lunes, 7 de diciembre de 2015

Pasillo infinito

Camilo Gil Ostria


La libertad, Sancho,
es uno de los más preciosos dones
 que a los hombres dieron los cielos;
 con ella no pueden igualarse
 los tesoros que encierran la tierra y el mar:
 por la libertad, así como por la honra,
 se puede y debe aventurar la vida.

Miguel de Cervantes


Treinta de octubre: ya habían pasado tres años desde esa tarde lluviosa en la que me secuestraron y en la que mi vida cambió en su totalidad para convertirse en un hueco de penumbras que no son mejor ejemplificadas por nada más que el dolor. Pero no cualquier sufrimiento, sino aquel que viene con la tristeza.

Lo bueno es que ahora soy libre.

Dejaré de ser tan emocional y relataré los hechos –he aprendido a ser frío, directo y calculador: Eran las cinco de la tarde y yo caminaba por la avenida Arce –una línea ancha e interminable, donde las personas van y vienen sin fin, con edificios tan altos y modernos que te hacen pensar que estás en el futuro; pero también con casas que son y te hacen sentir como en el siglo XIX; aunque ese día estaba vacía, hacía frío y las hojas de los verdes árboles se tornaban anaranjadas y caían– debo destacar que tenía veintiocho años, mi pelo estaba prolijamente recortado y peinado; mostrando pequeños y bien definidos rulos, semejantes a resortes o a la cola de un cerdo; mi piel era tan oscura como el chocolate amargo y mis ojos verdes estaban llenos de vida, de pasiones y de estrellas a alcanzar.

Me dirigía a la casa de un amigo, yo no era muy cumplido con las citas a las que me comprometía, esto hizo que posteriormente se llame tarde a mi familia y amigos, quienes a su vez tardarían en contactarse con policías. Ellos –según lo que se me contaba en ese lugar de monotonía infernal– identificaron a mis secuestradores cuando ya se encontraban lejos del país. Y el esfuerzo internacional jamás fue suficiente: fui lo que fui y ahora soy lo que soy.

Pero no adelantemos pasos en la historia.

Su método de secuestro no fue muy original, pararon un taxi justo a mi lado, me apuntaron con una pistola y dijeron que suba, eran dos hombres: uno conduciendo, otro atrás con el arma.

No tenía opción.

El taxi viajó por vías troncales, camuflándose entre las grandes multitudes, hasta una pequeña cabaña en un área rural que según yo ni existía. Ahí cenamos y dormimos –yo, obviamente, encerrado en un cuarto diferente, en el cual las ventanas tenían rejas– en el desayuno le pusieron algo a mi bebida y terminé inconsciente, de esta forma me llevaron hasta un lugar en la frontera en la cual desperté y ahí pasamos un buen tiempo –no podría especificar cuánto– y salimos una noche, casi en la madrugada. Después me golpearon y caí desmayado nuevamente.

Volví a ser consiente en un cuarto de tres por tres: plomizo, oscuro, sin ventanas y con un foco colgando al medio del techo, reflejando una luz amarillenta. Con un olor extraño, como a sudor. Un sonido lejano que parecía el caer de una gota de agua sobre otra de forma eterna. Y los pasos detrás de esa puerta gris. Al poco entró un hombre, me gritó que me desvista.

No lo hice.

Salió, y volvió a aparecer con una manguera de chorro a presión, con el tiempo yo la conocería de memoria. “La ducha o la manguera” sentenció con firmeza. “¿Me acompañaras a la ducha?” me burlé: mala idea.

Prendió la manguera.

Luego me dejó quitarme la ropa, secarme y me dio –a la fuerza– una pastilla.
Al poco entendí que era viagra.

Entró otro matón.

Ataron mis cuatro extremidades –como lo siguieron haciendo por mucho tiempo, ya que no cedería de otro modo– ingresó una mujer al cuarto, le dio un par de billetes al hombre, que se marchó con su compañero a los segundos y tuvimos relaciones sexuales: Yo no era fácil. Me movía como un lagarto a pesar de estar atado, hasta que por fin pudo lograr su propósito y me llevó al orgasmo como –sin querer– yo a ella, luego me dio un beso en la frente y se marchó.

Yo hubiera deseado marcharme tan fácil.

Entendí que la explotación sexual masculina existe, y que yo era parte de aquel mundo. Un mundo donde el ser humano es solo aquel con dinero, y que los otros son simples objetos que deben ser usados para el beneficio del resto.

Un mundo vacío.

Todos los días me sentía sucio, usado, un paño viejo que no vale más que unos cuantos dólares la hora. Pero también sentía miedo, los hombres que caminan –guardias del preso, que no son más que presos de sus jefes– con pistolas por el largo –e infinito– pasillo que había fuera de mi cuarto.

Todo gris.

Lo único que ocupaba mi habitación: cuatro paredes manchadas de humedad, un colchón viejo con dos sábanas aún más viejas que apestaban a sobaco, un interruptor blanco que encendía la luz amarilla y dos puertas de madera, pintadas de gris, una que llevaba al baño y otra que únicamente podía ser abierta desde afuera.

De vez en cuando entraba alguien a limpiarlo.

Talvez con la manguera y limpiaban “dos por uno” como me gritaba un gordo mientras me mojaba riendo. Cuando lo hacía yo sufría de frío. Después uno se acostumbraba y ni sentía algo.

Solo vacío.

El olor a humano jamás desaparecía.

Tenía la suerte de que se me dé desayuno, almuerzo y cena; “debes mantenerte fuerte”, dicen todos esos fantoches que; con sus grandes escopetas, metralletas y algunas pistolas; intentaban asustarme. Yo los miraba de forma despectiva, gritaba que son unos idiotas, ¡vaya las palizas que me he ganado! Incluso hacían que haga ejercicio “¡corre en círculos!” vociferaba otro cerdo. Cuando te apuntan con un arma hay pocas cosas que no harías.

Hasta que la esperanza volvió a mí.

Ella vestía unas botas largas, casi hasta las rodillas, de un color café oscuro. Antes pensaba que esas botas eran para chicas exploradoras, putas, militares, etcétera. Luego me di cuenta que son para mujeres de duro carácter. No todas pueden usar algo así.

Pero a ella le quedaban perfectas.

Con esos jeans negros y esa solera blanca que era un poco holgada, yo sabía que ella no sería una clienta común. Su cabello rojo le caía casi hasta los hombros, uniforme, casi como un casco.

En la mañana me dieron mi desayuno, después entraron a atarme, otra vez tener que resistir, moverse, pelear. Hasta que ellos ganan, o caso contrario, me apuntan a la cabeza con una pistola y es lo mismo:

Ganan haciendo trampa.

Posteriormente me daban una píldora –de las tres más o menos que me hacían tragar en todo el día– y entra la clienta. Ese día entró ella. Pagó, el guardia salió, se acercó a mí, puso su mano en mi mejilla, pensé que me iba a dar un beso, cerré los ojos e intenté esconder mi cara moviéndola a un lado. Ella dijo:

–Tranquilo, eres hermoso.

Fue la primera que me habló así. Su voz era suave, dulce, como una madre calmando a su hijo, una amante después de horas de pasión, una novia diciendo que “acepta” en el día de su boda.

Las otras –a veces eran otros– hacían sonidos, señas, algunos monosílabos. O cuando intentaban hablarme yo simplemente las ignoraba y no lo volvían a intentar. Me hacían sentir como un objeto.

Yo las hacía sentirse como un trabajo.

Ella me hizo sentir humano.

–Y no, no quiero abusar de ti. –Me dijo y empezó a desatar mis extremidades, pensé por un momento en golpearla y escapar. Pero no lo hice, tampoco sabía quién en verdad era ella y qué hacía ahí, ambos terminamos sentados en la cama–. Vengo a proponerte otra cosa…

–Te escucho. –Mi voz sonaba seca, hace ya tanto que no la utilizaba para hablar como alguien civilizado, a lo largo de esos casi tres años, solo la usé para gritar, insultar, maldecir o gemir.

Talvez dejé de ser humano hasta que ella llegó.

–Ambos queremos que salgas de aquí, ¿no? –hablaba con una sonrisa en los labios. Como una hermosa dama que planea conquistar a un príncipe azul. Pero me di cuenta que ella no era así, no era simplemente una hermosa dama.

Asentí con la cabeza.

–Puedo ayudarte.

–¿Cómo?

–Debes confiar en mí.

–No, no voy a confiar en nadie. –Lo dije de forma fría, con enojo, con odio. Recordando cuántos golpes me habían dado en tanto tiempo, cuántas mujeres parecían dulces y buenas, pero solo deseaban usarme. Eso no iba a volver a pasar, especialmente en ese momento en el cual yo estaba desatado– explícame a detalle qué es lo que quieres hacer, sino, no cuentes conmigo.

Uno no sabe cómo es una mujer en realidad, y en estos abusos no se discrimina por clase social, raza, altura o edad. Desde ancianas, hasta adolescentes que sientes que les estás quitando la virginidad. Porque en realidad, las mujeres, son más crueles: lo sienten todo y lo utilizan en tu contra. Se quieren sentir escuchadas, yo no les doy eso. Recuerdo a una niña, que era demasiado débil como para forzarme a hacer algo. Era mi primer año como esclavo sexual. Me miró, no tuvo que decir nada. Me dio un beso y luego yo cedí. Ella se fue y, aunque yo tenía la esperanza de que sería diferente, jamás volvió. Pocas vuelven conmigo: dicen que soy muy frío.

Incluso llegué a sentir que quería a esa pequeña mocosa.

–Muchos años encerrado te vuelven desconfiado –susurró ella. Era verdad.

–¡Concéntrate mujer!, no tenemos mucho tiempo. Dime cuál es tu plan.

–De hecho pagué por una hora, tenemos lo suficiente. –Ella tenía razón, mas yo quería que me diga todo y rápido.

–No creas, el tiempo pasa como el correcaminos.

–Ok. Para empezar mi nombre es Magela Reyes, soy activista por los derechos humanos y siempre luché contra la trata y tráfico de personas, de la cual tú eres víctima actualmente.

–No me digas… –agregué con sarcasmo.

–No seas insoportable, estoy aquí para ayudar. Yo me puedo ir de aquí perdiendo no más que una hora y unos cuántos dólares, pero si me voy sin hacer nada, tú pierdes el resto de tu vida.

Asentí con mi cabeza, arrepentido.

Todavía sin saber en qué creer.

–Continúa –le dije.

–Tengo todo un grupo de chicas, diciéndole exactamente lo mismo a todos los chicos encerrados a lo largo del pasillo. Volveremos en una semana, y la semana después de esa para darte diferentes herramientas, en un mes a partir de hoy tú serás libre.

Libertad: eso es lo quería.

–Se más específica, ¿qué tipo de herramientas?

–Una palanca de fierro, para que abras la puerta. Un cuchillo, para que puedas defenderte en caso de emergencia. Y un celular para contactarnos una vez fuera.

–¿Y ustedes qué ganan? –nada es gratis en la vida.

–Lo único que les pedimos es que cada semana le des a la activista que venga, una descripción detallada del guardia que te da tus alimentos, éste cambia de forma semanal, posteriormente nosotros los encerramos tras las rejas.

–¿Por qué lo haces?

–Por un mundo mejor.

–No mientas. –Nadie es tan bueno.

Ni siquiera ella.

Magela se quedó congelada por un segundo, casi como si le hubiera tirado un golpe en medio de su cara, no podía creer que alguien haya puesto en duda el argumento que, seguramente, había dado a miles de personas a lo largo de su vida.

–La verdad: deseo venganza. –Su mirada se ensombreció, su tono de voz fue más débil, casi como un susurro lleno de odio.

–Lo sabía. –Sonreí de una forma maliciosa– ¿buscas a alguien en específico?

–No. Los quiero a todos.

–Eres ambiciosa. –Eso me gustaba. No me importaba el porqué.

–Sin ambición la vida no sirve de nada –sentenció.

La vida es ambición.

–Ahora sí confió en ti. Nos vemos en una semana. –Ella sonrió, al principio sorprendida, un tanto extrañada. Luego de forma dulce, para mí, eso era suficiente. Ya era como un ángel mandado a salvarme.

–Gracias. –Se marchó.

A la semana siguiente comprobé que su promesa era verdadera.

–Volví –mencionó la pelirroja una vez el hombre salió del cuarto–. Me di cuenta de que jamás me dijiste tu nombre. –Empezó nuevamente a desatarme de la cama.

Pero con ella nada era monotonía.

–¿Por qué debería decírtelo? –Terminó de desatarme.

–Vamos, no vuelvas a ser tan cerrado. Yo te dije el mío.

Magela: me gustaba su nombre.

–Ismael. –Me senté en la cama, terminamos casi frente a frente, separados por pocos centímetros.

Su nombre era como fuerza, pasión, amor.

–Me gusta tu nombre, ¿sabes qué significa?

La aparté de mi lado, ella me apartó del suyo.

–Por lo que me dijeron: “al que Dios escucha”.

–¡Estás mal! Es: “el que sabe escuchar” y creo que es verdad…

No, yo no sabía escuchar. Pero a ella sí quería escucharla. Me esforzaba por hacerlo.

–Me gusta más ese significado.

–Al final –me dijo ella, siempre mirándome a los ojos, como hipnotizándome– cada uno le da un valor propio a su nombre.

También otros lo hacían, yo ya tenía el mío de Magela: valentía.

Sacó de su gran bolso la palanca de metal, la puso en una esquina, debajo de la cama. Los guardias jamás revisaban ese lugar. Eso tomó menos de cinco minutos, nos quedaban cincuenta y cinco minutos –claro que se podía salir un poco antes, pero esa vez no lo hizo–. Charlamos toda la hora y aparte de contarle de mis guardias, pudimos hablar sobre ella, acerca de mí, del destino, de la vida, del universo.

Cada vez ganábamos más confianza el uno en el otro.

Se creaba un vínculo.

Un momento dado, cuando aproximadamente habían pasado treinta minutos, ella me dijo:

–Una vez, me dijeron que ser es amar. –Ella estaba tan cerca de mí, que podía sentir su cálido aliento en mi cuerpo, el suave subir y bajar de su pecho al respirar, podía ver sus ojos, mirando a un punto fijo en el suelo, como si fuera una simple niña, tímida, miedosa, débil…– Pero yo creo que ser es en verdad sentir: odio, amor, tristeza. Todo eso es normal, todo eso está bien, no hay nada de malo en los sentimientos, jamás entendí por qué el ser humano se basa únicamente en el amor.

–Ahora mismo, yo no necesito más que amor para ser… –Nos besamos. Luego empecé a desvestirla como nunca antes había hecho en ese cuarto y por primera vez en mi vida hice el amor.

Ambos nos enamoramos; yo de su fuego, ella de mi frialdad.

Nos complementábamos en cada beso, en cada caricia. Y cuando terminamos, el guardia abrió la puerta, la vio vistiéndose y le gritó que ya era tiempo. Salió, guiñándome el ojo antes de irse.

Yo sabía que ella volvería.

Lo hizo. Esperó que el guardia se vaya, sacó el cuchillo de su cartera y me lo dio en mi mano.

–Ismael, espero no debas usarlo.

–¿Cuándo debo escapar? –Le acaricié la mejilla, no me importaba utilizar el cuchillo.

–Solo tú puedes saber cuándo es el mejor momento. Hay un guardia cuando estás con compañía, se sienta al lado de la puerta.

–¿Qué más debo saber?

–Estás en el sótano de un edificio, en Puno.

–¿Perú?

–Sí, la policía no es de confiar, todos son unos corruptos, por eso yo debo hacer justicia por mi cuenta.

–Eres valiente. –Mi tono de voz cambió, fue más apacible.

–Y tú tendrás que serlo.

–Contigo a mi lado, lo seré. –Empezamos a besarnos.

–Jamás te abandonaré… –me susurró al oído mientras me desvestía.

–Y yo tampoco a ti.

Se marchó, pero como era de esperarse, a la siguiente semana volvió.

El hombre cerró la puerta, ella me dio un beso, luego me desató.

–El celular. –Lo puso atrás nuestro, en la cama, como si en realidad no importara. Luego me sacó la polera. Nos besamos, con cada segundo que pasaba yo me sentí más lejos del amor, más cerca de la libertad.

Grité en el orgasmo.

Y recordé que era lo más importante para mí, y con certeza pude decir que no era el amor, no era ese sentimiento tan representado con corazones y pequeños detalles que llevan a la felicidad, sino que era la libertad.

Una vez vestidos, ella dijo:

–Recuerda, solo tú sabes cuál es el mejor momento para escapar. –Se acercó a la puerta como hizo las otras veces, pero yo sabía que algo era diferente. Agarré el cuchillo.

El guardia la abrió, ya estaba acostumbrado a verme desatado con Magela, él sabía que era especial, al fin y al cabo fue la única que volvió. Corrí con mi cuchillo escondido tras mi espalda, se lo clavé justo al medio del pecho, le quité su arma.

Y sin necesidad de usar la palanca o el celular escapé por el pasillo, ni siquiera vi a Magela o su cara, que, seguramente era de estupefacción.

Solo corrí.

Corrí por mi libertad.

Escuché un disparo a mis espaldas.

Un grito de desesperación.

Una risa.

Caí muerto al suelo.

Seguí corriendo.

Corrí por el pasillo infinito.

Fui libre.

¿O, solo cambié de cárcel?

jueves, 3 de diciembre de 2015

La novia del oficial

Paulina Pérez


Celeste viviría dos vidas, una para los demás y una para ella, sin poses ni disfraces.

Celeste, una joven muy hermosa, de cabellos lacios negros y abundantes, piel blanca, alta y una figura casi perfecta, era hija de Cecilia quien la tuvo en los tiempos que ser madre soltera era el peor de los pecados y por tanto muy bien castigado. Apenas sintió a su pequeña entre sus brazos juró que su vida sería muy diferente a la de ella. Trabajó y estudió sin descanso. Estaban solas y no dejaría que su hija creciera en medio de privaciones. Cuidó cada detalle de su formación y con solo tres años asistía a un colegio con un sistema educativo estricto. Ni bien obtuvo su título de bachiller, fue admitida en la carrera de Relaciones Internacionales en una universidad privada muy exigente con media beca por su excelente récord estudiantil.

Como Celeste se había pasado siempre estudiando, no tenía muchos amigos. Le hacía falta relacionarse. Cecilia pensó que debía resolver esos pendientes y la inscribió en una reconocida academia de modelaje, donde las señoritas de sociedad concurrían para aprender a bailar, caminar, maquillarse y conocer las reglas de etiqueta. Las dos quedaron contentas con el lugar. Era una casa grande, adaptada para su uso actual, con un amplio jardín en la parte posterior que se ofrecía para recepciones y al frente un cómodo parqueadero. En uno de los salones se había construido una pasarela para las clases de modelaje. Y en el otro se había colocado una pared de vidrio y madera para crear dos ambientes. El decorado era moderno y sin excesos. Una pequeña cafetería y una boutique que ofrecía productos cosméticos importados completaban todo la estructura. Lola, la propietaria, les enseñó las instalaciones mientras mencionaba los ilustres apellidos de las jovencitas a las que ayudó a brillar en sociedad.

La primera clase inició con una serie de ejercicios de calentamiento y respiración y un anuncio. Lola había aceptado dar un curso intensivo a un grupo de nuevos oficiales del ejército. Y les pidió a sus alumnas compartir con ellos las clases de baile. Nadie se opuso. Ese día Celeste conoció a Göring.

Se hicieron amigos y a veces compartían un café o él la acompañaba hasta que pasaran por ella.

Las dos horas en la academia sumadas a las clases y  las tareas universitarias la dejaban agotada pero Celeste era muy responsable  y asumía todo sin quejas. Aunque a veces, sola en su habitación renegaba de vivir entre tantas reglas y obligaciones.

Göring era lo único que alteraba su rutina, era muy amable y le gustaba bailar con él. Se cuidaba mucho que él lo notara. Su madre siempre le advertía:

—Una mujer decente no se insinúa Celeste, no lo olvides. Es el hombre quien debe dar el primer paso.

 Habían pasado tres meses desde que inició la universidad y su curso en la academia cuando Göring le preguntó si le gustaría acompañarlo a una gala muy importante en la escuela de oficiales. Él le pediría permiso a su madre, pues así se comporta un caballero.

Estaba emocionadísima, sin demostrarlo claro, una mujer debía ser muy discreta en sus emociones. Otro consejo materno.

A su madre le agradó mucho que Göring pidiera permiso para salir con su hija y el hecho de que era un oficial le gustaba más todavía.  

El día del baile llegó. Vestido largo, delicados accesorios que apenas y se notaban, como recomendaba la etiqueta y cabello recogido en un moño del que escapaban a propósito un par de mechones traviesos. A Göring le gustó Celeste desde la primera vez que la vio, pero la disciplina militar le había enseñado a ser muy cauteloso en cuanto a iniciar una relación. Un oficial tenía que escoger una mujer que le ayudara a brillar. Celeste estaba deslumbrante y él no pudo disimular su impresión.

La escuela de oficiales tenía una capilla donde previo a la fiesta se ofreció una misa. Luego pasaron a un gran salón de recepciones decorado hasta el exceso en base a los colores dorado y rojo. Grandes floreros, cubiertos, platos y cristales brillaban en tonalidades áureas, en tanto que en tapices, servilletas y flores campeaba el grana. Como centro de mesa una vela que tenía la forma de la gorra que complementa el uniforme de los oficiales. Lola se habría infartado si hubiera visto esta decoración tan alejada de lo que ella llamaba elegancia y distinción, pensaba Celeste.

Hubo entrega de diplomas y reconocimientos, enseguida la cena y por último el baile.

Göring  y Celeste conversaron y bailaron toda la noche. Él la presentó con todos sus amigos, se sentía muy orgulloso de su acompañante. Callada, discreta, hermosa, dócil. Mientras bailaban una balada romántica la besó, ella respondió tímidamente y con delicadeza se apartó, pero él insistió logrando vencer sin esfuerzo aquella pequeña resistencia.

Regresó a casa y no pudo aguantar la emoción contenida. Saltó sobre su madre para contarle que desde esa noche era la novia del guapo oficial Göring Rodríguez. Su madre todavía aturdida por el susto no alcanzaba a reaccionar ante el “¿qué te parece?” insistente de Celeste. Ella también se acababa de enterar que el corazón de su hija tenía dueño.

Los días transcurrieron y una relación prometedora iba surgiendo. Ella perdidamente enamorada de su caballero de uniforme. Si él no pasaba a recogerla o la esperaba, volaba a su casa para esperar su llamada.

Una noche Göring llegó de visita a casa de Celeste y las invitó a cenar fuera. Quería poner fecha para la reunión en la que presentaría a Celeste a su familia y la pediría en matrimonio.

Cecilia estaba emocionada, si bien su hija era muy joven, su novio era un hombre con un futuro asegurado y al casarse con él, ella también lo estaría. En dos semanas su gema preciada, se comprometería con un apuesto oficial.

Celeste estaba muy nerviosa.  Era consciente del gran paso que iba a dar. Y fue en casa de sus futuros suegros donde sufrió la primera decepción, bien disimulada, desde luego. En el recibidor había una foto familiar junto a un retrato de Hitler delante de la bandera nazi y su espeluznante esvástica. La decoración de la sala se parecía a la del salón de la escuela de oficiales, el rojo y el dorado predominaban, así como los adornos en exceso.

Permaneció más callada que de costumbre. La sonrisa siempre en su rostro. Mientras buscaba minimizar aquel retrato en la casa de su amado, la voz del padre de Göring pronunciando su nombre la trajo de regreso a la sala en la que en aquel momento pedían su mano en matrimonio.

Brindaron por los novios y luego degustaron una deliciosa cena preparada por la madre de Göring en un comedor adornado al igual que la sala. Será que en la escuela de oficiales les obligan a olvidar el resto de colores, se preguntaba. La mesa estaba cubierta con un mantel blanco nacarado y una enorme lámpara de lágrimas de cristal iluminaba la habitación. Grandes aparadores a ambos lados de la mesa, contenían unas hermosas vajillas en miniatura. Nuevamente en una de las paredes un retrato del dictador alemán. Celeste empezó a sentirse incómoda y hacía un gran esfuerzo por disimularlo.

Regresaron a casa y antes de bajar del auto, Göring le preguntó:

—¿Te sientes bien?

—Si amor, solo algo cansada. Fueron muchas emociones por hoy —contestó.

La madre de Celeste estaba tan emocionada que ni siquiera notó el malestar de su hija.

Al día siguiente Celeste fue a clases de educación física como cada sábado y por primera vez desde que inicio la universidad, decidió quedarse un rato con sus compañeros de aula. Empezaba a necesitar aire.

Pablo, era la pareja de proyectos de Celeste en la facultad. Un muchacho muy alegre, se destacaba mucho en los frecuentes debates que se proponían en clases sobre algún tema socio político. Le gustaba mucho reunir a los amigos en su departamento, hacer comidas, jugar naipes, tardes de cine que siempre acababan en cantatas. Vivía solo porque era la única manera de estudiar, según decía. Tenía siete hermanos menores y la casa de la familia era como una guardería. Sus padres habían accedido a financiarle a más de los estudios, un pequeño departamento cerca a la universidad con la condición de mantener excelentes calificaciones. Tres veces por semana daba clases de historia y geografía en un colegio católico para pagar los gastos que la paternal mesada no cubría. Pablo estaba loco por Celeste, pero siempre le pareció fuera de su alcance. Conversaban muy poco y generalmente sobre temas académicos.

Celeste se sentía cada vez más cómoda con sus compañeros, algunos días llegaba a casa solo hasta la noche, faltaba con frecuencia a la academia y dejó de importarle estar a tiempo para esperar la llamada del novio.

La primera en reaccionar fue su madre. La reprendió por olvidar  sus prioridades y  el que ahora era una mujer comprometida. Luego fue Göring, no estaba de acuerdo que pasara más tiempo del necesario en la universidad. Celeste lo seguía amando, pero algo que no lograba definir había cambiado en ella. Llegaron las vacaciones de semestre y su madre se encargó de mantenerla llena de actividades para que no perdiera de vista lo importante, según ella, claro.

Un sábado Göring pidió permiso para llevarle de paseo como premio por haber terminado su primer semestre con excelentes calificaciones. Irían a comer en un pueblo donde todos los sábados  había una feria de artesanías y regresarían en la noche. Era época de lluvia y frío. Salieron muy temprano, desayunaron en la carretera en una cafetería que ostentaba una preciosa vista de montañas nevadas, siempre y cuando estuviera despejado. Se quedaron en el lugar hasta media mañana y luego continuaron viaje hasta la feria artesanal.

Las horas fueron pasando entre ponchos, joyas de plata, gorros, sombreros, bufandas, pañoletas. Hasta que el hambre pudo más y decidieron ir a comer. Llegaron a una hostería que Göring conocía y ni bien entraron cayó un torrencial aguacero, no había manera de salir, así que pasaron la tarde ahí. En vista de que la lluvia no daba tregua, los dueños del lugar improvisaron un pequeño grupo musical con ayuda de algunos comensales y la tarde se volvió amena, entre canciones y una que otra copa de vino hervido al calor de una gran chimenea. El sitio era muy acogedor. Grandes y mullidos sillones alrededor del fuego y las paredes llenas de antigüedades que en otros tiempos fueron muy útiles en la elaboración de todo tipo de artesanías. Planchas de carbón, viejos telares transformados en lámparas, máquinas de coser, pailas de bronce invitaban a imaginar la historia de otros tiempos.

Enfrió tanto que Göring salió a buscar los abrigos. La lluvia no cesaba y viajar en esas condiciones era muy peligroso, así que llamó a la madre de Celeste para que apoyara su decisión de pasar la noche allí. A Cecilia le pareció acertado esperar a la mañana para regresar a casa. Confiaba ciegamente en él. Su hija no podía estar en mejores manos.

Después de cenar se quedaron un rato más acompañando a los cantantes. Nadie cometió la locura de salir con semejante temporal. Cerca de la media noche Göring decidió que era hora de ir a dormir y de camino a la habitación trató de convencerla de pasar la noche juntos. Al final estaban comprometidos, pronto iban a casarse. Pero Celeste no cedía, la voz de su madre resonaba en su cabeza. Él le estaba pidiendo algo que una mujer decente no debía hacer jamás. Por otro lado su madre había aceptado que se quedara sola con él toda una noche, ¿dónde quedaba el discurso de evitar las tentaciones que surgen al estar a solas con un hombre? Como si él adivinara sus pensamientos, le juró que desde el día en que se comprometieron, para él ya estaban casados, nada iba a cambiar, ella era la mujer que había elegido como esposa y Celeste acabó cediendo. Había pensado que su primera vez sería muy especial, pero no lo fue. No logró liberarse de la sensación que sentía al recordar las palabras de su progenitora sobre el pecado de entregarse a un hombre antes del matrimonio y el presentimiento de que su madre estuvo de acuerdo en que Göring la metiera en su cama de una buena vez para comprometerla aún más.

Celeste se levantó muy temprano, una vez lista se sentó en un sofá parte del mobiliario de la habitación y esperó en silencio hasta que él despertara. Göring se levantó le mandó un beso volado y fue directo a la ducha. Notó a Celeste incómoda pero prefirió no preguntar. Inmediatamente luego del desayuno iniciaron el regreso a casa sin decirse nada durante todo el trayecto.

Antes de entrar a casa de Celeste, Göring no soportó más el silencio de ella y le preguntó:

—¿Estás molesta, te ofendí?

—No —dijo Celeste.

—No has dicho nada, —reclamó Göring.

—No me siento muy bien —dijo Celeste—. Creo que no debimos hacerlo. Tengo miedo.

Göring la abrazó y le repitió que para él, ella ya era su esposa. Y que lo que había pasado era esperado en dos personas que se amaban tanto como ellos. Para ella no había sido nada normal lo sucedido, él había disfrutado de algo en que ella no había participado y ni siquiera lo notó.

Se acercaban las matrículas para el  nuevo período lectivo en la universidad y Celeste sufrió una nueva decepción. Göring le insinuó que ya no era necesario que continuara sus estudios. Pronto se casarían y ella debía dedicarse a los preparativos de la fiesta. Una vez casados, él trabajaría por los dos y ella en muy poco tiempo estaría cuidando a los hijos. Para Celeste fue la gota que derramó el vaso. La niña callada, obediente, discreta se transformó en una fiera. Amenazó a la madre y al novio con suspender la boda si se les ocurría insinuar nuevamente que debía dejar la universidad y sin más salió.

Göring y Cecilia demoraron en reaccionar ante semejante reacción.

Celeste llegó a la facultad, se encontró con algunos de sus compañeros, entre ellos Pablo, pagaron la matrícula y fueron a un bar de universitarios a tomar cerveza y bailar. Celeste se sentía liberada, era la primera vez que enfrentaba a su madre. No había nadie que le recordara las reglas ni los modales. Bailó, bebió y besó a Pablo como si de una travesura se tratara.

Cuando llegó a casa su madre la esperaba, no podía creer que su hija tan bien educada llegara a casa oliendo a cerveza y a tabaco. La cacheteó y la metió a la ducha con todo y ropa, mientras le gritaba que agradeciera que Göring no estuviera ahí para ver semejante espectáculo.

Celeste dejó de oír a su madre. Mientras ella la secaba con la toalla como queriendo arrancarle la piel ella pensaba en Pablo, en el beso que le robó. En como con ellos, era otra, una mujer sin temores. Podía decir en voz alta lo que pensaba y sentía.

Cuando despertó su madre estaba sentada frente a ella con los ojos rojos e inflamados. Había llorado mucho.

—Estaba esperando que despertaras, tenemos que hablar muy seriamente tú y yo —acotó.

—¿Qué quieres mamá?, ¿acaso no fue suficiente ya?

—¿Quieres arruinar tu felicidad, tu futuro? ¿Por qué?

—No es mi felicidad mamá… es la tuya. Estoy cansada de actuar, de tanta hipocresía. Me voy a casar, sí, pero no por eso voy a renunciar a tener una carrera, una vida. ¡No lo voy a hacer!

Cecilia salió de la habitación y llamó a Göring. Había que adelantar la boda.

Sin la participación de Celeste decidieron celebrar las nupcias en un mes. Y mientras ella estaba en la facultad, su madre preparaba todo con ayuda de su futura consuegra.

Buscaba miles de pretextos para quedarse lo más posible en la universidad. Y cada vez se sentía más cercana a Pablo. Él era un chico muy sencillo, educado, apasionado por la historia. Le gustaba estar cerca de él, ir a su departamento, tan distinto de su casa o de la de su novio. Pabló había  decorado su apartamento con muebles que él mismo había diseñado. Hacía el dibujo y en un mercado de muebles en el centro de la ciudad buscaba quien se los confeccione. Todo estaba casi al ras del piso, su argumento era que le gustaba estar cerca de la tierra. En las paredes colgaban acuarelas en marcos de madera natural, la misma de sus muebles. Y en una pared, una especie de collage de diversos afiches sobre temáticas sociales que le gustaba coleccionar, lo llamaba el muro de la memoria. Cocinaban juntos y luego ella pedía que le leyera, se acurrucaba a su lado hasta quedarse dormida. Se sentía cansada. En su casa, su madre solo hablaba de la boda que cada día estaba más cerca.

Una tarde mientras ella dormía sobre su pecho, Pablo no resistió más y empezó a besarla. Ella le correspondió y se dejó llevar por las caricias, el calor de los besos y la ternura con la que él la iba desvistiendo. Se entregaron mutuamente con la inocencia y los temores propios de la primera vez en que dos cuerpos se encuentran y dos almas se reconocen. Celeste partió sin despertar al Pablo.

De camino a casa pensaba en su madre, la obligaría a cumplir su compromiso como fuera y en el remoto caso que no lo lograra se encargaría de que no viera a Pablo nunca. Jamás permitiría que ella uniera su vida a la de un muchacho sin un futuro claro.

Celeste regresó a casa muy confundida. Las advertencias de su madre estallaban en su cabeza. Estaba a quince días de casarse con un hombre que ya no amaba. No sabía si debía romper el compromiso o seguir adelante.

Una vez más sus temores y su madre le ganaron la partida. Asumió el matrimonio, la luna de miel como algo inevitable. Una conveniente amnesia volvió  borrosos, casi inexistentes los recuerdos de aquellos eventos donde estuvo sin estar.

Su nueva casa, era igual a la de su madre, paredes blancas, cuadros de colores delicados, al igual que los muebles. Por suerte la familia política no había influido para nada. Pero ella tampoco. Esa casa era de cualquiera menos de ella.
Mientras seguía ordenando y buscando lugar para cada uno de los regalos de boda, encontró un obsequio que permanecía cerrado. Era una caja de madera con los colores de la bandera nazi y en su interior un folleto sobre la vida de Göring, uno de los hombres de confianza de Adolfo Hitler. En la dedicatoria decía: «Para mi nueva hija, siéntete orgullosa de ser parte de nosotros. La familia, la tradición y el nombre tienen una historia a ser preservada. El nombre de tu esposo fue escogido como homenaje a un gran hombre, mano derecha de quien debió gobernar el mundo para el bien de la raza humana».

Celeste lo entendió todo: Göring la había elegido, nada había sido casualidad y su madre, sin saberlo, ayudó para que aquel meticuloso plan no fallara. Recordó a su suegra, una mujer guapa a pesar de los años, callada, dócil y abnegada ama de casa. La esposa ideal para un oficial.

La sangre le hervía de indignación, se sentía engañada, utilizada y traicionada. Era tal su enojo que no lograba articular una idea.

Hizo los ejercicios de respiración que Lola le había enseñado para controlar las emociones, al parecer había llegado el momento de usar todo lo aprendido a su favor.


Terminó de arreglar su departamento hasta dejarlo como si fuera a ser fotografiado para una revista de casa y muebles y llamó a Pablo. Todos habían sido complacidos. Ahora le tocaba a ella.

martes, 1 de diciembre de 2015

El poder del perdón

Maira Delgado





Y si el perdón lo cura todo... ¿Por qué dejamos que sangre tanto una herida antes de usar este mágico ungüento?

Esta tarde, Mariana ha vuelto a ver sonreír a su madre como una niña, tal cual, aparece en aquella vieja foto que guarda entre sus libros, con un hermoso vestido de flores y las trenzas que le hacía la abuela cada domingo para ir a la iglesia. Florecita, siempre fue muy sumisa, aprendió que el amor a los padres es absoluta obediencia, en silencio ante cualquier orden por absurda que parezca. Desde temprana edad se inició en las labores domésticas, la tía Julia, su hermana mayor, compartía responsabilidades con la abuela frente a sus hermanos menores, así que la madre de Mariana, por ser la más pequeña, tuvo que asumir tareas como cualquiera de ellos, añadiendo el deber de sujetarse a los demás.

Cada mañana se levantaba antes de salir el sol, se daba un buen baño, porque la abuela Simona viuda desde los treinta años, era la patrona de esos pequeños, al pasar por su cuarto le decía: —Florecita, hija, que el sol no te encuentre en la cama. De esta manera los levantaba uno por uno. Este llamado debía atenderse con diligencia, para no empezar el día con una reprimenda. La pequeña parcela tenía un ambiente acogedor, una sencilla casa de ladrillo a la vista, fabricados para mantener la frescura en el día y la calidez durante la noche, con techo de tejas rojas, visibles desde lejos a los caminantes que a diario subían y bajaban esas montañas. Su padre la había construido con gran esfuerzo, rodeada de árboles frutales, sembrados por él mismo en el jardín y encargados a Simona para mantenerlos bien cuidados, junto a las flores, que no sólo alegraban con sus colores, sino además expelían agradables aromas, encantando a quien pasaba junto al camino y reconocía la dedicación de su labranza, las vacas y el gallinero estaban en la parte trasera de la casa; eran tarea de los pequeños, cada día se repartían sus oficios, antes de ir a la escuela, los mayores debían ordeñarlas y dejar el maíz junto al agua para el corral, ella preparaba el desayuno a sus hijos, luego los bajaba a la escuela cada mañana. Recorrían un largo camino montañoso antes de llegar al puente donde esperaban el bus que los llevaba hasta Manzanillo, el pueblo, de casas, con paredes pintadas en su mayoría de blanco y puertas de madera, de color verde, se levantaba a un lado de la carretera, con calles empinadas que sacaban el rubor de quienes lo recorrían cada día para hacer surgir vida entre esas escasas manzanas que lo conformaban, la pequeña iglesia junto al parque principal era parte del recorrido de Simona y sus pequeños antes de llegar a la escuela a la que ellos asistían.

—Vamos niños, dense prisa que ya son casi las ocho, no podemos perder el recorrido. Los pobres chiquillos corrían detrás de su madre, agitados, pero felices de poder sentarse un rato para completar el trayecto matutino. Simona los dejaba en clase, siguiendo hacia la plaza de mercado, una antigua casona que se extendía sobre la calle principal y que era uno de los sitios más transitados por la gente de Manzanillo cada mañana, no sólo para adquirir sus alimentos sino para traer lo producido de sus fincas y venderlo a los negociantes del lugar. Allí la esperaba don Manuel, el dueño del local de frutas en el que ella trabajaba, recogiendo desperdicios y acomodando cada nuevo surtido que llegaba, el viejo la apreciaba como a una hija, fue quien le tendió la mano cuando su marido falleció. Cada día, él, se sentaba en un deslucido banco de madera junto a la barandilla que dividía su tienda de las demás y desde ahí impartía las órdenes a sus trabajadores y atendía a los proveedores que llegaban en sus pesados camiones a dejar sus pedidos, no le gustaba encontrar desechos ni residuos a su paso, así que ahí gastaba las horas bien ocupada Simona, hasta que sus retoños salían de estudiar, luego, regresaba con ellos a su hogar cerca de las tres de la tarde, Florecita y Julia los esperaban con los alimentos, la casa limpia, evitando que su madrecita se fatigara más a su regreso. —Dame un poco de agua de panela bien fría hija, estoy cansada de correr con estos muchachos, ya no aguanto los pies. Florecita corría a atenderla, trayendo el vaso con el líquido bien frío junto a las pantuflas de caucho para que descansara de su agotador recorrido.

—Toma mamá, recuéstate un momento mientras Julia les sirve la sopa, está deliciosa, cocinó un sancocho de esos que tú llamas “levanta muertos”.

Así se pasaba los días entre oficios, cuidando cada animalito con cariño ya que eran su única compañía; hasta que un día a la parcela contigua llegaron a vivir los dueños, atravesando una mala situación vendieron su mejor casa, así que se quedaron con el pequeño terreno, trajeron consigo a sus cuatro hijos, que ya eran adolescentes, Mario, el mayor, Jacobo, el segundo, junto con Efraín y Esteban, los dos menores, parecía no agradarles su nueva casa, pero la situación de sus padres se había vuelto precaria y sus sueños de seguir estudiando quedarían en veremos; hasta no lograr salir de esta crisis monetaria. Estos muchachos no se resignaban a su nueva vida, además, se veían enfrentados a tener que prestar el servicio militar obligatorio, así que su destino estaba a punto de dar un giro total, a Mario le gustó Julia desde el primer momento en que la vio, sus ojos verdes grandes contrastaban con su cabello negro que había heredado de su padre, ella siempre aparentó más edad de la que tenía, con sólo quince años ya parecía estar en edad meritoria para casarse, así que este le pidió a su padre que hablara con doña Simona para que se la entregara en matrimonio, de esta manera, se libraría de ir al ejército, empezando una nueva vida con esta hermosa mujer que ya sabía todos los oficios de la casa.

—Padre, quiero casarme con Julia, es hermosa, me gusta mucho, no importa que no sea de nuestra posición, al fin y al cabo nosotros no tenemos dinero y mi futuro no es muy seguro, háblale a su madre para que nos permita emparentar con ella.

—Está bien hijo, si eso es lo que quieres, dentro de poco tú tendrás dieciocho y podrás trabajar para sostenerte, yo no puedo darte más educación, en vez de que mueras en manos de esta guerra violenta, te prefiero casado, formando una nueva familia.

Así acordaron esta unión que a doña Simona le representó no sólo una hija bien casada, sino una pequeña parte de tierra que le entregaron por ella; haciendo que su parcela creciera y sus cultivos le generaran nuevos ingresos.

—Podemos hacer lo mismo con Florecita —le dijo el padre de Mario—. Sólo que apenas tiene doce, así que esperaremos a que Jacobo vuelva del ejército para mantener esta alianza entre las dos familias.

Simona no estaba tan convencida pero su necesidad la hacía ver esto como una buena posibilidad, sin embargo no le aseguró nada al viejo para no adelantarse a los hechos.

A Florecita, que todo escuchaba con sigilo, le encantó la idea de ser la prometida de Jacobo, ya que era el más guapo, un joven rubio, de ojos azules, de sonrisa amplia, tenía un cuerpo atlético y brazos fuertes, siempre la ayudaba con las vacas, cuando estas se ponían rebeldes en el ordeño, él las sujetaba, exprimiéndoles la leche para que ella no se esforzara demasiado, empezaron a pasar mucho tiempo juntos, él también se levantaba muy temprano para ayudar a su padre con las labores de la granja, pero siempre aprovechaba el más mínimo descuido para ir a ver a su hermosa Florecita y robarle un beso en la mejilla mientras ella se sonrojaba al verlo. Todo parecía haber cambiado para ella, esta nueva ilusión hacía que sus días fueran diferentes, se sentía feliz con su nuevo amigo, recorrían la parcela dando de comer a los animales, limpiando los corrales y regando los sembrados; cada tarde, al llegar su madre, ella la esperaba con comida. De repente había una sonrisa en su rostro de la que Simona sospechaba el motivo, pero no le decía nada a su hija para no ilusionarla en falso, ya que este hermoso joven partiría pronto para el ejército sin saber su futura suerte.

—Hija, te veo muy animada, pero no olvides, en la vida no todo está comprado y nada dura para siempre.

—¿Por qué lo dices mamá?

—Podría contarte tantas cosas que me han pasado pero no acabaría esta tarde, mañana me espera el viejo Manuel bien temprano. Cuando murió tu padre supe que la felicidad dura hasta que a la luna le da envidia, entonces nos toca ponerle la cara al sol.

—No entiendo, ¿lo dices porque él murió muy joven?

—Ahora no lo entiendes hija, pero algún día lo comprenderás.

Nada le quitaba la ilusión a Florecita, ni percibía mucho las palabras de su mamá, sólo esperaba que amaneciera de nuevo para hacer todas sus tareas en compañía de Jacobo, a veces, pensaba en voz alta —se vale disfrutar de la luna mientras sale el sol.

Una mañana de enero, se levantó muy temprano, despidió a su madre, hizo los oficios, esperando que apareciera su compañero, pero no sucedió así, entonces ella fue a buscarlo a su casa, quizás esté enfermo, pensó, no pudo aguantar sus ansias, pasó la verja para entrar a la granja vecina.

—Buenos días. ¡Jacobo, Jacobo! ¿Dónde estás? —la casa parecía estar sola porque las puertas estaban cerradas, mucho silencio para una mañana normal, siguió rodeándola tratando de ver por las ventanas, efectivamente sólo estaba Matías, el viejo peón que le ayudaba a la familia con el cuidado de los animales, era el único empleado que habían conservado después de la crisis, tal vez por su edad o por el apego que este tenía hacia sus patrones.

—¿Qué pasó mijita, qué buscas, vienes a ver a Jacobo? Qué rápido se extraña a quien se quiere, por eso yo en la vida preferí querer solamente a mis patrones siguiéndolos hasta que me muera.

—¿Qué sucede Matías, dónde están todos? Y ¿Por qué me dices esas cosas? He venido a buscarlo por una razón, hay una vaca enferma y quiero que Jacobo me ayude, no sé cómo ordeñarla sin causarle más pesar.

—Entonces yo iré a verla porque Jacobo no está, no creo que vuelva pronto, así que vamos y te asisto con el animal, de paso te entrego esta nota que te dejó el joven, me temo que por su afán no pudo despedirse de ti.

—¿Despedirse, cómo así? ¿A dónde se fue? —Sus ojitos se fueron nublando.

—Toma hija, lee mientras vamos a ver qué pasó con la vaquita, ¿estará también enferma de amor?

El viejo revisó al animal, mientras Florecita leía ese pedazo de papel, algo húmedo, quizás por el sudor del hombre.

“Mi querida Florecita, debo partir hoy mismo para el ejército, no sabía que sería tan pronto,  apenas anoche me lo dijo mi padre. No pude ir a buscarte para decírtelo, sólo quiero que sepas que te llevo conmigo, te pido que me esperes porque cuidaré de volver para cumplir la promesa de casarnos. No me olvides”.  
                                                          
                                                             Jacobo

El viejo, vio a Florecita, arrugar ese papelito contra su pecho, echándose a llorar, no pudo decir nada, salió corriendo dejándolo ahí, sin importarle qué había pasado con el animal.

—Mija, tranquila me encargaré de la vaca mientras regresa tu mamá —gritó el hombre—. ¡Ay! Sólo se extraña lo que se quiere, así que afortunada ella que tiene a quien extrañar —Continuó como pensando en voz alta.

Todo se oscureció de pronto en el alma de esta pequeña e inocente niña, el primer amor ya había hecho de las suyas en su corazón, ahora, esperar su regreso era una promesa ilusoria, en ese momento recordó las palabras de su madre, tendría que darle la cara al sol sin la compañía de su joven y apuesto Jacobo.

Esa tarde al regreso de su madrecita, el cielo parecía haberse oscurecido más temprano, ella notó la tristeza en la cara de su hija, pero no quiso aumentar su dolor, así que no profirió palabra sobre el asunto que tendría que comunicarle. Dos semanas después, Simona levantó a Florecita más temprano —Hija, hija, levántate, hoy quiero llevarte conmigo, así que apresúrate.

—¿Por qué mamá, qué sucede?

—Vamos hija, en el camino te lo explicaré, anda alista tus cosas, ayúdame con las gallinas antes de salir, yo me encargo de las vacas.

Florecita no entendía nada pero ya era su costumbre, obedecer sin preguntas, de modo que hizo todo pronto, para irse al pueblo.

En el camino no hablaron mucho, Simona sólo le dijo que el viejo Manuel la quería conocer. No deseaba alterarla antes de tiempo; en el largo  recorrido Florecita apenas divagaba acerca de su querido Jacobo.

Al llegar al pueblo, se dirigieron a la plaza, su madre la peinaba durante el camino, hablándole: —Hija, arréglate un poco, vas a conocer al hijo de don Manuel, es un joven apuesto, galante y quiere ser tu amigo, así que desde hoy vas a acompañarme todos los días y empezarás a tratarlo. Luego me dirás, si te gustaría casarte con él.

La pobre Florecita quedó petrificada, ¿no sabía su madre que ella esperaría a Jacobo? —pensó de inmediato.

—Pero mamá yo...

—Tranquila hija, ya verás que te agradará tan pronto lo veas.

Al llegar, don Manuel conversaba con Carlos, su hijo de quince años, que siempre fue  mimado por su madre y elogiado por su hermoso parecer, había crecido viendo trabajar a su padre, el cual, quería casarlo pronto para no enviarlo al ejército, sino que se preparara para quedarse con el negocio cuando él decidiera retirarse.

—Buenos días señor —saludó Simona, muy cordial como siempre.

—Así que esta es la pequeña Florecita, pero si es bien agraciada, hermosas trenzas, pero, ¿siempre eres así de callada?

—Claro que no, espere nada más que entre en confianza  —dijo Simona mientras halaba a su hija—, saluda hija, don Manuel te está hablando.

—Buenos días señor —la pobre susurró detrás de su madre.

—No me digas señor, que soy Manuel, además quiero presentarte a Carlos, ven muchacho, mira qué amiga más guapa te he conseguido. Este, la miró presumido y haciendo alarde de su encanto, le extendió la mano a Florecita para saludarla, pero ella lo veía de reojo, pues conocía las intenciones de su mamá, y no le agradaban  mucho. Así que la pobre niña tuvo que acostumbrarse a venir cada día a la plaza, para ayudar al joven a organizar las frutas en bolsas, con el único propósito de acercarlos, pues en dos meses estaría casada con él, sin saberlo, tendría que olvidarse de esperar a Jacobo o aguardar cualquier promesa de amor.

A los doce años, no se sabe de amores, desamores, matrimonios acordados. Aún así, Florecita tuvo que enfrentar todo esto; en pocos meses, la esperaba una vida al lado de ese muchacho que aunque era agradable, no lo amaba, ni siquiera sabía si le gustaba o no, esto era por compromiso, se sentía vendida para algún trabajo, con las tareas de manejar su nueva casa, atender al marido y en las noches acostarse con un desconocido que le enseñó cómo se hacían los niños, aprender a criarlos uno a uno a medida que fueron llegando. En el olvido, o quizás en un papel quedó el nombre de su amado Jacobo durante los siguientes años. Cuando él regresó, ya su padre lo había casado también con una jovencita de la ciudad y Florecita esperaba su tercer hijo, porque el joven Carlos parecía querer reproducirse demasiado pronto, además, su padre ya le había encargado el negocio, pero su excesiva vanidad y el asedio de las mujeres del pueblo, poco a poco lo convirtieron en un hombre mujeriego y bebedor entregado, jamás pareció querer a Florecita, por lo tanto, su maltrato hacia ella no se hizo esperar, cada día se tornó en un tormento, pues era áspero y engreído, sacándole en cara que ella era una pobretona a quien su padre había comprado para él, pero que su corazón era demasiado grande para tenerla como su única mujer. Luego vinieron otros dos hijos, esta pobre, no hacía más que agradarlo, ayudándole en el negocio ya que este por su amor al alcohol cada día lo descuidaba más, llegó a ser la administradora de los bienes, relegando a su alcohólico compañero a un segundo plano.

Una tarde, mientras cerraba la venta, organizando las cuentas, alguien llegó y de pie frente a ella sonrió diciendo: —Toda una dama mi hermosa Florecita, ¿quién creería que sería la dueña del negocio de don Manuel?

Ella se turbó. Sin duda reconoció a aquel hombre, era su Jacobo del alma, ya todo un señor pero con el mismo aspecto hermoso que tanto le había impactado desde niña.

—Todo un señor don Jacobo, ¿quién llegaría a pensar que volvería a verte después de tantos años?

—Te prometí que volvería. Si me hubieras esperado, tal vez...

—Sabes que te hubiese esperado, pero cuando la luna es envidiosa, nos toca ponerle la cara al sol.

—¿Qué dices mujer?

—Sólo estoy recordando a mamá.

—Sí, ya sé que Simona te vendió a este viejo, que te obligó a casarte apenas dos meses después de mi partida, pero eso no importa, lo único que quiero saber es si eres feliz, porque yo no lo he sido, casarme con ella fue la única salida que tuve cuando me enteré de lo que te habían hecho. Ella es una buena mujer, mas, nunca la amaré como a ti.

—Ya es tarde para nosotros. La vida nos separó, no podemos enmendar un pasado que quedó en un papel que aún guardo tan arrugado, como mi corazón con tu partida.

Las palabras de su amado calaron en el corazón de Florecita, a pesar de la dureza de la vida, seguía conservando la primera ilusión en su pecho. Sin remedio, a escondidas del pueblo, en lo más secreto, se amó intensamente con Jacobo, él la deseaba como a nadie y ella nunca había dejado de esperarlo, de ese idilio nacieron José y Mariana, de quienes, entre voces el pueblo murmuraba de su procedencia, el viejo Carlos no hacía más que beber y por andar detrás de todas las mujeres del pueblo ni cuenta se daba de que la suya era feliz con otro, así que entre chismes e injurias pasaron los siguientes años los amantes clandestinos, hasta que Florecita no resistió más; decidió abandonar el pueblo con sus hijos emigrando hacia la ciudad. De Carlos quedaba sólo un bebedor empedernido, ni siquiera vivían juntos ya, pero Jacobo no pudo dejar a su esposa que aunque enferma nunca le había hecho el menor reparo acerca de las habladurías del pueblo, por esto, no le perdonaba a Florecita su abandono, así que al enviudar prefirió unirse a otra mujer, antes que volver a buscarla.

Treinta años pasaron para estos viejos amantes que dejaron de verse, Florecita tampoco le perdonaba su falta de coraje, sola, se empeñó en sacar adelante a sus hijos, en darles una nueva vida lejos del infierno que habían padecido. Mariana, creció sin ver a su padre, ni saber de él, hasta ese día que decidió salir a buscarlo, una consejera de la iglesia cristiana a la que durante años ella y su madre habían asistido, empezó a trabajar sobre sus temores y sus mayores ataduras del pasado, descubriendo que la ausencia de la imagen paterna había hecho estragos en su carácter, que necesitaba perdonar, sanando su pasado antes de continuar cualquier proceso en su vida. Una mañana quiso volver a su pueblo para visitar a su papá, Jacobo que ya era un hombre mayor no la reconoció.

—Buenos días don Jacobo, soy Mariana Casas, hija de Florecita Casas.

—Buenos días joven, lo siento pero no sé quién es usted.

Ella atemorizada pero a la vez experimentando un nuevo rechazo le replicó: —¡Ah! ¿No sabe quién es Florecita Casas?

Pero él, mudando su semblante y temeroso de que su nueva mujer supiera de quién se trataba,  le respondió: —Justo ahora voy a salir pero si vuelve en dos horas, podré atenderla.

—No se preocupe, sólo quería saludarlo y saber cómo estaba, lo menos que deseo es importunarlo. Y volviéndose se alejó, sin completar su anhelada charla.
Al regresar a su casa le contó a su madre lo sucedido, quien decidió después de unos días llamar a Jacobo para pedirle que recibiera a su hija, así que indagó por el número telefónico de su antiguo amante y después de unos días le habló directamente a su casa. Jacobo, reconoció inmediatamente su voz y al imaginarse su rostro, cayó sentado sobre el sofá, miles de recuerdos invadieron su mente, pensó por un instante, que ella quería regresar a su lado, e hizo un gran esfuerzo por ser amable y olvidar su dolor, pero las palabras de Florecita, traían una carga de compasión por su hija y no precisamente un aire romántico.

—Jacobo, hace mucho que no hablamos y en mi corazón ya no hay dolor por lo vivido, creo que hemos crecido lo suficiente, como para poder hablar civilizadamente, de nosotros, no hay nada qué decir, mas no puedo decir lo mismo de nuestros hijos, ellos tienen derecho a relacionarse contigo y a que subsanemos cualquier daño que les hayamos causado, Marianita, decidió buscarte sin consultarme, para acercarse a su padre y entablar una relación sana y amigable contigo, sé, que tal vez te sorprendió su repentina aparición, sin embargo, piénsalo y si fuimos importantes para ti, acepta volver a verla y permítele conocerte, en la vida hay cuentas que debemos pagar antes de partir y de los hijos daremos respuesta a Dios algún día. Gracias por escucharme y deseo que consideres mis palabras.

Al colgar, él quedó pensativo mucho rato, jamás imaginó volver a oírla y su alma se estremeció en silencio, esa llamada, sería tal vez la última vez que sabría de ella.

Mariana, regresó dos meses después y pasó esa tarde con su papá, después de hablar largamente, logró reconciliarse con él, sanar así, un pasado que parecía haberle atormentado por mucho tiempo. Lo que ella nunca sospechó es que ese primer paso que dio, traería un cambio radical a la vida de su padre ya que él reconocería en su corazón que Dios le daba una nueva oportunidad de empezar otra vez. Un año después abandonó todo en su pueblo para buscar a Florecita, resuelto a pedirle perdón, rogando por una oportunidad de terminar sus días junto a ella. Mariana pudo cerrar este ciclo doloroso; luego de aconsejar a su madre que lo perdonara, le dijo que si deseaba recibirlo otra vez no debía detenerse por ella.

Florecita lo perdonó, dándole una nueva oportunidad a ese amor que aunque a estas alturas de su vida le traería algo de compañía y podría resarcir todo un pasado de dolor, de este modo, se permitió terminar al lado de su amado Jacobo, a quien hubiese esperado si la luna envidiosa no la hubiera hecho ponerle la cara al sol.

Sentados cada tarde comparten juntos una taza de café con galletas, recordando historias de su niñez, viendo correr a sus nietos de un lado a otro. Mientras Mariana se acerca, bajando de su auto, contempla esa hermosa escena.