varios cortes, llevaba rato pensándolo. No quería llegar a casa, sabía que, si lo hacía, algo malo ocurriría. Se golpeaba la frente con el anverso de la mano, «¿Por qué tuviste que cambiar?», se preguntaba. «Tú eres Eugenia, mi Eugenia, la de la piel cobriza que se estremece cuando la toco, la pequeña y frágil Eugenia que se acurruca en mis brazos». Su pensamiento se pierde en un pasaje oscuro donde aparece su amada con un cordel transparente enrollado al cuello, ya no habla, ya no reprocha, ya no hace preguntas, sus ojos pierden el brillo.

Es de noche, el ruido de las llaves introduciéndose en la cerradura alerta a Eugenia. Es él. Está sentada en el sillón de la sala con la lámpara encendida, una taza de té reposa sobre la mesa de centro. Ha acomodado todos los cojines en el sillón donde se encuentra y abraza casi estrujándolo, es su punto de apoyo, ese que le brindará el equilibrio que necesite cuando lo enfrente. Cuando le diga que se irá.

Él ingresa, viene con la mejor predisposición de arreglar las cosas y llevársela de viaje, dispuesto a verla linda como siempre, a ser gentil, pero no puede ignorar que ella lo ha descubierto. La mano derecha juega con las llaves; la izquierda en el bolsillo acaricia un rollo de hilo de pescar, el mismo que imaginó enroscado alrededor de su cuello.

Ella lo ve entrar e intenta controlarse, le dará la oportunidad de confesar. Se apoya en un cojín y pasa el brazo por detrás, toca la superficie fría del arma que ha escondido. Espera.

viernes, 2 de febrero de 2018

La novia eterna

Paulina Pérez


Manuela, nacida en el seno de una familia muy conservadora e influyente en una capital de provincia al interior del país, tenía cuatro hermanos varones. Se había educado con las monjas de La Inmaculada Concepción. Su madre contrató a lo largo de su educación primaria y secundaria profesores de piano, etiqueta, cocina, pastillaje, bordado y manualidades y gracias al internet estaba al día en cuanto a modas, comida internacional, música, etcétera, todo, según ella, dentro de la clase y la distinción, nada de modernismos y extravagancias.

Juan Manuel era el primogénito de otra de las familias renombradas de aquella ciudad. A los quince años sus padres lo habían enviado interno a un colegio en España. Luego continuó sus estudios en una escuela de negocios en Londres, pues a su regreso se haría cargo de la empresa familiar.

La fiesta de bienvenida para Juan Manuel era el tema de conversación en las reuniones sociales. Sus padres estaban tan orgullosos que habían prometido celebrar su regreso por todo lo alto.

Las familias de Manuela y Juan Manuel se conocían desde siempre. La unión de estas dos “dinastías criollas” más allá del fuerte lazo de amistad, era un deseo gritado a los cuatro vientos. Las esperanzas estaban sobre estos dos jóvenes, ella una niña educada para ser esposa y él, un hombre con algo de mundo, que solo podía compartir su vida con ella.

El compromiso de Manuela y Juan Manuel se anunció durante la cena del cumpleaños número dieciocho de ella. Un hermoso solitario le fue colocado en su mano. En seis meses el sueño de las dos familias sería concretado.

Durante el corto noviazgo, Juan Manuel visitó  a su prometida en contadas ocasiones y siempre bajo la supervisión de la madre de ella. Los demás encuentros fueron en fiestas, almuerzos organizados por ambas familias.

El vestido de novia fue la primera tarea de la novia y las futuras consuegras; las telas que formarían parte del atuendo fueron traídas de distintos países.

Para Manuela no existía nada mejor en el mundo que ser la esposa de Juan Manuel, su madre y su futura suegra la habían preparado para eso desde niña. Siempre que ella estaba presente, se hablaba de él como si se tratara de una especie de «súperhéroe». A los quince años recibió de regalo un portarretrato con la foto de su prometido y en adelante cada mes, una carta de él le sería entregada. Poemas, flores secas, postales, pañuelos perfumados, y hasta mechones de cabello acompañaban aquellas letras de un Juan Manuel perdidamente enamorado y ansioso de volver a casa y no apartarse de ella nunca más. Ella también le escribía, supervisada por su progenitora, cada semana en papeles carta de colores claros, con una esmerada caligrafía.

Los únicos amigos de Manuela del sexo opuesto eran los que frecuentaban a sus hermanos para los cuales estaba claro que era una mujer prohibida. Sus amigas mujeres, que no eran muchas, no dejaban de mencionarle la suerte que tenía de ser tan querida y consentida y lo detalloso que era su pretendiente, puesto que con el aparecimiento del e-mail que alguien se tome la molestia de escribir cartas a mano solo podía deberse a un amor sin límites.

A Manuela la habían educado para ser la esposa de alguien, escogido por sus padres desde luego, y ni bien la infancia iba dejando paso a la adolescencia su futuro ya estaba decidido y ella lo había acatado sin chistar. Tampoco habría sabido cómo rebelarse, la rebeldía en una mujer era de muy mal gusto.

Con el pasar de los días y los años la imagen de ella junto a Juan Manuel fue ocupando todos sus pensamientos y sus esfuerzos pues para ella que alguien como él la haya escogido, era una bendición del cielo. Desde niña fue muy sobreprotegida, no sabía dar un paso sin la aprobación de su madre. Si iba a soltar una mano, debía haber otra de cual asirse.

Juan Manuel participó de cada uno de los preparativos de la boda en los que su opinión era requerida; el menú a ser servido, los licores, la lista de invitados, padrinos, anillos.

El vestido de novia llegó con un mes de anticipación y fue colocado en un maniquí fabricado exclusivamente para prevenir cualquier daño. Manuela lo contemplaba con mucha ilusión cada vez que ajustaba el protector de manera que ni el aire lo rozara, se imaginaba a Juan Manuel mirándola desde el altar, ansioso por darle todo ese amor del que le hablaba en sus cartas.

Manuela y Juan Manuel asistieron a su última misa de novios. El padre se tomó unos minutos del sermón para desear buenos augurios a la futura pareja.

Entre las sesiones para el maquillaje y el peinado los días pasaron sin dejarse sentir.

El día tan esperado por Manuela llegó. Las mujeres de la familia le prepararon un baño con yerbas dulces, una especie de ritual de buenas energías y despedida.

La ceremonia religiosa empezaría a las seis de la tarde. La iglesia lucía hermosa, llena de flores, los niños del coro con sus túnicas impecables iban llegando al igual que los invitados. De pronto sonaron las seis campanadas que apuraban a los atrasados.

La novia estaba lista para descender de una deslumbrante limosina blanca cuando el padre de Juan Manuel, todo desencajado se acercaba al padre de Manuela, Juan Manuel había desaparecido.

Mandaron al chofer del lujoso auto a dar una vuelta, al regresar de nuevo a la iglesia el padre de Manuela subió al carro y pidió que los llevaran a casa.

Un tenso silencio fue apoderándose del ambiente. Manuela parecía no entender lo que estaba pasando. Entró a su habitación, acomodó su vestido de manera que no se dañara al sentarse en el borde de su cama mientras esperaba que la fueran a buscar para llevarla de nuevo al templo.

Los gritos y sollozos fueron inundando la casa de la novia. Manuela esperaba ansiosa alguna noticia sobre su novio, pero nadie se atrevía a entrar a su habitación. Mientras esperaba se percató de un sobre con su nombre; Juan Manuel había dejado una carta para ella, donde le pedía disculpas por ceder al chantaje de los padres de él y haberle hecho creer en un amor inexistente cuando su corazón estaba comprometido desde hace algunos años.


Diez años después Manuela sigue arreglando su vestido de novia en un cuarto de una clínica psiquiátrica.

Tu rastro que me acompaña

Constanza Aimola




Elizabeth Domínguez es una mujer de treinta y dos años. Su familia está conformada por sus padres y una hermana menor. Eran muy unidos hasta que Elizabeth se casó. Vivió más de diez años bajo el yugo de un personaje que parecía sacado de una historia de terror.

Permaneció en un drama sin sentido y objetivo y un día, defendiendo su propia vida, después de armarse de valor decidió matarlo. Tras unos días de investigaciones en una comisaría había sido absuelta, cuando comprobaron que fue en defensa propia.

Cuando por fin era libre, ya su padre había muerto. La leucemia había terminado con su vida, lo dejó cada vez más delgado, hasta parecía haberse hecho más pequeño. La quimioterapia acabó con sus defensas, tornó amarillenta su piel, dejó a su cabeza sin un pelo, pero sin saber cómo ni por qué el bigote que tenía desde la adolescencia y que alguna vez usó como un gran mostacho siguió intacto.

Llevaba mucho tiempo sin poder hablar con su mamá y hermana, ya que su esposo se lo prohibía, cuando finalmente pudieron encontrarse, le contaron cómo había sido el infierno por tener que ver a este hombre grande y fuerte, de apariencia invencible agotarse poco a poco. Hasta el último minuto reiteró sus ganas de vivir, nombraba a Elizabeth y pedía a gritos su presencia, pero ella nunca llegó.

A continuación, una parte de la historia de Elizabeth Domínguez, un viaje que nunca debió haber hecho, que no disfrutó en lo absoluto, pero que lamentaría no haber vivido porque le dio felicidad a su vida y a mí material para escribir este cuento.

Habiendo terminado el drama físico y psicológico de la muerte de su esposo, Elizabeth se dedicó a ir a fiestas, conocer personas, recuperar amigos. Un día, aproximándose la salida de un bar, conoció a Pablo, a quien le llevaba catorce años. Pasaron unos meses y entablaron una relación que aunque no era formal, le permitió a Elizabeth vivir unas experiencias que antes la vida le había negado.

Durmieron juntos una noche en el apartamento de Elizabeth, después de tomarse tres botellas de vino directo del envase, reírse, besarse sin afán, hablando de todo. Eran como las diez de la mañana y por primera y única vez en su vida Elizabeth no alistó la maleta, ni preparó todo un atuendo que saliera a la perfección.

Salieron muertos de risa y haciéndose cosquillas, en el sótano abordaron el carro, un espécimen deportivo, negro con vidrios polarizados, no sin antes devorarse a besos.


Empezaba en su vida una aventura, un nuevo despertar, una nueva oportunidad de ser feliz. Después de muchos años de haber estado muerta en vida ahora tenía que aprovechar el chance que le daba el universo por fin conspirando a su favor.


Emprendieron el viaje con otras dos parejas, en la carretera algunos impases le hacían pensar en regresar, se sentía incomoda y como la mamá de esos personajes a los que debía llevarles alrededor de quince años.

Llegaron al primer destino y por fin después de visitar algo más de diez hoteles se quedaron en uno que no era lo que esperaban, al menos un lugar limpio y con camas disponibles para tres parejas, sin embargo, este por lo menos parecía más seguro. Se contentaban con que solamente se iban a quedar allí a dormir porque iban a salir toda la noche de fiesta. Así fue llegaron al otro día, durmieron un par de horas, se despertaron, desayunaron y salieron a lavar los carros, una idea que se le metió en la cabeza a uno de ellos. Elizabeth hubiera querido quedarse en el hotel, pero tenía que parecer empática, tal vez la forma de quererles demostrar que no era tan mayor, aunque solo conseguía parecer la tía chévere.

En los pueblos de esta región había fiestas por esta época. Elizabeth tenía en su cabeza que estos eran lugares muy sanos y que no ocurría nada, tal vez una que otra pelea callejera, pero nada más. El calor era infernal, tuvieron que esperar a que pasaran procesiones y carrozas llenas de personas que gritaban, cantaban y celebran. Varias calles estaban cerradas y debieron tomar diferentes atajos. Tenían las ventanas abajo y el gentío pasaba alrededor de ellos, eran como hormigas en procesión quién sabe para dónde.

De pronto Elizabeth sintió cómo un hombre se le abalanzó encima y por poco la ahorca, quería robarle dos cadenas de oro con dijes que colgaban estéticamente de su cuello. Esto se convirtió en un caos, el ladrón intentaba quitárselas y su amigo le pegaba hasta que el tipo tuvo que soltar una. De reojo vio cómo su amigo la sacó de su escote y la guardó. El ladrón salió corriendo y se subió a una moto que lo esperaba a una cuadra.

El susto fue espantoso, Elizabeth sangraba por un rasguño que le hizo, la escandalosa sangre logró marcar el camino del cuello hasta la muñeca, por donde resbalaba goteando a la barra de cambios de donde era incapaz de mover la mano, que estaba paralizada por el susto.

Apurada y con las piernas flojas por el pánico no lograba hacer el cambio para arrancar. La multitud se hizo a un lado, después de ver lo que les habían hecho, Elizabeth, muy nerviosa, no podía dejar de llorar.

Tratando de olvidar lo sucedido decidieron irse al club donde había sido la fiesta la noche anterior esperando encontrarse con un lugar tranquilo, para disfrutar un rato del sol y tomar unos tragos, pero esto no fue lo que encontraron, en cambio llegaron a un sitio sucio en donde reposaban las colillas de cigarrillo, las botellas de trago desocupadas y los borrachos tirados en el piso.

Esto era un ambiente que no estaban dispuestos a soportar por lo que decidieron irse a otro pueblo. Sacaron del hotel las maletas, pagaron la cuenta y se fueron a buscar otras alternativas para seguir viviendo aventuras.

Preguntaron en dónde podrían alquilarles una casa cómoda que tuviera piscina privada y así fue como llegaron a un mejor lugar, aunque esto no era nada lujoso y debían dormir en camarotes de camas sencillas, sin aire acondicionado, en un calor de más de treinta grados.

Cuando lograron acomodarse en el lugar, estaban más calmados y pudieron disfrutar de algunos juegos en la piscina. En un momento Elizabeth se puso a organizar las maletas que por salir apurada del otro hotel estaban revueltas. Había algunos antecedentes que le hacían pensar a Elizabeth que su amigo tenía alguna manía relacionada con el robo. Por ejemplo un inconveniente con una de las parejas que los acompañaban, quienes lo acusaron de haber tomado dinero de su maleta y también decirle que no tenía su cadena cuando había visto que la había guardado, después de sacarla de su escote.

Organizó su cartera, puso allí todas las cosas de valor que le quedaban, una pulsera gruesa de oro, dos anillos de tres vueltas que su papá le trajo de un viaje a Italia, aretes de oro, el celular, dinero y la billetera con documentos. También tenía allí su agenda personal, unas facturas pagas y otras pendientes por cancelar y un pequeño cuaderno con anotaciones, ideas y algunos escritos. Pensó: «La pondré en el baúl del carro para que si son verdad mis sospechas no tenga tan fácil la oportunidad de robarlas».

Fue una noche difícil, el calor era desesperante y los mosquitos parecían pájaros con enormes picos en forma de aguja que se comían cada pedazo de piel de los turistas. En la mañana estaban llenos de ronchas rojas y la rasquiña era insoportable. Aun así Elizabeth lograba mantener una buena actitud, por lo que accedió a ir al pueblo a desayunar, mandar a lavar los carros y comprar algunas provisiones para hacer un asado en una vieja parrilla con carbón que encontraron en el patio trasero de aquella casa.

Aunque trataban de ser más positivos, los ánimos no eran buenos, no hacían bromas, la música era menos festiva y con bajo volumen y había largos tiempos de silencio. Dejaron lavando los carros mientras fueron a desayunar y al mercado. Los recogieron y se dirigieron a la casa en donde hicieron el almuerzo y compartieron en la piscina.

Ese mismo día regresarían a su ciudad de residencia. Elizabeth reposaba bajo el sol, acostada en una silla reclinable al lado de la piscina hacía el recorrido mental de las actividades que tenía que realizar. Bañarse, pensaba en la ropa que se pondría. Debía alistar las maletas, no olvidar el cargador del celular que tenía en una mesa al lado de la cama, organizar el dinero para los peajes y fue justo cuando recordó. Abrió los ojos y se sentó como si tuviera un resorte debajo de la espalda. Había dejado el carro para que lo lavaran con su cartera llena de cosas de valor en el baúl.

En este momento enloqueció, le provocaba tirarse a la piscina para ahogarse, salió corriendo a buscar las llaves y se lastimó el dedo pequeño del pie derecho. El dolor era inmenso, pero no más que saber que había organizado delicadamente todas sus pertenencias más valiosas y las había puesto en manos de cualquiera. Maldijo todo lo que pudo, se trató de imbécil, de idiota. Se arrepintió por a sus años, querer vivir este tipo de aventuras a las que no estaba acostumbrada, pero que podían poner en riesgo tanto. Gritando llegó a la conclusión de que no valía la pena, lo que no sabía era como iba a resolver este problema y lloraba y se resignaba, porque era imposible que recuperara algo tan valioso, seguramente ya estaba en alguna casa de empeño de este o algún pueblo cercano.

Lo comprobó, la cartera no estaba, la habían sacado del baúl cuando dejó lavando el carro. ¡Claro la encontraron cuando abrieron el baúl para aspirarlo!

Todos se sentaron a pensar qué podrían hacer, uno de ellos era abogado y ya estaba pensando en poner una denuncia, otro en tono agresivo y desafiante proponía que los encararan y los obligaran a confesar que la habían cogido y la regresaran. Los más tranquilos sugerían que Elizabeth dejara a la vida o al cosmos las cosas porque no había la más mínima posibilidad de recuperarlas.

Embutieron la ropa entre las maletas, encima del vestido de baño mojado se pusieron la primera ropa que encontraron y salieron. Justo antes de cerrar la puerta timbró un teléfono dentro de la habitación, era el celular del amigo de Elizabeth. Si no lo hubieran escuchado lo habrían dejado olvidado debajo de almohada.

Era una llamada desde el celular que había dejado Elizabeth entre la cartera. No alcanzaron a contestar y al regresar la llamada estaba en la línea un hombre. Les dijo:

«Tengo una cartera en mis manos con algunas pertenencias de mujer. Estaba arreglando un carro y vi salir a un muchacho con ella debajo del brazo y se me hizo extraño. Lo llamé y le pregunté, me tiró la cartera y salió corriendo».

Había marcado a este número, que era el último que estaba en la lista de llamadas hechas y recibidas. El hombre quería devolverla y les pedía que lo recogieran de inmediato sobre la vía. Ese celular tenía poca carga por lo que temían que si se apagaba no alcanzarían a hablar con él ya que les había dicho que no tenía celular.

Salieron apresuradamente y se enfrentaron a una horrible congestión de carros, se había terminado el fin de semana y lunes festivo y al parecer, todos al mismo tiempo estaban intentando regresar a la capital. La desesperación era infinita. Se repartieron en los dos carros. Elizabeth y su amigo iban solos, para poder llevar al señor, quien les había pedido que lo dejaran a un paraje cercano para tomar el bus que lo llevaría hasta su casa, entonces las demás parejas se fueron en el otro carro.

Constantemente lo llamaban, les decía que no iba a poder seguir esperando, que tenía mucha sed, hacía demasiado calor y tenía que regresar a su casa antes del anochecer. El amigo de Elizabeth estaba a cargo de recibir y hacer las llamadas, le preguntaba que cómo estaba vestido, el nombre, que si quería algo y le suplicaba que los esperara. Jesús era su nombre, le dijo que quería una coca cola, que tenía mucha sed, que le comprara una botella de las grandes.

Todavía lejos del punto de encuentro que habían acordado, confundido entre los vendedores ambulantes un señor se acercó y tocó la ventana, les pidió que le abrieran la ventana.

Yo soy Jesús, tengo su cartera.

Era un hombre de estatura baja, podría tener alrededor de sesenta años, el cabello abundante y lacio de color plateado. Sus ojos eran de tamaño mediano y de color azul como el cielo.

Cuando se dieron cuenta de que era él, el amigo de Elizabeth se bajó apresuradamente. Era un carro de dos puertas por lo que bajó la silla de adelante y le permitió que pasara y se acomodara atrás.

—Mire y verá que todo está completico.

Así sin más les entregó la cartera. Era verdad, no faltaba nada. El amigo de Elizabeth se puso a revisar, ya que ella estaba conduciendo. De reojo vio cómo sacó un billete de cincuenta mil y se lo metió en el zapato. No quiso decirle nada, pero confirmaba sus sospechas, lo que le sirvió de argumento para no volverlo a ver después de regresar del viaje.

—Ya vamos a comprarle su coca cola, no hemos encontrado un lugar, le dijo el amigo de Elizabeth. Entonces Jesús señaló una tienda en una esquina.

—Mire ahí me la puede comprar, bájese, ahí la consigue. 


Mientras que estábamos solos me dijo:

—Debe tener más cuidado, cuide sus cositas, mire que está muy difícil conseguir la plata.
Era un regaño que Elizabeth merecía, pero lo transformó en consejo, el de una persona tranquila que la llenó de paz y logró hacerle sentir su buena energía y amor. El amigo de Elizabeth compró la coca cola más grande que encontró y unos vasos. Les ofreció a los amigos del otro carro y le sirvió a Jesús. Recibió el vaso y se lo bebió rápidamente, pidió otro y al terminar suspiró indicando que había calmado la sed.

—Gracias, ahora sí sigamos porque nos cogió la noche.

Arrancaron y siguieron el camino.

Hablaron de todo, les contaba en dónde vivía, era un pueblo que jamás habían escuchado, que estaban en fiestas y que le gustaba tomarse unos tragos con su esposa, que tenía que llegar para poder compartir con la familia y los amigos. Les contó que era mecánico y que estaba arreglando un carro en el taller ubicado en la estación de gasolina en la que habían dejado a lavar el carro. Unos kilómetros adelante parecía que se hubieran conocido toda la vida. Los aconsejó, les habló de la importancia de la familia, de lo mucho que amaba a su esposa y a sus hijos. Sin embargo, Elizabeth todavía algo incrédula, mencionaba de vez en cuando que estaban acompañados por unos amigos que viajaban en otro carro.

De pronto les indicó el lugar en el que se iba a bajar, una estación de gasolina plantada en un arenal. La típica estación en medio de un gran lote en donde paran a llenar de gasolina grandes camiones y buses de servicio público. En una esquina un grupo de hombres barrigones jugando dominó, con un palillo entre los dientes quien sabe desde que hora.

—¿Está seguro de que es ahí donde quiere que lo deje?

Preferiría llevarlo hasta su casa.

—Mi casa es lejos, hay que tomar una trocha y es oscuro y feo, no se podría regresar hoy, por ahí no recomiendan que salgan por la noche.

Elizabeth accedió y se estacionó, le pidió el número de teléfono, pero nuevamente le dijo que no tenía. Le dio su tarjeta para que la llamara.

—Cuando esté en la capital y necesite algo me llama y con mucho gusto podría ayudarlo.

Se bajó y Elizabeth suspiró en señal de descanso. No podía creer que hubiera recuperado todo, que se hubiera encontrado con una persona honesta de esas que no son comunes en estos tiempos.

Elizabeth le dijo a su amigo que le entregara a Jesús el billete de cincuenta mil que estaba en su cartera, el que ella sabía que había guardado en el zapato. No tuvo opción, disimuladamente se lo sacó y se lo entregó.

—Acéptelo, es poco pero quiero con esto darle las gracias por ser tan honesto y regresarme mis cosas.

Se guardó el billete y la tarjeta en el bolsillo de la camisa y empezó a caminar por la orilla de la carretera. Se quedaron atentos mirando por el retrovisor, no pasaban buses, Elizabeth no quería que tuviera problemas para poder llegar a su casa. Le dijo a su amigo que se bajara y lo acompañara mientras tomaba el bus y cuando volvió a mirar por el retrovisor ya no estaba. No se veía, no había quedado ningún rastro de él. Fue extraño pero siguieron.

No podían dejar de hablar acerca de lo maravilloso de haber conocido una persona como Jesús, un hombre trabajador y honesto, amante de su familia y las costumbres de antaño que ya estaban en peligro de extinción en nuestro país y el mundo entero. Morían de ganas por contarles a todos su aventura y pequeño milagro.

Se encontraron con sus compañeros de viaje en una pequeña tienda al lado de la carretera. Narraron uno a uno cada momento. Cuando llegaron al punto en el que el amigo de Elizabeth se bajó a comprar la coca cola, uno de ellos la interrumpió:

—En ese momento estábamos muy preocupados, nos dio miedo que los fueran a coger entre esos dos tipos y les hicieran algo.

—¿Cómo así que esos dos tipos?

—Era un señor mayor, le corrimos la silla y se subió en el asiento de atrás.

—No, discúlpame eran dos. Uno se subió por el lado derecho y el otro por tu puerta. Tú no te bajaste, te hiciste hacia adelante y un señor alto, delgado, moreno, vestido con camiseta tipo polo de rayas azul o verde, blanco y rojo se subió por tu puerta y se sentó con el otro señor en la parte de atrás.

Elizabeth insistió en que no era así, pero todos los demás confirmaron lo que él decía.

—Claro que sí, un señor de bigote, alto y delgado. Tú le abriste la puerta y te hiciste un poco hacia adelante, corriste tu silla y él se subió. Es más cuando se bajaron a comprar la coca cola lo vimos por la ventana, ahí estaba sentado detrás de ti.

Elizabeth empezó a llorar descontroladamente, ahora lo entendía todo, ella tenía un gran ángel que la cuidaba. Este horrible viaje tenía un propósito. Ahora sabía que nunca iba a volver a estar sola y que él siempre será el rastro que la acompaña.