jueves, 12 de noviembre de 2015

De lo cotidiano del amor... segunda parte

Héctor Luna



—¡Voltea hacia mí!

—¡Sonríe!

—¡Mójate los labios!

De fondo y a medio volumen se escuchaba “Sexual Healing” de Kygo.

—¡Mirada sexy! ¡Vamos! Ya casi terminamos.

Sofía mide casi un metro con setenta, piel apiñonada,  cabello castaño, delgada, ojos cafés y una sonrisa que enamoraba a cualquiera. 

—¡Eso, así!

Al fondo una pequeña repisa sobre la cual había tres velas encendidas,  la pared de ladrillos detrás.  El olor era mezcla entre incienso y cigarro.

—Muy bien Sofía, terminamos, ¡estuviste maravillosa! 

Sonriendo, se levantó de la cama a medio tender tirando los pétalos de rosa mientras lo hacía, se puso una blusa semitransparente con las piernas desnudas, amarró su cabello y salió por la puerta de enfrente.

Comenzó a sonar ahora “Firestone”.

Se encendieron las luces del estudio.

—¡Por fin! Lo logramos, gracias a todos.  Ahora sí a festejar y a descansar.

Todos en el set aplaudieron.

Sofía regresó vestida con jeans azules pegados, una blusa negra con escote discreto y sus botas que la hacían verse diez centímetros más alta.

—Gracias mi amor, sé que estás fotos serán la sensación ahora que las publiquen —dijo mientras besaba a su novio el fotógrafo. 

—Estoy seguro de ello, ¡estás guapísima! ¡te amo! —respondió Manú y le devolvió el beso.

Hace dos años, en el bar “Pata Negra”, ubicado en la condesa en la Ciudad de México.

Salí rápido del baño y de repente choqué con alguien.

—¡Mil disculpas! ¡Perdóname por favor!

—No te preocupes, yo también venía distraída.

Desde la barra Mike había visto el choque, pero no supo quiénes eran, apenas vio un suéter rosa.

—¡Hola soy Manú! —le dije titubeando y sonriendo.

Ella con otra sonrisa me respondió: 

—¡Hola, yo soy… Sofía!

—¿Puedo invitarte algo de tomar? —preguntó Manú nervioso.

—¡Mmmm! Vengo con mis amigas pero si te late puedes unirte a nuestra mesa.

—¡Me encantaría!

En la actualidad.

—¿Te acuerdas cuándo nos conocimos? —preguntó Sofía

—Nunca lo voy a olvidar, me tardé tres semanas en acercarme a ti —mientras alzaba la mano para llamar al mesero.

Música clásica de fondo, iluminación a media luz, una perfecta cena romántica.

—La ensalada y la pasta están deliciosas —dijo ella.

—Muy ricas —afirmó Manú.

Celebraban un año de novios, dos de conocerse  y la terminación del estudio fotográfico que Manú le había hecho a su novia para la siguiente publicación de la revista Vogue México donde él trabajaba.

—¡Salud! —dijeron y chocaron sus copas.

—¿Quién lo diría? Ahora eres una de las modelos más cotizadas de nuestro país.

—Pero esto no sería posible sin las buenas fotos y el extraordinario manager que tengo —respondió Sofía mientras se llevaba una uva a la boca.

—Y, ¿te acuerdas aquella noche en la que te pedí ser mi novia?

—Cómo olvidarlo, ¿qué te parece si lo repetimos?

—No digas más, ¡vamos ahora mismo!

Manú pidió la cuenta y salieron inmediatamente después de pagar.

Estaba lloviendo, decidieron irse caminando. No pasaban más de diez pasos para que se mostraran cariño.  La ropa mojada, los besos y las caricias prendían más a cada uno.

Finalmente llegaron al estudio fotográfico de Manú, ubicado al sur de la Ciudad de México sobre la calle de Miguel Angel de Quevedo. Es un espacio grande, en la parte de abajo tiene una galería en donde exhibe exposiciones de fotografías suyas y de otros colegas; en la parte de arriba hay un cuarto adaptado como estudio y otro es su oficina. Todas las paredes son de de ladrillo y la luz que ocupa es baja, lo que le da un toque romántico y atractivo.

Tuvieron una noche ardiente, aprovecharon cada rincón del lugar para mostrar su amor, desbordaron su pasión.

Al día siguiente y durante los meses subsecuentes su relación iba muy bien, la carrera profesional de ambos estaba en ascenso, Manú era contratado para fotografiar a grandes personalidades del mundo de la moda y artístico a nivel internacional mientras Sofía caminaba por las pasarelas más importantes y modelaba a los mejores diseñadores.

Su vida era envidiable, tenían dinero, fama, lujos, fiestas, lo mejor de lo mejor.

Siete meses después.

Acabando un día de trabajo arduo, cenaron en su departamento y después entre beso y beso terminaron haciendo el amor como cada noche.

—Manú, tengo que decirte algo.  Ni por dónde empezar sé, tengo sentimientos encontrados, estoy confundida, no sé qué hacer —dijo Sofía.

Manú encendió una de las velas que estaban sobre el tocador y bajó un poco al volumen del componente que tocaba un cd de música clásica.

—Dime qué pasa amor —sugirió él.

—Desde hace unos días me he sentido un poco mal.  Pensaba que era por la carga de trabajo, he tenido mareos y naúseas.  Ayer se suponía que entraba en mi periodo y nada.  Así que hoy en la mañana decidí ir a la farmacia y comprar una prueba de embarazo y…

—¿Y…? —preguntó Manú entre asustado, nervioso y sacado de onda.

—Estoy embarazada —respondió ella con cara de miedo y lágrimas rodando por sus mejillas.

—No es que no me de gusto, creo que ser mamá es una de las mayores bendiciones que una mujer puede tener pero en este momento de mi vida no lo veo así.  Estoy en la mejor etapa de mi carrera como modelo, viajando, estando en las pasarelas más importantes del mundo, haciendo lo que realmente me gusta y me llena y un hijo en estos momentos frenaría ese crecimiento que llevo sino es que me dejaría fuera del medio.  Engordaría, mi cuerpo perdería esta forma que no sé si pueda recuperar de nuevo o quién sabe en cuánto tiempo lo pueda lograr, ¡no sé!, son muchas cosas, no sé qué hacer.

—A mí me gustaría ser papá, no lo niego pero respeto tu punto de vista y tomándolo desde esa perspectiva tienes razón pero no sé me ocurre qué podamos hacer.

—Creo que una de las mejores opciones sería abortar, me da miedo y va en contra de mi religión pero es lo más viable si queremos seguir triunfando por los próximos años como lo habíamos planeado —sugirió Sofía.

—¿Abortar? ¿Podríamos vivir con eso el resto de nuestras vidas?  Sabes que te amo y que te apoyo en las decisiones que tomes. No estoy del todo de acuerdo con esto pero si crees que sería lo mejor para nosotros, cuenta conmigo.
Manú no era muy religioso el tema del aborto era algo que le daba escalofríos sólo de pensarlo. Era un hombre responsable, de mente abierta y siempre trataba de ayudar en lo que pudiera los demás. Medía un metro con ochenta centímetros de estatura, no era gordo pero tampoco muy delgado, cabello castaño obscuro y ojos cafés. Hacía ejercicio todas las mañanas antes de irse a trabajar.

Dos semanas después todo cambio en sus vidas, sentían un remordimiento que no los dejaba.  A todos lados a los que iban siempre veían un bebé, la culpa los estaba acabando.

Decidieron darse un tiempo separados, sin buscarse y cada quien por su cuenta empezó a tomar terapia con una psicóloga que les había recomendado un amigo que vivió una situación similar y que gracias a ella logró superar el trauma.

En las sesiones con la psicóloga, ambos se desahogaban y sacaban todo lo que sentían, la sensación de culpa, el hubiera, etc. Fueron de gran valor para ellos aunque a decir verdad no lograron sanar ese gran remordimiento que sentían.  Habitaba una mirada triste en sus corazones que se reflejaba en sus ojos.

Después de una sesión fotográfica, Manú entró en su oficina y empezó a revisar sus mails.

Correo de Sofía García decía en su bandeja de entrada.

“Mi amado Manú

He vivido meses muy tristes, días sin fin, llenos de llanto, de arrepentimiento. 

No logro superar lo que hicimos, no sé por qué lo permitimos.  Todos los días que veo un bebé en la calle me siento la peor mujer del mundo.

Como acordamos he estado yendo a las terapias, me han ayudado pero no del todo. No aguanto seguir viviendo así sin pagar un precio.

Parte de eso fue haberte perdido, te extraño no sabes cuánto, quisiera tenerte entre mis brazos, que me besaras y me hicieras el amor como cada noche. Me gustaría volver a verte y empezar desde cero pero antes debo cumplir y pagar mi condena para ya no sentirme culpable.

Espero que estas líneas sean un hasta luego y no un adiós y que el destino en algún momento de nuestras vidas nos vuelva a unir y si así sucede es porque ambos estábamos destinados para estar juntos.

He decidido meterme en un convento durante un tiempo y renunciar a la vida profana que he llevado hasta el momento, espero lo entiendas y me apoyes como siempre lo has hecho.

Te amo por siempre…

Sofía”

Con lágrimas en los ojos, Manú golpeó el escritorio.

“Mi amor, no puedes hacer eso, podemos darnos una nueva oportunidad, nos seguimos amando, te extraño, no lo hagas por favor, ¿a qué convento vas a meterte? Te voy a sacar de ahí, lo prometo”

Respondió el mail casi sin pensar.

Durante meses Manú pensaba en su amada Sofía, la veía en cada sesión fotográfica, en los rostros de las modelos que retrataba, no dejaba de pensarla.  
Por las noches no podía dormir y cuando lograba hacerlo soñaba a Sofía caminando hacia él y cuando estaba por abrazarla y besarla escuchaba los llantos de un bebé a lo lejos.

Por otro lado, Sofía, desde su celda en el convento, en donde muchas noches las pasaba en vela, siempre pensaba en Manú, sentía sus manos tocándola, acariciándola.  Le pedía todo el tiempo a Dios que si tenía que estar con él que los juntara y sino que le arrebatara esos pensamientos y sentimientos hacia él.
El convento de San Juan está ubicado al sur de la ciudad, su arquitectura obedece al estilo barroco. Tiene dos muy grandes patios con jardines perfectamente cuidados, en el centro de uno hay una fuente y en el otro una enorme cruz.  En una de las esquinas está una torre que se eleve sobre todo el convento y en la que se encuentra el campanario. 

Tiene una vasta biblioteca, quince celdas, una capilla, una cocina, un comedor y dos oficinas.

Siempre que había algún evento en el convento, Sofía no dejaba de mirar a los fotógrafos pensando que un día sería su amado Manú.  Pero en el fondo sabía que él no se dedicaba a ese tipo de fotos.

—¿Por qué te la pasas viendo a los fotógrafos? ¿Tienes una fijación con ellos? —preguntó Sor Ana con una risa picarona.

La hermana sorprendió a Sofía mirando a un fotógrafo que hablaba con la madre superiora para ponerse de acuerdo sobre el evento del fin de semana.

—No es eso, ¡cómo crees! —respondió sonrojada y asombrada por la pregunta.
Se escuchaba al coro de monjas ensayando el Ave María.

—Una vez estuve muy enamorada de uno, estoy segura que es el amor de mi vida —contestó melancólicamente Sofía.

—Yo creo que sigues amándolo y cada que ves a los fotógrafos tu corazón late pensando que te lo volverás a encontrar —sugirió Ana.

Con cara de tristeza y moviendo afirmativamente la cabeza respondió Sofía.

—Si lo amabas tanto, ¿por qué lo dejaste?, ¿qué te hizo?, ¿por qué te metiste de monja?

—Es una larga y triste historia que prefiero no recordad por ahora, otro día te la contaré —expresó Sofía mientras tomaba su biblia y rosario de la mesa y se alejaba por el pasillo a un lado de la capilla.

Cuatro meses después.

Todas las monjas del convento de Santa Inés se preparaban para la llegada del cardenal, quien estaría de visita unos días y les entregaría una ayuda que les mandaban del Vaticano.

El convento lucía majestuoso, los jardines bien podados y regados, las celdas, los pasillos, el comedor, la sala: impecables.

Junto con el cardenal venían otras altas personalidades de la Iglesia Católica.

Lo siento mi señor, tiene una llamada

Lo siento mi señor, tiene una llamada

Lo siento mi señor, tiene una llamada —sonó por tercera vez el celular de Manú.
Con los ojos todavía cerrados acercó su mano al buró cogió su móvil y contesto con voz de dormido.

—Bueno, ¿quién habla?

—Soy Paco, ¿cómo estás? ¿sigues dormido mi Manú? —Paco, fotógrafo también pero de eventos sociales y políticos, se había convertido en un buen amigo para Manú en los últimos meses.

—Sí un poco, ¿te puedo llamar al rato?

—No tengo mucho tiempo, me acaban de avisar que mi hermana va a dar a luz y quiero ir a verla, mi vuelo sale en seis horas.

—Que padre, me la felicitas.  ¿Por eso me despertaste? No conozco a tu hermana Paco.

—Lo sé, ya te mandaré fotos de ella y su bebé.  Pero necesito que me hagas un favor, viene el cardenal a la ciudad y me contrataron para cubrir todo su andar por aquí.  Me pagaron bien así que no puedo dejar este trabajo.  Necesito que me cubras, sòlo serán tres días y te daré el treinta por ciento, ¿te animas?

“¿En qué momento se me ocurrió decirle que sí a Paco?” pensó Manú mientras montaba todo el equipo de cámaras y reflectores en uno de los pasillos del convento que daban al salón principal en donde se llevaría a cabo el magno evento.

—La madre superiora me ha enviado a ver si no se le ofrece algo, ¿puedo ayudarle? —se escucho una voz detrás del fotógrafo.

Manú dio la vuelta para agradecerle y…

—¿Sofía?...

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Estampas

Bernardo Alonso  



1

El asfalto y sus líneas entrecortadas se alumbraban con los faros del auto mientras la oscuridad devoraba todo.

Venían curvas, subidas y bajadas. El frío traspasaba el parabrisas. Mis manos temblorosas sobre el volante; no me importaba la aguja del velocímetro.

No llegaba al escape ni al olvido. Sonaba en repetición nuestra canción a todo volumen cuando dos luces me iluminaron desde el sentido contrario, el interior del auto se encendió y mis ojos se cegaron. Mi pie pisó a fondo el acelerador y el rugir del motor me enfiló a lo desconocido mientras sentí liberarme por el alivio que en meses nunca había asomado.

Momentos de soledad y la pérdida de mi consciencia se apagaron con el parpadeo de luces y la bocina del aterrorizado conductor. El vértigo me inundó, viré sin voluntad a mi carril, el corazón me salía por el cuello, el helado clima se tornó bochornoso. De nueva cuenta el rencor a mí mismo junto con los hermosos y terribles recuerdos volvieron a atraparme.


2

Emergí de mí, con la boca seca, las palpitaciones aceleradas y el blanco techo del lugar dando en la cuenta que mis tobillos y muñecas estaban atados al barandal de la cama. En efecto, otra vez en el mismo hospital con la sonda, bata azul y el irritante pitido de mi corazón en el aparato.

En ese momento recordé la terrible recaída en la cena de navidad. Ya lo tengo más claro, no soporté la velada con mis padres y hermanos, me salí de su casa a buscar en mi departamento el polvoso salvamento escondido en el librero y después cinco tragos de la botella oculta en el retrete, se hizo el brebaje perfecto para encaminarme a casa de la familia de Rebecca.

No podía soportar estar apartado de ella ni de los niños. De una aspirada quería suprimir el pasado, volver a aquellos tiempos de paz, ternura y amor para esfumar la mierda de vida que sufría.

Entré como pude. Con ansiosa actitud, interrumpí la pacífica cena. Camisa mal abotonada, desfajada, peinado andrajoso y habla entrecortada. Trastabillé al tratar de estrechar a Rebecca. James, su fornido hermano, brincó desde el otro lado de la mesa sin permitir el abrazo añorado por mí. Me sorrajó un puñetazo que me sentó sin desconectarme. Podía ver desde el suelo el drama en las pequeñas caras infantiles, su llanto y cómo fueron sustraídos del hermoso salón iluminado con el candelabro de cristal pendiendo sobre aquel enorme comedor Luis XVI donde tantas veces fui el centro de atención e interpreté a pedido de los comensales mis exitosas baladas, con la voz y talento que no están más conmigo. Ahora ese lugar era deslumbrante y el sabor de mi sangre en la boca me anclaba a la tierra.

Tres hombres me sacaron de la mansión a rastras subiéndome a un auto. Me desvanecí en el trayecto a casa de mis padres, que acostumbrados a estas escenas me esperaban para internarme a la rehabilitación por enésima ocasión.


3

—Gracias, señor juez. Su señoría y los honorables miembros del jurado han presenciado el desahogo de pruebas irrefutables que hacen a Nicholas Ferdinand Thierry una persona carente de la capacidad adulta de cuidar, criar, e incluso convivir con sus menores hijos Jeremiah y Alessandra. Las probanzas más que suficientes, acreditan las innumerables ocasiones en que tanto la vida de la señora Rebecca O´Shea como la de los propios menores corrieron grave riesgo. Verán que no solo hablamos de malos comportamientos, descuidos, ofensas, o vergüenzas sino amenazas reales a sus personas —con claridad y atrayendo la atención, el abogado de Rebecca se dirigía al juez y jurado que sin duda me arrancarían merecidamente a mi familia, mientras se paseaba por el elegante juzgado con piso, muebles y paredes de madera, una bandera americana imponente y la sala colmada de curiosos que en sus expresiones favorecían el perfecto actuar del jurista.

—Solo les recuerdo a los miembros de este jurado la ocasión, una entre muchas, cuando el aquí demandado bajo los efectos de la cocaína y alcohol en un arranque de euforia desmedida trató de aventar al vacío a la pequeña Alessandra, o también el intencional incendio en el domicilio conyugal. Es de público conocimiento y constituye un hecho notorio que este señor fue, y lo digo en pasado, un gran cantante y compositor. Obtuvo muchos premios como Grammys, Brit awards, condecoraciones extranjeras. ¡Un verdadero prodigio de nuestra cultura! Todo esto se vio opacado por los denigrantes escándalos que su inocente familia ha tenido que vivir —me señalaba el elegante abogado sin importarle mis sentimientos. Era su dedo acusador el que me apuntaba dirigiendo cual batuta de una orquesta la mirada del jurado. La expresión del vetusto juez con su oscura toga asemejaba la mirada de la directora de mi escuela cuando por primera vez me descubrieron vendiendo mariguana en la secundaria.

—Mis alegatos sobran si seguramente ustedes hojearon algún periódico o revista los últimos cinco años, pudiendo ver el uso desmedido de esta persona de todo tipo de drogas, alcohol, violencia y abandono como elementos recurrentes en la vida del señor Nicholas Ferdinand Thierry —la verdad asomaba por sí misma en las palabras del abogado, solo tuvo que decir la verdad, mostrar los periódicos y fotografías de paparazzis que evidenciaban mis vicios e incapacidad paternal. Era ineludible el desenlace.

—Concluyo esta exposición exhortando al respetable sínodo para que actúe en aras de proteger y cuidar a la familia, dejando en claro que los excesos de este señor deben de prohibirse en el futuro, que los menores no pueden estar más en contacto con él, que su aislamiento de la familia es imperativo para salvar la integridad y vida de Rebecca, Alessandra y Jeremiah. Eso es todo su señoría, gracias por su atención señores del jurado —el impecable letrado tomó asiento con la fría mirada en mí sin expresión alguna.

Pasaron unas horas y sonó el martillo en el estrado del juez para anunciar lo inevitable.


4

Volvemos al aire en cinco, cuatro, tres...

—¡Ay Sara! Te lo cuento y parecerá un déjà vu, pero la nota del fin de semana indiscutiblemente es la que otra vez protagonizó Nick Thierry, ahora en Bal Harbour en Miami —dijo con tono intrigante y afeminado Albert Tesla vestido con un saco color vino de terciopelo y una camisa verde color fosforescente desabotonada del pecho, enmarcando la cara con lentes de armazón grueso y negro sin cristales y un peinado rapado a los lados  peroxidado con tono rubio artificial.

—Cuéntamelo todo Albert —cuestionó Sara Clintock, la afamada reina de los chismes de la farándula desde hace más de treinta años con el programa de televisión estelar en toda la costa del Pacífico. Contrario a Albert, ella vestía con un clásico vestido sastre azul pastel, tacones blancos y un peinado de abuelita que la hacía ver falsamente inofensiva sí no abría la boca.

—Pues te cuento, que el afamado cantante hace no menos de un mes salió de nueva cuenta de rehabilitación de la carísima clínica Ocean Medic por drogas y alcohol, pero al parecer no le sirvió de nada ¡Que le regresen el dinero! —con la risotada provocadora y ademanes exagerados Albert escandalizó a Sara que soltó la misma carcajada diciendo— ¡Ay! Albert eres venenoso.

—Verás, Nick estaba de viaje por Florida haciendo compras navideñas acompañado de su hermosa esposa Rebecca O´Shea y sus dos preciosos hijos Jeremy y Alessandra cuando al parecer el valet parking del centro comercial, imagínate Sara, ¡chocó el auto de Nick!

—¡No es posible! sabemos cómo es Nick, ¡por dios! que valet parking tan estúpido —volvió a reír burlonamente Sara.

—Así es, ¡el perro es rabioso y lo provocas! Se puso como un demonio y frente a su familia golpeó a dos empleados, destruyó propiedad de Bal Harbour, vamos, hizo de las suyas, ya sabes, hizo Thierriadas.

—¡Ay Albert! ¡Thierriadas! ja, ja, ja, vas a acuñar el término otra vez como con Charlie Sheen.

—Mira, este está peor, pero verás que llegó la policía y la escena fue tristísima, lo trataron de subir a jalones a la patrulla, le aplicaron el inmovilizador eléctrico pero seguro venía con varias líneas de coca y tuvo que llegar otra patrulla para someterlo. Pobres chicos, pobre Rebecca estaban aterrorizados, trataban de calmarlo; pero ¿quién detiene a ese animal? Es imparable en ese estado, lo sabemos.

—Qué lástima Albert, ellos son las víctimas de este individuo, pobres criaturas, como van a crecer viendo eso a cada rato, ¡ay! no es posible, que lamentable ver a tu padre así —con sincera congoja expresó Sara.

—¿Recuerdas al Nick Thierry de los noventas? Juvenil, amable, talentoso, su escultural figura, sus musculosos brazos y abdomen, hasta sus lindos ojos azules con la cabellera de león, ahora no es ni la décima parte. Está acabado físicamente: panzón, encorvado, ojeroso y hasta arrugado a sus cuarenta y tantos, se lo han comido las drogas. Es violento, prepotente e impredecible, y de la voz ni hablemos, su último disco tuvo que hacer duetos para poder tapar su desafinada voz —dijo con inusual seriedad Albert Tesla.

—Así es Albert, que calamidad vive esa familia. Pero hablando de cosas más agradables vamos con Richard Gómez que nos tiene un avance de lo que nos espera mañana con los premios de la academia, que obviamente Nick Thierry verá desde la celda, adelante Richard…


5

—Pero a ver Nicholas, no has hablado en toda la sesión, tus compañeros nos han compartido sus testimonios y experiencias, vamos Nicholas dinos algo.

—¿Qué tengo que hablar? a mí me obliga un maldito juez a venir, yo ni quiero estar aquí con todos estos viciosos y fracasados de mierda en este asqueroso gimnasio que huele a orines.

—Vamos Nicholas, conoces las reglas: oír y respetar.

—¿Qué carajos quiero oír a estos perdedores hablar? me importa poco quienes son y qué coños les pasa, por mí que se mueran de borrachos.

—Bueno Nicholas, si no tienes nada que aportar al grupo te pido te salgas del salón inmediatamente, pero sabes que no firmaré el acta de rehabilitación para el juez.

—¡A la mierda con usted, el juez y estos jodidos! ¡A la mierda con sus sermones y las historias de estos! ¡Me voy beber y a fumar con mis putas! ¡Adiós cobardes!


6

Sabía que llegaría el momento de sentirme como en el mismo infierno si dejaba las botellas, las jeringas y las líneas. Todo comenzó cuando desperté hacia una pesadilla terrenal con el rostro empapado y el pecho latiendo al son de banda de guerra. Un calambre en mi abdomen completó el despertar para sacarme de aquel letargo. Estaba completa e involuntariamente encorvado mientras escuchaba el ensordecedor zumbido en los oídos.

Creí morir en ese instante, un infarto o muerte súbita. No me sorprendería haber muerto así, lo que me enojaba era que después de tomar la decisión de cambiar, limpiarme y hacerlo todo por mi familia se haya interrumpido el proceso por un maldito y repentino paro cardíaco. Mi lengua estaba áspera y seca como el asfalto de una carretera.

Pasaron algunos minutos y caí en la cuenta que no iba a morir, mi abdomen se relajó y pude incorporarme sin el zumbido y con gotas de sudor tapándome los ojos. Inmediatamente entré en congelación y sentí entrar al Polo Sur, el frío era imposible de soportar, mi temblorosa mano no pudo tomar la perilla de la puerta para avisar a una enfermera de mi condición.


7

Ya era mi costumbre evitar el pasillo cuatro donde se vendían las bebidas alcohólicas, ni siquiera volteaba a verlo, mi mayor atrevimiento era ir al tres y de regreso al cinco. Me lo prohibí para permitirme vivir, sabía que la tentación y el riesgo nunca se alejarían, sólo tenía que aferrarme a la vida.

Tomates, cereal, jamón, pan y leche estaba escrito por mi sirvienta Margarita con pésima ortografía y escritura propia de su origen en un mínimo pedazo de papel con un borroso lápiz. La memoria viajó a mi infancia por el ferroso olor que dejó en mis manos empujar el carro del supermercado cuando mi madre me subía para hacer la compra.

Súbitamente y de la nada escuché la voz que retumbó en mi recuerdo, ese tono agudo, cálido y sonoro.

—Nicholas ¿Cómo estás?

Voltee a mis espaldas sosteniendo el suave paquete de pan al reconocer su voz.

—¿Becca? ¿Cómo estás?

Pensé que ese momento llegaría algún día, pasó por mi cabeza cuando terminaron las rehabilitaciones y cuando sufría de la abstinencia, pero ¿en un supermercado? ¿Con un paquete de pan? ¿Con esta vestimenta y apariencia? La realidad si que supera a la imaginación.

Pude ver su mirada, se dirigía a mis holgados pantalones, no podía ocultar la mano temblorosa que involuntariamente seguro le recordaría a cualquiera mi pasado.

Su mismo perfume me llegó a la nariz, impoluta, hermosa y natural en un vestido veraniego estampado con flores moradas, que sin estar entallado delineaba su delgado cuerpo y contrastaba con sus rubios cabellos largos. Los verdes y cándidos ojos me miraban con ternura, no con el miedo de las últimas veces, no era lástima, era ternura en verdad.

—Te noto mejor Nicholas.

—Pues voy mejorando, no ha sido fácil, esto es un día a la vez, ¿sabes? llevo casi dos años limpio y en dos semanas empiezo la grabación de un nuevo disco.

—Me da mucha alegría verte y saber que vas mejorando.

—¿Cómo están los chicos?

—Alessandra entrará a la secundaria en Boston y Jeremy terminó el internado en Colbert. Están creciendo mucho y son buenos chicos.

—Gracias a ti Becca, sólo a ti, te lo agradezco.

—Hago lo que puedo, tampoco me ha sido fácil.

—Perdona mi atrevimiento Becca, sé que el juez no lo permite y yo he sido respetuoso estos tres años, pero ¿podrías permitirme hablar con los chicos? de verdad estoy mejor, estoy limpio, tranquilo y quisiera que me vieran así, me haría muy feliz, tú decides como y cuando.

—Mira Nicholas, los que tienen que decidir son ellos, yo solo les preguntaré y hablaré con ellos. Yo te aviso que me dicen, ¿te puedo hablar a casa de tus padres?

—Si, ahí me encontrarás.

—Ellos decidirán Nicholas. Tampoco la han pasado bien, sufrieron mucho, tú sabes.

—Claro, yo lo sé, ha sido por mí y quisiera verlos ahora que han podido madurar alejados de la pesadilla que fui para ellos.

—Bueno Nicholas, te hablo y veremos qué pasa.

—Gracias Becca, en verdad, gracias.

—Hasta luego Nicholas.

Se alejó justo por el pasillo cuatro, mi mano dejó de temblar, no sentía palpitaciones, podía respirar a fondo, dejé de sentir la opresión permanente en mi pecho y sienes, parpadee dos veces y me dirigí por el jamón para terminar la lista de Margarita.


8

Paciente: Nicholas Ferdinand Thierry.

Edad: 45 años.

Sexo: Masculino.

Inicio del tratamiento: 1 de septiembre de 2011.

Diagnóstico: Trastorno por abuso de alcohol, cocaína y opiáceos.

Nota clínica de visita: Después de dos años y medio de rehabilitación y terapia comenzando por la desintoxicación médica así como tratamiento ambulatorio organizado del tipo de grupo en doce pasos, el paciente no presenta al día de hoy ninguna recaída y tiene una firme determinación en su abstinencia con el claro objetivo de cumplir la condena judicial de aislamiento de su núcleo familiar y rehabilitación.


9

Nicholas:

Te escribo esta carta porque me resulta imposible decírtelo a la cara. Me causó sorpresa tu estado de salud y apariencia, en verdad vi en ti una gran mejoría y cambio. Esa misma semana platiqué con los chicos. Les expresé mi sentir al verte y tu estado anímico así como avance, créeme que en verdad hice los votos para poder reunirte con ellos, pensé que su primera impresión sería de rechazo y que con el tiempo cambiarían de opinión. Sin embargo a seis semanas de nuestra charla los muchachos son renuentes a verte. Me resulta muy triste la situación pero Jeremy está completamente furioso conmigo por pretender hacerlos volverte a ver, no me perdona mi intención y su terapeuta me pidió dejar el tema a un lado por un tiempo ya que percibe que Jeremy se aleja del buen camino cuando tú rondas su mente e involuntariamente trata de imitarte.

Alessandra está absolutamente aterrada desde que platiqué con ellos, dejó de dormir por un tiempo y a escondidas toma sus antidepresivos en cantidades mayores a la prescrita lo que la hace no ser ella.
Esto que te narro no lo soporto más, es como volver al infierno que habíamos dejado en el pasado.

La respuesta es un rotundo no, te pido te alejes y evites acercarte a nosotros. Es imposible cumplir tu petición, espero entiendas mi circunstancia. Yo hubiera querido volver a la vida de antes en la que fuimos felices en nuestro hogar previo al maldito alcohol y drogas, pero ahora solo me quedan los chicos y por ningún motivo debo dejar que se descarríen, ya te perdí a ti hace mucho tiempo. Nos hemos fortalecido pero tu presencia nos hace endebles. Espero que comprendas.

Rebecca.

10

Fecha: 15 de febrero de 2015

Oficial: Sargento Brandon R. Stewart

Localidad: Beverly Hills, California.

Reporte: Atendiendo a un llamado del sistema de emergencias del 911 a las 22:13 horas, la operadora me indicó actividad de intromisión en propiedad privada en el 2213 de Woodland Drive. Acudí al domicilio citado y al acercarme al pórtico me percaté de la presencia de un sujeto de rasgos caucásicos y alrededor de seis pies de estatura con pantalones de mezclilla y camiseta blanca con manchas de tierra. Se encontraba parado en una rama del árbol contiguo al jardín de entrada de la casa. El individuo descrito utilizaba binoculares para ver al interior de la residencia. Emití la advertencia de ley al sujeto para que bajara del árbol, haciendo caso omiso de la orden. Posteriormente di la advertencia al sujeto que estaba invadiendo propiedad privada y con mayor tono le ordené bajara, a lo cual reaccionó descendiendo bruscamente acercándose a mi persona sin atender al llamado de tenderse en el suelo. Derivado de su apariencia de estar bajo los influjos de alcohol o drogas utilicé el inmovilizador eléctrico sometiendo al individuo ante la resistencia mostrada desde un inicio. Al aproximarme al sujeto lo reconocí como Nicholas F. Thierry quien dos semanas antes había sido retirado del mismo inmueble por allanamiento, conducta escandalosa y acoso a sus menores hijos. Sobre este hombre pesa una orden judicial de restricción perimetral para no acercarse a sus menores hijos y ex esposa a menos de quinientos pies. Ante la reincidencia de violación del mandato del juez fue remitido a la comisaría de Beverly Hills y reportada su conducta ante el juez de la causa. Se comprobó por el laboratorio de toxicología de la comisaría que el indiciado había consumido y estaba bajo la influencia de cocaína y alcohol. Fin del reporte.

martes, 3 de noviembre de 2015

Iniciación

Teresa Kohrs


No me quiero levantar. Sí, anda, arriba. Encuentra tu voluntad Martha Gabriela. ¡Levántate ya! Palabras mágicas que generalmente funcionaban, aunque a veces una parte de mí deseaba ejercer esa voluntad de forma rebelde, quedándome en cama, tapada hasta las orejas con el edredón, profundamente dormida. En vez de eso me arrastro, tomo mis cosas, zapatos, lámpara y me envuelvo en una cobija. Sin pensar salgo de la rústica cabaña. Una espesa neblina y cerca de cero grados centígrados me reciben. Cualquier rastro de sueño que hubiera quedado se congeló al instante. Las regaderas ecológicas te esperan… sigue avanzando… no te fijes que todavía está obscuro… no pienses en los animales nocturnos… deja de castañetear los dientes. Esto es la verdadera fuerza de voluntad. ¿Quién diablos me manda utilizar mis vacaciones en esta tortura china? ¿Por qué no estoy tirada bajo el sol junto a mi esposo frente al mar como él quería? Recuerda Martita, me digo cerrando los ojos y apretando la quijada, el agua fría activa las terminaciones nerviosas promoviendo salud y energía. ¿A quién se le ocurre bañarse a esta hora al aire libre?

Por supuesto no hay electricidad en las regaderas, sin embargo cuando llego escucho el golpeteo del agua sobre el cemento y se alcanza a ver la tenue iluminación de una lámpara de pilas. Alguien ya está ahí. Me asomo en silencio y lo primero que veo son un par de musculosos y peludos glúteos. Llevo mi mano a la boca para sofocar el grito que quiere salir y doy media vuelta de puntitas hacia el otro lado de la barda. ¡Estos hippies no tienen el menor pudor! Por un momento mis mejillas se sienten calientes a pesar del frío.

Doy vuelta a la construcción y después de torcer ligeramente mi tobillo, encuentro otro acceso que supongo es la zona de mujeres. Por lo menos esta sección tiene cuatro paredes casi completas. Estoy a favor de aceptar tu cuerpo y amarte cómo eres, pero el exhibicionismo no es lo mío. Moviendo la cabeza de lado a lado y exhalando vaho por la boca encuentro por fin donde dejar la cobija y mi ropa. Saco de la bolsita el champú y jabón rezando intensamente porque el congelado piso no albergue ningún tipo de animal rastrero. Estoy en este lugar con un solo propósito, crecer espiritualmente, pero esta íntima relación con la naturaleza me causa cierto conflicto.

Al momento de poner la pierna derecha bajo aquella gélida agua empiezo a pensar cosas horribles del guía quien dijo que el baño matinal era obligatorio. Pero cuando intento meter la cabeza y el aire sale en pequeños jadeos de mi boca, todas las malas palabras que conozco y desconozco circulan por mi mente saliendo en sonidos inteligibles. Desesperadamente meto mis dedos entre el cabello tratando de quitar la espuma. Durante unos segundos pensé que moriría congelada o de un paro cardíaco.

Finalmente, vestida y debo admitir, revigorizada, llego a la palapa, una especie de gran isla de concreto cubierta por un techo elaborado con hojas de palma, construida estratégicamente al centro de una explanada. Todos los candidatos nos sentamos en unos cojines especiales con las piernas cruzadas de frente al maravilloso volcán.

Después de una hora de cantos y meditación cubiertos bajo el manto de aquella misteriosa energía, recibiendo el calor de los primeros rayos del sol, regreso del éxtasis espiritual sintiéndome parte de algo más grande. Hace varios años, antes de casarme y de tener hijos, este tipo de prácticas llenaban mi existencia de propósito. Dicen por ahí que lo único verdaderamente seguro es el cambio. Estoy de acuerdo. Las prácticas de entonces poco tienen que ver con las actuales. A través del tiempo me he vuelto más escéptica, y aunque disfruto intensamente esos momentos de expansión, una parte de mí duda y se pregunta si el ego no se estará identificando con la experiencia.

Como preparación para la ceremonia de iniciación tomaríamos un desayuno frugal consistente en fruta, semillas e infusiones. Desde nuestra llegada ayer por la tarde nos informaron que deberíamos mantener un estricto silencio evitando el contacto con las demás personas, por lo que en el comedor solo se escuchaba el sonido de los cubiertos chocando con los platos, una que otra masticación y los sorbidos de alguna persona que tomaba el té demasiado caliente. En otra ocasión ya me había tocado comer en silencio. La verdad es que cuando te concentras en lo que toca tu paladar el alimento sabe mejor y no solo eso, los aromas son fascinantes pues se distinguen más claramente, sobre todo las especias fuertes como la canela, clavo, cardamomo y jengibre. La fruta es más jugosa, se percibe más dulce, además de que se hace evidente cómo las almendras y nueces satisfacen plenamente el apetito aumentando la energía natural del cuerpo.

He intentado llevar este tipo de alimentación a mi hogar con frustrantes resultados. Los sentidos pueden llegar a ser armas de dos filos y el placer emocional que un platillo rico en grasa animal provee es difícil de vencer. La desconexión que existe entre el alimento que el cuerpo realmente necesita y lo que le damos es alarmante. Una vez más pienso en la fuerza de voluntad y no puedo evitar observar a mis compañeros. La mayoría de aspecto hippy, de veinte a treinta años, delgados, con un físico escuálido pero curiosamente manifestando una piel luminosa, digna de cualquier anuncio de cremas. La minoría compuesta de personas desde rellenitas hasta obesas. Es curioso, no me identifico con ninguno de los dos grupos.

Estaba preocupada por la ceremonia que se llevaría a cabo en algunas horas. Los candidatos eran elegidos a través de un comité de maestros los cuales invitaban a sus mejores alumnos a enviar la solicitud, proceso que parece ser incongruente con la búsqueda de elevación espiritual. Había escuchado historias sobre rechazos, pleitos, egos sobrevaluados. También conocía personas que evitaban el tema pero que evidentemente habían logrado un cierto grado de paz ya que se les veía emocionalmente estables, manifestando una personalidad sencilla pero a la vez muy atractiva. El contacto con ellas logró encender una chispa dentro de mí, motivándome a dar el paso y aceptar la invitación.

Pocas cosas son tan gratificantes como escuchar el sonido de las hojas secas bajo los pies al caminar en fila india por el bosque, sentir la protección de enormes pinos y aspirar su esencia. Una ardilla lanzó un proyectil desde lo alto llamando mi atención. Por un momento miré la punta de aquel gran árbol, los rayos de sol buscaban acariciarlo y una palabra se dibujó en mi imaginación. Detente. Parpadee y desapareció.

Una advertencia de mi subconsciente aterrado, pensé. Había escuchado relatos sobre personas fallecidas durante pruebas emocionales, pero nada se decía de este grupo en particular. Nos dirigíamos hacia el lugar de la ceremonia, una cueva, decían. ¿Será verdaderamente peligroso o solo mis dudas manifestándose? Por unos segundos la aprensión me detuvo. ¿En qué me metí? Decidí no hacerme caso. Un aspecto de mi carácter es la parálisis por miedo, algo mío que reconozco pero que lucho constantemente por superar. Me forcé a seguir caminando antes de perder de vista a mis compañeros.

Más adelante el espeso follaje obscureció el camino y el viento frío del volcán nevado comenzó a circular. Con él llegaron las voces y susurros entre las hojas. Detente, parecían murmurar. La piel se me erizó en la nuca, pero una vez más hice el esfuerzo de vencer la sensación y avanzar.

Una hora o dos después, cansada, sudando a pesar del clima y con el comienzo de un dolor de cabeza, por fin nos detuvimos. Diez minutos para descansar, ir al baño entre los árboles comer frutas secas y tomar agua. El nerviosismo estaba tan a flor de piel en todos mis compañeros que era casi palpable. Aun así, en silencio, aprovechamos el tiempo.

Posteriormente nos congregaron en un pequeño claro al frente de la entrada a una cueva, la cual se veía obscura y húmeda. Tan solo imaginarme dentro de ella me provocó un escalofrío.

—Candidatos —dijo uno de los maestros de mayor edad— han sido elegidos entre muchas solicitudes para esta ceremonia de iniciación. Antes de seguir adelante, es necesario que firmen una carta en la cual nos eximen de cualquier responsabilidad. La cueva es profunda y podría haber accidentes. Solo si están seguros se les permitirá seguir adelante, de otra manera les pediremos se retiren.

La firma de un papel de esa naturaleza podía significar muchas cosas, desde pruebas verdaderamente peligrosas hasta un juego de la mente. El hormigueo subiendo por mis piernas manifestaba claramente mi temor. Nos volteamos a ver unos a otros, algunos con asombro, otros mostrando desconfianza o incredulidad, pero finalmente la mayoría nos paramos con determinación. Un compañero de edad avanzada y con problemas de sobrepeso fue el único que partió, probablemente dudando de su fortaleza. Volví a sentir ese escalofrío recorriendo mi cuerpo y escuché el miedo gritando dentro de mi cabeza: detente, detente, detente. Rechacé los pensamientos inseguros, reprimí las dudas recordándome las capacidades que me permitieron estar dentro de este selecto grupo. Me quedé en mi lugar, entre mis compañeros.

—Hay una diferencia entre querer y desear —continuó el mismo maestro cuando nuestro compañero se perdió de vista—  el deseo es más profundo —hizo una pausa deteniéndose en cada uno de nosotros, atravesándonos con su mirada— la intención es un deseo expresado fuertemente a través de una acción. Si este es puro, podrán entrar por ese portal —dijo señalando la entrada de la cueva— para lo cual tendrán que contestar una pregunta correctamente.

Tras ese pronunciamiento cinco personas vestidas de blanco portando un antifaz del mismo color salieron de entre los árboles caminando hacia nosotros. En una mano traían las cartas, las cuales firmamos. En la otra cargaban telas gruesas que empezaron a colocar frente a nuestros ojos dejándonos en la obscuridad, aumentando la sensación de vulnerabilidad. Estaba prohibido hablar. Varias preguntas se atascaron en mi garganta. Me quedé ahí, parada, no sé cuánto tiempo. Solo se escuchaba el rozar de la ropa de mis compañeros que parecían alejarse y algunos susurros que no sabía si eran debido al viento entre los árboles o la voz de alguien murmurando.

Brinqué al sentir una mano en el brazo. El toque era suave pero firme. Me guío unos pasos hacia abajo. Sentí de pronto su aliento cálido y húmedo en mi oreja.

—¿Cuál es el camino hacia la verdadera felicidad?

Ah, la famosa pregunta. El primer filtro. No sé qué cara habré puesto que se volvió a acercar y la repitió de forma más pausada. Asentí para confirmarle que había escuchado. Hm, por supuesto que es una que me he hecho miles de veces y la respuesta ha variado durante el tiempo. Podría hablar de la familia, amigos, trabajo y estudios, pero estaba segura que en esta ocasión no iba por ahí. Visualicé todo lo que hicimos hoy para llegar hasta aquí. En la mañana quería quedarme dormida, deseaba agua caliente para bañarme, café y panecillos para desayunar. Durante el trayecto sentí incertidumbre, dolor de piernas y cansancio. Tuve miedo al firmar la famosa carta responsiva y sin embargo elegí libremente seguir los pasos necesarios para esta iniciación. Ejercí mi voluntad. También recordé los cambios a mi estilo de vida a través de varios años de prácticas meditativas y estudios espirituales, los cuales me han llevado a una existencia cada vez menos agresiva, más sencilla, tanto en mi forma de pensar y sentir como en cada una de mis relaciones. Este tipo de vida, inevitablemente me ha llevado a ser más consciente de todo cuanto me rodea. Sin lugar a dudas ahora soy más feliz. A tientas, busqué el rostro de mi acompañante y me acerqué a su oreja esperando el permiso de hablar.

—Es utilizar la libertad de ejercer un autocontrol en todo lo que hacemos, cultivando hábitos de una vida sencilla con un pensamiento elevado –dije con más seguridad de la que sentía y agregué otra frase de mi maestro— la felicidad depende principalmente de las condiciones creadas por nuestra propia mente.

No pude evitar la mueca al finalizar mis palabras. Di dos respuestas en vez de una sola. ¿Me penalizarían por eso? La persona se quedó tanto tiempo en silencio que pensé que tal vez ya se había ido y yo no me di cuenta. Estaba segura que las respuestas eran correctas, aunque parecían diferentes, en realidad eran complementarias. Volví a brincar cuando sentí su toque. Me tomó con más firmeza y me llevó hacia arriba reafirmándome con un apretón antes de dejarme de pie en un lugar completamente silencioso. Tiempo pasó y como nadie me quitaba la venda de los ojos supuse que las respuestas habían sido aceptadas, pero no me atreví a cantar victoria hasta que otra persona, o tal vez la misma, vino por mí para llevarme a lo que claramente se sentía como la entrada a la cueva. Ahí escuché una voz masculina en un tono alto y claro. No supe si solo me hablaba a mí o si éramos varios.

—Satanás es la fuerza consciente del engaño que hace parecer lo infinito finito, constantemente transformando el primero en lo segundo. Todas las creaturas animadas e inanimadas, en vez de darse cuenta que son inmortales, se sienten solas y separadas, por lo que tienen origen y fin. Las almas individualizadas se sienten apegadas al estado temporal de vida. Si todos actuáramos en sintonía con el Infinito, no habría miedo, enfermedad o muerte, solamente ilusiones sugeridas, no más que un sueño común —dijo con una voz grave que retumbaba en su pecho— si renuncias a tus apegos temporales podrás continuar.

¡Qué! Grité en mi mente. ¿De qué está hablando? Abrí la boca como para reclamar pero recordé a tiempo que antes de entrar me reafirmaron que no debía hacerlo. La cerré en una línea delgada, por un momento enojada con todo esto. No entendía qué debía hacer y no podía preguntar, tenía frío y miedo. Calma Martha Gabriela, me dije a mí misma. Me forcé a respirar pausadamente, poniendo especial atención en la inhalación y exhalación. No era que no hubiera comprendido el discurso. Sí lo entendí, y no solo eso, estaba de acuerdo. ¿Cuáles eran mis mayores apegos? No tenía que pensarlo mucho. Mi esposo e hijos. ¿Qué me estaban pidiendo? En mi mano izquierda siempre llevaba mi argolla de matrimonio y colgando de una cadena un dije en forma de candado dentro del cual guardaba una pequeña foto de mis tres hijos. ¡No! Grité en mi cabeza. No me voy a deshacer de estas dos cosas, nunca me las quito, ni siquiera para dormir. Mi marido me apoyó para venir aquí, es mi mejor amigo, mi amante, además del mejor compañero del mundo. ¿Cómo voy a renunciar al símbolo de nuestra unión? Empecé a sentir el pecho apretado y lágrimas detrás de los ojos. Cerré con fuerza la quijada. La humedad y falta de aire dentro de la cueva me hicieron sentir mareada. Por un momento pensé que me iba a desmayar.

Escuché movimiento y una persona se acercó. Levanté la mano evitando que me tocara. Respiré despacio una vez más. Estos símbolos, el anillo y el collar, eran importantes. Pero el amor que sentía por mi familia no estaba atado a ningún objeto. Era un amor libre. Tiempo atrás había ya comprendido que entre más espiritual era mi experiencia de vida, mayor capacidad tenía de amarlos a ellos y a los demás. Temblando levemente desaté el collar y quité el anillo extendiendo la mano. Escuché una exhalación y alguien los tomó. Por un segundo me creí vacía, pero luego sentí una expansión en mi corazón que me hizo sonreír.

Circulamos un poco más entre pasajes estrechos, teniendo que agachar la cabeza para no golpearme, hasta detenernos en un lugar cerrado. Pequeñas gotas de agua comenzaron a caer sobre mi rostro. Una voz femenina me habló.

—El cuerpo y la mente son solo dos aspectos del Espíritu. El océano sigue siendo océano dentro de una tormenta, en la calma o durante un tsunami. Cuando navegamos en el océano del Espíritu en forma de pequeñas olas no podemos ver su inmensidad. Frente a ti hay un vaso que contiene veneno. Tienes el poder de decidir tomarlo.

Uf. Ya me habían advertido de este tipo de pruebas en donde te enfrentan a romper paradigmas y te obligan a ver más allá. La mano que chocó con la mía parecía contener una copa. ¿El veneno? Empecé a sentir resequedad en la boca e imaginé el sabor amargo que experimentaría al darle un trago. Utilicé la punta de los dedos para palpar lo que me ofrecían. El vidrio estaba helado, pero curiosamente la copa se sentía ligera. Acerqué mi nariz para confirmar mis sospechas. No había nada dentro, solo aire. La toma del veneno no era real, solo un símbolo. Exhalé un aire que no sabía estaba conteniendo. Supuse que lo importante ahora era mi respuesta, la cual tendría que manifestar esa comprensión de algo que va más allá de la materia separada del todo. Otro empujón a mis dedos invitándome a tomar. Moví la cabeza en negación.

—Puedes hablar —me dijo la misma voz.

Carraspeé un poco pues sentía la garganta cerrada. Busqué contestar desde mi centro.

—Mi meta es vivir cada vez más a través del poder de la mente. Sin embargo, no me siento espiritualmente tan avanzada para vivir solamente de ella, por lo tanto, aun sabiendo que podría contrarrestar el efecto del “veneno” en el cuerpo tomándolo solo como la ilusión que es, no he llegado al punto de poder lograrlo con éxito. Decido no tomarlo.

El corazón me palpitaba tan fuerte que lo podía escuchar en mis oídos. Las pequeñas gotas ya habían mojado mi cabello haciendo pesada la cabeza. Me tomaron otra vez del brazo y continuamos avanzando. Atrás quedaron las gotas de agua. Después de atravesar un pasillo muy estrecho llegamos a un espacio que parecía ser muy grande pues se escuchaba el eco de pasos y la respiración de más personas. Me dijeron que me sentara. El suelo estaba duro, húmedo y rocoso, pero mis pantalones de algodón grueso podían soportarlo. Una vez sentada, alguien se acercó a susurrarme una nueva pregunta cuya respuesta requería tiempo, concentración y profunda meditación. Me costó trabajo encontrar la paz necesaria para comenzar. Estaba incómoda, tenía hambre, sed y ganas de ir al baño además de que empezaba ya a titiritar. Con gran fuerza de voluntad hice todo a un lado. Fui apagando cada uno de los sentidos y empecé la práctica que llevaba años realizando. Estoy casi segura que pasaron horas. Algunas señales en mi cuerpo me lo confirmaban, pero estaba determinada a superar esta prueba, así que cada vez que me distraía regresaba una y otra vez a mis técnicas hasta que finalmente alguien me sacó de ese estado a través de un pequeño toque en el hombro. Con las piernas dormidas, tuve que detener a mi ayudante hasta que la sensación regresó a ellas para poder levantarme. En un murmullo me pidió la respuesta. De la misma forma se la di.

Al empezar a caminar me di cuenta que otros hacían lo mismo. Se escuchaban sus movimientos, palabras en secreto y en ocasiones hasta nos rozábamos. De pronto un sonido empezó a vibrar. Nuevos sonidos lo acompañaron. Música que nacía de tazones de cristal de cuarzo, utilizados especialmente para sanar, cuya resonancia en las paredes cavernosas aumentaba exponencialmente su efecto en el cuerpo, empezando por la piel, palpitando hacia adentro, llegando hasta lo profundo, haciéndome sentir aún más en armonía. Era como un instrumento que poco a poco se va afinando, provocando un indescriptible efecto de libertad.
Seguimos avanzando y la música quedó atrás. Al primer paso fuera de la cueva me sorprendí al recibir un fuerte abrazo, luego otro y otro, muchos de ellos, cada uno parecía ser más poderoso que el anterior. Una luz se expandió detrás de mis párpados, blanca y clara, tan intensa que sentí el impulso de volver a taparme los ojos. Al mismo tiempo experimenté la felicidad absoluta, irradiando de mi pecho como una bomba en expansión. Seguía en medio de abrazos, cuerpos que olían a la cueva, sudor, pino y aire fresco. La potencia de la unión en altísima frecuencia. Un canto entre gutural y nasal comenzó a circular, palabras en un idioma antiguo, suaves como un murmullo, se transmitieron de persona a persona en menos de un minuto. Cantábamos en armonía provocando una sensación de absoluta paz. Al terminar me sorprendí a mí misma limpiándome las mejillas con el dorso de la mano. Había llorado.


Posteriormente recibimos la instrucción de escuchar atentamente. Hablaron de la importancia de mantener los detalles de la iniciación de forma hermética. Finalmente nos permitieron quitar las vendas. Me devolvieron el anillo y collar, los cuales guardé en la bolsa de mi pantalón. Estaba amaneciendo, el bosque ya no se veía igual, nosotros tampoco éramos los mismos. Las repercusiones del cambio lograrían su cometido. Habíamos alcanzado una elevación en la consciencia. Partimos sin despedidas, agradecidos, de vuelta a nuestras vidas.