miércoles, 16 de septiembre de 2015

Renuncia

Samantha Vargas


Lunes, seis de la tarde, acabé mi jornada laboral, tomé mi auto y me marché, estaba exhausto. Poco tiempo me tomaba llegar a casa, era la única ventaja de vivir en el centro de la ciudad, estar cerca de centros corporativos y oficinas, mezcladas con los escasos edificios residenciales que no sucumbieron a la invasión comercial. Al llegar al umbral, como era habitual, oprimí el botón de control remoto desde mí coche para abrir la reja y entrar al sótano del condominio donde vivo, noté que el cajón de estacionamiento que colinda a la izquierda del mío, ya no estaba vacío, era ocupado ahora por un automóvil último modelo, compacto, color violeta metalizado. Me estacioné y al descender de mi vehículo, observé con curiosidad un par de calcomanías pegadas en la parte posterior de su cajuela, un corazón rosa, y un signo de “paz y amor”. Tomé el elevador hasta el piso siete, el último. Durante el lento ascenso, observaba el pasar de los pisos a través de la reja. Ese día me urgía ir al baño y corrí con la suerte de que el elevador no se atascó, como lo hacía frecuentemente. El pequeño sacudón y el sonido metálico me avisaban que ya había llegado a mi piso, recorrí la reja para abrirla, salí. Cinco pasos después ya estaba frente a la puerta de mi departamento. Me gustaba vivir allí. Era un viejo edificio art déco, construido en mil novecientos cuarenta y nueve, lo cual satisfacía mi gusto por lo antiguo. En esa calle todos los edificios se parecían entre sí, pero éste era imposible dejar de verlo. Una construcción cúbica de siete pisos, simétrico, pintado de color verde agua, con las cornisas y antepechos de las ventanas en amarillo canario. Tenía cuatro minúsculos departamentos por piso, dos de ellos con ventanales curvos que daban hacia el frente del edificio, el otro par de departamentos, los del ala posterior, miraban hacia la parte trasera, sólo bloques y cemento, que correspondían a un centro comercial. Para mi fortuna, mi piso daba a la calle y mi vista, aunque urbana, no dejaba de proporcionarme gozo. Ver la ciudad viva, avistar el tráfico citadino, los sonidos y luces, el smog y su dinámica frenética, encerraba en sí misma un extraño placer estético.

Entré, observé la entropía habitual que reinaba perenne, dejé el maletín de trabajo con mi computadora personal sobre la mesa, desaté la asfixiante corbata, pasé directo al baño, desalojé mi vejiga, fui a la habitación, la única, y claudiqué sobre la cama. Creo que me dormí, no sé cuánto, hasta que un ruido me alertó. Era un sonido como un chorro de agua y de platos o vasos chocando entre sí, y pensé: −¿Hay alguien en mí cocina lavando los platos?

Inmediatamente me levanté y constaté que no había nadie, seguí avanzando, siguiendo el origen del sonido y descubrí a través de la ventana que está sobre el fregadero, que, en su contraparte del departamento vecino, a menos de un metro de distancia, estaba una chica lavando sus trastes, quien en ese instante, advirtió mí mirada, y alzó su mano jabonosa, saludándome con un gesto amable y una cauta sonrisa. Extendí en alto mí mano en respuesta automática y de inmediato quedé paralizado. Sin duda era la imagen más inesperada y hermosa jamás vista por mí. Ahí estaba ella, con su rostro perfecto, piel blanca y expuesta, sin maquillaje alguno, de larga cabellera castaña muy clara con destellos rubios sobre su frente que, aunque colgaban rebeldes sobre sus ojos, dejaban ver su tono verde oliva. 

Esa noche, me preparé un bocadillo y cené invadido de curiosidad: –¿quién era esa chica?, ¿cuántos años tendrá?, ¿de dónde vendrá? –me preguntaba mientras imaginaba respuestas alternativas –¡Ah!, tal vez sea una modelo y trabaja en alguna agencia, de las muchas que hay por aquí… o tal vez es una alta ejecutiva de una empresa y la acaban de trasladar a ésta zona… o es la heredera de ese departamento cuyo dueño acaba de morir.

La mañana siguiente, al salir al estrecho pasillo del piso siete, vi con sorpresa que estaba la misteriosa mujer aguardando el elevador. Eran las siete y treinta, y, a pesar del frío otoñal, vestía con un pantalón de lycra azul índigo adaptado a su musculosa anatomía, una playera fucsia de manga corta, y zapatos deportivos. Su larga cabellera estaba sujeta por una simple coleta, que le despejaba el rostro, siendo más visibles las minúsculas pecas en los pómulos y el verde penetrante de sus ojos, podría tener unos treinta y tantos años, lo cual era conveniente para mi soltería. Sólo nos saludamos con una austera elevación de mano y acto seguido, ella desvió su mirada tratando de ver al infinito, me evadía, sentí. Me cohibí, como usualmente me sucedía ante una chica potencialmente cortejable, era la historia de mí vida, sin embargo, me consolé suponiendo que podrían gustarle los hombres morenos, de incipiente calvicie y lampiños como yo. Llegó el ascensor, rápidamente deslicé la reja plegable y la invité a entrar. Bajamos los siete pisos en absoluto silencio, algo incómodo.

Llegué a mi trabajo y permanecí durante todo el día pensando en mi nueva vecina.

Luego de acabar con mis rutinas laborales y dejar pendiente metas por cumplir, como siempre, en punto de las seis, nuevamente tomé el coche y me dirigí a casa. Tal pareciera que un día de mí existencia era un “flashback” del anterior, se repetía una y otra vez. Llegar temprano para obtener el mísero bono de puntualidad, encender el ordenador, revisar correos, contestarlos, beber café, escuchar las exigencias del jefe, juntas, beber café una vez más, solucionar problemas propios y ajenos, ver el reloj con ansiedad claustrofóbica para salir huyendo a las seis como estampida. Ese día llegué a casa, estacioné mi auto y solicité el elevador, tardó un poco más de lo habitual. Noté que se abrió la reja del garaje y entró el pequeño coche violeta, aparcó al lado del mío y descendió de él mi vecina. Ya no vestía su atuendo deportivo de la mañana, lucía un pantalón y blusa anchos, ambos beige de estampados étnicos multicolores. Nos saludamos con discreta cortesía. Llegó el elevador, abrí la reja plegable y le cedí el paso. Una vez dentro, comenzó a subir lentamente, de pronto, se detuvo bruscamente entre el cuarto y quinto piso. La chica enarcó ambas cejas y se arrinconó en una esquina del elevador, puso una de sus manos sobre su pecho, y comenzó a palidecer. Yo la observaba, entendí que estaba inquietándose por el ascensor atascado, así que traté de calmarla pretendiendo iniciar una conversación.

−No te preocupes, no tarda en llegar el conserje y destrabar el viejo motor, rápido lo echa a andar de nuevo, ya verás –dije, y ventajosamente agregué  –por cierto, ¿cómo te llamas?

−Gracias, al menos es un alivio ver a través de la reja, esto de sentirse encerrado es horrible… me llamo Isabel, mucho gusto, ¿y tú?

−Oh, cierto, no te he dicho mi nombre, me llamo Gilberto, el gusto es mío –dije asombrándome de mi mismo al notar que casi tartamudeaba al hablar, y agregué –y tú… ¿qué haces, a qué te dedicas?

−Hasta hace un mes era la directora de una empresa de publicidad para cine… –de pronto se escuchó un martilleo rítmico y fuerte, junto a pequeños sacudones de la cabina.

Alguien gritó –¿Están todos bien allí dentro?, ¡ya está listo! –y se restauró la marcha hasta llegar al séptimo piso.

−¡Oh!, qué alivio, sentirme atrapada me invade de miedo, cuando me llega a suceder en cualquier circunstancia, sólo deseo salir huyendo…¡vaya, al fin llegamos, se me hizo eterno!

Ambos descendimos del cubo metálico y cada quién se dirigió a su respectiva puerta.

−Gracias Gilberto, buenas noches –dijo ella mientras giraba la llave.

−No he hecho nada que me debas agradecer –dije con beneplácito.

−Trataste de sosegarme cuando nos quedamos atascados, me di cuenta, te conectaste de inmediato con mi pánico y trataste de calmarme… de veras, te lo agradezco… que descanses –cerró ella puerta y conversación.

Esa noche estuve un buen rato insomne, pensando en Isabel, me desconcertaba la belleza que poseía, su manera de hablar impecable, el miedo al encierro que la aterraba y su trabajo… por cierto, ¡su trabajo!, dijo que hasta hace un mes estaba en una empresa de publicidad, pero ya no acabó de contarme,  supongo que si ya no está en esa empresa, debe estar en otra, debe ser una gran ejecutiva… ¡oh!

La mañana siguiente, a la hora de salir de casa, noté que ella no estaba en el pasillo para tomar el elevador, el cual llegó y de él, salió un hombre, alto, corpulento, de barba abundante y cana, cabello al hombro y desgreñado, moreno, exhalando un extraño olor algo repulsivo, una mezcla de sudor axilar con incienso.  El hombre, interceptó mí mirada escrutadora, bajó su cabeza en ademán de saludo y tocó la puerta de Isabel. En un esfuerzo de no ser curioso, opté por subir rápido y descender en el elevador. Pasé un día laboral como todos, pegado al teclado y monitor, diciendo “si señor” y bebiendo café, pero no dejaba de pensar en ese sujeto que llegaba al departamento de mi hermosa vecina a esas horas de la mañana.

−¿Quién era? ¿Será su novio? ¿Por qué llega a esas horas? Y si fuese su pareja, ¿por qué no viven juntos? …¡qué extraño gusto tiene mi vecina!

Durante los tres días subsiguientes, vi llegar al mismo hombre y a la misma hora. Al menos me reconfortaba coincidir con Isabel en las tardes, era un delicioso aliciente post-laboral llegar a casa y compartir junto a ella los cinco minutos dentro del elevador, aunque fuese en silencio. Comenzaba a gustarme su aspecto ligero, siempre de colores claros, no usaba tacones ni aretes y el olor a agua de rosas que despedía, era un bálsamo para mis sentidos. Sencilla e impactante, sus facciones femeninas, suaves, y su simpleza, eran abrumadoras. 

El cuarto día, vi al mismo individuo por última vez, aunque sólo lo espié por la mirilla de mi puerta, era sábado.  Esa tarde, tampoco vi salir ni llegar a mi vecina, la extrañé, ya se había convertido en mi recompensa vespertina. Esa noche, noté su ausencia a través de mi ventana, ya nadie lavaba los trastes, ni un ruido escuché.

−Qué raro, ¿dónde estará mi vecina? ¿Se habrá ido para siempre? o será que huyó con su exótico amante… sería una desgracia, pues no combinan como pareja, ¡qué desperdicio!

La tarde siguiente, al llegar de mí trabajo como todos los lunes, me di una ducha y mientras lo hacía, seguía extrañando a la vecina, pensaba en cómo en una semana de haberse mudado, había logrado penetrar tanto en mi mente, en mis sentidos, al punto de anhelar verla de nuevo. Salí de la habitación y me dirigí a la cocina a prepararme una cena rápida, al acercarme a la ventana, logré percibir un olor penetrante, desagradable, sentí náusea, asomé la cabeza por mi ventana y logré notar que el olor provenía del departamento de Isabel, unas cuantas moscas enromes entraban y salían a través de su ventana. Todo permanecía en silencio y obscuridad. Una sensación de incertidumbre me sobrecogió.  Algo andaba mal.

La preocupación me secuestró el pensamiento, no podía dormir. Me venció el sueño y al despertar, lo hice con desasosiego, angustia. Ya era tarde, ya ni caso tenía correr por el bono de puntualidad. Pensé:

−Voy a bajar a estacionamiento para corroborar si está ahí su coche.

Era la primera vez que me exhibía en pijama en el edificio, el conserje me vio intrigado y me preguntó sí algo me sucedía. Le pregunté sí tenía alguna pista acerca de la ausencia de la nueva inquilina, y me dijo que no había visto ni oído nada.

Al llegar al estacionamiento, descubrí que allí permanecía su auto. Me asomé a través de una de las ventanas y vi en su interior un swéter, un libro de Krishnamurti y una que otra basura.

Subí de nuevo al piso siete, y ésta vez noté que en el pasillo se percibía el olor a putrefacción. Me invadió el miedo. Mi corazón se aceleró y me dije:

−¿Qué habrá sucedido? ¿Por qué desapareció Isabel? –me preguntaba mientras dudaba sí entrar a mí departamento o atreverme a tocar en su puerta.

−¿Será posible lo que estoy imaginando?, siempre creí que ese hombre era mayor para ella, su aspecto era intimidante, desagradable…tal vez sea un psicótico, violador o asesino en serie y se aprovechó de Isabel para seducirla y… ¡asesinarla! –hice una pausa para tratar de organizar mis ideas y decidir qué iba a hacer.

Entré a mi departamento, llamé a la policía, les solicité ayuda para investigar y sí fuese preciso, lograr penetrar a la fuerza al piso de Isabel. Me dijeron que no podían hacer un cateo sin una orden, necesitaban una denuncia.

−¿Denuncia? les estoy diciendo que se ha cometido un asesinato justo al lado de mí puerta y ¿necesitan un papel que los autoricen para que hagan su trabajo? –contesté furioso y asustado. Colgué el teléfono.

Comencé a caminar en círculos, no sabía qué hacer, me estaba quedando sin uñas de tanto llevarlas a mis dientes, hasta que, tomé la decisión.

Entraría al departamento de su vecina a la fuerza, buscaría al conserje como testigo para que encontraran el cuerpo juntos y poder hacer una declaración coherente a la policía.

−Pobre Isabel, tan bella, tan inteligente y haber acabado así. Le haré justicia.

Salí de nuevo, el conserje estaba ocupado. Lo esperé. Le pregunté si querría apoyarme en esa misión de rescate, y asintió.

De inmediato acudimos al maletero principal del edificio, sacamos un martillo de goma, un hacha y una palanca metálica.

Subimos juntos al séptimo piso. Comencé a sudar, latía fuerte mí corazón y cuando tomé un hálito de valentía decidí golpear la puerta de mí vecina. Primero con los nudillos, al no obtener respuesta, continué percutiendo con el puño cerrado al tiempo que gritaba su nombre:

−¡Isabel! ¡Isabel! ¿Estás allí?... ¡por favor, contesta!

No hubo respuesta, el conserje se asqueaba del olor a putrefacción que era cada vez más fuerte.

−Creo que ya es hora de forzar la puerta, ¡debemos entrar! –le dije al conserje, quien estuvo de acuerdo y comenzó a golpear la cerradura de la puerta varias veces, con mucho vigor, hasta que ésta cedió. De inmediato introdujo la palanca metálica entre el marco y la puerta, se escuchó el tronido de la madera.

Ambos entramos asustados, unas moscas nos recibieron, caminamos directo a la habitación y enmudecí al ver la escena.  Isabel sentada en flor de loto, pálida, con rostro apacible y ojos cerrados, vestida de blanco, recargada sobre la pared, su respiración era lenta, pausada, casi imperceptible, pero allí estaba, viva.

Me sentí perturbado, confundido, no entendía lo que estaba sucediendo. El conserje comenzó a verme con cara de burla y enojo, sólo le hice señas para que mantuviera la calma. El olor a putrefacción se sentía más intenso, seguimos caminando hasta llegar a la cocina, allí encontramos el origen. El refrigerador abierto, desconectado, sobre la mesa descansaban varios paquetes de alimentos descompuestos, eran uno de carne, otro de pollo y cuatro de pescado. Las moscas eran incontables y volaban por doquier.  La fruta que estaba en una canasta, también podrida, comenzaba a tener hongo y drenaba un líquido obscuro, maloliente.

Seguía sin entender. De pronto, el conserje con cara de sorpresa me hizo señas para que volteara detrás de mí. Ahí estaba el hombre de la barba cana, mirándome inexpresivo.

−¿Quién es usted? ¿qué hace aquí? ¿qué está sucediendo? –le increpé con altivez.

Y él, con ecuanimidad absoluta, contestó:

−Lamento que tengamos que conocernos de ésta manera, soy Santosh, maestro de meditación, kundalini, yoga y reiki –dijo el hombre con voz de tenor, mientras le tendía la mano para romper mí desconfianza, al tiempo que agregó −Veo que conoce a Isabel y se ha interesado por ella, tanto, que se ha tomado la atribución de ingresar de ésta manera a su hogar.

Hubo una pausa, un silencio corto, pero subjetivamente eterno. Decidí romper mí mutismo:

−Disculpe mí intromisión señor Santosh, pero, ¿qué está haciendo Isabel?... ¿qué relación tiene usted con ella?

−¡Caray! Luce usted muy interesado, verá, Isabel es mi pupila, comencé siendo su maestro de yoga, más tarde acudió a mí, anhelaba un escape a su saturada y demandante vida… la ayudé dándole herramientas para disociar su stress, ella me manifestaba con frecuencia que estaba cansada de la vida materialista, de trabajar catorce o dieciséis horas al día para llenar los bolsillos de otros, se sentía atrapada, asfixiada, hasta que un día, despertó en su casa vomitando sangre. Una úlcera en su estómago estaba desgarrándola por dentro, se tomó un descanso, cumplió su tratamiento, pero al salir del hospital, era otra. Se sentía disminuida, desanimada, desgastada. Durante  seis meses la ayudé y enseñé técnicas  de meditación, practicábamos casi diario, lo tomaba muy en serio. Un día, vino de nuevo en mí búsqueda para escapar del lugar donde vivía, la ayudé a conseguir éste departamento lejos de la casa de su familia, lejos de sus rumbos, anhelaba estar en silencio y jugar a ser una desconocida. Así que renunció a su trabajo y se instaló aquí.

−Entiendo, pero, ¿qué hace ella allí? Parece muerta en vida ¿se encuentra bien?

−Medita joven, ella se encuentra en estado contemplativo con su interior, ahorita mismo está lejos de aquí. Verá, Isabel me manifestaba la enorme paz que sentía después de cada sesión, así que iniciamos prácticas meditativas cada vez más profundas, largas, su meta era ausentarse del mundo, en silencio, uno, dos, tres días, lo que resistiera. Lo habíamos logrado en el taller de trabajo, las prácticas fueron intensas, fue allí cuando me dijo que se sentía lista.  En un acto de renuncia, hace pocos días decidió convertirse en vegana, sacó todos los alimentos de carne que contenía en su refrigerador y los dejó fuera para que se pudrieran, como ritual de pequeña muerte. Se sentó en el rincón mas cómodo que creó, adoptó la postura, cerró sus ojos y emprendió el viaje.  Es una valiente, una guerrera, dio un salto al vacío y soltó todo aquello que la controlaba, y ahora es libre –culminó aquel hombre sabio.

Me quedé sin palabras. De pronto me sentí absurdo, ridículo, infantil, por un momento quise huir de allí. Isabel no sólo no estaba muerta, tenía más vida, valentía y libertad que yo. Entendí en ese preciso instante que no sólo era un prisionero de mis rutinas, sino de mis prejuicios, falsas creencias, suposiciones y hasta de mis miedos.

De pronto, cual aparición, con aspecto etéreo y lento caminar, entró Isabel en la estancia, al mirarme dentro de su casa, al lado de su maestro, sin mostrar asombro alguno, esbozó una dulce sonrisa, su paz y una abrumadora sensación de certeza me inundaron.

martes, 15 de septiembre de 2015

Empatía

Teresa Kohrs


—¿A qué has venido maldito? —repetía entre golpes el agente especial Markov. Una y otra vez usaba las puntas metálicas de sus zapatos para golpear estratégicamente al hombre tirado en el suelo— ¡contesta! Pac, al riñón izquierdo. Zas, zas, al estómago.

Tosiendo y escupiendo sangre, el prisionero levantó una mano para cubrirse la cara. Alto, fornido, con cicatrices visibles, el agente encargado no podía evitar la mueca de placer que cada gruñido del caído le hacía sentir.

La doctora Petrova observaba el interrogatorio desde el otro lado del vidrio. Aunque no se podía ver desde la sala Markov sabía que ella estaba ahí. Este animal lo va a matar, pensó. Nadia no conocía bien al agente, pero las pocas veces que se había topado con él en los pasillos o el comedor, no podía evitar sentir un escalofrío. De él irradiaba violencia por cada uno de sus poros, desde su postura, hasta la forma en la que siempre parecía estar masticando las palabras.

El prisionero se veía desvalido, sangrando no sólo por la boca sino también de la cabeza donde ya había recibido un par de codazos. Pero más allá de eso, parecía que no comprendía lo que estaba sucediendo. Como si nunca hubiera visto a alguien ejerciendo tanta fuerza bruta. La sala de interrogación era un cuarto frío, iluminado con luz blanca. El aroma a óxido emanado de los pocos muebles se mezclaba con el característico olor a hierro de la sangre. La mesa y dos sillas metálicas hacía rato que habían sido pateadas con furia azotándose estruendosamente en las blancas paredes, dejándolas aún más sucias. Lo único que rompía la monotonía del cuarto era el cristal de dos vistas, detrás del cual estaba ella. El suelo gris mostraba manchas antiguas que ni el cloro pudo quitar. Evidentemente más interrogados habían dejado en ese piso parte de sí mismos. Ahí estaba aquel hombre de cabello largo, tan liso que parecía tener el rostro cubierto por finos hilos de seda negra, hecho un ovillo, tratando de hablar sin poder evitar la tremenda paliza de su inquisidor.

—¡Agente Markov! –se escuchó a sí misma hablando fuertemente por el intercomunicador— permita que el prisionero conteste.

Apenas conteniéndose, el agente se giró hacia la partición, la mirada que parecía penetrar el espejo contenía cuchillos. Aunque no era posible que la viera, hizo un esfuerzo por no estremecerse.

Tembloroso, el hombre en el piso se incorporó para quedar sentado. Con una mano en el vientre utilizó la otra moviéndose muy despacio para despegar su negra cabellera de la frente. Manteniendo los párpados caídos, se movió lentamente para sacar algo del bolsillo. Temblando visiblemente, separó uno a uno cada dedo, dejando al descubierto un objeto rectangular de madera. Markov se encontraba muy cerca del prisionero, pero el temor a que fuera un arma le hizo dar un paso atrás. Por el contrario, Petrova dio uno al frente, apoyando sus manos y nariz en la frescura del cristal, buscando acercarse para verlo mejor. El objeto parecía ser una rústica caja de madera natural, tan larga como la palma de su mano y tan ancha como tres de sus dedos. Sobre la tapa aparecían dos números grabados, seis y nueve. El trazo escarbado de manera rudimentaria los interconectaba para formar un símbolo.

Colérico por haber mostrado una debilidad, el agente pierde el control y se lanza sobre él, forcejean y la caja sale volando como un proyectil hacia la parte alta de la pared. Al contacto el pegamento que mantenía las tapas cerradas dio de sí, permitiendo que el contenido de polvo blanco casi invisible pareciera salir de la caja como lluvia de harina. La expresión del prisionero les hizo a todos entrar en acción y en un segundo varias cosas sucedieron al mismo tiempo. Se escuchó un grito por el intercomunicador dando la orden de cerrar la ventilación del edificio, el extranjero se tapó la faz con sus palmas y el general intentó regresar a los golpes, sólo que al primer contacto de la punta del pie con la rodilla del intruso, el dolor que siente el prisionero se ve reflejado en sí mismo. Sorprendido se queda unos instantes paralizado pues no entiende qué es lo que sucede. El hombre no se ha movido y sin embargo, sintió fuertemente el daño en su propia rodilla. Pierde nuevamente el control, saca de la funda el arma y dispara. El hombre se mueve con sorprendente agilidad y la bala sólo roza el hombro pero la lesión es tan aguda que vuelve a caer protegiéndose en posición fetal, presionando la herida. Al mismo tiempo el general estruja instintivamente la suya propia, viendo con incredulidad sangre sobre su hombro.

El tiempo se detiene, nadie se mueve. Como si hubieran entrado en una zona de silencio. Lo único que lo rompe son los gemidos de ambos. Cuando el general levanta la mirada, parece finalmente haber entendido. Cualquier daño que infrinja sobre el prisionero, se manifestará en sí mismo.

—¿Qué clase de brujería es esta? —grita desesperado, empuñando sus manos a los lados del cuerpo, sin atreverse a mover un solo músculo.

Nadia Petrova también se desorientó, sin embargo comprendió antes que él. De alguna forma, la caja de madera contenía la endospora que alberga el virus 69, célula resistente al calor y muy difícil de destruir incluso por agentes químicos muy agresivos. Había leído al respecto, pero nunca pensó que en realidad existiera. Según el artículo, escrito antes de que ella naciera, el virus no era peligroso. Hasta donde recordaba, la respuesta física inmediata de las personas afectadas se llamaba “empatía sensorial”. De ahí su denominación: virus 69, simbolizando esa empatía. Lo que se da, se recibe y viceversa.

Su mente científica se resistía. El virus 69 sólo era producto de la imaginación de los antiguos habitantes, en la época en que no había separación. Pero ahora, su marco de referencia había cambiado. No podía negar lo que estaba viendo con sus propios ojos. El golpe en la rodilla y sobre todo el roce de la bala, se veían claramente tanto en Markov como en el extranjero… ¡fascinante! Su alto IQ entró en funcionamiento, los parámetros de una nueva investigación se acomodaban en patrones y listados en el cerebro. Tiene la certeza de estar ante algo único. Despertando del asombro, se toma un momento para evaluar su situación. El extranjero evidentemente no es portador puesto que la manifestación de empatía física no se dio hasta la liberación de la espora. La rapidez del efecto en el contagio indicaba una transmisión aérea de absorción atípica. Un minúsculo virus era capaz de penetrar el pulmón en segundos. La eficacia del sistema de ventilación aseguraba que todos en el edificio habían sido comprometidos. Sin embargo, el protocolo había entrado en fase I, por lo que el exterior pudiera estar a salvo. Ella compartía aire con la sala de interrogación, era indudable el contagio. Tomó su maletín de primeros auxilios y abrió la puerta con determinación.

—Salga Markov —el plantel se encuentra a partir de ahora en cuarentena. Quedo a cargo del prisionero— dijo Petrova mostrando más firmeza en su voz de la que en realidad sentía. Todavía desconcertado, el general salió sin más dando un portazo.

La doctora Nadia Petrova no era una mujer delicada. Igual o más alta que cualquiera de los hombres que conocía, de hombros anchos y quijada cuadrada podía intimidar a cualquier persona. Difícilmente encontraba ropa de su tamaño y la bata blanca se le veía apretada e incómoda. Paradójicamente, tenía un carácter dulce y compasivo. Cuando sonreía sus pequeños ojos azules parecían brillar y el cabello rubio caía suavemente en cascada sobre la espalda, contrastando con la ruda apariencia. Hace tiempo solía reír con frecuencia y dos hoyuelos aparecían en las mejillas suavizando su aspecto, ahora ya no sabía cómo hacerlo. Levantó las sillas tumbadas y la mesa. Con sumo cuidado ayudó al hombre a sentarse. De cerca era más alto y musculoso, aunque muy delgado. Pensó que tal vez la travesía desde su tierra le había cobrado factura. La piel le brillaba con el color de la miel, ocre de tintes dorados. Era difícil determinar su edad, parecía tener alrededor de cuarenta, como ella, pero podría ser más joven. Apretaba los ojos reflejando sufrimiento.

Antes de trabajar de lleno en investigación, Nadia inició sus estudios y prácticas en medicina general. Hacía varios años que no tenía nada que ver con el trato a pacientes y se sentía un poco oxidada. Una imagen de aquella época cruzó por su mente. Trabajaba en turnos de dieciocho horas, apenas tenía tiempo para convivir un poco con su pequeña hija y esposo. Ahora todo eso estaba en el pasado. Revivirlo resultaba muy doloroso, pero algo en el semblante de prisionero le hizo recordar.

Quitó cuidadosamente la camisa de algodón elaborada con hilos gruesos entretejidos que sorprendentemente lograban una textura muy suave, evitando lo más posible moverlo. Desinfectó las heridas, anestesió y dio algunas puntadas, vendó las costillas y atendió la rozadura de bala. Cada vez que lo tocaba, ya sea con algodón o guantes, ella lo sentía en su propio cuerpo. Por lo mismo, sus movimientos eran mucho más delicados y cuidadosos. El procedimiento fue lento, sin embargo, el hombre mantuvo sus ojos cerrados en todo momento. Al terminar, Nadia sacó del maletín antiinflamatorios y dos analgésicos junto con una botella de agua. Buscó su rostro con la mirada. Era un hombre extrañamente atractivo, no en el sentido de la belleza clásica, sino más bien el conjunto, la firme quijada, esa nariz un poco torcida, sus labios delgados, emanaban una extraña perfección que reflejaba paz.

Petrova se había refugiado en la investigación, de otra manera estaba convencida no hubiera sobrevivido. La pérdida de su hermosa niña y amado esposo la dejaron vacía. Ella había cerrado firmemente la puerta a esa pena. La presencia de este hombre tan diferente, removía algo primitivo que amenazaba con abrirla.

—Ya terminé —dijo suavemente— tómese estas pastillas. Le harán sentir mejor.
Las pestañas largas de Chenoa se movieron. Levantó las manos y las colocó frente a su cara por unos instantes, advirtiéndole algo... Lentamente elevó los párpados… Petrova no pudo evitar emitir un ruidito. Con una inhalación filosa sostuvo la respiración por unos segundos. Sus ojos eran algo nunca visto. Se forzó a sí misma a tranquilizarse sin poderlo lograr del todo. Hace cientos de años, cuando todas las secciones eran una sola, se dice había animales salvajes. Así imaginaba sería la mirada de uno de los llamados felinos. El iris ovalado parecía bañado de un líquido color ámbar. A su alrededor se podían ver pequeñísimas manchas reflejando distintas tonalidades de verde metálico, brillando como el techo de una mina de esmeraldas. Nadia se perdió en ellos. En su mente no había nada más que ese maravilloso universo. Cómo atraída por un imán, se acercó. Bajo el antiséptico que ella misma acababa de aplicar, algo dulzón mezclado con sudor provenía de su piel. Conocía enfermedades que tenían este efecto. La curiosidad le hizo querer seguir aspirando más de cerca, como lo hacían sus ratas en el laboratorio antes de probar alimento. Esa imagen la hizo despertar. No pudo evitar el color escarlata que subió por sus mejillas. Apenada se alejó extendiendo sus manos, en una las pastillas, en la otra agua.

Chenoa las tomó sin saber muy bien qué hacer con ellas. Nunca había visto esas pequeñas rocas calizas en forma ovalada, ni tampoco un contenedor de agua como el que ahora sostenía. La mujer sanadora de cabellos luminosos lo había tratado con delicadeza, no le quedaba más que confiar. Antes de hacer este peligroso viaje, el abuelo, persona sabia en su comunidad, le enseñó algunas palabras del lenguaje original, aprendido de boca en boca a través de varias generaciones. Según el abuelo, este era el lenguaje que se hablaba antes de la separación, por lo que suponían sería todavía comprensible. Ella dijo: “tómese”. Así que echó las piedras en su boca colocando el extraño contenedor en sus labios para beber y beber hasta terminar el líquido. Parece que hizo lo correcto pues la mujer de piel blanca lo miró con satisfacción.

—Mi nombre es Nadia Petrova —dijo enunciando lentamente, haciendo una pausa, esperando ver comprensión en él— mi equipo y yo nos encargamos de estudiar el medio ambiente, así como también las posibles amenazas a la salud. ¿Entiende usted lo que digo?

—Sí —responde él con la voz un poco grave por el desuso y el maltrato al cuerpo.

—¿Me podría hablar sobre usted?, ¿su nombre?, ¿de qué sección viene?, ¿qué contenía la caja? —le dijo tomando de su maletín otra botella de agua que remplazó por la vacía.

No todas sus palabras eran entendibles, pero creyó haber comprendido lo suficiente.

—Nombre —dijo golpeando el pecho con un fuerte acento —Chenoa… paloma blanca. Estoy solo. No mujer, no pequeños —hizo una pausa escrutando su mirada— mi sección ocho… mucha ayuda. No quería romper… soltar amigo, sólo quería ayuda.

—¿Amigo? —preguntó Nadia frunciendo el entrecejo un poco distraída por esos extraños ojos.

—Pequeño amigo —dijo colocando su dedo pulgar e índice muy cerca uno del otro mostrando una sonrisa ladeada que hizo algo dentro de ella removerse.

Los libros de historia explican que hace cientos de años el mundo estaba unido. No existían las secciones, sino que todos compartían un mismo espacio aéreo. Se dice que los habitantes se volvieron ambiciosos y destruyeron gran parte del planeta, por lo que el aire que respiraban se volvió peligroso en ciertas zonas. Decidieron utilizar la tecnología disponible y se dividieron en sectores. Cada uno cuenta con una bóveda separándolo del resto, permitiendo mantener el ambiente en óptimas condiciones. El daño ocasionado por la muerte de familiares y amigos generó en el inconsciente colectivo de los sobrevivientes un miedo irracional al aire exterior. Desde entonces cualquier mención al respecto era considerado un acto de traición penalizado enérgicamente. Gracias a esta medida, millones se salvaron de morir envenenados, como consecuencia se crearon pequeños ecosistemas aislados. Con los años cada sección se fue desarrollando de acuerdo a las condiciones climáticas de su zona geográfica logrando comunidades autosustentables. Las nuevas generaciones conocían la existencia de otros habitantes pero prácticamente no sabían nada los unos de los otros. Petrova se preguntó, no por primera vez, cómo hizo este hombre para salir de su sector y sobre todo, cómo es que entró en el de ellos.

El haber experimentado ella misma los efectos de un virus que consideraba una leyenda, le permitió abrir su privilegiado cerebro a esas lecturas que había catalogado como imposibles. Un conjunto de páginas aparecieron en la mente, casi como si las tuviera enfrente. El intrincado mapa se extendía por todas ellas. En él se veían rutas de túneles que supuestamente conectaban todas las secciones bajo tierra. Se rumoraba que al cerrar las bóvedas, también se habían clausurado estos caminos. Era tan precisa su memoria fotográfica que visualizó los diferentes pasadizos. Algunos parecían estar inundados, otros tapiados con tierra o piedra. Si este hombre utilizó alguno de ellos… y su cuerpo físico mostraba signos de que así era, probablemente en algún punto debió nadar dentro del túnel. Esta barrera natural impedía la propagación del virus.

—¿Háblame del amigo Chenoa? —inquirió Nadia con el corazón acelerado. Las posibilidades de conocimiento recorrían sus venas como la mejor de las drogas. La necesidad de saber explotaba casi físicamente de su pecho, tanto que olvidó por completo ser formal durante el interrogatorio.

Él observó esos ojos azules brillando y supo que estaba ante una mente superior. A pesar de la violencia con la que fue recibido, por primera vez desde que todo comenzó sintió esperanza.

—Vivimos arriba, sobre montañas. La vista lejana, valles y ríos, todo verde como estos— dice señalando sus retinas, regalándole una suave sonrisa.

Nadia sintió una vez más esa vibración interna. Algo sacudiéndose en su interior.

—Diez ciclos atrás apareció —dijo endureciendo el rostro— al principio todos contentos. Ya no más pleitos. Sólo placer.

Petrova asintió, visualizando cómo pudo haber sido. Seguramente el hongo huésped de la espora capaz de incubar el virus fue evolucionando con el tiempo. Una vez liberada, en un ambiente cerrado, todos los habitantes terminaron por contagiarse, tan rápido y fácil como lo hicieron Markov, ella misma y muy probablemente todos en el edificio a través de los ductos de ventilación. Si cada vez que se usaba violencia contra el otro se recibía de la misma manera, era fácil concebir que los pleitos hubieran terminado. Hay quienes dicen que sólo puedes entender a la gente si la sientes en ti mismo. Aunque… ¿a qué se refería con sólo placer?

Chenoa observaba cuidadosamente. Cuando ella frunció el entrecejo extendió la mano pero no la tocó, esperando permiso. Cuando lo obtuvo, acarició sensualmente su pierna, rozando el muslo interno, haciéndola brincar en la silla. Después le tomó la mano y la dirigió hacia sí mismo. Al principio Nadia se resistió pero finalmente la curiosidad le permitió dejarse guiar. Chenoa la colocó sobre su corazón, girándola suavemente en los músculos del torso. Ella reaccionó extrayéndola como si se hubiera quemado, colocándola sobre su seno izquierdo, con los latidos acelerados y una expresión de incredulidad. Se levantó de la silla y comenzó a caminar de un lado al otro, esa mala manía que la ayudaba a pensar. La sensación fue inesperada. Desde la muerte de su esposo no sentía nada parecido. Le quedó claro a qué se refería con “sólo placer”. Se imaginó a un grupo de personas altas y delgadas, doradas como Chenoa, exhibiendo aquellos extraordinarios ojos, dedicadas a tocarse y acariciarse. Movió la cabeza de lado a lado como para deshacerse de las imágenes perturbadoras. Tal vez lo opuesto al odio no sea el amor, sino la empatía… esa capacidad de ponerse en el lugar de alguien más. ¿Quién se atrevería a lastimar a otra persona teniendo plena consciencia de lo que siente? Desde este punto de vista, el virus 69, bien canalizado, podría ser positivo. Regresó al asiento. Cada nueva revelación hacía que su sangre hirviera.

Chenoa notó lo que sucedía con Petrova. Su cara era un libro abierto. Había una tristeza marcada en las comisuras de los labios, pero en estos momentos ese luminoso semblante sólo mostraba asombro y hambre de conocimiento. Ella era su única esperanza. No dudó en seguir.

—Un ciclo atrás, el amigo cambió —anunció desenganchando la quijada.

—¿Cambió? —dijo ladeando la cabeza como tratando de entender —¿quieres decir que evolucionó? Chenoa asintió.

—Lo que pasó en la piel —le dijo mirándola fijamente desestabilizándola un poco— también pasó aquí adentro —dijo golpeándose el pecho con el puño— y aquí también —añadió señalando en forma circular su rostro.

Petrova copió sus ademanes, puño en el pecho, dedo en el rostro, tratando de comprender lo que Chenoa le decía. De pronto se iluminó. ¡Emociones! El virus había mutado y ahora también se compartían emociones. ¿Cómo podía ser posible? Eso quería decir que si una persona estaba triste podía hacer sentir a la otra igual, lo mismo con alegría o enojo.

Durante sus primeras investigaciones Nadia participó en la elaboración de la vacuna para la fiebre amapólica. Esta había mermado considerablemente la población, llevándose consigo a sus dos personas más queridas. Ahora se le presentaba otra oportunidad, pero no sólo eso, el virus y vacuna podrían ser utilizados en diversos escenarios: contextos terapéuticos, disputas entre vecinos, dentro del gobierno, problemas en donde el ingrediente vital sean los malos entendidos. Su corazón comenzó a palpitar con mayor fuerza y sintió una inyección de adrenalina en el sistema. ¡Esta investigación podría lograr maravillosos resultados! Pero… una comunidad entera sometida al cien por ciento a empatía no sólo física sino también emocional… ¿Qué sucedía entonces en un cuarto donde existían dos o más emociones? La obvia conclusión hizo que sus delgadas cejas se elevaran: se volvían locas.

Él supo el preciso instante en el que Petrova llegó a la verdad de su situación. Cuando percibió que contaba otra vez con toda su atención siguió explicando.

—En mi tierra hay personas de mente fuerte —dijo colocando la palma en el entrecejo—mente fuerte— repitió buscando reafirmar el concepto. Nadia asintió. Entendía a qué se refería. Esas personas posiblemente tenían la capacidad de aislarse de los sentimientos de los demás y así poder permanecer cuerdas. Indudablemente Chenoa era una de ellas.

Los conceptos e ideas se agolpaban en su cabeza. La empatía emocional afectaba a todos pero algunas personas podían controlar sus sentimientos. ¿Por qué no lo hacían también con la sensorial?

Una pregunta más importante emergió: ¿sería capaz el virus de seguir mutando? Los hechos indicaban que sí. La implicación la dejó por unos segundos mirando al vacío. Buscando frenéticamente probabilidades, corriendo posibles escenarios en árboles de decisión. ¿Cuál sería el siguiente paso en la evolución? ¿Alguna forma de empatía mental?

El tren de pensamientos fue interrumpido por una caricia en la mejilla. Sorprendida se quedó quieta. El hombre de piel dorada apenas tocaba con las yemas de los dedos, asombrado por su textura y color. Con la otra mano tomó reverencialmente las puntas del cabello.

—Como el sol —dijo suavemente.

Ella, movida por la ternura del contacto lo permitió. Algo se derritió en la cercanía de su corazón y por primera vez en muchos años sintió un calor en el pecho. Él bajó las manos mostrando profundidad en su mirada. Una sonrisa los sorprendió.

—Trabajaremos juntos Chenoa —dijo Nadia con convicción— encontraremos la solución.

Se escuchó un ruido y la puerta se abrió de golpe. Markov entró rudamente buscando intimidarlos a ambos.

—El edificio está asegurado. Cien por ciento del personal resultó positivo. Tenemos confirmación que el resto de la sección permanece libre de contagio —informó con esa tonada militarizada.

Parecía más tranquilo pero todavía exhibía rabia en la postura. Siguiendo un impulso, algo raro en ella, Petrova se acercó tomando su rígida y lacerada mano colocándola sobre su propio pómulo, emulando la acción de Chenoa unos minutos antes. Se mimó con la mano de Markov cariñosamente. Él no se esperó el flujo de deseo que rompió el rígido control al sentir la suave caricia en ambos. Su cara permanecía estoica, pero un pequeño temblor lo traicionó. Nunca le había ocurrido algo así en el trabajo, mucho menos pensó que le pasaría con la gigante doctora. No supo qué hacer.

—Eso —le dijo ella con una chispa en la mirada, mostrando los pequeños hoyuelos en sus mejillas— se llama empatía sensorial. Mientras encontramos una vacuna, le recomiendo que aprenda a dar sólo lo que esté dispuesto a recibir.


Giró caminando hacia Chenoa ayudándolo a levantarse. Juntos se dirigieron fuera de ese sucio y deprimente cuarto hacia un futuro lleno de conocimientos y fascinantes experiencias.

lunes, 7 de septiembre de 2015

La bella y la bestia

Frank Oviedo Carmona


Hace muchos años, en un reino, existió un príncipe, delgado, espigado, atractivo, inteligente y de buen corazón.  Vivía en un castillo con sus padres, su fiel amo de llaves y cuatro criados.  Este reino vivió en paz por muchos años.  El príncipe era admirado por su bondad y servicio al pueblo;  instruía a los hombres en el trabajo y se preocupaba por transmitir las buenas costumbres y tradiciones. Él no encontraba a la mujer de sus sueños.  A muchas princesas había conocido, pero ninguna cumplía los requisitos de lealtad, sinceridad y corazón puro como para compartir su vida con él.

Un día de primavera, cuando el sol brillaba y alumbraba todo el territorio, el príncipe decidió salir a cabalgar.

En el camino conoció a una joven princesa que se había perdido, él se presentó, le dijo que no temiera, que la llevaría y la dejaría cerca de su hogar; ella aceptó.  Se hicieron amigos, se frecuentaban y algunas veces salían a cabalgar. Lo que no le gustaba al príncipe era que muchas veces evadía preguntas sobre su familia. Pasado el tiempo se enamoraron, pero al príncipe no se le veía alegre como antes. En el pueblo se murmuraba que su novia lo tenía embrujado. Estuvieron juntos por unos meses. Había momentos, pasada la media noche, en los que la princesa desaparecía y no se sabía a dónde iba.

Un día, a media  noche, el príncipe la vio salir del castillo y esconderse detrás de una columna del patio, notó como su rostro comenzaba a transformarse, su vestido se desgarraba y cambiaba de color, la nariz le crecía y su mentón se alargaba; descubrió que ella, en realidad, era una bruja, por esta razón se iba sin decir nada, ya que por más de doce horas no podía permanecer con un disfraz de princesa.

Esta bruja venía de un reino lejano que había arruinado mediante sus hechizos, pretendía hacer lo mismo con el del príncipe. Desde niña tuvo el don de la magia y le gustaba el poder.

Al verla le increpó y echó del reino, al parecer la bruja solo lo mantenía un poco sedado porque para casarse él debía estar enamorado y no hay hechizo que funcione sin ello.

–¡Has logrado detenerme pero no te librarás de mi hechizo! Yo quería ser la reina, apoderarme del castillo y matar a tus padres. Todo lo has arruinado.

–¡Guardias, aprésenla!

Pero fue imposible detenerla.  Antes de irse por su propia voluntad, la bruja se vengó lanzándole un hechizo que lo transformó físicamente en una bestia.
El príncipe trató de detenerla subestimando su poder; cuando se dio cuenta era muy tarde, no pudo hacer nada para revertir el hechizo y cambiar su espantosa apariencia que lo hacía  irreconocible.

La bruja le advirtió que lo único que rompería el encantamiento sería que alguien se enamorara de él tal como estaba; pero dudaba que eso sucediera.
El príncipe pasó los años ocultándose en el castillo, solo salía a cazar, algunas veces  pensaba que nadie sería capaz de amar a una bestia tan horrible como él. A veces se sentía mejor y pensaba que quizás podía encontrar un amor verdadero. Mientras tanto, decidió quedarse con su fiel amo de llaves y dos criados para las labores domésticas. Les pidió a sus padres que fueran a otro lugar a vivir porque no soportaba que lo vieran con su nueva apariencia; ellos aceptaron debido a la insistencia de su hijo.

Cerca al castillo, en un pueblo pequeño, vivía un mercader que todas las mañanas salía a trabajar desde muy temprano hasta caer la noche ya que dos de sus hijas eran exigentes. 

La menor llamada Bella, era considerada rara por el pueblo por su afición a la lectura; tenía un rostro dulce, blanca como una porcelana, cabellera larga ensortijada color cobre y ojos verde esmeralda. Ella era cortejada por un cazador llamado Gastón al que no soportaba, ya que era vulgar y siempre estaba bebiendo; por ello, cuando él le propuso matrimonio,  lo rechazó. La segunda hermana era flaca como una caña curvada, de nariz puntiaguda y ojos salidos. La mayor, tenía la tez pálida de cabello largo y negro; hacía esfuerzos constantes por bajar de peso pero como no podía, usaba una faja que le ayudaban a colocarla sus dos hermanas para ceñirle la cintura. Por más que las dos hermanas mayores se arreglaban y usaban los mejores atuendos, no se veían atractivas. Quizás porque reflejaban la maldad. Cuando no estaba su padre, ellas maltrataban a Bella, que debía hacer todos los quehaceres de la casa, de lo contrario no le daban de comer y la amenazaban con llevarla al sótano, una mazmorra de cemento cerca de un desagüe donde las ratas paseaban como en su casa, ya antes la habían encerrado y Bella no quería volver a pasar por eso.

Cansada del maltrato huyó en dirección al bosque, dejando una nota escondida en el velador de su padre explicando la razón de su partida. Llevó consigo una capa color púrpura, una bolsa de frutos del bosque y panes de maíz.  

Bella caminó hasta que oscureció; en el trayecto, se hizo múltiples arañones por las espinas de las flores y también por tropezones y caídas;  cuando ya no pudo más, se  recostó bajo un árbol y durmió. Continuó así por varios días hasta que a lo lejos vio un castillo en una colina; tenía una gruesa muralla y tres torreones en diferentes alturas, quizás para divisar mejor lo que sucedía en el bosque. Estaba rodeado de árboles; un sendero largo de tierra con desniveles, la condujo hasta un portón con cerradura y manija color oro. Quiso pedir ayuda pero no  logró hacerlo ya que fue vencida por el cansancio y falta de líquido; cayó sobre las hierbas desmayada. En ese mismo instante la Bestia estaba saliendo a cazar al bosque y se sorprendió al ver a Bella; se acercó y notó que estaba inconsciente y con arañazos en todas partes del cuerpo. Trató de reanimarla,  pero en vista que no respondía, la cargó e ingresó con ella a su castillo para hacerlo allí  y curar sus heridas.

Bella se despertó asustada porque estaba en una habitación que no reconocía; había una cama amplia con edredón turquesa y grandes almohadas en tonos más bajos. Sobre la cama, había un dosel, que era una especie de techo para sostener las cortinas que quizás para dormir se cerraban. Ella estaba muda, quiso salir corriendo porque tenía miedo, pero pensó que mejor era quedarse ya que nada podía ser peor que estar con sus malvadas hermanas.

Minutos después entró a su habitación el amo de llaves.

–Madame, mi señor vendrá en unos momentos, por favor quédese recostada.

Bella nerviosa respondió con un movimiento de cabeza en señal de aceptación.
De pronto oyó pisadas fuertes y vio una sombra aproximarse a la puerta que estaba en frente de ella; no pudo creer lo que vieron sus ojos. Un ser con orejas grandes, nariz de león, bigotes tipo gato, pelo abundante, dorso delgado y en lugar de pies, tenía patas; estaba vestido de saco gris que le llegaba a la rodilla y botones plateados.

Ella retrocedió hacia la cabecera de la cama tratando de ocultarse.

–No tengas miedo, no te haré daño.

–¿Quién es usted? –preguntó asustada.

–Eso no es importante ahora, estabas desmayada, deshidratada, con rasguños por todos lados, con el vestido rasgado y llena de insectos por ello decidí traerte a mi castillo. 

–Gracias por su ayuda señor, no sabré cómo pagarle –seguía hablando con la voz temblorosa.

–No te preocupes por tus heridas, en unos momentos no tendrás nada.

–¡Así! ¿Y cómo sanarán?

–Cuando bajes por las escaleras, observarás que al final de ellas, hacia el lado izquierdo, hay una fuente de agua mágica;  ahí lavarás tus heridas. Por cierto, en el sofá, te he dejado un traje para que lo uses en la cena, que todos los días se sirve a las siete de la noche.

–Como usted diga señor  –tímidamente respondió.

La Bestia se retiró y Bella observó su habitación, se levantó de la cama, se  sirvió un vaso con agua y se acercó a ver su vestido; era de color ocre y largo, escote amplio y un collar con piedras del mismo tono del vestido. Había también una flor para su cabello.

Ella salió unos minutos antes de la habitación para dar una mirada al lugar y lavar sus heridas tal como le había dicho la bestia; al abrir la puerta se quedó sorprendida por lo hermoso del castillo; caminó unos metros y se encontró con una escalera en forma de media luna, pasamanos amplios de bronce, piso de mármol, arañas de cristal con luces cálidas, continuó bajando y al llegar al primer escalón, se percató que la esperaba el amo de llaves parado al costado de un jarrón adornado con flores variadas, para indicarle el lugar de la fuente, que estaba, junto a una pared de piedras grises; a los costados tenía unas plantas de hojas largas que crecían a su alrededor. Se sentó al borde y lavó sus heridas; ella quedó sorprendida que al instante desaparecieron. Luego regreso a su habitación para ponerse su vestido.

A la hora de la cena, el amo de llaves la condujo al comedor donde la esperaba  un banquete.  Había alimentos de todo tipo; carne asada, venado a la leña rodeado de hojas de parra, abundantes frutos del bosque, arándanos, ciruelas, manzanas rojas y verdes puestas en fuente de tres pisos. La mesa estaba adornada con candelabros de oro con velas blancas como la nieve, cada cierto tramo tenía flores rojas y de lo alto colgaba un candelabro de cristal celeste.

–Señor,  ¿voy a cenar sola en esta inmensa mesa llena de exquisiteces?

–No deseo que veas cómo ingiero mis alimentos.

–Hay hombres que tienen un aspecto agradable y guardan un corazón monstruoso.

La Bestia inesperadamente pidió a Bella que le conceda la mano,  sorprendida se negó y le aclaró que nunca se casaría con él.

Ella se  puso de pie,  le  dio las buenas noches y se retiró de la sala.

Pasaron varios días y la Bestia con deseos de disculparse, la llenó de regalos. Para cada cena, le entregó un vestido y joyas; también le mostró un cuarto con los mejores libros del mundo para que se entretuviera leyendo.

Los días pasaron y les dio confianza para conversar con tranquilidad en cada cena que se encontraban.

–Te pido perdón por lo ocurrido hace unos días en la cena, no debí pedirte matrimonio si recién te conozco.

–¿Por qué tiene tantas atenciones hacia  mí, si sabe que nunca le voy a amar?

–El amor no es una pasión ciega, estoy orgulloso de tener este sentimiento hacia ti Bella, de otorgarte mi amor puro, ¿quizás algún día me correspondas?

Bella  se quedó pensativa con una sonrisa.

Con ese traje celeste, pareces venida del cielo, se siente tan bien mirarte y estar cerca de ti.

Gracias señor, me siento halagada con sus palabras –lo dijo pausada.

¿Por qué motivo siento tu voz triste?

Lo siento señor, no puedo evitar dejar de pensar en mi padre, no sé cómo estará, solo quisiera que me permitieras  ir a verlo y  le prometo que volveré.

¡Bella! Te amo, tengo miedo que te marches y nunca más vuelvas;  yo moriría de dolor.

Ella lentamente se levantó del asiento, se acercó y lo abrazó de la cintura apoyando su rostro en su pecho de pelo suave como una seda,  sorprendido él tiernamente la abrazó; sus ojos le brillaban como si quisiera llorar de emoción.  

Ella  le dijo:

Cómo cree que voy a faltar a mi palabra y permitir que muera. Regresaré al cabo de una semana.

Anda, ve donde tu padre. Coge obsequios a tu gusto y llévale.

Se soltó lentamente de sus brazos y se marchó  de la habitación pensando lo alegre que se pondrá su padre al verla.

Luego se puso a escoger regalos, inclusive para sus hermanas.  Con ayuda del criado, ensilló un caballo, puso dos baúles con los obsequios, colgado uno de cada lado; subió al caballo vestida con una capa con capucha color rojo escarlata y emprendió el viaje.

Al llegar a su casa,  las hermanas la recibieron y quedaron viendo lo elegante  y hermosa que estaba. La segunda dijo que  parecía una princesa, la mayor la hizo callar, diciendo: No ves que trae abundante maquillaje, que no puede ni hablar porque se le raja la cara; ambas rieron. La mayor mencionó con ironía que como la ropa debía costar una fortuna, con seguridad la Bella cándida estaba con algún viejo rey.

Bella les dio un abrazo a sus hermanas, ellas la  hicieron pasar a la habitación de su padre donde se encontraba gravemente enfermo sin querer hablar con nadie, salvo con Bella.

Ella se acercó, se recostó a un lado de la cama y acarició su rostro,  pidiéndole perdón por haberse ido de esa forma y que lo hizo porque ya no soportaba más maltrato por parte de sus hermanas, pero que no importaba, ahora estaba junto a él y se quedaría unos días.

Su padre al escuchar su voz comenzó a despertar.

Bella, hija mía. ¡Estás aquí! Pensé que no te volvería a ver.

Padre, estoy bien y feliz de verlo.

Luego  le explicó  todo lo que había pasado en el bosque y le dijo que la Bestia era buena con ella, que la cuidaba y  le traía  obsequios cada día, a veces sentía como si fuera un hombre  de verdad y no una bestia porque le decía lindas palabras.  Aunque había pasado por momentos de angustia debido al temor que sentía por su aspecto.

Padre, le pido consejo; salí feliz de saber que te vería, pero al alejarme del castillo se acongojó mi corazón  y me puse triste de dejar sola a la Bestia; me siento confundida.  Creo que me he enamorado.

Hija, ya sé de quién me hablas, la Bestia fue un príncipe querido y honrado por su pueblo pero fue encantado, por eso tiene ese aspecto.

–¡No puede ser padre, quién sería capaz de hacerle daño a un príncipe tan bueno como usted dice!

Eso ya no importa hija, han pasado muchos años y nada se ha podido hacer para revertir el encantamiento. Te aconsejo que actúes con cautela y según dicte tu corazón, si deseas quedarte a vivir con la Bestia y lo amas, serás feliz; o si prefieres, puedes volver a esta casa donde tus hermanas te seguirán maltratando. Perdóname tú por no haberme dado cuenta; quiero que seas feliz, yo no estaré para disfrutar tu felicidad, me queda poco tiempo.

Padre no diga eso, que se pondrá bien.

Tomó de la mano a Bella y cerró los ojos.

Bella lloró abrazando fuerte a su padre, llamando a sus hermanas. Le dio un beso en la frente y salió de la habitación, rumbo a la sala.

El padre de Bella sabía que se podía revertir el hechizo de la Bestia; y era con un amor verdadero, pero no podía decirle eso a Bella, debía dejar que todo siga su rumbo. Él conocía el corazón de su amada hija y sabía que estaba enamorada. 

En otro lugar del pueblo, Gastón motivado por sus amigos que ya se habían enterado que Bella vivía con una Bestia en un castillo del bosque y que había venido a ver a su padre; decidió armar un plan e ir en busca de ella. No permitiría que un ser tan horrendo le quitara a quien sería su novia.

Bella decidió regresar al castillo antes de lo previsto y  decirle a la Bestia  que lo amaba y que aceptaría ser su esposa; por otro lado, aún seguía triste por la muerte de su padre.

Mientras tanto, la Bestia se encontraba sentada en una de las torres de su castillo sin probar alimentos, cuando de pronto vio llegar a Bella en su caballo, bajó rápidamente. Bella entró corriendo y la Bestia ya se encontraba abajo.

¡Señor! ¡Señor! Ya estoy aquí he vuelto –gritando lo decía.

Pensé que no volverías aun así te seguiría esperando.

No diga eso señor, jamás pensé que lo extrañaría, quiero decirle...

Cuando Bella le iba a decir que lo amaba, Gastón, que la había seguido, gritó  apuntándole con un arma: ¡No por mucho tiempo estarás con la Bestia! Seguidamente, disparó; Bella gritó que no lo  hiciera y  cubrió a la Bestia con su cuerpo.  Quedó  herida de muerte.

Gastón sin saber que hacer  huyó con sus amigos.

¡Nooo! ¡No te mueras mi amada Bella! –la Bestia dio un grito que se escuchó en todo el reino.

Con lágrimas en los ojos cargó a Bella que estaba completamente ensangrentada, la llevó a la fuente de agua mágica y la sumergió por largo rato esperando que Bella resucitara, hasta que se dio por vencido y se sentó a un costado de la fuente, cabizbajo sin hacer nada. Cuando de pronto Bella comenzó a emerger de la fuente, la Bestia la ayudó a salir y ella lo abrazó y le  dijo:

Te amo, quiero estar siempre a tu lado, no importa tu aspecto –fuertemente lo abrazó.

Mientras lo decía, comenzó a desprenderse partes de su cuerpo hasta que volvió a ser el bello príncipe.

–¡Bella, mi amada, tu amor sincero me ha liberado! Contigo mi pasado quedo atrás, ¿aceptas casarte conmigo?

Bella lo miró a los ojos, observó que la Bestia ya no existía, en su lugar se encontraba un espigado príncipe de ojos azules.

–¡Sí!, claro que sí, acepto.

Se abrazaron largo rato.

El reino volvió a tener paz.  Tuvieron  tres hijos y fueron felices para siempre. 

viernes, 4 de septiembre de 2015

Decepción

Cristina Navarrete


Atardecía en la ciudad, los tonos naranjas y rojizos cubrían el cielo formando curiosas figuras, ella se dirigía a casa caminando por el bulevar, sin dejar de admirar la magia que produce la luz al atravesar las hojas de los árboles. Un hombre joven, de estatura mediana, gafas oscuras y caminar elegante interrumpió su concentración.

—¡No lo puedo creer! —dijo emocionado— encontrarte aquí después de tanto tiempo.

—Hola —respondió ella sin mover un solo músculo y se dispuso a continuar su camino.

La tomó del brazo, con un ademán se soltó y siguió caminando; él en tono suplicante le dijo:

—¡Por favor Vero! Regálame treinta minutos de tu tiempo, te invito a tomar algo y hablamos, ¿sí?

—Está bien —dijo un poco molesta— realmente tengo curiosidad de saber que tienes que decir —acotó sin inmutarse.

Caminaron en silencio. De pronto el olor a chocolate con leche sumado al dulce  aroma de rosquillas frescas, los fue guiando a una acogedora cafetería. Colores vivos en sus paredes, réplicas de conocidas obras de Andy Warhol, originales velas de figuras abstractas en las mesas y una iluminación cálida y tenue se complementaban en la decoración.

—¿Cómo olvidar este sitio?, parece que el destino no termina de separarnos —murmuró Verónica para sí misma.

—¿Recuerdas este lugar? —preguntó Álvaro, mirándola fijamente. Verónica asintió con la cabeza.

Cómo podía olvidarlo, si era su escondite favorito. Durante los años universitarios fue un refugio para su mente necesitada de descanso, donde pasaba largas horas leyendo, escribiendo ensayos o conversando con sus amigos de sueños y revoluciones. Ella fue quien lo llevó, la que lo introdujo en su mundo, sin darse cuenta de que él nunca pertenecería a esa realidad. No había regresado desde su separación, estaba lleno de recuerdos de aquel que ahora tenía que enfrentar.

—¿Cómo te va flaquita? ¿Qué has hecho de tu vida?, sigo sin creerlo, estás igual de linda y de hippie como siempre, no has cambiado nada mi ninfa, excepto por tu cabello, largo, ¡te queda perfecto!

—Qué te puedo decir… estoy bien, volví a pintar, estoy trabajando en un proyecto muy interesante con comunidades indígenas. Y, ¿tú?

—Bueno, la verdad he pensado mucho en ti, en estos días conseguí la beca para el posgrado en neuropediatría, y… debo viajar a México este fin de mes.

—Te felicito, es lo que siempre quisiste, y lo tienes.

—Vero, ya sé que no soy la mejor persona del mundo, solo dame la oportunidad de compartir este momento contigo, tú fuiste quién me apoyó y me motivó para lograrlo.

—Qué triste que me lo digas a mí, y no a quién elegiste para ser tu esposa… a mis espaldas —dijo Verónica con tono irónico, esbozando una leve sonrisa.

Se hizo el silencio entre los dos, Álvaro no le quitaba los ojos de encima, mientras Verónica tomaba un sorbo de chocolate caliente, lo saboreaba lentamente, como si no hubiera dicho nada.

—¡Imagínate! Los mexicanos dicen que por obsesivo me escogieron. Dime Vero, ¿lo soy? —exclamó tratando de romper el incómodo silencio.

—¿Obsesivo? —dijo Verónica frunciendo el ceño—  creo que eres bastante metódico, organizado y hasta perfeccionista, sin embargo no me pareces del tipo obsesivo.

—¡Ay! Por favor, no me analices como psicóloga, ni pongas delante tus teorías, no soy uno de tus pacientes, háblame claro, sin tonterías, crudamente. ¿Quién soy para ti?

—Aunque no comprendo la relevancia de mi opinión en tu vida… creería que la mayoría del tiempo ni tú mismo sabes quién eres, es mucho más difícil para otras personas, pero sé que te conozco un poco más —luego de un corto silencio— pienso que eres el típico hijo único mimado y sobreprotegido… egoísta, nada empático y profundamente mezquino.

—¡Eso! Dime… dime… que más.

—No te entiendo… ¡estás loco!, no sé si quieres lavar tus culpas o te gusta auto flagelarte, pero no creo que sea momento para hablar de esto.

—¡¿Qué te pasa?! ¿Dónde está mi novia? La de hace cinco años, la impulsiva, la apasionada…

—Haber, haber —interrumpió Verónica con tono molesto— como tú mismo lo dijiste, esta mujer fue tu novia hace más de cinco años… hoy mis sentimientos son ajenos a ti, tú los mataste, no pienso revivirlos, ellos me causaron mucho dolor, o debo recordarte que tú fuiste quién olvidó a esa novia, para engañarme, mentirme y finalmente casarte con la señorita de familia acomodada que tu mami quería; no la hippie apasionada y de cabellos violeta que casi, casi te avergonzaba mostrar en los eventos tan “distinguidos” de la élite de la salud.

—Por favor perdona, te he extrañado muchísimo, mi vida es tan monótona sin ti, que hasta nuestras peleas más fuertes y dolorosas me hacen falta, me siento incompleto y solo.

—Qué pena me da por ti, y por ella. Por mi parte sigo viviendo la vida a mi manera, y no la voy a cambiar… lo triste de todo esto es que sé a ciencia cierta que tú estás tan preocupado de las apariencias, de complacer a tu madre y su tan respetable familia, que jamás serás feliz, ni conmigo ni sin mí. En fin, creo que se me acabó el tiempo, me voy… a seguir con mis tonterías, en mi mundo de tatuajes, cabellos coloridos, ropa sencilla y gente apasionada. Buen viaje mi querido duende, ojalá la distancia te devuelva el alma.


Sin dejar que Álvaro emitiera una sola palabra, tomó sus cosas, se levantó violentamente y se alejó lo más rápido que le permitían sus pies; mientras él, la miraba alejarse con la esperanza de que la vida que eligió fuera una larga y tormentosa pesadilla, de la que pronto despertaría. No la vio nunca más.