lunes, 28 de octubre de 2013

Enlazador de almas

Karina Bendezú


Sí que habían transcurrido los años, Pablo era ya un anciano que andaba muy despacio por el patio conversando con los niños más pequeños, eso sí, siempre derrochando amabilidad y generosidad. Manolo, sentado en el banco no muy lejos de allí, observaba a su amigo el conserje con mucho cariño, recordando el primer día que se conocieron y cómo fue que llegó a parar al orfanato Buenaventura. Un repentino flashback y las lágrimas empezaron a correr por el rostro del ahora adulto Manolo.

Sentado sobre el sardinel de la calle y tiritando de frío muy cerca de la costa, Manolo, con tan sólo ocho años de edad, se agarraba fuertemente la barriga, abrazándola, le dolía el estómago. Manolo tenía varios días sin comer. Sí, no le había quedado de otra, tuvo que huir de la casa de su tía, una tirana, una bruja malvada que lo maltrataba y le obligaba a realizar los quehaceres y mandados de la casa, todos los días de la semana, sin descanso, gritándole y pegándole, habrase visto no más, qué mujer tan cruel.

A la edad de siete años, la infancia de Manolo se había tornado muy difícil. Al morir su madre de cáncer, el niño lloró mucho su pérdida y a pesar de que vivía con su padre, se sentía muy solo en el mundo. Toribio, así se llamaba su papá, no le quería, no se ocupaba de Manolo, prácticamente ni lo registraba. Al año del fallecimiento de la madre de Manolo, Toribio decidió llevarlo a vivir con su cuñada. Y ese mismo día por la mañana, padre e hijo se dirigieron rumbo a la casa de la tía Herminia. Al salir, Toribio llevaba una pequeña valija con las pertenencias de Manolo, el pequeño niño no entendía lo que pasaba.
Con mucha insistencia, Toribio tocó el timbre de la casa de Herminia, quien abrió la puerta quedándose sorprendida al ver a Toribio y al pequeño niño al lado de una valija.

-¿Qué estás tramando Toribio? –preguntó Herminia frunciendo el ceño.

-Hola Herminia, te dejo a tu ahijado. Se llama Manolo. Ponlo a trabajar y a estudiar que yo no puedo con mi vida y mucho menos con la de él, algo de ayuda te dará para la casa –le dijo Toribio.

Toribio dio media vuelta y se fue, sin darle tiempo a Herminia a que pronunciar alguna palabra, partió sin despedirse de su hijo. Manolo al escuchar lo que su padre decía y con la cara llena de lágrimas, recordaba que la hermana de su mamá no era una buena persona. Parado frente a la puerta y tieso como una estatua, no podía moverse, no quería entrar.

Pasaron las horas, los días y los meses, un año y Manolo no tenía noticias de su padre, definitivamente se había olvidado de él. Manolo vivía muy cansado, trabajaba mucho y hacía días que no iba a la escuela. De tantas labores que realizaba, Manolo terminaba el día exhausto. Por las mañanas, Herminia lo zamarreaba y le gritaba tildándole de holgazán, obligándolo a trabajar desde muy temprano.

-¡Levántate bueno para nada, son las seis de la mañana y tienes muchas cosas por hacer! ¡Vamos y date prisa! –le gritaba Herminia.

Sí que era una pesadilla vivir con esa mujer. En esos momentos y más que nunca, Manolo extrañaba terriblemente a su madre.

Demasiados males para un niño tan pequeño. Manolo no aguantaba más el maltrato de su horrible tía y durante varios meses pensó escaparse e irse muy lejos de allí. Y llegó ese día. Una medianoche, Manolo agarró panes y frutas y las metió en su mochila, se abrigó lo más que pudo y a las doce en punto de la noche, cuando su tía estaba profundamente dormida, ya que escuchaba sus fuertes ronquidos, salió de la casa en puntas de pie. Manolo abrió la puerta de la calle y huyó velozmente, corriendo sin parar.

Sin aliento, Manolo llegó a la playa, se subió a un bote anclado en la orilla del mar y se recostó quedándose profundamente dormido. Al día siguiente al despertar, la brisa movía sus finos cabellos. Manolo tenía hambre. Abrió la mochila y comió algo de lo que había llevado. Durante el día, se dedicó a pasear por la playa y jugar a la pelota con algunos niños que vivían por la zona. Llegó la noche y otra vez a dormir en el bote. Pasaron los días y ya no tenía nada para comer. Manolo pedía alimentos, monedas, lo que fuera, pero sólo le daban céntimos que no alcanzaban para calmar su penuria, la gente lo mandaba de regreso a su casa, con sus padres, si supieran...

A la mañana siguiente, Manolo decidió caminar un poco más lejos y ver qué encontraba por otros lares. Luego de veinte kilómetros de caminata, Manolo llegó a un pequeño pueblo y recorrió sus calles. Cansado, desolado y hambriento, se detuvo frente a un portón antiguo de color verde que le trajo su atención. Levantó la mirada y en lo alto, leyó un letrero que decía: “Bienvenidos al Orfanato Buenaventura”. Manolo escuchó risas que provenían del interior y como el portón estaba entreabierto, ingresó para ver de qué se trataba. Le sorprendió ver la inmensa casona colonial de dos pisos y de grandes ventanales. En el patio, un hermoso jardín, niños por doquier jugando a la pelota, divirtiéndose, jugando a las escondidas, riéndose, charlando y leyendo, en fin, muchos niños de todas las edades que al parecer disfrutaban estar allí. De repente, sin darse cuenta, se le acercó un señor alto y barrigón que muy amablemente lo saludó.

-¡Hola jovencito! ¿Estás perdido? ¿Te puedo ayudar en algo? –le preguntó el hombre.

-¿Tiene algo de comer señor? –fue lo primero que se le ocurrió decir a Manolo.

-¡Claro que sí!, vamos al comedor, allí tenemos mucha comida.

El señor y Manolo ingresaron a un gran salón comedor, con muchas bancas como para cientos de personas. Sentado en un rincón, Manolo esperaba al buen hombre con algo de comida para poder saciar al fin su hambre. A los pocos minutos, el señor llegó con un plato de sopa. Manolo agarró la cuchara y sin parar y a toda prisa se comió y bebió la suculenta sopa llena de verduras y carne sin dejar ningún resto en ella.

-¡Pero caramba que apetito tiene este jovencito! Creo que no nos hemos presentado aún, me llamo Pablo y soy el conserje del orfanato Buenaventura, lugar donde te encuentras.

Dime, ¿cómo te llamas y qué haces por aquí?, y tus padres ¿dónde están? –preguntó el buen conserje.

Manolo se quedó pensando unos segundos qué respuesta le daría a Pablo. Son muchas preguntas que me hace este hombre. Si mi madre murió, de mi padre no sé nada y mi tía Herminia, mejor ni recordarla, mejor decir que no tengo familia. Pero al ver la mirada dulce del conserje y lo gentil que había sido con él al brindarle un plato de comida, decidió contarle su historia, desde el fallecimiento de su madre hasta cómo fue que llegó a Buenaventura.

Al día siguiente muy acurrucado entre las sábanas blancas, sobre un re confortable colchón, Manolo despertó enceguecido por los primeros rayos del sol que se colaban por la ranura de la vieja ventana. Manolo compartía la habitación con dieciséis niños más. Un dormitorio de paredes blancas con catres enfilados un al lado del otro. Algunos de los niños ya se habían levantado muy temprano dejando sus camas tendidas, el resto dormía o estaba recostado en la cama al igual que él.

-¡Levántate que nos han servido el desayuno y debemos asistir a horario! –le dijo uno de los niños del orfanato.

-Está bien, voy contigo –le contestó Manolo al mismo tiempo que se incorporaba de la cama para alistarse.

Don Pablo, le había dado unos pijamas para que pudiera dormir por la noche y sobre su cama le había colocado un uniforme bien planchado y doblado para que se lo pusiera al día siguiente: un polo y unos pantalones cortos, ¡ah!, y unas zapatillas azules y medias debajo del catre. Ya en el comedor, estaban todos los niños y niñas sentados en una mesa larga enfrente de un grupo de adultos. Los adultos eran: la rectora del orfanato sentada en el centro, cuatro profesores y don Pablo. La señora rectora se puso de pie y todos los niños y niñas hicieron silencio.

-Buenos días a todos, como verán, tenemos un nuevo integrante en nuestra familia, su nombre es Manolo y llegó ayer para quedarse con nosotros –dijo la señora.

Todos los niños le aplaudieron con mucha alegría. Manolo, se sintió muy sorprendido al ver el entusiasmo de los niños que lo ovacionaban. Y pensar que recién llegaba al orfanato. Los días siguientes pasaron rápidamente y Manolo iba creciendo y cultivándose en los estudios y en la vida personal compartiendo con sus nuevos compañeros y hermanos, los niños del orfanato Buenaventura.

El domingo era un día muy especial para los que vivían en Buenaventura, ya que venían organizaciones no gubernamentales a brindar talleres educativos, artísticos y creativos a los niños. Manolo estaba muy entusiasmado de asistir a los talleres. Había un taller de música donde les enseñaban a tocar muchos instrumentos, como la flauta dulce, el cajón, la guitarra, el violín y el piano. Manolo, prefería tocar la flauta, por el sonido melodioso que emitía. Había talleres de danza y de artes plásticas. Para los más grandes, talleres de planes, así se llamaban, les enseñaban a desarrollar proyectos ecológicos y proyectos de carácter social. Los voluntarios de la organización venían muy temprano a dictar sus clases y los niños y niñas hacían cola para anotarse en las distintas actividades que les ofrecían.

En ocasiones, Manolo pensaba mucho en su madre y recordaba lo dulce y buena que había sido con él. También pensaba en su padre y en su tía y cómo logró escapar de esa horrible pesadilla. Sentado en el banco del salón, se alegraba tanto de haber encontrado el orfanato Buenaventura y conocer a don Pablo, quién lo alimentó y le abrió las puertas del lugar. No se imaginó nunca que al llegar allí, cambiaría por completo su vida.

Manolo pasaba las tardes en el patio del jardín tocando la flauta dulce. Bajo la sombra del viejo ombú, Manolo interpretaba las canciones que iba aprendiendo en el taller. Cada día se perfeccionaba más, los niños del orfanato se agrupaban para verlo y escucharlo tocar, le pedían que tocara nuevas canciones y juntos bailaban al compás de la música, zapateando hasta levantar polvo del suelo. Era tal la alegría que irradiaba Manolo, que hasta él mismo bailaba al tiempo que tocaba su flauta. A esta fiesta, se sumaban sus tres mejores amigos: Marco, Max y Felicia, con sus respectivos instrumentos: Felicia con la pandereta, Marco tocaba el cajón y Max la guitarra. Así transcurría la vida de Manolo en el orfanato Buenaventura, enlazando almas al ritmo de su música. Manolo sentía que Buenaventura, era su nueva casa y los que vivían allí eran su nueva familia y no deseaba irse a ningún otro lugar.

Al pasar los años, Manolo creció y al cumplir quince, se había convertido en un buenmozo adolescente, inteligente y amante de la música. Manolo realizaba una actividad nueva, colaboraba con las organizaciones no gubernamentales en los talleres de enseñanza para los más pequeños. Había aprendido mucho desde entonces, los niños y niñas le querían mucho porque le conocían y por la confianza que trasmitía al enseñarles, guiándolos a alcanzar sus propios sueños.

Llegaron días arduos para Manolo, de mucho estudio y concentración, ya no solía tocar la flauta todos los días, ahora estaba preparando su ingreso a la universidad del estado, quería estudiar ciencias de la administración y como era difícil su ingreso, debía capacitarse. Manolo quería ver realizado su más preciado sueño, llegar a dirigir su propia organización y poniéndole el mayor de los esfuerzos sabía que lo lograría.

Pasaron los años y muchas cosas sucedieron, como la repentina muerte de Toribio, el padre de Manolo. Toribio murió en un accidente de tránsito, él estaba borracho y en ese penoso estado cruzó la calle con el semáforo en rojo, siendo arrollado por un colectivo que iba a gran velocidad. Un día, por la tarde, la rectora del orfanato llamó a Manolo a la dirección. Pablo se encontraba allí. Él fue el encargado de entregarle el comunicado que emitió el Hospital Central, confirmando el fallecimiento de Toribio. Manolo leyó el documento sin emitir ningún comentario. Manolo se apenaba mucho del tipo de vida que había elegido su padre y el desenlace que había sufrido.

Al cumplir la mayoría de edad, Manolo sabía que tenía que partir de Buenaventura, esta vez, ubicado en una buena familia que velaría por su bienestar y su formación. Sus nuevos padres, le ofrecían a Manolo amor y muchos cuidados. Al saber de la partida de Manolo, los niños del orfanato le organizaron una fiesta sorpresa para su despedida. Se llevaron a cabo todos los preparativos correspondientes: la torta decorada, el bufet y el arreglo del salón comedor con guirnaldas de colores y con un gran cartel que decía: “Hasta siempre Manolo, te queremos”.

Llegada la noche y después de la cena, los niños le pidieron a Manolo que los deleitara una vez más con el sonido de su flauta dulce. Corrieron las mesas del comedor y todos los niños y niñas, jóvenes y adultos pasaron al centro del salón a zapatear y a bailar al compás de la música. Para sorpresa de Manolo, sus amigos Marco, Max y Felicia llegaron al convite. Los tres amigos vivían con otras familias, pero al saber de la despedida que se organizaba para Manolo, decidieron participar y no perderse el momento. Sus amigos habían llevado sus instrumentos musicales y como en los viejos tiempos, animaron la fiesta y se quedaron hasta el amanecer.

Los niños del orfanato recibían las cartas que Manolo enviaba y que eran leídas por Pablo. Allí les contaba sobre sus avances y estudios en la Universidad. Sí, había ingresado en el primer puesto en la carrera de ciencias de la administración. Manolo les contaba de sus viajes de estudio y lo mucho que aprendía en cada ciudad que visitaba. Con el tiempo, llegó a recibirse con honores y a formar una bella familia.

De regreso al presente, Manolo seca sus lágrimas y saca su vieja flauta y empieza a tocar una contagiosa canción. Pablo, que andaba por ahí, comienza a bailar. Los niños al escuchar la canción y al darse cuenta de la presencia de Manolo lo rodean iniciando el zapateo. Mientras todos se divierten acompañados de un colorido arcoíris como marco, Manolo piensa en cómo su vida había cambiado y la maravillosa familia que formó en Buenaventura, sumándose ahora su bella esposa Ana y su nena recién nacida Luz. Manolo se encargaría de la nueva administración de Buenaventura, promoviendo el cuidado de los niños huérfanos, olvidados y maltratados por sus familias llevándoles un poco de paz a sus almas y un motivo más para seguir creciendo y ver realizados sus más preciados sueños. 

lunes, 21 de octubre de 2013

Valeroso Yupanqui

Víctor Mondragón


En  un nublado día de invierno Sixto y sus compañeros de clase  caminaban por un desnivel de tierra hacia una ribera del río Rímac, no muy lejos divisaron ratas y gallinazos  disputándose restos de animales muertos y devueltos por un río que en invierno tiene poco caudal; Sixto, era delgado, de acento andino al hablar,   raya al medio en un cabello indígena  sometido con gomina.

El más alto de sus compañeros trazó con un palo una línea sobre el suelo,  entre la muchachada Sixto dio un paso al frente, se bajó tímidamente la bragueta de su pantalón, con sus dos manos levantó su miembro viril,  apunto hacia el pico de una botella en el suelo y con un chorro de orines intentó llenarla; a continuación un compañero con cara de matón, más ducho en estas competencias, llenó mayor volumen de orines en otra botella.

-¡Apanado, apanado! – fue la palabra que invadió  el ambiente, rápidamente sus compañeros conformaron  dos filas de lo que solían llamar callejón oscuro, Sixto miró al cielo, respiró profundamente, se dio valor y cubriéndose la cabeza con sus manos se precipitó a  pasar rápidamente entre sus amigos  soportando  una lluvia de manotazos que caía sobre él.

-¡Déjenlo carajo! –gritó un anciano  que al ver lo ocurrido, corrió con un palo  seguido  por su escuálido perro mientras   los agresores se diseminaban entre ladridos y una nube de polvo.

Para Sixto el olor nauseabundo del lugar fue embargado por una pestilencia superior: el olor de la mofa de sus compañeros, lo ocurrido era algo común en  novatadas de escolares con prejuicios tribales.

-Debes aprender a ser  macho, si no abusarán de ti –dijo el anciano.

Caminaron unos metros, había una covacha y a un costado, sobre unos maderos ardientes vieron   una lata vestida de hollín y que fungía de olla.

-¿Qué está cocinando?

-Hoy comeré tallarines con pichones –respondió el anciano.

-¿Y dónde están los pichones?

–En el cielo, la divina providencia me echará una mano –añadió el menesteroso.

Después de un rato, el muchacho  se despidió del anciano y enrumbo hacia  su casa, corría la década de mil novecientos sesenta, el invierno de aquel año fue uno de los más húmedos que se recuerda, el padre de Sixto,  Apolinario,  había conseguido su ansiado traslado laboral a la capital.

-Siéntate a comer –dijo la  madre de Sixto.

-No tengo hambre –contestó el adolescente y se   encerró en su dormitorio.

A escondidas  el muchacho se afanó en cocer un botón de su camisa y en remendar la rodilla de su pantalón de uniforme escolar.

-Nuestro hijo no nos habla, se esconde en su cuarto, todas las semanas se pelea con alguien del colegio, se ha vuelto  desobediente y respondón, debes hablar con él –dijo la madre.

-¡Goool! –gritaron unos alumnos en una cancha a la espalda del colegio Santo Tomás de Aquino, era el día siguiente en el centro de Lima.

-La cagaste otra vez –gritó un compañero de Sixto.

-¡Cholo de m…! -dijo otro.

Bajo una ligera llovizna, en una  cancha  de tierra -lugar donde años después sería Polvos Azules-  Sixto   perdió  el balón y el equipo contrario había   aprovechado para anotar su primer gol.

A cierta distancia contemplaba la escena el padre de Sixto acompañado de Fray Antonio Domingo.

-La integración en un grupo requiere paciencia y comunicación -dijo el  fraile.

-Permítame hablar con esos muchachos –dijo don Apolinario quien creía  entender la razón de que su hijo tuviera una creciente tendencia hacia la introspección. Tras concluir  el partido de fútbol, el fraile ordenó la   formación del alumnado en aquella terrosa cancha de fútbol y  presentó al padre de Sixto.

-Quiero contarles unos hechos que acontecieron en estas calles hace más de cuatro siglos, sucesos poco recordados, enterrados por falta de difusión más que por otras razones, me refiero a la contra ofensiva incaica tres años después de la muerte de Atahualpa: nos repiten que un puñado de españoles conquistó el Tahuantinsuyo sin ahondar en las circunstancias en que aquello ocurrió, la llegada de los europeos fragmentó  cerca de  doscientos reinos nativos  que creyeron ver en los hispanos una liberación de la dominación cuzqueña; sin embargo hubo un grupo que se  rehusó al conformismo y lucho tercamente por más de treintaicinco años, se llamaron los incas de Vilcabamba,  el primero fue Manco Inca, hermano de Huáscar y Atahualpa. En el año mil quinientos treinta y seis sus tropas sitiaron el Cuzco y ordenó a su tío Quizo Yupanqui, hijo menor del gran Túpac Yupanqui, que expulsara a los hispanos  asentados en la Ciudad de los Reyes, hoy conocida como Lima.

El general inca organizó su fuerza en dos grupos, uno controlaba los accesos a la ciudad del Cuzco y con el otro se dirigió hacia la nación huanca para reprimirla por haberse aliado con  los españoles. Avisado por indios amigos, Pizarro envió cuatro  expediciones de auxilio al Cuzco; caballos y armas de fuego poco pudieron y los europeos terminaron masacrados en  los valles interandinos, las tropas incaicas buscaban el lugar e instante propicio para mostrar que también sabían guerrear. Muchos reinos andinos, indiferentes a la pretensión cuzqueña,  confiaban en una tímida opresión barnizada de alianza con los hispanos; el fuerte régimen de control y planificación cuzqueña había dado paso a las reivindicaciones regionales que no vislumbraban que aquellos pocos  europeos pronto se transformarían en docenas de miles. Tras aniquilar una guarnición española aliada con naturales huancas, Quizo Yupanqui desaprovechó un valioso  mes reclutando tropas, apresó al cacique huanca Guacra Paucar y obligó a centenares de lugareños a unirse a su causa –dijo el padre de Sixto que  denotaba tono provinciano, mostraba ademanes y acento de maestro de escuela mientras  los muchachos lo examinaban con sus  miradas.

-¿Realmente la lucha en Lima fue de un puñado de españoles contra miles de indios? –preguntó Fray Antonio.

-Muchas veces la verdad es la primera víctima de una guerra, en la difusión de lo ocurrido han colaborado la resignación y la indiferencia, si bien en Lima habían unos quinientos hispanos, éstos contaban con miles de naturales aliados; los días previos al sitio de Lima fueron de tira y afloja entre los cuzqueños y los pueblos del Chinchaysuyo que se negaban a seguir pagando tributo a los quechuas, las negociaciones se tradujeron a un asunto político de -dame que te doy- donde los peninsulares aprovecharon para desnivelar la balanza con una sutil inclinación hacia sus intereses.

Por esos días, aborígenes yungas acudían a Lima quejándose de que indios serranos se acercaban reclutando por la fuerza a los naturales y  saqueaban los tambos y almacenes a su paso. El curaca de lo que es hoy Magdalena, Cristóbal Wakay, refirió que Pizarro convoco a los curacas vecinos de Lima y les ofreció privilegios  camuflados de solidaridad, por su parte, la imposición  de los cuzqueños hizo volver en su contra a los pobladores de Lurigancho, Surco, Pachacamac, Chilca, Collique y Huarochirí que tomaron partido por los hispanos no por servilismo sino por oposición a los quechuas. Marka Yuto, noble orejón impuesto a dedo por Pizarro persuadió a parte de los curacas de Huarochirí, la instrucción era de oposición a los incas o de neutralidad en el peor de los casos – contestó don Apolinario. 

-Tropas de la nación huanca también defendieron Lima tal como cientos de jatunsausinos comandados por  Luna Willka, noble de Jauja, otros tantos hanan-huancas comandados por el curaca  Apo Alaya Chuquillanqui y  al final cientos de lurinhuancas  que se escaparían de Quizo Yupanqui  junto con su cacique Guacra Paucar. Durante ese mes de julio, la ciudad de Los Reyes se apertrechó de alimentos, elevaron los muros que rodeaban la ciudad y enviaron a las mujeres,  niños y riquezas a resguardarse en los buques anclados en el puerto del Callao –narró el padre de Sixto.

Un testigo presencial de los hechos,  Juan Tanta Xulca,  refirió que Mama Kuntur Guacho, suegra de Pizarro había enviado con el curaca Korima un contingente de cuatro mil indios y en los primeros días de agosto ella misma se presentó ante  Pizarro con mil soldados y bastimentos. Las huestes peninsulares fueron  apoyadas  también por indios    yanaconas, indios Nicaragua y negros guineos. Otros aliados de los hispanos, los indios de Maranga, Magdalena y Piti piti defendían el camino que unía Lima y el puerto del Callao –añadió el maestro quien seguidamente condujo a los alumnos hacia la ribera del río Rímac.

La pausa fue aprovechada por los muchachos para pendenciar, al escuchar el murmullo del agua no faltaron quienes cogieron piedras y las arrojaron al río probando su puntería sino asustando a algún gallinazo que revoloteaba por la ribera, otros pretendían coger con sus manos los pececillos del río mientras otros lo intentaban cruzar  caminando sobre piedras grandes, no faltaron quienes se mojaron los pies en el intento. Don Antonio, perspicaz lector del alma  adolescente sabía  perfectamente hasta donde darles margen de libertad.

-El papá de Sixto habla como serrano –comentó un alumno.

-Sí, son cholitos –respondió otro.

-Pero no visten como pacharacos –dijo un condiscípulo en tono burlón.

-¿Qué nos querrá decir este señor? –dijo otro alumno con la curiosidad natural con que cuestionan los adolescentes, los muchachos mantenían una expectación contenida por el recelo y el desconcierto.

Don Apolinario conocía los límites entre la travesura, el desatino, la mofa y la idiotez, comprendió que tales  actitudes no eran tanto de burla  como de prejuicio; pidió a los alumnos divisar la cruz sobre el cerro San Cristóbal,  rocoso, gris, empinado sin vegetación,    como la mayoría de  cerros que se ven desde el centro de Lima,  luego les indujo a apreciar el fuerte desnivel que hay entre una y otra orilla del río Rímac, -el hoy palacio de gobierno tiene una defensa natural  -comentó e inmediatamente retomó su narración. 

-Se estima que las tropas incaicas bordearían unos diez  mil efectivos,  gran parte de ellos mujeres y gente de abastecimiento, llegaron  a Lima por tres frentes: uno por el sur,  Cieneguilla,  conformado por naturales huancas, angaraes, yauyos y chahuirco, otro por el camino de Quives, dirigido por Illa Túpac,  conformado por aborígenes tarmas, huánucos, atabillos y huaylas y el tercer grupo conformado por quechuas, por la quebrada del río Rímac, comandado por Quizo quien  pronto tomo posesión del cerro San Cristóbal y derribó la cruz de su cima; al día siguiente otros cerros cercanos se llenaron de indios procedentes de los Atavillos, se desconoce por qué razón las tropas que llegaron por Cieneguilla se retrasaron unos días en llegar, se especula la doble intencionalidad  de algunas etnias, esto fue determinante pues un ataque por dos flancos hubiese sido definitorio.

-¿Cómo fueron las batallas? –preguntaron unos curiosos alumnos.

-Tras unas escaramuzas en Ate, las luchas principales se dieron entre el dieciséis y el veintiséis de agosto, una vez cumplidos los ritos del plenilunio las tropas incaicas cruzaron el río Rímac y se ubicaron donde  hoy es Barrios Altos, como buen estratega Quizo había ordenado ganar los terrenos en declive y evitar  los llanos, se parapetaron en lo que es hoy el barrio de Santa Ana  en unos edificios ruinosos del cacique del valle Gonzalo Taulishusco y desde allí salían escuadrones que se turnaban en la pelea, los peninsulares por su parte realizaban cargas de caballería con retrocesos, nuevas cargas y relevos de sus aliados,  pese a ello, terminaban refugiándose dentro de los cercos de la ciudad – contestó don Apolinario.

Tras lo escuchado, los alumnos retornaron a las calles de la ciudad, en la primera cuadra del jirón Ancash, Fray Antonio les pidió que apreciaran las  casonas coloniales y republicanas de la zona, altos portones y balcones de fina caoba parecían retar el paso del tiempo,  seguidamente caminaron hacia  la plazuela de la iglesia de San Francisco, los muchachos hicieron una señal de la cruz más de memoria que por respeto,  elevaron sus miradas, las cúspides de las amarillas torres  de la iglesia se desvanecían por la fuerte neblina de aquella mañana, los techos aledaños dejaban ver  gallinazos  velando por desperdicios y  en la explanada, docenas de palomas buscaban alimento; a continuación los jóvenes se acercaron a unos vendedores ambulantes que se afanaban en ofrecer sus productos, sonrieron a medias, juntaron las pocas monedas que disponían y compraron  chicha morada y turrones; entre bocado y bocado comentaban lo escuchado.

-Lo que están consumiendo es producto de la fusión hispana con los ameri-indios –comentó fray Antonio Domingo.

En esos momentos Sixto reconoció al anciano menesteroso del día anterior, llevaba una caja con dos palomas, éste le sonrió y le dijo:

-Es la divina providencia…

-Siga contando –pidieron unos alumnos.

-El clima en esos días era sumamente húmedo y pródigo en garúas y neblinas, propicio para la proliferación de virus y bacterias que enfermaron a gran parte de las huestes incaicas poco acostumbradas a estar frente al mar. Al tercer día la osadía e intrepidez de los hispanos los llevó a intentar tomar por asalto el cerro San Cristóbal, es decir pasar de atacados a atacantes, confeccionaron tablones para cubrirse  de  hondas y saetas,  avanzaron sorpresivamente de noche pero su caballería en terreno inclinado era ineficaz, tuvieron que replegarse prontamente –narró el profesor de historia.

A continuación pidió que un alumno leyera unas citas, el más pequeño de la clase asintió de buena gana y recibió un libro:

-Al amanecer del sexto día de asedio, Quizo Yupanqui comprendió que enfrentaba una situación que reclamaba grandeza, mandó llamar a sus capitanes y los arengó: “Yo quiero entrar hoy en el pueblo y matar a todos los españoles que están en él, y tomaremos sus mujeres con quien nosotros nos casaremos y haremos generación…Los que fueren conmigo han de ir con esta condición, que si yo muriese mueran todos, e si yo huyere que huyan todos.”
   
Los quechuas repitieron su grito de guerra: a la mar barbudos, a la mar…

A continuación,  don Antonio y el padre de Sixto condujeron a los alumnos hacia la esquina de los hoy jirones Junín y Lampa, a cien metros de la casa del marqués Pizarro, en el centro de Lima, los muchachos se ubicaron en un pasaje aledaño mientras eran   iluminados por la narración de don Apolinario.

-Quizo Yupanqui cruzó en andas el río Rímac y  alentó a sus tropas, tras sucesivos avances de sus escuadrones tomaron posesión del barrio de Santa Ana y desde allí fueron avanzando hacia el damero  de Pizarro. Las cargas de caballería y los relevos de sus aliados mataron muchos naturales pero no pudieron detener la invasión que abría numerosos frentes,  los cuzqueños consiguieron abrir boquetes en los cercos de los hoy jirones Amazonas, Ancash y Junín mientras que la caballería hispana se multiplicaba para atender los diversos frentes de batalla. Los incaicos  treparon a los techos de las casas desde donde los honderos y flecheros avanzaron casa por casa, cientos de defensores naturales fueron cediendo metro a metro las primeras calles del damero hasta parapetarse a doscientos metros de la casa del marqués Pizarro, la toma de la ciudad era cuestión de tiempo.  La lucha se hizo cruel con grandes pérdidas en ambos bandos, las horas pasaban y los brazos pedían ya descanso. Quizo Yupanqui rodeado de sus mejores efectivos  ingresó por el hoy jirón Junín, tras cruentos minutos de lucha y sobre docenas de cadáveres, bajó de sus andas,  acompañado de su guardia personal encabezó valerosa y temerariamente  la primera línea de ataque hasta alcanzar esta esquina donde estamos; sorpresivamente fue impactado por un arcabuz y seguidamente fue arremetido por cargas simultáneas de caballería, una por el hoy jirón Junín y dos por el jirón Lampa, desde sentidos opuestos.

¡Fue una trampa!, los sitiados habían fingido un retroceso incluso con la pérdida de naturales  que fueron abandonados a su suerte, el objetivo había sido atraer al orejón para arremeterlo desde tres frentes. Los lanceros se precipitaron sobre un objetivo común: Quizo Yupanqui.  Pedro Martín de Sicilia asestó una certera lanzada en el pecho del noble general; docenas de orejones cuzqueños murieron tratando de defender el cuerpo de su líder, tal como juraron,  sus sangres se derramaron en esta   esquina y murieron como  prometieron, ocurrió un jueves a media tarde.

Sixto no pudo contener  la inquietud de preguntar:

-¿Y qué paso después?  

-Aquel atardecer fue muy triste, tras contar sus pérdidas los capitanes  Illa Túpac y Puyo Vilca  renovaron su juramento ante los líderes de los escuadrones incaicos. Al amanecer del siguiente día recibieron noticia de deserciones huancas, huarochiríes y de otras etnias, el cacique Guacra Paucar y sus lurin-huancas se escaparon y se unieron a los hispanos, aun así los quechuas lucharon  dos días más en  tercos intentos por tomar la ciudad pero fueron infructuosos pues un sitio de tal naturaleza requería ventaja  numérica y  las cifras de los  contrincantes estaban equilibradas. Illa Túpac y Puyo Vilca sabían que era época de siembra y que sus tropas, más que soldados eran agricultores y que si no sembraban sus familias padecerían hambre, también fueron alertados de que se aproximaban fuerzas hispanas de auxilio por tierra y mar. Los capitanes incas decidieron replegarse a Jauja para castigar por su defección a los huancas, tarmas y chinchaycochas, llevaron a la sierra el cuerpo herido de su general Quizo quien  agonizante no dejaba de infundirles ánimo, suplicando fuerzas  a Dios para seguir luchando pero finalmente  expiró frente al lago Chinchaycocha –narró don Apolinario.

Iba a ser la una de la tarde, bajo una persistente llovizna los alumnos se encaminaron de regreso a su colegio y se detuvieron en la pequeña plazuela ubicada a un costado de la casa de Pizarro, hoy Palacio de gobierno, los  muchachos rodearon instintivamente  la estatua del conquistador extremeño que se lucía montando sobre un caballo andante.

-¿Los monumentos son solo para los vencedores? –preguntó uno de los alumnos.

-Les he narrado estos sucesos pues pasados cuatro siglos nuestro pueblo sigue buscando su identidad, erigimos monumentos a los vencedores y  nos negamos a reconocernos con los vencidos. El sacrificio de Quizo Yupanqui y de muchos otros puede terminar evolucionando hacia un estado más crítico: el olvido;  el noble orejón murió defendiendo lo suyo y los incas  terminaron aislados y luchando solos contra  sus hermanos de sangre –dijo el padre de Sixto, los jóvenes levantaron la mirada hacia el conquistador con  un desconcierto que más parecía un remordimiento.

Aquel relato caló en la razón y en el sentimiento de los alumnos,  vestidos aún con camisetas depositarias de arduos sudores procedieron a cuchichear sobre lo escuchado. Don Apolinario fijó una mirada severa y cambio de tono:
-A ustedes les parece rara la forma en que hablamos mi hijo  y yo, somos andinos,  tenemos el apellido Yupanqui y estamos orgullosos de nuestra sangre.

Los compañeros de aula quedamos  suspendidos en el remanso deslumbrante que hallamos al otro lado de la verdad, no esperábamos que nuestro condiscípulo tuviera a su favor un apellido tan ilustre, unos se acercaron tímidamente,  otros más efusivos le dimos palmadas en el hombro cuando no una mano, sino un abrazo.

Minutos después pasamos frente a  la iglesia de Santo Domingo, de regreso al campo de fútbol  miramos nuevamente el cerro San Cristóbal, don Apolinario repasó unas citas que  duermen acurrucadas casi a la sombra del olvido.

-Consta en los registros que el veintiocho de setiembre de aquel año el curaca Alanquiya de Pachacamac hizo probanza de su apoyo en la recuperación del peñón del cerro San Cristóbal, por su parte el marqués  Pizarro agradeció a  Guacra Paucar, hatum curaca  lurinhuanca y le llamó ”buen indio”, años después, éste viajó a España y en recompensa a sus acciones obtuvo escudo de armas y una cedula real que prohibía latifundios y encomenderos en tierras huancas. Semanas después del sitio llegaron a Lima refuerzos españoles desde Puerto Viejo, Guayaquil, Quito y Chachapoyas, el catorce de setiembre el  Pizarro repuso la cruz en la cima del cerro San Cristóbal.


El padre de Sixto nos  narró todo eso con la ilusión de que llegara a las nuevas  generaciones y que no lo tocara el olvido, en aquellos años nuestras vidas eran lentas, lo narrado hoy se diluye en la bruma de mis recuerdos, han pasado  cincuenta años de aquella mañana, con el tiempo Sixto se convirtió en mi mejor amigo. Ayer caminé por esas calles de Lima y vi un monumento al curaca Taulishusco, encontré avenidas y plazas alusivas a personajes de  guerras menos honorables y sentí desconcierto porque muy pocos recuerdan  el nombre del precursor de la liberación americana, el valeroso orejón  Quizo Yupanqui. 

viernes, 11 de octubre de 2013

La despedida

Sonia Manrique Collado


─Parece que no entiendes –dice la mujer joven a su acompañante quien la toma de la mano cariñosamente.
─No, Elenita –responde él sonriendo-. Te entiendo perfectamente, has sufrido mucho por culpa de ese hombre y ahora desconfías de todos.
─Bueno, eso también es cierto –dice ella tratando de evitar su mirada. ¿Cómo explicarle que nada tiene que ver su desengaño amoroso del pasado con el presente?

Ella y él están sentados en una mesa de un pequeño restaurante. Mientras conversan, miran a las personas que pasan por el lugar, unos acompañados, otros solos. La mujer joven tiene los ojos desencantados.

─He tratado de explicarte hace tiempo, pero no quieres comprender –vuelve a decir ella.
─Te digo que todo saldrá bien –dice él resueltamente-. Lo que más quiero es tener una familia contigo, tener dos hijos.
─Dos hijos –repite ella vagamente.
─Dos hijos, a menos que quieras más –sonríe él.

En las otras mesas están varias parejas conversando, hay mucha luz, todos parecen felices. Se escuchan las voces y risas de afuera, los planes. La Navidad está cerca y el ambiente es festivo. Sólo la mujer joven siente una tremenda carga de la cual está decidida a librarse hoy. Hoy es el día.

─No sé si me guste tener hijos –dice ella finalmente.
─Te gustará, Elenita –responde él en el acto-. Toda mujer ha nacido con el instinto maternal.
─Ése es el problema, todos creen saber lo que nosotras queremos –reflexiona ella.

Lleva saliendo con Javier cuatro meses. Sale con él todos los sábados sin fallar. Le agrada su puntualidad y su aparente compromiso. Casi el hombre perfecto.

─¿Y si nos fuéramos a los Estados Unidos? Tengo amigos que se han ido, ahora están ganando bien.
─Estados Unidos –repite ella sin sonreír-. Para eso se necesita visa.
─La podemos conseguir, Elenita –dice él-. Todo es posible si uno quiere.
─Ajá, si uno quiere –dice ella- ahí está la clave.

Desde que empezaron a salir, Javier y Elena van a los lugares que están cerca de la plaza principal de la ciudad. Ahí hay diferentes sitios para comer, tomar café y helados. Desde el lugar donde están ahora se puede ver la catedral, alta y majestuosa. Personas entran y salen constantemente. “A todos les gusta la catedral”, piensa ella.

─¿En qué piensas, Elenita?- la interrumpe la voz de Javier.
─Nada –dice ella- miraba la catedral.
─De repente nos casamos ahí –vuelve a sonreír él.

Ella no sonríe, es hora de hablar y no sabe cómo hacerlo. El día anterior había conversado con su mejor amiga y sólo recibió reproches. “¿Por qué aceptaste salir con él si no te gustaba?” la criticó duramente. Mejor habría sido no haber tocado el tema, de todas maneras, nadie comprende.

─Ya que hablas de eso –lo mira fijamente-, tengo que decirte algo.

Él la mira interrogante pero trata de sonreír. La toma de la mano, ella la retira. Un hombre y una mujer salen del lugar abrazados.

─He tratado de decirte en todas las formas pero parece que no quieres entender.
─¿Qué es lo que tengo que entender, Elenita?
─Que yo no quiero tener hijos, ni casarme, ni nada –dice ella de golpe.

Él no reacciona por un momento, ¿qué estará pensando? Ella se siente la peor persona del mundo y sólo quiere desaparecer.

─Bueno, no es que no quiera –trata de decir suavemente-, pero por mis problemas de salud tener hijos se me haría muy difícil.
─Pero si ya hablamos de eso –dice él aliviado-. Hay tratamientos.
─No los hay –dice ella recuperando la dureza -. O tal vez existen pero sólo para los que tienen plata. No me gusta estar soñando, lo que importa es la realidad.

Javier no responde esta vez. Sus ojos se dirigen hacia el café, luego mira a los lados. Elena ve el abatimiento en su mirada y eso lo hace parecer incluso más delgado y más viejo. Él tiene poco más de cuarenta años pero algunas arrugas le dan un aire de envejecimiento prematuro. “¿Por qué tendrá esas arrugas debajo de los ojos?” se pregunta ella y por un momento siente pena.

─Ha sido mi culpa por no hablar directamente desde el principio. Bueno, en realidad quise hacerlo pero parece que tú no querías entender.
─Sin hijos para qué sirve la vida –dice él con amargura.
─Por eso te digo la verdad, Javier. Para que busques otra persona, alguien que quiera lo mismo que tú.

Elena siente alivio al decir esas palabras. Las últimas semanas su carga se había hecho insoportable. Ya es hora de irse.

─¿Vamos? Ya van a cerrar –sugiere y toma su bolso.
─Sí, vamos nomás –asiente él.

Salen del restaurante y empiezan a caminar en silencio. Es sábado por la noche y hay mucha actividad, chicos y chicas jóvenes conversan, ríen o gritan. Los vendedores de la calle ofrecen tamales, pasteles, bolsas negras, pilas.

Cuando llegan al paradero de buses, la mujer joven trata de sonreír.

─Disculpa –dice a media voz-. Creo que te hice perder el tiempo.

Él mueve la cabeza tristemente. Le pone una mano en el hombro, como amigo.

─De todas maneras lo voy a pensar, Elenita –dice débilmente-. Siempre he soñado tener hijos pero voy a ver.
─Bueno, ya me voy –susurra ella. Se despiden con un beso.

Elena toma el bus, se sienta y le hace adiós con la mano. Javier responde de igual manera y se aleja cojeando, luce vencido. “Qué tremenda irresponsabilidad de su madre que no lo hizo vacunar”, piensa ella. Sus ojos se ven molestos.  

jueves, 10 de octubre de 2013

Zona oscura

Nelly Jácome Villalva


Muy pequeño en la escuela no era nada vivaz, era más chico que la mayoría y su cabeza era una mota de pelo que se resistía a cualquier peine o cepillo, nada lo domaba así que no insistía, se resignaba a que todo el cabello esté electrizado haciéndolo ver como recién levantado de la cama, para colmo esas grandes ojeras, que le acompañaron hasta el último día de su vida, no desaparecían haciéndolo lucir de más edad.

Trabajaba en una de las ferreterías grandes de la ciudad, tomaba el trolebús y tardaba casi una hora hasta llegar; el trabajo lo consiguió la tía Elisa que había enviudado hace poco, con quien vivió ante el fallecimiento prematuro de su madre; en cuanto a su padre nunca lo conoció ni tampoco supo si vivía o no.  Diariamente entraba a las siete de la mañana para preparar toda la mercadería antes de que los clientes empiecen a llegar, no requería mayor destreza a no ser algo de fuerza física, en la que se había convertido en un experto, ya que practicó toda la niñez y adolescencia tratando de defenderse de compañeros de clase mucho más grandes y fuertes que él.

La rutina se acomodaba al carácter de José, así que todo iba bien, pero nunca se imaginó que ese día sábado, cuando más clientes había que atender, se embarcaría en una última aventura. Su jefe le dispuso que, debido a la ausencia de alguno de los despachadores, se hiciera cargo temporalmente de entregar la mercancía a los clientes y es ahí donde vio por primera vez a Sergio, un joven más bien tímido, usaba gafas y con un esbozo de sonrisa pidió a José le despache un pedido. No logró entender lo que le pasaba, pero las piernas no le respondían, tampoco articuló palabra, su compañero le gritó para que atienda más rápido, pues se estaban acumulando las personas para retirar los pedidos. José hizo un gran esfuerzo y atendió a Sergio –veamos por, por favor este, este la factura –balbuceaba mirando a distintos lados como si hubiera perdido la visión.  –Aquí está la factura –le dijo sin respirar rozando levemente los nudillos de sus manos y una carga eléctrica los conectó dramáticamente.

Hace un año que viven toda una aventura para encontrarse, pero ya no desean mantenerse entre las cuatro paredes de ese viejo motel que frecuentan, no quieren morir viviendo una mentira.

Ese día jueves era distinto, amaneció con un cielo azul despejado, el sol sin ninguna limitación era pródigo en calor lo que resaltaba maravillosamente el tono de las flores de los alrededores,  de pronto su tía golpeaba la desgastada puerta para decirle que el desayuno estaba listo y que se apurara si no quería llegar tarde a su trabajo. José bajó a desayunar en seguida, no podía disimular la alegría, porque en ese momento el trabajo no era prioritario, había planeado verse con Sergio en una exposición en La Carolina.  La tía Elisa lo miraba de soslayo porque le parecía que estaba actuando de manera algo extraña, pero él terminó de desayunar, le dio un beso en la frente y salió apresurado.

Fue un día perfecto, aunque no se tomaron de las manos pudieron estar juntos en el parque,  mirar la exposición de arte que no entendieron, navegaron en los botes, comieron juntos y hasta se animaron a ir al cine de la vuelta, aprovecharon la oscuridad para furtivamente darse un par de besos castos y nada más.

Al día siguiente fue a la ferretería más temprano que de costumbre, buscaba recompensar la ausencia de ayer, se dirigió a su casillero y miró con extrañeza que se encontraba abierto, se acercó con curiosidad, pudo notar que estaba vacío, buscó por el piso su overol, pero nada, regresó al casillero y se dio cuenta que solo había una nota de papel, un temblor incontrolable lo dominaba al leer la única palabra de la nota -¡MARICA!  Mirando a su alrededor estrujó el papel con una mezcla de temor, furia y lo guardó en uno de los bolsillos del pantalón.

Al llegar los demás empleados, José sintió que las miradas lo desnudaban, nadie le respondió el saludo. La vergüenza y confusión se entremezclaban, mientras el gerente de la ferretería lo mandó llamar. Al ingresar a la calurosa oficina del gerente pudo divisar en una esquina un montón de cartones ubicados desordenadamente lo que impedía que la luz del salón que estaba en la parte posterior pudiera iluminarlo, vio al gerente sentado detrás de un escritorio viejo y grande lleno de papeles, cintas y papeleras también ubicadas de manera desorganizada, el gerente era un hombre de mediana edad, gordo, casi calvo, más bien pequeño y tenía la costumbre de llevar el pantalón por debajo del estómago, sujeto con un cinturón que parecía forzar su cuerpo para que no reviente.  –Sabes que te di trabajo porque conozco a tu tía –masculló mientras buscaba algo entre el laberinto de papeles que tenía en el escritorio y agregó –hijo, tú me caes bien ¿entiendes? pero aquí no voy a permitir ningún tipo de mariconadas. Miguel te vio ayer en el cine y… lo siento pero, por tu propio bien, no puedo tenerte aquí.

José salió de la ferretería y de camino a la casa, llamó a Sergio para contarle, pero estaba ocupado, no podía hablar, después le llamaría.

Ha pasado una semana, Sergio no le ha devuelto la llamada. José está arrendando un cuarto pequeño sin ventanas,  lleno de humedad, con un único baño general en el patio, en un barrio periférico al otro extremo de la ciudad, lejos de donde vivió siempre. El día del despido, José regresó temprano a casa, contó lo sucedido a su tía y luego de todos los reproches y maldiciones, tomó la decisión de salir a vivir solo.  Durante toda esa semana, la pena de no saber nada de Sergio junto a no conseguir trabajo, lo empujó a buscar sosiego en la bebida, cada tarde entraba al bar de la cuadra y se juntaba a cualquiera de los clientes asiduos para compartir una copa, pues se estaba quedando sin dinero.

La bebida complementada con el frío de la habitación empezó a afectarlo, tosía sin control, los pulmones estaban adoloridos. Un martes en la mañana que no llovía y se encontraba sobrio, tomó la decisión de ir hacia la fábrica donde le dijo Sergio que trabajaba, no sabía porqué no lo hizo antes, seguramente porque no lograba procesar todo lo que había ocurrido. En la fábrica le indicaron que ya no trabajaba ahí, pero pudo obtener la dirección domiciliaria de Sergio. Dudó antes de timbrar, luego lo hizo dos veces, salió una mujer joven, menuda de cabello suelto, largo y negro, usando pijama, -pero, ¿cómo?, él vive solo ¿Sergio? –balbuceó nervioso.  –¿Busca a mi marido? –le respondió intrigada y añadió –¿quién le busca? José apenas tartamudeó su nombre y con un último aliento agregó –nadie.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Los pájaros

Marcela Royo Lira


           Después de tanto tiempo, recién hoy reconocen la culpa de los pájaros negros. Yo lo intuí desde que vi al primero en lo alto de la higuera, observándonos sin emitir un graznido, pero atento a lo que ocurría abajo.

          ¡Ah!, cuán distinto era antes que llegaran los intrusos. Todos teníamos claro el lugar que ocupábamos en la historia que en ese momento se estaba contando, sabíamos de antemano cuando asomarnos o ser invisibles para no distraer al lector. Don Raimundo, inclinado sobre el escritorio, escribía fascinado; bastaba su señal para que recitáramos nuestros diálogos. 

Pero, esa mañana el trabajo de meses se fue al carajo.

Dicen que le tembló la mano cuando de súbito se le aparecieron, en la hoja en blanco, los pájaros negros transformando la narración en algo totalmente diferente a lo que había planeado.  Si al principio al pobre le pareció hasta simpático el pájaro solitario en el árbol, sin embargo cuando era un centenar  el que correteaba por todos lados en la historia tuvo el impulso de apretar la tecla-borrador, pero un instinto detuvo su ademán. Se puso de pie sin poder explicarse la aparición de los pájaros y abandonó la salita donde suele encerrarse durante horas a escribir. Luego, fue a la cocina y bebió dos vasos llenos de agua con azúcar (con ese remedio casero su madre le paraba en seco las pataletas) tratando de hacerse una idea del nuevo giro que podrían darle al texto.

Antes de volver a la escritura se entretuvo  regando los cardenales de la ventana del escritorio. Se quedó allí un rato, mirando la calle, el perro de los vecinos ladró y un gato corrió por la vereda. A lo lejos, la bocina de los vehículos en la avenida. Cuando volteó, decidido a aceptar a los intrusos, sabía que el cuento ya no era el mismo imaginado. Pausado, meditabundo, anduvo los cuatro pasos hasta el computador y comenzó a escribir. No se detuvo hasta que el furgón escolar, que trae de vuelta a los niños de la casa vecina, indicó las cinco de la tarde.  

       Es una brujería. Cuídate de tus colegas en la Sociedad de Escritores  le soplaron los mal pensados, cuando contó lo sucedido en un almuerzo familiar.

Molesta, porque me pareció que había perdido interés en los personajes de sus cuentos anteriores (aunque secretamente esperábamos intervenir en este nuevo) le dije:

Jugarretas de las teclas, señor. O, bien un ratón travieso y desvelado.

Pero no prestó atención a lo que le decía.

            Y así comenzó esta historia.

Después, sentado ante el computador, esperaba que los pájaros le soplaran cómo continuarla. En ocasiones quise intervenir, no me parecía justo que unos intrusos tuviesen autoridad para opinar en asuntos tan importantes como es un cuento bien narrado, pero me ignoró y como conozco lo temperamentales que son los escritores decidí mantener la distancia.     

            Bueno, dicen que así nacen los mejores cuentos.

            “Esa noche, (así comienza el texto) José Alfonso volvió a su casa contento, cuatro horas más tarde que de costumbre, pero contento. Le llevaba un regalo a Sofía, su mujer. Por eso, a pesar de la hora, entró cerrando con fuerza la puerta.

            Llegué, querida dijo.

             Ella, estaba en la sala tejiendo un chaleco para el décimo sobrino. Levantó la vista y lo miró. Notó la sonrisa de su marido y que algo traía en las manos y que “eso” era la razón de que estuviese contento.

            El hombre extendiendo los brazos lo puso frente a la mujer. Entonces, ella  vio lo que había traído a casa.

            Una pareja de pájaros negros, el plumaje emitía brillos azulados a la luz de la lámpara, de pico rojo y ojos sombríos. Se notaban incómodos dentro de la pequeña jaula. La miraron curiosos y algo aturdidos por el viaje. “Carpinteros Negros”, le dijo el marido que se llamaban. También “Gallos del Monte”, le aseguraría la comadre Rosa. Supo que eran maravillosos en el bosque martillando rítmicamente los troncos y que cuando se hallaban de buen humor  emitían  graznidos que parecían carcajadas, lo que la haría vivir contenta, rodeada de los alegres pájaros. Pero no ocurrió así. (Sofía, es un poquito nerviosa, debo aclararlo desde el principio)”.

            La mañana, en que don Raimundo se durmió sobre el escritorio, José Alfonso se acercó a nosotros, los personajes de otros cuentos, a  confesarnos  que había creído que el regalo le agradaría a su mujer, se le quejó  lo sola que se sentía durante el día. “No tengo ni siquiera un pájaro que me cante”, dijo que fueron sus palabras. Entonces, se le ocurrió ir a la ciudad y comprárselos, pero no cualquiera sino uno que realmente le alegrara las horas. Al verlos, en la tienda, se acordó del “pájaro loco” que lo hizo reír de niño y no lo pensó dos veces. Quedamos sorprendidos de su ingenuidad, conocíamos a Sofía y su carácter quisquilloso, pero no se lo dijimos y cuando don Raimundo lo llamó para continuar escribiendo sólo atinamos a mirar la triste figura que se alejaba.

            “A Sofía, el encierro en que los vio la puso de mal humor”, tecleó el escritor.  “Amurrada fue a la cocina y le preparó un pan amasado con queso de cabra. Delante de ellos no quiso servir la cazuela de pollo que había preparado con tanto esmero.  Luego, se fueron a dormir y ella, apenas puso la cabeza en la almohada, le dio la espalda. Los pájaros, como si comprendieran la tensa situación provocada, permanecieron sin emitir un ruido toda la noche.

            En los días siguientes, a pesar de lo incómodos que se notaban, continuaron en la jaula, sin emitir un graznido. Bien alimentados y con agua fresca tres veces al día, porque Sofía a pesar de ser difícil de tratar, es misericordiosa. A veces los espiaba con disimulo para saber si eran tan entretenidos como decían, pero los pájaros permanecieron en obstinado silencio. Y harta de ser observada por ojos que no pestañean, tomó la costumbre de salir temprano en las mañanas y no volver hasta la hora de la cena en que preparaba un rápido refrigerio, lavaba las tazas y se iban a dormir sin contarse, como antes, los acontecimientos del día.

       Una tarde, José Alfonso volvió temprano a casa. Hastiado del malentendido con Sofía quiso sorprenderla con una docena de pasteles. Cuando novios iban al salón de té “Doña Inés”, después del cine. Pero su mujer no estaba. Abrió una cerveza y salió a sentarse a la sombra de la higuera, quizás a esta hora pudiese oír el graznido, tipo carcajada, pensó.  ¡Horror!, la jaula vacía y con la puerta abierta estaba tirada entre las corontas de choclos que  picoteaban las gallinas”.

            Qué discusión describió don Raimundo esa noche en el matrimonio (es un genio para los diálogos, sobre todo si la gente está un poco alterada). En un momento  quise intervenir y calmar los ánimos (soy amante de la armonía en el hogar) pero el escritor en un brusco ademán casi me “borra” sin tomar en cuenta que soy quien narra.

            “Al día siguiente”, prosiguió tecleando entusiasmado por el giro  de la historia, “Sofía, como de costumbre, se levantó temprano  y fue a la cocina a preparar el desayuno. Su grito hizo cacarear al gallo que creyó que se había quedado dormido.  Y los perros aullaron pensando que temblaba.

        ¡Una familia completa (con sobrinos, abuelos y bisnietos) de carpinteros negros le esperaban! Todos con sus ojos redondos y las patas agarradas a los respaldos de las sillas, a los mangos de sartenes y ollas,  hasta un pequeñuelo despistado sentado en el pito de la tetera. A lo único que atinó la pobre mujer, antes de ir en busca de su marido y sacarlo a empujones de entre las sábanas, fue abrir la puerta e invitarlos a salir (con la amabilidad que le enseñó su madre, a los ocho años, cuando había echado de la casa al padre, cansada de sus borracheras).

¡Dos veces horror!  En la higuera, cientos de pájaros la miraron con las ansias de un cariño que ella no quiso reconocer.

Te felicito, José Alfonso. Invitaste a una pareja, sin pensar en el familión que tenían detrás espetó al pobre hombre, que sin despertar del todo, la miró creyendo que su compadre Juan les había caído de visita sin aviso, como en años anteriores. De seguro  continuó iracunda, les dijeron que la casa es grande y abundante la comida.

Cuando los pájaros ensuciaron la alfombra, destruyeron los muebles y  picotearon el sofá, incluso el colchón matrimonial, José Alfonso pensó que quizás no había sido buena  idea  comprar aquel regalo. Que pudo ser mejor ir en busca del fonógrafo y los discos de Carlos Gardel a casa de la tía Eloísa, en Valparaíso, y pedírselos como herencia.   Avergonzado, sin atreverse a encarar a Sofía, sacó la maleta y comenzó a llenarla de ropa.

Vaya, hombre. Esto sí que tiene gracia  dijo la mujer cuando le vio. ¿Y qué hago yo? ¿Sentarme y almorzar con ellos?  E, inexplicable en su manera de ser, lanzó una carcajada parecida a la del pájaro loco en las películas.

Fue la señal. Los pájaros que no habían emitido un sonido se pusieron a cacarear desaforados. Sofía, asustada e histérica quiso dejar de reír, pero mientras más trataba de frenar la risa más reía. Los carpinteros la coreaban contentos y más de alguno hasta se puso a bailar, porque creyó que estaban de fiesta. Hasta que José Alfonso, fuera de sí, la cogió de un brazo, la subió en la camioneta y se alejaron del lugar.

Y pensar que cuando niña amaba el trino de los mirlos que llegaban al terminar el verano. Anidaban en las acacias del jardín la oyó suspirar, mientras el vehículo corría veloz por la carretera.

El pobre hombre rompió a llorar”.

Don Raimundo satisfecho tecleó el punto final,  imprimió las hojas y con ellas en el portafolio partió a la tertulia de los días jueves, en la Sociedad de Escritores.  No olvidó la garrafa de vino tinto que había comprado esa mañana, porque es costumbre entre colegas, cuando se lee un buen cuento,  celebrarlo como se debe.