miércoles, 1 de enero de 2014

El predicador

Graciela Martel Arroyo


Las llantas del autobús iban frenando lentamente, avanzando en  forma continua hacia su destino final;  la estación  del tren ligero. Las personas ansiosas de abordar dicho transporte,  se habían bajado una calle atrás, con la finalidad de evadir el tráfico. Soledad era una de las pasajeras que continuaba sentada; mientras avanzaba se entretenía  viendo el andar de la gente. Ese día se había levantado a  temprana hora. Por lo tanto,  llevaba el  tiempo suficiente para llegar a su trabajo sin  sentir esa premura con la que se viaja a diario.

De pronto, una sensación de brisa en su cara hace que voltee la mirada. Impresión de que algo sucede afuera. Busca en el entorno inmediato quedando su vista fija en la entrada de la estación principal, donde se localiza un hombre hincado en actitud de súplica, con los brazos abiertos a toda su extensión  y agitando constantemente las manos.  El pelo largo  se meneaba de acuerdo a las gesticulaciones  de sus palabras. Aunado a ello, la ropa vieja y maltratada daba una impresión de  apatía.

A través del cristal presta atención a la  gente que transita cerca de él. Unos pasan leyendo el periódico cuyas notas exuberantes y llamativas captan su atención. Otros lo ven y simulan no advertir su presencia. Aquellos observan y juzgan. Una mujer acelera su andar en condición de rechazo. Los demás que se ubican cerca,   platican  y están  riendo sin cesar;  como si su existencia fuera diáfana  y sus palabras no tuvieran repercusión.

Ante la incapacidad  de lograr ser escuchado, en un arranque de exasperación. Declara:

-  ¡Ustedes son gente sorda, ciega y muda!  Tú… ¿Por qué  me miras así?  y tú ególatra  ¡Que jamás serás capaz de hacer algo por tu país, por tu gente, por tu raza! No huyas de mí  ¡Ten miedo de la gente viva!  ¡Sí, de la gente que dice ser tu mejor amigo! -les decía eufóricamente.  ¡Los  muertos si son tus camaradas…! Escucha, que algún día me entenderás…

Soledad había atravesado la calle con precaución, acercándose lentamente. Sin dejar de observar aquéllas reacciones que magnetizaron enseguida su corazón y su mente. Se detuvo unos minutos cerca de él, con el deseo de deducir lo que manifestaba.  Sin embargo…, a una mínima parte del alegato había  puesto atención. Debido a que le dio curiosidad su aspecto de  hombre maduro. Cuya piel se encontraba marchita y  traslucida,  como si tuviera mucho tiempo sin que los rayos solares le dieran un poco de tonalidad rosada. Todo ello  expresaba  olvido  y abandono.

Recordó que cuando estaba sentada en el autobús se había hecho una percepción diferente de él. Pensó que era un pordiosero más. De esos…  que viven en la calle,  cuya vulnerabilidad los lleva a dormir en cualquier rincón o aquellos que por  alguna enfermedad se encuentran desprotegidos ante la sociedad. Llegó  a catalogarlo en ese primer momento como una persona que hablaba puras aberraciones, sin darse aún la oportunidad de escucharlo.

Pone atención a la disertación, capta que las palabras emitidas son razones de la vida, verdades dolientes o quizá calamidades previstas.  Sabe…   que es un mensaje cuyo significado es profundo. Comprende que existe en su persona una mezcla de sabiduría con experiencia.

Observa su enfado  por que la gente no le pone atención,  dejando  caer los brazos   en actitud  de derrota. Soledad se queda estática por unos segundos, cuando él gira su rostro a todos lados,  con el propósito de encontrar a alguien que se atreva a rebatir su sentir. Y la ve ahí parada, en un intento de establecer comunicación con ella le estira los brazos. Pero de antemano sabe que va existir un rechazo. El cual es confirmado cuando  con una premura desbordada Soledad retira su mirada. Enfilándose  rápidamente hacia la entrada de la estación.

Esta  acostumbrado a que nadie lo vea, lo escuche o hable con el. Baja  los brazos y comienza a incorporarse lentamente en una actitud de fracaso.  Anhelaba que alguien le regalara un espacio de su tiempo. Deseaba en todo instante el poder  recordar esa emoción  que sentía  de joven cuando   platicaba con un amigo, con un hermano o con el ser amado. ¡Ese gusto de saber que aún esta vivo! Ese día se encontraba tan cansado de hablar solo. De vivir en  ese aislamiento, cuyo yugo el mismo se había implantado. Que en un lapso de inspiración se atrevió  a tratar de  conquistar las calles con sus enseñanzas.

Mientras,  Soledad con el corazón sobrecogido por la angustia que sentía por haber reaccionado de esa forma, aceleraba el paso atropellando a la gente de su alrededor. Y unos minutos después ya sentada en el vagón se encuentra inerte. Sabe que va rodeada de pasajeros, pero su mente la lleva absorta en una lucha interna por  argumentar  su actuar. La respuesta a la pregunta del ¿Por qué reaccione de esa forma?  Era reiterada y engañosamente justificada en que tenía la premura de llegar temprano a su sitio laboral. Pero en el fondo sabía que esa no era la realidad. Reflexiona en que quizá el problema que tenía ese hombre era en  la forma tan directa en la que desea transmitir sus enseñanzas. Ya que su  ímpetu provocaba  que la gente se consternara,  y a ella le había sucedido los mismo.

La rutina diaria del trabajo  permitió que en forma temporal dejara de lado el acontecimiento matutino. Pero…,  una vez de vuelta a casa reflexionaba sobre aquel individuo, cuestionándose: ¿Qué hay en su pasado?,  para actuar así ¿Por qué en forma contradictoria por un lado su apariencia refleja a un ser pulcro, y por otro se observa que existe abandono? ¿Qué acontecimiento tan doloroso ha vivido?  Reflexión cual película corría  una y otra vez por su mente.

Soledad era una mujer madura  y desolada. Había establecido un hogar muchos años atrás;  el cual sucumbió por no poder engendrar hijos. Después de años de tratamientos continuos,  decide separarse de su esposo. Debido a que el entorno familiar ante esa carencia, se había convertido en una lucha de poder y  de egos que la hacían vivir en la infelicidad. En los últimos años se habían  volcado en una irrupción de ofensas y desaires tan aniquiladores que de no haberse divorciado quizá ella  hubiese sucumbido.

Cuando sucede el divorcio, suponía que no iba a ser un proceso tan doloroso. Sin embargo,  la separación le permitió descubrir que su esposo se había convertido en su “mundo ideal”  “en su razón de ser”.  Lo adoraba  tanto,  que no podía concebir su existencia sin que el estuviera a su lado. Pero el daño generado era tan destructivo… que sabia perfectamente  que por no poder engendrar un hijo su esposo la veía con recelo.  Y que jamás lograrían superarlo.

Por eso cuando por fin logró  separarse de su cónyuge -pensó:

- “Soy la mujer mas afortunada del mundo. Tengo la oportunidad de rehacer mi vida junto a  un hombre que me acepte como mis defectos”  –en forma alegre.

No obstante, con el transcurrir de los días se dio cuenta de que le hacia falta la presencia de su ser amado. Lloraba intensamente por esa separación. Aunque, sabia perfectamente que era lo mejor para ambos. Todos esos sentimientos los guardo en su corazón. Con el paso del tiempo esos rencores la fueron agriando. Se convirtió en una mujer cuyo carácter  amargo alejaba a las personas que por alguna u otra situación tenían trato con ella.

El acontecimiento matutino la llevo a reflexionar  en ¿Porqué juzgarlo?  Si existía cierta similitud entre ambos. También sufrió  situaciones en su vida donde se había sentido relegada.  Anhelo más que nunca el poder volver a encontrárselo.  Y sin saber cómo  nombrarle  decidió llamarlo “El Predicador”.

A partir de esa fecha,  se levantaba a temprana hora para abordar el tren ligero, a la misma hora de aquel inesperado día, con el objetivo de volverle a encontrar. Durante algunas semanas repitió dicho proceder sin lograr nuevamente verle. Cansada de ello decide  regresar a su rutina diaria.

Dentro de las actividades laborales se encuentra la entrega semanal de documentación en las oficinas ubicadas en la zona sur de la capital. La jefa del piso le encomienda realizar de dicha diligencia, Soledad en forma molesta cumple con el cometido. Una vez entregado el trabajo, sale del edificio, enfrente se encuentra  una pequeña plazuela la  cual tiene que atravesar, mientras lo realiza observa a un hombre con los brazos abiertos,  agitándolos con desesperación e intentando ser escuchado por los ahí presentes. Al percatarse que era la misma persona que había encontrado en la entrada del tren ligero,  sin meditar se sentó en una de las bancas cercanas y escucho con detenimiento cada una de sus palabras emitidas. Al término no corrió cuando volvió a dirigir sus brazos hacia ella. Con una inhalación profunda le sostuvo la mirada, haciéndole sentir  el reconocimiento a sus palabras.

Cada semana se quedaba adrede a escucharle. El sermón  era elocuente para su oído;  poco a poco se fue modificando  la concepción que tenia de la vida. En unas semanas ese entretenimiento se convirtió en un torrente de sentimientos que le condujeron a sentir destellos de felicidad. Sus pensamientos fueron completamente ocupados con la figura y las creencias del predicador. De esta manera fue aumentando el anhelo verlo y escucharlo día a día.

Sus miradas se  cruzaban todos los  viernes. Él siempre la veía sentada en la misma banca y ella gozaba  observando a ese hombre  que tanto le fascinaba. El Predicador se sentía satisfecho porque después de algún  tiempo de esfuerzo por fin se deleitaba con la presencia de una  compañera. Aunque,  en su relación aun no  se cruzaran palabras, ella  escuchaba,  asentía con su mirada, con su cabeza y con su figura.  A partir de ese acercamiento no volvió a dejar caer sus brazos en señal  de derrota. Ahora los elevaba al cielo  con un mayor entusiasmo y agradecimiento, en un gesto de triunfo.

Cierto día, cuando estaba  escuchando  lo que decía, él volvió a repetir las palabras:

-  Los muertos son mis amigos.- decía en forma segura.

 Soledad,  no pudo esperar más tiempo y en forma espontanea se levanto de la banca y lo cuestiono:

-  ¿Cómo puedes creer eso? ¿Cómo puedes pretender que un muerto sea tu amigo?

-  ¡Si, mis amigos son los muertos!  Durante los años que he  existido,  la vida me ha enfrentado a ese dolor  que se tiene cuando se ha perdido a  un ser amado. De pensar en  que hubo instantes donde rechace en forma rotunda su compañía por miedo de enfrentar  mi realidad, me da coraje de haber desperdiciado ese tiempo. Ahora los hago participes de mis sentimientos en un sentido positivo. Mis períodos de soledad son compartidos con ellos. Me socorren al escuchar mis suplicas,  mis angustias o deseos.  En situaciones de necesidad aclamo su ayuda y protección. Jamás se enfadan si dentro de mis palabras les he ofendido. Pero también trato de dirigirles mensajes de agradecimiento cuando ha pasado la tempestad o en  los instantes de felicidad.

Yo tuve una esposa… la ame con todo mí ser. Hace aproximadamente cinco años murió después de tener una enfermedad dolorosa. Pasé por una depresión severa;  no acepte  lo que la vida me imponía. Pero un día  cuando comprendí que su esencia era mi dulce compañía,   decidí cambiar la actitud;   a partir de esa fecha  ella continua presente en cada uno de los actos que realizo. Me ilumina con su apariencia, al estar siempre en mi corazón  y me da fuerzas para seguir adelante. Nunca será una sombra negativa en mi vida. Es un afluente de inspiración, cuyo afecto perdurará en mi conciencia haciendo que conviva con ella cual si estuviera viva.

También debes de considerar que no necesariamente debe fallecer la persona, que mis palabras se refieren a aquella gente que por causa del destino se han olvidado o retirado de tu compañía.

Te puedo asegurar que en  la mayoría de las relaciones humanas la gente insiste en hacerse daño. Vicios destructivamente aniquiladores que van mermando ese poder tan maravilloso  de imaginación y creación.

Una vez oído el argumento del Predicador,  Soledad con una contemplación se despidió. En el transcurso de la semana meditó en el contenido del mensaje. Enfrentar sus sentimientos era algo que durante años había evadido, prefería seguir sumida en los rencores que aceptar la realidad y tratar de superarla. Aunado a ello,   no tenía contacto alguno con su familia cercana   y al estar sus padres ya  fallecidos  se acrecentaba más su aislamiento.

Su divorcio pasó a formar parte de un segundo duelo. Sabía que ese acontecimiento era el más destructivo de su existencia. Motivado porque al estar su ex esposo  aún vivo y sosteniendo una relación con otra pareja;  provocaba que sus evocaciones giraran entorno a esa situación que le generaba demasiado resentimiento. Deseaba que él regresara a su lado, que fuera partícipe de su vida. Y sino era así…,  entonces que fuera infeliz,  como ella lo era.  La irritaba tanto no lograr su objetivo que trastrabillaba entre los bordes de la locura y la sensatez. La ira  la dejaba inerte y la aniquilaba en vida.
Sabe  que necesita en forma angustiosa apaciguar  su espíritu,  y que para ello requiere de una actitud completamente diferente a la que durante años ha asumido. La cabeza duele, el corazón sangra ante las heridas profundas y crecientes, pero ese espacio de éxtasis agraviante la lleva a la búsqueda de un proceso de vida incomparable. Su mente repetía una y otra vez: los muertos son mis amigos;   de día y de noche. Hasta que transformó ese pesar en una oportunidad de dar un giro a su vida e iniciar una etapa en donde  la soledad deja de ser su fatídica compañía.

Su corazón pretende que sea por fin perdonado el ser amado. Sabe de antemano,  que nunca podrá desearle la muerte. Momento existente y diáfano en su alma cuando resuelve ubicar el apasionado amor en baúl de recuerdos. Nostalgia al dejar el pasado y  galanteo ante la libertad de su alma. Gesto coqueto,  porque sabe que esa persona que en años fue vital en su existencia ha pasado a ser considerado como uno de sus mejores amigos. Que debe perdonar y dejar  que su alma lo ubique como aquel amor ya muerto; pero cuyo recuerdo le sirve de inspiración para aprovechar la oportunidad de ser nuevamente feliz.

El proceso fue largo y la espera del Predicador igual. Debido a que Soledad no se había presentado en semanas a escucharle. Sin embargo, ¡Él sabía que iba a regresar! Ese día se levantó a temprana hora,  sintiendo en el pecho una sensación de agrado al respirar; en forma interna agradecido a la vida por la nueva ocasión que le brindaba. Si,  se consideraba premiado por el hecho de respirar diferente y  tener la emoción de un futuro más promisorio.

Soledad llegó al trabajo con una sonrisa que permitía ver su dentadura imperfecta acompañada de cierta luminosidad en el rostro; al grado de consternar a sus compañeros. Ellos que por años habían recibido  una mueca grotesca acompañada con un susurro forzado de saludo;  quienes inmediatamente habían notado el cambio. Por la tarde,  ansiaba el momento de trasladarse a aquella plazuela donde viernes a viernes se daba la oportunidad de escuchar  al Predicador, ¡Si, aquel hombre que había penetrado en sus pensamientos! Además de ser el causante de que reviviera la sensación de estar  ilusionada.

Cuando por fin llegó, el Predicador de lejos observo su andar, cuya melodía  prorrumpida por  su taconeo era diferente a aquel sonido triste de la primera vez de su encuentro. Los pasos cortos y rápidos o la carrera de una mujer asustadiza que ante lo ignorado o quizá repudiado por su aspecto  huye de la estación, ha quedado en el pasado.

Cuando vuelven a encontrar su mirada, se observa entre la misma la  complicidad surgida ante las ideas. Continuando con una sonrisa picara que permite brotar la comprensión  existente entre ambos, percepción de  pasión y de deseos de libertad ante la vida.

No fue necesario emitir en esos segundos un discurso,  solamente la contemplación hablo hasta llegar al alma… En esta ocasión Soledad no se sentó en la banca de siempre a escuchar el discurso. Al contrario,  se coloco a un costado de él. Haciéndole sentir con esa actitud que compartían juntos aquel momento.  Durante ese tiempo observo los modos que tomaban las personas, la simulación ante la realidad de la vida… al fingir que leen, que no ven, que llevan prisa, que se espantan, que observan y juzgan, que manifiestan condición de rechazo.

En este momento la del arranque de exasperación fue ella…. Al interrumpirlo y decir:

-   Yo también fui una de ustedes tan sorda, ciega y muda como lo son ahora. Era tan ególatra  que durante años he vivido ensimismada en mis propios pensamientos. Sin darme la oportunidad de romper con todos aquellos preceptos que me ahogaban.

¡Escucha, reflexiona y vive! ¡Date la oportunidad de respirar un aire alentador!

El Predicador estaba perplejo ante lo que observaba. Jamás imagino que el don de la palabra hubiese trascendido hasta el grado de tener a su lado a una persona  que compartiera con él los deseos de ayudar al prójimo.

En forma lenta,  estiro sus manos hacia Soledad. Ella las tomo suavemente y él se incorporó, diciéndole…

-  Jure manifestarme de rodillas hasta que encontrara a mi paso alguien a quien mis palabras la transformaran. A partir de hoy,  mi discurso sigue…

¡Pero lo brindaré de pie, porque doy por hecho que lo he logrado!


lunes, 30 de diciembre de 2013

La mejor maniobra

Karina Bendezú


Los habitantes de la pequeña ciudad bajaban a la costa a disfrutar de sus extensas playas y del radiante sol. El verano había llegado con todas sus fuerzas llenando de energía a los pobladores. Su turno en el bar había terminado, se quitó el delantal, agarró las propinas y caminó hacia el mar. En la playa, sus amigos surfistas encendían una fogata para comer malvaviscos y celebrar la alegría de vivir, al verla pasar, la invitaron a acompañarlos. La bella Gaby se les uniría enseguida.

- ¡Gaby, estamos preparando unos malvaviscos!

-¡Estoy con ustedes chicos! –les contestó con una dulce sonrisa.

Pero la joven siguió su camino hasta el mar para mojar sus bronceados pies quedándose allí por unos minutos, ensimismada… ¿En qué estaría pensando? De pronto, un empujón la sacó de su recogimiento y sintió que una personita le abrazaba fuertemente. Era Alex, su travieso hermano de diez años que la seguía a todas partes.

-¡Qué haces pequeño diablillo! –le preguntó Gaby.

-¡Ven a la fogata, te estamos esperando! –contesta Alex.

Gaby miró a Alex con ternura y accedió feliz a los pedidos de su hermano. Lo abrazó fuertemente: la calidez de sus manos siempre lo reconfortaban. Ambos corrieron hasta la fogata, se sentaron alrededor de ella y comieron los deliciosos masmelos. Luego de un par de horas regresaron al bar, allí los esperaba su padre que cerraba el local. Los tres partieron en el jeep.

Gaby corría tabla, era una excelente deportista del surf, su pasión y estilo de vida. También lo practicaban su padre, sus tíos, primos y ahora su hermano Alex con el bodyboard. Gaby se había criado prácticamente en el mar; muy temprano por las mañanas, en compañía de su padre, la joven de cabellos largos y silueta esbelta, bajaba a la playa a conectarse con la inmensidad del océano. Al día siguiente, seis de la mañana y ataviada para la travesía con su wetsuit, recostada en su tabla, Gaby se desliza suavemente braceando las aguas entre ola y ola. Mar a dentro se sienta sobre su tabla de surf para contemplar el amanecer. Suspira, en ese instante recuerda con nostalgia a Juana, su madre.

La madre de Gaby había fallecido en un accidente de auto hace un par de años. Juana, al no querer pasarse la desviación camino a su casa intenta girar a la izquierda desde el carril derecho donde se encontraba. Un auto que iba a gran velocidad por el carril izquierdo no llega a ver el giro de Juana y colisiona directo a ella. Juana, muere a los pocos minutos del impacto. Gaby iba sentada en el asiento del copiloto, sólo llega a recibir algunos golpes y cortes. Desde ese día, la joven surfista pasaba mucho tiempo en el mar, en silencio, en soledad con las olas y sus pensamientos.

Alex también era un apasionado de los deportes acuáticos, un niño intrépido y audaz. De  gran desempeño con el bodyboard, braceaba recostado en su morey impulsándose hasta lo alto de las olas para deslizarse sobre ellas, realizando piruetas y giros, nadando por la pared cilíndrica de la ola para luego seguir la trayectoria velozmente hasta llegar a la orilla. A veces, perdía el equilibrio pero siempre lo volvía a intentar. El mar estaba algo crecido y las olas eran perfectas para todos los que allí surfeaban. Alex deseaba deslizarse en olas mucho más grandes, le entretenía estar allí demostrando sus aptitudes sobre el mar.

Recién egresada del colegio, Gaby practicaría su deporte favorito durante las vacaciones. Con paciencia decidiría qué estudios seguir en la universidad, aún no estaba segura. En sus momentos de soledad en el mar, surfeando las olas, Gaby lo observaba todo. La naturaleza era mágica y poderosa, decía. Gaby estaba siempre atenta al movimiento del oleaje, los niveles de la marea y la velocidad del viento para poder surfear mejor. Todo ello le ayudaba a desconectarse, seguir adelante y dejar atrás la tragedia del accidente.

En el bar, Gaby trabajaba por las tardes ayudando en el negocio de su padre. Sus padres, Mike y Juana, habían construido un resto-bar en la costa del Pacífico allá por los años ´70. De madera y materiales rústicos, el resto-bar llamado Sunset, era el punto de encuentro de surfistas, lugareños y turistas que disfrutaban del mar. Allí servían comida naturista que mantenía el sabor original de los alimentos, bebidas, jugos naturales y las delicias que el océano Pacífico ofrecía.

Mike, desde el accidente de su esposa, vivía sólo para sus hijos y el trabajo. Dedicarse a  tiempo completo a atender el resto-bar le hacía mantener viva la presencia de su esposa que extrañaba con todas sus fuerzas. A pesar de cuidar a sus hijos, los tres ya no charlaban como antes, en familia, y notaba que Gaby se distanciaba poco a poco de él.

Reunida en la noche con sus amigos surfistas, Gaby pasó unas horas nadando bajo la luna y las estrellas que brillaban intensamente. Alex estaba con ellos. Era la primera vez que acompañaba a su hermana. Alex era aún muy chico para ir de noche a surfear, pero gracias a su carácter tan vivaz e insistente había convencido a su hermana de acompañarla. A raíz del accidente de su madre, Gaby temía que su pequeño hermano se lastimara.

En las noches, los chicos y chicas surfistas, amigos y familiares bendecían las nuevas tablas de surf pidiendo buenas olas y dando gracias por las magníficas que surfeaban, siempre todos juntos, alrededor de una fogata, cantando y bailando al compás de la música. Uno de los chicos, se acercó con pequeños pescados recién salidos del mar y los compartió con todos cocinándolos al fuego de la gran lumbre.

Los siguientes días pasaron y el clima empezó a cambiar, aumentando así, el tamaño de las olas. Algunos avezados surfistas se adentraban a ellas, superando el rompiente nadando y buceando bajo el agua para avanzar y poder surfearlas. Alex veía desde la orilla de la playa, la destreza con que los chicos y chicas sorteaban las olas. Él pertenecía al mar y deseaba experimentar aquellas proezas que realizaban los jóvenes surfistas en el oleaje. Para él, ese era el momento ideal de surfear aquellas imponentes olas.

Y así lo hizo, sin que nadie lo viera, o más bien dicho, lejos de la vista de su padre y hermana, Alex siguió sus instintos. Con el wetsuit puesto, cogió su morey y se recostó sobre él nadando fuertemente mar adentro. Sorteó con gran dificultad las primeras olas hasta llegar a la más grande. De pronto, una multitud se conglomeró en la orilla de la playa. Todos veían al pequeño niño entrar al mar embravecido. El padre de Alex salió del resto-bar al ver tanta gente reunida en la playa. ¿Por qué tanto alboroto?, se preguntó. No podía creer lo que veía. Se agarró la cabeza de la impresión. Gaby preocupada se acercó inmediatamente a su padre y le preguntó qué pasaba.

-¿Papá, te sucede algo? ¿Qué está sucediendo allá afuera?

-¡Tu hermano, tenemos que sacarlo de allí! –gritó Mike mirando hacia el mar.

Gaby giró la cabeza en dirección al océano y vio las inmensas olas que rompían con fuerza generando grandes cantidades de espuma blanca. A lo lejos, vio a su pequeño hermano tratando de llegar a ellas. Padre e hija corrieron hasta la orilla llamando a gritos a Alex sin recibir respuesta alguna. Angustiada, Gaby agarró su tabla y fue en busca de su hermano.

Alex braceó con todas sus fuerzas hasta llegar a la ola que lo estaba esperando. Se colocó en la posición correcta, agarró fuertemente su morey y empezó a deslizarse sobre la gigantesca ola, escabulléndose sobre el tubo que ella formaba. En él, Alex pudo dar un Aéreo Rollo 360 (subir a lo alto de la ola, golpear con él la tabla y realizar un giro en el eje que va de la cabeza a los pies en el aire) para luego caer al mar. Lleno de emoción, había logrado su proeza. La gente de la playa aplaudía alegremente la maniobra del pequeño muchacho. Pero al terminar el giro, segundos después, Alex se resbaló, soltándose del morey cayendo así al agua. En seguida salió a flote, pero justo, una gigantesca ola rompía arriba de él, hundiéndolo nuevamente. Sus aguas formaron un remolino que lo envolvieron por completo.

La gente entró en pánico y llamaron a los paramédicos, los salvavidas intentaban rescatar a Alex, queriendo acercarse lo más cerca posible a él, pero aún no podían verlo reflotar. Gaby en el mar y desde su tabla observaba atenta verlo resurgir junto con otros surfistas que allí se encontraban. Segundos después Gaby pudo ver a su hermano inconsciente flotar muy cerca de ella. Gaby dio el aviso a los salvavidas y juntos llevaron a Alex a la playa. Los paramédicos realizaron las técnicas de resucitación correspondientes. Alex aún no reaccionaba. Gaby y Mike abrazados, temían lo peor. Alex tenía los labios morados y la tez blanca, el oxígeno no llegaba a sus pulmones. Allí, al lado de su pequeño hermano, en una milésima de segundo, Gaby rememoró el fatídico accidente de su madre, reviviéndolo todo nuevamente. Se vio al lado de ella, minutos antes de que Juana falleciera.

Gaby, visualizó su dulce sonrisa y recordó sus últimas palabras de amor hacia ella.

-“Amada hija no temas, sigue adelante, tu eres un ser muy especial. Hija mía, te amo, los amo a los tres”.

Gaby despertó del ensueño e intempestivamente empujó al paramédico inclinándose sobre Alex. Se recostó sobre el pecho de su hermano, abrazándolo fuertemente, llenándolo de la energía que su cuerpo emitía. Con lágrimas en los ojos, le pidió desesperadamente que despertara, que no la dejara sola. Le acariciaba el rostro con ternura para que reaccionara. Mike, desolado, veía conmovido el acto de amor de su hija. De pronto, Alex empezó a reaccionar, escupiendo el agua que había tragado. Los paramédicos subieron a Alex a la ambulancia. Gaby y Mike lo acompañaron hasta el hospital.

A un mes del accidente de Alex en el mar, Gaby le contó a su padre la experiencia vivida minutos antes de morir Juana. Mike abrazó fuertemente a su hija.


Y ese verano llegó a su fin, cambiando las vidas de Mike, Alex y Gaby para siempre. Mike pudo rehacer su vida, empezaba a salir con una joven mujer, Alex se deslizaba nuevamente sobre las olas con su morey, pero esta vez con más precaución y Gaby que pasaba ahora más tiempo con su padre, ya estaba lista para ir a la universidad. Estudiaría medicina.  

jueves, 26 de diciembre de 2013

Llegada a las nueve

Sonia Manrique Collado



El señor Delgado estaba ansioso por llegar a su casa. Había estado fuera quince días, así vivía desde abril. Era lo único malo del trabajo en las minas: estar lejos de su hogar la mitad del mes. Por lo demás todo iba sobre ruedas, el sueldo superaba por mucho al de su empleo anterior. El señor Delgado llegó a la ciudad a las ocho de la mañana, el viaje había sido largo: siete horas. Quería abrazar a su esposa, seguramente ella ya lo esperaba con el desayuno listo y con esos besos incomparables.

Él amaba a su esposa aunque sus familiares no la aceptaran. Era una mujer mucho más joven que él y eso fue lo primero que lo cautivó. La había conocido por casualidad en una parrillada,  fue amor a primera vista. No pasó más de una semana cuando el señor Delgado terminó su largo noviazgo con María Luisa. Fue un gran golpe para ella pero aceptó con dignidad. Después él se casó y casi nadie fue a su boda porque sus hermanos estaban muy molestos por el desplante hecho a María Luisa. Pero no le importó.

El señor Delgado esperó pacientemente un taxi en la puerta de las oficinas de la mina. Hacía un calor fuerte y eso lo incomodaba, ya se había acostumbrado al frío de las alturas. ¿Qué estaría haciendo ella? Él no creía en los rumores que le habían llegado sobre un individuo que visitaba su casa en su ausencia. La gente era muy envidiosa y quizás le tenían cólera por haber conseguido una mujer joven y guapa. Por ella incluso había peleado con su hija mayor, Daniela, quien muchas veces le recriminó el haber dejado a María Luisa. Tan elegante María Luisa, tan educada y digna. ¿Cómo pudiste haber hecho eso, papá?

Pasó un taxi y el señor Delgado lo detuvo. Subió y dio su dirección. El taxista empezó a hablarle de la situación difícil de la ciudad, del terrible tráfico y los baches en las pistas. Él le escuchaba en silencio. Pensaba en su esposa, en su cuerpo juvenil, en sus deliciosos almuerzos, en sus enojos frecuentes. Hasta eso le gustaba de ella. Él debía ser la envidia de todos los hombres de su edad y por eso inventaban chismes. A veces ella lo trataba mal en los días pero todo eso era compensado en las noches, dormir con esa mujer era un placer que no había sentido antes.

El taxista avanzó rápidamente hacia la avenida Hartley y el señor Delgado miró a las personas que se dirigían a su trabajo con mucha prisa. Él estaba en mejor posición desde que consiguió su puesto en las minas. De hecho, más tarde él y su joven mujer saldrían para hacer compras. A ella le encantaba hacer compras, eran sus mejores momentos. Había sido muy pobre de niña y cuando recibía algo nuevo su alegría era contagiosa.

Finalmente el taxi llegó a su destino. El señor Delgado pagó y se bajó. Por un momento pensó que ella estaba esperándolo en la puerta pero no había nadie. Entonces se dirigió hacia su departamento. Subió rápidamente las gradas hasta el tercer piso. No se sentían ruidos en el edificio, parecía vacío. Llegó a la puerta, sacó sus llaves y abrió mientras llamaba el nombre de su esposa. Pero su sonrisa se congeló, ¿se había equivocado de departamento? Cerró la puerta y el estupor lo invadió, ¿qué era eso? Miró las paredes y los pisos, caminó hacia la cocina, no había nada. ¿Entraron ladrones? Después fue a su habitación, igual. Abrió el clóset y ahí estaba su ropa: sólo la de él.

Regresó a la sala y entonces vio algo en el suelo, era el teléfono. La casa estaba vacía pero había quedado el teléfono, a su lado un pedazo de papel. El señor Delgado se agachó a recogerlo y leyó: “Ya no soporto más, me voy”. Quedó inmóvil algunos segundos, incapaz de reaccionar. Sentía que el mundo caía sobre sus hombros.

El señor Delgado se sentó en el suelo y allí estuvo, con la espalda apoyada en la pared. Finalmente levantó el auricular. No sabía a quién llamar para contarle lo que había sucedido. Pensó en su hermana Irene, ella era compasiva. Marcó el número y esperó. Cuando sintió su voz al otro lado del teléfono se le hizo difícil empezar, sus manos temblaban. Finalmente habló.

─Ella se fue, se llevó todo –dijo haciendo un esfuerzo.

─¿Ella? ¿A quién te refieres? –preguntó Irene.

─Quién va a ser, Jacqueline.

Irene sintió ganas de gritar de impotencia pero se calló. No quiso agravar el dolor del señor Delgado. Le dijo que se tranquilizara y que fuera para su casa, tomarían desayuno y después verían qué hacer.

Al colgar el teléfono, Irene miró a su sobrina Daniela que se había quedado a dormir la noche anterior.

─Llamó tu papá, esa mujer se ha ido de la casa –le dijo.

Daniela quedó en silencio, ella se lo había advertido mil veces pero él no quiso escucharla. En ese momento sintió una gran tristeza al igual que su tía.

─Ya viene en camino –dijo Irene-. Pon la mesa, que tome un rico desayuno por lo menos.

Daniela empezó a poner las tazas en la mesa mientras sentía una lágrima caer.

─Es una perra, yo lo sabía –dijo sollozando-. Seguro se fue con ese Javier, todo este tiempo ha engañado a mi papá con él.

─No se te ocurra decirle nada de eso -dijo Irene en tono de advertencia-, él no sabe nada. Ahora sólo tenemos que apoyarlo.

Diez minutos después el timbre sonó. Irene abrió la puerta, el señor Delgado estaba ahí. Había envejecido mil años, la miró y se abrazaron. Daniela cogió el maletín de su papá y lo puso en un sillón. Después se dirigió hacia él y también lo abrazó.

─¿Quieres bañarte antes de tomar desayuno, José? –preguntó Irene-. El viaje debe haber sido pesado.

El rico olor a panetón y chocolate invadía la casa. Los adornos de Navidad ya estaban colocados y los dos perros parecían disfrutar del ambiente.

─No quiero bañarme ni comer –dijo el señor Delgado. Después se sentó en el sofá y puso la cabeza entre sus manos. Era la primera vez que Daniela veía a su padre llorar.



─Qué bueno que por fin decidiste dejar a ese tipo –susurró Javier mientras acariciaba los hombros de Jacqueline.

─He soportado mucho tiempo a su lado –dijo ella con ira-. Por eso me traje todas las cosas. Que sufra igual que sufrí yo.

─¿Te maltrataba de verdad, mami? –preguntó Javier sintiendo una pena repentina por el señor Delgado. “Pobre viejo”, pensó.

─No seas tonto. Con maltrato o sin maltrato es horrible vivir con alguien a quien no amas.

Jacqueline miró a Javier con ojos llenos de amor. “Te quiero tanto”, pensó. ¿Hacía bien en dejarlo todo por él? Por un segundo su rostro se ensombreció. 

─Tomemos desayuno –dijo él mirando su reloj-, ya son las nueve.

martes, 24 de diciembre de 2013

Si resucita… lo mato

Silvia Alatorre Orozco


Era una fría y brumosa mañana invernal,  mientras apuntaban los primeros rayos del sol, las gotas del rocío centelleaban brillos dorados sobre la hierba y una sinfonía festiva invadía la atmósfera, era el trinar de los de pájaros en su despertar que revoloteaban sobre las ramas de los altos pinos esparciendo un fresco aroma a bosque; se podía saborear en los labios una dulce humedad; pudiera decirse que era la promesa de un buen día; cuando menos ese era el anhelo de Daniela. 

Sentada sobre una piedra y con la mirada perdida en el infinito, rememora aquella  terrible escena que a pesar de haber pasado quince años sigue vivida en  su mente.  Tal parece que vuelve a ver los cuerpos de sus padres sin vida, a orillas de la laguna; a sus  apenas catorce años, quería pensar  que estaban recostados sobre el pasto, mirando  las estrellas del amanecer pues sus ojos permanecían abiertos, sin embargo, su mirada era vidriosa y el pecho estaba manchado de sangre, de su boca escurría un espeso hilo rojo. Duque, el perro pastor, que siempre la acompañaba en sus caminatas, corría de un lado a otro ladrando con furia, de su hocico destilaba una densa baba y lanzaba lastimosos aullidos. 

Recuerda cómo se acercó a los inertes cuerpos:

- Mamá… papá… despierten… levántense… ¿porque no me escuchan? -les chillaba desesperadamente.

Sus gritos y los enfurecidos gruñidos del perro, alarmaron a doña Lupe que se encontraba dormida, llegó al lugar corriendo y casi sin resuello, -pasaba de los cuarenta- abrazaba a la niña y trataba de calmarla, la quería tanto como si fuera su madre, pues de bebé la amamantó, había sido su nodriza; quería evitar  que sufriera, pero era de tal gravedad la escena que se sentía impotente para librarla de vivir ese terrible momento. 

Fue tanto  el alboroto que se  escuchó, que los trabajadores  llegaron de inmediato al lugar; Calixto, el capataz del rancho,  se hizo cargo de la situación, llamó al padre Anselmo para que les otorgará los Santos Oleos a los difuntos y avisó a la policía.

Cuando las autoridades buscaron esclarecer el crimen, resultó complicado admitir por ciertas  las  declaraciones hechas por los presuntos testigos, pues con tal de ver sus nombres escritos en el periódico del pueblo, narraban historias diversas y falsas.

- Yo vide que eran tres julanos a caballo, los ajusticiaron a machetazos -declaraba Eustaquio.

- No eran tres, eran solo dos, desconocidos, yo vide cuando les dispararon con fusiles a los patrones -aclaraba Martin chico.

- Los bandidos violaron a la patrona, trate de defenderla y me dieron tal golpe que perdí la concencia -vociferaba el viejo caballerango.

- De lejos pude apreciar como el patrón acuchillo a la patrona y después, el mesmo se clavó el cuchillo en el pecho -manifestaba uno más. 

- Los mataron en otro lado, aquí solo los trajieron a tirar… yo mesmo ollí el  motor de un camión -tartamudeando, explicaba el sordo Simón.

Pero la policía aceptó lo dicho por el cura:

- Era de madrugada, yo venía de dar el sacramento de la comunión a un moribundo,  desde la lomita vi como un hombre amenazaba a los patrones con tremendo cuchillo y a gritos les preguntaba:

- ¿Ondes´condes las monedas de oro?... viejo cabrón, me dices o hasta´qui llegates… tú… y  tú vieja también…  habla o me los quebró  ahora mesmo -los señores callaban hasta que don Julián soltó:

- Caminaras y descansaras sobre él, pero tus malditas manos nunca lo tocarán.

- Y fue cuando, este hombre los acuchilló y desapareció despotricando mil maldiciones. Me asusté mucho y corrí a la iglesia.

Se encontraba tan absorta en esos vividos recuerdos que no percibió  los pasos de su marido acercándose a su lado, cuando él  tocó su hombro fue que ella retornó a la realidad.

- Danielita no te atormentes más. El auto nos espera… vamos... muy pronto ésta tierra será únicamente un mal recuerdo -la ayuda a incorporarse y con cariño acaricia sus frías mejillas.

A sus casi treinta  años es más atractiva que en su mocedad, chaparrita igual que su madre, y grandes ojos aceitunados como los del padre, es una chica linda, se sabe bonita y es coqueta y dulce con su marido que  la ama inmensamente. Juntos regresan a la finca, caminan por la vereda arbolada que los lleva a la gran construcción de paredes blancas, techos rojos y rodeada de verdes jardines, quieren verla una vez más antes de partir. Daniela recorre cada uno de  los grandes cuartos, de altos techos, y muros encalados; al caminar escucha el eco de sus pasos y de sus sollozos; nostálgicamente mira los pasillos que aún lucen las macetas con frondosos y verdes helechos que tanto cuidó doña Lupe, y nuevamente la invaden  infinidad de memorias; deja salir un gran suspiro; lamenta haber sido tan inexperta cuando pasó aquella horrible tragedia. En ese entonces al verse desamparada y sin saber qué hacer, le permitió al Padre Anselmo decidir por ella.

- Danielita, ya sin tus padres y siendo mujercita, tu futuro es incierto. He pensado que lo mejor es que te cases con Calixto, el conoce el manejo del rancho y los trabajadores lo obedecen, pues le temen por  su mal carácter.

- No… no… de ninguna manera… mi niña no se casa con el “pinto” -intervino doña Lupe.

A Calixto lo apodaban el “pinto” ya que su oscura piel estaba salpicada por desagradables manchas color rosa escarlata, debido al vitíligo que padeció desde niño.

- Lupe cállate, esto no es de tu incumbencia -protestó airadamente el cura.

- ¿Qué no se da cuenta, padrecito, que Danielita aún está muy tiernita para que este viejo la haga mujer? - replicó doña Lupe y agregó- Calixto tiene más de cincuenta.

-  Te puedo jurar ante el altar de la virgen de las Remedios, que Calixto no tomará a Danielita como mujer,  será hasta el día en que ella este sazoncita. Entiende el “pinto” es el único que puede trabajar el rancho para beneficio de ella.

Y ante ese argumento doña Lupe consintió en el matrimonio, aunque a regañadientes. 

A los pocos días se llevó a cabo una discreta ceremonia religiosa en donde el párroco los unió como marido y mujer. Y efectivamente como lo tenía prometido el párroco, Calixto respetaba a la niña. Daniela seguía ocupando las mismas habitaciones que en vida de sus padres, Lupe no se separaba de ella. El hombre tomó las habitaciones que ocuparon, en vida, don Julián y su esposa, se encontraban en el otro extremo de la casa. 

En el rancho se continuó  laborando como en vida de los patrones. Sin embargo, en la finca  Calixto buscaba con ahínco  las monedas de oro, hacia escarbadero en  pisos y paredes. Estaba seguro que en algún lugar se escondía una verdadera fortuna;  producto de la venta del otro rancho que había heredado don Julián; según decían, <le pagaron en puritito oro>.

Calixto, ese hombre rudo y temido, amaba a las aves,  cuando veía a los chamacos tirándoles pedradas a los pajaritos les propinaba fuertes coscorrones mientras los regañaba:

- ¡Matar  un pájaro es matar la libertad!

Sin embargo, con los trabajadores era déspota, les exigía llamarlo “patrón”, a quien no lo nombraba así, lo obligaba hacerlo a base de fuetazos. La espalda de Lupe estaba marcada por los fuertes golpes que con frecuencia le proporcionaba.

- Que me digas patrón vieja desgraciada -le gritaba mientras la golpeaba, cosa que hacía apartado de Daniela.

- El día que calces los zapatos del Don entonces te llamaré patrón.

Calixto padecía de juanetes y tal como las hermanas de la Cenicienta, trataba de meter sus pies dentro de los zapatos sin lograrlo. Tampoco le fue posible vestir los trajes de fino casimir, pues como era ventrudo, los pantalones no le subían más allá de sus zambas rodillas. Únicamente usaba los sombreros tipo Panamá, que adornaba con una pluma de águila, pero al poco tiempo de traerlos sobre su sudorosa cabeza, estaban sebosos y manchados.

El cura recibió como pago por su intervención en el casorio varias parcelas cercanas al río, propicias para la buena siembra.

Pasados los años, la vida de Daniela se convirtió en un hastío, Calixto no le permitía ir al pueblo ni recibir amistades, y ella lo obedecía sin protestar pues consideraba que él era la autoridad en el rancho; su única amiga era  Lupe. Extrañaba al fiel Duque, varios años fue su inseparable compañero hasta el día en que amaneció envenenado, sabía que Calixto lo había matado,  pues el perro  le gruñía muy feo y le tiraba tarascadas; ella lo enterró bajo  una higuera, frente a su ventana, y por varios días le lloró desconsoladamente. 

Diariamente, Daniela se dirigía a la  laguna, ahí depositaba un ramillete de flores silvestres para sus padres. De regreso a la casona, visitaba los corrales; le gustaba el olor de la pastura con que alimentaban al ganado y beber un pocillo de leche calientita y espumosa recién ordeñada. Más de una vez se topó con Víctor, el veterinario, que llevaba el control sanitario de los animales; su marido le prohibía dirigirle la palabra, pero ella aprovechaba salir cuando el “pinto” se encontraba ocupado, excavando, en busca del mentado oro.

Víctor era un chico alto, bien parecido, medio bizco, pero sus ojos azules eran hermosos y ese pequeño defecto proporcionaba un singular encanto a su mirada; descendiente de franceses, recién egresado de la universidad, responsable y trabajador. Sentía atracción por Daniela pero la respetaba, más por miedo a Calixto que por subordinación. Le enternecía ver la carita triste de la chica, y quería verla sonreír, algunos días intercambiaban cortas conversaciones.

Cuando doña Lupe la descubrió hablando con el joven, le advirtió que Calixto era capaz de matarla si se enteraba de ello. A Daniela eso no le preocupaba pues sabía que últimamente su marido, desde temprano, se metía en su despacho a beber  con dos o tres de los peones más jovencitos, según decía para que le cuidaran las espaldas, pero Lupe entre dientes comentaba:

- Es´pa que le cuiden el fundillo.

Era por todos sabido que a Calixto le gustaban los placeres sodomitas y no le interesaban las mujeres; Daniela lo ignoraba pero se sentía aliviada de que no la obligara a cumplir como esposa, pues le despertaba una gran repugnancia.

Calixto se embriagaba frecuentemente y sus orgias eran “el pan nuestro de cada día”. Pero una madrugada sus gritos despertaron a Daniela; los jovencitos,  que Calixto tenía  en su despacho y a los que obligaba a cometer todos los actos de perversión inimaginables, se sublevaron, y además intoxicados por el alcohol, le “echaron montón” y a botellazos le partieron la cabeza y el culo. 

Cuando Daniela llegó a la habitación, sus ojos vieron un espectáculo dantesco; esa escena la horrorizó  más que  aquel mal día en que encontró a sus padres, muertos, a orillas de la laguna.

A sus veintiocho años quedo viuda y virgen.

Por fin, estaba liberada de su carcelero. 

Al funeral del capataz, asistieron pocos trabajadores, más por consideración a la patrona que al desgraciado de Calixto. Víctor, siempre permaneció al lado de Daniela, dándole consuelo y apoyo. El padre Anselmo celebró una misa frente al féretro mientras dos peones cavaban la tumba, lejos de la casa y al lado del pozo que abastecía de agua a los bebederos para el ganado. Cuando hacían el hoyo, de pronto se escuchó que las palas golpeaban sobre una superficie dura y metálica.

- ¡Ahí está lo que tanto busco Calixto! -gritó Lupe.

Y efectivamente, ante los sorprendidos ojos de los presentes, unas vasijas atiborradas de monedas aparecieron.

- ¡Están llenas de monedas de oro! -exclamaron efusivamente los pocos asistentes.

El cura palideció y perdió el equilibrio. Pensaba en lo rico que hubieran sido, Calixto y él, si tiempo atrás ellos las hubieran hallado.

Sacaron los cantaros y el capataz fue enterrado en esa fosa, cubierto por pesadas piedras, según indicaciones de Lupe.

- Pa´que quede bien soterrado y este infeliz no pueda salir pá´juera -y añadió- porque si resucita… lo mato. 

Apenas pasado medio año del entierro de Calixto, Lupe murió de pulmonía, Daniela perdió a su otra madre; una infinita tristeza la invadió, pensaba que se encontraba completamente sola; sin embargo, no era así, Víctor no la abandonó, permaneció su lado,  no podía desampararla en estos dolorosos momentos, pues desde siempre la había amado. Por fin,  cumpliría su anhelo de casarse con ella, ahora que era una mujer libre le pidió matrimonio y ella aceptó de inmediato; desde hacía varios años se encontraba enamorada del veterinario, pero por miedo a Calixto había callado ese sentimiento.

Sabía que con Víctor tendría una vida dichosa. Ya no era la niña de catorce que ignoraba como definir su vida, ya podía decidir por ella misma. 

Era una mujer fuerte a pesar de los infortunios vividos. Sin embargo estas tierras representaban para ella: dolor, muerte y desgracia. Anhelaba irse de ahí, poner mar de por medio y dejar a un lado ese amargo pasado.

Vendió el rancho y planeo un porvenir diferente al lado de Víctor.

- Danielita, el auto nos espera…vamos… muy pronto esta tierra será únicamente un mal recuerdo. 

Daniela miró por última vez aquellos parajes y comentó:

- Mi vida está hechas de historias y  futuros…

Y rememorando aquella clásica frase de Margaret Mitchell:

- Mañana será otro día… -y agregó- pero a tu lado será el mejor -tomó fuertemente la mano de Víctor y  unidos se encaminaron al encuentro de un destino compartido.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Sin aguinaldo

Marco Absalón Haro Sánchez


Cómo se te ocurrió a ti Aurelio chico de unos quince años acariciar los pies de Yolanda que no tendría más de dieciocho pues aprovechaste que te acomodaron para que pases la noche en el mismo lecho donde dormía junto al ama de casa que yacía enferma la cual era una señora entrada en años y todo porque no quedaban habitaciones disponibles en el enorme rancho familiar a donde te dieron posada los días de Navidad de cierto año y tú nunca imaginaste que alguna vez tendrías que compartir un lecho con una o más mujeres como en este caso y nada de esto intuiste cuando tu padre aireado contigo por no querer estudiar la secundaria te llevó a que le ayudes en las faenas agrícolas de las tierras que acabó de coger en la vía a Santo Domingo de los Tsáchilas provincia septentrional del Ecuador de Suramérica a dos o tres horas de Quito la capital y asimismo entre los terrenos de tu padre y los de don Antonio Moreno había dos o tres horas de camino a pie pero si ibas en carro era otra cosa y apenas se perdió en el horizonte el autobús en que llegaste junto a tus padres te estableciste en aquella montaña fría e inhóspita aunque por allí cruzaba la vía de comunicación entre las poblaciones que se levantaban a considerable distancia uniendo la Sierra con la Costa y a veces te quedabas semanas enteras en compañía de uno o dos peones que realizaban los desmontes y nuevas siembras cada cierto tiempo y cuando terminaba la jornada diaria se acercaban al arroyo de la quebrada para asearse o acarrear agua y luego en el rancho formaban el corrillo y merendaban los alimentos que tú los preparabas pues algo entendías del arte culinario porque tu madre te enseñó desde que ibas a la escuela primaria y todos daban buena cuenta mientras oían radionovelas como Kalimán el hombre increíble seguido de El Rayo de Plata el charro justiciero y luego Porfirio Cadena el ojo de vidrio que transmitían en la Radio Nacional Espejo y otras que ya no seguían porque se acostaban a descansar y al canto del gallo seguían rotando las colaboraciones con las actividades del rancho tanto como las agrícolas en medio de los negros surcos pero cuando te quedabas solo porque no te acompañaba peón alguno te tocaba cuidar de aves y mamíferos domésticos no obstante algunas tardes acudías a la hacienda ganadera donde trabajaba Carlos y vivía con su familia pero nunca visitaste el rancho de don Antonio Moreno porque doblaba la distancia aunque tanto tu padre como Carlos te hablaron algunas veces de él y ambos coincidían en que era una linda persona y tú les prometiste visitarlo algún día más temprano que tarde y la gente aseguraba que dicho personaje tenía tres hijas muy hermosas pero las malas lenguas advertían que tú frecuentabas la de Carlos por estar junto a María su hija cuya edad era semejante a la tuya y estaba creciendo como un botón de rosa morena y magra de carnes pues más de una vez te adentraste en la luz oscura de sus pupilas y sentiste una especie de cosquilleo que entonces no entendiste qué era eso pero una madrugada de domingo que se quedaron solos en casa porque sus padres salieron al pueblo tan sólo llegaste tus labios a los suyos sin besar aunque se tenían de las manos y no quedaste sin sentir las típicas mariposas en el vientre pero eso fue todo y luego de varias semanas llegarían los días de Navidad y tú no quisiste pasar solo en tu rancho y volcaste un saco de pienso en los comederos tanto como llenaste con agua varios recipientes que los distribuiste por el suelo del corral para que no les falte de nada a las aves que criaban allí y también echaste una generosa porción de maíz para las gallinas que andaban sueltas o dejaste gran cantidad de lavaza para el puerco y tomaste una muda de ropa y te lanzaste a la carretera porque calculabas que más o menos a medio día llegarías al rancho de don Antonio Moreno así como tenías claro que no volverías hasta dentro de dos días y luego de pasar frente a la hacienda donde trabajaba Carlos y que a simple vista te pareció que no había nadie seguiste el sendero hacia el lugar de destino pero al cabo del tiempo prescrito echaste de ver el imponente rancho que emergía del tapiz verdoso como un castillo de la edad media con su soberbio poderío y misterio y te acercaste todo lo que pudiste no sin antes proveerte de una vara larga y fuerte que arrancaste de un árbol pero te pareció insuficiente aquel tolete para luchar contra un enorme mastín que más parecía una pantera que gruñía con gran ferocidad mientras se acercaba a ti como un rayo pero tú fuiste más rápido que éste porque cuando llegó te pilló encaramado en un árbol fuera de su alcance y diste voces a ver si alguno del rancho te oía pero tuviste suerte porque te escucharon y se acercó hacia ti un muchacho de tu misma edad Ricardo quien te preguntó qué hacías ahí arriba y tú le comentaste lo del mastín y éste lo tuvo sujeto y te invitó a pasar mientras caminabas percibías los gratos efluvios de dulces y moliendas así como escuchaste un gran murmullo de voces y cuando clavaste tus pies en el umbral de la cocina muchos pares de ojos femeninos y masculinos te examinaron de pies a cabeza en tanto tú saludabas al grupo intentando ser todo lo cortés posible y te presentaron a un hombre que pasaba de la cincuentena de edad y te dijeron que era el jefe de familia don Antonio Moreno el amigo de tu padre y de Carlos que aún no conocías más que de oídas y este hombre había procreado dos varones que ya tenían mujer e hijos y el benjamín de la familia el muchacho que te salió a recibir pero antes de este último le nacieron tres buenas mozas una mejor que la otra que ya estaban en edad de casamiento y como era la víspera de Navidad se hallaban todos inmersos en los preparativos y las manos de hombres y mujeres elaboraban varios embutidos o empanadas y bocadillos propios de esas fiestas mientras el patriarca estaba a cargo del tonel de picante chicha de chontilla cuyo fermento lo repartía en sendos jarros a los presentes y se notaba por la verborrea que se extendió hasta la tarde y noche y aún avanzó hasta la madrugada cuando pusieron el tocadiscos a todo volumen y empezaron a bailar sin dejar de brindar por san gusto que viva la Navidad que viva la familia y también a ti te convidaron unas copas de aguardiente pero con dos o tres te emborrachaste y te quedaste tumbado y no te enteraste de nada más ni siquiera supiste que los hijos mayores del patriarca salieron de madrugada al pueblo y llevaron la consigna que a su regreso debían acercar más familiares pero cuando te fue pasando el mareo volviste en ti y no entendías qué pasaba con tu rostro y creíste que llevabas una máscara o algo parecido pegado a la piel pero cuando te miraste las uñas estaban pintadas con esmalte y corriste al baño a verte en el espejo entonces te enteraste que te habían pintarrajeado el rostro también y enseguida pediste a las muchachas que te lo quitaran y no lo hicieron sin antes reírse de buena gana la broma gastada en ti y pensaste en qué diría María si se enterara de lo que te han hecho y de seguro creíste que hubiese dicho bien hecho por andar tomando y traerla a la memoria fue como una premonición porque ese día se pasó sin mayores novedades que la visita de la aludida que venía acompañada de un hermano menor y de dos mujeres madre e hija respectivamente pero apenas pusieron sus pies en el patio Ricardo se adelantó para recibirlos porque era amigo de éstos también tú los saludaste y diste muestras de felicidad por la llegada de los tales aunque estabas un poco tenso cuando se saludaron no obstante hubo miradas de complicidad entre Yolanda y tú por lo que sentiste cierta quemazón en las orejas y no dudabas que era la aversión que sentía por ti el chico anfitrión o que María empezó a tener celos de ésta pero lo cierto fue que enseguida se hicieron buenas amigas a pesar de no haberse visto antes no obstante te inquietó la situación de Ricardo que aunque no era novio de ninguna tendría temor que te la levantaras y le dejaras sin su preferida pero tú creíste que éste se sentiría aliviado con la presencia de María ya que él tampoco dudaba en que algo habría entre los dos y por eso tenía el camino libre para soñar con su chica pero tú no hiciste caso de tales incertidumbres y continuaste compartiendo los momentos junto a toda la familia y los nuevos visitantes pero a media tarde arribaron los hijos del patriarca trayendo el encargo que era un buen grupo de gente y aumentó la alegría en gran manera pues se desarrollaron los típicos juegos de estas fiestas como la carrera de los ensacados la gallina ciega o el gallo enterrado la rotura de la piñata y otros hasta que llegó la hora de la cena que por cierto estuvo exquisita en medio de los felices integrantes del clan Moreno Arrabal y cuando acabó la misma se materializó en la escena Carlos que vino a por sus hijos y no pudo acompañar el festejo de la Navidad por tener que cuidar de la hacienda y las hijas del patriarca entregaron en sus manos una canasta con ricos manjares y aunque María quiso quedarse más tiempo su padre no lo permitió y se los llevó y enseguida volvieron a poner el tocadiscos a todo volumen y empezó de nuevo el baile con mayor alegría que la víspera y con mayor número de integrantes pero por lo que respecta a ti Aurelio entablaste una competencia sin límites con Ricardo por ganar el favor de Yolanda pues aunque había más chicas a ti te gustaba ésta y quien no tenía elección era tu rival porque las demás eran sus hermanas y tampoco ella se decidía por ti o por él y así pasó gran parte de la noche bailando alternadamente con los dos hasta que llegó la hora del fin al ser tan tarde y las chicas querían descansar y tú no bebiste una sola copa de aguardiente porque no quisiste que te aconteciera lo de la víspera y mientras las mujeres se acercaban a los dormitorios a ti te acomodaron en la misma habitación donde dormía el ama de casa enferma y junto a ella también Yolanda ya sea para bien o para mal tú todavía no estabas en edad de amanecerte bebiendo hasta las tantas como lo hizo el grueso de hombres que se encontraban en la fiesta así es que ibas a dormir al pie de las dos mujeres y luego de varios minutos en que se acalló el rumor de la gente que se acostaba y sólo se percibía el de los bebedores tú estabas inquieto por algo y empezaste a desear a Yolanda con todas tus fuerzas y en contados instantes tu mano empezó a reptar por el pie de la muchacha cuya piel te pareció de fina seda y avanzó tu mano por dentro de una de las mangas de los pantalones que llevaba y ésta ni se movió por eso entendiste que le estaba gustando el juego y le acariciabas cada vez más arriba pero con mucho tiento para no rozar a la barrera humana asimismo la prenda de la muchacha te lo impedía y no lograbas pasar de la rodilla pero en tu vientre algo empezó a crecer desmesuradamente acompañado de una sensación indescriptible mientras retiraste quedamente la mano del pie femenino y luego de contados instantes volviste a incursionar en el mismo pero para tu sorpresa ésta se hallaba desnuda y tragaste un litro de saliva mientras tu vientre era una roca cuando con las puntas de tus dedos rozabas unos labios de un animalito peludo que se escondía detrás de un lienzo en el centro de la muchacha y no podías alcanzarlo completamente aunque llevabas el brazo estirado y la muchacha se bajó todo lo que le permitió sin hacer movimientos bruscos que la hubieran delatado ante el ama que parecía roncar pero de pronto ésta se movió y te rozó fuertemente el brazo que lo quitaste en un santiamén y te creíste descubierto pero la barrera humana volvió a quedarse inmóvil con la cara hacia Yolanda sin embargo quisiste empezar de nuevo a auscultar el cuerpo de ésta que se había acurrucado hacia el rincón luego de colocarse los pantalones y qué querías Aurelio que la muchacha siguiera eternamente en la última posición que la dejaste pues nada haz cuenta que te quedaste sin aguinaldo aquella Navidad gracias a la barrera de carne y hueso.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Reencuentro fugaz

Nelly Jácome Villalva


Corría un viento helado que se filtraba por la blusa que llevaba puesta, la calzada lucía algo mojada y los autos parecían no moverse, el caos siempre ha provocado en mí ganas de escapar, así que entré a la biblioteca, cogí el primer libro disponible, pues no tenía ninguna preferencia, o sí, -tal vez buscaba algún tema que me recuerde abrigarme antes de salir tan temprano –me reprocho al tiempo que dibujo una sonrisa disimulada, como pensando que nadie lo notara, miro a mi alrededor e irónicamente constato que estoy sola salvo por la bibliotecaria que está en una esquina, entonces me siento junto a la ventana mientras froto mis manos preparándome a leer.

Mirando el vacío de la biblioteca, siento uno más grande en este momento, -¡Bah Lili! No te vas a venir ahora con esas cosas.  Empecé a leer el libro seleccionado y en unos segundos que levanté mi rostro, percibí tu presencia por la ventana que daba al frente de aquella cafetería añeja, desde la cual todavía se huele ese aromático café que nos servimos juntos hace casi dos años, recuerdo que vestías tus jeans preferidos con esa camiseta que decía no sé qué en algún idioma oriental que nunca desciframos. Pasaste tan a prisa que apenas pude distinguir tu cabello castaño bien corto, ahora llevabas traje y me pareció ver unas cuantas líneas que marcaban tu rostro, te seguí con la mirada hasta que ya no distinguí tu figura.  Eras experto en desaparecer cuando las cosas se ponían duras, no estaba entre tus atributos el hablar claro y resolver los líos que de la nada, decías, te surgían.

Tomé la decisión de salir inmediatamente de la biblioteca y darle alcance, tenía que preguntarle a dónde fue, con quién estuvo o con quién está, tengo que saberlo, tengo que preguntarte aun cuando la herida no haya cerrado, aun cuando en algunos años más ya ni siquiera recuerdes quién soy, -no quiero la soledad de la biblioteca en mi vida –digo quedamente.

-¡Hola! Acabas de pasar muy cerca de mí y no me viste -le dije jadeando, mientras tomaba su brazo para sujetarme y no caer.  Pasaron varios segundos, que me fueron horas, sin que reaccionara, no esperaba encontrarme, era evidente. Seguramente estarías pensando en qué respuesta darme, porque sabías que el mes siguiente te casabas en la iglesia de la esquina.  -¡Qué bueno verte! -me dijiste al fin, forzando una sonrisa y fijando tu mirada hacia las nubes, que en ese momento no eran escasas.  Estabas muy nervioso, recordaste de pronto, que en un par de horas te encontrabas con tu novia para sellar el contrato del departamento donde van a vivir y antes tienes que ir al banco… Ya no pude escuchar lo que decías, obtuve refugio en aquel viaje a la playa que hicimos juntos para festejar nuestro compromiso, sentí ese nerviosismo previo a encontrarnos en el aeropuerto, porque sabía que algo nos pasaría en ese paseo, que al regresar no sería la misma. 

-¿No te arrepientes haber venido? –preguntaste en tanto salías del baño para venir a mi lado, moví la cabeza diciendo no. Y cómo iba a arrepentirme si pasé una noche que difícilmente podré olvidar. Aún sentía sus besos, esa mirada seductora que lanzaba una invitación al juego, tus caricias, la forma como ibas de a poco quitándome la ropa y luego tocarnos, entrelazar tus muslos a los míos y sentir que ya no teníamos más tiempo.  No tuvimos más tiempo, ese fue nuestro momento, que terminó por cosas que ya ni recuerdo, y ahora estás frente a mí tan lejano.


Se hace tarde y tienes que irte, así que adiós, el próximo mes no entraré a la biblioteca.

La mano

Marcela Royo Lira


La historia había comenzado con los golpes en la puerta y la carta en cuestión. Quizás, incluso antes, cuando desde el balcón del departamento vio al cartero en la vereda de enfrente y supo, a través de los trancos largos del hombre que atravesó la calle, en el modo de entrecerrar los ojos y verificar los números, que esta vez llamaría a su casa. Demoró adrede en atender. Un presentimiento lo mantuvo inmóvil detrás de la madera. Escuchó el suspiro del otro, algo como un imperceptible rezongo. Lo imaginó agachado, aprontándose a deslizar el sobre por debajo de la puerta. La abrió de golpe. El mensajero dio un respingo y pidió disculpas sin haber por qué. 

Una vez solo, se enteró que la enviaban desde un bufete de abogados. ¿Qué querrán estos leguleyos? dijo entre dientes molesto, no sabía por qué pero una ligera inquietud le había alertado. Revisó mentalmente sus actos de los últimos tres años. Por si acaso. Nunca se sabe. Se acordó, cuando  un año atrás una conocida casa comercial inició una persecución judicial en su contra, por la compra de un electrodoméstico. Una mujer había dado su dirección. Le costó, dinero y tiempo, convencerlos que nada tenía que ver con ella. Amenazaron con embargarle parte de su mobiliario.

Ahora la cita era dentro de dos días. No especificaban de qué trataba.

Esa mañana, cuando abandonó la oficina de abogados, sonreía incrédulo de su suerte. Como único beneficiario heredaba, de un tío de su madre, una casona de once habitaciones, dos salones y un patio interior de naranjos y hortensias, en el viejo barrio de Avenida Matta, en Santiago antiguo. De vuelta al Puerto de Valparaíso, donde actualmente vivía, recordó haberlo visitado siendo niño en dos o tres ocasiones. Un viejo cascarrabias que lo obligaba mantenerse quieto mientras los mayores conversaban, a veces en voz tan baja que los imaginaba urdiendo maldades de las cuales él no podía enterarse. Se acordó también de los olores a encierro y humedad, de la naftalina, a orina de animal, del tapiz de los muebles, sucio y hediondo. Y las ratas que corrían en el entretecho, el gato tuerto y al parecer sordo que dormitaba junto al brasero. También, de la caja grande con soldaditos de plomo que le hizo llegar, a los nueve años, para una navidad.  Fue la última vez que supo de él, su madre murió al poco tiempo y cesó el contacto.  

Semanas después, una tarde de frío y amenazante de lluvia, viajó a la capital y fue a reconocer la vieja casa de adobe que siempre había querido olvidar.

No puede explicarlo. Sabe que es absurdo. El antiguo llamador, en forma de mano, de la puerta de calle lo inquieta. Hace un mes habita la casona de calle Lord Cochrane,  las puertas de todas las habitaciones abren a un largo pasillo en penumbras. Hay un tragaluz en la sala principal y otro en el baño. Las piezas son oscuras, sin ventanas al exterior. Ahora recuerda el miedo que sentía al entrar, detenido tras la mampara su madre debía poco menos que arrastrarlo hacia el interior. Pero hoy es adulto. Es absurda esta desazón.

Quizás, todo comenzó el día que llegó a instalarse. En la calle, el camión cargado con los muebles y su ropa en un baúl y dos maletas. Cuando introdujo la llave en la cerradura le pareció que la mano giraba levemente, como si quisiera conocer al nuevo dueño. Más tarde, mientras bebía un vaso de whisky, la había escuchado golpear con fuerza la madera, sin embargo, al abrir no había nadie. Tuvo la desagradable impresión, mientras se preparaba otro trago (este era el tercero) que no se iban a entender. Cuando niño gustaba de jugar con ella, la levantaba y dejaba caer abruptamente.

─Deja de hacer eso, hijo. La vas a cansar ─lo regañó la madre en varias ocasiones. El tío le golpeó las manos con una varilla y él, en un descuido de los mayores, encendió un encendedor y mantuvo la llama sobre la mano largo rato.

En el transcurso de los meses su llamado a horas imprevistas e inoportunas lo mantenían al borde del colapso. Al principio pensó en jugarretas de niños, era la única casa que todavía mantenía ese tipo de llamador, en gente ociosa, incluso en los “okupas” de la otra cuadra, pero cuando la descubrió vigilando la hora de sus salidas y llegadas, en el mismo movimiento imperceptible del primer día, supo que el asunto era serio y entre ellos dos. Se aficionó al whisky, bebía a deshoras y en mayores cantidades; a disfrazarse como un encapuchado cuando venía de vuelta, a ver si así no lo reconocía. Sin embargo, la mano siempre daba dos golpecitos suaves, como en sorna.

Sucedió de madrugada. 

Llovía y hacía frío. Llevada dos días en cama con fiebre y un fuerte dolor de garganta, sin ánimo de levantarse. Al séptimo llamado, harto de la jugarreta, cogió el combo de acero, que había encontrado entre la leña de la cocina, y se dirigió a la puerta de entrada. Entonces, de un golpe seco y con todas sus fuerzas la arrancó de la madera. En el suelo, continuó golpeándola, los golpes no hicieron daño en el bronce. Luego, envuelta en hojas de diario, como si fuese un ratón muerto, la arrojó dentro del tacho de la  basura.

Días después, alertados por los vecinos del mal olor, la policía lo encontró en su cama, muerto por estrangulación. A su lado, la pequeña mano de bronce, intacta, sobre unas hojas de diarios viejos.