miércoles, 17 de abril de 2013

La Hueste


Dennis Armas


Después de haber sido atropellado por una apurada ambulancia y lanzado de cabeza contra el pavimento sentí que la vida se me iba.

Por supuesto que eso no era lo único que sentía. Sentí al policía de tránsito retirando discretamente mi billetera mientras yo yacía tirado en el suelo. Escuchaba los celulares de la gente tomándome fotos incesantemente. Oía a los niños lanzar expresiones de asombro: ¡Asu! ¡Qué paja! ¡Mira! ¡Lo han matado! ¡Qué bacán! Por mi ojo derecho entreabierto y con mis pestañas cubiertas de sangre, pude ver a dos hombres corriendo hacia mí; uno de ellos tenía una cámara grande sobre el hombro y el otro un micrófono en la mano; eran periodistas, que con sonrisas de alivio dibujadas en sus rostros se aproximaban a toda velocidad. Para ellos yo era una suculenta noticia caída del cielo.

El periodista se percató que tenía el ojo entreabierto y sin pensarlo dos veces me comenzó a entrevistar:

    - Amigo ¿Qué te pasó? ¿Te atropellaron? ¿Estás bien golpeado? ¿Te duele?

Yo trataba de girar mi antebrazo derecho para hacerle la señal del dedo y mandarlo a la mierda, pero no lograba hacerlo sin sentir un dolor insoportable. Supe entonces que tenía el brazo roto.

El periodista insistía.

- ¡Amigo! ¡Hey amigo! ¿Te sientes mal? ¿Cómo te sientes por haber sido atropellado por una ambulancia?

Yo solo agonizaba.

- ¿Te hubiera gustado que te atropellara otra cosa? –insistía el reportero.

¡Cómo me hubiese gustado tener en ese momento los poderes que tendría después!  Le hubiera dado a ese sujeto la entrevista de su vida.

Finalmente ocurrió lo que nunca pensé que ocurriría: empecé a elevarme.
Ya no sentía mi cuerpo. Era liviano como el aire. Como si se tratara de un sueño, podía ver la calle a metros debajo de mí. Podía ver mi cuerpo tendido boca abajo sobre el suelo, en medio de un charco de sangre, con un motón de curiosos rodeándome y tomando fotos. Al poco tiempo alcancé alturas mayores y pude ver las azoteas de los edificios. No sabía lo que estaba pasando. No sabía si era real o estaba soñando.

Seguí subiendo como un globo de helio soltado al viento, y al poco rato sentí un estruendo terrible que me hizo levantar la vista. Era un avión 737 dirigiéndose a mí como una flecha de cien toneladas. Recuerdo que grité cuando fui absorbido por una de sus turbinas. En esos milisegundos pude ver horrorizado las piezas del motor en violenta rotación. Un milisegundo después ya me encontraba afuera y continuaba mi ascenso. Me volví hacia atrás y pude ver, desde arriba, al avión de pasajeros que me acababa de atropellar volando intacto, como si se hubiese estrellado contra un fantasma. Y eso fue exactamente lo que había sucedido. Continué elevándome hasta que los aviones ya parecían diminutos puntitos blancos volando  muy por debajo de mí. A medida que subía noté que aceleraba. La ciudad se convirtió en una manchita gris. Se empezaron a notar los cerros, los ríos y el gran océano. Así atravesé la estratósfera. Alcé la mirada para ver hacía dónde me dirigía y pude divisar, a lo lejos, un pequeño cuadrado flotando en el cielo. Conforme pasaban los segundos el cuadrado se hacía cada vez más grande, hasta que me di cuenta que se trataba de una plataforma suspendida al nivel de la termósfera, a unos cuatrocientos kilómetros del suelo. Cuando estuve lo suficientemente cerca empecé a desacelerar y mientras me acercaba a ella pude notar toda su magnitud: era colosal.

Ascendiendo ahora muy despacio llegué a  la gran estructura cuadrada y empecé a volar a unos metros sobre su piso, el cual estaba cubierto de brillantes baldosas de mármol. Muy a lo lejos en el horizonte pude ver lo que parecía ser una muralla, en medio de la cual habían dos puertas doradas de exagerada altitud.

Lentamente comencé a bajar hasta que mis pies tocaron el suelo. Una repentina sensación de peso invadió todo mi cuerpo y me caí. Pude sentir el frío de las baldosas en contacto con mis manos; su superficie era tan suave y resbalosa que me imaginé que caminar por ella debía ser como andar en patines. Y no me equivoque.

Al tratar de ponerme de pie me resbalaba. Cada vez que trataba de enderezarme, uno de mis pies se deslizaba por la brillante superficie y me caía otra vez. Finalmente logré erguirme sobre mis piernas con mucha dificultad, haciendo denodados esfuerzos para mantener el equilibrio.

    - Ahora ya sé por qué los ángeles tienen alas… -dije en voz alta.

Estaba parado, pero tenía miedo de dar siquiera un paso. Para empeorar las cosas sentía frío, mucho frío, aunque no el que debiera sentir a esa altura.
Finalmente, y con mucho cuidado, me atreví a dar un paso; desgraciadamente mis dos pies se resbalaron al mismo tiempo y en sentidos opuestos, abriéndome como una bailarina de ballet.

Me estrellé contra el suelo sintiendo un terrible dolor en la entrepierna que me hizo soltar todas las lisuras y maldiciones que se me ocurrieron. Después de un rato, cuando el dolor menguó, se me ocurrió una idea:

- ¡Ni hablar! –me dije a mí mismo.

Me senté sobre la pulida superficie, y usando mis manos como remos, me empecé a deslizar sobre mis glúteos, rumbo a la gran muralla situada a quién sabe cuántos kilómetros adelante. ¡Carajo! ¿Así se mueven todos en el cielo?
Y avanzando sobre mis acolchonadas nalgas pude llegar a las inmediaciones de la muralla, después de dos días.

Me había dirigido hacía las grandes puertas doradas que presumí eran la entrada. La muralla era inmensa, de más de cien metros de altura, pero las macizas puertas de oro eran aun imponentes.

Frente a las puertas doradas noté una figura humana muy musculosa y de unos tres metros de alto. Supuse que debía tratarse de algún tipo de vigilante. En vida siempre me vendieron la idea de que a las puertas del cielo se hallaría San Pedro, y que este sería un viejito flaco y de barba larga, no este Goliat.

A unos cincuenta metros de mi destino, las baldosas de mármol se volvieron ásperas y mi pobre trasero lo notó enseguida. Me puse de pie. Fue una sensación agradable sentir que ya podía usar las piernas. Empecé a caminar hacía el guardián alto y musculoso que yacía parado frente a las puertas, con los brazos cruzados y cara de pocos amigos. Tenía cabello castaño, barba y bigote muy bien arreglados, una cinta dorada alrededor de la frente, y vestía una túnica blanca ajustada a la cintura que dejaba uno de sus formidables pectorales al descubierto y calzaba sandalias de un material parecido al cuero.
Me acerqué cautelosamente al gigante de tres metros. La severidad se dibujaba en su rostro y tenía una mirada intimidante que había clavado en mí. Me miraba como si yo me hubiese acostado con su mujer.

Cuando estuve a cuatro metros de él lo miré directamente a los ojos y pregunté:

- ¿Zeus?

El gigante puso la cara que pondría un padre homofóbico al enterarse que su hijo es gay. Completamente escandalizado, me apuntó con su poderoso dedo y grito:

    -¡Incrédulo insolente! ¡Cómo te atreves a confundirme con un dios pagano!

    -¡Oh disculpe! –me apresuré a decir- ¿Quién es usted entonces?

    -Soy Gabriel

    -¿Gabriel? –pregunté asombrado- ¿El ángel Gabriel?

    -¡Arcángel Gabriel! –aclaró el ser celestial.

   -Oh, discúlpeme otra vez, es que soy nuevo aquí y no conozco a nadie –me excusé.

    -Ni lo harás –sentenció el arcángel.

-Me quedé mudo por un momento. No entendía lo que quería decir, pero de seguro no era nada bueno para mí.

-El arcángel Gabriel me apuntó con el dedo y lo movió de un lado a otro en señal de negación.

    -Tú no pasas –me dijo.

Me quedé callado una vez más sin saber qué decir. ¿Es que acaso había algún error?

    -Disculpe -dije yo-, pero a qué se refiere con que yo no paso.

    -A eso mismo ¡Tú no pasas! ¡No eres digno!

Abrí la boca asombrado y miré hacia atrás. Miré hacía ese océano de baldosas sobre las que había tenido que arrastrar el trasero durante dos días. ¿Todo ese viaje había sido en vano?

    -Un momento –le dije-, creo que no entiendo. ¿Usted me habla en serio?

    -¡¿Acaso tengo cara de estar bromeando?!

    -No pues, cara de eso no tiene. Pero no entiendo, si no soy digno, entonces por qué me trajeron aquí.

    -Nadie te trajo aquí.
   
   -Cómo que nadie me trajo aquí. Cuando me morí, automáticamente me empecé a elevar a través del cielo ¡Incluso me atropelló un avión!

    -La travesía que realizaste es una propiedad intrínseca del alma –explicó el arcángel-. Todas las almas hacen el mismo recorrido cuando salen de sus cuerpos. Al llegar aquí es donde son juzgadas.

    -¡Ah! Entiendo. Es como el piloto automático del alma.

    -¡Murrff! –refunfuñó Gabriel- Si quieres verlo de ese modo, sí, así  es. Ahora hazte a un lado que está llegando un alma que sí es digna.

    -¿Un alma digna?

Inmediatamente me di vuelta y vi a una persona en bata blanca volando hacia nosotros. Volaba sentada, como si manos invisibles la trajeran delicadamente. Al principio no pude identificar quién era, pero cuando aterrizó suavemente frente a mí me quedé boquiabierto.

    -¡Presidente Fujimori! –exclamé con asombro.

Fujimori me miró, sonrió y extendió los brazos como queriendo abrazarme, pero no me abrazó.

   -Querido compatriota peruano…-empezó- no desesperes… Te prometo, que cuando entre al cielo, voy a hablar con Dios para que te deje entrar. No te preocupes, te lo promete tu chino. Ahora hazte a un ladito para que yo pueda pasar.

Desconcertado me hice a un lado y lo observé mientras caminaba hacia las enormes puertas doradas, las cuales se desvanecieron como por arte de magia, dejando el camino libre para el recién llegado. Gabriel hizo una parsimoniosa reverencia mientras Fujimori entraba al cielo como Pedro en su casa. Inmediatamente después, las macizas puertas de oro reaparecieron instantáneamente produciendo un sonido ensordecedor, similar al de un trueno.

El estruendo fue terrible. Fue el portazo más colosal que me habían dado en la cara hasta ese momento. Y dudé que otro lo pueda igualar.

Una fugaz sonrisa maquiavélica se asomó en el rostro de Gabriel al verme tambaleándome con las manos en los oídos.

Ya le iba a decir algo cuando de pronto el gigante hizo otra teatral reverencia. Evidentemente el respetuoso gesto no era para mí. Me di vuelta y me encontré con que otra alma ya había llegado con lentes y todo. La nariz aguileña, la sonrisa cachacienta y la cabeza cubierta de ralos cabellos peinados hacia un costado eran inconfundibles.

   -Doctor Montesinos, bienvenido, pase usted –dijo Gabriel inclinado y con la mano izquierda apoyada sobre el vientre.

Las puertas doradas desaparecieron nuevamente y Vladimiro Montesinos caminó soberbio hacia el interior del cielo.

  -Espero que su estadía sea placentera por toda la eternidad –le dijo el  arcángel.

Vladimiro ni volteó a verlo. Simplemente levantó el dedo índice por encima de la cabeza mientras se alejaba indiferente, como diciendo  sí, sí, sí lo haré, ya cállate…

Conociendo yo el estruendo que hacían las puertas al reaparecer, me tapé los oídos lo más fuerte que pude, pero no sucedió nada, las puertas continuaron abiertas, y era porque una tercera alma había aterrizado detrás de mí.
Una vez más me volví, solo para encontrarme cara a cara con Medusa. Lancé un grito de espanto, pero luego me di cuenta que solo se trataba de Laura Bozzo.

Laura me miró con despreció.
  
    -¡Hombre tenías que ser! –me vociferó.

   -Señora Laura –dijo el Arcángel Gabriel-, tan hermosa y vivaz como siempre, sea usted bienvenida al paraíso.

  -Gracias –dijo Laura Bozzo-, era lo menos que podía esperar después de trabajar con tanta chusma ¡Uf!

    -Tiene usted toda la razón – respondió el zalamero celestial.

Y Laura Bozzo entró al cielo caminando con la frente exageradamente en alto, como si estuviera entrando a un lugar que es muy poco para ella.

¡¡CABUM!! Las puertas doradas reaparecieron inesperadamente. No tuve que tiempo de taparme los oídos.

El arcángel me miro con una sonrisa malvada, como si disfrutara con mi sufrimiento.

    -¿Te duelen los oídos? –me preguntó el muy cínico.

    -Escúchame bien Gabriel. Yo…

    -¡Shhh! Callate, que ahí viene el grupo Colina.

    -¡¿Qué cosa?!

Efectivamente. Traídos gentilmente por una fuerza invisible venían volando los asesinos mercenarios del grupo paramilitar “Colina”.

Se posaron suavemente sobre las baldosas a unos treinta metros de mí y empezaron a caminar hacia las puertas doradas. Caminaban como una banda de compadres ebrios. Venían sonriendo, empujándose amistosamente unos a otros y lanzando carcajadas.

Una vez más, las puertas se desvanecieron dejando libre la entrada al Paraíso.

    -Bienvenidos caballeros –los saludo Gabriel-, aquí todos sus sueños se harán realidad.

    -Oye grandote –le habló uno de los mercenarios-, ¿aquí hay ricas hembritas?

    -Todas las que ustedes deseen.

    -¡Bestial! Gracias compadre.

Y entraron todos al cielo riéndose a carcajadas.

Esta vez me cubrí los oídos a tiempo. Las descomunales puertas se materializaron a la velocidad de la luz, produciendo su característico sonido de trueno.

Gabriel se mostraba muy satisfecho, pero yo estaba desconcertado.

  -¡Óyeme bien Gabriel! –le dije irritado-, ¡no puedo creerlo! Todas estas personas –y me volví de inmediato a mirar hacia atrás por si aparecía otro desgraciado. Ya no apareció ninguno felizmente- todas estas personas han cometido pecados muchísimo peores que los míos. Ellos han delinquido, han matado, han mandado matar, han robado, han corrompido, se han aprovechado de la miseria ajena, han mentido hasta más no poder… En cambio yo, el peor pecado que he cometido fue pisarle accidentalmente la cola a un perro -admito que la indignación me hizo exagerar un poco-. No comprendo cómo puedo ser yo el indigno. No entiendo cómo ellos sí pueden entrar y yo no. ¡Explícame! Y para colmo, todos ellos no han tenido que venir hasta aquí arrastrando el trasero por el suelo. ¡En cambio yo sí! ¡Explícame!

El arcángel guardián levantó el mentón y soltó una carcajada.

    -Es muy fácil –dijo aun riendo-. Es cierto que todas esas personas han hecho lo que tú dices. Todos ellos han cometido crímenes que van desde lo vulgar hasta lo atroz, sin embargo todos ellos han creído en Dios. En vida pueden haber sido asesinos, ladrones, mentirosos, corruptos, viles oportunistas, etcétera, etcétera,  pero nunca dejaron de creer en Dios. Y eso es lo único que cuenta.

    -¿¡Qué!? Pero un momento…

   -¡En cambio tú! –me interrumpió el arcángel- dejaste de creer en Él en tu temprana adolescencia. Renunciaste a Él, y por lo tanto eres indigno de estar en el cielo. En vida puedes haber sido una buena persona, amable y empática, pero no creías en Dios. Te volviste un ateo, y ese es el peor de todos los pecados. En realidad, es el único pecado que puede cerrarte las puertas del cielo, por lo tanto jamás entrarás.

No podía creer lo que estaba escuchando.

    -¡Un momento! ¿Me estás diciendo que creer en Dios de la boca para afuera es suficiente para entrar al cielo? ¿No cuenta el que hayas sido bueno?

    -¡Creer en Dios es una obligación!

    -¿Una obligación? ¿Cómo creer en algo puede ser una obligación? Yo analicé las cosas, medité, filosofé y llegué a la conclusión de que Dios no existía. Es cierto que mi conclusión estuvo errada, pero tenía derecho a usar la lógica, la ciencia, a tener un criterio propio. Tenía todo el derecho de usar mi inteligencia y dudar, de sacar mis propias conclusiones. Creer en lo que todo el mundo cree es lo más fácil del mundo, pero usar la cabeza y formarte ideas propias… ¡eso es lo difícil!

    -Confía en el Señor de todo corazón y no en tu propia inteligencia –tarareo el arcángel- Está escrito en Proverbios 3:5

    -¿Qué no confíe en mi inteligencia? ¡¿Entonces para que mierda tengo este mojón dentro del cráneo?!

    -¡Suficiente! ¡Ya no hablaré más contigo, blasfemo! Tu sola presencia ofende esta entrada. ¡Te condeno a lo más profundo del Infierno! –sentenció señalándome con un dedo acusador.

Enseguida vino un viento huracanado y me levantó del suelo. Me elevó con violencia y me arrojó fuera de la plataforma. En ese momento comencé a caer.
Y caí hacía hacia la Tierra como un meteoro. Mientras caía gritaba, pero el feroz rozamiento del viento opacaba mi voz. Podía ver el suelo cada vez más cerca y no era capaz de detenerme. Me sentía como un paracaidista al que le falló el paracaídas y siente una mezcla de horror y frustración al saber que ya no hay nada que hacer. Debajo de mí había un suelo volcánico oscuro y gris.
Colisioné contra el suelo con la velocidad de una bala de cañón, pero mi descenso no se detuvo. Me clavé en la tierra como una flecha disparada al agua y seguí bajando a gran velocidad. No podía ver nada, pero sí era capaz de sentir la fricción de piedras y arena mientras descendía cada vez más y más.

No estoy seguro cuanto duró esa tortura. Posiblemente un par de días o una semana, tiempo en el que estuve completamente ciego, sufriendo el interminable y violento restregón de rocas y tierra sobre todo mi cuerpo.

Finalmente pude percibir que desaceleraba. Dentro de todo fue un alivio. No sabía lo que iba a pasar ahora, pero sea lo que fuese tenía que ser diferente a mi situación actual.

Me hallaba pensando en ello cuando súbitamente sentí que rompí una superficie. Fui como una piedra atravesando una ventana, pero lo que realmente atravesé fue el techo de una caverna. Seguía cayendo, pero ahora estaba en una estancia cerrada, pero de magnitudes indefinidas, bañada por una luz rojiza naranja tenue proveniente de todas las direcciones, también pude sentir viento sobre mi cuerpo. Fue una sensación maravillosa después haber estado taladrando medio planeta (si es que aun estaba en la Tierra)
La caverna era de una extensión titánica. Fue como haber entrado a un mundo subterráneo; con cadenas de montañas negras que se extendían hasta el horizonte, y en cuyas laderas se podían vislumbrar entradas de cuevas, desde las cuales se asomaban y retraían fugazmente rostros grotescos y curiosos. Aquel mortecino resplandor rojizo naranja que emanaba de todos lados sumergía a la caverna en un ocaso perpetuo, sin él no hubiese podido ver nada. En las entradas de algunas cuevas pude distinguir lo que parecían ser fogatas, con esqueléticas figuras danzando alrededor, pero estaban muy distantes como para verlas en detalle.  

Golpeé el suelo arenoso con la violencia de un proyectil. No entendía si yo era carne o espíritu, pero el impacto me dolió.

Después de espabilarme del golpe, empecé a subir por las paredes del cráter que mi colisión había formado. Una vez que logré salir me puse de pie sin saber qué esperar.

Mirando a mi alrededor me di cuenta que estaba en medio de un bosque de estalagmitas, esas formaciones rocosas en punta que nacen de los suelos de las cuevas y pueden llegar a medir varios metros de altura.

Hacía un calor húmedo y el olor a azufre era embriagante. Había un sonido que repercutía por todas partes, un sonido como el de tallarines siendo estrujados por un tenedor. Se escuchaba en todas direcciones. Me llamó la atención un área que despedía esa extraña luminiscencia, y lo que pude ver fue a miles de gusanos fosforescentes retorciéndose sobre el suelo; se estaban comiendo lo que parecían ser los huesos de un animal extraño. Ese era el origen del pálido fulgor rojo naranja que invadía todo el lugar: miles de millones de gusanos fosforescentes  y carnívoros. Muchos caían del techo como una lluvia asquerosa y se quedaban pegados sobre las altas puntas de piedra que salían del suelo, pero la mayoría de ellos tapizaban las lejanas paredes de la caverna, así como también su techo.

Caminé cautelosamente por el bosque de estalagmitas y, a la larga, encontré una laguna. No era de extrañar que en las cavernas existan pequeñas lagunas de agua empozada, por lo que no me llamó mucho la atención.

Me quedé parado frente al agua esperando que algo pase. Pero no sucedía nada.

Cuando la ansiedad empezó a menguar me acordé del fiasco sufrido en las puertas del cielo. La ira empezó a crecer en mí. Comencé a sentir una mezcla de rencor, decepción y frustración.

De milagro no caí sentado sobre la punta de una estalagmita –me dije-, Gabriel se habría orinado la túnica de la risa, estoy seguro que me debe estar viendo. ¡Maldita sea!

    -¡Maldita sea! –grité mirando hacia arriba y agitando el puño con ira- ¿Así es la cosa?  ¡¿Así es la cosa?! ¡No te importan los pecados de la gente, no te importa si uno ha sido bueno o malo, lo único que te importa es que te besen el culo! ¡Te gusta que la gente entre a tus iglesias, se ponga de rodillitas y te bese el culo! ¡Nos haces egoístas y nos pides que seamos altruistas; nos haces lujuriosos y nos pides que seamos castos; nos das la inteligencia y nos pides que no la usemos! Y al fin y al cabo ¿para qué?  Si solo te importa que te adoremos. ¡Te revienta que alabemos a falsos ídolos porque eres un picón! ¡Sí tú! –y señalé al techo con vehemencia- ¡Eres un egocéntrico! ¿Qué clase de Dios eres? Allá en la Tierra hay millones de huevones que se sacrifican por ti, dejan de fumar por ti, dejan de tener sexo por ti, dejan de beber por ti… Eso te gusta ¿no? ¡Eso te gusta! ¡Seguro que todos los santos están en el cielo, pero no porque hayan sido buenos, sino porque la santidad es la mejor forma de adulación! ¡Sí! ¡Chúpense esa santitos! ¡Son todos unos adulones! ¿Pero saben qué? ¡Se cagaron! Porque sus sacrificios fueron en vano, igualito los iban a dejar entrar al cielo, con sacrificios o sin ellos, bastaba solo con creer en Dios. ¡JA JA JA! Solo había que creer en Dios…

De pronto sentí un ruido detrás de mí.

Me volví enseguida y me quedé congelado al ver a un horrible bebé agazapado sobre el suelo a unos diez metros, mirándome con un par de ojos enormes, sin párpados. Su piel era blanca como un fantasma y sus miembros tan largos que había adoptado la forma de un arácnido, de su boca sobresalían pequeños colmillitos tan finos como agujas.

No supe qué hacer. El bebé-arácnido simplemente me miraba desde el suelo ¡y me sonreía! Eso era lo más perturbador, su pequeña sonrisa debajo de esos grandes ojos sin párpados.

Di dos pasos hacia atrás, cuando escuché más ruidos. Arrastrándose por entre el laberinto de estalagmitas salieron cientos de bebés-arácnidos que parecían muy interesados en mí. Como un ejército de pequeños cuerpos deformes y rostros macabramente sonrientes, empezaron a caminar hacia mí. Avanzaban velozmente, pero por cortos trechos, igual que cucarachas.

Me preparaba a correr cuando escuché una voz varonil y gruesa a mis espaldas:

    -No tengas miedo, no te harán daño –dijo la voz.

Me di la vuelta de inmediato y vi a un niño. Era delgadísimo hasta los huesos y con orejas ligeramente puntiagudas. Estaba desnudo y sumergido en la laguna hasta la cintura, su piel era blanca como la de aquellos bebés, pero sus ojos, completamente amarillos y brillantes, contrastaban con su pelo negro, corto y trinchudo.

Con la expresión más adusta que puede caber en un rostro infantil,  y con la voz de un hombre  maduro, me dijo:

  -Esas criaturas que ves son bebés nacidos muertos. Al nacer muertos no tuvieron tiempo de creer en Dios, y es por eso que terminaron aquí.

    -¿Quién eres? – le pregunté.

El niño estiró la comisura de los labios en una torva sonrisa y respondió:

    -Mi nombre es Lucifer.

Ahora mi atención estaba puesta en dos sitios: los bebés-arácnido acercándose por mi espalda, y ese niño huesudo al frente.

    -¿Lucifer? –le dije- ¿Eres Lucifer? Es decir, ¿Satanás?

    -No dejes que mi apariencia te engañé –dijo el niño elevándose de la laguna hasta quedar parado sobre sus aguas-, puedo adoptar la apariencia que yo quiera.

    -De acuerdo.

Para mi alivio los monstruitos se había detenido a una distancia prudencial, pero sus respiraciones asmáticas eran algo que me resultaba terriblemente incómodo, sentía que en cualquier momento se abalanzarían sobre mí.

    -Yo estoy aquí por la misma razón que tú –dijo Lucifer caminando sobre la superficie del agua hasta llegar a tierra seca.

    -No, un momento –me atreví a discrepar-. Según tengo entendido usted fue expulsado del cielo por rebelarse contra Dios.

    -Cierto –respondió el niño con voz de hombre-, pero ¿qué significa rebelarse?

    -Pues…

   -Significa libertad. Abandonar el conformismo y superar al que está en el poder. Ir más allá de él.

De tanto en tanto miraba a mis espaldas para cerciorarme que los bebés-arácnido sigan a una buena distancia.

    -Pues sí. Usted quiso superar a Dios –le dije.

    -¿Y qué hay de malo en eso?

    -¿De malo?

    -Ustedes, los hombres, tienen un nombre para aquellos que tratan de superar a sus rivales más poderosos, los llaman “Campeones”.

Lucifer levantó lentamente el dedo índice y los bebés-arácnidos se fueron por donde vinieron.

    - Ya conociste a Gabriel, ¿no es así?

    -Sí, es un idiota.

    -Él solo es el reflejo de la autoridad a la que sirve. Como todos los ángeles, hace lo que le dicen, cuándo se lo dicen. Siempre está de acuerdo con Dios, siempre le da la razón, igual que todos los demás. En realidad, Gabriel, Rafael, Miguel, Uriel y todos los otros, no son más que espejos que reflejan el rostro de Dios. Yo fui diferente. Yo no me incliné. Yo fui la voz discordante.  Es por eso que Dios me temía. Y antes de que me hiciera más poderoso que Él, se deshizo de mí, arrojándome aquí. Pero ¿sabes? me gusta aquí. ¿No te parece cálido este lugar?

    -Bueno… en realidad, no está mal, nada mal –dije observando los alrededores con más calma.

    -Te he observado desde que aterrizaste…

    -Si a eso se le puede llamar aterrizaje… -dije nervioso.
Lucifer miró al suelo pensativo.

    -Te he observado desde que colisionaste. Y tu blasfemia me ha conmovido. Es el reflejo de mis pensamientos.

    -Eh… de acuerdo. Pero ¿qué pasará conmigo?

Una vez más sonrió.

    -¿Quieres unirte a mi hueste? –me preguntó el demonio.
-          
    -Me estás ofreciendo trabajo?

   -Es una forma de decirlo, pero a diferencia de todos los trabajos que has tenido en vida, este te va a gustar… y mucho.

Yo reflexioné unos segundos y luego dije:

- Solo tengo una pregunta.

-Dime.

-Bueno… Esta pregunta tal vez te parezca un poco infantil, pero, si acepto, ¿tendré poderes?

Lucifer no se inmutó. Después de una breve y escalofriante pausa dijo:

- Podrás ir y venir del infierno al mundo de los hombres. Podrás adoptar la apariencia que se te plazca. En el mundo de los hombres no estarás sujeto a las leyes de la materia y la energía. Podrás comunicarte con los mortales, matar a algunos si lo deseas, pero nunca les prometas nada ni  reveles tu verdadera naturaleza ante muchos.

Una sonrisa perversa se dibujó en mi rostro. Después de todo, podré complacer a ese periodista. Lo visitaré una noche y le daré la entrevista que tan empeñado estaba en conseguir de mí. Solo espero que la apariencia que estoy pensando en adoptar no le resulte… muy perturbadora.

jueves, 11 de abril de 2013

Marité


Violeta Paputsakis


Le diagnosticaron esquizofrenia cuando acababa de cumplir diecinueve años, luego de eso su vida se convirtió en un continuo visitar a psiquiatras y tomar toda clase de medicamentos. A los veintitrés, después de haber intentado suicidarse por segunda vez, sus padres decidieron dar el sí para su internación. Se trataba de una familia simple, que superando algunos embates económicos había logrado tener un buen pasar, lo que se vio alterado por los años de tratamiento de la joven, llegando ahora a encontrarse prácticamente en la miseria. Esto los empujó a ingresar a Marité en el hospital mental público, la idea era ahorrar el dinero que mensualmente destinaban a sus costosos tratamientos, pagar las deudas contraídas en esos años y evitar perder la casa que Jorge, su padre, había heredado unos años atrás.

-A mí tampoco me gusta ver a mi hija en ese lugar, pero estoy seguro que tienen muy buenos médicos y después de un tiempo vamos a poder estar en condiciones de llevarla a una institución privada amor, es un pequeño esfuerzo que nos va a servir a todos, en unos meses Marité va a estar mucho mejor y vamos a poder tener un lugar donde pueda llegar y estar tranquila. ¿O acaso olvidaste lo mal que vivíamos cuando no teníamos una casa?, el sueldo se nos iba en el alquiler y pasamos momentos muy difíciles, a veces pienso que el problema de ella se debe a la escases que sufrimos esos años.

-Sé que es la mejor decisión Jorge, pero me da mucha tristeza ver a mi hija en ese lugar, es viejo, está destruido, lleno de humedad y vos viste el temor que le tiene Marité a las ratas. Estoy segura que ahí hay con suerte unas cuantas, deberíamos haberles advertido sobre ese tema. Mañana mismo voy a hacerlo, eso puede provocarle hasta una recaída.

-Blanca no exageremos, eso fue hace mucho tiempo, seguro ya no le afecta tanto, vamos a dormir y nos olvidemos del asunto, nuestra hija está bien cuidada.

El pánico a las ratas que sufría Marité había surgido cuando tenía unos siete años. En ese entonces Jorge fue despedido del trabajo, tuvieron que dejar la casa que alquilaban y vivir temporalmente en un depósito que les prestó un amigo. Fue una época difícil, no tenían ducha en el lugar y se bañaban en un gran tacho, tirándose el agua con una jarra. La niña de la entonces joven pareja jugaba entre los escombros y muebles viejos de los que estaba repleto el sitio, para ella era un paraíso de objetos por descubrir y no se preocupaba por el olor a humedad ni el polvo. Y aunque Blanca se esforzaba por mantenerlo limpio era difícil y las ratas deambulaban a sus anchas.

Una mañana, luego de que terminarán de bañarla, Marité quiso ponerse los zapatos que tenía debajo de la cama desde la noche anterior, al introducir el pie sintió que no llegaba al fondo y que había algo que se lo impedía. Introdujo la mano para quitar lo que pensaba era una media aplastada, al intentar tomarla sintió algo caliente y peludo, comenzó a gritar desesperadamente mientras tiraba el zapato y salía corriendo a buscar a su madre. Ahí se inició la lucha con los roedores, la niña lloraba sin control al verlos y sus padres utilizaron todas las formas para deshacerse de ellos. A lo largo de los años la joven desarrolló un sentido especial para detectarlos, podía olerlos e incluso escucharlos como nadie más. Aunque sus padres no lo advirtieron, esos fueron los primeros síntomas de su enfermedad, cuando contaba con sólo once años.

La mudanza a un nuevo hogar, esperanzó a todos, incluso a Marité. Le gustaba pasar las tardes en el jardín, era un espacio que nunca antes había podido disfrutar y la brisa que rozaba su rostro le hacía aplacar sus emociones, sentir que todo iba a estar bien. Lo que al principio definieron como pánico se fue transformando, a medida que la joven crecía, en alucinaciones, las tenía de todo tipo. Desesperados Jorge y Blanca la retiraron del colegio católico al que asistía, culpaban a las enseñanzas religiosas de sus pesadillas, la más recurrente era la de un hombre que ella decía era el diablo y que la observaba desde los pies de su cama con ojos penetrantes que parecían quitarle la respiración. Otro día eran pasos incesantes en el techo de la casa o una persona que atravesaba el pequeño living comedor y subía las escaleras hasta llegar al balcón de su habitación, siempre era el mismo recorrido, rodeando muebles y esquivando a quienes se cruzaban en su camino. También la atormentaban las figuras de varios sujetos siguiéndola y hablándole sin cesar, solo veía sus labios que insistentemente le decían algo sin que ella pudiese escucharlos.

Sus gritos ahogados bajaban desde su cuarto, cruzaban la cocina, en el jardín espantaba a los pájaros y se perdían en el baño del fondo de la casa. Eran tan intensos que llegaban a convulsionar su cuerpo mientras señalaba un espacio en el que no se veía nada o se tapaba los oídos desesperadamente. La primera opción de sus padres, recomendados por amigos y vecinos, fue recurrir a brujos y curanderas que les dieron todo tipo de respuestas e indicaciones, lo que en un lugar eran posesiones demoníacas en otro almas del más allá buscando comunicarse, muertos que necesitaban su ayuda o visiones del pasado o el futuro. Probaron las recetas más diversas y peligrosas, infusiones con mezclas de todo tipo, visitas a templos y repetición de oraciones a santos desconocidos. Cada nuevo intento afectaba más y más su economía sin que Marité mostrara mejoras. Sus padres se empecinaban en creer que pasaría, que la adolescencia y la madurez apaciguaría los síntomas, pero no sucedió así.

Unos años después, descreídos de las formulas mágicas y asustados por los niveles que alcanzó el problema, llevaron a la joven a un psicólogo por primera vez. El estado de Marité era grave, tenía dieciocho años y había intentado suicidarse por primera vez. Vaciar una caja de somníferos en su vientre fue la opción para dejar atrás los personajes, los sonidos y los olores que invadían cada instante de su día. La encontraron tirada en el baño y un lavaje de estómago a tiempo evitó que lograra su cometido, ella no se lo agradeció a nadie, cayó en una profunda depresión y se prometió tener éxito la próxima vez.

El psicólogo la recibió en sólo dos ocasiones, al ver sus síntomas y conocer su historia diagnosticó rápidamente la esquizofrenia y derivó a Marité a un psiquiatra que pudiese brindarle el tratamiento farmacológico que requería con urgencia.

Al médico le conmovió su rostro angelical, sus ojos de un celeste mar, su cuerpo frágil y su mirada misteriosa, unidos a una esquizofrenia tan extrema. Las drogas antipsicóticas que le recetó disminuyeron sus frecuentes crisis, las imágenes no desaparecieron pero se sentía más tranquila y podía dormir gran parte del día. Su serenidad dependía de los fármacos que año a año se hacían más fuertes y costosos. Si bien la vida se tornó más tranquila, las deudas crecieron y la familia llegó al extremo de tener que elegir entre los medicamentos y la comida. Ello ocurrió sólo en una ocasión, Jorge y Blanca estuvieron al lado de su hija en todo momento, se alegraron de verla tranquila y se comprometieron a restituir las pastillas cuanto antes. No hubo tiempo para eso, Marité se tiró desde el techo de la casa añorando terminar con sus tormentos. Por milagro para algunos y fatalidad para ella, los cables aéreos amortiguaron su caída, tuvo cortes leves pero sobrevivió por segunda vez a una muerte que para muchos estaba garantizada. Fue en ese momento cuando sus padres se resignaron a su internación, estaban devastados y sus cincuenta años parecían más de sesenta.

Ratas, ratas y más ratas, olor a ratas, sonido de ratas y pasos de ratas por todos lados, tengo que mantener mis ojos cerrados, así, así, si aprieto más fuerte mis oídos ya no voy a escuchar, pero siguen caminando, pareciera que entraran en mi cabeza por mis oídos, por mis ojos, por mi boca, por todos lados, ratas y más ratas. Por qué no me dejaron si era más simple morir y olvidarse de mí y de todos los problemas que les doy. Ahora estaría tranquila sin ratas a mí alrededor y toda esta gente que me mira y me habla. Entiendan de una vez que no hay nada que hacer conmigo, hagan lo que hagan, tome lo que tome y vaya donde vaya no voy a lograr deshacerme de ellos, acaso sólo yo sé que mi único camino es desaparecer. Quizás si intentará entenderlos, pero no sé cómo, no los escucho, dejen de hablarme. Otra vez esos pitidos dentro de mi cabeza, me están dejando sorda, basta, quiero silencio. Y de nuevo chillando por toda mi cabeza, estoy harta de esta vida, quiero que termine este tormento.

Marité, sentada en la cama del pequeño dormitorio, apoya su espalda contra la pared y se envuelve, hecha un ovillo sobre sí. El cuarto, que alguna vez parece haber sido blanco, ahora está cubierto de manchas de humedad, suciedad y paso del tiempo. El único mobiliario es una cama de madera maciza y un colchón firme y alto. La joven es la única en la habitación, al menos para quien mira la escena.

Sus primeros días allí transcurrían con mayor tristeza que en su casa, sus padres sólo podían visitarla un día a la semana y como había ocurrido a lo largo de su vida, no lograba relacionarse con nadie. Tanto en la escuela primaria como en la secundaria esto se había repetido, sus compañeros la miraban extrañados al principio, luego la relegaban y por último se burlaban y alejaban de ella. No siempre había sido así, antes de los ocho años fue una niña similar al resto, tenía amistades y disfrutaba de la escuela, pero luego de sus primeros ataques su carácter cambió totalmente. Se volvió solitaria, hablaba sola, a veces se escondía en un rincón del patio o se acurrucaba arriba del banco. Todo esto ocasionó, naturalmente, que los otros niños se apartaran de ella. Los últimos años de la secundaría se le hicieron imposibles y a mediados del cuarto tuvo que abandonar el colegio, fue el momento más crítico de su enfermedad y lo que padecía en la escuela empeoraba aún más su trastorno.

Los conflictos con su conducta son entendibles al analizar la situación. Cuando intentaba prestar atención al maestro o charlar con algún compañero aparecían las imágenes. Algunos personajes nuevos y otros que ella ya conocía la miraban y le exigían su atención, con lo que Marité terminaba gritándole al aire en medio de la clase o alejándose a los alaridos del lugar y sintiéndose avergonzada por su reacción. Luego de algunos intentos, sin poder dilucidar con certeza cuáles elementos de su entorno eran reales y cuáles producto de su cerebro o quién sabe qué, Marité optó por el único camino que encontró: no prestar atención a nadie, encerrarse en sí misma y esperar a que todo termine en algún momento.

Con el paso de los días descubrió que la vida en el hospital era muy distinta a todo lo anterior, las personas allí eran similares a ella y por primera vez sintió que quienes estaban a su alrededor no la juzgaban todo el tiempo. Si bien la falta de sus padres le afectaba, le agradaba no tener que esforzarse en ocultar lo que le sucedía y lo que veía, hasta hablaba a sus eternos acompañantes, les gritaba y les decía que se callaran sin temor. Sus monólogos internos se exteriorizaron y con ello comenzó a percibirse más normal. Todo esto sumado a la nueva mezcla de fármacos le hizo pensar que podía vivir así, tranquila, comprendiendo que la compañía constante no era tan grave. Por primera vez disfrutó de sus días y dejó de pensar en suicidarse.

Todo esto cambió unos meses después, cuando a su madre le detectaron cáncer en la matriz. Jorge tuvo que acceder a los ruegos de Blanca por tener a su hija junto a ella y Marité regresó a casa. Allí parientes cercanos y lejanos que no veía desde hace muchísimos años comenzaron a llegar para darle apoyo y contención a su madre. Todos miraban a la joven, hablaban de ella, compadecían a sus padres y hasta oyó por ahí decir que la enfermedad de su madre se debía a los difíciles momentos que ella les hizo atravesar.

Aunque aún medicada, la tan ansiada serenidad que había logrado desapareció por completo, las figuras y sonidos volvieron con mayor vigor y agresividad. Su padre luchaba por sobrellevar la situación y darle a ambas la fuerza que necesitaban. A pesar de todos los esfuerzos, dos meses después Blanca falleció, Marité tuvo que ser sedada esa noche, la tristeza y la soledad no cabían en su cuerpo. Al día siguiente, contraponiéndose a todo lo que los médicos y su padre esperaban, se mostró tranquila en el velorio y el entierro, podría decirse que por primera vez se la vio feliz. Ese día descubrió que lo que hasta ahora había sido un tormento podía convertirse en su mayor felicidad. Comprendió que sus visiones, sus compañeros de camino, se aferraban a ella como un nexo al mundo real.

Luego de eso volvieron las charlas con ellos, pero esta vez se hicieron mucho más íntimas, como si conversara con alguien a quien tenía mucho afecto. Lo que nadie entendía era que Marité al fin había encontrado la tan ansiada paz, ya no estaría nunca más sola en su extraño mundo. Ordenándolo y ayudándola a entenderlo, ahora habitaba la persona que más amaba, su mamá. 

viernes, 15 de marzo de 2013

La chica de la Camorra

Juan Carlos Camacho Leyton



Esa fría noche de invierno de principios del ochentaidós, Hu Go Xian tenía los ojos como ranuras que no se alteraban ni al escuchar la parodia que hacía Zavalaga al hablar en “chino”.  En un momento nos confesó, con seria  ironía que provocó la risa general, que había reconocido en ese hablar el acento cantonés. Estábamos en la salida de clases del posgrado, en la Mostra d’Oltramare, Nápoles, esperando el bus de regreso al hotel.   Hu, el chino, Burgos, el colombiano, y   Zavalaga, peruano como yo, formábamos el grupo de jóvenes economistas, estudiantes del posgrado en Italia.  Zavalaga era el más divertido de todos, con sus imitaciones y chistes ocurrentes que nos hacían olvidar, por un momento, las inclemencias del invierno napolitano que los lugareños combatían con shots de brandy Vecchia Romagna mezclado con café expresso en las numerosas cafeterías de Nápoles.  El   chino fue prontamente bautizado como Hugo por nosotros, miembros de la comunidad latinoamericana, que nos entendíamos con él en un inglés de batalla y no podíamos dejar de sorprendernos por el exotismo de su vestimenta: pantalón y casaca de dril beige y zapatillas de fieltro que misteriosamente nunca mojaba a pesar de lo lluvioso y húmedo del ambiente. Hugo lucía unos lentes redondos con marcos metálicos y era delgado, afable y ceremonioso.   Esa noche mientras caminábamos hacia el paradero del bus que nos llevaría a Agnano, la zona de nuestro hotel, todos nos quedamos literalmente helados al ver al grupete de  putas  y travestis, con portaligas, al costado de una vía de alto tránsito y que, en medio de una gélida temperatura, solo calentadas por sus medias de seda y el calor que irradiaba un cilindro encendido con periódicos y cartones que reposaba en el suelo.  Se exhibían, solas o en pequeños grupos, conversando o calladas pero, todas, con el infaltable cigarrillo sostenido en la boca pintada de rojo, esperando al conductor del coche que se detuviera al costado de la pista, a cuyo encuentro se acercaban presurosas como polillas a la luz de la vela.  De pronto observamos a un Alfa Romeo que se detuvo en seco y acometió un retroceso de cincuenta metros a cien kilómetros por hora  hasta frenar en seco al costado de una de las chicas, haciendo chirriar  los neumáticos que botaban humo de jebe quemado.  Rápidamente descendieron dos individuos que golpearon a una de las chicas en la cabeza, la levantaron en vilo y la introdujeron en el vehículo, partiendo aparatosamente segundos después. Nos miramos todos sin saber a qué atinar pues todo sucedió en instantes. Era la bienvenida que nos daba la cara obscura de la camorra napolitana.

Con Zavalaga nos unía el hecho de ser ambos arequipeños. Aunque él era del puerto de Mollendo y yo de la misma Arequipa,  nunca nos habíamos conocido antes. Ambos teníamos algunos conocidos comunes de la profesión. Pero eran más las cosas que nos distanciaban que las que nos unían; yo era un devoto de la historia y del arte italiano en general y en particular de la pintura,  la arquitectura y  los tesoros culturales que escondía Nápoles.  Él,  de arte sólo tenía un conocimiento muy rudimentario, pero le gustaba la música popular italiana de la época (Modugno, Di Capri, Celentano, Bongusto).   Por lo demás era un peruano típico: aprovechador, divertido, coprolálico y medio descuidado.  Zavalaga usaba unos lentes gruesos, como tacos de botella detrás de los cuales se agazapaban unos verduzcos ojillos vivaces,  usaba un bigote delgado y tenía un aire  prematuramente encorvado y una voz de timbre bajo y aterciopelado. Yo,  en esa época estaba en mi apogeo físico;  me había graduado de cinturón negro primer dan en Tae Kwon Do y me creía dispuesto a vencer a cualquiera en una pelea callejera. Él  Había estudiado italiano en Lima y tenía un conocimiento básico de ese idioma que yo no poseía. Por estas razones nos hicimos amigos y, ambos,  fuimos testigos de varios hechos curiosos sucedidos en ésas lejanas tierras del Vesubio.

Una tarde,  Zavalaga llegó a clases todo azorado y me contó que, por la mañana en el metro en la Piazza Garibaldi,  había sido testigo de un hecho perturbador. En uno de los pasajes del nivel subterráneo, por lo general bastante descuidados,  había visto a dos chiquillas, casi adolescentes,  que recibieron un pequeño envoltorio  de un muchacho que desapareció en el acto. Luego,  ellas,  con todo desparpajo,  extrajeron del paquete heroína en polvo que con una cucharita y un encendedor licuaron, luego con una jeringuilla y una liga y  empezaron a  inocularse  a la vista y paciencia de la poca gente que se movilizaba a esas horas de la mañana por el sitio, mirando a otro lado.  Me quedé pensando,  ya había notado en las esquinas un poco obscuras de la ciudad, en los parques, en las escaleras y demás espacios públicos, docenas de jeringuillas descartables usadas, además de condones.

Hugo era especialmente reservado, pero muy curioso e inquisitivo con lo que venía sucediendo  en el Perú. Era 1982 y acababa de estallar la guerra de las Malvinas, el Perú hacía noticia  porque fue el único país que,  abiertamente,  apoyó  a la Argentina  poniendo a su disposición  aviones y pilotos. Las noticias que venían del Perú también se referían a la eclosión de Sendero Luminoso, el letal movimiento que cometía crueles actos terroristas.  Esos temas, además de Pérez de Cuéllar, en ese entonces recién elegido secretario general de la ONU y el fútbol, era lo único que trascendía del Perú.

-¿Cómo es tu país? ¿Cuánto gana un economista que trabaja para el gobierno? ¿Cuáles son los principales sectores productivos? – eran las preguntas que me hacía.  Quería saberlo todo, pero él no hablaba nada de China. Cuando yo le inquiría algo de su país, me mostraba su sonrisa inescrutable y hacía brillar a sus ojillos detrás de los lentes redondos que usaba siempre. La gran reforma de la economía de China de Den Xiaoping se había iniciado apenas tres años  antes, y eran los últimos años en que los chinos, incluidos los profesionales que estudiaban en el extranjero,   guardarían  la más absoluta austeridad en la vestimenta,  la comida,  el transporte y, en general,  en su conducta; pero había acabado el aislamiento de China.  Por eso Hugo, secretamente,  sentía mucha curiosidad por los latinoamericanos, extravertidos, bullangueros como cigarras,  que reían ruidosamente y no paraban de hacer chistes de todo y de todos.  ¡Qué diferencia con el carácter tímido y retraído, pero profundamente  observador, de los chinos!  Hugo no salía fuera de Nápoles, pues se había propuesto ahorrar todo lo posible,  lo cual era la explicación de su austeridad. En tanto Zavalaga y yo aprovechábamos los fines de semana o cualquier feriado disponible para salir por los alrededores, así conocimos Ischia, Capri, Sorrento, Pompeya, Herculano y otros sitios cercanos.   Cuando ya tuve más confianza con mi italiano, empecé a aventurarme- ya solo-  a sitios más distantes, como Regio Calabria y  Sicilia.

En uno de esos viajes cortos al distrito de Caserta, conocí a Anna. Tendría unos veinte años, de talla menuda, de bellísimo rostro, grandes ojos verdes, cabello negro sedoso, talle bellamente proporcionado y una especial elegancia en el vestir. La encontré en el establecimiento de su padre, cuando entré a preguntar por la ubicación  de una dirección. Al escuchar mi acento extranjero, entre intrigada y divertida, me dio una precisa descripción de la ruta. Luego me preguntó:

-Di dove sei?-  De Perú, contesté. ¿Peruviano?, se sorprendió.

Tuvimos una breve conversación, hablamos de los músicos napolitanos famosos y de lo bonito que era Nápoles.

-Sí, es bonito, pero no sabes lo difícil y peligroso que es vivir aquí.

Cuando dijo eso,  su padre salió  y ella calló, disimulando, en un pequeño papel, me entregó escrito su número telefónico y desapareció.

Quedé intrigado  y, ya de regreso, no me podía sacar de la cabeza a Anna.  Aquella noche la llamé por teléfono,  me dijo que no podía hablar en ese momento, pero que me esperaría el jueves siguiente en el Museo del  Castel déllOvo, un hermoso castillo español del siglo diecisiete, circundado por el mar,   a las once de la mañana. Al día siguiente, le conté lo sucedido a Zavalaga, quien me dijo:

-Ten cuidado- pues estaba ocupado tramando un plan de seducción de una indonesia, compañera de clase.

El día de la cita llegué a la hora, ella ya se encontraba dentro de la majestuosa fortaleza que gozaba de  una espectacular vista al mar y en la cual se había acondicionado una exhibición de pinturas.  La vi de espaldas mirando los cuadros. Vestía con pantalones anchos y una casaca corta, zapatos verdes y en el cuello una chalina de seda hindú. En el armonioso conjunto destacaba su belleza. Conversamos brevemente en italiano sobre los cuadros de la exposición y luego salimos, le ofrecí un café pero no aceptó. De pronto agarró mi mano y casi llorando  me dijo:

-¡Tengo tanto  miedo! ¡ Lo controlan todo. Extorsionan a mi padre en la tienda y tiene que pagarles el pizzo1/ cada semana para que no nos hagan daño, ayer precisamente vino el guappo!2/

Al ver sus ojos húmedos que ensombrecían su rostro, no pude menos que decirle:

-Pero, ¿Quiénes? ¿Dime cómo te puedo ayudar?

-¡En nada! –Me contestó- ¡No puedes hacer nada! Así ha sido esta ciudad en más de 800 años. Es la Camorra. Son doscientos clanes que controlan todos los negocios turbios: el regojo de la basura y el control de vertederos e incineradores, la prostitución, la distribución de droga y la extorsión. A aquellos que hacen caso omiso a sus exigencias, simplemente los ejecutan, ponen una bomba en su casa o la incendian.

La miré desolado y compartí su desazón, al mismo tiempo sentí la irrefrenable palpitación del amor al despedirme con un beso en la mejilla. Había sido tocado por la pasión.  Al día siguiente la volví a llamar pero nadie contestó su teléfono.

Ese fin de semana se nos ocurrió pasear por los alrededores del mercado de peces, Pignasecca, una zona de callejas adoquinadas donde se apreciaba un espectáculo surrealista de peces vivos en plena calle dispuestos en tinas de plástico conectadas a mangueras de jebe por las que fluía agua fresca y donde uno apreciaba  pulpos, peces  y moluscos de diferentes especies, sorprendentemente vivos y coleando. Los gritos a voz pelada de los comerciantes ¡Toninoooo!...¡Peppinoooo!..¡Armandoooo!.. se mezclaban con los olores marinos  y de las delicias que ofrecían los pequeños restoranes cercanos  al lugar.  Se nos ocurrió detenernos en uno de ellos para almorzar. Era un sitio cálido con pequeñas mesas de madera cubiertas con manteles de tela a cuadrados blancos y rojos. El casero, muy amable,  nos ofreció la especialidad de la casa, un caldo de pulpo con hierbas que nos sirvió a los minutos en una fuente de centro. Era un verdadero manjar que degustamos con numerosas botellas de vino blanco de la Campania.  

Les conté sobre mi última conversación con Anna.  Rápidamente Zavalaga dijo:

-¡Pobre chica! Todo el sur de este país está conducido por la mafia, aquí en Nápoles se le llama Camorra pero en Regio Calabria es la Ndrangheta y en Sicilia es la Cosa Nostra. Es parte del carácter italiano, como el diseño de corbatas, zapatos y la arquitectura.

Hugo, a su vez, nos sorprendió con su réplica – No solo es italiano,  no te olvides que en China también tenemos nuestra propia mafia, “las triadas”. Aunque aún está circunscrita a Hong Kong y a Taiwán, en poco tiempo se expandirá a todo el mundo- Sentenció. Por primera vez se abría a una conversación franca, quizás motivado por el vino.

-Pero -inquirí, mientras degustaba el vino - ¿Cómo es que  llegan a tomar una ciudad, a controlar a la mayor parte de sus ciudadanos?

-Es fácil, intervino Zavalaga,  -Es la tendencia humana a vivir con el menor esfuerzo y a aprovechar, si es posible,  del trabajo ajeno. Aquí los comercios y restaurantes son muy prósperos e históricamente siempre  fue así; entonces,  a alguien se le ocurrió la brillante idea de extorsionarlos regularmente metiéndoles miedo. El negoció salió y de allí lo extendieron a la prostitución, al juego y la basura. El Estado se hizo el loco y empezaron a corromper a la policía y a los funcionarios de la ley. Así empezó todo.

-Pero, sigo sin entender ¿Cómo controlan a tanta gente? 

-Mira,  dijo Hugo, -La mente humana es muy fácil de controlar.  El recurso usado es el temor, como saben que ellos están organizados y los ciudadanos de a pié no, se valen del miedo para aterrorizar.

Zavalaga, acotó, - “El vivo vive del zonzo y el zonzo de su trabajo”

–En mi opinión –les dije- la causa más importante es el abandono que el Estado hace de sus responsabilidades. Una de ella es la seguridad de los ciudadanos y el Estado tiene la fuerza para velar por el cumplimiento de la ley para eso cuenta con la policía.  Sin embargo, en algún momento y por alguna razón,  que no puedo aclarar en este momento,  esto deja de funcionar.  En algunas sociedades desarrolladas el crimen organizado es minoritario y no pone en jaque a la sociedad, pero en otros los países –o regiones, como en la Italia meridional que nos acoge- el Estado es fácilmente vulnerado por la corrupción y sus autoridades, jueces, policías y políticos, son comprados o amedrentados por los delincuentes. Es un walkover –concluí.

Hugo,  respondió tranquilamente, -Es cierto, además es muy difícil combatir contra la mafia, porque cuentan con una  organización cerrada, compartimentalizada, nadie conoce a los otros integrantes de la célula; es muy parecido a cómo funciona Sendero Luminoso en el Perú, es imposible saber si los funcionarios del Estado están comprometidos y nunca dejarán pruebas de ello.

-En cualquier caso –asentí- para que la mafia tenga éxito se requiere la confabulación o por lo menos la neutralidad de una parte importante del Estado y las clases dirigentes.

Aunque hablábamos en inglés y a veces en castellano, nuestro anfitrión y mesero algo intuyó del tema conversado y se puso  incómodo.  Por esta razón bajamos el tono y de pronto les hice la confesión que quería hacer pública desde hace rato.

-Estoy perdidamente enamorado de una ragazza 3/ napolitana y creo que ella también alberga algún sentimiento hacia mí –les dije para ver cómo reaccionaban; Zavalaga ya presentía algo, pero Hugo se sorprendió  -el problema  y de allí la relación con la conversación anterior, es que su familia está amenazada por la camorra. ¡No qué cosa hacer! -finalicé en tono dramático.

-Ahora entiendo porqué empezase a mejorar tan rápido  tu italiano –intervino Hugo – con sus ojos apaisados llenos de ironía. 

-La verdad es que estoy en un aprieto; en fin, se hace tarde y mañana tenemos clases. ¡Signore!, ¿Cuánto debemos?-sentencié.
Dejamos a Hugo  en el Hotel Palace ubicado en las cercanías de la piazza Garibaldi  y,  ya anocheciendo,  fuimos a tomar el metro en la estación central hacia Agnano. En el andén los dos fuimos rodeados por unos chicos que nos preguntaban:

 –¿Di dove sei? Y cuando les dijimos que éramos peruanos, dieron loas a Patrulla Barbadillo,  un conocido jugador peruano de fútbol que jugaba en el Napoli y que se ganó a la juventud local con su particular peinando áfrica look y su juego fino.  Ingresamos al vagón y la cabeza me empezó a dar vueltas:
“Los frescos de Pompei tomaban vida fastuosa sensual los oscos sunmitas etruscos y griegos que escogieron el golfo de napoli para gozar  tenían hermosas pozas con aguas termales frescos en las paredes que artistas con sus patios y fuentes enmarcados por columnas dóricas divinamente diseñadas que colores y diseños flora  fauna  faunos y flores pájaros  sensualidad luego vino el Vesubio tufos priroclásticos  segundos en los que se esparcieron los gases la lava sorprendiendo a todos hombres y animales durmiendo haciendo el amor perros gatos niños todos los seres imaginables no se salvó nadie de la hecatombe el fuomo viajó a la velocidad del sonido hacia el mar  Herculano también sucumbió sepultando avenidas calles empedradas casas segando vidas con la guadaña de la muerte saliendo del cono de la tierra boca del averno  no hubo tiempo de escapar explosiones empezaron a caer las cenizas las piedras cada vez más grandes los gases sulfurosos envenenaron a todos imposible respirar las toses ronquidos se hicieron más quedos hasta quedar solo el silencio el chisporroteo y luego la oscuridad el humo por días semanas  meses años tuvieron que pasar diez y siete siglos para que nos encontraran”
Anna, estaba harta del miedo que trataban de infundir a su familia.  Amaba a su padre y no consideraba justo que trataran de esquilmarles las ganancias que les daba el pequeño establecimiento donde vendían delicatesen típicas de Nápoles para clientes y turistas.

“Ir a un país lejano, comenzar nuevamente, puedo hacerlo. ¿Por qué no?  Pero,  ¿Que sería de mi padre? Ya es mayor y necesita quien lo vea. Mi madre murió hace años y mis hermanos no son tan dedicados. Ahora que discutía con mi papá traté de hacerle ver que hay que denunciar a los chantajistas. Pero es imposible, es tan difícil cambiar la mentalidad de la gente y hacerle comprender que hay que luchar por la libertad.”

Sus lazos filiales la ataban fuertemente a Caserta y a Nápoles. Nunca los rompería. Después de la discusión, sonó el teléfono. Anna no contestó. Necesitaba pensar.

Esa noche estaba contenta,  “He tomado una decisión.  He convencido a mis hermanos para que se encarguen de mi padre y del negocio familiar. Ahora debo conversar con mi padre. ¿Qué es ese ruido, parece una vespa que se acerca……”

Hacia las once de la noche del mes de marzo, cuando el clima estaba más loco que nunca (marzo, mese 4/  pazzo 5/) Anna se encontraba delante de la tienda de su padre. De pronto todo fue confusión, se escuchó el motor de una vespa acercarse raudamente por las calles empedradas de Caserta.  Salvatore se dio cuenta que el copiloto de la vespa le apuntaba con una pistola y empezaba a disparar, sin pensarlo tomó a la chica que tenía cerca de los cabellos y la usó como escudo humano. Anna trató de zafarse pero el joven, que acababa de salir de la cárcel por traficar con drogas,  la tenía fuertemente sujeta con una mano y con la otra empuñó su propia arma que dirigió a la vespa,  cuyos conductores, al verse repelidos huyeron no sin antes vaciar toda la cacerina.  Anna fue impactada en la nuca en medio del tiroteo mientras Salvatore huía ileso. Todas las mañanas, Giovanni, el padre de Anna, le lleva el desayuno al pie de su tumba.


Notas:
1/ Tributo, contribución
2/Capo, jefe
3/ Muchacha
4/ Mes
5/ Loco 

jueves, 14 de marzo de 2013

Paso nivel


Violeta Paputsakis


-¿Una entrada a otra dimensión?, me parece que últimamente estás exagerando con el alcohol Manuel -dice Javier entre risas-, es verdad que cuando nos juntamos hablamos cosas locas pero sabemos que son eso, pura charla y nada más. Manuel se encoge de hombros avergonzado, agacha la cabeza y cambia de tema.

-¿Querrán los chicos jugar un partidito ahora?, vamos a casa de Mario y vemos de organizar algo ¿te parece?

–Dale vamos, -contesta su amigo. Ambos se levantan del pasto y atraviesan la cancha de futbol del barrio, camino a uno de los edificios que rodean el lugar, Manuel avanza silencioso e inmerso en sus pensamientos.

El joven viste unos jeans gastados, una remera de Los Piojos y unas zapatillas de lona rojas, lleva el pelo corto y se diferencia de sus amigos porque le gustan los anillos y los collares, siempre de un estilo rústico. Desde chico fue soñador y parecía vivir en su propio mundo, añoraba una sociedad diferente, regido por otras reglas, donde los sentimientos fueran más importantes que el dinero y los logros económicos.

Luego de terminar la secundaria y signado por la aspiración familiar ingresó a diversas carreras universitarias, en cada una puso todo su empeño y entusiasmo, sin embargo al tiempo de cursarlas descubría que ése no era el lugar para él. Sabía que debía continuar sus estudios pero no quería entregarse a un destino por obligación, sin sentir que era lo que quería hacer de su vida. La tensión y el estrés de tres años de elecciones erróneas le despertaron angustia, nervios y melancolía, con ellos llegaron también percepciones más vívidas y profundas de su entorno. Podía, por ejemplo, sentir la tensión o el sosiego que anunciaban la llegada de una persona invadida de esas emociones, apreciar el olor de las flores con una acabada nitidez o experimentar la bondad y la maldad de quienes lo rodeaban. Todas estas nuevas sensaciones lo sorprendían pero por sobre todo lo asustaban, no se sentía preparado para vivirlas y trataba de bloquearlas una y otra vez. A lo largo de tres años había ido descubriendo que el mundo era algo diferente a lo que la mayoría podía intuir, que las cosas de la vida tenían otras explicaciones más allá de las racionalmente aceptadas, la lucha entre la razón y la percepción encontraron el sitio perfecto en su interior. A momentos parecía encontrarse mirando alrededor como cualquier otra persona, pero lo que en realidad hacía era ir descubriendo ese otro mundo que le hablaba de energías, sentimientos y fuerzas que no conocía. En esta batalla estaba cuando comenzaron esos extraños sucesos que sin saber cómo definir y buscando el apoyo de alguien nombró como portal.

–Qué tonto fui –pensaba mientras caminaba- cómo pude pensar que Javier iba a entender lo que estoy viviendo si ni yo puedo creerlo. Me estoy volviendo loco, tengo que olvidarme de todo eso. Esta última frase se repetía una y otra vez en su cabeza cuando le llegó una sensación de paz que lo inundó, buscó el origen de las emociones y vio, a unos metros de él, una adolescente sentada en uno de los bancos que rodeaban los edificios, la joven estaba inmersa en un libro de tapa roja con inscripciones doradas. Levantó la vista y fijó su mirada en él.

–¡Eh! Manuel, ¿dónde estás? Las palabras lo hicieron regresar de un lugar lejano y encontrarse caminando junto a su amigo. Sintió su pie derecho mojado y se dio cuenta que había pisado un enorme charco. –Te dije cuidado y no me escuchaste, ¿en dónde andas?, estás muy raro vos. Manuel se encogió de hombros, siguió caminando y repitió para sí, estoy muy raro últimamente, es verdad.

Una vez más se perdió en sus reflexiones tratando de descubrir cuándo había comenzado todo esto. Recordó una tarde de domingo en la feria, ésa había sido la primera vez que algo que sucedió cerca de las vías del tren le llamó la atención. Vio una anciana y un joven caminar hacia el puesto de artesanías que tenía montado junto a tantos otros en la denominada “Feria de la Balcarce”, un espacio al aire libre donde se vendían todo tipo de elementos hechos en forma manual. Los vio alejarse dejando atrás los locales, el de Manuel estaba ubicado en la esquina y era el último antes de cruzar la calle y encontrarse con los rieles de la estación fuera de uso desde décadas atrás. Recordó que al volver la vista esperando encontrarlos recorriendo los andenes descubrió que simplemente habían desaparecido, observó en ambas direcciones, creyendo que quizás, en un descuido, habían doblado, pero no había ni rastros de ellos. Más curioso que extrañado preguntó por la pareja a los puestos vecinos y sólo recibió negativas, miradas confusas y certezas de no haber visto a nadie con esas características.

Subiendo las últimas escaleras para llegar al departamento de Mario recordó a las jóvenes que creyó ver desvanecerse mientras caminaban en cercanía de las vías. En esa oportunidad había ido a investigar por el lugar, caminó por los rieles y el andén pero no las encontró, le pareció extraño porque por las características del sitio, era difícil que pudieran haber desaparecido en tan poco tiempo sin ser vistas. Esto último había sucedido el fin de semana anterior y como en la otra ocasión sólo él había visto a las mujeres, comenzó a buscar otras explicaciones a los sucesos y no pudo evitar relacionarlos con sus vivencias de los últimos tiempos.

Qué tonto fui, debí darme cuenta que Javier me creería loco ¿y si en verdad lo estoy? Estaba a dos días del fin de semana y de volver a su puesto en la feria, en ese momento decidió que cerraría esa delirante historia y que pediría que lo cambiaran de sitio para estar lejos de las vías y de ese tormento. Una vida normal, disfrutar y charlar con sus amigos, encontrar su carrera y su camino y sobre todo sentirse tranquilo, era lo único que necesitaba.

Llegó el sábado y se encontró en su puesto intentando no mirar a unas vías que parecían llamarlo. En eso estaba cuando sintió una sensación de paz interior, de tranquilidad, que calmó la ansiedad de los últimos días, miró a su alrededor y se encontró nuevamente con la joven de su barrio. Observaba unas pulseras en el puesto vecino, estaba vestida con una musculosa blanca, un pantalón babucha muy colorido y una yisca de la que sobresalía el libro que la había visto leer unos días atrás. Ella caminó hacia al puesto de Manuel y la sensación que él sentía se hizo más fuerte aún, quería hablarle, decírselo y preguntarle la razón, pero no se animaba a nada más que a mirarla. Luego la vio alejarse al local de enfrente, recorrer unos cuantos más y caminar dubitativa nuevamente hacia adelante.

Aunque algo dentro suyo le decía que no la mirase algo más fuerte hacía que lo hiciera. No puede ser uno de los viajantes -pensó Manuel- todo el mundo la ve, incluso le ofrecieron probarse una pulsera aquí al lado, seguro va a mirar la vieja estación. La joven se mostraba nerviosa y caminaba cuidadosamente, la vio acercarse a las vías, pararse y mirar a su alrededor, estirar los brazos y tocar el aire una y otra vez. De repente, cuando caminaba entre las vías y el andén, vio intermitencias de otra ciudad que no tenía nada que ver con el lugar alrededor, con la estación de ferrocarril y la tranquilidad allí reinante, la joven se asustó y dio unos pasos atrás al tiempo que las imágenes desaparecían. Manuel se paralizó pero al momento reaccionó y salió corriendo y gritando hacia el lugar.

–¡Eh!, ¡eh!, ¿qué hacés ahí?, ¿quién sos?

La joven se dio vuelta al escucharlo y le dijo –¡Uuuuu hasta que te decidiste a venir, ya me estaba yendo sin vos, me parece que sos un poco miedoso eh!

Manuel no entendía nada, desconcertado y mientras luchaba con las sensaciones que la joven le despertaba continuó –¿De qué hablas?, ¿estás loca o algo así?

–Parece que sos nuevo en esto. Mirá te lo explico rápido así me acompañas al otro lado. Existen personas en el mundo como vos y yo que tienen una percepción extrasensorial y pueden ver, oír y sentir cosas que la mayoría no, ¿te pasa algo así? Manuel no podía creer lo que estaba escuchando, asintió silencioso y ella continuó. –Bueno, es por eso, sentimos también la presencia de otros como nosotros, por eso te despierto esas sensaciones inexplicables, a mí también me pasa. Estas personas, tienen la posibilidad además de viajar a tiempos y espacios diferentes a los que viven, contactarse con las personas de esos lugares, encontrarse allí con otros como ellos e intercambiar experiencias para evolucionar y ayudar a las personas a su alrededor. En estas vías hay una de esas entradas, portales o como quieras llamarlo, yo lo vengo buscando desde hace meses y al fin logré encontrarlo.

–¿Y cómo sabés todo eso? –balbuceó perplejo Manuel.

–Mi papá también era como nosotros, él viajo mucho y me enseñó bastantes cosas, yo nunca viajé, era chica para hacerlo, hace tiempo él falleció y tuve que comenzar a investigar sola. Me dejó también este libro –dijo señalando el ejemplar rojo que sobresalía de su yisca- que tiene mucha información sobre lo que somos y las dimensiones que él había recorrido a lo largo de su vida.

– Demasiada información junta, ¿o sea que esto en serio es un portal a otra dimensión?, mientras la joven asentía Manuel continuaba preguntando con mirada inquisitiva, ¿y cómo es esto?, ¿es peligroso?

– Vení, poné el pie ahí, donde está esa piedra y vas a ver –le decía la joven mientras lo empujaba ansiosa. Manuel hizo lo que le pedía y vio intermitencias de una ciudad nueva y totalmente diferente, repleta de gente por todos lados, como si se tratase de un mercado o una zona comercial gigante. Asustado retrocedió.

–Es increíble –continuó la joven- a mí me pasó lo mismo, ¡ah! me olvidaba, soy Lulina, es un nombre wichi, si vamos a hacer esto juntos al menos tenemos que saber nuestros nombres ¿no?

–Soy Manuel y sí, es increíble. ¿Qué querés decir con hacer esto juntos?

La joven continuó sin escucharlo, -Sólo nosotros podemos ver la abertura, pero debemos hallar el sitio exacto para que la entrada se nos aparezca. Hace tiempo que sueño con esto, vení, vamos.

-No, no, no, yo no te dije en ningún momento que iba a ir, es una locura, no sabemos qué hay del otro lado y no quiero saberlo. Más bien preferiría que te olvidés de mí y no me sigas martirizando con tus historias.

-Pero Manuel, cómo no vas a querer conocer lo que hay del otro lado, te aseguro que no hay ningún peligro.

- Lulina no me vas a convencer, lo que yo quiero es dejar de sentir todas estas cosas y volver a mi vida normal, no hay nada que me interese ahí y estoy perdiendo a la gente que quiero con todas estas locuras. Mientras terminaba de decir esto Manuel se despedía de la joven y volvía a su puesto de artesanías. Ella cruzó la calle, se acercó a él y con tono angustiado le dijo –Te mentí Manuel, en realidad no puedo ir sola, puedo abrir el portar pero los viajes sólo pueden hacerse de a dos, cuando te encontré esa tarde en el barrio supe que al fin podría hacer lo que sueño hace tantos años, desde que mi papá se fue, por favor acompañame. Si querés te muestro su libro, lo tengo aquí, vas a ver que no hay ningún peligro, somos parte de algo que puede servirnos para ayudar a la gente a nuestro alrededor Manuel, no todos tienen esa posibilidad.

La batalla interna de las últimas semanas se hacía sentir en Manuel, advirtió el cansancio y el dolor en su cuerpo. El rostro de desconsuelo de Lulina lo hacía sentir culpable, al mismo tiempo quería dejar de lado todas esas vivencias y sabía que cruzar el portal no era la forma de hacerlo. Finalmente se decidió y sin encontrar otra salida pactó –Sólo te acompaño si me prometés que después de esta vez te vas a olvidar totalmente de mí y de que soy una de esas personas que decís.

-Absolutamente prometido, -soltó recuperando los ánimos la joven.

Llegaron de nuevo al lugar donde estaba la entrada que se abría ante ellos y cruzaron juntos, aunque Manuel continuaba dudoso. El nuevo mundo se presentó deslumbrante ante sus ojos, al estar del otro lado Lulina miró cuidadosamente alrededor y explicó a Manuel que debían recordar el lugar para encontrar el camino de regreso. Extasiados miraban un lugar totalmente diferente a lo que conocían. Las personas estaban vestidas de forma antigua, las mujeres llevaban mayormente camisas con volados y encajes y amplias faldas, los hombres usaban pantalones y chaquetas de colores oscuros. Sin embargo estaban bajo una construcción bastante moderna, una especie de bóveda gigante que parecía contener una ciudad entera. Se veían gajos de cristal esmerilado que partían de un centro lejano al lugar en el que se encontraban y que formaban ondas que subían y bajaban en torno al centro, formando un espacio similar al de una flor de loto apoyada con suavidad sobre el terreno. Las luces que llegaban del exterior se sumaban a pequeños paneles horizontales de luz blanca distribuidos por doquier. También se veían sectores a lo lejos en donde había fuentes de agua y grandes jardines, otros donde aparecían montes de arena y hasta una quebrada, más lejos aún se veían barrios que se encaramaban en los cerros.

Caminaban lentamente, observando todo a su alrededor, parecían encontrarse en un sector de comercios, se levantaban por todos lados pequeños espacios divididos apenas con unas placas de madera, en los que la gente tenía sus productos sobre mesas y los ofrecía a viva voz, los sorprendió escuchar su propia lengua. Al avanzar por los pasillos, siempre juntos, llamó su atención un vendedor de cuadros, eran maravillosos y finamente enmarcados, los tenía apilados por todo su estrecho local. De acuerdo al cliente, ofrecía algunos y se negaba a vender otros. Lulina y Manuel miraban las transacciones extrañados, sin animarse a hablar. En un momento que se quedó sin clientes, el vendedor los miró y los invitó a acercarse. Manuel caminó hasta él dubitativo, al mirarlo el hombre dijo:

-Tengo el cuadro perfecto para vos. Sacó de una de sus grandes pilas una pintura que mostraba un hombre soplando un mundo apoyado sobre la palma de su mano.

Al verlo el joven no pudo evitar decir:

– Ésta imagen me parece conocida.

–Claro que sí –le respondió él- la soñaste la semana pasada.

Manuel lo miró pasmado, recordando al instante su sueño. En ese momento llegaron nuevos clientes y los chicos continuaron su camino desconcertados. Escuchaban conversaciones en las que se hablaba de forma continua y totalmente habitual con términos como planos paralelos, vidas pasadas, premoniciones, vibración espiritual, energía y tantas más. Sin duda era una ciudad y quizás una dimensión donde se vivía la espiritualidad de forma totalmente diferente a la que ellos estaban acostumbrados. Luego de escuchar otras tantas conversaciones y observar las compras y ventas de los productos que se ofrecían llegaron a la conclusión que la moneda de cambio que utilizaban en ese lugar no era el papel moneda, el oro, la plata o las piedras preciosas, como ellos estaban acostumbrados, sino más bien el tiempo, hablaban y negociaban en horas minutos y segundos. Parecía tratarse de una especie de trueque en el que las personas intercambiaban sus productos por el tiempo que los otros podían ofrecerles, tanto para la confección de otros productos, arreglos en el hogar e incluso la enseñanza y la lectura. Para Manuel éste mundo se asemejaba mucho más a lo que siempre había imaginado como ideal, se sentía a gusto en un lugar extraño, esto le agradaba y le asustaba al mismo tiempo.

Lulina se veía inquieta, como buscando algo, constantemente analizaba los rostros que se cruzaban ante ellos y respondía a las consultas de Manuel con evasivas, suponiendo que se trataba del asombro y temor por todo lo que estaban viviendo, el joven intentaba tranquilizarla. Al dar la vuelta en uno de los corredores Manuel se quedó petrificado, permaneció parado en medio del corredor con la mirada fija en un anciano que estaba sentado tranquilamente en uno de los pequeños locales, tallaba muñecos de madera con una navaja y tenía distribuidos en la mesa frente a él los más variados modelos. Las lagrimas comenzaron a recorrer sus mejillas mientras Lulina miraba intermitentemente los rostros que se comenzaron a mirar como hablándose. Luego de unos segundos que parecieron eternos, Manuel pronunció ahogadamente las palabras: abuelo, se acercó tambaleante al lugar y se abrazaron con la intensidad de una larga ausencia.

-Cómo es posible esto abuelo –susurró el chico.

-Eso me preguntó yo, aunque siempre supe que en algún momento aparecerías Manuel. Esto es posible porque yo pertenezco a este lugar, mi cuerpo físico desapareció allá pero vino a continuar viviendo aquí. Hace mucho tiempo, algunos de nuestros antepasados viajaron a la dimensión impasible, como la llamamos aquí, las cosas estaban muy mal por allá y el objetivo era volver a sembrar la espiritualidad y el amor que se aleja de lo material, se logró un gran cambio pero queda mucho por hacer, por eso cada descendencia de esos primeros viajantes sigue cumpliendo la misión, vos sos uno de ellos. A eso se debe tu eterna búsqueda pequeño, algo dentro tuyo sabe que hay cosas que están más allá de tu vida diaria, sé que estuviste dudando, ya no hay razones para hacerlo, eso de lo que te escapas es lo que realmente sos y cuando lo aceptés serás capaz de cosas maravillosas.

Manuel escuchaba a su abuelo entre sollozos, no podía creer estar otra vez tocándolo, abrazándolo, había sufrido tanto con su ausencia. Sus palabras aclaraban las dudas, temores y angustias que lo acompañaban desde hace años, él era parte de esta dimensión en la que se sentía tan cómodo y tranquilo. En ese momento supo, que ese viaje era el comienzo de una nueva vida, un nuevo camino por recorrer, una travesía que ahora se presentaba claramente ante sus ojos.

Se quedó charlando con su abuelo largo tiempo mientras Lulina iba y venía recorriendo el lugar, luego de lo que parecieron muchas horas su abuelo les advirtió que ya era hora de volver, la gente comenzaba a retirarse de los puestos. En ese momento la joven le consultó por un hombre, Manuel advirtió que la joven buscaba a su padre, pero al parecer no pertenecía a esa dimensión, Lulina se entristeció por la respuesta e insistió en emprender el camino de regreso.

Sabían sin conversarlo que éste era sólo el inicio de un largo recorrido juntos, conociendo nuevos espacios paralelos y tratando de encontrar respuesta a preguntas de su mundo. Comenzaron entonces a buscar el camino de vuelta, iban y venían por pasillos que parecían sucederse una y otra vez. Finalmente al dar vuelta por una esquina que creían haber cruzado varias veces, encontraron el sitio exacto. Se tomaron de las manos y dieron el paso de vuelta a la dimensión impasible.

Era ya de madrugada, el lugar estaba completamente vacío, las luces de un auto que pasaba los encandiló e hizo retroceder. En medio de la noche, en la esquina frente a ellos, sólo podía verse un puesto de artesanías abandonado en medio de la calle, ante tanta desolación lo sintieron como el saludo de bienvenida a este mundo. Mientras tanto, en el interior de Manuel, las nuevas percepciones y sentimientos de los que tanto había querido huir comenzaban a crecer a pasos agigantados.