jueves, 23 de enero de 2025

Marina

Luis Orellana Díaz


Hoy ha vuelto a llover a cántaros como aquella tarde del entierro. No es abril ni mayo, es un martes cualquiera de febrero, por estos días hace un año que Pedro nos dejó. No soy de los que recuerdan fechas o conmemoran efemérides, pero Marina ha colmado de flores los jarrones y ha encendido velas en su cuarto. La casa está inmensamente hueca, y según parece, poblada de fantasmas que se agitan por aquí y por allá. Que suben las escaleras a pasitos sigilosos o se ocultan tras los setos del jardín jugando escondidillas. A veces tengo la impresión de escuchar risitas o llantos apagados de niños cruzando el callejón de los geranios. Marina vive con ellos a diario; no sé si se los imagina, pero yo he terminado por creer que son reales.     

Por estos días hace un año que dejó de hablarme, justo después del sepelio de nuestro hijo. Marina tiene el sueño liviano y padece de insomnio. Cuando despierto en la madrugada la escucho vagar por la casa hablando con las fotografías, desempolvando muebles o puliendo los ventanales hasta que llega el alba. Por las tardes, cuando regreso del despacho, veo con envidia los hogares iluminados con bombillas. Marina está convencida que esto de la electricidad es cosa del demonio y mantiene la casa bajo el mortecino régimen de los fanales. Sé que no deja de pensar ni un instante en él, pues cuando amanece siempre hay una pequeña flor frente a su fotografía.

Los primeros días después de la partida de mi hijo intenté dialogar con ella, contarle que también para mí fue terrible aquella pérdida, pero su dolor no aceptaba parangones y sus pupilas, siempre esquivas, no volvieron a encontrarse con las mías. Me he quedado prisionero en un silencio tan grande como la casa. Sé que para ella existo de alguna manera y siempre tengo ropa limpia y comida caliente, pero nuestro diálogo ha ido menguando de pequeñas frases a simples monosílabos. A veces, cuando coincidimos en algún lugar de la casa —aunque últimamente evito encontrarme con ella—, baja la vista y pasa de largo, yo me quedo angustiado con una procesión inveterada de palabras atascadas en la garganta.

Entre los dos ya no existe el tiempo, solo una línea inconexa de sucesos que se entrecruzan en un presente cada vez más irreal. Las tardes son una monotonía en gris perpetuo. Tengo la impresión de que ha paramado todo el año. Nos cobija una llovizna persistente que llena de musgos y puebla de ranas las paredes. No he dejado de soñar con peces y caracoles desde la muerte de mi hijo.

Ahora es cuando más extraño los días soleados en el huerto de los capulíes. Los niños trepados en las ramas y el sol brillando sobre sus cabecitas doradas. ¡Dios mío, no sé en qué momento les crecieron alas! Primero partió Victoria a continuar sus estudios en Barcelona. La última vez que la vi decía adiós en la estación del tren con su mano enguantada en piel de ante y luego… solo sus cartas, su alma desparramada en la blancura del papel añorando la escritura inconfundible de la madre o del hermano.

Nunca imaginé lo que vendría después. Esperamos lo mejor del porvenir sin sospechar que el destino tiene sus propios planes y los ejecuta inexorablemente. Mi padre solía decir: «¿Quieres ver a Dios sonreír? Cuéntale tus proyectos.»  Marina ha perdido esa alegría de vivir y me arrastra con ella hacia un desierto en el que solo resuenan los ecos del pasado. El recuerdo de nuestro hijo lo tiñe todo; a veces descubro sus manos nevadas arrastrándose sobre el vetusto teclado del piano o sus ojos vacíos contemplándome detrás de los cristales.

Lo más inaudito es que aún guardo la noticia de su muerte como incubando un puñal para herir a la buena de mi hija que aún lo ignora todo. Cuando pregunta por la madre no tengo otra invención que la de sus ojos enfermos: «Mamá se está poniendo ciega». Y si pregunta por Pedro le digo que está bien: «Ya sabes cómo es él de descuidado. Un día de estos terminará por escribirte. Te manda abrazos».

Marina ha renunciado al mundo, hace meses que no abandona la casa, soy su único contacto con el exterior. Al mediodía después del trabajo acudo a la farmacia o a la tintorería. Cuando no voy al telégrafo paso por el correo a recoger las cartas que llegan de todos lados. Ella se ha olvidado que tiene madre, que tiene hermanos y hasta una hija… se marchitó del todo en un solo día. Los domingos en la misa del alba rezo por mis hijos, pero, sobre todo, lo hago por ella. La gente que la conoce y la quiere me pregunta por Marina. Mi respuesta es siempre la misma: «Está reconvaleciendo, pronto la verán por aquí. Ojalá y eso fuera cierto».

Una tarde, de esas diluviales, regresé a casa temprano a causa de un resfrío que me indispuso en la oficina, accedí por la puerta de servicio que se encontraba abierta. Colgué el abrigo y el sombrero mojado en el perchero y me deslicé sigilosamente hacia mi cuarto; al cruzar al lado de la ventana que da al patio interno, la vi hablando con las plantas, el ruido de la lluvia en la cubierta y el estruendo de los truenos que acompañaban esa batalla interminable de luz y sombra, me mantuvieron en secreto.

La contemplé largamente. Su rostro cobrizo y su cuello delgado estaban marchitos por la lluvia inclemente del reloj; pero su cuerpo lucía perfecto, inmarcesible bajo el camisón mojado que delineaba sus formas voluptuosas aún. Marina, de pronto, con los pies descalzos y llenos de barro, se puso a danzar al rítmico compás de las gotas de lluvia, abandonada en un ritual sonámbulo.  Se veía libre y feliz como yo quizá nunca volvería a serlo. Desde entonces dejé de compadecerla y empecé a soñarla junto con los peces y los caracoles.

Esta mañana ha llegado una carta de Cataluña, la dejaron en el buzón. En el sobre estaba escrito mi nombre con una caligrafía impecable, al reverso decía: «Remite: Victoria Saavedra». Hace tiempo que no tenía noticias de Victoria ni de su esposo. Antes de la muerte de Pedro sus misivas llegaban mensualmente, pero iban dirigidas a Marina. «Asuntos de mujeres»; me decía Marina sonriente y me iba comentando las nuevas de forma puntual: «Victoria aprobó las materias sociales, Victoria comenzó su doctorado, Victoria en Paris, Victoria en Venecia…» Siempre tuvo una conexión profunda con sus hijos, a veces me anticipaba las nuevas antes de que le dijesen las cartas.

—He soñado —me decía— que Victoria ha conocido al chico de su vida.

En otra ocasión me dijo que nuestra hija estaba muy enferma.

—¿Y tú cómo lo sabes?  —le pregunté.

—Porque lo siento como una punzada aquí en el vientre —me contestó tocándose la parte baja del abdomen.

Recuerdo una tarde de sábado que guisaba pavo para una cena con amigos, los niños jugaban en el huerto de los capulíes; Marina salió disparada de la cocina —atravesando la sala donde los amigos tertuliaban— con las manos untadas en aliños. Iba gritando: ¡Pedrito, cuidado, cuidado! Llegó a tiempo al patio trasero para atrapar a su hijo que se caía de una rama. Cuando le preguntamos cómo lo supo, nos respondió tirante por el susto: «Cosas de mujeres».  Me comentó después, cuando quedamos a solas, que el pavo que yacía con el cuello tronchado había abierto los ojos y en la impresión que le causó vio a Pedro cayéndose de la rama.

Abro la carta que tengo entre mis manos como una nave, como una carabela que ha cruzado el atlántico, tiene un aroma a sal y a recuerdos.  Hay cosas tan mías dentro de esta carta y tanta soledad en mí que quisiera habitarla hasta las últimas líneas. Me quedo en ella sin prisas. Victoria me transporta sobre el rumor de las palabras. Por primera vez en tantos meses un rayo de luz atraviesa la ventana y veo florecer los azahares en el naranjo del patio. «Vas a ser abuelo, dile a mamá que me escriba, que conteste mis cartas, ahora la necesito más que nunca».

Sostengo entre mis manos esta carta poblada de mayúsculas preciosas y pienso en ella como un pasaporte capaz de franquear el silencio de Marina. Respiro hondo, me lleno de esperanza. Cruzando el pasillo, a seis escalones está su cuarto, tal gravedad se apodera de mi cuerpo que me parece una distancia insalvable. Con mucho sigilo llego a la puerta de su alcoba, oigo un ruido de voces, como si ella dialogara con alguien, luego risas y palabras vagas. Con dos golpes anuncio mi presencia:

—¡Marina, Marina!…

Un largo silencio se hace en la alcoba.

—¡Marina, es carta de Victoria, son buenas noticias! 

Espero un tiempo prudente como para que ella meditara su decisión. Todo es silencio, deslizo entonces la carta abierta por el umbral de su puerta.

La luz a través de la ventana duró muy poco, esa misma tarde volvieron las lluvias y las tierras anegadas se desbordaron otra vez sobre los caminos; desde su quicio, contemplo el campo allende de las tapias. En las propiedades de enfrente, las vicuñas resignadas bajo sus abrigos empapados parecían efigies talladas en la brumosa melancolía del tiempo. Los días seguían cayendo con inclemencia, las ranas poblando los rincones, y yo soñando con peces y caracoles.

Marina se volvió aún más hermética, en la casa se escuchaban solo los ecos de mis pasos, parecía que incluso los fantasmas se habían esfumado. Comencé a preparar los alimentos y a cuidar de mis asuntos personales, antes de salir a la oficina le dejaba una bandeja con el desayuno en la puerta de su alcoba que se mantenía siempre cerrada. En la tarde cuando regresaba la bandeja me esperaba en el mismo lugar, consumida a veces, a veces a medias. Respondí la carta de Victoria, le conté —a modo de escusa—: Que la visión de mamá estaba empeorando, ya no lee ni escribe mucho, pero está contenta con la noticia y le envía sus bendiciones. «¡Qué más daba si después de una mentira seguía una procesión de buenas intenciones!».

Nuevas cartas continuaban llegando. Victoria me contaba los pormenores de su embarazo: el parto se esperaba para mediados de mayo. Empecé a redactar las cartas como si fuesen dictadas por Marina llenándolas de consejos que solo una madre podría decir a su hija —conocía de hace mucho las opiniones de Marina al respecto de los niños—. Victoria se mostraba optimista, su caligrafía se volvía cada vez más preciosa y se iba poblando de pájaros y de flores: «Si nace niña se llamará como la abuela y si es varón lo llamaremos Pedro».

Mientras su felicidad se desbordaba por la blancura del papel, mi soledad, disfrazada de alegría, se iba expandiendo; atravesando los caminos desde las alturas de los Andes, a lo largo de mares inmensos, sobre las crestas espumosas de las olas hasta llegar a manos de mi hija con la apariencia de albricias.

Mayo estaba por terminarse y las noticias no llegaban, el temporal hacía intransitable los caminos, los carteros perdidos bajo sus ponchos de hule emergían de la niebla de cuando en cuando, pero ninguna carta de Victoria. Una mañana temprano, encontré a Marina armada con hoz y con tijeras limpiando los yerbajos que habían invadido el huerto, buscaba algo entre el follaje abigarrado, la maleza lo había poblado todo, desde hace mucho que no se diferenciaban los senderos que recorrían hasta la bodega donde se guardan las herramientas, ya ni siquiera recuerdo cómo eran los bancos del jardín, sólo sé que eran de piedra. Viéndola así, distraída, subí despacio con la esperanza de sorprender la intimidad de su cuarto y satisfacer esa curiosidad que me apresaba.

Como lo esperaba, lo encontré cerrado. Forcé el seguro con un cuchillo de mesa y entré. En medio de una penumbra sostenida por un tenue quinqué, apenas podía distinguir los contornos de los objetos que allí habitaban. Un olor a incienso se esparcía en el ambiente y un ruido como el crujir de un gozne oxidado le imprimía a la escena una dimensión extraña. Unos segundos después que mis pupilas se acomodaran logré distinguir sobre su cama una figura humana. Se me cortó la respiración y tuve que forzar a mi pecho a henchirse varias veces hasta recuperar la calma.

Miré estupefacto cada detalle de la habitación. Era un collage impresionante que desnudaba ante mis ojos la mente torturada de mi esposa. Sobre la antigua cama matrimonial, simulando un cuerpo extendido con un brazo sobre el pecho, yacía el traje de graduación de Pedro impecablemente planchado. A través de la abertura de la chaqueta fulguraba su camisa blanca con el cuello rematado por una corbata de pajarita. De entre las mangas de la chaqueta sobresalían unos guantes blancos y de las bastas de sus pantalones azules, las medias celestes de colegial se prolongaban hasta dentro de sus zapatos de charol que se mantenían inexplicablemente verticales. Como si alguien realmente descansara sobre ese lecho. 

Me invadió una mezcla de terror y de ternura. Me acerqué a la figura con la intención de abrazarla, de levantarla y esperar a que camine… Por suerte, mi cordura se mantuvo unánime. Con la visión turbada por las lágrimas, contemplé el rostro de mi hijo que sonreía desde una fotografía enmarcada en un óvalo de cedro. En la cabecera de la cama, entre los restos de cera derretida, el remanente de una vela todavía flameaba imprimiéndole a su rostro la sensación de movimiento.

Los veladores se habían transformado en altares de dioses de todas las religiones. Todos los animales divinos estaban allí. Todas las efigies dignas de adoración y; sobre las paredes, trazadas en rasgos fugaces, las primeras formas de la geometría sagrada. Una colcha cubría la ventana a manera de cortina, cegando casi por completo, la poca claridad que procedía del huerto.

En el suelo, a un lado de la cama, sobre una estera de esparto, dos viejas mantas dobladas formaban un lecho rígido que, flanqueado por pilas de libros, le daban el aspecto de un sórdido nido en el que Marina se sumergía cada noche y del que surgía cada mañana como de un huevo primordial. El ruido de una puerta que se cerraba en el patio me devolvió a la realidad. Dejé la alcoba en puntillas. No sé si huía del peligro inminente de ser descubierto o de la perturbadora visión de aquella alcoba que un día también fue mía. No sé cuánto duró la «visita», porque tuve la sensación de que el tiempo no existía en el interior de esa pieza.

Me alisté para la oficina con la mente en blanco. Coloqué el impermeable sobre mis hombros como un autómata; luego calcé unas botas y un sombrero a ese homúnculo que me representaba en el espejo del recibidor y me lancé a la calle. Caminé sin rumbo entre la niebla. El pueblo se me antojó como una extensión de ese cuarto extraño: los contornos brumosos de los árboles, las etéreas siluetas de las edificaciones, la fantasmagoría de las cúpulas de la iglesia que parecían flotar libres hacia el cielo. El tañido de las campanas me sorprendió perdido por unas callejuelas que hace mucho no las frecuentaba y recordé que salí con rumbo al trabajo.

Mi oficina está en la segunda planta del edificio de la junta parroquial, allí malvivo desde hace más de veinte años manteniendo al día los libros de contabilidad. La oficina queda a unas cuantas cuadras de la casa, siguiendo un zigzagueante sendero al margen de un río de cristal —claro, en verano— que desde hace mucho que es un monstruo de color ferroso como el barro que muerde los zapatos. Regreso sobre mis pasos, ensimismado, cavilando en las extrañas imágenes de ese cuarto: «¿¡Qué hace, qué busca, qué pretende con esa parafernalia macabra de rituales!? Es como si quisiera exorcizarlo, divinizarlo, redimirlo». Así de inextricable se me hacía la mente de mi esposa.

Al medio día regreso a casa, de camino al pueblo contemplo a los vecinos que recogen en sacos de yute los peces que la creciente de la noche anterior ha dejado atrapados, aún vivos, en los baches anegados de la vía. Todavía rumiando las sorprendentes imágenes de esta mañana, paso por las oficinas del correo. Detrás de un mostrador de madera resquebrajada, Aurelio saluda con parsimonia, mientras sus pies lo llevan a rastras desde el mostrador hasta la estantería de las entregas.

—Hace rato que llegaron las cartas, hay una para vos, te la iba a enviar a la oficina, pero el guambra de los mandados —se coloca los lentes con manos temblorosas— no ha venido hoy. Parece que todos andan de pesca.

—Así parece.

Miro la carta que Aurelio toma del perchero y la reconozco por los timbres postales.

—Es de Vicky —me dice, mientras me la entrega—. ¿Tu nieto habrá nacido ya?

—Supongo que sí. Ya te lo haré saber.

Con una palmada en la espalda me despido de mi viejo amigo. Al volver a la calle, comienza a paramar, guardo la carta sin abrir en el bolsillo del impermeable y camino de regreso a casa, abrigando la esperanza de que finalmente Marina cambiará de actitud ante un acontecimiento de tal trascendencia.

A la entrada me detengo frente al portón desvencijado, ganado por un musgo que le lame los hierros oxidados y que al abrirlo rechina anunciando la llegada de propios o extraños; lo cruzo y sigo de largo hasta la casa. A punto de llegar veo a Marina plantada en el umbral de la puerta principal. Estoy pasmado ante semejante visión espectral y no atino a decir nada más que: ¡Marina!

—No quiero que traigan más desastres a esta casa —me dice en tono airado. Inconscientemente me llevo la mano al pecho donde guardo la carta de Victoria.

—¡Marina! ¡Querida! Se avecinan buenos tiempos, nuestra vida va a cambiar. ¡Tiene que cambiar!

Me acerco despacio buscando delicadamente su complicidad. Me mira con ojos penetrantes y toda su locura que ahora me es patente se expresa en su mirada, luego mueve su cabeza en señal de desaprobación.

—¿Es que no entiendes? ¡Nunca lo vas a entender! Los buenos tiempos para nosotros ya no serán ni en los recuerdos.

Saco la carta que llevo atesorándola en mi pecho y se la extiendo.

—No tienes que dármela, no necesito leerla, sé lo que trae… Después de un invierno como este solo nos queda un siglo de otoño.

—¿Qué es?, ¿qué es lo que trae?

Estoy seguro que si ella me lo dice no necesito ni leerla. No me responde, solamente se da vuelta, cruza el callejón de los geranios con dirección al cuarto de Pedro sin volver la vista atrás, segura de que sigo sus pasos; me dice mientras asciende las escaleras:

—Tú no estuviste la mañana en que descubrí el cuerpo inerte de tu hijo en su cuarto colgando de una viga. Tú no viste su bello cuello de bronce estrangulado por el cáñamo ni te asomaste al infierno de sus ojos dilatados. Yo, yo sola tuve que bajarlo, usando una fuerza que de seguro me la brindó el demonio, porque Dios… no sé dónde estaba Dios la noche en que Pedro se quitó la vida. —Su voz se cargó de ira—. No has vuelto a su cuarto, ¿verdad? —Y abrió la puerta—. ¡Ven! —me dijo, volviendo su rostro y tocando mi mano después de siglos de ausencia.

No pude hacerlo, no pude entrar en ese espacio que para mí quedó vedado desde aquel suceso. Mucho menos ahora después de la insólita experiencia en el cuarto de Marina.

—Acá vengo cada noche cuando sueño —me dice, y un escalofrío me sube por la espalda—. ¿Quieres venir conmigo? ¿Quieres hacer vela con los ausentes?, porque tu nieto también está aquí desde hace algunos días. ¡Los Pedros están malditos!

Marina estaba delirando, yo no podía más con estas escenas de locura. Dejé la casa y corrí hacia la calle, llegué hasta la oficina, a puerta cerrada leí la carta. La preciosa caligrafía de Victoria se había tornado en rasgos quebradizos y vacilantes, luego de muchas lamentaciones me decía que el niño había muerto en el parto. Un caso que los médicos denominan: circular de cordón alrededor del cuello del bebé: esa fue la causa; es frecuente que se presente, pero es raro que provoque la muerte.

¿Qué más podía esperar? Me quedé pensando en Marina: sola en esa casa, en ese cuarto poblado de fantasmas. La amaba profundamente, pero no quería que ese fuese mi mundo. Así estuve largo tiempo mientras mis emociones se estancaban, solo entonces   pude contemplar hasta el fondo el espíritu de mi esposa. No era el vacío que quedó en el espacio cuando Pedrito partió, lo que la atormentaba. Era…era, sobre todo, la angustia que pesa sobre el alma de los suicidas que no pueden descansar en tierra sagrada. Marina había pasado de este Dios cristiano al que yo no puedo más que obedecer sin dilaciones. Ella pugnaba por un Dios más antiguo, primordial, un Dios cósmico al cual confiar el alma de su hijo.

La gente comenzó a llegar para el turno de la tarde.

—No para de llover —me dice Gabriela, la secretaria.

—No, no para —respondí.

Afuera las hojas de los árboles seguían balanceándose por el leve martilleo de las gotas de lluvia y el viento aullaba perdido por los callejones.

lunes, 6 de enero de 2025

Quimeras

Rosario Sánchez Infantas


Me sentí desnudo y doblemente vulnerable.

Fluían ondulantes y envolventes las notas del bolero caribeño en la fría noche andina. Sentí que su voz grave, tersa y desgarrada se dirigía a mí, a pesar de la centena de personas que ocupaba el pequeño auditorio en la ceremonia del hospital donde trabajo.

Por qué no han de saber

que te amo vida mía

Por qué no he de decirlo

Si fundes tu alma con el alma mía.

Y también estaba su gracia, que no era solo belleza. Alto, atlético y de piel canela. En su rostro armonioso destacaban unos grandes ojos negros y cabellos ligeramente ensortijados. Cualquiera que lo viera diría que era hermoso.

De seguro, muchos de los presentes, imaginaban complacidos que dedicaba la canción a su novia, sentada en primera fila. Otra criatura hermosa, esbelta y delicada, de mirada profunda, piel morena y sedosos cabellos rizados. Electricista Daniel y asistente de contabilidad Nuria, provenían ambos de la costa norte peruana. Sus características físicas llamaban la atención del personal asistencial y de los pacientes, en su mayoría de procedencia andina.

Se vive solamente una vez,
Hay que aprender a querer y a vivir
Hay que saber que la vida,
Se aleja y nos deja llorando quimeras.

El flamante hospital de la seguridad social estaba ubicado en un centro metalúrgico, en la sierra peruana, a cuatro mil metros de altura. Albergaba técnicos especializados y profesionales de diversas partes del país. Uno de ellos era yo, el doctor Vera Amorín, médico cirujano, hijo único del dueño de una hacienda en el vecino valle del Mantaro. Realicé mis estudios escolares como alumno interno en un colegio de élite en Lima, la capital peruana; lugar en el cual, posteriormente, estudié medicina. En los años cincuenta, mi piel blanca, cabello castaño, apellidos europeos y la acomodada posición económica de mi familia, ocultaban mi origen andino. Era una época en que lo nativo y del interior del país eran vistos como algo vergonzoso.

Mi piel blanca, cabellos castaños, apellidos europeos y buena posición económica encubrían mi origen andino en los años cincuenta en los cuales lo nativo y lo del interior del país eran vistos como algo vergonzoso.

Lo único que recuerdo de mi padre es su trato hosco y autoritario con mi dócil madre y conmigo. Murió al caerse del caballo cuando yo terminaba la primaria; pero ya había decidido que su hijo fuera médico. Me dejó también inseguridad, inercia y el respeto absoluto de las normas como medio de protección. Cumplí el designio paterno sin atreverme a escuchar mi propio sentir. A los treinta años, me había acostumbrado a ser un buen médico, a justificar mi escasa vida social en mis abundantes alergias, espasmos bronquiales y cefaleas. Acallé mi palabra leyendo mucho, escuchando música clásica e interpretando el violín en mi pieza del hospital.  

No quiero arrepentirme después,
De lo que pudo haber sido y no fue
Quiero gozar esta vida,
Teniéndote cerca de mí hasta que muera.

«Lo que pudo haber sido y no fue». Este verso del bolero me confronta con mi más grande y frustrado anhelo: lo que pudo ser y no fue. No habría nada más que pedirle a la vida si pudiera decir: «Quiero gozar esta vida, teniéndote cerca de mí hasta que muera».

El recuerdo de la burla paterna y de mis malos desempeños sociales arraigó profundamente en mí. Esto se entrelazó con el imperativo de ser perfecto y competente en todo lo que emprendiera para así lograr el cariño y aprobación de familiares y amigos. Al enfrentar las situaciones sociales anticipaba desempeños torpes que terminaban cumpliéndose y reforzando la pobre imagen que tenía de mí mismo. Estudiar mucho y obtener buenos calificativos me brindaba la única opinión aceptable acerca de quién era yo.

Desde la escuela de medicina hubo varias mujeres hermosas a las que parecía interesar. Sin embargo, establecer vínculos con ellas me parecía algo que escapaba a mi control y me generaba mucha ansiedad, evitándolo de plano. Agradecí cuando me dieron la reputación de arrogante y me dejaron en paz. Muy pronto también me catalogaron así en el hospital en el cual empecé a trabajar. Soy de naturaleza solitaria; sin embargo, en aquellas frías noches, en las que el hospital parecía navegar en la densa oscuridad de un mar polar, mientras veía caer la nieve, me inundaba la tristeza, sentía que todos los ángeles habían muerto. Es entonces que sufría la necesidad de un «nosotros».

Cuando llevaba trabajando medio año en este hospital llegó, desde la capital, Verónica Mendoza. Una nutricionista que bordeaba los treinta años, guapa, desinhibida y muy independiente. Causó entusiasmo entre el personal masculino y críticas entre el femenino. No sé qué me vio que dedicó cinco meses a conquistarme. 

Es una muy buena compañera, tiene un agradable sentido del humor, mantiene muy lindo el departamento y en los eventos a los que asistimos se lleva toda la atención que no quiero sobre mí. Foráneos, profesionales, solteros y con padres fallecidos, terminamos casándonos en una sencilla ceremonia, sorprendiendo así a nuestros compañeros de trabajo por la rapidez de nuestra decisión.

Hoy coincidimos en la consulta pediátrica: nosotros y nuestra pequeña Verito; Daniel y Nuria con su Danielito. Luego de la sorpresa inicial y las frases de cortesía, mientras esperábamos el turno de atención de nuestra bebé, recordé haber realizado, un tiempo atrás, el examen físico del antebrazo fracturado de Daniel. No pude evitar estremecerme al tocar su piel, nos miramos, nos encontramos y sin decir palabra nos despedimos. Desde entonces cada cual propuso a su imaginación la quimera de ser feliz en su matrimonio. Entonces también cobró sentido el bolero aquel que comienza y termina así:     

Qué importa si después,
Me ven llorando un día
Si acaso me preguntan,
Diré que te quiero mucho todavía.

jueves, 26 de diciembre de 2024

La venganza

Elena Chumpitazi Castillo


Mi vida ha sido como un viaje a tierras inhóspitas, lleno de encuentros con personajes que, para bien o para mal, dejaron su huella. ¿Me falta carácter? Quizá, aunque nunca me importó demasiado. De alguna manera he logrado adaptarme a lo que me ha tocado vivir y salir adelante. Pero ahora me pregunto si hice lo correcto en cada paso, y la respuesta es un rotundo NO que retumba en mi mente.

A veces pienso en ese niño que fui y que añoraba mucho a su madre; aunque siempre estuvo con él, ella parecía ausente. Cuando quería un abrazo y se acercaba a ella, inmediatamente se ponía a hacer alguna cosa y argumentaba que estaba muy ocupada. Así creció, buscándola y ella evitándolo.

Durante mi adolescencia fui un muchacho tímido, venía de una familia de militares donde los hombres jamás lloran y las emociones deben silenciarse. A veces, sin embargo, tenía ganas de gritar, de ser escuchado, me sentía incompleto.

No cumplía las expectativas de mis padres, por lo que la poesía fue mi manera de poner en papel los desasosiegos de mi alma, así recuerdo que uno de mis más sentidos poemas era más o menos así:

«Cómo quisiera que me abraces y dejes de hacer tus tareas de ama de casa,

Cómo quisiera que me mires con el amor que le hablas a tus plantas

Si solo pudiera atraer tu atención sabrías lo mucho que te necesito»

En mi mundo interno, marcado por el dolor y la inadaptación, existía una preocupación aún mayor: la necesidad de agradar a mis padres. Así que decidí dejar mis poemas y postular a la escuela de la marina.

Ingresé a la escuela de oficiales en el año mil novecientos noventa, tenía diecisiete años y pasé todas las pruebas y sacrificios que pasa un futuro cadete, desde humillaciones y abusos hasta el reconocimiento de mis superiores, porque, aunque callado, era bastante inteligente, por lo que no dudé en dirigir mis esfuerzos al área de inteligencia de la marina.

A lo largo de los años fui testigo de que los gobiernos de turno anteponían sus propios intereses a los valores que habían jurado respetar, y de qué manera los altos mandos sucumbían ante las órdenes del ejecutivo. La institución a la que había admirado toda mi vida poco a poco fue perdiendo mi respeto, lo que hizo que finalmente tomara una decisión radical, después de veinte años de haber servido a mi patria.

Tras retirarme con honores, decidí unirme a mi familia en un negocio de compra y venta de autos usados en el que ellos participaban. A pesar de que siempre había pensado que los autos esclavizan a las personas —una idea de mi abuelo que adopté como propia—, no me quedó más opción.

Un día, tras entregar un auto a un cliente, opté por caminar, la primavera cálida me animaba. En una bodega de barrio conocí a una joven simpática y curiosa que, en cuestión de minutos, me hizo preguntas sobre toda mi vida. Pronto, mis visitas a la tienda fueron constantes. Así empezó nuestra relación y hoy estamos por cumplir quince años de matrimonio.

Siempre había un mal recuerdo de mi vida militar que quería olvidar: Era mil novecientos noventaicuatro y mi unidad había sido destacada a una operación de inteligencia en el VRAEM (un valle ubicado entre montañas verdes y tres ríos importantes en el centro del Perú), con el objetivo de recolectar información sobre células terroristas aún activas en la región, fue cuando enfrenté una de las experiencias más duras de mi vida: el peso de la traición.

—Sargento Orosco, este camino no nos llevará al objetivo —le advertí, notando que nos alejábamos del punto marcado en el mapa.

—Tranquilo, teniente Pesciera. Conozco esta zona como la palma de mi mano, confíe en mí —respondió con una seguridad que comenzaba a parecer falsa.

Sin embargo, algo no cuadraba. Insistí:

—Estamos saliendo del área de operación. Regresemos al sendero principal...

No terminé de hablar cuándo, de repente, una voz estridente me heló la sangre:

—¡Suelta tu arma, concha de tu madre! ¡No te muevas o te vuelo la cabeza!

Giré instintivamente hacia Orosco.

—¡¿Qué significa esto?! —le grité, esperando alguna explicación.

Pero no la hubo. Solo vi cómo se desvanecía entre los arbustos, sin dignarse a mirarme de nuevo. Me había entregado.

El lugareño, armado con una escopeta vieja pero operativa, me despojó de mi equipo y me obligó a avanzar. Después de varios minutos, llegamos a un campamento improvisado escondido en la profundidad de la selva. Allí me amarraron y encerraron en una choza, vigilada por hombres que portaban armas desgastadas pero letales. Entre las conversaciones que se filtraban por las paredes de tablones de madera mal ensamblados, descubrí la verdad: no se trataba de terroristas activos, sino de colaboradores e informantes de Sendero Luminoso, un grupo con el que planeaban negociar mi intercambio.

Las horas se hicieron eternas hasta que escuché detonaciones a lo lejos. La selva se llenó de gritos y disparos. Mi unidad había localizado el campamento. Tras un enfrentamiento breve pero intenso, me liberaron. En el helicóptero, mientras me trasladaban a un lugar seguro, la confirmación de mis sospechas llegó: las coordenadas del campamento habían sido facilitadas por el propio Sargento Orosco.

Al poco tiempo, Orosco se presentó ante mí con la intención de justificar lo ocurrido:

«Teniente, solo cumplía órdenes del alto mando. Su captura era parte de una estrategia para desmantelar ese campamento. ¡Confíe en mí, jamás lo traicionaría!».

Pero no le creí. No hubo órdenes superiores. Una investigación posterior reveló la verdad: Orosco había negociado mi captura a cambio de un salvoconducto seguro para él mismo. Había pactado con los lugareños, y cuando las cosas salieron mal, trató de cubrir sus huellas.

Sobreviví a esa misión, pero algo en mí cambió para siempre. La traición de Orosco dejó una herida que nunca cerró, recordándome cuán frágil puede ser la lealtad.

Galia, mi mujer, tenía cinco meses de embarazo de mi primer hijo, mis actividades como vendedor de autos me significaban ingresos mínimos, por lo que decidí incursionar en una empresa de seguridad. Estas habían experimentado un boom desde los años noventa.

Gracias a mis estudios en inteligencia adquiridos durante mi tiempo en la marina de guerra, me resultó sencillo conseguir empleo en esta actividad pujante con la que sentía mayor afinidad.

Mis labores consistían en analizar la conducta humana y estandarizarla dentro de la empresa. Me ocupaba de la selección de personal, centrándome en la evaluación del talento. El principal atributo que buscaba era la obediencia, complementada con el desarrollo de la inteligencia emocional, la gestión del estrés, el trabajo en equipo en situaciones de crisis y otros aspectos clave.

Me pagaban bien, y pronto tuve un ascenso a la posición de subgerente de operaciones, pero trabajaba demasiado, mi hijo ya había nacido, casi cumpliría un año y yo no tenía tiempo ni energía para disfrutar de él. Galia al principio estaba feliz con el nuevo empleo que tenía, pero poco a poco la fui relegando a ella y a mi pequeña nueva familia, a tal punto que mi relación matrimonial empezó a deteriorarse.

Mi trabajo me abstraía tanto, siempre me atrajo la idea de que una mente podía manipular a otras usando las herramientas precisas, para bien o para mal, no importaba, el hecho existía.

Comencé a devorar libros sobre programación neurolingüística y neurociencia, aplicando sus principios a quienes estaban bajo mi cargo. Pronto me di cuenta de que algunas mentes eran más fáciles de influir. Decidí incursionar en el hipnotismo, utilizándolo con frecuencia y sin restricciones. Con el tiempo, fui cada vez más consciente del poder que tenía en mis manos: las personas hacían cualquier cosa que les indicara, siempre que supiera cómo decírselo.

La empresa comenzó a ganar reconocimiento por la notable eficacia de sus empleados. Sin embargo, cualquiera que no cumpliera con los estándares que había establecido era inmediatamente apartado.

Recursos humanos me había declarado la guerra, pero la gerencia estaba feliz con mi desempeño y resultados.

Galia nunca se acostumbró a mis horarios extensos, sin embargo, como no le faltaba nada, sino todo lo contrario, lo aceptó, se hizo cargo de la familia y así hemos vivido los casi quince años que llevamos juntos.

He adquirido mayores responsabilidades, ahora soy gerente de operaciones, lo que ha significado mejoras salariales. Reconozco que casi no tengo vida fuera del trabajo, pero a la vez me enorgullece que el personal a mi cargo me obedezca sin titubear.

Debo confesar que detrás de mi fachada profesional y calculadora, aún habita el resentimiento. Y el nombre que simboliza esa herida es Orosco. He tratado de olvidar ese episodio, sin embargo, un oscuro sentimiento me invade cada vez haciendo que el recuerdo se vuelva vívido.

Un día, mientras revisaba los expedientes de los nuevos ingresos al equipo de seguridad, un nombre atrapó mi atención como un disparo inesperado: Gregorio Orosco, hijo del traidor que me había entregado dos décadas atrás. Al leerlo, sentí cómo las viejas cicatrices de la traición ardían de nuevo. Una idea comenzó a germinar en mi mente, y decidí aprovechar esta inesperada oportunidad para ajustar cuentas con el pasado.

Desde ese momento, Pesciera comenzó a actuar con una precisión calculada. No era un hombre impulsivo. Pasó semanas observando a Gregorio, analizando cada detalle. El joven era ingenuo, entusiasta y, sobre todo, confiaba plenamente en su jefe.

Empezó a ganarse su confianza con halagos y tareas haciéndolo destacar ante el resto del equipo.

Gregorio admiraba al gerente, sin sospechar que detrás de su trato amable había un corazón helado y una mente maquinando su caída.

El día del simulacro, Gregorio fue asignado al manejo de los explosivos no letales que se usaban para recrear una amenaza de sabotaje. Pesciera supervisó cada detalle del operativo, ajustando discretamente los protocolos para garantizar que un error crítico ocurriera. Mientras todos estaban concentrados en el ejercicio, él manipuló a distancia el sistema de seguridad que regulaba la carga explosiva.

En el momento clave, un estallido más fuerte de lo previsto resonó en el área. Los gritos llenaron el aire mientras el humo se elevaba. Gregorio fue alcanzado por la onda expansiva y cayó al suelo con un brazo gravemente herido. Los paramédicos lo atendieron de inmediato, mientras Pesciera coordinaba las operaciones de rescate con una calma imperturbable.

—Es una desgracia lo que ha pasado, pero haremos todo lo posible por apoyarlo —declaró más tarde a sus superiores.

Nadie cuestionó al gerente, cuya reputación impecable lo blindaba de cualquier sospecha.

Días después, Pesciera visitó a Gregorio en el hospital. Al verlo, convaleciente y agradecido por la «preocupación» de su jefe, Pesciera sintió una satisfacción oscura mientras lo miraba a los ojos con una frialdad que el joven no entendió.

Antes de salir, dejó caer unas palabras cargadas de veneno:

—Gregorio, siempre recuerda algo: en esta vida, los errores de los padres los terminan pagando los hijos. Que te recuperes pronto.

Gregorio quedó confundido, pero Pesciera no esperó su reacción. Al cerrar la puerta del cuarto del hospital, sintió que la venganza, aunque incompleta, le había devuelto una pizca de paz.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

Un oscuro secreto

Doris Verónica Martínez Méndez


El pequeño cuarto de baño del departamento contenía una melodía amortiguada por el agua cayendo de la regadera. Resonó un chirrido al cerrarse la llave de la ducha, seguido de un largo silbido en las tuberías, como si estas fueran poseídas por un mal espíritu. Tintinearon los aros de la cortina y continuó el tarareo entre la nube de vapor que se disipaba. Julieta se envolvió con la toalla y se acercó al espejo empañado, con su dedo dibujó un corazón con las iniciales «R y J» y se dijo en su interior lo afortunada que era.

Román llegó a su vida por azares del destino cuando, movido por la disciplina y formalidad en sus estudios, la contactó por teléfono para pedirle la única copia disponible de un libro que ella había prestado de la biblioteca. La atracción fue inmediata, pero ambos eran terriblemente tímidos. Se encontraban con frecuencia en los pasillos de la universidad, la cafetería y hasta en el colectivo. Una tarde en que Julieta se viera atrapada por una fuerte tormenta, Román se ofreció acompañarla y se animó a invitarla a salir.

Julieta temía a su madre, pues era una mujer muy estricta y autoritaria. Le había prohibido salir con muchachos y tener novio, a pesar de su mayoría de edad. Román no se desanimó y se propuso lograr el consentimiento de su suegra. Se presentó en su modesto departamento con formalidad impecable. Llenó de halagos la labor en la crianza de su hija sin la ayuda de un hombre y la entretuvo con una catequesis sobre las tentaciones que sufrió el hijo de Dios en el desierto.

—Me sorprende que sea tan devoto —dijo aquella mujer que todavía tenía rasgos de su juventud por haber sido una madre adolescente.

—Mi madre nos instruyó con ahínco en las cosas de la fe.

—¿Tiene más hermanos?

—Tengo una hermana que está por tomar sus votos religiosos.

—¡Qué maravilla!

Julieta terminó de limpiar el espejo del baño para reconocer la sonrisa en su rostro. El aroma de las esencias florales se había intensificado con el vapor y se sintió intoxicada de felicidad. Salió a su habitación sintiendo todavía un cosquilleo en su vientre; su cuerpo le parecía otro, caminaba distinto por el escozor que había quedado del encuentro insospechado de aquella mañana. Su corazón golpeaba su pecho con fuerza y su rostro mantenía un rubor febril que la sofocaba. Miró su cama y se apresuró a cambiar las sábanas que tenían las manchas rojas de su virginidad perdida y el aroma de los dos cuerpos que retozaron sobre ellas. Notó en el rabillo de su ojo la imagen del crucifijo sobre la cabecera, pero apretó la ropa entre sus brazos para oler una vez más el perfume de Román, y no pudo arrepentirse.

—Debo llevarte a tu casa —recordaba Román cuando tenían la suerte de poder salir a solas.

Solían refugiarse bajo el secreto de un árbol de sauce en la plaza cerca de la iglesia. Sus ramas se doblaban formando una cúpula y caían hasta el piso como una cortina, dándoles privacidad, si bien su inocencia no les exigía más que un roce de manos y besos tímidos.

—Es muy temprano.

—Ya son casi las nueve, Julieta, no queremos que tu mamá se enoje conmigo por llevarte muy tarde.

Las condiciones de la madre de Julieta eran tan severas como ella: No llegar después de las nueve de la noche y no visitarla cuando estuviera sola. Román cumplía todo al pie de la letra, aunque entre clases se escabulleran detrás de los salones para besarse, todavía con cierta torpeza. Una de esas tardes, Julieta empujó un poco más su lengua dentro de la boca de Román y, en una respuesta voraz, él mordió su labio inferior, alejándose en un reflejo inmediato.

—¿Qué te pasa? —preguntó Julieta y examinó su labio lastimado.

—¿Qué te pasa a ti? —dijo con severidad y la acorraló contra la pared—. ¿Tienes lengua de serpiente acaso para hacer eso?

Julieta empezó a vestirse y notó en el espejo la serie de pequeñas manchas violáceas por succión en un trayecto desde sus clavículas hasta su vientre y volvió a cubrirse con su toalla. Sintió miedo de lo que Román pudiera estar pensando de ella por haber accedido a todo lo que habían hecho.

—¿Crees que estuvo mal? —preguntó Julieta al ver que él se levantó para vestirse a prisa.

—No, es solo que tu mamá puede regresar —repuso un poco nervioso—, y no quiero que tengamos problemas.

—¿No te arrepientes?

—No, Julieta, sería un idiota si lo hiciera —dijo más tranquilo y se acercó para besarla apasionadamente—. No dejes que tu mamá se entere.

Julieta se puso una blusa de cuello alto para esconder las marcas en su escote y llevó toda la ropa a lavar. Con esfuerzo logró dar vuelta al colchón antes de poner las sábanas limpias. A medida que iba borrando las huellas de lo sucedido, empezó el conflicto sobre el bien y el mal en su cabeza. Román había sido su referente moral, uno distinto al de su madre. La había respetado y nunca se había insinuado en deseos carnales que pudieran aflorar con el paso de la relación. Admiraba su templanza. Pero algo había cambiado, de unos días a la fecha, algo lo hizo sucumbir.

Para el cumpleaños número veintiuno de Julieta, su madre organizó una comida en casa de una prima. Román, por supuesto, estaba invitado; sería su primer contacto con el resto de la familia. Esperaba encontrarse con más fanáticos religiosos, pero fue todo lo contrario. Su suegra se disculpaba por el comportamiento de su familia, la música y el consumo de alcohol. Entre los presentes, Román notó a un joven bien parecido que buscaba encontrar a Julieta a solas con cualquier pretexto.

—¡Hola! Tú debes ser Román —saludó aquel muchacho con soltura.

—Él es Benito —agregó Julieta—, fuimos compañeros en el colegio.

—Fuimos más que eso, ¿no, Julieta? —se mofó Benito ante la expresión perpleja de Román y soltó una fuerte carcajada—. ¡Fuimos campeones del triatlón de matemáticas!

—No tomes el crédito que no tienes, entraste al final de la competencia —aclaró Julieta sin negarle una sonrisa de consideración y miró el semblante pálido de Román—. Amor, ¿estás bien?

Román sacudió su cabeza y buscó un espacio entre la gente para escapar de la conversación. Julieta intentó seguirlo, pero era interceptada por su familia para felicitarla. Entró a la casa y encontró a Román en el comedor, tomaba uno de los tragos de licor que estaban sobre la mesa, sacudiendo la cabeza y murmurando algo para sí, en un extraño soliloquio. Ya lo había notado antes, pero no le había dado importancia.

—¿Román? ¿Estás bien?

—Sí —afirmó, aturdido—, la música es un poco estridente.

—¿Te duele la cabeza? ¿Quieres algo?

—¿Qué pasó con Benito?

—No lo sé, quedó en el jardín...

—Me refiero a si fue tu novio.

—Mamá no me dejaba tener novio, mucho menos en el colegio, lo sabes.

—No, no. No pregunto si fue un novio del que supiera tu madre, ¿fue uno de los que no supo?

Julieta quedó perpleja y miró su rostro para confirmar si se trataba del mismo Román que ella conocía. Sus ojos negros relumbraban sin pestañear, como si un agujero quisiera tragársela. De inmediato intentó besarla.

—No, Román —lo detuvo ella, contrariada—, ¿qué demonios te ha dado hoy?

—Demonios, justamente —repitió y volvió a acercarse como si le faltara el aire, pero se reprimió al ver su rostro asustado—. Perdóname, me he puesto celoso.

Julieta exhaló con cierto alivio, sin dejar todas sus reservas, y se acercó a tomarle la mano.

—No tienes porqué.

—Te amo, Julieta, ese es el porqué.

Julieta se conmovió y aquellas palabras pasaron por su cabeza como una niebla que borró todo temor y desarmó su aprensión por completo.

—Yo también te amo.

Desde ese día, Román mostró más voracidad en sus momentos a solas. A ratos, sin embargo, era todo lo contrario, y Julieta no lograba predecir sus cambios. Tal vez fueran los escrúpulos religiosos con los que ambos habían crecido, pero iban revelándose poco a poco a todas las prohibiciones.

—¿No viene tu hermana de visita, Román? —preguntó la mamá de Julieta al salir de misa—. Me gustaría mucho conocerla.

—Se encuentra ahora en un retiro de desierto espiritual —explicó sin esconder la prisa de sus pasos, como buscando alejarse del templo—, al parecer es un requisito para definir su vocación.

—Yo hubiera deseado que Julieta tomara los hábitos —confesó aquella mujer mientras contaba monedas para comprar chucherías en la plaza—. De niña solía usar las fundas de las almohadas como velo y me dio la breve ilusión de que se consagraría al servicio de Dios.

Román apretó su mandíbula y tragó grueso, fingiendo una sonrisa que Julieta no pasó desapercibida.

—Yo no jugaba a ser monja —explicó cuando su madre se alejó de ellos—, sino a casarme. Pero si le decía eso me vería en problemas.

—¿Román? —llamó un sacerdote que los había seguido desde la iglesia—. ¡Sabía que eras tú! ¡Qué sorpresa encontrarte, muchacho! ¿Está todo bien contigo?

Román correspondió su abrazo con familiaridad.

—Padre Jorge, ¿qué hace por estos rumbos?

—Me han trasladado, ¿estás bien? —preguntó de nuevo, con interés, y miró a Julieta—, ¿quién es tu amiga?

—Ella es Julieta, padre —se limitó a contestar.

—Mucho gusto —saludó ella en un intento de involucrarse—. ¿Cómo se conocen?

—Oh, el padre Jorge me conoce desde niño —dijo Román y sonrió—. Padre, tenemos prisa, pero me gustaría que habláramos en otro momento.

—Claro, hijo, acá puedes buscarme.

Román se despidió y no dio tiempo a Julieta de agregar nada.

—Te acompaño a tu casa, tu mamá parecía ocupada.

Julieta volvió a notar que Román movía sus labios sin pronunciar palabra. Al llegar a su casa, pensó que no estaría mal invitarlo a un café, pero antes de darse tiempo de poner el agua a hervir, Román la llevó entre beso y beso al secreto de su habitación.

Julieta había logrado ocultarle todo a su madre y pasó el resto del día intentando estudiar. Miraba el teléfono con frecuencia, Román apenas contestaba sus mensajes y eso la tenía inquieta. Era frecuente que él se enfrascara tanto en el estudio que olvidara responder sus mensajes, incluso, llegar a las citas. Pero este silencio le parecía distinto.

Esa noche Román regresaba a su casa arrastrando sus pasos como si tuviera pies de plomo. Un cigarro en sus labios dejaba una estela de humo, como si fuera una nube de pensamientos apretados que lo seguían.

«Si de verdad la amas —le dijo el padre Jorge aquella tarde—, debes decirle todo».

Atravesó un callejón oscuro que se iluminaba por el foco rojo de un lupanar de mala muerte que mantenía sus puertas abiertas. La música en el interior hacía vibrar las ventanas y flotaba en el aire una mezcla de lociones y marihuana. Román vivía a la vuelta, en un mesón austero a un costado de la catedral. Le asqueaba ver la cúpula del campanario tan cerca de aquel nido de pecado. Una de las mujeres que atraía clientela en la esquina se acercó cariñosamente a él para proponerle su compañía, pero las voces en su cabeza no lo dejaron escucharla.

—Nos dejará, vamos a perderla —murmuró en un conocido soliloquio mientras oscilaba sus pies en un vaivén indeciso—. ¿Y qué? Es una pérfida, ¿lo has visto? No. Déjala en paz. Es una pecadora. También yo lo soy. No. Fue amor. Fue lujuria. ¿Iremos al infierno? Date cuenta, esa mujer terminará por abandonarte. Ella no. La vida terminará quitándonosla. ¿Recuerdas a tu madre? ¡No! ¿Y tu hermana? Todas se van. Ella no. El padre Jorge le dirá todo y la perderemos. No le dirá nada. Hice lo que debía hacer. ¿Lo mataste? Sí, iremos al infierno. ¡Cállate! Quiero a Julieta para mí. No la puedes tener. Ya la he tenido y fue muy fácil. Déjala en paz. Julieta es para mí, yo fui quien se atrevió a hablarle, ustedes solo saben rezar. No la podrán retener.

—Oye, te ves perdido —insistió la mujer y se acercó a tomar su mano.

—¡Déjala en paz! —gritó Román y tomó a aquella mujer del cuello y la tumbó al piso sin que ella pudiera defenderse.

Un golpe seco en su cabeza calló todas las voces y perdió la conciencia.

La mañana siguiente, Julieta esperó a Román en la estación del autobús que compartían para ir a clases, pero él no llegó. Lo buscó en la universidad. Nadie lo había visto. No respondía sus mensajes y no tenía idea de dónde pudiera estar.

Días después, saliendo de la iglesia, se encontró con el nuevo sacerdote que ya había conocido una vez. El padre Jorge llevaba un cabestrillo donde reposaba su brazo izquierdo y mostraba unos moretones en su rostro. Fue verlo y sentir un enorme desasosiego. Julieta no contuvo sus lágrimas al preguntarle por Román. Aquel hombre dio un suspiro que confirmaba el matiz de tragedia que teñía lo sucedido. Fueron a la clínica psiquiátrica donde Román había pasado los últimos días.

Román tenía seis años cuando presenció el crudo asesinato de su madre a manos del abusador de su hermana de diez años. La imagen de aquella mujer tirada en el piso sobre un charco rojo rutilante, con el terror en sus ojos abiertos, fracturó su mente. Se aferró a su cuerpo, empapándose de su sangre, aún tibia, sintiendo el olor metálico mezclado con su perfume floral. Los policías no pudieron arrancarlo de su regazo, se convirtió en una fiera y hasta mordió a uno de ellos, por lo que tuvieron que sedarlo. En el orfanato, se refugió en sus recuerdos de la escuela dominical y en la compañía de su hermana. Años después, ella escapó del lugar y el golpe de su abandono lo llenó de rabia, volviéndose posesivo y rebelde. Los sermones del padre Jorge le daban un poco de paz, por lo que decidió entrar al seminario, pero su examen psicológico reveló múltiples trastornos. El médico dijo que Román tenía dos o tres personalidades atrapadas en su cabeza. Se deslizaba entre ellas sin darse cuenta. Sentirse rechazado, amenazado o abandonado provocaba la transición, como un mecanismo de defensa. Llegada su mayoría de edad, dejó el orfanato y entró al mundo que conocemos.

—Le perdí el rastro cuando me trasladaron a otra parroquia —relató el padre Jorge—. Supongo que entonces te conoció y ese apego desbloqueó los miedos que detonan sus cambios.

—No lo noté a tiempo —se lamentó Julieta, mientras lo miraba dormido en una habitación blanca.

—Es porque Román sintió el mismo amor en todas sus identidades, hija —confesó el sacerdote y notó la mirada confundida de aquella joven—. Un conflicto tremendo para él.

—¿Él lo atacó?

—El mismo niño desesperado que no quiere ser arrancado de la mujer que ama fue quien lo hizo.

Julieta soltó sus lágrimas y buscó el abrazo del sacerdote para tener un poco de sosiego. Siguió visitando a Román algunos días, sin que él lo supiera, pues sería peligroso para su tratamiento. Las autoridades declararon sus acciones inimputables.

Román empezó a mejorar y pasaba mucho tiempo en la capilla del hospital. Aprendió a disfrutar el silencio y la claridad de sus pensamientos. El padre Jorge llegaba todos los viernes a llevarle los sacramentos y consejería espiritual. Su rostro se notaba más sereno, pero en el fondo seguía extrañando a Julieta. Intentó escribirle varias veces, pero sus cartas no pasaban del encabezado.

Julieta siguió su vida entre los reproches de su madre, quien le prohibió volver a ver al loco que la había engañado, las burlas de su familia y la desesperanza de saberlo perdido.

—No puedes salvarlo —le dijo el padre Jorge una tarde—, él debe hacerlo solo. No llores. Lo he visto muy bien. Está iniciando un nuevo tratamiento, de esos modernos: Hipnosis. Suena fantástico, pero no es pecado, como dicen algunos. Me pidió que te diera esto.

El padre Jorge le extendió una carta y Julieta la tomó con temor:

«Querida Julieta:

Intenté escribirte muchas veces, pero era tanto lo que tenía en mi cabeza entonces, que me quedaba en blanco. Han ido callando las voces y puedo tomar la palabra. Empiezo pidiéndote perdón por el daño que te hice. Perdónalos a ellos también, si cabe la posibilidad. Aún no sé definir la responsabilidad de cada cual, pero el arrepentimiento es uno solo. Dicho esto, quiero agradecerte. Lo que viví contigo ha sido una quimera de principio a fin. Tampoco sé hasta dónde mantendré esos recuerdos con el tratamiento, pero estoy seguro que seguirán acompañándome en sueños, donde no puedan herirte. Mi mente puede estar fraccionada, pero el corazón siempre ha sido uno, y con él te he amado. Ahora debo renunciar a ti. Es un remedio amargo, pero remedio al fin. Piensa en mí como una fantasía, pues no puedo asegurarte a quién realmente llegaste a amar. Si solo fui un espejismo, entonces déjalo así. A diario le pediré a Dios que te permita la felicidad que mereces.

Hasta siempre,

Román.»

Julieta leía aquel papel arrugado y con remiendos de cinta adhesiva bajo la sombra del sauce en la plaza. Las hojas temblaban con la brisa cálida de aquella mañana, filtrando los rayos de sol, susurrando entre ellas junto al trinar de los pájaros. El paso del tiempo empezaba a diluir la tinta en aquellas partes donde cayeron sus lágrimas y faltaba una de las esquinas de cuando su madre quiso destruirla.

Julieta pasó su mano sobre la inscripción en la corteza agrietada: «R y J». Pudo sentir la hendidura más profunda que cuando fue hecha tres años atrás. Pocas veces vio a Román a lo lejos en la universidad, pero él no parecía darse cuenta de su presencia. Tal vez sí haya borrado todo recuerdo de ella en el tratamiento. Julieta se mudó a otra ciudad y toda esa historia se fue diluyendo en el olvido. Ella limpió sus lágrimas y, al dar la vuelta, notó la figura de un hombre haciéndose paso entre las ramas que caían hasta el suelo.

Ambos quedaron paralizados al reconocerse. Román llevaba una barba recortada que resaltaba el atractivo de sus facciones. Julieta había cortado su cabello y usaba un poco de maquillaje. Se mantuvieron mudos, contemplándose.

—¿Julieta? —balbuceó Román con desconfianza.

—Soy yo —dijo con un temblor en su voz.

—Debía asegurarme —bromeó sin apartarle la mirada—, no esperaba verte por acá.

—Hacía unas diligencias, ¿vienes mucho por aquí?

—A diario —respondió con un sonrojo y señaló una dirección—, es decir, ayudo al padre Jorge en la parroquia.  

—Me da gusto, te veo muy bien, ¿ayudó la hipnosis?

—Casi por completo.

—¿Casi?

—Hay cosas que no cambian porque no están en la cabeza, sino en el corazón.

—¿Te gustaría ir por un café y contarme?

Román se mantuvo paralizado.

—Debería consultarlo al médico —dijo y fijó su mirada en ella—, pero sí, me gustaría. Solamente que, esta vez, sería solo yo.

Julieta se sonrió, sus ojos húmedos rutilaban a punto de desbordarse. Le mostró su carta.

—¿Fuiste tú quien escribió esto? —preguntó y Román afirmó con la cabeza—. Entonces me basta.